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el conflicto en san carlos


Así vivieron el conflicto armado en San Carlos, Antioquia. Sus habitantes rompieron años de silencio y le contaron al grupo de Memoria Histórica cómo vivieron y resistieron la presencia de guerrilla y paramilitares.
Colombia. En el municipio de San Carlos, Oriente antioqueño, la guerra fue implacable. Masacres, asesinatos selectivos, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales fueron, durante varios años, el pan de cada de sus habitantes, quienes poco a poco fueron abandonando el pueblo y buscando refugio en otras zonas del departamento y del país.
Ese pasado es doloroso y, por tal razón, quienes lo padecieron guardaron silencio por varios años, pero a través de un paciente trabajo de los investigadores del área de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (Cnrr), lograron que muchos de los sancarlitanos hablaran de esas épocas duras de la confrontación entre guerrillas, paramilitares y Fuerza Pública, que forzaron la salida de por lo menos el 80% de la población.
Esas voces conforman el texto ‘Memorias del éxodo de la guerra’, investigación adelantada por un grupo de profesionales que se sumergieron en la historia de San Carlos que da cuenta de todo el horror que padecieron cientos de sus habitantes entre 1986 y el 2010, y cuyos resultados se presentaron en Medellín durante la Semana de la Memoria.

Pasado Remoto
La construcción de varios megaproyectos energéticos en la subregión del Oriente antioqueño en la década del setenta generó en el municipio de San Carlos un movimiento social muy fuerte que defendió los intereses sociales y políticos del pueblo. Sin embargo, esas luchas generaron los primeros desplazamientos de sus habitantes, resultado de la compra de predios para la construcción de las centrales hidroeléctricas y de los primeros asesinatos selectivos realizados por el Eln y luego las Farc.
"Todos esos grupos cívicos que se habían formado se extinguieron, porque a todos estos líderes les tocó salir, pues, para preservar sus vidas. Al igual que a algunos concejales, eso allá fueron muchos conflictos pero, ¿por qué? Porque allá las riquezas del municipio son incalculables", contó una de las fuentes consultadas por el grupo de Memoria Histórica.
Más adelante, llegarían las Autodefensas del Magdalena Medio y el MAS (Muerte a Secuestradores), que empezaron a disputarse el control de la zona con la guerrilla. Finalmente, en la década de 1990, hacen presencia las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) con el Bloque Metro y, posteriormente, las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) con el Bloque Cacique Nutibara y el Bloque Héroes de Granada, grupos que se mantuvieron hasta cuando se realizaron los procesos de desmovilización, en 2003 y 2005 respectivamente.
La presencia de los grupos paramilitares disparó las cifras de homicidios, masacres, desapariciones y generó el desplazamiento de casi todos los pobladores del municipio. De las 74 veredas con las que cuenta el municipio, 30 fueron abandonas en su totalidad y más de 20 parcialmente, se consignó en el informe de Memoria Histórica.
"A cualquier hora del día. Eso se prendía a candela, este lado y el lado de allá. La guerrilla le quemaba el carro al que fuera y a los que viera así a distancia, a las 4, 6, 8, 10 cuadras. Nos tocó salir de una porque un grupo armado nos dijo que nosotros le estábamos colaborando a la guerrilla y que eso no lo iban a permitir, que nos iban a matar y que debíamos desocupar la vereda", recuerda un hombre que luego de varios años de desplazamiento decidió volver a San Carlos.
Las cifras de atentados contra la población civil son alarmantes. Hubo por lo menos 33 masacres, se registraron 156 desapariciones forzadas y 78 personas fueron víctimas de las minas antipersonal.
Las acciones guerrilleras más frecuentes fueron los asesinatos selectivos, los secuestros, los daños a bienes civiles, los bloqueos de vías, las amenazas, la instalación de minas antipersonal y los sabotajes a la infraestructura eléctrica y vial. A partir del 2001 y hasta el 2004 empezaron a realizar masacres de las cuales se le atribuyen seis.
En 1998 aparecen los paramilitares en la región. Un año después le declararon la guerra a la población cuando afirmaron que por cada torre de energía que derribara la guerrilla, serán asesinados diez campesinos. Sus métodos no fueron diferentes a los empleados por la guerrilla. De las 33 masacres, los paramilitares cometieron 23, mataron a 206 personas y desaparecieron a 42.
Su centro de mando fue el famoso Hotel Punchiná, el más lujoso del municipio, de propiedad de Gabriel Puerta —extraditado por narcotráfico en mayo de 2009. Según el informe de Memoria Histórica, "este sitio sirvió como lugar de ajusticiamiento, torturas, violaciones, asesinatos y desapariciones. Por esta razón fue llamado años después La casita del terror. Allí se entrenaba y se impartían las órdenes; se citaba a la población y a los funcionarios públicos a rendir cuentas; se torturaba, asesinaba y se desaparecían los cuerpos de personas retenidas y señaladas como colaboradoras de la guerrilla".
Pero los responsables de la tragedia humanitaria que vivió San Carlos durante más de 10 años no fueron sólo los grupos armados ilegales. El informe también consigna que sectores de la Fuerza Pública favorecieron el accionar de los grupos armados ilegales, particularmente de las Accu y Auc, al no combatirlos y omitir, en muchos casos, las denuncias y masacres ocurridas allí.
El testimonio de este hombre muestra lo que los campesinos pensaban en ese entonces: "en el 2003 el presidente Uribe ordenó que si tenían que sacar la población, la sacaran, pero que no quedará ni un guerrillero. Entonces al resto de población la sacó fue el Ejército. Mandaban escaleras (buses) a traer la gente, porque el que se quedara por allá es porque era guerrillero, y hay que darle, hay que matarlo". En su afán por acabar con la guerrilla, el Ejército y la Policía cometieron errores y participaron del drama de la guerra.

Amor a la Tierra
En agosto de 2002 llegaron a San Carlos 38 buses en caravana provenientes de Medellín. Ese mes empezó el retorno. Pese a las dificultades, consecuencia de la falta de dinero, los campos minados y el abandono de la tierra, los habitantes de este municipio antioqueño decidieron volver para quedarse definitivamente.
El regreso no fue fácil. Muchos afirmaron que desplazarse era más fácil que retornar. La precariedad de las condiciones que encontraron, la fragilidad del acompañamiento institucional y lo complicado de los procedimientos, hicieron este proceso más difícil.
Un hombre consultado por Memoria Histórica narró que "cuando uno se desplaza, todo el mundo es solidario, el vecino, el amigo, el familiar, el estado, las ONG, todo el mundo. Cuando usted retorna se encuentra solo y se tienen que cumplir unos requisitos para poder hacer ese retorno; cuando se desplaza no, basta con que sienta que la integridad personal, la vida está en peligro y que un grupo armado ilegal lo haya amenazado".
Las dos principales razones por las que volvieron, según lo hallado por el área de Memoria Histórica, fueron el arraigo a la tierra y a la comunidad, y la necesidad. Según informes de la Alcaldía, a junio de 2011 se registraban alrededor de 9.000 personas y 2.700 familias retornadas.
El informe llama la atención frente al tema de las garantías de seguridad, de las pocas condiciones que tienen para generar ingresos que les permitan sobrevivir y las escasas posibilidades para la elaboración del duelo por la pérdida de sus seres queridos y de su lugar de origen.
En este sentido, se enumeran los enormes retos que tiene el Estado para garantizar un retorno de la población desplazada en condiciones dignas. Se señalan los enormes costos políticos, morales, psicológicos, económicos y culturales dejados por la guerra y lo difícil que resulta la reconstrucción después de la devastación.

Un Premio Merecido
Las víctimas de San Carlos pasaron varios meses trabajando con el grupo de Memoria Histórica con el fin de reconstruir la historia del conflicto armado en su pueblo. Las iniciativas de retorno, de resistencia y de lucha por defender lo que les pertenecía no sólo fueron reconocidas en el informe que lanzó la Cnrr. La labor de la comunidad y del Municipio de San Carlos también fue premiada con el Premio Nacional de la Paz.
Este reconocimiento se da a los pobladores del municipio por el trabajo que han realizado para promover el retorno a San Carlos. Según la organización del Premio, "ante la incertidumbre y el desarraigo que produce vivir en una gran ciudad extraña, cientos han decidido retornar y organizarse para reconstruir su municipio y sus vidas. Sus retos incluyen la recuperación de las zonas rurales, sembradas de miles de minas antipersonal, y la superación de los efectos emocionales, sociales y económicos que les ha dejado el conflicto armado".
El Alcalde de San Carlos, quien recibió el Premio en Bogotá acompañado de varios líderes comunales, reconoció que el retorno ha sido posible gracias a la vinculación de instituciones como instituciones como Acción Social, Empresas Públicas de Medellín, la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, quienes han apoyado proyectos productivos para los campesinos retornados.
Bruno Moro, delegado de Naciones Unidas en Colombia, resaltó la importancia del proyecto de retorno de San Carlos: "se demuestra que los colombianos pueden más que la violencia cuando se organizan para enfrentar las adversidades".
San Carlos se convierte entonces en un ejemplo a seguir para aquellos pueblos que han sido duramente golpeados por el conflicto armado. En el informe de Memoria Histórica los campesinos cuentan lo que para ellos fue una guerra total. Con el Premio Nacional de Paz se ratifica lo que dijo la Secretaria de gobierno del municipio Ana Doris Betancur: "este reconocimiento valora que no nos hemos echado a la pena, que hemos tocado todas las puertas y creado los mecanismos para que San Carlos reviva".
29 de noviembre de 2011
26 de noviembre de 2011
cc verdad abierta

la comuna 13


En continuo desplazamiento forzado. Desde finales de la década del ochenta hasta ahora, el desplazamiento por razones del conflicto ha sido constante en la vida cotidiana de una de las comunas más populosas de Medellín.
Colombia. La comuna 13 de Medellín, situada en las laderas occidentales de la ciudad, ha padecido los estragos de la guerra urbana como ninguna otra en el departamento y el país, lo que ha significado para cientos de sus pobladores vivir en desplazamiento continúo.
Para conocer a profundidad este fenómeno del conflicto, el grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (Cnrr) y la Corporación Región se dedicaron durante varios meses a estudiar este fenómeno social y sus hallazgos quedaron registrados en el libro ‘Desplazamiento forzado en la comuna 13: la huella invisible de la guerra’, que fue presentado en Medellín durante la celebración de la Semana por la Memoria.
Uno de los hallazgos de este trabajo es que el ejercicio de la memoria que se ha tratado de hacer en este sector de la ciudad se adelantó "en medio de la continuidad de críticas situaciones de violencia y violaciones a los derechos humanos que siguen generando desplazamiento forzado y otras formas de victimización".
No obstante esas dificultades, el resultado conseguido permitió establecer que en las últimas tres décadas se han presentado "asesinatos selectivos, amenazas, masacres, enfrentamientos, órdenes de desalojo y detenciones arbitrarias", como parte de "los métodos de terror empleados por todos los actores armados", lo que impactó de manera significativa a cientos de pobladores de la comuna 13, contribuyendo al desplazamiento forzado.
Cifras del informe indican que entre 1980 y 2009 un total de 3.503 personas, que conforman 832 hogares, se vieron forzadas a dejar sus lugares de residencia como resultado de estos desplazamientos urbanos. "Para el año 2002, fue la Comuna más expulsora de Medellín y en lo sucesivo seguirá siendo la primera o segunda comuna que reportó más desplazamientos forzados en la ciudad", precisa el documento.
Si bien hay una continuidad del fenómeno del desplazamiento en razón del conflicto armado, lo que deja claro el informe es que los actores armados, sobre todo los de carácter ilegal, no han sido los mismos durante estos años. La investigación arroja varios momentos claves para entender este fenómeno.
        
Primero, las Milicias
Pobladores consultados por los investigadores en talleres de memoria realizados durante el 2010 narraron cómo fue aquella época en la que comenzaron a llegar las milicias a la comuna: "fuimos descubriendo que llegaba gente rara pero nosotros inocentes todo el mundo […] y después nos dimos cuenta que era de la guerrilla", relató una mujer. Inicialmente, la comuna 13 estuvo bajo el control de grupos armados ilegales tales como Milicias América Libre, Milicias Populares de Occidente y los Comandos Armados del Pueblo (Cap).
"Esto significó para la población el sometimiento al control miliciano por cerca de una década", advierte el informe. "La inserción de estas milicias en la comuna 13 se da en un período de auge y expansión del fenómeno miliciano en la ciudad, el cual estuvo ligado al concepto de autodefensa (limpieza social) contra delincuentes y bandas delincuenciales en los barrios. El accionar de las milicias fue inicialmente percibido como garante de seguridad por los habitantes de los barrios".
Los testimonios recogidos por los investigadores relacionan la presencia de las milicias con un ambiente de inseguridad en las calles de la comuna, reflejado en robos, asaltos, violaciones, aumento de expendios de droga y popularización del consumo de ‘bazuco’. Los milicianos llegaron con la promesa de seguridad: "lo primero que hicieron fue una reunión con banderita y todo y los manes encapuchados y enfierrados [portando armas] ahí explicando qué iban a hacer en el barrio".
La cruzada contra la delincuencia se convirtió en mecanismo de control social y factor generador de desplazamiento forzado de personas y familias enteras "señaladas de ser presuntos delincuentes, que huyeron tras el asesinato de algunos de sus miembros o que explícitamente fueron conminadas al destierro", advierte el informe.
El accionar de las milicias, que no sólo hicieron control social sino que se involucraron con las comunidades en la solución de conflictos familiares y vecinales, así como en actividades recreativas, generó aceptación social e hizo que personas del mismo barrio se vincularan a ellas. Según un testimonio, "muchos de las milicias [guerrilleras] y de los capos [miembros de los CAP] terminaron siendo también los que eran los vecinos y los que habían sido también compañeros de nosotros, los mismos que estudiaron conmigo desde chiquitos, los que trabajaron conmigo".

Luego las Guerrillas
Las guerrillas del Eln y las Farc llegaron a la comuna a finales de la década del noventa. Su presencia en esta zona de la ciudad hacía parte de su estrategia de expansión en zonas urbanas que, por condiciones de marginalidad, podían ofrecer una base social y, a la vez, un entorno territorial para establecerse. "Una ventaja comparativa para su inserción en la comuna 13 fue el hecho de reconocerla como un lugar donde la presencia miliciana había generado cierta familiaridad de la población con los grupos armados y sus discursos antiestatales", afirma la investigación.
Para esa época, algunos milicianos se habían desmovilizado en 1994 bajo los acuerdos alcanzando por el gobierno del presidente Cesar Gaviria; otros se integraron al Eln y a las Farc; y algunos más continuaron con los Cap.
Al inicio de la década del dos mil, las facciones insurgentes pretendían, desde algunos sectores de la ciudad, emprender acciones de guerra de mayor envergadura, la obtención de recursos económicos a través del secuestro y la extorsión, apoyo logístico para sus hombres en las áreas rurales y el reclutamiento de efectivos para brindar apoyo a los frentes que venían operando en el Oriente antioqueño y habían logrado avances en el control de territorios de importancia estratégica tanto económica como militar.
En esa época, los grupos guerrilleros controlaban las relaciones que establecían los pobladores, en especial sus líderes, así como el uso de los espacios públicos y la entrada y salida de quienes no eran de la comuna. Un joven consultado por los investigadores así describió la situación: "nos tocó muchas veces negociar con ellos cosas, por ejemplo, la entrada al barrio de las personas de afuera de las organizaciones sociales".

Llegaron los ‘Paras’
Los excesos cometidos por las facciones insurgentes contra las comunidades, y sus acciones cada vez más arriesgadas en la ciudad, como la del secuestro y los retenes nocturnos en vías públicas, los pusieron en el blanco de los grupos paramilitares que para finales de la década del noventa venían en expansión.
La llegada del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) fue explicada por el exjefe paramilitar y confeso narcotraficante Diego Fernando Murillo, alias ‘don Berna’, quien dijo que obedeció a las demandas de "todas las clases industriales, comerciantes, ciudadanos, ya que la guerrilla prácticamente se estaba apoderando de la ciudad y era necesario contrarrestar el terrorismo, secuestro y otras actividades de organizaciones como las Farc, el Eln y las milicias. El comandante Castaño dio las órdenes para que se enviaran acá a Medellín".
Además, el dominio sobre Medellín fue un objetivo del proyecto contrainsurgente dada su localización estratégica conectada con corredores territoriales de dominio paramilitar que abarcaba amplias áreas del departamento de Chocó, Antioquia, Córdoba y Bolívar.
El Bloque Metro contó con el apoyo, aceptado o forzado, de diversas bandas delincuenciales que ejercían desde la década de los ochenta algunas zonas de la ciudad. Su acción urbana duraría poco, pues rencillas internas del comandante de esta estructura paramilitar con algunos sectores de las Auc acabó en una guerra con el Bloque Cacique Nutibara de las Auc.
Las incursiones paramilitares, sumadas a las acciones de las guerrillas y las milicias, ocasionaron una disputa abierta por el dominio del territorio, la población y sus recursos. "Asesinatos selectivos, amenazas, masacres, enfrentamientos, órdenes de desalojo y detenciones arbitrarias hicieron parte de los métodos de terror empleados por todos los actores armados con un impacto significativo en el aumento del desplazamiento forzado".
Desde agosto de 2002 tuvo especial importancia la Fuerza Pública. Por orden del entonces presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, se inició la recuperación de la comuna 13. Tal reacción del Gobierno nacional fue interpretada por los analistas que prepararon el informe como "una oportunidad para mostrar resultados en la aplicación de la estrategia de seguridad democrática, centrada en la lucha contra la amenaza terrorista asociada con la guerrilla en una ciudad que, como Medellín, había jugado un papel importante en su elección como presidente y en un clima de polarización política y de rechazo a la guerrilla".
La operación más determinante bajo esa nueva política de seguridad se ejecutó entre el 16 y el 19 de agosto de 2002. Se conoce como la Operación Orión y fue una acción militar urbana de grandes proporciones y sin antecedentes en el país que incluyó el uso de ametralladoras M60, fusiles, helicópteros artillados y francotiradores.
Las guerrillas fueron desalojadas de la comuna 13 y se consolidó el proyecto paramilitar, impulsado en el 2003 por el Bloque Cacique Nutibara de las Auc. "Entre el 2003 y el 2006 el desplazamiento forzado en la comuna 13 está directamente relacionado con el dominio paramilitar alcanzado después de la Operación Orión y con los procesos de desmovilización", advierte el documento, que indica que tal hegemonía permitió una disminución de personas desplazadas en este sector de la ciudad: de 1.259 desplazadas en 2002 se pasó a 294 en el 2003; 215 en 2004; 161 en 2005; y 169 en 2006.

En Tiempo Presente
La tendencia a la disminución de las cifras del desplazamiento forzado cambió en el año 2007, cuando se observan aumentos significativos. Las causas, según el informe del área de Memoria Histórica, continúan atadas para esa época, "al accionar de los actores armados, en particular al de los desmovilizados pertenecientes al Bloque Cacique Nutibara, quienes recurren a métodos de intimidación y de terror para ejercer su dominio, impedir el retorno de la guerrilla y propiciar una expansión de actividades delictivas en la comuna".
Durante los años siguientes, los incrementos fueron en ascenso y, según lo resalta el documento de Memoria Histórica, basado en información de la Alcaldía de Medellín, "la situación del desplazamiento forzado intraurbano ha sido la más crítica del país" y se presume que su causa obedece a "la intensificación de la disputa entre diversos grupos armados por ejercer el dominio del narcotráfico y de actividades ilegales".
Tal conflictividad fue reseñada en el informe, en el que se resaltó que "el peso de la violencia y del miedo en el que aún hoy vive la población marca los relatos y establece una suerte de continuidad (estamos viviendo lo mismo) en la que es difícil establecer matices o identificar los cambios que, en efecto, han sucedido".
Además esa crítica situación "generó dificultades en la realización del trabajo de documentación porque debido a la presencia de grupos armados y al control que imponen sobre la población y el territorio no fue posible acceder a determinados lugares e implementar el diseño metodológico tal cual se tenía previsto. A la vez, la presencia tangible de la violencia y de situaciones de riesgo para los habitantes de la Comuna 13 tuvo implicaciones directas en el ejercicio de memoria realizado".
Pese a todo, los investigadores indicaron que el trabajo realizado "logró generar un espacio de reflexividad y reinterpretación colectiva sobre lo sucedido" en la comuna 13, una zona en la que el desplazamiento forzado, tal como quedó demostrado, vive en un constante desplazamiento forzado.
29 de noviembre de 2011
25 de noviembre de 2011
cc verdad abierta

de militares a paras


Durante un tiempo las Fuerzas Armadas intentaron impedir que la gente llamara a las autodefensas ilegales por el nombre de "paramilitarismo".
Colombia. Para la institución llamar así a estos grupos era una manera implícita de decir que funcionaban como organización paralela a los militares y por eso rechazaba el mote. La palabra paramilitar, sin embargo, se quedó pegada en el lenguaje de la gente, y adquirió su propio significado.
No es una discusión semántica inocua. Con la desmovilización de los paramilitares entre 2003 y 2006, ha quedado al descubierto que cientos de militares y policías de diferentes grados y bajo distintas motivaciones fueron cómplices activos y pasivos de la barbarie paramilitar. La Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía registraba en agosto de este año cerca de 500 denuncias contra miembros de la fuerza pública por posibles nexos con las autodefensas.
Es un debate difícil de encarar, pues tratándose de soldados y policías que aún hoy siguen dado la vida para proteger la democracia de sus enemigos, la sensibilidad institucional es extrema. No obstante, el país necesita conocer la verdad sobre cómo se dieron esos vasos comunicantes entre fuerza pública y paramilitarismo.
¿Fue una estrategia contrainsurgente de Estado, como argumentan varios estudiosos y defensores de derechos humanos? ¿O más bien, recae la responsabilidad sólo sobre unos cuantos oficiales que, viéndose perdiendo terreno en combate, apelaron al brazo efectivo y terrorista de la autodefensas para frenar a las guerrillas? Quizás ninguna de las dos teorías es del todo válida, y no fue ni política de Estado, pero tampoco un asunto de simples manzanas podridas. Quizás, la verdad está en el medio, con épocas de una colaboración cuasi orgánica entre militares y ‘paras’ en unas regiones, y en otros momentos y otras regiones, casos de miembros corruptos de la fuerza pública que cohonestaron crímenes del paramilitarismo por afinidad ideológica, porque compartían a un mismo enemigo, o simplemente por corrupción, porque buscaron lucrarse de sus negocios ilegales.
Con el ánimo de comenzar a escudriñar este oscuro capítulo de la historia del conflicto colombiano, y aportar información dura y comprobable a su esclarecimiento, VerdadAbierta.com se dio a la tarea de documentar tres historias fundamentales. Una primera que investiga cómo llegaron algunos miembros de la fuerza pública a convertirse en jefes o mandos medios del paramilitarismo. La segunda compara las cifras de aquellos militares y policías denunciados en las versiones de los desmovilizados de Justicia y Paz, con las de los procesados por la Procuraduría y las de los mencionados por víctimas o victimarios en las historias de la propia VerdadAbierta.com. La tercera documenta fallos del contencioso administrativo para resarcir víctimas de agentes del Estado y averigua qué hizo la justicia penal con los responsables de esas violaciones.

 De Militares a ‘Paras’
Verdadabierta.com reconstruye historias de policías y militares activos o retirados que terminaron como jefes y mandos medios de las AUC.
Una poderosa motivación que empujó a varios militares y policías activos hacia grupos paramilitares es paradójica. Recurrían allí como refugio, pues ya empezaban a ser investigados por delitos cometidos con o sin relación a la labor que desempeñaban en la fuerza pública.
Tal es el caso de Armando Alberto Pérez alias ‘Camilo’, ex jefe del Bloque Catatumbo de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) en Norte de Santander. Según documentos de la Fiscalía, la justicia abrió investigación contra Pérez, cuando éste era capitán del Ejército en Urrao (Antioquia) porque sospechaba de su complicidad en el asesinato de Ricardo Alonso Quiroz. Fue puesto en prisión militar, y estando allí, lo contactó un hombre de las autodefensas. Con su ayuda escapó en 1998, y se metió a los ‘paras’, a órdenes de Carlos Castaño, con el nombre de guerra de ‘Camilo’. Ya en las AUC, ‘Camilo’ tuvo a su cargo más de 800 hombres como segundo de Salvatore Mancuso y fue responsable directo de la masacre de La Gabarra en 1999, en la que cayeron asesinadas 34 personas, entre muchos otros delitos de lesa humanidad.
Luis Alexander Gutiérrez, alias ‘El Capi’, se unió a los paramilitares en 2001, también porque, siendo comandante de Policía en Tibú, la justicia había empezado a investigarlo por su posible complicidad precisamente en la masacre de La Gabarra.
‘El Capi’ puso las habilidades adquiridas en la Policía luego de especializarse en operaciones antiterroristas urbanas, contraguerrillas, criminalística y explosivos y de recibir curso de Comandos Jungla (unidad élite de la Policía), al servicio de las Auc. Llegó a ser uno de los jefes del Bloque Libertadores del Sur en Nariño y Putumayo. ‘
De igual forma sucedió con Edgar Ignacio Flórez Fierro alias ‘Don Antonio’, quien hasta antes de 2003 era capitán del Ejército con estudios en ciencias militares y armas. Pero fue expulsado de sus filas por haber realizado un operativo como civil para incautar un armamento a un grupo guerrillero, y por omisión en la Masacre de Micoahumado en Bolívar. En muy corto tiempo ‘Don Antonio’ llegó a ser comandante del frente José Pablo Díaz del Bloque Norte de las Auc. En ese cargo lo puso ‘Jorge 40’, con la idea de que ampliara su control militar y de negocios en Atlántico y otras ciudades del Caribe.
Precisamente, ‘Don Antonio’ llegó a las filas paramilitares gracias a un viejo conocido ex militar con quien coincidió en el Cesar y quién pasó por una situación similar. Se trata de David Hernández alias ‘39’, ex jefe del Frente Mártires del Cacique del Valle de Upar del Bloque Norte, quien fue comandante del Batallón Granadero de contraguerrilla en Valledupar hasta 1999, cuando fue acusado (con otros militares) del asesinato del ex asesor de paz de la Gobernación de Antioquia, Alex Lopera. Después de esto, ‘39’ se fugó y se unió a los ‘paras’ como segundo al mando del grupo comandado por ‘Jorge 40’ en Cesar.

Otros Motivos
Sin embargo, no todos los ex militares y policías que terminaron en las filas del grupo armado tenían una investigación judicial. Es el caso de Oscar José Ospino Pacheco. Mejor conocido como ’Tolemaida’, alcanzó el grado de capitán en el Ejército Nacional. Se unió posteriormente al Bloque Norte de las AUC. Allí se convirtió en la mano derecha de ´Jorge 40`, y se desempeñó como comandante del frente Juan Andrés Álvarez con alrededor de 400 hombres bajo su mando. ´Tolemaida` es acusado de masacres, desplazamiento y desaparición forzada por lo que luego de su desmovilización en 2006, huyó a Venezuela donde fue capturado 3 años después. Sin embargo, pese a su historial delictivo en las AUC, no hay evidencia de ninguna investigación en su contra durante su carrera militar que pudiese ser motivo de deserción hacia las autodefensas.
Igual de limpio parecía estar el historial militar del capitán Jairo Andrés Angarita Santos, de la Fuerza Aérea Colombiana, antes de su retiro. Siendo uno de los mejores pilotos de helicóptero de la institución, Angarita pidió la baja a principios de los noventa. Sin embargo, siguió vinculado con la fuerza pública participando con la Policía Nacional y el Ejército en varias operaciones antinarcóticos y contraguerrilla.
Hacia finales de la década, el ’Comandante Andrés’, como se le conoció en la organización armada, se vinculó como piloto de operaciones logísticas y de combate de las AUC. Llegó a ser comandante de los bloques Sinú y San Jorge, del Bloque Córdoba, con 925 hombres armados a su disposición. Hay pocas pistas de por qué se unió al paramilitarismo, pero mientras fue militar no quedó registrada investigación alguna en su contra. Fuentes consultadas por VerdadAbierta.com apuntan a que un narcotraficante que conoció durante una operación militar, lo puso en contacto con las AUC, unos años más adelante, cuando ya se había retirado.
Otros dos casos similares son el de Diego José Martínez Goyeneche, alias ´Daniel Boom` o ´Potecrema` y el de Adolfo Enrique Guevara Cantillo alias ‘101’. Teniente retirado del Ejército, Martínez Goyeneche tomó la decisión de ingresar a las AUC en 1999, donde fue encargado por Carlos Castaño de comandar el bloque Tolima al que se le atribuyen 770 víctimas registradas en el Sistema de Información de Justicia y Paz.
El primero de febrero de 2002, siendo capitán del Ejército, Guevara Cantillo pidió la baja. Poco tiempo después, ya era reconocido con el alias de ´101` o ´Alejandro`, y comandaba el Frente Mártires del Cacique de Upar del Bloque Norte.
Estos hombres acabaron por involucrarse con los grupos paramilitares de una u otra manera, y alcanzaron posiciones de mando y control de estructuras armadas. Sin embargo, es difícil establecer qué sucedió primero y qué sucedió después. ¿Pidió ´Tolemaida` la baja en el Ejército para posteriormente unirse? O por el contrario, ¿tenía ya algún tipo de relación y decidió retirarse para hacer parte de las AUC?
En cualquiera de estos casos es de notar que el entrenamiento militar, pagado con dineros públicos, terminó siendo aprovechado por los paramilitares que, como ya sabe el país, le hicieron un grave daño a millones de colombianos.

Mandos Medios
Algunos de estos ex militares y ex policías no se convirtieron en comandantes de algún frente o bloque paramilitar, pero asumieron roles claves en el emporio paramilitar por cuenta de su experiencia, habilidades y conocimientos aplicados en el campo de batalla.
Así por ejemplo, Manuel Arturo Salom alias ‘JL’, sargento retirado del Ejército, se unió a los ‘paras’ como encargado de dar instrucción militar a tropas del Frente Héroes de Tolová. Su severidad en los entrenamientos y su trato a la tropa lo hizo impopular aún entre los endurecidos miembros de las AUC.
Con posterioridad, ‘JL’ fue reclutador, jefe de finanzas y de logística de la banda de ‘Don Mario’ en Córdoba y Urabá hasta 2008, cuando fue capturado como responsable de los delitos de homicidio, secuestro y concierto para delinquir por la desaparición de 43 personas en Urabá en 1990, hecho conocido como la masacre de Pueblo Bello.
Diego Fernando Fino Rodríguez alias ‘Marlon’, es otro ejemplo. Como capitán del Ejército llegó a ser miembro del Grupo Mecanizado No. 4 Juan del Corral, adscrito a la IV Brigada con sede en Medellín. Junto con ‘39’ y otros hombres, participó y fue procesado por el asesinato de Alex Lópera en marzo de 1999, razón por la cual se fugó de la Brigada y se unió al Bloque Córdoba, y posteriormente al Bloque Catatumbo donde terminó desempeñando labores militares y de logística.
En muchas ocasiones, estos mandos medios sirvieron como puente de enlace para que otros militares se enlistaran con los ‘paras’. Este fue el caso de Jorge Humberto Victoria Oliveros, conocido con el alias de ‘Miguel’, quién se desmovilizó con el frente Héroes de los Llanos y Frente Héroes del Guaviare. De acuerdo expedientes judiciales, a inicios de los años noventa, ‘Miguel’ fue el enlace de la casa Castaño con otros militares activos que terminaron en las filas de los paramilitares.
Sin embargo, no todos estos mandos medios ‘paras’ habían alcanzado alguna posición de mando en la fuerza pública antes de su deserción. José Gregorio Mangones, mejor conocido como ‘Carlos Tijeras’, llegó a ser comandante del frente William Rivas del Bloque Norte de las AUC, no obstante, sólo había sido soldado raso en el Ejército hacia 1987. Pero no había sido un soldado promedio. Antes de unirse a los ‘paras’ fue seleccionado como el mejor soldado del batallón de Infantería Mecanizado No. 5 Córdoba con sede en Santa Marta y enviado al Sinaí como miembro de las fuerzas de paz.
Un caso sonado es el de David Hernández López alias ‘Diego Rivera’ desmovilizado del Bloque Central Bolívar en Nariño. Como testigo protegido en Estados Unidos, ‘Diego Rivera’ fue quien reveló ante la Corte Suprema los videos que muestran al abogado Ramón Ballesteros intentando sobornarlo para que declarara a favor de los ex congresistas santandereanos Luís Alberto Gil y Alfonso Riaño. ‘Diego Rivera’ fue subteniente del Ejército y luego de salir de la fuerza pública, fue jefe político del Bloque Libertadores del Sur del BCB en Nariño.

Los Que No Llegaron a la Desmovilización
Varios militares que llegaron a las filas de las AUC, nunca llegaron a desmovilizarse. Es el caso de Carlos Mauricio García, alias ‘Doble Cero’, quien fue lancero del Ejército y se graduó como abogado de la Universidad de Antioquia. Al retirarse del Ejército en 1988, con el grado de teniente, se fue a las autodefensas de Córdoba y Urabá, en ese entonces bajo el mando de Fidel Castaño. Con la bendición de la casa Castaño, fundó el Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá, que se expandió desde Medellín hacia el oriente y nordeste de Antioquia. Siempre dijo que su objetivo primordial era la lucha contraguerrilla. Su bloque alcanzó a dominar en 45 municipios y según Justicia y Paz, dejó 12.080 víctimas.
Luego de que ‘Don Berna’ le disputara, barrio a barrio, el control de las bandas de Medellín, ‘Doble Cero’ salió derrotado, a refugiarse en la Costa Caribe. Perdió la batalla contra el ala del paramilitarismo más entretejida con el narcotráfico. Fue asesinado en Santa Marta en mayo de 2004, mes y medio después de que cayera, también abaleado, su protector Carlos Castaño
Casos de militares que se unen a grupos armados de extrema derecha, se remontan incluso hasta la década de los ochenta. Así, el mayor Alejandro Álvarez Henao figura en las memorias de Carlos Castaño como fundador de las Accu, y además fue quien reclutó a ‘Doble Cero’ para la causa paramilitar. También, el teniente del Ejército Luís Antonio Meneses, luego conocido como ‘Ariel Otero’, fue uno de los dos jefes principales de las Autodefensas del Magdalena Medio a fines de los 80. Fue asesinado en 1992, después de haber intentado desmovilizar a su grupo.
Otros ejemplos de ex paramilitares asesinados incluyen a ‘39’, quién murió en 2004 luego de un ataque del Ejército; ‘Daniel’, envenenado con cianuro en la cárcel La Picota murió en junio de 2009; el paradero de ‘Camilo’ es incierto pues se dice que está prófugo de la justicia o fue asesinado años atrás luego de su fallida desmovilización.
Así mismo, otros ex militares convertidos en ‘paras’ tampoco participaron de la desmovilización pero por otras razones. Francisco Robles alias ‘Amaury’ estuvo prófugo de la justicia hasta mediados del año pasado. Hasta 1998, ‘Amaury’ había sido el cabo primero Robles, miembro de cuerpo de Fuerzas Especiales del Ejército. Desde que se graduó con honores del curso de suboficiales No. 3, se destacó por su carácter y puntería. Hizo cursos de lancero, de paracaidista, de contraguerrilla, de antiterrorismo urbano, de explorador, siempre en grupos elite. En todos ellos ocupó siempre el primer lugar de su curso.
En 1998, fue acusado de asesinar a dos personas en Bogotá. La justicia militar lo había encarcelado en los calabozos del Batallón de Policía Militar No. 13, también en la capital pero a finales de ese año escapó mientras iba a una cita médica. Posteriormente se unió a los paramilitares como jefe del Frente Sabanas en Bolívar y se convirtió en tercero al mando del Bloque Norte. Nunca se desmovilizó, y después de ser acusado como jefe de las Águilas Negras en el norte del país, fue capturado el 28 de agosto de 2010 por agentes del DAS y del CTI en Astrea, Cesar.
Estos ex militares convertidos en ’paras’ tuvieron un alto valor estratégico para los paramilitares Sus historias representan casos concretos de cómo se crearon en la realidad, estos vasos comunicantes entre fuerza pública y paramilitarismo.
28 de noviembre de 2011
cc verdad abierta   

la nueva domesticidad


¿Diversión, empoderamiento o un retroceso para las mujeres estadounidenses?
[Emily Matchar] Estoy pensando en hacer mermelada casera en estas vacaciones, absorbida por el espíritu de la época que impone el hágalo-usted-mismo y que parece haberse llevado a la mitad de mis amigas. Este verano recogí y congelé bayas, y he estado acumulando frasco tras frasco de mermelada debajo del fregadero de la cocina durante meses. En cuanto a las recetas, me estoy concentrando en mis blogs de comidas y cosas del hogar favoritos -los que muestran a mujeres jóvenes con delantales clásicos hechos a mano y fotos sobreexpuestas de vaporosos pasteles en el alféizar.
"Qué bien", dice mi madre mientras yo parloteo sobre su pectina y la esterilización de los frascos. Me responde con el mismo tono de condescendiente indiferencia que habría usado si le hubiese informado que estaba aprendiendo catalán o que me iba a dedicar a la cría del emú.
Mi madre baby boomer no hace mermelada casera. Ni hace pan. Ni teje. Ni cose. Tampoco lo hacía mi abuela, una ama de casa de los años sesenta de las que llevaban un cigarrillo en una mano y un cóctel en la otra, que consideraba que la comida congelada había contribuido a la liberación de su madre inmigrante de las tareas domésticas. Su idea de darse un gusto digno de las vacaciones era un strudel de langosta importada, comprada en el mercado gastronómico.
Dios mío, cómo han cambiado las cosas.
Mi abuela murió hace casi diez años, pero puedo imaginar lo que le sorprendería la recién descubierta manía de mi generación por el trabajo doméstico tradicional. En todo el país, mujeres de mi edad (yo tengo veintinueve), las hijas y nietas de las feministas de después de Betty Friedan, están adoptando las mismas actividades domésticas que nuestras madres y abuelas habían rechazado. Estamos volviendo a las mermeladas caseras y tejiendo a crochet, tanto para divertirnos como por la sensación acrecentada de que controlamos lo que comemos y lo que llevamos.
Pero en una época en que las mujeres todavía se encargan de la mayor parte del trabajo en casa y ganan mucho menos del dinero, ‘reivindicar’ la domesticidad es más que darse gustos hechos en casa durante las vacaciones. ¿Podría esta ‘nueva domesticidad’ empezar a verse como una obligación anticuada?
La mermelada casera es apenas una pequeñísima parte de nuestra nueva manía por la domesticidad. Las ventas de frascos de conserva caseros aumentaron en un 35 por ciento en los últimos tres años y las ventas de ‘Ball Blue Book Guide to Preserving’ (la biblia de las conservas caseras) se han duplicado el año pasado, de acuerdo a la compañía. Está el renacimiento del punto, los productos de limpieza caseros a base de vinagro blanco, blogs de amas de casa. Luego están también las entregas de ‘La casa de la pradera’ [Little House on the Prairie], con sus matices de hippismo de los años setenta -el retorno a la tierra, la apicultura, la fabricación de queso, los pollos urbanos. Cuando la revista Backyard Poultry publicó su primer número hace casi seis años, imprimía quince mil ejemplares. Hoy, imprime 113 mil.
Las estanterías de Barnes and Noble están atiborradas de manuales de uso que van desde cómo coser hasta cómo hacer yogur y plantar verduras en tu tejado, libros más filosóficos sobre "actividades domésticas urbanas" y "economía casera radical", y libros de memorias escritos por mujeres que abandonaron sus carreras en grandes corporaciones para dedicarse a la cría de ovejas o educar a sus hijos en casa (en Estados Unidos los niños educados en casa pasaron de 850 mil en 1999 a un millón y medio en 2007, de acuerdo a la estimación oficial más reciente). La historia de la "chica con carrera como en ‘Granjero último modelo’ [Green Acres]" es para los años de 2010 lo que la literatura para la mujer moderna de los años noventa, una fantasía para una demografía específica de mujeres jóvenes y educadas (aunque no necesariamente acomodadas); hoy se preocupan de la sustentabilidad, la buena alimentación y vivir responsablemente.
En un nivel, este material es simplemente divertido. "A veces un frasco de mermelada es simplemente un frasco de mermelada", como (nunca) dijo Freud. Nuestra generación saturada de tecnología ansía actividades creativas prácticas, y hobbies nostálgicos como el envase casero; tejer y la repostería también reúnen las condiciones. Nos hemos dado cuenta de que porque algo haya sido históricamente menospreciado como "trabajo femenino", eso no significa que tengamos que rehuirlo para que nos tomen en serio en el mundo. Muchos jóvenes también están adoptando su lado doméstico. Mi marido hace un fantástico pastel de arándano y nadie lo considera por eso menos hombre.
Pero últimamente, muchas mujeres (y pocos hombres) se están zambullendo en la domesticidad con un sentimiento de propósito moral. El frasco de mermelada casera se convierte en un símbolo de la resistencia al alimento industrial y sus prácticas que profanan el medio ambiente. Esta visión ha estado cocinándose durante un tiempo y se ha convertido en un grueso guiso de Slow Food y locavorismo y DIY [hágalo-usted-mismo; Do-It-Yourself] llevado a ebullición por la recesión y la ansiedad. Repentinamente, aprender las artes de nuestras bisabuelas parece ser no solamente divertido, sino necesario e incluso virtuoso.
"Inicialmente, esto tenía que ver con la frugalidad y con la preocupación sobre qué me meto al cuerpo", dice Kate Payne, 30, la autora -de Austin- de ‘The Hip Girl’s Guide to Homemaking’ y algo así como la gurú del mundo de la nueva domesticidad. "Pero se convirtió en política... ¿Voy a comprar esta mierda barata o lo voy a hacer yo mismo?"

Hace poco pasé algún tiempo con Megan Paska, una neoyorquina de Brooklyn de 31 años, cuyo corte de pelo a lo duendecillo y los bíceps marcados la hacían parecer como la vocalista de una banda de rock indie. Pero la vida diaria de Paska se parece mucho más a la de una esposa campesina del siglo diecinueve: poniendo los frijoles a remojo para los guisos, alimentando a los pollos y conejos del patio, secando hierbas, haciendo pan, manteniendo a las abejas en el tejado del departamento. Su frugal vida casera le permitió dejar un trabajo de oficina que le desagradaba; ahora vive con mil dólares al mes que ganó dando clases sobre la producción de alimentos urbanos DIY y escribiendo sobre apicultura y otras habilidades pre-industriales.
Hace unos años, sus amigos pensaban que se había vuelto loca. Ahora, con la economía en receso y con la desilusión en las carreras, todos quieren imitarla. (Aunque su novio, un tipo IT, no está tan seguro).
La mayor parte de las amas de casa que conoce Paska son mujeres. "Las mujeres encuentran que este estilo de vida les da mucho poder", dice. "Alguna gente asume que esta es una reacción contra el movimiento feminista, pero yo lo veo como una continuación".
En los últimos dos años se publicaron un montón de libros-e sobre actividades hogareñas para educarnos sobre habilidades domésticas perdidas, redefiniendo el trabajo doméstico como auto-realización rudimentaria y anti-establishment. Además de ‘Hip Girl’s Guide’, de Payne; está ‘Make Your Place’, de Raleigh; la ‘The Bust DIY Guide to Life’, de la revista Bust; ‘Making It: Radical Home-Ec for a Post-Consumer World’, de Kelly Coyne y Erik Knutzen; y ‘Radical Homemakers’, de Shannon Hayes.
En uno de esos libros -‘How to Sew a Button: And Other Nifty Things Your Grandmother Knew-, el escritor Erin Bried recuerda haber servido a sus invitados a cenar un pastel de ruibarbo casero accidentalmente, hecho con un sucedáneo de acelgas. Uno podría definir esto como comida simple (oye, los dos tienen tallos rojos), pero Bried cree que su error es mucho más serio:

"¿Cuándo perdí la capacidad de cuidarme a mí misma?... Lo que es simultáneamente reconfortante y alarmante de mi incompetencia doméstica, es que yo estoy rara vez sola. Me siguen millones de mujeres, Gen Xers y Gen Yers, que o han rechazado conscientemente las actividades caseras a favor de la carrera o, incluso más probablemente, fueron criadas en la última edad de la conveniencia y el consumismo".

Esta interpretación de lo que significa para una mujer cuidarse de sí misma es radicalmente nueva o increíblemente retro. Bried es redactor es una importante revista nacional, sin embargo está definiendo la idea de cuidar de sí misma en torno a su capacidad para hacer un pastel.
Claramente, saber cocinar (o tejer, o jardinear) es bueno y útil. Algunos de nosotros -yo incluida- lo encontramos entrañable. ¿Pero es una necesidad moral y ambiental? ¿No es suficiente con que gane lo suficiente para comprar la mermelada -o el pastel, o la rebanada de pan, o el pañuelo? ¿Necesito ser capaz de hacer la mermelada yo misma? Y si estamos elevando la apuesta en nuestras expectativas domésticas, tenemos que preguntar: ¿Quién hace el trabajo extra, las mujeres o los hombres?"
Muchos de los paladines del movimiento DIY dicen explícitamente que el trabajo doméstico no gira sobre el género. Pero también he observado un renacimiento de un anticuado esencialismo de género en algunas sorprendentes fuentes. En los últimos tiempos he oído cosas como: "Hay algo natural en que las mujeres asuman un rol maternal en casa", en boca de mujeres especializadas en estudios de la mujer y doctores en filosofía de la Ivy League.
Lo que era un punto de vista reaccionario y derechista ahora es visto casi como progresista -cosas como "Estamos biológicamente preparadas para hacer esto" o "Hace sentido, desde un punto de vista evolucionista". Cuando te concentras demasiado en la palabra ‘natural’ en relación con el alimento, la ropa y el champú, parece terriblemente tentador aplicarla a la gente.
Natural o no, las mujeres son consideradas abrumadoramente como las guardianas de la salud y seguridad de la familia. Y un creciente número de mujeres con las que he hablado piensan genuinamente que "hacerlo uno mismo" es el mejor -quizás el único- modo de asegurar el bienestar de sus familias. Esta ansiedad y la necesidad de controlar personalmente el alimento y otros quehaceres cotidianos han sido bien observados por los estudiosos: una gran parte del retorno a la domesticidad entre mujeres educadas jóvenes tiene que ver con la "reacción contra un sistema alimentario inoperante", dice la historiadora Marcie Cohen Ferris.
Como me dijo una mamá que-se-queda-en-casa en Pensilvania hace poco: "El único modo de saber de qué está hecho lo que comes, es hacer lo que comes tú mismo’. Una madre y ama de casa en Iowa dijo que quiere tratar de educar a su hijo en casa porque está preocupada por el ambiente en la escuela: los artículos de limpieza, el alimento en la cantina.
Podrías decir que estas mujeres son simplemente amas de casa buscando un propósito más allá más allá del transporte compartido. Como me dice la estudiosa del balance entre trabajo y vida, Joana Williams, la domesticidad extrema puede ser un refugio para las mujeres educadas que han dejado de formar parte de la fuerza laboral: "Has sido adiestrado durante toda tu vida en una atmósfera de alta presión, de grandes logros, y necesitas poner eso en alguna parte", dice. "Así que conviertes tu casa en una arena para deslumbradoras actuaciones".
Pero estos DIY-ers extremos están también expresando un temor y frustración que resuena en cualquiera que se preocupe de los huevos con salmonella o BPA en el vaso entrenador de su hijo. Lo que es decir, la mayoría de nosotros. Su domesticidad puede ser vista como un intento de reparar en un nivel individual lo que no puede solucionar ni el gobierno ni la sociedad. Pro bono. Porque, por importante y satisfactorio que puede ser el trabajo doméstico, el hecho es que no es pagado. Y en un mundo donde las mujeres educadas todavía ganan, en el curso de sus carreras, unos 713 mil dólares menos que los hombres con estudios universitarios, no es nada pequeño.
Mujeres como yo estamos disfrutando de proyectos domésticos de nuevo en gran parte debido a que ya no es un deber, sino una opción. Pero ¿cuántas virtudes morales y ambientales podemos asignar al trabajo doméstico antes de que empecemos a sentirlas, una vez más, como una obligación? Si la historia ofrece alguna lección, mi mermelada casera por diversión podría convertirse en la tarea de mi hija, y finalmente en el "liberador" strudel de langosta de mi nieta. Y... por delicioso que suene, no es lo que realmente quiero en mi mesa de vacaciones en 2050.
[Emily Matchar es una escritora cultural independiente cuyo trabajo ha aparecido en Salon, Gourmet y Outside, entre otras publicaciones. Está trabajando en un libro sobre la ‘nueva domesticidad’.]
28 de noviembre de 2011
25 de noviembre de 2011
©washington post
cc traducción c. lísperguer

sobrevivir para contarlo


Una obsesión de los sobrevivientes era que "alguien debía salir con vida, alguien debía sobrevivir para contar y testimoniar.
[Mario Wainfeld] Dilemáticas, todas, son las decisiones de la víctima en el campo de concentración. Enigmas prácticos y éticos, sin respuesta satisfactoria: "maldito si lo haces y maldito si no lo haces". Así lo cifra Mario Villani, quien lo supo durante años y, tras una profunda elaboración, lo relata. Lo más saliente del libro ‘Desaparecido. Historia de un cautiverio’ es el logrado afán de comprender, de evitar los juicios maniqueos, de transitar las "zonas grises". Hay decenas de ejemplos en ‘Desaparecido...’ todos en situaciones límite, por decirlo de algún modo. Tomemos una, acaso no la más terrible. Villani cuenta cómo vivió la final del Mundial de Fútbol, junto a sus carceleros: "Estábamos gritando goles sin saber si nuestro nombre ya estaba en una lista para morir (...) era la culminación de lo que yo llamo el doble mensaje enloquecedor de los sitios clandestinos de detención, un mensaje también instalado en la sociedad, afuera de los campos". Villani no se extasía, no endilga culpas, casi no repara en su individualidad. "De ahí que me sea tan difícil hoy reflexionar sobre lo que significó aquella situación en el Mundial y entender o condenar la actitud de los secuestrados que celebraban un gol en el campo y la de las personas que lo hacían afuera, estando en libertad. No recuerdo con certeza si yo mismo no grité los goles en el campo y me puse contento, tal vez lo hice". Más adelante añade: "Tampoco las personas que estaban en los estadios eran libres. El país entero era una extensión del campo de concentración". Villani predica con el ejemplo: lo importante es entender, no juzgar.
Lejos del estigma, del simplismo, de las divisiones binarias, Villani se obstinó primero por sobrevivir, después por contar y testimoniar, tanto como por darle un sentido a su experiencia. Cualquier adjetivo es banal referido a las circunstancias que atravesó, también suenan huecos para describir a su libro. Recomendarlo a los lectores de este diario es lo más directo, lo más cercano a un mensaje que uno encuentra.
La saga de los sobrevivientes fue tremenda, en muchos casos prolongando el calvario mediante castigos de prójimos cercanos o lejanos y hasta con alguno autoinflingido. La culpa por haber quedado vivo, la sospecha, aun entre sus compañeros, cuando "reaparecieron", los miedos perdurables, la defraudación de los gobiernos democráticos. Tomó tiempo que sus voces fueran escuchadas, que su relato fuera atendido. Muchas defecciones políticas tiraron al tiesto sus testimonios ante la Justicia, durante demasiados años. Progresivamente, sin embargo, su palabra sirvió para que se conocieran y comprendieran los campos de detención, la dictadura, la sociedad toda, como en el ejemplo del Mundial. También, en la determinante esfera judicial, para identificar a los represores. La sentencia en la megacausa de la ESMA consagra un gran momento de esas trayectorias. Lilia Ferreyra, la noble y profunda compañera de Rodolfo Walsh, lo destacó ese mismo día. Y, con todo, si no se hubiera llegado a ese punto, de cualquier forma el aporte a la democracia de los sobrevivientes sería fenomenal.
Villani es un tipo flaco, preciso en el hablar, dotado de un humor lacónico. Un observador notable. Ha leído a Primo Levi, también el indispensable libro de otra sobreviviente, Pilar Calveiro: ‘Poder y desaparición. Los campos de concentración en la Argentina’. Pretencioso (tal vez ocioso) y superior a las competencias de este cronista es hacer un ranking, el libro de Villani y Fernando Reati honra a esos precedentes, los continúa, los enriquece.
Calveiro escribió: "(...) toda defensa de la propia memoria contra el reformateo del campo, toda burla, todo engaño fueron formas de resistencia a su poder. Tratar de sobrevivir sin ‘entregarse’, sin dejarse arrasar era ya un primer acto de resistencia que se oponía al mecanismo arrasador y succionador". Y agrega que una obsesión de los sobrevivientes era que "alguien debía salir con vida, alguien debía sobrevivir para contar y testimoniar". Villani se consagró a esa misión: fatigó tribunales en nuestro país y en Europa, concibió un mensaje que debe ser escuchado y divulgado.
Azares de la vida hicieron que Villani conociera a Reati, preso de la dictadura él, en Estados Unidos. Redactaron este libro a cuatro manos, puliendo entrevistas de Reati a Villani, pasándolas a un relato en primera persona. Reati define el valor del testimonio, se vale de un aparente oxímoron: "deberíamos hablar de ‘verdad subjetiva’ porque se trata de la subjetividad de un individuo de carne y hueso que alude a una verdad histórica de la que fue testigo directo". Y redondea, inmejorable: "El hecho de haber estado en los campos no le concede necesariamente mayor validez a la interpretación de Villani (...) es su elaboración posterior, a lo largo de años, lo que le presta valor".
Conocí personalmente a los dos autores en una entrevista radial que les hicimos, junto a la colega Nora Veiras. Les agradecí su libro, su humanismo y comprensión, la grandeza de su verdad subjetiva. Vuelvo a hacerlo acá.
28 de noviembre de 2011
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cómo habría actuado yo


Fernando Reati, el entrevistador.
[Nora Veiras] Argentina. Fernando Reati es cordobés, profesor de Literatura, fue preso político en Córdoba, está radicado en Atlanta, Estados Unidos. Mario Villani fue invitado a dar una conferencia en su universidad sobre su vida en los centros clandestinos y allí se conocieron.

¿Cómo fue grabar el testimonio de Mario Villani y reconstuirlo?
Fue muy complejo. Muchas horas de grabación y un relato que no es el que está en el libro. Lo hemos reelaborado mucho. Había momentos muy dramáticos. La manera que logré manejar eso para que no me retraumatizara, en parte por lo que yo había vivido pero aunque no hubiera vivido nada, cualquier persona normal se traumatizaría al escuchar esas historias. Le pasaba a mi esposa, por ejemplo. Entonces lo comenté a un terapeuta en Atlanta que es especialista en víctimas de traumas de guerras de Irak, de Vietnam, del Holocausto, y él me dio la clave: me dijo, "lo que pasa es que cuando estás escuchando esos testimonios es como entrar en un territorio sagrado, no es la vida cotidiana, no podés manejar eso con la misma actitud que lo cotidiano". Me dijo: "Tenés que hacer algún tipo de ritual antes y después de entrar en ese testimonio porque si no no hay límite entre el mundo de tu vida y ese horror". Me inventé un ritual que era lavarme las manos antes y después de grabar y pensar: "Es como entrar y salir de una Iglesia, una sinagoga".

Ante el producto terminado, cómo se siente con Memoria...
Me pregunto qué puede significar el libro para los que lo lean acá en la Argentina. Mi interés era entender la experiencia de una persona que había estado en ese mundo, que para el 99 por ciento de nosotros es impensable, no existe. ¿Por qué? Yo había tenido la experiencia de estar en la cárcel, ocho días en un campo de concentración, pero nada que ver. Me imagino que la pregunta era ¿y qué hubiera hecho yo en ese lugar? Me acerqué a la entrevista con esa actitud. En realidad creo que salí entendiendo más de mí mismo. Simplemente reconocer que no sé qué hubiera hecho. En última instancia eso es lo que aprendo: ninguno de nosotros sabe qué hubiera hecho hasta que está ahí. Ojalá que el libro sirva para reflexionar sobre qué hubiéramos hecho nosotros, incluso aquellos que no tuvieron nada que ver o los jóvenes que ni siquiera habían nacido, se pregunten: ¿Cómo hubiera sido mi experiencia si yo hubiera estado confrontado con eso? Y si la gente saca de eso la lección que no lo sabemos y que –como dice Mario– todas son actitudes humanas. Desde el torturador más brutal hasta el preso más inocente, unas más condenables otras menos. Si entendemos eso nos va a ayudar a dar vuelta la página y lo digo con mucho cuidado porque obviamente venimos del menemismo, de mucho tiempo en el que esa expresión era muy negativa. Ha llegado el momento de dar vuelta la página porque hay justicia y un testimonio como el de Mario nos permite pensar lo que viene después. Ahora podemos reflexionar sobre nosotros, los que estuvimos en esa historia qué hicimos, qué no hicimos, lo hicimos bien, lo hicimos mal. Los que no estuvieron qué hubieran hecho. Y los que sí estuvieron como espectadores, entender que entre el torturador más brutal y la víctima lo que hay no es una línea divisoria. Hay una zona gris y la mayor parte de la gente se mueve dentro de esa zona gris. Cuando él habla de la colaboración me parece que es muy importante entender que todo fue colaboración, no sólo adentro sino fuera: la persona que vio que se llevaban a un vecino y no dijo nada, la persona que prefirió no saber nada, ni hablar de los sectores de los partidos políticos y de la Iglesia que sí fueron cómplices. Todos tuvieron que colaborar o conciliar para seguir viviendo y no lo digo como condena, eso también forma parte de las actitudes humanas. Todos tenían que encontrar su grado de colaboración con ese sistema para poder sobrevivir.
28 de noviembre de 2011
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testimonio de theis y gómez


"Vino la revancha".
[Gustavo Veiga] Argentina. Quienes los conocen bien dicen que son inseparables. Carlos Hugo Theis (foto) y Orlando Gómez, dos ex trabajadores de Dálmine Siderca, militaban en el Partido Comunista durante la dictadura. El primero es de Campana, ingresó a la empresa en 1972 durante el régimen de Alejandro Agustín Lanusse y permaneció veinte años. Su compañero, oriundo de Zárate, entró en el ’74 y estuvo contratado hasta 1998. En ambos casos, demasiado tiempo para describir con propiedad cómo era desempeñarse en una fábrica militarizada.
"En nuestro sector, que se llama Playa, vivimos en carne propia la represión con la desaparición de nuestro delegado, Oscar Bordisso. Su familia le ganó un juicio a la empresa porque desapareció cuando salía de trabajar. Yo entraba a las cinco de la mañana y él salía a la misma hora. Generalmente nos veíamos porque nos cruzábamos, pero ese día no fue así. Me acuerdo que le dije a otro compañero, Zanabria, que había que hacer algo, cómo iba a desaparecer", señala Theis.
Los dos recuerdan la militancia peronista de Bordisso en la UOM, opositor a la conducción de Lorenzo Miguel. Theis, enfrentado políticamente con el delegado desaparecido, se había postulado como candidato a integrar la comisión interna cuando sobrevino el golpe. "Eramos tan inconscientes que hacíamos pintadas y después del 24 de marzo del ’76, las pintadas quedaron. Nunca me olvido que vino un supervisor, un tal Russo, y me dijo: Theis, bórrelas, porque en cualquier momento lo agarran de las pestañas. Me acuerdo que después del golpe me fui una semana o más de mi casa por precaución."
Como Gómez vivía en Zárate, todos los días viajaba hasta Campana en ómnibus. "Los controles que se hacían eran permanentes, no había un día que dejaran de pasar lista en los 9 kilómetros que hacía el Expreso Paraná. Los militares las tenían con los nombres y apellidos de los militantes o guerrilleros. Imagínese con mi apellido: ¡Gómez había un montón! En la fábrica había un Gómez que era del ERP. Hacían trabajo psicológico con el miedo, el miedo era tremendo."
Los dos compañeros coinciden en el clima de intimidación que se vivía en Dálmine Siderca: "Me acuerdo de los candados de nuestros cofres violentados. Llegábamos, nos cambiábamos y encontrábamos los candados rotos. Un día en un operativo apareció una camioneta del Ejército y a un muchacho que le habían abierto el cofre y le encontraron volantes del ERP se lo llevaron. Era muy común que antes del golpe entraras a la fábrica y te dieran material político que guardabas para leer después. El Ejército pasaba por una especie de pasarela por la que caminaban los que manejaban las grúas. Los militares nos miraban desde ahí, bien arriba".
La presencia uniformada en la fábrica era ostensible. En el ’76 comenzó a producir la planta de reducción directa de mineral de hierro; al año siguiente se instaló el primer laminador continuo del mundo alimentado con barras redondas y en 1978 fue construido el puerto fluvial de Siderca. Tres avances claves que serían simultáneos a la conculcación de los derechos de casi 5 mil trabajadores en los ’70. "Llegué a vivir la época en que prácticamente los que mandaban eran los delegados y Dálmine tuvo que aflojar en muchas cosas. Había sectores en que los jefes no entraban de noche. Pero después del golpe vino la revancha de la empresa y empezó la represión", concluyó Theis.
28 de noviembre de 2011
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el cuaderno con la lista


De militantes políticos. Piden que se investigue la presunta complicidad del directorio de Dalmine Siderca con la dictadura. El reclamo lo realizan sobrevivientes y familiares de las víctimas que se desempeñaban en la compañía del Grupo Techint.
[Gustavo Veiga] Argentina. En Campana, Dálmine será siempre Dálmine, a lo sumo Dálmine Siderca. No importa que el inmenso tanque de agua –su símbolo más visible observado desde la ruta 12– diga Tenaris, el nombre que adoptó el 17 de diciembre de 2001 cuando se amplió ese complejo industrial con sede fiscal en Luxemburgo. En 1976, la empresa siderúrgica se encontraba bajo jurisdicción del ejército en la llamada Area 400, donde decenas de sus trabajadores desaparecieron. En una sola jornada de septiembre, que después se conoció como "La noche de los tubos", fueron secuestrados cuatro: Alberto Bedia, Manuel Martínez, Raúl Aroldo Moreno y Armando Culzoni. La planta industrial se militarizó, agentes de inteligencia se infiltraron y cualquier obrero que vistiera el clásico mameluco azul resultaba sospechoso de actividades subversivas.
Eduardo Pitter, un ex coordinador de mantenimiento electrónico y mecánico, recuerda hoy cómo su compañero Bedia le reveló un secreto que lo expuso a la desaparición: "Un día me paró donde estaban los molinetes de la entrada, a la derecha de la oficina de Personal, en la que trabajaba él. Me dijo: ‘Hay que tener cuidado. ¿Viste cómo viene la mano? Capaz que uno mañana no está más acá. Se maneja un cuaderno de tapas negras, ahí está la lista de militantes políticos que le molestan a la empresa. Lo traen a la oficina mía y después lo guardan en la caja de seguridad de la gerencia’". Pitter, quien además era delegado del gremio de supervisores metalúrgicos (Asimra), ubica el diálogo en septiembre del ’76. Está seguro porque el 12 de ese mes cumple años y en la madrugada del 23 se llevaron a Bedia de la casa de sus padres, en el barrio Dálmine. El suyo es uno de los diecinueve casos denunciados por delitos de lesa humanidad en la zona de Zárate-Campana, donde hubo 169 desapariciones. Familiares y sobrevivientes piden investigar "la responsabilidad penal de los integrantes del directorio, de los gerentes de personal y jefes de seguridad de Dálmine Siderca (Grupo Techint)". El cuaderno que describe Pitter es apenas uno de los indicios de complicidad con el régimen militar que se le atribuye a la siderúrgica. Valentín Ibáñez tiene 70 años, vive en una humilde casa de Zárate y recibe a Página/12 en un local contiguo donde conviven estanterías polvorientas con un afiche de Eduardo Duhalde y la Liga Federal. Sostiene que fue delegado durante 18 años en el sector de mantenimiento. Integraba la lista Celeste y Blanca en la UOM local y adhería a Lorenzo Miguel. En febrero de 1977 lo secuestraron a la salida de la Mutual 2 de Abril junto a sus compañeros Roberto García y Félix Martínez. Un grupo de tareas lo llevó al centro clandestino de detención la Casa de Piedra, en Lavalle 636, a pocas cuadras de la calle más comercial y transitada, Justa Lima de Atucha. Las torturas que sufrió no se prolongaron más de tres días porque "un tal Paolino, un informante, me reconoció. Eramos compañeros de la Escuela Naval, donde yo estuve un año y no quedé porque me faltaba aptitud militar".
Ibáñez también cuenta que en la Casa de Piedra lo interrogó un tal Zapata. "Alto, delgado, de tez blanca y muy instruido en su forma de hablar", describe al militar. Este dato cobra relevancia cuando se lo relaciona con su presencia en el interior de la planta. Los ex obreros de Dálmine Siderca Carlos Theis y Orlando Gómez más el supervisor Pitter, coinciden en que Zapata era una pieza clave en el aparato represivo que operaba en la fábrica. "Andaba en ropa de fajina. Un día en una asamblea entró con soldados, dio la orden de rodilla en tierra y cuando cargaron las armas, en dos segundos ya estábamos todos adentro de los galpones." En lo que no se ponen de acuerdo es en su grado militar: coronel o mayor.
José Costela, como muchos trabajadores de la empresa en sus comienzos, ingresó cuando era apenas un adolescente. "Nací en 1941 y entré a Cometarsa (Construcciones Metálicas Argentinas) del Grupo Techint, el 24 de marzo de 1956. Me retiré el 18 de septiembre del ’91." Mientras comparte unos mates con su amigo Alberto Calvo, un sobreviviente de los centros clandestinos del Area 400, aporta otro dato que nadie había mencionado: "Durante la dictadura, los tarjeteros del personal en la entrada a Siderca aparecían vacíos. Sabíamos que era una señal de que los militares estaban infiltrados adentro". Rodolfo y José Ramón Amarilla se desempeñaban en la compañía. Los detuvieron con violencia el 6 de octubre del ’76, hasta que los separaron en la comisaría de Campana. Ahora, el primero intenta hacer justicia por su hermano desaparecido. "En nuestro secuestro tuvo que ver personal jerárquico o de seguridad de la empresa Dálmine Siderca", sospecha.
Uno de los principales imputados por estos operativos era Roberto Paulino Nicolini, ya fallecido. Jefe de vigilancia de Cometarsa y militar retirado de la Fuerza Aérea, Costela lo describe como "un loco de la guerra, de armas llevar. Cuando era delegado yo tuve varias agarradas con él, incluso antes de la última dictadura". Nicolini y Zapata son apenas un par de represores mencionados en la querella que avanza con ciertas dificultades de nombramientos en el Juzgado Federal Nº 2 de San Martín que subroga Juan Manuel Yalj.
El circuito de centros clandestinos que funcionó en la zona donde se levanta el emporio siderúrgico más grande del país tenía su epicentro en la ex Fábrica Militar de Tolueno Sintético. La base naval de Zárate, las principales comisarías, la Casa de Piedra y hasta el buque patrullero Murature sirvieron como mazmorras de la dictadura. La compañía también aportó su infraestructura, como han denunciado sobrevivientes que pasaron por las instalaciones de su apéndice deportivo, club Ciudad de Campana (se llama así desde 1999). En los ‘70 era más conocido como Villa Dálmine, un equipo de fútbol que hoy disputa el torneo de Primera C de la AFA y que en 1976 estuvo cerca de subir a Primera División. Las piletas y vestuarios de la institución sirvieron para alojar prisioneros secuestrados. Así lo aseguran varios detenidos, como el ex intendente peronista de Zárate Francisco Bugatto y su hijo José Alberto, quienes fueron conducidos allí el 24 de marzo del ‘76. En igual sentido declaró Lidia China Biscarte, ex directora de Derechos Humanos de aquel municipio hasta 2007.
Los militares también se enseñorearon en el Tiro Federal, otro predio improvisado como centro clandestino. Una inspección judicial en 2004 comprobó que mantenía pruebas intactas. Agujas de tejer con cinta aisladora en los extremos que se usaban para picanear y restos de ropa manchada con sangre fueron algunos de los hallazgos. Está ubicado al lado de Trefila, la sección donde se trefilan en frío los tubos sin costura de Techint. "La única persona en el lugar era el casero de la institución, Hugo Ciafardini, a quien le vaciaron el dormitorio, le quemaron los muebles y lo amenazaron", escribió el historiador local Miguel Di Fino, en ‘Recordando el olvido’.
Meses antes del golpe, acaso desde fines de 1975 y anticipándose a lo que vendría, los uniformados se habían instalado en el hotel Dálmine (alojaba al personal jerárquico de la empresa) para diagramar en detalle la sangrienta represión en el Area 400. Junto a sindicalistas y empresarios afines fueron detectados en ese lugar donde hoy funciona la Tenaris University, la escuela de capacitación de los futuros cuadros profesionales del grupo siderúrgico.
28 de noviembre de 2011
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