el conflicto en san carlos
Así vivieron el conflicto armado en San Carlos, Antioquia. Sus habitantes rompieron años de silencio y le contaron al grupo de Memoria Histórica cómo vivieron y resistieron la presencia de guerrilla y paramilitares.
Colombia. En el municipio de San Carlos, Oriente antioqueño, la guerra fue implacable. Masacres, asesinatos selectivos, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales fueron, durante varios años, el pan de cada de sus habitantes, quienes poco a poco fueron abandonando el pueblo y buscando refugio en otras zonas del departamento y del país.
Ese pasado es doloroso y, por tal razón, quienes lo padecieron guardaron silencio por varios años, pero a través de un paciente trabajo de los investigadores del área de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (Cnrr), lograron que muchos de los sancarlitanos hablaran de esas épocas duras de la confrontación entre guerrillas, paramilitares y Fuerza Pública, que forzaron la salida de por lo menos el 80% de la población.
Esas voces conforman el texto ‘Memorias del éxodo de la guerra’, investigación adelantada por un grupo de profesionales que se sumergieron en la historia de San Carlos que da cuenta de todo el horror que padecieron cientos de sus habitantes entre 1986 y el 2010, y cuyos resultados se presentaron en Medellín durante la Semana de la Memoria.
Pasado Remoto
La construcción de varios megaproyectos energéticos en la subregión del Oriente antioqueño en la década del setenta generó en el municipio de San Carlos un movimiento social muy fuerte que defendió los intereses sociales y políticos del pueblo. Sin embargo, esas luchas generaron los primeros desplazamientos de sus habitantes, resultado de la compra de predios para la construcción de las centrales hidroeléctricas y de los primeros asesinatos selectivos realizados por el Eln y luego las Farc.
"Todos esos grupos cívicos que se habían formado se extinguieron, porque a todos estos líderes les tocó salir, pues, para preservar sus vidas. Al igual que a algunos concejales, eso allá fueron muchos conflictos pero, ¿por qué? Porque allá las riquezas del municipio son incalculables", contó una de las fuentes consultadas por el grupo de Memoria Histórica.
Más adelante, llegarían las Autodefensas del Magdalena Medio y el MAS (Muerte a Secuestradores), que empezaron a disputarse el control de la zona con la guerrilla. Finalmente, en la década de 1990, hacen presencia las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) con el Bloque Metro y, posteriormente, las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) con el Bloque Cacique Nutibara y el Bloque Héroes de Granada, grupos que se mantuvieron hasta cuando se realizaron los procesos de desmovilización, en 2003 y 2005 respectivamente.
La presencia de los grupos paramilitares disparó las cifras de homicidios, masacres, desapariciones y generó el desplazamiento de casi todos los pobladores del municipio. De las 74 veredas con las que cuenta el municipio, 30 fueron abandonas en su totalidad y más de 20 parcialmente, se consignó en el informe de Memoria Histórica.
"A cualquier hora del día. Eso se prendía a candela, este lado y el lado de allá. La guerrilla le quemaba el carro al que fuera y a los que viera así a distancia, a las 4, 6, 8, 10 cuadras. Nos tocó salir de una porque un grupo armado nos dijo que nosotros le estábamos colaborando a la guerrilla y que eso no lo iban a permitir, que nos iban a matar y que debíamos desocupar la vereda", recuerda un hombre que luego de varios años de desplazamiento decidió volver a San Carlos.
Las cifras de atentados contra la población civil son alarmantes. Hubo por lo menos 33 masacres, se registraron 156 desapariciones forzadas y 78 personas fueron víctimas de las minas antipersonal.
Las acciones guerrilleras más frecuentes fueron los asesinatos selectivos, los secuestros, los daños a bienes civiles, los bloqueos de vías, las amenazas, la instalación de minas antipersonal y los sabotajes a la infraestructura eléctrica y vial. A partir del 2001 y hasta el 2004 empezaron a realizar masacres de las cuales se le atribuyen seis.
En 1998 aparecen los paramilitares en la región. Un año después le declararon la guerra a la población cuando afirmaron que por cada torre de energía que derribara la guerrilla, serán asesinados diez campesinos. Sus métodos no fueron diferentes a los empleados por la guerrilla. De las 33 masacres, los paramilitares cometieron 23, mataron a 206 personas y desaparecieron a 42.
Su centro de mando fue el famoso Hotel Punchiná, el más lujoso del municipio, de propiedad de Gabriel Puerta —extraditado por narcotráfico en mayo de 2009. Según el informe de Memoria Histórica, "este sitio sirvió como lugar de ajusticiamiento, torturas, violaciones, asesinatos y desapariciones. Por esta razón fue llamado años después La casita del terror. Allí se entrenaba y se impartían las órdenes; se citaba a la población y a los funcionarios públicos a rendir cuentas; se torturaba, asesinaba y se desaparecían los cuerpos de personas retenidas y señaladas como colaboradoras de la guerrilla".
Pero los responsables de la tragedia humanitaria que vivió San Carlos durante más de 10 años no fueron sólo los grupos armados ilegales. El informe también consigna que sectores de la Fuerza Pública favorecieron el accionar de los grupos armados ilegales, particularmente de las Accu y Auc, al no combatirlos y omitir, en muchos casos, las denuncias y masacres ocurridas allí.
El testimonio de este hombre muestra lo que los campesinos pensaban en ese entonces: "en el 2003 el presidente Uribe ordenó que si tenían que sacar la población, la sacaran, pero que no quedará ni un guerrillero. Entonces al resto de población la sacó fue el Ejército. Mandaban escaleras (buses) a traer la gente, porque el que se quedara por allá es porque era guerrillero, y hay que darle, hay que matarlo". En su afán por acabar con la guerrilla, el Ejército y la Policía cometieron errores y participaron del drama de la guerra.
Amor a la Tierra
En agosto de 2002 llegaron a San Carlos 38 buses en caravana provenientes de Medellín. Ese mes empezó el retorno. Pese a las dificultades, consecuencia de la falta de dinero, los campos minados y el abandono de la tierra, los habitantes de este municipio antioqueño decidieron volver para quedarse definitivamente.
El regreso no fue fácil. Muchos afirmaron que desplazarse era más fácil que retornar. La precariedad de las condiciones que encontraron, la fragilidad del acompañamiento institucional y lo complicado de los procedimientos, hicieron este proceso más difícil.
Un hombre consultado por Memoria Histórica narró que "cuando uno se desplaza, todo el mundo es solidario, el vecino, el amigo, el familiar, el estado, las ONG, todo el mundo. Cuando usted retorna se encuentra solo y se tienen que cumplir unos requisitos para poder hacer ese retorno; cuando se desplaza no, basta con que sienta que la integridad personal, la vida está en peligro y que un grupo armado ilegal lo haya amenazado".
Las dos principales razones por las que volvieron, según lo hallado por el área de Memoria Histórica, fueron el arraigo a la tierra y a la comunidad, y la necesidad. Según informes de la Alcaldía, a junio de 2011 se registraban alrededor de 9.000 personas y 2.700 familias retornadas.
El informe llama la atención frente al tema de las garantías de seguridad, de las pocas condiciones que tienen para generar ingresos que les permitan sobrevivir y las escasas posibilidades para la elaboración del duelo por la pérdida de sus seres queridos y de su lugar de origen.
En este sentido, se enumeran los enormes retos que tiene el Estado para garantizar un retorno de la población desplazada en condiciones dignas. Se señalan los enormes costos políticos, morales, psicológicos, económicos y culturales dejados por la guerra y lo difícil que resulta la reconstrucción después de la devastación.
Un Premio Merecido
Las víctimas de San Carlos pasaron varios meses trabajando con el grupo de Memoria Histórica con el fin de reconstruir la historia del conflicto armado en su pueblo. Las iniciativas de retorno, de resistencia y de lucha por defender lo que les pertenecía no sólo fueron reconocidas en el informe que lanzó la Cnrr. La labor de la comunidad y del Municipio de San Carlos también fue premiada con el Premio Nacional de la Paz.
Este reconocimiento se da a los pobladores del municipio por el trabajo que han realizado para promover el retorno a San Carlos. Según la organización del Premio, "ante la incertidumbre y el desarraigo que produce vivir en una gran ciudad extraña, cientos han decidido retornar y organizarse para reconstruir su municipio y sus vidas. Sus retos incluyen la recuperación de las zonas rurales, sembradas de miles de minas antipersonal, y la superación de los efectos emocionales, sociales y económicos que les ha dejado el conflicto armado".
El Alcalde de San Carlos, quien recibió el Premio en Bogotá acompañado de varios líderes comunales, reconoció que el retorno ha sido posible gracias a la vinculación de instituciones como instituciones como Acción Social, Empresas Públicas de Medellín, la Alcaldía de Medellín y la Gobernación de Antioquia, quienes han apoyado proyectos productivos para los campesinos retornados.
Bruno Moro, delegado de Naciones Unidas en Colombia, resaltó la importancia del proyecto de retorno de San Carlos: "se demuestra que los colombianos pueden más que la violencia cuando se organizan para enfrentar las adversidades".
San Carlos se convierte entonces en un ejemplo a seguir para aquellos pueblos que han sido duramente golpeados por el conflicto armado. En el informe de Memoria Histórica los campesinos cuentan lo que para ellos fue una guerra total. Con el Premio Nacional de Paz se ratifica lo que dijo la Secretaria de gobierno del municipio Ana Doris Betancur: "este reconocimiento valora que no nos hemos echado a la pena, que hemos tocado todas las puertas y creado los mecanismos para que San Carlos reviva".
29 de noviembre de 2011
26 de noviembre de 2011
cc verdad abierta
Colombia. La comuna 13 de Medellín, situada en las laderas occidentales de la ciudad, ha padecido los estragos de la guerra urbana como ninguna otra en el departamento y el país, lo que ha significado para cientos de sus pobladores vivir en desplazamiento continúo.
Colombia. Para la institución llamar así a estos grupos era una manera implícita de decir que funcionaban como organización paralela a los militares y por eso rechazaba el mote. La palabra paramilitar, sin embargo, se quedó pegada en el lenguaje de la gente, y adquirió su propio significado.
[Emily Matchar] Estoy pensando en hacer mermelada casera en estas vacaciones, absorbida por el espíritu de la época que impone el hágalo-usted-mismo y que parece haberse llevado a la mitad de mis amigas. Este verano recogí y congelé bayas, y he estado acumulando frasco tras frasco de mermelada debajo del fregadero de la cocina durante meses. En cuanto a las recetas, me estoy concentrando en mis blogs de comidas y cosas del hogar favoritos -los que muestran a mujeres jóvenes con delantales clásicos hechos a mano y fotos sobreexpuestas de vaporosos pasteles en el alféizar.
[Mario Wainfeld] Dilemáticas, todas, son las decisiones de la víctima en el campo de concentración. Enigmas prácticos y éticos, sin respuesta satisfactoria: "maldito si lo haces y maldito si no lo haces". Así lo cifra Mario Villani, quien lo supo durante años y, tras una profunda elaboración, lo relata. Lo más saliente del libro ‘Desaparecido. Historia de un cautiverio’ es el logrado afán de comprender, de evitar los juicios maniqueos, de transitar las "zonas grises". Hay decenas de ejemplos en ‘Desaparecido...’ todos en situaciones límite, por decirlo de algún modo. Tomemos una, acaso no la más terrible. Villani cuenta cómo vivió la final del Mundial de Fútbol, junto a sus carceleros: "Estábamos gritando goles sin saber si nuestro nombre ya estaba en una lista para morir (...) era la culminación de lo que yo llamo el doble mensaje enloquecedor de los sitios clandestinos de detención, un mensaje también instalado en la sociedad, afuera de los campos". Villani no se extasía, no endilga culpas, casi no repara en su individualidad. "De ahí que me sea tan difícil hoy reflexionar sobre lo que significó aquella situación en el Mundial y entender o condenar la actitud de los secuestrados que celebraban un gol en el campo y la de las personas que lo hacían afuera, estando en libertad. No recuerdo con certeza si yo mismo no grité los goles en el campo y me puse contento, tal vez lo hice". Más adelante añade: "Tampoco las personas que estaban en los estadios eran libres. El país entero era una extensión del campo de concentración". Villani predica con el ejemplo: lo importante es entender, no juzgar.
[Nora Veiras] Argentina. Fernando Reati es cordobés, profesor de Literatura, fue preso político en Córdoba, está radicado en Atlanta, Estados Unidos. Mario Villani fue invitado a dar una conferencia en su universidad sobre su vida en los centros clandestinos y allí se conocieron.
[Gustavo Veiga] Argentina. Quienes los conocen bien dicen que son inseparables. Carlos Hugo Theis (foto) y Orlando Gómez, dos ex trabajadores de Dálmine Siderca, militaban en el Partido Comunista durante la dictadura. El primero es de Campana, ingresó a la empresa en 1972 durante el régimen de Alejandro Agustín Lanusse y permaneció veinte años. Su compañero, oriundo de Zárate, entró en el ’74 y estuvo contratado hasta 1998. En ambos casos, demasiado tiempo para describir con propiedad cómo era desempeñarse en una fábrica militarizada.
[Gustavo Veiga] Argentina. En Campana, Dálmine será siempre Dálmine, a lo sumo Dálmine Siderca. No importa que el inmenso tanque de agua –su símbolo más visible observado desde la ruta 12– diga Tenaris, el nombre que adoptó el 17 de diciembre de 2001 cuando se amplió ese complejo industrial con sede fiscal en Luxemburgo. En 1976, la empresa siderúrgica se encontraba bajo jurisdicción del ejército en la llamada Area 400, donde decenas de sus trabajadores desaparecieron. En una sola jornada de septiembre, que después se conoció como "La noche de los tubos", fueron secuestrados cuatro: Alberto Bedia, Manuel Martínez, Raúl Aroldo Moreno y Armando Culzoni. La planta industrial se militarizó, agentes de inteligencia se infiltraron y cualquier obrero que vistiera el clásico mameluco azul resultaba sospechoso de actividades subversivas.