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dictadura y violencia de género


María Sondereguer, investigadora sobre violencia de género. En una investigación particular realizada por Sondereguer, casi todas las mujeres que estuvieron presas durante la dictadura reconocen haber sufrido algún tipo de abuso sexual. Hasta el año pasado se consideraba un delito que prescribía.
[Mariana Carbajal] Argentina. Desde hace más de tres años, María Sondereguer dirige una investigación sobre la violencia sexual y de género durante el terrorismo de Estado. En ese marco, un equipo de investigadores de los Centros de Derechos Humanos de las Universidades Nacionales de Lanús y de Quilmes vienen recolectando testimonios y analizado los que han aparecido en diversos juicios que dan cuenta de las violaciones que han sufrido las mujeres detenidas en los centros clandestinos durante la última dictadura militar. "Las denuncias que constan en el Nunca Más y los testimonios que han surgido con la reapertura de los juicios luego de la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida nos permiten señalar su sistematicidad", señaló Sondereguer en una entrevista con Página/12. Encabeza el centro de DD.HH. de la UNQ, donde es profesora titular y desde 2009, además, directora nacional de Formación en Derechos Humanos de la Secretaría de DD.HH. de Nación.

¿Encontraron denominadores comunes en los testimonios?
Un elemento significativo es que en los testimonios que hemos recabado en la investigación, por fuera de los tribunales, y en muchos casos en conversaciones muy privadas y en un clima de confianza personal, casi todas las mujeres que estuvieron detenidas en los campos clandestinos de detención reconocen haber sufrido alguna forma de violencia sexual: desnudez forzada, manoseos de carácter sexual, penetración con objetos, picana en los pechos y genitales, violaciones sexuales.

¿Qué significado tuvo la violación de mujeres en el marco del terrorismo de Estado?
Consideramos que la "intervención" sobre los cuerpos por parte de los perpetradores se inscribe en un dispositivo disciplinario. La violencia sexual y las violaciones a las mujeres en el terrorismo de Estado tienen una función domesticadora. En los cuerpos se inscribe la disputa política: así, mientras el cuerpo violado de los varones es destituido de su masculinidad, en el cuerpo violado de las mujeres la agresión sexual inscribe la "soberanía" de los perpetradores. La "ocupación" del cuerpo de la mujer se asimila a la ocupación del territorio enemigo. Esta apropiación vale también para la "entrega" del cuerpo de las mujeres, en los vínculos sexuales e incluso amorosos, y no sólo en los encuentros sexuales forzados, sino en aquellos vínculos "consentidos" entre secuestradas y sus captores. Sabemos que el contexto no es neutro y está pautado por la violencia, y es indispensable reflexionar sobre las condiciones del consentimiento. Para las Fuerzas Armadas y las fuerzas de Seguridad, hay una gramática de los cuerpos que tiene una significativa incidencia en su constitución como sujetos.

Se habían relatado violaciones y otros delitos sexuales durante el Juicio a las Juntas. ¿Por qué no se investigaron?
Tanto en las declaraciones ante la Conadep como en el Juicio a las Juntas Militares en 1985, las mujeres denunciaron distintas formas de violencia sexual y en algunos casos expresaron haber sido violadas. Incluso puede estimarse que la cantidad de mujeres violadas fue muy superior a los casos denunciados. Hay que tener en cuenta que no se preguntó específicamente a las mujeres por las violaciones sexuales, las declaraciones fueron espontáneas. La percepción de que el número fue significativo se ve reforzada por la gran cantidad de testimonios de detenidos que dicen haber presenciado una violación. Pero en ese momento las denuncias de prácticas de violencia sexual hacia las mujeres –o hacia los varones– quedaron subsumidas en la figura de los tormentos y en las distintas vejaciones, y fueron relegadas ante la figura de la desaparición forzada que se consideró el elemento central de la metodología del terrorismo de Estado. Las violaciones y los abusos sexuales no adquirieron rango de hechos demostrables y por lo tanto no gozaron de jerarquía en la indagación de jueces y fiscales. Es necesario recordar que en el Código Penal argentino la violación sexual estaba tipificada como "delito contra la honestidad" y recién en el año 1999 la definición fue sustituida por la designación de "delito contra la integridad sexual". Incluso hoy, las acciones penales en el caso de una violación son "acciones dependientes de instancia privada", es decir, dependen de la acusación o denuncia de la persona agraviada.

¿Qué cambió para que ahora haya otra escucha?
Fue necesaria una transformación de los marcos sociales de memoria para que se empezaran a crear las condiciones para "nuevos" recuerdos: por un lado, la incorporación de la perspectiva de género en la investigación de violaciones masivas a los derechos humanos en situaciones de conflicto armado o en procesos represivos internos permitió identificar una práctica reiterada y persistente de violencia sexual hacia las mujeres y el debate jurídico a nivel internacional pudo entonces caracterizar la violencia sexual en el contexto de prácticas sistemáticas de violencia como una violación específica de los derechos humanos; por otro, en la indagación sobre los crímenes de violencia sexual ocurridos durante la dictadura se inscriben también otras circulaciones discursivas: las nuevas teorizaciones sobre género, los movimientos sociales feministas y algunos temas clave como la trata y tráfico de personas. La perspectiva de género nos ofrece una nueva capacidad de análisis que nos permite tomar distancia de la invisibilización que la problemática tuvo tanto en las políticas públicas como en las víctimas y en quienes reflexionan sobre estos temas.

A nivel de la jurisprudencia internacional, ¿cómo se consideran las violaciones sexuales en contextos de terrorismo de Estado o guerras?
En la legislación internacional, las violaciones sexuales sistemáticas son consideradas violaciones a los derechos humanos. El Estatuto de la Corte Penal Internacional (Estatuto de Roma), aprobado en 1998, estipula que es un crimen de lesa humanidad la violación, la esclavitud sexual, la prostitución y el embarazo forzados u otros abusos sexuales de gravedad comparable, cuando son parte de un ataque sistemático o generalizado contra una población civil. Pero ya en los tribunales internacionales ad hoc de Ruanda y la ex Yugoslavia la violencia sexual sistemática había sido probada y tipificada como tal. En la jurisprudencia interamericana, hace un par de años, la corte Interamericana de DD.HH. consideró la violencia sexual como una violación a la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia hacia las Mujeres, en el caso de la masacre de mujeres en el Penal Castro Castro de Perú y recientemente estableció como tortura, entre otras violaciones a los DD.HH., la violencia sexual ejercida por agentes estatales contra dos mujeres indígenas en el estado de Guerrero, México.
17 de enero de 2011
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crímenes silenciados


Ataque sexual como un delito de lesa humanidad. Dos represores fueron detenidos en el juicio de Mendoza por violaciones a prisioneras. Las violaciones a las prisioneras eran consideradas "hechos eventuales" y por lo tanto prescribían. Desde el año pasado, al comprobarse que se trataba de una práctica sistemática, se las ha equiparado a otras torturas.
[Mariana Carbajal] Argentina. Dos policías retirados que integraron el D2, el centro de detención y torturas de la ciudad de Mendoza en la última dictadura militar, fueron detenidos y encarcelados, tras ser denunciados en el juicio por crímenes de lesa humanidad que se sigue en la capital provincial por una testigo que los señaló como quienes la violaron de modo reiterado durante los nueve meses que estuvo presa en la cárcel clandestina que funcionaba en la Central de Policía de la calle Belgrano. Uno de ellos trabajaba actualmente en el planta verificadora de autos que maneja la fuerza. "Me manoseaban en la celda, me violaban", contó Rosa del Carmen Gómez. Ella y otras dos testigos más del juicio, Silvia Ontivero y Luz Faingold, relataron, con mucho dolor, haber sido violadas salvajemente durante su permanencia en el D2. "Soportamos todo tipo de torturas, pero quizá la más horrorosa fue que por la calidad de mujer me violaron varias veces al día cuanto señor estaba de turno", declaró Ontivero y recordó con "horror" cómo otra de las detenidas, que estaba recién operada, también fue vejada sexualmente. "Hasta hoy recuerdo sus sollozos diciendo que era virgen y entonces hicieron una violación contra natura", dijo Ontivero, que tiene hoy 60 años y llegó desde Chile, donde vive, para testificar Faingold era menor de edad cuando fue detenida y violada: tenía 17 años recién cumplidos.
"Esas violaciones ocurrían muchas veces, 10, 15 o 20 por día. Hay compañeras a las que las violaban cada media hora", explicó otro de los testigos, ex detenido desaparecido, Fernando Rule.
Como ya salió a la luz en otros juicios por los delitos de lesa humanidad cometidos, cada vez con más detalles queda en evidencia que "las violaciones sexuales se produjeron en todos los centros clandestinos en forma sistemática", destacó la abogada querellante del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos, Viviana Beigel. Para el abogado Pablo Salinas, también querellante del MEDH, las detenciones de los dos policías marcan un punto de inflexión entre la impunidad y la justicia: "Antes había impunidad total llegando al punto de encontrarse varias víctimas con sus abusadores en lugares de la policía donde tenían que hacer trámites", apuntó a este diario.
El debate oral comenzó el 17 de noviembre. El martes último retomaron las audiencias, que no fueron suspendidas por la feria judicial. Son querellantes el MEDH, el gobierno provincial y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Es el primer juicio por delitos de lesa humanidad en la capital mendocina. Entre las mujeres que ya declararon, tres de ellas, Gómez, Ontivero y Faingold, manifestaron haber sido violadas. Otros dos testigos varones declararon haber tomado conocimiento de esas prácticas. "La parte más horrible de las torturas fue la forma en que el personal del D2 usaba la violencia sexual como método de tortura, porque la golpiza y la picana dolían, pero pasaban, pero el temor es otra cosa, es la impotencia de saber que pueden hacer con uno lo que quieran, incluso humillar, y eso hicieron con las violaciones. A mi mujer la violaban a metro y medio de mi celda. Un día me hacen tocarla para que viera que estaba colgada, desnuda, y hacen obscenidades y las relatan. Esas violaciones ocurrían muchas veces, 10, 15 o 20 por día. Hay compañeras a las que las violaban cada media hora", contó Rule, y aseguró que una chica cordobesa que estaba frente a su celda "fue muy torturada y particularmente violada". Rule fue el primer testigo del juicio. Su detención se produjo el 9 de febrero de 1976. Por entonces, estaba en pareja con Ontivero. Sus detenciones fueron simultáneas. Ella era delegada de ATE. "Ingresé embarazada al D2, pero lo perdí por la tortura y las violaciones", contó ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 conformado por los jueces Antonio González Macías, Alejandro Piña y Héctor Cortés. Fue en la audiencia del 20 de noviembre. De los golpes que recibió también le partieron la nariz. Ontiveros estuvo unos 18 días en el D2. Después pasó a la cárcel de Devoto y recién salió en libertad en 1982.
El 9 de diciembre declaró Rosa del Carmen Gómez. Fue detenida el 1º de junio de 1976. No era militante de ningún partido. Al parecer, la habían confundido –dijo– con una "jefa guerrillera". Su extenso relato también da cuenta de las terribles violaciones sexuales que sufrió durante su cautiverio, que se prolongó por nueve meses. A partir del testimonio de Gómez, que identificó a sus violadores, se produjeron las detenciones de los policías retirados. "González y Lapaz, junto a Bustos Medina (ya fallecido), fueron los que más me violaron y me torturaron. Lapaz y González están vivos, y uno de ellos, Lapaz, trabaja en la planta verificadora de autos en Las Heras", afirmó. Lapaz y González no estaban entre los acusados en el juicio. Los imputados son Tamer Yapur, Paulino Furió, Eduardo Smaha, Luis Rodríguez Vázquez, Celustiano Lucero, Dardo Migno y Juan Agustín Oyarzábal. En un principio también estaban siendo juzgados Juan Pablo Saa, que luego fue apartado (porque a los pocos días del inicio del debate oral sufrió un ACV y quedó en coma) y Osvaldo Fernández, que también fue separado por tener otra enfermedad grave.
El abogado Salinas, querellante por el MEDH, recordó que Rosa Gómez ya había brindado testimonio de las vejaciones sufridas en la D2, una vez que recuperó su libertad, ante el entonces fiscal Otilio Roque Romano. "Romano no sólo no hace nada con respecto a los abusos sufridos por ella sino que además la acusa de subversiva a los términos de la Ley 20.840, en base a declaraciones obtenidas bajo tortura y violación", señaló Salinas. Romano es actualmente integrante de la Cámara Federal de Mendoza: está acusado como partícipe secundario en sus tiempos de fiscal –entre 1975 y 1976– en 94 hechos de privación ilegítima de la libertad, torturas y desapariciones. Presentó su renuncia en diciembre, pero todavía no le fue aceptada por la presidenta Cristina Fernández.
Las detenciones de los policías retirados ocurrieron el 27 de diciembre último, pero se conocieron recientemente. Héctor Lapaz y Miguel González fueron apresados por orden del juez federal Walter Bento, a pedido del fiscal del juicio Dante Vega, quien el mismo 9 de diciembre había solicitado la detención de ambos. Están acusados por violación agravada, tormentos y privación ilegítima de la libertad, todos en carácter de delitos de lesa humanidad. Se abstuvieron de declarar. Sus defensores pidieron la excarcelación, que fue rechazada, y quedaron en prisión. Apelaron. La Cámara Federal debe resolver sobre su situación.
El martes último, cuando se reanudó el juicio después de un par de semanas de receso, otro testigo, Eugenio París, quien también estuvo en el D2, confirmó que Rosa Gómez era violada repetidamente porque pudo verlo por la mirilla de la celda.
"Los de Rosa Gómez y París son testimonios claves, porque a ambos les tocó hacer tareas de limpieza, para lo cual les quitaron las vendas de los ojos", explicó a Página/12 el abogado Salinas. Las violaciones y el abuso sexual que los represores cometieron en la última dictadura militar comenzaron a ser tratados como delitos de lesa humanidad recién el año pasado, ya que previamente fueron considerados hechos eventuales y, al no ser parte de un plan sistemático, la Justicia los consideró prescriptos. El primer fallo en establecer la violación como delito de lesa humanidad y tan imprescriptible como la tortura fue dictado en abril de 2010 por el Tribunal Oral Federal de Santa Fe, que condenó a 11 años de prisión a Horacio Américo Barcos, un agente civil de Inteligencia de esa provincia. En la sentencia, los jueces consideraron que la violencia sexual que ejerció el represor también constituye una forma más de tormentos y, por ende, es un crimen contra la humanidad. Ese fallo fue seguido por otro similar en Mar del Plata, donde la Justicia condenó a prisión perpetua al ex subjefe de la Base Aérea local, Gregorio Rafael Molina, por homicidio agravado, violaciones reiteradas agravadas, privación ilegítima de la libertad y tormentos agravados.
17 de enero de 2011
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murió peter yates


Director de ‘Bullitt’. Decía de sí mismo que contribuyó dos cosas a la historia del cine: las persecuciones en coche y la camiseta mojada.
[Dennis McLellan] Murió Peter Yates, director de cine británico conocido por ‘El relevo’ [Breaking Away], ‘La sombra del actor’ [The Dresser] y ‘Bullitt’, la película de 1968 con Steve McQueen cuya histórica secuencia de persecución en coche por las accidentadas calles de San Francisco fue un momento crucial de su carrera como actor y director. Tenía 81 años.
Yates falleció el domingo en Londres, informó en una declaración su agente Judy Daish, según la Associated Press.
En una carrera que empezó con el musical pop ‘Vacaciones de verano’ [Summer Holiday], de Cliff Richard, de 1963, Yates dirigió más de dos docenas de películas, incluyendo ‘La guerra de Murphy [Murphy’s War], ‘Un diamante al rojo vivo’ [The Hot Rock], ‘Los amigos de la muerte’ [The Friends of Eddie Coyle; El confidente], ‘¿Qué pasa, Bárbara?’ [For Pete’s Sake], ‘Abismo’ [The Deep], ‘El Madre, la Melones y el Ruedas’ [Mother Jugs & Speed] y ‘El ojo mentiroso’ [Eyewitness].
Como director, Yates fue dos veces nominado a un Oscar -por ‘El relevo’, una liviana historia sobre el fin de la adolescencia ambientada en Indiana; y por ‘La sombra del actor’, una historia de 1983 ambientada en Inglaterra en tiempos de guerra, con Albert Finney como actor y director tratando de mantener a flote su compañía y Tom Courtney como su dedicado ayudante.
Yates fue también el productor de ‘El relevo’ y uno de los productores de ‘La sombra del actor’, siendo nominado por las dos a un Oscar a la mejor película.
Sólo había dirigido tres películas antes de debutar en el cine estadounidense con ‘Bullit’, cuyo reparto incluía a Robert Vaughn y Jacqueline Bisset.
Una persecución en coche en ‘El gran robo’ [Robbery], la realista película policial de Yates de 1967, basada en el Gran Robo del Tren de 1963, había llamado la atención de McQueen, cuya compañía produjo ‘Bullitt’.
Durante el rodaje de ‘Bullitt’, McQueen estuvo más que dispuesto a coger el volante del Mustang policial verde oscuro de su personaje detective para la secuencia de persecución con los malos en un Dodge Charger.
En una entrevista con la Associated Press en 1992, Yates recordó a McQueen como "muy macho", lo que quedó abundantemente claro durante la dirección de la primera parte de la persecución.
"Yo estaba en el asiento trasero del Mustang y Steve iba a cerca de 190 kilómetros por hora", contó Yates. "Llegamos al último tramo cuesta abajo y luego subimos a la cima del cerro y Steve iba bastante rápido. Le toqué el hombro y le dije: ‘Ahora podemos disminuir la velocidad, nos estamos quedando sin película’. Steve, muy tranquilo, me dijo: ‘No podemos. No tenemos frenos’.
El Mustang, de acuerdo a la versión de la AP, continuó corriendo cuesta abajo, pasó junto al personal y entró a la carretera antes de que McQueen lo dirigiera hacia un terraplén para disminuir la velocidad.
"Si hubiese sido otro, no lo habríamos logrado", dijo Yates. "Steve era un gran conductor".
Después de ‘Bullit’, Yates dirigió el romance ‘John y Mary’ [John and Mary], de 1969, con Dustin Hoffman y Mia Farrow en los papeles pricipales.
"Después de ‘Bullit’, yo estaba decidido a no hacer otra película de acción", contó al Times en 2000. "Eso puede haber sido un error, pero mi teoría era que, quizás egoístamente, es más interesante trabajar en diferentes géneros.
"Si eres sólo un tipo de director, la gente se cansará de ti. Pero si haces películas diferentes todo el tiempo, quizás te juzguen por tu talento".
Yates, que dijo una vez que cuando venía a Los Angeles se sentía "como un colono del té en un enclave colonial", fue descrito como un hombre de voz suave práctico, modesto y profesoral.
"Peter Yates era un hombre muy culto y muy civilizado, lo que ciertamente contribuyó a su aporte cinematográfico", dijo el lunes en una declaración Jacqueline Bisset, que trabajó en ‘Abismo’ y ‘Bullit’. "Era valiente. En ‘Abismo’ y ‘Bullit’ fue incluso intrépido. Aprecio la larga amistad que he tenido con Peter y su esposa Virginia".
Junto a la clásica secuencia de persecución en ‘Bullit’, la aparición de Bisset zambulléndose en una camiseta blanca pegada al cuerpo en ‘Abismo’ es otro icónico momento en la filmografía de Yates.
Yates se rió cuando el Independent de Londres le preguntó en 1997 si le molestaba que su carrera se pudiera reducir a esos hechos tan precisos.
"Mi hijo que acusaba exactamente de lo mismo", dijo. "Me dijo hace poco que yo había contribuido dos cosas a la cultura americana: la persecución en coche y la camiseta mojada".
Pero, dijo, "es mejor contribuir con algo que no contribuir en absoluto".

Nacido en Aldershot, Hampshire, Inglaterra el 24 de julio de 1929, estudió en la Real Academia de las Artes Dramáticas y empezó su carrera como actor. Se dice que pasó varias temporadas sobreviviendo como chofer de coches de carrera y como manager de otros conductores.
Después de trabajar como editor de doblaje de películas extranjeras, Yates fue nombrado asistente de director a fines de los cincuenta, cuando trabajó en ‘Los cañones de Navarone’ [The Guns of Navarone], de J. Lee Thompson, y ‘El animador’ [The Entertainer] y ‘Un sabor a miel’ [A Taste of Honey], de Tony Richardson.
Yates también dirigió episodios de las series de televisión ‘El Santo’ [The Saint] y ‘El agente 00’ [Secret Agent] en los años sesenta.
‘Fantasmas a escena’, una fantasía romántica de 1999, fue su último largometraje dramático como director; sus últimos rodajes -‘Don Quijote’ [Don Quixote] (2000) y ‘A Separate Place’ (2004)- fueron películas para la televisión.
Le sobreviven su esposa, Virginia Pope; un hijo y una hija.
17 de enero de 2011
11 de enero de 2011
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cae obispo de la santa muerte


Iglesia rival de Santa Muerte afirma que el ´obispo´ capturado no representa al culto de la muerte mexicano.
[Daniel Hernández] México. Fue un duro golpe para David Romo, ex ‘obispo’ de la más famosa iglesia de la Santa Muerte en Ciudad de México.
Romo, el segundo desde la derecha en la primera hilera de la foto policial arriba, está acusado, junto con otros, de participar en una organización dedicada al secuestro y al lavado de dinero. Su nombre es familiar entre periodistas de Ciudad de México. Romo fundó y dirigió un prominente santuario dedicado a la santa de la muerte, Santa Muerte. La esquelética figura de "la niñita blanca", como se la llama afectuosamente, es venerada por los narcotraficantes mexicanos, pero también por gente humilde en los márgenes de la sociedad.
La iglesia de Romo ha tenido varios cambios de nombre en los últimos años; actualmente es conocida como el Santuario Nacional del Ángel de la Santa Muerte. Usualmente cubierto por un hábito, ha pasado años al frente del creciente culto, concediendo entrevistas a periodistas extranjeros (incluyendo a este bloguero) como el autoproclamado obispo.
Varias veces a la semana dirigía servicios católicos sincréticos para la Santa Muerte en Colonia Morelos, un rudo vecindario al este del centro de Ciudad de México. El obispo tenía planes para reparar y ampliar el edificio de la iglesia, y compartió sus impresionantes planos de planta con periodistas.
Pero más que todo eso, Romo sigue siendo conocido como un combativo y
polémico personaje. Líderes o fabriqueros de otros conocidos altares de la Santa Muerte en la ciudad insistieron, en privado, que Romo era un fraude porque nadie podía "dirigir" el culto generado por sus creyentes.
En 2005, cuando el gobierno intentó quitarle el reconocimiento de su iglesia como religión, Romo dirigió a sus seguidores en las protestas montadas frente a edificios gubernamentales. En un momento en 2009 llamó a los seguidores de la Santa Muerte a librar una "guerra santa" para defender el culto contra las condenas de la jerarquía de la iglesia católica en México.
"Nada nos detendrá", dijo Romo a un entrevistador.

Zócalo de la Santa Muerte
El líder de la iglesia a menudo intercambiaba despiadados debates con el líder rival de un santuario de la Santa Muerte al norte de Ciudad de México, en el barrio de Tultitlán. Ese líder espiritual, Jonathan Legaria, conocido también como ´el Pantera´, apareció muerto en julio de 2008. Fue asesinado por un arma de grueso calibre en un tiroteo en la carretera.
El santuario de la Santa Muerte de Legaria era la sede de lo que afirmaba que era la mayor representación conocida de la ´Santa Muerte´, una estatua de más de setenta pies. Los devotos dijeron entonces que los celos y las diferencias religiosas con otros eran la causa de su asesinato, pero no llegaron a insultarse. Las autoridades locales se lavaron las manos, mencionando su propia "incompetencia" y entregando el caso a las autoridades federales en una formalidad que aseguraba que el asesinato de Legaria no sería resuelto nunca.
La semana pasada, con Romo tras las rejas, el líder, que fue llevado a la iglesia de la Santa Muerte de Legaria en Tultitlán, habló.
Enriqueta Vargas –la madre de Jonathan Legaria- dijo en una entrevista con la prensa: "David Romo no es la Santa Muerte, y no es toda la iglesia, y si cometió un error, tiene que pagarlo".
"Sería como decir que todos los católicos son pedófilos, y ese no es así", agregó Vargas. El fiscal general de Ciudad de México presentó una amplia serie de evidencias que implican a Romo en la organización de secuestradores dirigida por un pandillero conocido como ´el Aztlán´. Cuando se le preguntó si Romo y su equipo estaban siendo atacados por estar asociados al culto de la Santa Muerte, el fiscal general Miguel Ángel Mancera dijo que él, inicialmente, no tenía ni idea de que "el señor tuviera algo que ver con alguna iglesia" –un desaire que seguramente ha escocido al obispo caído.
16 de enero de 2011
11 de enero de 2011
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murió aron kincaid


Actor conocido por las películas playeras de los años sesenta. Más tarde trabajó como modelo. Como pintor de paisajes y escenas marinas era conocido como N.N. Williams II.

[Dennis McLellan] Murió Aron Kincaid, actor conocido por sus películas playeras de los años sesenta como ‘Chicas en la playa’ [The Girls on the Beach] y ‘El fantasma en la bikini invisible’ [The Ghost in the Invisible Bikini], y trabajó más tarde como modelo y artista. Tenía 70 años.
Kincaid, que vivía en Beverly Hills, falleció tras complicaciones cardíacas el jueves pasado en el Centro Médico Ronald Reagan de la UCLA, comunicó su amigo de toda la vida Rodney Kemerer.
El alto y guapo Kincaid era estudiante de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) cuando fue detectado  por un agente de reparto en un evento artístico en Los Ángeles y contratado luego por la Universal.
Finalmente consiguió un papel en la última temporada de la comedia de televisión ‘Papá soltero’ [Bachelor Father] en 1962, como Warren Dawson, el joven socio del abogado de Hollywood, Bentley Gregg ( John Forsythe). Dawson se compromete con la sobrina de Gregg, Kelly (Noreen Corcoran).
Kincaid apareció más tarde, con Corcoran, en la comedia de 1965 ‘Chicas en la playa’ y tuvo papeles en ‘Beach Ball’ y ‘Ski Party’, y fue anunciado como actor invitado en ‘Doctor G y su máquina de bikinis’ [Dr. Goldfoot and the Bikini Machine]. También apareció en ‘El más feliz millonario’ [The Happiest Millionaire], ‘Los orgullosos y los malditos’ [The Proud and the Damned] y otras películas.
Kincaid, que también apareció como actor invitado en series como ‘Los nuevos ricos’ [The Beverly Hillbillies] y ‘Superagente 86’, se mudó a San Francisco a principio de los años setenta e inició una exitosa carrera como modelo.
También tuvo una carrera de veinte años como actor de voz en cientos de comerciales y en series animadas de televisión como ‘Los Pitufos’ [Smurfs], ‘Las aventuras de Johnny Quest’ [Jonny Quest] y ‘The Transformers’.

Nació en Los Angeles como Norman Neale Williams II el 15 de junio de 1940. Su padre, subteniente en las Fuerzas Aéreas del Ejército, murió durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre se volvió a casar y se mudaron a Oakland, donde Kincaid terminó la secundaria.
Tras licenciarse en la UCLA en 1962, se enroló en la reserva de la Guardia Costera.
Como artista, Kincaid usó el nombre de N.N. Williams II. Vendía sus paisajes y escenas marinas en galerías de arte de Laguna Beach.
16 de enero de 2011
8 de enero de 2011
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amenaza fascista en francia


La hija del líder filofascista francís asume el liderazgo del Frente Nacional. Marine Le Pen sucedió a su padre al cabo de un reinado absoluto que duró 40 años y durante el cual Jean-Marie Le Pen propulsó a su formación partidaria hasta transformarla en una de las fuerzas políticas más sólidas de Francia.
[Eduardo Febbro] París, Francia. La heredera del líder de la extrema derecha más poderosa del Viejo Continente, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen, derrotó al ala más dura del partido y se quedó con las riendas de este movimiento, al que Le Pen llevó al umbral de la presidencia en abril de 2002. Marine Le Pen, su hija, sucedió a su padre al cabo de un reinado absoluto que duró 40 años y durante el cual Jean-Marie Le Pen sacó del proverbial 3 por ciento de los votos que el partido concitaba a principios de los años ’80, para propulsarlo como una de las fuerzas políticas más sólidas de Francia con porcentajes que, según las elecciones y las encuestas, rozan el 17 y 18 por ciento de los votos. El congreso del Frente Nacional que se abrió este sábado en Tours (suroeste) dio paso a la sucesión mediante una elección entre dos corrientes adversas dentro de la ultraderecha francesa: la de Marine Le Pen y la del radical Bruno Gollnisch. Según el diario Le Monde, "alrededor de dos tercios votaron por la hija de Jean-Marie Le Pen y un tercio por su adversario", Bruno Gollnisch.
La proclamación oficial del resultado se hará efectiva hoy, en el segundo día del XIV congreso. La victoria de la eurodiputada estaba ganada de antemano. Su padre, que preside el movimiento desde su creación, en 1972, la apoyó con todo el peso de su autoridad y lo mismo hizo el aparato del Frente Nacional. Marine Le Pen se convirtió en los últimos meses en un fenómeno de los medios de comunicación. Cada vez que asiste a un programa de radio o de televisión alcanza audiencias de partido de fútbol o de telenovela. La ultraderecha francesa dio vuelta una de las páginas más extensas de su historia y se inscribe ahora en la corriente que ha ido modernizando las extremas derechas europeas. Estas apartaron los amagos antisemitas del pasado para forjar sus bastiones electorales sobre el pilar de la islamofobia, la defensa de la identidad nacional y la ofensiva contra los inmigrados.
El cóctel ha sido fructífero para todos. En las elecciones legislativas de 2007 el Frente Nacional obtuvo 4,2 por ciento de los votos, en las elecciones europeas de 2009 el porcentaje subió a 6,3 por ciento para llegar luego a 11,4 por ciento en las elecciones regionales de 2010. Los sondeos le otorgan a la hija de Le Pen un más que confortable tercer lugar en las preferencias del electorado, justo detrás de los socialistas y la derecha de la gobernante UMP. Marine Le Pen es una espada de Damocles sobre las urnas de ambos partidos. Una encuesta reciente publicada por Le Monde mostró que 22 por ciento de los simpatizantes de la conservadora UMP podrían migrar hacia la extrema derecha. Hace un mes, Jean François Copé, dirigente de la UMP, admitió que el repunte del Frente Nacional creaba una situación de "peligro electoral".
Los tiempos son ideales para los discursos extremistas y excluyentes. Europa se enfrasca con persistencia en tendencias xenófobas que abren un corredor ideal a las ultraderechas del Viejo Continente.
La hija de Le Pen tiene, además, cualidades oratorias potentes y suficiente encanto como para que no se vean demasiado los dientes. A partir de ahora, Marine Le Pen aspira a repetir la hazaña de su padre en las elecciones presidenciales de 2012: dejar en el camino a los socialistas o a la derecha tradicional y disputar una segunda vuelta presidencial tal como lo hizo Jean-Marie Le Pen en 2002.
Marine Le Pen quiere desdiabolizar la imagen del partido y ampliar así las bases del electorado y pesar más en la escena política con una meta declarada: "conquistar el poder". Esa normalización de la extrema derecha no pasa, sin embargo, por la negación de los fundamentos de la ultraderecha tal y como la concibió su padre. Al contrario, Marine Le Pen reivindica la "preferencia nacional" (derechos y ventajas reservadas a los franceses), la restitución de la pena de muerte, la salida del euro y de la Unión Europea. Pero su discurso y sus principios programáticos se articulan en torno de una agenda mucho más social que los valores promovidos por la guardia vieja del Frente Nacional. Marine Le Pen es el cuarto rostro de la extrema derecha reciclada. Junto al sueco Jimmie Aekesson, el húngaro Gabor Vona y el holandés Geert Wilders, la hija de Le Pen es el emblema de una ultraderecha europea pujante, que supo aprovechar el pánico que suscita un mundo demasiado conectado para replegarse sobre la identidad y el terruño y, de paso, apoyarse en el sólido rechazo al Islam.
Ayer, en su último discurso como presidente del FN, Jean-Marie Le Pen abrió las páginas de su catálogo preferido. Arremetió contra la "decadencia" de Francia, pasó revista a la degradación de la educación, atacó la inmigración, le dio un palazo a la inseguridad y terminó denunciando la "corrupción generalizada" y a los "islamistas". El cambio en el seno de la ultraderecha francesa es de peso. Por primera vez en su historia el Frente Nacional eligió a su líder por medio de un voto y no por aclamación en los congresos, como había ocurrido con su padre. Nacida en 1968 en Neuilly-sur-Seine, a las puertas de París, Marine Le Pen es la tercera hija de Jean-Marie Le Pen. Es la más combativa, la más sutil e inteligente. Tal vez la hija lleve mucho más lejos el sueño que inició su padre, un sueño que tiene acentos de victoria para ella y de pesadilla para la democracia.
16 de enero de 2011
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sobre la infiltración


Declaración en la causa por los crímenes de la ESMA. "Durante mucho tiempo creí que estaban vivos", relató la hija de una pareja secuestrada en la Iglesia de la Santa Cruz luego de que Alfredo Astiz se hiciera pasar por familiar de un desaparecido.
Argentina. "Mi mamá ya me había advertido que a ellos también se los podían llevar", contó Yamila Horane Bulit al reanudarse el juicio por los crímenes cometidos en la ESMA. La testigo es hija de una pareja secuestrada el 8 de diciembre de 1977 en la Iglesia de la Santa Cruz, donde participaban del grupo de familiares de desaparecidos y militantes de derechos humanos que fue marcado por Alfredo Astiz.
La pareja participaba de las reuniones que las primeras Madres, junto con las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet estaban haciendo en esa iglesia para publicar una solicitada en el diario La Nación. Habían reunido el dinero necesario y unas 800 firmas. Astiz se infiltró en el grupo presentándose como Gustavo Niño y asegurando que tenía un hermano desaparecido. Dos días antes de la publicación, Astiz concurrió a una reunión del incipiente movimiento de derechos humanos y marcó con un beso a los que debían ser secuestrados; detrás de él llegó el grupo de tareas de la ESMA.
"Mi papá y mi mamá tenían fuertes convicciones; durante mucho tiempo pensé que estaban vivos y por eso les escribí decenas de cartas que nunca llegaron a destino", recordó Yamila el jueves ante el tribunal. En el momento del secuestro ella tenía 8 años.
También habló sobre la intensa búsqueda de su abuela, que integró hasta su muerte el grupo de Madres de Plaza de Mayo, y ratificó que en esa búsqueda pudieron confirmar que tanto su padre como su madre fueron vistos en la Escuela de Mecánica de la Armada "y formaron parte de uno de los grupos que murieron en los vuelos de la muerte".
En el operativo del 8 de diciembre del ’77, el grupo de tareas se llevó también de la Iglesia de la Santa Cruz a otras siete personas: Domon, Angela Auad, María Eugenia Ponce de Bianco, Julio Fondevilla, María Esther Ballestrino de Careaga, Patricia Cristina Oviedo y Horacio Aníbal Elbert. Horas más tarde secuestraron en su atelier a Remo Berardo, y entre el 9 y 10 de diciembre a Azucena Villaflor y a Duquet. Todos ellos estuvieron detenidos en la ESMA, alojados en los sectores conocidos como "capucha" y "capuchita".
Ante los jueces del Tribunal Oral Nº 5 declararon además, convocados por la defensa de los represores, dos retirados del Servicio de Inteligencia Naval, Sergio Aráoz De Lamadrid y Roberto José Rosales. Los testigos dieron la versión de que se está juzgando erróneamente al ex capitán Pablo García Velazco, ya que el imputado tiene un hermano mellizo, convenientemente fallecido, que también perteneció a la Marina.
Aráoz de Lamadrid dijo durante el extenso interrogatorio al que lo sometió el fiscal Pablo Ouviña que podía reconocer claramente al acusado, al que en la fuerza apodaban Cara de Galleta, pero cuando se le exhibieron las fotografías de los mellizos con uniforme naval reconoció que ambos eran muy parecidos.
Al terminar su declaración, el ex jefe de inteligencia protagonizó un episodio que no pasó inadvertido en la sala, cuando al intentar darle la mano al abogado querellante Luis Zamora, éste le negó el saludo y lo acusó de haber mentido en su declaración.
En la audiencia no estuvieron ni el ex jefe del grupo de tareas G 3.3.2, el represor Jorge ‘Tigre’ Acosta, ni el ex capitán Alfredo Astiz. Los otros imputados en este tramo de la megacausa ESMA son Juan Antonio Azic, Carlos Capdevilla, Ricardo Miguel Cavallo, Julio César Coronel, Adolfo Donda, Juan Carlos Fotea, Manuel García Tallada, Pablo García Velazco, Alberto González, Oscar Montes, Antonio Pernías, Jorge Rádice, Juan Carlos Rolón, Raúl Scheller, Néstor Omar Savio y Ernesto Weber.
La jornada de trabajo fue una de las dos previstas durante la feria judicial de enero. La próxima se realizará el 27. El caso comenzó a finales del 2009 pero todavía resta que declaren cerca de ochenta testigos.
16 de enero de 2011
15 de enero de 2011
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matar al líder


"Para la sensibilidad de los estadounidenses el magnicidio es comparable con lo que sentimos los argentinos ante la desaparición de una persona".
[Santiago O’Donnell] El atentado contra la congresista Gabrielle Giffords (foto) en Arizona pegó fuerte en Estados Unidos. No tanto porque murieron seis personas. Eso ya no sorprende en el país norteamericano, como tampoco sorprenden las guerras interminables, los asesinos seriales, los sobres bomba o los ex empleados de oficinas federales que abren fuego a mansalva en edificios públicos. Todas esas formas de violencia ocurren cada tanto en Estados Unidos, mucho más que en cualquier otro país del mundo. Parece mucho, pero ya están acostumbrados.
En cambio el magnicidio es otra cosa. O en este caso, el magnicidio fallido que dejó malherida a la diputada Giffords. Si se me permite, como para que se entienda: para la sensibilidad de los estadounidenses el magnicidio es comparable con lo que sentimos los argentinos ante la desaparición de una persona. Porque ya lo vivimos, ya lo consentimos como sociedad hasta que un día hicimos una especie de nunca más. Pero el fantasma sigue rondando, porque el proceso de extirpar la raíz del mal y curar la heridas es lento y no termina. Hasta que un día el monstruo reaparece. Entonces el cuerpo social reacciona con rituales cargados de emoción, proclama que los tiempos han cambiado y que no habrá vuelta atrás, pero no puede exorcizar la sensación de que esos tiempos no han cambiado lo suficiente.
Todo eso pasó el martes en el homenaje a Giffords y las víctimas de atentado que encabezó Obama en Tucson. La gente lloraba y aplaudía de pie en vivo por casi todos los canales de televisión. Todos eran Giffords. El país no vivía un momento así desde que Bush juró venganza parado sobre los escombros de las Torres Gemelas, con un bombero como único escolta, aquel trágico 11-S del 2001.
La tradición magnicida en Estados Unidos se remonta a los tiempos de Abraham Lincoln e incluye a cinco presidentes. En los sesenta y setenta el asesinato de líderes políticos y sociales se había convertido en moneda corriente. JFK, Robert Kennedy, Martin Luther King, John Lennon, George Wallace (zafó de morir, quedó paralítico), Harvey Milk, Malcolm X, seguramente algunos más que escapan a la memoria. Los nombres se suceden hasta llegar al intento de asesinato de Ronald Reagan en 1981, que el entonces presidente sobrevive con la gracia del actor de Hollywood que llevaba adentro. Después, nada.
Pasaron casi 30 años sin magnicidios. Hasta la semana pasada, cuando casi matan a Giffords, una congresista de Arizona relativamente desconocida fuera de su estado. Baleada en la cabeza a quemarropa por un loquito que se había enojado porque semanas atrás ella se había negado a contestarle una pregunta incoherente durante un acto de campaña.
En el atentado contra Reagan había muerto su secretario de prensa Jim Brady. Al poco tiempo la esposa de Brady, Sarah, se convirtió en la principal portavoz y lobbista en favor de controlar el derecho a portar armas. Los republicanos siempre habían sido renuentes a limitar su uso, derecho que garantiza la famosa segunda enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Pero el paciente trabajo de la viuda de uno de los suyos pudo más y once años más tarde, durante la presidencia de Clinton, el Congreso sancionó la llamada ley Brady con apoyo bipartidista.
La ley Brady imponía por primera vez controles a nivel nacional para la compra de armas automáticas. Más importante, visibilizó la cara, la historia y el discurso de Sarah Brady y los contrapuso al héroe épico que representaba el actor Charlton Heston, por entonces presidente y portavoz de la poderosa Asociación Nacional del Rifle.
En las elecciones de noviembre los candidatos de la línea Tea Party hicieron campaña en contra de la ley Brady, algo que no había ocurrido nunca desde su aprobación. Les salió muy bien. En las primarias el movimiento libertario ultraderechista tomó por asalto al Partido Republicano. En las legislativas puso dos pies en el Congreso. El rival que Giffords había derrotado en las legislativas hizo campaña mostrándose con un rifle de asalto M16.
En los años sesenta muchos estadounidenses exhibían sus fierros sin ningún pudor, hasta que la práctica fue ilegalizada. Las míticas Panteras Negras protestaban sentados en las escaleras de los edificios municipales con pistolas en sus cinturas y escopetas en sus regazos. Las pickups de los cowboys siempre tenían un rifle colgado en la cabina. Hasta los hippies de Grateful Dead se fotografiaron con sus fierros en la emblemática esquina de Height and Ashbury, San Francisco, durante el Verano del Amor.
Ahora, recién ahora, los estadounidenses sienten que fueron demasiado lejos. Demasiado miedo al terrorismo, odio a los inmigrantes, inseguridad económica, racismo anti-Obama, fudamentalismo cristiano, guerra en Asia y en el Golfo. Too much. Un clima de violencia que los llevó a romper el último tabú, el último dique que los hacía sentirse parte de una sociedad civilizada.
Hizo falta que un loquito baleara a una diputada. Matar al líder, de eso se trata. Desnudar su fragilidad para poner en juicio lo que representa. Romper con el mito hollywoodense de que el poder premia a los héroes y mata a los débiles. Bajar al protagonista en la mitad de la película.
Es lo que hizo Jared Lee Laughner, el joven de 22 años que atentó contra Giffords. Laughner estaba convencido de que el gobierno intentaba controlar a la población a través de la gramática, como en el ‘1984’ de Orwell, uno de sus libros preferidos. Tenía todos los síntomas de un esquizofrénico paranoide. Pero había algo más. Muchísimas personas que padecen enfermedades mentales no hacen lo que hizo él, y cosas como las que hizo él casi siempre pasan en Estados Unidos y no en otro país. Laughner, amén de sus particularidades, se formó en un tiempo y un lugar.
Como escribió George Packer en el New Yorker, no es que los Tea Party ordenaran el asesinato de Giffords. Más bien crearon un clima de crispación y violencia que puede ser interpretado por algunos loquitos como una luz verde, como una señal para matar a quienes los Tea Party marcan como enemigos.
Los magnicidios en Estados Unidos no son crímenes estrictamente políticos. Los asesinos no son militantes, no están encuadrados ni responden a estructuras orgánicas con proyectos de toma de poder. Giffords no era ni por asomo la principal enemiga de los Tea Party, pero Giffords había sido señalada con nombre y apellido como una de las candidatas a derrotar, cueste lo que cueste. Marcada por boca de la líder del movimiento, la cazadora antisemita Sarah Palin.
Las palabras no matan, dicen los republicanos. Un loquito hizo lo que hizo y ahora los demócratas buscan sacarle rédito político porque les tocó en suerte haber recibido el ataque.
Pero las palabras dañan y pueden matar. En uno de los fallos más citados de la jurisprudencia estadounidense, Schenk vs. United States (1919), la Corte Suprema limitó la libertad de expresión con el argumento de que si alguien grita ¡fuego! ¡fuego! en un teatro lleno se produciría una estampida y alguien se podría lastimar. Con ese argumento se han escrito leyes castigando el lenguaje racista después del Holocausto.
El atentado contra Giffords había pegado fuerte y hacía falta un exorcismo. Un cambio, algo que los hiciera sentir que la masacre no había sido en vano. Hacía falta un héroe y apareció Daniel Hernández, el secretario de Giffords. Candidato ideal, latino y abiertamente gay, para que les duela más a los Tea Party.
Hernández sostuvo a Giffords en sus brazos y tapó el agujero de la bala con una mano para evitar que la diputada se desangrara, mientras con su otra mano apretaba fuerte la de Giffords. El miércoles todo el país se emocionó con él, con su discurso al borde de la falsa modestia.
Hacía falta un héroe pero también una causa. Los medios se ocuparon de eso. Llenaron miles de páginas y pantallas con el debate sobre el lenguaje violento de los Tea Party. Y otras miles con el debate sobre la vigencia del derecho a portar armas. Y se habló de las víctimas fatales, del juez, de la niñita de nueve años que se había interesado en política y quería conocer a su congresista, del abuelo de 75 que escudó con su cuerpo al amor de su adolescencia, con quien se había reencontrado recientemente después de medio siglo de vidas separadas. Y el Capitolio se llenó de proyectos para mejorar la seguridad de los congresistas.
Y habló Obama, y habló la gobernadora de Arizona, y volvió a hablar el héroe latino y gay. Y todos aplaudieron emocionados y se juramentaron que nunca más. Como si fuera posible ahuyentar la espiral de violencia descontrolada que sacude a Estados Unidos, envolviendo palabras, gestos y acciones en un mismo huracán.
16 de enero de 2011
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