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el amor vence


"Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe".
[José Pablo Feinmann] Argentina. Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: "Ganar la paz", decía una. La otra era peor: "El amor vence". Galimberti, que lo conocía bien, decía: "Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra". Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: "A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia". Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.
En ‘Los hundidos y los salvados’, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: "Sus imitadores en Argentina y Chile". Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación ("A ustedes les queda la crónica"), pero sí en el segundo: "A mí la Historia". Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.
Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía "El trabajo os hará libres", iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.
Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?
9 de noviembre de 2010
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el almirante que mostró la hilacha


"Ojalá exista el infierno para el almirante de la muerte, los negociados y la corrupción".
[Osvaldo Bayer] Argentina. Un personaje tan completo como el muerto no vamos a encontrar en toda la historia argentina. Completo en su total decadencia moral, crueldad, ambición fuera de toda medida. Almirante de la Marina de Guerra de la Nación. Massera, a secas.
Traicionó, como otros tantos uniformados en nuestra historia desde 1930, a su juramento pronunciado al recibirse de guardiamarina de ser fiel a la Constitución Nacional. Pero, claro, ante tantos otros ejemplos desde Uriburu, en ese ’30, ya casi sólo sería un delito argentino. No, lo feroz de su conducta se puede sintetizar en una sola palabra: la ESMA. Para qué más. Basta ver la celda mínima donde estuvieron tiradas en el piso durante seis meses las tres primeras Madres de Plaza de Mayo. Arrojadas luego desde un avión, vivas, al río. Almirante Massera, esa fue su máxima acción de guerra como almirante. Almirante argentino.
La ESMA: una fábrica del máximo horror a lo Massera. Sí, esa expresión va a quedar para siempre en la historia: Torturar a lo Massera, hacer desaparecer a lo Massera, robar niños a lo Massera.
Y su ambición, sus negocios, su afán de figuración, su ansia de poder: quería ser presidente, millonario, estanciero, empresario, propietario de todo lo que tenía a su alcance. Y llegó sólo a ser un infame y corrupto traidor a todo principio de ética, de humanismo, de grandeza. Eso sí, cuando entraba en una iglesia era el primero que se arrodillaba y santiguaba. Completo. ¿Dónde aprendió todo eso? ¿De sus padres, en la Escuela Naval, en los cursos de oficiales, en su conocido fervor católico?
Massera. Un vocablo que quedará para siempre entre los próceres de la picana eléctrica, invento argentino. Una galería interminable que empieza con el comisario Polo Lugones, el coronel Falcón, el teniente coronel Varela... y la lista sería interminable en esta historia argentina que comenzó con aquellos increíbles hombres de Mayo. Los nombro: Belgrano, Moreno, Castelli, Monteagudo. Y nace la pregunta desesperada: ¿qué nos pasó a los argentinos? Desde aquel Mayo a ese marzo del ’76 en que iba a empezar la marcha hacia la desaparición del respeto a la vida. Comienza la "desaparición" llamada ya la "muerte argentina" en los diccionarios de ideas afines. Para siempre. Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri, y cien, mil más, todos los que obedecieron, y sus civiles: Martínez de Hoz y los ministros que juraron por "Dios y por la Patria" y sus embajadores y sus soplones y rufianes.
¿Qué más podemos escribir de este ser que acaba de morir: de sus negociados, sus veleidades, sus calenturas, su sonrisa siempre cínica? ¿Para qué? Si basta con nombrar lo que ya nombramos: la ESMA. Está todo dicho. El templo de la infamia más perversa de la historia humana. Un sinónimo de Auschwitz. Los argentinos, sí, tenemos nuestro Auschwitz. Y nuestro Himmler. Uno, silencioso, de mirada con el dejo de desprecio a la vida; el nuestro, ruidoso, de carcajada sonora, de darte el golpecito amigo en la espalda, del abrazo. Aquel, sombrío como un cuervo sin sotana; el nuestro siempre sonriente, amistoso, un galán con espada al cinto y gorra cargada de perversidades.
Sí, ya sé, me van a decir que me están faltando los adjetivos. No, me sobra el dolor, pensando en los últimos minutos de Rodolfo Walsh en la ESMA, y en todos los Rodolfo Walsh y las Azucena Villaflor que cayeron en las manos de ese verdugo sucio y voraz.
Permítaseme este escrito donde trato de hacer un resumen de los sentimientos que me provoca esa figura y la de todos los serviles que le hicieron la venia y le dijeron: "Ordene, mi almirante".
Nos quedará para siempre el dolor. Rodolfo, Azucena. En nombre de los miles.
Ojalá exista el infierno para el almirante de la muerte, los negociados y la corrupción.
Lo merece. Allí con Roca, Falcón, el Polo... y tantos otros. Una galería argentina. En contraposición con la otra galería argentina. La de los Héroes del Pueblo, los Hijos del Pueblo, como les cantaba la gente humilde de principios del siglo pasado a quienes daban todo por una vida mejor. Los que creían en un mundo de la mano abierta contra los que siempre propiciaron la ESMA.
9 de noviembre de 2010
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no eran perros vagos


columna de lísperguer
Perros de una parcela atacaron y dieron muerte a dos mujeres. Lectores llaman a matar a perros vagos.

Los perros que atacaron a las dos mujeres no son perros vagos, sino perros con dueño. Es bueno saber que, según estadísticas y estudios, la inmensísima mayoría de los ataques con mordedura denunciados y/o tratados en postas y comisarías son perros con dueño, no perros vagos. Suelen ser los perros con dueño más peligrosos porque sus dueños los mantienen agresivos para que sirvan para cuidar la casa. Los perros vagos, en general, no son peligrosos. Estos perros sí lo eran, puesto que habían sido denunciados anteriormente, sin que el dueño hiciera nada al respecto. El proyecto de Girardi aborda precisamente este aspecto, permitiendo responsabilizar judicialmente a los dueños de perros que dañen a terceros. Y se paralizó por el infame intento de Bachelet, que introdujo una indicación que permitía el exterminio de los perros abandonados, lo que nuestra legislación, felizmente, prohíbe.
lísperguer

el mengele de la última dictadura


Murió el Mengele de la última dictadura. Massera fue una máquina de matar dentro de otra máquina de matar. Los resultados del régimen tiránico que gobernó entre 1976 y 1983 también le pertenecen: fragmentación social, destrucción productiva y masacre. Pero Massera, además, quiso trascender. Aquí se cuenta cómo.
[Martín Granovsky] Argentina. Dijo que solo estaba seguro de una cosa: "De que cuando la crónica se vaya desvaneciendo porque la historia se vaya haciendo más nítida, mis hijos y mis nietos pronunciarán con orgullo el apellido que les he dejado". Así quiso defenderse hace 25 años Emilio Eduardo Massera en el Juicio a las Juntas. Terminó condenado a cadena perpetua y destituido por homicidio agravado, privación ilegítima de la libertad, tormentos y robos. Nacido en Entre Ríos hace 85 años, el ex almirante murió ayer en Buenos Aires mientras aún era procesado por nuevos cargos. La historia, contra lo que quería, fue haciéndose más nítida.
El indulto de Carlos Saúl Menem lo dejó sin la perpetua en 1990. Recobró la libertad y volvió a quedar privado de ella cuando en 1998 fue procesado por robo de bebés. Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida impulsadas por Raúl Alfonsín –el mismo presidente que terminó en la Argentina con el ciclo de amnistías al anular la autoamnistía militar y pedir el procesamiento de las juntas– no beneficiaron a los ex comandantes pero sí a los jefes intermedios como Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Juan Carlos Rolón, Jorge Perrén y Antonio Pernías.
Massera podría haber muerto ayer sin condena alguna, pero el 31 de agosto último la Corte Suprema de Justicia confirmó sentencias de tribunales inferiores que habían fallado sobre la inconstitucionalidad del perdón de Menem. Si el indulto no se ajustaba a la Constitución, entonces quedaba en pie la condena original del 9 de diciembre de 1985.
Dijo la Corte que según el Derecho Internacional debe computarse "la obligación del Estado Argentino no sólo de investigar sino también de castigar los delitos aberrantes, deber que no podía estar sujeto a excepciones". El indulto a procesados no se ajusta a Derecho porque quitaría el deber internacional de investigar. En cuanto al indulto a condenados, como el caso de Massera, según la Corte implicaría escapar de la obligación de castigar cuando los órganos judiciales de un Estado hallaron las pruebas suficientes como para fallar.

La Máquina de Matar
Impetuoso, seductor, mujeriego, capaz de imaginar alianzas con el socialismo europeo o de buscar la cooptación de dirigentes montoneros, Massera fue una máquina de matar y hacer política dentro de otra máquina de matar y hacer política como fue el Proceso de Reorganización Nacional que tomó el poder el 24 de marzo de 1976.
Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si la máquina mayor, la del Proceso, se propuso intencionalmente los resultados que alcanzó: masacre, fragmentación social, desindustrialización y perjuicio para la agricultura, financierización, caída de la participación de los trabajadores en la renta nacional y de su poder de negociación en la puja por la distribución de esa renta.
En un estudio escrito en caliente, en 1979, el economista Adolfo Canitrot habló de un gigantesco proceso de disciplinamiento social.
Más allá de las intenciones o de un plan escrito, la transformación social de la Argentina habla por sí misma.
¿Cuál es el fenómeno que representa Massera? Quizás que, en su caso, no hay dudas de que, en paralelo a la marcha de la dictadura, él sí era parte de un plan político explícito e intencional.
Tan burócrata de la muerte como Jorge Videla u Orlando Ramón Agosti, sus compañeros de la primera junta de la dictadura, el entonces Almirante Cero, como lo llamaban las patotas de la Escuela de Mecánica de la Armada y lo subrayó el periodista Claudio Uriarte, que tituló de ese modo la biografía de Massera, el entonces jefe de la Marina quiso añadir un valor extra. Procuró su proyección como dirigente político a partir de la dictadura y, además, en medio de ella.
Venía haciendo méritos para ello. Joven oficial antiperonista antes del golpe de 1955, veinte años después llegó a hacerse un interlocutor confiable de Isabel Martínez de Perón, presidenta por muerte de su marido Juan Domingo Perón el 1ª de julio de 1974. A esa altura ya había anudado el centro de su pertenencia en un circuito clave del poder a escala mundial: la organización fascista Propaganda Dos, que buscó infiltrarse en la masonería italiana, y terminó repudiada por ella, y consiguió el manejo de porciones importantes de decisión en el Vaticano, la Justicia italiana, los servicios de inteligencia y las finanzas negras. Los dos puntos de apoyo de Propaganda Dos fuera de Italia estaban en Brasil y en la Argentina.
Ayer a la tarde, recién enterado de la noticia, el sobreviviente de la ESMA Víctor Basterra repitió otra vez su increíble relato que prueba que nada de lo anterior es una fábula. Basterra, sometido a tormentos y trabajo esclavo en la ESMA, contó que fue forzado a realizar cuatro pasaportes falsos para Licio Gelli. Gelli era uno de los jefes de la P-Due. Condecorado por Perón en la Argentina a pedido del entonces canciller Alberto Vignes, en 1973, Gelli fue la garantía de continuidad para que estructuras de poder mafioso edificadas a fines del gobierno de Isabel pudieran seguir vigentes en el régimen que comenzó en 1976. Y el garante del garante se llamó, en la Argentina, Emilio Eduardo Massera.
Basterra contó ayer su dolor por el hecho de que Massera no muriera en prisión común y que hubiese muerto sin una sola condena por robo de bebés, entre otros cargos que aún afrontaba. También relató por qué en un momento de su esclavitud decidió juntar pruebas. "A mí ya me dejaban salir y yo sabía cómo violarles algunos encriptados, así que me fue llevando elementos valiosos", dijo. Contó Basterra que lo decidió porque en un momento sus compañeros le dijeron: "Estos tipos no se la van a llevar de arriba".
La ESMA fue uno de los tres grandes campos de concentración de la Argentina y el más grande controlado por la Armada. Los otros dos estaban bajo el mando directo del Ejército: La Perla en Córdoba y la sede de Institutos Militares en Campo de Mayo.
Las tres fuerzas construyeron sus formas propias de relación con sectores civiles, y tanto investigadores como militantes políticos y dirigentes de derechos humanos hablan cada vez más de "gobierno cívico-militar" para referirse al régimen que gobernó entre 1976 y 1983. La historia de ese régimen no se ajustaría a los hechos si el supuesto pintoresquismo de Massera y su personalidad opacaran la urdidumbre de poder que incluyó desde relaciones con grandes empresarios a dirigentes del peronismo, el radicalismo, el socialismo democrático y el comunismo, en este caso por decisión propia e impulso de la propia Unión Soviética.

El Proyecto
La peculiaridad de la construcción de Massera se apoyó en algunos rasgos específicos.
Intentó la edificación de un masserismo que, obviamente, lo contara como líder.
Igual que los demás comandantes, se acercó a dirigentes sindicales mientras el aparato represivo terminaba con los delegados de fábrica, los dirigentes intermedios y escarmentaba en la desaparición de Oscar Smith el primer desafío de los trabajadores a la dictadura. Pero en su caso no fue sólo un cálculo de contención de protestas obreras sino además el intento de una articulación para el futuro.
Buscó consolidar una fuerza propia, el Partido para la Democracia Social.
Como un Josef Mengele de la política, trató de erigir un laboratorio. Quería que mediante el terror, la negociación, la perversión y el aprovechamiento del humanísimo instinto de supervivencia fuese posible, primero, la absorción de conocimientos sobre qué pensaba la guerrilla montonera y, luego, la conversión de algunos de sus cuadros en cuadros propios. Sin embargo, no lo consiguió. Salvo dos o tres casos, los cautivos de la ESMA sometidos a servidumbre no se convirtieron en miembros de la inteligencia de la patota y, cuando cada uno vio llegado el momento, cada sobreviviente se transformó en un testimonio que contribuyó a que la sociedad conociera qué había ocurrido, quiénes habían sido los lugartenientes del Almirante Cero y cómo funcionaba por dentro la máquina de matar.
En la distribución militar de roles la Armada de Massera no obtuvo el ansiado Ministerio de Economía, que el Ejército se reservó hasta garantizar un tándem entre Videla y Martínez de Hoz. Massera consiguió, en cambio, entre otros resortes de poder, el control del Ministerio de Bienestar Social y la Cancillería. Asesinato del general Omar Actis mediante, Bienestar Social quedó articulado con el Ente Autárquico Mundial ’78, a cargo del almirante Alberto Lacoste. La Cancillería funcionó como una prolongación internacional de la ESMA.
Los marinos Oscar Montes y César Guzzetti estuvieron a cargo del Ministerio de Relaciones Exteriores cuando se desplegó el Operativo Cóndor, de colaboración entre las dictaduras de Sudamérica en materia de intercambio de información, de prisioneros y hasta de bebés robados. El número dos, el capitán de navío Gualter Allara, sería contraalmirante de Operaciones Anfibias en el desembarco que llevó a la guerra de Malvinas de 1982. Llegado a la Cancillería con la Revolución Libertadora de 1955, Federico Barttfeld fue el alfil de Massera entre un grupo de diplomáticos de carrera. Fallecido en 2009, Barttfeld pertenecía a la P-Due como Massera, Gelli y el entonces jefe de la represión en la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, el general Carlos Guillermo Suárez Mason. Cuando el primer embajador de la Junta en Caracas, el radical balbinista Héctor Hidalgo Solá, fue llamado a Buenos Aires y asesinado, Barttfeld ocupó su lugar en Caracas. Allí funcionaba un Centro Piloto como el de París.
Aquella construcción que sumaba política más inteligencia militar es la que explica que vestigios de masserismo aparezcan en la política actual. Terminado el ciclo masserista en la Armada –donde, al revés de su colega de Ejército Roberto Bendini con el retrato de Videla, el almirante Jorge Godoy hizo descolgar el cuadro de Massera sin que Néstor Kirchner tuviera que ordenarle que procediera– cada tanto reaparecen muestras del poder de Massera en órganos del Estado democrático. Sucedió durante el menemismo nada menos que con la Dirección de Migraciones, dirigida por el capitán de navío retirado Aurelio Za Za Martínez. Con el Ministerio de Educación de Mauricio Macri, ocupado por el masserista Abel Parentini Posse. Y con la embajada en Venezuela, que ocupó por designación de Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf, Esteban Caselli y Martín Redrado el embajador de carrera Eduardo Sadous. Como joven diplomático Sadous había sido colaborador de Vignes y después, ya en dictadura, de Gelli cuando éste operaba en Italia desde la embajada argentina en Roma.
Otros cuadros del masserismo terminaron en negocios privados. Fue el caso de Jorge Radice, socio de Rodolfo Galimberti hasta que éste se murió, y el de Ricardo Cavallo, que desarrolló emprendimientos tecnológicos en México hasta que fue extraditado primero a España y finalmente a la Argentina.
Una parte de esos oficiales participó en otra parte del proyecto masserista (aunque, otra vez, no fue privativo de la Marina sino un método compartido por otras fuerzas y jefes) que fue el apoderamiento de bienes de secuestrados. Uno de los casos más resonantes fue Chacras de Coria, propiedad de Victorio Cerutti, obligado a vender sus bienes igual que su abogado, Conrado Gómez. Los dos fueron secuestrados en 1977. En lugar de desvanecerse, la historia cada vez es más nítida.
martin.granovsky@gmail.com
9 de noviembre de 2010
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el infierno es poco


El Negro no pudo.
[Mario Wainfeld] Hace varios años, el maestro Osvaldo Bayer escribió: "Roberto Arlt lo hubiera calificado como ‘un turrito’. (...) Pero la Historia siempre es mucho más justa y precisa en su devenir que esos calificativos: sin ninguna duda, Eduardo Emilio Massera pasará a ser en la galería de los argentinos el más grande de los asesinos de la vida de la República, hasta el presente". El cronista no puede ni pretende superar esa síntesis, apenas agregarle unas líneas.
Massera, comandante en Jefe de la Armada, fue el más ambicioso de los comandantes que gobernaron el país, el único que amasó un proyecto político propio. Leopoldo Fortunato Galtieri fue ovacionado en actos de masas, soñó con perpetuarse. Se despertó en pocas semanas, con la resaca a cuestas. Massera, aunque jamás convocó multitudes, había intentado mucho más. Como detalló el periodista Claudio Uriarte en su notable biografía del marino, se había propuesto una hazaña paradójica: proveniente del arma ancestralmente gorila, imaginó llegar a ser el sucesor de Juan Domingo Perón. Una parte de las perversiones de la ESMA tenía que ver con ese proyecto. También su oratoria, que incluía diatribas más o menos explícitas al "liberalismo" de José Alfredo Martínez de Hoz y recuperaba tópicos del desarrollismo.
Se reunía con dirigentes empresarios y algunos sindicalistas canallas, viajaba al exterior, articulaba con la Logia P-2, hablaba con políticos europeos que lo detestaban, por usar un eufemismo.
Creó el diario Convicción y hasta fundó el Partido de la Democracia Social. Los perros de la guerra eran cínicos y psicóticos aun cuando querían ser convocantes.
Jorge Rafael Videla divagaba sobre "la cría del Proceso", una inmarcesible fuerza que se haría mayoría democrática. Su proyecto era confuso, seguramente pensaba en los jóvenes que acudían al programa de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona: gente linda, de universidades privadas, que predicaba la necesidad de hacer más y decir menos.
El Negro Massera, mimado por la farándula y la crema de la sociedad argentina, tenía objetivos más precisos. Se miraba al espejo y veía al nuevo Perón. Liderar la represión, ensangrentarse las manos, ganarse así el respeto de sus compañeros de armas formaba parte de la construcción de esa fantasía funambulesca. Tal era su delirio.

* * *
Con el tiempo se fue sabiendo. Los centuriones no luchaban sólo por purificar a la Patria. A menudo privatizaban el aparato terrorista estatal en beneficio propio. El Almirante fue pionero en eso de secuestrar empresarios, hacerse de sus bienes de fortuna: los inmuebles y los caballos de carrera fueron algunos de sus berretines.
También fue notoria la desaparición de Fernando Branca, el esposo de su amante Martha McCormack. El comandante mezclaba la vida pública con la privada, cuando lo público estatal tenía como vigas fundantes el crimen y el miedo.

* * *
La política económica era la del establishment, que escribía la obra y la interpretaba. El plan sistemático de exterminio, tanto como la ocupación del Estado y el territorio nacional, requerían el concurso de las Fuerzas Armadas. La jerarquía de la Iglesia Católica bendecía. Las corporaciones dividieron tareas.
A los centuriones (por tener fierros y estructura) les cupo la conducción del Estado.
Ese tramado explica por qué se le permitía a Massera licencias tales como diferenciarse del credo de "Joe". Y aún brutales desbordes de violencia, mejicaneadas y crímenes que, amén de Branca, terminaron con la vida de algunos hombres y mujeres de las clases dominantes. Esos fueron, en rigor, los únicos "excesos" de la dictadura, producto de cierta forma tolerada (o soportada) de descontrol.
El "botín de guerra", en cambio, jamás fue un exceso, sino un incentivo.

* * *
Massera era, seguramente, un criminal, un sádico y un corrupto. Videla, un falso santurrón con una estructura familiar perversa. Roberto Viola, una perfecta nulidad que surgió como segundo presidente del Ejército, cerrándole el paso a Massera. Galtieri, un alcohólico con un par de jugadores menos. Un cronista que ahora dicta clases de democracia desde una tribuna de doctrina se cansó de elogiarlos a todos. El ascetismo de Videla, la verba de Massera, "los elocuentes silencios" de Viola. Mariano Grondona, años antes, se había arrobado con la parquedad de Juan Carlos Onganía. En verdad, esos elocuentes silencios sólo probaban que el represor Viola era un supino pelotudo.
Que personajes tan mediocres hayan conducido una etapa tan fundacional remite, sin duda, a la clásica "banalidad del mal" descripta por Hannah Arendt. En un contexto determinado cualquiera puede dirigir un campo de concentración o presidir un país que también lo es.
Pero, sobre todo, las limitaciones de las cúpulas militares corroboran un dato que se va haciendo sentido común. Las Fuerzas Armadas, desde su cúpula hasta los Grupos de Tareas, duraron y tuvieron poder porque eran engranajes de un régimen con cabezas más pensantes, intereses más precisos, cuadros con ideas menos embotadas.
Hubo internas, claro: empresarias y uniformadas. A veces se mestizaron, como sucedió en Papel Prensa: Videla era sponsoreado por sus actuales dueños, Massera pensaba en otro diseño.

* * *
Quizá la última aparición pública recordable de Massera fue su arenga final en el Juicio a las Juntas. Vituperó a la veleidosa opinión pública. Auguró una reivindicación futura. Soñaba con un regreso personal. Se equivocaba, por partida doble.
El cronista cree percibir o intuye que con el tiempo, para las nuevas generaciones, las características personales de los genocidas se irán diluyendo. Devendrán arquetípicos, perderán individualidad, quedarán subsumidos en lo que hicieron: el terrorismo de Estado, la destrucción de las conquistas sociales, una regresión cultural feroz.
La democracia, la lucha por los derechos humanos, la superación de la memoria colectiva confinaron a los represores a un lugar ominoso. Fueron criminales, traicionaron a su Patria, la llevaron a la quiebra, perdieron vergonzosamente una guerra internacional. Después de demasiadas peripecias están siendo juzgados, con la ley en la mano, por tribunales comunes.

* * *
Además de una condena judicial, Massera tiene, claro, la de la sociedad, convalidada por la autocrítica de comandantes en Jefe de gobiernos democráticos. También es un logro colectivo que el señor de la ESMA falleciera sin que nadie haya ejercitado violencia contra él. Un ejemplo inmenso que se debe a las Madres, las Abuelas, los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.
Hace años que yacía como un vegetal, sólo era noticia a través del humor negro de la revista Barcelona. Ayer, dejó de existir, por decirlo de algún modo. Bien muerto estás, turrito.
mwainfeld@pagina12.com.ar
9 de noviembre de 2010
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murió ex dictador massera


El dictador Emilio Massera murió a los 85 años, víctima de un accidente cerebrovascular, mientras estaba internado en el Hospital Naval. Había sido condenado a cadena perpetua en el Juicio a las Juntas, pero todavía pesaban en su contra decenas de procesos.
[Adriana Meyer] Argentina. Ya no mandaba hacía tiempo, y su salud dañada lo había alejado de los juzgados, donde debía seguir rindiendo cuentas por su condición de genocida. Ayer a la tarde, Emilio Eduardo Massera murió en el Hospital Naval por causa de un accidente cerebrovascular. Había sido condenado a cadena perpetua en el Juicio a las Juntas de 1985 por delitos de lesa humanidad, pero ayer consiguió la extinción de las causas por los crímenes por los que aún no había sido llevado al banquillo. Sus exequias no tendrán ninguno de los rituales castrenses porque había sido despojado de su rango militar. Hacía tiempo que estaba inconsciente, con sus facultades mentales alteradas, según determinó el Cuerpo Médico Forense, pero aún pesaban en su contra decenas de procesos y estaba siendo juzgado en ausencia en Italia. Quien supo tener ambiciones políticas más allá del poder que detentó como ideólogo del plan genocida, ya no controlaba siquiera su propio cuerpo. Massera murió a los 85 años, deja un legado que aún pesa en la Armada, y con él será sepultada invalorable información sobre el destino de los desaparecidos y de los niños apropiados que nacieron en forma clandestina en la ESMA.
Las autoridades del Hospital Naval informaron que el dictador falleció por un "paro cardiorrespiratorio no traumático como consecuencia de sus secuelas neurológicas". En el parte médico dado a conocer frente a las puertas del hospital de Parque Centenario se informó que Massera falleció a las 16 y que su última internación data del 19 de abril. Massera sufrió varias complicaciones de salud luego del primer episodio de ACV que tuvo en 2002. Junto a sus familiares, estaba en una sala común y sin custodia judicial ni policial.
Massera encabezó el golpe de Estado que derrocó a Isabel Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976 e integró la primera Junta de Comandantes, junto a Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti. Tras haber dirigido el centro de exterminio que funcionó en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) durante toda la dictadura, en 1983 buscó una postulación para la presidencia, para lo cual creó el Partido para la Democracia Social, que no prosperó porque fue detenido por la desaparición del empresario Fernando Branca.
En la llamada Causa 13 de 1983, más conocida como Juicio a las Juntas Militares, fue condenado por asesinato, tortura y privación de libertad a cadena perpetua por tres casos de homicidio con alevosía, 12 de tormentos, 69 privaciones ilegales de la libertad y siete robos. En diciembre de 1986, cuando ya había sido apartado de la Armada, la Corte Suprema confirmó su condena. Fue el ex presidente Carlos Menem quien le devolvió la liberad al indultarlo en 1990, luego de haber pasado cinco años preso.
Massera no se hacía cargo de haber sido parte de un plan de exterminio, prefería hablar de "guerra justa" contra el "terrorismo subversivo", como expresó en una de las audiencias del histórico Juicio. E incluso llegó a jactarse de haberla llevado adelante con el "aval de políticos, empresarios y curas", tal como aseguró en 1995 en una entrevista de este diario.
Tres años más tarde volvió a ser detenido por la apropiación de un bebé nacido en la ESMA, un crimen que había sido excluido de las leyes de impunidad. Estuvo preso en Campo de Mayo, pero desde octubre de 2000 gozó del arresto domiciliario en su quinta de El Talar de Pacheco: un refugio de unos 9 mil metros arbolados, con pileta, dos canchas de tenis y una cómoda casa que Massera compró en 1977 con los mismos intermediarios, testaferros y escribanos que usó para quedarse con otras propiedades de empresarios que fueron secuestrados y asesinados en la ESMA. (De hecho, por la apropiación de los bienes de los desaparecidos hay una causa abierta que lo tenía como imputado, y en la que aún deberán declarar sus hijos Carlos y Eduardo Enrique.) Tan cómodo estaba el Almirante Cero que se permitía dar paseos por el perímetro exterior de la quinta, hasta que un grupo de hijos de desaparecidos lo descubrió. No era la primera vez que Massera burlaba un arresto, ya lo había hecho cuando un fotógrafo lo encontró caminando por Barrio Norte cuando debía estar preso en el penal de Magdalena, en la primera detención.
Así, en diciembre de 2002, el ex comandante perdió su beneficio y fue remitido al sector VIP de la cárcel de Gendarmería Nacional, en Campo de Mayo. Pero al poco tiempo tuvo que ser llevado al Hospital Naval, donde quedó internado, primero por un derrame cerebral y más tarde por sufrir un infarto. Las agrupaciones de derechos humanos pusieron en duda la veracidad de los informes médicos que lo tenían preso en el centro de salud de los marinos. En marzo de 2005, la jueza María Servini de Cubría suspendió los procesos en su contra, luego de que médicos forenses le informaran que presentaba una "involución mental" por daños cerebrales. Las evaluaciones médicas informaban que Massera tenía un marcapasos, que "no controla esfínteres", "se babea por momentos" y "emite quejidos", en el marco de un "trastorno psicoorgánico que trae aparejado un deterioro cognitivo global, crónico e irreversible".
En abril de 2007, la Justicia anuló su indulto y el tiempo que transcurrió hasta la ratificación de su condición de insania –en mayo de 2009 por parte del Cuerpo Médico Forense y en noviembre de ese año por parte del procurador general Luis González Warcalde– no fue suficiente para obtener ninguna nueva condena en su contra. Por eso quedará un banquillo de los acusados vacío en la megacausa ESMA, y sus conexas sobre la desaparición de Rodolfo Walsh, las monjas francesas y Dagmar Hagelin; en el juicio por la apropiación sistemática de menores durante la dictadura y en el referido al Plan Cóndor. De acuerdo a las normas procesales, cuando el certificado de defunción llegue a cada uno de los juzgados en los que estaba imputado, los magistrados deberán dictar la extinción de la acción penal por muerte y el consiguiente sobreseimiento del dictador. Sin embargo, con la ratificación el 31 de agosto de la anulación de su indulto por parte de la Corte Suprema, vuelve a tener vigencia aquella condena a perpetua del Juicio a las Juntas. Y queda en pie el embargo de sus bienes para pagar la indemnización a Daniel Tarnopolsky por la desaparición de toda su familia, por la que fue condenado el genocida fallecido ayer. Fue en 2004, el mismo año que había corrido una falsa versión sobre su muerte. El juez español Baltasar Garzón decretó en octubre de 1997 una orden de detención internacional en su contra por el delito de genocidio, y también fue requerido por la Justicia de Alemania, Francia y Suiza. Pero el único proceso en marcha en el exterior contra el dictador es el que se realiza en Roma, por la desaparición de tres ciudadanos italianos: Juan Pegoraro y su hija Susana, que estaba embarazada y dio a luz en la ESMA, y Angela Aietta de Gullo. Los peritos italianos que visitaron a Massera advirtieron "posibles intentos manipulatorios, más o menos conscientes, actuados por medio de exageraciones de síntomas psíquicos ficticios", pero finalmente determinaron que "no se encontraba en condiciones de afrontar un proceso", y por lo tanto comenzaron a juzgarlo en rebeldía.
Alias Negro, Coara y Cero, Massera estableció la ley de la omertà marina por la cual todos los rangos debían involucrarse en las aberrantes prácticas represivas del terrorismo de Estado, y serían premiados con parte del "botín de guerra" robado a las víctimas. "Acá todos ponen los dedos, todos se comprometen, así nadie habla", predicaba. Por eso ayer algunas de sus víctimas lamentaban el definitivo silencio sobre los datos de los desaparecidos y de sus hijos nacidos en las mazmorras de la ESMA, y se quejaban de su legado: centenares de marinos en actividad formados en esa omertà.
9 de noviembre de 2010
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declaró cardenal bergoglio


El cardenal Bergoglio declaró por el secuestro durante la dictadura de los jesuitas Yorio y Jalics. Los abogados querellantes consideraron que el titular del Episcopado fue "reticente" en su declaración. Sin dar precisiones, Bergoglio dijo que "estaba instalado que los curas que trabajaban con los pobres eran zurdos".
[Alejandra Dandan] Argentina. Los abogados querellantes abandonaron la audiencia de largas cuatro horas con el cardenal Jorge Bergoglio convencidos de que el jefe de la Iglesia Católica no sólo no dijo nada: "Cuando alguien es reticente está mintiendo, está ocultando parte de la verdad", expresó al salir Luis Zamora, abogado de una de las querellas que impulsan el juicio por los crímenes cometidos en el centro clandestino de la ESMA. Bergoglio había sido citado por el Tribunal Oral Federal 5 para declarar como testigo por el secuestro de los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics cuando se desempeñaba como principal de la Compañía de Jesús, durante la última dictadura. Una testigo aseguró en el juicio que el cardenal les quitó la protección y terminó dejándolos en manos de los represores.
La declaración de Bergoglio fue larga, monocorde y evasiva, describió Myriam Bregman, de Justicia Ya! El arzobispo declaró en la sede de la Curia Metropolitana, tras negarse a dar testimonio público en los Tribunales de Comodoro Py. Durante su relato, a ojos de los presentes, el cardenal pareció tomarse el trabajo de no mencionar ningún dato que pudiera arrojar luz sobre lo que pasó con los jesuitas. Dio "pocas precisiones –dijo Zamora–. Nunca las cosas tenían nombre y apellido ni hubo constancias escritas de lo que él decía". Para el abogado, el cardenal "no pudo justificar por qué esos dos sacerdotes quedaron en una situación de desamparo y expuestos". Con el testimonio, "ha quedado demostrado en forma muy contundente el rol tan siniestro de la Iglesia", durante la dictadura. Bregman agregó que "marcó además un hilo de continuidad con la actitud de la Iglesia durante estos gobiernos constitucionales porque, a pesar de estar mencionado en otras causas, como la de Christian von Wernich, nunca se presentó a declarar".
Zamora, quien convocó a Bergoglio como testigo, inició la rueda de preguntas. Le preguntó en qué año y circunstancias conoció a Yorio y Jalics. "A Yorio lo habré conocido en el ’61 o ’62 en el Colegio Máximo, después él fue profesor mío de teología", respondió. Señaló que el Colegio Máximo era la casa de estudio de los jesuitas. Y que a Jalics lo conoció en el ’61, en ese mismo lugar. Fue profesor de filosofía de Bergoglio. "Durante mis dos primeros años lo tuve de consejero espiritual", dijo.
"¿Había acusaciones de algún sector, especialmente dentro de la Compañía de Jesús, sobre la forma en que cumplían sus tareas?", preguntó Zamora. "Nada en particular", indicó, escueto, el arzobispo. "En aquella época, todo sacerdote que trabajaba en el sector más pobre era blanco de acusaciones de parte de algunos sectores. En junio de 1973 viajé a La Rioja con el anterior provincial para intervenir con los jesuitas que trabajaban con los pobres. Era muy común que alguien que iba a trabajar con los pobres fuera considerado zurdo. Eso no se acabó en esa época", indicó. Eran "acusaciones de tipo ideológico por pertenecer a una organización subversiva por parte de gente sensata".
"Cuando dice acusación de diversos sectores, ¿de quiénes habla?", le preguntaron. "Gente que no estaba de acuerdo con esta opción pastoral. No sectores, gentes", indicó. Zamora le pidió precisiones, nombre y apellido de quienes impulsaban ese cuestionamiento. "Era un cuestionamiento general, a todos los sacerdotes que tenían esa vocación", generalizó. "De sectores diversos. En las comunidades hablaban, en los sectores, en algunas parroquias. Sectores de la Iglesia. Y también de afuera, uno le resta importancia, porque dice: ‘eso no es verdad’, pero ya está instalado". Le volvieron a preguntar y agregó: "Estaba instalado eso: que los curas que trabajaban con los pobres eran zurdos. Antes del golpe militar también".
Así fue el testimonio, preguntas, dos palabras de respuesta y constantes repreguntas. "Los padres Jalics y Yorio dejan la compañía antes del golpe", dijo. "¿Pero cuándo?", le preguntaron. Y luego de algunas vueltas, Bergoglio dijo que para buscar un punto referencial podría hablarse de la muerte del padre Carlos Mugica, antes del golpe.

¿Recuerda haberse visto con el padre Jalics en varias oportunidades por las acusaciones que Yorio y él recibían?
Sí, y no sólo con ellos dos, sino con todos los jesuitas que trabajaban sobre ese frente, para ver la manera de seguir actuando.

¿Qué les comentaron?
Siempre les dijimos de tomar medidas prudenciales.

Más adelante, explicó: "Recomendaciones de cómo ir actuando, cómo cuidarse. No ir solos cuando iban al barrio. Si llegaban de noche, que lleguen acompañados. Lo del padre Mugica fue muy traumático y marcó una dirección".

¿Estaban muy preocupados?
En esa fecha, a fines de 1975 y principio 1976, percibí preocupación normal de todos los sacerdotes que trabajaban sobre esta opción.

Como provincial, ¿les pidieron a Yorio y Jalics disolver el trabajo que realizaban en el Bajo Flores?
Sí y no. Disolver la comunidad del barrio Rivadavia, por una política de reordenamiento de las provincias, porque las pequeñas comunidades se disolvían. No, en cuanto a que dejaran de trabajar en el barrio 1-11-14. Podían seguir trabajando.

Cuando le preguntaron a Bergoglio si él había hecho gestiones o reclamos por sus jesuitas, dijo que no había hecho ningún trámite judicial o administrativo. Que todas las gestiones las hizo dentro de la Iglesia. Y cuando le pidieron documentos de esos registros, explicó que se hacían por teléfono. Después de insistir, los abogados lograron que el cardenal se comprometiera a buscar para saber si había quedado alguna documentación dentro de la Iglesia de alguna de esas gestiones. Zamora adelantó ayer que los propios querellantes van a evaluar la posibilidad de pedir los archivos. Entre sus explicaciones, Bergoglio también dijo que vio dos veces a Jorge Rafael Videla y dos a Emilio Eduardo Massera para pedirles por los sacerdotes.

Pidió parar el "Verdugueo"
Luego de declarar ante la Justicia, el cardenal Jorge Bergoglio presidió la misa de apertura de la asamblea del Episcopado, en la que advirtió contra "la suficiencia", "el imponerse con mal trato" y "el verduguear", que consideró son formas de conducción que "dispersan" y "escandalizan" al pueblo, al proponer a los obispos que consoliden un estilo basado en la mansedumbre. "La mansedumbre no agrede ni menosprecia a ninguno. Como hija de la caridad, es paciente, es servicio, no es envidiosa, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, sino que se regocija con la verdad; todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta", subrayó. Bergoglio utilizó pasajes bíblicos para reclamar cambios de estilo. "Tengamos cuidado de no convertirnos en jefes y patrones al estilo de los que denuncia el profeta: ‘jefes que son leones rugientes, jueces que son lobos nocturnos que no dejan nada para roer a la mañana; profetas fanfarrones, hombres traicioneros; sacerdotes que han profanado las cosas santas y han violado la ley, e injustos que no conocen la vergüenza’", precisó.
9 de noviembre de 2010
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murió leo cullum


Dibujante de The New Yorker.
[William Grimes] Murió el sábado en Los Angeles Leo Cullum, un dibujante cuyos vociferantes hombres de negocios, médicos incompetentes, abogados veniales y perros y gatos demasiado humanos divirtieron a los lectores de The New Yorker durante los últimos 33 años. Tenía 68 años y vivía en Malibu, California.
Según su hermano Thomas la causa de su muerte fue un cáncer.
Cullum, que fue piloto de TWA durante más de treinta años, era un clásico dibujante de gags cuyos absurdos visuales eran subrayados, en la mayoría de los casos, por una leyenda introducida desde la izquierda. "El servicio está bien, pero los cargos por roaming me están matando", dice un búfalo, hablando por un celular. "Sus glóbulos rojos y blancos son normales", le dice un doctor a su paciente. "Los que me preocupan son los glóbulos rosados".
Cullum sentía particular afinidad con el reino animal. Sus simpatías cómicas se extendían más allá de perros, gatos y ratones e incluía a aves -"Cuando vi por primera vez a tu madre, ella se estaba bañando en la luz de la luna", le cuenta un padre búho a sus hijos- e incluso a los representantes más humildes de la familia de peces. "Algunos te querrán, otros te odiarán", le dice un boquerón a su hijo. "Siempre ha sido así con las anchoas".
"Una caricatura puede ser buena de muchas maneras, empezando por ser divertida, y Leo era uno de los dibujantes más consistentemente divertidos que hemos tenido", dijo Robert Mankoff, editor de dibujos de The New Yorker. "Ciertamente era uno de los dibujantes más populares; algunos de sus dibujos se imprimieron miles de veces".
En total, Cullum publicó 819 dibujos en el New Yorker, el más reciente en el número del 25 de octubre. Muchos de ellos fueron reunidos en las antologías ‘Scotch & Toilet Water?’, un libro de perros de revistas; ‘Cockatiels for Two’ (gatos); ‘Tequila Mockingbird’ (varias especies) y ‘Suture Self’ (doctores).

Leo Aloysius Cullum nació el 11 de enero de 1942 en Newark y creció en North Bergen, Nueva Jersey. Asistió al College of the Holy Cross en Worcester, Massachusetts, donde se licenció en Inglés en 1963. Tras graduarse, entró al Cuerpo de Marines como subteniente y fue instruido como piloto en Pensacola, Florida.
En 1966 fue enviado a Vietnam, donde realizó doscientas misiones, la mayoría de ellas como apoyo de operaciones de tropas terrestres, aunque también hizo misiones secretas para bombardear la Ruta de Ho Chi Minh en Laos. "Todavía no sé para quién eran secretas", dijo Cullum a la revista Holy Cross en 2006. "Obviamente, los norvietnamitas sabían que no eran los suizos los que los estaban bombardeando".
Pasó directamente de Vietnam a un empleo en TWA, para vuelos nacionales e internacionales. Se jubiló a los sesenta de American Airlines, que se fusionó con TWA en 2001.
Durante periodos ociosos reavivó el interés que tenía de niño en el dibujo y decidió convertirse en dibujante. "Me parecía que era algo que yo podía hacer", dijo a la revista Holy Cross. "Compré algunos manuales que explicaban el formato y empecé a estudiar el trabajo de varios dibujantes".
Inevitablemente, se interesó en el New Yorker. La revista rechazó sus primeras entregas, pero compró algunas de sus ideas, entregándoselas a Charles Addams para que las ilustrara. La primera se convirtió en un dibujo de Addams, sin leyenda, de 1975, de una pareja de ancianos en una canoa en un tranquilo lago. Su reflejo en el agua, que describe su estado mental real, lo muestra dominado por una furia homicida, atacando con el remo a su esposa.
Después de que Addams lo alentara a establecerse como dibujante, Cullum vendió su primer dibujo a la revista Air Line Pilot Magazine y pronto su trabajo apareció en True, Argosy, Saturday Review y Sports Afield.
No mucho después llegó al New Yorker. El 3 de enero de 1977, la revista publicó su primer dibujo, que mostraba a un hombre de negocios en albornoz y bebiendo café en su escritorio, rodeado de pollos y hablando por teléfono. La leyenda decía: "No, no me estás molestando, Herb. Esta mañana estoy con los pollos".
Cullum se convirtió rápidamente en un colaborador habitual. En los ochenta fue uno de los dibujantes más prolíficos y populares de la revista. "Desde mediados de los noventa, nadie publicó más que Leo en el New Yorker", dijo Mankoff. También dibujaba regularmente para The Harvard Business Review y Barron’s.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Cullum logró la delicada proeza de encontrar humor, en momentos en que el ánimo nacional prevaleciente era muy sombrío. El número de The New Yorker publicado después de los ataques no llevaban dibujos, pero el dibujo de Cullum fue el primero que vieron los lectores a la semana siguiente, en página 6, bajo el listado de colaboradores. Una mujer, volviéndose hacia el hombre que está a su lado en la barra, dice: "Pensé que nunca me iba a volver a reír. Pero entonces vi su chaqueta".
Su dibujo más popular, de 1998, muestra a un hombre dirigiéndose al gato de la familia, que está sentado junto al arenero. "Nunca, nunca pienses fuera de la caja", dice.
Le sobreviven su esposa, Kathy; su hermano Thomas, de Reston, Virginia; y dos hijas -la antigua niña actriz, Kimberly Berry, y Kaitlin Cullum, ambas de Los Angeles.
En 2006 el trabajo de Cullum apareció en ‘The Rejection Collection’, un libro de dibujos rechazados por The New Yorker. Cuando le pidieron completar la frase: "Cuando no estoy dibujando, estoy...", él escribió: "Estoy luchando, luego estoy duchándome, con mis demonios".
9 de noviembre de 2010
25 de octubre de 2010
©new york times
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