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la guerra sucia de blackwater


Tras la revelación de documentos que hizo el sitio wikileaks sobre las muertes de civiles en Bagdad. La compañía de seguridad, que hoy lleva el nombre de Xe, estaría involucrada en los asesinatos de civiles iraquíes que salieron a la luz este fin de semana. El vicepremier británico dijo que las denuncias son "graves".
[Patrick Cockburn] Irak. El gobierno iraquí prometió investigar si los empleados de la compañía de seguridad Blackwater estuvieron involucrados en asesinatos que no habían sido revelados hasta que aparecieron publicados por el medio Wikileaks. Además del caso ocurrido en Bagdad en 2007, cuando guardias de Blackwater asesinaron a 17 e hirieron a 18 civiles, el Buró de Periodismo de Investigación afirmó haber descubierto otros 14 casos cuando el personal de Blackwater abrió fuego contra civiles. La información surgió de los partes de guerra que fueron publicados por Wikileaks. Ese material muestra que más de diez civiles fueron asesinados y unos siete heridos por los integrantes de Blackwater, una compañía de seguridad privada estadounidense que ahora se llama Xe. En un tercio de los casos, los guardias privados estaban protegiendo a diplomáticos norteamericanos como parte de un contrato equivalente a 465 millones de dólares.
Los partes de guerra revelan repetidos casos en que les dispararon a vehículos civiles que pasaban cerca de los convoys. En una ocasión, hasta mataron al conductor de una ambulancia que había concurrido hasta un lugar donde había habido un ataque con bombas. En Bagdad, políticos sunnitas sostienen que los informes militares de Estados Unidos confirman y dan credibilidad a sus denuncias de que miembros de su comunidad estaban siendo torturados por las fuerzas de seguridad dominadas por los chiítas.
La organización Iraq Body Count (Recuento de cuerpos en Irak) afirma que los 400 mil partes de guerra difundidos por Wikileaks muestran que los muertos en Bagdad no son 107 mil, como la entidad estimaba, sino que a esa cifra deben sumársele 15 mil bajas más. Desde el comienzo de la guerra en 2003, los militares estadounidenses reiteraron que no tenían estadísticas de cuántos civiles iraquíes habían sido asesinados o heridos. El objetivo de esto habría sido impedir que se dieran protestas por estas pérdidas, como había ocurrido en Vietnam.
Los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido intentaron restar importancia a las víctimas civiles en Irak, afirmando que sólo en cuatro de las 18 provincias del país existía un alto nivel de violencia. Hace poco, el Pentágono admitió que las muertes no militares llegaron a ser de 3500 o 4 mil en diciembre de 2006.
Aun así, el viceprimer ministro bitánico, Nick Clegg, dijo que las revelaciones de Wikileaks son extremadamente graves. "Debe investigarse todo lo que lleve a pensar que las reglas de la guerra fueron violadas y que la tortura fue tolerada", dijo el político liberal. Clegg, antes de formar parte de la coalición de gobierno del premier conservador David Cameron, fue uno de los más férreos detractores de la participación británica en la guerra de Irak. "Su lectura es francamente desoladora", declaró el vicejefe de gobierno a la cadena BBC, refiriéndose a la publicación de los documentos. "Son hechos muy graves y la administración estadounidense querrá dar su propia respuesta y no nos corresponde decirles cómo hacerlo", agregó. La Casa Blanca todavía no hizo declaraciones, aunque la difusión de los documentos fue condenada por el jefe de estado mayor estadounidense, el almirante Mike Mullen. Dijo que fue una acción irresponsable y que pone en riesgo a muchas personas.
La organización Human Rights Watch (HRW) pidió a las autoridades iraquíes que investiguen las denuncias que afirman que sus tropas infligieron torturas y abusos sistemáticos a los detenidos. "El gobierno estadounidense tiene que investigar si sus fuerzas violaron el derecho internacional al transferir a miles de detenidos iraquíes a custodia iraquí a pesar del riesgo de tortura", agregó.
El primer ministro en funciones iraquí, Nuri al Maliki, negó la veracidad de los papeles y denunció que la publicación en Internet persigue objetivos políticos. En ese clima, la Corte Suprema de ese país le ordenó ayer al Parlamento que se reúna para elegir a su nuevo presidente.
25 de octubre de 2010
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en memoria de roberto


Tras 34 años, pudieron despedirlo.
Argentina. El militante montonero Roberto De Vicenzo fue despedido el sábado a primera hora de la tarde, en una ceremonia que familiares y amigos realizaron en el local del Movimiento Evita, en Rioja y Sarmiento, para despedir los restos,identificados el 17 de marzo pasado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en el cementerio de la localidad santafesina de Barrancas, donde habían sido enterrados como NN. "Papá, con tus huesos darás justicia a tus compañeros. Porque sos la prueba viva que servirá para la condena a los represores", dijo durante el homenaje el hijo menor de De Vicenzo, que tenía siete meses cuando sus padres fueron secuestrados.
"Huesos desgastados por el tiempo agregó pero también inquebrantables, como fueron tus ideas de justicia y libertad". De Vicenzo, militante montonero de la zona sur de Rosario, fue secuestrado el 27 de septiembre de 1976, unas horas después de que una patota hiciera lo propio con su mujer, Miriam Moro, quien regresaba junto a otro compañero de distribuir panfletos en frigoríficos de la zona sur de esta ciudad.
Desde entonces permaneció desaparecido, hasta que el 17 de marzo pasado el EAAF identificó sus restos en el cementerio de la localidad de Barrancas. El cuerpo de Miriam Moro, en tanto, fue hallado en 1983 en el osario de la ciudad de Casilda, a 50 kilómetros al oeste de Rosario.
Más de un centenar de militantes, amigos y familiares despidieron los restos, guardados en una urna cubierta con la bandera argentina. "Quiero decirte con todo el corazón y mi fuerza que me encuentro feliz de ser tu hijo. Es más, quiero agradecerte aquél día que fuiste a buscar a mamá ante el peligro inminente", dijo Gustavo durante el homenaje.
25 de octubre de 2010
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debate sobre reformas políticas


Un interesante editorial de La Nación, en el que se señala el principal problema político del país: el sistema electoral binominal.
[Santiago, Chile] El ministro secretario general de la Presidencia, Cristián Larroulet, ha desarrollado en los últimos días una ronda de conversaciones con los dos partidos de su coalición y los cuatro de la Concertación en la perspectiva de levantar un diagnóstico sobre las posibilidades de impulsar nuevas reformas institucionales.
De acuerdo con fuentes del gobierno y de la oposición, la agenda de asuntos susceptibles de concitar acuerdos incluye la realización de primarias vinculantes para definir postulaciones a cargos electivos; iniciativa popular de ley, en materias que no estén reservadas a iniciativa exclusiva del Presidente de la República o del Congreso; mejorar la declaración de patrimonio e interés; poner en marcha el sistema de voto voluntario e inscripción automática; e introducir el derecho a sufragio para chilenos que residan en el extranjero.
Se trata de un temario extenso y heterogéneo, pero también con distintos grados de dificultad. Las diferencias, por ejemplo, en aspectos como el nivel de amplitud de la extensión del voto a quienes viven afuera son conocidas, si bien en los últimos meses se ha hablado de un principio de entendimiento. En una situación similar se sitúa la discusión en torno a si con fondos públicos se pueden o no financiar internas partidarias.
No obstante, se observa en general una actitud positiva hacia el consenso, reveladora de una posición de madurez y colaboración de la clase política. No abundan, en las crispadas democracias de la región, tantas señales de cooperación como las que se aprecian hoy en el país en un marco donde tampoco se confunden los roles diferenciados del gobierno y la oposición.
Con todo, tampoco puede omitirse que el núcleo principal de disputa en este ámbito continúa siendo el régimen electoral. La administración no ha explicitado una definición, aunque hace algunos meses el Presidente de la República admitió que en torno al binominalismo no existe unanimidad. En tal contexto ha trascendido que en esta fase del diálogo no se prevén modificaciones del sistema. Sin embargo, el senador de la UDI Pablo Longueira ha estado impulsando una fórmula que suavice el modelo por la vía de aumentar el número de escaños a 150 en la Cámara de Diputados y 50 en el Senado, ajustando mejor la representación poblacional. Además, ha sugerido un mecanismo de compensación para terminar con la exclusión de algunos sectores partidarios. En la plataforma del análisis el parlamentario ha incluido la extensión del mandato presidencial a cinco o seis años, pero sin reelección. Si bien no es nítido qué respaldo convoca en su propia coalición, su oferta global abre un espacio de debate que puede proyectarse a un nuevo arreglo institucional.
25 de octubre de 2010
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asesinos de schneider siguen impunes


columna de lísperguer
El 22 de octubre un grupo de extrema derecha compuesto por civiles y militares asesinó al general Schneider. Todavía no son juzgados. Entre los criminales se encuentra el que fue abogado del dictador Pinochet, Rodríguez Grez. Cuentas pendientes con Estados Unidos.

Este es ciertamente uno de los aspectos más desdeñados de la reciente historia política de Chile.
Está probado más allá de toda duda que el general Schneider fue víctima de una conspiración dirigida y financiada por la embajada estadounidense en Santiago, con el objetivo de impedir la ratificación del presidente Allende. La ejecución de Schneider quedó en manos del grupo fascista Patria y Libertad, que recibió la suma de 50 mil dólares por el asesinato. Los autores, todavía vivos, nunca fueron juzgados, ni por delitos terroristas ni por traición a la patria y pese a que es un delito que no prescribe. De hecho, pese a haber actuado por órdenes de una potencia extranjera, ningún militar pinochetista ha sido juzgado por traición a la patria, que es el único delito por el que pueden ser condenados a muerte. Fue el primer acto terrorista contra el gobierno socialista, el 22 de octubre de 1970, antes de la asunción de Allende.
lísperguer



hace 40 años mataron a schneider


Senadora Allende recordó 40 años del asesinato de Schneider, ejecutado por un comando de extrema derecha y militares en una conspiración dirigida y financiada por la embajada norteamericana.
Valparaíso, Chile. La senadora Isabel Allende recordó los difíciles momentos vividos en Chile hace 40 años tras al crimen del ex comandante en jefe del Ejército, René Schneider, que buscó impedir la ratificación en el Congreso de su padre, Salvador Allende, como presidente del país.
Allende ganó estrechamente la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970, imponiéndose con mayoría relativa al conservador Jorge Alessandri.
Entonces no existía la segunda vuelta electoral o balotaje y el Presidente electo debía ser ratificado por el Congreso entre las dos primeras mayorías.
En un intento por impedir la elección de Allende, un comando terrorista de extrema derecha asesinó a balazos al general Schneider, en un atentado en Santiago, pero el 26 de octubre el parlamento ratificó a Allende como Presidente constitucional y éste asumió el 4 de noviembre de 1970.
"Fue un ambiente difícil. No hay que olvidar que se produjo el asesinato del general René Schneider en un intento de cambiar la forma e impedir que esto se ratificara. Fue un momento extremadamente tenso", dijo ahora la senadora Allende a ANSA.
Recordó que pese al magnicidio "se logró establecer un compromiso, que se llamó Estatuto de Garantías, que significó que la Democracia Cristiana votó por Salvador Allende (en el Congreso) y él fue ungido presidente de la República".
"En esos años era necesario hacer ese trámite. Hoy día eso no existiría porque se estableció la segunda vuelta que legitima bastante al obligar al Presidente a tener mayoría absoluta y eso es bueno", agregó.
"Hoy día, si lo miro retrospectivamente, prefiero quedarme con la norma de la segunda vuelta y la obligación de tener los votos de la mayoría absoluta", reflexionó.
"Más allá de la firma del documento por la Democracia Cristiana, ellos cumplieron su compromiso y votaron y Salvador Allende fue ratificado por el Congreso pleno, que le permitió acceder a la presidencia", finalizó la hija del Mandatario depuesto por el golpe de estado de Augusto Pinochet, cometido el 11 de setiembre de 1973.
Durante la dictadura de Pinochet, que se extendió hasta 1990, se cometieron asesinatos, desapariciones forzadas de personas y miles de personas se vieron forzadas al exilio.
24 de octubre de 2010
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confines de la guerra


En los territorios del Guaviare que fueron del Mono Jojoy, hay poco que celebrar: miles de colombianos viven bajo las bombas, pasan hambre y claman por el fin del desangre. SEMANA estuvo allí con el Comité Internacional de la Cruz Roja.
[Marta Ruiz] Colombia. Cuando un buque de la Armada se instaló a orillas de Mocuare, en lo profundo del Guaviare, todos los colonos del pueblo supieron que la lluvia de balas y bombas sobre sus cabezas no vendría sola. El hambre llegaría también, rauda y demoledora, tal como pasó. Mocuare es un pequeño caserío a 340 kilómetros de San José, al que se llega navegando por el río Guaviare, y después de pasar dos pueblos con nombres de masacres: Mapiripán y Puerto Alvira, golpeados brutalmente por los paramilitares.
Las aguas grises, de brillo metálico, están más solitarias que nunca. Uno que otro bote de pescadores se bambolea en las orillas. El buque ARC Ariari viene remontando las aguas, y las pirañas de la Infantería de Marina se ponen en alerta a nuestro paso, justo cuando suenan a lo lejos unos cuantos disparos. Vamos en una pequeña pero veloz lancha del Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr), dejando atrás una hilera de árboles majestuosos cuyas copas se enredan formando una maraña. En Mocuare nos esperan. Bajo la sombra de un palo de pomarrosa un puñado de colonos pobres, que han cultivado coca desde hace muchos años, sacan su memorial de agravios.
Al unísono cuentan que el 27 de julio se desplazaron porque los militares se negaron a mover el buque que habían anclado justo frente al centro de salud y el internado. Los hombres de ’Ciro’, uno de los jefes del frente 44 de las Farc, no tenían reparo en hostigar a los Infantes de Marina, aunque las balas pasaran rozando a los niños. Incluso mandaron la razón que maestros y alumnos se resguardaran en la cocina, tras un endeble fogón de leña, para que no resultaran lesionados. Los militares tampoco tuvieron recato en disparar granadas hacia el otro lado del río. La zozobra fue mayor cuando los guerrilleros anunciaron que usarían sus rudimentarios morteros, que no tienen precisión, y ahí fue cuando los habitantes de Mocuare se fueron del pueblo y dejaron que los bandos se dieran plomo solos.
Les habían implorado a los militares que se movieran un poco. No solo por el miedo al fuego cruzado, sino por la coca. Desde que la Armada llegó al pueblo, la coca desapareció. También la comida.
En las tiendas está la infaltable romana, instrumento vital para el trueque del polvo amarillento y compacto, por arroz, frijoles, sal y jabón. Un hombre de mediana edad saca un pedazo de la pasta que guarda en un plástico retorcido y lo pesa. Tiene 36 gramos que equivalen a 72.000 pesos con los que compra en ese instante 15 panelas, jabón, crema dental y un poco de cebolla y tomate. Hace 10 años Mocuare producía hasta 10.000 kilos de coca a la semana. Pero la erradicación tiene acabados los cultivos. "Ocho fumigaciones en dos años. En la última se tiraron la cosecha de maíz y hasta los limoneros se encresparon", dice el hombre de los 36 gramos.
Aun así, con la coca es con lo único que se come. Sin la coca hay hambre. Y el hambre empezó a mostrar su peor mueca con la llegada de los militares. El coronel Bernabé Losada, de la Infantería de Marina, tuvo que decir no cuando un grupo de líderes le hizo la insólita solicitud de que se retirara por lo menos 15 días, para poder sacar la coca y que la gente tuviera un alivio. La guerra siguió y el hambre arreciaba. La situación se puso tan grave, que según Losada, a sus tropas les tocó atender a "una mujer que se estaba enloqueciendo, se estaba comiendo el pelo, por el hambre".
Por eso, por las balas y el hambre, la gente se fue de Mocuare. Y sin gente, la guerra se pone difícil. Para las Farc, porque no logran abastecerse ni tener información. Para los militares, porque su función es proteger a la población civil. Total, en septiembre los militares se fueron, las Farc se quedaron y la población retornó en medio de una pobreza escandalosa que se agravó con algunos saqueos que encontraron en sus casas.
Luis Alberto Capera, un indio coyaima que usa sombrero de fieltro negro, llega sudando después de caminar más de dos horas para leer en un papel lo que perdió durante la incursión de las tropas oficiales: un radio transistor de 80.000 pesos, una crema colgate, un talco Johnson, un frasco de insecticida, chocolate y alverjas. Parece poco, pero en estas lejanías es mucho. Cada uno saca su propia lista. A uno le vendaron los ojos por un camino, a otro lo interrogaron y otro tuvo que botar a una quebrada un explosivo que los militares dejaron tirado en su finca. Para muchos soldados, los ranchos abandonados por los habitantes de Mocuare no eran más que casas de milicianos. Guaridas de la guerrilla y, por tanto, sus pertenencias, un botín. Los colonos le entregan por escrito estas denuncias a Adolfo Beteta, un curtido funcionario nicaragüense del Cicr, que dirige la misión en Guaviare y que les prestó ayuda humanitaria durante el desplazamiento. Ahora se ha convertido en soporte de su retorno.
Para equilibrar pregunto por los atropellos de la guerrilla. Callan. Solo dos líderes dicen que con "el grupo armado" (así llaman a las Farc) hay relativa calma. "¿Y las minas?", pregunto. "Bueno, ellos dicen por qué lados no podemos movernos y si uno obedece nada le pasa". Total, me dicen, los que han caído en ellas son unos tontos, que no acatan las órdenes. Es el mundo al revés.
No me sorprende que la gente haya aceptado de alguna manera el orden social arbitrario que imponen las Farc, puesto que el otro, el del Estado, está ausente o lleno de falencias. Para muestra una líder saca una docena de cédulas inservibles y con errores que sacó la Registraduría durante una jornada que quedó inconclusa porque se acabó la papelería. En Mocuare muchas personas ni siquiera tienen cédula. No la han necesitado hasta ahora en ese país de los confines donde la coca es la moneda y el fusil, la ley. Pero llegado el Estado, así sea solo con la bota y el camuflado, las necesidades cambian. Todos necesitan tener una identidad y empezar a hacer parte de la Colombia legítima.
Pero los problemas para que el Estado llegue son infinitos. Hay un centro de salud recién remodelado, pero sin doctores ni medicinas. Este año la falta de una ambulancia se hizo crítica cuando una niña indígena de 11 años cayó en una mina a las nueve de la mañana, y solo en la noche pudo ser sacada por sus vecinos hasta Puerto Alvira. "Lloraba en silencio. Tenía destrozado el estómago, los labios y un ojo", dice una líder de Mocuare, quien para poder mover a la herida por el río tuvo que esperar que tanto las Farc como los militares le dieran permiso. Ahora esperan una lancha-ambulancia que prometió la Gobernación del Meta.
En Mocuare no se ven muchos jóvenes. Unos se han ido a la guerrilla y otros huyendo de ella. Uno de los pocos muchachos que rondan por ahí es Gilbert Andrés Chavarro, que anda en cotizas, tiene manos gruesas, dientes blancos y ese candor propio de la gente del campo. Estudiante destacado del internado, ahora que ya terminó los estudios tiene que salir a la ciudad. Quizá una prima lo reciba en Bogotá para estudiar sistemas. Si es que logra conseguir algo de dinero. Le gusta la tierra, pero en Mocuare no tiene futuro.
El internado es una amplia construcción de salones de madera y zinc, con árboles frondosos y una cancha de fútbol de grama perfecta. Ahora hay 42 niños estudiando, pero el año pasado eran más de cien. En realidad, muchos están allí porque es un lugar donde se come. La Gobernación nombra a los maestros y envía raciones de comida si bien no totalmente suculenta, por lo menos alimenticia. En una cartelera se lee el menú del día: sopa de sardina, galletas, avena.
Las clases apenas comenzaron en mayo, puesto que a un político de San José le dio por obstruir los nombramientos de los maestros, hasta que no pasaran las elecciones. "Primero tienen que mostrar por quién votaron", cuentan que dijo. Luego vino el desplazamiento. Total, "solo han estudiado 55 días", dice un padre de familia. Ahora hay una maestra y un maestro, ambos chocoanos. Su trabajo comienza a las 5:30 de la mañana, y entre dar clases, arreglar las instalaciones y proponerles algo de lúdica a los muchachos terminan su jornada más allá de las 9:00 de la noche, sábados y domingos incluidos. El profesor Atilio Borja dice que el mayor problema que se ha encontrado son los enamoramientos: los niños que espían a las niñas por el gozne de las tablas mientras ellas se visten y que lo obligan a dormir con un ojo abierto todas las noches.
Hay un cuarto que los niños llaman el del ’finadito’. Era la habitación de Luis Fernando Gómez, un joven maestro de Salamina, Caldas, a quien en la madrugada del 29 de octubre de 2007 lo sacaron las Farc encañonado. Nunca más se supo de él. ’Rafael’, el guerrillero que ordenó su desaparición, admitió haberlo matado porque le habían encontrado una foto con uniforme. El uniforme en realidad era de bombero voluntario. El año pasado ’Rafael’ se desmovilizó y llegó a Mocuare acompañando a las tropas y señalando a la población que otrora le brindó un vaso de agua o un plato de comida. Cuando la gente habló de la desaparición del maestro, ’Rafael’ no volvió por allí. Sabe bien que la desaparición es un crimen imprescriptible y de lesa humanidad. El Cicr todavía está esperando que cumpla la promesa de entregar el cadáver de su víctima. El padre del maestro, según me contaron, es un anciano de más de 90 años que aún no cree que su hijo, un educador dedicado a los niños de las selvas olvidadas, haya muerto porque un guerrillero ignorante no sabe qué cosa es un bombero.
De todos los niños del internado hay uno que se me acerca y me saluda con un fuerte apretón de manos. Me mira directo a los ojos, con una sonrisa amplia. Tiene 16 años, pecas en la cara, cabello rojo y un moderno corte de pelo, con cachumbos hacia arriba. En 2003, él y su hermana menor -el retrato de él, pero silenciosa y retraída- vio cómo los paramilitares le arrebataron a su mamá en un retén instalado cerca a Mapiripán. Él se aferró a las piernas de ella, pataleando y gritando, cuando los hombres de Martín Llanos se la llevaron a un monte, le cortaron los senos, la violaron, le rajaron el cuerpo y le echaron ácido en la piel. Su cadáver fue rescatado en medio de las balas, por el padre de los niños, que se enteró de la noticia mientras trabajaba en una finca del llano. Al lado de su cuerpo había otros tres hombres descuartizados. A todos los enterraron en silencio y empezó el trasegar del vaquero con sus dos hijos. Cuando habla de su tragedia, el padre se traga el llanto y mira para el suelo. "Tal vez si yo hubiera estado con ellos...", dice. La culpa del sobreviviente, que ya se nos hace tan familiar en esta guerra.
En su corta historia, tanto el sonriente pelirrojo como su hermana han tenido cinco desplazamientos, aun así dice: "Yo no pienso cobrar esa muerte". Solo quiere salir de Mocuare y estudiar mecánica de motores. Su hermana quiere tener un salón de belleza. Sueños pequeños, que no necesitan una revolución para ser cumplidos. Solo la mano de un Estado que los incluya en sus proyectos.
En la orilla izquierda del río Guaviare, entrando por un estrecho caño de aguas pantanosas, está la maloka, o lugar donde habita la comunidad jiw. Un puñado de casas maltrechas de madera rodea la que algún día fue la escuelita del resguardo y que se cayó en abril. Cuatro palos y una lata, por toda estructura, albergan los desvencijados escritorios donde 28 niños de todas las edades intentan aprender algo de matemáticas. No han desayunado porque la remesa no ha llegado. Cada mes la envían desde Puerto Alvira, pero ahora hay desabastecimiento. En las tiendas no hay nada. Los compradores de coca no han vuelto a bajar por el río desde que en Bogotá cayeron varias caletas de dólares. El narcotráfico es todo un engranaje. Además, la funcionaria encargada de llevar en lancha los víveres está amenazada por las Farc. Ahora tiene que mandarlos con cualquier paisano y pedirle que tome una foto cuando entregue el mercado, que ella guarda como prueba del deber cumplido.
En los rostros de los niños jiw no se nota la angustia del hambre sino la costumbre a ella. Alirio Restrepo, el maestro, estudió hasta séptimo grado en el internado, y luego de unos cursos de validación obtuvo las credenciales para enseñar. Durante la clase, habla en su lengua, pero escribe en español con caligrafía perfecta. Sin libros, sin cartillas, casi sin cuadernos, la escuelita del resguardo es el triste retrato de las oportunidades que tendrán estos niños en el futuro. Más aún cuando la expulsión del territorio o su confinamiento en él es la realidad que se cierne sobre ellos.
Los jiw son un pueblo de 2.000 personas y a pesar de estar en sitios tan remotos y ser pacíficos, han sido azotados por la violencia desde los tiempos inmemoriales de las caucheras hasta ahora. Son seminómadas, cazadores y pescadores, les gustan la fariña y el casabe, y están sufriendo como pocos el impacto de las minas antipersonales sembradas por la guerrilla y de los residuos explosivos que dejan los bombardeos o el paso de la fuerza pública. Por eso hay más de 150 Jiw desplazados en varios caseríos a lo largo del río y en San José del Guaviare.
Uno de los casos más dramáticos lo están viviendo la familia González, del resguardo de Barrancón, a 15 minutos de San José. En parte de su territorio se instaló una escuela de fuerzas especiales de las Fuerzas Armadas y en 2005, cuando toda la familia salió a buscar desechos y chatarra, Nubia, en ese entonces con 20 años, tomó en sus manos un objeto que le estalló contra el cuerpo. Perdió los dos brazos, un ojo y la visión casi totalmente por el otro. Su piel quedó tan delicada que no puede usar prótesis. Sus hermanitos quedaron heridos y en total siete miembros de la familia terminaron en el hospital.
Después de la tragedia, la familia se empobreció aún más, tratando de darle un amoroso soporte a Nubia. Sus hermanos y padres trabajan como artesanos para darle un aliento de vida a ella. Con sus muñones, Nubia se frota el pecho. "Me duele mucho el corazón", dice. Su padre refuerza la descripción. "A mí también. Hay noches que despierto y no puedo respirar". Es el sufrimiento. Nubia se lamenta porque sus hijos no la visitan. Se fueron con quien era su esposo hasta el momento del accidente. No les gusta verle el rostro, el cuerpo destruido. La repudian o le temen. Y eso duele.
La historia de Nubia no es la única: 34 indígenas jiw han sido afectados por minas desde que arreció la guerra. Esperan que los militares cumplan la promesa de sacar sus campos de entrenamiento del resguardo y que las Farc entiendan que la selva es su vida. Que alguien se ocupe de hacer cumplir el Auto que expidió la Corte Constitucional el año pasado en el que advierte que los jiw son un pueblo en peligro de extinción, por el conflicto. "Aquí empeora la situación a medida que el gobierno gana terreno en otras regiones", dice Héctor López, defensor del Pueblo del Guaviare.
Cuando dejamos Mocuare, aguas arriba vemos el buque de la discordia anclado cerca de Puerto Alvira. Es el jueves 23 de septiembre en la mañana y un teniente de la Armada nos da la noticia: el Mono Jojoy murió esa madrugada en un bombardeo. A decir verdad, en las selvas del Guaviare ni la gente del común, ni los militares estaban celebrando. En esa otra Colombia, donde la guerra es una realidad cotidiana, nadie se hace ilusiones de triunfos rápidos. Se sabe que el Estado va a quedarse. Y que seguramente a la postre, terminará dominando la manigua. No por nada están llegando petroleras a explorar este subsuelo, hay 100.000 hectáreas de palma cultivada, y una carretera que une a San José con Villavicencio que, según el coronel Losada, "nos ahorrará 20 años de guerra". Pero mientras tanto el sufrimiento y el abandono reinan en este pedazo de país donde muchos colombianos, aún sin cédula, reclaman su derecho a ser incluidos en la idea de prosperidad que se enarbola desde el gobierno.
Esta guerra del Guaviare, periférica y marginal, selvática y olvidada, no está hecha de grandes hazañas sino de pequeñas tragedias. Y eso debería ser razón suficiente para ponerle fin.
24 de octubre de 2010
23 de octubre de 2010
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tras las rejas de la última dictadura


Diputados piden registro de ex presos políticos para votar una pensión que los beneficie. El pedido es para que la provincia adhiera al programa Registro de Ex presos Políticos que gestiona el Archivo Nacional de la Memoria. Es para quienes estuvieron privados de su libertad por causas políticas gremiales o estudiantiles.
Santa Fe, Argentina. La Cámara de Diputados le pidió esta semana al gobernador Hermes Binner un relevamiento de los ex presos políticos de la dictadura, como paso previo para sancionar una ley que les reconozca una pensión vitalicia similar a la que ya tienen los veteranos de la guerra de Malvinas. "El gobierno no tiene datos de identidad y residencia de quienes padecieron el terrorismo de estado, sufrieron graves tormentos, les robaron sus bienes y sus hijos y en muchos casos perdieron su vida. Es hora de que los tenga", dijo el diputado Marcelo Brignoni, uno de los autores de la iniciativa junto a sus colegas Gerardo Rico, Luis Rubeo, Alberto Cejas, Claudia Saldaña (Frente para la Victoria) y Oscar Urruty (Partido del Progreso Social).
El proyecto de los kirchneristas fue aprobado por unanimidad y a pedido del bloque oficial. Se trata de un pedido al gobierno de Binner para que la provincia adhiera al programa Registro de Ex presos Políticos que gestiona el Archivo Nacional de la Memoria y "realice el relevamiento de quienes estuvieron privados de su libertad" por causas políticas gremiales o estudiantiles, entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983.
Brignoni consideró el censo como el primer paso para sancionar en la Legislatura una ley que otorgue a los ex detenidos políticos una pensión vitalicia similar a la que cobran los veteranos de Malvinas. En este caso, el proyecto fue presentado en julio último por los mismos legisladores, más los diputados José María Tessa (Encuentro) y Antonio Riestra (Frente Progresista).
La pensión vitalicia estaría destinada a los santafesinos que "fueron condenados por un consejo de guerra, estuvieron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional o privados de su libertad de cualquiera de estos u otros modos ilegales por causas políticas, gremiales, estudiantiles" y padecieron "el terrorismo de estado reinante" durante la dictadura. El proyecto espera el acuerdo del Frente Progresista para ser aprobado y prevé un beneficio similar al que cobran los veteranos de Malvinas, equivalente a tres veces el haber mínimo de pensión vigente en Santa Fe. Una ley de esta naturaleza "número 14.042 ya está vigente en la provincia de Buenos Aires, por lo que si prospera el trámite legislativo, Santa Fe sería segunda provincia del país en resarcir a quienes sobrevivieron a las torturas y martirios en los centros clandestinos de detención.
"Nos han dicho que el gobierno provincial no tiene datos de identidad y residencia de quienes sufrieron las consecuencias del terrorismo de estado como práctica institucional, padecieran graves tormentos, fueron privados de su libertad, les robaron sus bienes y sus hijos y en muchos casos perdieron su propia vida en la cárcel. Bueno, es hora de que los tenga", dijo el diputado Brignoni.
"Durante la dictadura cívico militar más sangrienta de la historia argentina, los señores del poder eran amos de la muerte. Y sus víctimas nunca más volvieron a sus vidas y a la de sus familias como antes del genocidio. Por lo tanto, nuestra tarea de hoy es ser voceros de las victimas de aquel horror, solidarizándonos con aquellos que padecieron en las cárceles", agregó el legislador.
24 de octubre de 2010
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palabras de sobrevivientes


Jornadas de testimonios en el juicio en el Tribunal Oral Nº2 que sustancia la causa Díaz Bessone por terrorismo de estado. Si los ejecutores del terrorismo de Estado imaginaron que sus víctimas serían una correa de transmisión del horror, muchos, la mayoría de los militantes que salvaron su vida dieron vuelta como un guante ese mandato, y convirtieron sus palabras en un acto de justicia.
[Sonia Tessa] Argentina. Aplausos, abrazos. La salida de cada testigo que termina su declaración frente al Tribunal Federal Oral número 2 es un ritual de afecto y contención, de respeto y admiración. Es también un gesto que confirma el carácter histórico del proceso oral y público de la causa Díaz Bessone (ex Feced), pero también el alto valor simbólico de las palabras de cada sobreviviente. Recordar a los compañeros y compañeras desaparecidos, dar cuenta del horror y el dolor que aquellos jóvenes sufrieron antes de ser eliminados físicamente, rememorar los tormentos propios, es un esfuerzo que los y las sobrevivientes encaran, como lo vienen haciendo desde hace casi 30 años, con valentía y compromiso. Si los ejecutores del terrorismo de Estado imaginaron que sus víctimas serían una correa de transmisión del horror, muchos, la mayoría de los militantes que salvaron su vida dieron vuelta como un guante ese mandato, y convirtieron sus palabras en un acto de justicia. A puro riesgo, voluntad y construcción colectiva.
Aunque los 10 testigos de la primera semana contaron los tormentos sufridos en carne propia, los momentos de mayor emotividad los vivieron al recordar a los compañeros desaparecidos. En la puerta de los Tribunales, después de abrazarse con otros testigos, María Virginia Molina le puso palabras: "Hablamos nosotros, porque somos los sobrevivientes", dijo.
Nadie salió indemne de los relatos escuchados en la sala de audiencias. Personas que rondan los 50 años, contaron los tormentos a los que fueron sometidos cuando eran adolescentes. Tenían sólo 15, 16 o 17 años cuando los integrantes de la patota de Feced se ensañaron con ellos. Eran varios de los testigos de estos días militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios. Formaban parte de una generación que estaba convencida de construir un mundo mejor, empezaban a urdir ese proyecto. Por eso, sus momentos de mayor compromiso fueron al contar cómo vieron morir o ir hacia la muerte a compañeras y compañeros. Daniel Gorosito, Ruth González, fueron dos nombres que se repitieron en muchos testimonios. El primero, militante del Ejército Revolucionario del Pueblo, fue arrancado de la cárcel de Coronda para ser ejecutado. La segunda, de la misma agrupación, fue sacada de la Alcaidía que funcionaba en la Jefatura, con promesas de libertad, para ser asesinada en un enfrentamiento fraguado.
Esteban Mariño y Jorge Palombo recordaron a Eduardo Alberto Pérez, militante de la UES que continúa desaparecido. A Mariño lo llevaron de carnada al secuestro del compañero. "Una de las razones por la que soy testigo es la vida de Pérez", dijo en la audiencia. Palombo contó cómo lo habían amenazado con matarlo como a Pérez si no colaboraba con los torturadores.
Gustavo Mechetti, que tenía 25 años al ser secuestrado, y era un cuadro de Montoneros, relató que había visto a su compañero Osvaldo Vermeulén negarse a firmar el traslado, porque sabía que iban a matarlo. Vermeulén tenía una herida de Itaka en uno de los brazos. "No le hicieron ninguna curación. Al contrario, todo lo que hacían era para provocarle daño", recordó Mechetti, el primer testigo, que abrió la ronda el lunes a la mañana. Entre el público, con los ojos llenos de tristeza, Norma Vermeulen honraba su pañuelo blanco. Esa primera mañana de testimonios estuvo también Chiche Massa, de Madres de la Plaza 25 de Mayo. Y Herminia Severini. Ellas, que con sus vueltas en la plaza dieron el puntapié inicial de un movimiento ejemplar en el mundo, soportan el relato de lo que padecieron sus hijos. "Escuché cómo se emocionó Mechetti cuando recordó los últimos momentos de Osvaldo", dijo Norma a la salida de la audiencia. Su propia emoción a través de los compañeros.
Yoli Medina es la hermana de Oscar, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores que fue secuestrado el 20 de octubre de 1976, a los 21 años, en su ciudad, Villa Gobernador Galvez, y fue homenajeado allí mismo esta semana. Yoli es infaltable en las audiencias y en el aguante, un espacio de reunión entre militantes históricos y unos cuantos jóvenes que acompaña el desarrollo del juicio en la vereda de calle Oroño.
Yoli está habilitada a ingresar a la sala ya que el caso de su hermano no fue elevado aún a juicio oral y público. Se enoja con los artilugios jurídicos, siente que las cuestiones procesales juegan siempre a favor de los represores, sufre cada vez que escucha relatos de tortura. "Yo tengo la intuición de que mi hermano estuvo un par de días nada más en alguna casa que usaban de centro clandestino de detención, él tenía un soplo al corazón", dice en el camino que separa la sala de audiencias de la calle Oroño. Yoli quiere creer que su hermano no sufrió tanto, que los tormentos duraron poco tiempo. Cuando secuestraron a Oscar, su otro hermano, Héctor (el Chinche) estaba preso en Coronda. Yoli era la hermana mayor de once hermanos. Recuerda cómo salió en busca de abogados que la ayudaran. No era la primera vez que lo hacía. Yoli sabía que los represores torturaban porque Oscar había estado preso durante la dictadura anterior, antes de 1973, y lo había visto con signos de violencia en el cuerpo. "No llores, no llores. A ellos no le importa que vos sufras, al contrario", le dijo su hermano una vez que ella fue a visitarlo a la Policía Federal, en la época de Agustín Lanusse. Yoli lo había visto flaco, lastimado. No podía soportar que le hubieran hecho eso a su hermano menor, del que se siente casi una madre, dado que le llevaba ocho años. Con él se vinieron a trabajar en Rosario en 1962. Ella era empleada doméstica, él un obrero metalúrgico que juró no traicionar nunca a su clase.
Yoli cuenta la desesperación que la invadió el día del secuestro de su hermano, al que nunca más vio. Y la incansable búsqueda que inició junto a su madre, Elisa Medina. Por eso, Yoli siente un atropello cada vez que el Tribunal les permite a Ramón Genaro Díaz Bessone, José Rubén Lofiego y José Scortecchini que presencien las audiencias desde una sala contigua. "Nadie nos devuelve todo lo que sufrimos, y estos señores tienen tantas ventajas...", dice Yoli, que todos los días llega desde Villa Gobernador Gálvez a escuchar las audiencias. "Mi ilusión es saber algo más, que alguien diga que lo vio a Oscar, porque no tenemos más datos después de su secuestro", dice en uno de los tantos cuartos intermedios de las audiencias.
En la puerta, Graciela Borda Osella saca fotos. Con su lente, aporta una huella indeleble de un momento que se proyecta al futuro. Quiere que compañeros y compañeras sonrían, que se los vea felices, como eran también los que mataron. Que la sonrisa marque el valor de la Justicia. Y ya encontró la foto que sintetiza el aguante: las manos tomando el mate, un símbolo de lo que se comparte.
Las querellas también están integradas por militantes. Gabriela Durruty, Jessica Pellegrini, Daniela Asinari y Leticia Faccendini integran el equipo de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Nadia Schujman y Alvaro Baella son del equipo de Hijos, al igual que Lucas Ciarnello Ibañez, que también representa a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. No es técnico su trabajo, sino militante. Cada equipo representa a 9 querellantes particulares, y a sus propios organismos.
Pura militancia es la presencia permanente de Alicia Lesgart, conocedora de esta causa desde fines de la dictadura, dado que participó de su armado como integrante de organismos de derechos humanos. Ella sabe decir el nombre y la militancia de cada desaparecido, conoce cada caso, cada lugar de secuestro, cada declaración. Ella lleva la carpeta con las fotos de los desaparecidos, cada una con su nombre, y es una de las que se encarga de repartirlas a quienes se sentarán en la sala.
Cuando empiezan las audiencias, la entrada del público es siempre trabajosa, demora. Muchas veces ingresan cuando los testimonios están empezados, o incluso, terminando. Por eso Alfredo Vibono se plantó. Dijo que había esperado 30 años para ese momento y que no comenzaría antes del ingreso del público.
Es histórico el juicio oral y público a Díaz Bessone, Lo Fiego, Mario Alfredo Marcote, José Antonio Scortecchini, Ramón Rito Vergara y Ricardo Chomicki, el civil que fue secuestrado por la patota pero luego colaboró, y que para muchos no debería ser enjuiciado a la par de los represores. En cambio, para la mayor parte de los testigos sí debe responder ante la justicia. Es lo que Vivono le pidió al Tribunal al final de su declaración.
También fue histórico el proceso que terminó con la condena a prisión perpetua de Oscar Pascual Guerrieri, Jorge Fariña, Juan Daniel Amelong, Eduardo Costanzo y Walter Pagano. Lo será la llamada causa Feced residual, donde hay aún mayor cantidad de imputados. Allí, en esa sala de audiencia, frente a jueces federales, se escucha cómo fue una historia que la memoria colectiva supone, pero recién ahora quedará inscripta en la Justicia en sus detalles, en sus niveles de horror. Por eso los aplausos y los abrazos para los sobrevivientes que ponen el cuerpo a la memoria. Porque están escribiendo la verdad histórica.
24 de octubre de 2010
©rosario 12
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