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áfrica

pobres del congo lo pierden todo


Pobres del Congo pierden sus últimas posesiones. Vecinos que habían huido de los rebeldes vuelven a casa para encontrarlas convertidas en ruinas.
[Stephanie McCrummen] Nyongera, Congo. Era su vestido favorito, bonito y largo, con un exuberante estampado de coloridas flores. Según sus cálculos, Anastazi Mahano estuvo ahorrando durante cinco años para darse ese pequeño lujo, evitando que su vestido tocara el lodo que deja aquí todo marrón, llevándolo sólo para bodas y para ir a la iglesia los domingos.
Cuando los rebeldes ocuparon esta zona hace poco, le puso candado a su casa de murallas de adobe y, junto con otras miles de personas, huyó con las manos vacías hacia las ondulantes y verdes colinas. Sin embargo, el miércoles al volver encontró roto el candado y su casa saqueada, quizás por rebeldes cortos de dinero, o soldados del gobierno cortos de dinero, o incluso vecinos más desesperados que ella.
"Me llevó un buen tiempo comprar ese vestido", dice Mahano mientras revisa su casa en ruinas. "Era mi tenida especial. Me siento desolada".
Mientras miles de aterrados congoleños abandonaban sus aldeas en todo el este del Congo en los últimos meses, la escala de los saqueos que han seguido ha sido monumental, un delito que refleja la cultura depredadora que caracteriza al Congo desde que los colonizadores belgas la perfeccionaran hace algunas décadas.
Los millones de robos menores empalidecen en comparación con el saqueo más profesional de las enormes riquezas minerales del este del Congo, que está ayudando a financiar la guerra. Sin embargo, colectivamente los soldados saqueadores han hecho retroceder en años, si no en décadas, a una población económicamente marginal haciendo difícil revertir los efectos del conflicto que ahora amenaza con desestabilizar toda la región de África central.
El general renegado Laurent Nkunda, un líder rebelde tutsi con estrechos lazos con la vecina Ruanda, ha dicho que empezó a pelear para proteger a la minoría tutsi de la región de las milicias hutu que huyeron del este del Congo después del genocidio de Ruanda en 1994. Hace poco prometió "liberar" todo el Congo.
El este del Congo ha sido el epicentro de dos guerras civiles en la última década y los combates más recientes han terminado con la capital provincial, Goma, sitiada y con el desplazamiento de decenas de miles de congoleños.
A medida que avanzan los rebeldes, la naturaleza del saqueo aquí indica lo desesperados que están los congoleños. Humillados, soldados del gobierno en retirada, rebeldes hambrientos y otros oportunistas se han apoderado de los pollos y los celulares de los aldeanos que huyen, destrozado puertas y ventanas de casas abandonadas, llevándose los colchones, cabras, cacerolas, ropa, radios y televisores.

La carretera que lleva al norte desde Goma se ha convertido en un largo y patético tableau de soldados del gobierno apoyados contra puertas o frente a las casas que han ocupado.
Un poco más al norte, los rebeldes han instalado un puesto de control donde los camiones en dirección a Goma, apilados hasta arriba con repollos, carbón y otras mercaderías deben pagar la asombrosa suma de quinientos dólares o devolverse. Algunos choferes aparcan aquí durante días antes de lograr, de algún modo, conseguir ese dinero.
El impacto de la depredación es difícil de calcular. Persona por persona, sin embargo, ha sido una catástrofe desde el punto de vista económico, y moralmente, ya que los congoleños han debido observar cómo grupos de soldados ebrios y armados se marchaban con sus ahorros y posesiones obtenidas con tanto esfuerzo.
"Perdí el apetito", dijo Jean-Marie Kabale Kapitula, 42, describiendo su desesperación cuando descubrió que le habían robado dos de sus tres sierras, aparte de sus tres cabras y su único cerdo, posesiones que representan años de trabajo.
Fue uno de las decenas de personas que, el miércoles, volvieron a este pueblo de chozas de adobe y murallas de paja en una fría arboleda de plátanos y mangos. Como Kapitula, la mayoría de ellas han vivido aquí toda la vida, sobreviviendo el gobierno notoriamente cleptocrático del dictador Mobutu Sese Seko, cuando algunos podían vivir decentemente; la invasión rebelde que derrocó a Mobutu y la década de guerra civil que fue la consecuencia.
Luego alguna gente logró arreglar sus casas con puertas de madera y ventanas de cristal con los marcos pulcramente pintados. Algunos han plantado las flores rosadas y púrpuras que crecen espontáneamente en esta exuberante parte del mundo.
La gente aquí dice que nunca se habían visto obligados a huir durante conflictos anteriores. Pero cuando los rebeldes leales a Nkunda avanzaron por la zona hace dos semanas, los combates fueron tan pesados que todo el pueblo inició un éxodo masivo hacia Goma.
Kapitula salió a toda prisa, colocando el cerrojo a la puerta de madera de su casa y esperando lo mejor. Cuando volvió, el pueblo era una colección de puertas destrozadas y ventanas rotas.
Las dos sierras robados eran "un recuerdo de mi padre", dijo, tocando su corazón.

Su padre trabajó durante treinta años para una plantación de café de propiedad belga, ganando al final de su vida un dólar con cincuenta al día. Antes de su muerte en 2006, compró las dos sierras por noventa dólares, que eran los ahorros de su vida, y se las regaló a su hijo.
Kapitula tenía cuatro empleados para, con las sierras, talar los árboles y convertirlos en madera, que vendía en un mercado local. Eso le reportaba treinta dólares al mes, y después de un año pudo comprar una tercera sierra y agregar dos hombres más a su equipo.
Finalmente estaba ganando cincuenta dólares al mes, y la vida le sonreía. Compró un cerdo. Estaba cuidando de su madre de setenta años.
"Ahora con esa sierra podré hacer quizás unos quince dólares", dijo Kapitula. "Ahora los hombres que empleaba están sin trabajo. Van a venir a preguntarme cómo podemos volver a empezar".
Aquí la gente empezó a llegar el miércoles, y empezaron a hacerse la misma pregunta, y a contar las pérdidas.
En algunas casas los ladrones no se dedicaron tanto a saquearlas como a elegir los objetos que más les gustaban, dejando el resto.
Mahano, que ha vivido en Nyongera en los últimos seis años, al principio tenía miedo de entrar a su casa. Cuando lo hizo, descubrió que le habían robado sus mantas más nuevas y su vestido favorito.
"Me tomó tanto tiempo" acumular esas cosas, explicó. "Voy a sembrar y planto y espero la cosecha. Luego voy al mercado y vendo una pequeña cantidad para ganar algo de dinero y luego espero la próxima cosecha, y luego vuelvo a esperar. Yo diría que me tomó cinco años comprar ese vestido. Incluso más de cinco años".
Entonces entró su vecino Leonard Hangi por la puerta abierta.
Además de un traje y otras prendas, dijo, también le robaron la radio. Como el vestido de Mahano, era un pequeño lujo, una cosa apreciada que representaba algún grado de simple y humano placer en una vida donde en general el trabajo duro no es recompensado.
"Tenía un tocacasete, y usaba pilas", dijo Hangi, explicando los aspectos prácticos de la radio. "La usaba en mi tiempo libre. Me gustaba oír las noticias y música africana".
Ha trabajado durante veinticuatro años como guardia de seguridad en una plantación de café belga, donde gana un dólar y medio al día. Era uno de los pocos en el pueblo que tenía una radio, que le había costado quince dólares; calculó que para comprarla había tenido que ahorrar durante dos años.
Pero había otros, dijo, que estaban todavía peor.

Entre los expulsados de la zona había gente que ya venía escapando de otras aldeas más al norte y estaban viviendo en un enorme campamento de tiendas al otro lado de la carretera. Cuando aparecían los rebeldes, volvían a huir.
Francis Huzumutima era uno de ellos, y volvió el miércoles para sopesar su nueva posición en la vida. Aunque ahora llevaba una camisa vieja, pantalones rasgados y unas chancletas cubiertas de barro, las cosas no fueron siempre así, dice.
En el pasado vivía casi elegantemente en Kinshasa, la capital; estudió en una universidad en Bukavu, una ciudad al este del país; y se había conseguido un trabajo como maestro de primaria durante el apogeo de Mobutu, cuando los salarios eran buenos.
Entonces ganaba trescientos dólares al mes. Incluso después de que Mobutu saqueara el país, siguió ganando unos veinte dólares al mes.
Con casi treinta años de trabajo a sus espaldas, Huzumutima había levantado un pequeño imperio de cabras y pollos, platos y cacerolas, una radio, algunos trajes.
"Tenía incluso un colchón", dice.
Cuando un grupo de milicianos pasaron por su aldea, se llevaron todo.
Pero volvió a empezar.
Después de vivir algunas semanas en el campamento aquí, había logrado armar un cobertizo de hojas de banano y había comprado algunas cacerolas, en parte gracias a la generosidad de extranjeros.
Cuando pasaron los rebeldes de Nkunda, también se llevaron todo. Ahora Huzumutima está a punto de jubilar y no tiene nada.
"No tengo ninguna esperanza de recuperar mis cosas", dijo. "Yo llevaba una vida bonita, pero no creo que la vaya a recuperar alguna vez".

19 de noviembre de 2008
15 de noviembre de 2008
©washington post
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¿qué quiere el general nkunda?


Sacerdote ordenado y comandante de una organización rebelde, el general Laurent Nkunda amenaza con arrastrar a la guerra a otros países al este del Congo.
[Scott Baldauf] Johanesburgo, Suráfrica. El general Laurent Nkunda, el hombre que está sitiando la ciudad de Goma al este del Congo, es un cúmulo de contradicciones. Es un exitoso comandante militar, casi imbatible en el campo de batalla, pero casi sin futuro político. Es un predicador adventista ordenado, que lleva a consejo de guerra a los soldados que cometen violaciones. Sin embargo, su jefe de estado mayor militar es un criminal de guerra fugitivo.
Todo lo que quiere es hablar, dice el general Nkunda. Pero si el gobierno del presidente congoleño Joseph Kabila se niega a hablar, Nkunda amenaza con extender la guerra y derrocar al presidente Kabila. Acepta la presencia de tropas de paz africanas si adoptan una posición neutra en una misión humanitaria, pero si luchan junto con el ejército congoleño (FARDC), promete darles guerra.
"Si vienen y luchan junto con las FARDC", dijo a la agencia de noticias Reuters en una conferencia telefónica, "van a compartir la misma vergüenza que el gobierno de la RDC [República Democrática del Congo]".
Nkunda no es de ninguna manera el único señor de la guerra en la RDC y observadores de derechos humanos dicen que el ejército congoleño y otros grupos armados han cometido numerosas atrocidades contra civiles como los hombres de Nkunda. Pero en los dos meses que han pasado desde que Nkunda iniciara su última incursión contra el gobierno congoleño, cientos de civiles han muerto en el fuego cruzado, y más de 250 mil han sido expulsados de sus hogares. Es una guerra de un tipo muy personal, y mientras más territorio ocupa Nkunda, más determinado parece el gobierno congoleño en su derrota, antes que en conversaciones.
"Esto no va a terminar pronto, pero está mal encaminado", dice Henri Boshoff, analista del Instituto de Estudios de Seguridad en Tshwane, Sudáfrica. "A menos que las fuerzas militares sean convencidas de detener la guerra, y a menos que haya presión internacional para que Nkunda y Kabila empiecen a hablar, nos esperan malos tiempos".
Durante el fin de semana, líderes regionales reunidos en Nairobi llamaron a poner fin al conflicto, y prometieron enviar fuerzas de paz para ayudar al contingente de diecisiete mil hombres de Naciones Unidas para restaurar la paz. "La Región de los Grandes Lagos no se limitará a presenciar los incesantes y destructivos actos de violencia que cometen grupos armados contra civiles inocentes de la RDC; si, y cuando sea necesario, la región enviará tropas de paz a la provincia de Kivu de la RDC", dijeron los líderes en una declaración.
La región de los Grandes Lagos incluye a Kenia, Tanzania, Uganda, Ruanda, Burundi, Sudán y la RDC. Otro grupo regional, la Comunidad para el Desarrollo del Sur de África (SADC) también ofreció enviar tropas de paz en una reunión separada en Johanesburgo.
"La SADC debería enviar ayuda inmediata a las fuerzas armadas de la RDC", dijo el secretario general ejecutivo de la SADC, Tomaz Salomoa. "La situación de seguridad en la RDC está afectando la paz y la estabilidad en la SADC y el región de los Grandes Lagos".
El jueves, un miembro de la SADC, Angola, llevó esta idea un poco más lejos, amenazando con enviar sus propias tropas al Congo para apoyar al gobierno de Kabila. Una decisión unilateral semejante podría implicar a otros países vecinos -algunos de los cuales se piensa que apoyan al movimiento de Nkunda- en un conflicto regional desatado. Durante cinco años, nueve países pelearon en el Congo en un conflicto que terminó en 2003.
Hay poco en el pasado del general Nkunda que sugiera que disfruta del sufrimiento que causa. Ex maestro de escuela en la ciudad de Kichanga -donde tiene ahora sus cuarteles militares- y devoto predicador adventista del Séptimo Día, Nkunda es admirado entre su propio grupo étnico tutsi.
En una breve entrevista el año pasado, Nkunda dijo a periodistas que él sólo quiere proteger a su pueblo de organizaciones armadas que tienen una larga historia de ataques y asesinatos de tutsi, especialmente de los rebeldes de Ruanda que llevaron a cabo el genocidio de 800 mil tutsi en la vecina Ruanda.
"Es una amenaza", dijo sobre la FDLR, o Fuerza Democrática de la Liberación de Ruanda, "y no solamente para nosotros, sino para la gente del Congo. Tienen una ideología del genocidio, y cometieron genocidio en Ruanda y ahora lo quieren hacer en el Congo".
En una región del Congo con literalmente decenas de grupos armados que cambian de alianza e ideología todo el tiempo, Nkunda ha sido consistente con sus demandas, y ha sido consistentemente un espina clavada en el gobierno congoleño.
Ha exigido que los rebeldes de Ruanda de la FDLR vuelvan a Ruanda. Ha exigido seguridad para su propia minoría tutsi congoleña, que son económicamente poderosos pero crecientemente atacados. Ha exigido que los cuarenta mil refugiados tutsi congoleños que están viviendo en campos en Ruanda reciban un ambiente seguro donde retornar. Y aunque ha aceptado en principio desarmar las tropas de su Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo, insiste en que sus hombres permanezcan en la región de Kivu para ayudar a proteger a otros tutsi étnicos de amenazas externas e internas.
Sin embargo, hay un patrón de crueldad entre las tropas al mando de Nkunda, dice Anneke van Woudenberg, analista de Human Rightd Watch en Londres.
En 2002, cuando Nkunda era comandante de Agrupación Congoleña por la Democracia [Rally for Congolese Democracy], ahora una milicia tutsi desaparecida respaldada por Ruanda, Nkunda dirigió la brutal respuesta a un motín de sus propios soldados de la RDC en Kisangani, una ciudad en el centro de Congo. Más de ciento cincuenta amotinados fueron detenidos y decapitados y sus cuerpos fueron arrojados al río Congo, dice Human Rights Watch.
En 2004, los hombres de Nkunda se apoderaron por la fuerza de Bukavu, la capital de Kivu del Sur -entonces bajo control de las tropas de paz de Naciones Unidas- creando una crisis humanitaria similar a la que vive hoy Goma. Nkunda justificó sus acciones aludiendo al asesinato de más de quince de hombres de negocios tutsi congoleños, pero el desplazamiento de civiles en Bukavu, y los crímenes cometidos por sus tropas -incluyendo violaciones públicas, dice Human Rights Watch- causaron un montón de sufrimiento.
"Hemos visto sus actos y los de sus tropas", dice Van Woudenberg. "¿Es el único que lo está haciendo? No, el ejército congoleño mismo comete abusos, los mai mai son terribles. Pero no convirtamos en Nkunda en un líder rebelde legítimo sin sangre en sus manos".
Sin embargo, la facilidad con que las fuerzas de Nkunda ocupan terreno del ejército congoleño lo convierten en una fuerza a la que hay que tomar en cuenta, dice Boshoff. "Está en una posición muy buena", dice. "Básicamente, Goma está bajo sitio y la puede ocupar cuando quiera".

18 de noviembre de 2008
14 de noviembre de 2008
©christian science monitor
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la vida en zimbabue


A la espera de un dinero inútil.
[Celia W. Dugger] Harare, Zimbabue. Rose Moyo y su marido se levantaron mucho antes de que empezara a cacarear el gallo en el patio de tierra. "Es hora de levantarse", entonó la robótica voz de su celular. Su pantalla brillante mostraba la hora: 2:20 a.m.
Avanzaron sigilosamente entre los niños durmiendo en el suelo de su casa de un dormitorio -Cinderella, 9, y Chrissie, 10- y empezaron su ruta nocturna de todos los días hacia el banco. El guardia del turno de medianoche les dio un número. Llegaron en el lugar 29, todos con la esperanza de retirar la cantidad máxima de dinero zimbabuense permitida el mes pasado por el gobierno: el equivalente de apenas uno o dos dólares.
Zimbabue está en las garras de una de las más grandes hiperinflaciones en la historia mundial. Los habitantes de esta otrora orgullosa capital han sido empujados a una lucha darwiniana por la supervivencia. Muchos se han visto reducidos a la condición de vendedores de drogas e indigentes, vendedores callejeros y contrabandistas, comiendo sólo una o dos veces al día. Sus mejillas hundidas son un testimonio de su hambre.
Como innumerables zimbabuenses, la señora Moyo ha calculado el precio de las mercaderías por el número de días que ha tenido que gastar en el banco para retirar el dinero con que comprarlas: un día para un pan de jabón; otro para una bolsa de sal; y cuatro para un saco de harina de maíz.
El máximo de retiro aumentó el lunes, pero con una inflación que supera incluso lo que economistas independientes dicen que es casi inimaginable: 40 millones de veces, dijo que el valor del nuevo monto pronto será una miseria.
"Es la supervivencia del más fuerte", dijo Moyo, 29, trenzadora, que vende las verduras que cultiva en su patio a diez centavos por ramo. "Si no eres fuerte, te mueres".
Economistas de aquí y del extranjero dicen que el colapso económico de Zimbabue está ganando velocidad, irradiando inestabilidad en el corazón de África del sur. Mientras el gobierno en bancarrota imprime más dinero, la inflación se ha desbocado, subiendo de mil por ciento en 2006 a doce mil por ciento en 2007, una cifra tan alta que el gobierno tuvo que quitar diez ceros a la moneda en agosto para impedir que se estropearan las calculadoras del país. (Si hubiera dejado caer la moneda, un dólar valdría hoy diez trillones de dólares zimbabuanses).
De hecho, la hiperinflación de Zimbabue es probablemente una de las cinco peores de toda la historia, dijo Jeffrey D. Sachs, un profesor de economía de la Universidad de Columbia, junto con la de Alemania en los años veinte, Grecia y Hungría en los años cuarenta y Yugoslavia en 1993.
Para empeorar las cosas, la moneda misma se ha hecho escasa. Ejecutivos y diplomáticos dicen que el gobernador del banco central de Zimbabue, Gideon Gono, desesperado por divisas extranjeras para avivar la máquina de patronazgo del partido, envían a la calle a mensajeros con maletas de dinero nacional para comprar dólares americanos y rand sudafricanos en el mercado negro-, apropiándose de los dólares zimbabuenses que, de otro modo, terminarían en los bancos.
Debido a la escasez de moneda, el gobierno limita estrictamente la cantidad de personas que pueden hacer retiros. Incluso así, los zimbabuenses dicen que a menudo tienen que esperar durante horas en bancos que despachan a sus clientes con las manos vacías.
Gono, que acusa a las sanciones occidentales de los problemas del país, no respondió a nuestras peticiones de entrevista. Pero fue citado en la prensa oficial esta semana como diciendo "Voy a imprimir y a imprimir y a firmar dinero hasta que se levanten las sanciones".

Solución Política
Algunos economistas dicen que lo único que puede detener la espiral inflacionaria de Zimbabue es una solución política que controle la economía del país que está en manos de Robert Mugabe, el presidente de 84 años que todavía se aferra fuertemente al poder después de veintiocho años en el cargo.

"Este es el fin del último juego", dijo el profesor Sachs.
Mugabe, que vive en todo esplendor en una mansión oculta por altas murallas, volvió a Harare el lunes después de asistir a la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York. Él y el líder de la oposición, Morgen Tsvangirai, firmaron un acuerdo para compartir el poder, pero todavía están en punto muerto en cuanto a la división de los ministerios. De momento, Mugabe se ha negado a entregar el control de los cruciales ministerios de Finanzas e Interior.
Los servicios públicos básicos, ya devastados por el éxodo de profesionales en los últimos años, se están estropeando en una escala todavía mayor, ahora que decenas de miles de maestros, enfermeras, recolectores de basura y fontaneros simplemente han dejado de aparecerse por sus trabajos porque sus salarios, que se reducen con cada hora que pasa, ya no cubren el coste del billete del autobús para ir al trabajo.
"Es terrible y es patético", dijo Tendai Chikowore, presidente de la Asociación de Maestros de Zimbabue", el más grande y radical de los sindicatos de maestros. Dijo que el salario mensual de un maestro no alcanzaba para comprar más que dos botellas de aceite para cocinar. "Esto es el colapso del sistema, y no solamente para los maestros", dijo. "En los hospitales no hay enfermeras ni medicinas".
Los que siguen apareciéndose en el trabajo a menudo ganan algo extra. Los maestros venden a sus estudiantes caramelos y galletas, por ejemplo, o aceptan que los padres les paguen en harina de maíz o en aceite para cocinar, dijo Raymond Majongwe, secretario general del Sindicato de Maestros Progresistas.
Los zimbabuenses poseen la legendaria capacidad de sobrevivir pese a extraordinarias penurias, y el dinero enviado a casa por millones de compatriotas que se han marchado al extranjero para escapar a la represión política y a las privaciones económicas sigue manteniendo en vida a muchos de ellos. Pero las condiciones cada vez peores están creando presiones hacia un nuevo éxodo, aunque la gente utilice todas su creatividad empresarial para sobrevivir.
Entre los que piensan en marcharse se encuentra Fortunate Nyabinde, cuyo salario de 3.600 dólares zimbabuenses al mes (o 36 trillones de dólares antes de que el gobierno reajustara la moneda en agosto) no alcanza ni siquiera para cuatro días de billetes de autobús hacia su trabajo en el Hospital Parirenyatwa, una de las instituciones públicas más importantes de Zimbabue.
Sin embargo, de momento sigue yendo a su trabajo, empujando un carrito lleno de gachas de maíz de pabellón en pabellón principalmente porque puede ganar hasta veinte centavos al día vendiendo artículos básicos que el hospital normalmente no tiene en existencia: papel higiénico, pasta de dientes, jabón.
"Si vienen la hospital sin nada, tendrán que comprarnos a nosotras", dijo Nyabinde.

Signos de Calamidad
Se pueden encontrar claves sobre el desastroso estado del país en recientes artículos insertados en el portavoz de Mugabe, The Herald, el único diario que permite que siga apareciendo.
Cuerpos de indigentes en avanzados estados de descomposición se apilaban en la morgue del Hospital de Distrito Beitbridge, porque ni el gobierno se estaba ocupando de su sepultura.
El Hospital Central de Harare cortó las admisiones a casi la mitad porque muchos empleados de la limpieza ya no podían llegar al trabajo.
La mayor parte de la capital, aunque bella debajo de su canopia primaveral de lavanda y jacaranda, estuvo sin agua debido a que las autoridades habían dejado de pagar las cuentas del transporte. La basura se amontona, sin que nadie la recoja. Cerca de Chitungwiza han muerto dieciséis personas en un estallido de cólera, propagado por el agua contaminada y las aguas negras. En Kewkwe unos vigilantes mataron a un hombre acusado de haber robado dos pollos, huevos y un cubo de maíz.
Y los jefes tradicionales se quejaron de los políticos y oficiales del ejército corruptos que venden los granos que necesitan los hambrientos, a los conectados políticamente
Zimbabuenses que hacían colas en la capital contaron sobre las estratagemas que tenían para sobrevivir. En el centro comercial Avondale, un pequeño recinto con una cafetería que sirve cappuccinos y un multicine que proyectaba ‘Sexo en Nueva York’ [Sex and the City], más de doscientas personas sudorosas y mal humoradas hacían la cola una mañana hace poco para retirar lo que pudieran del banco.
Moyo, la madrugadora, tenía su usual número bajo -el 26-, mientras que Nyabinde, la enfermera en el turno nocturno, no se hizo más que con el 148, porque había llegado tarde -a eso de las 5:15 de la mañana.
El 132 era Stanford Mafumera, 35, un guardia de seguridad que pasa la mayor parte de su tiempo en su trabajo o haciendo la cola en el banco; es tan pobre que duerme debajo del alero del centro comercial antes que pagar el billete del bus para volver a casa. Su ropa cuelga suelta de su cuerpo delgado, y sus polvorientos zapatos se están desarmando.
"El lunes, martes y miércoles no había dinero", dijo. "Empezaron a pagar recién ayer".
La mayor parte de las veces, dice, sólo come una bolsa de cereales para conservar su paga mensual: diez dólares hace una semana y media, pero ahora sólo cinco dólares, debido a la inflación.
Cada día compra una cajetilla de cigarrillos y los vende sueltos, ganandose unos veinte a treinta centavos adicionales. Pero no pudo reunir el dinero para llevar a su hija de cinco años al doctor hace poco, cuando ella enfermó de diarrea después de beber agua sucia de un pozo.
Mafumera responsabilizó al programa de reforma agraria del gobierno de los males de Zimbabue. Expulsó a los agricultores blancos que había convertido al país en un centro de producción agrícola, dijo, así como a donantes de Gran Bretaña y otros países europeos y Estados Unidos, que mantuvieron durante años a los hambrientos de Zimbabue.
"Un montón de gente adquirió armas, pero no pueden producir nada y esto es lo que está causando pobreza y hambre", dijo. "No hay alimentos".

Caótica Reforma Agraria
En realidad, el deterioro económico de Zimbabue se ha acelerado con las a menudo violentas y caóticas ocupaciones de fincas poseídas por blancos que empezaron los partidarios de Mugabe en 2000. Ahora las grandes fincas producen menos de la décima parte del maíz -aquí el principal cultivo- que se producía en los años noventa, informó en junio la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación.
Desde entonces, el país ha sufrido escasez de alimento extrema, inflación desenfrenada, una economía menguada y el colapso de los servicios públicos. En el barrio de Nyabinde, en todas partes brotan las verduras que la gente come con gachas de cereales, evidencia de la lucha por los alimentos.
Y en un país que acostumbraba a tener un sistema educativo que era el orgullo del continente, las escuelas a las que asisten los hijos de Nyabinde -Chenai, 10, y Darlington, 6- ahora no tienen maestros. Así que los envía a Stella Muponda, una maestra que renunció a la escuela pública el año pasado, por un par de horas al día. El dinero que paga Nyabinde a Muponda para las lecciones de los niños vale ahora sólo cuarenta centavos, el equivalente de un pan de molde.
Muponda, viuda con gemelos de catorce años, dijo que ella y sus hijos han adelgazado, están más débiles y enfermizos que el año pasado, porque no pueden comer lo suficiente con su escasa paga. Cuando ya no tenga fuerzas para la caminata de ocho kilómetros hacia y desde la escuela, lo dejará.
Demacrada y fatigada, dice: "Lo único que quiero es tener un trabajo decente".

11 de noviembre de 2008
2 de octubre de 2008
©new york times 
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la violación como arma


Las palabras de las víctimas de violación no provocarán cambios en el Congo.
[Jeffrey Gettleman] Bukavu, Congo. Honorata Kizende miró a la gente y empezó con una sencilla declaración. "No era ninguna cena", dijo.
"La cena era yo. Yo, que me botaron al suelo a patadas y que quitaron toda la ropa, y los dos me sujetaron las piernas. Uno tomó mi pie izquierdo, el otro el derecho, y lo mismo con los brazos, y esos dos me violaron. Y después me violaron todos ellos, que eran cinco".
El público, que había sido convocado por organizaciones de ayuda locales e internacionales e incluía a casi todo el mundo, desde importantes políticos hasta niños de la calle descalzos, la miraron incrédulos.
El Congo, parece, está finalmente arreglando cuentas con su horrendo problema de las violaciones, que funcionarios de Naciones Unidas han calificado como la peor violencia sexual del planeta. En los últimos años, decenas de miles de mujeres, posiblemente cientos de miles, han sido violadas en este país accidentado e incongruentemente bello. Muchas de estas violaciones se han caracterizado por un nivel de brutalidad que está sacudiendo incluso las retorcidas normas de un país asolado por la guerra civil y atormentado por señores de la guerra y niños soldados enloquecidos por las drogas.
Después de años de negación y vergüenza, el silencio empieza a romperse. Debido a los intensos esfuerzos de organizaciones internacionales y el gobierno congoleño en los últimos nueve meses, los violadores ya no podrán contar con una cultura de impunidad. Por supuesto, incontables hombres todavía quedan impunes tras violar a mujeres. Pero ahora empiezan a ser perseguidos, juzgados y encarcelados.
Las organizaciones de ayuda europeas están gastando decenas de millones de dólares en la construcción de nuevos tribunales y prisiones al este del Congo, en parte para castigar a los violadores. Tribunales itinerantes están realizando juicios por violación en lo más profundo de la selva, en aldeas que no han visto a un magistrado de toga negra desde la época en que el país era gobernado por los belgas hace varias décadas.
La Asociación Americana de Abogados abrió un centro jurídico en enero, específicamente para ayudar a las víctimas de violación a llevar sus casos a tribunales. De momento el trabajo ha resultado en ocho condenas. Aquí en Bukavu, una de las ciudades más populosas del país, una unidad especial de agentes de la policía congoleña ha presentado 103 casos de violación desde principios de año, más que en cualquier otro en la memoria reciente.
En Bunia, una ciudad algo más al norte, los procesos por violación aumentaron en más del seiscientos por ciento en comparación con hace cinco años. Grupos de investigadores congoleños han sido llevados a Europa para aprender técnicas forenses al estilo de ‘CSI’. La policía ha arrestado a algunos de los violadores más violentos, a menudo milicianos jóvenes, la mayoría probablemente traumatizados psicológicamente, que han metido palos, piedras, cuchillos y rifles de asalto en las mujeres.
"Estamos empezando a ver los resultados", dijo Pernille Ironside, funcionario de Naciones Unidas en el oriente del país.
El número de arrestados es todavía pequeño en comparación con los hechores que todavía están libres, y a menudo los violadores más peligrosos no son capturados porque son bandidos itinerantes que atacan las aldeas durante la noche, violan a las mujeres y luego desaparecen en la selva.
Todo esto está ocurriendo en una sociedad donde las mujeres tienden a ser aplastadas de todos modos. En el Congo, las mujeres se ocupan de gran parte del trabajo: en la casa, en los campos y en el mercado, donde transportan enormes cargas de bananas sobre su espaldas encorvadas, y sin embargo son a menudo impotentes. A muchas mujeres violadas se les pide que guarden silencio. A menudo, es una deshonra para toda la familia, y muchas víctimas de violación han sido expulsadas de sus pueblos, convirtiéndose muchas en pordioseras.
Organizaciones de base están tratando de cambiar esta cultura, y han empezado alentando a las mujeres violadas a contar sus experiencias en foros públicos, como en salas de tribunales llenas de espectadores, pero sin acusados.
En una ocasión a mediados de septiembre en Bakavu, la historia de Kizende, que fue raptada por un grupo armado y debió rearmar su vida después de seis meses como esclava sexual, sacó lágrimas, y aplausos. Parece que la prohibición de hablar sobre las violaciones está siendo levantada. Muchas mujeres entre el público llevaban camisetas que decían, en kiswahili: "Me niego a ser violada. ¿Y tú?"
Las activistas están visitando las aldeas a pie y en bicicleta para difundir un mensaje simple pero a menudo novedoso: la violación es mala. Incluso están formando grupos de hombres.
Pero estas mejoras son sólo los primeros pasos tentativos de progreso en un país consumido por sus conflictos.
Funcionarios de Naciones Unidas dicen que el número de violaciones parece haber descendido el año pasado. Pero el reciente conflicto entre el gobierno congoleño y grupos rebeldes, y toda la violencia y depredación que lo acompaña está poniendo en peligro esos avances.
"Ahora es más seguro", dijo Euphrasie Mirindi, que fue violada en 2006. "Pero no completamente".
La pobreza, el caos, las enfermedades y la guerra. Estas son las constantes al este del Congo. Mucha gente cree que el problema de las violaciones no se resolverá en la zona hasta que impere la paz. Pero eso podría tomar un tiempo.

Laurent Nkunda, un bien armado señor de la guerra tutsi, o un salvador de su pueblo, dependiendo de a quién le preguntes, amenazó hace poco con extender la guerra a todo el país. Los enfrentamientos entre sus tropas, muchas de ellas niños soldados, y fuerzas del gobierno, han desplazado de sus casas a cientos de miles de personas en los últimos meses. Sus fuerzas, junto con las de decenas de otros grupos rebeldes que se ocultan en las montañas, son responsables de la epidemia de brutales violaciones.
Funcionarios de Naciones Unidas dicen que las violaciones más sádicas son cometidas por asesinos depravados que participaron en el genocidio de Ruanda en 1994 y luego escaparon al Congo. Estos ataques dejan miles de mujeres con sus vientres destruidos. Pero el Ejército Nacional Congoleño, una fuerza indisciplinada y mísera de tropas adolescentes que lucen faldas y rifles oxidados, también lleva culpa. El gobierno se ha mostrado lento a la hora de castigar a sus propios soldados, pero generales congoleños anunciaron hace poco que instalarán nuevos tribunales militares para procesar a los soldados acusados de violación.
Nadie -ni médicos, ni socorristas, ni investigadores congoleños y occidentales- puede explicar por qué el problema de las violaciones en el Congo es el peor del mundo. Los ataques continúan pese a la presencia de la fuerza de paz más grande de Naciones unidas, con más de diecisiete mil tropas. Se cree que la impunidad es un importante factor, lo que explica porqué ahora hay tantas iniciativas para reforzar el poder judicial congoleño, decrépito y a menudo corrupto. La enorme cantidad de organizaciones armadas dispersas sobre miles de kilómetros de territorio densamente forestado, luchando por el rico botín mineral del Congo, también hace increíblemente difícil proteger a los civiles. La incesante inestabilidad ha mantenido como rehén toda la franja oriental del país.
En Bukavu, donde mires verás algo roto: rejas, ventanas, una camioneta sin tapabarros, una mujer que pasa por la calle, sin ojos.
El gobierno congoleño admite que no sabe qué hacer, especialmente cuando se trata de la seguridad de las mujeres.
"Violan a las mujeres todos los días" dijo Louis Leonce Muderhwa, gobernador de la provincia de Kivu del Sur. "Aquí no hay paz".
Están llegando activistas extranjeras. Pocas son tan apasionadas como Eve Ensler, la dramaturga estadounidense que escribió ‘Los monólogos de la vagina’ [The Vagina Monologues], que han sido representados en más de cien países. Llegó al Congo el mes pasado para ayudar a las víctimas de violación.
"He pasado diez años de mi vida en las minas de violación del mundo", dijo. "Pero nunca vi nada parecido a esto".
Lo llama ‘femicidio’, una campaña sistemática para destruir a las mujeres.
Ensler está ayudando a abrir un centro en Bukavu llamado Ciudad de la Alegría, que asesorará a víctimas de violación y enseñará técnicas de liderazgo y defensa personal. Su esperanza es construir un ejército de sobrevivientes de violación que impriman urgencia -que hasta el momento ha estado ausente- a la solución de las incesantes guerras del Congo.
La Ciudad de la Alegría se está levantando detrás del Hospital Panzi, donde se han tratado los peores casos de violación. Pero incluso este refugio ha sido atacado. El mes pasado una iracunda turba ocupó el hospital. La turba exigía que los doctores les entregaran el cuerpo de un ladrón, para poder quemarlo. Cuando los doctores se negaron a ello, varios hombres indignados golpearon a las enfermeras y rompieron los cristales. Pero no quedó claro si el cuerpo fue lo único que provocó su reacción.
"No les gusta lo que hacemos", dijo Denis Mukwege, una ginecóloga congoleña. "Quizá lo que hacemos molesta a la gente".
Las historias de estas violaciones son claramente inquietantes. Pero de eso se trata, de sacudir a la gente y conquistar su atención.
"Los detalles son la parte más espeluznante", dijo Ensler.
En una ocasión el mes pasado, mucha gente en la audiencia se cubría la boca mientras escuchaban. Algunas no pudieron soportarlo más y escaparon llorando de la sala.
Una participante, Claudine Mwabachizi, contó que había sido raptada por bandidos en la selva, amarrada a un árbol y violada repetidas veces. Los bandidos hicieron cosas indescriptibles, dijo, como destripar frente a ella a una mujer embarazada. "Muchas de nosotras nos guardamos estos secretos", dijo.
Hablaba en público, dijo, "para liberar a mis hermanas".
Pero el Congo es un país de contrastes. La tierra aquí es rica, pero la gente se muere de hambre. Los minerales son ilimitados, pero el gobierno está en el bancarrota.
Después del fin de la audiencia, Mwabachizi dijo que se sentía fatigada.
"Pero fuerte", agregó.
Le pasaron un chal rosado con una leyenda.
"He sobrevivido", decía. "Puedo hacer cualquier cosa".

2 de noviembre de 2008
18 de octubre de 2008
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asesinos difunden legado de víctima


En 1993, Amy Biehl fue perseguida por una enfurecida turba que buscaba ciegamente un símbolo blanco del apartheid. Los dos hombres condenados por su asesinato son parte de una inverosímil historia de reconciliación y perdón.
[Scott Kraft] Guguletu, Suráfrica. Easy Nofemela recuerda la tarde que murió Amy Biehl. Las estufas a carbón de las chozas en las barriadas habían pintado el crepúsculo de un tizne grisáceo, anunciando una fría noche de invierno. La calle principal de Guguletu estaba atochada de coches. Y una furiosa turba de jóvenes estaba buscando símbolos de poder blanco que destruir.
Entonces vieron a Biehl, rubia y de ojos azules, que cruzaba la barriada en su Mazda amarillo.
"Empezaron a arrojar piedras contra el coche de Amy. Se bajó y echó a correr y la apuñalaron ahí", dice Nofemela, indicando un sector de hierbas junto a una gasolinera, donde se ve ahora una pequeña cruz.
Nofemela lo recuerda, quince años después, porque él formaba parte de la turba que mató a Amy Biehl.
Lo que no sabía entonces era que Biehl no era para nada un símbolo del apartheid. Era una becaria Fulbright que estaba estudiando la vida de las mujeres en Sudáfrica, una estudiante de veintiséis años, de Stanford, con un billete de avión para volver a casa al día siguiente, desde un aeropuerto a diez minutos de distancia.
Nofemela fue uno de los cuatro hombres condenados por lo que hicieron ese día. Pasaron casi cinco años en prisión antes de que fueran amnistiados en 1998 por la Comisión de Verdad y Reconciliación del país.
Hoy Nofemela, un fornido hombre de 37 años con la cabeza rapada y sagaz, es padre de una niña. Y, en una inverosímil historia de perdón y redención, él y Ntobeko Peni, otro de los condenados por el asesinato, trabajan ahora en la organización benéfica que fundaron los padres de Biehl después de su muerte.
Es una paradoja que Linda Biehl, madre de Amy, prefiere no examinar muy de cerca.
"No sé cómo ocurrió", dice, bebiendo café en una cafetería cerca de su casa en Newport Beach. "No voy a tratar de analizarlo".
Una atractiva mujer de 65 con una melena rubia y una cálida sonrisa, creció excepcionalmente cerca de los asesinos de su hija. "Easy y Ntobeko son fascinantes y en realidad los adoro", dice. "Me han dado tanto".

Linda Biehl y su difunto marido, Peter, iniciaron la Fundación Amy Biehl en 1994 con las donaciones que, sin ser solicitadas, fueron enviadas por desconocidos conmovidos por las noticias de la muerte de su hija. Hoy, dirige programas extraescolares para niños en Guguletu y otros distritos y campamentos de okupas que echaron raíz durante la época del apartheid en los llanos del Cabo, a unos 10 kilómetros al este de Ciudad del Cabo.
"Nuestra misión es crear esperanza para los niños del distrito y darles un futuro", dice Kevin Chaplin, director ejecutivo de la fundación. "Nuestro interés central es mantenerlos alejados de la violencia y darles actividades sanas que utilicen el lado creativo del cerebro".
La fundación desarrolla sus actividades en espacio de oficinas donado en el centro de Ciudad del Cabo, a los pies de la Montaña de la Mesa, el hito de tarjeta postal de la ciudad más reconocible. Homenajes a Amy Beihl y al trabajo de la fundación cubren las paredes. Un pequeño televisor retransmite a alto volumen viejos cortos noticiosos de la historia de Amy Biehl -su espantosa muerte, las condenas de sus asesinos y la amnistía, y el trabajo de la fundación- para los voluntarios recién llegados.
Chaplin, 45, dejó una exitosa carrera en un banco de Suráfrica hace dos años para dedicarse a la organización benéfica, que organiza clases de música, danza, teatro, artesanías y deportes en los distritos. "Ha sido la época más satisfactoria de mi vida", dice.
Pero es la historia de la familia Biehl, dice, la que resuena aquí y en el extranjero.
"Mucha gente ni siquiera puede perdonar las cosas pequeñas", dice. "Si los Biehl pueden perdonar a cuatro jóvenes por la muerte de su hija, entonces no quedan excusas para el resto de nosotros. Así que tratamos de enseñar la historia de Amy Biehl -que de las tragedias puede surgir algo bueno. En realidad estamos enseñando a la gente el poder del perdón".
Esa tarde de agosto de 1993, Amy Biehl llevaba casi un año en Suráfrica y se había hecho con un amplio círculo de amigos que incluían a algunos de los más importantes abogados de derechos humanos y políticos del país, así como vecinos de los distritos.
El país se acercaba a un momento histórico. Nelson Mandela estaba libre después de veintisiete años en prisión y su Congreso Nacional Africano (ANC) se preparaban para tomar el control en las primeras elecciones libres, programadas para abril de 1994. Los negros, que superaban a los blancos en una escala de cinco a uno, podrían votar, poniendo fin a cuatro décadas del gobierno de la minoría blanca.

Biehl había estado investigando constituciones y declaraciones de derecho en todo el mundo para los líderes del ANC que estaban escribiendo la nueva Constitución, y también participaba en las campañas de educación de los votantes. Recién había terminado su artículo para la Fulbright, ‘Las mujeres en una Suráfrica democrática: de la transición a la transformación’.
Pero fue un período sangriento y tumultuoso. Los blancos de extrema derecha estaban intentando desesperadamente mantenerse en el poder. Cuatro meses antes de la muerte de Biehl, un supremacista blanco había matado a Chris Hani, líder del brazo armado del ANC, en la entrada de su casa. Grupos radicales negros, como el Congreso Panafricano, o PAC, estaban librando su propia y violenta guerra contra símbolos del dominio blanco, poco convencidos de que el gobierno fuera realmente a entregar el poder y desconfiados del plan del ANC para una democracia multirracial.
Biehl llevaba a unos amigos a casa en Guguletu ese día, cuando una turba de unas ochenta personas se separaron de una manifestación cantando el grito de guerra del PAN: "Un colono, una bala". En el argot del grupo, los colonos eran los blancos, específicamente los blancos Afrikaners que se habían establecido en Sudáfrica hacía 350 años y, en 1948, habían impuesto el sistema de segregación racial conocida como apartheid.
Los testigos identificaron luego a tres miembros de la turba, incluyendo a Nofemela, 22 en la época, y fueron juzgados y condenados por asesinato. La fiscalía pidió la pena de muerte, pero el juez los sentenció a dieciocho años de cárcel, diciendo que pensaba que debían tener la posibilidad de convertirse en ciudadanos útiles, "pese al hecho de que no han mostrado remordimiento". Algunos meses después, Peni, 20 en la época del ataque, fue arrestado, condenado y sentenciado a dieciocho años.
Los Biehl pensaban que el asunto había llegado a su fin. Pero en 1997, cuatro años después del asesinato de su hija, los asesinos solicitaron el perdón de la Comisión de Verdad y Reconciliación del país. Los Biehl preguntaron qué hacer al arzobispo Desmond Tutu, presidente de la comisión. "Simplemente vengan y hablen con el corazón y hablen como Amy", dijo.
En la audiencia, los hombres confesaron su participación en el asesinato, y dijeron que creían que tenían que matar a blancos para hacer Sudáfrica "ingobernable" y obligar al gobierno a abandonar el poder.
Los Biehl leyeron fragmentos del discurso de inauguración en la secundaria de su hija y hablaron de su compromiso para ayudar a Sudáfrica. Pero también extendieron una rama de olivo. "Venimos a Sudáfrica como vino Amy, en un espíritu de amistad", dijo Peter Biehl. "Y no nos equivoquemos, extender una mano de amistad en una sociedad que ha sido polarizada sistemáticamente durante décadas puede ser un trabajo difícil a veces".
Fuera de la audiencia, los cuatro convictos se acercaron a los Biehl y les dieron la mano. "Nos pidieron perdón", recuerda Linda Biehl. "Ntobeko nos dijo que si lo perdonábamos, no le importa recibir o no la amnistía, porque se sentiría liberado".

Los cuatro convictos fueron amnistiados en 1998 y al año siguiente los Biehl fueron a ver a Nofemela y Peni en Guguletu. "Fue como una adopción", dijo Linda Biehl. "Eso como que rompió la barrera. Eran simplemente niños que no tuvieron la posibilidad de tener una infancia".
Nunca les preguntó por el papel de cada uno en la muerte de Amy; asume que hicieron algo más que arrojar piedras, como reconocieron durante la audiencia de amnistía. (Uno de los cuatro confesó haber apuñalado a Amy. Volvió a la cárcel por otro cargo no relacionado con el asesinato de Amy).
Después de la prisión, Peni empezó una organización para ayudar a ex activistas de la lucha contra el apartheid a adquirir oficios tales como albañilería y fontanería. Convenció a la Fundación Biehl que lo ayudaran con su organización y trabaja para ellos desde hace tres años. Recientemente fue ascendido a director de programas y supervisa a los dieciséis miembros del personal, incluyendo a Nofemela.
Tras la prisión Nofemela se convirtió en un líder comunitario en Guguletu, donde peleó por obtener más dinero del gobierno para reemplazar las chabolas e instalar tuberías y electricidad en los distritos. Ex estrella del fútbol, ahora coordina los cursos de fútbol, cricket, hockey de campo y otros deportes de la fundación: algunos en su vieja escuela, a unos metros de donde murió Biehl.
Rodeados diariamente de homenajes a Biehl, los dos hombres se debaten con sentimientos contradictorios sobre su papel en la muerte de Amy. Sienten remordimiento por la pérdida de una vida inocente, pero también creen que sus motivos eran puros.
"En realidad, para mí fue muy difícil aceptar mis propias acciones", dijo Peni en su oficina en la fundación. Un hombre de 35 con cara de bebé, ahora Peni tiene dos hijas, de uno y cinco años.
"Pensaba que había contribuido a la construcción de una nueva Suráfrica y que lo que hice tuvo motivos políticos", dice Peni. "Pero entonces pienso en Amy..." Se detiene. "Uno tiene que encontrar paz consigo mismo para vivir. Es raro, pero a veces la gente que ofrece perdón se decepciona mucho cuando la gente a la que perdonan no se puede perdonar a sí misma. Esta fundación me ha ayudado a perdonarme a mí mismo".
Nofemela es un líder carismático muy popular con los jóvenes. No cree que su papel en la muerte de Biehl y ahora su responsabilidad en su legado como algo contradictorio. Como él, ella fue una víctima de una guerra política.
"Nunca olvidaré el hecho de que en Sudáfrica la opresión la cometían los blancos", dice. "El blanco estaba preparado para matar. Yo también estaba preparado para matar.
"Pero ahora estoy trabajando para difundir el espíritu de Amy".
La ironía de sus palabras cuelga en el aire. Cierra los ojos antes de seguir. "A veces", dice, "las cosas pasan de modos inesperados".

31 de octubre de 2008
21 de octubre de 2008
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crisis alimentaria en zimbabue


Millones de personas pasan hambre, y se espera que esta cifra crezca. Se atribuye la hambruna a la economía colapsada, las malas cosechas y la política.
[Robyn Dixon] Provincia de Masvingo, Zimbabue. Parecen pájaros picoteando grano por grano, a los lados de los caminos del país. Mujeres y niños andrajosos se agachan para recoger los puñados de maíz que caen de los camiones que pasan. Esos preciosos granos es lo único que tienen para comer.
Millones de personas en todo Zimbabue están al borde de la muerte por inanición, debido fundamentalmente al fracaso de las cosechas de este año y la colapsada economía del país, además del hecho de que el presidente Robert Mugabe prohibió la ayuda humanitaria durante la última campaña electoral.
En la carretera de Harare, la capital, al sur de la provincia de Masvingo, un niño de tres años, Slupeth, recoge granos con su madre, Esnat, 36, y su hermana, Chipo, de veintiséis. Les toma medio día reunir medio kilo de harina de maíz, suficiente para un modesto almuerzo.
El niño ha perdido la mitad de su pelo; su piel es escamosa, y tiene los ojos llorosos. Las dos mujeres se ven demacradas, de mejillas prominentes, con muñecas como palo. En abril, la familia se quedó sin maíz.
"Nos dijeron que un camión había perdido granos hoy. De otro modo no tendríamos nada que comer", dijo Esnat, que tenía miedo de ser golpeada por partidarios del gobierno si nos decía su apellido.
Hace poco Mugabe derogó su prohibición de la ayuda extranjera, pero Richard Lee, portavoz del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, dijo que tomaría meses montar las distribuciones de ayuda humanitaria para que recuperasen toda su velocidad.
De las 1.7 millones de personas que necesitaron alimento urgentemente este mes, sólo una pequeña parte recibieron ayuda, dijo. Para noviembre, el Programa Mundial de Alimentos espera estar operando completamente. Cerca de cinco millones de personas necesitarán ayuda alimentaria a principios del próximo año, la época en que la escasez de alimento es normalmente peor, predijo Lee.
Un capitán de pueblo en la sureña provincia de Masvingo dice que en sus 76 años de vida nunca vio una hambruna tan intensa como ahora. La mayor parte de la gente de las zonas rurales se ha quedado sin harina de maíz, el alimento básico, junto con el aceite para cocinar, el azúcar e incluso la sal.
No comen otra cosa que colza, un vegetal frondoso parecido a la espinaca, y un fruto silvestre llamado hacha.
Esnat y Chipo hacían trabajitos por un cubo de maíz, pero ahora ya nadie tiene nada. Sus vecinos tienen tan poco que comer que no se les puede pedir a ellos. Mientras miran los camiones que pasan, la familia se alimenta de hacha.
Según creen aquí muchos, en Zimbabue el hambre es un elemento político. En tiempos de escasez, el partido ZANU-PF que ha gobernando durante veintiocho años, ha utilizado el Grain Marketing Board, el distribuidor de granos del estado, para castigar a los activistas opositores a nivel de aldeas y recompensar a sus partidarios.
Un miembro de la comisión, hablando a condición de conservar el anonimato por temor a las repercusiones, dijo que las distribuciones de alimentos a nivel de distrito -la única fuente de maíz- habían sido encargadas al ejército, a la Organización Central de Inteligencia [Central Intelligence Organization, CIO], la policía y al gobernador.
"Era más como una herramienta de campaña. Los que apoyaban a la oposición no estaban recibiendo nada porque la CIO quería entregar los granos directamente a sus partidarios", dijo.
Un diplomático que vio la distribución hace algunos meses describió un camión de Grain Marketing rodeado por jóvenes de ZANU-PF con camisetas y pañuelos del partido.
"Estaba claro que era una operación alimentaria del ZANU-PF, no una operación de GMB. Las dos se fundieron en una", dijo el diplomático.
Pasado el año electoral y el alimento repartido entre los partidarios, los silos están vacíos, dijo el funcionario de la comisión. Y en algunas áreas la cosecha fue apenas el cinco por ciento del nivel esperado.
Al sur de Harare, el campo se vuelve más seco. El paisaje es polvoriento, con tierra roja y hierba seca y amarilla. Altísimas rocas ovales sobresalen majestuosamente, balanceándose unas sobre otras como en un truco de magia geológica.
En los pueblos la hambruna es tan aguda que es el único tema del que hablan. En un caso, el capitán -un hombre sabio tradicional y funcionario del ZANU-PF-, que se identificó solamente como Isaac, 76, dijo que en sequías pasadas uno podía recurrir a las tiendas. Pero sin cosecha, con las tiendas vacías y sin transporte para salir a comprar fuera, la gente se vio obligada a alimentarse de frutos silvestres. Pidió que guardáramos el secreto de su identidad por temor a las represalias.
"Nunca en mi vida vi una situación tan grave como la que estamos teniendo ahora", dijo.
Tsungirirai, una mujer de ochenta años, cuida a nueve nietos, alimentándolos solamente con vegetales. Se le acabó la sal y no puede vender su último ganado porque lo necesita para arar. Hace poco vendió su última cabra para comprar alimentos.
"No hay nada que yo pueda hacer. Me siento como si fuéramos caminando hacia la muerte. No podemos sobrevivir comiendo solamente verduras", dijo la mujer, que sólo reveló su nombre de pila. "A veces lloro sola cuando estoy en mi chocita. A veces los niños me ven llorando. Los más chicos lloran conmigo. Los mayores me dicen: "Hey, ¿crees que llorar ayuda?"
Isaac, el capitán, dice que los aldeanos recurren a él pidiéndole ayuda, pero que lo único que puede hacer es enviarlos al depósito del Grain Marketing Board, aunque sabe que ahí no hay nada.
"Me siento muy avergonzado. Es muy, muy duro", dijo. "Si ves el terrible estado en que está a gente, te dan ganas de llorar".
Pero los críticos dicen que los capitanes y jefes -los ojos y oídos del ZANU-PF en las zonas rurales- se han beneficiado del sistema durante años. Antes de las elecciones en marzo y junio, el gobierno repartió coches y tractores entre los jefes.
"Estaba bien cuando funcionaba a su favor", dijo el diplomático. "El consejo de jefes pudo levantarse en cualquier momento y oponerse al sistema, pero no lo hicieron".
La prohibición de Mugabe contra las organizaciones de ayuda internacionales también estuvo motivada políticamente, piensan algunos aldeanos. Durante la campaña presidencial antes de la primera ronda de votación a fines de marzo, Mugabe quería presionar a las zonas que favorecían al Movimiento por el Cambio Democrático, de la oposición, dijo un campesino de 52 años llamado Edward.
La mayoría de la gente de su aldea, tradicionalmente un área de fuerte apoyo al ZANU-PF, votó por el líder de la oposición, Morgan Tsvangirai, pero recularon en la segunda vuelta del 27 de junio, después de que el partido dominante realizara una violenta campaña por los votos.
"Sospechamos que él [Mugabe] quería que la gente sintiera el pinchazo para que votaran por el ZANU-PF", dijo Edward.
Él y sus cuatro hijos sobreviven con verduras cocidas.
"Me siento mal. Creo que debería ser capaz de hacer más por mi familia", dijo.  "Debería poder alimentarlos, porque no puedo dejar morir de hambre a mi familia".
Zimbabue era un exportador de granos, pero después de la expulsión de los colonos blancos, que empezó en 2000, la agricultura colapsó, dejando al país dependiente de la ayuda humanitaria y alimentos importados.
El funcionario de la comisión de granos culpó a la corrupción y a la baja producción agrícola. Incluso ahora que Mugabe se ha visto obligado a compartir el poder con el MCD, a los zimbabuenses les espera una larga espera, dijo.
"Los baúles están vacíos", dijo el funcionario. Tsvangirai, ahora primer ministro, "está empezando de cero".

robyn.dixon@latimes.com
10 de octubre de 2008
27 de septiembre de 2008
©los angeles times
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niñas contra el matrimonio


En Yemen, la cultura tradicional permite que sus padres casen a sus hijas a edades de hasta ocho años.
[Robert F. Worth] Jibla, Yemen. Una mañana del mes pasado, Arwa Abdu Muhammad Ali salió de casa de su marido aquí y corrió hacia un hospital local, para quejarse de que la había golpeado y violado durante los últimos ocho meses.
Eso sería sorprendente en Yemen, una sociedad árabe profundamente conservadora donde los líos de familia tienden a resolverse en privado. Pero lo que hacía de este incidente algo todavía más inusual era que Arwa tenía nueve años.
En cuestión de días, Arwa -una pequeña y delicada niña- se convirtió en una celebridad en Yemen, donde el matrimonio infantil es común pero rara vez denunciado en público. Era la segunda niña novia que denunciaba su situación en el lapso de un mes; en abril, una niña de diez años llamada Nujood Ali había llegado al tribunal a exigir el divorcio, generando un histórico caso jurídico.
Juntas, las historias de las dos niñas han ayudado a generar un movimiento para poner fin al matrimonio infantil, que es visto cada vez más frecuentemente como parte crucial del ciclo de la pobreza en Yemen y otros países del Tercer Mundo. Sacadas de la escuela y obligadas a tener hijos antes de que sus cuerpos hayan madurado para ello, muchos mujeres del campo yemení terminan analfabetas y con serios problemas de salud. A menudo sus bebés también nacen atrofiados.
La edad promedio para casarse en el campo de Yemen es de doce o trece años, según constató un estudio reciente realizado por investigadores de la Universidad de Sana. El país, en el extremo sur de la Península Arábica, tiene la tasa de mortalidad maternal más alta del mundo.
"Este es el primer grito", dijo Shada Nasser, una abogado de derechos humanos que conoció a Nujood, una niña de diez años, cuando esta llegó al tribunal a exigir su divorcio. Nasser decidió ocuparse del caso inmediatamente. "Todos los casos anteriores de matrimonios prematuros fueron vistos por jeques tribales. Con ellos las niñas no tienen ninguna posibilidad".
Pero pese a una creciente oleada de indignación, la lucha contra la práctica no es fácil. La defienden musulmanes fundamentalistas, cuya influencia ha crecido enormemente en las últimas dos décadas, trayendo a colación el matrimonio del profeta Mahoma con una niña de nueve. El matrimonio infantil está profundamente enraizado en las costumbres locales de aquí, e incluso consagrado en un antiguo dicho tribual: "Dame una niña de ocho, y te puedo garantizar" que será un buen matrimonio.
"Han aumentado las voces que se oponen contra este fenómeno y sus resultados catastróficos", dijo Shawki al-Qadhi, imam y miembro de la oposición en el parlamento que ha tratado infructuosamente de reunir apoyo para prohibir legalmente el matrimonio infantil en Yemen en el pasado. "Pero a pesar de que mucha gente lo rechaza, e incluso algunos clérigos, la práctica continúa".
El problema surgió primero debido a Nujood, una niña de ojos brillantes que apenas llega al metro veinte. Sus penurias empezaron en febrero, cuando su padre la sacó de Sana, la capital yemení, para casarla en su villorrio natal. Apenas si la informaron.
"Yo estaba muy asustada y preocupada", dijo Nujood, hablando con su suave e infantil voz, sentada con las piernas cruzadas en la casa de tres cuartos de su familia en una barriada no muy lejos del aeropuerto de Sana. "Yo quería volver a casa".
A medida que contaba su historia, Nujood empezó poco a poco a ganar confianza, sonriendo tímidamente, como si estuviera esforzándose por no echar a reír. Más tarde retiró su velo, revelando sus cabellos castaños que cubrían sus hombros.
El problema empezó en la primera noche, cuando su marido de treinta años, Faez Ali Thamer, le sacó la ropa tan pronto como apagó la luz. Salió llorando y corriendo del dormitorio, pero él la agarró, la llevó al cuarto y la violó. Más tarde también le pegó.
"No me gustaba vivir con él", dijo, mirando el suelo. La boda fue tan rápida que nadie se molestó en contarle cómo es que las mujeres quedaban embarazadas, ni cuál era el papel de una esposa, dijo.
Su padre, Ali Muhammad al-Ahdal, dijo que había aceptado casarla porque las dos hermanas mayores de Nujood habían sido raptadas y obligadas a casarse, y una de ellas había terminado en la cárcel. Ahdal dijo que temía que a Nujood le ocurriera lo mismo, y un matrimonio prematuro le había parecido la mejor alternativa.
Un hombre demacrado, de aspecto abatido, el señor Ahdal trabajó alguna vez como barrendero. Ahora él y su familia mendigan para vivir. Tiene dieciséis hijos, con dos mujeres.
La pobreza es una de las razones por las que muchas familias yemeníes casan a sus hijas a una tierna edad. Otra es el temor de que las niñas sean raptadas y casadas a la fuerza. Pero lo más importante son las tradiciones culturales y la creencia de que las niñas vírgenes pueden ser modeladas para convertirlas en esposas obedientes, según un comprehensivo estudio sobre el matrimonio prematuro publicado por la Universidad de Sana en 2006.

Nujood se quejó repetidas veces ante los familiares de su marido y más tarde ante sus propios padres después de que la pareja volviera a su casa en Sana. Pero le dijeron que no podían hacer nada. Romper un matrimonio expondría a la familia a la deshonra. Finalmente, su tío le dijo que fuera al tribunal. El 2 de abril, dijo, salió de casa y paró a un taxi.
Era la primera vez que viajaba sola a algún lugar, recordó Nujood, y tenía miedo. Al llegar al tribunal, le dijeron que el juez estaba ocupado, así que se sentó en una banca y esperó. Repentinamente lo vio parado frente a ella, imponente en su toga negra. "¿Tú estás casada?", le dijo. Su voz revelaba su asombro.
La invitó a pasar la noche en la casa de su familia, dijo, porque el tribunal ya no volvería a sesionar ese día. Allá, pasó horas mirando televisión, algo que no conocía en el apartamento de su familia en la barriada, que ni siquiera cuenta con agua potable.
Cuando se trató el caso de Nujood al domingo siguiente, el tribunal estaba atestado de periodistas y fotógrafos que habían sido informados por la abogado. Su padre y su marido también estaban ahí; el juez los había hecho detener la noche anterior para asegurarse de que comparecieran ante el tribunal. (Los dos fueron dejados en libertad al día siguiente). "¿Quieres separarte, o quieres un divorcio permanente?", le preguntó el juez Muhammad al-Qadhi a la niña, después de oír su testimonio y el de su padre y su marido.
"Quiero un divorcio permanente", contestó, sin dudarlo. El juez se lo otorgó.
Después de eso, la señora Nasser, la abogado, llevó a Nujood a una fiesta de celebración en las oficinas de un periódico local, donde fue inundada con muñecas y otros juguetes. Después del veredicto, Nujood vivió con su tío durante un tiempo, pero luego insistió en volver a casa de su padre. "Lo he perdonado", dijo. Jura que nunca se volverá a casar y quiere llegar a ser una abogado de derechos humanos, como Nasser, o quizás periodista.
Pese a la victoria, Nasser y otros activistas dicen que están preocupados sobre la falta de medios legales para combatir el matrimonio prematuro. El caso de Nujood sólo llegó al tribunal porque la niña misma hizo algo extraordinariamente inusual y porque se topó con un juez comprensivo.
"Con este juez tuvimos suerte", dijo Nasser. "Otro ni siquiera la habría aceptado en el tribunal y habría llamado a su padre o hermano a declarar en lugar de ella" y hoy Nujood probablemente todavía estaría casada.
Una ley yemení de 1992 fijó la edad mínima legal para casarse a los quince. Pero en 1998 el parlamento la revisó, permitiendo que las niñas se casen antes a condición de que vivan con sus maridos hasta que alcancen la madurez sexual.
Ese cambio reflejó el triunfo de la cultura musulmana más conservadora del norte de Yemen sobre la cultura secular y marxista del sur del país después de que Yemen del Sur y Yemen del Norte se unificaran en 1990. En Yemen del Sur, en 1979 el gobierno aprobó una ley que fijó la edad para casarse en dieciséis para las mujeres y dieciocho para los hombres. Una amplia campaña de concientización pública, con canciones y anuncios en televisión con títulos como ‘La hija víctima de la tribu’ y ‘Tradiciones y ritos’ contribuyeron a educar a la gente sobre los peligros que representa el matrimonio y embarazo prematuros.
Pero en Yemen, como en Afganistán -otro país donde el matrimonio infantil es común- la lucha contra el comunismo terminó con el triunfo de una de las tendencias fanáticas del islam. Después de que estallara la guerra de 1994, Ali Abdullah Saleh, entonces presidente de Yemen del Norte, envió a yihadistas a luchar contra Yemen del Sur. Algunos críticos dicen que quedó en deuda con los musulmanes conservadores.
Después de que el caso de Nujood se hiciera público, Nasser dijo que recibió enfadadas cartas de mujeres conservadores criticándola por su participación en el caso. Pero también ha recibido llamadas sobre niñas, algunas más jóvenes que Nujood, que tratan de escapar de sus matrimonios.
Una de ellas fue Arwa, que fue casada a los ocho años aquí en la antigua ciudad de Jibla, a cuatro horas al sur de Sana. Como en el caso de Nujood, la situación de Arwa provocó indignación social y en círculos jurídicos.
Parada aquí frente a la casa de un pariente, con las manos cogidas por delante, Arwa contó lo sorprendida que quedó cuando su padre la casó, hace ocho meses, con un hombre de treinta y cinco. Como Nujood, no sabía nada sobre los hechos de la vida. El hombre la golpeó y violó.
Finalmente, después de meses de sufrimiento, escapó hacia un hospital. Los empleados la llevaron a una comisaría de policía. Un juez local que se ocupó de su caso hizo encarcelar brevemente al juez que había autorizado su matrimonio. Arwa está viviendo con familiares mientras se resuelve el caso. Pero sus parientes rara vez a dejan salir de casa, por temor a que el marido, que se ha negado a comparecer ante el juez, pueda secuestrarla.
Interrogada sobre su fuga después de tantos meses, Arwa levantó la vista con una intensa y desafiante mirada en sus ojos.
"Pensé sobre eso", dijo, con una voz serena y firme. "Pensé sobre eso".

7 de octubre de 2008
29 de junio de 2008
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milicianos con miedo


Los jóvenes milicianos que han aterrorizado a la oposición por encargo del partido del presidente Mugabe temen represalias.
Harare, Zimbabue. Cuando los milicianos de Robert Mugabe recorren las calles, saben que todos les temen. Pero lo que no sabe todo el mundo, es que los milicianos también tienen miedo.
Los jóvenes milicianos son tan notorios aquí que parecen malos de historieta: unidimensionales y malvados. Pero la cara común del mal es mucho más humana, y más amenazante.
Dos de los jóvenes, que han pasado meses golpeando, saqueando, violando y matando a gente en su barrio cerca de Harare, se veían hace poco con la mirada preocupada y las cejas fruncidas. Se veían tan inofensivos que era difícil imaginarlos golpeando a un niño de doce por el delito de llevar ropa roja, o ayudando a incendiar una casa donde la gente murió entre las llamas en los meses previos a la segunda vuelta del 27 de junio. Se comportaban como chicos culpables, justificando sus ‘tareas’.
"No sentí que estuviese peleando contra mis hermanos", dijo uno de ellos, un hombre de veinticinco que habló a condición de permanecer en el anonimato, negándose a usar incluso su nombre de pila. "Nos obligaron a hacer esas cosas".
El nivel de violencia "dependía de tu ánimo de ese día, o de esa hora", dijo.
La entrevista fue realizada en un coche en movimiento porque los dos tenían miedo de sufrir las violentas represalias que esperan a los que hablan con periodistas occidentales. Mientras el coche pasaba por las monótonas calles suburbanas donde jugaban los niños y las mujeres se encaminaban hacia el mercado, los murmullos suaves y avergonzados de los hombres producían una desconcertante simpatía.
Como sus víctimas, el chico de veinticinco vive con miedo. Cree que los espíritus de la gente que mató volverán a vengarse. Tiene miedo de andar solo en las calles de su barrio, porque podría aparecer una turba de gente indignada y matarlo por lo que hizo en nombre de Mugabe.
Y tiene miedo de sus superiores.
"Si no lo haces, te pueden acusar de ser un espía, te pueden pegar y te pueden matar".
Siente remordimiento, hasta cierto punto; pero responsabiliza a sus comandantes. Él sólo "obedecía órdenes".
"Cuando llegamos por primera vez a la base, nos dijeron las reglas y órdenes, que no pueden ser rechazadas", dijo. "Si el comandante te manda a hacer algo, tienes que obedecer".
Los milicianos eran tropas de asalto de la campaña paramilitar del régimen para asesinar y dispersar a los opositores, y obligar a la gente a votar por Mugabe en la segunda vuelta. Cientos de sedes fueron instaladas antes de las elecciones. Hoy la mayoría de ellas han sido cerradas.
La oposición dice que la violencia continúa, pero en menor escala, y el miedo permanece.
Mugabe está bajo una intensa presión internacional para parar la violencia, con negociaciones en camino en Sudáfrica para buscar una solución política. Pero si se desvanece la presión internacional y Mugabe quiere castigar o destruir a la oposición, la violencia podría volver a estallar.
Durante semanas después de la segunda vuelta, el hombre de veinticinco tuvo demasiado miedo como para escapar de la sede de la milicia donde pasaba la mayor parte del tiempo, por temor a ser atacado. Pero hace poco logró reunir coraje y se marchó.
Se veía limpio y bien vestido, con una impecable camiseta de manga corta y una gorra de béisbol. Estaba pensativo, pero profundamente preocupado. Hablaba con tranquilidad y titubeando, especialmente cuando tenía que admitir sus delitos más graves, como violaciones o asesinatos.
"Golpeábamos a la gente y los dejábamos por muertos", dijo.
Su amigo Martin, 28, miembro de la misma milicia, se había vestido para verse a la moda, con una gorra de béisbol varias veces su talla, una sudadera y vaqueros. También lucía una enorme cruz colgando del cuello.
También hace poco reunió Martin el coraje para abandonar el campamento, aunque está aterrado de que se quieran vengar de él.
"Me siento un poco inseguro porque ahora tengo miedo de que cualquiera me pueda atacar, cualquiera de las personas a las que atacamos", dijo.
Tiene cara de bebé, sus ojos se mueven nerviosamente. De vez en vez, ante una pregunta difícil, se le escapa una torpe risa tonta. Dejó que su camarada se encargara de las respuestas, agregando a veces algunas palabras, contando que los milicianos golpeaban a cualquiera que anduviera con alguna ropa roja en la calle, especialmente a las niñas. La razón era que las prendas rojas podrían simbolizar una tarjeta roja para Mugabe [como en el fútbol]. Describió haber golpeado a un viejo y haberle roto brazos y piernas.
Los dos pasaron por un campamento de adiestramiento juvenil dirigido por el partido político gobernante ZANU-PF, tres meses en 2002. Varios entrevistados dijeron que la mayoría de la gente entró a los campamentos con la esperanza de encontrar trabajo y oportunidades.
Pero lo que recibieron fue un lavado de cerebro político en apoyo de la "unidad" y del estado con partido único, y contra el Occidente y los "vendidos" de la oposición.
Los dos dijeron que fueron criados en la creencia de que el ZANU-PF era lo mejor para Zimbabue.
"Al principio creímos en el ZANU-PF, porque pensábamos que quizás era bueno para el país, pero nos dimos cuenta de que estábamos peleando contra nuestros hermanos y hermanas", dijo Martin al empezar la entrevista. Más tarde, los dos expresaron su decepción por el hecho de que nunca fueron pagados.
Martin empezó a sentir miedo cuando empezó a asistir a las reuniones del ZANU-PF en 2002.
"Me dio miedo por mi familia y por mi vida. Era imposible no asistir a esas reuniones", dijo.
En la reciente campaña de violencia patrocinada por el estado, los dos hombres pasaron gran parte del tiempo borrachos y colocados con marihuana.
Se dejaban caer en bares en su barrio en las afueras de Harare, la capital, golpeando a clientes para quedarse con su dinero y seguir bebiendo. Siempre llevaban consigo bombas incendiarias y a veces quemaban casas.
A la gente la golpeaban con palos, correas de ventilador y alambre de púa.
"Todos los días llevábamos dos personas a la base -cualquier que no pudiera entonar los lemas del ZANU-PF y cualquiera que llevara ropa roja. Nos emborrachábamos y la pasábamos bien", dijo el de veinticinco, refiriéndose a las golpizas. "Terminábamos golpeando a la gente simplemente porque estábamos borrachos".
Los dos reconocieron que habían violado a unas veinte niñas obligadas a vivir en la base, víctimas que "temían por sus vidas. No tenían alternativa. No podían escapar", dijo el de veinticinco. Sobre las violaciones dijo: "En esos momentos estábamos demasiado borrachos; sólo disfrutábamos del momento".
Cuando se tocó el tema de los asesinatos, la conversación se vio marcada por pausas y frases sin terminar. El de veinticinco insistió en que no sabía cuánta gente había matado en las golpizas.
"La mayor parte de las veces nos marchábamos cuando estaban casi muertos. Los dejábamos cuando estaban agonizando", dijo.
Cuando los milicianos recorrían las calles, o desviaban el tráfico, o levantaban puestos de control, casi todo el mundo tenía miedo de ellos. Pero el de veinticinco dijo que ese poder no era bueno.
"Ah, no", dijo. "Cuando todos te tienen miedo, no puedes salir a caminar solo. Podrían formar un grupo y asesinarte. No se dan cuenta de que tú obedeces órdenes y que no puedes desobedecer".
El problema es que, en la cultura africana, los espíritus de los muertos vuelven a vengar sus muertes.
Él se unió a los milicianos por la aventura.
"Al principio pensamos que era excitante. Yo pensé que el ZANU-PF me ayudaría a sostener a mi familia, pero no fue así", dijo. "En estos días nos sentimos como prisioneros".

30 de julio de 2008
24 de julio de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
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