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matanza en el congo


Ciento cincuenta personas asesinadas a machetazos en una iglesia del Congo. Se acusa a los rebeldes.
[Godfrey Olukya] Kampala, Uganda. Los atacantes mataron a machetazos a decenas de personas que se habían refugiado en una iglesia católica en el remoto este del Congo, el día después de Navidad, dijeron el lunes funcionarios y testigos, y el ejército de Uganda y un grupo rebelde se acusan mutuamente de ser los autores de la masacre.
Los sobrevivientes y testigos dijeron que los asesinatos ocurrieron cerca de la frontera del Congo con Sudán, cerca de donde los ejércitos de estos dos países y Uganda empezaron este mes una ofensiva para expulsar al Ejército de Resistencia del Señor, de acuerdo al portavoz del ejército de Uganda, capitán Chris Magezi.
El portavoz de Naciones Unidas, Ivo Brandau, dijo que en la zona se incendiaron ciento veinte casas y miles de personas huyeron por temor a nuevos ataques.
El rebelde Ejército de Resistencia del Señor viene librado una de las guerras más prolongadas y brutales de África de las últimas dos décadas. En el pasado, organizaciones de ayuda y de derechos humanos han acusado a los rebeldes de cortar los labios de civiles y de forzar a miles de niños a servir como esclavos sexuales. El conflicto se ha extendido hacia el norte de Uganda y en Sudán y el Congo.
"La escena en la iglesia era increíble. Horrenda. En el suelo había cuerpos de mujeres y niños cortados en pedazos", dijo Magezi a la Associated Press. Acusó de la masacre al Ejército de Resistencia del Señor y citó a testigos, que dijeron que en el ataque del viernes los rebeldes usaron machetes, porras y espadas.
Los rebeldes negaron toda responsabilidad. Su portavoz, David Matsanga, dijo que el Ejército de Resistencia del Señor no tenía combatientes en la zona y acusa de los asesinatos al ejército de Uganda.
Pero el testigo Abel Longi dijo que reconoció a los rebeldes por sus cabellos rizados, porque hablaban acholi y por la cantidad de jóvenes entre ellos. "Me escondí detrás de unos arbustos cerca de la iglesia y oí gritar a la gente cuando las cortaban con machetes", dijo Longi a la AP en una conferencia telefónica desde el pueblo de Doruma, donde sita la iglesia. Allá es dueño de una tienda.
Las estimaciones sobre el número de víctimas ha variado, en parte por lo remoto de la zona.
Un socorrista europeo dijo que en el ataque murieron más de cien personas, y las fuerzas armadas congoleñas calcularon entre ciento veinte y ciento cincuenta víctimas. Magezi dijo que murieron 45 civiles. El socorrista habló a condición de conservar el anonimato, debido a que teme represalias.
La Radio Okapi, de Naciones Unidas, citó al gobernador de la Provincia Oriental,
U Medard Autsai Senga, diciendo que el número de victimas había sobrepasado las 75 y que todavía se estaban hallando cuerpos en los alrededores de la iglesia. Llamó a ayudar a los sobrevivientes.
Naciones Unidas dijo que los rebeldes mataron a 189 personas en tres aldeas en los últimos dos días, 89 de ellas en Doruma, dijo el portavoz de Naciones Unidas, Brandau.
Los rebeldes pueden haberse vengado con civiles por los ataques militares, incluyendo el bombardeo aéreo de su principal campamento en el Parque Nacional de Garamba el 14 de diciembre pasado.
El portavoz de los rebeldes, Matsanga, afirmó en una conferencia telefónica desde Nairobi, Kenia, que el responsable de la masacre es el Batallón 105 de Uganda. "Fueron aerotransportados hasta el Congo para matar a civiles y decir que nosotros somos los autores", acusó. "Quieren justificar su presencia en el Congo y saquear los minerales, tal como hicieron antes".
El Congo sufrió varias guerras civiles seguidas desde 1996 a 2002, que atrajo a los países vecinos en lo que se convirtió en una carrera para saquear los enormes depósitos minerales del Congo.
Actualmente las prolongadas negociaciones de paz entre el Ejército de Resistencia del Señor y el gobierno de Uganda se han estancado. Los líderes rebeldes han buscado garantías de que no serán arrestados con órdenes internacionales. El elusivo líder de los rebeldes, Joseph Kony, y otros altos miembros de su organización, son buscados por la Corte Penal Internacional de La Haya por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.

Eddy Isango contribuyó desde Kinshasa, Congo, a este reportaje.

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prisión perpetua para genocida


Tribunales respaldados por Naciones Unidas condenan al organizador del genocidio ruandés y lo sentencian a reclusión perpetua.
[Sukhdev Chhatbar] Arusha, Tanzania. El principal organizador de la masacre en 1994 de más de medio millón de personas en Ruanda fue condenado por genocidio el jueves y sentenciado a reclusión perpetua, el veredicto más importante dictado por un tribunal de Naciones Unidas para llevar a justicia a los criminales.
Theoneste Bagosora fue declarado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad, dijo el juez Erik Mose. El tribunal dijo que Bagorosa utilizó su posición como ex director del ministerio de Defensa ruandés para ordenar a soldados hutus que asesinaran a ciudadanos tutsis y hutus moderados.
Bagosora fue también encontrado responsable de las muertes de la ex primera ministro de Ruanda, Agathe Uwilingiyimana y diez cascos azules belgas.
Bagasora guardó silencio durante la lectura del veredicto, y hubo completo silencio entre las decenas de personas que se habían instalado en los pasillos de la pequeña sala del tribunal para oír la sentencia.
La condena de Bagosora fue bien recibida por los sobrevivientes del genocidio en Ruanda, donde los autores todavía viven intranquilos en las verdes montañas de Ruanda casi quince años después.
Se cree que cerca de 63 mil personas participaron en el genocidio, aunque muchos de ellos fueron sentenciados por tribunales comunitarios, donde los acusados fueron estimulados confesar y pedir perdón a cambio de sentencias más ligeras.
"Bagosora ... es la persona que organizaba las masacres", dijo Jean Paul Rurangwa, 32, que perdió a su padre y dos hermanas. "El hecho de que fuera condenado al mayor castigo que puede dictar el tribunal es un alivio".
El Tribunal Penal Internacional para Ruanda en Tanzania fue instalado por Naciones Unidas en 1994 para juzgar a los responsables de las matanzas y dictó su primera condena en 1997. Han habido 42 juicios, de los cuales seis han terminado en absoluciones. El tribunal no tiene autoridad para imponer la pena de muerte.
Más de medio millón de miembros de la minoría tutsi y políticos moderados de la mayoría hutu fueron asesinados en una matanza que duró cien días organizada por el gobierno extremista hutu entonces en el poder. Tropas del gobierno, milicias hutus y aldeanos corrientes, guiados por mensajes de odio transmitidos por radio recorrieron aldea tras aldea masacrando a hombres, mujeres y niños.
Reed Brody, especialista en derecho internacional para Human Rights Watch, dijo que la sentencia enviaba un claro mensaje a otros presidentes del mundo acusados de crímenes contra la humanidad y genocidio, como el presidente sudanés Omar al-Bashir.
"Les dice: cuidado. La justicia les dará alcance en cualquier momento", dijo Brody. "Los autores de genocidio pueden ser juzgados, y serán juzgados por la comunidad internacional".
De acuerdo a la acusación, Bagosora participó en negociaciones internacionales iniciadas a principio de los años noventa con el objetivo de poner fin a la prolongada crisis política en Ruanda. Bagosora se molestó con los delegados del gobierno que pensaba que eran demasiado suaves con los rebeldes tutsis y dijo que volvía a Ruanda para "preparar el apocalipsis", según se lee en la acusación.
Para abril de 1994 era el segundo oficial en el ministerio de Defensa, cuando empezaron los asesinatos.
La violencia se produjo después de que atacantes todavía no identificados derribaran el avión del presidente cuando este volvía a casa después de las negociaciones de paz con los rebeldes tutsis.
Horas después del accidente, Interahamwe levantó puestos de control en las carreteras en todo Kigali y al día siguiente empezó la matanza de tutsis y hutus moderados. La masacre terminó cuando rebeldes tutsis invadieron el país desde la vecina Uganda y expulsaron a las tropas genocidas.
También el jueves los ex comandantes militares Anatole Nsegiyumva y Alloys Ntabakuze fueron declarados culpables de genocidio y sentenciados a reclusión perpetua. El ex jefe de las operaciones militares, el general de brigada Gratien Kabiligi, fue absuelto de todos los cargos en su contra y dejado en libertad.
Antes ese día, Protais Zigiranyirazo fue condenado por organizar una masacre en la que murieron cientos de tutsis y sentenciado a veinte años de cárcel. Ya ha cumplido siete años.

La acusación del tribunal de Naciones Unidas contra Bagosora se encuentra aquí.

18 de diciembre de 2008
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tropas renegadas saquean el congo 5


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Quinta y última entrega. Buscando una solución.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. El estaño representa una tajada relativamente pequeña del mercado mundial, pero en los últimos años la oferta ha estado tan ajustada que los intentos de parar la minería en Bisie han causado alzas de precios. Este año el gobierno trató de cerrar la mina, pero fue abierta rápidamente por las autoridades locales que temen los costes políticos y económicos de dejar desempleados a miles de mineros y cortar el flujo de dinero hacia un comandante militar renegado y volátil.
En realidad, muchos temen que prohibir las importaciones de estaño del Congo causaría más problemas de los que resolvería.
"Una prohibición general del estaño del Congo es un sin sentido, porque penaliza a millones de personas que dependen del sector", dijo Nicholas Garrett, un experto en minería que ha escrito informes sobre el Congo para el Banco Mundial y otras instituciones. Dejar a esa gente sin trabajo simplemente sería incitarlos a la rebelión, dijo Garrett.
El gobierno ha pedido repetidas veces, a los hombres del coronel Matumo, que dejen la mina. En una orden escrita de agosto de 2007, el coronel Delphin Kahimbi, sub-comandante del ejército en Kivu del Norte, esta provincia, admite que elementos de las fuerzas armadas estaban sacando beneficios de la mina y diseñaron un plan para reemplazar a la brigada renegada por soldados leales. Pero las órdenes no fueron obedecidas nunca, y el control de la mina por parte de la milicia es más fuerte que nunca.
Julien Paluku, gobernador de Kivu del Norte, dijo que el gobierno debe actuar con cautela. Haciendo frente a un general tutsi renegado que tiene bajo sitio grandes tramos de la región, el gobierno podría difícilmente combatir a otra organización armada más, dijo.
"La solución de los problemas toma tiempo", dijo el gobernador Paluku.
Algunos analistas dicen que la situación en Bisie es tan descarada que su misma persistencia es evidencia de la colusión entre la milicia y poderosos políticos.
"A menos que se actúe de inmediato para sacar a estos soldados de la mina de Bisie y procesar a los responsables del saqueo a gran escala de los minerales, sólo podemos concluir que estas actividades son aprobadas por los más altos niveles", dijo en una declaración Patrick Alley sobre la organización anticorrupción de Global Witness, con sede en Londres.
En mayo los senadores Sam Brownback, de Kansas, y Richard J. Durbin, de Illinois, presentaron un proyecto de ley para exigir la certificación de minerales del Congo. "Sin saberlo, decenas de millones de personas en Estados Unidos pueden estar metiendo dinero en los bolsillos de algunos de los peores violadores de derechos humanos del mundo, simplemente por usar un celular o un portátil, dijo en ese momento el senador Durbin, demócrata.
Aquí en Bisie, la vida cotidiana ofrece pocos indicios de que vivamos en la era de la tecnología. Aislados y endeudados, casi ninguno de los trabajadores de la ciudad sabe para qué se usa el estaño.
"Para armas", sugirió Djumas Assualani, 21. "Kalashnikov, bombas. Hacen guerras".
"Es oro", gritó Makami Kimima, 18, que vino a la mina a ganar dinero para volver a la escuela, pero en lugar de eso terminó endeudado. Sus colegas mineros  se burlaron de su ignorancia.
"Es como el oro", dijo, escarmentado. "Va a Estados Unidos. Y China. Y hace rica a la gente".

5 de diciembre de 2008
16 de noviembre de 2008
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tropas renegadas saquean el congo 4


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Cuarta entrega. Un problema entre otros.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. El coronel Matumo se negó a ser entrevistado para este reportaje. Pero no hizo ningún esfuerzo por ocultar su poder en la mina, dirigiendo abiertamente la producción y la venta de decenas de sacos de mineral. Un hotel de su propiedad es también depósito de minerales, y cada mañana los cargadores llegan hasta allá para acarrear el producto para su venta en la carretera principal.
Un mayor que dijo que había sido enviado por el máximo jefe militar del Congo para evaluar la situación dijo que el gobierno quería que la milicia se marchara, pero tenía muchos otros problemas de seguridad por resolver. Nkunda, el general tutsi renegado, ha estado librando una feroz subversión en otra parte del este del Congo, y hasta el momento el ejército ha sido incapaz de derrotarlo.
"Sam es apenas uno de muchos otros problemas", dijo el mayor, que se negó a decir su nombre, sobre el coronel Matumo. "Si no podemos encargarnos de Nkunda, ¿cómo podríamos obligar a Samy a marcharse cuando no quiere?"
Bisie puede estar en el medio de ninguna parte, pero el mineral que produce está estrechamente ligado al mercado global. Después de que los cargadores acarrean la carga, a veces más pesada que los hombres mismos, el mineral llega a los intermediarios a lo largo de la carretera principal. Uno de esos intermediarios, Bakwe Selomba, dijo que no le importaba pagar a los milicianos porque el pago garantizaba su inversión.
"Para ser honesto, para nosotros es mejor que estén aquí", dijo. "Yo puedo enviar a mis compradores a la selva con montones de dinero, y nadie los tocará siempre que hayamos pagado el impuesto. Eso nos protege".
Después el mineral es transportado en camión por algunos kilómetros de pavimento a la aldea de Kilambo. Allá, en un tramo del camino ligeramente curvo, aviones de cargo de la era soviética aterrizan y despegan, a veces hasta dos docenas de veces al día. El esqueleto de dos aviones que presumiblemente fallaron en esta difícil maniobra yacen a un lado de la pista improvisada, cubiertos de un moho verdinegro.
Los aviones aterrizan en Goma, la capital de la provincia, donde otros intermediarios compran y procesan el mineral para su exportación. Alexis Makabuza, de la Global Mining Company, es uno de esos compradores. En medio de las maquinarias de clasificación y lavado de su rudimentaria planta de procesamiento se encuentran decenas de barriles de estaño. Cada uno lleva impresa la dirección de la Malaysian Smelting Company Berhad, una importante fundidora de estaño. Makabuza dijo que vende a la compañía a través de un corredor de minerales.
En un contrato manuscrito entre un funcionario del gobierno local y un representante de la compañía de Makabuza firmado en 2006, cuando operaba con otro nombre, la compañía accedió a pagar un gran porcentaje de sus ganancias de la mina a cambio de una garantía de seguridad. La milicia del coronel Matumo es la única fuerza que opera en la zona, y la mayor parte de este dinero termina en sus manos, de acuerdo a funcionarios de seguridad de la región.
Makabuza desdeñó las preguntas sobre sus tratos comerciales con la milicia.
"Respetamos las reglas", dijo. "No soy más que un comprador, como todos los demás".

1 de diciembre de 2008
16 de noviembre de 2008
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a la caza de los cazadores


En Zimbabue, ahora son los cazadores los cazados. A medida que se debilita el control del poder por Robert Mugabe, los matones que pusieron en práctica su campaña de terror pre-electoral están hoy en el punto de mira de sus víctimas.
[Robyn Dixon] Harare, Zimbabue. El otro día el ‘terrorista verde’ se dejó caer en el Club M5 para comprar una botella de cerveza Lion para llevar, pero no fue suficientemente rápido. De inmediato lo rodearon cinco miembros de la oposición, gente a la que acostumbraba golpear, en el bar de una comuna donde era antes el rey.
"Simplemente me rodearon. Empezaron a acusarme de una y otra cosa. Simplemente querían vengarse. Me dijeron: ‘Ahora te tenemos solo. Durante tus días de gloria te dedicabas a golpearnos. Ahora es tu turno’".
Echó a correr, perseguido por el grupo de borrachos.
Los terroristas verdes eran las tropas de choque del partido gobernante, matones que mataban y aterrorizaban en nombre del presidente Robert Mugabe antes de las elecciones de este año. Hace apenas unos meses, la idea de desafiar a uno de ellos era impensable en las comunas de Harare, lugares estancados y desesperados donde los jóvenes matan el tiempo bebiendo cerveza barata en botellas de plástico y esperando que ‘el Viejo’ se muera.
Pero después de que Mugabe fuera obligado en septiembre a compartir el poder con la oposición, hubo prisa: La gente estaba impaciente, exuberante, esperanzada y con miedo a la traición, todo al mismo tiempo. Ahora que el acuerdo se ha desplomado, la frustración en las comunas de la capital es palpable, y el fantasma de una espiral de violencia acecha en las destartaladas calles.
La gente quiere justicia -y si no la hay, advierten algunos siniestramente, tendrán que ocuparse ellos mismos del asunto.

Escondiéndose
Amos, 24, activista del opositor Movimiento por el Cambio Democrático, pasó casi siete meses escondido después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en marzo. Durante el reinado de terror de los matones del partido gobernante, su madrastra fue feamente golpeada en su pueblo en el campo. Las ovejas de la familia desaparecieron. Ocho personas de la zona fueron asesinadas, dice, y quemaron muchas casas.
De cara redonda y de niño, Amos debe tener unos dieciocho años. Cuando salió de su casa de seguridad en septiembre para volver a la suya, quería venganza.
"Quería arreglar cuentas con alguien", dice.
Despertó al alba sintiéndose arrojado y poderoso. Corrió hacia la choza del matón que había golpeado a su madrastra, llamó a la puerta, levantó su tirachinas con una enorme piedra y esperó. Cuando se abrió la puerta, soltó la cuerda.
"Le di en el ojo. Se puso a gritar", recuerda Amos. "Estaba feliz. Me sentía valiente. Pase lo que pase, si viene una guerra, estoy preparado para ponerme de pie y hacerle frente".
Samson Bopoto también pasó meses oculto en el campo. Cada noche, él y otros activistas del Movimiento por el Cambio Democrático (MCD) temían ser asesinados.
"Ahora las cosas se dieron vuelta. Ahora son los de ZANU-PF los que sienten pánico", dijo Bopoto, 34, coordinador juvenil del MCD, que vive en una comuna de Harare. Él y sus compañeros han recuperado el bar local. Pasan ahí horas cantando himnos del MCD, y los matones del ZANU-PF no se ven por ninguna parte.
A veces los antiguos matones pasan por su casa en secreto en la noche, tratando de comprar su perdón o al menos su protección.
Bopoto dice que no es fácil impedir que los miembros del MCD dejen de vengarse. Muchos están esperando a que se repartan los puestos del gabinete y que el MCD obtenga su cuota de poder.
"Sin embargo, nuestras heridas están abiertas... Imagina, ese tipo es el que golpeó a tu mamá. Ahora dicen: ‘Lo lamento. Me obligaron a hacerlo’. Pero nosotros todavía tenemos un montón de dolor".
El acuerdo para compartir el poder deja la puerta abierta para procesos judiciales. El líder de la oposición, Morgan Tsvangirai, dice que Mugabe no debe rendir cuentas por crímenes pasados, pero la pregunta sobre la inmunidad o procesamiento de los otros sigue sin respuesta, y envenena las conversaciones.
Pero si no hay justicia, dijo Bopoto, podría haber reacciones violentas.
"Esa gente debe ser llevada a tribunales, antes de que los familiares empiecen a vengarse. Si esa persona matara a mi hermano, deberías dejar que la justicia siga su curso. Si eso no ocurre, entonces esa persona va a tomar la justicia en sus manos. Habrá disturbios, porque no puedo ser feliz si te veo después de haber matado a mi hermano, bebiendo en la cervecería, viviendo tu vida de todos los días mientras yo lloro la muerte de mi pariente".

Terror
El terrorista verde se ve cansado. Sus ropas se ven raídas; ya no es el tipo de veinticinco bien vestido de hace unos meses. Se pasa en casa la mayor parte del tiempo.
Cuando sale, su pasado le persigue. En la parada de buses topa a veces con algunas de sus víctimas, todavía con las cicatrices de las quemaduras. Se aparta.
El terrorista verde ya no está activo, aunque dice que nunca puedes escapar de la milicia juvenil de ZANU-PF. Ya no duerme en el cuartel de la milicia, aunque a menudo tiene miedo de dormir en su propia casa, con pánico de que le puedan atacar.
"Empecé a tener miedo por mi vida y por mi familia y a pensar: ¿Cómo voy a sobrevivir en ese ambiente todos los días?" Está planeando mudarse con su familia a un lugar donde nadie le conozca.
Golpeaba a los niños por usar el color equivocado, e incendió casas con gente dentro. Entrevistado en junio, cuando todavía vivía en el cuartel, dijo que sólo se limitaba a obedecer órdenes.
Ahora que su propia vida corre peligro, su remordimiento parece sincero.
"Me siento mal conmigo mismo. En ese momento tenía que haberme dado cuenta de que lo que estaba haciendo estaba mal. Debería haber resistido. Pero no podía hacerlo. Sólo estaba tratando de proteger a mi familia".
Su vida está emponzoñada.
"A veces no me puedo levantar de la cama. Sólo quiero dormir todo el día", dijo. "Tengo malos sentimientos cuando pienso en que pueden venir a por mí".
"Me siento..." Se detuvo.  "No quisiera sentir nada".

29 de noviembre de 2008
19 de noviembre de 2008
©los angeles times 
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tropas renegadas saquean el congo 3


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Tercera. El descubrimiento del estaño.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. En 2002, un cazador descubrió pedazos de estaño, conocido como casiterita, en las faldas de una montaña en lo más profundo de la selva al este del Congo. Casi de un día para otro, llegaron hordas de mineros, impulsados por afiebrados informes sobre pilas del mineral esperando que alguien lo recogiera. Pero los civiles no eran los únicos interesados. Grupos armados libraban enardecidas batallas por el control de la zona. En 2004, un grupo de guerreros mai mai, aliados con el gobierno, se hizo con el control.
Bajo los términos del acuerdo de paz que puso fin a la guerra, la milicia fue incorporada en el ejército nacional y se convirtió en la Brigada 85. Se suponía que los guerreros debían seguir cursos de adiestramiento militar antes de ser enviados a diferentes lugares del país para contrarrestar la influencia de las milicias regionales.
Pero la Brigada 85 se negó a desbandarse. Su comandante, coronel Matumo, es conocido como un despiadado guerrero que entiende de negocios y cree, como la mayoría de los mai mai, que posee poderes especiales relacionados con el agua que lo hacen invisible.
Durante la guerra, estos guerreros llevaban tapones del desagüe colgando de sus abultados bíceps como amuletos de su potencia. En estos días, los miembros de la brigada en su mayor parte han abandonado esta práctica.
Impusieron violentamente un sistema de tributación ilegal de todos los trabajadores, comerciantes y vendedores de minerales que llegaran a la mina.
Ese sistema les aseguró que ellos y sus aliados se quedaran con millones de dólares durante los años en que la milicia controló la mina -una costosa oportunidad perdida para un país que necesita desarrollarse desesperadamente.
El estaño ha reemplazado al plomo en la soldadura utilizada para hacer numerosos artefactos electrónicos. Y en los últimos años cuando el precio se disparó, hasta llegar a veinticinco mil dólares la tonelada en mayo, el coronel Matumo y sus hombres marcaron toda una cordillera del complejo minera como su propiedad. Altos comandantes de la brigada han construido enormes casas y han empezado negocios, como hoteles y bares, con los beneficios de la mina.
Una compañía llamada Mining and Processing Congo compró los derechos de exploración de estaño en la mina en 2006. Pero la milicia ha bloqueado a la compañía, que es de propiedad de un consorcio de inversionistas sudafricanos y británicos, disparando contra su helicóptero y expulsando de sus locales a sus representantes.
Cuando la compañía empezó a trabajar en una carretera para unir la mina con la carretera principal, funcionarios locales bloquearon la ruta. Cuando empezó a trabajar en un campamento con sus geólogos, los soldados dispararon contra los trabajadores, dejando heridos a varios de ellos, dijeron empleados de la compañía.
"Todos tenemos nuestros documentos y permisos en orden", dijo Brian Christophers, el cansado director de la compañía. "Hemos escrito al comandante en jefe de las fuerzas armadas, el ministro de minas e incluso al presidente. Pero en el Congo no hay reglas; la que hay es el poder de las armas".
Christophers dijo que su compañía estaba preparada para ayudar a pagar no solamente el camino hacia la mina, sino también las escuelas, clínicas y una central termoeléctrica. También prometió invitar a agencias de gobierno para implementar normas laborales. Pero ninguno de ellos tuvo la oportunidad.
En realidad, algunos trabajadores desconfían de los planes de la compañía y temen que un camino deje a miles de cargadores sin trabajo y que la minería mecanizada reduzca drásticamente el empleo aquí. La milicia ha aprovechado este malestar para convencer a algunos trabajadores y funcionarios locales de que las compañías simplemente se marcharán con los minerales y dejarán a la gente de la localidad con las manos vacías.
La milicia impone un impuesto a las empresas. Para los vendedores ambulantes que venden pequeños paquetes de detergente, aceite de cocina y leche en polvo, el impuesto es usualmente de veinte dólares a la semana, una enorme tajada de las ganancias. Desde prósperos burdeles, dueños de bares y vendedores de minerales, los soldados se quedan con un porcentaje, dicen hombres de negocios de aquí.
Un funcionario de la inteligencia congoleña calculó que la milicia ingresaba entre 300 mil a seiscientos mil dólares al mes solamente en tributación ilegal, sin incluir el dinero que hacían en las minas de estaño.
Los trabajadores acosados por la milicia trabajan en túneles de profundidades de hasta 182 metros, sostenidos precariamente sobre pilares de madera. Algunos de los trabajadores son niños, especialmente en el verano, cuando padres desesperados envían a sus niños aquí para que hagan dinero para la matrícula de la escuela del año siguiente.
Los túneles son muy oscuros y sofocantemente angostos. A menudo se llenan de peligrosos vapores. A veces los mineros pasan 48 horas seguidas trabajando en los túneles. Los pozos abiertos también son peligrosos: las fuertes lluvias causan deslizamientos de tierra y derrumbes. Los derrumbes, aludes y gases matan y mutilan a un número desconocido de trabajadores todos los años.
Una tarde a fines de un verano en la mina, un túnel colapso y aplastó la pierna de un minero. Otro trabajador lo acarreó a espaldas mientras el minero lesionado se quejaba agónico, sus ojos revoloteando salvajemente. La sangre dejaba surcos en su frente y sus mejillas.
"Mi mujer está embarazada", gimió. "Jesús, mamá, por favor".
Se había quebrado una rodilla, y su hombro izquierdo se había rajado. Hizo una mueca cuando los trabajadores de la salud con sólo un mínimo de adiestramiento empezaron a su modelar una tablilla de varillas y enredaderas.
Musamaria Luseke, 22, es lo que aquí consideran un doctor. Es uno de los pocos trabajadores de la salud con adiestramiento básico en primeros auxilios y sobrevive vendiendo medicinas a mineros enfermos y lesionados.
"Este tipo de lesiones ocurren todo el tiempo", dijo.
Luseke tenía analgésicos en su caja de metal, pero estaba pidiendo veinticinco centavos cada uno.
"Yo también tengo que comer", dijo.
Aquí la solidaridad no es muy abundante. Estalló una pelea sobre quién pagaría veinte dólares a un cargador para transportar al minero herido hacia abajo. "No le dije que fuera a trabajar", gritó el dueño del túnel, el que, sin embargo, aportó el dinero.
Mineros que trabajan en lo más profundo de los túneles dicen que el dinero que pueden ganar en un día provechoso compensa los riesgos. Un joven que dijo que su nombre era Pypina contó que en los buenos turnos podía ganar hasta doscientos dólares.
Pero su amigo Serge dijo que esos días eran raros.
"Tenemos días en que no encontramos nada, en que cavamos y cavamos por nada", dijo.
Los dos jóvenes abandonaron la secundaria para venir a trabajar en la mina durante el verano, pero pronto se encontraron atrapados en una red de deudas. Serge dijo que quería volver a la escuela, pero ya llevaba todo un año en la mina y no había ahorrado nada.
Pypina había abandonado sus estudios completamente.
"Yo me compraré un coche", dijo Pypina, mostrando sus bíceps para admirar el signo dólar que lleva tatuado.
Pero para comprar el coche todavía le falta mucho. Cuando hace algo de dinero, primero tiene que pagar sus deudas. Sin nada, trata de consolarse.
"Primero, necesitas una mujer", dijo. Pypina dijo que paga cien dólares a una mujer para tenerla consigo veinticuatro horas. Se citan en los bares de tablilla del mercado, y gasta cien o más dólares en whiskey, cerveza y gin. Ella cocina para él.
"Es como mi esposa por un día", explicó.
"Yo soy un hombre", dijo, explicando por qué gastaba tanto dinero buscando placer. "No puedo vivir sin una mujer. Y sólo Dios sabe qué pasará mañana".

29 de noviembre de 2008
16 de noviembre de 2008
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tropas renegadas saquean el congo 2


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Segunda entrega. Una historia de saqueo.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. La saga de Bisie no es más que otro capítulo de la trágica epopeya del Congo. Aunque bendecido con incomparables depósitos de minerales y agua y abundantes tierras fértiles, este extenso país africano en el corazón de África ha conocido poco más que colonización y guerra desde su fundación como colonia bajo el rey Leopoldo II de Bélgica en el siglo diecinueve.
El derramamiento de sangre y el terror ha sido siempre motivados en parte por la insaciable sed global por los recursos del Congo, "la más infame estampida por el saqueo que desfiguró alguna vez la historia de la conciencia humana", como lo puso el escritor Joseph Conrad.
Justo cuando se inventaba la llanta de goma, el rey Leopoldo empezó a succionar hasta la última gota de caucho de las selvas del Congo; su milicia mataba o mutilaba a cualquiera que se le opusiera. Generaciones más tarde, las enormes reservas de cobalto del país, un mineral esencial para la construcción de aviones de guerra, ayudó al gobernante del país que se llamaba entonces Zaire, Mobutu Sese Seko, a mantener a Estados Unidos firmemente detrás suyo durante la guerra fría pese a sus manías obstinadamente represivas y cleptocráticas.
Las riquezas del Congo han jugado un papel protagónico en el conflicto que ha estallado en la última década. La guerra empezó como secuela del genocidio de Ruanda, cuando los autores de la masacre huyeron al vecino Congo. En 1996 Ruanda respaldó un intento de deshacerse de los asesinos, pero pronto estalló un fuerte conflicto regional que se transformó en una guerra de pillaje entre media docena de países y numerosos grupos rebeldes nacionales.
Un acuerdo de paz terminó oficialmente la guerra en 2003 y las elecciones de 2006 dieron al Congo sus primeros líderes elegidos democráticamente en más de cuatro décadas. Y en muchas partes del país, que cubre un área del tamaño de Europa Occidental, la vida vuelve poco a poco a lo normal. Los inversionistas extranjeros, especialmente de China, han empezado a inyectar miles de millones de dólares en la economía del Congo.
Pero aquí en el borde oriental del Congo, la guerra en realidad no terminó nunca. Las inconclusas batallas sobre el genocidio de Ruanda se libran en territorio congolés entre grupos armados financiados por minas rentables, como la de Bisie, y por otras minas controladas por las milicias hutu que llevaron a cabo el genocidio.
Esos combatientes se han estado ocultando en las selvas en el oriente del Congo durante más de una década, sembrando el terror y cosechando las ganancias de los minerales del país. Otras organizaciones ilegales, incluyendo la milicia en gran parte tutsi de Nkunda, han recogido beneficios por los impuestos ilegales cobrados cuando minerales valiosos y otros recursos pasan por territorio controlado por ellas, según analistas y funcionarios de gobierno en la región.

27 de noviembre de 2008
16 de noviembre de 2008
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tropas renegadas saquean el congo


No se puede entender los problemas y conflictos en el Congo sin considerar la maldición de sus riquezas naturales. Primera entrega.
[Lydia Polgreen] Bisie, Congo. En lo más profundo de la selva, en lo alto de una cumbre desprovista de árboles y enredaderas, el coronel estaba sentado encima de su montaña de minerales. Con pantalón de chándal y camiseta, no necesitaba uniforme para demostrar que era un soldado, sin charreteras que revelaran su rango. Aquí todo el mundo sabe que el coronel Samy Matumo, comandante de una brigada renegada de tropas del ejército que controla este territorio rico en minerales, es el amo y señor de todos los cerros que pueden abarcarse con la vista.
Columnas de hombres, doblados debajo de sacos de cincuenta kilos de estaño emergieron del pozo de la mina del coronel. Ha sido cincelada cientos de metros en la montaña con herramientas de la Edad de Hierro manipuladas con sudor, músculo y huesos humanos. Los cargadores portan el mineral sobre sus espaldas durante casi cincuenta kilómetros , un trayecto de dos días por un laberinto lleno de lodo hacia el camino más cercano y un mundo hambriento de portátiles y otros electrónicos que el estaño ayuda a crear, cada uno un eslabón en una larga cadena global.
En el papel, los derechos de explotación de esta mina pertenecen a un consorcio de inversores británicos y sudafricanos que dicen que ellos transformarán esta explotadora y peligrosa operación en un moderno faro de prosperidad para el Congo. Pero en la práctica, los trabajadores del consorcio ni siquiera pueden poner un pie en la montaña. Como una mafia, el coronel Matumo y sus hombres extorsionan, cobran impuestos y expropian a voluntad, privando a esta enorme operación de unos ochenta millones de dólares al año.
La explotación de esta montaña es emblemática del fracaso para enderezar este extenso país africano después de muchos años de tiranía y guerras, y del mortal papel que han jugado en su miseria las inmensas riquezas naturales del país.
Pese a un costoso intento de incorporar las muchas milicias del país en un solo ejército nacional, más miles de millones de dólares gastados en cuerpos de paz internacionales y una elección en 2006 que llevó democracia al Congo por primera vez en cuatro décadas, el gobierno es incapaz o no quiere obligar a estos combatientes -que llevan uniformes del ejército del gobierno y cobran salarios del gobierno- a dejar las montañas.
El mineral que controlan estos combatientes es clave para entender el caos que asola al Congo, contribuyendo a perpetuar un conflicto en el que desde mediados de los años noventa han muerto casi cinco millones de personas, por lo general por hambre y enfermedades. En el último capítulo, los enfrentamientos entre tropas del gobierno y el general renegado Laurent Nkunda han obligado a huir a cientos de miles de civiles aquí en el este del Congo y ha empujado al país al borde de una nueva guerra regional.
Los beneficios de minas como esta, más los tributos ilegales cobrados en los caminos y en los puestos fronterizos controlados por organizaciones rebeldes, milicias y soldados del gobierno, ayudan a financiar prácticamente todos los grupos armados de la región.
No hay caminos hacia Bisie. Este escondido pueblo de diez mil habitantes yace al final de unos cincuenta kilómetros de una serpenteante y lodosa vereda a través de la densa selva ecuatorial. Construido enteramente para la mina, es un mundo enclaustrado de expropiación y violencia que refleja la crisis general en el Congo.
Esta es la maldición de los recursos de África: La riqueza es extraída por los pobres, controlada por los fuertes, y luego vendida a un mundo en gran parte indiferente sobre su origen.
Bajo el coronel Matumo, Bisie es un lugar darwiniano donde los que poseen armas y dinero se apartan de las hordas desesperadas.
El embudo empieza lejos de la mina. Al inicio de un sendero, un fornido soldado pide cincuenta centavos a todos los que entran al angosto sendero que lleva a la mina. Una vociferante multitud de manos acercan billetes al soldado, que entreabre el portón de madera para dejar entrar a los que tienen dinero.
Al otro extremo del sendero, a los pies de la montaña, se forma otra multitud en el portal de Bisie. Los cargadores fatigados del trayecto de dos días se tumban sobre los árboles talados, a la espera de que los soldados revisen su equipaje y cobren otro tributo. Usualmente el precio es el diez por ciento de la mercadería y el dinero entrantes.
Los hombres en los puestos de control describen estos pagos como impuestos. Pero la gente de Bisie no obtiene mucho a cambio. El pueblo es una sucia madriguera de chozas de barro. Cientos de desordenadas letrinas inundan los estrechos pasajes llenos de basura. Las enfermedades recorren el pueblo transportadas por el agua de un río que es usado para todo, desde lavar ropa hasta limpiar minerales. Quijadas de vacas y cabras sacrificadas tachonan el lecho del río. Cuando llueve, el río se desborda, propagando el cólera y la disentería.
De cierto modo, Bisie es un próspero pueblo comercial. Cuenta con teatros improvisados que proyectan películas de kung fu piratas en televisores que se alimentan de ruidosos generadores. Sus bares están bien aprovisionados de whiskey Johnny Walker y cerveza Primus, en botellas que fueron transportadas por la selva. No hay teléfono, pero un radioaficionado pasa los recados entre la mina y el mundo exterior. Tiene hoteles que funcionan como burdeles. Incluso hay una iglesia de madera.
Pero estas magras comodidades no son baratas. Un cuenco de arroz y frijoles cuesta aquí tres dólares, seis veces el precio que se paga junto al camino principal. El alquiler de una choza cuesta cincuenta dólares o más al mes, en parte debido a que el oportunismo es el espíritu del pueblo.

26 de noviembre de 2008
16 de noviembre de 2008
©new york times 
cc traducción mQh
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