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los padrinos somalíes


Los ricos piratas de los rescates. Habitantes de pueblos costeros descubren ruina y  bendiciones a manos de los piratas.
[Stephanie McCrummen] Nairobi, Kenia. La joven pareja somalí tenía planes. Ilka Ase Mohamed y Fatima Mukhtar, la esbelta mujer de ojos brillantes que era el amor de su vida, pensaban dejar su pequeño pueblo de pescadores de Harardhere, estudiar en la universidad y, cuando Mohamed tuviese suficientes vacas para pagar la dote, casarse.
Pero hace algo más de un año, la mujer que Mohamed todavía llama "mi niña querida", fue dada en matrimonio a un pirata somalí que se pasea con un sombrero de vaquero de color negro, conduce un Land Cruiser y pagó cincuenta mil dólares en efectivo en lo que Mohamed describió como un pacto despiadado en el que su madre vendió a su novia.
"Este hombre es como un pequeño rey que llegó a Harardhere", dijo Mohamed, 23. "Se vestía como presidente. Mucha gente lo servía. Me enfadé. Me pregunté: "¿Por qué acepta la gente esta situación? ¡Todos saben que es un pirata!"
La historia de Mohamed, Fatima y el descarado pirata somalí -según una entrevista con Mohamed después de que se mudara a Kenia- subraya lo enraizada que está la piratería y su chillona cultura del dinero rápido en los pequeños y miserables pueblos de pescadores que salpican la costa somalí.
Mientras las armadas más poderosas del mundo patrullan las extensas vías marítima del Océano Indio y el Golfo de Aden, los piratas somalíes exigen millones de dólares por el rescate de los enormes cargueros que capturan. Desde la demostración de fuerza de Estados Unidos la semana pasada, cuando tiradores de la armada mataron a tres piratas y liberaron al capitán estadounidense que había sido secuestrado, los piratas se han apoderado de varios otros buques y decenas de rehenes.
Dado el desafío de patrullar casi tres millones de kilómetros cuadrados de océano, la atención se está concentrando en erradicar a la piratería de la costa somalí, donde los rescates, que el año pasado totalizaron cerca de cincuenta millones de dólares, están inundando las aldeas de pescadores como Harardhere y bien armados piratas están sobrepasando las apenas existentes autoridades locales en un país que, desde 1991, ha sobrevivido sin un gobierno central.
"Sin ayuda exterior, no se atreven a señalar a los piratas", dijo Ali Said Omar, que preside el Centro por la Paz y la Democracia, un laboratorio ideológico somalí. "Los piratas los aplastarán si hacen algo contra ellos".
En Harardhere, los piratas se han convertido en padrinos y se han dedicado a construir lujosas casas, iniciado turbios negocios y lanzado operaciones con bien organizadas redes que se encargan de su alimento, armas y otros suministros. Los analistas dicen que los piratas, que operan en bases en alta mar que llaman ‘naves nodrizas’ -normalmente lanchas de arrastre robadas-, reciben ayuda de gente en el extranjero que les entregan información sobre las hojas de ruta de los cargueros a cambio de una parte del rescate.
Los piratas más famosos también emplean séquitos locales, para los que la piratería es tanto una bendición como una maldición. Aunque los negocios de piratas han ahogado a los comerciantes locales y frustrado las entregas de la ayuda alimentaria en el anárquico país del Cuerno de África, los piratas también han inyectado millones de dólares en la economía local.
Los aldeanos dicen que, en tierra, los piratas requieren los servicios de prostitutas, enfermeras, guardaespaldas y hombres que les procuren la valorada khat, una planta ligeramente narcótica que se mastica por sus efectos estimulantes.
El pirata que se casó con Fatima envió un equipo a su casa después de cerrar un trato con su madre, que es del mismo clan, dijo Mohamed. Pusieron alfombras, prepararon las cabras para el sacrificio, y colgaron luces en la casa de madera y planchas de hierro de la familia. Mohamed dijo que trató de alejarse ese día, pero no pudo.
"No se suponía que debiera asistir, porque habría sido muy indigno, peor me escabullí y lo vi desde una ventana de la casa de al lado. Es un momento que no me gusta recordar", dijo Mohamed sobre el pirata, cuyo nombre no quiere revelar -por miedo.
El pirata tiene probablemente algo más de treinta años y es un pescador de la zona que antes pescaba con redes en el mar pero ahora posee un brillante Land Cruiser. Mohamed dijo que miró con horror cómo el pirata se sentaba en la alfombra sin sacarse los zapatos, lo que se considera una falta de respeto. Fatima se casó con él después de algunas semanas y se la llevaron a Europa. Mohamed, que decidió entonces dejar Harardhere y marcharse a Nairobi, la capital de Kenia, dijo que todavía se comunica con ella, de vez en vez, por correo electrónico.
Entretanto, la familia de Fatima en Harardhere, donde el pirata también tiene una casa, prospera. Tienen una casa nueva, de piedra, dijo. Aunque se ganaban la vida como campesinos, ahora tienen un negocio dedicado al transporte de combustible y arroz, que opera en la capital, Mogadishu, y en otras regiones.
La piratería se ha convertido en una atractiva opción para los jóvenes somalíes que han crecido sin escuelas ni gobierno, que a menudo saben poco más que cómo usar un Ak-47. El gobierno de transición está tratando de contener la subversión fundamentalista, que también está reclutando jóvenes para su causa, pero que se ha mantenido apartada de los negocios de los piratas.
"Estos jóvenes no pueden conseguir trabajo y no tienen educación, así que buscan la manera de ganarse la vida y este es el modo más fácil de hacer dinero", dice Salim Saeed, un periodista que trabaja en la norteña región de Puntland, desde donde se inician la mayoría de las operaciones de los piratas. "Para un joven es fácil convertirse en pirata".
Según funcionarios de Naciones Unidas, la piratería empezó como una violenta reacción a la desenfrenada pesca ilegal por parte de compañías pesqueras comerciales, la mayoría de países europeos y asiáticos. Dicen además que la mayoría de los pescadores operan con licencias falsas.
Un somalí que dijo que su nombre era Ali, dijo que se convirtió en pirata en 2004 después de varios enfrentamientos con buques pesqueros comerciales que operaban en aguas somalíes.
"Tendíamos nuestras redes en la noche y revisamos las capturas al día siguiente, pero un día llegamos justo cuando un enorme buque pesquero se hacía con las nuestras", dijo Ali, 25, que ahora se gana la vida como tendero en Nairobi.
Cuando él y sus colegas se acercaron en su lancha al buque, contó, la tripulación los atacó con agua hirviendo, y uno de los tripulantes incluso les disparó. Ali contó que su amigo quedó herido, su lancha fue hundida y tuvieron que nadar hacia la playa. La siguiente vez que se echaron al mar, dijo, llevaron rifles de asalto AK-47 y lanzagranadas.
"Nuestro plan era atacar a los buques pesqueros ilegales", dijo. "Cobramos rescate para atender a nuestros heridos... en total atacamos dieciséis buques’‘.
En esa época, atacaban a los buques en la noche, localizándolos con linternas. Más tarde, dijo, empezaron a usar celulares. Pronto tuvieron inversionistas que les proveyeron de alimentos y combustible para sus misiones. El dinero estaba bien, dijo Ali, pero se retiró "porque se puso turbio".
"El plan era detener la pesca ilegal", dijo. "Pero empezaron a capturar buques que transportaban alimentos y otros cargueros comerciales e incluso algunos de nuestro propio país. No es inteligente hacer eso".
Mohamed comparte ese malestar, diciendo que el dinero de los piratas ha corrompido la vida en Harardhere y que la fiesta no puede durar eternamente.
De momento, todavía espera a Fatima.
"La esperaré", dijo. "Creo que el dinero se terminará, y algún día la recuperaré".

Mohamed Ibrahim contribuyó a este reportaje.

3 de mayo de 2009
20 de abril de 2009
©washington post 
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cuidado con los piratas


¿Se unirán los piratas a las milicias islámicas de Somalia? Según analistas, más violencia podría llevar a las bandas de piratas a unirse a los militantes radicales, incluyendo a aquellos con lazos con al Qaeda.
[Scott Baldauf] Johanesburgo, Sudáfrica. La terrible experiencia de cuatro días como rehén en manos de piratas somalíes que mantuvieron a un capitán de un buque mercante estadounidense retenido en un salvavidas, terminó el domingo con una lluvia de disparos efectuados por francotiradores y el rescate del capitán.
Pero los dos rescates esta pasada semana por buques franceses y norteamericanos frente a la costa de Somalia probablemente no terminarán con el problema de la piratería. Más bien al contrario, dicen analistas. Los piratas, dicen, es probable que aumenten su recurso a la violencia, y eso podría empujarles hacia los brazos de las pequeñas pero poderosas milicias islámicas buscando protección y apoyo.
Mientras la tripulación del Maersk Alabama celebraba el retorno del capitán Richard Phillips Sunday, elementos islamitas radicales de Somalia elogiaban como muyahedines o ‘combatientes de la guerra santa’ a los piratas muertos y capturados. Entretanto, los piratas dijeron a periodistas en una conferencia telefónica que la próxima vez se mostrarían más violentos con los rehenes.
"Cada país será tratado según nos traten", dijo por teléfono a la Associated Press Abdullahi Lami, uno de los piratas que retienen un buque griego en el puerto de Gaan en el centro de Somalia. "En el futuro, Estados Unidos estará llorando y lamentándose. Vengaremos la muerte de nuestros hombres".
Incluso el vicealmirante William Gortney, comandante del Comando Naval Central de Estados Unidos, dijo en una rueda de prensa en el Pentágono el domingo que "sin ninguna duda, esto podría exacerbar la violencia en esta parte del mundo".

Más Violencia Podría Radicalizar a los Piratas
Con 232 mil kilómetros cuadrados para patrullar, incluso las armadas de dieciséis país (incluyendo Estados Unidos, OTAN, India, Francia, China e Irán) sólo recién han empezado a comprender la naturaleza del problema de los piratas somalíes. Es un fenómeno relativamente nuevo, consecuencia del completo derrumbe del estado de derecho, y de la economía del país. Cientos de pescadores y bandas criminales somalíes se han internado en alta mar para hacerse con la única fuente de ingresos que pueden encontrar, capturando y tomando rehenes a las tripulaciones de los buques mercantes que pasan por aguas somalíes en general sin ninguna protección hacia o desde el Canal de Suez en dirección a otros puertos.
Las soluciones de corto plazo, como las actuales maniobras navales extranjeras, pueden rescatar a buques en alta mar, pero la única solución a largo plazo es la restauración completa de un gobierno somalí estable, según concuerdan la mayoría de los expertos. Entretanto, las operaciones navales extranjeras pueden causar tantos problemas como los que solucionan.
"El hecho es que los piratas somalíes tenían un código de conducta, aunque esto suene divertido a oídos de extranjeros", dice un funcionario de Ecoterra Internacional, una organización no gubernamental que trabaja con la comunidad pesquera somalí en prácticas de pesca sustentable. También es de sentido común mantener vivos a los rehenes. Más de doscientos marinos son retenidos en la actualidad por piratas somalíes. Hasta la fecha hay pocos ejemplos de rehenes maltratados gravemente por los piratas. Pero si los piratas son arrinconados por buques extranjeros, podrían estar más dispuestos a disparar.
"Tememos que esta espiral de violencia, que hemos visto en los últimos meses, hará que los piratas estén más dispuestos a disparar", dice un funcionario de Ecoterra. "Las operaciones empujarán a algunos grupos a usar la violencia y los radicalizará. También podría alentar a algunos fundamentalistas somalíes a adoptar el modus operandi de los piratas" y atacar a los buques de la marina mercante occidentales como blancos políticos.

Disparar contra los Piratas
Apenas unos días después de una misión de rescate similar de los militares franceses de un yate francés, en la que los comandos mataron a dos piratas somalíes, y al capitán del yate, la misión de rescate de la armada estadounidense tenía todos los ingredientes de una película de Hollywood.
El almirante Gortney dijo en una rueda de prensa en el Pentágono que el comandante del buque ordenó a los tiradores de la Navy SEAL matar a los tres piratas somalíes, después de que las negociaciones no rindieran frutos. El bote salvavidas estaba en ese momento a unos treinta metros del USS Bainbridge.
El almirante Gortney defendió la decisión en la rueda de prensa en el Pentágono. "Él capitán Phillips estaba siendo apuntado; esa es mi interpretación de peligro inminente", dijo Gortney.
Pero a diferencia de las tácticas de las cañoneras británicas y estadounidenses del siglo diecinueve, que terminaron con los piratas de Barbary en el Mediterráneo o los piratas del Caribe, las operaciones navales extranjeras frente a las costas de Somalia no es probable que aporten soluciones de largo plazo -ni están diseñadas para eso. Las zonas en las que operan los piratas son demasiado grandes como para ser patrulladas efectivamente.


Gobierno Somalí en el Exilio
En gran parte sin gobierno desde el derrocamiento de Mohamed Siad Barre en 1991, Somalia está hoy bajo el control de una multitud de milicias islámicas rivales. Su gobierno en el exilio, dirigido por un líder islamita moderado, el jeque
Sharif Sheikh Ahmed, ha prometido contener la piratería si con eso se logra con el control del país. Bajo el breve mandato del gobierno de la Unión de Cortes Islámicas de 2006, la piratería somalí fue en realidad reducida casi a cero.
Pero grupos musulmanes más radicales, entre ellos Al Shabab, que se dice que tiene lazos con al Qaeda, han elogiado a los piratas. En Baidoa, el portavoz de Al Shabab, Muktar Robow ‘Abu Mansur’, dijo a periodistas que los piratas estaban "protegiendo la costa somalí".
"Las potencias extranjeras quieren dividir al país", dijo. "Y los piratas protegen la costa contra los enemigos de Alá".

Piratas Asociados a al Qaeda
"Considerando que la tente busca oportunidades para hacer fortuna, y que el año pasado los rescates variaron entre cincuenta y cien millones de dólares por buque, es probable que la piratería continúe", dice Iqbal Jhazbhay, experto en Somalia de la Universidad de África del Sur en Tshwane, como se llama ahora a Pretoria.
Como la mayoría de otros expertos, Jhazbhay dice que no existe ningún vínculo entre las organizaciones musulmanas y los piratas, ya que estos últimos son sólo bandas criminales sin ambiciones políticas -aunque el Monitor informó en diciembre que parte del dinero está fluyendo hacia los islamitas. Pero con tantos buques de las armadas occidentales frente a las costas, grupos islámicos radicales como Al Shabab, podrían recurrir a la piratería en alta mar como una manera de atacar intereses occidentales -y especialmente norteamericanos- para provocar un enfrentamiento con Occidente.
Con las misiones de rescate francesa y norteamericana, los buques mercantes se han visto forzados a tomar decisiones drásticas. "Hemos recibido el mensaje de que la antigua estrategia de pagar el rescate y continuar... ya no funciona", dice Jhazbhay. "El peligro es que si Al Shabab quiere dramatizar la situación y derribar otro helicóptero, es probable que vuelva a hacerlo. Todo depende de lo que quieran hacer los musulmanes".

15 de abril de 2009
©christian science monitor 
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la misión de john kaiser


Su misión en Kenia no se limitaba a la iglesia. Era uno de los pocos miembros estadounidenses de la sociedad de Misioneros de Mill Hill, de Londres, que necesitaba sacerdotes en África. Otros sacerdotes le advirtieron sobre el peligro que corría, pero siguió hablando y denunciando al gobierno, hasta que lo mataron.
[Christopher Goffard] Lolgorien, Kenia. Donde quiera que fuera, el hombre de Dios iba con su escopeta. Como su dueño, el arma calibre 12 de dos cañones estaba vieja y rota en algunas partes, cubierta por el polvo de kilómetros de difíciles caminos africanos. Mantenía juntas las partes astilladas con un pedazo de goma negra, y creía que podía ser su única protección, salvo por el buen Señor y su nombre estadounidense, en un país que no había sido nunca tan peligroso.
De día se aventuraba en lo más profundo de la sabana para visitar las dispersas iglesias de su enorme parroquia. La escopeta yacía en el asiento de su camioneta Toyota, junto a las cuentas del rosario y la caja en que llevaba los objetos de la misa. Sus fieles llegaban desde los cerros, envueltos en sus brillantes túnicas tribales, para oírlo hablar en suajili sobre el Salvador resucitado, para recibir la hostia en la lengua.
Su parroquia de ladrillos rojos estaba junto a un inmenso valle que se extendía hacia la pradera de Serengeti, y de noche la escopeta se quedaba con él mientras volvía a controlar los candados y atravesaba el pasillo hacia su espartano cuarto. La mantenía a su lado mientras subía a su estrecha cama de somier de metal y dormía irregularmente, las hienas riendo y tosiendo en la oscuridad frente a su ventana.
La mantenía esa mañana de febrero de 1999 cuando arreglaba su cuello romano; se subió a la camioneta y condujo durante horas por caminos en mal estado que causaban estragos en su cuello artrítico. Finalmente, llegó a un sencillo edificio oficial llamado Ayuntamiento de Nakuru.
Este era el escenario de la Comisión Akiwumi, un tribunal creado para investigar las causas de los enfrentamientos tribales que en los últimos años habían costado la vida a más de mil personas en Kenia. Pero muchos sospechaban que su verdadero propósito era ocultar el importante papel que jugó el gobierno en la violencia.
Enteró a la atiborrada sala. Era un hombre de espaldas anchas y brazos largos, de manos curtidas por el trabajo y pelo ralo y canoso. Tres jueces miraban desde el estrado debajo de sus pelucas empolvadas -un vestigio de la justicia colonial británica. Se sentó en una silla ante un micrófono, sobre una mesa cubierta de raspaduras.
Cuando empezó a hablar, con su voz firme y compuesta, era imposible saber que había estado viviendo en un estado de terror durante semanas, temeroso de que no le permitieran hablar, con miedo a que una vez que empezara, no lo dejarían terminar.
Nadie pudo haber previsto que este clérigo estadounidense, enigmático y profundamente excéntrico, se convertiría en un héroe nacional para los keniatas, y su nombre sería un grito de guerra.
Aparte de su iglesia y las tribus a las que atendió durante los 35 años en una exuberante y palúdica región del este de África, pocos habían oído hablar de John Kaiser, de Minnesota, misionero y ex paracaidista del ejército norteamericano. Todavía no ha sido liberado de su cuerpo dolorido ni de su desordenada humanidad hacia la abstracción, como un símbolo limpio y perfecto.

Llegó a Kenia en diciembre de 1964, en una lancha, entrando al duro sol ecuatorial con un talego del ejército debajo del brazo. Su sociedad misionera, la congregación de Mill Hill, de Londres, necesitaba sacerdotes en África. Kaiser tenía 32 años y se acababa de ordenar.
Asignado a las fértiles tierras altas al occidente de Kenia, construyó iglesias en todo el campo, estructuras rápidas y crudas de tierra rojiza y arena del lecho de los ríos. El sacerdote, un hombre sólido de un metro noventa, subía escaleras con los bolsillos llenos de ladrillos y jalaba con una soga las vigas para los tejados.
Aprendió a llevar consigo un pan de jabón marrón para parchar grietas en el motor de su camioneta, y se sentaba en un cajón de embalaje cuando se rompía el asiento delantero. Aprendió a llevar agua bendita en una botella de Coca-Cola, y cuando olvidaba las hostias de la comunión, usaba un chapati, una galleta de pan, para su transubstanciación en el cuerpo del Salvador.
Bautizaba y sepultaba, oía confesiones a la sombra de los eucaliptos, observaba cómo el SIDA y la malaria se llevaban a miles. Cortaba leña para las viudas, construía toscas escuelas, vadeaba ríos desbordados para llegar a los fieles. Administró los sacramentos a una niña de dieciocho agonizante, que los recibió serenamente, y escribió: "En esos momentos, no cambiaría por nada mi posición de sacerdote".
Arrastraba los cuerpos hasta camposantos ancestrales en lo más profundo de la selva, para depositarlos con oraciones en el fondo de la tierra.
El país, con su furiosa luz y su impenetrable oscuridad, sus hileras de maíces gigantescos y temporadas de hambre, era suficientemente grande como para contener sus dos personalidades dispares: el sacerdote y el paracaidista, el sanador y el cazador, el cuello y la escopeta, el hombre de obediencia que retaba a las autoridades.
Siempre hubo dos John Kaiser, y a veces su coexistencia era difícil. Cuando crecía en una sucia granja de Minnesota, prodigaba tanta atención a los rifles en sus dibujos de guerra como a la lana de oveja en los belenes de la escuela.
Durante su período de servicio en tiempos de paz en la División Aerotransportada 82 en el Fuerte Bragg, Carolina del Norte, era el soldado entusiasta que dominaba la estocada con bayoneta, saltaba en el cielo desde un Flying Boxcar y se hincaba en la capilla preguntándose si podría matar.
Era el gracioso misionario de selva que estrechaba cada mano que podía encontrar y se retiraba durante horas a la soledad de la sabana.
Se rompió los huesos gracias a las veces que volcó en moto, sobrevivió el tifus y la hepatitis y una viga de tejado que le cayó en el cuello. Un tirador de primera, desaparecía entre el pasto elefante, acechando ñúes e impalas, jabalíes y cebras. Troceaba la carne con su machete y la repartía en las escuelas. Tallaba la culata de sus armas y hacía sus propias balas. La caza ilegal había sido prohibida desde fines de los cincuenta, pero esa era una ley humana y, por tanto, negociable.

Kaiser llevaba la crónica de su vida en cartas a sus amigos y familiares, llevando la cuenta de los animales que había matado, escribiendo a casa para pedir una ballesta, describiendo encontronazos con leones. Las cartas también mostraban su desencanto con el presidente Daniel Arap Moi, un hombre al que había llegado a considerar como un "gran príncipe cristiano".
Moi se hizo con el poder en 1978, sucediendo al héroe de la independencia Jomo Kenyatta, que era kikuyu, el grupo étnico más grande del país. Moi provenía de la tribu kalenjin, más pequeña y débil y sin nada del magnetismo de Kenyatta.
Sin embargo, se convertiría en uno de los dictadores de uno de los regímenes más prolongados del continente. Moi destruyó la independencia judicial, puso en la ilegalidad a los partidos de oposición y empezó a encerrar a sus enemigos en cámaras de torturas, desnudos y sumergidos en aguas fétidas.
Los territorios tribales habían sido revueltos por los británicos y más tarde por Kenyatta, y Moi explotaba los resentimientos que se venían gestando desde hace mucho tiempo. Convirtió en práctica el robo descarado de tierras, recompensando a los aliados y expropiando a los grupos rivales.
A fines de los años ochenta, Kaiser, que trabajaba entonces en la diócesis de Kisii al occidente de Kenia, vio cruzar el campo a miles de campesinos acarreando con sus pertenencias. Los caciques políticos habían enviado a guerreros masai a desalojarlos de sus tierras, escribió, quemando sus casas y destruyendo sus escuelas.
Kaiser se lo contó a su obispo, Tiberius Mugendi, un viejo keniata al que consideraba su padre espiritual. Imposible, dijo Mugendi. La intervención de las tropas del gobierno significaría reprobar a Moi, y Moi era el padre de la patria.
"Como Poncio Pilato, me lavé las manos pensando que tenía un montón de trabajo en una parroquia concurrida", escribió Kaiser. "Al actuar así, almacené más combustible para una larga estadía en el purgatorio".
Luego vino el colapso de la Unión Soviética y el fin del reflexivo apoyo occidental a Moi, que se definió a sí mismo como un bastión contra el marxismo. Los países donantes insistieron en elecciones libres.
A fines de 1991 Moi aceptó a regañadientes un régimen multipartidista, pero los meses que siguieron parecieron confirmar su advertencia -o, según lo vieron muchos, su amenaza- de que en un país de lealtades étnicas divididas, la democracia sólo conduciría a un derramamiento de sangre. Para asegurar la supremacía de su partido, Moi utilizó sus milicias para hacer la guerra contra los bastiones de la oposición.
Mientras las aldeas ardían en un pandemónium de llamas, flechas y machetes, Kaiser hablaba en reuniones en iglesias, denunciando la incapacidad de Mugendi de protestar con energía contra esos ataques. También atacó los criterios del obispo en la gestión de la diócesis, su elección de la directora de la escuela, su método de interrogar a los catequistas. La conducta de Kaiser resquebrajó una prohibición cultural muy enraizada: Un obispo africano, como un presidente, era una figura paterna que no debía ser desafiada.
"Mi conciencia está limpia y no pediré excusas por ninguna de mis declaraciones y opiniones. Siempre puedo admitir y lamentar el hecho de que sea un zopenco poco diplomático, pero para mí ese no es el punto", escribió Kaiser a un amigo en junio de 1992.
Otros sacerdotes advirtieron a Kaiser que su estilo era "demasiado americano", demasiado polémico. Sin inmutarse, expuso sus quejas en una carta y la repartió en la iglesia. El obispo envió una carta a la sociedad misionera de Kaiser: Retiren a ese sacerdote de mi diócesis.
Kaiser, que había pasado décadas con la gente de Kisii, estaba devastado. No abandonaría la diócesis sin una orden directa de Mugendi. Esperó durante horas frente a la casa del obispo en Kisii, exigiendo ser recibido. Mugendi salió de casa y se subió a su coche. Se negó a reconocer la presencia del sacerdote.
"Quiero su bendición", dijo Kaiser, colocándose de rodillas ante el coche del obispo. Se quedó así hasta que el obispo cedió, despachándolo con un rápido gesto, su mano trazando una cruz en el aire.

Fue así como, exiliado de Kisii, se encontró nombrado capellán de una mísera ciudad de tiendas en un cerro a 160 kilómetros al este. Era julio de 1994. Tenía 61 años. El lugar se llamaba Maela, y Kaiser dijo que aprendió mucho más sobre la crueldad del régimen de Moi en los seis meses que pasó allá que en las tres décadas anteriores.
De Maela la gente recordaba el polvo. Lo sentían en sus dientes, y lo tosían en sus manos y dormían con él en sus mantas. Envolvía sus casuchas de polietileno donde las familias se acurrucaban contra el frío. Cubría la choza de adobe y cañas donde Kaiser pasaba la noche, incapaz de dormir debido a los gemidos que llegaban a sus oídos.
Horrendos accidentes eran cosa común en las tiendas atiborradas. Los niños chocaban con las cacerolas al fuego y se escaldaban con agua hirviendo. Los infantes se asfixiaban con el humo del carbón. Florecían las enfermedades. "Este es un lugar terrible", dijo. "Un páramo".
Los refugiados, en su mayoría de la tribu kikuyu, habían sido un bastión de la oposición expulsados de sus granjas por guardabosques, agentes de policía y guerreros. Cuando las condiciones de vida llegaron a oídos de la prensa internacional, Moi decidió erradicar el campamento. Cuando gentes del gobierno lo arrasaron el 23 de diciembre de 1994, la policía retuvo a Kaiser. Observó cómo los hombres quemaban las tiendas y golpeaban a los refugiados, para hacerlos subir a camiones que los dispersarían por todo el campo.
Cuatro días más tarde, agentes de policía llegaron a buscar a Kaiser y varios cientos de personas que se habían refugiado en una iglesia. Anunció que no se marcharía pacíficamente. Lo dominaron, lo esposaron con las manos a la espalda y se marcharon con él en su Land Rover. El vehículo se perdió en la noche dando bambazos mientras las botas de los agentes aplastaban los miembros y la cabeza de Kaiser contra el suelo de metal. Lo arrojaron frente a una iglesia.
Como "una gran pena", definió Kaiser su retiro de entre los refugiados. Más tarde se fanfarronearía de que se necesitó todo un pelotón de policías para subirlo al vehículo. Los diarios informaron sobre su detención. Se había convertido en un espectáculo, aunque todavía menor.

Eso es lo que, finalmente, lo que lo llevó a una remota casa de ladrillos en el corazón del territorio masai. Su nuevo obispo lo envió allá, al borde sud-occidental del país, a una aislada comarca llamada Lolgorien. "Para protegerme, sin duda", escribió Kaiser.
Era un lugar donde los pastores masai usaban las espinosas ramas de las acacias para proteger, por la noche, sus pueblos de chozas de barro contra los leones. Incluso entrado en sus sesenta, Kaiser era suficientemente rápido como para cazar a un conejo con una piedra o un antílope dik-dik con un machete. Con la ayuda de la gente del pueblo construyó una sencilla iglesia de ladrillos rojos encimada con metal corrugado, como muchas de las que había visto en el campo.
Maela lo angustiaba. En su casa parroquial, escribió un breve manuscrito y lo envió a todo el mundo: amigos, jefes de la iglesia, la sociedad misionera. Le escribió a Paul Muite, un político de oposición con el que había trabado amistad, y le pidió ayuda para que la publicaran. La gente le advirtió que lo podían deportar o asesinar.
"Quiero que sepan todos que si desaparezco, porque la selva es grande y las hienas muchas, que no estoy planeando ningún accidente, ni, Dios no lo quiera, ninguna autodestrucción", escribió Kaiser.
En sus travesías por el campo, acumuló los ingredientes de una acusación. Reunió las escrituras de propiedad de los granjeros expulsados. Documentó los llamados del gobierno a expulsar a los no masai del Great Rift Valley. A medida que los aldeanos contaban sus pecados, el ritual de la confesión se convirtió en una ventana a la historia subterránea del país, su pasado de tierra y sangre.
Su cuerpo empezó a fallar. Viajó a Estados Unidos para someterse a un tratamiento para su cáncer a la próstata. Llevaba un collarín para aliviar la agonía de sus vértebras y huesos aplastados. Contra el consejo del osteópata, para llegar a los masai recorría los cerros en su moto y pasaba las noches en sus chozas de estiércol y ceniza, volviendo a casa arrastrándose y lleno de piojos y pulgas.
Cuando se acercaban las elecciones de diciembre de 1997, nuevamente la carnicería étnica asoló el país. Moi se aferró al poder mediante fraude y expulsiones en masa. En las reuniones en la iglesia, Kaiser despotricaba contra la pasividad de la iglesia, lo que llamaba "el escándalo de nuestra falta de liderazgo". Entre sus objetivos se encontraba el nuevo obispo, un inglés llamado Colin Davies, que le dijo a Kaiser: "Mira, no te dediques a provocarlos".
Kaiser estaba acostumbrado a hacer sentir incómodos a sus colegas. Clérigos sensatos sabían lo vulnerable que podía ser una casa parroquial, cómo hablar demasiado fuerte ponía en peligro no solamente a ti mismo, sino a todos los demás a tu alrededor. Para poder atender las necesidades espirituales de la gente, se pensaba entonces, la iglesia dependía de la buena voluntad del gobierno.
La lógica de Kaiser era diferente. ¿No era el papel de la iglesia aliviar el sufrimiento, y no era el "mal fundamental" del país, su lucha fratricida, obra del régimen? "¿Por qué entonces aceptamos tan fácilmente la admonición de los ministros de gobierno de que los religiosos debemos mantenernos alejados de la política?", escribió Kaiser. "¿La exagerada adulación con que tratan tantos líderes, incluso religiosos, al presidente Moi, es respecto verdadero, o es miedo?"

Era obvio en Kenia que cuando Moi necesitaba una táctica dilatoria, una distracción, una cortina de humo, formaba una comisión. El objetivo explícito de la comisión formada en julio de 1998, bajo la presidencia del juez Akilano Akiwumi, era investigar los enfrentamientos tribales que se habían cobrado la vida de más de mil personas en los últimos siete años.
Kaiser vio una oportunidad, una plataforma pública. Sabía que los líderes de la iglesia consideraban su ansiedad por denunciar inútil, imprudente o ambas cosas a la vez. El obispo Davies consideraba el tribunal "una pérdida de tiempo" -¿pensaba Kaiser que Moi iba a cambiar de opinión?-, pero no se opuso.
El sacerdote pensaba nombrar a los culpables. Pidió oraciones. Se sentía "muy solo". Sin embargo, le contó a un amigo keniata, el carpintero Melchizedek Ondieki: "Estados Unidos me defenderá. La iglesia me defenderá".
Para hacerle compañía a Kaiser mientras se preparaba, el obispo envió a otro sacerdote de la congregación de Mill Hill, un sociable irlandés llamado Tom Keane, para vivir con él en Lolgorien.
Keane se enteró pronto de la intensidad de los temores de Kaiser. Tenía pesadillas que lo hacían despertar gritando. Iba con su escopeta a misa, la llevaba en su camioneta, en su moto. Dormía junto a ella en su cama, contó Keane, "como si fuera una mujer".
Keane observó a Kaiser pasar de estallidos de entusiasmo, ardiendo de propósito, al abatimiento más profundo. En la cama, Kaiser jugaba al solitario. Leía el Eclesiastés. Hacía balas.
Una noche, Keane lo invitó a sentarse en la galería de la casa parroquial con vista a un árbol de las salchichas y una ondulante sabana. Después de un día de labores pastorales, a Keane le gustaba relajarse con una cerveza y escuchar a las hienas. "Es una bonita tarde, John", le dijo.
Kaiser se negó a unirse a él. La oscuridad era intensa y total. No quería convertirse en blanco de los enemigos que podrían estar acechándolo.

"He trabajado como misionero en este país durante 35 años, pero debería sentirme como invitado", empezó Kaiser su declaración el 2 de febrero de 1999. "Hay cosas que un invitado normalmente no hace cuando está en la casa o el país del anfitrión. Una de esas cosas... es criticar al gobierno de ese país".
Pero dejó en claro que eso era lo que pensaba hacer. Narró en detalle los horrores de Maela. Describió cómo miles de campesinos debieron huir de la violencia policial. Dirigió su ataque contra Julius Sunkuli, un abogado masai y miembro del creciente círculo íntimo de Moi. Dijo que la reelección de Sunkuli al parlamento era fraudulenta y lo acusó de organizar las expropiaciones de tierra en los días previos a las elecciones de diciembre de 1997.
Nombró más nombres. Declaró que era de "conocimiento general" que los ministros del gabinete, William Ole Ntimama y Nicholas Biwott habían organizado el adiestramiento de matones para aterrorizar a los campesinos.
El abogado de Biwott se levantó para denunciar a Kaiser, calificando sus acusaciones de "totalmente despreciables".
Para rembolsar a los despojados, dijo Kaiser, los funcionarios de gobierno deberían vender sus propias propiedades. Deberían rezar, dijo, "por su confesión, condena, arrepentimiento, y para restituir a la gente sin tierra".
Al día siguiente, los grandes diarios del país publicaron extensos relatos sobre su testimonio. Sunkuli respondió furioso, y amenazó con deportar a Kaiser. "Los cristianos van a estar mejor sin él en el distrito", dijo Sunkuli.
Mientras se preparaba para su segundo día de testimonio, Kaiser escribió a su hermana que esperaba que, en caso de que muriera, pudiera llegar a su funeral. "Espero que tengas el pasaporte al día", escribió.
Volvió el 11 de febrero de 1999. Los abogados se turnaron para interrogarlo ferozmente. El abogado de Sunkuli lo llamó mentiroso.
La sesión tomó horas. Luego Kaiser dijo algo que electrizó a los asistentes. Dijo que Moi mismo era el responsable de gran parte de las penurias del país, el hombre que tenía el poder para terminar con las guerras tribales, pero había preferido no hacerlo.
Los procedimientos fueron paralizados. El juez Akiwumi borró del archivo la observación sobre Moi y ordenó no publicarlo a la prensa. Declaró que Kaiser era un "entrometido" y le dijo: "Usted parece estar muy interesado en cosas que no pertenecen a los asuntos espirituales".
Kaiser salió exhausto de la sala del tribunal. Pensaba que se había mantenido firme. Escribió que había visto el temor en las caras de los abogados del gobierno. La prensa había estado allá, y la versión de Kaiser -al menos una buena parte de ella- era ahora pública. Creía que eso le proporcionaba algo de seguridad.
Sor Nuala Brangan le aconsejó no volver a Lolgorien, por motivos de seguridad.
"No te preocupes, disparo bien", respondió el sacerdote. "Voy a disparar unos balazos al aire y se echarán a correr".
Un mes después de su testimonio, Kaiser y Keane fueron perseguidos por un coche blanco en un camino de tierra a unos kilómetros de la casa parroquial. Kaiser aceleró hasta un puente, por el que sólo podía pasar un vehículo, y frenó, bloqueándolo. "Bájate", le dijo a Keane.
Kaiser llevaba su escopeta. Keane portaba un machete. Gatearon hasta una ribera boscosa, observando y esperando. Todo el mundo sabía que Kaiser andaba armado y que era un buen tirador. Los perseguidores deben haber presentido que estaban en desventaja. Pronto desaparecieron.

Ese verano, dos jóvenes mujeres de su parroquia se acercaron a Kaiser a pedirle ayuda. Dijeron que Sunkuli las había violado y dejado embarazadas cuando eran adolescentes.
Kaiser apeló a la Federación de Mujeres Abogados para proteger a las mujeres e iniciar una querella criminal. Los partidarios de Sunkuli localizaron a las mujeres en una casa de seguridad de Nairobi y las llevaron a la comisaría de policía. El mensaje era escalofriante: Te podemos encontrar en cualquier parte.
Sin embargo, Kaiser instó a las mujeres a proseguir y una de ellas presentó una querella civil que llegó a las primeras planas: "Sunkuli Acusado de Agresión Sexual". Un juez de Nairobi ordenó a Sunkuli que compareciera ante el tribunal para oír los cargos.
"Es una guerra justa", escribió Kaiser, "y estoy en el lado correcto".
Sunkuli, entonces ministro de estado y, según corrían los rumores, sucesor del presidente, acusó a Kaiser de orquestar "un escándalo sexual" y calificó las acusaciones de "políticas".
A fines de octubre, el gobierno ordenó la deportación de Kaiser, con el pretexto de que su visado había expirado. Intervino la embajada estadounidense. Kaiser se escondió en el altillo de un convento, deslizándose hacia el patio trasero por un tubo de fierro cuando llegó la policía. La orden fue revocada.
En su torpeza, el régimen estaba convirtiendo al cura en un símbolo. En marzo de 2000, la Law Society de Kenia, punta de lanza del movimiento pro democracia, le honró con un reconocimiento por sus esfuerzos en defensa de los derechos humanos. En el banquete, un orador lo comparó con el profeta Elías. Abogados y diplomáticos extranjeros hicieron cola para darle la mano. Kaiser llevaba su cuello romano y pantalones de diez dólares.
Dirigiéndose a los presentes, Kaiser declaró que Moi debería ser juzgado en La Haya por crímenes contra la humanidad.
Después del banquete, caminando por Nairobi con un compatriota de Minnesota llamado Don Beumer, Kaiser le señaló a un hombre corpulento al otro lado de la calle. "Ese es uno de los matones", dijo Kaiser. Le dijo a su amigo que no se sorprendiera si lo mataban. "Dirán que me suicidé".
Algunos sacerdotes preocupados reprocharon a Kaiser. Pedir que Moi fuera llevado a juicio era invitar represalias. Podrían matarnos, dijeron los sacerdotes. ¿No podrías calmarte, John? Más de una vez, sus superiores eclesiásticos le instaron a volver a Estados Unidos para descansar. Dijo que su trabajo estaba en Kenia.
En Lolgorien, recorrió la casa parroquial, asegurándose de que las ventanas estuvieran cerradas y las cortinas corridas. Escribió: "Han tratado de deportarme & fracasaron & me han amenazado de muerte, pero ¿qué puede significar eso para alguien que ya cumplió los 67?".

Las amenazas no cesaron.
Kaiser contó a sus amigos que un guardabosques le entregó un mensaje: Hay un plan para asesinarlo y van a plantar a un animal muerto a su lado, para que parezca que le dispararon tras sorprenderlo cazando ilegalmente.

Una piedra rompió la ventana de Kaiser. Llegó una carta anónima a su buzón. La abrió. La amenaza estaba en suajili.

Utaona moto.
Verás fuego.
Luego, el sábado 19 de agosto de 2000, le llegó una carta que le fue entregada personalmente, proveniente de un sorprendente remitente: Giovanni Tonucci, el portavoz nombrado por el Papa en Kenia, conocido como el nuncio papal. Quería ver a Kaiser en Nairobi, urgentemente.
Kaiser sabía que el nuncio no enviaba citaciones casualmente, y creía que ahora le ordenarían marcharse del país, exiliado para siempre. Lloró durante la misa del lunes en la mañana.
Esa noche, el 21 de agosto, llegó en camioneta a la casa del obispo en las afueras de Nairobi. Parecía trastornado, aterrado. Dijo que lo habían seguido. Se quejó de que no había dormido en los últimos tres días.
Su conducta durante los días siguientes sería más tarde examinada y diseccionada. Incluso después del encuentro de Kaiser con el nuncio, tras enterarse de que no lo iban a expulsar de Kenia, su ánimo cambió pronunciadamente. Jugó al croquet. Visitó el sitio donde se construía una iglesia. Lloró al almuerzo. Le dijo a un hermano de Mill Hill que se sentía "cerca de una crisis nerviosa".
El 23 de agosto se acercó a otro misionero, Paul Boyle, para decirle que pensaba que no llegaría vivo al día siguiente.
Poco después de las seis esa noche, se oyó la camioneta de Kaiser salir del recinto amurallado del obispo. Su cuarto estaba vacío, la cama deshecha. No le dijo a nadie adónde iba.
A la mañana siguiente, unos trabajadores vieron la camioneta de Kaiser atravesada sobre la cuneta en la berma de un camino a unos ochenta kilómetros al noroeste de Nairobi. En el suelo yacía Kaiser, boca arriba. Le faltaba la parte de atrás de la cabeza. La escopeta estaba a su lado.

17 de febrero de 2009
8 de febrero de 2009
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señor de la guerra dizque inocente


Señor de la guerra congoleño se declara inocente de utilizar a niños soldados en el primer juicio de la corte internacional.
[Mike Corder] La Haya, Holanda. Un señor de la guerra congoleño se declaró inocente de la acusación de reclutar a niños soldados para enviarlos a luchar y morir en guerras étnicas. Así empezó el lunes el histórico primer juicio del Tribunal Penal Internacional.
El juicio de Thomas Lubanga ha sido saludado como un hito jurídico por activistas de derechos humanos debido a que el primer juicio penal internacional se concentra exclusivamente en los niños soldados.
De traje oscuro y corbata roja, Lubanga no mostró ninguna emoción cuando su abogado francés, Catherine Mabille, dijo que se declaraba inocente de la acusación de utilizar a niños de menos de quince años en el brazo armado de su partido político, la Unión de Patriotas Congoleños entre 2002 y 2003.
La milicia de Lubanga "reclutó, adiestró y utilizó a cientos de niños para matar, saquear y violar. Los niños todavía sufren las consecuencias de los crímenes de Lubanga", dijo el prosecutor Luis Moreno-Ocampo a la comisión de tres jueces en su declaración inicial. "No pueden olvidar lo que sufrieron, lo que vieron, lo que hicieron".
Moreno-Ocampo mostró a los jueces un video del campamento de adiestramiento de Lubanga. El metraje mostraba a jóvenes y niños, algunos con uniforme militar, otros en camisetas y pantalones cortos. Otro video mostraba un camión lleno de guardaespaldas fuertemente armados, incluyendo al menos dos niños, corriendo detrás del vehículo de Lubanga.
El prosecutor dijo que los niños fueron secuestrados en camino a la escuela o cuando volvían de campos deportivos. Algunos fueron golpeados y asesinados durante el adiestramiento. Las niñas eran tomadas por ‘esposas’ de los comandantes.
"Tan pronto como a las niñas les empezaban a crecer los senos, los comandantes de Thomas Lubanga las escogían como esposas", dijo. "Llamarlas esposas es incorrecto. Eran esclavas sexuales".
Lubanga, un estudiante de psicología de 48 años, dice que era un patriota que luchó para impedir que los rebeldes y tropas extranjeras saquearan las enormes reservas minerales de la región de Ituri, en el este del Congo.
Naciones Unidas estima que hasta 250 mil niños soldados están todavía peleando en más de una docena de países en todo el mundo.
"El primer juicio del TPI deja en claro que el uso de niños en conflictos armados es un crimen de guerra y será perseguido", dijo Param-Preet Singh, abogado del Programa de Justicia Internacional de Human Rights Watch.
Lubanga fue detenido por las autoridades congoleñas en 2005 y llevado a La Haya al año siguiente. Es uno de los cuatro acusados bajo custodia del tribunal -todos ellos congoleños.
El juicio empezó mientras otros jueces del tribunal, que inició sus labores hace seis años, se preparan para decidir si emitir o no una orden de detención del presidente Omar al-Bashir, de Sudán, por cargos de genocidio en la provincia de Darfur.
Originalmente programado para empezar a fines de junio pasado, el juicio de Lubanga fue retrasado por una disputa entre jueces y fiscales sobre las evidencias confidenciales.
Naciones Unidas y otras organizaciones no-gubernamentales entregaron más de doscientas piezas de evidencia -algunos de las cuales, dijeron los fiscales, podrían ayudar a Lubanga a limpiar su nombre- a condición de que no fueran mostradas a los abogados defensores y ni siquiera a los jueces del caso.
Eso despertó temores de que Lubanga no reciba un juicio justo. Tomó tres meses de discusiones antes de que los jueces y los abogados de Lubanga obtuvieran acceso a esas evidencias.
El juicio es también el primer proceso internacional con la participación de víctimas. Un total de 93 víctimas son representadas por ocho abogados, que puede reclamar indemnizaciones.
Los fiscales planean llamar a 34 testigos y esperan redondear la acusación contra Lubanga en algunos meses.
Nueve testigos son ex niños soldados que contarán los horrores que sufrieron durante su servicio militar, dijo Moreno-Ocampo.
"Tendrán que hacer frente a crímenes cometidos en el pasado y prejuicios actuales, en particular dentro de sus comunidades", dijo. "Eso requiere valentía".

2 de febrero de 2009
26 de enero de 2009
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opositores denuncian torturas


Opositores a Mugabe denuncian en tribunales haber sido torturados. En declaraciones incorporadas en los archivos judiciales, seis activistas describieron las circunstancias de sus detenciones.
[Celia W. Dugger] Johanesburgo, Suráfrica. Jestina Mukoko, una conocida activista por los derechos humanos en Zimbabue fue obligada en el suelo de grava durante horas y le golpearon la planta de los pies con porras de caucho durante los interrogatorios, dijo en una declaración jurada presentada hace poco ante un tribunal en Zimbabue.
Chris Dhlamini, asesor del líder de oposición y futuro primer ministro de Zimbabue, Morgan Tsvangirai, dijo en una declaración jurada que le metieron la cabeza en un lavatorio lleno de agua hasta que creyó que podía morir ahogado.
Son algunos de los más de doce activistas que dicen que fueron torturados para que confesaran acusaciones falsas después de haber sido secuestrados y detenidos durante semanas por agentes del gobierno del presidente Robert Mugabe en ubicaciones secretas. Ahora están encarcelados en Harare, capital de Zimbabue, acusados de delitos relacionados con actos de sabotaje y terrorismo contra el gobierno.
Mukoko echó a llorar el jueves en un tribunal de Harare cuando contó su detención. "Fui secuestrada, torturada, agredida sexualmente", declaró, según la Associated Press.
Con todavía otra ronda de negociaciones sobre la distribución de poder entre Mugabe y Tsvangiari la próxima semana, Tsvangirai exigió el jueves que todos los detenidos por cargos que calificó de "fabricados" sean liberados antes de que considere gobernar Zimbabue con Mugabe. Once de sus colaboradores están todavía desaparecidos "en medio de crecientes temores por su seguridad", dijo.
"Aquellos secuestrados y detenidos ilegalmente deben ser liberados incondicionalmente si acaso se quiere que se consuma el acuerdo", dijo en una rueda de prensa en Johanesburgo.
Hace cuatro meses Mugabe y Tsvangirai firmaron un acuerdo para distribuir el poder que pondría fin a casi cuatro décadas de gobierno de Mugabe como presidente incontestado de Zimbabue, donde la economía y los servicios públicos están ahora en ruinas. En marzo, Tsvangirai superó a Mugabe en las urnas, pero se retiró de la campaña en julio antes de la segunda vuelta debido a los ataques organizados por el estado contra sus partidarios.
Tsvangirai dijo que volvería el sábado a Zimbabue, después de una ausencia de dos meses. Y cuando él y Mugabe se reúnan la próxima semana, con los presidentes actual y pasados de Suráfrica como mediadores, dijo, insistirá en que antes de la formación de un nuevo gobierno se debe liberar a los secuestrados y se deberán dictar nuevas leyes para que él y su partido supervisen a las fuerzas de seguridad junto con Mugabe y su partido gobernante, ZANU-PF.
Los rivales de Mugabe están tratando ahora de entender por qué uno de los presidentes más arteros de África envió a sus agentes habituales a reprimir a los activistas de oposición poco después de que accediera a compartir el poder con Tsvangirai.
¿Cree realmente que sus rivales en política y en la sociedad civil están utilizando a Botsuana, cuyos líderes son sus críticos más declarados en la región, como base para adiestrar a guerrilleros empecinados en su derrocamiento, pese a los categóricos desmentidos de los acusados?
Ciertamente eso es lo que sugieren los aliados de Mugabe. Johannes Tomana, nombrado hace poco fiscal general por Mugabe, dijo al diario estatal esta semana que las evidencias reunidas hasta el momento probaban que Mukoko, la líder de derechos humanos, "es una amenaza para la sociedad y no debería ser dejada en libertad".
Y el ministro de Seguridad del Estado, Didymus Mutasa, en una declaración entregada al tribunal, rehusó identificar a los agentes que investigaban a los activistas, por razones de seguridad nacional.
Los críticos de Mugabe dicen que su gobierno fabricó la acusación con los activistas para difamar a Botsuana y debilitar a sus peores adversarios. ¿Pero con qué fin?
Algunos en el opositor Movimiento por el Cambio Democrático creen que Mugabe quiere instilar temor en sus organizadores de base en caso de que el acuerdo fracase. Otros dicen que Mugabe, que ha recurrido a la violencia para mantenerse en el poder durante todo su gobierno, puede estar tratando de obligar a Tsvangirai para que acepte su papel como colega más joven sin grandes poderes.
Suráfrica, el país más poderoso de la región, está presionando a Tsvangirai para que acepte la posición de prime ministro, mientras que Mugabe continúa como presidente, y preocuparse más tarde sobre cómo sacar a su gente de la cárcel.
"Seguimos creyendo que el acuerdo debe ser implementado inmediatamente", dijo Thabo Masebe, portavoz del presidente Kgalema Motlanthe, de Suráfrica.
Pero muchos en la oposición creen ahora que fue un error que Tsvangirai firmara en septiembre el acuerdo para compartir el poder, antes de conseguir un acuerdo para que su partido controle al menos una rama de las fuerzas de seguridad del estado, la policía.
Tsvangirai, que cree que Suráfrica ha tomado partido por Mugabe, parece ahora mucho más insistente en su posición de que firmó un acuerdo que dejó sin resolver importantes cuestiones.
El destino de los secuestrados depende ahora de los jueces zimbabuenses, muchos de ellos comprometidos con el gobierno de Mugabe tras recibir granjas, televisores, coches y otros artículos de lujo de regalo.
Los abogados de los activistas han alegado, de momento sin éxito, que sus representados son las verdaderas víctimas, mientras que sus secuestradores en los servicios de seguridad del estado deberían estar tras las rejas.
Beatrice Mtetwa, la más importante abogado de derechos humanos de Zimbabue, dijo que su representada, Mukoko, presidente del Proyecto Paz para Zimbabue, estaba tratando de mantener las apariencias, pero en realidad estaba terriblemente traumatizada. Fue detenida la madrugada del 3 de diciembre, en pijama, y no fue vista durante tres semanas.
"Ya no es la misma persona que se llevaron", dijo Mtetwa.
Abogados de los acusados dicen que las autoridades les han permitido visitar a sus clientes sólo brevemente y en presencia de funcionarios de la cárcel, de modo que sus versiones sobre lo ocurrido en cautiverio fueron entregadas rápidamente y con temor. El tono de las declaraciones es a menudo forzado, y las descripciones incompletas. Sin embargo, se puede percibir el horror de lo que han tenido que soportar.
Dhlamini contó que le ataron las piernas, le amarraron las manos por la espalda y fue "suspendido a considerable distancia del suelo" para ser golpeado en todo el cuerpo con algo "como una lata con piedras dentro" con la que golpearon haciéndola girar.
"Me sentí como Jesús se ha de haber sentido en la cruz, y estaba completamente delirante", dijo.
Mukoko, cuya organización sin fines de lucro ha documentado flagrantes ataques de fuerzas del estado contra dirigentes de oposición antes de la elección, describió prolongadas golpizas contra las plantas de sus pies, una forma de tortura llamada falanga.
"Me dijeron que pusiera los pies sobre la mesa, y empezaron a golpearme", dijo. "Pero entonces parece que se hizo tarde y mis interrogadores hicieron una pausa y volvieron al cabo de algunas horas. Algunos se pusieron a beber mientras miraban a los otros que continuaron golpeándome en los pies".

30 de enero de 2009
15 de enero de 2009
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se extiende guerra en uganda


La guerra en Uganda se extiende hacia el Congo, donde campesinos congoleños sufren la ira de los soldados del Ejército de Resistencia del Señor.
[Edmund Sanders] Primero mataron a los hombres, a menudo sin camisas ni pantalones y con sus brazos amarrados a la espalda. Para no gastar balas, los atacantes trocearon con machetes a sus víctimas o destrozaron sus cráneos a palos.
"Ocurrió paso a paso", dijo Joseph Kpayajadia, 58, un campesino que se ocultó entre los matorrales y presenció el asesinato de su hijo. "Los concentraron formando grupos y se llevaban cinco a seis a la vez para matarlos en la selva. Luego volvían a por más".
Para cuando terminó la carnicería, había 254 personas muertas en nueve aldeas, producto de una serie de ataques que duraron varios días, según funcionarios en Doruma.
Este conflictivo área del nordeste del Congo, donde los conflictos regionales han causado la muerte de más de cino millones de personas en los últimos doce años, es ahora el territorio de uno de los movimientos subversivos más prolongados e más insidiosos de África: el Ejército de Resistencia del Señor, una temible organización de la vecina Uganda que exige una adherencia estricta a los Diez Mandamientos.
El mes pasado, una sorpresiva ofensiva conjunta de los ejércitos de Uganda, Sudán y la República Democrática del Congo trató de aplastar la milicia rebelde, notoria por su utilización de niños en su guarida en el Congo.
Pero antes que matar al elusivo líder del ERS, Joseph Kony, los ataques aéreos contra una media docena de rebeldes en campamentos en la densa selva aquí sólo parecen haber dado nueva vida a un viejo conflicto, convirtiendo la guerra civil en Uganda en una creciente crisis regional.
Después de una pausa en los ataques en los últimos dos años, el ejército rebelde -que se estima cuenta con seiscientos combatientes- se ha dividido en pequeños grupos, dispersándose en diferentes direcciones y aterrorizando a la población civil con las masacres más brutales cometidas por la milicia desde 2004.
Organizaciones humanitarias temen que este foco de resistencia en el norte del Congo esté presenciando el mismo tipo de catástrofe que sufrió Uganda hace diez años. Víctimas congoleñas dicen que la ofensiva militar los ha puesto en la mira de la guerra de sus vecinos.
Los rebeldes escogieron Navidad para iniciar sus represalias, debido a que sabían que encontrarían grandes concentraciones de personas celebrando.
No perdonaron ni a mujeres ni a niños. El padre de una niña de cuatro años, que yacía tieso en el sucio colchón de un hospital, dijo que los atacantes le rompieron el cuello y luego la arrojaron encima de los cuerpos de su madre y dos hermanos. En camas cercanas, otros sobrevivientes, todavía temblando de dolor y miedo, estaban tan traumatizados que han sido incapaces de hablar desde el ataque, dijeron empleados del hospital.
En la región al menos quinientas personas han sido asesinadas y cien mil se han visto desplazadas en los últimos cuatro meses, la mayor parte en el Congo, pero también en el sur de Sudán y en la República de África Central. Según funcionarios, el número de víctimas podría llegar a mil, pero es difícil llevar la cuenta debido a la inaccesibilidad de las densas selvas del Congo y a las condiciones de seguridad. En algunos pueblos, las víctimas todavía yacían donde fueron asesinadas debido a que los campesinos tienen demasiado miedo como para volver.
Representantes del ERS negaron responsabilidad por las masacres en Doruma y otras aldeas, diciendo que habían sido cometidas por una unidad renegada del ejército de Uganda en un intento de responsabilizar a los rebeldes.
"Por un lado, el ejército ugandés dice que el ERS ha sido eliminado, así que ¿cómo podría el ERS haber retornado a matar en esas zonas?", dijo el negociador rebelde David Matsanga.
Las grandilocuentes aspiraciones de Kony sobre la revolución religiosa y la lucha por los marginados habitantes del norte de Uganda desaparecieron hace mucho tiempo, y su organización es conocida por haber secuestrado a más de veinte mil niños ugandeses en los últimos veintidós años, convirtiéndolos en máquinas de matar y esclavos sexuales mediante una combinación de lavado de cerebro, intimidación y drogas.
En 2005 el Tribunal Penal Internacional emitió una orden de arresto de Kony. En los últimos dos años, el líder de la guerrilla ha coqueteado con firmar un tratado de paz, pero las conversaciones se han estancado por su exigencia de que se le otorgue inmunidad.
Durante la mayor parte de ese tiempo, las fuerzas de Kony se han estado ocultando en el Parque Nacional de Garamba, en el Congo, sin realizar grandes actividades y atacando sólo ocasionalmente a la población local. Pero en septiembre, grupos del ERS aumentaron sus ataques contra varias aldeas cerca de la frontera con Sudán, secuestrando a noventa niños, cincuenta de ellos de una misma escuela.
Hasta hoy, cerca de 350 niños han sido secuestrados en el Congo, la mayoría de ellos capturados después de la ofensiva del 14 de diciembre, dijeron organizaciones de ayuda. En algunas aldeas congoleñas, los niños asustados se niegan a ir a la escuela y abandonan sus casas durante la noche, para dormir solos en la selva.
"Piensan que si se dispersan, no podrán ser detectados tan fácilmente por el ERS", dijo Genti Miho, director de la oficina de UNICEG en Bunia.
De momento, la campaña multinacional ha sido elogiada por Naciones Unidas, Estados Unidos y otros países de la comunidad internacional, que dicen que se han cansado de las promesas incumplidas de Kony.
Pero los congoleños dicen que están sufriendo las repercusiones de las campañas ugandesas contra un enemigo de toda la vida, y culpan a su gobierno por no procurarles una mejor protección.
"Somos inocentes", dijo Bertra Bamgbe, 35, una campesina de Faradje, a la que le cortaron la cara con un machete. Perdió la mitad de su oreja izquierda y tiene un tajo de cuatro pulgadas en su mejilla. "¿Por qué no nos protege nadie?"
Felicien Balani, líder cívico de Dungu, donde se han reunido muchas familias desplazadas, dijo que el ERS es "un problema de Uganda. ¿Así que por qué están matando a congoleños? Los gobiernos no planearon esto muy bien y nosotros estamos pagando el precio".
Las perspectivas de una victoria militar rápida parecen estar desvaneciéndose después de algunos reveses iniciales. Hace una semana que las fuerzas ugandesas no atacan con tropas terrestres los campamentos rebeldes bombardeados previamente, lo que hado a los rebeldes del ERS más tiempo para huir.
Las tropas congoleñas no lograron llegar a zonas civiles para prevenir ataques en represalia. De acuerdo a un secuestrado por el ERS, que sobrevivió un ataque aéreo, los rebeldes sabían que serían atacados.
"Nos enteramos de que nos atacarían", dijo la mujer, 20, que fue secuestrada a principios de 2008 en su aldea en la República de África Central. Ahora con un embarazo de ocho meses, la mujer, cuyo nombre se mantiene en reserva por su seguridad, escapó por poco debido a que estaba recogiendo agua cuando atacaron los helicópteros ugandeses.
Su ‘marido’ y otros combatientes del ERS habían abandonado el campamento en la mañana de ese mismo día, dejando atrás a las secuestradas y a los niños que son obligados a cultivar campos cercanos.
"Había mucha gente en los campamentos cuando fueron bombardeados", dijo.
Su historia subraya la necesidad de que los militares muestren moderación, dijeron algunos socorristas, porque la mayoría de los combatientes del ERS son niños secuestrados que han sido obligados a participar en la guerra.
"Aquí los perpetradores son también víctimas", dijo Margarida Fawke, de la agencia de refugiados de Naciones Unidas.
El portavoz del ejército ugandés, mayor Paddy Ankunda, defendió la campaña diciendo que habían requisado alijos de armas, alimentos almacenados y otros suministros. "Hemos podido anular la capacidad de hacer guerra del ERS", dijo Ankunda.
Pero la campaña ha dejado a los campesinos congoleños amargados y desconcertados. La mayoría de ellos no había oído hablar nunca del ERS y no sabían nada de los ataques aéreos hasta que los rebeldes saciaron su ira con ellos.
Leontine Imipavulu estaba bañando su hijito de semanas el día de Navidad cuando una pandilla de hombres en uniforme atacó la choza de barro de su familia. Se ocultó tras unos matorrales a unos metros de distancia, apretando al niño contra su pecho para impedir que llorara, mientras los desconocidos mataban a machetazos a su marido y sus padres.
"Yo fui la única que sobrevivió de mi familia", dijo. "Sólo yo y el bebé. Todavía no sé quiénes eran ni qué querían".

22 de enero de 2009
11 de enero de 2009
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murió larry devlin


Jefe de estación de la CIA en el Congo. A los 86. Fue el espía que se negó a obedecer una orden para asesinar al primer ministro congoleño, Patricio Lumumba con pasta de dientes envenenada.
[Joe Holley] El 6 de diciembre murió en su casa de Lake of the Woods, Virginia, Larry Devlin, jefe de estación de la CIA en el Congo que afirmaba haberse negado a obedecer una orden para asesinar al derrocado primer ministro Patricio Lumumba durante los caóticos primeros días después de recuperada la independencia. Tenía 86 años y sufría de un enfisema.
En el otoño de 1960, poco después de asumir sus tareas como jefe de estación en Leopoldville (ahora Kinshasa), recibió un paquete con venenos que incluían un tubo de pasta de dientes tóxica y contó que le ordenaron realizar un asesinato político.
En la época, las facciones congoleñas estaban luchando por el control del nuevo país. Estados Unidos y la Unión Soviética estaban maniobrando por hacerse con influencia sobre los abundantes recursos del Congo, especialmente cobalto, un mineral esencial para la construcción de misiles.
La CIA bajo el director Allen Dulles decidió que el primer primer ministro elegido democráticamente del país, Lumumba, podía convertirse en el Fidel Castro de África y debía ser eliminado.
En una entrevista este año, Devlin contó al New York Times que no tenía escrúpulos sobre el uso de sobornos, extorsión y otras tácticas de la Guerra Fría -"era parte del juego’, dijo- pero matar a Lumumba, dijo, habría sido desastroso para Estados Unidos.
Retrocedió, y Lumumba murió a manos de sus rivales en 1961.
José Mobutu se hizo con el Congo gracias a un golpe de estado respaldado por Estados Unidos en 1965 y gobernó el país (rebautizado como Zaire) durante 32 años. Aunque Mobutu se corrompió y convirtió en un autócrata, Devlin dijo que pensaba que el trabajo de la CIA en África ayudó a impedir que la Unión Soviética se apoderara de gran parte del continente.

Lawrence Raymond Devlin nació el 18 de junio de 1922 en Concord, New Hampshire, y creció en San Diego. Sirvió en el ejército en África del Norte y Europa durante la Segunda Guerra Mundial.
Estudió en la Universidad de San Diego en 1947 y se inscribió en un programa doctoral en relaciones internacionales en Harvard. Fue reclutado por la CIA cuando estaba en la universidad y se incorporó a la agencia en 1949.
De 1957 a 1960 fue asignado a Bruselas -Bélgica era la potencia colonial en el Congo-, donde conoció a Mobutu. Llegó a Leopoldville como jefe de estación diez días después de que el Congo obtuviera su independencia.
En su libro, ‘Chief of Station, Congo’ (2007), recuerda cómo, en su primer día de trabajo, fue secuestrado en la calle por "una banda de soldados amotinados de cacería". Borrachos tras beber whisky y colocados con marihuana, lo sometieron a un improvisado juego de ruleta rusa.
Cinco veces jaló un soldado el gatillo de una recámara vacía. "En ese momento, yo estaba indudablemente algo loco", escribió Devlin. Escribió que recordaba haber gritado un improperio cuando el soldado "jaló el gatillo por sexta y última vez".
El único ruido que oyó fue la explosiva risa de los soldados, que lo invitaron a un corto de whisky, lo escoltaron hasta su hotel y "siguieron su camino buscando más diversiones".
Eso fue en julio. En septiembre recibió un mensaje diciéndole que se preparara para recibir una importante visita de "Joe, de París", el nombre en clave, según se enteraría, de Sidney Gottlieb, el experto en venenos de la agencia. (Más tarde, Gottlieb llamaría la atención de la opinión pública por su participación en experimentos de la CIA en proyectos de control mental con LSD).
Gottlieb le dijo a Devlin que el asesinato de Lumumba había sido aprobado por el presidente Dwight D. Eisenhower, aunque admitió que no había visto las órdenes del presidente. El dentífrico con veneno, explicó, había sido escogido para hacer creer que Lumumba había muerto con causas naturales.
Le sobreviven su esposa durante veintitrés años, Mary Rountree Devlin; una hija de su primer matrimonio, Maureen Devlin Reimuller, de Great Falls, Virginia; dos hijos adoptivos, Meredith Rountree, de Austin, Texas, y Ashley Rountree, de París; tres nietos; y una biznieta.

2 de enero de 2009
23 de diciembre de 2008
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el origen de los problemas


En Kenia, la tierra la poseen mayormente los políticos que se apoderaron, mediante tratos dudosos, de millones de hectáreas en los últimos 45 años. Ahora el nuevo ministro de Tierras tiene un ambicioso plan de redistribución. Las guerras por la tierra.
[Edmund Sanders] Limuru, Kenia. Desde su campamento de tiendas de refugiados, James Karanga Ngugi hervía de rabia mientras escudriñaba el vasto horizonte de tierras en barbecho, y baldía -la mayor parte propiedad de las más prominentes familias políticas.
"¿Por qué tienen ellos tanto y yo no tengo nada?", preguntó.
Su abuelo vivía aquí en prosperidad, hasta que fue desplazado por los colonos británicos. Después de la independencia, los campesinos recuperaron el control, pero fueron pronto nuevamente expulsados, esta vez por un rico hombre de negocios keniata con lazos con el presidente.
En compensación, Ngugi recibió cuatro hectáreas de tierra a unos ciento sesenta kilómetros de distancia, pero los residentes allá, que pertenecen a otra tribu, siempre resintieron su presencia. Durante los disturbios electorales a fines del año pasado y principios de este que ocuparon las primeras planas en todo el mundo, su casa y su local comercial fueron incendiados.
"Ahora tengo que empezar de nuevo, y desde la nada", dijo.
A medida que este país del este de África lucha para sobrevivir en medio de la escasez de alimentos, una economía averiada y las heridas de la violencia post-electoral, existe un creciente consenso de que hay un problema en el origen de los males de Kenia.
Es la tierra.
En todo África, los conflictos por la tierra siguen hirviendo, en gran parte como consecuencia del colonialismo europeo. Durante la mayor parte de la historia de África, una población de poca densidad y tradiciones tribales explicaron la abundancia de tierras donde las disputas eran raras. Los colonos introdujeron conceptos ajenos, tales como fronteras y propiedad privada. Desde que hace cincuenta años la independencia empezara a barrer el continente, los novatos gobiernos africanos han luchado para reparar las injusticias, a veces con desastrosos resultados. La economía de Zimbabue fue devastada por la campaña del presidente Robert Mugabe para apoderarse de la tierra de los granjeros blancos y redistribuirla.
Kenia sufrió un legado colonial similar, pero ha tomado una ruta diferente. Como es el caso en muchos países africanos, más de la mitad de la tierra de Kenia es poseída por una minoría de las familias más ricas, incluyendo a algunos extranjeros blancos. Pero a diferencia de Zimbabue y Suráfrica, donde la lucha ha opuesto a blancos contra negros, aquí la tierra la poseen en su mayor parte políticos keniatas, que se han apoderado, en los últimos 45 años, de millones de hectáreas de las mejores tierras agrícolas mediante transacciones inmobiliarias dudosas.
"Este es realmente un problema entre nosotros, como keniatas", dijo Paul Ndungu, director de un histórico informe de 2004 que investigó más de cuarenta años de fraudes. "Son los keniatas contra los keniatas".
Los conflictos tribales que costaron la vida a más de mil personas después de la polémica elección presidencial de diciembre pasado, surgieron en gran parte como antiguas disputas sobre la tierra. Mientras Kenia lucha para alimentar a su gente, enormes extensiones de sus mejores tierras agrícolas permanecen baldías y subutilizadas -y las quejas por la tierra siguen sin resolución.
"La paz, tranquilidad y estabilidad en Kenia dependen de la solución del problema de la tierra", dice Odenda Lumumba, director de la Kenya Land Alliance, una organización que promueve la reforma agraria.
El recién instalado ministro de Tierras, James Orengo, ex estudiante y activista que fue encarcelado en 1982 por colaborar con un intento de golpe de estado, ha prometido atacar a los ricos y poderosos de Kenia con una nueva y progresista política agraria.
Entre otras cosas, quiere reclamar la devolución de las tierras públicas robadas, prohibir que los extranjeros posean tierras, imponer impuestos a las tierras baldías y aumentar los derechos de los campesinos que las ocupen ilegalmente.
Orengo también quiere automatizar el antiguo sistema de registros agrarios de Kenia, que no ha cambiado desde la época colonial. Los documentos de papel han facilitado la falsificación y la corrupción. Cuando un turbio agente inmobiliario fue investigado hace poco, según la policía cubrió sus huellas incendiando la oficina local de bienes raíces, donde se guardaban las escrituras.
La oposición está ganando fuerzas. Los críticos han apodado a Orengo "el decano del radicalismo". Un grupo de terratenientes dijo que sus "ideologías marxistas" conducirían al "cataclismo económico de Zimbabue".
Pero el principal obstáculo de Orengo provendrá probablemente de dentro del gobierno. Los miembros de la élite política han sido los usurpadores de tierra más importantes del país en las últimas décadas, que es la razón por la que Kenia no ha intentado nunca realizar una reforma agraria o una redistribución de la tierra, como hicieron otros países africanos. Muchos de esos políticos siguen en el poder.
"La gente responsable de este caos todavía está en el gobierno y han recurrido a su influencia para retrasar la reforma", dijo Ndungu.
Su informe menciona a algunos de los políticos más poderosos del país como los que se han beneficiado de transacciones ilegales, incluyendo a miembros del parlamento, ministros, jueces, comandantes militares y concejales. Los líderes de la oposición también han sido señalados, incluyendo al primer ministro Raila Odinga, cuya familia, según se dice, se aprovechó de una transacción sospechosa sobre una planta de melaza.
El estudio trazó más trescientas mil escrituras ilegales y llamó al gobierno a expropiar casi doscientas mil hectáreas. Pero las recomendaciones no fueron implementadas nunca. De hecho, los ministros de Tierras previos trataron inicialmente de borrar los nombres de los políticos antes de hacer público el informe.
Las patentes disparidades en la riqueza agrícola de Kenia empezó con los colonos británicos, los que expulsaron a miles de familias de las ricas tierras altas, de modo que los granjeros blancos pudieran cultivar café y té.
Antes que resolver las disputas por la tierra después de obtener la independencia, los padres fundadores de Kenia agravaron las injusticias, apoderándose del botín de los colonos que se marchaban y continuaron con los programas de reasentamientos forzados. Todos los presidentes de Kenia han sido acusados de acumular extensas propiedades agrícolas, de asignar propiedades públicas a miembros de su tribu y de repartir títulos de propiedad para comprar votos.
La familia de Jomo Kenyatta, el George Washington de Kenia, se hizo con doscientas mil hectáreas, mientras que su sucesor, Daniel Arap Moi, posee más de cuarenta mil hectáreas, según constató una comisión del gobierno. El actual presidente, Mwai Kibaki, posee cerca de doce mil hectáreas, según informes locales.
Mientras el actual grupo de políticos keniatas permanezca en el poder, Ndungu no ve ninguna posibilidad de una reforma agraria. "No veo la voluntad política", dijo.
Orengo reconoció que se le hará cuesta arriba, especialmente entre los miembros del gabinete. Pero prometió empezar a reclamar las tierras públicas, empezando con los compradores y arrendatarios de tierras nacionales que no han desarrollado las propiedades en conformidad con sus contratos.
Está amenazando con no renovar los contratos de arrendamiento de 99 años con extranjeros y descendientes de colonos blancos, especialmente si no han maximizado el uso de la tierra o no cumplen con las condiciones de los contratos. Quiere cancelar todos los contratos de 999 años, que fueron negociados hace un siglo por los británicos con jefes tribales ignorantes.
Orengo dijo que pensaba redistribuir las tierras expropiadas entre los campesinos sin tierra o desplazados, y dijo que no dudará en avergonzar o molestar a los políticos que se nieguen a devolver las tierras mal habidas.
"Esta es una patata política caliente", dijo. "Pero algunos críticos encuentran difícil hablar en voz alta. Hay gente en el gobierno que se aprovechó inmensamente. Es una obscenidad".

edmund.sanders@latimes.com

 

2 de enero de 2009
©20 de diciembre de 2008
©los angeles times
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