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áfrica

niños atrapados en fuego cruzado


Cientos de niños keniatas atrapados entre una bestial milicia y el ejército.
[Katharine Houreld] Bungoma, Kenia. Decenas de niños asustados llenaron silenciosamente el cuarto desnudo, sus ojos fijos en las grietas del suelo. Uno por uno, en voz baja, contaron que habían sido torturados por hombres del ejército keniata porque les sospechaban de estar ayudando a los rebeldes. Contaron que habían sido golpeados y tuvieron que darse la mano con cadáveres. Dijeron que fueron obligados a arrastrarse a través de túneles de alambre de púa y les apretaron los genitales con tenazas.
Luego los niños se sacaron sus camisas. Como granos de arroz, blancas cicatrices cruzaban de un lado y otro la piel oscura de sus espaldas. Algunos todavía sangraban.
Estos niños son algunos de los cientos de chiquillos en el oeste de Kenia que han sido torturados, muchos de ellos dos veces, primero por una milicia en su pueblo y luego por el ejército enviado a combatirla. La milicia obligó a niños de hasta diez años a convertirse en soldados. En una extendida represión, el ejército hizo una redada de miles de niños y adultos y los torturaron, dicen organizaciones de derechos humanos.
La Associated Press entrevistó a algunos de los niños en un centro de detención, llevados allá por un abogado de derechos humanos sin el conocimiento de funcionarios de gobierno ni militares. Los niños son retenidos allí desde abril por cargos de fomentar actividades bélicas. Su identidad y ubicación son mantenidas en reserva para protegerles de posibles represalias.
En marzo, el gobierno keniata envió su ejército a reprimir a la milicia Fuerza de Defensa de la Tierra Sabaot, llamada así por la región de Sabaot. Pero en lugar de perseguir a los milicianos que se esconden en las selvas de Mount Elgon, el ejército detuvo a miles de hombres y niños de las aldeas adyacentes.
Desde entonces han salido a superficie tantos informes de asesinatos y torturas que la comisión de derechos humanos de Kenia está llamando a procesar al ministro de Defensa y altos mandos de la policía y el ejército. También ha habido llamados a que Estados Unidos y Gran Bretaña suspendan varios millones de dólares en ayuda y adiestramiento para el ejército keniata.
Estados Unidos ha pedido 7.45 millones de dólares (4.7 millones de euros) para objetivos de "paz y seguridad" en Kenia en 2009. Gran Bretaña está contribuyendo este año con más de 1.96 millones de dólares a la lucha contra el terrorismo y ha destinado 7.83 millones de dólares para proyectos de seguridad regional en Kenia.
Representantes de ambos gobiernos en Kenia dijeron a la Associated Press que están profundamente preocupados por los informes de maltratos y han llamado a investigar al gobierno keniata. Pero el gobierno dice que el ejército no ha recibido quejas.
La milicia en Mount Elgon se formó por problemas sobre la tierra, el mismo problema que encendió la violencia en Kenia después de las disputadas elecciones de diciembre. Campesinos que habían trabajado en esos campos desde que eran niños fueron expulsados en el marco de un programa del gobierno, y los ricos se apoderaron de terrenos que habían sido reservados para los campesinos sin tierra.
La milicia floreció en las densas selvas de Mount Elgon, donde viven 166 mil personas en míseros poblados junto a un volcán inactivo. Algunas familias alentaron a los niños a incorporarse a la milicia con la esperanza de obtener tierras en la comuna de 950 kilómetros cuadrados. Otros tuvieron que optar entre pagar hasta cincuenta mil chelines (830 dólares, 525 euros) a la milicia -lejos del alcance de la mayoría-, entregar a un hijo, o morir.
Un niño de quince se incorporó al grupo el año pasado para proteger a su familia, después de que la milicia hubiera asesinado a su tío.
"Lo mataron frente a mí", dijo el niño. "Él estaba suplicando por su vida, de rodillas".
Pasó dos meses en la selva y aprendió a disparar junto con otros ocho niños. Vio cómo obligaron a un niño a matar a su propio padre. Huyó con otro niño de diez cuando la milicia empezó a entregar víctimas que los reluctantes reclutas debían matar.
Algunos niños simplemente desaparecieron. Cuando volvía de la escuela, una niña de diecisiete fue secuestrada por cuatro hombres armados de machetes. Su padre se atrevió a ir al escondite de los soldados en la selva y preguntar por su hija desaparecida, que cantaba en el coro de la escuela y soñaba con estudiar medicina.
"Me amenazaron de muerte si seguía investigando", dijo, su voz repentinamente áspera. "No pude protegerla".
Su nombre se agregó a una lista cada vez más larga de niños desaparecidos en el ajado cuadernos de Job Bwonya, del capítulo de Kenia Occidental de Human Rights Watch.
El primer secuestro que apuntó fue el de Joshua, un niño de diecisiete, capturado en julio de 2006. Cuando corrió la voz de que estaba apuntando los casos de niños desaparecidos, otras veinticuatro familias se acercaron a él. Pero cuatro semanas más tarde, los padres de Joshua, su hermano y una hermana de nueve años, fueron matados a balazos en su maizal, y el flujo de familias que denunciaban la desaparición de sus hijos se convirtió en un hilo.
De momento Bwonya ha apuntado 42 casas de niños desaparecidos, probablemente secuestrados por la milicia, y ha oído de muchos más. Un sondeo parcial de las escuelas hace un año y medio constató la desaparición de 650 niños. Lúgubres recortes de periódicos cubren las paredes de contrachapado de su oficina sin ventanas y angustiados testimonios sobre asesinatos asoman de abultados expedientes.
"Las familias no se atreven a hablar", dijo. "Nadie puede protegerles".
Ahora Bwonya tiene otro cuaderno ajado con una nueva serie de casos de niños desaparecidos, esta vez de niños que según los vecinos del pueblo fueron detenidos por el ejército keniata. Dijo que los testimonios de los niños liberados por los militares, indican que al menos veintidós niños murieron durante las torturas. Bwonya mismo huyó del país por unas semanas después de que llegaran los militares preguntando por él.
Los militares en Mount Elgon no hablan con los periodistas. Pero Bogita Ongeri, portavoz del ministerio de defensa en Nairobi, negó las acusaciones sobre las torturas. Dijo que el ejército ha investigado los casos desde que se dieran a conocer esas denuncias, pero que ningún soldado ha sido encontrado culpable de esos actos. Agregó que el ejército ha tratado por lesiones a más de siete mil personas, aunque sus heridas se las provocaron espontáneamente los propios campesinos tras confundirlos con milicianos.
"Ningún militar ha estado implicado en torturas", dijo. "No tenemos ningún niño en nuestros centros de detención militar. No han estado allá".
Pero los niños entrevistas por la AP dijeron que los soldados los habían sacado de la escuela o detenido en las calles, torturado y enjaulado durante días sin alimento ni agua. Algunos tuvieron que cargar cadáveres en helicópteros que volaron en dirección de la selva y volvieron vacíos.
Martin Wanyonyi, otro abogado de derechos humanos, tiene informes sobre setenta niños que se encuentran detenidos, incluyendo algunos cuyos nombres fueron confirmados por los afligidos padres de los desaparecidos. Wanyonyi dijo que en una visita reciente a la cárcel de Bungoma descubrió a decenas de niños torturados entre los 1.400 reos hacinados en celdas diseñadas para unos cuatrocientos presos. El hedor del alcantarillado envolvía a la prisión, dijo, y los gemidos y quejidos llenaban la oscuridad.
También mostró a la AP informes que documentan las lesiones de cuatro niños torturados tan salvajemente que las autoridades de la cárcel se negaron a aceptarlos, insistiendo en que debían ser enviados a un hospital.
Entretanto, el problema de la tierra sigue sin resolver. Y los poderosos políticos que según aldeanos y ex combatientes dirigen las milicias, siguen en libertad.
"El conflicto en Mount Elgon es el peor ejemplo de la ponzoñosa relación entre la política, los problemas por la tierra y la violencia en Kenia", dijo Ben Rawlence, de la neoyorquina Human Rights Watch.
Si los niños son liberados, algunos pueden volver a reencontrar a sus familias. Otros no tienen padres -que han sido asesinados o por la milicia o por los militares.
La paz y la justicia están más allá de las esperanzas de la mayoría de las familias. Las madres dicen que todavía tratan de oír, entre el golpeteo de la lluvia en los tejados de hojalata y el viento que susurra entre las plantas de maíz, las voces de sus hijos desaparecidos.
Algunos niños cicatrizados podrán cojear hasta sus casas por los serpenteantes senderos de la montaña. Otros no lo harán nunca.

11 de julio de 2008
25 de junio de 2008
©fwdailynews
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nueva ruta de la cocaína


Cómo una pequeña nación africana se convirtió en un centro clave para el contrabando de cocaína colombiana, y el precio que está pagando.
[Kevin Sullivan] Quinhamel, Guinea-Bissau. Filipe Dju está sentado, deprimido, sobre las enmarañadas raíces de un mangle, con una cadena con candado alrededor de su tobillo, que lo ata a otros cuatro cocainómanos en rehabilitación.
Hace tres meses, la familia de Dju lo trajo al primer centro de rehabilitación por abuso de drogas de este pequeño y cenagoso país de África occidental, porque se había vuelto violento con el uso de una droga que aquí hasta el 2005 apenas era conocida.
"Mi madre dijo que mi cabeza no estaba funcionando bien", dice Dju, 40, cuya vida y país han sido destrozados por los carteles de la droga colombianos que han virado su interés desde los dólares cada vez menos fuertes de los estadounidenses a los valiosos euros de los europeos.
Según personeros norteamericanos, europeos y de Naciones Unidas, Guinea-Bissau, uno de los países más pobres del mundo, se ha convertido en un importante centro para el trasbordo y epicentro en África para el comercio de cocaína. El cambio demuestra que el flujo de las drogas se adapta no solamente a las presiones policiales, sino también a las fuerzas de la economía global.
Los funcionarios dijeron que algunas de las organizaciones criminales más ricas del mundo están explotando países que apenas funcionan, como Guinea-Bissau, que cuenta con apenas 63 agentes de la policía federal y no tiene cárceles. Gran parte de su población vive todavía en casas con techo de paja y suelos de tierra, sin electricidad ni agua potable.
"África occidental está siendo atacada", dice Antonio María Costa, director de la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito, que visitó Guinea-Bissau hace poco y concluyó que está tan abrumada por el comercio de cocaína que se podría convertir en el primer "estado narco" de África.
Según los funcionaros, los carteles colombianos están respondiendo a la presión por cocaína en países como Gran Bretaña, España e Italia, donde la demanda ha subido enormemente a medida que se estabiliza el mercado estadounidense.
Costa dijo que la fuerte divisa europea, donde la cocaína se vende al doble que en Estados Unidos, es un "imán" para los carteles. En allanamientos policiales en Colombia se encuentran cada vez con mayor frecuencia maletas llenas de euros en lugar de los tradicionales dólares.
Mientras misteriosos extranjeros recorren ociosos las desastradas calles de Guinea-Bissau en exclusivos Porsches y todoterrenos BMW, el millón y medio de habitantes del país está sufriendo los efectos de las fluctuaciones monetarias globales y porque los "banqueros y modelos europeos quieren esnifar", dijo Costa.
"Ni siquiera es nuestro problema -aquí no producimos cocaína, pero está destruyendo nuestro futuro", dice Lucinda Barbosa, directora de la policía judicial en la ex colonia portuguesa.

Funcionarios de gobierno dijeron que los contrabandistas de drogas que sobornan a la gente con pequeñas cantidades de cocaína están creando adictos en un país que nunca los tuvo. Dicen que el comercio de drogas ha provocado una desenfrenada corrupción en altos niveles de la administración, amenazando la estabilidad política y económica de un país que viene saliendo de la guerra civil que sufrió a fines de los años noventa.
"Somos un país frágil", dice Barbosa.
El Programa de Desarrollo de Naciones Unidas clasifica a Guinea-Bissau en el lugar 175 de los 177 países listados en el Índice de Desarrollo Económico. La oficina contra las drogas y el delito de Naciones Unidas ha observado que el presupuesto nacional de Guinea-Bissau es equivalente al valor a granel en Europa de dos toneladas y media de cocaína.
El país es mejor conocido por sus castañas de cajú y sus mangos, pero sus principales atractivos para los carteles son su débil gobierno y sus aguas costeras salpicadas de decenas de islas desiertas.
Los funcionarios dicen que los narcotraficantes no exportan la droga directamente a Europa porque las armadas y fuerzas aéreas europeas detectarían envíos importantes. Así que envían buques y aviones cargados de cocaína a África occidental. Parte de la cocaína es descargada en pistas de aterrizaje abandonadas en las islas frente a Guinea-Bissau; o arrojada al mar donde es recogida por lanchas.
Luego la cocaína es dividida en cargamentos más pequeños y enviada a Europa en avionetas o con burreros -en 2006, la policía holandesa descubrió en un solo vuelo a Amsterdam a treinta y dos personas de Guinea-Bissau transportando cocaína.
Tanto cocaína pasa apor Guineau-Bissau que en ocasiones han llegado ladrillos de cocaína envueltos en plásticos a sus costas, donde, según contaron funcionarios, los confundidos aldeanos trataron de usar la desconocida substancia para fertilizar sus cultivos o pintar sus casas.
La armada sólo tiene dos lanchas, una de las cuales está fuera de servicio, y la fuerza aérea no tiene aviones ni helicópteros. "Aquí no tenemos materiales militares. Nada. Cero", dijo Jorge Sambu, ayudante del jefe del estado mayor de la armada.

De modo que Barbosa, el jefe de policía, está tratando de luchar contra los sofisticados carteles desde su rústica oficina en el centro de la ciudad, con 63 agentes, de los que sólo la mitad tiene armas. Su oficina está en un patio de tierra. La ‘brigada de homicidio’ está alojada en un cuarto con cuatro escritorios vacíos y un televisor antiguo.
El departamento no tiene esposas, posee un solo ordenador portátil y está equipado con inodoros franceses. La electricidad es esporádica. En el patio, durante una visita reciente, unos agentes descalzos se habían repantigado a la sombra junto a los destripados restos de varios ordenadores viejos.
Cuando le pregunté si la situación era desesperada, Barbosa, 47, se echó a reír.
"Esto es lo más peligroso que hemos visto nunca", dijo. "Es realmente inquietante: ellos tienen armas, balas y materiales militares".
A fines de agosto, dijo Barbosa, dos colombianos que vivían en Bissau, la destartalada ciudad capital, fueron capturados con el equivalente de 150 mil dólares, dos granadas, una pistola, un rifle de asalto AK-47, gas pimienta, manuales militares para el uso de armas de fuego, más de cien cartuchos de munición y mapas de las remotas áreas del país.
Barbosa dijo que uno de los colombianos había pasado cinco años en una cárcel de Miami por una condena por tráfico de drogas. Pero los dos sospechosos fueron dejados en libertad por el juez, sin ninguna explicación, y todavía viven en Bissau, dijo.
De momento, Guinea-Bissau ha escapado a la violencia que es común en México y otros países de trasbordo. Pero funcionarios aquí dicen que periodistas y agentes de policía han recibido amenazas de muerte.
Allen Yero Emballo, 51, que pasó quince años como periodista de la agencia France-Presse y de Radio Francia Internacional en su nativa Guinea-Bissau, dijo que en junio de 2007 presenció a un grupo de marinos uniformados de la armada en un bote sacar ladrillos de cocaína del océano.
Dijo que sospechó que los marinos estaban trabajando con los narcotraficantes y se lo preguntó al almirante José Américo Bubo Na Tchut, el jefe del estado mayor de la armada. Dijo que Tchut le dijo: "Los periodistas pueden elegir. Si hablas, mueres. Si te quedas tranquilo, eres libre".
En una entrevista, Tchut dijo que no conocía a Emballo que negó haberlo amenazado o de tener lazos con los carteles de la droga. "He servido durante 45 años a mi país y yo no miento", dijo.
Cuando Emballo dijo eso en julio, hombres enmascarados irrumpieron en su casa y amenazaron a su esposa e hijos. Dijo que saquearon el lugar y se llevaron su ordenador, libretas de apuntes, casetes, cámara y fotos.
Contó que al salir, dijeron a su familia: "Esta vez nos llevamos sus cosas. La próxima nos llevaremos su cabeza".
"Los narcotraficantes son capaces de hacer cualquier cosa", dijo Emballo en una conferencia telefónica desde París, adonde ha huido y se encuentra pidiendo asilo. "Tienen dinero, tienen armas; pueden comprar al gobierno".

Discordantes Desigualdades
La ciudad de Bissau es como se ve una ciudad encantadora después de décadas de abandono. Imponentes mansiones de tejados de tejas rojas en boulevards bordeados de árboles, han sido abandonadas y se están derrumbando. El palacio presidencial ha estado vacío desde 1999, cuando su tejado fue destruido por bombas durante la guerra civil.
Las pocas calles pavimentadas están llenas de baches, y coches oxidados yacen a los lados de las calles, despojados de todo y cubiertos de polvo rojo. Pilas de basura arden constantemente, mientras bandadas de buitres blancos se pelean con escuálidos perros por los trozos más sabrosos.
En un país donde los que tienen suerte tienen trabajos en los que ganan unos veinticinco dólares al mes y muchos empleados de gobierno no han sido pagados durante meses, hombres sudorosos empujan carretillas llenas de cachivaches con destino desconocido.
De noche, sin electricidad, la ciudad es prácticamente una boca de lobo, excepto por el débil resplandor de las fogatas, lámparas de aceite y velas. Mucha gente sobrevive con cuencos de una pastosa mezcla de arroz, castañas de cajú y azúcar.
Sin embargo, nuevos y caros todoterrenos y enormes camionetas Toyota recorren las agrietadas calles. Bruno Vallance, gerente de una concesionaria de Toyota, dijo que el año pasado entró un hombre a su oficina y dijo que quería comprar dos camionetas. Vallance dijo que el hombre no quiso ver los vehículos, no quería boleta y pagó casi 66 mil dólares en efectivo que sacó de un maletín.
"Yo no hago preguntas", dijo Vallance. "Si me pagan en dinero, les entrego un coche. Ese es mi trabajo".
La ciudad está llena de discordantes signos de incongruente riqueza -el exclusivo restaurante que vende un plato de gambones a más de cincuenta dólares, la tienda de abarrotes que vende Johnnie Walker etiqueta verde a 132 dólares.
En el brillantemente iluminado X Klub, un bar y discoteca en el centro de la ciudad, un fornido sacabullas con una apretada camiseta negra custodiaba sedanes Mercedes y todoterrenos BMW aparcados fuera a medianoche, mientras en el interior los extranjeros charlaban con emperifolladas prostitutas locales disfrutando de sus tragos.
"Aquí los traficantes viven en el paraíso", dijo Constantino Correia, un alto funcionario del ministerio de Justicia que está coordinando los intentos del gobierno para luchar contra el narcotráfico.
"La Justicia no funciona. La policía no trabaja", dijo. "Un lugar donde los delincuentes pueden hacer lo que quieren no es un estado. Es un caos".

Correia dijo que el año pasado, la policía interceptó un embarque de casi tres cuartos de tonelada de cocaína y arrestó a dos sospechosos, que resultaron ser oficiales del ejército. El resto de los traficantes escapó, con unas dos toneladas y media de cocaína. Los dos oficiales no han sido acusados de nada.
Sin ordenadores ni otras herramientas para investigar, la policía no tiene modo de saber qué empresa extranjera que opera en Bissau puede estar traficando en drogas. "Es una guerra sin caras ni fronteras", dijo Correia.
Portugal y un puñado de otros países, la Unión Europea y Naciones Unidas han prometido destinar más de seis millones de dólares para ayudar a poner a punto el poder judicial, dijo Correia, agregando que para solucionar los problemas se necesitará mucho más.
Correia también dijo, con un profundo suspiro y llevándose la mano a la frente, que incluso si Guinea-Bissau logra capturar a algún pez gordo, no cuenta con una cárcel donde retenerlo.
A lo largo de las calles llenas de baches de la capital, Correia, 52, señaló las musgosas ruinas que fueron alguna vez distinguidos edificios. Llegó a una estructura azul celeste que fue, en el pasado, un edificio de oficinas.
En la puerta lo saludaron dos agentes de policía uniformados, uno de ellos con una pistola. Estaban encargados de la custodia de unos cuarenta presos, que dormían en colchones en el suelo, separados de la libertad por nada más que una puerta.
Bajando por una oscura escalera, un agente abrió un cuarto cerrado con candado donde se encerraba a los delincuentes más peligrosos. En el agobiante sótano, sin electricidad, los hombres estaban sentados debajo de paredes con pintadas y murales de Jesús.
"Necesitamos una nueva cárcel. Es urgente", dijo Correia.

En Quinhamel, un pueblo a unos 35 kilómetros al oeste de Bissau, el único centro de rehabilitación del país está al final de un largo camino de tierra.
Una mañana hace poco, varias decenas de adictos en tratamiento yacían debajo de los frondosos árboles del centro; algunos dormían en el suelo. Dju y otros cuatro adictos estaban encadenados juntos porque eran recién llegados, y estos son considerados potencialmente violentos.
Domingos Te, un pastor evangélico, abrió el centro en 2002 para personas dependientes del alcohol y la marihuana. Ahora, dijo, "el uso de la cocaína es desenfrenado".
Abdulie Injie, 27, contó que antes ganaba un buen salario como pintor de brocha gorda. Pero desde que empezara a esnifar cocaína hace unos años, todo su dinero terminó en su nariz.
Dijo que empezó a robar a su familia para pagar la droga. Hace un mes, dijo, se dio cuenta de que estaba enfermo, y pidió a su familia que lo trajeran aquí.
Mientras hablaba, otro paciente en el centro cruzó corriendo y gritando el patio de tierra y desapareció por la puerta. Cuatro hombres le persiguieron y acarrearon de vuelta al centro. Le dieron un sedante para aliviar sus síntomas de abstinencia.
"No sabemos de dónde viene", dijo Injie. "Pero ahora todo el mundo la tiene. Todas las familias".

10 de julio de 2008
25 de mayo de 2008
©washington post
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vine a divorciarme


La novia niña yemení Nujood Ali se divorcia. La niña de diez años fue casada con un hombre en las treintena que la maltrataba. El caso llegó a tribunales. Un abogado logró su liberación.
[Borzou Daragahi] Sana, Yemen. La niña era tan pequeña, tan pequeña, que los abogados, funcionarios y jueces que recorren presurosos el tribunal casi la pasaron por alto.
Cuando llegó la hora de almuerzo y la bulliciosa multitud de hombres y mujeres salió del edificio, un juez curioso preguntó que estaba haciendo la niña sentada sola en una banca.
"Vine a divorciarme", dijo al juez la niña de diez años, Nujood Ali.
Sus pobres padres la habían casado con un hombre tres veces mayor que ella, que la golpeaba y obligaba a tener relaciones sexuales, contó. Cuando les dijo a sus padres que quería terminar con ese matrimonio, ellos se negaron a ayudarla. Así que una tía le dio dinero para el autobús, a fin de que se acercara al tribunal a pedir el divorcio.
Pocos días después del encuentro del 2 de abril, la historia de Nujood y las miserias de las niñas novias de Yemen llegaron a las primeras planas internacionales. Y gracias a los esfuerzos de la abogado en derechos humanos Shada Nasser, que asumió su defensa, la niña en el centro de la historia empezó a superar su drama y a soñar con una vida mejor.
Las leyes yemeníes fijan en quince la edad mínima legal para casarse. Pero en este país de veintitrés millones de habitantes, las costumbres tribales e interpretaciones del islam burlan a menudo la ley. Un estudio de 2006 realizado por la Universidad de Sana informó que el 52 por ciento de las niñas se casaban antes de los dieciocho.
La publicidad en torno al caso de Nujood provocó llamados a elevar la edad mínima legal para casarse, a los dieciocho años para los dos sexos. Los legisladores conservadores de Yemen se negaron a tratar el asunto. Pero el caso inició un debate público y titulares en los diarios. Varias niñas novias más buscaron publicidad, incluyendo a una niña que, la semana pasada, pidió el divorcio en la sureña ciudad de Ibb.
"Este caso abrió la puerta", dice Nasser.
Nujood dice que al principio se sentía avergonzada por lo que le había ocurrido. "Pero pasé por eso", dice, achicando los ojos debajo de su pañuelo de cabeza negro.
"Todo lo que quiero ahora es terminar mi educación", agrega, su boca esbozando una sonrisa. "Quiero ser abogado".
La niña ha sido identificada en este reportaje porque su nombre ya ha sido ampliamente divulgado en Yemen y ni sus padres ni su abogado lo han objetado.
El padre desempleado de Nujood, Ali Mohammed Ahdal, tiene dos esposas y dieciséis hijos. Es uno de los numerosos yemeníes tribales que han emigrado a la capital en búsqueda de trabajo. En lugar de eso, lo que encontró fue miseria.
Casó a Nujood en febrero con Faez Ali Thamer, un repartidor de encargos, en la treintena, de su misma provincia de Hajja.
Los padres de Nujood dicen que estaban tratando de hacer lo mejor para su hija y que ni siquiera recibieron una dote, una afirmación que muchos yemeníes no creen. Los padres dicen que el novio prometió que no tendría relaciones sexuales con ella sino cuando alcanzara la pubertad.
"Le pedimos que la educara", dijo Shuaiegh, la madre de la niña.
El novio ha negado esa versión.
Ahdal, en sus cuarenta, dice que quería que Nujood no corriera la misma suerte que dos de sus hermanas mayores. Una fue raptada por un clan rival y la otra terminó en la cárcel por tratar de defenderla, un ejemplo de las turbias riñas intertribales que afligen a Yemen.
"Yo estaba tratando de protegerla", dice Ahdal durante una entrevista en el destartalado apartamento de dos habitaciones de su familia en las afueras de la capital.
Nujood quería casarse, sin comprender realmente lo que significaba. Aparte de ser una novia que ni siquiera ha alcanzado la pubertad, es una niña bastante típica. Le gusta jugar al escondite y al tira y afloja con sus amigos y hermanos. Sus colores favoritos son el rojo y el amarillo, dice, y sus sabores favoritos son el chocolate y el coco. Le encantan los perros y los gatos, y sueña con ser una tortuga, para poder nadar en el mar.
"Nunca he visto el mar", dice.
Unas cuarenta personas asistieron a la boda en el pueblo de Wadi Laa, donde vivía el novio. Recibió como regalo de boda tres vestidos nuevos y un anillo de boda de veinte dólares. Debía vivir con él y su familia.
Los problemas empezaron la primera noche, cuando él exigió que compartieran el colchón. Ella se opuso y se marchó del cuarto -pero él la siguió. A veces la golpea para someterla. Durante semanas no hizo más que llorar todo el día y temía las noches, cuando él entraría al cuarto, apagaría la lámpara de aceite y le exigiría tener relaciones sexuales.
"Le pedí que no durmiera a mi lado", dice. "Me dijo: ‘No, vamos a dormir en el cuarto. Tu padre me aceptó como tu marido’".
Durante una visita semanas más tarde a casa de sus padres en la capital, se echó a llorar diciendo que su marido le estaba haciendo cosas indescriptibles.
Su padre le dijo que no podía hacer nada.
"Mis primos me habrían matado si deshonraba a la familia pidiendo el divorcio", dijo.
Pero la hermana de la madre la aconsejó discretamente que fuera al tribunal.
El asombrado juez que encontró a Nujood en la banca decidió llevarla a su casa por el fin de semana. Sus hijas tenían un balancín y juguetes que ella no había visto nunca. Tenían televisión por satélite. Durante tres días no hizo otra cosa que mirar dibujos animados.
Cuando empezó la semana laboral, el juez envió soldados para detener al padre y al marido de Nujood. Colocó a Nujood bajo la tutoría de un tío, el hermano de su madre.
Sin embargo, los jueces y abogados no sabían qué hacer con el caso. Nujood y su tío pasaron días en el tribunal hasta que una mujer de edad mediana, la única en el edificio que no llevaba el pañuelo de cabeza que exigen los musulmanes, se acercó a ellos.
"¿Tú eres Nujood?", preguntó Nasser, la abogado, una de las activistas por los derechos de la mujer más importantes de Yemen. "¿Eres tú la que se quiere divorciar?"
Era ella, dijo Nujood.
"No podía creer lo que estaba viendo", dice Nasser. La niña la hizo acordarse de su propia hija, Lamia, de ocho.
Nesser visitó la celda donde estaba detenido Thamer, el marido de la niña, y le impresionó la diferencia de edad entre los dos. "¿Por qué durmió usted con ella?", preguntó. "Es sólo una niña".
Él no lo negó, dijo Nasser. En lugar de eso, se quejó de que el padre de Nujood le había dicho que ella era mucho más alta y más guapa de lo que era en realidad.
Nesser le prometió a Nujood que se encargaría de su caso gratuitamente y que se ocuparía de ella. La llevó a su casa en un exclusivo barrio residencial y le dijo que podía quedarse con ella.
Indignada, Nasser también llamó a sus contactos en el Yemen Times, el diario de habla inglesa del país. La historia de la valiente niñita que llegó al tribunal a defender sus derechos cautivó al país. Las agencias de prensa recogieron su historia y la hicieron circular por el mundo.
Cuando un juez comprensivo accedió a oír su caso algunas semanas después, los periodistas atiborraron la sala del tribunal.
El juez Mohammed Ghadi se mostró implacable con el marido.
"¿En todo Yemen no pudo usted encontrar a ninguna mujer con la que casarse?", preguntó.
Pero legalmente no podía hacer mucho. Ninguna disposición en las leyes yemeníes prevé la persecución por abuso sexual dentro del matrimonio. No solamente quedaron marido y padre en libertad, sino además Thamer exigió 250 dólares -el equivalente de cuatro salarios mensuales de un yemení pobre- para acceder al divorcio.
Un abogado comprensivo donó el dinero.
Nujood estaba eufórica. "Estaba sonriendo", dice Nasser. "Me dijo: ‘Quiero chocolate, quiero peras, una tarta y juguetes".
Nasser le compró ropa nueva. Las donaciones empezaron a llegar. Varios europeos adinerados se ofrecieron a pagar su educación. Un diario realizó una fiesta en su beneficio. Un periodista yemení le regaló un celular.
Cuando la polémica amainó, Nujood insistió en volver a vivir con sus padres, muy probablemente porque se siente muy cerca de su hermana Haifa, ocho. Su padre prometió que no casaría a Nujood ni a ninguna de sus hermanas.
La niña se ha negado a ver a un psicólogo o ginecólogo. Dice que no les gustan los doctores. Y, además, dice, la experiencia la ha hecho más fuerte y más sabia.
Dice que ya ha tenido bastante con el matrimonio y la vida doméstica y ahora espera ansiosa empezar el tercer año y soñar con cosas con las que nunca había soñado antes.
"Quiero defender a la gente oprimida", dice. "Quiero ser como Shada. Quiero ser un ejemplo para las otras niñas".

daragahi@latimes.com

9 de julio de 2008
11 de junio de 2008
©los angeles times
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esclavas sexuales en zimbabue


Milicias juveniles de Zimbabue son acusadas de retener a mujeres como esclavas sexuales. Una mujer de 21 dice que creía que sus sufrimientos terminarían después de la segunda vuelta presidencial, pero el terror continua.
Harare, Zimbabue. Tiene que llamar ‘camaradas’ a esos jóvenes. Cocina para los camaradas y les sirve. Friega el suelo de los camaradas y recoge después de ellos.
Y cuando cualquiera de los camaradas quiere sexo, la violan.
Asiatu, 21, es una prisionera de los camaradas en una base del gobernante partido ZANU-PF, una de los novecientas unidades iniciadas por el partido para aterrorizar a los zimbabuenses y obligarles a votar por Robert Mugabe en la segunda vuelta presidencial con un solo candidato de fines del mes pasado y prolongar su gobierno de veintiocho años.
La elección terminó, pero no el terror.
"Todavía estoy en la base. Me violan cuatro o cinco hombres todos los días", susurra, estallando en lágrimas. "Siempre que quieren, de noche o de día".
"Para mí, un camarada es un asesino, alguien que es cruel".
Ha estado en la base en las últimas diez semanas, desde que fuera secuestrada en medio de la noche debido a que su madre es partidaria del opositor Movimiento por el Cambio Democrático [MCD].
Tiene que permanecer la mayor parte del día en la base, como esclava sexual de los matones de las milicias juveniles formadas por el gobierno. El Times la entrevistó durante uno de los varios breves períodos en que se le permite salir de la base del ZANU-PF.
Cuando se le preguntó por qué no escapa en esos períodos, Asiatu ofrece una escalofriante explicación: "Me dijeron que si escapo, matarán a mi madre".
Asiatu, una chica guapa y delgada, de un metro 52, lleva un vestido negro con manchones rojos. Lleva las trenzas amarradas atrás con una extravagante borla de tul rojo. Su mirada es triste y asustada. Y ríe rara vez.
Dice que estaba esperanzada en la segunda vuelta del 27 de junio y de sus resultados, asumiendo que entonces la dejarían marcharse.
Pero realizada la elección y sin indicios de que su cautiverio se acerque a su fin, ha perdido toda esperanza. Tiene miedo de quedar embarazada, y aterrorizada de que pueda contraer el SIDA/VIH. Es el único sostén de la familia. Gana algo de dinero vendiendo verduras, pero no ha podido vender nada porque pasa la mayor parte del tiempo en la base.
"Ruego a Dios todo el tiempo. Rezo. ‘Tú eres quien conoce mi futuro. Ayúdame. Sálvame de esto’".
Un comandante de la base que habló con el Times a condición de conservar el anonimato dijo que Mugabe había dicho que las bases continuarían operando. Algunos en el partido gobernantes dicen que se están planeando nuevas operaciones. Pero el comandante dijo que el gobierno no tenía dinero para alimentar a las milicias juveniles en las bases y que era difícil seguir manteniéndolas.
Eso podría ser un problema para el ZANU-PF. Para la mayoría de las tropas de choque, su principal motivo es la esperanza de ganar dinero rápido para alimentar a sus familias, ahora que el alimento escasea y las oportunidades de surgir son prácticamente inexistentes.
Los campamentos fueron instalados después de la derrota del ZANU-PF en las elecciones parlamentarias y presidenciales del 29 de marzo. Proporcionaron una base desde la cual atacar a la oposición e intimidar a los votantes -incendiando casas, expulsado a personas y golpeando, mutilando o asesinado a los activistas.
Guarderías infantiles, escuelas y casas fueron exigidas como terrenos para las bases. Algunas avanzadas, en lo profundo de la selva y sobre el modelo de las bases de la guerra de liberación de Zimbabue, consisten en apenas un terreno con una tienda, un escritorio y una silla para el comandante, con varios cientos de milicianos haciendo guardia.
En la mayoría de las bases en el país han obligado a mujeres jóvenes a cocinar para los milicianos, servirles y ser sus esclavas sexuales, según mujeres y hombres obligados a trabajar diariamente en los campamentos.
El líder de la oposición, Morgan Tsvangirai, se retiró de la elección del 27 de junio debido a la violencia. Pero Mugabe, que fue la segunda mayoría después de Tsvangirai, continuó con la segunda vuelta pese a la condena internacional. Fue declarado vencedor poco después y asumió rápidamente el cargo.
El MCD informa de muchos casos de embarazos indeseados entre las víctimas de violación. Testimonios escritos de las víctimas muestran que muchas veces las mujeres fueron violadas debido a que ellas o sus familiares cercanos eran activistas de MCD. Sin embargo, el partido no tiene cifras sobre cuántas violaciones se han reportado como violencia política.
Los problemas de Asiatu empezaron una tarde en que 35 milicianos del ZANU-PF llegaron a su casa debido a que su madre es miembro del MCD.
"Yo estaba comiendo y me patearon mi plato", cuenta. "Empezaron a pegarme, diciendo que yo era miembro del MCD. Dijeron que deberían matarme". Tres días después, volvieron de noche y me obligaron a acompañarlos a la base.
"Yo iba llorando. Pensé que me iban a matar", dice.
Para protegerla, el Times no revelará la ubicación de la base. Asiatu no es el nombre con que es conocida en su comunidad.
El primer día en la base, dice, fue golpeada brutalmente, con una varilla de madera, en la espalda, nalgas y en la planta de sus pies.
"Me dijeron que tenían que golpearme hasta que me desmayara para satisfacer a sus jefes. Dijeron que me estaban ‘tratando’ para convertirme en miembro del ZANU-PF".
Las golpizas diarias terminaron al cabo de una semana, pero empezaron las violaciones.
Secándose las lágrimas, cuenta cómo fue la primera vez: "Alguien me dio un plato de sadza [una papilla de harina d e maíz] y me dijo: ‘Lleva este plato a ese cuarto’. Y allá había un hombre durmiendo en una cama y me violó".
En la base hay tres mujeres, dice. El número de milicianos ha descendido a once -de cincuenta antes de la elección. Hay reuniones políticas en la base, con canciones y lemas.
"Voy allá para salvar mi vida. Pero nunca seré miembro del ZANU-PF", dice Asiatu. Odia al ZANU-PF desde que la hermana menor de su madre fuera secuestrada y asesinada en un incidente de violencia política después de 2000.
Ante de las elecciones, dice, vio golpear a cientos de personas en la base, entre diez y cincuenta al día. Dice que vio cómo dos activistas del MCD fueron apedreados hasta morir. Los milicianos les tiraron ladrillos y piedras. Matarlos les tomó tres horas.
"Dijeron: ‘Son activistas del MCD. Para matar al MCD hay que matarlos a ellos’".
Elizabeth, 30, activista del MCD y verdulera, dice que fue violada en la misma base antes de las elecciones. Dice que algunos milicianos llevaban sacos o cajas de cartón en sus cabezas para ocultar sus caras. (Elizabeth tampoco es conocida por ese nombre en su comunidad).
Mientras la violaban, los milicianos y otras jóvenes en la base entonaban canciones burlándose de la oposición, como "Cávate un hoyo y entiérrate tú misma, porque llegó tu hora".
"Eso era terrible. Nunca pensé que saldría viva", dice.
A diferencia de Asiatu, no la mantuvieron en la base como esclava sexual, pero la violaron como castigo por su militancia en el MCD. Más tarde comunicó a la policía los nombres de sus agresores, que fueron detenidos. Pero fueron dejados en libertad dos días después, sin cargos.
"Ahora mismo tengo miedo de que vuelvan", dice Elizabeth, que ha decidido dejar de trabajar para el MCD. "Sólo quiero llevar una vida tranquila. Tengo miedo. Pero sigo apoyando al MCD".
Pese a todo, todavía cree que, de algún modo, habrá cambios. Suspende su mirada en el aire, con una leve sonrisa en sus labios. Habla con una voz soñadora, casi como si estuviera viendo su materialización ante sus ojos.
"Creo que vienen cambios", dice. "No sé cuándo, pero sé que vendrán".
Asiatu dejó de creer en la posibilidad de su propia libertad, aunque no ha perdido la fe en la transformación de su país.
"Si la situación continúa así, el país seguirá en las cenizas", dice. Pero cuando expresa sus esperanzas, por un momento olvida el miedo. Su voz es firme y clara: "Habrá cambios. Siento que vienen".
Pero entonces es hora de volver a la base.

8 de julio de 2008
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en una cárcel de zimbabue 5


La prueba de fuego de un periodista. Cuarta entrega: La fianza. Última entrega.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. El detective Musademba nos recogió en la mañana para asistir a la audiencia donde se trataría nuestra fianza. El vehículo era una vieja camioneta cuyo motor exigía un empujón. Le pidió ayuda a Stephen; a mí no, porque me dolía la espalda.
El tribunal se llama Rotten Row, por una calle cercana. Es una estructura circular de cinco plantas construida en torno a cuatro elaborados platillos que antes se alimentaban unos a otros como una fuente. Con el país en la insolvencia, no hay dinero para mantener ni el ornato urbano ni tribunales. Los suelos están sucios. Los atriles de sonido no tienen micrófonos. Los relojes del edificio se pararon ambos a las 7:10.
Nuestra audiencia era pro forma: el juez nos dejó en libertad con una fianza de trescientos millones de dólares zimbabuenses, unos siete dólares norteamericanos, y ordenó a la policía que nos devolviera los pasaportes requisados por los gendarmes.
El momento decisivo llegó más tarde, en una audiencia en la que Beatrice Mtetwa argumentó que no deberíamos haber sido arrestados nunca. Estaba sentado, inquieto, en el banquillo, un rectángulo cerrado reservado para los acusados. Al otro lado del cuarto, en el estrado de los testigos, estaba el comisario Madzingo, el musculoso jefe de policía que había jurado hurgar en nuestros portátiles incriminatorios. ¿Qué había encontrado?
Nada, según se vio. Declaró que "nuevas e importantes evidencias" habían llevado a la oficina de la fiscalía a revertir su decisión inicial de dejarnos en libertad, una afirmación ficticia apresurada que no podía estar más lejos de la verdad.
Cuando se le pidieron pruebas, entregó un impreso de un artículo recogido de mi escritorio en el York Lodge, algo que yo había traído a Harare como referencia para un posible reportaje sobre un candidato.
Mtetwa procedió a colgar a Madzingo.
"¿Quién es el autor de ese artículo?", preguntó.
El artículo no era mío. Había sido escrito por uno de los periodistas más renombrados del New York Times, Anthony Lewis.
"¿Puede decirnos la fecha de la publicación?"
Era 1989.
La juez Gloria Takundwa cubrió su risa primero con sus dedos, luego con la manga suelta de su toga.

Libertad, e Incertidumbre
Beatrice Mtetwa dijo que era una suerte que el caso fuera tratado por un juez. La mayoría de ellos eran independientes, muchos tenían coraje. Eran el brillo que sobraba bajo la apariencia de libertad de Mugabe. En los tribunales superiores era raro encontrar justicia.
La juez anunció su decisión el 16 de abril. Aunque creíamos que saldríamos en libertad, no dejábamos de pensar en la advertencia de nuestra abogado: la ley sólo importa cuando sirve los intereses del estado. Sospechábamos que el gobierno quería volver a arrestarnos, que resultó ser la verdad.
Pero cualquiera fueran las intenciones, estábamos mejor preparados. Salimos rápidamente de Rotten Row y empezamos a dar vueltas con el coche hasta que estuvimos seguros de que nadie nos estaba siguiendo. Esperamos en el aparcadero de una planta de producción de cerdo hasta que nos dijeron que habían recuperado nuestros pasaportes.
Luego, tal como habíamos arreglado, nos reunimos con un chofer con un coche con el estanque lleno. Habíamos decidido evitar los aeropuertos del país y nos marchamos hacia el nordeste, cruzando las serpenteantes carreteras de las montañas de Matuzviandonha, hacia el río Zambezi y un pequeño paso fronterizo hacia Zambia.
Salí del calabozo con sarna, una infección de ácaros microscópicos que me hincharon las manos y muñecas hasta que casi alcanzaron el doble de su tamaño. Pero ahora estoy mejor, de regreso en Johanesburgo, con Celia, nuestros hijos Max, 17, y Sam, 12.
Entretanto, Zimbabue vive acosado por los paroxismos de la violencia. El bandidaje, la tortura y el asesinato son implementos comunes en la caja de herramientas de Robert Mugabe. Los opositores políticos son agredidos brutalmente, como cualquier otra persona que lo desafíe con su voto en las urnas. Todavía no se conocen los resultados de la elección presidencial.

21 de junio de 2008
27 de abril de 2008
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un bic vale menos que una bala


Mugabe no está dispuesto a ceder el poder.
Harare, Zimbabue. El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, advirtió durante su campaña por la reelección en la segunda vuelta este 27 de junio, que no cedería el poder a sus opositores respaldados por Occidente, informaron órganos de prensa oficiales.
"Derramamos un montón de sangre por este país. No vamos a renunciar a nuestro país por una simple equis en una papeleta. ¿Cómo podría un boli ganársela a una pistola?", citó el Herald a Mugabe.
Mugabe dijo que el país se liberó de la dominación colonial en una guerra de guerrillas en 1980, y que su partido está dispuesto a luchar para impedir que el Movimiento por el Cambio Democrático, pro-occidental, se haga con el control del gobierno, informó el diario.
El enviado especial de Naciones Unidas, Haile Menkerios, llegó hoy a la capital Harare, donde se espera que se reúna con Magube.

19 de junio de 2008
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en una cárcel de zimbabue 4


La prueba de fuego de un periodista. Cuarta entrega: Prevalece la línea dura.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Las cosas se pusieron feas para nosotros; más importante, se pusieron feísimas para Zimbabue. Ahora el gobierno anunció bizarramente un informe de los resultados todavía no comunicados de las elecciones. Los conservadores habían aparentemente azuzado a Mugabe para que siguiera peleando. Con un fino toque orwelliano, acusaron a la oposición de fraude electoral. Ahora parecían dispuestos a una amañar una victoria electoral.
¿Convenía a ese objetivo, de algún modo, nuestro encarcelamiento? Esa posibilidad nos produjo enorme ansiedad. Nuestras mujeres, nuestros editores, nuestras embajadas: todos estaban trabajando para sacarnos de la cárcel. Y mientras esos nobles esfuerzos nos daban esperanzas, también nos dejaban vagamente avergonzados. Si había que ejercer presión sobre Mugabe, debería ser por Zimbabue, no por nosotros.
La cárcel, ante tan siniestra, ahora parecía apenas aburrida y deprimente. ¿Cómo podíamos mantener el calor? ¿Había alguna manera de asearse? ¿Cuándo terminaría todo?
Fue una suerte tener a Stephen como compañero. Una vez observé que aunque gozábamos de la amplia compañía de todo tipo de insectos, en la cárcel no había roedores. "¿Qué harían las ratas aquí? Se fueron del país igual que el resto del mundo"
Más de un cuarto de los trece millones de habitantes de Zimbabue se han marchado. La principal fuente de ingresos del país es el dinero enviado por la diáspora. Pronto les seguirán los numerosos reclusos y gendarmes de la cárcel. Nos pedían nuestros números de teléfono en Johanesburgo -y nos suplicaban no olvidarnos de ellos.
Habíamos trabado amistad con algunos gendarmes, pero cuando los que nos hacían favores terminaban su turno, llegan otros gendarmes más estrictos, algunos con largos trozos de manguera. A veces nos dejaban solos; a veces nos encerraban con muchos otros. Yo dí un paternal sermón a un joven compañero de celda que había cortado a otro con una botella de cerveza en una pelea en un bar.
Seguíamos compartiendo nuestra comida. Pero incluso este placentero gesto de caridad provocaba quejas. Durante los dos ‘conteos’ diarios, tratábamos de detectar a los que parecían más hambrientos: ¿El acróbata? ¿El vendedor ambulante? ¿El tipo con la camiseta ‘69’?
Durante las comidas se nos permitía escoger a algunos reclusos para que nos acompañaran abajo. Un hombre chico y demacrado con un jersey rojo nos había pedido humildemente que lo incluyéramos. "Quédate cerca de mí cuando vengan a recogernos", le dije. Pero luego me olvidé.
"Yo estaba cerca de ti", murmulló más tarde, desconsolado. "Estaba a tu lado".

Una Manta
No podía dormir. El suelo de cemento era demasiado duro; mi cuerpo es huesudo. Nunca deseé tanto un almohada y una manta. Los insectos eran más pesados durante la noche. En mi vigilia, deslizaba las mangas sobre mis manos, pero entonces el tejido estirado dejaba al descubierto mi estómago.
Una vez, cuando pudimos recorrer los lúgubres pasillos, di con lo que había sido un cuarto de servicios, con restos de lavamanos y duchas. En un rincón había una pila de mantas, tiesas y mohosas y fétidas. Tuve la tentación de coger una, pero eran simplemente demasiado asquerosas. Yo no estaba todavía ni tan cansado ni tenía tanto frío.
Sin embargo, tenía una idea fija. Seguro que era posible conseguirse una manta. No habíamos pagado ninguna coima desde esa primera noche, pero decidimos volver al tocar el tema de las mantas con nuestro gendarme favorito. "Sí, eso se puede organizar", dijo. El día siguiente era domingo; las tiendas cerraban. Las traería de su casa.
Esa noche esperamos sus pisadas. La cárcel no tenía linternas. El gendarme usaba el débil brillo de un celular para encontrar la llave correcta. "Lo lamento, pero una de las mantas es muy delgada", se excusó en voz baja. Stephen y yo competimos en sacrificarnos por la manta delgada, y yo gané.
La litera superior de la celda estaba a dos metros del suelo. Trepé encima y deslicé el ligero material sobre el cemento, pero cuando bajé perdí el equilibrio y me agarré a un pedazo de la tela en lugar de la sólida repisa. Caí de lado, con la mano agarrada al aire. Reboté en el bloque de concreto al otro lado y caí de espaldas.
Así fue como pasé mi cuarta y última noche en las celdas de Harare, adolorido, cazando mosquitos, y sin poder conciliar el sueño.

17 de junio de 2008
27 de abril de 2008
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en una cárcel de zimbabue 3


La prueba de fuego de un periodista. Tercera entrega: Fecha de cierre.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Era viernes, y los viernes son una fatídica fecha de cierre. Si no nos dejaban en libertad bajo fianza, pasaríamos encerados todo el fin de semana. Nos alivió que nos enviaran de regreso a Ley y Orden, donde nuevamente nos reunimos con nuestra abogado, Beatrice Mtetwa.
La noche anterior, le había dicho, deprimido, que la acusación contra mí parecía probada de antemano. Yo había escrito artículos, y cualquiera que buscara mi nombre en Google con la palabra ‘Zimbabue’ tendría todas las pruebas que quisiera. Carraspeó, insistiendo en que incluso una simple búsqueda en una base de datos estaba más allá de la capacidad técnica de la policía de Harare.
Me di cuenta de que probablemente tenía razón. El Departamento de Investigaciones Criminales sólo tenía algunos ordenadores, pocas sillas y un cuarto de servicio donde nada funcionaba. Los detectives que al principio me parecieron tan competentemente temibles ahora me recordaban a los sitiados sabuesos de ‘Barney Miller’.
El detective Musademba escribía con una máquina de escribir antigua, y hacía triplicados en papel carbón. A veces, para ahuyentar el tedio, se echaba a cantar y llevaba el ritmo golpeando las palmas de sus manos.
El inspector de detective Rangwani, a cargo de la investigación, se lamentaba de que no tuviera una copia con el decreto actualizado. "¿Puedo usar el suyo?", le preguntó a nuestra abogado, que aprovechó la oportunidad para intimidarlo y reñirlo.
"Este es un estado policial", dijo Mtetwa, osada. "Aplican la ley sólo cuando les sirve para perpetuar el estado. ¿Cómo se siente uno, inspector Rangwani, cuando lo usa el estado de este modo?"
El intimidado poli se veía abatido, su cabeza colgaba de su cuello como una planta marchita en una maceta. Replicó humildemente: "Madame, estoy de acuerdo con usted y por eso he recomendado que se desechen los cargos".
Repentinamente, la pesadilla pareció que terminaría con un chasquido de dedos. El inspector discutió el asunto con la oficina del fiscal general y un funcionario allá aconsejó a la policía que nos dejaran libres.
Pero entonces todo se retrasó. Hubo un abrupto cambio, el pretexto de un sistema judicial perdido en un exasperante titubeo. "Aplican la ley sólo cuando les sirve para perpetuar el estado", repitió Mtetwa.
Dos técnicos de la televisión sudafricana habían sido arrestados la semana previa por cargos similares. Esa mañana, un juez los declaró inocente. Pero en lugar de ser dejados en libertad, volvieron a ser arrestados. Alguien en el gobierno pensó que era un momento propicio para castigar el entusiasmo interventor de la prensa extranjera.
Clemens Madzingo, el comisario de policía mismo, nos dio la noticia. Es un hombre alto, un verdadero pit bull. Se paró en el umbral de la puerta con una risa triunfante. Pronto extraerían de los documentos en nuestros ordenadores requisados las pruebas de nuestros delitos.
"Hasta entonces, esperarán en sus celdas".

12 de junio de 2008
27 de abril de 2008
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