niños atrapados en fuego cruzado
11 de julio de 2008
[Katharine Houreld] Bungoma, Kenia. Decenas de niños asustados llenaron silenciosamente el cuarto desnudo, sus ojos fijos en las grietas del suelo. Uno por uno, en voz baja, contaron que habían sido torturados por hombres del ejército keniata porque les sospechaban de estar ayudando a los rebeldes. Contaron que habían sido golpeados y tuvieron que darse la mano con cadáveres. Dijeron que fueron obligados a arrastrarse a través de túneles de alambre de púa y les apretaron los genitales con tenazas.
Luego los niños se sacaron sus camisas. Como granos de arroz, blancas cicatrices cruzaban de un lado y otro la piel oscura de sus espaldas. Algunos todavía sangraban.
Estos niños son algunos de los cientos de chiquillos en el oeste de Kenia que han sido torturados, muchos de ellos dos veces, primero por una milicia en su pueblo y luego por el ejército enviado a combatirla. La milicia obligó a niños de hasta diez años a convertirse en soldados. En una extendida represión, el ejército hizo una redada de miles de niños y adultos y los torturaron, dicen organizaciones de derechos humanos.
La Associated Press entrevistó a algunos de los niños en un centro de detención, llevados allá por un abogado de derechos humanos sin el conocimiento de funcionarios de gobierno ni militares. Los niños son retenidos allí desde abril por cargos de fomentar actividades bélicas. Su identidad y ubicación son mantenidas en reserva para protegerles de posibles represalias.
En marzo, el gobierno keniata envió su ejército a reprimir a la milicia Fuerza de Defensa de la Tierra Sabaot, llamada así por la región de Sabaot. Pero en lugar de perseguir a los milicianos que se esconden en las selvas de Mount Elgon, el ejército detuvo a miles de hombres y niños de las aldeas adyacentes.
Desde entonces han salido a superficie tantos informes de asesinatos y torturas que la comisión de derechos humanos de Kenia está llamando a procesar al ministro de Defensa y altos mandos de la policía y el ejército. También ha habido llamados a que Estados Unidos y Gran Bretaña suspendan varios millones de dólares en ayuda y adiestramiento para el ejército keniata.
Estados Unidos ha pedido 7.45 millones de dólares (4.7 millones de euros) para objetivos de "paz y seguridad" en Kenia en 2009. Gran Bretaña está contribuyendo este año con más de 1.96 millones de dólares a la lucha contra el terrorismo y ha destinado 7.83 millones de dólares para proyectos de seguridad regional en Kenia.
Representantes de ambos gobiernos en Kenia dijeron a la Associated Press que están profundamente preocupados por los informes de maltratos y han llamado a investigar al gobierno keniata. Pero el gobierno dice que el ejército no ha recibido quejas.
La milicia en Mount Elgon se formó por problemas sobre la tierra, el mismo problema que encendió la violencia en Kenia después de las disputadas elecciones de diciembre. Campesinos que habían trabajado en esos campos desde que eran niños fueron expulsados en el marco de un programa del gobierno, y los ricos se apoderaron de terrenos que habían sido reservados para los campesinos sin tierra.
La milicia floreció en las densas selvas de Mount Elgon, donde viven 166 mil personas en míseros poblados junto a un volcán inactivo. Algunas familias alentaron a los niños a incorporarse a la milicia con la esperanza de obtener tierras en la comuna de 950 kilómetros cuadrados. Otros tuvieron que optar entre pagar hasta cincuenta mil chelines (830 dólares, 525 euros) a la milicia -lejos del alcance de la mayoría-, entregar a un hijo, o morir.
Un niño de quince se incorporó al grupo el año pasado para proteger a su familia, después de que la milicia hubiera asesinado a su tío.
"Lo mataron frente a mí", dijo el niño. "Él estaba suplicando por su vida, de rodillas".
Pasó dos meses en la selva y aprendió a disparar junto con otros ocho niños. Vio cómo obligaron a un niño a matar a su propio padre. Huyó con otro niño de diez cuando la milicia empezó a entregar víctimas que los reluctantes reclutas debían matar.
Algunos niños simplemente desaparecieron. Cuando volvía de la escuela, una niña de diecisiete fue secuestrada por cuatro hombres armados de machetes. Su padre se atrevió a ir al escondite de los soldados en la selva y preguntar por su hija desaparecida, que cantaba en el coro de la escuela y soñaba con estudiar medicina.
"Me amenazaron de muerte si seguía investigando", dijo, su voz repentinamente áspera. "No pude protegerla".
Su nombre se agregó a una lista cada vez más larga de niños desaparecidos en el ajado cuadernos de Job Bwonya, del capítulo de Kenia Occidental de Human Rights Watch.
El primer secuestro que apuntó fue el de Joshua, un niño de diecisiete, capturado en julio de 2006. Cuando corrió la voz de que estaba apuntando los casos de niños desaparecidos, otras veinticuatro familias se acercaron a él. Pero cuatro semanas más tarde, los padres de Joshua, su hermano y una hermana de nueve años, fueron matados a balazos en su maizal, y el flujo de familias que denunciaban la desaparición de sus hijos se convirtió en un hilo.
De momento Bwonya ha apuntado 42 casas de niños desaparecidos, probablemente secuestrados por la milicia, y ha oído de muchos más. Un sondeo parcial de las escuelas hace un año y medio constató la desaparición de 650 niños. Lúgubres recortes de periódicos cubren las paredes de contrachapado de su oficina sin ventanas y angustiados testimonios sobre asesinatos asoman de abultados expedientes.
"Las familias no se atreven a hablar", dijo. "Nadie puede protegerles".
Ahora Bwonya tiene otro cuaderno ajado con una nueva serie de casos de niños desaparecidos, esta vez de niños que según los vecinos del pueblo fueron detenidos por el ejército keniata. Dijo que los testimonios de los niños liberados por los militares, indican que al menos veintidós niños murieron durante las torturas. Bwonya mismo huyó del país por unas semanas después de que llegaran los militares preguntando por él.
Los militares en Mount Elgon no hablan con los periodistas. Pero Bogita Ongeri, portavoz del ministerio de defensa en Nairobi, negó las acusaciones sobre las torturas. Dijo que el ejército ha investigado los casos desde que se dieran a conocer esas denuncias, pero que ningún soldado ha sido encontrado culpable de esos actos. Agregó que el ejército ha tratado por lesiones a más de siete mil personas, aunque sus heridas se las provocaron espontáneamente los propios campesinos tras confundirlos con milicianos.
"Ningún militar ha estado implicado en torturas", dijo. "No tenemos ningún niño en nuestros centros de detención militar. No han estado allá".
Pero los niños entrevistas por la AP dijeron que los soldados los habían sacado de la escuela o detenido en las calles, torturado y enjaulado durante días sin alimento ni agua. Algunos tuvieron que cargar cadáveres en helicópteros que volaron en dirección de la selva y volvieron vacíos.
Martin Wanyonyi, otro abogado de derechos humanos, tiene informes sobre setenta niños que se encuentran detenidos, incluyendo algunos cuyos nombres fueron confirmados por los afligidos padres de los desaparecidos. Wanyonyi dijo que en una visita reciente a la cárcel de Bungoma descubrió a decenas de niños torturados entre los 1.400 reos hacinados en celdas diseñadas para unos cuatrocientos presos. El hedor del alcantarillado envolvía a la prisión, dijo, y los gemidos y quejidos llenaban la oscuridad.
También mostró a la AP informes que documentan las lesiones de cuatro niños torturados tan salvajemente que las autoridades de la cárcel se negaron a aceptarlos, insistiendo en que debían ser enviados a un hospital.
Entretanto, el problema de la tierra sigue sin resolver. Y los poderosos políticos que según aldeanos y ex combatientes dirigen las milicias, siguen en libertad.
"El conflicto en Mount Elgon es el peor ejemplo de la ponzoñosa relación entre la política, los problemas por la tierra y la violencia en Kenia", dijo Ben Rawlence, de la neoyorquina Human Rights Watch.
Si los niños son liberados, algunos pueden volver a reencontrar a sus familias. Otros no tienen padres -que han sido asesinados o por la milicia o por los militares.
La paz y la justicia están más allá de las esperanzas de la mayoría de las familias. Las madres dicen que todavía tratan de oír, entre el golpeteo de la lluvia en los tejados de hojalata y el viento que susurra entre las plantas de maíz, las voces de sus hijos desaparecidos.
Algunos niños cicatrizados podrán cojear hasta sus casas por los serpenteantes senderos de la montaña. Otros no lo harán nunca.
25 de junio de 2008
©fwdailynews
cc traducción mQh
[Kevin Sullivan] Quinhamel, Guinea-Bissau. Filipe Dju está sentado, deprimido, sobre las enmarañadas raíces de un mangle, con una cadena con candado alrededor de su tobillo, que lo ata a otros cuatro cocainómanos en rehabilitación.
Funcionarios de gobierno dijeron que los contrabandistas de drogas que sobornan a la gente con pequeñas cantidades de cocaína están creando adictos en un país que nunca los tuvo. Dicen que el comercio de drogas ha provocado una desenfrenada corrupción en altos niveles de la administración, amenazando la estabilidad política y económica de un país que viene saliendo de la guerra civil que sufrió a fines de los años noventa.
De modo que Barbosa, el jefe de policía, está tratando de luchar contra los sofisticados carteles desde su rústica oficina en el centro de la ciudad, con 63 agentes, de los que sólo la mitad tiene armas. Su oficina está en un patio de tierra. La ‘brigada de homicidio’ está alojada en un cuarto con cuatro escritorios vacíos y un televisor antiguo.
Discordantes Desigualdades
Correia dijo que el año pasado, la policía interceptó un embarque de casi tres cuartos de tonelada de cocaína y arrestó a dos sospechosos, que resultaron ser oficiales del ejército. El resto de los traficantes escapó, con unas dos toneladas y media de cocaína. Los dos oficiales no han sido acusados de nada.
En Quinhamel, un pueblo a unos 35 kilómetros al oeste de Bissau, el único centro de rehabilitación del país está al final de un largo camino de tierra.
[Borzou Daragahi] Sana, Yemen. La niña era tan pequeña, tan pequeña, que los abogados, funcionarios y jueces que recorren presurosos el tribunal casi la pasaron por alto.
Harare, Zimbabue. Tiene que llamar ‘camaradas’ a esos jóvenes. Cocina para los camaradas y les sirve. Friega el suelo de los camaradas y recoge después de ellos.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. El detective Musademba nos recogió en la mañana para asistir a la audiencia donde se trataría nuestra fianza. El vehículo era una vieja camioneta cuyo motor exigía un empujón. Le pidió ayuda a Stephen; a mí no, porque me dolía la espalda.
Harare, Zimbabue. El presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, advirtió durante su campaña por la reelección en la segunda vuelta este 27 de junio, que no cedería el poder a sus opositores respaldados por Occidente, informaron órganos de prensa oficiales.