Blogia
mQh

áfrica

en una cárcel de zimbabue 2


La prueba de fuego de un periodista. Segunda entrega: En el calabozo.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Unos gendarmes uniformados escribieron nuestros nombres en un libro de contabilidad y nos ordenaron vaciar nuestros bolsillos. Yo estaba muy bien de dinero. Llevaba cuatro mil dólares, que debían durarme varias semanas en un país donde las tarjetas de crédito no servían de mucho. Había cambiado ciento cincuenta dólares a la divisa zimbabuense, ridículamente inflada; apretujados en mis pantalones había billetes de diez millones de dólares apilados en un fajo de cuatro pulgadas de grosor.
Los carceleros contaron los billetes pacientemente antes de meterlos en una caja fuerte. Nunca intentaron quedárselos. El soborno estaba más bien en nuestra imaginación que en las suyas. Stephen pagó cuarenta dólares por el sutil privilegio de pasar nuestras primeras horas en una banca de madera en el área de ingreso en lugar de los espantosos calabozos.
Dormir era imposible. La banca era dura, el cuarto frío y ruidoso. Cerca del alba, uno de los gendarmes sobornados del turno nocturno, temiendo que sus jefes lo reprendieran, nos despertó y llevó arriba a una celda vacía sin iluminación.
"No te pueden ver con calcetines", nos dijo, con urgencia. "No está permitido. Tampoco puedes llevar más de una camisa. Escóndalas".
Luego los pesados barrotes se cerraron ruidosamente; sonó un candado. No pudimos ver nada sino cuando llegó la mañana, cuando penetró la primera loncha de luz solar por una de las pequeñas trampillas en el cielo.
La celda era de unos dos metros de ancho por 4,5 metros de largo. Tres literas de duro cemento del largo de un cuerpo se extendían desde las dos paredes más largas. Sólo el bloque de arriba tenía suficiente espacio como para que una persona pudiera sentarse, aunque encorvándose. Había un círculo de concreto en un rincón, que era el inodoro. Detrás de este había un grifo. Stephen trató de abrirlo. No funcionaba.
El suelo estaba sucio. El hedor a excremento humano infectaba el aire. Más pesados eran los bichos. "Las cucarachas son del tamaño de monopatines", bromeé. Esto era una hipérbole. Algunos de los insectos eran diminutos y negros; otros eran chicos, blancos y con aspecto de lombrices. Estábamos compartiendo nuestra ropa con ellos.
A eso de las siete de la mañana, nos sacaron de las celdas para contarnos, una rutina que ocurre en un cuarto más grande arriba. Torpemente escondí mis calcetines en mis pantalones y me abotoné la camisa para ocultar la otra que llevaba puesta.
Había unos ciento cincuenta presos, muchos de ellos mirándonos. Éramos más viejos; éramos los únicos blancos. Nos unimos a ellos en un extremo del cuarto abierto. Cuando llamaban nuestros nombres, los presos debíamos reconocer nuestra presencia y trasladarnos hacia la pared opuesta. Imité a los otros, usando la palabra shona ndiripo cuando me tocó mi turno. El gesto sacó algunos vítores y aplausos. Parecía que estábamos rompiendo el hielo, y antes de que terminara el trámite, nos estaban enseñando cómo decir buenos días, mangwanani.
Las películas sobre cárceles me habían hecho temer lo peor. Pero en lugar de eso, los presos eran un grupo de pobres almas, una selección de los desamparados de Harare, personas que alguna vez tuvieron trabajos decentes y ahora se veían reducidos a gorronear o peor. Dos de los más agradables eran ladrones de coches. Pero sólo porque sus familias se estaban muriendo de hambre, dijeron. Otros dos, Donald y Lancelot, estaban acusados de cazar ilegalmente después de cortar una pierna a un venado que había sido arrollado por un bus.
Socializamos fácilmente, contándonos nuestras historias y comparando mordidas de mosquitos. La mayoría de ellos estaban en peores predicamentos que nosotros. Pero sólo algunos tenían abogados -y de muchos no sabían sus familias que estaban en la cárcel. Esto tenía terribles consecuencias. La cárcel no alimenta a los presos. Si nadie sabe que estás aquí, nadie te traerá nada para comer.
Al desayuno, nos permitieron -a Stephen y a mí- bajar y nos mostraron un bolso de mimbre. La comprensiva esposa del embajador británico había supervisado personalmente la preparación de nuestra primera comida. Había bocadillos de panceta y huevos, todavía calientes. En unas bolsitas habían colocado bolsitas de té, café, cacao y azúcar; también había un termo de agua caliente. Había cajas de jugo, latas de refrescos, barras de chocolate, caramelos y pastillas de menta.
Ninguno de los dos tenía demasiado apetito, pero estábamos inmensamente agradecidos. Frustrados como periodistas, ahora teníamos una nueva misión.
Podíamos alimentar a los hambrientos.

6 de junio de 2008
27 de abril de 2008
©new york times
cc traducción mQh
rss

en una cárcel de zimbabue


La prueba de fuego de un periodista. Primera entrega.
[Barry Bearak] Harare, Zimbabue. Nunca antes me habían detenido y las perspectivas de estar en prisión en Zimbabue, uno de los países más pobres y represivos del planeta, parecían especialmente lúgubres: las celdas sucias y atiborradas, la posibilidad de que te golpearan. Pero me dije a mí mismo lo que he dicho repetidas veces a mis dos hijos: La vida es una recopilación de experiencias. Disfrutas de las buenas, y aprendes de las malas.
Me acusaron del delito de "cometer periodismo". Uno de mis captores, el inspector de detective Dani Rangwani, describió mi delito como algo despreciable, casi siseando las palabras: "Usted ha estado recogiendo, procesando y difundiendo noticias".
Y me habían pillado con las manos en la masa, con mis apuntes dispersos sobre mi escritorio, mis mensajes de textos en mi celular, mis artículos guardados en Microsoft Word en un ordenador portátil abierto.
En un momento, veintiún policías y detectives se arremolinaron en mi cuarto en un pequeño motel en Harare, la capital. Chocaban entre ellos mientras revisaban el cuarto, algunos arrodillándose, otros en la punta de los pies, buscando evidencias en armarios y gavetas. La puerta era custodiada por hombres con rifles.
Encontraron inmediatamente mis dos pasaportes de Estados Unidos, amplia evidencia de subterfugio. Uno contenía papeles que indicaban que yo era un periodista; el otro, el que tenía mi visa, decía que había entrado al país como turista.
"¿Eres realmente periodista?", me preguntaron.
"Sí", respondí.
"¿Y no estás acreditado en Zimbabue?"
"No, no lo estoy".
Yo estaba preocupado porque me habían ayudado algunos zimbabuenses. Los mensajes que habíamos intercambiado estaban en el celular. Imaginaba que por mal que las pasara yo, las cosas serían indudablemente peores para esos otros, esos amigos.
Uno de los polis cogió el teléfono. "Estás en serios problemas", me advirtió. Su tono era amenazante, pero también tenía un extraño rictus en su sonrisa que interpreté como una invitación.
"¿Me puedes ayudar?", susurré.
Su pulgar derecho se movía diestramente sobre el teclado del celular, pero entonces lo deslizó hacia un lado y empezó a pasarlo sobre el índice, lo que en el lenguaje de los signos representa el lubricante universal de la palma engrasada. En cuestión de minutos, negocié una visita a los servicios y le dejé cien dólares en mi neceser.
Luego nos pusimos hombro con hombro. "¿Qué es esto?", me preguntaba acusadoramente mientras pasaba los mensajes. Cuando yo asentía, los borraba.
El cuarto atiborrado estaba caliente. Me sentía en la cárcel. Necesitaba aire fresco, pero cuando avancé hacia la puerta, el detective Jasper Musademba, un hombre corpulento de chaqueta y corbata, me paró. Había sido el más agresivo de todos. "Si tratas de salir...", dijo severo, dejando la frase sin terminar. Convirtió su mano en una pistola y apretó el gatillo.
"¿Me matará?", pregunté.
"Ah", observó sarcástico. "Has visto esa película".

Limbo Electoral
Vine a Zimbabue para cubrir las elecciones del 29 de marzo, tiempos cruciales en un país conflictivo. La historia estaba tomando un cortés giro contra excéntricos como el presidente. Robert Mugabe, el eterno camaleón político que ha dirigido el país desde su independencia de Gran Bretaña en 1980, parecía al borde de la derrota.
Día tras día Zimbabue languidecía en un peculiar limbo. Mientras el gobierno se negaba a dar a conocer los resultados de elección presidencial, los totales ya habían sido publicados en todos los colegios electorales y había fuertes razones para creer que Mugabe, el presidente de 84 años, había sufrido un inesperado soponcio.
Esto debe haber sido un shock para el ‘viejo’, como lo llaman los zimbabuenses, sobre todo porque se considera a sí mismo padre de su pueblo. Fuentes fidedignas me dijeron que el rechazo primero deprimió al presidente Mugabe y lo dejó dispuesto a ceder.
Su poder había florecido mediante una metódica crueldad, incluyendo el asesinato de miles de personas en el bastión disidente de Matabeleland. Mientras él y sus amiguetes adquirían lujosas mansiones y gigantescas cuentas bancarias, empujó al país a una desastrosa ruina económica, en el que el principal motor fue una mal concebida expropiación de las productivas fincas de terratenientes blancos.
A Mugabe, que posee la genuina buena fe de un héroe libertador, le gusta presentarse como uno de los grandes defensores de la libertad. Mantener un barniz de democracia es importante para su imagen. Los grupos civiles pueden reunirse provisto que sus propuestas no lleguen a las masas. Los tribunales pueden funcionar si Mugabe conserva el derecho de anular las decisiones inconvenientes. Se pueden realizar elecciones si los rivales políticos sobreviven las palizas y encarcelamientos y las torturas -y los resultados pueden ser fiablemente manipulados.
El 3 de abril, el día que me arrestaron, mis métodos de observación de estos mecanismos pasaron curiosamente de ser externos a internos. Mi propia libertad dependía de esas pizcas de libertades cívicas todavía permitidas a la ciudadanía -y de los numerosos valientes que prosiguen sin doblegarse ante la implacable intimidación.
El barniz de libertad que Mugabe permite a la prensa se aplica del modo más tenue posible. Aunque se permiten algunos semanarios independientes, el estado controla el único diario y canal de televisión. Normalmente se niega la entrada al país a la mayoría de los periodistas occidentales.
Yo venía por primera vez a África. Mi mujer, Celia Dugger, y yo, llegamos en enero como jefes de despacho del New York Times en Johanesburgo. Con las elecciones inminentes en Zimbabue, hice dos viajes a Harare, tomando cada vez las habituales precauciones de seguridad. Dejé en casa mis credenciales y ordenador portátil, entré al país como turista y entrevisté a gente sólo a puertas cerradas. Por la noche destruía mis apuntes después de enviarlos por e-mail a mí mismo en un cibercafé. Escribía mis artículos sólo cuando volvía a Johanesburgo.
Pero las elecciones presidenciales presentaban nuevas complicaciones. Había que enviar artículos todos los días. Yo tenía que trabajar abiertamente en las calles, luego volver a mi cuarto con una conexión inalámbrica fiable para transmitir desde mi portátil. Con el tiempo, periodistas normalmente cautos empezaron a tomar riesgos que ridiculizaban su anterior prudencia, anunciando sus nombres y afiliaciones en ruedas de prensa de la oposición.
La necesidad entumeció mi propia prudencia. Mis artículos requerían continuas actualizaciones para la página web del Time, así que tenía que estar en el centro de Harare, con una mochila a mi espalda, dictando citas desde mi libreta de apuntes y deletreando nombres en la débil conexión del celular. Al principio yo había pedido que no colocaran mi nombre en los artículos. Pero otros periodistas fueron menos precavidos en cuanto revelar su identidad en el papel. Finalmente hice lo mismo.
Estaba alojando en el York Lodge, una serie de ocho cabañas distribuidas en un encantador terreno de matorrales y un jardín. A los 58, después de 33 años como periodista, me gusta pensar que puedo detectar los problemas, que estoy siempre alerta al peligro como si fuera un explorador de caballería de frontera que se pone tenso al sonido de un canto de ave sospechoso.
Pero la policía había estado en el motel durante 45 minutos y yo no me había enterado. Estaba actualizando otro post para la página web cuando salí del cuarto a tomar aire fresco a eso de las cuatro de la tarde. Maria Phiri, una alta e hirsuta detective con pendientes de aro y un vestido rojo, me llamó: "¡Eh, tú!" Me quedé pasmado.
Varios hombres corrieron hacia mí. Su primera pregunta me hizo tambalear.
"¿Quién eres tú?"

País sin Ley
Dos periodistas fueron detenidos en la York Lodge; otros dos fueron avisados antes de que volvieran de terreno. El otro desafortunado era Stephen Bevan, 45, un hábil periodista autónomo británico que trabaja para el Sunday Telegraph.
Nos subieron a una camioneta para llevarnos a la Comisaría Central de Policía de Harare, un enorme complejo de la era colonial conocido coloquialmente como Ley y Orden. La evidente alegría de los detectives por nuestra captura se vio pronto temperada por la llegada de una familiar e implacable enemiga, Beatrice Mtetwa, la más importante abogado de derechos humanos del país.
Es una mujer impresionante, con gafas rectangulares y un peinado recortado cuidadosamente afro.
"No existe el delito de ‘comisión de periodismo’, con o sin credenciales", nos informó en privado con su exagerado y leguleyo estilo. No lo sabíamos, y nos alivió bastante. De hecho, la ley había sido modificada en enero. Ahora era ilegal pretender falsamente tener credenciales, y ni Stephen ni yo habíamos hecho eso.
Pero la señorita Mtetwa también explicó las siniestras realidades de su afligido país: "Últimamente no hay ley en Zimbabue. Vuestros gobiernos no pueden ejercer presión; los británicos y los estadounidenses tienen muy poca influencia. La policía les retendrá tanto tiempo como quieran". Ella es presidente de la asociación de abogados de su país. El año pasado, unos policías la golpearon con sus porras.
Su colega, Alec Muchadehama, pasó hace poco un tiempo la Cárcel Central de Harare que ahora se erguía ante nosotros. "Este es una de las peores cárceles", nos dijo gravemente. "Tendréis que apoyaros uno al otro".
En realidad, la mente humana es buena para estas cosas. No toma demasiado tiempo pensar en personas muy admiradas que han sido encarceladas injustamente en cárceles del mundo. Yo conocía a una docena de líderes civiles de Zimbabue que me habían contado horribles historias sobre el tiempo que pasaron en prisión. Algunos fueron golpeados, a menudo en sus torsos y en la palma de sus pies. Otros fueron simplemente dejados en celdas repugnantes.
Logré llamar a Celia con un teléfono prestado. Mi mujer sabe cómo estar al mismo tiempo emocionalmente acongojada y serenamente práctica. Ya estaba pensando en cómo sacarme de la cárcel; al mismo tiempo, se estaba preparando para continuar desde Johanesburgo con la cobertura de Zimbabue para el diario.
"No te preocupes, me acostumbraré al calabozo", le dijo, tratando de sonar como un tipo rudo. Agregué un chiste de periodista: "Realmente, cualquier cosa es mejor que tener que escribir cuatro artículos al día para la página web".
Poco después de medianoche, el detective Musademba nos escoltó a Stephen y a mí a la cárcel. La electricidad ya no funciona en todas las alas de ese complejo destartalado. Los pasillos estaban totalmente desiertos. No se oía más que el crujido de nuestros zapatos y el goteo intermitente de las tuberías descubiertas.
En esos momentos espantosos, me sentí escalofriantemente privado de mis sentidos, excepto el olfato. A medida que avanzábamos, el hedor a orina de la cárcel se hacía cada vez peor.

2 de junio de 2008
27 de abril de 2008
©new york times
cc traducción mQh
rss

el hambre al acecho


Mientras las guerras desgarran el Cuerno de África.
[Jeffrey Gettleman] Dagaari, Somalia. La crisis global de los alimentos llegó a la choza de Safia Ali. Ya no puede comprar arroz, ni trigo, ni leche en polvo.
Al mismo tiempo, la sequía ha diezmado el rebaño de cabras de su familia, convirtiendo su única fuente de sustento en una pila de huesos blanqueados y cueros tan delgados como papel.
La consecuencia es que la señora Safia, de 25 años y madre de cinco hijos, no ha comido en una semana. Su hijo de un año también se está muriendo de hambre -un niño adorable, lánguido, que no responde ni cuando se le pellizca.
Somalia -y gran parte del volátil Cuerno de África- era el último lugar en la Tierra que necesitaba una crisis de la alimentación. Incluso antes de que los precios de los alimentos empezaran a dispararse en el planeta, la guerra civil, los desplazamientos y las operaciones de ayuda ahora en peligro habían empujado a mucha gente aquí al borde de la hambruna.
Pero ahora con el precios de los alimentos disparándose fuera del alcance de la gente y el ganado derrumbándose muerto en la arena, los campesinos de esta comarca aplastada por el sol dicen que cientos de personas están muriendo de hambre y sed.
Esto es lo que ocurre, dicen los economistas, cuando la crisis mundial de la alimentación se junta con el caos.
"Estamos en la tormenta perfecta", dice Jeffrey D. Sachs, economista de Columbia e importante asesor de Naciones Unidas, que visitó hace poco la vecina Kenia.
Hubo una colisión de problemas en toda la región: lluvias miserables, cosechas desastrosas, precios desenfrenados, el ganado muriéndose de hambre, la espiral de violencia, la inflación descontrolada y una ayuda alimentaria cada vez más reducida debido a muchos de estos factores.
Al otro lado de la frontera en Etiopía, en la región de Ogaden, asolada por la guerra, la situación es igual de mala. En Darfur, Naciones Unidas tuvo que reducir las misiones de distribución de raciones debido a un aumento del bandolerismo que pone en peligro las entregas de alimentos. Kenia también se ve vulnerable.
Un reciente titular en uno de los diarios más importantes de Kenia decía que "veinticinco mil campesinos corren riesgo de muerte", atribuyéndolo a una combinación de la sequía, los costes más altos de fertilizantes y combustible y la violencia post-electoral que ha desplazado a miles de campesinos. "Esos lugares no están al borde del abismo", dijo Sachs. "Ya cayeron al abismo".
Muchos somalíes están tratando de paliar el hambre con una delgada papilla hecha de las ramas machacadas de un árbol espinoso llamado jerrin. Algunos viejos dicen que sus niños están chupando sus propios labios y lenguas debido a que no tienen comida. El tiempo ha sido inclemente: días intensamente calurosos seguidos por noches cruelmente frías.
Esta semana Saida Mohamed Afrah, otra escuálida madre, dejó a sus dos hijos debajo de un árbol y salió a buscar comida y agua. Cuando volvió dos horas después sus hijos habían muerto.
No tenía mucho que decir sobre la sequía. "Me hubiese gustado que mis niños murieran en mi regazo", dijo.
Naciones Unidas ha declarado a un amplio tramo del centro de Somalia en situación de emergencia humanitaria, el estado anterior a una hambruna declarada. Pero Christian Balslev-Olesen, director de operaciones de la Unicef en Somalia, dijo que era probable que la situación empeorara en las próximas semanas.
El hambre se define según varios criterios, incluyendo la malnutrición, la mortalidad, la escasez de alimentos y agua y la destrucción de las fuentes de vida. Algunos de estos factores, como una aguda tasa de malnutrición de hasta un veinticuatro por ciento en algunas zonas de Somalia, ya han pasado los umbrales de emergencia y se están acercando a una situación de hambruna. Balslev-Olesen dijo que hace poco la Unicef recibió informes de gente que está muriendo de hambre y sed. Es difícil saber cuántos exactamente, dijo, aunque los viejos de la localidad dicen que se trata de una cincuentena.
"Tenemos todos los indicadores de una catástrofe", dijo Balslev-Olesen said. "Pero todavía no podemos declarar la situación de hambruna. Pero temo que se trate de una cuestión de semanas".
Mucha gente considera que Somalia ya es una catástrofe. Tiene una de las tasas de malnutrición más altas del mundo -y en un buen año. El colapso del gobierno central en 1991 lanzó a Somalia a una espiral de sangre en una guerra entre clanes de la que todavía debe emerger. La época comenzó con una hambruna que mató a cientos de miles de personas.
El consenso ahora es que los mismos elementos de principios de los años noventa -un conflicto de alta intensidad, desplazamientos étnicos y sequía- se están acumulando de nuevo, y en momentos en que se producen a nivel mundial los precios más altos de los alimentos en los últimos treinta años. Naciones Unidas dice que 2.6 millones de somalíes necesitan ayuda y esa cifra podría llegar pronto a los 3.5 millones, casi la mitad de la población. Si cayeran lluvias abundantes o si se proclamase repentinamente la paz, la crisis podría mitigarse. Pero las proyecciones climatológicas e incluso los pronósticos políticos más rosados no predicen eso.
Si Somalia se desliza hacia la hambruna puede depender de la ayuda, y ahora mismo ese aspecto no se ve muy bien. Once colaboradores fueron asesinados este año, y funcionarios de Naciones Unidas dicen que Somalia está más complicada y peligrosa que nunca.

Más allá de los señores de la guerra y las guerras entre clanes, ahora existe un conflicto en ciernes con los colaboradores occidentales. El gobierno de Bush dice que terroristas de al-Qaeda se están ocultando en Somalia, protegidos por musulmanes locales, y los ha atacado con bombardeos aéreos. Pero un reciente ataque norteamericano contra un líder musulmán en Dusa Marreb, una ciudad en el centro de la zona de sequía, ha provocado una ola de amenazas de venganza contra los colaboradores occidentales. Naciones Unidas y organizaciones privadas de ayuda dicen que ahora es demasiado peligroso extender su trabajo hacia Dusa Marreb.
"Ahora estamos en un contexto diferente", dijo Chris Smoot, director de programa para los proyectos de World Vision en Somalia. Dijo que había "elementos renegados anti-occidentales que te pueden cerrar en cualquier momento, de cualquier manera".
La ayuda es también un serio problema en la región de Ogaden en Etiopía, al otro lado de la frontera. Un informe reciente escrito por un contratista que trabaja para la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional dijo que la sequía estaba "claramente empeorando" y que la respuesta del gobierno etíope, uno de los más estrechos aliados de Estados Unidos en África, era "absolutamente terrible".
Es probable que no sea accidental. El gobierno etíope está luchando contra la subversión en Ogaden, y el informe dice que el gobierno está "claramente utilizando el alimento como arma" para hambrear las zonas rebeldes. También se descubrió una misteriosa bodega de alimentos donados por Estados Unidos frente a una base del ejército etíope. "El gobierno de Estados Unidos no puede permitir que la operación alimentaria continúe de este modo", dice el informe. "En otro país esta situación sería absolutamente vergonzosa".
El informe no fue hecho público, aunque se entregó una copia al New York Times. Cuando se le preguntó sobre el informe, un funcionario de la ayuda norteamericana dijo que el informe era "simplemente una instantánea y las observaciones e impresiones de una persona". Pero el funcionario, que habló a condición de conservar el anonimato, también dijo que "no estamos diciendo que no hay crisis en Ogaden. No estamos diciendo que la respuesta etíope haya sido satisfactoria. Pero se ha hecho algún progreso. Y necesitamos más".
Funcionarios etíopes se negaron a comentar el asunto y han rechazado las acusaciones de violaciones de los derechos humanos en Ogaden.
En toda la región, una de las más miserables entre las miserables, a menudo se deja a la gente a merced del desierto. En Somalia central, por ejemplo, en el último año han caído menos de cinco pulgadas de lluvia, dicen funcionarios. Los vientos son violentos, las gargantas están secas. Esta zona, como gran parte del Cuerno de África, es demasiado árida como para permitir la agricultura. La gente aquí, en zonas aisladas como Dagaari, sobrevive criando cabras, ovejas, ganado y camellos, vendiendo los animales por dinero para comprar alimentos.
"Pero nadie quiere una cabra flaca", explicó Abdul Kadir Nur, un pastor de Dagaari.
Eso era casi todo lo que le quedaba después de que la sequía terminara con cuatrocientos de sus cuatrocientos cincuenta animales.
No lejos de la pila de huesos de cabra hay un círculo de piedras. Es la tumba de su hijo pequeño.
Abdul Kadir dijo que el niño murió de hambre y que había cavado su sepultura en un ángulo "para dormir tranquilo".
Avanzó unos pasos más, sus chancletas hundiéndose en la resquebrajada tierra. Llegó a la choza de Safia, donde un grupo de personas se asomaba por la puerta, mirándola sudar en el suelo de tierra. El hospital más cercano estaba a sólo media hora de distancia, pero nadie tenía dinero para pagar el viaje.
"Probablemente morirá", dijo un viejo y se alejó caminando.
El hijo de Safia parecía saberlo. Se acurrucó junto a su madre con la cara apretada contra la húmeda tela que la cubría. Sus costillas se movían de arriba a abajo, respirando apenas.

26 de mayo de 2008
17 de mayo de 2008
©new york times
cc traducción mQh
rss

barbarie en johanesburgo


Violencia xenófoba se extiende por las barriadas de Johanesburgo.
[Barry Bearak] Johanesburgo, Sudáfrica. La violencia contra los inmigrantes se extendió como un fuego descontrolado vecindario tras vecindario aquí en las principales ciudades de Sudáfrica este fin de semana, y la policía declaró que el caos dejó al menos doce personas muertas -golpeadas, matadas a tiros, apuñaladas o quemadas vivas por las turbas.
Miles de aterrados extranjeros -muchos de ellos de Zimbabue que habían escapado del derrumbe económico de su país- han abandonado sus destartaladas viviendas y sus casuchas de paredes de hojalata para refugiarse en iglesias y comisarías de policía.
Este último estallido de xenofobia empezó hace una semana en la histórica comuna de Alexandra y se ha extendido desde entonces hacia otras zonas en Johanesburgo y alrededores, incluyendo Cleveland, Diepsloot, Hilbrow, Tembisa, Primrose, Ivory Park y Thokoza.
En medio de la violencia, la policía tuvo que dispersarse, enviando pelotones de agentes en vehículos blindados. "Estamos usando todos los recursos disponibles y pediremos refuerzos cuando sea necesario", dijo a periodistas Govindswamy Mariemuthoo, portavoz de la policía.
El presidente Thabo Mbeki dijo el domingo que formaría una comisión de expertos para investigar las causas de la violencia. Jacob Zuma, presidente del gobernante Congreso Nacional Africano y el hombre que se presume sucederá a Mbeki este próximo año, dijo que los ataques contra extranjeros eran una vergüenza para el país.
"Deberíamos ser los últimos en tener este tipo de actitudes negativas hacia los hermanos y hermanas que vienen del extranjero", dijo Zuma.
Muchos de los actuales dirigentes de Sudáfrica hallaron refugio en países vecinos durante los años del apartheid y se mostraron profundamente avergonzados por la violencia.
Los editoriales de periódicos han dicho que los estallidos de violencia demuestran que se usa a los inmigrantes como chivos expiatorios de los problemas de Sudáfrica. La tasa de desempleo oficial es de 23 por ciento. Los precios de los alimentos han aumentado fuertemente. La tasa de criminalidad es una de las más altas del mundo.
Y sin embargo, Sudáfrica, con la economía más próspera de la región, es un imán que atrae a un flujo continuo de inmigrantes de Malawi, Mozambique y otros países. Se estima de unos tres millones de zimbabuenses han encontrado refugio en este país vecino; muchos de ellos habían escapado en los últimos meses de la economía de Zimbabue, que ha colapsado y donde se ha intensificado la violencia política.
Turbas de sudafricanos gritaban: "¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes?", cuando recorrían las estrechas calles que comparten con los inmigrantes. Obligaban a la gente a salir de sus casas, robando sus pertenencias y cerrando sus casas con candados.
Tiendas y negocios -muchos de ellos de propiedad de zimbabuenses, somalíes y paquistaníes- han sido saqueados. Muchas de las víctimas son residentes legales con todos los documentos de inmigración requeridos. Algunos están siendo asaltados y robados por sus vecinos, personas que han conocido durante años. Aunque la rabia contra los inmigrantes es genuina, también hacen un astuto uso de la oportunidad.
La policía dijo que había arrestado a más de doscientas personas durante el fin de semana.

23 de mayo de 2008
19 de mayo de 2008
©new york times
cc traducción mQh
rss

queman vivas a brujas


Quince mujeres acusadas de brujería fueron quemadas vivas, en Kenia.
Kenia. Una turba descontrolada quemó vivas a 15 mujeres acusándolas de brujería en un pueblo del oeste de Kenia.
Un centenar de personas encolerizadas fueron puerta por puerta en el pueblo de Nyakeo, a 300 km al oeste de Nairobi, tomando a las víctimas y atándolas antes de prenderles fuego, informó a la agencia AFP un responsable local y varios habitantes del poblado.
"Es inaceptable. La gente no puede hacer justicia por sí misma porque sospecha de alguien", declaró el responsable local del distrito, Mwangi Ngunyi.
Decenas de personas acusadas de brujería fueron asesinadas en el oeste de Kenia en los años noventa. Por la zona corrió el rumor de que esas personas traían la mala suerte y volvían a la gente caníbales, sordos, mudos o sonámbulos. La región pasó a tener la reputación de ser una ‘zona de brujas’.

22 de mayo de 2008
©la nación
rss


hambruna y países ricos amenazan a áfrica


Mauritania, como gran parte de África, depende de alimentos importados. A medida que se eliminan las barreras comerciales, los pobres se enfrentan a duros dilemas.
[Anthony Faiola] Nouakchott, Mauritania. Incluso antes de que cogiera un cuchillo de carnicero para degollar a la cabra, Likbir Ould Mohamed Mahmoud supo que sólo empeoraría las cosas.
La cabra era un botín vivo en esta árida ciudad al borde del Sahara, que daba a su familia la dulce leche que llenaba sus estómagos al desayuno. Pero como los disparados precios de los alimentos que han afectado a los países más pobres de África, se vio obligado a unirse a muchos de sus vecinos y sacrificar o vender una de sus fuentes de riqueza: su ganado.
Con el sacrificio de su cabra el mes pasado, el jornalero agrícola y cabrero de 39 años cambió la leche del desayuno de la familia por la carne de la cena. Sólo duró unos días. La familia, dijo, no podía pagar los disparados precios de los alimentos básicos. Ahora sus dos hijos lloran de hambre en la mañana. Una mañana hace poco no aguantó más. Llevó la cría de la cabra -uno de los dos últimos animales de su rebaño- al escuálido mercado ganadero de aquí con la esperanza de venderla para comprar comida. "Todo -el trigo, el arroz, el azúcar y el pienso animal- está más caro que nunca antes", dijo. "¿Qué haremos? Pronto no tendremos nada que vender".
Como la mayoría de los países más pobres del mundo, Mauritania quedó atrapada en la trampa global de los alimentos, produciendo sólo el treinta por ciento de lo que consume su pueblo e importando la mayoría del resto. A medida que los precios ascienden descontroladamente, los que no pueden pagarlos son los más perjudicados en momentos en que el mundo hace frente a la peor ronda de inflación de los alimentos desde la crisis soviética de los granos de los años setenta.
La fuerte demanda global y la reducción de la oferta son los factores claves que están haciendo subir los precios, pero quizás igual de importante es la masiva interrupción del libre flujo del comercio global. En los últimos meses, países productores de alimentos, desde Argentina a Kazajstán han empezado a cerrar sus puertas para proteger el acceso de sus habitantes a los alimentos que producen.
Los países con agriculturas poco desarrolladas se quedan sin saber qué hacer. Mahmoud, cuya familia vive justo más allá de las dunas en una barriada en el desierto, gana cerca de un dólar con cincuenta centavos al día para mantener a su familia de cuatro miembros. Su salario no ha subido. Pero en los últimos seis meses, el costo del trigo importado que utiliza su mujer para hacer el duro pan local ha subido en un 67 por ciento, el aceite de cocina en un 117 por ciento y el arroz en un veinticinco por ciento. Aunque aquí esos son alimentos básicos, Mauritania, con sólo el 0.2 por ciento de su tierra destinada a la agricultura, produce reducidísimas cantidades.
Esto se debe en parte a que cada vez hay menos campesinos. En un país cada vez más amenazado por el desierto del Sahara, las barriadas de Nouakchott, la capital, están llenas de ex campesinos que abandonaron sus esforzadas vidas dedicados a la siembra de cultivos de subsistencia a lo largo de años de sequía. La vida en la ciudad era, en términos comparativos, mejor, pero en los últimos meses han subido los precios de los alimentos y los que viven con los márgenes más pequeños han empezado a desesperarse.
"No sé qué hacer para alimentar a mi familia", dijo Mahmoud. "No tenemos cómo".

Una Crisis Que Atormenta a África
El Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas ha marcado este año a treinta países que hacen frente a una creciente inseguridad en los alimentos como consecuencia directa de las fuerzas del mercado;
veintidós de ellos están en África. A medida que suben los precios, países como Mauritania, Burkina Faso, Camerún, Senegal y otros importadores de alimentos se han visto devastados por disturbios civiles. El hambre está golpeando en partes del continente de un modo similar a períodos pasados de sequías, inundaciones o guerras civiles. Según el Programa Mundial de Alimentos, en Mauritania, un país de 3 millones de habitantes a horcajadas entre Arabia y el África negra, la cantidad de gente que no recibe suficiente alimento este año en las zonas rurales ha aumentado en un treinta por ciento, pese a una cosecha anual relativamente buena. Se ha declarado el estado de emergencia alimentaria en amplias regiones del país, y el programa de alimentación se ha apresurado a instalar puestos de distribución.
Expertos de Naciones Unidas, funcionarios del Banco Mundial y organizaciones de ayuda temen que esto marque el inicio de la peor crisis alimentaria en la región en décadas; los funcionarios han pedido a los países ricos 755 millones de dólares en ayuda alimentaria. Grupos de ayuda ya están quedándose atrás en sus campañas para proporcionar alimento en el continente, dejando a merced del mercado incluso a las comunidades más pobres.
"Esta es la nueva cara del hambre", dijo Josette Sheeran, directora ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos.
Se suponía que la globalización eliminaría este tipo de recurrentes desastres. Con los economistas irradiando confianza en la nueva eficiencia del mercado global, la necesidad de la autosuficiencia alimenticia parecía algo casi arcaico. En esa nueva realidad, los mercados globales proporcionarían una permanente abundancia que la árida tierra de aquí no podía entregar, y a precios razonables.
Pero resultó que esa globalización no funcionaba para el alimento. Los países, especialmente los países ricos, se vieron obligados a continuar protegiendo a sus campesinos y su abastecimiento alimentario doméstico, incluso cuando exigían la liberalización del comercio para productos manufacturados. Esto distorsionó el mercado, que no se ajustó al aumento de la demanda global y la producción decayó.
Sin preveer ese desarrollo, el gobierno de Mauritania abandonó su antigua política de fijar los precios de los años noventa. Pero también abandonó sus esfuerzos de gran escala para impulsar la producción agrícola, desviando recursos hacia la minería del hierro y otras industrias.
La última gran campaña agrícola aquí -respaldada internacionalmente para impulsar los cultivos irrigados en el sur del país- fracasó hace más de quince años, dicen funcionarios, porque el dinero se destinó a los comerciantes antes que a los campesinos. Carecían de motivación y del conocimiento que se necesitaba para los cultivos a gran escala. "Desde entonces los campos fueron abandonados y ahora están cubiertos de malezas", dijo Ahmeda Quld Mohamed Ahmed, del la oficina de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en Mauritania. "Realmente nunca fue una prioridad nacional".
Ahora se ha convertido en una. El nuevo gobierno elegido democráticamente que llegó al poder el año pasado, quiere evitar que se repitan las revueltas por la escasez de alimentos de noviembre último que dejaron un muerto y el incendio y saqueo del comercio. El gobierno está impulsando un nuevo programa de irrigación en el sur con el ambicioso objetivo de duplicar la producción agrícola a fines de año. "Esta es la prioridad número uno del gobierno", dijo el primer ministro Zeine Ould Zeidane.
Mauritania sabe que debe sobrellevar más de su propia carga alimenticia. En todas parte los países productores de alimentos están cerrando las puertas al comercio exterior. Argentina subió los aranceles de exportación de la soya y el girasol en casi un 44 por ciento. Rusia ha cuadruplicado los impuestos a la exportación de arroz, que han subido en un cuarenta por ciento. Kazajstán, uno de los mayores exportadores de trigo del mundo, paralizó completamente las ventas al extranjero. El precio del arroz alcanzó un récord nunca visto después de que Indonesia prohibiera que sus campesinos vendieran sus granos fuera del país.
Al mismo tiempo, los países que dependen de las importaciones y que pueden pagar precios más elevados también están acumulando. La rica Singapur está acumulando arroz. Malasia está creando una nueva repartición de gobierno para acumular alimentos. Muchos países, entre ellos Mauritania, han abandonado los antiguos impuestos a la importación para facilitar el comercio y bajar los precios en casa. Pero con la escasez de la demanda global, las medidas han tenido aquí apenas efecto en cuanto al control de precios. Los importadores en Mauritania, por ejemplo, dicen que tienen apenas un abastecimiento de 45 días de productos claves como el trigo.
"Todo el mundo está protegiendo sus intereses", dice Joachim von Braun, director general del Instituto de Investigación de Políticas Alimenticias. "Y no se suponía que la globalización debía funcionar así".

Los Países Ricos Se Apoderan del Pescado
La competencia global por los alimentos está golpeando a Mauritania también de otros modos. Eso se puede ver claramente en las costas de Nouakchott, en el Atlántico, donde otro producto cada vez más escaso está siendo transportado
diariamente hacia las playas en tradicionales botes de pesca: el pescado.
La pesca aquí ha descendido bruscamente en los últimos años. Los funcionarios admiten que se debe a que Mauritania se encuentra en una situación paradójica. Treinta y dos por ciento de su presupuesto nacional proviene de la venta de permisos para la pesca industrial, la mayoría de ellos a buques europeos, que ahora pescan en las ricas aguas de las costas de Mauritania. Aunque eso ha entregado al gobierno una fuente de divisas que necesita desesperadamente, también ha significado menos peces en las redes locales.
Incluso las mejores presas de la pesca local terminan en Europa o Japón. Los exportadores saludan a los pescadores en las playas justo antes del ocaso, para comprar la pesca de mejor calidad. La pesca es empacada rápidamente en hielo para ser transportada a Londres, París, Nueva York o Tokio mientras los pescaderos locales, derrotados, miran impotentes.
"Vemos todos los días frente a nuestros ojos cómo las presas de mejor calidad son transportadas fuera del país", dijo Mame Kato Diop, 36, envuelta en una túnica azul índigo y amarillo mientras ella y otros pescaderos esperan que los exportadores terminen sus negocios. Más tarde compraran lo que quede para venderlo en la ciudad. "Nos dejan las sardinas y ellos se llevan los peces más sabrosos. No podemos competir con el hambre de los países ricos".
El mero, dijo, era antes básico para la cocina tradicional, pero ha desaparecido de las mesas de la localidad. En los últimos cinco años incluso los peces de peor calidad que quedan han subido de precio, dicen aquí los pescaderos, en casi un cuarenta por ciento.

Éxodo de Hombres
En el distante y rural sudeste, donde las chozas de barro salpican la arena y el sol calienta el aire hasta los 48 grados Celsius al mediodía, el Programa Mundial de Alimentos ha declarado el estado de emergencia alimentaria.
En los mercados al aire libre de aquí el precio del sorgo -el más importante alimento regional básico utilizado para preparar una almidonada papilla con la savia de un árbol- ha subido en los últimos seis meses en más de un veinte por ciento, un fuerte aumento en una región donde más del sesenta por ciento de la población vive con menos de un dólar al día. Ha ocurrido mientras la vecina Mali, privilegiada con precipitaciones ligeramente más altas y buenas cosechas y temiendo que estalle una crisis alimentaria en su territorio, ha prohibido la exportación de granos a Mauritania. El trigo, acumulado en las ciudades, ha prácticamente desaparecido de los mercados locales. Los comerciantes de Senegal y Mali cruzan la frontera para comprar lo que quede de trigo, porque es todavía menos caro aquí que en sus países.
Aunque los campesinos dedicados a los cultivos de subsistencia en la zona han sembrado las áridas tierras con sorgo desde hace tiempo, nunca han producido lo suficiente como para sostener a sus propias familias. Para ganar dinero y comprar más, los hombres de estas zonas se marchan anualmente a la búsqueda de trabajos temporales para prepararse para la temporada flaca a fines de la primavera, antes de la llegada de las lluvias.
La emigración anual se ha adelantado este año por el desenfrenado aumento de los precios. En Bouta, un mísero pueblo de setenta familias cerca de la frontera con Mali, todos los hombres sanos se marcharon hace meses a la búsqueda de trabajo, dejando atrás un villorrio de mujeres, viejos y niños.
Como la mayoría de las mujeres de Bouta, Metouna Mint Mohmaud, 29, no sabe dónde está su marido; sólo sabe que se marchó con otros para buscar trabajo manual en ciudades que están a varios días de distancia de aquí. No hay teléfono -ni electricidad- para mantenerse en contacto. Pero sí sabe, y los funcionarios del Programa Mundial de Alimentos lo han confirmado, que sus mellizas de once meses sufren una severa malnutrición por la alimentación insuficiente de los últimos meses. El alimento, dijo, ha sido una lucha de toda la vida. Sus ojos se agitan con ansiedad cuando habla de los problemas más recientes de su pueblo.
Las semillas de sorgo, muchas de las cuales provienen de Mali o son importadas de otros países, han duplicado su precio en los cuatro meses que han estado ausentes sus hombres. Las mujeres del pueblo se inquietan sobre cómo comprarlas, incluso con el dinero con que volverán los hombres. "¿Cómo vamos a comer este año?", dijo, meciendo en su regazo a una de las lánguidas mellizas. "Ni siquiera podemos pagar las semillas".
Los tres dólares que gana a la semana cosiendo las doradas solapas de las tradicionales túnicas bubu usadas aquí son cada vez más difíciles de hacer. "No podemos venderlas; todo el mundo está gastando su dinero en alimentos", dijo. "Ni siquiera tengo un plan; no sé qué hacer".
Los precios de los alimentos están provocando el caos incluso en esas ciudades suficientemente afortunadas que reciben ayuda alimentaria. En Maghleg, un pueblo a unos cincuenta kilómetros al este de Bouta, el banco de alimentos del Programa Mundial de Alimentos, que vende granos por debajo del precio de mercado, está medio vacío. Los administradores locales utilizan las ganancias de la venta de alimentos para reponer las bodegas para el futuro. Pero debido a que el precio de la mayoría de los granos se ha duplicado o más en los últimos seis meses, el dinero de las ventas actuales no es suficiente para reponer las existencias. Mucha gente depende ahora del mercado local, que está a un día de distancia del pueblo.
De momento, sin embargo, es la erosión de las estrategias de subsistencia lo que más inquieta a los expertos aquí. Temen que pueda desencadenar en una crisis mucho más amplia que pudiera acercarse a la hambruna a gran escala que sufrió África en los años ochenta.
"Para mucha gente, las fuentes de ingreso se están secando justo cuando aumentan los precios", dijo Gian Carlo Cirri, director en Mauritania del Programa Mundial de Alimentos. "Estamos muy, muy preocupados de lo que pueda ocurrir ahora".

¿Hasta Dónde Puedes Llegar?
Uno de los signos más preocupantes de que la situación se está haciendo crítica aquí es el fuerte aumento de la venta de ganado, especialmente de parte de campesinos pobres y habitantes de barriadas.
El mercado aún no se ha ajustado: El aumento en la oferta está haciendo bajar el precio del ganado, aunque los precios de la carne siguen estando altos. Ha puesto a gente como Likbir Ould Mohamed Mahmoud en una difícil situación.
"¿Quién me quiere comprar mi cabra?", gritó en Marobe Haywane, el mercado ganadero salpicado de basura de Nouakchott, llevando en sus brazos al berreante cabrito. Cruzó la calle -una mezcla de arena del desierto y partes de una cabra sacrificada- dirigiéndose a un grupo donde había más vendedores que compradores. "Por favor, ¿no la quieren mirar?"
Es su última cabra; su familia de cuatro ha vendido o comido las otras cinco que tenía en el último año a medida que los precios aumentaban. La familia se quedará con un cordero cuando venda la cabra, si la vende.
Un comprador envuelto en una túnica verde esmeralda muestra interés. Mahmoud se dirige a él.
"Déjeme que la venda la cabra".
"¿Cuánto? ¿Cuál es tu precio más bajo?"
"Déme por lo menos veinticinco dólares".
"Es una cabra muy chica".
"Sí, es chica. La crié en mi casa. Pero es muy buena".
No la vendió. Como ocurrió en todo el día, el comprador no quiso pagar el precio que se ha estado pagando en los últimos meses, no cuando hay tantas otras cabras a la venta. Mahmoud sopesó sus alternativas, resignándose a pedir un adelanto por su trabajo como pastor de un comerciante del mercado. "No puedo venderla muy barato", dijo sobre el cabrito. "No sería justo con mi familia".
La familia tiene deudas en el mercado local, que en los últimos meses han crecido a veinte dólares. No tiene ni idea de cómo la pagará. Ruega, dice, que el comerciante le siga prestando. "¿Si no, cómo comeremos? Los precios están muy altos". Aunque la vida aquí es difícil, él, como otros en la barriada, dice que volver a su vida anterior y tratar de ganarse la vida en esas tierras áridas en el campo sería todavía peor. Dice que llegó para quedarse.
"Por supuesto, no quiero volver al pueblo", dijo. "Allá te puedes morir de hambre sin ni siquiera darte cuenta. Ni siquiera ves la comida. Aquí al menos la puedes ver, aunque no puedas comprarla. Le da algo de esperanza. La puedes ver en el coche que pasa a tu lado. Eso me hace feliz".

Travis Fox y Richard Drezen contribuyeron a este reportaje.

15 de mayo de 2008
28 de abril de 2008
©washington post
cc traducción mQh
rss


viviendo con casi nada


El aumento de precios significa más hambre para los habitantes de Swazilandia. La mayoría de ellos ya viven en condiciones de extrema pobreza.
[Robyn Dixon] Ndzangu, Swazilandia. Los precios en la pequeña y sucia tienda subieron hace unas semanas, y fueron garabateados en pedazos de pizarra azul debajo del reloj de plástico estropeado. Algunos aldeanos miraron en silencio, consternados. Otros quisieron saber por qué habían subido los precios.
La dependienta, Ngondile Ngcamphalala, 23, no tenía una respuesta a la mano.
"No sé por qué. Siempre les digo que les precios subieron en la bodega donde los compramos nosotros", dice, encogiéndose de hombros mientras una vieja radio a pilas zumba monótonamente en el fondo.
Los precios escapan al control de los aldeanos: la sequía, los crecientes precios internacionales, la renovada demanda mundial, el colapso de la divisa en la vecina Sudáfrica.
Los últimos aumentos de precios fueron de dos emalangeni, unos veinticinco centavos de dólar. Aquí, eso es una fortuna.
De acuerdo a Naciones Unidas, cerca del 69 por ciento de la población de Swazilandia vive por debajo de la línea de la pobreza; un cuarto de la población depende de la ayuda alimenticia. Entretanto, el Rey Mswati III, el último monarca absoluto de África, tiene trece esposas y una flota de coches de lujo, pagados todos por el estado.
Njabuliso Samedze, 31, está sentada a la sombra sobre una desgastada estera, meciendo a un bebé, Nomphilo, cuya barriga se ve severamente hinchada, un claro síntoma de malnutrición. Dos cachorros esqueléticos deambulan por el lugar.
Ella, su marido y tres niños dependen de la ayuda del Programa Mundial de Alimentación de Naciones Unidas. Su marido, Musa, constructor y campesino, gana unos veinte dólares al mes sembrando algodón y construyendo casas. Pero no ha construido una casa desde 2001, porque nadie puede pagarlas.
Samedze compra harina de maíz, jabón, sal, aceite de cocina y parafina para la lámpara. Pero ha reducido su consumo de aceite y parafina.
"Dejamos de comprar arroz. Antes comprábamos azúcar, pero ya no lo hacemos", dice. "Los precios los fijan los tenderos, así que si los suben no podemos hacer nada".
En Swasilandia del Este no llueve desde los años noventa, lo que ha arruinado la agricultura.
Los pobres dependen de la cosecha de maíz. "Cualquier aumento del precio del maíz hace la vida más difícil para los más vulnerables", dice Richard Lee, portavoz del Programa Mundial de Alimentación en Johannesburgo, Sudáfrica.
Como la esposa de un agente de policía, Zodwa Ndzimande, 68, no temía a la pobreza. Pero después de la muerte de su marido, descubrió que su pensión mensual sigue encogiéndose. Ahora también ella depende de las entregas del Programa Mundial de Alimentación, y cuando no le alcanza, tiene que trocar alimentos.
Ndzimande está sentada frente a su destartalada choza con techo de paja, enrollando fibras vegetales para hacer una cuerda para venderla. También recoge y vende frutas silvestres. Con su venta gana unos nueve centavos al día.
A unos pasos de la tienda de Ndzangu, una casa desprende un aire de bienestar, las cortinas moviéndose en las ventanas. Pero dentro, el trabajador azucarero jubilado, Wilson Nxumalo, está desesperado.
"Ya no podemos comprar arroz, ni carne, ni cosas como esas", dice.
"A principios de año tuve que vender mi último ganado para comprar harina de maíz".
"Estoy muy preocupado", dice. "¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?"

robyn.dixon@latimes.com

29 de abril de 2008
1 de abril de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
rss

cuánto vale el pan en zimbabue


El pan cuesta diez millones de dólares zimbabuenses. Con la inflación en un cien mil por ciento, pocos pueden comprar los artículos básicos.
[Scott Baldauf] Bulawayo, Zimbabue. Envuelta en su sari de color rosa y amarillo, Neeti Patel, ve llegar a los clientes a su tienda, mirar lánguidamente los bocadillos, y marcharse con las manos vacías.
No es que sus precios sean altos -un bocadillo de chorizo cuesta apenas treinta millones de dólares zimbabuenses, o cerca de un dólar con veinticinco centavos. El problema es la desenfrenada inflación de Zimbabue -hoy es la más alta del mundo, más de un cien mil por ciento en un año- mantiene altos sus costos. Una bolsa de patatas de trece kilos y medio, costaba noventa millones en la primera semana de marzo. Ahora la misma bolsa cuesta 160 millones, y sus clientes simplemente no tienen ese dinero.
"Hemos tenido que sufrir los precios, pero la gente no puede seguir pagándonos", suspira la señora Patel, que se mudó hace seis meses de India a Zimbabue con su marido, asumiendo que este país del sur de África le ofrecería las mismas oportunidades que ha ofrecido a los tenderos indios durante generaciones. "Pero si no subimos los precios, no tendremos ganancias. Nunca pensamos que podría pasar esto".
Hay abundancia de teorías sobre por qué Zimbabue ha pasado de ser el granero de África del Sur, a su cesta. Economistas occidentales lo atribuyen a la redistribución socialista de granjas comerciales entre los amigos y partidarios del presidente Robert Mugabe. Los partidarios de Mugabe responsabilizan a gobiernos occidentales, que suspendieron la ayuda económica en respuesta a las violaciones de Mugabe a los derechos humanos. Cualquiera sea la causa, las penurias de los zimbabuenses de a pie son fáciles de ver en sus tiendas y hogares, y difíciles de resolver mientras Mugabe y sus seguidores sigan en el poder.
"Es realmente horroroso lo que aguarda en el futuro a la gente", dice Paul Siwela, economista en Bulawayo, un bastión de la oposición. Las purgas étnicas contra los propios zimbabuenses, combinado con ataques a los granjeros comerciales blancos, ha empujado a gran parte de la mano de obra capacitada a mudarse a otra parte. "En los últimos ocho años, la economía se ha contraído a un sesenta por ciento de lo que era antes".

¿Culpa Itinerante?
Los partidarios de Mugabe, que enfrentó su reto más grande de sus 28 años de presidencia en las elecciones del 29 de marzo, culpa de las dificultades económicas del país a Gran Bretaña, su antiguo poder colonial. Pero Siwela dice que la mayor parte de los problemas del país son autoinfligidos.
Las sanciones económicas impuestas por países occidentales al régimen de Mugane no explica el enorme crecimiento del gasto fiscal que ahora es casi el sesenta por ciento del producto doméstico bruto total, dice.
Con una industria manufacturera que opera ahora a apenas el cinco por ciento de su capacidad, debido en gran parte a la falta de electricidad y agua -hay menos impuestos por pagar que por gastar, y Zimbabue se ha hundido en deudas.
Más inquietante, sin embargo, es el modo en que Zimbabue perdió su capacidad de alimentarse a sí mismo, y a la región. En 1979, cuando los rebeldes nacionalistas de Mugabe derrocaron al gobierno blanco de Rodesia, y cambiaron el nombre del país a Zimbabue, miles de granjas comerciales lograron cultivar suficiente alimento como para exportar a la región. Hoy, más de una década de mala administración y abandono han hecho retroceder la producción agrícola a niveles precoloniales.
Este año, el déficit de Zimbabue en maíz es de 360 mil toneladas, y su déficit en trigo, 255 mil toneladas. La ayuda alimentaria enviada por vecinos, el Programa Mundial sobre la Alimentación de Naciones Unidas y familiares que vive en países adyacentes ayudarán a evitar la hambruna -de momento.
Si la mayor parte de la miseria económica de Zimbabue es autoinfligida, como dicen muchos economistas, entonces las soluciones deben también provenir desde dentro. Un asesor económico del gobierno, hablando a condición de conservar el anonimato, dice que el primer paso de Zimbabue es "liberalizar todo".

Las Soluciones Deben Venir desde Dentro

"Primero, tienes que permitir que la gente intercambie libremente los dólares zimbabuenses, y compre sus mercaderías en dólares norteamericanos. Luego tienes que ocuparte del déficit fiscal, el presupuesto del gobierno, incluyendo las compañías paraestatales (como la electricidad) y el gobierno central. Sumas todo, y descuenta lo que recaudas, y entonces tienes que bajar la diferencia".
Las agudas desigualdades del actual sistema amiguista quiere decir que la mayoría de la gente se beneficiará de un cambio general en la economía, dice el asesor. "Liberalizar será difícil, pero cuando liberalizas, eliminas el riesgo de que la gente haga lo que está haciendo", como intercambiar sus dólares zimbabuenses por dólares norteamericanos a tasas de mercado negro. "Es como liberar a la gente de un gigantesco impuesto, porque estás anulando ese riesgo".
Un paseo por una capital regional como Bulawayo muestra que hay alimentos en las estanterías, pero todos a muy alto precio. Gigantescos almacenes, construidos cuando venían campesinos de toda la comarca a hacer sus compras del fin de semana, están ahora llenos de ropa, pero sin clientes.
Las gasolineras han cerrado completamente, y la mayoría de la gente que lo puede pagar, compran a bandas itinerantes de vendedores de combustible, que venden la gasolina por litro, e inclusive por cucharadas.
En una verdulería local, por doce millones de dólares (el equivalente de cincuenta centavos del dólar americano) compras la pieza de lechuga marchita. Con diez millones, compras un pan de molde (cuarenta centavos de dólar americano), si acaso encuentras. Ahora esos precios están más allá del alcance de la mayoría de los zimbabuenses.
"Hace dos meses que no probamos mantequilla", dice Sihle, ex maestra de escuela e Bulawayo. "Para el zimbabuense de a pie es mucho peor".
Los cuartos de su departamento muestran fotos de tiempos mejores. Ahora las maestras como Sihle renuncian a sus trabajos porque su salario de cuatrocientos millones de dólares zimbabuenses no es suficiente para pagar el taxi hacia y desde la escuela, para no mencionar las cuentas de abarrotes.
Como la moneda es una posesión inútil, Sihle ha invertido sus ahorros en algo más significativo. Acumula sacos de maíz en una pila de dos metros de alto y uno y medio de ancho en su dormitorio, suficientes para algunos meses.
"No he visto nunca un país que no aprecie a los profesionales", dice. "No tiene sentido llevar a tus hijos a la escuela. ¿Para qué? En esta economía, si ves a alguien vendiendo tomates más baratos, los compras y los revendes para hacerte con dinero. Ahora todo el mundo es un comisionista".

5 de abril de 2008
25 de marzo de 2008
©christian science monitor
cc traducción mQh
rss