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cura condenado a perpetua por genocidio


Corte internacional condenó a cadena perpetua a cura católico que en 1994 colaboró en una matanza en el país africano.
Ruanda. Según la fiscalía del Tribunal Penal para Ruanda, el abate Atahane Seromba ordenó en la década de los noventa el derribo, con máquinas excavadoras, de su parroquia, que cobijaba a 1.500 refugiados.
La justicia tarda, pero llega para las víctimas del genocidio que vivió Ruanda en la década de los noventa. En una ejemplar determinación, el Tribunal Penal Internacional para ese país (TPIR) condenó ayer a cadena perpetua al abate Atahane Seromba, el primer cura católico juzgado en esa corte por su papel en los atroces crímenes perpetrados en ese país africano.
El religioso, que era vicario en la parroquia de Nyange (oeste) durante 1994, fue condenado por genocidio y crimen contra la humanidad (exterminio).
La condena, dictada en apelación, amplía una primera sentencia a 15 años de reclusión, dictada en diciembre de 2006, por "ayudar y alentar" a cometer los crímenes de genocidio y exterminio.
"La cámara de apelaciones del TPIR anula por unanimidad la sentencia a 15 años e impone por mayoría la sentencia de prisión por el resto de su vida", declaró el juez guyanés Mohammed Shahabuddeen.
Se trata de la tercera vez en la historia del TPIR que la cámara de apelaciones prolonga una pena pronunciada en primera instancia.
La apelación que Seromba había presentado contra su sentencia inicial fue rechazada por cuatro de los cinco jueces que componen la cámara de apelaciones del TPIR, que desestimaron todos los demás recursos del imputado.
La drástica condena que recibió el cura católica se remonta a la repudiable conducta que exhibió en 1994. Ese año, huyendo de las masacres étnicas, unas 1.500 personas, la mayoría de la comunidad tutsi, abarrotaron la iglesia de Seromba, que a partir del 15 de abril fue sometida a ataques regulares por parte de tropas del ejército y la milicia hutu.
Según la Fiscalía, el cura -perteneciente a la etnia hutu -ordenó el derribo de la parroquia con máquinas excavadoras, tras lo cual los pocos supervivientes fueron rematados por los soldados y milicianos.
"Seromba sabía que aproximadamente 1.500 refugiados se encontraban dentro de la iglesia", indicó la cámara de apelaciones, concluyendo que el abate "ha cometido el genocidio, así como el exterminio, como crímenes contra la humanidad en virtud de su papel en la destrucción de la iglesia", señaló la instancia judicial en su determinación.
Alrededor de 800.000 tutsis y miembros moderados de la etnia hutu fueron masacrados, principalmente con machetes y otras armas blancas, por las milicias extremistas, militares y la propia población civil durante el genocidio ruandés.

Refugio Religioso
Después del genocidio, el religioso se había refugiado brevemente en la entonces Zaire (actualmente la República Democrática del Congo), y después en Kenia, antes de ser recibido en Italia, en la diócesis de Florencia, que desde 1997 le permitió ejercer sus labores religiosas en una aldea de la región de Toscana.
Luego de presiones internacionales y de una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional para Ruanda en 2001 que Italia se negó a ejecutar, el sacerdote se presentó ante la corte en febrero de 2002, "para que la verdad se manifieste", según declaró en aquel entonces.

Polémico Rol
El papel de la Iglesia Católica en el genocidio ruandés sigue siendo polémico. Además del abate Athanase Seromba, otros dos curas ruandeses católicos, Emmanuel Rukundo y Hormisdas Nsengimana, son procesados ante el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Un cuarto religioso inculpado, Wenceslas Muyeshyaka, podría ser juzgado en Francia, pues el TPIR se había declarado incompetente en beneficio de la justicia francesa. Durante las persecuciones contra los tutsis de 1959 y de 1962 en Ruanda, los integrantes de la minoritaria comunidad tutsi que se refugiaron en las iglesias lograron salvarse.
Tres décadas después, decenas de miles de tutsis se escondieron en las iglesias para tratar de escapar a sus verdugos. Pero murieron allí, a menudo quemados vivos o aplastados por los bulldozers.

13 de marzo de 2008
©la nación
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acuerdo en kenia


[Edmund Sanders] Líderes keniatas logran acuerdo sobre gobierno de coalición. Kibaki accede a compartir el poder con Odinga, que será el nuevo primer ministro y nombrará la mitad del gabinete.
Nairobi, Kenia. Los rivales presidenciales de Kenia accedieron el jueves a compartir el poder en un gobierno de coalición con el objetivo de poner fin al caos post-electoral que ha costado la vida a mil personas y llevado a este prometedor país del este de África al borde del colapso político y económico.
Bajo los términos de un acuerdo firmado por el presidente Mwai Kibaki y el líder de la oposición Raila Odinga, los dos candidatos dividirán los puestos de gabinete a partes iguales y reformarán la constitución para crear el cargo de primer ministro para Odinga, que compartirá el poder con el presidente.
Los acuerdos marcan una importante paso hacia la resolución de la crisis política de Kenia y mitigan el temor de que el fracaso de las negociaciones podría desencadenar más violencia. La noticia fue elogiada por Estados Unidos y otros gobiernos occidentales, que consideran a Kenia un socio económico y una fuente de estabilidad regional.
Pero muchos también dicen que tendrán que esperar para ver si los rivales están genuinamente comprometidos y dispuestos a trabajar juntos. Observaron que Kenia todavía hace frente a enormes retos, incluyendo 350 mil personas desplazadas, una economía en ruinas y fuertes tensiones étnicas.
"Están resolviendo sus problemas políticos, pero no los nuestros", dijo Alfonse Mutuku, 24, que vive en un campamento cerca de Limuru, al norte de Nairobi.
El ex secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, que dirige un intento de mediación, dijo que el acuerdo era el único modo de romper con el impasse keniata.
"El compromiso era necesario para la supervivencia de este país", dijo. Pero advirtió que se debe continuar trabajando para resolver sus problemas sociales y económicos. "El viaje está lejos de haber terminado. De hecho, está recién empezando".
Tras las disputadas elecciones presidenciales del 27 de diciembre que los dos candidatos, Kibaki y Odinga, reclaman que ganaron, Kenia entró en un periodo de semanas de disturbios y violencia étnica cuando estallaron disputas largo tiempo ocultas por la tierra y el poder. El primero de enero en uno de los incidentes más espeluznantes, al menos diecisiete personas que se habían refugiado en una iglesia en el Valle del Rift fueron quemadas vivas.
Subrayando las tensiones que todavía dominan al país, momentos después de la ceremonia de firma del acuerdo en Nairobi, la capital, la policía lanzó gases lacrimógenos contra los partidarios de Odinga que celebraban en las calles.
El compromiso representa el reverso de lo que ocurrió hace tres días, cuando Annan disolvió los equipos de negociación litigantes y dijo que las conversaciones habían llegado a un punto muerto. Con la ayuda del presidente de Tanzania, Jakaya Kikwete, de visita en el país, Annan empezó el miércoles conversaciones directas con Kibaki y Odinga.
Detalles claves del gobierno de coalición deben todavía ser determinados, entre ellos la pregunta sobre cómo compartirán el poder el presidente y el primer ministro, cómo se dividirán los puestos del gabinete, cómo se resolverán las disputas y qué ocurrirá si la coalición se derrumba. El parlamento debe reunirse el jueves para empezar a revisar la constitución.
En las últimas horas de negociación, Kibaki hizo importantes concesiones, accediendo a dar a Odinga autoridad para "coordinar y supervisar" el gobierno y aceptando una enmienda constitucional que el día anterior había descartado.
Su cambio de opinión se produjo en medio de intensas presiones de Estados Unidos y otros países de la comunidad internacional, que expresaron advertencias cada vez más explícitas sobre posibles sanciones y aislamiento para los que obstaculizaran un acuerdo.
Además, algunos países vecinos, entre ellos Uganda, Ruanda y Tanzania, pidieron a Kibaki que negociara debido a que sus economías dependen estrechamente de los puertos keniatas y se han visto perjudicadas durante los disturbios.
Tras la firma del acuerdo, Kibaki llamó a los keniatas a dejar atrás los enfrentamientos étnicos de los últimos dos meses y a vivir juntos en paz.
"En Kenia hay espacio para todos nosotros", dijo.
Las reacciones públicas ante el acuerdo varían, dependiendo a menudo de la etnia y la orientación política.
En los territorios de Odinga, incluyendo Kisumu, una ciudad al occidente del país, y la barriada de Kibera, en Nairobi, grupos de manifestantes bailaron y cantaron en las calles. "Raila es el hombre", gritaban sus partidarios en el centro de Nairobi.
Los ánimos eran más tenebrosos en un campamento al norte de Nairobi, donde kikuyu desplazados, de la misma tribu que Kibaki, se reunieron debajo de un toldo de plástico para observar en silencio la ceremonia en la que se firmó el acuerdo en un televisor donado por una iglesia local. Ninguna de las casi doscientas personas que viven en tiendas dijeron que era suficientemente seguro como para retornar a sus casas dentro de poco y algunos acusaron a Kibaki de ceder demasiado poder.
"En mi opinión, creo que Kibaki ha sido muy blando", dijo Steven Nderito, un pastor del Valle del Rift que fue expulsado de su casa por miembros de tribus rivales. "No veo cómo van a trabajar juntos. Creo que Kibaki tendrá que repensar todo esto y podría cambiar de parecer en las próximas semanas".
El apoyo de la opinión pública es crucial para el éxito del acuerdo, dijo Annan.
Expertos dijeron que Kibaki está haciendo frente a crecientes críticas entre sus partidarios. Los intransigentes en su gobierno se oponen a hacer concesiones, mientras que los kikuyu desplazados se quejan de que el presidente no ha hecho demasiado para ayudarlos.
"Ha sido secuestrado, no solamente por los intransigentes, sino por la comunidad kikuyu que siente en primer lugar que ya que ha fracasado a la hora de protegerlos, ahora debería por lo menos conservar el poder", dijo Ngunyi Mutahi, analista político de Nairobi.
Para Odinga, que ha trabajado toda la vida como líder de la oposición y que ha llegado a ser encarcelado en las cámaras de tortura del gobierno, el acuerdo pone fin a una larga lucha por el poder político.
Aunque exigía originalmente que Kibaki renunciara y convocara nuevas elecciones, Odinga hizo una demostración a acercamiento el jueves refiriéndose a Kibaki por primera vez desde las elecciones del 27 de diciembre como "presidente" y "compatriota".
Dijo que la crisis electoral había creado la oportunidad para exigir cambios al gobierno.
"La crisis ha enseñado a los keniatas una importante lección que ha ayudado a sentar los fundamentos de un país unido", dijo.
Annan dijo que empezaría hoy a trabajar en la fase final de su mediación, abordando algunos problemas subyacentes, como las disputas por la tierra, la marginación económica y la discriminación étnica.
Líderes del gobierno se están preparando para formar una comisión de verdad y reconciliación similar a la que se formó después del genocidio en Ruanda.

edmund.sanders@latimes.com

1 de marzo de 2008
©los angeles times
cc traducción mQh
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redistribución étnica de la tierra


[Jeffrey Gettleman] En Kenia. La gente está volviendo a lo que el gobierno llama sus tierras ancestrales.
Othaya, Kenia. Sarah Wangoi pasó toda su vida -setenta años- en el Valle del Rift. Pero el mes pasado fue expulsada de su finca por una turba que la insultó gritándole que era una extranjera. Ahora duerme en el frío suelo de la casa de un desconocido, buscando refugio en una zona de Kenia donde su grupo étnico tiene una fuerte presencia. Se supone que es su tierra natal.
"Ahora estoy segura", dijo la señora Wangoi, aunque en sus sueños la turba todavía la persigue.
Al otro lado del país, William Ojiambo está en un campo donde la tierra es demasiado dura como para cultivar. También él buscó refugio en su grupo étnico, los luo. Antes vivía en una ciudad multi-étnica llamada Kukuru, pero hace poco fue expulsado por una banda de otro grupo étnico que quemó todo lo que poseía.
"Llegamos aquí sin nada, como repollos en la parte trasera de un camión", dijo Ojiambo.
Kenia era considerado uno de los países más prometedores de África. Ahora está viviendo la agonía de la fragmentación étnica. Desde que las fraudulentas elecciones de diciembre encendieran una ola de violencia étnica y política, cientos de miles de personas han sido expulsadas violentamente de sus hogares y ahora muchas de ellas se están reasentando en zonas étnicamente homogéneas. Miembros de las tribus luo, kikuyu, kamba y kisii están volviendo a sus propios territorios tradicionales. Incluso algunas de las populosas barriadas de la capital, Nairobi, se han dividido de acuerdo a líneas étnicas.
La carnicería que se cobró la vida de más de mil personas desde las elecciones, ha disminuido desde la semana pasada. Pero los camiones aplastados por pilas de colchones, muebles, mantas y niños siguen traqueteando a través del campo, en interminables caravanas de gente asustada que, en su desesperación, están volviendo a trazar el mapa de Kenia.
Naciones Unidas y las potencias occidentales están exigiendo un compromiso político, y el presidente Bush dijo que enviaría a la secretaria de estado Condoleezza Rice a "entregar un mensaje" a los líderes keniatas.
El jueves, funcionarios locales dijeron que el gobierno keniata y los líderes de la oposición han alcanzado un acuerdo en principio para formar un gobierno de coalición, pero siguen terriblemente divididos sobre detalles específicos, especialmente en cuanto al poder de la oposición. Dos funcionarios cercanos a las negociaciones dijeron que el gobierno había rechazado la propuesta de la oposición de dividir el gobierno entre el presidente, que seguiría siendo el jefe de estado y comandante en jefe de las fuerzas armadas, y la nueva posición de primer ministro.
Cualquiera sea el acuerdo, tendrá que abordar la creciente segregación de facto, ya que una redistribución del país podría afianzar todavía más las divisiones políticas y étnicas que han estallado recientemente. La confianza destruida será mucho más difícil de reconstruir que las chozas demolidas, y mucha gente dice que nunca volverán a los lugares de donde huyeron.

"¿Cómo podríamos, cuando fueron nuestros amigos quienes nos hicieron esto?", dijo Joseph Ndungu, tendero del Valle del Rift, que dijo que los hombres con los que acostumbraba a jugar fútbol son los que incendiaron su tienda.
El gobierno está contribuyendo a la fragmentación del país, al menos de momento. Agentes de policía escoltan a la gente de retorno a sus tierras ancestrales, como las llama el gobierno, que parece ser el apenas velado lenguaje de la escisión étnica.
Alfred Mutua, portavoz del gobierno, dijo que era sólo una medida provisional hasta que fuese seguro para que los grupos pudiesen volver a vivir juntos.
"Los keniatas tienen derecho a residir en cualquier parte del país", dijo.
Pero las masivas emigraciones y reasentamientos que se han iniciado, quizás no podrán ser revertidos.
Es el caso de Joseph Mwanzia Maingi, maestro jubilado que fue expulsado de Narok, una ciudad en el Valle del Rift, por una banda de gente de la localidad armados de arco y flechas. Huyó a la granja de su padre en una zona que es un bastión del grupo étnico kamba, su tribu. Ahora está construyendo una casa. Y no tiene planes de volver.
"No creo que un acuerdo de paz pueda garantizar nuestra seguridad allá", dijo Maingi, hablando sobre Narok, donde vivió felizmente durante cuarenta años.
La segregación étnica está sacando de las escuelas a maestros y alumnos y dejando miles de posiciones vacantes en la economía. Si esto continúa, dijo David Anderson, profesor de estudios africanos de la Universidad de Oxford, "será un completo desastre".
"Nunca podrás reconstituir el estado de manera significativa", dijo. "El trabajo de cincuenta años se convertirá en nada".
Las raíces del problema van más allá que las elecciones en disputa, en las que el presidente en ejercicio, Mwai Kibaki, fue declarado ganador por sobre el líder de la oposición Raila Odinga, pese a las numerosas evidencias de fraude electoral.
En el centro del conflicto hay prolongados problemas políticos, económicos y de tierra. Parte del problema es el sistema keniata, que entrega todo el poder al presidente, como por lo demás en toda África, donde los líderes a menudo favorecen a su propio grupo étnico y en el proceso se enajenan la voluntad de amplios sectores de la población. Mucha gente en Kenia anticipó el conflicto incluso antes de la independencia de 1963.
"Estábamos preocupados de que las tribus más pequeñas fueran dominadas por las más numerosas", dijo Joseph Martin Shikuku, 75, líder de la oposición. "¿Y sabes qué? Eso fue exactamente lo que pasó".

Shikuku fue uno de los fundadores de un movimiento político de la época de la independencia que propagaba una filosofía llamada el ‘majimboismo' que se ha extendido en Kenia desde los años cincuenta. El majimboismo propone el federalismo o regionalismo en kiswahili, y defiende los derechos locales, especiales aquellos vinculados a la tierra. Pero en su posición extrema el majimboismo es sinónimo de un plan para reservar ciertas áreas del país a grupos étnicos específicos, nutriendo el tipo de limpieza étnica que ha asolado al país desde las elecciones.
El majimboismo ha contado siempre con numerosos partidarios en el Valle del Rift, que es el epicentro de la violencia reciente, donde muchos residentes locales han creído durante largo tiempo que sus tierras habían sido robadas por extranjeros.
"El majimboismo se sumergió, pero nunca desapareció realmente", dijo Anderson. De algún modo, las elecciones de diciembre fueron un referéndum sobre el majimboismo. Opuso a los majimboistas de hoy, representados por Odinga, cuyo tema de campaña fue el regionalismo, contra Kibaki, que representaba el status quo de un gobierno fuertemente centralizado que ha llevado un considerable crecimiento económico al país, pero que ha mostrado repetidas veces los problemas que provoca la concentración del poder en pocas manos: corrupción, indiferencia, favoritismo y su consecuencia, la marginación.
Debido a que Kibaki es kikuyu, el grupo étnico más numeroso y poderoso de Kenia, y Odinga luo, un grupo que cree que nunca ha recibido la cuota de poder que le corresponde, las tensiones políticas y étnicas agravadas por esta elección a menudo se han fundido, con desastrosos resultados.
Otros países africanos han luchado para mitigar las rivalidades étnicas. A mediados de los años noventa, Etiopía diseño un sistema llamado federalismo étnico, que repartió el país en regiones étnicas, cada una con amplios poderes -al menos en el papel-, incluyendo el derecho a la secesión. Pero los líderes etíopes concluyeron pronto que demasiada autonomía regional podría fragmentar al país y ahora Etiopía es controlado, más o menos de modo centralizado, por los miembros de un pequeño grupo étnico.
Tanzania adoptó el enfoque opuesto. Desenfatizó la etnicidad. Alentó a la gente a hablar kiswahili, y no sus lenguas maternas, como un modo de construir una identidad nacional. El gobierno envió a niños a escuelas secundarias en diferentes zonas para exponerlos a comunidades diferentes. La ley electoral de Tanzania considera ilegal hacer campaña sobre la base del grupo étnico.
En Kenia, ese tipo de campañas han sido peligrosas. Organizaciones de derechos humanos han acusado a varios políticos en esta temporada de elecciones de usar un lenguaje de odio para incitar a sus partidarios. La tierra se convirtió en el tema explosivo, y después de las elecciones, los partidarios de la oposición atacaron a la gente de las que creían que no sólo no habían votado por el presidente sino también se habían apropiado de sus tierras. Para los miembros del grupo étnico kalenjin, eso quería decir kikuyu, pese a que habían vivido en buena vecindad durante generaciones.

La pequeña ciudad de Londiani en el Valle del Rift es sólo un ejemplo. Comerciantes kikuyu se asentaron aquí hace décadas. Algunos vecinos contaron que a principios de febrero cientos de saqueadores kalenjin invadieron la ciudad desde las montañas cercanas. Incluso el jardín de infancia Good Start fue reducido a cenizas. Al día siguiente, niños con copos de ceniza en sus cabellos revisaban entre los escombros, rescatando lo que podían -una espiral antimosquitos por aquí, una linterna por allá. Sin carros de bomberos, y con escasez de agua, todo lo que los vecinos de Londiani pudieron hacer fue correr hacia fuera y mirar quemarse la escuela.
Desde entonces los kikuyu se han vengando, organizando bandas armadas con barrotes de fierro y patas de mesa y cazando a luo y kalenjin en áreas dominadas por los kikuyu, como Nakuru. "Estamos alcanzado nuestra propia y perversa versión del majimboismo", escribió uno de los columnistas más prestigiosos de Kenia, Macharia Gaitho.
Muchos keniatas acusan a William Ruto, un carismático y zalamero líder de la oposición y dirigente kalenjin, de haber comenzado la violencia en el Valle del Rift. Funcionarios del gobierno keniata dicen que están reuniendo evidencias de que Ruto envió a sus partidarios a matar y pronto será formalizado por homicidio.
Ruto, 41, niega toda participación.
"Eso no me afectará", dijo. "Tengo las manos limpias".
Sin embargo, cientos de miles de kikuyu han huido del Valle del Rift, seguidos por miembros de otras comunidades desplazadas por los asesinatos que siguieron. Naciones Unidas calcula que al menos seiscientas mil personas han sido desarraigadas. Casi la mitad se han instalado en campamentos en iglesias, comisarías de policía, establos y cárceles. Sus condiciones de vida son a menudo horribles.
"Están comiendo ratas", se lee en un titular de un diario keniata.
En Othaya, en el accidentado y frondoso centro de la provincia Central dominada por kikuyu, los residentes se movilizaron para acoger a sus parientes del Valle del Rift, y a los otros kikuyu que escaparon con ellos.
"Estaba esperando a cinco o seis personas", dijo Miriam Wanjiku, una de las anfitrionas. "Entonces llegó todo un bus".
Wanjiku encontró casas y tiendas abandonadas para albergar a decenas de personas. Ayudó a los hombres en estado de trabajar -muchos llegaron heridos- a conseguir empleo en las plantaciones de té locales que se extienden sobre las colinas como un gigantesco y verde seto. Los niños fueron enviados a la escuela.
Pero los mayores no tenían mucho que hacer. Wangoi pasa sus días en un sillón, mirando el suelo.
"Los trocearon como si fueran ganado", dijo, cuando se le preguntó qué pasado con sus vecinos.
Wanjiku escuchó atentamente. Se veía entristecida.
"Creo que necesita ayuda psicológica", dijo.

Reuben Kyama contribuyó desde Nairobi.

25 de febrero de 2008
15 de febrero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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ciudad en manos de la violencia


[Jeffrey Gettleman] Ciudad keniata en poder de bandas étnicas.
Kisumu, Kenia. La avenida de Odinga Odinga, la principal arteria de la ciudad, es un testamento a la rabia. Decenas de tiendas ha sido saqueadas, incendiadas y destruidas por grupos de saqueadores y luego limpiadas por un ejército de niños de la calle adictos al pegamento que recogen todo lo que encuentran. El arrasado supermercado Ukwala parecía haber sido destruido por una bomba en su interior. Las puertas de Zamana Electronic están torcidas.
La gente aquí dice que esto es apenas el principio.
"¡No nos rendiremos nunca!", aulló un hombre que asistía a una manifestación convocada el sábado por los líderes de la oposición.
"¡Queremos armas, armas!", gritó otro.
Mientras gran parte de Kenia está tratando de volver a la normalidad después de una semana de violencia post-electoral que ya se ha cobrado la vida de más de trescientas personas en todo el país, Kisumu, la tercera ciudad de Kenia, todavía tiembla de rabia. Pocos lugares han sido tan completamente destruidos por la turbulencia como este.
Mientras los líderes de Kenia todavía no logran salir del impasse pese a los esfuerzos de Jendayi E. Frazer, la secretario de estado adjunta para África de Estados Unidos que se reunió con ambos bandos el sábado, parece que las tensiones continuarán peligrosamente durante un tiempo.
Kisumu es el bastión de Raila Odinga, el líder de la oposición que dice que le quitaron la presidencia mediante fraude electoral. La principal avenida de la ciudad lleva el nombre de su padre, un héroe local.
La gente aquí ha seguido tan de cerca la elección que recuerdan el momento exacto el sábado pasado cuando el conteo de votos cambió repentinamente y Mwai Kibaki, presidente de Kenia, pasó de ir arrastrándose detrás a ganar los comicios con un sospechoso y estrecho margen.
La ciudad estalló, y una turba furiosa arremetió por la calle de Odinga Odinga. Los grandes locales comerciales fueron reducidos a cenizas. El combustible, los alimentos y el crédito de celulares empezaron a escasear. Y unas dos mil personas de la tribu de Kibaki, los kikuyu, están acampando frente a la comisaría de policía, tratando de escapar de la ola de asesinatos en represalia.
"Si me quedo, me lincharán", dijo Waweru Mburu, kikuyu, mientras esperaba nerviosamente frente al supermercado, uno de los dos que siguen abiertos en esta ciudad de medio millón de personas. Su esposa ha estado esperando durante horas, para comprar leche.
Camiones transportando a kikuyu y a los evacuados de otra tribu, los kisii, muchos de los cuales apoyaron a Kibaki, son abucheados cuando salen de la ciudad. Los que abuchean son fundamentalmente luo, como Odinga, que viven aquí en grandes cantidades.
"¡Traidores!", gritaron algunos luo el sábado al paso de los camiones.
La gente de ambos bandos dice que las tensiones no se aliviarán mientras los líderes políticos de Kenia se nieguen a negociar, que ha sido la situación desde las elecciones del 27 de diciembre.
El sábado, Kibaki indicó que estaba dispuesto a formar un "gobierno de unidad nacional". Odinga no rechazó la propuesta enteramente, pero dijo que no estudiará ninguna propuesta mientras los dos lados no se sienten a negociar en presencia de intermediarios extranjeros.
Inicialmente el gobierno rechazó la ayuda extranjera, pero parece haber cedido ligeramente. Envió un diplomático a Ghana para discutir un posible papel de la Unión Africana, según Reuters.
Frazer se reunió separadamente con Kibaki y Odinga, y les instó a trabajar juntos para solucionar la crisis, que ha mellado la imagen de Kenia como uno de los países más estables de África y podría sufrir daños económicos permanentes si la paz no se restaura pronto.
Parece que el ambiente está más propicio para las negociaciones. ‘Hay un pequeño progreso", dijo Salim Lone, portavoz de Odinga.
Los keniatas están esperando. Algunas zonas, como la capital, se han calmado considerablemente. En el valle del Rift, la zona más afectada por la violencia, se han reportado en los últimos días menos asesinatos, pero decenas de miles de personas han sido expulsadas de sus hogares y necesitan alimento.
En Kisumu los asesinatos han cesado. Pero los bancos se están quedando sin dinero, pocas tiendas han vuelto a abrir sus puertas y el saqueo continúa.
También hay oportunismo. La rabia que azotó la ciudad fue selectiva, atacando preferentemente tiendas de electrodomésticos, quioscos de celulares y zapaterías, pero sin tocar, por ejemplo, los negocios de telas.
El sábado Monica Awino recorrió de puntillas la arrasada zapatería Bata de aquí. Había fragmentos de cristal en todas partes. Antes trabajaba aquí. Ahora no tiene trabajo. Ya no tendrá empleo ni después de Navidad ni para la época en que empiecen las clases en la escuela.
"Tengo rabia con todos", dijo.
Más arriba en la calle, Bernard Ndede, maestro de inglés en la secundaria, miraba a los niños de la calle escarbar cuidadosamente entre los escombros en el suelo de un supermercado incendiado, como si fueran arqueólogos urbanos.
Dijo que no aprobaba el saqueo, pero entendía la rabia.
"Ese día la gente despertó temprano para votar por el cambio", dijo, refiriéndose al día de la elección y los millones de personas que votaron por Odinga. "Se sintieron robadas".
Para algunos, la desilusión fue letal. El sábado, Albert Ojonyo, un vendedor de seguros, fue a la morgue de la ciudad a recoger el cuerpo de su hermano Daniel. En los violentos incidentes post-electorales murieron asesinadas más de cuarenta personas. Muchos cuerpos no han sido todavía identificados y esperan en un sofocante cuarto bajo mantas de tela roja que dejan asomar sus pies.
Ojonyo dijo que su hermano, que tenía veintisiete años, recibió un balazo en la cabeza, muy probablemente disparado por agentes de policía que intentaban controlar a los saqueadores.
"Daniel estaba indignado por las elecciones", dijo. "Después de eso se convirtió en un hombre amargado".

18 de febrero de 2008
6 de enero de 2006
©new york times
cc traducción mQh
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limpieza étnica en kenia


[Heidi Vogt] Enviado norteamericano dice que violencia en el Valle del Rift en Kenia es "limpieza étnica".
Addis Ababa, Etiopía. La enviada norteamericana dijo el miércoles que la violencia en el valle del Rift era "claramente limpieza étnica", con el objetivo de expulsar a la tribu kikuyu del presidente Mwai Kibaki en medio del caos desatado tras las reñidas elecciones presidenciales.
Jendayi Frazer, la importante diplomática norteamericana en África, dijo que Estados Unidos está revisando todos sus programas de ayuda a Kenia, que este año debería llegar a más de 540 millones de dólares.
Frazer, hablando con periodistas en un apartado de la cumbre de la Unión Africana, dijo que no consideraba que la erupción de enfrentamientos étnicos que ha caracterizado la violencia en Kenia fuera equivalente de genocidio.
La violencia que presenció durante una visita previa este mes a las regiones occidentales del país, donde se han enfrentado la tribu kalenjin y los kikuyu, "era claramente violencia étnica", dijo Frazer.
"Originalmente el objetivo no era matar, sino limpiar la zona, expulsarlos de la región", dijo. "En el valle del Rift era claramente limpieza étnica".
Desde las elecciones del 27 de diciembre, han muerto asesinadas más de ochocientas personas.
Los kikuyu fueron las principales víctimas de la primera explosión de violencia después del anuncio de que Kibaki había ganado las elecciones, que la comunidad internacional y observadores de las elecciones dijeron que fueron fraudulentas. Cientos de kikuyu han sido asesinados y miembros de la tribu constituyen más de la mitad de las 255 mil personas expulsadas de sus hogares, la mayor parte de ellas en el valle del Rift.
El valle es el territorio tradicional de los kalenjin y masai. Los colonos británicos se apoderaron de enormes extensiones de tierra para instalar allí sus fértiles granjas. Cuando después de la independencia de 1963 gran parte de esas tierras fueron redistribuidas, el presidente Jomo Kenyatta la repobló con miembros de su tribu kikuyu, en lugar de devolver la tierra a los kalenjin y masai.
Los kikuyu, que son el grupo étnico más grande de Kenia, han provocado también resentimiento por su control de la política y la economía.
Frazer dijo que ni Kibaki ni el líder de la oposición Raila Odinga, que dice que él ganó las elecciones, se han esforzado lo suficiente para parar la violencia. De hecho, dijo, los discursos leídos por ambos han demostrado ser contraproducentes.
"Creo que los dos lados han gastado bastante tiempo hablando en público, sin contribuir en nada", dijo.
Frazer dijo que Estados Unidos está revisando toda su ayuda a Kenia, aunque la mayor parte de ella la recibe la gente, no el gobierno. Reconoció que la mayor parte de los fondos norteamericanos en Kenia son utilizados para combatir el sida y la malaria y los reciben organizaciones no gubernamentales.
"Sería contraproducente que dejáramos de contribuir a la lucha contra el sida cuando la población atraviesa por una crisis", dijo.
Sin embargo, "estamos en proceso de revisar toda nuestra ayuda a Kenia", dijo Frazer, reiterando que Estados Unidos está "revisando todas nuestras actividades en Kenia".
Estados Unidos había declarado previamente que la situación en Kenia no afectaría la ayuda norteamericana.
La Unión Europea y otros países, incluyendo Canadá, ya han advertido que cortarán la ayuda si los dos lados no progresan hacia una resolución de la crisis.
Australia se sumó a la presión el miércoles, cuando el ministro de asuntos exteriores, Stephen Smith, dijo que su país restringirá las actividades diplomáticas con el gobierno keniata y revisará su programa de ayuda, que llegó a 6.4 millones de dólares en 2006-07.
"En la actual situación no puede haber negocios como siempre entre los líderes keniatas y la comunidad internacional", dijo Smith.
El gobierno de Kibaki dijo que no se dejará extorsionar por la ayuda extranjera y que puede sobrevivir sin ella. La ayuda extranjera constituye el seis por ciento del presupuesto del país.

12 de febrero de 2008
30 de enero de 2008
©fwdailynews
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circuncisiones forzadas en kenia


[Robyn Dixon] Se profundiza la enemistad y se extiende el temor entre los luo, que dicen que están diciendo cazados por miembros de una tribu rival.
Limuru, Kenia. Cuando un grupo de hombres premunidos de machetes y hachas persiguieron a Paul Otieno desde su casa aquí, querían más que sus pertenencias. Querían cortarle el prepucio.
""Me gritaban: ‘Si no te matamos, te cortaremos tus genitales'", dijo Otieno, un mecánico de 25 años, sobre el ataque del sábado. "Venían gritando: ‘¡Mátenlos, mátenlos a todos!'"
En Kenia en la mayoría de las tribus la circuncisión es un rito de pasaje para los hombres. Sin embargo, los luo no la practican. En la reciente violencia tribal gatillada por las reñidas elecciones del 27 de diciembre, bandas merodeantes de asesinos buscando víctimas luo revisan a los pasantes para controlar si han sido circuncidados. Y la amenaza de una circuncisión forzada ha sido utilizada para aterrorizar a hombres luo.
El número de ataques semejantes sigue siendo limitado. El hospital aquí en Limuru, a cincuenta kilómetros al noroeste de Nairobi, confirmó que dos casos de circuncisión forzada fueron tratados después de la violencia del domingo, en la que miembros de la tribu kikuyu, la más numerosa, expulsaron a cientos de luo de sus casas. En un caso circuncidaron a un adulto; en el otro, a un bebé de cuatro meses.
Pero los rumores de que hay hombres que están siendo circuncidados por turbas de tribus rivales han arrojado una sombra de temor sobre los luo, que sienten que su masculinidad y prácticas culturales están siendo amenazadas.
La violencia en Kenia es, en un nivel, política, reflejando la rivalidad por el poder entre el presidente Mwai Kibaki, kikuyu, y el candidato de la oposición Raila Odinga, luo. Odinga es considerado por algunos kikuyu como un "niño" incapaz de gobernar debido a que no ha sido circuncidado ni iniciado.
A medida que la violencia post-electoral se concentró rápidamente en las enemistadas tribales, se oyeron siniestros ecos de ese debate. Testigos han informado sobre casos en que los kikuyu cortaron los genitales a hombres luo asesinados por ellos para desfilar con ellos como trofeos.
El martes no hubo indicios de un acuerdo político que permitiera aliviar las tensiones tribales. Kibaki, cuya declaración de victoria electoral ha sido rechazada por la oposición, anunció el nombramiento de algunos miembros de su gabinete, una medida destinada a fastidiar aun más a sus opositores. Entretanto, Odinga rechazó una proposición del presidente de encontrarse cara a cara el viernes.
El presidente de la Unión Africana, John Kufuor, presidente de Gana, viajó el martes para intentar una negociación entre las partes y poner fin a la violencia.
El ataque contra el bebé de cuatro meses ocurrió en Limuru cuando su primo de catorce lo llevaba a sus espaldas por la selva, dijo una portavoz del hospital. El adolescente fue violado y el niño circuncidado. Más tarde, su herida se infectaría.
Roy Ochiengwa, 17, se dirigía el domingo a casa desde el molino de Limuru con su hermano de seis años, Alex, cuando fue retenido por unos veinte kikuyu armados de machetes, hachas y piedras. Los asaltantes andaban busando luo a quienes atacar, pero Ochiengwa es de la tribu luhya y, por eso, está circuncidado.
"Me obligaron a sentarme", dijo Ochiengwa. "Me preguntaron si estaba circuncidado. Me preguntaron de qué tribu era. Yo iba con mi hermano menor. Me preguntaron si acaso él también era de mi tribu".
"Me bajaron la cremallera para ver si estaba circuncidado. Yo estaba temblando y temía que me mataran. Casi me desmayé. Me sentía impotente", dijo. "Cuando vieron que estaba circuncidado, me dejaron marcharme. Me dijeron que me marchara y no mirara hacia atrás".
Aunque escapó, el encuentro todavía lo aterra. Él y otros luhya han sido expulsados de sus casas, junto con los luo; el martes esperaban a unos buses que los sacarían del territorio predominantemente kikuyu en los alrededores de Limuru para trasladarlos al occidente de Kenia.
"Cuando duermo, sueño que vienen a por mí. Sueño que me obligan a sentarme y me cortan en pedazos. He soñado lo mismo varias veces", dijo Ochiengwa.
Charles Obonyo, 35, también luhya, dijo que fue retenido el domingo en Limuru por cuatro kikuku armados de mazas. También controlaron si estaba circuncidado antes de dejarle marchar.
Pero ser luhya no salvó al estudiante de 25 años Stephen Makhoka, que el 30 de diciembre fue atacado por una banda de kikuyu cuando se dirigía a comprar verduras en Soweto, un barrio de Nairobi.
"Le pidieron mirarme los genitales. Le dijeron que querían saber si yo era luo", dijo su tía Jane Nafula, 48. "Les rogó que lo dejaran marcharse, porque él no se metía en política, pero ellos se negaron. Empezaron a cortarle la cara. Le cortaron un pedazo de la cara, le cortaron la nariz. Le cortaron el estómago y le cortaron sus genitales".
Nafula fue entrevistada en la morgue donde estaba retirando su cuerpo.
"La gente decía que un hombre que no ha sido circuncidado no puede ser nuestro presidente. Así que decían que irían a Kibera y Kawangwari y Mathare y circuncidarían a todos los lup", dijo Nafula, refiriéndose a varias barriadas de Nairobi.
Los rumores sobre las circuncisiones forzada han profundizado los sentimientos de odio tribal de muchos luo, ya enfadados por lo que creen que fueron elecciones fraudulentas. Los luo han estado en las primeras líneas de las protestas post-electorales, atacando a kikuyu -la tribu del presidente- y saqueando sus tiendas.
"Dicen que los hombres circuncidados son más sabios que los no circuncidados", dijo John Lallo, 62, de Kibera. "Nos quieren circuncidar a la fuerza para que podamos ser tan inteligentes como ellos".
En la comisaría de policía en la comuna de Tigoni, Limuru, el martes unos setecientos luo y luhya se preparaban para partir. Muchos de ellos dijeron que no volverían nunca más. Era un pequeño contingente de los masivos desplazamientos que se han visto en todo Kenia, donde unas 250 mil personas han huido de sus hogares.
Al otro lado de Limuru, la Cruz Roha estaba ocupándose de cientos de kikuyu que emigraron la semana pasada desde el valle del Rift en el oeste de Kenia. Decenas de miles de kikuyu han huido de la región, dominada por la tribu kalenjin.
Bonface Omondi, 20, carpintero, fue expulsado de su casa el domingo por un grupo de jóvenes kikuyu que habían sido sus amigos. Le dijeron, a él y otros, que se marcharan a zonas luo más al occidente.
"No quiero volver porque ahora somos enemigos", dijo. "Quizás esto es algo natural. Incluso un niño puede distinguir entre kikuyu y luo, y él odia a los kikuyu".

robyn.dixon@latimes.com

10 de febrero de 2008
9 de enero de 2008
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riqueza de los miserables de somalia


[Stephanie McCrummen] Lazos tribales abren puertas para refugiados de la capital.
Marka, Somalia. Después de escapar del campo de batalla urbano de Mogadishu, de caminar durante veinte días en el abrasante calor, de dormir en la arena, de soñar con explosiones y de mirar cómo sus cuatro hijos se volvían cada vez más escuálidos, Asiya Ali llegó una tarde hace poco a esta desconocida ciudad costera.
No había ninguna agencia internacional de ayuda para socorrerla, sino sólo el sol y una ciudad llena de gente angustiada por la peor cosecha de la historia reciente. Y así, asustada y cansada, dijo Ali, se volvió hacia el único recurso que le quedaba: su clan.
"Yo soy bimal", le contó a alguien que había encontrado recorriendo las suaves calles de arena de Marka, un proceso que la llevo a Fatima Mohamed, una pariente lejana que no conocía de antes.
"Nos dio té, azúcar para los niños, nos dio tomates y pan", dijo Ali. "Nos dijo: ‘Bienvenidos'".
Casi un año después de la invasión por tropas etíopes de Somalia, que contaban con el apoyo de Estados Unidos para expulsar al movimiento islámico de allá, la capital somalí de Mogadishu sigue enfrascada en una violenta guerra urbana que ha desplazado hacia el campo a unas seiscientas mil personas -más de la mitad de la población de la ciudad.
Funcionarios de Naciones Unidas dicen que Somalia hace frente a la peor crisis humanitaria del continente, una situación que ha significado hambruna en algunas zonas.
Sin embargo, en las estrechas calles que serpentean por esta ciudad de edificios pintados de cal es difícil encontrar siquiera un campamento de personas desplazadas o una familia que haya sido devuelta.
En lugar de eso, los hambrientos y fatigados recién llegados -unos quince mil este año- han sido albergados discretamente en las casas de techumbre de hojas de los residentes locales, como Mohamed, que estima que el año pasado llegó a alojar a diez familias. La mayoría de ellos, dijo, estaban relacionados con ella a través del clan -la intrincada red de familias de Somalia, algunas de las cuales trazan su origen a Adán.
"No tenemos nada", dijo Mohamed. "Pero hacemos lo que podemos".
Mientras otras partes de África, especialmente la región occidental de Sudán, Darfur, tienen niveles comparables de desnutrición infantil, existen pocos lugares donde la brecha entre la necesidad y la satisfacción es tan grande. El déficit se ha atribuido a la falta de seguridad en Somalia, a su gobierno a menudo hostil y a la presencia de numerosos grupos de ayuda que trabajan para solucionar la crisis en Sudán.
Más de doscientas mil personas que han escapado de Mogadishu están viviendo a lo largo del único camino que sale de la ciudad, un tramo de dieciséis kilómetros que se cree que es el grupo más grande de personas desplazadas del mundo.
El resto se ha dispersado hacia el norte, el oeste y el sur, llegando en camión, en burros y a pie a ciudades como esta a unos ochenta kilómetros de Mogadishu.
Aquí en la región baja del río Shabeelle, conocida durante largo tiempo como la panera del país, sus enormes plantaciones de maíz, sorgo y frijoles se están secando por falta de lluvias, y los precios de los alimentos se han disparado.
Incluso sin los agobiados recién llegados que llegan todos los días, la situación se ha puesto tan difícil que Naciones Unidas envió este mes dos buques con alimentos para abastecer a la población local.
Mohamed dijo que ella tenía exactamente una barra de pan y algunos tomates para su propia familia cuando llegó Ali el mes pasado. Los compartió.
Tenía una pequeña habitación extra en su casa, y Ali y sus hijos todavía están durmiendo allí. Tenía un vestido que no le hacía falta y un trozo de tela color rosa, que dio a Ali. "Sin ella, estaríamos muy mal. Estamos agradecidos de que tenga tan buen corazón", dijo Ali, que llevaba su vestido.
Otros que han llegado aquí han encontrado refugio con grupos somalíes locales, como el que dirige Mana Abdurahman, que este año ha acogido a más de doscientos niños huérfanos, así como a familias de clanes más marginales de Somalia.
"No me interesa de dónde vengan", dijo Abdurahman, hija de un importante líder tribal.
Abdurahman cruzó el lugar que llama su "pueblo", un callejón de arena y chozas y frondosas palmas, para saludar a dos familias llegadas recientemente y a una niña llamada Asha, que había sido dejada allí por sus vecinos de Mogadishu.
En un pequeño gesto de piedad, Abdurahman ha decidido esperar antes de contarle a la niña que ella es la única que queda de su familia de siete personas. Los demás murieron en un atentado con bomba en Mogadishu.
"¿Dónde está Ibrahim?", le preguntó Abdurahman, cariñosamente.
"¡Está en su casa!", dijo Asha, alegre.
"¿Dónde está tu padre?", preguntó Abdurahman.
"¡Está en casa!", dijo Asha.
"¿Dónde está tu madre?", preguntó Abdurahman.
"¡Está en casa!", dijo la pequeña, y así pasaron un rato, Abdurahman abrazándola.
En ausencia de una ayuda internacional más robusta, los somalíes están dependiendo sobre todo de este tipo de amabilidad y del dinero que les envían sus familiares desde el extranjero, así como de las estructuras sociales como los clanes, que han sido tan a menudo responsabilizados de socavar los intentos de formar un gobierno central viable.
"Los clanes pueden ser manipulados y mal usados por los políticos", dijo Mohamed Uluso, líder político de un poderoso linaje. "Pero el clan es parte de la vida y bienestar de la sociedad somalí, especialmente debido a que no tenemos un gobierno que se ocupe de nosotros en estos momentos".
De hecho, las organizaciones de ayuda han acusado al gobierno de transición del presidente somalí Abdullahi Yusuf de torpedear los magros intentos de ayuda.
En una sesión del Consejo de Seguridad la semana pasada, el director de ayuda humanitaria de Naciones Unidas, John Holmes, apeló a las naciones donantes a enviar más socorristas y ayuda a Somalia, pero también enfatizó la necesidad de ocuparse de las causas políticas subyacentes de la crisis.
Puestos de control manejados por soldados del gobierno y milicias independientes, por ejemplo, están exigiendo hasta cuatrocientos dólares para dejar pasar camiones y otros vehículos de rescate. Empleados de Naciones Unidas han sido arrestados por soldados del gobierno en Mogadishu, donde los asesinatos políticos son cada vez más frecuentes.
Y apenas la semana pasada, el jefe de seguridad de Somalia, citando una orden de Yusuf, cerró abruptamente todas los caminos y puertos al sur de Mogadishu, dejando 3.700 toneladas de alimentos en los buques anclados frente a la costa.
La orden fue levantada al día siguiente sin explicación alguna, y un batallón de botes de remos se dirigieron a descargar los sacos con el sello de la bandera norteamericana.
El otro día una multitud de varias decenas de familia llegaron en carretas de madera para llevarse los sacos de sorgo y guisantes almacenadas en una escuela abandonada que hacía las veces de punto de distribución.
Entre ellos se encontraba Hawa Robleh, 45, que dijo que estaba recibiendo ayuda por primera vez en su vida. Tenía que alimentar no solamente a sus ocho hijos, sino también a una familia de parientes lejanos de Mogadishu que habían estado viviendo con ella durante los últimos dos meses.
"La vida es difícil para mí, pero es más difícil para ellos, porque abandonaron sus casas", dijo Robleh. "Hemos compartido todo lo que teníamos".
Agregó, sin embargo, que incluso con las raciones de alimento su generosidad no sería suficiente.
"Desde que llegaron", dijo, refiriéndose a sus huéspedes, "los niños han enflaquecido".

10 de febrero de 2008
9 de diciembre de 2007
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se extiende bandolerismo en kenia


[Jeffrey Gettleman] Bandolerismo en Kenia diluye beneficios de plan para la paz étnica.
Nandi Hills, Kenia. El camino de Eldoret a Kericho solía ser uno de los trayectos más bonitos de Kenia: una cinta de asfalto que cruzaba exuberantes granjas dedicadas al cultivo del té, tupidas plantaciones de caña de azúcar y jorobadas y verdes montañas. Ahora la recorren adolescentes blandiendo machetes, algunos de ellos mascando tallos de caña de azúcar, otros avanzando a tropezones, de borrachos.
El viernes había cerca de viente puestos de control en un tramo de 160 kilómetros, y en cada barricada -un poste de teléfonos derribado, un tronco torcido-, turbas de pendencieros jóvenes brincaban frente a los coches, jalaban las puertas y mostraban sus cuchillos.
Sus acciones no parecían estar motivadas por las tensiones étnicas, como la violencia que ha terminado con la vida de más de ochocientas personas en Kenia desde las fraudulentas elecciones de diciembre.
Era mucho más simple que eso.
"Danos tu dinero", exigió un joven que miraba desafiante, parado en mitad de la carretera con un arco en sus manos y un carcaj de flechas envenenadas en la espalda.
En otros frentes han habido signos de progreso. El gobierno y la oposición, que se han estado acusando mutuamente del caos, firmaron por primera vez un plan de paz el viernes noche para mitigar las tensiones y poner fin a la violencia.
Y pese a temores de que Kenia podría volver a explotar después del asesinato a balazos de un segundo legislador de la oposición el jueves, no han habido informes de asesinatos colectivos en represalia. Las volátiles barriadas que rodean Nairobi, la capital, parecían haber recuperado la calma.
Ban Ki-moon, secretario general de Naciones Unidas, visitó Kenia el viernes y dijo que le "alentaba el espíritu constructivo que ha prevalecido hasta el momento durante mis encuentros", aunque dijo que todavía estaba muy preocupado por los disturbios.
"Han provocado un intolerable nivel de muertes, destrucción, desplazamientos y dolor", dijo. "Esto tiene que terminar".
Para ayudar a frenar la violencia, el acuerdo alcanzado el viernes detalla pasos para construir la paz, incluyendo no emitir declaraciones provocativas, realizar reuniones conjuntas para promover la estabilidad y desmantelar las milicias.
Pero no quedó claro cómo podría el plan solucionar el espinudo hecho de que los dos lados todavía reclaman haber ganado las elecciones. En este momento es también un punto si los keniatas están obedeciendo a sus líderes.
Lejos de las negociaciones políticas, el campo keniata parece estar acostumbrándose a un extraño estado de caos, poco característico de este país y más reminiscente de la cultura del puesto de control de Somalia o Darfur, en Sudán.
Los puestos de control han sido un problema desde las elecciones. Son montados por turbas furibundas que exigen documentos de identificación de los transeúntes para determinar su identidad étnica. Esas prácticas han terminado con la muerte de varias personas hace unas semanas.
Pero ahora un diferente tipo de puesto de control está echando raíces, y se origina más en el oportunismo que en la política. Después de que un joven cobrara un peaje, echó un rápido vistazo al dinero y se lo metió al bolsillo. Para el caso de que alguien preguntara algo, había otro adolescente armado a su lado, vestido con un uniforme militar y una elegante gorra de capitán.
Los problemas de Kenia empezaron a fines de diciembre cuando el presidente Mwai Kibaki fue declarado el ganador de una elección que observadores internacionales calificaron de terriblemente fraudulenta. Raila Odinga, el principal líder de la oposición, que perdió por un estrecho margen, dijo que el gobierno había manipulado los resultados y algunos observadores occidentales están de acuerdo con él.
Mucha gente aquí tiende a votar a lo largo de líneas étnicas, y esta elección, quizás más que las otras en la historia de Kenia ha polarizado al país.
Kibaki es kikuyu y Odinga is luo, dos de los grupos étnicos más grandes, y en el caos que se desató después de las elecciones, miembros de los grupos étnicos que apoyaban a Odinga masacraron a cientos de kikuyus y los expulsaron de sus tierras. Los kikuyus finalmente se vengaron, matando a luos y otros.
Durante todo este periodo, Kibaki ha guardado silencio, dejando la represión de la oposición en manos de su círculo de asesores. Pero el viernes acusó a los líderes de la oposición de instigar "una campaña de disturbios civiles y violencia", una declaración que parecía contradecir el espíritu del acuerdo de paz.
"Hay abrumadoras evidencias que indican que la violencia fue premeditada y dirigida sistemáticamente contra comunidades específicas", dijo Kibaki cuando asistía a una cumbre de presidentes africanos en Addis Ababa, en Etiopía.
En Kericho, un área asombrosamente fértil donde se cultiva la mayor parte del té de Kenia, grupos de jóvenes recorrían el viernes las laderas de las montañas saqueando e incendiando decenas de granjas. Dijeron que estaban vengando la muerte de su representante en el Parlamento, David Kimutai Too, que fue asesinado el jueves por un agente de policía.
Funcionarios policiales anunciaron rápidamente que la muerte de Too era un "crimen pasional", diciendo que un agente mató a su novia y a Too cuando descubrió que tenían una relación a sus espaldas.
Pero muchos partidarios de la oposición rechazan esa explicación, especialmente porque otro legislador de oposición fue matado a balazos el martes en circunstancias igualmente sospechosas. Muchos de los hombres que incendiaban casas en Kericho eran kalenkin, el grupo étnico de Too, y las casas en llamas pertenecían a kikuyus.
Las fuerzas de seguridad de Kenia están intentando contener la violencia. El viernes una brigada policial desmanteló los puestos de control en la carretera de Eldoret a Kericho, dispersando a los jóvenes armados de arco y flechas por las plantaciones de té. La policía detuvo a varios sospechosos de haber saqueado un camión en llamas que llevaba una carga de pescado. Cientos de kilos de pescados chamuscados yacían desparramados sobre el asfalto.
"Mire esto", dijo Joseph Mele, comandante de policía. "Estamos destruyendo nuestra economía".
Pero Mele se animó repentinamente.
"No se preocupe, lo controlaremos. Diga a los turistas que vuelvan", dijo, refiriéndose al éxodo de excursionistas que han abandonado Kenia a causa de la violencia. "Nosotros les protegeremos".

Reuben Kyama contribuyó desde Nairobi, Kenia, y Kennedy Abwao desde Addis Ababa, Etiopía.

8 de febrero de 2008
2 de febrero de 2008
©new york times
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