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los quemaron vivos


[Jeffrey Gettleman] Estallido de violencia en Kenia.
Nairobi, Kenia. La violencia étnica se intensificó en Kenia el domingo, y funcionarios policiales dijeron una turba mató al menos diecinueve personas, incluyendo once niños, que fueron quemados vivos encerrados en una casa.
Ni los militares keniatas, desplegados por primera vez para impedir que los rivales se ataquen unos a otros, han sido incapaces de detener la ola de asesinatos en represalia.
En los últimos cuatro días han muerto más de cien personas, muchas de ellas atravesadas por flechas, quemadas vivas o cortadas en pedazos con machetes.
Son los peores choques desde que las disputadas elecciones de diciembre encendieran prolongadas tensiones que hasta el momento se han cobrado la vida de al menos 750 personas. Los enfrentamientos se extendieron el domingo por todo el valle del Rift, una región particularmente pintoresca de Kenia conocida por sus reservas naturales y elegantes moteles.
El gobierno keniata ha amenazado con detener a los líderes de la oposición por sospechas de haber orquestado la carnicería, pero estos a su vez acusan al gobierno de apoyar a bandas criminales.
De acuerdo a funcionarios policiales, el domingo en la mañana se produjeron enfrentamientos en la ciudad de Naivasha, en el valle del Rift, entre pandillas de luo y kikuyu, los dos más importantes grupos étnicos de Kenia, que se vienen enfrentando en todo el país desde las elecciones. Testigos dijeron que las turbas arrojaron llantas ardiendo y montañas de piedras en las calles para impedir que los agentes de policía puedan entrar a algunos barrios. Luego las turbas revisaron casa tras casa, a la búsqueda de algunas personas.
Grace Kakai, comandante de policía de Naivasha, dijo que una enorme multitud de kikuyu persiguió a un grupo de luo por una barriada, los encerraron en una vivienda, bloquearon las puertas y le prendieron fuego a la casa. La policía encontró diecinueve cuerpos acurrucados en un cuarto, y Kakai dijo que algunos cuerpos de niños estaban tan carbonizados que no podrían ser identificados.
"Todo lo que puedo decir es que estaban en edad escolar", dijo.
El episodio es similar al ocurrido el 1 de enero, cuando unas cincuenta mujeres y niños que buscaron refugio en una iglesia en otra ciudad del valle del Rift, fueron quemados vivos por una turba. En ese caso, las víctimas fueron kikuyu, que parecen haber sido atacados por más de un grupo en todo el país.
En los últimos días, muchos kikuyu han organizado milicias, diciendo que ahora están listos para vengarse.
"La situación es muy mala", dijo Kakai. "La gente está peleando y tratando de echar de la zona a los otros. Tenemos que evacuar a la gente".
Miles de familias están abandonando Naivasha, Nakuru, Molo, Eldoret y otras ciudades del valle del Rift, que se ha convertido en el epicentro de la violencia en Kenia. La provincia es el hogar tanto de partidarios de Mwai Kibani, el presidente de Kenia, como de Raila Odiga, el principal líder de la oposición, y el sitio de históricas disputas por tierras entre miembros de grupos étnicos rivales.
Kibaki es un kikuyu; Odinga, luo, y las elecciones en cuestión, en las que Kibaki fue declarado ganador por un estrecho margen a pesar de amplias evidencias de fraude electoral, desencadenó la violencia étnica de hoy.
Kenia de hoy es casi irreconocible en comparación con la Kenia que hasta hace poco era celebrado como uno de los países más prometedores y estables de África. El domingo noche, los canales de televisión local mostraron a amenazantes grupos de jóvenes blandiendo machetes y barras de hierro en puestos de control instalados a lo largo de una de las autopistas más transitadas del país. Los hombres arrojaban piedras contra los buses, provocando la salida de la autopista de un autobús mientras los agentes de policía se limitaban a observar.
El ejército keniata fue asignado a principios de mes para ayudar a evacuar a la gente desde las zonas de conflicto, pero el viernes por primera vez se ordenó a los soldados intervenir entre los grupos en conflicto. Eso no hizo una diferencia muy notoria y testigos dijeron que los soldados han sido tan poco efectivos como la policía.
En varias ciudades del valle del Rift, incluyendo Naivasha y Nakuru, se ha decretado un toque de queda nocturno, pero testigos dijeron que la violencia se había desplazado hacia el campo, donde bandas de hombres armados quemaban chozas y atacaban a las etnias rivales.
Muchos kenitas han dicho que el aspecto más preocupante es que los políticos de la oposición, en lugar de cooperar para detener la carnicería, continúan discutiendo sobre quién la empezó.
Eso es exactamente lo que ocurrió el domingo después de que se extendiera la noticia sobre los asesinatos en Naivasha. El portavoz de Odinga envió un mensaje por celular calificando de "horrorosos" los asesinatos y diciendo que eran el trabajo de pandillas criminales respaldadas por agentes de policía y "parte de un bien orquestado plan de terror".
"El gobierno está haciendo esto para influir en los intentos de mediación", dice el mensaje, refiriéndose a los continuas pero de momento infructuosas negociaciones conducidas por Kofi Annan, el ex secretario general de Naciones Unidas. "Después de robar las elecciones, ahora Kibaki quiere negar a los keniatas paz y justicia".
Alfred Mutua, portavoz del gobierno, dijo que las acusaciones eran "ridículas".
"Lo que está pasando es una continuación de la limpieza étnica iniciada por la gente de Raila para matar a la gente del presidente", dijo.
Mutua dijo que la violencia cesará "cuando llevemos a tribunales a los líderes responsables de esto".
"Estamos trabajan en las acusaciones" dijo el domingo noche. "Eso ocurrirá muy pronto".
Diplomáticos occidentales dijeron que hay un furioso debate en el círculo íntimo de Kibaki sobre la conveniencia de arrestar a importantes figuras de la oposición; algunos asesores insisten en ello, aunque otros temen que la violencia empeore si los líderes son encarcelados debido a que sus partidarios tomarán represalias todavía más salvajes.
Los diarios keniatas reflejan el pesimismo. "Por la enésima vez, pedimos al presidente Kibaki y al líder del Movimiento Democrático Naranja, Raila Odinga, que trabajen por la paz, la verdad y la justicia", decía un editorial del Sunday Standard. "Kenia ha derramado suficiente sangre".

4 de febrero de 2008
28 de enero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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violencia étnica en el rift


[Jeffrey Gettleman] Estallido de violencia étnica en Kenia está fragmentando al país.
Nakuru, Kenia. Nairobi, la capital de Kenia, puede parecer tranquila, pero a apenas dos horas de distancia reina la anarquía.
En Nakuru, turbas furibundas controlan las calles, queman casas, golpean a sus rivales y expulsan de los barrios a cualquiera que no pertenezca a su grupo étnico, todo con la más completa impunidad.
El sábado, cientos de hombres asolaron una comuna de la ciudad armados con barras de hierro de dos metros, espadas envenenadas, mazas, cuchillos y rudimentarias herramientas de circuncisión. Los niños llevaban escudos de gladiadores y las mujeres se pavoneaban con ellos con palos afilados.
La policía había desaparecido. Incluso los residentes estaban choqueados.
"Nunca vi nada parecido", dijo David Macharria, chofer de autobuses.
Un mes después de unas elecciones terriblemente fraudulentas, Kenia se está fragmentando a lo largo de líneas étnicas, pese a la intensa presión internacional sobre sus líderes para que lleguen a un compromiso y detengan la carnicería.
Nakuru, la ciudad más grande en el hermoso valle del Rift, es el escenario de una emigración masiva que ahora se orienta en dos direcciones. Los luo se marchan hacia el oeste, los kikuyu hacia el este, y buses aplastados por pilas de colchones se cruzan en direcciones opuestas en la carretera, con los desconcertados niños de los dos grupos étnicos mirándose unos a otros a través de las ventanillas.
En los últimos diez días, decenas de personas han sido asesinadas en Molo, Narok, Kipkelion, Kuresoi y ahora en Nakuru, una entrada turística que hasta hace pocos días era considerada segura.
En muchos lugares, Kenia parece estar deslizándose hacia el caos que explotó el 30 de diciembre, cuando se anunciaron los resultados de las elecciones y el presidente en ejercicio, Mwai Kibaki, fuera declarado ganador por sobre Raila Odinga, el principal líder de la oposición, pese a amplias evidencias de fraude electoral.
La yesca estaba ahí, incluso antes de que empezaran las elecciones. Habían quejas históricas sobre tierras y tensiones étnicas profundamente enraizadas, con muchos grupos étnicos resentidos con los kikuyu, el grupo de Kibaki, debido a que han sido los más prósperos durante años.
Las elecciones en cuestión sirvieron esencialmente como la chispa, y los partidarios de la oposición en Kenia dieron rienda suelta a su rabia sobre muchos temas con los kikuyu y otros grupos étnicos que piensan que han apoyado a Kibaki.
En el valle del Rift, los ancianos organizan a los jóvenes para atacar áreas kikuyu y matarlos, en un intento de expulsar de sus tierras a los kikuyu. Por lo general, la táctica funcionó y en los últimos meses han huido decenas de miles de kikuyu.
Han muerto más de 650 personas, muchas de ellas kikuyu. Muchos de los atacantes son miembros de los grupos étnicos luo y kalenjin.
Lo que está pasando ahora en Nakuru es una venganza. La ciudad está rodeada por un espectacular paisaje, con el lago Nakuru y sus millones de flamencos que atraen a miles de turistas todos los años. La ciudad tiene una población mixta, como gran parte de Kenia, dividida en varios grupos étnicos, entre ellos los kikuyu, luo, luhya y kalenjin.
Según testigos y participantes, el jueves noche bandas de hombres kikuyu se echaron a las calles con machetes y armas caseras y empezaron a atacar a luos y kalenjins.
Paul Karanja, un tendero kikuyu de Nakuru, lo explicó de este modo: "Hemos sido muy pacientes. Durante semanas hemos visto pasar todos esos buses y camiones llevándose a la gente del valle del Rift, y hemos visto a muchos de los nuestros perdiendo sus propiedades. Pero ya basta".
En un barrio de Nakuru llamado Zona Libre, cientos de hombres kikuyu quemaron casas y negocios de los luo, el grupo étnico de Odinga. Los luo que se negaban a marcharse eran golpeados salvajemente, y a veces más que eso. De acuerdo a testigos, una turba kikuyu circuncidó a la fuerza a un luo, que más tarde murió desangrado. La circuncisión es un importante rito de pasaje de los kikuyu, pero no es practicado entre los luo.
Los luo y kalenjin, que se habían aliado durante el período post-electoral, contraatacaron, provocando en una masiva trifulca en toda la ciudad con cientos de heridos y más de cincuenta muertos.
El viernes noche, las fuerzas armadas keniatas intervinieron por primera vez. Las autoridades locales decretaron, también por primera vez, un toque de queda en Nakuru.
Mucha gente de la Zona Libre, que ahora es casi completamente kikuyu, dicen que será difícil hacer la paz.
"Estamos furiosos, furiosos", dijo John Maina, un fornido carnicero cuya arma el sábado era una pata de mesa con tres tornillos sobresalientes. "No me veo viviendo con ellos en estos momentos".
Esa es la realidad en gran parte de Kenia, y no se distingue de lo que se llama una limpieza étnica. Turbas en Eldoret, Kisumu, Kakamega, Burnt Forest y otras áreas, incluyendo algunas de las barriadas más grandes de Nairobi, han expulsado a personas de grupos étnicos rivales. Muchos vecindarios que eran mixtos, ahora son étnicamente homogéneos.
Kofi Annan, el ex secretario general de Naciones Unidas, visitó el valle del Rift el sábado. Lo llamó "exasperante".
"Vimos a personas expulsadas de sus casas y granjas, abuelas, niños y familias desarraigadas", dijo Annan, que está en Kenia tratando de interceder entre Kibaki y Odinga.
Llamó al gobierno keniata a investigar los ataques y aumentar la seguridad.
El sábado, soldados keniatas escoltaron en la Zona Libre a luos que volvían a sus casas todavía ardiendo e hicieron guardia con sus rifles de asalto mientras la gente miraba las ruinas y recuperaba lo que podía antes de volver a marcharse.
Muchos luo dijeron que no tenían otra alternativa que marcharse hacia el occidente de Kenia, el territorio tradicional de los luo, del mismo modo que muchos kikuyu dijeron que se reasentarían en las tierras altas al este de Nakuru, su territorio tradicional.
Macharia, el chofer de autobús, que es kikuyu, concedió que muchos kikuyu querían vengarse. Pero dijo que eso no significa que vayan a pelear de verdad. "Lo vi yo mismo", dijo. "Los viejos les gritaron que atacaran, pero ninguno de los niños les obedeció".
Sin embargo, los luo que vivían en la Zona Libre no están corriendo riesgos. El sábado en la tarde, cientos de personas con baúles sobre sus cabezas y bolsas de mantas se dirigieron hacia una oficina del gobierno que era protegida por algunos soldados.
Nancy Aloo, una luo, dirigía a cuatro niños asustados.
"Dios nos hizo a todos nosotros", dijo la señorita Aloo. "Necesitamos su ayuda".

3 de febrero de 2008
27 de enero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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se extiende guerra en kenia


[Edmund Sanders] Pandillas matan a decenas de civiles y queman casas en Nakuru, que había escapado hasta entonces a la violencia post-electoral.
Nairobi, Kenia. Política del ojo por ojo y choques étnicos recurrentes se han cobrado la vida de más de dos docenas de personas en los últimos dos días, y el sábado jóvenes furiosos continuaron aterrorizando a civiles en partes del centro de Kenia, ignorando los llamados de dirigentes políticos a mantener la paz.
El último lugar con problemas post-electorales en Kenia ha sido Nakuru, a unos 145 kilómetros al noroeste de Nairobi, donde pandillas de tribus rivales han incendiado cientos de casas, apedreado a motoristas y atacado a civiles con machetes. La morgue local ha sido desbordada por cuerpos quemados y mutilados. La prensa local calcula en 41 el número de muertos.
"Es una guerra tribal", dijo David Kuria, 42, vendedor de refrescos y padre de cuatro niños. "Hemos tenido conflictos tribales antes, pero no vi nunca nada parecido. Las tiendas cerradas. Los niños tienen miedo. La gente no se atreve a salir a la calle".
El gobierno envió unidades del ejército para controlar la violencia y decretó un toque de queda desde la puesta hasta la salida del sol.
Los enfrentamientos en Nakuru, que había escapado a gran parte de la violencia post-electoral, fueron los más mortíferos en este país del este de África desde que se iniciaran los disturbios después de las reñidas elecciones presidenciales del 27 de diciembre.
Observadores internacionales dijeron que la votación estuvo plagada de irregularidades y sospechan que hubo fraude. Pese a la controversia, el presidente en ejercicio Mwai Kibaki fue declarado reelegido por la comisión electoral del país, desencadenando disturbios en todo el país que han costado la vida a más de seiscientas personas y desplazado a unas 250 mil.
Los últimos incidentes violentos empezaron el jueves noche, apenas horas después de que Kibaki y el líder de la oposición Raila Odinga se reunieran para sus primeras negociaciones. Los rivales presidenciales se dieron la mano y llamaron a sus partidarios a mantener la paz mientras durasen las negociaciones.
El estallido de violencia hizo surgir dudas sobre el control que ejerce cada dirigente sobre sus partidarios y ofreció evidencias de que la crisis keniata puede extenderse más allá de la frustración post-electoral y reiniciar la lucha tribal de décadas por la tierra, empleos y recursos.
"Puede haber sido provocada por el proceso post-electoral, pero se ha convertido en otra cosa", dijo el ex secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan el sábado después de completar lo que describió como una "desgarradora" gira por zonas afectadas por la violencia y campos de refugiados. Annan llegó a Kenia la semana pasada para presidir las conversaciones de paz.
Los choques tribales en Nakuru implican a las dos tribus principales de Kenia que han competido toda la vida por el control del Valle del Rift, una exuberante región agrícola en el centro del país.
En un ataque sorpresivo, miembros de la tribu kalenjin, que apoyaban a Odinga, invadieron los vecindarios poblados por el clan de Kibaki, los kikuyu, una rica tribu que posee la tierra y ha dominado la política keniata desde que el país se hiciera independiente.
Además de la rabia por las elecciones, los expertos dicen que los kalenjin han codiciado siempre la tierra que poseen los kikuyus en la región. Durante el régimen de 24 años del ex presidente Daniel Arap Moi, un kalenjin, los miembros de su tribu gozaron de mayor prosperidad, pero su posición ha decaído desde que Kibaki fuera elegido presidente en 2002. Enfrentamientos similares entre las dos tribus han ocurrido en 1992 y 1997.
Para el sábado, se habían organizado milicias kikuyu para defender sus casas y vengarse, instalando puestos de control ilegales en las carreteras en los alrededores de la ciudad. Dos hombres kalenjin fueron asesinados a machetazos en un terminal de buses de Nakuru, dijeron testigos.
"Están tratando de ponerse al día", dijo Abdi Shakur, coordinador de la Cruz Roja en Nakuru. "Están furiosos".
El portavoz de la policía keniata, Eric Kiraithe, trató de tranquilizar a la opinión pública el sábado, diciendo que la seguridad se restauraría y culpando de la violencia a pandillas y "oportunistas".
La policía de Nakuru ha sido criticada por permitir que la violencia se descontrolara antes de intervenir.
"Los que causan el caos son las pandillas de jóvenes, que se forman a lo largo de líneas étnicas", dijo Kiraithe en una entrevista con la televisión local. "Pero el saqueo no resuelve los problemas políticos".

edmund.sanders@latimes.com

29 de enero de 2008
27 de enero de 2008
los angeles times
cc traducción mQh
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las matanzas son organizadas


[Jeffrey Gettleman] Evidencias en Kenia de que matanzas son planificadas.
Keringet, Kenia. Al principio, la violencia parecía tan espantosa como espontánea, con turbas con machetes cortando a la gente en pedazos y quemando vivos a mujeres y niños en un país que era celebrado como uno de los más estables de África.
Pero una mirada más detenida sobre lo que viene ocurriendo en las últimas tres semanas, desde que unas elecciones terriblemente torcidas empujaran a Kenia al el caos, muestra que parte del derramamiento de sangre que ha causado la muerte a más de 650 personas puede haber sido premeditado y organizado.
Antes de la elección aparecieron misteriosamente panfletos llamando a cometer asesinatos étnicos. Políticos tanto de partidos de gobierno como de oposición dictaron discursos que exacerbaron la tradicional enemistad entre los grupos étnicos. Y jefes tribales locales realizaron mítines para planear ataques contra sus rivales, según algunos de ellos mismos y sus partidarios.
Tan pronto como se anunciaron los resultados de la elección, otorgando sospechosamente una estrecha victoria al presidente de Kenia, Mwai Kibaki -cuyas políticas de favoritismo de su propio grupo étnico han marginado a casi la mitad del país-, confluyeron todos los elementos para que explotara la violencia.
Miles de jóvenes recorrieron el campo, atacando a miembros de grupos étnicos rivales y quemando sus casas. La carnicería continúa. El viernes llegaron a la morgue de la ciudad de Narok, al noroeste de Nairobi, seis cuerpos, algunos de ellos con profundas heridas de lanza. En una tira de cinta médica blanca pegada en la frente de las víctimas llevaban escritos sus nombres, fecha de muerte y la causa: "Violencia post-electoral".
"No es que la gente despertara y se pusieran a pelear unos con otros', dijo Dan Juma, el director interino de la Comisión de Derechos Humanos de Kenia. "Fue algo organizado".
Lo que no está claro es si hubo un plan sistemático para empezar una guerra étnica a nivel nacional, y si dirigentes políticos de alto nivel están implicados más allá de incitar a la violencia en sus discursos.
Antes de la elección, era fácil olvidar que incluso Kenia, con su reputación como la historia de un éxito africano y país de la tolerancia, estaba dividida a lo largo de líneas étnicas que pueden ser manipuladas políticamente. Las quejas, comúnmente sobre la tierra, las oportunidades económicas y el poder político, son reales y a menudo justificadas, aunque se las mantiene normalmente a raya.
Pero esas tensiones son más evidentes en el Valle del Rift, al occidente de Kenia, que incluye algunas de las tierras más productivas y legendarias de África, pero que recientemente se ha convertido en una escena de ‘Las uvas de la ira' [The Grapes of Wrath] con decenas de miles de gente desesperada huyendo en destartaladas camionetas aplastadas bajo pilas de colchones, sillas, mantas y niños. Algunos camiones van tan sobrecargados que sus parachoques cuelgan a apenas milímetros del camino.
La violencia aquí es decididamente diferente de lo que se muele en las barriadas de Kenia, donde los agentes de policía han abierto el fuego contra manifestantes desarmados y donde pandillas rivales recorren los callejones con piedras en sus manos.
En el Valle del Rift la gente no mantiene estos odios o actividades en secreto. Aquellos que han participado en asesinatos dicen que los ataques fueron esfuerzos colectivos, aprobados por los viejos e inspirados por tradiciones que celebran una cultura de guerreros.
Un día hace poco, una docena de jóvenes con sus rostros manchados con lodo emergieron del bosque cerca de la pequeña ciudad de Keringet.
Eran del grupo étnico kalenjin, y dijeron que este mes habían matado a veinte personas. Andaban armados con arco y flechas, garrotes y cuchillos. Algunos iban cubiertos con pieles animales con celulares metidos en los pliegues.
Rono Kibet, uno de los hombres, dijo que el 20 de diciembre los ancianos de su comunidad celebraron una gran reunión. Eso fue la noche en que se dieron a conocer los resultados de la elección en Kenia, dando a Kibaki la victoria sobre Raila Odinga, el principal líder de la oposición, pese a abundantes evidencias de fraude electoral. Se reunieron más de dos mil jóvenes, dijo Kibet, y los ancianos les instaron a matar a kikuyus, el grupo étnico de Kibaki, y quemar sus casas. Los kalenjin les han hecho guerra antes.
"La comunidad reunió el dinero para la gasolina", dijo Kibet.
Contó que los viejos bendijeron a los jóvenes, que entonces se dividieron en equipos de cincuenta para salir con arcos y flechas a la caza de kikuyus. No lamentaba haberles atacado, dijo.
"Los atacamos, les quemamos sus casas y luego les robamos sus animales", dijo Kibet, desfachatado.
A unos pueblos y algunas horas de distancia, campesinos kikuyu escudriñaban las colinas con un par de viejos prismáticos que no enfocaban bien. Llevaban consigo armas caseras hechas de madera, tuberías de agua y sombrillas, ilegales pero absolutamente necesarias, dijeron.
Algunos de los centinelas provenían de los grupos más educados de la zona. Uno, Wilson Muiruri, estudiante de la Universidad de Nairobi, estaba pasando la Navidad trabajando como guerrero.
"En la universidad no odio a los kakenjins", dijo. "Pero aquí es diferente".
En la capital Nairobi, un alto funcionario policial keniata abrió una gruesa carpeta, con el título ‘Choques Étnicos', que contenía evidencias de lo que llamó un patrón de caos altamente organizado en el Valle del Rift. De acuerdo a los informes, en una carretera de asfalto se cavó, con una excavadora, una trinchera de tres metros, aparentemente con el fin de impedir que las autoridades pudieran acceder a la zona en conflicto; miles de hombres armados se materializaron repentinamente en aldeas poco pobladas; y se levantó una barrera con diez toneladas de cemento.
"Transportar diez toneladas de cemento no es fácil", dijo el funcionario policial, que habló a condición de conservar el anonimato debido a que no estaba autorizado a compartir públicamente esa información. "Esta es una operación militar a gran escala".
La mayoría de los enfrentamientos ocurren en áreas rurales, a las que la policía puede difícilmente acceder, y de momento la estrategia del gobierno ha sido utilizar escoltas militares para evacuar a la gente que quiere abandonar sus aldeas.
Pero los funcionarios de gobierno pueden haber sido parte del problema.
Un mes antes de las elecciones, la policía descubrió un enorme alijo de armas -veinte arcos, cincuenta flechas, treinta garrotes, treinta machetes y treinta espadas- en un coche del gobierno que pertenecía a un subsecretario y miembro del partido del presidente. El subsecretario, que no se encontraba en el coche en ese momento y ha negado toda participación, no ha sido formalizado todavía. De cualquier modo, varios vecinos del Valle del Rift y socorristas locales dijeron que los candidatos al Parlamento habían estado entregando a armas a grupos de jóvenes, aunque no se han efectuado detenciones.
Aunque las autoridades no han proporcionado evidencias que vinculen directamente a políticos de peso con la violencia, grupos de derechos humanos entregaron discursos de líderes políticos atacando a grupos étnicos específicos en las preliminares de las elecciones. William Ruto, un carismático líder de la oposición y jefe kalinjin, fue citado hablando sobre la dominación kikuyu.
Entretanto, políticos kikuyu han hecho observaciones despectivas sobre los luos y por qué Odinga, un luo, no está capacitado para gobernar por el hecho de que aún no ha sido circuncidado.
Al mismo tiempo, en varias ciudades del Valle del Rift se han repartido folletos ordenando marcharse a los kikuyu. "¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!", se leía en un panfleto. "Los que no obedezcan, morirán".
En algunos casos, la literatura parecía formar parte de una campaña de sucios trucos para empañar a los rivales. En noviembre, emergió en Nairobi un documento, con la etiqueta de confidencial y escrito presuntamente por líderes de la oposición, que explicaban un plan para utilizar las "tensiones étnicas y la violencia como último recurso".
"Es absolutamente falso", dijo Peter Wanyande, un estratega de la oposición cuyo nombre aparece en el documento con el nombre mal deletreado. "Nuestros opositores son los que utilizan la violencia étnica. Es terrible".
El gobierno acusa a los partidarios de la oposición y sus líderes por la carnicería en el Valle del Rift, especialmente el incidente en que unas cincuenta mujeres con sus hijo, que habían buscado refugio en una iglesia, fueron quemados vivos.
"Esta es una limpieza étnica", dijo Alfred Mutua, portavoz del gobierno keniata.
Varios jefes de las comunidades kalenjin y masai dijeron que celebraron reuniones antes de las elecciones para discutir cómo atacar a los kikuyu y expulsarlos de la tierra. Importantes políticos de oposición dijeron que no estaban implicados y que no tenían planes para provocar actos violentos.
"El problema surgió en el furor del momento cuando nos robaron las elecciones", dijo Ruto.
La decepcionante realidad es que todo esto ha ocurrido antes en Kenia: los mismos lugares, las mismas líneas étnicas, incluso las mismas tácticas, incluyendo mancharse la cara con lodo. Las dos veces que la violencia étnica se ha extendido por el Valle del Rift, a principios de los años noventa y ahora, las tensiones locales han sido provocadas por la política.
El problema empieza con la tierra. En los años sesenta y setenta, los kukuyu de las mesetas centrales de Kenia adquirieron extensas haciendas, algunas legalmente, otras a través de cuestionables conexiones con el primer presidente de Kenia, Jomo Kenyatta, un kikuyu.
Eso creó ojeriza con grupos locales de kalenjin y masai. El presidente de Kenia en 1991, Daniel Arap Moi, explotó esos sentimientos para sus propios fines. Moi, kalenjin, se presentaba a la reelección y utilizó su red de jefes de policía y autoridades tribales para atacar a los kikuyu y otros grupos étnicos asociados con el naciente movimiento de oposición. Los enfrentamientos se cobraron la vida de más de mil personas, y aunque se redujeron a fines de los noventa, en realidad nunca cesaron.
Y este reciente ciclo electoral una vez más estaba destinado al desastre.
Por primera vez desde los años sesenta, dos pesos pesados de grupos étnicos rivales se enfrentaron en unas elecciones muy reñidas, dándole un inevitable tinte étnico. El telón de fondo fue el creciente resentimiento hacia los kukuyu, en parte debido a que Kibaki puso a kukuyus en las posiciones más poderosas de Kenia.
Muchos kalenjin en el Valle del Rift sintieron que había llegado su turno. Odinga obtuvo buenos resultados en las encuestas y prometió implementar una política llamada majimbo, que quiere decir algo así como federalismo pero que ha sido interpretada por muchos como la expulsión de grupos étnicos (especialmente los kikuyu) de áreas de las que no son nativos.
La etnicidad en África, dice Ted Dagne, un especialista del Servicio de Investigaciones del Congreso, es un punto de ignición fácil debido a la creencia -y a menudo a la práctica- de que el grupo étnico en el poder ayudará primero a su propia gente, marginando a los otros.
"En Kenia esto no es tan obvio como en, digamos, Somalia", dijo Dagne. "Pero está presente".
También lo están las tendencias culturales.
Kibet, un combatiente kalenjin, contó que a los catorce fue enviado a la selva durante unos meses para ser circuncidado y aprender las costumbres de su pueblo. Le enseñaron a disparar con arco y flechas y a romper un cráneo con una maza de madera. Describió la transformación que él y sus compañeros efectúan rutinariamente, cuando se despojan de sus vaqueros y abandonan sus trabajos para pintarse como guerreros y armarse de garrotes.
"Los kikuyu son nuestros enemigos porque están en nuestra tierra", dijo. "No es bueno matar a sus mujeres o niños. Pero matar a sus hombres, eso es un logro".

29 de enero de 2008
21 de enero de 2008
©new york times
cc traducción mQh
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cómo se muere en el congo


[Lydia Polgreen] Pese al fin de la guerra, la tasa de mortalidad en el Congo sigue igual.
Dakar, Senegal. De acuerdo a una nueva encuesta, cinco años después de que terminara oficialmente la catastrófica guerra del Congo, el índice de mortalidad de este país sigue prácticamente igual, pese a los esfuerzos de la más importante fuerza del paz del planeta, miles de millones de dólares en ayuda internacional y una histórica elección que significó el retorno de la democracia después de décadas de violencia y despotismo.
El sondeo, dado a conocer el martes, estima que mueren al mes unas 45 mil persona, casi la misma cantidad que en 2004, cuando los esfuerzos internacionales para reconstruir el país apenas habían empezado. Casi todas las muertes se deben al hambre y a enfermedades, todos signos de que el país todavía está lidiando con las secuelas de una guerra que destruyó su infraestructura, obligó a huir a millones de personas y arruinó su economía.
En total, desde que comenzara la guerra en 1998, han muerto en el Congo unos 5.4 millones de personas, según las estimaciones del estudio más reciente, el último de una serie del Comité Internacional de Rescate, una organización de ayuda norteamericana. Casi la mitad de las defunciones son niños de menos de cinco años.
Quizás lo más alarmante es que, aunque la tasa de mortalidad ha disminuido ligeramente en las regiones orientales del Congo, el último nodo de conflicto, en algunas partes del centro del Congo en realidad ha aumentado, aunque en la zona no se ha presenciado hace años ningún combate. Los autores del estudio y otras organizaciones de ayuda dicen que la concentración de la ayuda en el este y el abandono de la región de parte del gobierno, son las dos explicaciones más probable de los cambios. Estas sorprendentes conclusiones demuestran la complejidad y profundidad de la continuada crisis del Congo, dijo Richard Brennan, director de salud para el Comité Internacional de Rescate y uno de los autores del estudio.
"El Congo está todavía sufriendo una crisis de enormes proporciones", dijo el doctor Brennan. "Prolongadas alzas de la mortalidad más de cuatro años después del fin de la guerra demuestra que la recuperación de este tipo de crisis es en sí mismo un proceso prolongado. El compromiso internacional debe ser sostenido y efectivo en los años por venir".
El estudio se basó en una muestra de catorce mil familias estudiadas en setecientas aldeas y ciudades en todo el Congo entre enero de 2006 y abril de 2007.
Sus autores enfatizaron que las cifras del informe son estimaciones, basadas en métodos estadísticos ampliamente aceptados, para calcular el número de bajas en períodos de desastre, pero la cifra acumulativa de los que han muerto desde el inicio de la guerra tiene un amplio margen de error, considerando las dificultades del terreno en el Congo y la falta de información demográfica básica precisa, como la tasa de mortalidad de preguerra o incluso la población actual del Congo.
Sin embargo, el mejoramiento de la situación de seguridad desde 2004, cuando se completó el último sondeo, hicieron posible que los investigadores visitaran muchas áreas que previamente eran inaccesibles, y, como consecuencia, dijeron sus autores, la encuesta actual proporciona el panorama más completo existente sobre el número de víctimas del deslizamiento del Congo hacia la desesperación.
Ese panorama no es alentador. La tasa de mortalidad en el Congo es 57 veces más alta que en el resto del África subsahariana, según la encuesta. Los niños fueron particularmente afectados, ya que son especialmente susceptibles a enfermedades como la malaria, la alfombrilla, la disentería y el tifus, que pueden causar la muerte cuando no hay medicinas disponibles. En un pueblo en la provincia del Kivu del Norte, una zona álgida en permanente conflicto, tres mujeres de las veinte familias encuestadas perdieron dos hijos cada una en los dieciséis meses cubiertos por el sondeo, dijo el doctor Brennan.
Menos de la mitad del uno por ciento de las muertes fueron causadas por la violencia, ilustrando cómo las secuelas de la guerra pueden ser más mortíferas que la guerra misma. Gran parte de la ayuda de emergencia de concentra en la parte oriental del país, donde las milicias combaten contra las tropas congoleñas que el año pasado expulsaron a casi medio millón de personas de sus hogares. Recién el lunes de llegó a un acuerdo que pone fin a ese conflicto.
Pero el aumento de la tasa de mortalidad en zonas fuera del volátil este es particularmente inquietante porque indica problemas de largo plazo que persisten mucho después del fin de las hostilidades.
"Dada la naturaleza de este país, las enormes diferencias de terreno, la infraestructura destruida, no me sorprende", dijo Alan Doss, el recién nombrado jefe de la operación de paz de Naciones Unidas en el Congo. "Esto tomará bastante tiempo".
El gobierno congoleño gasta apenas quince dólares por persona al año en servicios médicos, según la Organización Mundial de la Salud, menos de la mitad de lo que se recomienda para proporcionar cuidados médicos básicos, como vacunas, redes para protegerse de la malaria y sales hidratantes.
"Podemos decir que en los últimos dos años la situación sanitaria no ha mejorado en absoluto", dice Brice de le Vigne, coordinador de operaciones en la región que incluye el Congo para la organización de ayuda Médicos Sin Fronteras. "Lo único que ha mejorado algo es la cobertura telefónica. Ahora tenemos más contactos con más gente como para saber que la situación no ha mejorado".
Los sondeos de mortalidad son herramientas fundamentales para las agencias de ayuda, las tropas de Naciones Unidas e incluso para los historiadores, pero los métodos utilizados para compilar esa información son a menudo polémicos.
Por ejemplo, una encuesta de 2006 de la Facultad de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins en Bloomberg, que concluyó que desde la invasión norteamericana han muerto seiscientos mil civiles iraquíes -mucho más que los cálculos del gobierno iraquí y otras fuentes-, fue atacada como "no creíble" por el presidente Bush y el Pentágono, y criticada igualmente por otros cientistas.
Para la encuesta los equipos de colaboradores se distribuyeron por todo el Congo, un país tan grande como Estados Unidos al este del Mississippi, pero con ríos en lugar de carreteras, canoas y bicicletas en lugar de aviones y coches.
Debarati Guha-Sapir, directora del Centro de Investigación sobre la Epidemiología de los Desastres, una institución belga, dijo que la encuesta del Congo era metodológicamente correcta. Sin embargo, extrapolar paquetes de datos sobre una zona tan vasta y con tantos aspectos desconocidos como el Congo presenta problemas específicos, dijo.
"El hecho es que, desde todo punto de vista, la mortalidad en el Congo es muy alta", dijo la doctora Guha-Sapir. "Parte de la explicación es la guerra, parte el gobierno, parte el hecho de que en muchas áreas no existen servicios sanitarios, parte pobreza y el horrible legado de lo que hicieron en el Congo el colonialismo y la codicia occidentales".
Varias variables hacen que los resultados de la encuesta sean inevitablemente imprecisos, especialmente cuando se trata de convertir una tasa de defunción abstracta en la cantidad real de muertes. La población congoleña, por ejemplo, es en realidad desconocida: Naciones Unidas la estima en 56.8 millones de personas; el ministerio de la Salud congoleño dice que es de 69.9 millones. Si la cifra de Naciones Unidas es la correcta, por ejemplo, el número real de muertes en el período cubierto por la encuesta más reciente sería de 522 mil personas, pero si en cambio son las cifras del gobierno las correctas, la cifra sería de 1.05 millones de personas, según el estudio.
El número de muertes atribuidas al conflicto y sus secuelas se basa en cuántas personas se espera que mueran en circunstancias normales. Debido a que la tasa de mortalidad en el Congo de preguerra no es aceptada unánimemente por diferentes fuentes, es también una fuente de imprecisión.
De acuerdo a varias estimaciones de Naciones Unidas, la tasa de preguerra estaba por debajo del África sub-sahariana como un todo, pero los autores del sondeo dicen que piensan que la tasa más alta del continente es conservadora.
Sin embargo, incluso la tasa de defunción del África subsahariana podría ser un punto de partida problemático, dijo Guha-Sapir, porque en muchos países los diferentes tipos de censos se realizan muy rara vez y no son siempre precisos.
En última instancia, utilizando las estimaciones menos y más conservadoras, los datos muestran un 95 por ciento de certidumbre de que desde 1998 han muerto entre 3.5 y 7.8 millones de personas, de acuerdo a los autores de la prospección.
Una encuesta anterior del Comité Internacional de Rescate, completado en 2004, fue publicado en 2006 en The Lancet, una revista médica británica, pero el estudio más reciente fue rechazado para su publicación en The Lancet. Otros expertos dicen que ese rechazo no pone necesariamente en cuestión la validez científica de las conclusiones.
Brennan dijo que pese a las inevitables imprecisiones, los datos indican una profunda crisis.
"¿Es posible que apenas hayan muerto cinco millones de personas?", dijo. "Es mucho más probable que hayan muerto 5.4 millones. Pero la cifra exacta no es crucial. Esos datos pueden ayudarnos a entender la dimensión del problema y a orientar nuestras soluciones a salvar vidas".

27 de enero de 2008
23 de enero de 2008
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ex rebelde confiesa genocidio


Ex rebelde liberiano confiesa genocidio, canibalismo y pacto con el demonio.
Monrovia, Liberia. Uno de los más infames comandantes rebeldes de Liberia, conocido como General Butt Naked [Trasero Desnudo], ha vuelto al país para confesar que es responsable de la muerte de veinte mil personas.
Joshua Milton Blahyi, que ahora vive en Gana, volvió esta semana para declarar ante la comisión de verdad y reconciliación de su país, esta vez vestido de traje y corbata. Su nombre de guerra se deriva de la práctica de su pelotón de atacar desnudos, una técnica que se suponía debía aterrorizar al enemigo.
Otro señores de la guerra, sin embargo, se han negado a pedir perdón, rechazando la comisión que muchos en Liberia consideran inútil. Blahyi está pidiendo a otros asesinos que den la cara en momentos en que el país -fundado por esclavos norteamericanos libertos en 1847- lucha por recuperarse de los horrores del pasado.
"Podrían electrocutarme. Podrían colgarme. Me podrían dar otro tipo de castigo", dijo Blahyi, 37, en una entrevista este fin de semana después de su primera comparecencia ante la comisión de verdad y reconciliación la semana pasada. "Pero creo que el perdón y la reconciliación son cosas correctas".
"He estado esperando la oportunidad de contar la verdadera historia de mi vida, y cada vez que le cuento a la gente mi historia, me siento aliviado".
La guerra civil, que costó la vida a unas 250 mil personas en este país de tres millones, se caracterizó por matanzas en las que los vencedores comían el corazón de sus víctimas y jugaban al fútbol con cráneos humanos. Combatientes drogados entraban al campo de batalla llevando pelucas de mujer, vestidos largos y elegantes bolsos robados a civiles.
Antes de conducir a sus combatientes al combate, llevando sólo un par de botas con cordones, Blahyi dijo que ofrendaba una víctima humana al demonio.
El sacrificio consistía normalmente "en el asesinato de un niño virgen para arrancarle el corazón, que era dividido en trozos para comer", contó el sábado a la Associated Press. El general compareció ante la comisión el 15 de enero.
Entre el momento en que hizo un pacto con el diablo en 1980 y empezara su violenta campaña y el momento en que dejó de pelear en 1996, dijo, "más de veinte mil personas fueron víctimas mías y de mis hombres. Las matamos a todas".
Algunos dicen que la confesión de Blahyi es una prueba de que Liberia necesita un tribunal de crímenes de guerra, no una comisión.
La comisión, iniciada sobre el modelo de la comisión sudafricana después del apartheid, ha estado recogiendo testimonios de víctimas y de ex rebeldes en los últimos dos años, en su búsqueda de una versión completa de las atrocidades cometidas en tiempos de guerra. Aunque la comisión de verdad no puede acusar a los asesinos, sí puede recomendar que se formulen cargos.
Entretanto, varios infames asesinos se han convertido en influyentes políticos en Liberia.
"Si tienes a un individuo que confiesa que él y su grupo mataron a más de veinte mil personas, ciertamente debería existir un mecanismo para llevarlo a justicia", dijo Mulbah Morlue, que preside el Foro para el Establecimiento de un Tribunal de Crímenes de Guerra en Liberia, en reacción a la confesión de Blahyi.
Sin embargo, también hay personas que elogian a Blahyi.
"No se puede tener una verdadera reconciliación sin conocer la verdad", dijo Johnny Lamine, vecino de Monrovia. "La historia de Blahyi es alarmante, pero... sepamos primero quién hizo qué cosa en Liberia durante la guerra".
Otros en el país donde algunos creen que todos están contaminados dicen que preferirían no excavar en el pasado. Debido a que la violencia estaba tan extendida, no es raro encontrar a familias liberianas que tienen tanto a víctimas como a victimarios bajo el mismo techo -una hija que fue violada y un hijo que cogió un arma y violó a las hijas de otras familias.
"Los liberianos han tratado de olvidar esas historias", dijo Mary Kollie cuando se dirigía a su casa después de misa el domingo.
En su entrevista, Blahyi contó a la Associated Press: "Alguna gente me ve y me felicita. Otros me ven y dicen que no debería andar por las calles de Monrovia con tanto orgullo. Pero yo le digo a la gente que yo no me siento orgulloso, que me siento avergonzado".
En 1996, cuando entraba desnudo al campo de batalla, se le apareció Dios a Blahyi y le dijo que se había convertido en un esclavo de Satanás, y que no era el héroe que él creía, de acuerdo a una entrevista anterior con la Associated Press.
Se convirtió al cristianismo y durante un tiempo recorrió las arruinadas calles de Monrovia vendiendo casetes con sus sermones.
La violencia en Liberia empezó en 1979 cuando las fuerzas de seguridad mataron a decenas de personas durante disturbios. Al año siguiente, el presidente William Tolbert fue derrocado por el golpe de estado de Samuel K. Doe, un sargento analfabeto que ordenó que los miembros del gabinete de Tolbert fueran colgados a postes en una playa y ejecutados.
Rebeldes dirigidos por Charles Taylor invadieron el país en 1989 y lo empujaron a otra guerra civil. La guerra amainó después de 1997, cuando Taylor fue elegido presidente, y volvió a estallar, para terminar cuando Taylor se vio obligado a marcharse al exilio en Nigeria en 2003. Ahora está siendo procesado por crímenes contra la humanidad en un tribunal en La Haya por las atrocidades cometidas por el movimiento rebelde que respaldaba en la vecina Sierra Lena.
Aunque Taylor es procesado por crímenes cometidos en otro país, uno de sus antiguos rivales en Liberia, Prince Johnson, es ahora senador. El año pasado acompañó a un grupo de políticos norteamericanos en su recorrido por el país. Johnson filmó a sus hombres torturando y matando a Doe. Ese video todavía se vende en los puestos en las calles de Monrovia.

Rukmini Callimachi contribuyó a este reportaje desde Dakar, Senegal.

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mares vacíos en áfrica


[Sharon Lafraniere] Europa se está llevando los peces.
Kayar, Senegal. Ale Nodye, hijo y nieto de pescadores en este pueblo del norte de Senegal, dijo que en los últimos seis años apenas ha pescado lo suficiente como para pagar el combustible de su bote. Así que aprovechó la oportunidad de empezar de nuevo. Se ofreció voluntariamente para capitanear un bote de madera con 87 africanos para dirigirse a las Islas Canarias con la esperanza de entrar ilegalmente a Europa.
El viaje de 2006 terminó mal. Él y sus pasajeros fueron arrestados y deportados. Su primo murió en una empresa similar no mucho después.
Sin embargo, Nodye, 27, dijo que lo volverá a intentar.
"Allá podré pescar", dijo. "La vida es mejor allá. Aquí en el mar ya no hay peces".
Muchos científicos están de acuerdo. Una enorme flotilla de buques de arrastre de la Unión Europea, China, Rusia y otros países, junto a una abundante flota de lanchas locales, han explotado tan concienzudamente los mares del noroeste de África que importantes poblaciones de especies marinas están desapareciendo.
Eso ha paralizado las economías costeras y contribuido al aumento de inmigrantes ilegales que desafían las aguas del mar en botes de madera con la esperanza de llegar a Europa. Mientras que los motivos para emigrar son tan variados como las especies marinas, la seducción de Europa se ha claramente intensificado a medida que se reduce la población de peces del noroeste de África.
El año pasado unos 31 mil africanos trataron de llegar a las Islas Canarias, un importante punto de tránsito hacia Europa, en más de novecientas pateras. Unos seis mil murieron o desaparecieron, según estimaciones mencionadas por Naciones Unidas.
Los gobiernos de la región cargan con gran parte de la responsabilidad por la desaparición de sus pesquerías. Muchos han permitido que el deseo de hacerse con el dinero que ofrecen las flotas extranjeras anule la preocupación por la salud a largo plazo de sus propias pesquerías. Los pescadores ilegales son notoriamente comunes; los esfuerzos para controlar la pesca, raros.
Pero en opinión de los pescadores al occidente de África, Europa se está quedando con sus peces, y además se los está comiendo. Con sus propios mares en gran parte vaciados, los países europeos han orientado sus flotas fuertemente subvencionadas hacia África.
"Mientras Europa ha tratado de controlar su industria pesquera y limitar sus cuotas de pesca, lo que hemos hecho nosotros es exportar el problema de la sobreexplotación de la pesca a otro lugar, particularmente a África", dijo Steve Trent, presidente de la Fundación de Justicia Ambiental, un grupo de investigación con sede en Londres.
Funcionarios de la Unión Europea insisten en que su bloque, que ha negociado acuerdos pesqueros con África desde 1979, es un chivo expiatorio de los problemas de administración de África y las fechorías de otras flotas extranjeras. Dicen que los funcionarios africanos venden por encima de su capacidad los derechos de pesca, inflando las capturas potenciales y dando a barcos piratas y lanchas locales carta blanca para operar en zonas de reproducción.
Pierre Chavance, científico del Instituto Francés para la Investigación y el Desarrollo, dijo que tanto las flotas extranjeras como los gobiernos africanos permitían que consideraciones económicas anularan las preocupaciones por la pesca y los pescadores artesanales locales.
"Un lado tiene un enorme interés en vender, y el otro un gran interés en comprar", dijo. "Las negociaciones se basan en lo que la gente quiere oír, no en la realidad".
La sobreexplotación de los recursos pesqueros no se limita a aguas africanas. A nivel mundial la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación estima que el 75 por ciento de las reservas están sobreexplotadas o explotadas al máximo. Pero en una región pobre como el noroeste de África, las consecuencias son particularmente graves.
Los peces son la principal fuente de proteínas para gran parte de la región, pero ahora algunas especies son tan escasas que los pobres ya no pueden comprarlas, dijo Pierre Failler, investigador del Centro para la Economía y Gestión de Recursos Acuáticos de Gran Bretaña.
Las reservas de peces de las profundidades en las zonas costeras son apenas un cuarto de lo que eran hace veinticinco años, según constatan estudios. Los científicos dicen que el equilibrio ecológico del mar se ha modificado a medida que especies más abajo en la cadena alimenticia son reemplazadas por otras por encima de ellas.
En Mauritania, las langostas desaparecieron hace años. La captura de pulpos -ahora la especie más valiosa- es cuatro quintos de lo que debería ser si no fuera sobreexplotada. Un informe de 2002 de la Comisión Europea concluyó que los peces más comerciables de la costa de Senegal estaban cerca del colapso -deslizándose hacia su extinción.
"El mar está siendo vaciado", dijo Moctar Ba, consultor que dirigió programas de investigación científica para Mauritania y África Occidental.
En una región donde al menos doscientos mil personas dependen del mar para sobrevivir, las inversiones locales en la industria pesquera se están secando a la par que las reservas de peces. En Guinea-Bissau, los pescadores que estaban comprando más botes hace menos de una década, ahora se quejan de que están endeudados y tratando de cambiar de rama.
"Antes, toda mi familia podía vivir de lo que ganábamos con el bote", dijo Niadje Diouf, 28, cuya familia senegalesa vendió su lancha en quinientos dólares para pagar un viaje ilegal -y finalmente frustrado- a España. "Ahora, incluso cinco botes no serían suficientes".
Pescadores como Diouf dicen que los africanos deberían tener la primera prioridad en sus propias aguas -una idea consagrada en un tratado de Naciones Unidas sobre el mar que reconoce el derecho de los gobiernos locales a vender derechos de pesca a extranjeros solamente utilizando sus reservas excedentes.
Pero esa regla ha sido violada repetidas veces a lo largo de la costa de casi 3.200 kilómetros al oeste de África.
Estudios que datan de 1991 indican que la pesca en Senegal estaba en problemas. En 2002 un informe científico encargado por la Unión Europea decía que la biomasa de importantes especies se había reducido en tres cuartos en quince años -una conclusión que los autores dijeron que "causaría alarma".
Pero en la semana en que se dio a conocer el informe, funcionarios de la Unión Europea firmaron un nuevo acuerdo de pesca de cuatro años con Senegal, comprometiéndose a pagar dieciséis millones de dólares al año para pescar atún y especies de las profundidades.
Cuatro años más tarde, fue el turno de Mauritania. Pese a los informes de que el pulpo estaba siendo sobreexplotado en casi un tercio, en 2006 el gobierno de Mauritania vendió seis años más de acceso a sus aguas a 43 barcos de la Unión Europea por 146 millones de dólares al año -el equivalente de casi un quinto del presupuesto oficial de Mauritania.
"No conozco a ningún gobierno de la región que pueda decir no", dijo Chavance, el científico francés. "Es buen dinero, y lo necesitan".
Sid-Ahmed Ould-Abeid, que dirige una asociación mauritana de pequeños pescadores dijo que "la Unión Europea tiene dinero, así que tiene poder. Es más fácil sacrificar a los pescadores artesanales".
Esos sacrificios se están multiplicando en Mauritania. Uno de los pocos países con una flota industrial privada, la mayoría en asociación con los chinos, desde 1996 ha perdido casi un tercio de sus 150 buques de arrastre.
Ahmed y Mohamed Cherif, cuya familia posee P.C.A, una firma pesquera exportadora de Nouadhibou, dicen que han perdido dinero durante dos años consecutivos. Sus dos nuevos buques de arrastre de color naranja pasan semanas atracados en el rudimentario puerto de Nouadhibou.
"No podemos competir con la Unión Europea", dijo Ahmed Cherif paseaba entre hileras de botes ociosos. "El gobierno debió haber mantenido estos recursos para los mauritanos. Dejar trabajar a la gente".
Europa es sólo uno de los causantes extranjeros del ocaso de la pesca. Países de Asia y de la antigua Unión Soviética también envían sus barcos a operar en los mares del noroeste de África. Pero esas flotas a menudo se quedan por períodos más cortos y sin las mismas promesas de pesca responsable y desarrollo local.
De hecho, desde que la Unión Europea firmara su primer acuerdo pesquero con un país de África Occidental en 1979 en la región no se han observado grandes desarrollos. Los enormes beneficios económicos que se derivan del procesamiento y exportación de las capturas siguen firmemente en manos europeas.
Los gobiernos africanos malgastan los beneficios o desvían los fondos destinados al desarrollo a necesidades más apremiantes, mientras los europeos a veces sólo emprenden esfuerzos simbólicos en los proyectos prometidos. El puerto de Nouadhibou, por ejemplo, sigue salpicado por 107 lanchas de arrastre estropeadas después de que la Unión Europea prometiera retirarlas para ayudar al desarrollo del puerto.
En su defensa, funcionarios europeos dicen que decidieron modificar los acuerdos pesqueros en 2003 para contrarrestar las críticas de que los operadores estaban sobreexplotando los recursos y perjudicando a los pescadores locales. Fabrizio Donatella, que dirige la unidad de la Unión Europea que negocia los acuerdos pesqueros, dice que los nuevos acuerdos son modelos de pesca responsable y transparencia.
"No se puede decir que no estemos pescando el excedente o que no hayamos respetado recomendaciones científicas", dijo. En última instancia, los gobiernos africanos deben proteger y administrar sus propios recursos, dijo.
Los ejemplos de mala administración abundan. En seis países del oeste de Áfricas el número de lanchas aumentó explosivamente de tres mil a diecinueve mil en el último medio siglo, pero Senegal y otros países han empezado sólo recién a regular su crecimiento.
Guinea-Bissau, un país con 1.4 millones de personas es un buen ejemplo de cómo no gestionar la industria pesquera. De acuerdo a Vladimir Kacyznski, un científico marino de la Universidad de Washington, nadie ha estudiado comprehensivamente las aguas de la costa del país en los últimos veinte años.
Durante dos años, Sanji Fati estuvo a cargo de implementar las normas de pesca de Guinea-Bissau. Cuando asumió el cargo en 2005, su agencia no tenía ni una sola patrullera para controlar a los cientos de botes y decenas de buques de arrastre industriales, la mayoría de ellos extranjeros. Un cuarenta por ciento fueron sorprendidos pescando sin permiso o en violación de las disposiciones, y los operadores de las embarcaciones mentían sobre sus redadas. Los observadores del gobierno eran en su mayoría analfabetos, mal pagados y fácilmente sobornables.
Fati intensificó el control pero dice que todavía cree que era la guerra de un solo hombre. Hace unos meses, renunció frustrado.
Ese sombrío panorama no impidió que Guinea-Bissau y la Unión Europea acordaran a fines de mayo permitir que buques europeos capturen camarones, peces, pulpo y bonito en sus aguas. En los próximos cuatro años, el acuerdo inyectará 42 millones de dólares en el gobierno que hace meses que no paga los salarios de sus funcionarios y no se recupera completamente de la guerra civil.
Daniel Gomes, el doceavo ministro de pesca de Guinea-Bissau, dijo que había tratado de ser conservador en cuanto al acceso otorgado a los extranjeros, pese a los irrisorios datos científicos y las fuertes presiones económicas.
Sin embargo, interrogado sobre si su país terminaría con sus mares vacíos, dijo: "Esa perspectiva no se puede descartar. Es algo que puede ocurrir".

15 de enero de 2008
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espeluznantes crímenes en kenia


[Robyn Dixon] Mueren 35 personas cuando turba incendia iglesia. Tensiones tribales continúan alimentado la violencia post-electoral, con un número oficial de bajas de 170. Grupos independientes hablan de 270 muertos.
Nairobi, Kenia. Los disturbios post-electorales en Kenia descendieron el martes al nivel de salvajes asesinatos tribales cuando una turba quemó una iglesia donde varias familias habían buscado refugio de la violencia, dejando al menos 35 muertos, según declaraciones de testigos. Muchas de las víctimas eran niños.
La masacre en la iglesia en Eldoret se produjo después del asesinato durante la noche de dieciocho personas, algunas decapitadas, en la ciudad a unos 240 kilómetros al noroeste de Nairobi, la capital. El martes también fue asesinado un agente de policía.
Según declaraciones de testigos hubo asesinatos en venganza y enfrentamientos entre turbas de tribus rivales armadas de machetes pangas o con arcos y flechas.
"Están armados con pangas, y cuando un grupo mata a tres personas, el otro grupo también mata a tres personas. Cuando uno quema tres casas, el otro también quema tres casas. La situación se ha deteriorado", dijo Ken Wafula, un activista de derechos humanos.
"Hay violencia en todas partes de la ciudad", dijo Kikechi Biket, corresponsal en Eldoret del diario Standard. "Se han incendiado casas indiscriminadamente en todo Eldoret. Están quemando llantas en las calles. No hay transporte. No te puedes movilizar. La situación es desastrosa".
La policía de Eldoret estima que en los últimos cuatro días en la ciudad han muerto unas cien personas después de que furibundos partidarios de la oposición provocaran disturbios en la ciudad, denunciando un supuesto fraude electoral en las elecciones presidenciales del jueves. La policía informó sobre 170 muertos en enfrentamientos en todo el país, pero las agencias de noticias mencionan una cifra de entre doscientos y 270 muertos.
Decenas de miles de personas han huido de sus casas en Eldoret y buscado refugio en recintos policiales y atrios eclesiásticos. Algunas casas albergan a decenas de personas aterrorizadas.
Aunque los candidatos presidenciales habían evitado una campaña tribal abierta, lo que es tabú en la sociedad keniata, la violencia étnica explotó inmediatamente después de que se anunciara al presidente Mwai Kibaki como ganador y este fuera investido a toda prisa el domingo en la noche en su segundo término.
Mientras continuaba la violencia el martes, diplomáticos en Nairobi instaron a Kibaki y su principal rival Raila Odinga a negociar una solución política para contener los asesinatos.
Aumentado la presión sobre Kibaki, observadores europeos pidieron el martes una investigación independiente sobre las discrepancias en el conteo de votos, informando que la elección no estaba a la altura de normas democráticas. Llamaron a poner fin a la violencia. Naciones Unidas también llamó a los líderes keniatas a mostrar moderación.
Los keniatas se han mostrado consternados por el nivel de brutalidad en un país que, aunque en una región volátil de África, había emergido como un santuario de estabilidad política y prosperidad económica.
Una desazonada calma reinaba en muchas partes de Kenia el martes, incluyendo algunas de las áreas más afectadas por la violencia, tales como Kisumu en el occidente y la barriada de Kibera en una comuna de Nairobi. Pero se temen nuevos estallidos de violencia el jueves cuando Odinga planea dirigir una ‘marcha de un millón de manifestantes' para protestar contra los resultados de los comicios. La policía advirtió que la manifestación será prohibida, pero Odinga insistió en que seguirá adelante con sus planes.
Las tensiones tribales se han estado incubando en Kenia desde la reintroducción de las elecciones multipartidistas en 1992 cuando las más de cuarenta tribus del país empezaron a competir en las urnas por poder político y los recursos. Gran parte del resentimiento se ha dirigido contra la tribu de Kibaki, kikuyu, el mayor grupo étnico que según los otros ha dominado la política y la economía del país durante décadas. Los kikuyu conforman el 22 por ciento del país al este de África, de 37 millones de habitantes.
En Kenia se vota según líneas tribales, pero la encarnizada competencia entre Kibaki y Odinga, que es luo, ha exacerbado las tensiones. Odinga se ganó el apoyo de los luo y varias otras tribus que piensan que es su turno de ocupar el poder.
Después de la investidura de Kibaki, miles de furiosos jóvenes luo se echaron a la calle, incendiando negocios poseídos por tenderos kikuyu y golpeando a miembros de esa tribu.
En Eldoret, donde viven pocos luo, la violencia se ha producido en gran parte entre miembros de la tribu kalenjin, que respaldaba a Odinga, y los kikuyu, que votaron por Kibaki.
La ciudad está ubicada en el fértil Valle del Rift, una zona étnicamente mixta donde las tensiones tribales son altas y a menudo se tornan violentas durante campañas electorales. Gran parte de la violencia pre-electoral vista en los últimos meses tomó lugar en el Valle del Rift.
El martes unos doscientos kikuyu de la ciudad se habían refugiado en la Iglesia Asambleas de Dios de Kenia. Para el almuerzo la mayoría de ellos habían sido evacuados, pero unos cincuenta todavía permanecían en el lugar cuando cientos de jóvenes armados con arco y flecha atacaron el edificio a eso de la una de la madrugada, de acuerdo a Biketi, el corresponsal del Standard, que visitaba el lugar.
Cuatro hombres y seis mujeres fueron asesinados fuera de la iglesia antes de que los jóvenes pusieran fuego al edificio, dijo Biketi, que como otros de Eldoret fue entrevistado por teléfono. Al menos treinta cuerpos yacían apilados en un rincón, por donde la gente había tratado de escapar, dijo Biketi. Dijo que la mayoría de las víctimas eran niños de entre seis y quince años. Algunos estaban tan quemados que será imposible reconocerlos.
Un portavoz de la Cruz Roja, Patrick Nyongesa, dijo que los voluntarios de la organización calculan que al menos 35 personas fueron asesinadas. Un voluntario de la Cruz Roja, que no dio su nombre por miedo, dijo que gente de la zona había indicado que el número de muertos podía llegar hasta ochenta, pero era difícil saberlo porque algunos cuerpos se convirtieron en cenizas.
Wafula, el activista de derechos humanos, dijo que los enfrentamientos tribales se extendieron durante toda la noche del lunes en la zona de Eldoret donde vive él. El martes antes de la noche decenas de kikuyu armados se estaban preparando para hacer frente a los kalenji.
"Hay un campo de batalla entre estos dos estados. Los grupos se están esperando para pelear", dijo.
La situación se complica todavía más en Eldoret con el cierre de las tiendas. Mucha gente que no se atreve a salir a la calle ha estado sin acceso a alimentos durante cuatro días.
Tony Sisule, analista político de un centro de investigación, dijo que la contienda entre Kibaki y Odinga en la carrera presidencial había sido tan intensa que se vieron obligados a recurrir a sus electorados tribales para aumentar sus posibilidades.
"Hay un gran problema en nuestra mentalidad: La gente piensa que si es de tu tribu, tienes que apoyarlo", dijo. "Eso es algo que sólo se puede cambiar con educación".
Aunque los mensajes tribales de los principales candidatos no fueron explícitos, el mero hecho de que un luo estuviera compitiendo contra un kikuyu en una elección de dos personas había elevado las tensiones al punto de ebullición.
"Creo que hay un resentimiento latente de muchos años debido a la creencia defendida por políticos de que algunos grupos están recibiendo una cuota más alta de los recursos que otros grupos", dijo Sisule. "Esto ha sido utilizado por políticos en sus mensajes durante largo tiempo. Esta es una gran lección para los políticos en Kenia, de que no se puede hacer campaña sobre una plataforma étnica".
El tribalismo se remonta a la historia precolonial de Kenia, dijo, pero fue explotada por los colonos británicos y por los partidos políticos después de la independencia.
Dijo que sólo una solución política entre Kibaki y Odinga podría reducir la violencia.
En la extensa barriada de Kibera en Nairobi, hogar de casi un millón de personas, los enfrentamientos cesaron el martes, pero decenas de saqueadores fueron vistos acarreando láminas de hojalata de un mercado destruido donde pandillas de luo habían incendiado las tiendas. Escombros y desperdicios cubrían todo el lugar, y pilas de basura ardiendo llenaban el aire de humo.
Husmeando entre las cenizas de su puesto, Daniel Kahura, 34, describió como él y otros kikuyu se defendieron lanzando piedras y peleándose con saqueadores luo en un intento de proteger sus negocios.
"Llegaron con pangas", dijo Kahura. "Llegaron en un gran grupo, golpeando a todo el mundo y llevándoselo todo. Todo el mundo trataba de huir. Fue espantoso. No teníamos alternativa y tuvimos que huir para salvar la vida".
"Pensé: ‘Si me agarran, me matan'".
Dijo que en las preliminares de la elección las tensiones aumentaron en Kibera cuando ciudadanos luo dijeron a kikuyu que saquearían sus propiedades si Odinga llegaba a ser investido.
"Dijeron que nosotros, kikuyu, habíamos estado en el poder demasiado tiempo y nos habíamos beneficiado durante tantos años, que ahora era su turno".

robyn.dixon@latimes.com

4 de enero de 2008
2 de enero de 2008
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