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sombrías historias desde zimbabue


[Robyn Dixon] Por donde viajes en el país se ven evidencias de decadencia y absurdos que serían cómicos si no fueran tan trágicos.
Nkayi, Zimbabue. Avanzábamos trabajosamente en una vieja camioneta casi sin frenos, esquivando los baches. Los pernos parecían gemir con el esfuerzo, pero Max Mkandla dice que el vehículo está funcionando bien. En realidad, habla como un padre orgulloso que comenta las proezas de su hijo inteligente.
"Estoy tratando de proteger estas llantas", dice Max. Guarda silencio un rato. Luego agrega: "Porque no tengo llantas de repuesto".
Ahora conduzco yo. El asiento no se desliza hacia adelante -lo que no es bueno para alguien apenas por sobre el metro 52, de modo que he metido bolsas con bultos y libros detrás de mí para alcanzar los pedales.
Repentinamente una ternera cruza patosamente el camino y yo aprieto los frenos, o en todo caso trato de hacerlo. No parece que nuestro caótico y rechinante movimiento se vaya a detener, pero finalmente disminuye la velocidad. La ternera trota hacia la seguridad.
Pero, en protesta, los frenos se pusieron todavía peor. Una línea de luces de emergencia parpadean furiosamente en el tablero. Cuando se lo señalo, Max toma el volante, pero a la hora el coche abandona.
"Se acabó, las luces de los frenos, todo", dice, deteniéndose en un terreno cubierto de matorrales. Estamos empantanados en el interior de Zimbabue sin cobertura telefónica en un camino por donde pasan pocos coches.
Abandono la esperanza de hacer algo. Se supone que debo investigar con Max, un esmirriado veterano de guerra convertido en activista, para un reportaje sobre el hambre. Pero nada es fácil en Zimbabue. Yo había planeado partir a las ocho. Pero con los problemas para adquirir diesel (y la elástica idea de Max sobre la puntualidad), nos llegó la hora de almorzar antes siquiera de ponernos en marcha.
Después de que el coche descansara un rato, Max lo enciende y decide que podemos seguir renqueando.
La música de las cigarras casi ahoga las metálicas vibraciones de la casetera. El artista zimbabuano Oliver Mtukudzi está cantando una balada en shona llamada ‘Bvuma': "Acepta que estás viejo. Acepta que estás agotado... No lo niegues, estás acabado". Podría haberla escrito para el vehículo de Max. ¿O gira sobre el todopoderoso presidente del país, Robert Mugabe, de 83 años?
Los caminos de Zimbabue cantan sus propios inolvidables lamentos por un pueblo y sus penurias.

Junica Dube sintió las primeras punzadas de su primer hijo. Quería que fuera un niño. En el Hospital, Dube trabajó y pujó, sola. No había analgésicos, ni comodidades en un sistema médico asolado por la escasez incluso de artículos básicos. Pidió ayuda, pero las enfermeras le dijeron que las llamara cuando tuviera realmente dolor.
"La enfermeras me dijeron que me mantuviera tranquila, que yo estaba haciendo demasiado ruido" , dice la mujer de 28 años. "Traté de no llamar la atención, pero sentía demasiado dolor".
Se sentía pequeña, asustada y terriblemente sola. Frente al patio de la maternidad, Luke, su marido, esperaba ansiosamente, con su hermana Daisy.
Pasaron dos días, pero el bebé no nacía.

Pese al coche y los caminos, Max y yo llegamos a una aldea llamada Nkayi, al oeste de Zimbabue. Hemos encontrado un mecánico. Resulta que hemos estado conduciendo durante bastante tiempo sin correa del ventilador.
Max dice que siempre lleva consigo una correa de recambio, pero hoy no.

Estamos sentados en la polvorienta plaza mayor, con el capó levantado y las ventanillas abiertas. Hace calor y Mtukudzi resuena por los altavoces. Un pequeño con un palo da vueltas por ahí y al ver a un viejo burro lleno de garrapatas, le da un golpe.

Cuando viajé a Zimbabue por primera vez en 2005, los residentes se inflamaban alabando la belleza del país, aunque se podía ver porqué se estaba marchando tanta gente. Más tarde, las cosas se pusieron todavía peor, aunque su atractivo me seguía seduciendo -es el tipo de lugar apartado y somnoliento, aunque amenazador, que habría sido una gran ambientación para una novela de Graham Greene.
La vida aquí está llena de dilemas que desafiarían su verosimilitud si fuesen imaginarios: Por ejemplo, ir a trabajar sale más caro que el salario que ganas. No existe una economía digna de mencionar, ni mercado negro donde incluso el gobierno pueda adquirir dólares. Y los hospitales, como aquel en que estaba dando a luz Junica Dube, sin medicinas y apenas empleados, son lugares de muerte, no de vida.

Toda vez que he venido a Zimbabue he conocido a alguien, me he hundido en su vida y vivido su historia por un momento. Terminas con una colección de historia desparramadas como fotografías sobre una mesa, algunas sobre la supervivencia, otras sobre el dolor. Una de esas fotografías es Junica Dube contando su historia en su casa, iluminada por una vela durante uno de los diarios apagones.
Pero muchas historias no llegan a ser contadas. Aquí es difícil hacer periodismo. Debido a que el gobierno rara vez entrega visas de periodistas a extranjeros, la mayoría de nosotros trabajamos clandestinamente, corriendo el riesgo de que nos encarcelen.
Así que cuando pregunté a unos activistas de la iglesia que sabían dónde se encontraba la gente que pasaba hambre que me llevaran a Nkayi, me dijeron horrorizados que eso era imposible. Todo el mundo preguntaría por la mujer blanca. Me vigilarían. Las autoridades serían advertidas.
Pero Max había ignorado esos temores. Ahora, sentada en el coche, observando a los aldeanos matando el tiempo en la polvorienta plaza, disfrutando de las últimas horas de su apacible domingo, las advertencias se atropellaban en mi cerebro.
Me ponga tiesa cuando un coche policial se detiene cerca y descienden tres hombres.
¿Vienen hacia mí? No.
Cuando el sol se hunde algo más, la voz de Mtukudzi es distorsionada por los zumbidos de los altavoces. Está cantando un tributo a los campesinos que producen el alimento.
La zona alrededor de Nkayi, dice Max, estaba en manos de granjeros blancos pero fue recuperada por colonos negros en 2000 durante la aplicación de la política de redistribución de la tierra de Mugabe. La agricultura industrial se vino abajo y las cosechas cayeron en picado. Ahora el país ni siquiera se puede alimentar a sí mismo.

Pasadas las cuatro encontramos una correa de ventilador y reparamos la camioneta. Pero no es demasiado tarde para mi reportaje. Tengo tiempo para hacer algunas entrevistas antes de que oscurezca. Cuando nos preparamos para salir de la ciudad a la puesta de sol, me ofrezco para conducir un rato y detecto un dejo de alarma en el rechazo de Max. Cree que le hago mal al vehículo.

Pero al tercer día, Junica Dube estaba exhausta y asustada. Los médicos y las enfermeras estaban peleando frente a ella, acusándose unos a otros de los errores cuando quisieron provocarle el parto. Le dijeron que tenían que volver a provocárselo.
"Le pregunté a las enfermeras: ‘¿No hay otro modo para que pueda parir?' Me dijeron: ‘Eso es todo lo que podemos hacer por usted'".
Su cuñada le dijo que pidiera una cesárea, pero "tal como estaban las cosas, es muy difícil pedir eso", dice Dube.

Al cuarto día, los doctores decidieron que Dube necesitaba una cesárea.
Su ánimo mejoró. Finamente su niño podría nacer.

En todas partes se observan en Zimbabue instantáneas de deterioro.
Por los lados de las carreteras pasan mujeres viejas con enormes ramas en sus cabezas, sacadas del monte.
Una camioneta sale de la ciudad con sus luces de emergencia parpadeando, un ataúd improvisado en la parte de atrás y familiares andrajosos lamentándose en torno a la caja. El viento es gélido.
En la carretera desde Sudáfrica, todoterrenos jalan remolques hinchados de cargas tan grandes como elefantes: artículos de consumo inexistentes en las miserables tiendas de Zimbabue.
Aquí las tiendas están tan vacías que la oficina de estadísticas del gobierno dice que es imposible calcular la tasa de inflación. (Economistas independientes calculan que varía entre el 40.000 y el 90.000 por ciento). Dada la profundidad de la crisis económica, es difícil entender cómo funcionan las cosas.
La respuestas se encuentra en una expresión zimbabuana: "Haremos un plan", que puede querer decir plantar tus propias verduras, ir al mercado negro, hacer treque, sobornar a algún funcionario, robar en tu lugar de trabajo y vender luego los artículos, comprar lo que necesitas en Sudáfrica o Botsuana, o tener trabajos múltiples para llegar a fin de mes.
Un periodista duplica su salario fabricando velas los fines de semana. Un empleado del Banco de la Reserva compra vacas y las sacrifica, para ganar algo extra. Un pintor de letreros vendes bocadillos hechos con pan difícil de encontrar. Los maestros, que pueden entrar sin visado a Sudáfrica, vuelven con aceite de cocina, masa de maíz, harina de maíz y azúcar, para revenderlos.
En Harare, el tenue barniz de normalidad y aires de plácida complacencia de la capital ha ido desapareciendo en los últimos años. Los ascensores en los pocos, modestos rascacielos, no funcionan. Espero en la cola de la gasolina mientras Mtukudzi canta una canción sobre un viejo díscolo que ha perdido el respeto de todo el mundo. Una niñita con un paraguas naranja baila en la lluvia.
Conducir por las calles de Harare es un negocio arriesgado. No se trata de las advertencias que te hacen los residentes sobre la policía secreta de Mugabe pululando como enjambres en toda multitud. El peligro son los peatones.
Cruzan las calles, envolviendo al vehículo como olas una roca. Se detienen a mirar a un ladrón, corriendo escopetado a través de la multitud, con una cola de sudorosos perseguidores.
En el hacinado mercado de Mupedzanhamo, en Harare, conozco a un comerciante rasta rodeado de pieles disecadas de babuinos y unas cosas gordas en frascos que están aprovechando la escasez de medicinas occidentales -cuando estás desesperado, cualquier cura parece atractiva.
Me ofrece un diminuto trozo de madera del tamaño de la mitad de mi uña más chica. Dudo. Es una cura llamada ‘Hoy y mañana', que dice que destruirá toda infección o impureza que tenga en el cuerpo. Su desagradable sabor ácido y amargo empieza a quemarme tan rápidamente que es imposible seguir chupándolo. Me lo trago rápidamente, sintiendo la abrasadora sensación arrastrarse en mi gaznate y estómago, provocándome una mareante náusea que dura horas.

En el camino de Harare a Bulawayo, hay un cerro llamado Acre de los Héroes donde yacen los famosos veteranos de la victoriosa insurrección de Mugabe contra el gobierno de la minoría blanca de Ian Smith en los años setenta. Al pasar por ahí, siento una punzada de curiosidad de ver el alto obelisco diseñado en Corea del Norte que hay en su interior, pero para entrar ahí se necesita un permiso especial del gobierno. Los vecinos se encogen de hombros ante mi interés y dicen que el lugar está habitualmente desierto. Pero de vez en vez en el partido gobernante estallan peleas por celos sobre quién merece ser enterrado aquí.
Los abundantes controles en la carretera son principalmente un instrumento para que los policías mal pagados puedan cobrar sobornos. Últimamente no pueden incluso encontrar coches o combustible para dotar los controles.
Pero los controles se ponen serios si el gobierno tiene alguna gran campaña, como la Operación Murambatsvina (Saquemos la basura) de hace dos años, cuando los militares invadieron municipios y arrasaron con las chozas. El gobierno de Mugabe dijo que eso puso fin a la delincuencia y se recuperó la limpieza y el orden. Pero sólo se atacó zonas que habían votado por la oposición.
Entonces en los municipios el aire estaba lleno del polvo de las demoliciones. La ruta desde Harare a Bulawayo parecía el camino de una zona de guerra, con gente desesperada arrastrando carretillas con sus enseres.
Una noche durante la operación, me pararon en un control cuando iba saliendo de una de esas zonas. Descuidadamente había dejado notas de entrevistas entre las páginas de una guía, entre folletos y mapas.
La policía nos ordenó descender del coche y empezaron a registrar el vehículo. Revisaron meticulosamente los bolsillos, el maletero, mi mochila. Levantaron los asientos. Un agente cogió el libro con mis notas y empezó a hojearlo. Yo desvié la vista.
Por un momento sentí algo del temor con el que viven los zimbabuanos, como una fina e invisible red que se pega a todo el mundo.
Pero cuando volví a mirar, había dejado el libro en el coche.

Al cuarto día del parto de Junica Dube, "las enfermeras empezaron a decir: ‘Estamos tratando de salvar la vida del bebé, no la suya'", dice. "Pensé, lo que tiene que ocurrir, tiene que ocurrir. Si muero yo o si muere mi bebé, lo aceptaré".
Su hijo nació vivo, con una cesárea. Pero débil. La madre yacía inconsciente.
El doctor se marchó rápidamente para ver un partido de fútbol. Pero repentinamente una enfermera corrió tras él, diciéndole que volviera. Luke Dube y su hermana podía oír a las enfermeras susurrar en la sala de espera. Luego, un largo silencio.

El nombre del autoestopista es Efficient. Es otro viaje, otro día, hacia el sur mientras expone un apasionado diagnóstico de los males del país. La gente ni siquiera puede encontrar jabón, un elemento básico que era barato y siempre disponible en las tiendas. Y hoy, cuando hay, es impagable.
Dice que nadie en Zimbabue es completamente honesto. Para viajar en un autobús del gobierno tienes que mojar al chofer, así que prefiere hacer autoestop o viajar arriba de trenes.
Efficient es un cómico nato, contándome hilarantes historias como precio del viaje, hasta que lo dejo en una ciudad inundada por la lluvia junto a un camino tan lleno de hoyos que es casi intransitable.

En todo el país los caminos abundan en autoestopistas. Pululan en torno a las camionetas; se asoman como enormes y dignos pájaros encima de gigantescos camiones. Algunos llevan bebés a la espalda; otros esperan con enormes sacos. Incluso los soldados hacen autoestop para movilizarse, parados prominentemente al frente de la multitud, mirando a los conductores, desafiándolos a recoger a alguien más.
Efficient no es el único autoestopista que me cuenta su historia en mi viaje por el país. En otro viaje, con un activista de la iglesia en un enorme camión rojo al oeste de Zimbabue, paramos para recoger a dos adolescentes, Patrick y Sarah, alumnos de un internado que van a casa a comer. Cada vez que pregunto algo, Sarah se cubre la boca tímidamente y le da la risa tonta.
Los dos están excitados porque nunca estuvieron antes en la cabina de un vehículo. Vienen de un lugar llamado Peligro, bautizado así por sus ancestros en un lugar alto con un río. Imagino despeñaderos cortados a pico sobre un torrente. Una hora después, cruzamos un pequeño puente a unos metros sobre un escuálido arroyo.
"Aquí es, esto es Peligro", dice Sarah.
En la aldea cercana, dos agentes de policía nos piden que los llevemos. Mi amigo activista accede a regañadientes. En el camino los reprende por arrestar y golpear a la gente sin razón alguna, ignorando sus poco efectivas protestas de inocencia.
El activista pidió no ser identificado, por temor a repercusiones que le puedan hacer difícil su trabajo. Como todos los demás, tiene algo que temer.
La elite tiene miedo de perder sus privilegios y riqueza, o de ser arrestados como traidores si caen en desgracia. Los vendedores y minoristas temen ser encarcelados por sus actividades en el mercado negro, o por violaciones de las estrictas leyes de divisas y control de precios. La oposición y activistas de derechos humanos temen ser arrestados, golpeados, torturados o ‘desaparecidos'.
La gente cree que la policía secreta está en todas partes, escuchando las conversaciones por teléfono, revisando y leyendo el correo electrónico. Si el aparato de seguridad de Mugabe es grande, el temor que inspira es todavía mayor.
La gente camina por la hoja de un cuchillo. Incluso dar a luz da miedo.

Luke Dube esperó durante lo que le pareció un largo rato, y luego el doctor le dijo que su bebé había muerto. Era un niño. El doctor parecía fastidiado cuando esquivaba las preguntas sobre qué había salido mal. A la mañana siguiente, una enfermera le dijo la verdad a la madre.
"Cuando vi su cuerpo, sentí que estaba vivo", dice Junica Dube.
Estaba todavía en el hospital cuando se realizó el barato funeral. Ni siquiera pudo ver cuando depositaron el pequeño ataúd en la tierra.
Yo di con la historia de Junica Dube mientras escribía un artículo sobre los hospitales, que resultó que significa escribir sobre la muerte.
Han pasado apenas unos días tras la muerte del bebé; Junica está todavía en el hospital, demasiado traumatizada como para hablar. La tía del bebé, Daisy, es la primera en contar fragmentos de la historia.
Daisy habla de un tipo diferente de heroísmo que aquel celebrado tan grandiosamente en el Acre de los Héroes: simplemente la lucha para dar a luz y nacer en un país donde nada funciona.
"Para mí, ellos son los verdaderos héroes", dice orgullosa, y repentinamente mi libretas de notas se llena de lágrimas. Le quiero hacer otra pregunta, pero no me salen las palabras.
En Zimbabue, los caminos desaparecen. La gente muere demasiado joven.
Una noche conduzco mientras Mtukudzi canta mi balada favorita, ‘Akoromoka Awa', una elegía por los que han muerto.
Me detengo junto a un cementerio. En las tumbas crecen cardos y malezas. La mayoría de las tumbas son simplemente montones de tierra, decorados con flores de plástico amarillas y azules, y un letrero de metal pintado a mano como lápida. Hilera tras hilera, tumba tras tumba, las fechas conmemoran a gente joven.
Aquí está enterrado el bebé de Junica Dube, su tumba marcada por una lápida de hojalata con sólo una fecha.

robyn.dixon@latimes.com

2 de enero de 2008
22 de diciembre de 2007
©los angeles times
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reclutan a niños soldados en congo


Y a un ritmo extraordinario, dice organización benéfica.
Kinshasa, Congo. En el Congo, niños y niñas están siendo reclutados en grandes cantidades como soldados, espías y esclavos sexuales. La semana pasada se vio a niños marchando en formación en el arruinado este del país , declaró el lunes la organización benéfica internacional Save the Children.
Desde agosto, los conflictos en el caótico este del Congo han escalado dramáticamente a medida que las milicias rebeldes se enfrentan en territorios boscosos, dijo la organización londinense. Los niños que han logrado escapar han contado a la organización que eran retenidos en pequeños hoyos en la tierra.
"La situación de los niños en la República Democrática del Congo es catastrófica. Todas las milicias están usando a niños como carne de cañón", dijo Hussein Mursal, director de Save the Children en el Congo.
Las escuelas han sido definidas como "ricos terrenos de reclutamiento", dijo la organización.
El grupo, que este año ha proporcionado refugio a ochocientos niños combatientes, dijo que debido a que el conflicto continúa escalando, no ha sido posible enviar a los niños de regreso a sus casas.
"El riesgo del reclutamiento y los peligros físicos de la guerra son demasiado altos", dijo el grupo.
Naciones Unidas declaró a principios de mes que desde 2004 unos ocho mil quinientos ex niños combatientes dejaron los grupos armados y volvieron a sus casas, aunque algunos de los mismos niños fueron nuevamente capturados y obligados a pelear.
Se calcula que este año, en el este del país ochocientas mil personas han abandonando sus hogares, que comparte una frontera con Ruanda. La zona ha sido devastada por la violencia durante años, pese al término, en 2002, de la guerra que duró cinco años.
La continuación de la guerra la provoca en parte la proximidad de la región con Ruanda. Los rebeldes acusados de orquestar el genocidio de Ruanda de 1994 fueron expulsados del país y operan ahora en el este del Congo.
Uno de esos grupos, el Frente Democrático de Liberación de Ruanda, es uno de los más activos reclutadores de niños soldados, según un reciente informe de Naciones Unidas. Sus comandantes han sido acusados de organizar el asesinato de medio millón de personas durante la carnicería ruandesa hace trece años.
La organización ha estado negociando activamente con los rebeldes para lograr la liberación de los niños. Los que han sido liberados son recibidos y alojados por socorristas en lugares seguros, donde se les provee de asesoramiento.

25 de diciembre de 2007
©fwdailynews
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corrupción y hambre en zimbabue


[Robyn Dixon] Un tercio de la población depende de la ayuda extranjera. Los pobres del campo son los más afectados.
Lupane, Zimbabue. Jane Sibanda espera hasta que el hambre le arañe las tripas; está tan mareada por la falta de alimento que apenas lo puede aguantar.
Luego, avergonzada, la mujer de setenta años se obliga a mendigar comida a otros aldeanos -que también están cerca de la muerte por inanición.
"Me paso algunos días posponiéndolo y posponiéndolo. Resisto hasta que mi cuerpo ya no lo puede aguantar. Hay veces en que siento como si las tripas me estuvieran subiendo hasta el pecho y entonces sé que he estado demasiado tiempo sin comer", dijo Sibanda, describiendo cómo se siente después de sobrevivir toda una semana con frutos silvestres de la reseca vegetación cerca de su casa a algunos kilómetros de Lupane, al sur de Zimbabue.
La vecina Beby Ndebele dijo que se desesperaba cuando veía a Sibanda aparecer en su puerta, porque no tenía suficiente mealie, el plato de maíz típico de Zimbabue, para compartir. Pero no podía comer mientras su anciana vecina se moría de hambre, así que de algún modo reunía lo justo como para rellenar un pequeño cuenco.
Sibanda, que recuerda la época en que poseía ganado y no era una carga para nadie, prometió hacerlo durar toda una semana.
Mientras el gobierno del presidente Robert Mugabe proclama planes para una ‘Madre de Todas las Cosechas', esta temporada agrícola muchos campesinos de Zimbabue se tambalean al borde de la inanición.
Y amenaza una nueva hambruna. Pese a las predicciones de abundantes lluvias para los cultivos después de la severa sequía del año pasado y la pérdida de la cosecha, el caos económico de Zimbabue ha dejado al país con una aguda escasez de semillas.
Hace apenas unos años Zimbabue era la panera del sur de África. Exportaba maíz a sus vecinos menos afortunados. Pero en 2000 Mugabe empezó a expropiar miles de granjas comerciales poseídas por blancos y a desmantelar la distribución desigual de la propiedad establecida durante el gobierno racista de Ian Smith.

Sospecha Favoritismo
Sin embargo, algunos analistas dicen que el verdadero motivo detrás de las redistribución de la tierra era compartir el botín del poder con los amigos de Mugabe y los veteranos de la guerra de liberación a cambio de su prolongada lealtad. Ministros de gobierno, funcionarios de seguridad y aliados del partido gobernante se apoderaron de las tierras que expropiaron a los granjeros. La rica industria de la exportación del país se derrumbó de un día para otro.
La cosecha nacional se hundió. Entre 1999 y 2004 la producción de maíz cayó en un 74 por ciento, según cifras del Centro para el Desarrollo Global [Center for Global Development], de Washington, mientras aumentaba en la vecina Zambia.
Ahora, casi un tercio de la población de Zimbabue depende de la ayuda alimenticia humanitaria.
El gobierno favorece a sus protegidos a la hora de distribuir granjas, y también a la hora de distribuir el alimento. Para los hambrientos campesinos de los pueblos, la amenaza de la muerte por hambre es aterradora.
Con las elecciones presidenciales convocadas para el próximo año, hay informes desde áreas rurales de que la Comisión de Comercialización del Maíz, que tiene el monopolio de la distribución del maíz, está vendiendo solamente a partidarios del partido gobernante o desviándolo hacia funcionarios del partido, policías y burócratas que lo revenden en el mercado negro a exorbitantes precios.
Pero de acuerdo a organizaciones de derechos humanos que están estudiando el hambre, el mayor problema es que la comisión del maíz está distribuyendo muy poco maíz en las áreas rurales.
"Hemos recogido un montón de historias sobre el abuso político del alimento", dijo Shari Eppel, un activista de derechos humanos de Bulawayo, al sur del país. "Pero creo que uno de los problemas más graves en torno al alimento es que no hay. Aunque tuvieras dinero, no hay dónde comprar. Sin embargo, esta es la época de mayor hambre del año".
Matebeleland, una árida región en el sur donde el apoyo a la oposición política es más fuerte, es la más afectada por el hambre.

Grave Crisis
En Zimbabue, el alimento ha sido usado a menudo como un instrumento político, especialmente durante elecciones, pero este año el impacto es más severo debido a la dura sequía del año pasado y al hecho de que en todo el país las tiendas están prácticamente vacías. Eso significa que las familias rurales no pueden recurrir a familiares en zonas urbanas para que les ayuden a sobrevivir hasta la próxima cosecha en abril.
La única defensa contra la manipulación política del maíz es la ayuda humanitaria internacional, pero el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas y otras organizaciones se dirigen solamente al grupo de gente más vulnerable, como Jane Sibanda, que sufren una desesperada hambruna.
"Recuerdo vividamente que lloré cuando me dijeron que yo no sería beneficiaria del centro de distribución de World Vision", dijo, recordando la inscripción de receptores de ayuda que realizó el grupo de ayuda a principios de noviembre.
"Hay algunas personas que reciben maíz y no lo merecen, pero no me atrevo a decir sus nombres", por temor a que la echen una maldición o la golpeen. "Prefiero morir de hambre antes que decir que esta u otra persona está recibiendo alimento injustamente".
El Programa Mundial de Alimentos y World Vision niegan que haya oportunidades de manipulación de la distribución, diciendo que los campesinos deciden como grupo quién recibe ayuda y quién no. Dicen que existen procedimientos de control para cerciorarse de que nadie que lo necesite sea dejado fuera y que aquellos que no necesitan ayuda no sean incluidos.
Pero la manipulación en la distribución del maíz es algo de todos los días, dicen campesinos y activistas de derechos humanos.
En Mzola, una aldea al sur del país, un grupo de una docena de jóvenes partidarios de Mugabe requisaron hace poco todo el maíz del gobierno, que estaba destinado a 175 familias, de acuerdo a residentes entrevistados por el Times. Dicen que la ayuda humanitaria era manipulada por los dirigentes de la comunidad con el partido gobernante, que advirtieron a los campesinos que no denunciaran los casos de gente que recibe ayuda humanitaria sin necesitarla.
El problema del hambre no se limita a las áreas rurales. En Killarney, una barriada de Bulawayo, las familias dependen de la ayuda intermitente de iglesias locales, y pasan hambre cuando las iglesias no tienen alimentos que dar. La mayoría de la gente que perdió sus casas hace dos años durante la Operación Murambatsvina, o "sacando la basura", cuando el gobierno de Mugabe arrasó decenas de miles de chozas dejando al menos a 750 mil personas sin casa.
Al viajar por Zimbabue, la crisis económica y sus secuelas son evidentes, especialmente en el distrito de Binga, al sur, uno de los rincones más pobres y abandonados del país. El transporte es un problema en todas partes, pero aquí usualmente la gente tiene que esperar tres o cuatro días antes de que pase un vehículo.

Esperando para Comer
El paisaje es rojizo y polvoriento, sin un solo tallo de hierba verde. Al pasar por una aldea se ve a decenas de personas de aspecto demacrado esperando en el calor tras oír rumores sobre la llegada de maíz del gobierno. El día anterior también habían esperado.
En la cima de una colina con vistas a una imponente montaña, se veía a un hombre sentado en una silla tallada a mano en medio de un terreno. No tenía interés en el paisaje, ni siquiera en el futuro, porque no puede llenar las barrigas de sus nueve hijos.
Siaviri Muleya, 48, y su esposa habían recién terminado de comer un pequeño cuenco de harina de maíz, la blanca y suave papilla que se hace cociendo maíz molido. Era su último alimento. Él lleva un viejo mono, tan usado que parecía hecho añicos. Y se estaba preparando para vender su futuro.
Tenía una bolsa de semillas de girasol, que quería usar para plantar su campo. Pero, desesperado, su única opción era venderlas a cambio de comida para uno o dos días. La familia ha estado alimentándose de baobab y otros frutos silvestres. Y mendiga por papilla de maíz a sus vecinos, que tienen poco para dar.
Muleya tiene alguna pega varias veces al mes, que se las pagan con comida. Pero cada trabajo sólo paga un día de comida. No tiene cabras, ganado ni pollos, y sin embargo le dejaron fuera de la inscripción para el Programa Mundial de Alimentos.
"Me preocupa porque soy jefe de familia", dijo. "Ya no puedo dormir bien en la noche. Me quedo la noche pensando en cómo voy a alimentar a mi familia".
En un hogar para huérfanos en la ciudad de Nkayi, los niños duermen sobre el suelo de concreto, sin colchones. Los niños vestidos con ropas raídas hacen sus labores de todos los días. En el pato, se oye la voz de un niño cantando con entusiasmo, pero discordantemente.
La despensa tenía dos mohosos repollos y una bolsita de harina de maíz cuando el Times visitó el lugar el mes pasado, lo que no es suficiente para alimentar a treinta y cinco niños. Sin embargo, los vecinos dicen que han visto bolsas de maíz apiladas hasta el techo en la casa del policía del pueblo.
"Es muy doloroso. Me siento muy triste porque no puedo hacer nada para remediarlo. Esa es nuestra vida hoy", dijo uno de los huérfanos, un chico de veinte que pidió que no se mencionara su nombre por temor a represalias.
"A veces los más jóvenes lloran de hambre. Pero no sabemos si tendremos comida mañana, o si podremos tomarnos una buena cena", dijo. "No les podemos decir nada, excepto que eso es lo que hay".
Cuando no hay suficiente comida, pasa hambre para que puedan comer al menos los más pequeños.
"Los mayores pueden aguantar la presión. Pero si los pequeños no comen, se pasarán toda la noche llorando de hambre".
Para cuando tengan diez años, dice, los niños ya no llorarán. Habrán aprendido que no tiene sentido".

robyn.dixon@latimes.com

15 de diciembre de 2007
9 de diciembre de 2007
©los angeles times
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cómo terminar con el hambre


[Celia W. Dugger] Simple: Ignorando a los expertos.
Lilongwe, Malawi. Malawi estuvo durante años suspendido al borde de la hambruna. Después de una desastrosa cosecha de maíz en 2005, casi cinco de sus trece millones de habitantes tuvieron que depender de la ayuda alimentaria de emergencia.
Pero este año, un país que ha estado permanentemente extendiendo al mundo el cuenco de la limosna, ahora está alimentando a sus vecinos hambrientos. Está vendiendo más maíz al Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas que cualquier otro país del sur de África, y está exportando millones de toneladas de maíz a Zimbabue.
En Malawi mismo, la prevalencia de una aguda hambruna infantil ha disminuido drásticamente. En octubre, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia envió tres toneladas de leche en polvo a Uganda, que estaban almacenadas aquí para el tratamiento de niños con problemas de malnutrición graves. "Ahora no podremos usarlas", dijo feliz Juan Ortiz-Iruri, representante de la Unicef en Malawi.
Los campesinos explican el extraordinario vuelco de Malawi -que tiene amplias implicaciones para los métodos de control del hambre en África- con una sola palabra: fertilizantes.
En los últimos veinte años, el Banco Mundial y algunos países ricos de cuya ayuda depende Malawi, han presionado periódicamente a este pequeño y mediterráneo país para que implementara políticas de libre mercado y redujera o eliminara los subsidios a los fertilizantes, aunque Europa y Estados Unidos subsidiaban extensamente a sus propios granjeros. Pero después de la cosecha de 2005, que fue la peor en una década, Bingu wa Mutharika, el nuevo presidente electo de Malawi, decidió hacer lo que hacía Occidente, en lugar de seguir sus prédicas.
Picado por la humillación de suplicar por caridad, abrió el camino para reiniciar y profundizar los subsidios a los fertilizantes pese a una escéptica recepción de parte de Estados Unidos y Gran Bretaña. La tierra de Malawi, como en toda el África subsahariana, se encuentra gravemente agotada, y muchos de sus campesinos, si no la mayoría, son demasiado pobres como para adquirir fertilizantes a precios de mercado.
"Mientras sea presidente, no quiero volver a viajar a otras capitales a mendigar alimentos", declaró Mutharica. Patrick Kabambe, alto funcionario del ministerio de Agricultura, dijo que el presidente dijo a sus asesores: "Nuestra gente es pobre porque carecen de los recursos para usar la tierra y el agua que tenemos".

El exitoso uso que ha hecho el país de los subsidios está contribuyendo a una revaluación más amplia del crucial papel de la agricultura para mitigar la pobreza en África y la fundamental importancia de las inversiones públicas en los elementos básicos de la economía agrícola: fertilizantes, semillas importadas, capacitación campesina, créditos e investigación agrícola.
Malawi, un país abrumadoramente rural del tamaño de Pensilvania, es un ejemplo extremo de lo que ocurre cuando faltan esas cosas. A medida que su población crecía y los terrenos heredados se encogían, los campesinos pobres plantaban cada pulgada de terreno. Desesperados por alimentar a sus familias, no podían ni fertilizar sus tierras ni dejarlas en barbecho. Con el tiempo, sus agotados terrenos produjeron menos alimentos y los campesinos cayeron en una profunda miseria.
Los presidentes de Malawi ha apoyado durante largo tiempo los subsidios a los fertilizantes, pero aceptaban a regañadientes las prescripciones de los donantes, a menudo determinadas por modas sobre la ayuda extranjera en Washington, que mostraban fe en los mercados privados y antipatía hacia la intervención del gobierno.
En los años ochenta y nuevamente en los noventa, el Banco Mundial presionó a Malawi para que eliminara completamente los subsidios a los fertilizantes. Su teoría en ambas ocasiones era que los campesinos de Malawi debían pasar a los cultivos comerciales para la exportación y el uso de las divisas extranjeras para importar alimentos, de acuerdo a Jane Harrigan, economista de la Universidad de Londres.
En una fulminante evaluación del historial del Banco Mundial en la agricultura africana, el propio watchdog interno del banco concluyó en octubre que el retiro de los subsidios en África no sólo había provocado exorbitantes precios de los fertilizantes, sino además el banco mismo no había logrado reconocer que el mejoramiento de las agotadas tierras de África era esencial para aumentar la producción agrícola.
"Los donantes asumieron el rol del gobierno y los desastres se multiplicaron", dice Jeffrey Sachs, economista de la Universidad de Columbia que cabildeó ante Gran Bretaña y el Banco Mundial en defensa del programa de fertilizantes de Malawi y que ha defendido la idea de que los países ricos deben invertir en fertilizantes y semillas para los campesinos de África.
Aquí en Malawi, importantes subsidios a los fertilizantes y algo menores para las semillas, y ayudados por las abundantes lluvias, ayudó a los campesinos a obtener en 2006 y 2007 cosechas de maíz que rompieron récords, de acuerdo a estimaciones oficiales. La producción de maíz saltó de 1.2 millones en 2005, a 2.7 millones de toneladas métricas en 2006 y 3.4 millones en 2007, informó el gobierno.

"El resto del mundo se alimenta debido al uso de buenas semillas y fertilizantes inorgánicos, punto", dijo Stephen Carr, que ha vivido en Malawi desde 1989, cuando se retiró como el principal agrónomo del Banco Mundial para el África subsahariana.
"En la mayor parte de África, esta tecnología sigue sin ser usada. El único modo de ayudar a los campesinos a tener acceso a esta tecnología es regalándola o subsidiándola fuertemente".
"El gobierno ha cogido al toro por las astas y ha hecho lo que querían los campesinos", dijo. Algunos economistas han cuestionado que la excepcional cosecha de 2007 en Malawi se deba a las lluvias o a los subsidios, pero una evaluación independiente, financiada por Estados Unidos y Gran Bretaña, concluyó que el programa de subsidios era responsable de una gran parte del aumento de este año en la producción de maíz.
La cosecha también ayudó a los pobres reduciendo el precio de los alimentos y aumentando los salarios de los obreros agrícolas. Investigadores del Imperial College de Londres y la Universidad de Michigan concluyeron en su informe preliminar que un programa de subsidios bien administrado en una economía gestionada con inteligencia "tiene el potencial de empujar hacia arriba el crecimiento y salir de la trampa de la pobreza en la que se encuentran muchos malawianos y la economía malawiana".
Campesinos entrevistados hace poco en el sur de Malawi y regiones centrales dijeron que los fertilizantes habían mejorado fuertemente su capacidad de llenarse la barriga con nsima, la gruesa papilla de maíz que es el pan de Malawi.
En el villorrio de Mthungu, Enelesi Chakhaza, una viuda cuyo marido murió de hambre hace cinco años, alardeaba que obtuvo dos carretas de maíz este año en su pequeño terreno, en lugar de la media carreta de años anteriores.
El año pasado, casi la mitad de las familias campesinas del país recibieron cupones que les daban derecho a comprar dos sacos de cincuenta kilos de fertilizante, suficientes para media hectárea de tierra, por cerca de quince dólares -un tercio del precio de mercado. El gobierno también les dio cupones de semillas para plantar un poco menos de media hectárea.

Los malawianos están todavía obsesionados por la temporada de hambre de 2001-2002. Esa temporada, un programa ya reducido que otorgaba a los campesinos pobres suficientes fertilizantes y semillas para plantar un octavo de hectárea, volvió a ser reducido. Además, las inundaciones regionales redujeron también las cosechas. El precio del maíz se disparó. Y con el gobierno entonces en el poder, se vendió toda la reserva de maíz del país como consecuencia de la mala administración y la corrupción.
Esa temporada, la señora Chakhaza vio morir de hambre a su marido. Su vigor fue menguando a medida que trataban de subsistir comiendo hojas de calabaza. Fue uno de los muchos que sucumbieron ese año, dijo K.B. Kakunga, el funcionario local del ministerio de Agricultura. Recordó que había madres y niños suplicando por algo de comer en su puerta.
"Yo tenía algo, pero no podía ayudar a todo el mundo", dijo. "Fue terrible, muy terrible".
Pero Kakunga se animó cuando habló sobre el impacto de los subsidios, que dijo que en su jurisdicción habían más que duplicado la producción de maíz desde 2005.
"¡Es maravilloso!", exclamó.
La determinación de Malawi de subsidiar fuertemente los fertilizantes y el resultado en una mayor producción están comenzando a cambiar la opinión de los donantes, dicen economistas que han estudiado la experiencia de Malawi.
El ministerio de Desarrollo Internacional de Gran Bretaña contribuyó el año pasado ocho millones de dólares al programa de subsidios. Bernabé Sánchez, economista de la agencia en Malawi, estimó que el maíz producido con esos 74 millones de dólares de subsidios valía entre 120 y 140 millones de dólares.
"Realmente fue una buena inversión", dijo.
Estados Unidos, que desde 2002 ha enviado a Malawi 147 millones de dólares en ayuda norteamericana como ayuda de emergencia, pero sólo 53 millones para ayudar a Malawi a producir su propio alimento, no ha entregado ningún aporte financiero al programa de subsidios, excepto para ayudar a pagar su evaluación. Con los años, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional se ha concentrado en el fomento del papel del sector privado para el suministro de fertilizantes y semillas, y consideraba que los subsidios socavaban ese esfuerzo.
Pero Alan Eastham, el embajador norteamericano en Malawi, dijo en una entrevista reciente que el programa de subsidios había funcionado bastante bien, aunque había desplazado las ventas de algunos fertilizantes comerciales.
"El hecho es que Malawi tuvo suerte el año pasado", dijo. "Recibieron los fertilizantes que necesitaban. La suerte es que llovió".
Y ahora el Banco Mundial apoya a veces el uso temporal de los subsidios destinados a los pobres y realizados de un modo que fomente los mercados privados.
Aquí en Malawi, empleados del banco dicen que ellos normalmente apoyan las políticas de Malawi, aunque critican al gobierno por carecer de una estrategia que ponga fin a los subsidios, se preguntan si acaso las cifras de producción de maíz para el 2007 no han sido infladas y dicen que todavía se puede mejorar enormemente la gestión de los subsidios.
"El problema es, hagámoslo mejor", dijo David Rohrbach, economista agrícola del banco.
Aunque los donantes son a veces ambivalentes, los campesinos de Malawi han acogido los subsidios. Y el gobierno decidió este año dar a su gente un control más directo en su distribución.

Los aldeanos de Chembe se reunieron una mañana hace poco bajo las crecidas ramas de un árbol kachere para decidir quién necesitaba cupones de fertilizantes para la inminente temporada de plantación. Sólo tenían suficiente para diecinueve de las 53 familias del villorrio.
"Señoras y señores, ¿empezamos con los ancianos o los huérfanos?", preguntó Samuel Dama, representante del clan Chembe.
Los hombres dirigían la asamblea, pero las mujeres sentadas en el suelo a los pies de los hombres pronunciaron casi todos los nombres de los más necesitados, apuntando a las familias con niños huérfanos por el sida o que cuentan con ancianos desdentados.
Había más familias pobres que cupones, así que empezaron los murmullos de aquellos que sabían que tendrían, el próximo año, que quedarse mirando mientras los fertilizados maizales de sus vecinos adquirían un verde profundo.
Sintiendo surgir el resentimiento, el jefe de la aldea, Zaudeni Mapila, se levantó. Descalzo, con polvorientos vaqueros y una chaqueta azul real, representó una idiota pantomima sobre unos maridos llenándose los pantalones con mazorcar para venderlas disimuladamente para conseguir dinero con el que emborracharse en la cantina. Las mujeres aullaron de risa. La tensión se esfumó.
Terminó la asamblea con una admonición que ahogaría toda envidia.
"No quiero oír quejarse a nadie", dijo. "No soy yo quién elige. Son ustedes".
Las mujeres cantaron en coro para agradecerle, y luego se marcharon a sus casas y campos.

4 de diciembre de 2007
2 de diciembre de 2007
©new york times
©traducción mQh
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más atrocidades en el congo


[Katy Pownall] Refugiados que huyen del conflicto en el Congo relatan atrocidades.
Kisoro, Uganda. La mujer de Mani Fosten y sus tres hijos se encuentran desaparecidos después de que el hombre de 35 años fuera separado de ellos en medio de la oleada de violencia detrás de la última crisis de refugiados del Congo.
Ahora el campesino sólo tiene la ropa que lleva puesta, y una pequeña y ajada Biblia donde ha garabateado los números de teléfono de su familia -pero en su campo de refugiados no hay teléfono.
Unos trece mil refugiados como Fosten han huido hacia Uganda en los últimos diez días en medio de los peores estallidos de violencia en el Congo desde las elecciones del año pasado. Están llegando con historias de violaciones y asesinatos y determinados a quedarse permanentemente después de años de mortífera guerra al este del Congo, relacionada con el genocidio de 1994 en Ruanda.
"Las preocupaciones no terminan nunca", dijo Fosten, mirando el océano de tiendas improvisadas y fogatas en el campo de refugiados instalado por Naciones Unidas. "Las cosas son así".
Los últimos enfrentamientos en el Congo opone a fuerzas del gobierno y militantes aliados contra las fuerzas leales al comandante renegado del ejército, el general Laurent Nkunda, que se separó de las fuerzas armadas congoleñas después del término oficial, en 2002, de la guerra civil de cuatro años que desplazó a millones de congoleños.
Nkunda dice que sus combatientes están protegiendo a los tutsi, que fueron las principales víctimas del genocidio ruandés de 1994,cuando los extremistas hutu masacraron a medio millón de tutsi y hutu moderados. Nkunda dice que expulsará a los militantes hutu que huyeron al Congo después del genocidio, pero sus fuerzas predominantemente tutsi son acusadas ahora de las mismas atrocidades que dicen que quieren parar.
Las elecciones del año pasado, que fueron supervisadas por 17 mil soldados de Naciones Unidas, debían unir al país. Pero la reelección del gobierno del presidente Joseph Kabila debe todavía pacificar el este del país.
En las últimas semanas el gobierno se ha movilizado para neutralizar a Nkunda y el conflicto se ha extendido, dijeron los refugiados en Uganda.
Fosten dijo que los combatientes de Nkunda lo secuestraron a él y a otras dieciocho personas de su iglesia en la aldea de Nyanzae, en el Congo. Después de ser brutalmente golpeados, los secuestradores obligaron a sus rehenes a cargar los pertrechos de las fuerzas disidentes. Dijo que los combatientes mataron a un niño de doce, golpeándole en la cabeza con una azada, por su lentitud. Fosten y sus amigos decidieron escapar -se echaron a correr tan pronto como los rebeldes les volvieron la espalda.
Su amigo recibió un disparo en la cabeza. Fosten, hutu, logró llegar a Uganda.
"En el Congo no quieren a los hutu. Nos quieren exterminar", dice Fosten, encogiéndose de hombros, incapaz de ofrecer una mejor explicación del ciclo de violencia que ha destrozado su vida, separándolo de su familia. "Nadie puede protegernos. Los tutsi quieren el Congo, así que los hutu tenemos que marcharnos".
Fosten dijo a la Associated Press que los rebeldes habían estado aterrorizando su aldea durante dos meses, matando a 47 hombres, violando a las niñas y cometiendo atrocidades como abrir los vientes de mujeres embarazadas.
Las fuerzas de Nkunda no son las únicas en recibir acusaciones de abusos de derechos humanos. Human Rights Watch, de Nueva York, dice en un informe reciente que en la zona operan tropas congoleñas leales y un grupo militante ruandés.
Y los refugiados provienen de los numerosos grupos étnicos de la región, no solamente hutu. Más de 300 mil personas han sido expulsadas de sus hogares desde fines de 2006, dice Human Rights Watch.
Junto con secuestros, maltratos y asesinatos, la mayoría de los grupos armados en el este del Congo utilizan la violencia sexual como un arma de guerra. Activistas de derechos humanos dicen que han ocurrido más violaciones que en cualquier otro conflicto.
Beatrice Mamy, 21, dice que ella y sus dos primas fueron violadas por seis combatientes de Nkunda mientras trabajaban en el campo. Después de buscar ayuda médica, las tres volvieron a su aldea en el distrito de Jombe sólo para encontrarla abandonada.
El trío llegó a este campo de refugiados cerca de la frontera con el Congo la semana pasada, con la esperanza de encontrar a sus familiares en el campo. Pero de momento no han encontrado a nadie.
La tarjeta médica de Mamy muestra que sufría de una hemorragia cuando llegó al hospital y tiene heridas en la cabeza, piernas y brazos. La Associated Press por lo general no publica los nombres de personas agredidas sexualmente, pero Mamy permitió que se mencionara su nombre.
"Hay un montón de estigma en torno a la violación en nuestra comunidad", dijo, acomodándose sobre la cara su pañuelo de cabeza con lentejuelas. "La gente que conoce nuestros problemas ahora nos deja de lado. Se nos ha sacrificado".
Mamy dijo que después de lo que le pasó, ella no volverá al Congo. En lugar de eso, piensa reanudar sus estudios y empezar una nueva vida en Uganda.

"Este problema no se resolverá nunca", dice. "Hay demasiado odio. Para mí no hay futuro en el Congo. Sólo hay violencia".
Funcionarios de la organización de refugiados de Naciones Unidas dicen que aunque ha habido flujos similares de refugiados en Uganda como resultado del creciente conflicto en la provincia de Kivu del Norte, al este del Congo -es el tercer flujo observado por la organización desde agosto-, hay indicios de que esta vez los refugiados se quedarán.
"Esta es la primera vez que contingentes tan grandes de refugiados se han acercado hasta el centro de recepción antes que quedarse fuera", dice Adan Ilmu, coordinador de emergencias de Naciones Unidas en Kisoro. "Muchos llegan con equipaje, lo que sugiere que vienen preparados para quedarse. Esta gente ya ha tenido suficiente".
Para gente como Fabien Nkeramihigo, su esposa y ocho hijos, volver ya no es una opción. Esta es la tercera vez en el año que han tenido que correr por sus vidas.
"Estoy cansando de huir", dijo, frente a una pequeña construcción cubierta de lona que ahora llaman casa. "Aquí sólo tenemos tranquilidad. Podemos dormir sabiendo que despertaremos en la mañana".

7 de noviembre de 2007
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el día que decidieron matarlo


[Abukar Albadri] Como periodista somalí, estaba acostumbrado a las amenazas. Pero una escalofriante llamada el día que mataron a dos de sus colegas, lo dejaron temblando.
Mogadishu, Somalia. La voz al otro lado de mi celular sonaba curiosamente calma, pero intensa.
"Abukar, le estoy llamando para informarle que hemos decidido tomar su vida", dijo el que llamaba. Miré mi celular por la identidad del que llamaba, y decía: "Privado".
"No merece vivir", dijo el hombre. "Tiene tres horas para decírselo a su familia y despedirse".
"¿Quién habla?", pregunté.
"Soy un hombre", fue la respuesta.

No era mi primera amenaza de muerte. Como periodista en Somalia, he recibido más amenazas de las que puedo llevar la cuenta. En algunas ocasiones, tipos enfadados me han maldecido como "títere" del gobierno de transición en Baidoa que cuenta con el respaldo de Naciones Unidas y de tropas etiopes. Otros me acusan de ser un "terrorista" que apoya a los rebeldes musulmanes.
Pero esta llamada ocurrió al final de uno de los días más oscuros de mi vida. Apenas unas horas antes había asistido al funeral de un amigo y colega, Mahad Ahmed Elmi, locutor de radio que fue asesinado a balazos una mañana de agosto. Después, cuando mis colegas periodistas y yo volvíamos del funeral, estalló a nuestro paso una bomba improvisada, matando a Ali Iman Sharmarke, otro prominente personaje en Mogadishu.
Este mes, un grupo de pistoleros mataron a otro amigo, Bashir Nur Gedi, director interino de Radio Shabelle, que había sido arrestado por fuerzas gubernamentales en septiembre.
Organizaciones periodísticas internacionales dicen que al menos siete periodistas han sido asesinados este año en Somalia. Nadie ha sido capturado o castigado por ninguno de esos atentados.
Después de colgar, decenas de preguntas pasaron por mi cabeza: ¿De qué soy culpable? ¿Quién son mis enemigos? ¿Por qué me persiguen a mí?
Pero por primera vez, una pregunta me obsesionaba: ¿Debo marcharme de Somalia?
He estado muchas veces junto a tumbas de amigos. Ahora imagino a mis amigos y familiares llorando sobre la mía.

Empecé a trabajar como periodista hace diez años, a los diecinueve, porque quería mostrar al mundo las cosas que no se saben sobre Somalia. Siempre he admirado a un primo mayor que trabajó como corresponsal de radio durante el régimen de Mohamed Siad Barre, que cayó en 1991.
Como periodista en la capital Mogadishu, he cubierto batallas callejeras, asesinatos y ejecuciones públicas. Me han apuntado con armas a la cabeza y he pasado por sobre retorcidos cadáveres en el camino. Me han llamado a ruedas de prensa en el palacio presidencial sólo para ser detenido por funcionarios corruptos que querían una mordida.
En el curso de los últimos años he visto ir y venir gobiernos y autoridades. Señores de la guerra, cortes islámicas, gobiernos de transición. Una cosa sigue igual: Cuando nuevos grupos llegan al poder, atacan a la prensa.
Hoy los periodistas que han dedicado sus vidas a contar las historias de Somalia se encuentran atrapados entre insurgentes suicidas y las brillantes armas de los dementes soldados del gobierno de transición. Todos quieren convertir a la prensa en títeres.
Este año el gobierno ha arrestado a más de cincuenta periodistas; ocho de ellos siguen tras las rejas. Funcionarios de gobierno han tratado de cerrar órganos de prensa e impuesto leyes que restringen las actividades de los periodistas.
De acuerdo al Comité para la Protección de los Periodistas, Somalia es el segundo país en el mundo en cuanto a bajas de periodistas después de Iraq.
Al mismo tiempo, los insurgentes nos han atacado y acosado, distribuyendo octavillas en muchos barrios amenazando con matar a los periodistas que perciben como amigos del gobierno. Este verano fuimos advertidos terminantemente que seríamos atacados si cubríamos la conferencia por la reconciliación del gobierno.
Yo acostumbraba pensar que con compromiso, dedicación y un corazón fuerte, yo podría sobrevivir. Ahora no estoy tan seguro. Este trabajo puede ser gratificante. Pero a veces creo que es una maldición.
Durante el reinado de la Unión de Tribunales Islámicos en 2006, observé a un guardia atar a un hombre de cincuenta años a una estaca después de que fuera encontrado culpable de haber matado a puñaladas a otro hombre. Luego, en conformidad con la interpretación de la ley islámica del régimen, el hijo de la víctima dio un paso al frente y cortó al acusado desde su ingle hasta la clavícula.
Algunas mujeres empezaron a ulular como demostración de respaldo, pero muchos espectadores vomitaron o se desmayaron. Yo desvié la mirada. La escena tuvo lugar frente a una escuela básica, y los alumnos miraban por sobre los muros. Pensé para mí mismo: ¿Qué está ocurriendo con mi país?
Se puso peor: En Marzo enfurecidas turbas arrastraron por las calles cuerpos de soldados del gobierno para finalmente quemarlos. Con balas y proyectiles volando en todas direcciones, decidí tomar algunas fotos, garabatear unas notas rápidas y marcharme.
Cuando estaba por marcharme, sentí un arma contra mi cabeza. Un miliciano me ordenó entregar mi cámara. Vacié mis bolsillos, elevé mis manos y supliqué por mi vida. Me quitó la cámara y el celular, luego se volvió hacia la enfurecida multitud y declaró que yo era un espía. La turba empezó a maldecirme y gritarme.
"Soy periodista, soy periodista", grité, mostrando mi carné de prensa. El sudor corría por mi cuerpo. Temía terminar como los soldados gubernamentales.
Sin embargo, el miliciano tenía otro plan en mente. Me llevó hacia sus jefes, ansioso de mostrar a su prisionero.
Tuve suerte. Los líderes de la milicia me conocían, y respondieron por mí. Me dejaron ir.
Sin embargo, esas experiencias no fueron el punto decisivo. Lo fue el asesinato de mis dos colegas en agosto. Pero no fue una decisión fácil. Nací y fui criado en Mogadishu. Marcharme sería como rendirme.
En lugar de eso, me oculté, abandoné mi casa, dejé de trabajar y limité mis movimientos.
Me puse desconfiado. Veía a los transeúntes como potenciales asesinos.
Un día, un amigo y yo estábamos mudándonos de uno de nuestros escondites hacia otro cuando se aparecieron tres hombres jóvenes detrás de nosotros. Empezamos a caminar más rápido. Ellos también empezaron a acelerar. Mi corazón marchaba a toda velocidad. Paramos para dejarlos pasar, y uno de ellos murmuró algo al pasar.
Pensábamos que estábamos seguros. Pero unos minutos más tarde, cuando llegábamos a nuestro destino, vimos a los mismos hombres acercándose. Nos paramos en seco. Yo empecé a rezar y a pedir la clemencia de Dios.
Mi amigo me dijo algo, pero yo no podía oír sus palabras. Cerré mis ojos y esperé las balas. Recordé al hombre en el teléfono hace unos días, el escalofriante odio de su voz.
Los tres jóvenes pasaron a nuestro lado, sacudieron la cabeza y nos dijeron hola.
¿Estaban tratando de intimidarnos? ¿Había algo impedido el ataque que planeaban? ¿Eran simplemente tres hombres de paseo?
Eso ya no importaba. Ya había tomado mi decisión.
Cinco días después dejé el país.

Albadri ha trabajado como periodista para varias organizaciones de prensa occidentales, incluyendo Los Angeles Times. Actualmente vive en Djibouti y espera volver a casa algún día.

5 de noviembre de 2007
29 de octubre de 2007
©los angeles times
©traducción mQh

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nuevo ataque de piratas


[Edward Harris] Armada norteamericana rescata a marinos norcoreanos de ataque de piratas frente a la costa de Somalia.
Nairobi, Kenya. Marinos norteamericanos subieron a bordo de su destructor a un grupo de norcoreanos heridos para ser tratados médicamente, luego de que estos fueran atacados y resultaran heridos en una batalla con piratas frente a la costa de Somalia, declaró la Armada el miércoles.
El destructor USS James E. Williams, ayudado por marinos coreanos que retomaron el control de su barco de bandera norcoreana el martes en una violenta batalla con piratas somalíes que habían atacado la embarcación el lunes noche.
El teniente John Gay, portavoz de la Quinta Flota norteamericana en Bahrain, dijo a la Associated Press que los ataques de piratas no son raros en la zona de operaciones de la Armada y que "es nuestro deber ayudar a todas las embarcaciones en dificultades".
De acuerdo a los militares, los norcoreanos solicitaron ayuda médica y dieron permiso a personal de la armada norteamericana para que abordaran el barco.
Cuando al armada abordó el barco con un pequeño equipo de médicos, personal de seguridad y un intérprete, los coreanos ya habían recuperado el control del barco y detenidos a todos los piratas, declaró la armada.
Un pirata murió y tres resultaron heridos, mientras que otros tres marinos coreanos también resultaron heridos, declaró la armada. Los marinos coreanos fueron subidos a bordo del destructor norteamericano y tratado durante dos horas. Los devolvieron al barco coreano esa misma noche.
Los piratas siguen detenidos en el barco coreanos, declaró la armada norteamericana.
El martes, un helicóptero voló desde el USS James E. Williams para investigar una denuncia telefónica sobre un barco secuestrado y exigió por radio que los piratas entregaran sus armas, declararon las fuerzas armadas en una declaración. Entonces la tripulación de Dai Hong Dan dominó a los secuestradores, declararon los miliares.
El portavoz del ministerio de Defensa, Geoff Morrel, dijo que el incidente no indicaba que las fuerzas armadas norteamericanas estuvieran adoptando una posición más agresiva hacia los piratas en las costas de Somalia, pero dijo que la piratería en la región de Cabo de África es una preocupación porque "estamos hablando de un área con mucha agitación terrorista".
Morrell dijo que era lógico que los militares quieran saber "que es lo que se transporta en alta mar y quiénes están operando allá y si tienen otra cosa que buenas intenciones".
Una portavoz de la Armada, la teniente Jessica Gandy, dijo más tarde que el destructor norteamericano no había estado espiando al barco norcoreano. Dijo que no se sabía nada sobre su cargo.
Se cree que los atacantes fueron guardias de seguridad contratados por un agente marítimo local, dijo Andrew Mwangura, coordinador del Programa de Asistencia a Navegantes [Seafarers Assistance Program], una organización independiente que estudia la piratería en la región.
Un organismo de control internacional informó este mes que los ataques de piratas en todo el planeta subieron bruscamente en un catorce por ciento en los primeros nueve meses de 2007, presenciándose los aumentos más altos en las aguas pobremente vigiladas de Somalia y Nigeria.
Las denuncias de ataque en aguas somalíes aumentaron a veintiséis, de ocho en 2006, informó el Buró Marítimo Internacional, de Londres, a través de su centro de informaciones sobre la piratería en Kuala Lumpur, Malasia.
Esta es la tercera vez que pistoleros somalíes han vencido y dominado a los marinos.
En 1989 los miembros de la tripulación del MV Alpha Mitchel, lograron dominar a sus secuestradores en aguas somalíes. En 2004, seis tripulantes del MT Lenlil también lograron escapar a Yemen después de dominar a sus captores en aguas territoriales somalíes.
La armada norteamericana también confirmó que otros buques de guerra estadounidenses hundieron a dos esquifes el domingo noche después de acudir a un llamado de auxilio de un tanquero químico japonés secuestrado y declaró que buques norteamericano todavía controlaban esa embarcación.
La comandante Lydia Robertson, portavoz de la Quinta Flota, dijo que buques de la coalición atacaron y hundieron a dos esquifes piratas amarrados al Golden Nori. Una foto de la armada mostraba a uno de los esquifes en llamas después de ser impactado por un proyectil disparado por el USS Porter, un misil teledirigido.
Robertson no pudo confirmar los informes de CNN del martes de que el tanquero japonés estaba relleno de benceno altamente inflamable. Pero dijo: "Sabíamos qué había en el Golden Nori cuando disparamos".
La CNN dijo que el USS Arleigh Burke, otro destructor con misiles teledirigidos, participó en la operación y había entrado en aguas somalíes con la aprobación del gobierno. Robertson dijo que no podía confirmar el informe debido a que la operación aún continuaba.
Somalia ha vivido dieciséis años de violencia y anarquía y ahora la dirige un gobierno que lucha por establecer su autoridad incluso en la capital misma. Sus costas prácticamente no las custodia nadie.
La piratería en las costas de Somalia aumentó este año después de que tropas etiopes que respaldan a las tropas del gobierno somalí, derrocaron a una milicia islámica en diciembre, dijo Mwangura, del Programa de Asistencia a Navegantes.
Durante los seis meses en que el Concejo de Tribunales Islámicos gobernó gran parte del sur de Somalia, base de los piratas somalíes, la piratería menguó, dijo Mwangura.
En un momento, el grupo islámico dijo que enviaría decenas de combatientes para reprimir a los piratas. Combatientes islámicos asaltaron un barco secuestrado, con bandera de los Emiratos Árabes Unidos y lo recapturaron después de una batalla en la que algunos piratas -pero no tripulantes- resultaron heridos.

2 de noviembre de 2007
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atrocidades en el congo


[Stephanie McCrummen] Se atribuyen a todas las partes. Los combatientes aterrorizan frecuentemente a civiles.
Nairobi, Kenia. Varios grupos armados, incluyendo a las fuerzas armadas congoleñas, han aterrorizado frecuentemente a civiles en todo el este del Congo el año pasado, con asesinatos, masacres, violaciones, secuestros, saqueos y otras brutalidades, perpetradas por todas las partes en el conflicto, de acuerdo a un informe dado a conocer el martes por la organización Human Rights Watch, de Nueva York.
Desde noviembre, cuando empezaron los últimos enfrentamientos entre las fuerzas leales al general congolés renegado Laurent Nkunda, el ejército congolés y las varias milicias que quedaron de la guerra civil que terminó oficialmente en 2002, dice el informe, han sido desplazadas unas 370 mil personas.
Se calcula que en las últimas cuatro semanas unas 143 mil personas han huido de sus aldeas, incluyendo al menos ocho mil que han cruzado hacia la vecina Uganda en los últimos días, de acuerdo a funcionarios de Naciones Unidas.
El informe de Human Rights Watch, basado en decenas de entrevistas con testigos, documenta una situación en las que los civiles son frecuentemente acusados de apoyar a uno u otro lado en la guerra, y luego cruelmente castigados o asesinados.
"Encontré el cuerpo de mi hijo detrás de la escuela donde enseñaba", dijo un hombre cuyo hijo fue acusado por los hombres de Nkunda de apoyar a una milicia llamada Interahamwe, de acuerdo al informe. "Sólo lo reconocí por su ropa, pues había recibido una bala en su cabeza y su rostro estaba irreconocible. Me angustió haberlo encontrado muerto. ¿Cómo pueden decir que era de la milicia? No lo era. Era un maestro".
El informe detalla ataques contra más de cincuenta pueblos en la provincia congoleña de Kivu del Norte, cometidos por soldados de Nkunda, el ejército congolés y el llamado Interahamwe, o FDLR, compuesto en su mayor parte por hutus ruandeses que huyeron al este del Congo después del genocidio ruandés de 1994.
En algunas aldeas, más de una docena de civiles fueron masacrados en un incidente, de acuerdo a una denuncia. También se conocen casos de personas torturadas con descargas eléctricas o golpeadas con un martillo hasta la muerte.
La violación se ha convertido en una arma de guerra habitual, y a veces las víctimas son niñas de hasta cinco años, dice el informe.
Los crímenes han sido cometidos en una atmósfera de casi completa impunidad.
Las elecciones nacionales del año pasado -la primera votación multipartidista en cuatro décadas- ha llevado una chispa de esperanza al este del Congo, que ha sufrido sucesivas guerras civiles y enfrentamientos a menudo relacionados con las considerables riquezas minerales de la región.
Pero el gobierno del presidente Joseph Kabila no ha logrado de momento reafirmar su autoridad en el enorme país, y mucho menos desarmar a las milicias FDLR o dominar a Knuda, un carismático líder que ha tenido estrechos lazos con el gobierno ruandés y que afirma estar protegiendo a la minoría tutsi del Congo contra el FDLR.
Con su ejército débil, mal adiestrado y en su mayoría impago, Kabila ha tenido que decidir si perseguir al FDLR, como preferirían sus vecinos ruandeses, o enfrentarse a las fuerzas de Knuda, relativamente mejor equipadas y disciplinadas.
En los últimos meses parece haber tomado la decisión de perseguir a Nkunda, y ahora se teme que una guerra más amplia se trague al este del Congo una vez más.
El ejército congoleño ha concentrado sus fuerzas en el este y combate esporádicamente con los hombres de Nkunda, a menudo con el apoyo logístico de la misión de Naciones Unidas en el Congo, actualmente la operación de paz de mayor envergadura del mundo.
"Hemos transportado a tropas congoleñas, hemos evacuado sus bajas, y estamos colaborando con los comandantes en todos los niveles de la planificación", dijo el mayor Prem Kumar Tiwari, portavoz de la misión de Naciones Unidas en Kivu del Norte. "La situación es muy volátil y es difícil decir adónde conducirá".

2 de noviembre de 2007
24 de octubre de 2007
©washington post
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