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américa latina

quieren nueva relación con eeuu


Presidentes latinoamericanos quieren redefinir relación con Estados Unidos.
[Alexei Barrionuevo] Río de Janeiro, Brasil. Cuando hace cuatro años el presidente George W. Bush viajó a una reunión de presidentes latinoamericanos, los manifestantes destruyeron ventanales, saquearon tiendas y gritaron lemas contra Bush. Hugo Chávez, presidente de Venezuela, reunió a veinticinco mil manifestantes en un estadio de fútbol para protestar contra las políticas de libre comercio de Estados Unidos.
La cumbre fue calificada como un fiasco para Bush y un retroceso para las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.
Hoy el presidente Obama está planeando visitar Trinidad y Tobago este fin de semana para asistir a la quinta Cumbre de las Américas, con la posibilidad de atenuar el recuerdo de esa cumbre y volver a relacionarse con América Latina, una región que se vio opacada durante la guerra contra Iraq del gobierno de Bush.
Pero los presidentes latinoamericanos están buscando algo más. Quieren redefinir la relación con Estados Unidos.
"Voy a pedir a Estados Unidos que adopte otra visión de América Latina", dijo el mes pasado el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula de Silva, antes de la reunión con Obama en Washington. "Somos un continente pacífico y democrático y Estados Unidos tiene que mirar la región de un modo productivo y positivo y no pensar solamente en el tráfico de drogas o en el crimen organizado".
Se espera que los presidentes de 34 países con gobiernos elegidos democráticamente que forman parte de la Organización de Estados Americanos presionen a Obama sobre temas que incluyen la economía global y las políticas estadounidenses con respecto a Cuba y las drogas.
Según muestran las encuestas Bush fue el presidente menos popular de la historia incluso en América Latina, mientras que Obama tiene tanta fama como una estrella de rock en todo el hemisferio, al menos de momento.
"Sí, hay otros presidentes, pero la gente no entiende eso, sólo les preocupa Obama", dijo Kenneth Job, vendedor ambulante en Puerto de España, la capital de Trinidad, donde se realizará la cumbre.
"Es el hombre al que todos quieren y todos quieren ver", dijo Job, que vende fotos enmarcadas de Obama, Nelson Mandela, el Reverendo Martin Luther King Jr., y Rosa Parks.
A fin de cuentas es el prestigio de Obama en la región lo que mantiene a raya los sentimientos antinorteamericanos en la cumbre, dicen analistas. Chávez, un declarado populista, no tratará de utilizar el evento para fijar una posición contra Estados Unidos. En Argentina su ira se dirigió contra un fracasado acuerdo de libre comercio, que finalmente murió y debe ser revivido.
Pero el firme descenso del precio del petróleo y la influencia de Brasil en la región podrían hacer trastabillar a Chávez. "No va a tener el mismo apoyo para retar o hacer declaraciones provocadoras contra Estados Unidos", dijo Michael Shifter, vicepresidente de Diálogo Interamericano, un centro de investigación en Washington.
Altos funcionarios estadounidenses dijeron que no esperan que Obama trate de reconciliarse formalmente ni con Chávez ni con Evo Morales, el presidente de Bolivia. Estos presidentes expulsaron en los últimos meses a los embajadores norteamericanos, acusándolos de implicancia en conspiraciones políticas.
La cumbre se concentrará en la "prosperidad humana", la seguridad en el suministro de energías y la sustentabilidad medioambiental, aunque la economía global será central para los presidentes de América Latina, incluyendo a da Silva, que todavía está meditando sobre el hecho de que la crisis amenaza con descarrilar uno de los períodos de prosperidad más grandes de Brasil en toda una generación.
Funcionarios de la Casa Blanca también temen que el contagio económico pueda revertir el crecimiento de la región y la reducción de la pobreza de los últimos cinco años.
"El año pasado esos logros empezaron a menguar", dijo Jeffrey S. Davidow, asesor de la Casa Blanca para la cumbre. "Hay una preocupación real de que América Latina o el hemisferio puede estar entrando en otra década perdida".
Los presidentes latinoamericanos esperan que Obama no eluda temas que han sido históricamente tabúes en estas cumbres. En el pasado, Estados Unidos ha vetado discusiones sobre Cuba y ha desdeñado críticas a su política con respecto a las drogas.
Pero el gobierno de Obama ha dado señales de que está de acuerdo con algunos presidentes de la región que quieren repensar su estrategia para frenar la violencia asociada a las drogas. Varios presidentes del continente también han dicho en los últimos meses que levantar el embargo contra Cuba podría mejorar enormemente las relaciones entre América Latina y Estados Unidos.
Funcionarios estadounidenses dijeron esta semana que el presidente aceptaba la discusión, pero no se espera que vaya más allá de las medidas anunciadas el lunes: derogar las restricciones de viaje y remesas de dinero a Cuba por cubanos-americanos.
"Pueden no levantar el embargo ni legalizar las drogas, pero habrá más espacio para hablar sobre esos temas", dijo Shifter. "Algo podría ocurrir en cuanto a esos temas que no ha ocurrido antes, que es iniciar un debate abierto. Ese es el estilo de Obama".

Prior Beharry contribuyó a este reportaje desde Puerto de España, Trinidad.

18 de abril de 2009
©new york times 
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querían atentar contra evo morales


Policía boliviana desbarata conspiración para matar al presidente.
La Paz, Bolivia. La policía boliviana informó haber desbaratado el jueves a un grupo de extranjeros armados que conspiraban para asesinar al presidente Evo Morales y al vicepresidente.
Tres sospechosos fueron eliminados y otros dos arrestados tras una balacera de media hora con agentes de policía en Santa Cruz, una ciudad al este del país, según informó la policía. La zona es el centro de la oposición política a Morales.
La policía confiscó explosivos, armas de alto calibre y planos para seguir la caravana presidencial, informó el jefe de policía Víctor Hugo Escobar en una rueda de prensa.
Las armas incautadas incluían explosivos C-14 "que no existen en Bolivia", dijo el vicepresidente Álvaro García.
Morales dijo a periodistas en la ciudad costera venezolana de Cumaná que él y García eran los objetivos.
"Desde hace varios días tenía información de que estaban preparando un intento de asesinato", dijo Morales. "Ayer di instrucciones al vicepresidente y al director de la policía nacional para que montaran una operación y detener a esos mercenarios".
Escobar dijo que entre los conspiradores caídos se encuentran húngaros, mientras que García dijo en una declaración que la banda estaba compuesta por croatas, irlandeses y bolivianos "de extrema derecha".
Entre las armas requisadas se encuentran rifles con mira telescópica. Se incautaron documentos "en relación no solamente con eventos pasados sino con ataques futuros contra las más altas autoridades del gobierno nacional", dijo García.
La policía está rastreando a otros sospechosos. "Hay más células", agregó.
La policía dijo que el grupo es también responsable del ataque con dinamita del miércoles contra la residencia del cardenal Julio Terrazas, que no se encontraba en casa en ese momento.
El gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, dijo en una rueda de prensa que la policía local no estaba implicada en la operación y sugirió que se trataba de un montaje para desacreditar al gobierno regional.
"Durante tres años el gobierno ha repetido acusaciones sobre un golpe de estado, pero nunca ha mostrado las pruebas", dijo Costas.
Costas impulsa la autonomía de la región, junto a otros gobernadores de oposición.
García consideró "lamentables" esas declaraciones.
Testigos dijeron a la emisora Fides que la balacera empezó a las cuatro de la mañana y duró media hora.

17 de abril de 2009
©foxnews
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la sentencia de fujimori


El largo y arduo camino que culmino en una condena histórica. Costaba reconocerlo a Fujimori en la sala de audiencias, encorvado y vencido, a punto de ser el primer ex mandatario constitucional del mundo en ser condenado por violaciones a los derechos humanos en su propio país, por su propia Justicia.
[Santiago O’Donnell] Perú. El día de la sentencia Francisco ‘Pancho’ Soberón arrancó bien temprano. A las seis y media de la mañana se reunió con los 29 familiares de víctimas que tenían pases para asistir a la audiencia, mitad en la sala principal, mitad en la sala contigua, ante un televisor con pantalla gigante. Hablaron y se pusieron de acuerdo en evitar festejos desmedidos si la sentencia era buena, es decir veinte años o más, y de apelar si la sentencia era de menos de veinte años. Después viajaron todos juntos, familiares y abogados, al lugar donde se llevaba adelante el juicio.
Ate Vitarte es el suburbio del suburbio de Lima. Allí, en un rincón de un vecindario que parece una enorme feria de baratijas, se encuentra la Dirección Nacional de Operaciones Especiales, un campus de entrenamiento de policías de elite. Luego de pasar por varios guardias y casetas de seguridad, se accede a una sala especialmente montada para este juicio histórico. Soberón, director de la Asociación Pro Derechos Humanos, ocupó su lugar en la sala contigua. Los familiares se tomaron de las manos. En la pantalla se veía al acusado.
"Habíamos visto desde el comienzo que estaba con la cabeza gacha, apuntando en un cuaderno. Creo que no apuntaba nada, que era para evadir mirar a las cámaras", recuerda Soberón.
El acusado no era otro que Alberto Fujimori, dos veces presidente del Perú. Pero costaba reconocerlo, encorvado y vencido, a punto de ser el primer ex mandatario constitucional del mundo en ser condenado por violaciones a los derechos humanos en su propio país, por su propia Justicia.
"Tuvimos que esperar una media hora para que empiece la lectura de la sentencia, creo que fue la media hora más larga de mi vida. Pero enseguida nos tranquilizamos porque una de las primeras cosas que dijo el juez, antes de empezar con los fundamentos, es que la sentencia había sido unánime. Eso nos dio tranquilidad. Había usado la palabra ‘sentencia’ y nosotros pensamos que si era unánime, tenía que ser una pena importante."
"Cuando empezaron a enumerar los hechos que se habían comprobado empezamos a pensar que habría una condena firme, pero no podíamos saber el monto. Fujimori seguía igual, pero el rictus se le iba endureciendo frente a lo que escuchaba."
Había llegado el momento. El final de un camino recorrido durante diecisiete años, o más bien la culminación de una lucha emprendida por los familiares, Soberón y tantos otros activistas de las agrupaciones de derechos humanos peruanas, contra la impunidad y el olvido. Fujimori a punto de ser declarado culpable de ser autor intelectual de las matanzas de quince personas en la zona limeña de Barrios Altos en diciembre de 1991 y de nueve alumnos y un maestro de la Universidad de La Cantuta en julio de 1992. El tiempo y los sucesos que mediaron entre las masacres y el juicio cortaron en dos la historia del Perú.
A pocas semanas de las elecciones presidenciales de 1990, en medio de una profunda crisis, los medios, las encuestas, los actores políticos y hasta la comunidad internacional daban prácticamente por hecho que el refinado escritor Mario Vargas Llosa sería el próximo presidente de la república. Pero un personaje prácticamente desconocido hasta entonces frustró aquellos planes. Era Fujimori, un advenedizo de la actividad política que en base a carisma y un discurso contra la clase política acaparó de la noche a la mañana el voto de los sectores populares. Así, ante la sorpresa del mundo, fue elegido presidente. Su programa: austeridad económica a caballo del neoliberalismo de rigor en la región para la década de los noventa, privatizaciones y una agresiva campaña de terrorismo de Estado dirigida por las fuerzas armadas contra la guerrilla de Sendero Luminoso.
En 1992 Fujimori llevó a cabo un autogolpe, suspendió las garantías constitucionales y cerró el Congreso, abriendo el camino a su etapa más autoritaria. En 1995 fue reelecto y era casi un hecho que iría por su tercer mandato en el 2000. Pero el descontento ya era evidente.
"Teníamos la visión de que Fujimori no iba a durar mucho. No preveíamos lo que después se desató con el colapso del régimen porque eso fue abrupto, pero sí intuíamos que esto estaba llegando a su agotamiento. Y ése también fue el momento en el que los jóvenes salieron a las calles después de mucho tiempo con dos demandas centrales: democracia y derechos humanos. Esas dos palabras aparecían en los carteles que los jóvenes llevaban en muchas de las movilizaciones que se hicieron justamente por los casos Cantuta y Barrios Altos, que eran los que resumían la mirada general sobre derechos humanos –explica Soberón–. Como consecuencia de la movilización en base a estas dos demandas es que también empezamos a lanzar una ofensiva y solicitamos la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en el año ’98."
Cuando llegó la visita de la OEA ese año, los organismos de derechos humanos le acercaron centenares de testimonios de la represión ilegal desatada por el gobierno de Fujimori. La información recogida quedó plasmada en el informe "Democracia y Derechos Humanos" que se presentó ante la asamblea de la OEA del año 2000 en Windsor, Canadá. Ese informe, que directamente cuestionaba la falta de democracia en Perú, causó el aislamiento internacional del gobierno de Fujimori. Como si fuera poco, ese año salieron a la luz los ya famosos "Vladivideos", llamados así por quien los protagonizaba: el oscuro Vladimiro Montesinos, la mano derecha del presidente y un auténtico monje negro del régimen. En las filmaciones se lo veía sobornando a empresarios y congresistas de la oposición. Todo el Perú vio por televisión el reality tragicómico de un gobierno ya a esta altura impresentable.
Sin darse por aludido, Fujimori seguía adelante con sus planes re-electorales. Pero Eduardo Stein, 31º jefe de la misión de observadores de la OEA, no estaba muy convencido. Soberón y sus compañeros fueron a verlo y le dijeron que las elecciones se presentaban con fraudulentas y que la OEA no podía legitimarlas con su presencia. Stein retiró a la OEA de Lima. Acorralado por el levantamiento de la misión de la OEA, los Vladivideos, la gente en las calles y la presión internacional Fujimori igual logró hacerse reelegir. Pero su suerte ya estaba echada. Huyó. Fue en viaje protocolar a Brunei y terminó escondido en Japón. Renunció desde la tierra de sus ancestros en pocas líneas enviadas por fax. El Congreso prefirió destituirlo por "incapacidad moral".
Con un presidente fugado y destituido, a fines de noviembre de 2000, Valentín Paniagua, hasta entonces presidente del Congreso, asumió un gobierno de transición con el objetivo de convocar a elecciones libres y democráticas. El nuevo presidente provisional decidió reclutar para algunas áreas sensibles de su administración a los actores de la sociedad civil más significativos en la caída de Fujimori. Así, muchos de los líderes del movimiento ocuparon cargos claves en aquel gobierno. Gino Costa, el ministro del Interior y Carlos Basombrío, su vice, venían del Instituto de Defensa Legal, al igual que Susana Villarán, ministra de la Mujer. Diego García Sayán, de la Comisión Andina de Juristas, fue ministro de Justicia. La participación activa dentro del gobierno de militantes de derechos humanos generó algunas polémicas puertas adentro de las agrupaciones, en las que algunos de sus miembros argumentaron que debían mantener su independencia como organizaciones de la sociedad civil.
El Estado estableció una agenda de Derechos Humanos y sus propulsores dieron vida a la Comisión de la Verdad, un cuerpo que buscaba investigar el período de violencia política que había atravesado Perú, especialmente las violaciones a derechos humanos por parte del propio Estado, determinando responsabilidades y haciendo recomendaciones de reformas institucionales. Sofía Macher, ex secretaria general de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, fue nombrada primera secretaria de la Comisión.
El 28 de agosto de 2003 la Comisión de la Verdad entregó el Informe Final que contenía el resultado de 18 meses de trabajo. Durante un año y medio se habían recogido 17 mil testimonios, se habían realizado centenares de estudios y analizado las causas y consecuencias de la represión ilegal al conflicto armado interno que había desangrado a Perú durante 20 años. Pero Fujimori seguía libre.
El mayor obstáculo era la ley de amnistía que el propio Fujimori había decretado en 1995 para proteger su aparato militar de cualquier persecución judicial futura. En el gobierno de Paniagua entendieron que no tenía capacidad política ni legal de derribarla a través de un decreto presidencial, ni los votos en la Corte Suprema o el Congreso para anularla con un fallo u otra ley. Entonces decidieron recurrir a una instancia superior. Si existía un pronunciamiento previo de la Corte Interamericana de la OEA sobre algún caso particular sería posible que los jueces peruanos pudieran aplicar la invalidez de la amnistía en algunas de las causas que se empezaban a amontonar en los tribunales.
Así, a pedido de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, un colectivo de 67 agrupaciones grandes y chicas fundado en 1985, la Corte Interamericana se pronunció en el caso de Barrios Altos. El caso involucraba a los miembros del grupo Colina, un comando de elite para operaciones contrainsurgentes. Los comandos habían ingresado una noche de diciembre 1991 en un edificio de departamentos de la localidad de Barrios Altos y ejecutado brutalmente a un grupo de vecinos que estaban reunidos en uno de los departamentos organizando una actividad de recaudación de fondos. Los habían confundido con un grupo de Sendero Luminoso, en base a un deficiente trabajo de inteligencia. Otra acción, seis meses después pero en otro escenario –La Cantuta–, y con distinta metodología –secuestros y desa-pariciones– convirtieron a las dos localidades limeñas en sinónimo de aberraciones a los derechos humanos y paradigma de la brutalidad del régimen.
En el 2001 la Corte Interamericana falló que en el caso Barrios Altos el Estado peruano había cometido crímenes de lesa humanidad, por lo tanto, imprescriptibles y no amnistiables. La sentencia rebotó por todo Latinoamérica. Fue el principal precedente invocado por la Corte Suprema argentina para invalidar las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida en el año 2005. Los jueces chilenos de la democracia también usaron el fallo Barrios Altos para argumentar en contra de otra ley de amnistía, la del dictador Augusto Pinochet.
En Perú, Paniagua había anunciado el día de su asunción que su país regresaba al sistema interamericano de justicia del cual Fujimori se había retirado. Con ese precedente, los jueces peruanos empezaron a tomar en cuenta el fallo Barrios Altos dejando así sin efecto la ley de amnistía en sus sentencias. En 2001, fue electo presidente Alejandro Toledo, quien mantuvo y ratificó la política de derechos humanos de Paniagua. El marco legal se había creado. Faltaba lo más difícil: detener y juzgar a Fujimori.
Los organismos insistieron ante los gobiernos de Perú y Japón para que acordaran la extradición del prófugo. "Siempre tuvimos reservas sobre la actitud política del gobierno japonés. Pese a eso hicimos campaña, viajamos a Japón con los familiares, constituimos un grupo de apoyo al juicio de Fujimori en una sociedad japonesa indiferente, organizamos un grupito en Japón con el que por lo menos molestábamos y fastidiábamos. Pero el tema nunca se difundió a fondo. Sólo aparecían cosas medio faranduleras, como que Fujimori se había ennoviado con una japonesa, por ejemplo", recuerda Soberón.
La situación cambió cuando Fujimori se exilió en Santiago de Chile, en noviembre del 2005. "Fuimos allí inmediatamente a exigir detención, captura y extradición. Luchando contra la desidia de la corporación política chilena, incluida la presidenta Bachelet. La Coordinadora y sus principales dirigentes activaron la presentación de organizaciones internacionales ante los tribunales chilenos hasta conseguir que la Corte Suprema dispusiera la extradición."
Alan García, el predecesor de Fujimori, volvió a ser electo presidente en 2006. La relación del gobierno actual con la red de derechos humanos del Perú dista de ser la mejor. García ha sido acusado de violaciones a los derechos humanos durante su gobierno anterior, comparables a las que derivaron en la condena de Fujimori. Y el renaciente fujimorismo es el principal aliado del gobierno aprista, hoy devenido en neoliberal. En el mes de mayo, García se refirió a Soberón como "traidor a la patria". Soberón no se da por aludido: "El presidente sabe que muchos casos de violaciones a los derechos humanos se rozan con su gobierno anterior, y sus relaciones con el fujimorismo son inocultables", contesta. Envuelto en una maraña de complicidades más o menos explícitas, García intentó proteger a Fujimori a través de su mayoría parlamentaria con la designación de su abogado, Rolando Souza, al frente de la Comisión de Relaciones Exteriores, cuando su cliente todavía estaba preso en Chile. No alcanzó.
El 21 de septiembre de 2007 marcó un hito en la lucha por la defensa de los derechos humanos al hacerse pública la decisión de la Corte Suprema de Chile de aprobar la solicitud de extradición de Fujimori. Se lo acusaba de presunta responsabilidad en los crímenes de Barrios Altos y de La Cantuta. El ex presidente ya tenía su pasaje de regreso a Lima. El 10 de diciembre de 2007 comenzó el juicio a Fujimori.
Quince meses más tarde llegaba la hora de la verdad. "Cuando la relatora de la sala leyó la condena de 25 años, se escuchó un murmullo de satisfacción. Nadie gritó, el juez no tuvo que apercibir a la sala. Fujimori no hizo nada. Mantuvo compostura y cuando se le dio la palabra se le pudo escuchar en voz no eufórica diciendo que iba a apelar la sentencia, no como otras veces en que le daba la palabra y se ponía a gritar que era inocente", dice Soberón.
Afuera esperaban las cámaras, las felicitaciones, el micro y los insultos y piedrazos de los fujimoristas enardecidos. Después un almuerzo celebratorio en un sindicato, más abrazos y más entrevistas. Después Soberón se marchó solo a su oficina, prendió la computadora, abrió el mail y pudo comprobar que la noticia había dado la vuelta al mundo.
Tres días después de la sentencia Soberón seguía al borde de la euforia.
"Es la culminación de un proceso que empezó con el acompañamiento del sistema interamericano, siguió con la actuación en Japón, después Chile, que termina con una condena por homicidio calificado, secuestro agravado en dos casos perfectamente documentados, donde se corrobora su actuación como conductor y autor mediato de estos crímenes cometidos desde el aparato de poder", cuenta al teléfono desde Lima.
Las palabras le salen a borbotones. Tantos momentos para recordar, tanta gente para recordar.
"Lo más importante del fallo es la dignificación de las víctimas. El profesor y los estudiantes de La Cantuta y los pobladores de Barrios Altos no eran miembros de Sendero Luminoso, tampoco sus familiares, pero habían sido estigmatizados como tales por los remanentes del fujimorismo durante todos estos 17 años. La sentencia ha establecido fehacientemente que las víctimas no eran terroristas. Esa es la mayor rehabilitación que han sentido los familiares."
Ya no quedan cuentas pendientes, proclama Soberón. "No sólo fueron condenados los responsables directos, sino todos los culpables en distintos niveles de decisión, desde los propios miembros del Grupo Colina, que recibieron penas atenuadas pero no excarcelables a cambio de su confesión, pasando por el fallo contra el jefe de Servicio de Inteligencia Nacional, Salazar Morea, condenado a 35 años de cárcel, hasta la condena de Fujimori. La satisfacción es plena y total."

12 de abril de 2009
©página 12 
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el despojo de la tierra en colombia


‘Guerreros y campesinos, el despojo de la tierra en Colombia’, es el nuevo libro del reconocido investigador, Alejandro Reyes Posada, editado por Norma, en el que analiza la violencia e ilegalidad que han afectado al país en las últimas décadas y los errores y aciertos de los gobiernos en sus intentos de solución.
[Alejandro Reyes Posada] Colombia. Semana.com publica el capítulo de Introducción a esta valiosa obra. Introducción.
Este libro estudia los conflictos agrarios, la expansión de las guerrillas, del narcotráfico y de los grupos paramilitares, y analiza críticamente las políticas estatales que se han adoptado para enfrentarlos. Es muy difícil generalizar sobre Colombia, por la diversidad regional del país y la debilidad del poder central de Bogotá, que ha sido retado sucesivamente por las élites terratenientes, las guerrillas, los narcotraficantes y los paramilitares. Por eso este trabajo hace énfasis en el análisis histórico y geográfico de cada tema, para presentar el conjunto nacional como resultado de diversas condiciones regionales.
La violencia ha sido usada en Colombia como recurso para presionar reformas sociales, para impedirlas, para imponer o rechazar dominios territoriales y para impugnar o recuperar la soberanía del Estado. En todos los casos, la violencia se asocia a conductas criminales, que a veces intentan encubrirse bajo justificaciones políticas. La violencia es capaz de destruir el poder de la sociedad para plantear y resolver sus conflictos, pero es incapaz de generar nuevo poder, como enseñó Hanna Arendt.
Esta paradoja permite entender el fracaso del país para resolver el problema de la injusta distribución de la tierra y su consecuencia principal, el desarraigo violento del campesinado y la concentración de la tenencia en manos de narcotraficantes y señores de la guerra. El primer capítulo del libro describe los principales conflictos agrarios que sobrevivieron durante los años ochenta en las regiones colombianas, luego de la intensa movilización campesina de los años setenta, y su creciente transformación en guerras locales de expulsión de campesinos y apropiación violenta de la tierra. Este proceso cambió las bases sociales del poder en las regiones, al desplazar también una parte de las anteriores dirigencias regionales y sustituirlas por representantes de los empresarios del narcotráfico y la violencia, en busca de reconocimiento y legitimación. Sin haber participado en ella como adversarios armados, los campesinos perdieron la guerra y pagaron las consecuencias con las vidas de muchos y con la pérdida de sus tierras.
Colombia perdió la oportunidad histórica de realizar la reforma de la estructura agraria, aprobada como la ley 135 de 1961, y los conflictos entre campesinos y grandes propietarios, al no encontrar cauces institucionales de solución, alimentaron las estrategias de grupos armados para impugnar o defender el régimen de la gran propiedad latifundista. La violencia, a su vez, hizo imposible continuar el incipiente proceso de la reforma agraria y facilitó la persecución contra los líderes sociales del campesinado, que fueron tratados como subversivos del orden establecido. De esta forma, la dirigencia colombiana cometió el primer error estratégico, que fue aplastar con represión militar las movilizaciones pacíficas de las organizaciones campesinas y por tanto cerrar la vía reformista, para enfrentar, a cambio, la lucha insurgente de las guerrillas.
Las guerrillas, que surgieron a mediados de los años sesenta del siglo 20 como expresión de resistencia campesina y adoptaron un programa revolucionario de lucha por el poder estatal con la ideología marxista de la lucha de clases, llegaron a convertirse desde los años ochenta en verdaderas máquinas de guerra, con autonomía de las causas sociales que las originaron y con capacidad para asegurar su propia reproducción. A largo plazo, las guerrillas han demostrado agenciar procesos de re-esclavización de la población, pero no un proceso de cambio social ni de emancipación popular.
La expansión geográfica de las guerrillas, igual que más tarde la de los paramilitares, se explica por su habilidad para usar la violencia y la intimidación para garantizar la obtención de rentas por extorsión de la ganadería, la agricultura empresarial, el petróleo, el narcotráfico, el comercio, el transporte y las finanzas públicas locales. Aunque cinco agrupaciones guerrilleras negociaron su desmovilización a fines de los ochenta y comienzos de los noventa (el M-19 [1989], el Ejército Popular de Liberación –EPL- [1991], el Movimiento Quintín Lame [1991], el Partido Revolucionario de los Trabajadores –PRT- [1991], y la Corriente de Renovación Socialista –CRS-, disidencia del ELN [1993]), las dos organizaciones más grandes, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército Popular –FARC-EP- y el Ejército de Liberación Nacional –ELN, continúan operando en 2007. La expansión de las guerrillas no obedece, a largo plazo, a su arraigo en los sectores pobres del país, como lo predican los textos clásicos de la lucha de clases. Las guerrillas incursionaron en las áreas de mayor riqueza y no en las regiones deprimidas donde se concentra la pobreza.
La expansión y crecimiento de la máquina de guerra de las Farc estuvo acompañada de una creciente distancia respecto de los conflictos agrarios y de los intereses de los sectores populares, en una relación inversa entre la fuerza militar y el poder de representación popular. Esta distancia se hizo más evidente cuando algunos frentes de las Farc, presionados por los mandos centrales para conseguir más recursos, aumentaron sus exigencias económicas hasta obligar a tributar a los pequeños productores y comerciantes, con lo que generaron mayor resentimiento popular contra las guerrillas.
Ese resentimiento explica la facilidad y rapidez con las cuales creció el apoyo a organizaciones de autodefensa, que recibieron colaboración no sólo de los grandes propietarios y empresarios en las regiones, sino también la adhesión de campesinos medianos y pobres, trabajadores y productores informales. La organización de autodefensas civiles que apoyarían a las fuerzas armadas en su lucha antisubversiva fue ideada por la cúpula militar a finales del gobierno de Julio Cesar Turbay Ayala (1978-82) para contrarrestar la amenaza de parálisis militar que veían venir con la política de paz del presidente Belisario Betancur (1982-86).
En estricto sentido, las autodefensas continuaron librando la guerra que el presidente Betancur impidió afrontar a las fuerzas armadas, al acuartelarlas para honrar la tregua firmada en 1983 con las Farc, el EPL y el M-19. Las fuerzas armadas no abandonaron la iniciativa del todo, puesto que el ELN, que actuaba en el nororiente, no firmó la tregua y por tanto no cesó sus hostilidades. Además, las fuerzas armadas continuaron la guerra por interpuesta persona en tres grandes regiones dominadas por las Farc, al entrenar, apoyar y ayudar a armar a las autodefensas de Puerto Boyacá, el nororiente antioqueño y la región del Ariari en el Meta. Ese fue el segundo error estratégico de la dirigencia colombiana, porque auspició la creación de ejércitos privados para defender la propiedad cuando la tierra estaba cambiando de manos por la acumulación de divisas del narcotráfico.
El apoyo militar a las incipientes autodefensas fue una ocasión excepcional para que algunos poderosos narcotraficantes participaran con recursos y hombres en una alianza de seguridad privada, que les permitió asociarse con grandes terratenientes y empresarios al lado de las fuerzas armadas y presentarse como los defensores más importantes del establecimiento contra las guerrillas. El caso de Gonzalo Rodríguez Gacha es ilustrativo de esta relación, pues llegó a controlar tres pequeños ejércitos privados en Puerto Boyacá, San Martín y el municipio de La Hormiga, en el Putumayo, a mediados de los años ochenta del siglo 20, con los cuales combatió a las Farc y aseguró territorios para sus negocios de narcotráfico. Su alianza con las fuerzas armadas terminó cuando se asoció con Pablo Escobar en la guerra contra la extradición y participó en asesinatos de varios notables del establecimiento.
La emergencia de los grandes carteles del narcotráfico reveló la precariedad de las instituciones colombianas y la aceptación social a una amplia gama de comportamientos deshonestos, que facilitó el crecimiento de los negocios ilegales. El alcance de la ilegalidad en los negocios normales de las élites económicas es de tal magnitud, y es tan alta la corrupción de muchos políticos y funcionarios públicos, que los primeros narcotraficantes encontraron aliados naturales en todas las capas sociales, desde asesores financieros y jurídicos hasta sicarios y policías, pasando por todas las profesiones de la clase media.
La tolerancia inicial de los gobiernos de Alfonso López Michelsen (1974-78) y de Julio Cesar Turbay Ayala (1978-82) y en general de la sociedad colombiana a quienes se apodaba "los mágicos" fue premiada y estimulada por su generosa irrigación de beneficios a quienes negociaban con ellos desde la legalidad, como los propietarios de mansiones y fincas que las vendieron a alto precio, corredores de bolsa que amasaron fortunas con el lavado de dólares en la economía, empresarios que recibieron inversiones con bajos costos de capital para esconder ganancias ilegales. El presidente López abrió la puerta de entrada de los capitales del narcotráfico al crear, en medio de un rígido control a la entrada de divisas establecido por el Estatuto Cambiario de 1968, la que se conoció como la "ventanilla siniestra" del Banco de la República, para comprar dólares sin preguntar por el origen de los fondos. Al ser interrogado por el ingreso de lo que se llamó "los dineros calientes" a su campaña de reelección de 1982, López respondió con cinismo que el no usaba termómetro para tomarle la temperatura al dinero de los aportes electorales. Esta mentalidad deshonesta facilitó el ascenso de las clases emergentes y su asociación con amplios sectores de las clases pudientes.
Sólo la violencia de los ajustes de cuentas entre mafiosos y su disposición de asesinar a quienes se atravesaran en su camino, desde el Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla en 1983, el director del diario El Espectador Guillermo Cano Isaza en 1987 y el candidato presidencial Luis Carlos Galán Sarmiento en 1989, así como el uso de explosivos para aterrorizar a la sociedad, hicieron reaccionar al gobierno de Virgilio Barco (1986-90) para emprender acciones policivas, aprobar la extradición a los Estados Unidos e iniciar la persecución contra el enriquecimiento ilícito.
La ofensiva de los narcotraficantes tuvo otra respuesta, menos exitosa, por parte del gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-94) cuando lanzó la política de sometimiento a la justicia, que ofreció rebajas de penas y trato preferencial a quienes abandonaran el narcotráfico y se entregaran a las autoridades judiciales, a cambio de no extraditarlos a los Estados Unidos. Como esa política era de difícil aceptación por parte de Estados Unidos, Gaviria aprovechó la presencia de Colombia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y negoció el voto favorable del país a la primera guerra contra Saddam Hussein en 1992, ordenada por el presidente George Bush, a cambio de la aceptación de Estados Unidos a la política de sometimiento a la justicia y la no extradición.
La Constitución de 1991 prohibió la extradición y al día siguiente se entregó a la justicia Pablo Escobar Gaviria, cabeza del Cartel de Medellín y autor de innumerables asesinatos y varios atentados terroristas en lugares públicos. Su fuga de la cárcel de lujo, que había acondicionado con sus propios recursos, seguida por su persecución y muerte a manos de la policía en 1993, hicieron fracasar la política de sometimiento a la justicia, que se limitó a algunos capos como los hermanos Ochoa Vásquez, mientras los demás narcotraficantes, especialmente los del cartel de Cali, gozaron de amplia impunidad para expandir negocios e inversiones, hasta el punto que les permitieron patrocinar a muchos políticos para asegurar sus intereses frente al Estado.
Al entregar su cargo el presidente César Gaviria en 1994, los jefes del Cartel de Cali financiaron las campañas de tantos parlamentarios como los patrocinados por los grandes grupos económicos privados y aspiraron a contar también con presidente propio, al aportar seis millones de dólares al candidato ganador Ernesto Samper Pizano (1994-98). Con esos fondos su campaña repartió dinero para comprar el margen de votos que le permitió asegurar su triunfo. Unas grabaciones telefónicas que probaban la financiación ilegal, reveladas por el candidato perdedor Andrés Pastrana, convirtieron al presidente Samper en rehén de todos los grupos de poder. Los Estados Unidos, en primer lugar, que exigieron pruebas repetidas de compromiso en la lucha contra el narcotráfico, como la aprobación de la ley de extinción del dominio en 1996 y la captura de la cúpula del cartel de Cali. Los militares, en cabeza del general Harold Bedoya Pizarro, comandante del ejército y luego de las Fuerzas Armadas, se sintieron deshonrados con su presidente y le negaron autoridad moral para ordenar sus políticas de seguridad, mientras seguían su propia agenda de colaborar en la expansión paramilitar. Los políticos, que recibieron todas las prebendas presupuestales necesarias para declarar inocente al presidente en el juicio político que la Fiscalía inició ante el Congreso. Finalmente, los grandes empresarios, que negociaron su apoyo institucional a cambio de políticas favorables a sus negocios.
Frente al narcotráfico, las políticas de los gobiernos de Gaviria y Samper tuvieron como resultado la destrucción de los grandes carteles de Medellín y Cali durante los años noventa y el cambio de la estructura del negocio. Al desaparecer la integración vertical de la industria de las drogas a cargo de los carteles, su vacío fue llenado por varios centenares de pequeñas empresas especializadas y por una nueva relación con carteles internacionales, especialmente mexicanos, que ocuparon el espacio perdido por los colombianos. En las regiones productoras de coca y amapola también cambió la relación de fuerzas del negocio a favor de las organizaciones armadas de las guerrillas y los grupos paramilitares, que ejercieron el control territorial de los campos de cultivo, los laboratorios y las rutas de acopio y exportación. La nueva forma de integración de los grupos armados al narcotráfico aumentó sus ingresos y también los incentivos para expandir el control territorial de las fronteras y de las regiones periféricas, a las que se desplazaron los cultivos al impulso de la fumigación y erradicación forzosas del gobierno, con financiación y supervisión de los Estados Unidos.
En este contexto del conflicto armado, que puede llamarse la guerra por la coca entre guerrillas y paramilitares, el presidente Andrés Pastrana Arango (1998-2002) intentó una negociación de paz con las Farc y como garantía para los negociadores de las guerrillas despejó de fuerza pública tres municipios del Caquetá y uno del Meta, en la región del río Caguán, desde el 7 de noviembre de 1998. Los diálogos de paz, con participación de organizaciones de la sociedad civil en mesas de discusión temática, fracasaron por exceso de temas de negociación y falta de estrategia negociadora del gobierno, pues se acordó una amplia agenda de temas de 110 puntos, que comprendían todas las instituciones y problemas políticos, sociales y económicos del país.
La publicidad de las discusiones dejó en claro dos lecciones para el país. La primera es que el establecimiento político no sabía cuáles eran las reformas sociales necesarias para superar la violencia, ni había comprendido los conflictos políticos implicados en la existencia y crecimiento de las guerrillas y los grupos paramilitares, y por tanto no había definido una oferta creíble de negociación de paz con los adversarios armados. La segunda lección es que las guerrillas tampoco tenían un programa político de reformas que pudiera constituir el contenido de una negociación de paz realista y verosímil. Sus propuestas parecieron más una plataforma electoral para atraer sectores de población marginados, pero no revelaron una representación coherente y orgánica de intereses sociales.
Una democracia no puede negociar su contenido fundamental, que es la representación de la población en el sistema político mediante elecciones y votaciones, y sustituirlo por una mesa de negociación como mecanismo de toma de decisiones. Frente a la práctica imposibilidad de una revolución, una insurgencia armada no tiene otra agenda de negociación que las condiciones de su propia desmovilización y reincorporación a la democracia, para luchar con medios legales por sus objetivos. La democracia excluye, por definición, que los fines puedan ser perseguidos con medios violentos, mientras la insurgencia justifica los medios violentos de lucha con la nobleza de los fines invocados.
Paralelamente a la negociación con las Farc, el presidente Pastrana selló una renovada alianza militar con el gobierno Clinton de los Estados Unidos en 1999, conocido como el "Plan Colombia", que comprometió recursos de los dos gobiernos para fortalecer las Fuerzas Armadas y la justicia en su lucha contra las guerrillas y el narcotráfico. Esta alianza militar implicó también la subordinación de la estrategia de seguridad interna a los intereses de política externa de Washington y especialmente, al cabildeo de los grandes contratistas privados de servicios de seguridad de Estados Unidos, como Dynamics Corporation, beneficiaria de los contratos de fumigación aérea de cultivos ilícitos, auspiciada por el representante Benjamin Gilman, quien fue presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara por muchos años. En virtud del Plan Colombia, por ejemplo, se vinculó al ejército en la lucha contra las drogas, al considerarla una amenaza a la seguridad nacional.
Como había ocurrido con el anterior proceso de negociaciones de Belisario Betancur en 1983, la oposición militar a la negociación de Andrés Pastrana se hizo explícita en diversas oportunidades, hasta llegar a la renuncia del Ministro de Defensa Rodrigo Lloreda Caicedo, cuando planteó su desacuerdo con el Comisionado de Paz Víctor G. Ricardo frente a la falta de reglas y condiciones para la guerrilla en la zona de despeje del Caguán. Igualmente, esta oposición de las fuerzas armadas se expresó en la condescendencia con los grupos paramilitares, que bajo el mando de Carlos Castaño asumieron el liderazgo de la oposición de las sociedades regionales a la negociación con las Farc.
Durante el mandato de Andrés Pastrana se expandió extraordinariamente rápido el dominio de los grupos paramilitares, mediante un proceso de contratación de dirigentes regionales con la cúpula de las AUC para que los primeros pagaran los costos de instalación y mantenimiento de nuevos frentes, mientras los segundos enviaban instructores y entrenaban combatientes locales, reclutados en cada región. Este fue el período en el que más claramente se demostró que un proceso de paz con las guerrillas no es posible si no existe unidad de mando entre la dirigencia política y la militar. Las Farc exigieron al gobierno el desmonte de los grupos paramilitares como condición para avanzar en las negociaciones de paz. Esa exigencia llevaba implícita la idea de que los grupos paramilitares existían como expresión de una política oficial de guerra sucia y les desconocía los márgenes de autonomía y autosuficiencia que efectivamente tenían a esas alturas. El 20 de febrero de 2002, al final de su mandato, Andrés Pastrana rompió el diálogo con las Farc y el ejército recuperó el control de la zona de despeje del Caguán.
Como candidato presidencial, Álvaro Uribe Vélez (2002-10) expresó el rechazo de una buena parte de la opinión a las negociaciones de paz con las Farc y al incremento del secuestro y la extorsión practicados por ellas. Como presidente, aumentó el gasto en defensa, recuperó la presencia policial en todos los municipios del país y ordenó una campaña militar contra las Farc, que obligó a las guerrillas a replegarse a sus áreas de retaguardia. En su relación con el estamento militar, Uribe se identificó plenamente con los objetivos de victoria militar siempre ambicionados por los generales colombianos y creó líneas directas de comunicación y mando con comandantes regionales, por fuera de los canales jerárquicos formales del ejército y la policía. Su estilo personal de asumir la gerencia directa de los asuntos de gobierno se extendió al campo de la seguridad, para el desconcierto e incomodidad de la alta oficialidad. El presidente Uribe redefinió entonces el pacto de separación de poderes entre élites civiles y militares, que había regido sin interrupciones notables desde el final de la violencia de los años cincuenta, y asumió personalmente la iniciativa en materia de seguridad. Su concepto de la seguridad se resumió en sus propias palabras: "No podemos tener más un país amenazado por guerrillas o defendido por grupos paramilitares. Necesitamos control central."
Los rápidos éxitos logrados en la seguridad ciudadana, que fueron evidentes en el mayor control en las carreteras, la disminución del secuestro, la casi desaparición de los ataques a poblaciones y la contracción de las áreas de operaciones guerrilleras, devolvieron parte de la confianza en las instituciones armadas y abrieron la puerta a la iniciativa de negociar la desmovilización de los grupos paramilitares. Desde el gobierno de Andrés Pastrana el entonces líder visible de las Autodefensas Unidas de Colombia -AUC-, Carlos Castaño Gil, había logrado presentar su movimiento armado como una lucha política y militar contra las guerrillas y reclamaba una negociación para desmovilizar a los grupos de autodefensa con ayuda del gobierno. Castaño perdió su poder en las AUC a manos de los narcotraficantes que asumieron la conducción de bloques paramilitares y a su muerte, en marzo de 2004, había iniciado conversaciones con la DEA para definir las condiciones de su posible entrega a los Estados Unidos a cambio de información sobre el negocio del narcotráfico, en el que participaban casi todos los jefes paramilitares.. A fines de 2003 se iniciaron las conversaciones entre el Alto Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo y los negociadores de las AUC en Santa Fe de Ralito (Valencia, Córdoba).
Para ese momento, los que comenzaron como ejércitos privados para luchar contra las guerrillas habían evolucionado hasta convertirse en mafias armadas con alianzas con empresarios, políticos, alcaldes, gobernadores, congresistas y contratistas, de manera que articularon en una sola organización regional los negocios de narcotráfico, venta de protección, extorsión, asalto al tesoro público y robo de tierras de desplazados. Quienes negociaban su desmovilización habían llegado a la cima de sus ambiciones de acumulación de capital y movilizaban amplias redes de influencia sobre el estado en las regiones, pero estaban doblemente amenazados por su condición de narcotraficantes y de señores de la guerra.
Como narcotraficantes, su principal amenaza era y sigue siendo la extradición a los Estados Unidos para ser juzgados por sus cortes. Desde la Administración Clinton la Secretaria de Justicia Janet Reno había diseñado un programa de negociación con narcotraficantes colombianos, para lograr su entrega voluntaria a la justicia, cediendo el 80% de sus bienes al Tesoro del gobierno federal, a cambio de su libertad y su residencia en los Estados Unidos, con cambio de identidad y protección de la familia. La contraprestación era su disposición de colaborar con la justicia con información que fuera requerida por las cortes contra otros narcotraficantes. Según el estudio de los periodistas Edgar Téllez y Jorge Lesmes , cerca de 500 narcotraficantes habían negociado con el Departamento de Justicia y varios de los dirigentes de las AUC, entre ellos Carlos Castaño Gil, estaban interesados en explorar esa salida a su condición de ilegalidad.
Como señores de la guerra, a medida que aumentaba el ámbito de su poder regional y sus fortunas crecía también su distancia de la legalidad e igualmente aumentaba la ilegitimidad de la representación política y la administración de las regiones bajo su influencia. Por crímenes contra la humanidad, su principal amenaza es la Corte Penal Internacional, que se creó para juzgar este tipo de delitos cuando el Estado responsable no aplique justicia internamente.
La propuesta de negociación de paz del presidente Uribe consistió en reconocer a los miembros de las autodefensas el carácter de combatientes por razones políticas, asimilando sus conductas al delito de rebelión, y en contemplar penas reducidas a cambio de la desmovilización y el sometimiento a la justicia, que incluye la confesión de todos los delitos, la reparación a las víctimas y la no comisión de nuevos crímenes. Con ello el presidente subordinó la condición de narcotraficantes a la de rebeldes políticos y suspendió las órdenes de extradición de algunos jefes a los Estados Unidos. Al ser juzgados internamente se excluye la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, que entrará a regir para los colombianos en 2009. De esa manera, la negociación con el gobierno fue la mejor opción de los comandantes paramilitares, casi sin excepción vinculados al narcotráfico y autores de crímenes atroces.
La desmovilización de la mayoría de los grupos paramilitares y la entrega de sus jefes a las autoridades iniciaron una serie de procesos de ajuste en el escenario político, en la industria del narcotráfico y en el conflicto armado colombiano. En política, se inició la investigación sobre la asociación de muchos políticos con los paramilitares, en un arreglo que incluía la coacción armada a los electores para que votaran por candidatos escogidos por los señores de la guerra, por un lado, y el compromiso de los elegidos para desviar recursos públicos hacia las finanzas de los paramilitares, por otro. Este proceso debería conducir al desmonte de los para-estados regionales y locales que destruyen la democracia y corrompen las funciones estatales.
En el narcotráfico se está dando un ajuste a gran escala, al desaparecer del escenario algunos grandes narcotraficantes que asumieron el control de grupos paramilitares y se desmovilizaron de la guerra y del negocio. Por una parte, anteriores lugartenientes de los capos y mandos medios de los paramilitares han mantenido o reconstruido organizaciones armadas para capturar rentas del narcotráfico mediante el control territorial. Por la otra, las FARC han expandido su control del negocio de las drogas en territorios abandonados por paramilitares, aunque reducidos a sus zonas de refugio.
El impacto de la desmovilización de paramilitares en el conflicto armado ha sido el debilitamiento de los dominios territoriales que ejercían sobre amplias regiones del país, pero no ha generado un cambio estratégico en el conflicto con las guerrillas, pues la confrontación entre éstas y los paramilitares había terminado antes de la desmovilización, gracias a acuerdos para distribuir territorios del negocio. La desmovilización ha fortalecido las organizaciones de las víctimas, que se aprestan a participar en los procesos de reparación. También ha crecido una demanda social para revelar la verdad de los crímenes de lesa humanidad que han caracterizado la acción paramilitar.
Los primeros cinco capítulos estudian las principales dimensiones territoriales del conflicto colombiano. El sexto analiza la evolución reciente del narcotráfico en las fronteras terrestres del oriente y sur del país y destaca el papel que cumplen las organizaciones armadas, guerrillas y paramilitares, en el control de los cultivos, el procesamiento y las rutas de exportación de las drogas. El acercamiento progresivo a las fronteras con Venezuela, Brasil, Perú y Ecuador anuncia el desplazamiento de los cultivos, el procesamiento y las rutas del negocio de las drogas a esos países, donde quedarán en manos de mafias locales.
El séptimo analiza la política de extinción del dominio de tierras en manos del narcotráfico, desde el proceso legislativo hasta la experiencia de la justicia en la aplicación de la ley y la administración y destino de los bienes extinguidos. En esta política el Estado avanzó más rápidamente desde finales de 2002, cuando fue aprobada una nueva ley de extinción del dominio que independizó la acción del proceso penal por enriquecimiento ilícito y trasladó la carga de la prueba sobre el origen lícito del patrimonio al presunto dueño de los bienes. Luego de una década de aplicación de la ley la justicia ha extinguido el dominio de cerca de un millón de hectáreas de buenas tierras, pero lamentablemente el Estado no ha definido una política coherente para disponer de ellas para solucionar los problemas del desplazamiento y la expulsión del campesinado, como hubiera podido hacerlo. En su gran mayoría, las fincas se encuentran en manos de depositarios provisionales, que pagan sumas nominales y capitalizan rentas a manera de privilegios gratuitos, y el gobierno ha empezado a vender en remate público las que tienen sentencia definitiva de extinción.
El propósito del libro es ofrecer un análisis amplio, con muchas dimensiones, de los principales problemas de violencia e ilegalidad que han afectado a Colombia en las últimas décadas y de los errores y aciertos de los distintos gobiernos en sus intentos de solución. El autor ha recorrido 30 de los 33 departamentos del país en los últimos 39 años en trabajos de investigación social y tiene, por tanto, conocimiento directo para tener un punto de vista personal sobre muchos de los temas tratados. El libro no contiene recetas ni ofrece soluciones mágicas, pero puede ayudar a mejorar la comprensión de los problemas del país, para que las mentes brillantes de las nuevas generaciones tengan a la mano los datos básicos del problema colombiano.

11 de abril de 2009
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fujimori condenado


El ex presidente peruano fue condenado a veinticinco años por delitos de lesa humanidad. La Justicia peruana concluyó que ‘El Chino’ era responsable del asesinato de 25 personas en las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, así como de los secuestros del periodista Gustavo Gorriti y del empresario Samuel Dyer.
[Carlos Noriega] Lima, Perú. Cuando se escuchó la sentencia al ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000) hubo festejos, pero también amenazas con protestas en las calles de parte de los seguidores del ex dictador peruano. La sala de tres magistrados que procesó a Fujimori durante un año y cuatro meses concluyó que éste era responsable de crímenes de Estado y crímenes de lesa humanidad, y le impuso una condena de 25 años de prisión. De esta forma, Fujimori se convirtió en el primer presidente en la historia de Perú en ser sentenciado por un tribunal de Justicia. La condena fue calificada por organismos nacionales e internacionales de derechos humanos como "un precedente histórico en la lucha contra la impunidad y la defensa de los derechos humanos".
Descontando el tiempo que ya ha pasado en prisión, Fujimori, de 70 años, podrá salir en libertad el diez de febrero de 2032. Para entonces tendría 93 años. Al haber sido condenado por crímenes de lesa humanidad, las leyes internacionales impiden que Fujimori pueda beneficiarse de un indulto o una amnistía, pero sí podría acogerse, eventualmente, a beneficios penitenciarios para reducir su condena a la mitad. El presidente del tribunal, César San Martín, señaló, durante la lectura de la sentencia, que estaba probada "más allá de toda duda razonable" la culpabilidad de Fujimori por haber ordenado el asesinato de 25 personas en las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, y los secuestros del periodista Gustavo Gorriti y del empresario Samuel Dyer.
El tribunal estableció que Fujimori era responsable de los delitos de asesinato con alevosía, secuestro con agravantes y lesiones graves. La sentencia estableció que Fujimori había encabezado una organización criminal que desde el poder aplicó una política de guerra sucia contra la subversión armada, que fue ejecutada por el escuadrón de la muerte llamado Grupo Colina. Considerando los factores agravantes, señaló San Martín, se le impuso al acusado "la pena máxima". El presidente del tribunal aclaró que se dictó una sentencia de 25 años y no de 30 como pedía la fiscalía, porque 25 años era la pena máxima permitida por las leyes peruanas cuando ocurrieron los crímenes por los que Fujimori fue condenado.
Durante las más de tres horas que duró la lectura de la condena, Fujimori permaneció sentado, tomando notas en un cuaderno, con la mirada clavada en sus apuntes, sin levantar en ningún momento la cabeza. Los familiares de las víctimas de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, dos de los cuatro hijos del ex dictador y congresistas fujimoristas, seguían la audiencia en un estrecho ambiente separado de la sala judicial por un vidrio antibalas. Un cordón policial separaba a ambos grupos. Luego de que se leyera la sentencia, Fujimori se paró para hablar un par de minutos con su abogado, César Nakasaki, regresó a su sitio y se limitó a decir "interpongo recurso de nulidad". La nulidad planteada por la defensa de Fujimori será examinada en reserva por un tribunal de cinco magistrados, que en cuatro o cinco meses deberá confirmar o modificar la sentencia. Esa decisión será definitiva.
Hasta el momento del envío de esta nota, el presidente Alan García no se había pronunciado sobre la condena a Fujimori. García ha sido duramente cuestionado por su acercamiento con el fujimorismo. Quien sí se pronunció fue el primer ministro, Yehude Simon. "El gobierno se ha mantenido al margen de este juicio. Todos deben respetar la sentencia. El Poder Judicial ha actuado como tenía que actuar", fue su escueto comentario.
Visiblemente alterada, la congresista Keiko Fujimori, hija del sentenciado ex dictador, calificó la condena contra su padre como "un fallo lleno de odio y venganza". "Los fujimoristas no nos quedaremos con los brazos cruzados, vamos a salir a las calles", amenazó, en una breve declaración a la prensa a la salida del tribunal. Minutos después dio un discurso ante sus partidarios, reunidos en las afueras de la Dirección Nacional de Operaciones Especiales de la Policía (Dinoes), donde Fujimori está detenido, como el único preso del lugar, desde septiembre de 2007 y donde se instaló el tribunal que lo juzgó. Ahí volvió a atacar la sentencia contra su padre y a los jueces del tribunal que lo condenó, y también volvió a amenazar: "Se equivocan si creen que con esta sentencia nos van a debilitar. El fujimorismo seguirá avanzando", dijo Keiko Fujimori, quien aspira a llegar a la presidencia en las elecciones de 2011. A su lado estaba su hermano Kenyi, que permanecía en silencio, con el rostro desencajado.
En el otro lado, los familiares de las víctimas del gobierno fujimorista y los organismos de derechos humanos elogiaron la sentencia. "Por primera vez la Justicia peruana está a la altura de la historia en la lucha contra la impunidad. Se ha reivindicado a nuestros familiares asesinados porque la sentencia dice que no eran terroristas", declaró una emocionada Gisela Ortiz, hermana de uno de los estudiantes de la Universidad La Cantuta, asesinados por el Grupo Colina. El fiscal José Antonio Peláez aseguró que la sentencia "es contundente y será muy difícil que pueda ser rebatida en la apelación".
Mientras se leía la sentencia, en las afueras de la Dinoes hubo un enfrentamiento entre los partidarios de Fujimori y manifestantes que exigían justicia para las víctimas del gobierno fujimorista. Hubo un herido. Los fujimoristas, que llevaban remeras naranjas con las fotos de Alberto Fujimori y su hija Keiko, recibieron un duro golpe al escuchar la sentencia y comenzaron a gritar "Fujimori libertad" y "Keiko presidente". No muy lejos, representantes de organizaciones sociales, juveniles, sindicatos y activistas de derechos humanos comenzaron a saltar y abrazarse cuando escucharon la sentencia, celebraron a los gritos de "culpable, culpable".

8 de abril de 2009
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confesiones de un paramilitar


Líder miliciano de Colombia confiesa haber saqueado el erario público. El comandante paramilitar de extrema derecha detalla las operaciones de extorsión de dinero a funcionarios municipales y sanitarios, que eran asesinados en caso de resistir.
[Chris Kraul] Barranquilla, Colombia. Después de haber confesado 602 asesinatos, el jefe paramilitar Edgar Ignacio Fierro está hablando de dólares y centavos: de cómo él y otros líderes saquearon las arcas municipales, hospitales e incluso escuelas para financiar sus ejércitos y enriquecerse a sí mismos.
Como miles de otros jefes de las milicias de extrema derecha, Fierro está declarando en conformidad con el acuerdo de desarme de 2005 según el cual los comandantes recibirían sentencias ligeras a cambio de su rendición, confesiones completas y la promesa de no volver a cometer actos de terrorismo o crímenes de guerra.
El año pasado, Fierro pasó sus primeros días en el estrado revisando meticulosamente cientos de asesinatos, una letanía que incluía a profesores universitarios, dirigentes sindicales, campesinos acusados de ayudar a guerrilleros de izquierdas. Los familiares de las víctimas, muchos de ellos llorando, observaron las confesiones en un circuito cerrado de video.
Ahora el ex capitán del ejército colombiano está detallando escrupulosamente cómo los paramilitares robaron no solamente negocios y a terratenientes, grandes y pequeños, sino también a funcionarios públicos que o entregaban grandes pedazos de los presupuestos e ingresos de sus gobiernos o eran asesinados.
"Se justifican diciendo que estaban defendiendo a la patria, pero la mayoría de esa gente terminó comportándose como cualquier delincuente común", dijo un fiscal, que como otros funcionarios entrevistados para este reportaje hablaron anónimamente por temor a las represalias.
Las desgarradoras confesiones de Fierro y otros 3.200 milicianos, pronunciadas una por una en salas fuertemente custodiadas en el centro cívico de esta ciudad y en Medellín y Bogotá, la capital, arrojan luz sobre un sórdido capítulo de la guerra civil de cuarenta años en Colombia.
"El gobierno está tratando de reconstruir la verdad", dijo un investigador universitario. "Con eso, puede administrar justicia y finalmente ordenan reparaciones para las víctimas. Pero es una apuesta. Las versiones están lejos de ser completas y no siempre coinciden".
De 2003 a 2006 Fierro estuvo a cargo de esta ciudad y la mayor parte del estado Atlántico como jefe seccional del ejército paramilitar Bloque Norte. Respondía al comandante supremo del bloque, Rodrigo Tovar, que en mayo pasado fue extraditado a Estados Unidos para ser juzgado por tráfico de drogas y terrorismo.
En una entrevista hace poco en la cárcel Modelo de la ciudad, donde ha sido reo durante los últimos dos años, Fierro dijo que sus hombres y otras milicias lucharon contra los guerrilleros de izquierda porque el gobierno central era incapaz de actuar en la región.
"Los empresarios estaban hasta la tusa con las amenazas de los rebeldes y los secuestros de sus hijos y la impunidad y nos vieron como el modo de poner fin a esa situación", dijo Fierro. "No podemos negar que algunos fueron obligados a ayudarnos, pero la mayoría de los que contribuyeron se identifican ideológicamente con nosotros".
Se esperaba que todos los empresarios, terratenientes y gobiernos locales, grandes y pequeños, ayudaran a financiar esa lucha contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y otros grupos subversivos.
"Sus contribuciones dependían del tamaño de sus negocios", dijo Fierro, cuyo corte de pelo y apariencia sugieren su pasado militar. "Una tienda pequeña podía dar cincuenta dólares al mes, un terrateniente un par de dólares por hectárea al mes".
Aparentemente las compañías multinacionales extranjeras no estaban exentas de pagar el "impuesto de guerra". José Gregorio Mangones Lugo, jefe de una organización paramilitar vecina, declaró el año pasado que tanto Chiquita Brands International Inc. y Dole Food Co. pagaban tres centavos por cada catorce kilos de bananas embarcados en puertos caribeños.
En 2007, Chiquita se declaró culpable en un tribunal federal estadounidense en Washington y pagó una multa de veinticinco millones de dólares en relación con la acusación de que hizo pagos ilegales a organizaciones paramilitares terroristas en la región.
Pero más chocante para algunos es cómo Fierro y otros comandantes extorsionaron dinero a reparticiones gubernamentales. Unas cien municipalidades en la zona costera del norte del país pagaban un soborno de diez por ciento de todos los contratos públicos al "comité de construcción" de las milicias. Los paramilitares también se quedaban con el diez por ciento de los presupuestos anuales.
Las ciudades de Tolu y Covenas, ciudades costeras al sudoeste de aquí en una ruta de oleoductos, debían entregar "la mayor parte" de los seis millones de dólares en regalías anuales pagadas por las compañías petroleras entre 1998 y 2005, declararon los fiscales.
Los funcionarios que se resistían, lo pagaban con su vida. El alcalde de Tolu, Jairo Romero Bonilla, fue asesinado en 1999 por los jefes de un frente paramilitar vecino, así como el alcalde anterior, Tulio Villalobos, dos años antes.
"Después de eso, los paramilitares se apoderaron de todo a la fuerza", dijo un investigador del gobierno. "En Covenas se ven los efectos. Las escuelas, el sistema de salud y los caminos que deberían haber recibido el dinero, se encuentran en pésimas condiciones".
Los hospitales regionales y los planes de salud financiados por el gobierno eran aparentemente fuentes irresistibles de saqueo. La Maternidad y el Hospital Pediátrico de Soledad, en un próspero suburbio de Barranquilla, fue saqueado de casi un millón de dólares durante los tres años de Fierro después de que obligara a renunciar al director del hospital.
"Todo el dinero recolectado se gastaba en la planilla de pagos y en la compra de suministros, vehículos y armas", dijo Fierro durante la entrevista en la cárcel. "Todo era destinado a la guerra".
Pero otros detalles de su declaración entregados al Times indican que el enriquecimiento personal era otro motivo. Fierro instaló a media docena de amiguetes y familiares, incluyendo a sus padres, hermana y una prima, en funciones administrativas en el hospital de Soledad.
Su prima Nancy recibía siete mil dólares al mes por servicios de "fotocopia". Sus padres, que vivían a cientos de kilómetros de distancia, recibían doscientos dólares al mes por servicios que nunca fueron definidos claramente, de acuerdo a fiscales del gobierno.
Fierro ha reconocido una conspiración criminal y el enriquecimiento ilícito, dicen. Su abogado en Bogotá, Camilo Bocanegra, no respondió a una petición de comentario.
Las loterías gestionadas por varios estados colombianos, que eran en el pasado usadas por narcotraficantes como Pablo Escobar para lavar las ganancias del tráfico de drogas, eran otra fuente de dinero fácil para los militares.
De hecho, dijeron los detectives, la esposa de Tovar era sospechosamente afortunada: en 2004 ganó el premio de la lotería regional Libertador de trescientos mil dólares.

25 de febrero de 2009
19 de febrero de 2009
©los angeles times 
cc traducción mQh
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debates en bolivia


Pese a las proezas, presidente de Bolivia provoca acalorados debates.
[Joshua Partlow] Achacachi, Bolivia. La adolescente descalza en el patatal reconoció que su familia de doce estaba prácticamente sin dinero.
Viven como han vivido siempre.
Todavía trabajan la tierra con herramientas con mangos de madera, seis días a la semana para cultivar su propio alimento. Ocasionalmente venden en el mercado un cerdo o una oveja, pero rara vez salen de sus casas de adobe junto al solitario camino de tierra a lo largo de las fangosas riberas del Lago Titicaca.
Pero con el presidente Evo Morales, dijo Freddy Callisaya Mamani, 18, ahora se siente diferente ser indio en Bolivia.
"Ahora podemos ser iguales a los otros", dijo. "Ahora no habrá más discriminación".
En tres años, Morales ha realizado asombrosas proezas políticas en este país andino, donde pasó de ser un dirigente del sindicato cocalero a primer presidente indígena de Bolivia. Se apoderó de las compañías de petróleo, minas y de telecomunicaciones. Expulsó al embajador de Estados Unidos. Ganó un referéndum revocatorio con dos tercios de los votos. El mes pasado, logró hacer aprobar una nueva constitución que reforzará sus atribuciones y le permitirán otro período de cinco años.
Pero hay un furioso debate en Bolivia sobre si el país está mejor con Morales, especialmente en términos de los problemas indígenas, la economía y la política del gobierno con respecto a la coca.
Los partidarios del presidente dicen que se ha embarcado en un intento histórico de enderezar desigualdades de toda la vida y exaltar a los pobres. Sus rivales, incluyendo a los de las regiones orientales más prósperas que son el hogar de gente de descendencia mezclada o europea, no quieren saber nada ni de su gobierno ni de su programa socialista. Consideran a Morales una réplica del presidente Hugo Chávez o Fidel Castro en Cuba, y lo ven como a un líder autoritario cuyo erróneo plan económico está llevando al país hacia la pobreza.
El alegato dentro de Bolivia refleja las alternativas políticas que ahora compiten por influencia en toda Sudamérica. Presidentes de izquierda de varios países lideran el malestar popular para retar a las elites tradicionales. La crisis financiera internacional ha hecho más urgente el debate, ya que estos presidentes utilizan el derrumbe de las economías del primer mundo para justificar sus medidas.
"La miseria, la pobreza y el desempleo están creciendo, y el capitalismo global es el que tiene, en gran parte, la culpa", dijo Chávez a una multitud de varios miles de personas en un reciente foro social en Brasil al que asistió Morales.

Respeto por los Indios Pobres
Uno de los efectos más claros de los tres años de Morales en el poder ha sido el cambio en la atención del gobierno, aunque sea a veces más de palabra que de hechos, hacia las masas de los indígenas pobres de Bolivia. Para casi el sesenta por ciento de los bolivianos que se describen a sí mismos como miembros de un grupo indígena, su gobierno ha ofrecido algo nuevo: jugarse por el gobierno y confiar en el futuro. Muchos de ellos, incluyendo a los aimaraes, el grupo al que pertenece el presidente, pueden votar sólo desde 1952. Durante su campaña presidencial de 2005, sus partidarios realizaron sesiones de votaciones para enseñar a los campesinos analfabetos a marcar su nombre.
"Este es un país que ha existido en un estado de apartheid de facto durante décadas, siglos, milenios, depende de cómo quieras contarlo", dijo Jim Shultz,
director del Centro Democracia, una organización de derechos humanos con sede en Bolivia. "Para gente acostumbrada a ser marginada, aunque sea la mayoría, ver a alguien que se ve como ellos, que se viste como ellos, que habla como ellos, convertirse en presidente de su país es algo increíble. No puedes subestimar el simbolismo emocional de eso".
Rufo Yanirico, dirigente aimara en el pueblo de Achacachi y miembro de una organización militar indígena conocida como los Ponchos Rojos, recordó que sus maestros en la escuela primaria eran castigados por hablar con los alumnos en aimara. En el pasado, los oficiales militares bolivianos no le daban nunca la mano a un indio, dijo, pero en un festival en Achacachi en diciembre los soldados estaban bebiendo y celebrando con la gente del pueblo.
"Están conscientes de que los movimientos sociales tienen ahora mucha fortaleza", dijo. "Los españoles, que llegaron desde el oeste, nos han gobernado durante quinientos años. Ahora les toca a los aimaraes y quechuas".
La nueva constitución de Bolivia describe varios derechos de los 36 grupos indígenas en el país, incluyendo reservar escaños en el Congreso Nacional y aceptando sistemas judiciales tradicionales separados de los tribunales del país. Mientras que hubo un amplio apoyo a la constitución, algunos dirigentes indígenas dijeron que el documento no incluía lo que ellos querían, especialmente un artículo sobre la reforma agraria.
"No es nuestra causa", dijo Felipe Quispe Huanca, dirigente aimara que criticó a Morales, con un ejemplar de la constitución en la mano. "Queremos nuestro propio estado aimara, totalmente independiente", agregó, describiendo a Morales como "un neoliberal con cara de indio".
Pero para muchos indios, Morales ha dado los primeros pasos. Mamani, de la aldea junto al Lago Titicaca, dijo que los magros ingresos de su familia fueron aumentados por subsidios del gobierno. Han llegado al pueblo excavadoras y retroexcavadoras para allanar el camino de tierra de la comunidad. Aparentemente, alguien está prestando atención.
"Recibimos mucho más ayuda gracias al presidente Evo Morales", dijo.

Incertidumbre Económica
Según algunos medidores, la economía boliviana ha marchado bien en los primeros tres años de Morales. Sobre la base de los entonces altos precios del petróleo y minerales, el valor de las exportaciones bolivianas, que rondaron los mil millones de dólares durante los diez años previos a Morales, subieron agudamente hasta cerca de los cinco mil millones en 2007. Ahora más de siete mil millones de dólares protegen a la economía.
"Creo que Morales ha gobernado estos tres años en una época de extraordinaria prosperidad de una clase que Bolivia no ha visto nunca antes", dijo Carlos Toranzo, economista en La Paz.
El quid del plan económico de Morales, de acuerdo al viceministro de presupuesto del presidente, Emilio Pinto Marín, es distribuir con más equidad los pocos recursos que posee el país y mantener los intereses extranjeros como "socios, no como amos". Con ese fin, Morales nacionalizó la industria petrolera -Bolivia tiene las segundas reservas mundiales de gas natural, después de Venezuela- y empezó a extraer más ingresos de parte de las compañías extranjeras. Y ha dado dinero a los pobres: unos treinta dólares al mes para los ciudadanos de la tercera edad y cerca de treinta dólares al año a jóvenes estudiantes, basándose en programas de gobiernos anteriores.
Pero economistas externos al gobierno predicen que ninguna de esas políticas beneficiará a Bolivia en el largo plazo. La industria petrolera está temblando, los precios de las materias primas se han hundido, y la pobreza -calculada en Bolivia en un sesenta por ciento- no parece estar reduciéndose.
Con las nuevas condiciones del gobierno, las compañías petroleras tienen que entregar en regalías e impuestos entre el setenta y el ochenta por ciento de sus ingresos, dicen expertos de la industria, un tremendo estímulo en dinero para el gobierno. Pero la decisión, junto con estallidos de violencia política y un marco legal fluido, ha ahogado la inversión extranjera.
"Las perspectivas que tenía Bolivia en 2005 para convertirse en un centro energético en el Cono Sur, ahora, algunos años después, ni siquiera existen", dijo Carlos Alberto López, ex ministro de energía e hidrocarburos e investigador en Cambridge Energy Research Associates. "Bolivia se ha convertido en un hoyo negro de energía".

Polémica por la Hoja de Coca
Desde que Morales asumiera la presidencia, la política gubernamental sobre la hoja de coca, la materia prima de la cocaína, ha resultado ser igualmente controvertida y ha estado en el centro de las tensas relaciones de Bolivia con Estados Unidos.
Morales adquirió notoriedad como organizador de los campesinos cocaleros durante la lucha contra los programas de erradicación impulsados por Estados Unidos en los años ochenta y noventa. Bolivia es uno de los principales productores de cocaína del mundo, y ese hecho ha definido la política exterior estadounidense hacia el país durante años.
Morales y otros defendieron su derecho a cultivar coca para sus usos tradicionales -mascarla y hacer una infusión- y lucharon contra la intervención extranjera. El conflicto dejó a miles de civiles, soldados y agentes de policía bolivianos muertos, y Morales mismo fue encarcelado y maltratado.
"De cierto modo, y no lo digo para minimizar la propia capacidad de Evo Morales, pero tenemos que agradecer a Estados Unidos por la presidencia de Evo Morales", dijo Kathryn Ledebur, directora de la Red de Información Andina. "Porque mientras más presionaba o atacaba Estados Unidos, verbalmente o de otro modo, más aumentaba la popularidad de Evo Morales".
Como presidente, Morales convirtió la hoja de coca en un símbolo nacional. La nueva constitución la consagra como un recurso cultural que promueve la "cohesión social". Morales ha aumentado en casi ocho mil hectáreas el terreno que los bolivianos pueden utilizar legalmente para cultivar coca, una medida que los funcionarios del gobierno de Bush consideraron que fomentaba el tráfico de drogas.
El año pasado, Bolivia expulsó al embajador estadounidense, acusado de que estaba conspirando con los opositores a Morales. Morales también expulsó a los agentes de la Autoridad Antinarcóticos (DEA), tras acusarlos de espionaje. El gobierno de Bush dijo que Bolivia no había estado a la altura de sus responsabilidades en la lucha contra las drogas y suspendió las preferencias arancelarias.
Funcionarios de antinarcóticos bolivianos reconocen que la cantidad de cocaína requisada ha aumentado con Morales, de catorce toneladas en 2006 a veintinueve toneladas en 2008. Pero no parece haber la intención de volver a la vieja estrategia de la erradicación.
"Con este gobierno, el cocalero no pelea contra nosotros", dijo el coronel René Sanabria Oropeza, director general de la policía antinarcóticos de Bolivia. Nos dejan hacer nuestro trabajo. Ahora tenemos acceso a todo el país".

22 de febrero de 2009
15 de febrero de 2009
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ex gobernador a juicio por asesinato


Muertes embrollan juicio de ex gobernador colombiano. Rebeldes de las FARC liberan a Sigifredo López. Inician investigación sobre la muerte de diez personas vinculadas al juicio del ex gobernador Salvador Arana, que se cree que ordenó asesinar al alcalde de El Roble, Eudaldo Díaz, en 2003.
[Chris Kraul] Bogotá, Colombia. El despacho del fiscal especial de Colombia dijo el jueves que estaba investigando la muerte de diez personas relacionadas con el asesinato de un alcalde en 2003, semanas después de haberse quejado de que para el presidente Álvaro Uribe era un hombre marcado.
El portavoz del fiscal Mario Iguarán confirmó la investigación en una declaración emitida tres días después de la muerte de Grey del Carmen Tirado. Es la última víctima de una serie de asesinatos relacionados con el juicio del ex gobernador de Sucre, Salvador Arana, acusado de ordenar el asesinato del alcalde Eudaldo Díaz.
También el jueves el ex parlamentario Sigifredo López fue liberado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia después de casi siete años de cautiverio. Es el sexto rehén liberado la semana pasada por la organización rebelde más grande del país.
López y otros once diputados fueron secuestrados en abril de 2002 en un osado ataque contra el parlamento de Cali. Los otros fueron asesinados por los rebeldes en junio de 2007, aparentemente en reacción a lo que pensaron que era un intento de rescate del gobierno.
Díaz, el alcalde reformista de El Roble en Sucre, un estado al nordeste del país, había recibido amenazas de muerte de parte de grupos paramilitares, y le dijo a Uribe durante un encuentro con la comunidad en febrero de 2003 que temía por su vida.
El doctor de 47 años, había resistido los intentos de las milicias de extrema derecha de apoderarse de la tesorería y el sistema de salud de El Roble por temor a que los saquearan, según su hijo Juan David.
Díaz también había denunciado a Arana en una reunión con Uribe en 2003, diciendo que el entonces gobernador respaldaba a los milicianos paramilitares.
Pese a sus advertencias, dos meses después, en abril, Díaz fue secuestrado, torturado durante cinco días y asesinado. El alcalde iba en camino a una reunión supuestamente para hacer las paces con Arana.
Poco después del asesinato, Arana renunció a la gobernación y fue nombrado por Uribe embajador de Colombia ante Chile. Se convirtió en fugitivo en 2007 después de ser acusado en relación con el asesinato. Fue capturado el año pasado en la ciudad costera de Santa Marta, donde había estado viviendo en un lujoso condominio.
La última víctima, Tirado, era la esposa de Edelberto ‘El Chino’ Anaya, que también está detenido por su presunta participación en el asesinato de Díaz. Murió en un hospital después de haber recibido varios balazos en Sincelejo, la capital de Sucre, por asaltantes no identificados.
El ataque del 5 de enero se produjo días después de que se acercara a la familia Díaz y dijera en público que su marido estaba preparado para testimoniar completa y verazmente en el juicio de Arana, que se reiniciará en las próximas semanas en Bogotá, la capital.
Desde la muerte de Díaz han muerto asesinadas otras nueve personas, declaró la oficina del prosecutor. El abogado de la familia Díaz, Rafael Barrios, dijo que fueron asesinadas para impedir todo testimonio potencialmente perjudicial contra Arana. Temiendo que el juicio no sea correcto, la familia Díaz pidió a la corte de derechos humanos de la Organización de Estados Americanos.
"La obstrucción a la justicia, en este caso, no tenía precedentes", dijo Barrios.
Entre las víctimas se encuentra Diógenes Meza, asesinado en 2003 después de decir a la policía que poco después del secuestro de Díaz había oído decir al cuñado de Arana que tenía al alcalde prisionero en su rancho y estaba esperando instrucciones.
Uno de los golpes más duros para la fiscalía fue el asesinato de Munir Dadavid Haller el 23 de diciembre de 2008, un amigo de infancia de Díaz. Era un comandante paramilitar que convenció al alcalde de reunirse con Arana, aparentemente sin sospechar que estaba preparando la muerte del alcalde.
Cadavid se dio a conocer en los últimos meses para contar a la policía que los combatientes paramilitares querían hacerle un favor a Arana y habían asesinado a Díaz para poner fin a sus constantes críticas públicas y acusaciones de que el gobernador era corrupto.

20 de febrero de 2009
6 de febrero de 2009
©los angeles times 
cc traducción mQh
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