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el ministro que se fue


[David Ignatius] Halcón duro y prepotente.
Altos oficiales lo llaman el ‘destornillador de once mil kilómetros'. Así describían la inclinación de Donald Rumsfeld a inmuiscuirse en aspectos limitados de la guerra de Iraq que le interesaban. Y es una de las razones por las que los militares están felices con la partida de Rumsfeld, incluso quizás más felices que los demócratas, que han reclamado su cuero cabelludo tras su victoria en las urnas.
Para ese fin, incluso cuando Rumsfeld debe de haber sabido que su mandato no duraría demasiado, no renunció a la opción de entrometerse con sus comandantes de operaciones. Cuando el general de la Marina, James Jones, el comandante en retiro de la OTAN fue hace algunas semanas a ver a Rumsfeld para hablar sobre la posibilidad de convertirse en comandante de Centcom, le preguntó si acaso tenía la intención de continuar con su línea directa de comunicación con el comandante del teatro de operaciones, el general George Casey, sobrepasando a veces al Centcom. Cuando Rumsfeld no desechó esa posibilidad, Jones empezó a dudar de que el Centcom pudiera hacer su trabajo. y cuando Rumsfeld dijo que no preveía cambios importantes en la estrategia de Iraq, Jones retiró su nombre de la lista de candidatos.
Los cambios en Iraq vendrán pronto y la partida de Rumsfeld es, para parafrasear el libro de plegarias, un signo exterior y visible de un proceso espiritual interior. Otro es la opción de su sucesor Robert Gates, una figura bastante diferente de Don Rumsfeld.
En las últimas semanas el gobierno de Bush -en gran parte en secreto- empezó a hacerse a sí mismo preguntas difíciles: ¿Está funcionando la estrategia en Iraq? ¿Podemos alcanzar nuestros objetivos con las herramientas que tenemos? Si no, ¿cómo las adaptamos de modo que sirvan? Un personero de alto rango trató hace algunos días de explicar el estado de ánimo citando a los Rolling Stones: "You can't always get what you want".
Hace tiempo que Rumsfeld se convirtió en el símbolo de una guerra en la que empezó a dudar hace al menos tres años, cuando escribió su famoso memorándum prediciendo que la guerra de Iraq sería una "larga cuesta arriba". Eso ilustraba lo mejor del estilo intelectual de Rumsfeld: Preguntó si las tácticas de Estados Unidos estaban creando nuevos terroristas más rápidamente de lo que estábamos matando a los que vivían, y reflexionó: "¿Son demasiado nimios los cambios que estamos haciendo? Mi impresión es que todavía no hemos tomado medidas muy osadas, aunque hemos dado pasos lógicos, comprensibles, en la dirección correcta, pero ¿son suficientes?"
Rumsfeld mostraba una inclinación a poner en duda los conocimientos adquiridos, una tendencia a rechazar los proyectos favoritos de los militares, tales como el plan del ejército para construir una pieza gigantesca de artillería llamada torpemente Crusader [el Cruzado], que sería difícil de mover rápidamente en cualquier campo de batalla moderno. Rumsfeld estaba convencido de que el ejército necesitaba hacerse más móvil, ágil, expedicionario. Algunas de sus ideas sobre la transformación fueron aceptadas, pero en el fondo los generales del ejército estaban convencidos de que sus políticas romperían sus ramas del servicio. Las sonrisas más amplias ayer en el Pentágono se vieron probablemente en los pasillos que ocupan los oficiales del ejército.
Curiosamente, fueron los generales los que ayudaron a Rumsfeld a permanecer en su cargo. En la primavera, la Casa Blanca había decidido que era hora de hacer cambios en el Pentágono, y los oficiales se estaban armando de valor para comunicar las noticias a Rumsfeld cuando estalló la ‘revuelta de los generales' en las páginas de opinión de los diarios, cuando ex oficiales hicieron cola para denunciar a su antiguo jefe. La Casa Blanca decidió que no podía aparecer inclinándose ante las presiones y retrocedió.
El talento de Rumsfeld era su brillantez y rigor intelectual. Mantuvo la cabeza en alto incluso cuando la guerra en Iraq pasó de mala a terrible. En eso, fue incluso más duro que uno de sus predecesores, Robert McNamara, que en su último año de dirección de la guerra de Vietnam empezó a agrietarse en privado por la presión. Rumsfeld personificaba un antiguo adagio: No muestres tu lado flaco.
Pero el lado negativo de Rumsfeld es tan grande que es probable que sea pocos quienes recuerden su lado positivo. Llegó a simbolizar no simplemente el fracaso en la guerra de Iraq sino también la arrogancia y la prepotencia. Tenía una inclinación por dejar caer frases que llegaron a simbolizar lo erróneo: "Vas a la guerra con el ejército que tienes" y "Hágase a un lado".
Robert Gates traerá a la función el estilo atento de alguien que escucha. Surgió en la CIA en los años ochenta haciéndose indispensable para su jefe, William Casey. Era el analista soviético más brillante de la tienda, de modo que Casey lo nombró pronto su subdirector para supervisar a sus colegas analistas. Asistí a su defensa de su disertación para su doctorado en estudios soviéticos en Georgetown. Su trabajo mostraba una sólida y seria erudición -bueno, pero no era esplendoroso. Rumsfeld puede haberla descrito como una cuesta arriba larga. Pero ilustra las mejores cualidades de Gates: su seriedad intelectual y su profesionalismo.
Gates representa el retorno de gentes e ideas de Bush viejo al gobierno de Bush joven. El viejo Bush rescató a Gates después de ser rechazado en 1987 como director de la CIA debido a su papel en el escándalo de Irán-contra, incorporándolo al Consejo de Seguridad Nacional y luego nombrándolo director de la CIA en 1991. Gates no es una persona territorial -trabaja bien con otros-, una cualidad ausente en Rumsfeld.
El nuevo ministro traerá otra cosa, y puede ser crucial en los meses por venir. Vuelve al centro de la atención en el gobierno de Bush debido a su trabajo como miembro del Grupo de Estudio de Iraq, encabezado por el ministro de estado de Bush viejo, James A. Baker II y el ex representante Lee Hamilton. Gates personifica los esfuerzos del grupo por definir una política bipartidista con respecto a Iraq.
En ese sentido, irá al Pentágono con un objetivo invisible que se puede resumir en dos palabras: estrategia de retirada. No querrá dejar Iraq ni apresurada ni atolondradamente, pero a diferencia de Rumsfeld, no negará el problema.

http://blog.washingtonpost.com/postglobal

isdavidignatius@washpost.com

8 de noviembre de 2006
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la partida de rumsfeld


La desaparición de Rumsfeld es bienvenida, pero no suficiente.
Lo que quiera que sea que se haya logrado con estas elecciones -y todavía tenemos que ver si ha terminado con el rencor y la desconfianza, que definen la actual política norteamericana-, los votantes dejaron en claro que quieren un cambio de dirección en Iraq. Líderes demócratas y republicanos por igual determinaron que tenía que empezar con el remplazo de Donald Rumsfeld como ministro de Defensa.
El presidente Bush demostró haber oído la segunda parte del mensaje y finalmente se deshizo del hombre cuyas malas decisiones e inepto liderazgo causaron gran parte del caos en Iraq. Pero todavía no está claro si ha oído la primera parte, que es la más importante. En su rueda de prensa, Bush estaba todavía hablando sobre la victoria exactamente en los mismos términos que usó antes de la votación, y no dejó en claro que estuviera dispuesto a abrir su mente a un verdadero cambio de estrategia.
El reto para el sucedor de Rumsfeld, Robert Gates, que fue el asesor de seguridad nacional del padre de Bush y luego director de la CIA, será lograr que Bush se dé cuenta de lo grave que es la situación en Iraq y de que la conducción de la guerra debería ser dictada por la realidad y no por ideologías.
Es posible que nadie hubiera podido convertir la invasión de Iraq en un éxito, dadas las fisuras que surgieron a la superficie en la sociedad iraquí tras la caída de Saddam Hussein. Pero nunca lo sabremos, ya que la escasez de tropas norteamericanas y la falta de una planificación de posguerra hicieron el desastre inevitable. Rumsfeld debía marcharse simplemente porque fracasó en su trabajo. Es la negación de esa realidad lo que explica probablemente por qué el presidente lo mantuvo hasta que las enormes pérdidas republicanas en las urnas el martes le torcieron la mano.
Antes de que dirigiera la invasión de Iraq, Rumsfeld prometió que como ministro de Defensa transformaría a las fuerza armadas norteamericanas para prepararlas para las guerras del siglo 21. Bush ha citado los progresos que se están haciendo en ese frente como una de las razones por las que quiere que Rumsfeld se quede. Pero -en una movida familiar en su gobierno- los cambios han sido más retóricos que reales.
Una verdadera transformación de las fuerzas armadas habría significado cambiar el oneroso armamento de la guerra fría, como submarinos de ataque y stealth fighters, por aviones robot y buques más rápidos y ligeros, y fuerzas terrestres más móviles. Rumsfeld nunca tuvo interés -ni la voluntad política- para hacer eso. En lugar de eso, compró la paz con el congreso y los jefes de las fuerzas armadas manteniendo bajos los niveles de fuerzas terrestres para seguir pagando los inflados costes de un armamento innecesario. Creó una fuerza pequeña de gran movilidad, pero demasiado pequeña como para pacificar Iraq.
Rumsfeld no tenía nada más que hacer como ministro de Defensa, excepto continuar defendiendo políticas fracasadas y juguetear con irrealizables estrategias. La mayoría de los hombres y mujeres que formarán parte del nuevo congreso llegaron a esa conclusión, independientemente de sus afiliaciones partidistas. Ayer Bush afirmaba que estaba abierto a los cambios y mencionó repetidas veces el informe de una comisión bipartidista sobre Iraq que se dará a conocer pronto. Pero todavía estamos esperando algún signo de que Bush se ha dado cuenta de la urgencia del desastre que se desarrolla en Iraq como algo más que un problema político. La partida de Rumsfeld es apenas un primer paso. Ha de ser seguido por un cambio más importante en política exterior en el que las tropas estadounidenses puedan volver a casa sin dejar un desastre allá en Iraq.

9 de noviembre de 2006
©new york times
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cayó el halcón de george bush


Donald Rumsfeld, impulsor de la doctrina de ‘guerra preventiva'.
El mazazo electoral del martes forzó la salida del funcionario más cuestionado de la administración Bush, el secretario de Defensa Rumsfeld, quien había promovido la invasión a Irak desde el atentado a las Torres Gemelas, aún antes de la invasión de Afganistán, y que apoyó la legalización de la tortura y el uso de cárceles clandestinas.
En Washington ya empezaron a rodar cabezas. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, principal estratega de la guerra de Irak, se convirtió ayer en la primera víctima política de la derrota de los republicanos en las elecciones legislativas del martes. El presidente George W. Bush anunció su remoción en una conferencia de prensa en la que también anunció que Rumsfeld será sustituido por el ex director de la CIA Robert Gates. Los comicios legislativos, en los que los demócratas reconquistaron la mayoría en la Cámara de Representantes y podrían imponerse también en el Senado, fueron considerados como un referéndum sobre la política de gobierno, principalmente por la situación en Irak. A pesar de que el anuncio está hecho, Rumsfeld deberá esperar a vaciar su oficina hasta que el Senado apruebe el nombramiento de Gates.
La noticia se conoció por la tarde y dio la vuelta al mundo: Rumsfeld no seguiría al frente del Pentágono, donde pasó los últimos seis años. El cuestionado secretario de Defensa fue artífice de la invasión y la ocupación de Irak, y los demócratas habían pedido reiteradamente su cabeza por el empeoramiento de la situación en ese país. Incluso reclamaron un cambio de rumbo el martes por la noche, después de que se confirmó su control de la Cámara de Representantes. "Señor presidente, necesitamos una nueva dirección en Irak", reclamó la futura presidenta de la Cámara baja, Nancy Pelosi.
Bush dijo ayer que la salida de Rumsfeld del gobierno fue una decisión de mutuo acuerdo, y afirmó que se tomó el lunes, antes de las elecciones legislativas. "Ambos opinábamos que era necesaria una nueva cara al frente del Pentágono y de la guerra en Irak", dijo el mandatario, quien confirmó que el domingo pasado se reunió en su rancho de Crawford (Texas) con Gates. "Rumsfeld comprende que Irak no está funcionando suficientemente bien, suficientemente rápido", afirmó Bush. Pero a pesar de que el presidente asegura que la decisión fue tomada antes de conocer los resultados de las urnas, los analistas afirman que la caída de Rumsfeld es un reconocimiento de que los votantes penalizaron a los republicanos por la política en Irak y de que cambió el balance de poder en Washington.
Rumsfeld, de 74 años, casado y padre de dos hijas, fue nombrado secretario de Defensa por primera vez durante la presidencia de Gerald Ford, cuando tenía 43 años. Estuvo en el cargo entre 1975 y 1977. En el 2001 Bush le volvió a ofrecer el puesto, donde se mantuvo con el apoyo presidencial hasta ayer. "Servir a Estados Unidos a lo largo de estos seis años ha sido el mayor honor de mi vida", subrayó Rumsfeld en la conferencia de prensa conjunta con Bush y Gates. Además, agregó que la guerra en Irak "fue incomprendida".
Por su parte, Bush agradeció a Rumsfeld los servicios prestados, lo calificó de líder "sólido y firme" y aseguró que fue un secretario de Defensa "excelente durante un período de grandes cambios". "Se lo va a extrañar", aseguró Bush. A su vez, indicó que no había anunciado antes la dimisión de Rumsfeld ya que "no quería presentar públicamente una decisión de tanta envergadura en la etapa final de una campaña electoral". Sin embargo no se había expresado de igual manera la semana pasada, cuando en declaraciones a la prensa insistió en que tanto Rumsfeld como el vicepresidente, Dick Cheney, permanecerían en sus cargos hasta el final de su mandato, en enero del 2009. "He querido tomar la decisión correcta, sobre las personas, la estrategia y el lugar adecuado", se justificó ayer Bush. "Bob Gates brindará una perspectiva fresca y una buena capacidad de gestión."
Los pedidos de renuncia a Rumsfeld no provenían sólo de los demócratas, sino también de los militares. Justamente el lunes pasado un influyente grupo de publicaciones militares pidió la dimisión del secretario de Defensa. "Rumsfeld ha perdido la credibilidad ante los mandos militares, ante las tropas, ante el Congreso y ante el público. Su estrategia ha fracasado y su capacidad de liderazgo se encuentra debilitada", decía el editorial de las revistas Army Times, Navy Times, Marine Corps Times y Air Force Times, que pertenecen al grupo ‘Military Media Group', de propiedad privada. "Ha llegado el momento, señor presidente, de hacer frente a la dura verdad: Donald Rumsfeld debe marcharse", agregaba. La Casa Blanca salió a defender al jefe del Pentágono. El portavoz Tony Snow indicó que el artículo era un trabajo desastroso que daba la impresión falsa de que los militares están en contra de Rumsfeld, cuando realmente se trataba de la opinión de los responsables de esas revistas.
Pero los reclamos no eran nuevos. Pedidos similares se habían producido en abril del año pasado cuando varios generales retirados criticaron el estilo de Rumsfeld al frente del Pentágono y varias de sus decisiones en la conducción de la guerra en Irak, a la que Estados Unidos entró unilateral y preventivamente, tal como marca la llamada ‘doctrina Bush' que Rumsfeld diseñó junto a su segundo, Paul Wolfowitz, y al vicepresidente Dick Cheney.

9 de noviembre de 2006
©página 12
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muere antropólogo clifford geertz


[Matt Schudel] Veía a la antropología como una empresa creativa.
Washington, Estados Unidos. Clifford Geertz, cuyos creativos estudios de culturas de otros países, cambió los parámetros intelectuales de la antropología y otras ciencias sociales, murió el 30 de octubre en el Hospital de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia por complicaciones tras una operación al corazón. Tenía 80 años.
Era, desde 1970, catedrático residente del Institute for Advanced Study en Princeton, Nueva Jersey.
Aunque su primera ambición era ser novelista, Geertz, con su sofisticada prosa y vívidas descripciones de costumbres sociales en el extranjero, llevó al estudio de la antropología una sensibilidad distintamente literaria. En la Universidad de Chicago en los años sesenta, Geertz fue el líder del movimiento de la ‘antropología simbólica', que se apartaba de la idea de descansar en hechos rígidos y establecidos.
Veía la antropología más como una empresa creativa que como ciencia. Todo lo que podía hacer la antropología, pensaba, era entender los rituales, mitos, lengua y arte que gobiernan el día a día de las sociedades.
En su libro más influyente, ‘La interpretación de las culturas' [The Interpretation of Culture] (1973), Geertz describió la cultura como "un sistema de concepciones heredadas, expresadas en formas simbólicas mediante las cuales la gente se comunica, perpetua y desarrolla su conocimiento sobre la vida, y sus actitudes hacia ella".
Esta interpretación estética de la cultura se extendió a través de las diversas disciplinas, incluyendo la sociología, la ciencia política, la historia y la literatura. Los elaborados y alusivos informes de Geertz sobre otras culturas llegaron a definir un nuevo campo de estudio en la etnografía.
Optó deliberadamente por no exponer grandiosas teorías universales, prefiriendo en su lugar encontrar significación en observaciones a pequeña escala de interacciones humanas simples -lo que llamó ‘conocimiento local', que fue el título de uno de sus 17 libros.
A diferencia de la mayoría de los antropólogos de su época, Geertz no se concentró en grupos culturamente primitivos y aislados. En lugar de eso, estudió sociedades complejas, primero en Indonesia y luego en Marruecos, que habían conservado sus tradiciones durante siglos. En su libro de 1968, ‘Islam Observed', describió las influencias culturales del Islam en la economía, el comercio, la política y la estructura familiar.
Quizás es mejor conocido por su ensayo ‘Juego profundo: Nota sobre la riña de gallos en Bali [Deep Play: Notes on the Balinese Cockfight], que apareció en ‘La interpretación de las culturas'. Más que una descripción de una pelea de gallos y las apuestas que la acompañana, ‘Juego profundo' fue una amplia y profunda interpretación metafórica de cómo la gente de Bali se veía a sí misma en relación con la violencia, la condición social, la moral y las creencias.
"Toda la gente, dice el proverbio, practica su propia forma de violencia", escribió Geertz. "Las peleas de gallo son una reflexión balinesa sobre la suya: el modo como se ve, sus costumbres, su fortaleza, su fascinación".
Clifford James Geertz nació el 23 de agosto de 1926 en San Francisco y sirvió en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial. Se graduó del Antioch College en Ohio con una maestría en inglés en 1950, luego estudió en la Universidad de Harvard, donde recibió un doctorado en antropología en 1956.
En sus primeros trabajos en los años cincuenta en Harvard y UC Berkeley, Geertz empezó a tomar prestado elementos del estudio de la literatura, filosofía e historia. Para cuando se incorporó a la Universidad de Chicago, donde estuvo de 1960 a 1970, ya no consideraba la antrología como una ciencia cuantificable y objetiva. Sus ideas han sido asociadas a la noción del relativismo cultural, que ha sido un punto de debate recientes sobre la dirección que deben tomar las universidades del país.
Su matrimonio con Hildred Storey terminó en divorcio.
Le sobreviven su esposa de los últimos 19 años, Karen Blu, de Princeton; dos hijos de su primer matrimonio, y dos nietos.

7 de noviembre de 2006
©los angeles times
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desertó tras acoso sexual en iraq


[Donna St. George] Soldado que sufrió abusos y acoso en Iraq desertó del ejército porque no podía soportar la situación
Eugene, Oregon, Estados Unidos. Suzanne Swift recuerda que estaba en la salita de la casa de su madre, a unas horas de su segundo despliegue en Iraq. Sus pertrechos ya habían sido embarcados. Tenía las llaves del coche en su mano, lista para dirigirse a la base. Repentinamente se volvió hacia su madre.
"No puedo hacer esto", recuerda que le dijo. "No puedo ir".
De repente, dijo, no pudo soportar la idea de pasar otro año como el primero. Fue acosada sexualmente por un superior, dijo, y obligada a tener relaciones sexuales con otro.
"No quería que me volviera a pasar eso", dijo en una entrevista.
Ahora, Swift, especialista del ejército de 22 años, se está preparando para una posible corte marcial. Detenida en junio por ausentarse sin permiso, contó en detalle tres presuntos delitos sexuales a oficiales del ejército, los que empezaron una investigación. Uno de los incidentes ha sido corroborado y el hechor, castigado. Pero el 15 de septiembre, el ejército resolvió que los otros dos incidentes no pudieron ser verificados. Pronto decidirá si tomar o no medidas disciplinarias contra Swift por su ausencia de cinco meses, dijo el portavoz Joe Hitt.
Si es condenada por deserción, Swift podría ser enviada a la cárcel y ser licenciada deshonrosamente.

Activistas Asumen Su Defensa
El caso de Swift ha galvanizado a los activistas antibélicos y a las organizaciones de mujeres, que han empezado una campaña de petición y montado manifestaciones cerca de su base en Ft. Lewis, en las afueras de Tacoma, Washington. Con más de 130 mujeres desplegadas desde 2001, su caso plantea incómodas preguntas sobre cómo se dan las relaciones entre los sexos en las fuerzas armadas.
El caso se ha visto complicado por el contexto de la guerra y el hecho de que Swift no presentó ninguna queja formal sobre los dos primeros incidentes en los momentos en que ocurrieron. (La investigación del ejército estableció que se había quejado en privado).
Muchas soldados veteranas dicen que su caso puede ser un ejemplo de una cruda constatación de la vida militar: que los delitos sexuales no son denunciados, que las mujeres jóvenes y abajo en la jerarquía son especialmente vulnerables y que las perjudicadas corren el riesgo de ser tratadas con hostilidad si denuncian los hechos.

Enviada a Kuwait y a Iraq
Swift tenía 19 años, y era uno de los miembros con menos experiencia en su unidad, cuando fue enviada a Kuwait en febrero de 2004. Seis semanas antes había terminado su período de adiestramiento básico y la formación como policía militar y ahora formaba parte de la Compañía de Policía Militar 66.
En Kuwait, dijo, un sargento de su sección que se había comportado amistosamente con ella, la paró cuando iba en camino de las duchas y le preguntó francamente: "Swift, ¿cómo es que tienes cara de querer acostarte conmigo?"
Asombrada, dijo que replicó: "Estás malo de la cabeza".
Al día siguiente, cuando iban en un convoy, él volvió a insistir, dijo.
"No, tío, no", le dijo varias veces.
Dijo que había informado del incidente a un soldado nombrado para tratar las quejas sobre la igualdad de oportunidades. Parecía comprensivo, y le dijo que se lo comunicaría a un capitán, dijo ella. Pero nada ocurrió.
Pronto su unidad fue enviada a Iraq, donde su sección de treinta miembros, con otras tres mujeres, fue acuartelada en Camp Lima, en Karbala, al sudoeste de Bagdad.
Una noche, junto a un todoterrenos en Camp Lima, su jefe de grupo la agarró y besó. "Yo no quería acostarme con él", dijo. "No me gustaba". Pero dijo que tuvo miedo de que tomara represalias si ella se negaba. Cuando después de algunos meses terminó la relación, dijo, el sargento tomó represalias. Dice que la obligó a hacer ejercicios a las cuatro de la mañana y a cargar con un reloj de pared colgando del cuello y a formarse casa hora con todos sus pertrechos.
Uno de sus confidentes más cercanos era el ex sargento Zach Thompson, el jefe de su equipo, que se había enterado del castigo con el reloj por otros soldados.
"No hay un soldado mejor que ella", dijo al referirse a Swift. A diferencia de algunos de los soldados rasos novatos, Swift no fallaba, dijo. Era "realmente inteligente y entendía todo fácilmente".
"Mientras estuvimos en Iraq, nunca me contó que estaba siendo acosada o abusada", dijo. Si lo hubiese sabido, dijo Thompson, "le habría dicho que presentara una queja formal". Agregó: "Nunca me ha mentido, así que si ella me lo hubiese dicho, la habría creído".
Aunque Swift no presentó una queja, sí confió en su madre durante llamadas telefónicas. Su madre, Sara Rich, dijo que se preocupó tanto que finalmente llamó a su representante, el diputado Peter DeFazio (demócrata de Oregon).
Un portavoz de DeFazio dijo que los archivos de la oficina mostraban que Rich había telefoneado, pero le dijeron que no la podían ayudar a menos que Swift firmara una declaración de exención de responsabilidad. Swift se negó a firmarla, recordándole a su madre que todavía estaba bajo las órdenes del sargento en Iraq.
Aunque oficiales del ejército dijeron que las acusaciones de Swift "no pudieron ser verificadas" después de una investigación que incluyó entrevistas con 23 soldados, sí dijeron que la investigación reveló que ella había denunciado incidentes con dos individuos a un suboficial, que dijo que la apoyaría si ella seguía adelante.
Cuando ella se negó a presentar cargos formales, él "la asesoró en cuanto a cómo enfrentarse personalmente a la situación", lo que, dijo el ejército, "puso fin a lo que creía que eran conductas inapropiadas de dos individuos".
El sargento acusado con el que tuvo relaciones sexuales ya no pertenece al ejército.
Las acusaciones de Swift también incluyen un incidente ocurrido después de su retorno a casa.
Cuando estaba en Ft. Lewis, dijo Swift, otro sargento en su cadena de mando le hizo comentarios lascivos. Un día, cuando ella le preguntó donde presentarse para el servicio, él le dijo: "En mi cama, desnuda".
Swift declaró que más tarde, y frente a otros soldados, él le pidió sexo y ella le dijo que se callara, usando un improperio. La mandó a hacer flexiones. Ella lo denunció ante el suboficial de igualdad de oportunidades.
El sargento recibió una carta de amonestación y fue reasignado a otra unidad. En el comunicado de prensa del ejército sobre su caso, los oficiales observaron lo bien que funcionó el proceso de quejas en el caso del incidente de Ft. Lewis.
Ocho meses después de su regreso de Iraq, Swift se enteró de su segundo despliegue en enero. Después de tomar la decisión de no ir, su madre le dijo que viera a un psicólogo, que le diagnosticó un trastorno de estrés post-traumática relacionado con los abusos sexuales.(Swift dijo que más tarde el ejército le dijo que, basándose en su propia evaluación, ella mostraba síntomas del trastorno de estrés, pero no sufría de un trastorno completamente desarrollado).
Su madre también contrató a un abogado, que tomó contacto con Ft. Lewis para tratar de conseguir su licenciamiento. Pero el ejército dijo que no negociaba con desertores, según dijo la madre de Swift. En junio, el departamento de policía de Eugene llamó a la puerta de la casa de la madre de Swift, y Swift fue arrestada en la salita.

24 de septiembre de 2006
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espías persiguen a niña de 14


Servicio secreto interroga a adolescente de Sacramento por las amenazas que escribió contra Bush en MySpace.
Sacramento, California, Estados Unidos. Disgustada por la guerra de Iraq, durante la primavera pasada Julia Wilson ventiló sus frustraciones contra el presidente Bush en su página web en MySpace.com
Subió una fotografía del presidente, garabateó encima ‘Matad a Bush' y dibujó un puñal clavado en su mano estirada. Más tarde remplazó su página de la red social tras enterarse en su clase de historia de octavo de que esas amenazas constituían un delito federal.
Era demasiado tarde.
Las autoridades federales descubrieron la página y colocaron a Wilson en una lista de vigilancia. Finalmente se acercaron a ella esta semana en su clase de biología molecular.
La chica de catorce años fue sacada de clases el miércoles e interrogada durante quince minutos por dos agentes del Servicio Secreto. El incidente ha irritado a sus padres, que dijeron que los agentes deberían haberles invitados al interrogatorio de su hija.
El viernes la adolescente dijo que el interrogatorio de los agentes la hizo llorar.
"Yo no soy peligrosa. Quiero decir, no tienes más que mirar mi mochila: hay un corazón ahí. Yo soy una persona amante de la paz", dijo Wilson, que se describe a sí misma como políticamente apasionada. "Estoy contra la guerra de Iraq. Pero no voy a matar al presidente".
Su madre, Kirstie Wilson, dijo que dos agentes llegaron a su casa el miércoles por la tarde, la interrogaron y prometieron volver una vez que su hija regresara de la escuela.
Tras marcharse, Kirstie Wilson envió un mensaje de texto al celular de su hija diciéndole que volviera a casa inmediatamente: "Hay aquí dos hombres del servicio secreto que quieren hablar contigo. Aparentemente has amenazado de muerte al presidente Bush".
"¿Estás hablando en serio? ¿Estoy en problemas?", respondió su hija.
Momentos más tarde, Kirstie Wilson recibió otro mensaje de texto de su hija diciéndole que los agentes la habían sacado de clases.
Julia Wilson dijo que los agentes la amenazaron diciéndole que podían enviarla a una correccional de menores por hacer esas amenazas.
"Me gritaron un montón", dijo. "Fueron innecesariamente violentos".
Portavoces del Servicio Secreto en Sacramento y Washington D.C. dijeron que no harían comentarios sobre el caso.
Wilson y sus padres dijeron que los agentes tenían motivos para interrogarla sobre su publicación en MySpace.com Pero dijeron que creían que los agentes fueron demasiado lejos al no esperar que saliera de la escuela.
También dijeron que los agentes deberían haber descubierto más rápidamente que no se estaban enfrentando a un peligro real. Finalmente, los agentes dijeron a la adolescente que borrarían su expediente.
El subdirector Paul Belluomini dijo que los agentes le dieron la impresión de que la madre de la niña sabía que ellos querían interrogar a su hija en la escuela. No existe una disposición legal de que los padres sean notificados.
"Este ha sido un problema permanente", dijo Ann Brick, una abogado de la Unión Americana de Libertades Cívicas de San Francisco.
Los antiguos gobernadores Pete Wilson y Gray Davis censuraron los proyectos que habrían exigido que los padres consintieran o estuvieran presentes cuando sus hijos fueran interrogados en la escuela por agentes de policía. Un proyecto de ley similar este año fue aprobado por el senado, pero murió en el congreso.
Julia Wilson piensa publicar una nueva página en MySpace.com, esta vez dedicada a organizar a otros estudiantes para protestar contra la guerra de Iraq.
"Lo decidí hoy porque creo que fueron demasiado lejos con el interrogatorio", dijo.

14 de octubre de 2006
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farsa de justicia


Las nuevas leyes de Bush son una subversión de lo que consideramos justicia.
Cuando el presidente Bush impuso el proyecto de ley sobre las comisiones militares en el congreso, los republicanos alardearon sobre la creación de un proceso que sería duro con los terroristas, pero mantendría los principios básicos de la justicia. "Estados Unidos puede enorgullecerse", dijo el senador Lindsey Graham, uno de los arquitectos del proyecto de ley.
Lamentablemente, Graham estaba equivocado. Uno de los muchos problemas de la nueva ley es que sólo hará todavía más difícil distinguir a los verdaderos terroristas del grupo más numeroso de reclusos en Bahía Guantánamo que eran actores secundarios en las filas de los talibanes o transeúntes inocentes. Graham y otros partidarios de esta espantosa ley parecen haber olvidado que la justicia estadounidense no se limita a castigar velozmente a los culpables. También protege a los inocentes.
Bush ignoró ese hecho después del 11 de septiembre de 2001, cuando trató de colocar a los prisioneros de la guerra contra el terrorismo más allá del alcance de la ley estadounidense y de las Convenciones de Ginebra. Para empezar, eliminó una de las disposiciones esenciales de las convenciones: que los prisioneros deben ser investigados por un "tribunal competente" cuando haya dudas sobre quiénes son y qué rol desempeñaron en las hostilidades. Como resultado, cientos de hombres capturados en Afganistán y otros países fueron enviados a Bahía Guantánamo y otras prisiones, incluyendo la red de campos de detención ilegales de la CIA, sin ningún intento de determinar si eran o no combatientes de algún tipo, legales o ilegales.
El gobierno de Bush no mostró ni el menor interés en resolver este problema hasta que la Corte Suprema declaró en el caso de Hamdi v. Rumsfeld que el presidente no puede simplemente encerrar a alguien -incluso a un ciudadano extranjero- sin darle una oportunidad real de impugnar su detención ante una "instancia neutral".
En respuesta, Bush creó los Tribunales de Revisión de la Condición de Combatiente, que hicieron unas revisiones sumarísimas de los detenidos de Guantánamo. Esas revisiones se hicieron años después de la detención de los reclusos. Permitieron el uso de pruebas indirectas, de evidencias obtenidas mediante apremios ilegítimos e incluso torturas, y de evidencias mantenidas en secreto ante los prisioneros. La demostración de culpabilidad fue invertida: los tribunales suponen que los prisioneros fueron detenidos por algún motivo justificado y son ellos los que deben demostrar que las evidencias del gobierno son incorrectas -en caso de que supieran cuáles eran esas evidencias.
La nueva ley refuerza esta farsa de ley. La Ley de Comisiones Militares de 2006 hace prácticamente imposible impugnar la decisión de los tribunales sobre el status. Prohíbe el recurso de habeas corpus -el antiguo derecho de los prisioneros en las sociedades justas que permitía que sus detenciones fueran investigadas- y los casos basados directa o indirectamente en las Convenciones de Ginebra. Incluso si una apelación llega a ser vista por una corte de apelaciones, el gobierno muy probablemente alegaría que no podría ser vista sin poner en peligro sus secretos, como ha hecho repetidamente.
La nueva ley extiende peligrosamente la definición de combatientes enemigos ilegales y permite a Bush -y al ministro de Defensa- otorgar a cualquiera que decidan la autoridad para declarar como combatiente ilegal a un detenido. También permite a Bush encarcelar a detenidos en campos secretos de la CIA donde no se aplica ninguna regla.
Bush quiere que los estadounidenses confíen en que él aplicará esas atribuciones solamente a hombres verdaderamente peligrosos. Incluso si nuestro sistema se basara en ese tipo de poder personal y no en el imperio de la ley, sería difícil confiar en el juicio de un presidente y de un gobierno con antecedentes tan deficientes. Estados Unidos tiene que reconocer todavía que secuestró a un ciudadano canadiense inocente y lo envió para ser torturado en una cárcel siria. En otro caso, un ciudadano alemán ha acusado a Estados Unidos de secuestrarlo en las calles de Macedonia, sedarlo y enviarlo a Afganistán, donde fue tratado brutalmente. Luego está el caso de Londres que contó que fue secuestrado por agentes estadounidenses y salvajemente torturado por agentes marroquíes hasta que confesó haber conspirado con José Padilla para hacer explotar una ‘bomba sucia'. Padilla no fue nunca acusado de ese delito. El etíope todavía está en Bahía Guantánamo.
Los republicanos que apoyan la nueva ley dicen que sólo afecta a extranjeros. Pero los estadounidenses no han creído nunca que los derechos humanos sean sólo para los norteamericanos. Nuestro país se escandaliza cuando un gobierno autoritario encarcela a un estadounidense o a uno de sus propios ciudadanos, con acusaciones fabricadas, para ser juzgados por tribunales falsos. Ciertamente no es el modelo que queremos que sigan las cárceles de nuestro país.

15 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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estado de negación


[Bob Woodward] Fragmento del libro de Bob Woodward sobre Iraq ‘Estado de negación'. "Hazlo bien esta vez," dijo Cheney a Rumsfeld.
Fue decisión de Bush, pero Rumsfeld fue el que guió la dinámica de los hechos en Iraq. ¿Cómo es que el Secretario de Defensa echó a perder las cosas? Fragmentos del libro ‘Estado de negación', publicado en exclusiva por Newsweek hoy 9 de octubre del 2006.
Una película sobre la presidencia de George W. Bush pudiera comenzar en la Oficina Oval, el 26 de enero del 2001, cuando Donald Rumsfeld prestó juramento como Secretario de Defensa. Un fotógrafo de la Casa Blanca captó la escena. Rumsfeld usaba un traje oscuro de rayas y su mano descansaba sobre una Biblia que sostenía Joyce, su esposa de 46 años de edad. Su brazo derecho estaba levantado. Bush estaba parado casi en atención, con su cabeza inclinada hacia delante y sus ojos estaban ladeados hacia la izquierda, observando atentamente a Rumsfeld. El vicepresidente Dick Cheney estaba ligeramente desplazado hacia un lado, con su sonrisa característica en el rostro. Era un día seco y frío y las ramas de los árboles desprovistos de frutos se podían ver a través de las ventanas de la Oficina Oval.
Ya en el pasado, durante los días de la presidencia de Ford, a raíz de los sucesos del Watergate —el perdón de Nixon, la caída de Saigón— Cheney y Rumsfeld habían trabajado casi a diario en la misma Oficina Oval, donde una vez más estaban parados. El nuevo en la fotografía era Bush, cinco años más joven que Cheney y 14 más joven que Rumsfeld, quien había sido estudiante en Harvard Business School. Bush asumió la presidencia con menos experiencia y tiempo en el gobierno que cualquier otro presidente entrante desde la época de Woodrow Wilson, en 1913.
Ya bien adentrado en su séptimo decenio de vida, muchos coetáneos y amigos de Rumsfeld se habían retirado; sin embargo, ahora él estaba lleno de entusiasmo en la cúspide de su vida, listo para entrar de nuevo en la carrera.
Se parecía al personaje protagonista de las novelas de ficción del escritor John Le Carré, George Smiley, quien representaba al jefe de los servicios de inteligencia británicos durante la Guerra Fría y era un hombre de edad avanzada al que se le "había dado la oportunidad de regresar a las contiendas ya terminadas de su vida para volver a luchar en ellas."
"Hazlo bien esta vez," dijo Cheney a Rumsfeld.
En su primer periodo de servicio en el Pentágono, como Secretario de Defensa del gobierno de Ford, de 1975 a 1977, Rumsfeld ya había adquirido cierto desdén hacia una parte importante del sistema que debía supervisar una vez más. Se había dado cuenta de que el Pentágono y la mayor parte del complejo militar estadounidense eran inmanejables. Una noche, en una cena que tuvimos en mi casa, doce años después de su salida del Pentágono por primera vez, Rumsfeld dijo que haber sido secretario era "como tener un equipo electrodoméstico en una mano y el enchufe de la corriente en la otra y andar corriendo y buscando un lugar para conectarlo." Fue una imagen que me quedó grabada, la de Rumsfeld cargando con aquello por toda la sección E del Pentágono: el hombre con el efecto electrodoméstico, buscando un tomacorriente difícil de encontrar, tratando de hacer que las cosas funcionaran y sintiéndose desconectado de los generales y almirantes.
"Después de dos meses en el trabajo, es evidente que los miembros de la cúpula dentro del Departamento de Defensa están enredados con la cadena de su ancla," escribió Rumsfeld en un memorando de cuatro páginas el 21 de marzo del 2001, dos meses después de comenzar en su cargo. Ya estaba frustrado. El Congreso exigía cientos de informes. Parecía que iba a haber más auditores, investigadores, grupos de prueba e inspectores vigilando que "soldados en la línea del frente con armas".
El laberinto de limitaciones del Departamento de Defensa lo obliga a funcionar de una manera tan lenta, tan parsimoniosa y tan ineficiente que cualquier acción que termine realizando se hará inevitablemente con alrededor de diez años de tardanza".
Este memorando sobre la ‘cadena del ancla', que Rumsfeld revisó y adjuntó, se hizo famoso entre los miembros del equipo de trabajo de Rumsfeld siempre que lo observaban e intentaban ayudarlo a definir el universo de sus problemas. Parecía como si ya él casi se hubiera dado por vencido en su intento por organizar el Pentágono durante la presidencia de George W. Bush. La tarea era muy difícil, y tardaría tanto, escribió en una versión posterior, que "nuestra misión es, por tanto, trabajar juntos para afilar la espada que empuñará el próximo presidente."
Durante los primeros meses en su puesto en el año 2001, Rumsfeld insistía diciendo: "Yo soy el Secretario de Defensa. Yo estoy en la línea de mando." Él —y no los generales ni los jefes del estado mayor general conjunto— sería el que tendría relaciones con la Casa Blanca y con el presidente para abordar los asuntos operativos. Rumsfeld dirigía en detalle el quehacer diario del Pentágono y no tenía la menor consideración con las personas. Durante un enfrentamiento público en una audiencia del Senado con la Senadora Susan Collins, la ferviente republicana por el estado de Maine, Rumsfeld la humilló de tal forma que resultó apabullante incluso para él. La voz de Collins había temblado en un momento. Posteriormente, Powell A. Moore, subsecretario de defensa para asuntos legislativos, le sugirió a Rumsfeld que la llamara para tratar de suavizar la situación."
"Al diablo," dijo Rumsfeld, "ella es la que tiene que pedirme disculpas".
En una ocasión, Rumsfeld encabezó una delegación del Congreso al funeral en Columbia, Carolina del Sur, del Representante Floyd Spence, un republicano que había sido un halcón defensor del Pentágono durante tres decenios. Moore había dispuesto los asientos en el avión de Rumsfeld de la misma forma en que se hace en el Congreso, de acuerdo con el nivel de antigüedad.
"No lo quiero así," señaló Rumsfeld, y personalmente reorganizó la disposición de los asientos, ubicando en el fondo al representante republicano de California, Duncan Hunter, quien pronto sería el presidente del Comité de los Servicios Armados de la Cámara.
El 20 de enero del 2003, el presidente Bush firmó la Directiva Presidencial de Seguridad Nacional, NSPD-24, que tenía un carácter secreto. El tema era: el establecimiento de una ‘Oficina de Planificación para la posguerra en Iraq' dentro del Departamento de Defensa, para la esperada invasión a Iraq. Rumsfeld seleccionó a Jay Gamer, un general de tres estrellas retirado de 64 años de edad y ejecutivo de la industria militar, para que se encargara de esa oficina para asuntos de la posguerra. Seis semanas después, Garner fue a la Casa Blanca, el viernes 28 de febrero del 2003, a media mañana, a fin de reunirse con el presidente Bush por primera vez. En la Sala de Situación, Garner distribuyó las copias de sus notas, una presentación que incluía 11 puntos y se metió de lleno en el asunto.
Expresó que cuatro de las nueve tareas que su pequeño equipo debía realizar en Iraq, en virtud de la Directiva NSPD-24 de Bush, estaban claramente más allá de sus posibilidades; entre ellas se encontraban el desmantelamiento de las armas de destrucción en masa, la derrota de los terroristas, la reorganización del ejército iraquí y la reestructuración de las demás instituciones de seguridad interna en Iraq.
El Presidente asintió con la cabeza. Nadie más intervino, a pesar de que Garner les acababa de decir que él no podía ser responsable de las tareas decisivas que habría que emprender tras la guerra —sobre todo aquellas tareas que más tenían relación con las razones declaradas para ir a la guerra en primer lugar— porque su equipo no podía emprenderlas.
La trascendencia de lo que acababa de afirmar parecía arremeter contra las mentes de todos los participantes.
Posteriormente, Garner describió la forma en que él pensaba dividir el país en grupos regionales, y continuó hablando de los planes interinstitucionales.
"Un momento", interrumpió el Presidente. "¿De dónde tú eres?"
"De la Florida, señor".
"¿Por qué hablas de esa manera?" preguntó, aparentemente intentando ubicar la procedencia del acento de Garner.
"Porque yo nací y me crié en un rancho en la Florida. Mi papá era ranchero."
"Ya estás en el equipo", señaló con aprobación el primer ranchero. Su hermano Jeb era el gobernador del estado, y el Presidente lo visitaba con regularidad.
Uno de los puntos de la presentación de Garner era: "el uso del ejército regular iraquí en la posguerra", e indicó: "Vamos a utilizar el ejército. Necesitamos utilizarlo. Cuenta con las habilidades necesarias".
¿Cuántos miembros tendría el ejército?, preguntó alguien.
"Voy a darles un amplio margen", respondió Garner. "Será entre 200.000 y 300.000 soldados".
Garner miró a su alrededor en la habitación. Todas las cabezas hacían un movimiento de norte a sur. Nadie se opuso. Nadie preguntó sobre el plan.
"Muchas gracias", dijo Bush cuando Garner concluyó. La asesora para temas de Seguridad Nacional Condoleezza Rice comenzó a hablar sobre otro tema, por tanto Garner entendió que podía retirarse. Mientras salía de la habitación, el Presidente atrajo su atención.
"Dales duro en el trasero, Jay", dijo Bush.
Garner esperó a Rumsfeld afuera. Pronto, Bush y Rice salieron de la habitación y caminaron tres o cuatro pasos después de pasar junto a Garner. De repente, Bush regresó.
"Oye, si tienes algún problema con ese gobernador en la Florida, solo házmelo saber", dijo Bush.

Poco tiempo después de la invasión, cuando Garner estaba en Kuwait, esperando para entrar a Iraq, Rumsfeld seleccionó a L. Paul ‘Jerry' Bremer,
un experto en materia de terrorismo de 61 años de edad y protegido de Henry Kissinger, para que sustituyera con eficacia a Garner, pero en calidad de enviado del Presidente. Durante su primer día de estancia en Iraq, el 22 de abril, Garner firmó un acuerdo para establecer un grupo asesor interino iraquí, que estuviera integrado por destacados kurdos, chiitas y sunitas, muchos de ellos expatriados, a fin de tener una representación iraquí en el gobierno de ocupación de la posguerra. Dos días después, Rumsfeld llamó para decirle que Bremer iba para allá y que él quería que Garner se quedara también en Iraq.
"Eso no funciona así", señaló Garner. "No puedes tener al tipo que estuvo a cargo y al tipo que está a cargo ahora, porque divides a las personas y afectas su lealtad. Por tanto, lo mejor que yo puedo hacer es irme de aquí".
Rumsfeld convenció a Garner para que se quedara temporalmente, y el general retirado y Bremer entraron en conflicto, cuando este último reveló un plan que prohibía que unos 50 000 miembros del Partido Baath, de Saddam Hussein, trabajaran para el gobierno.
"Al diablo", dijo Garner, "no podrás dirigir nada si vas tan lejos".
Al día siguiente, Bremer reveló un segundo proyecto de orden, la disolución de los ministerios de Defensa y del Interior de Iraq, de todo el ejército iraquí y de todas las organizaciones paramilitares especiales y los guardaespaldas de Saddam. Garner quedó perplejo. La orden de eliminar el Partido Baath era absurda, y eso sería un desastre.
"Siempre hemos hecho planes para que el ejército vuelva a ocupar sus labores", insistió Garner. Este nuevo plan salía de la nada para subvertir meses de trabajo.
"Bien, los planes han cambiado", respondió Bremer.
Entonces Bremer se reunió con el grupo asesor iraquí con el que Garner había acordado trabajar. "Una cosa de la que tienen que darse cuenta es que ustedes no son el gobierno", les dijo. "El gobierno somos nosotros y somos los que estamos a cargo".
Al día siguiente los miembros del grupo regresaron a sus lugares de origen.
Garner regresó a Estados Unidos en junio y básicamente se escondió durante unas semanas, sin querer ver a nadie en el Pentágono ni conversar sobre su experiencia en Iraq. Por último, el 18 de junio del 2003, sentado solo con Rumsfeld, alrededor de la pequeña mesa en el despacho del secretario, Garner sintió que era su obligación plantear la profundidad de sus preocupaciones.
"Hemos tomado tres decisiones trágicas", indicó Garner.
"¿En serio?", respondió Rumsfeld.
"Tres terribles errores", afirmó Garner. Se refirió a la eliminación del Partido Baath, la disolución del ejército y la expulsión sumarísima del grupo de dirección iraquí. El desmantelamiento del ejército había sido el mayor error. Ahora había cientos de miles de iraquíes armados, desempleados y desorganizados, diseminados por todas partes. Garner planteó una última cuestión. "Aún hay tiempo para rectificar. Aún hay tiempo para arreglarlo".
Rumsfeld observó a Garner por un momento con una mirada fija, como la de quien da la orden de no tener prisioneros. "Bueno", dijo Rumsfeld, "No creo que haya nada que podamos hacer, porque ya estamos donde tenemos que estar".
Rumsfeld y Garner fueron a la Casa Blanca a ver a Bush. Era la segunda ocasión en que Garner se reunía con el Presidente. "Señor Presidente, permítame contarle un par de anécdotas", expresó Garner. Describió las reuniones con los iraquíes y brindó una imagen positiva de estas. "Yo estoy listo para partir", afirmó Garner, "y es cierto, a mi salida todos estaban contentos y ahora dirían, `que Dios bendiga al señor George Bush y al señor Tony Blair. Gracias por sacar a Saddam Hussein del poder'. Eso lo expresaron en 70 reuniones. Esa era siempre la última respuesta".
"Oh, eso es bueno", afirmó Bush.
En su camino de salida, Bush da unas palmaditas en el hombro de Garner. "Oye, Jay, ¿quieres ir a Irán?"
"Señor, ya los chicos y yo hablamos sobre el tema y queremos esperar para ir a Cuba. Pensamos que el ron y los tabacos son mejores. Las mujeres son más bellas."
Bush sonrió. "Acertaste. Tienes a Cuba".
Por supuesto, con todas las historias, la jocosidad, la conversación entre compinches, las bravuconerías y la confianza en la Oficina Oval, Garner no había hecho referencia a su noticia de primera plana. No había mencionado los problemas que había visto, ni siquiera los abordó someramente. No le contó a Bush sobre los tres errores trágicos. Una vez más el halo que rodeaba al Presidente había hecho que se omitieran las noticias más importantes: las malas noticias.
Ese fue solo un ejemplo de uno de los visitantes que fueron a la Oficina Oval y no le contaron al Presidente toda la historia ni la verdad. Asimismo, en esos momentos, en los que Bush tuvo a alguien que venía del terreno, sentado a su lado, Bush no presionó, no intentó abrir él mismo la puerta y preguntarle al visitante lo que había visto o lo que pensaba. Toda la atmósfera de la reunión era a menudo muy similar a la que se vive en una corte real, con la asistencia de Cheney y Rice, algunas anécdotas optimistas, buenas noticias exageradas y todos pasaban un buen rato.
Muy pronto Rumsfeld se distanció de Bremer, quien debía informarle al Presidente por conducto del Secretario de Defensa. Más tarde, Rumsfeld me confirmó en una entrevista que Bremer solo le había informado "de manera técnica pero no real".
"No me llamaba mucho", decía Rumsfeld sobre Bremer.
Rumsfeld también se alejó de la cacería en busca de las supuestas armas de destrucción en masa de Saddam. El director de la CIA, George Tenet, le propuso a Rumsfeld que la persona encargada de la cacería en busca de las armas de destrucción en masa les debía informar a ellos dos.
"Por supuesto que no", dijo Rumsfeld.
Después de la reelección de Bush en noviembre del 2004, la mayor interrogante en la Casa Blanca era Rumsfeld. ¿Acaso debe quedarse? El jefe del gabinete en la Casa Blanca, Andrew H. Card, hijo, tuvo que abordar el tema con delicadeza. La voz que más pedía el cambio era la del saliente Secretario de Estado, Colin Powell. En una conversación, Colin había dicho a Card: "Si yo salgo, Don debe salir también". Bush había decidido sustituir a Powell por Rice, pero no estaba bien claro a quién él quería al frente del Departamento de Defensa.
Card extrajo su cuaderno de notas de espiral con hojas de 8 por 11, de media pulgada de grueso y con una carátula azul. En páginas separadas, tenía listas de posibles sustituciones para todos los puestos importantes del gobierno, incluido el suyo. Los nombres estaban enumerados sin un orden en particular. Card guardaba el cuaderno en su escritorio en la Casa Blanca y con frecuencia añadía o eliminaba nombres. Había utilizado un cuaderno escolar a propósito, él mismo lo había comprado, para que no fuera considerado un documento del gobierno o un archivo presidencial que tendría que abrirse algún día para conocer la historia. Era privado y personal.
Su lista de 11 posibles sustitutos para Rumsfeld incluía al senador demócrata de Connecticut, Joe Lieberman, quien había sido el compañero de campaña de Al Gore en el año 2000, y al senador republicano de Arizona, John McCain.
Sin embargo, a Card se le ocurrió lo que él consideró como una brillante idea: un candidato inesperado. El mejor sustituto de Rumsfeld sería James A. Baker III. "Todo el mundo diría, `¡Uf!'", pensó Card. "Ninguna curva de aprendizaje. Magnífico. Interesante." Baker tenía 74 años de edad, solo dos años mayor que Rumsfeld. Había prestado sus servicios como infante de marina. Había sido el mejor jefe de gabinete de la Casa Blanca en los últimos tiempos, pensó Card. Se había ocupado con éxito del segundo conteo de los votos en la Florida en el año 2000 para la reelección de Bush. Señor Presidente, este es un consejo sosegado que le doy, indicó Card. Ponga a un diplomático al frente del Departamento de Defensa.
El Presidente parecía sinceramente intrigado. No tiene que apurarse para tomar una decisión, le aconsejó Card. Sin embargo, el Presidente ni siquiera autorizó a Card para que enviara a alguien a tantear el terreno o que conversara con Baker.
Card conversó con Rumsfeld, que habló como si él supusiera que no iba a haber ningún cambio. Rumsfeld quería permanecer en su puesto.
Muy pronto intervino Kart Rove. Se acercaba una sesión polémica en el Congreso. Consideraba que los demócratas no estaban de buen humor como para estar en paz y armonía. Con la audiencia para la confirmación de Rice, con el esperado nombramiento para fiscal general del asesor de la Casa Blanca, Alberto González, ¿acaso otra confirmación del Senado agobiaría de trabajo al sistema? Evidente, el resultado de la guerra en Iraq sería el tema a tratar en las audiencias de confirmación para cualquier persona que Bush nombrara como nuevo Secretario de Defensa.
Rove estaba de acuerdo con que no deseaban hacer nada que provocara la realización de audiencias sobre la guerra. ¡Por Dios, no!
A mediados de diciembre, el Presidente tomo su última decisión. Rumsfeld seguiría en su cargo, le indicó a Cheney y a Card que no cambiaría a Rumsfeld.
"Ello no significaba que él no quería que eso ocurriera," afirmo Card posteriormente.
Card intentaba tener un encuentro privado y sincero con la primera dama, Laura Bush, cada seis semanas para escuchar sus preocupaciones. Reservaba una hora y media para cada reunión. A veces, solo duraban 30 minutos, otras veces una hora y media y en ocasiones hasta dos horas.
La primera dama estaba angustiada por la guerra, preocupada porque Rumsfeld estaba lastimando a su esposo y, al parecer, sus puntos de vista reflejaban también las preocupaciones de Rice por el estilo autoritario de Rumsfeld y su tendencia a ser dominante. Card sabía que la primera dama y Rice realizaban largas caminatas juntas a menudo durante los fines de semana en Camp David.
"Coincido con usted," señaló Card. Por una parte, él trataba de enseñarla y explicarle, pero al mismo tiempo cabildeaba. Entonces, le esbozaba sus problemas con Rumsfeld y decía que él pensaba que era hora de realizar un cambio. Sin embargo, afirmaba que hasta ese momento sus consejos sobre la situación de Rumsfeld habían sido analizados y rechazados.
"Él está contento con esto," afirmó la primera dama, "pero yo no lo estoy." En otra ocasión, ella expresó: "No sé por qué él no está enojado con esta situación."
Mientras tanto, la nueva Secretaria de Estado, Rice, contrataba a Philip Zelikow, un viejo amigo, como asesor jurídico en el Departamento de Estado, un cargo de alto nivel y mucho poder pero poco conocido, que le daría libertad para asumir tareas especiales que ella le orientaba, y muy pronto Rice lo envió para Iraq junto a un pequeño equipo de trabajo. El 10 de febrero, durante el décimo cuarto día de Rice en el cargo, Zelikow presentó a Rice un memorando de 15 páginas, escrito a un espacio entre líneas, que se clasificaba como SECRET/NODIS, es decir, "no distribuir" a nadie más. "Ya en este momento Iraq continuaba siendo un Estado fracasado, ensombrecido por una violencia constante y por cambios políticos revolucionarios en proceso," leyó Rice. Era una idea espeluznante, "un Estado fracasado," después de dos años, de miles de vidas perdidas y miles de millones de dólares gastados.
A mediados del verano del 2005, el general Jim Jones, el comandante de la OTAN, hizo una visita a su viejo amigo, el general Pete Pace, segundo jefe del Estado Mayor General conjunto. Era casi seguro de que Pace iba a ser ascendido para convertirse en el presidente, el número uno del ejército.
Los dos generales de la marina habían sido amigos durante más de tres decenios. Habían estado en Viet Nam aproximadamente durante la misma época, una experiencia fuerte y educativa para ambos, y después prestaron servicio juntos con grados de primer teniente en 1970 en el cuartel de la marina en el sudeste de Washington.
Jones expresó su disgusto porque Pace incluso quería llegar a ser el presidente. "Vas a enfrentar una debacle y ser parte de esa debacle en Iraq," dijo Jones. El prestigio mundial de Estados Unidos estaba a niveles muy bajos, similares a los de hace 50 ó 75 años. Dijo que estaba tan preocupado por Iraq y por la forma en que Rumsfeld dirigía las acciones, que se preguntaba si él mismo no debía renunciar en señal de protesta. ¿Cómo es que se pueden soportar ocho años en el Pentágono?, preguntó finalmente.
Pace dijo que alguien tenía que ser el presidente. ¿Quién más lo podría ser?
John no pudo responder. "Los asesores militares están recibiendo la influencia de los niveles políticos," afirmó. El Estado Mayor General conjunto se había "plegado" de manera indebida a Rumsfeld. "No debes ser como una cotorra posada en el hombro del Secretario."
Su preocupación era completa. Cuando los senadores John Warner y Carl Levin, presidente y un demócrata de alto nivel dentro del Comité de Servicios Armados del Senado, lo visitaron en su puesto de mando en Bélgica, Jones les contó todos los problemas. Indicó que necesitaban una nueva legislación que volviera a dar facultades a los jefes o que tuviera un poco de sentido dentro del descabellado sistema.
"Las facultades de los jefes del Estado Mayor General conjunto han sido sistemáticamente castradas por Rumsfeld," afirmó Jones.
Muy pronto, Pace se convirtió en presidente. En una entrevista, negó rotundamente que Jones le hubiera dicho que Iraq sería una debacle o que Rumsfeld había castrado sistemáticamente las facultades de los jefes del Estado Mayor General conjunto. "Es un buen amigo. Él estuvo en mi boda," dijo Pace, haciendo notar que eran amigos hacía 36 años. "Si Jim se sintiera así, él me lo diría."
Yo llamé a Jones al puesto de mando de la OTAN en Bélgica. Me dijo que le había hecho todos esos comentarios a Pace en la reunión que tuvieron en el año 2005. "Eso es lo que le dije," afirmó Jones.
En marzo del 2006, Rumsfeld invitó a seis de los asesores regulares externos del Pentágono para darles instrucciones y hacerles algunas preguntas. Uno de ellos era Ken Adelman, un viejo amigo de Rumsfeld y partidario vehemente de la guerra desde su comienzo, quien se había desilusionado totalmente por la forma en que el gobierno había manejado la situación después de la guerra. Su relación con Rumsfeld casi llegó a su fin.
"¿Cómo medirías el éxito en Iraq?" preguntó Adelman a Rumsfeld. "¿Tú sabes, para ganar la guerra?"
"Oh, hay cientos de formas," respondió Rumsfeld. "Es tan complicado que hay cientos de formas."
"Espere un momento," insistió Adelman. "Un ex jefe mío siempre decía que identificara tres o cuatro cosas, que preguntara sobre ellas, que decidiera las unidades de medidas y viera el avance logrado o, de lo contrario, nunca avanzaría." El ex jefe era el propio Rumsfeld, quien le había mencionado el tema a Adelman hacía 35 años, cuando él trabajaba para Rumsfeld en la Oficina de Oportunidades Económicas. ¿Cuáles son esas unidades de medida?, insistía Adelman.
Rumsfeld dijo que era tan complicado que no podría dar una lista de ellas. "Cientos," insistió.
Adelman consideraba que ello significaba que había una falta total de responsabilidad. Si Rumsfeld no estaba de acuerdo con ningún criterio, no se le podía decir entonces que había fallado en uno de esos criterios.
"Entonces no tiene nada," dijo Adelman y se marchó tan trastornado como nunca antes. No había ningún sentido de la responsabilidad.

El 16 de marzo, el general John Abizaid, comandante del Comando Central y, por tanto, el militar de más alta graduación en el Oriente Medio, estaba en Washington para prestar declaración ante el Comité de Servicios Armados del Senado.
El general brindó una imagen cuidadosa pero optimista de la situación en Iraq. Después, fue a ver al congresista John Murtha, otrora infante de marina de 73 años de edad, que había presentado una resolución el pasado noviembre, que instaba a un redespliegue de las tropas en Iraq, tan pronto como fuera posible. Sentado a la mesa redonda oscura de madera en la oficina del congresista, Abizaid, el único comandante militar con uniforme que había participado de modo profundo en Iraq desde el comienzo y que aún se encontraba en la zona, expresó que él quería sostener una conversación franca. Según Murtha, Abizaid levantó sus dedos pulgar e índice en señal de énfasis, indicando una separación de un cuarto de pulgada entre ellos y dijo: "Estamos a esta distancia."
Rumsfeld circuló un memorando SECRETO de seis páginas el primero de mayo, en el que proponía algunas enmiendas, con el título: "Nuevo material ilustrativo sobre las instituciones y enfoques para el siglo XXI."
Era casi la última versión de los memorandos sobre "La Cadena del Ancla", que había escrito durante sus primeros meses como Secretario de Defensa en el año 2001: un reclamo de su corazón de naturaleza gerencial y burocrática. No solo era el Departamento de Defensa el que estaba enredado en la cadena de su ancla, sino también el resto del gobierno estadounidense y el mundo.
Rumsfeld dictó en el memorando: "La acusación sobre la incompetencia del gobierno de Estados Unidos es fácil de refutar si el pueblo estadounidense entiende hasta qué punto el sistema actual de gobierno hace todo lo posible por ser competente."
El miércoles, 24 de mayo del 2006, la división de inteligencia del Estado Mayor General conjunto, la J-2, circuló un estudio de inteligencia, clasificado como SECRETO, el cual mostraba que las fuerzas del terror en Iraq no estaban en retirada. Incluía las cifras sobre las tendencias que se le habían comunicado a Bush durante todo el año. Los ataques violentos se habían arreciado cada vez más. La insurgencia estaba teniendo éxito. El promedio de ataques semanales era ahora entre 700 y 800. Cada dispositivo explosivo improvisado que se encontraba —si detonaba y provocaba daños o bajas humanas o si era identificado y desactivado antes de que pudiera ocasionar daños— se contaba de todas formas como un ataque. Un gráfico que medía los ataques desde mayo del 2003 hasta mayo del 2006 mostraba descensos significativos, pero la cantidad actual de ataques era tan alta como nunca antes, más de 3 500 al mes.
Le dije a Rumsfeld que tenía entendido que la cantidad de ataques estaba creciendo.
"Es probable que sea cierto," dijo Rumsfeld. "También es probable que nuestros datos sean mejores, y estemos considerando más cosas como ataques. Un disparo al azar puede considerarse como un ataque al igual que 50 personas que mueren en algún lugar. Por tanto, tienes un gran frutero con diferentes productos: un plátano, una manzana y una naranja."
Me quedé enmudecido. Incluso con el uso más flexible y descuidado del lenguaje y una analogía, no lograba entender cómo el Secretario de Defensa podía comparar los ataques de los insurgentes con un "frutero", una metáfora que eliminaba todo tipo de urgencia o emoción. Las categorías oficiales que aparecían en los informes clasificados que Rumsfeld recibía con regularidad se referían a los dispositivos explosivos improvisados letales, los ataques a distancia con morteros y los enfrentamientos a corta distancia, como las emboscadas, los cuales estaban muy lejos de parecerse a los plátanos, las manzanas y las naranjas.
Durante una semana en mayo del 2006, los ataques iniciados por el enemigo aumentaron a 900, lo cual constituía una cifra récord. En junio, los ataques disminuyeron a cerca de 825 en una semana, pero volvieron a aumentar. En julio, eran más de 1 000 ataques a la semana, otro nuevo récord. Incluso era peor considerar que el nivel de violencia existía aún después de dos años de preparación, equipamiento y financiamiento de 263 000 soldados y policías iraquíes. El costo ascendía a 10 mil millones de dólares y había equipos de soldados estadounidenses mezclados con las unidades iraquíes durante más de un año. En igual período en 1971, después de varios años de Vietnamización, la violencia de los insurgentes tenía tendencia a decrecer y no a aumentar.
En julio del 2006, le realicé entrevistas a Rumsfeld dos tardes seguidas. Le pregunté acerca del nivel de las tropas: un problema clave y un punto de discordia. Los expedientes mostraban que el plan para invadir a Iraq incluía una cifra tope de 275 000 efectivos para el combate terrestre, incluidos cerca de 90 000 que debían llegar a Iraq algunas semanas o meses después del 19 de marzo del 2003, cuando comenzó la guerra. Rumsfeld afirmó que ese era uno de los grandes "rumores falsos" por los cuales él había decidido o había influido indebidamente para que se tomara la decisión de no enviar los 90 000 soldados. Todo dependía de las recomendaciones del general Franks, afirmó. Sin embargo, en el verano del 2006, Rumsfeld había suavizado su posición en cuanto al tema de si había suficientes soldados. "Es totalmente posible que en algún momento haya habido demasiados soldados y en otro momento demasiado pocos, porque nadie es perfecto," dijo Rumsfeld. "Mirando hacia atrás, no he visto ni he escuchado nada de otros censuradores que me indique que ellos tienen alguna razón para creer que estaban en lo cierto y nosotros estábamos equivocados. Ni tampoco puedo probar que nosotros estábamos en lo cierto y ellos estaban equivocados. Lo único que puedo decir es que ellos parecen tener más seguridad de la que puedo tener yo con la evaluación de los hechos que he realizado."
Al preguntarle sobre la batalla con la insurgencia iraquí, Rumsfeld respondió que "pudiera tardar entre 8 y 10 años. Las insurgencias tienden a hacer eso." En sentido general, él dijo: "Nuestra estrategia de retirada incluye el tener a un gobierno y a unas fuerzas de seguridad iraquíes que sean capaces de controlar y reducir a un menor nivel la insurgencia, y finalmente obtener la victoria contra la insurgencia y reprimirla con el paso del tiempo. Sin embargo, ese pudiera ser un período en el que muy bien podemos no necesitar grandes cantidades de personal allá."
Le dije que tenía entendido que el general George W. Casey, hijo, el comandante de más alta graduación en el terreno en Iraq, había informado que la insurgencia no había sido neutralizada —un objetivo clave del plan de su campaña—, sino solo contenida. Después de un poco de juego de palabras característico, pude preguntarle directamente: ¿Usted está de acuerdo con que se ha neutralizado?
"Es evidente que no," respondió Rumsfeld.
¿Solo ha sido contenida?
"Sí," respondió. "Hasta ahora."
Entonces le leí un documento de evaluación del 24 de mayo del 2006 que decía: "la insurgencia sunita árabe está ganando fuerza y elevando su capacidad." Le pregunté: ¿Eso le parece bien a usted?
Esa era una de las preguntas clave que había que hacerse en una guerra. ¿Acaso el otro bando está "ganando fuerza y elevando su capacidad"? El general Casey, la división de inteligencia del Estado Mayor General conjunto y la CIA habían dicho de manera categórica que la insurgencia estaba ganando fuerza. Es evidente que Rumsfeld lo sabía. También le mencioné una lista de 29 preguntas que le había enviado por adelantado, y sé que al menos él le había dedicado una hora del día anterior a la preparación para la entrevista.
¿Cuándo fue eso?, preguntó Rumsfeld.
Hace seis semanas, le respondí. La pregunta sobre la mesa era si él estaba de acuerdo o no con que la insurgencia en la guerra de Iraq estaba ganando fuerza. Estaba preparado para un momento al puro estilo Rumsfeld, y no me decepcionó.
"¡Caramba! No sé," respondió el Secretario de Defensa. "No quiero hacer comentarios sobre eso. Leo tantos de esos informes de inteligencia," —yo nunca dije que era un informe de inteligencia— "y son demasiados. En un día determinado, puedo ver informes de una u otra agencia, entonces le preguntaré a Casey o a Abizaid lo que piensan al respecto, o a Pete Pace. ¿Ese es tu punto de vista? Intentaré e indagaré y veré lo que piensan las personas. Pero eso cambia de un mes a otro. No voy a volver y decir que estoy de acuerdo o en desacuerdo con algo como eso."
Él estaba en lo cierto al decir que podía haber cambios de un mes a otro, pero —como era de su conocimiento— la evaluación y la tendencia general eran visibles, perceptibles y considerablemente peores.
Le pregunté a Rumsfeld cuál era la perspectiva mejor y más optimista para el logro de un resultado positivo en Iraq.
"Este negocio es feo," respondió. "Es duro. No existe el término mejor. Es una cuesta larga y difícil, creo que escribí hace algunos años. Estamos enfrentando una serie de desafíos que difieren de lo que nuestro país puede entender. Difieren de lo que nuestro Congreso puede entender. Difieren de lo que nuestro gobierno puede entender; es muy probable que una gran parte de nuestro gobierno lo entienda y esté organizado, entrenado o equipado para enfrentarlo o encararlo. Estamos lidiando con enemigos que pueden penetrar nuestros círculos." El enemigo puede moverse con rapidez, afirmó. "No tiene parlamentos ni sistemas burocráticos ni propiedades que defender, para interactuar, lidiar o enfrentar. Pueden hacer lo que desean. No tienen que responder por sus mentiras o por el asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes."
"Hay algo en las decisiones políticas en Estados Unidos, no pueden aceptar al enemigo asesinando a hombres, mujeres y niños inocentes, y decapitando a personas, sin embargo, no son tolerantes con el soldado que hace algo que no debió hacer."
¿Es usted optimista?, le pregunté.
Rumsfeld me miró y continuó. Tres de sus colaboradores que estaban sentados con nosotros a la mesa en su despacho no pudieron evitar el sentirse sorprendidos al ver cómo Rumsfeld continuaba sin responder a mi pregunta.
"Estamos luchando en la primera guerra en la historia de este nuevo siglo," continuó diciendo, "y con todas estas nuevas realidades, con una organización de la era industrial en un entorno que no se ha adaptado ni ajustado, un entorno público que no se ha adaptado ni ajustado."
Al final de la segunda entrevista, cité al ex secretario de Defensa, Robert McNamara, quien afirmó: "Todo comandante militar que sea honesto con usted, dirá que ha cometido errores que han costado vidas."
¡Aja!, dijo Rumsfeld.
¿Eso es correcto?
"No sé. Supongo que un comandante militar..."
"Que es usted," lo interrumpí.
"No, no lo soy," dijo el Secretario de Defensa.
"Sí, señor," dije.
"No, no. Bueno."
"Sí. Sí." Dije yo levantando mi mano al aire y mostrando su jerarquía. "Es comandante en jefe, Secretario de Defensa, comandante combatiente."
"Puedo ver a un comandante militar vestido de uniforme, participando en un conflicto y teniendo que tomar decisiones que pueden dar como resultado que personas vivan o mueran y eso pudiera ser una verdad. Por cierto, veamos la línea de mando en la parte civil, la del presidente y la mía; usted pudiera, sin dirección alguna, a dos o tres pasos de distancia, presentar sus argumentos."
¿Sin dirección alguna? ¿A dos o tres pasos de distancia? Era inexplicable. Rumsfeld había dedicado tiempo a insistir en la línea de mando. Él era el que tenía el control, no el Estado Mayor General conjunto, ni el ejército uniformado, ni el Consejo de Seguridad Nacional ni su personal, ni los críticos, ni los censuradores. ¿Cómo es que él no podía ver cuál era su función y responsabilidad?
No pudiera pensar en nada más que decir.

Bill Murphy, hijo, y Christine Parthemore realizaron contribuciones a este artículo.

Adaptado de ‘Estado de negación', escrito por Bob Woodward. Publicado por Simon & Shuster.

Nota del autor: Casi toda la información que aparece en ‘Estado de negación' ha sido tomada de entrevistas realizadas al equipo de Seguridad Nacional del presidente Bush, sus vicejefes y otros actores de alto nivel importantes en el gobierno, responsables del ejército, la diplomacia y de los servicios de inteligencia en la guerra en Iraq.
Woodward es uno de los periodistas más conocidos de Estados Unidos, gracias principalmente a su trabajo en ayudar a destapar el escándalo del Watergate.

9 de octubre de 2006
©Bob Woodward
©granma
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