el peor presidente de la historia
[Eric Foner] Bush como el peor presidente de la historia de Estados Unidos. Casi tan malo como Polk, que robó a México gran parte de su territorio.
Desde 1948, cuando el profesor de Harvard, Arthur Schelesing Sr. pidió a 55 historiadores clasificar a los presidentes norteamericanos en una escala de ‘grandioso' a ‘desastroso', esas encuestas se han convertido en un pasatiempo para los que estudiamos el pasado de Estados Unidos.
Los cambios en los rankings presidenciales reflejan cambios en cómo vemos la historia. Cuando se hizo la primera encuesta, la era de la Reconstrucción que siguió a la Guerra Civil era considerada como una época de corrupción y mal gobierno causados por otorgar el derecho a voto a los negros. Como resultado, el presidente Andrew Johnson, un ferviente partidario de la supremacía blanca que se opuso a las campaña para extender los derechos básicos a los antiguos esclavos, fue calificada como ‘casi grandioso'. Hoy, en contraste, los estudiosos consideran la Reconstrucción un intento fracasado, pero noble, de construir una democracia interracial a partir de las cenizas de la esclavitud, y a Johnson un rotundo fracaso.
Sin embargo, los rankings a menudo muestran una notable uniformidad año tras año. Abraham Lincoln, George Washington y Franklin D. Roosevelt figuran siempre en la categoría ‘grandiosos'. La mayoría de los presidentes son clasificados como ‘regulares', o para decirlo con menos generosidad, mediocres. Johnson, Franklin Pierce, James Buchanan, Warren G. Harding, Calvin Coolidge y Richard M. Nixon ocupan el último escalón, y ahora el presidente Bush es candidato a unirse a ellos. Una mirada a la historia y a las políticas de Bush, explica por qué.
En tiempos de crisis nacional, Pierce y Buchanan, que sirvieron en los ocho años que precedieron la Guerra Civil, y Johnson, que fue presidente inmediatamente después, simplemente no estuvieron a la altura. Testarudos, de mentes estrechas, incapaces de escuchar críticas o de considerar alternativas a errores desastrosos, se rodearon de sicofantes y modelaron sus programas para atraer a las fuerzas políticas reaccionarias (en esa época eran los partidarios de la esclavitud y los ideólogos racistas). Incluso después de ser repudiado en las elecciones parlamentarias de 1854 y 1966, respectivamente, ignoraron las principales corrientes de opinión y se aferraron a políticas fracasadas. La presidencia de Bush ciertamente nos hace recordar sus períodos.
Harding y Coolidge son recordados por la corrupción que hubo durante sus años en el cargo (1921-23 y 1923-29, respectivamente) y por canalizar dinero y favores hacia los grandes empresarios. Rebajaron drásticamente los impuestos al ingreso y a las ganancias y apoyaron las campañas de los empleadores para eliminar los sindicatos. Miembros de su gobierno recibían sobornos y mordidas de cabilderos y hombres de negocios. "Nunca antes, aquí o en otro lugar", declaró el Wall Street Journal, "se ha fusionado un gobierno de tal modo con el mundo de los negocios". El Journal podía difícilmente haber anticipado la corrupción y favoritismo del mundo de los negocios del gobierno de Bush.
A pesar de algunos meritorios logros en política interior y exterior, hoy Nixon es asociado por lo general con el desprecio por la Constitución y el abuso de la autoridad presidencial. Obsesionado con el secreto y las filtraciones a la prensa, veía a todos los críticos como amenazas a la seguridad nacional y espió ilegalmente a ciudadanos norteamericanos. Nixon se consideraba a sí mismo por encima de la ley.
Bush ha llevado ese desprecio por la ley todavía más lejos. Ha tratado de privar de sus derechos a personas acusadas de delitos, derechos que se remontan incluso hasta la Carta Magna de la jurisprudencia ango-americana: el juicio por un jurado imparcial, el acceso a abogados y la revisión de las evidencias contra ellos. En decenas de declaraciones hechas cuando firmaba leyes, ha reclamado el derecho a ignorar partes de la ley con las que está en desacuerdo. Su gobierno ha adoptado políticas en torno al tratamiento de prisioneros de guerra que han avergonzado al país y alejado prácticamente a todo el resto del mundo. Normalmente, en tiempos de guerra, la Corte Suprema se ha impedido de dictar juicios sobre acciones presidencia relacionadas con la defensa nacional. Los reproches sin precedentes de parte de la Corte de las medidas de Bush sobre los detenidos indican lo lejos que se ha desviado este gobierno del imperio de la ley.
Otro presidente que se parece a Bush es James K. Polk. Algunos historiadores lo admiran, en parte porque les facilitó el trabajo llevando un detallado diario de su gobierno, que se extendió durante los años de la Guerra Mexicana-Norteamericana. Pero Polk es recordado sobre todo por lanzar un ataque injustificado contra México y por apoderarse de un tercio de su territorio para Estados Unidos.
Lincoln, entonces miembros del Congreso de Illinois, condenó a Polk por engañar al Congreso y a la opinión pública sobre la causa de la guerra: una supuesta incursión mexicana en Estados Unidos. Aceptar el derecho del presidente de atacar a otro país "toda vez que lo considere necesario", observó Lincoln, haría imposible "fijar algún límite" a su poder de declarar la guerra. Hoy, uno desea que el país hubiera oído la advertencia de Lincoln.
Los historiadores se resisten a predecir el futuro. Es imposible decir con alguna certeza cómo será clasificado Bush en, digamos, 2050. Pero de algún modo, en sus primeros seis años en el cargo se las ha arreglado para combinar los lapsos de liderazgo, políticas equivocadas y abusos de poder de sus predecesores. Creo que no hay otra alternativa que clasificarlo como el peor presidente en la historia de Estados Unidos.
Desde 1948, cuando el profesor de Harvard, Arthur Schelesing Sr. pidió a 55 historiadores clasificar a los presidentes norteamericanos en una escala de ‘grandioso' a ‘desastroso', esas encuestas se han convertido en un pasatiempo para los que estudiamos el pasado de Estados Unidos.Los cambios en los rankings presidenciales reflejan cambios en cómo vemos la historia. Cuando se hizo la primera encuesta, la era de la Reconstrucción que siguió a la Guerra Civil era considerada como una época de corrupción y mal gobierno causados por otorgar el derecho a voto a los negros. Como resultado, el presidente Andrew Johnson, un ferviente partidario de la supremacía blanca que se opuso a las campaña para extender los derechos básicos a los antiguos esclavos, fue calificada como ‘casi grandioso'. Hoy, en contraste, los estudiosos consideran la Reconstrucción un intento fracasado, pero noble, de construir una democracia interracial a partir de las cenizas de la esclavitud, y a Johnson un rotundo fracaso.
Sin embargo, los rankings a menudo muestran una notable uniformidad año tras año. Abraham Lincoln, George Washington y Franklin D. Roosevelt figuran siempre en la categoría ‘grandiosos'. La mayoría de los presidentes son clasificados como ‘regulares', o para decirlo con menos generosidad, mediocres. Johnson, Franklin Pierce, James Buchanan, Warren G. Harding, Calvin Coolidge y Richard M. Nixon ocupan el último escalón, y ahora el presidente Bush es candidato a unirse a ellos. Una mirada a la historia y a las políticas de Bush, explica por qué.
En tiempos de crisis nacional, Pierce y Buchanan, que sirvieron en los ocho años que precedieron la Guerra Civil, y Johnson, que fue presidente inmediatamente después, simplemente no estuvieron a la altura. Testarudos, de mentes estrechas, incapaces de escuchar críticas o de considerar alternativas a errores desastrosos, se rodearon de sicofantes y modelaron sus programas para atraer a las fuerzas políticas reaccionarias (en esa época eran los partidarios de la esclavitud y los ideólogos racistas). Incluso después de ser repudiado en las elecciones parlamentarias de 1854 y 1966, respectivamente, ignoraron las principales corrientes de opinión y se aferraron a políticas fracasadas. La presidencia de Bush ciertamente nos hace recordar sus períodos.
Harding y Coolidge son recordados por la corrupción que hubo durante sus años en el cargo (1921-23 y 1923-29, respectivamente) y por canalizar dinero y favores hacia los grandes empresarios. Rebajaron drásticamente los impuestos al ingreso y a las ganancias y apoyaron las campañas de los empleadores para eliminar los sindicatos. Miembros de su gobierno recibían sobornos y mordidas de cabilderos y hombres de negocios. "Nunca antes, aquí o en otro lugar", declaró el Wall Street Journal, "se ha fusionado un gobierno de tal modo con el mundo de los negocios". El Journal podía difícilmente haber anticipado la corrupción y favoritismo del mundo de los negocios del gobierno de Bush.
A pesar de algunos meritorios logros en política interior y exterior, hoy Nixon es asociado por lo general con el desprecio por la Constitución y el abuso de la autoridad presidencial. Obsesionado con el secreto y las filtraciones a la prensa, veía a todos los críticos como amenazas a la seguridad nacional y espió ilegalmente a ciudadanos norteamericanos. Nixon se consideraba a sí mismo por encima de la ley.
Bush ha llevado ese desprecio por la ley todavía más lejos. Ha tratado de privar de sus derechos a personas acusadas de delitos, derechos que se remontan incluso hasta la Carta Magna de la jurisprudencia ango-americana: el juicio por un jurado imparcial, el acceso a abogados y la revisión de las evidencias contra ellos. En decenas de declaraciones hechas cuando firmaba leyes, ha reclamado el derecho a ignorar partes de la ley con las que está en desacuerdo. Su gobierno ha adoptado políticas en torno al tratamiento de prisioneros de guerra que han avergonzado al país y alejado prácticamente a todo el resto del mundo. Normalmente, en tiempos de guerra, la Corte Suprema se ha impedido de dictar juicios sobre acciones presidencia relacionadas con la defensa nacional. Los reproches sin precedentes de parte de la Corte de las medidas de Bush sobre los detenidos indican lo lejos que se ha desviado este gobierno del imperio de la ley.
Otro presidente que se parece a Bush es James K. Polk. Algunos historiadores lo admiran, en parte porque les facilitó el trabajo llevando un detallado diario de su gobierno, que se extendió durante los años de la Guerra Mexicana-Norteamericana. Pero Polk es recordado sobre todo por lanzar un ataque injustificado contra México y por apoderarse de un tercio de su territorio para Estados Unidos.
Lincoln, entonces miembros del Congreso de Illinois, condenó a Polk por engañar al Congreso y a la opinión pública sobre la causa de la guerra: una supuesta incursión mexicana en Estados Unidos. Aceptar el derecho del presidente de atacar a otro país "toda vez que lo considere necesario", observó Lincoln, haría imposible "fijar algún límite" a su poder de declarar la guerra. Hoy, uno desea que el país hubiera oído la advertencia de Lincoln.
Los historiadores se resisten a predecir el futuro. Es imposible decir con alguna certeza cómo será clasificado Bush en, digamos, 2050. Pero de algún modo, en sus primeros seis años en el cargo se las ha arreglado para combinar los lapsos de liderazgo, políticas equivocadas y abusos de poder de sus predecesores. Creo que no hay otra alternativa que clasificarlo como el peor presidente en la historia de Estados Unidos.
efoner@aol.com
Eric Foner es profesor de la cátedra DeWitt Clinton en la Universidad de Columbia.
3 de diciembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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