nadie conoce a los candidatos
[Louise Roug] Los empleados de la comisión electoral de Mosul renunciaron en masa. Ahora tiene tres miembros. Y nadie conoce a los candidatos. Sus nombres no se publican por temor a las represalias.
Mosul, Iraq. Una mañana hace poco un columna de vehículos blindados trajo aquí a soldados norteamericanos y albaneses para controlar el campo de aviación de Mosul.
Pocas horas después, llegaron en un enjambre de helicópteros el embajador norteamericano John D. Negroponte y los más importantes jefes militares norteamericanos el general George W. Casey y el teniente general Thomas Metz para reunirse con funcionarios electorales iraquíes. Las presentaciones no tomaron mucho tiempo. La comisión que supervisa las elecciones en la tercera ciudad de Iraq se compone de dos personas.
Aunque los funcionarios norteamericanos insisten en que las elecciones se llevarán a cabo, hay importantes obstáculos por superar antes de la votación del 30 de enero. Mosul, con sus 1.8 millones de habitantes, se ha hecho tan volátil que los soldados norteamericanos que trabajan en proyectos comunitarios ya no tienen contacto con la población local.
En las calles de la ciudad no hay carteles ni octavillas de la campaña electoral, pero algunos panfletos amenazan con decapitar a los que vayan a votar.
Todo el personal de la comisión electoral renunció el mes pasado y el gobierno local tiene dos semanas para reclutar y adiestrar a los 800 empleados que necesita para atender a los colegios electorales en toda la provincia.
"Empezaremos de cero", dijo el mayor Tony Cruz del Batallón Asuntos Civiles 426. Mosul, considerada una ciudad modelo a principios de la ocupación norteamericana, se ha transformado en un importante campo de batalla de los rebeldes que quieren impedir la votación y los funcionarios norteamericanos determinados a que tenga lugar. La credibilidad de las elecciones se vería amenazada si la violencia impide que grandes números de votantes aquí y en la provincia vecina que incluye a Faluya se acerquen a las urnas.
Algunos habitantes ya han declarado que se quedarán en casa el día de las elecciones. "Para ser honesto, mi vida es más importante para mí que las elecciones", dijo Nabil Nurildin, un maestro de 28 años. "El gobierno no es capaz de proteger a los ciudadanos para que puedan votar en los locales de votación".
Los norteamericanos que dirigen 150.000 tropas en Iraq han prometido "acciones agresivas" para asegurar que las elecciones sigan adelante en las dos provincias de "gran importancia": Nineveh, que incluye a Mosul, y Al Anbar, su vecina.
Mosul, ubicada cerca de importantes reservas de petróleo, es la capital de la provincia de Nineveh, que tiene fronteras con Siria.
La ciudad misma está en el límite entre las áreas controladas por los kurdos en el norte y el resto del país, dominado por los árabes. Los musulmanes sunníes constituyen casi la mitad de la población de la ciudad.
Hace poco los insurgentes lanzaron ataques desde mezquitas de Mosul. Tres importantes políticos kurdos fueron asesinados el jueves al ser atacados desde un coche en movimiento, y un soldado norteamericano murió en otro incidente.
La violencia ha escalado desde el asesinato del gobernador de la provincia en julio. Después de una importante batalla en Faluya en noviembre, los jefes norteamericanos dicen que los rebeldes buscaron refugio en Bagdad y en Mosul.
Ese mes hubo revueltas en Mosul, y en sitios claves, incluyendo una comisaría de policía, fueron atacados. Desertaron miles de agentes de la policía iraquí.
En diciembre pasado un terrorista suicida mató a 15 soldados norteamericanos y siete agentes de la policía iraquí en el comedor de una base militar cerca de aquí. El ataque fue el más mortífero hasta el momento contra una instalación norteamericana en Iraq.
Los jefes militares norteamericanos, que han estado tratando de "conquistar los corazones y la mente" aquí, han sufrido un serio revés la semana pasada cuando un avión de guerra estadounidense bombardeó por error una casa en Aitha, a unos 50 kilómetros al sur de Mosul, matando al menos a 14 personas. El incidente dio fuego a sentimientos anti-norteamericanos.
El año pasado, la unidad de asuntos civiles empleó a unos 20 intérpretes de la localidad. Pero después de amenazas de muerte, sólo quedan cinco.
Algunos soldados dicen que los ataques contra ellos han disminuido ligeramente en las últimas dos semanas. En diciembre pasado, militares norteamericanos capturaron a dos personas a los que identificaron como miembros de la red del militante jordano Abu Musab Zarqawi. Los hombres habían estado dirigiendo los atentados en la ciudad, dijeron oficiales militares.
El general de división Carter Ham, comandante del Destacamento Especial Olympia en Mosul, se ha referido a los dos funcionarios locales de la comisión electoral, Khaled Kazer y Ahmed Ali, como la gente más importante en la provincia porque coordinarán la contratación de personal para la votación y supervisarán las elecciones.
En la reunión en el aeropuerto, Kazer y Ali, antiguos soldados en la veintena, hablaron largamente con los generales y funcionarios norteamericanos. A partir de hoy, la prensa local publicará anuncios llamando a votar y anuncios de reclutamiento de empleados para la comisión electoral, dijo Kazer, cuya esposa también participa en el proyecto electoral.
Kazer mostró un folleto con fotocopias de carteles que estaban circulando en Mosul. "Votando mejoras tu futuro", decía uno. Otro declaraba: "Una voz es más rica que el oro".
Cruz, el oficial de asuntos civiles y asesor financiero de West Hills, dijo que muchos habitantes aquí no sabían demasiado sobre la votación, en la que los votantes elegirán a listas de candidatos para un parlamento nacional que a su vez elegirá al presidente y primer ministro.
"Un montón de gente aquí piensa que están votando por un presidente", dijo.
Abdul Wahid Khalil, 25, dijo que no conocía las listas ni los candidatos, pero debido a que los clérigos habían llamado a los chiíes a participar, él votaría incluso "si me cuesta la vida".
Pero Nurildin, un árabe sunní, se mostró escéptico. "Supe algo sobre algunos candidatos a través de los medios en Bagdad, pero no en Mosul, y no creo que haya elecciones en Mosul porque todavía no he visto ningún cartel, panfleto ni siquiera entrevistas, como está pasando en otras provincias".
En noviembre, los rebeldes quemaron materiales para la inscripción de votantes que se guardaban en una bodega. Pero llegarán nuevos suministros, dijo Cruz. "Mosul se ha transformado en el principal proyecto", dijo. "Habrá elecciones".
Duraid Kashmoula, gobernador de Nineveh, calcula que un 50 por ciento de los votantes de Mosul ya se han inscrito, y un 80 por ciento de los votantes de áreas circundantes participarán en las elecciones.
Kazer no es tan optimista, y calcula que la participación será de un 40 y 70 por ciento, respectivamente. Las predicciones, sin embargo, se basan en anécdotas.
"Incluso el gobernador que dice a la gente que todo marcha bien, está prejuiciado", dijo Cruz. "No hay modo de calcular esto".
Un grupo estadounidense, el Instituto Internacional Republicano, ha realizado varios sondeos sobre qué piensan los iraquíes sobre su futuro, pero en su último sondeo excluyeron a Mosul por razones de seguridad.
"Debido a que somos una de las peores provincias, será fácil arrojar la toalla", dijo Cruz. Pero "si las elecciones fracasan, la misión de la coalición habrá fracasado".
Una noche hace poco, hacia las diez, Cruz, Kazer y Ali estaban en un edificio que perteneció alguna vez a Uday Hussein, el hijo de Saddam Hussein. En la mesa había un mapa extendido de la provincia. El trío parecía cansado.
Entonces sonó el celular de Kazer. Era un amigo, diciendo que quería trabajar en la comisión electoral. Kazer sonrió radiante. La comisión tenía ahora tres miembros.
Roaa Ahmed contribuyó a este reportaje.
15 de enero de 2005
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Mosul, Iraq. Una mañana hace poco un columna de vehículos blindados trajo aquí a soldados norteamericanos y albaneses para controlar el campo de aviación de Mosul.Pocas horas después, llegaron en un enjambre de helicópteros el embajador norteamericano John D. Negroponte y los más importantes jefes militares norteamericanos el general George W. Casey y el teniente general Thomas Metz para reunirse con funcionarios electorales iraquíes. Las presentaciones no tomaron mucho tiempo. La comisión que supervisa las elecciones en la tercera ciudad de Iraq se compone de dos personas.
Aunque los funcionarios norteamericanos insisten en que las elecciones se llevarán a cabo, hay importantes obstáculos por superar antes de la votación del 30 de enero. Mosul, con sus 1.8 millones de habitantes, se ha hecho tan volátil que los soldados norteamericanos que trabajan en proyectos comunitarios ya no tienen contacto con la población local.
En las calles de la ciudad no hay carteles ni octavillas de la campaña electoral, pero algunos panfletos amenazan con decapitar a los que vayan a votar.
Todo el personal de la comisión electoral renunció el mes pasado y el gobierno local tiene dos semanas para reclutar y adiestrar a los 800 empleados que necesita para atender a los colegios electorales en toda la provincia.
"Empezaremos de cero", dijo el mayor Tony Cruz del Batallón Asuntos Civiles 426. Mosul, considerada una ciudad modelo a principios de la ocupación norteamericana, se ha transformado en un importante campo de batalla de los rebeldes que quieren impedir la votación y los funcionarios norteamericanos determinados a que tenga lugar. La credibilidad de las elecciones se vería amenazada si la violencia impide que grandes números de votantes aquí y en la provincia vecina que incluye a Faluya se acerquen a las urnas.
Algunos habitantes ya han declarado que se quedarán en casa el día de las elecciones. "Para ser honesto, mi vida es más importante para mí que las elecciones", dijo Nabil Nurildin, un maestro de 28 años. "El gobierno no es capaz de proteger a los ciudadanos para que puedan votar en los locales de votación".
Los norteamericanos que dirigen 150.000 tropas en Iraq han prometido "acciones agresivas" para asegurar que las elecciones sigan adelante en las dos provincias de "gran importancia": Nineveh, que incluye a Mosul, y Al Anbar, su vecina.
Mosul, ubicada cerca de importantes reservas de petróleo, es la capital de la provincia de Nineveh, que tiene fronteras con Siria.
La ciudad misma está en el límite entre las áreas controladas por los kurdos en el norte y el resto del país, dominado por los árabes. Los musulmanes sunníes constituyen casi la mitad de la población de la ciudad.
Hace poco los insurgentes lanzaron ataques desde mezquitas de Mosul. Tres importantes políticos kurdos fueron asesinados el jueves al ser atacados desde un coche en movimiento, y un soldado norteamericano murió en otro incidente.
La violencia ha escalado desde el asesinato del gobernador de la provincia en julio. Después de una importante batalla en Faluya en noviembre, los jefes norteamericanos dicen que los rebeldes buscaron refugio en Bagdad y en Mosul.
Ese mes hubo revueltas en Mosul, y en sitios claves, incluyendo una comisaría de policía, fueron atacados. Desertaron miles de agentes de la policía iraquí.
En diciembre pasado un terrorista suicida mató a 15 soldados norteamericanos y siete agentes de la policía iraquí en el comedor de una base militar cerca de aquí. El ataque fue el más mortífero hasta el momento contra una instalación norteamericana en Iraq.
Los jefes militares norteamericanos, que han estado tratando de "conquistar los corazones y la mente" aquí, han sufrido un serio revés la semana pasada cuando un avión de guerra estadounidense bombardeó por error una casa en Aitha, a unos 50 kilómetros al sur de Mosul, matando al menos a 14 personas. El incidente dio fuego a sentimientos anti-norteamericanos.
El año pasado, la unidad de asuntos civiles empleó a unos 20 intérpretes de la localidad. Pero después de amenazas de muerte, sólo quedan cinco.
Algunos soldados dicen que los ataques contra ellos han disminuido ligeramente en las últimas dos semanas. En diciembre pasado, militares norteamericanos capturaron a dos personas a los que identificaron como miembros de la red del militante jordano Abu Musab Zarqawi. Los hombres habían estado dirigiendo los atentados en la ciudad, dijeron oficiales militares.
El general de división Carter Ham, comandante del Destacamento Especial Olympia en Mosul, se ha referido a los dos funcionarios locales de la comisión electoral, Khaled Kazer y Ahmed Ali, como la gente más importante en la provincia porque coordinarán la contratación de personal para la votación y supervisarán las elecciones.
En la reunión en el aeropuerto, Kazer y Ali, antiguos soldados en la veintena, hablaron largamente con los generales y funcionarios norteamericanos. A partir de hoy, la prensa local publicará anuncios llamando a votar y anuncios de reclutamiento de empleados para la comisión electoral, dijo Kazer, cuya esposa también participa en el proyecto electoral.
Kazer mostró un folleto con fotocopias de carteles que estaban circulando en Mosul. "Votando mejoras tu futuro", decía uno. Otro declaraba: "Una voz es más rica que el oro".
Cruz, el oficial de asuntos civiles y asesor financiero de West Hills, dijo que muchos habitantes aquí no sabían demasiado sobre la votación, en la que los votantes elegirán a listas de candidatos para un parlamento nacional que a su vez elegirá al presidente y primer ministro.
"Un montón de gente aquí piensa que están votando por un presidente", dijo.
Abdul Wahid Khalil, 25, dijo que no conocía las listas ni los candidatos, pero debido a que los clérigos habían llamado a los chiíes a participar, él votaría incluso "si me cuesta la vida".
Pero Nurildin, un árabe sunní, se mostró escéptico. "Supe algo sobre algunos candidatos a través de los medios en Bagdad, pero no en Mosul, y no creo que haya elecciones en Mosul porque todavía no he visto ningún cartel, panfleto ni siquiera entrevistas, como está pasando en otras provincias".
En noviembre, los rebeldes quemaron materiales para la inscripción de votantes que se guardaban en una bodega. Pero llegarán nuevos suministros, dijo Cruz. "Mosul se ha transformado en el principal proyecto", dijo. "Habrá elecciones".
Duraid Kashmoula, gobernador de Nineveh, calcula que un 50 por ciento de los votantes de Mosul ya se han inscrito, y un 80 por ciento de los votantes de áreas circundantes participarán en las elecciones.
Kazer no es tan optimista, y calcula que la participación será de un 40 y 70 por ciento, respectivamente. Las predicciones, sin embargo, se basan en anécdotas.
"Incluso el gobernador que dice a la gente que todo marcha bien, está prejuiciado", dijo Cruz. "No hay modo de calcular esto".
Un grupo estadounidense, el Instituto Internacional Republicano, ha realizado varios sondeos sobre qué piensan los iraquíes sobre su futuro, pero en su último sondeo excluyeron a Mosul por razones de seguridad.
"Debido a que somos una de las peores provincias, será fácil arrojar la toalla", dijo Cruz. Pero "si las elecciones fracasan, la misión de la coalición habrá fracasado".
Una noche hace poco, hacia las diez, Cruz, Kazer y Ali estaban en un edificio que perteneció alguna vez a Uday Hussein, el hijo de Saddam Hussein. En la mesa había un mapa extendido de la provincia. El trío parecía cansado.
Entonces sonó el celular de Kazer. Era un amigo, diciendo que quería trabajar en la comisión electoral. Kazer sonrió radiante. La comisión tenía ahora tres miembros.
Roaa Ahmed contribuyó a este reportaje.
15 de enero de 2005
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
traición en la mafia
[William Glaberson] Entró por la puerta de atrás del tribunal de Brooklyn para arruinar al hombre que dice que es el padrino de una de las cinco familias mafiosas de Nueva York. Y fue al grano de inmediato.
Nueva York, Estados Unidos. "Era el jefe oficial de la familia Bonanno", dijo Salvatore Vitale a una corte federal tan sólo cinco minutos después de la vista preliminar del juicio por crimen organizado y asesinato de Joseph C. Massino, su cuñado.
La última y devastadora traición de Massino, en un caso construido sobre la cooperación sin precedentes con gente de Bonanno, estuvo puntuada por las preguntas en stacatto del fiscal, Greg D. Andres.
¿Cometió usted algún delito, preguntó Andres, por orden de Massino?
Vitale dijo que sí, mirando al fiscal a los ojos, y no al corpulento hombre sentado a la mesa de la defensa al que conoce desde que eran jóvenes en las calles de Nueva York.
"Sí cometí delitos por él", dijo Vitale, siempre evitando la mirada de Massino. "Cometí asesinatos".
Y así empezó lo que se ha dado en llamar el caso más grande de defección en la mafia desde que Salvatore Gravano, el lugarteniente conocido como Sammy el Toro ayudara a enviar a su jefe, John J. Gotti a morir en la cárcel.
Ayer fue solo el comienzo, cuando Vitale declaró como testigo hacia el final del día del juicio. Pero fue suficiente para mostrar lo perjudicial que podía ser el testimonio de Vitale, que se espera que tomará toda la semana.
Mencionó algunos de los delitos que dijo que Massino le había ordenado cometer: "Incendios, secuestros, robo y allanamiento, extorsión, usura". Todo un catálogo de la mafia moderna. Y dijo que los confesaría todos.
Hizo el cuadrangular de los informantes de la mafia: contó al jurado que Massino, 61, le había dado órdenes de matar a ocho hombres. Dio los nombres de los gángsteres asesinados que ahora son conocidos en la sala del tribunal del juez Nicholas G. Garaufis, donde los fiscales han tratado un asesinato tras otro: Sonny Red, Sonny Black, Russell, George.
A veces, Vitale, 56, que habló suave pero convincentemente, tuvo dificultades en recordar a algunos de los hombres que dijo que habían sido eliminados por orden de Massino.
Pero no vaciló cuando contó por qué se había volcado contra Massino, del que dijo que había sido su mejor amigo, el paraninfo de su boda, y quien le enseñó a nadar cuando eran jóvenes.
Dijo que a él lo habían traicionado primero. En los años noventa, dijo, Massino lo aisló de la familia. Conservó su título de lugarteniente, dijo, "pero me aislaron -tenía el título, pero no podía hacer nada".
Al otro lado de la sala del tribunal, en la primera fila, con sus labios apretados, estaba Josephine Massino, la esposa de Massino y hermana de Vitale. Escuchó cuando su hermano trataba de explicar por qué estaba ayudando a los fiscales a poner a su marido en prisión por el resto de su vida.
El hermano, en el programa de protección de testigos, dijo a la corte que en el pasado "no había nada que yo no hiciera por él". Pero entonces, dijo, fue detenido en 2001 y excluido por Massino. Dijo que creía que lo habían abandonado cuando los fiscales cerraban el cerco sobre la familia Bonanno.
"Iban a dejar a mi esposa y a mis hijos en la calle", dijo. Desde su posición en la sala del tribunal, Massino se arrellanó en la silla y suspiró, como si Vitale hubiera hecho algo prohibido.
Si se dio cuenta de la pequeña conmoción, no lo hizo notar. "Es por eso que decidí hacer lo que estoy haciendo hoy", dijo.
Se ha confesado culpable en once asesinatos y accedió a prestar testimonio para el gobierno a cambio de indulgencia.
El abogado de Massino, David Breitbart, dijo que atacará a Vitale por mentiroso y por ser un asesino.
Mientras hacía gala ante Andres de su enciclopédico conocimiento de la familia mafiosa, Vitale se mostró tranquilo. En un traje a la medida, con su cabello salpicado de canas peinado hacia atrás ordenadamente, describió los asesinatos, intrigas y planes del modo en que un contable hablaría de pérdidas y beneficios.
Tomó notes, declaró, sobre los miembros de la mafia en la ciudad y las entregó a los fiscales. Conocía los movimientos de Massino de los últimos 25 años, porque Massino se los contaba. Sabía todo de las posiciones de Massino en el mundo de la mafia, donde los hombres juran guardar los secretos.
Ayer Salvatore Vitale empezó a contar al jurado lo que él sabía.
29 de junio de 2004
17 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh
Nueva York, Estados Unidos. "Era el jefe oficial de la familia Bonanno", dijo Salvatore Vitale a una corte federal tan sólo cinco minutos después de la vista preliminar del juicio por crimen organizado y asesinato de Joseph C. Massino, su cuñado.La última y devastadora traición de Massino, en un caso construido sobre la cooperación sin precedentes con gente de Bonanno, estuvo puntuada por las preguntas en stacatto del fiscal, Greg D. Andres.
¿Cometió usted algún delito, preguntó Andres, por orden de Massino?
Vitale dijo que sí, mirando al fiscal a los ojos, y no al corpulento hombre sentado a la mesa de la defensa al que conoce desde que eran jóvenes en las calles de Nueva York.
"Sí cometí delitos por él", dijo Vitale, siempre evitando la mirada de Massino. "Cometí asesinatos".
Y así empezó lo que se ha dado en llamar el caso más grande de defección en la mafia desde que Salvatore Gravano, el lugarteniente conocido como Sammy el Toro ayudara a enviar a su jefe, John J. Gotti a morir en la cárcel.
Ayer fue solo el comienzo, cuando Vitale declaró como testigo hacia el final del día del juicio. Pero fue suficiente para mostrar lo perjudicial que podía ser el testimonio de Vitale, que se espera que tomará toda la semana.
Mencionó algunos de los delitos que dijo que Massino le había ordenado cometer: "Incendios, secuestros, robo y allanamiento, extorsión, usura". Todo un catálogo de la mafia moderna. Y dijo que los confesaría todos.
Hizo el cuadrangular de los informantes de la mafia: contó al jurado que Massino, 61, le había dado órdenes de matar a ocho hombres. Dio los nombres de los gángsteres asesinados que ahora son conocidos en la sala del tribunal del juez Nicholas G. Garaufis, donde los fiscales han tratado un asesinato tras otro: Sonny Red, Sonny Black, Russell, George.
A veces, Vitale, 56, que habló suave pero convincentemente, tuvo dificultades en recordar a algunos de los hombres que dijo que habían sido eliminados por orden de Massino.
Pero no vaciló cuando contó por qué se había volcado contra Massino, del que dijo que había sido su mejor amigo, el paraninfo de su boda, y quien le enseñó a nadar cuando eran jóvenes.
Dijo que a él lo habían traicionado primero. En los años noventa, dijo, Massino lo aisló de la familia. Conservó su título de lugarteniente, dijo, "pero me aislaron -tenía el título, pero no podía hacer nada".
Al otro lado de la sala del tribunal, en la primera fila, con sus labios apretados, estaba Josephine Massino, la esposa de Massino y hermana de Vitale. Escuchó cuando su hermano trataba de explicar por qué estaba ayudando a los fiscales a poner a su marido en prisión por el resto de su vida.
El hermano, en el programa de protección de testigos, dijo a la corte que en el pasado "no había nada que yo no hiciera por él". Pero entonces, dijo, fue detenido en 2001 y excluido por Massino. Dijo que creía que lo habían abandonado cuando los fiscales cerraban el cerco sobre la familia Bonanno.
"Iban a dejar a mi esposa y a mis hijos en la calle", dijo. Desde su posición en la sala del tribunal, Massino se arrellanó en la silla y suspiró, como si Vitale hubiera hecho algo prohibido.
Si se dio cuenta de la pequeña conmoción, no lo hizo notar. "Es por eso que decidí hacer lo que estoy haciendo hoy", dijo.
Se ha confesado culpable en once asesinatos y accedió a prestar testimonio para el gobierno a cambio de indulgencia.
El abogado de Massino, David Breitbart, dijo que atacará a Vitale por mentiroso y por ser un asesino.
Mientras hacía gala ante Andres de su enciclopédico conocimiento de la familia mafiosa, Vitale se mostró tranquilo. En un traje a la medida, con su cabello salpicado de canas peinado hacia atrás ordenadamente, describió los asesinatos, intrigas y planes del modo en que un contable hablaría de pérdidas y beneficios.
Tomó notes, declaró, sobre los miembros de la mafia en la ciudad y las entregó a los fiscales. Conocía los movimientos de Massino de los últimos 25 años, porque Massino se los contaba. Sabía todo de las posiciones de Massino en el mundo de la mafia, donde los hombres juran guardar los secretos.
Ayer Salvatore Vitale empezó a contar al jurado lo que él sabía.
29 de junio de 2004
17 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh
malta, isla de intrigas
[Lyn Hamilton] Invadido innumerables veces, este país multicultural es algo abrumador, pero atractivo, incluso si, o especialmente si llegas con algún misterio en tu cabeza.
Me extravié. Otra vez. Los letreros hacia el cuartel de la policía de Malta en Floriana, que hasta ahora apuntaban hacia la derecha, indican ahora inexplicablemente hacia la izquierda, lo que quiere decir que entre el letrero que tengo enfrente y el último que pasé, debería haber una comisaría de policía. Pero a menos que los agentes cuelguen la ropa en el balcón del primer piso y vendan fruta y verduras en la planta baja, esta no es la comisaría.
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
malta, isla de intrigas
[Lyn Hamilton] Invadido innumerables veces, este país multicultural es algo abrumador, pero atractivo, incluso si, o especialmente si llegas con algún misterio en tu cabeza.
Me extravié. Otra vez. Los letreros hacia el cuartel de la policía de Malta en Floriana, que hasta ahora apuntaban hacia la derecha, indican ahora inexplicablemente hacia la izquierda, lo que quiere decir que entre el letrero que tengo enfrente y el último que pasé, debería haber una comisaría de policía. Pero a menos que los agentes cuelguen la ropa en el balcón del primer piso y vendan fruta y verduras en la planta baja, esta no es la comisaría.
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
malta, isla de intrigas
[Lyn Hamilton] Invadido innumerables veces, este país multicultural es algo abrumador, pero atractivo, incluso si, o especialmente si llegas con algún misterio en tu cabeza.
Me extravié. Otra vez. Los letreros hacia el cuartel de la policía de Malta en Floriana, que hasta ahora apuntaban hacia la derecha, indican ahora inexplicablemente hacia la izquierda, lo que quiere decir que entre el letrero que tengo enfrente y el último que pasé, debería haber una comisaría de policía. Pero a menos que los agentes cuelguen la ropa en el balcón del primer piso y vendan fruta y verduras en la planta baja, esta no es la comisaría.
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Sin embargo, alguien que estaba cerca quería ayudarme. "Hola, querida", me llamó una voz.
Me volví y vi a un alegre grupo de viejos malteses descansando a la sombra de un laurel de jardín de botones rosados.
"¿Tienes novio, querida?", preguntó una de las mujeres.
Con la edad que tengo y proviniendo de un lugar donde no es común que te hagan de primeras esta pregunta, me quedé desconcertada, pero cuando lo preguntó una segunda vez, le dije que no. Las sonrisas desaparecieron. Una de las mujeres buscó torpemente un pañuelo y se secó una lágrima. Pensé que no era amable provocar el llanto de las octogenarias de la isla.
"Pero casi tengo uno", mentí.
Todos volvieron a sonreír. Pedí indicaciones y antes de que me diera cuenta y a pesar de mis protestas, estábamos todos de pie, moviéndonos, lentamente, con bastones y todo, hacia una imponente edificio a una cuadra de ahí.
Cuando llegamos, no quise entrar. Estaba en Malta para investigar y escribir una novela de misterio con un asesinato, entendéis, y aunque necesitaba saber la ubicación del cuartel de la policía, no tenía por qué hacerme amiga íntima del hosco agente que había al otro lado del portalón. Murmuré mis gracias, me volví y me alejé a toda prisa, dejándolos a todos parados allá. Imagino que todavía están contando a sus nietos sobre la rara turista que se arrepintió de acudir a la policía y que tenía una situación marital poco clara.
O quizás no. Los malteses están más que acostumbrados a las visitas, raras y otras, que invaden su país. Casi todos los países con intereses en el Mediterráneo, desde los fenicios en el siglo 9 antes de Cristo hasta los británicos en el 20, han reclamado a Malta en propiedad, seducidos por una de las bahías naturales más hermosas del mundo y una fantástica ubicación en medio del Mar Mediterráneo entre Sicilia y Túnez. Algunas de las más grandes figuras de la historia -San Pablo, Napoleón, el Conde Rogerio el Normando- han puesto sus pies en las rocosas playas de Malta. Todos han dejado sus huellas en el paisaje de la isla y, como resultado, Malta es un museo vivo, un lugar donde ráfagas de historia mediterránea, de miles de años, pueden ser vistas, tocadas y olfateadas.
Para una escritora, la particular mezcla de historia de Malta es irresistible. Para una autora como yo, que escribe misterios arqueológicos, hay suficientes criptas, cavernas y catacumbas para ocultar cientos de cadáveres. Pero incluso para una escritora es difícil captar la esencia del lugar.
Los malteses se enorgullecen de las analogías alimentarias para definirse a sí mismos. Dirán que su cultura es como su comida, una mezcla, refiriéndose al hecho de que hasta hace poco las amas de casa maltesas llevaban la cena de la familia a la panadería de la localidad, donde la colocaban con las demás en el horno de ladrillos y el alimento adquiría los aromas y sabores de todas las otras. Te dirán que su carácter nacional es como el pan maltés: de corteza dura por fuera, blando por dentro.
Sea la analogía con la comida correcta o no, se necesita un cierto tipo de persona para aguantar lo que han aguantado los malteses. Han sufrido conflictos con los que no tenían nada que ver, y casi murieron de hambre y fueron bombardeados hacia el término de la Segunda Guerra Mundial. Conquistados, pero nunca subyugados; aplastados, pero no asimilados, los casi 400.000 habitantes de las islas maltesas son testaruda, feliz y, a veces, irritantemente malteses.
Hace 25 años que vengo aquí y sin embargo tengo que confesar que he pasado gran parte del tiempo en Malta irremediablemente extraviada, una confesión bochornosa ya que la isla es de apenas 27 kilómetros en su punto más extenso, y 14 en su parte más ancha. Sé dónde está todo -pero no necesariamente lo encuentro. Yo culpo de esto parcialmente a una definición de las señalizaciones de carretera que, a pesar de mejoras recientes, es esencialmente caprichosa. Para mí, tanto las señalizaciones como el maltés, una lengua que el resto de los humanos no podemos ni comprender ni pronunciar correctamente, tienen como fin mantener a los intrusos al quite. Nosotros, invasores modernos, tenemos la fortuna de que casi todo el mundo habla inglés.
No soy la única que sufre de dislexia direccional. Casi todos los viajeros independientes en Malta pasan una parte de su tiempo tratando de saber dónde están, lo que es una fuente de hilaridad para los habitantes. Un amigo canadiense que trabajaba aquí descubrió la tradición de apostar sobre lo tarde que llegarían los primerizos en llegar a la oficina en su primer día de trabajo.
Cuando volví por nostalgia para quedarme una semana la primavera pasada, estaba decidida a no extraviarme. El plan era el siguiente: Para mantenerme en la línea, hablando arqueológicamente, empezaría por el principio, o al menos en el alba de la habitación humana, y avanzaría hacia las principales épocas en la historia de la isla. Esa es una de las maravillas de Malta. Puedes cubrir varios milenios en apenas unos días. Para dar cuenta de mi ineptitud geográfica, sólo viajaría por autobús.
Para hacer el plan más fácil, encontré un hotel a corta distancia del terminal central justo al lado de la principal puerta de la capital, Valletta. El autobús que abordé llena de optimismo esa primera mañana se veía tan antiguo como los sitios prehistóricos que pensaba visitar: un rotundo y pequeño número en una rejilla hechiza y dos relicarios en el panel -uno para la Virgen María, y otro para la selección italiana de fútbol. El hombre que iba a mi lado me explicó que los autobuses son privados, que sus dueños son a menudos los choferes mismos, y que operan en un esquema de rutas directas. Hay un horario, agregó, pero los choferes parten cuando quieren.
"No se puede extraviar", me aseguró cuando salíamos del terminal con un brutal bocinazo y un regüeldo del tubo de escape. "Si se queda en el bus lo suficiente, llegará de vuelta aquí".
Liberada del terror que provoca conducir en Malta: conducen por la izquierda, las curvas dan miedo y no hay, nunca, un estacionamiento, me senté para disfrutar del viaje hacia mi destino, los templos de Hagar Qim y Mnajdra. Pasamos por una serie de pequeños pueblos, con el tinte amarillo mantecoso de las piedras de aquí. Miré las fachadas donde los panaderos, banqueros, zapateros remendones y fabricantes de ataúdes ejercen sus oficios como lo han hecho durante siglos. Miré a los niños en sus elegantes uniformes jugando en los patios de las escuelas, a un sacerdote saludando a sus feligreses, a mujeres haciendo la cola del pan, y a hombres en un café argumentando ruidosamente, probablemente sobre política.
Pronto los pueblos dieron lugar al campo, a pequeños terrenos de tierras agrícolas de matices rojizos, separados por murallas de piedras. El terreno es extraordinariamente variado si se considera los apenas 190 kilómetros cuadrados de la isla, llenas de escarpadas cordilleras, profundos valles y una costa que tiene tantas playas como empinados acantilados. Los polvorientos caminos están alineados con laureles, buganvillas e hibiscos, que contrastan por su brillo con la tierra pedregosa. Estaba demasiado cautivada para ver el letrero con mi destinación desapareciendo en la distancia. Afortunadamente, el camino de vuelta no era demasiado largo. Hagar Qim y Mnajdra son antiguos templos de piedra en la costa sur de Malta: Hagar Qim está arriba de una cuesta con vistas al mar, Mnajdra en un promontorio a unos 500 metros más abajo. Hacia el año 3.600 antes de Cristo, o unos 1.500 años después de que llegaran los primeros habitantes de la isla (probablemente de Sicilia), ocurrió algo extraordinario. Utilizando solamente herramientas de piedra, comenzaron a cavar templos circulares con varias cámaras en las rocas calizas de la isla, estructuras tan grandes que los viajeros del siglo 17 pensaron que eran el trabajo de gigantes. Las ruinas salpican Malta y su isla hermana, Gozo.
Única' es una palabra usada en abundancia, pero los megalíticos templos de Malta son justamente únicos. No había nada como ellos antes y a pesar de una rara teoría opuesta, no ha habido nada semejante desde entonces. Anteriores a Stonehenge y a la Gran Pirámide de Giza en más de mil años, son las obras arquitectónicas de piedra de pie más antiguas del mundo -lugares poderosos y evocativos que parecen salir de la roca.
Son mis preferidos: Hagar Qim es el más imponente de los dos, con grandes bloques de piedra amarilla y rocas erguidas de 5 metros de alto que evocan su antigua grandeza; Mnajdra es un complejo de tres templos con una impresionante fachada cóncava y un vestíbulo en el cual, durante los equinoccios, el sol da sobre un altar de piedra.
Es aquí donde se encontraron varias estatuillas de mujeres voluptuosas, incluyendo la llamada Venus de Malta. Qué representaban los templos fue alguna vez un tema de intensas especulaciones. Hace algunos años se propuso la tesis de que estaban dedicados a una gran deesa, y la teoría se ha mantenido. De acuerdo a esta, un pueblo de agricultores pacíficos construyó los templos para representar el cuerpo de la deesa. Entrar al templo era como entrar en su vientre. Es una teoría atractiva, fácil de creer cuando estás aquí.
Con todo, no todo el mundo está de acuerdo. Un colega turista en Mnajdra señaló primero una marcas picadas en una roca, y luego la diminuta isla de Filfla, justo frente a la costa.
"Está bastante claro de qué se trata", dijo.
Para mí no estaba nada de claro, y quizás era evidente.
"Estrellas", explicó.
Es mejor un hombre con una teoría que con un avance. En una visita anterior un hombre se hacía acercado a unas desprevenidas turistas y sugerido que tener sexo en el altar de piedra era la máxima experiencia de la vida. "Quizás", susurró seductor, "quiera reunirse conmigo después de que cierre el templo".
O quizás no. Tener sexo en el altar quizás ya no sea una opción, ahora que hay guardia de seguridad en el sitio. Hace tres años unos patanes inescrupulosos -almas gemelas de los que mataron a los dos últimos halcones malteses en 1982- destruyeron Mnajdra, echando abajo muchas de sus macizas piedras. Ha sido restaurado, y ahora está más bello que nunca.
El tiempo es corto, y yo tenía que cubrir varios países y me quedaban sólo cinco días más para hacerlo, así que volví a la parada del bus para dirigirme a mi siguiente sitio: el Hipogeo Hal Safieni, un templo subterráneo para los muertos, que estuvo en el pasado lleno de los huesos de miles de personas.
El método de transporte es esencialmente ineficiente y exige un montón de idas y vueltas. Sin embargo, me dio una amplia oportunidad para darme el gusto de probar mi comida maltesa favorita: una bolsa de pasteles escamosos rellena de queso ricotta llamados pastizzi'; pasteles calientes rellenos de dátiles, llamados imqaret'; y gbejniet', pequeños quesos pimentados, todos listos en los numerosos tenderetes de las cocinerías que rodean el terminal. Así fortificada pero todavía aturdida por mi primer descuido, estaba dispuesta a seguir el viaje.
Para llegar al hipogeo y a los templos cercanos de Tarxien, las guías de viaje aconsejan desembarcar en la iglesia de Tarxien. Es más o menos lo mismo que decirle alguien en el centro de Los Angeles que tome el bus hacia Santa Mónica y se base en Starbucks. No hay un límite distinguible entre las dos ciudades; es difícil saber cuando has salido de una y entrado en la otra. También hay un montón de iglesias. Cada pueblo tiene al menos una, y normalmente varias. A pesar de un valiente intento, me pasé de parada.
Preocupada de perder también mi visita turística -debido a la fragilidad del sitio, las visitas al hipogeo son limitadas y deben ser reservadas de antemano-, pedí ayuda. Los malteses se enorgullecen de su cortesía y a menudo te preguntan si piensas que son amables. Salvo un raro chofer cascarrabias, la mayoría de ellos lo son. Una pareja muy agradable me llevó hasta la puerta del hipogeo. Dijeron que iban en la misma dirección que yo, pero no era verdad. Los vi dar un rodeo después de despedirnos.
El hipogeo, construido hacia el 3.600 antes de Cristo, es impresionante. Similar en forma a los templos que visité antes, es un lugar misterioso, oscuro y húmedo y vagamente desorientador. Se oyen ruidos en los pasillos débilmente iluminados, las sombras se ven estropeadas, la curva de las paredes ligeramente distorsionada. La gente que construyó esto debe haber sido extraordinaria, pero 1.600 años después de construir el primer templo, desaparecieron. Nadie sabe por qué. Malta estuvo inhabitada durante un largo tiempo.
Con los siglos, la gente empezó a volver poco a poco, por accidente o con un propósito, y la isla se transformó en un satélite de los fenicios, cartaginenses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, hohenstaufens, angevinos, aragoneses y castellanos -los poderes imperiales de Europa pasándola de un lado a otro según crecían y decaían sus fortunas.
Quedan vestigios de todos, y uno de los lugares más placenteros para vivirlos es Mdina y su vecina, Rabat.
Los fenicios construyeron el primer centro urbano de Malta casi exactamente en el centro de la isla. Luego los bizantinos fortificaron la ciudad, como los árabes más tarde. La muralla árabe todavía existe, pero la ciudad misma, Mdina, es ahora una ciudadela medieval con amplias vistas desde sus bastiones. Es fácil de encontrar: La cúpula de su catedral se ve desde kilómetros de distancia, y con 500 metros de lado a lado incluso para mí es difícil de esquivar, aunque sus arquitectos trataron de confundir a los invasores con calles estrechas y angulosas y callejones sin salida.
Una ciudad de casas particularmente bonitas, desde las normandas hasta las barrocas, rezuma ambiente. En planta baja las casas no tienen ventanas, pero sí balcones en el primer piso. Se cuentan historias de grandes tesoros, de secretos protegidos por las murallas, y cuando se camina por sus calles adoquinadas, sobre todo en la noche, uno se convence de que esas historias son verdaderas.
Mdina también fue importante para Roma, porque la isla, acordonada de mansiones y granjas, aprovisionaba al imperio. Justo en las afueras de Mdina, en la periferia de Rabat, se halla el Museo Romano de Antigüedades. El edificio, lamentablemente cerrado por renovación la primavera pasada, es neoclásico, pero fue levantado sobre las ruinas de una mansión romana del año 50 antes de Cristo, y los pisos originales de mosaicos, algunas de sus columnas y muchos de sus artefactos todavía están ahí.
El más importante visitante de la era romana fue San Pablo, que supuestamente naufragó aquí en el año 60 después de Cristo. Los malteses no se oponen a que lo diga, pero las evidencias en apoyo de la presencia del apóstol aquí no son concluyentes. Otros lugares, como Creta, disputan el reclamo de Malta. Sin embargo, los malteses trazan su conversión a él, y prácticamente todos los malteses son católicos, la mayoría de ellos devotamente. El nombre de San Pablo está asociado a las obras arquitectónicas más bellas de la isla, lugares donde uno puede pasarse días. En Mdina encontrarás una catedral del siglo 17, donde sus frescos muestran al apóstol predicando a los isleños. En Rabat hay una Iglesia de San Pablo, construida sobre una gruta en la que se dice que se refugió, y unas catacumbas llamadas por su nombre están en las cercanías. Más allá, dos iglesias marcan el acontecimiento mismo: el naufragio de San Pablo en Valletta y la Bahía de San Pablo.
Si San Pablo fue quien más influyó en la mente de los malteses, los visitantes que causaron el mayor impacto en el paisaje fueron los Caballeros de Malta. Esos caballeros errantes, expulsados de Jerusalén, Acre, Chipre y finalmente de Rhodes -huyendo eternamente de la creciente marea del islam- necesitaban un hogar. Aunque tenían algo más lujoso en mente, no tenían muchas alternativas. El precio estaba bien: el Sacro Emperador romano Carlos V les cedería la isla por un apreciado halcón maltés al año para sus cotos de caza. En 1530, la Soberana Orden Militar y Practicante de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, de Rhodes y de Malta tomó posesión de la isla y empezó, como otras muchas civilizaciones antes -y como harían después los franceses y los británicos- a moldear Malta a su capricho.
Los otomanos persiguieron a los caballeros fueron perseguidos hasta Malta, pero surgieron victoriosos después de un sitio particularmente sangriento en 1565. Ahora héroes de Europa, tenían los recursos necesarios para construir lo que quisieran con la ayuda del arquitecto del Papa Pío IV.
Su obra maestra es Valletta, una ciudad fortificada en una cuña de tierra entre el Puerto de Marsamxett y el Puerto Grande. Valletta es una ciudad moderna en muchos respectos, con edificios gubernamentales por todas partes y el habitual complemento de cadenas de restaurantes de comida rápida y tiendas de recuerdos.
Pasé una agradable media hora en una diminuta tienda de zapatos conversando de cosas que son normales en las ciudades pequeñas de todo el mundo. Mostrándome orgullosamente fotografías de sus nietos, el zapatero me dijo que la tienda había sido de la familia durante generaciones, pero que sus bien educados hijos no tenían interés en ella. Estaba en contra del ingreso en la Unión Europea, aunque Malta ingresó esta primavera. En su opinión, eso era el último ataque extranjero.
Aunque sea moderna, Valletta es todavía la ciudad de los caballeros. Pasé dos días caminando por sus calles, buscándolos. Son fáciles de encontrar -a veces literalmente, con sus caras trazadas en la piedra de sus sarcófagos. Más que eso, casi todas las calles y callejones muestran su presencia. Originalmente, los caballeros cuidaban a los enfermos durante las Cruzadas, pero estaban preparados para combatir. Había suficientes almenas, murallas, bastiones, armerías y fuertes para tener contentos para siempre a los historiadores militares, y el Puerto Grande fortificado es una vista impresionante.
También fueron capaces de crear belleza. Dirigidos por un Maestre, los caballeros se organizaban en langues', lenguas, cada una con su propia residencia, o auberge'. Uno de los edificios más atrayentes en Valletta es el Albergue de Castilla y León, ahora la sede del primer ministro. Muchos de los edificios de los caballeros siguen en pie, están en uso y merecen una visita: el Albergue de Provenza es hoy el atractivo Museo Nacional de Arqueología, la Sagrada Enfermería es el Centro Mediterráneo de Conferencias y el palacio del Maestre es ahora el Parlamento.
No es solamente en los edificios que se puede encontrar a los fantasmas de los caballeros. El Monte de Sceberras, sobre el que yace la ciudad, no fue nivelado, y las calle descienden en todas direcciones desde la arteria principal, la calle de la República. Las más empinadas fueron apisonadas, y algunas todavía lo son, con subidas de sólo dos o tres pulgadas, que es más o menos todo lo que un caballero con armadura completa podía levantarse. En la tarde, después de que las tiendas y las oficinas han cerrado, casi podía oír el metálico ruido de sus armaduras en las calles vacías.
Aunque Valletta fue originalmente austera, que convenía a los caballeros que habían hecho votos de pobreza, las modas barrocas europeas llegaron a Malta en los años de 1650 y cambiaron para siempre la faz de la isla. Debe haber algo en la exageración o en los grandes gestos que atrae la sensibilidad maltesa, porque Valletta sigue siendo un excelente ejemplo de arquitectura barroca. Su expresión más opulenta es la iglesia de los caballeros, la Co-Catedral de San Juan. Aunque por fuera se ve desaliñada, por dentro es un himno al exceso glorioso, cada centímetro labrado, dorado o pintado.
A su modo, la transformación de la catedral fue un reflejo de la de los caballeros, los que, ignorando sus votos, se enriquecieron con exceso. Cuando Napoleón propuso que era tiempo de que se marcharan, lo hicieron con profundo dolor, ya que habían vivido bajo el encanto de la isla durante 268 años.
Caer bajo el hechizo de Malta es extraordinariamente fácil. Hay algo sobre esta rocosa y reseca isla y su gente que hechiza inesperadamente, no importa por qué no cómo de reluctante se haya llegado a la isla. Creo que es porque no importa lo a menudo que se la visite, siempre hay algo que sorprende, algo que te hará sonreír.
Finalmente vi el interior de la comisaría de policía maltesa. La comisaría no era hostil, solamente caótica -el sargento, en lo que parecía una conferencia telefónica, tenía un auricular en cada oreja y estaba gritando. Me dirigí hacia él a denunciar el extravío de mi pasaporte. (En Malta los pasaportes no se pierden ni son robados, sino solamente extraviados).
De algún modo pensé que era apropiado, dado el tiempo que pase extraviándome, que mi pasaporte pasara por lo mismo. Cuando rellenaba los formularios, pensé que lo que realmente había extraviado en Malta era mi corazón.
4 de octubre de 2004
17 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
victoria de las elecciones en café
[Anthony Shadid] En la intersección del nuevo y del viejo Iraq, lo que importa es la votación misma.
Bagdad, Iraq. En Shahbandar, un célebre café de Bagdad cuyo nombre evoca un tiempo (el pasado) y un ambiente (el intelectual), tres hombres se sentaron a fumar cigarrillos y a matar el tiempo bebiendo un azucarado té el jueves y debatieron sobre lo que significan las elecciones venideras para un país golpeado por tres décadas de tiranía, guerra y amargas desilusiones.
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
"Ir a votar es una victoria para el pueblo iraquí", dijo Ali Danif, 45, escritor.
"Las elecciones son más importantes que los candidatos", insistió Jamal Karim, su locuaz amigo.
Para no quedarse atrás, un sonriente Suheil Yassin intervino diciendo: "Mi deseo es morir en la puerta de uno de los locales de votación", una expresión que era deliberadamente dramática. "Quiero ser el mártir de las urnas".
Las primeras elecciones competitivas de Iraq en décadas son un asunto torpemente contenido. La violencia acecha ominosamente el proceso, que terminará con la elección de un nuevo parlamento el 30 de enero. Los nombres de los candidatos no han sido publicados, por temor a que sean asesinados. Las manifestaciones son pocas, los carteles son a menudo despegados y casi nadie conoce algún programa electoral, mucho menos sus candidatos.
Pero en Shahbandar, un café de más un siglo que ha sido durante largo tiempo el corazón intelectual de esta fatigada ciudad, donde hombres con desgastadas chaquetas de traje y jerseyes se reúnen a debatir en pequeños círculos, hay un marcado optimismo sobre lo que significan las elecciones para la gente que anhela un cambio decisivo después de casi dos años de ocupación. Para muchos de los hombres reunidos aquí, sentados debajo de retratos de la historia de Bagdad, las elecciones son más importantes que los candidatos.
"Sin elecciones, habrá tiranía", dijo Kadhim Hassan, 37, escritor.
La luz al fin de la mañana bañaba el atiborrado café con un suave brillo y Hassan estaba sentado en una angosta banca de madera. Calificó la votación de "momento histórico", luego su cara adquirió una expresión adusta. "La guerra y los desastres", dijo, sacudiendo la cabeza -para eso son buenos los iraquíes.
"Ahora la mayoría de la gente cree que están viviendo en la oscuridad", dijo Hassan. "Es hora de salir a la luz".
Shahbandar, con su tejado abovedado y sus paredes de ladrillos, es un artefacto de lo que alguien podría llamar una época más civilizada de Bagdad, antes de que las conversaciones giraran sobre los secuestros que se han transformado en una epidemia, antes de las frustraciones con la electricidad que aún no mejora, antes de las quejas sobre las colas en las gasolineras que se extienden por kilómetros y duran ya más de un mes.
Viejas pipas de agua están ordenadas en hileras, junto con samovares y jarras de bronce acumulando polvo. Afuera está la conejera de librerías a lo largo de la calle de Mutanabi, llamada según un sabio del siglo 10, cuyas palabras todavía son recitadas de memoria por casi todos los árabes. En la esquina está la Qushla, la sede en Bagdad del gobierno otomano, que cayó en la Primera Guerra Mundial. Fue en esa época que el café fue renovado y llamado oficialmente con el nombre de sus antiguos dueños, quienes comenzaron a atraer a los hombres de letras de la ciudad.
Shahbandar no tiene mesas de backgammon, naipes ni dominós, el equipaje de la mayoría de los cafés árabes. En su lugar hay conversaciones -un buen montón-, especialmente al mediodía, cuando el espacio en los sofás es limitado y las colillas de cigarrillos se apilan en el suelo.
"No me convencen las elecciones", declara Abdel-Rahman Abbas, 60, ex empleado municipal con un cuidado mostacho y una chaqueta deportiva azul. "Los americanos pueden hacer lo que quieran, y ya tomaron una decisión".
Abbas estaba preocupado. Compartía el cinismo de muchos sobre los más importantes partidos políticos iraquíes, la mayoría de los cuales operaban en el exilio durante el régimen de Saddam Hussein. Dijo que pensaba que las elecciones sólo intensificarían las divisiones sectarias que, a pesar de las provocaciones, todavía no habían estallado. Y expresó una nostalgia evocada a menudo: En su mente, la monarquía que cayó en 1958 sería un gobierno tan bueno como cualquiera.
"No es más que un juego", dijo.
Pero Abbas es una voz solitaria. No es que los otros pensaran que las elecciones serán pacíficas; pocos son los que no predicen la violencia. Pero muchos de los escritores, críticos literarios e intelectuales parecían estar diciendo que el precio valía la pena de pagar.
Para los más entusiastas en Shahbandar, el ambiente recordaba otros momentos críticos en Bagdad desde la invasión norteamericana de marzo de 2003: El optimismo aumentaba en cada momento decisivo, anunciado como un nuevo comienzo, incluso si resultaba ser de corta duración.
"Si hubieran hecho las elecciones primero, no tendríamos la situación que tenemos ahora", dijo Heidar Mohammed, 37, vendedor de libros. "Si hubiera habido elecciones, la gente habría aceptado al gobierno desde el principio".
Un barbudo con una abultada mochila distribuyó octavillas entre los parroquianos. Una decía: "Hacia un Iraq democrático, unido y justo". Detrás de él había un vendedor de diarios pregonando sus mercaderías: "¡Lea el diario! ¡150 dinares!" Uno de los titulares anunciaba los daños causados el miércoles por la explosión de tres coches-bomba en Mosul, la tercera ciudad del país.
"Un país no progresa sin hacer sacrificios", dijo Mohammed.
Mencionó la guerra de Irán-Iraq y la batalla de 1988 para recuperar la península de Faw en el Golfo Pérsico. Murieron miles, dijo, "en nombre de la locura de Saddam. Si perdemos 100 o 200 personas como mártires de las elecciones, el sacrificio valdrá la pena".
"Es el precio que tenemos que pagar", agregó Mohammed Thamer, poeta. "No tenemos alternativa, no hay solución".
Junto a la puerta del café, chocan el pasado y el futuro de Iraq. En las paredes adentro hay fotografías de la historia de Iraq: el equipo de lucha con los torsos desnudos de 1936, la corte del Rey Faisal después de la Primera Guerra Mundial, el funeral del Rey Ghazi en 1939. Afuera, los carteles de la campaña electoral con promesas como: "Elecciones son seguridad y estabilidad". "Iraq primero", dice otro.
Danif, Karim y Yassin, amigos que se reúnen todos los jueves en el café, sonrieron cuando hablaron sobre la votación. Como otros, saben poco de los candidatos, los partidos o sus programas. Pero celebran lo que significan las elecciones.
"En política no confío en nadie", dijo Karim, 48. "Sólo confío en el pueblo iraquí".
Yassin sorbió de su té, luego habló
"Con las elecciones", dijo, "se pasarán las páginas del régimen totalitario y nunca volverán a ser abiertas".
La embajada norteamericana ha hecho esfuerzos por limitar su participación pública en las elecciones, y los militares norteamericanos, que desplegarán sus 150.000 tropas durante las elecciones, se mantendrán alejados de los colegios electorales. Dado el nivel de descontento y escepticismo sobre Estados Unidos en Iraq, puede ser la mejor manera de asegurar la legitimidad de las elecciones.
"A veces cuando los norteamericanos dicen Buenos días', nos ponemos desconfiados", dijo Yassin, crítico literario.
Pero no había nada de la furiosa indignación sobre la ocupación mostrada a menudo en lugares como Ciudad Sáder, leal al clérigo militante chií, o en barrios predominantemente sunníes, como Adhamiyah. En lugar de eso, los tres hombres dijeron que esperarían.
"Terminará, tarde o temprano", dijo Yassin. "Lo dice la historia".
En las paredes hay fotografías de una ocupación anterior: la entrada en Bagdad en 1917 del general de división británico Stanley Maude a la cabeza del ejército que había derrotado a los otomanos, el pontón que construyó en el Tigris, un puesto militar británico de 1923. Maude murió en la guerra; Iraq no alcanzó la independencia sino en 1932.
"Los norteamericanos se marcharán", dijo Karim. "Se marcharán como otros que ocuparon Iraq, tarde o temprano".
Entretanto, los tres hombres dijeron que tenían esperanzas.
"Tengo optimismo, mil por ciento", exclamó Danif.
Karim asintió. "Yo soy dos veces más optimista", dijo.
Yassin sonrió. "Soy optimista, pero sé que habría obstáculos y dificultades". Asintió con los otros y dijo: "Es sólo el principio".
16 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh
diez años de cárcel por torturas
El soldado estadounidense Charles Graner fue sentenciado este sábado por un tribunal militar a 10 años de cárcel y baja deshonrosa del ejército estadounidense por golpear y torturar prisioneros en la cárcel iraquí de Abu Ghraib.
Fort Hood, Estados Unidos. El jurado integrado por 10 miembros entregó la sentencia un día después de declararlo culpable en el caso de torturas que escandalizó al mundo y empañó la reputación de las tropas estadounidenses en Iraq.
El soldado de 36 años era considerado el cabecilla de los abusos que incluyeron golpizas a prisioneros, apilarlos desnudos y forzarlos a masturbarse en público.
Horas antes de la sentencia de la corte marcial realizada en la base Fort Hood del Ejército estadounidense en Tejas (sur), el soldado había expresado remordimiento por primera vez.
"Hice lo que hice. Mucho de ello estaba mal, mucho de ello era criminal", dijo Graner.
"No lo disfruté", agregó el militar, en su primera y única declaración ante los miembros del jurado.
Graner argumentó que obedecía órdenes para "ablandar" a los prisioneros para los interrogatorios, pero la fiscalía lo retrató como un "depravado" que castigaba y humillaba a los detenidos sin motivo.
El policía militar explicó que inicialmente se negó a tratar a los prisioneros de forma "irregular" pero luego cedió a las órdenes de los servicios de inteligencia militar.
"No estábamos tratando a los prisioneros como se suponía que debíamos hacerlo, así que me quejé", afirmó.
Agregó que sus superiores, entre ellos algunos oficiales, le dijeron que debía "seguir las órdenes" del personal de inteligencia militar.
En ese momento pensó que sus acciones eran legales -continuó- pero luego se dio cuenta de que no era así. De todos modos, "probablemente conozco la Convención de Ginebra (contra la tortura) mejor que nadie en mi compañía", presumió.
Graner contó que cada prisionero tenía un "controlador", a menudo el soldado de inteligencia militar encargado de interrogarlo.
"La mayoría de las cosas improvisadas eran hechas por los interrogadores civiles, pero también parte de la locura provenía de muchos de los soldados, que eran los controladores militares", agregó.
A la pregunta de por qué aparecía sonriente en algunas de las fotos de detenidos desnudos tomadas por los soldados en la prisión, el policía militar respondió: "estoy sonriendo ahora; es una sonrisa nerviosa".
Graner tomó muchas de las fotos y aparece en otras, sonriendo mientras mira a prisioneros desnudos y atados, o colocando su pie en posición de patear a prisioneros con las cabezas cubiertas y tirados en el piso.
El abogado de Graner, Guy Womack, insistió en que su cliente es un chivo expiatorio y afirmó que los oficiales que le dieron las órdenes son quienes deberían ser juzgados.
Ningún oficial militar fue acusado en el caso, y la defensa no logró llevar hasta ahora a ninguno al estrado como testigo.
Graner fue el quinto soldado estadounidense sentenciado por las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, y otros tres esperan a ser juzgados.
El viernes, luego que los diez miembros del jurado dieran su veredicto, los familiares de Graner presentaron un dramático pedido de clemencia y la madre del soldado dijo que su hijo "no es el monstruo que pretenden que sea".
16 de enero de 2005
©univisión
Fort Hood, Estados Unidos. El jurado integrado por 10 miembros entregó la sentencia un día después de declararlo culpable en el caso de torturas que escandalizó al mundo y empañó la reputación de las tropas estadounidenses en Iraq.El soldado de 36 años era considerado el cabecilla de los abusos que incluyeron golpizas a prisioneros, apilarlos desnudos y forzarlos a masturbarse en público.
Horas antes de la sentencia de la corte marcial realizada en la base Fort Hood del Ejército estadounidense en Tejas (sur), el soldado había expresado remordimiento por primera vez.
"Hice lo que hice. Mucho de ello estaba mal, mucho de ello era criminal", dijo Graner.
"No lo disfruté", agregó el militar, en su primera y única declaración ante los miembros del jurado.
Graner argumentó que obedecía órdenes para "ablandar" a los prisioneros para los interrogatorios, pero la fiscalía lo retrató como un "depravado" que castigaba y humillaba a los detenidos sin motivo.
El policía militar explicó que inicialmente se negó a tratar a los prisioneros de forma "irregular" pero luego cedió a las órdenes de los servicios de inteligencia militar.
"No estábamos tratando a los prisioneros como se suponía que debíamos hacerlo, así que me quejé", afirmó.
Agregó que sus superiores, entre ellos algunos oficiales, le dijeron que debía "seguir las órdenes" del personal de inteligencia militar.
En ese momento pensó que sus acciones eran legales -continuó- pero luego se dio cuenta de que no era así. De todos modos, "probablemente conozco la Convención de Ginebra (contra la tortura) mejor que nadie en mi compañía", presumió.
Graner contó que cada prisionero tenía un "controlador", a menudo el soldado de inteligencia militar encargado de interrogarlo.
"La mayoría de las cosas improvisadas eran hechas por los interrogadores civiles, pero también parte de la locura provenía de muchos de los soldados, que eran los controladores militares", agregó.
A la pregunta de por qué aparecía sonriente en algunas de las fotos de detenidos desnudos tomadas por los soldados en la prisión, el policía militar respondió: "estoy sonriendo ahora; es una sonrisa nerviosa".
Graner tomó muchas de las fotos y aparece en otras, sonriendo mientras mira a prisioneros desnudos y atados, o colocando su pie en posición de patear a prisioneros con las cabezas cubiertas y tirados en el piso.
El abogado de Graner, Guy Womack, insistió en que su cliente es un chivo expiatorio y afirmó que los oficiales que le dieron las órdenes son quienes deberían ser juzgados.
Ningún oficial militar fue acusado en el caso, y la defensa no logró llevar hasta ahora a ninguno al estrado como testigo.
Graner fue el quinto soldado estadounidense sentenciado por las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, y otros tres esperan a ser juzgados.
El viernes, luego que los diez miembros del jurado dieran su veredicto, los familiares de Graner presentaron un dramático pedido de clemencia y la madre del soldado dijo que su hijo "no es el monstruo que pretenden que sea".
16 de enero de 2005
©univisión
tropas dañan babilonia
Tropas norteamericanas han dañado Babilonia, según el Museo Británico.
Londres, Reino Unido. Tropas norteamericanas que utilizan como base la antigua ciudad iraquí de Babilonia han causado daños y contaminado artefactos que datan de miles de años en uno de los más importantes sitios arqueológicos del mundo, declaró el sábado el Museo Británico.
Por ejemplo, vehículos militares aplastaron un camino de adoquines de 2.600 años de antigüedad, y los fragmentos arqueológicos, incluyendo adoquines quebrados con el sello del Rey Nabucodonosor II, quedaron desparramados por el sitio, dice un informe del museo. Los dragones de la Puerta de Ishtar fueron desfigurados por fisuras y hendiduras cuando alguien trató de despojarlos de sus ladrillos decorativos, dice el informe.
John Curtis, curador del departamento del Lejano Oriente del Museo Británico, que fue invitado por los iraquíes a estudiar el sitio, dijo en el informe: "Es lo mismo que establecer un campamento militar en los alrededores de la Gran Pirámide de Egipto, o en torno a Stonehenge en Gran Bretaña".
Reconoció que al principio la presencia norteamericana protegió el sitio de los saqueadores. Pero obras posteriores -incluyendo el cubrimiento de extensas áreas con grava para instalar estacionamientos y pistas de aterrizaje de helicópteros- fueron perjudiciales, dijo.
En una entrevista el sábado con Television News de la Associated Pres, el ministro iraquí de Cultura, Mufid al-Jazairi, dijo: "Pensaba que la ciudad arqueológica de Babilonia había sufrido daños, pero no sé exactamente qué tanto es el daño".
Las ruinas de Babilonia han sido ocupadas desde los primeros días de la invasión por los marines norteamericanos y, más recientemente, por soldados polacos y de otros países. Babilonia se encuentra a 80 kilómetros al sur de Bagdad.
Un portavoz militar polaco en Iraq, el teniente coronel Artur Domansky, dijo que las tropas estaban colaborando con las autoridades iraquíes en sus esfuerzos por proteger el sitio. "He pedido a nuestros arqueólogos que preparen una respuesta específica a las acusaciones, pero tengo que darle tiempo", dijo.
Los principales sitios de la ciudad -la Puerta de Ishtar, las ruinas de Babilonia y el Palacio de Nabucodonosor- se encuentran en un área apartada del perímetro del campamento, y son administrados por funcionarios iraquíes como un parque arqueológico pagado.
Militares norteamericanos dicen que todas las obras en el terreno han sido paralizadas y que están considerando reubicar a las tropas para proteger las ruinas.
El teniente coronel Steven Boylan, un portavoz militar norteamericano, dijo que todas las obras de ingeniería eran discutidas con el director del museo de Babilonia. "Un arqueólogo estudió todos los proyectos de construcción para medir su impacto sobre las ruinas históricas", dijo.
16 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh
Londres, Reino Unido. Tropas norteamericanas que utilizan como base la antigua ciudad iraquí de Babilonia han causado daños y contaminado artefactos que datan de miles de años en uno de los más importantes sitios arqueológicos del mundo, declaró el sábado el Museo Británico.Por ejemplo, vehículos militares aplastaron un camino de adoquines de 2.600 años de antigüedad, y los fragmentos arqueológicos, incluyendo adoquines quebrados con el sello del Rey Nabucodonosor II, quedaron desparramados por el sitio, dice un informe del museo. Los dragones de la Puerta de Ishtar fueron desfigurados por fisuras y hendiduras cuando alguien trató de despojarlos de sus ladrillos decorativos, dice el informe.
John Curtis, curador del departamento del Lejano Oriente del Museo Británico, que fue invitado por los iraquíes a estudiar el sitio, dijo en el informe: "Es lo mismo que establecer un campamento militar en los alrededores de la Gran Pirámide de Egipto, o en torno a Stonehenge en Gran Bretaña".
Reconoció que al principio la presencia norteamericana protegió el sitio de los saqueadores. Pero obras posteriores -incluyendo el cubrimiento de extensas áreas con grava para instalar estacionamientos y pistas de aterrizaje de helicópteros- fueron perjudiciales, dijo.
En una entrevista el sábado con Television News de la Associated Pres, el ministro iraquí de Cultura, Mufid al-Jazairi, dijo: "Pensaba que la ciudad arqueológica de Babilonia había sufrido daños, pero no sé exactamente qué tanto es el daño".
Las ruinas de Babilonia han sido ocupadas desde los primeros días de la invasión por los marines norteamericanos y, más recientemente, por soldados polacos y de otros países. Babilonia se encuentra a 80 kilómetros al sur de Bagdad.
Un portavoz militar polaco en Iraq, el teniente coronel Artur Domansky, dijo que las tropas estaban colaborando con las autoridades iraquíes en sus esfuerzos por proteger el sitio. "He pedido a nuestros arqueólogos que preparen una respuesta específica a las acusaciones, pero tengo que darle tiempo", dijo.
Los principales sitios de la ciudad -la Puerta de Ishtar, las ruinas de Babilonia y el Palacio de Nabucodonosor- se encuentran en un área apartada del perímetro del campamento, y son administrados por funcionarios iraquíes como un parque arqueológico pagado.
Militares norteamericanos dicen que todas las obras en el terreno han sido paralizadas y que están considerando reubicar a las tropas para proteger las ruinas.
El teniente coronel Steven Boylan, un portavoz militar norteamericano, dijo que todas las obras de ingeniería eran discutidas con el director del museo de Babilonia. "Un arqueólogo estudió todos los proyectos de construcción para medir su impacto sobre las ruinas históricas", dijo.
16 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh