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purga en la policía mexicana


[Francesc Relea] Destituyeron a 284 jefes por complicidad con el narcotráfico. Purga masiva de policías mexicanos.
Ciudad de México, México. En una nueva ofensiva contra el narcotráfico, el gobierno de Calderón relevó a 284 altos mandos, entre ellos los comandantes de la Policía Federal en los 32 estados del país.
El gobierno mexicano ha iniciado una depuración sin precedentes de los cuerpos de seguridad, al destituir a toda la cúpula de la Policía Federal Preventiva (PFP) por connivencia con el narcotráfico. Genaro García Luna, ministro de Seguridad Pública, anunció ayer que 284 altos mandos de la PFP y de la Policía Fiscal (AFI) han sido destituidos en todo el país. La purga incluye a los 34 comandantes de la Policía Federal en los 32 estados de México. El ministro resumió en una frase la voluntad del gobierno de Felipe Calderón para garantizar la seguridad de los ciudadanos: "Necesitamos una policía honesta, limpia y confiable". Y reconoció que se trata de una medida frontal para combatir el crimen.
El presidente Calderón dio un paso más en la ofensiva contra el narcotráfico, iniciada en diciembre pasado, a los pocos días de su toma de posesión. Hasta ahora, había movilizado a miles de soldados y policías en buena parte del país en operativos donde primó la espectacularidad por encima de la eficacia. La nueva estrategia del área de seguridad del gobierno parece encaminada a combatir la corrupción, "eje de la lucha contra el crimen", en palabras del ministro de Seguridad.
García Luna rehusó detallar hasta dónde llegaba la complicidad de los oficiales destituidos con los delincuentes y admitió que las autoridades tomaron una decisión tan radical por un conjunto de razones, entre las que incluyó desconfianza, ineficiencia y corrupción. Aludió a "problemas serios en la parte operativa", de relaciones con la ciudadanía y en la escasa capacidad de investigación. Exculpó, sin embargo, a los afectados –"no era culpa de ellos", dijo–, porque durante años el gobierno no invirtió en la policía. "Sin complicidad con la autoridad, la delincuencia está condenada al fracaso", aseguró.
El proceso de depuración de los cuerpos federales de seguridad comenzó hace algunos meses, precisó el ministro, con la convocatoria de un curso especial de capacitación para 306 elementos de la PFP y de la Policía de la Fiscalía, que incluyó exámenes médicos, control antidoping, revisión de la situación patrimonial y detector de mentiras. Seis de los convocados rechazaron ser evaluados integralmente, especialmente en exámenes antidoping, y otros 16 no fueron considerados aptos. Los que aprobaron los exámenes ocupan desde el lunes los nuevos cargos y los 34 que obtuvieron las mejores notas son los comandantes de la Policía Federal en los distintos estados.
Los oficiales relevados de sus puestos serán investigados y podrán asistir a un curso de readaptación, en el que tendrán que pasar todo tipo de pruebas para acreditar que son confiables, que no tienen adicción a las drogas y que no han incrementado su patrimonio. Quienes se nieguen a los exámenes "quedarán automáticamente fuera de la policía", señaló el ministro García Luna. Los que permanezcan en la institución deberán realizar un curso de varios meses y serán examinados periódicamente. Ninguno de ellos podrá ocupar un cargo de responsabilidad.
La depuración de la PFP, cuerpo integrado parcialmente por militares, forma parte de los planes del gobierno de crear una nueva policía. En una reunión reciente con la prensa extranjera, García Luna anunció la voluntad de su departamento de constituir un nuevo cuerpo de unos 8500 elementos, con formación universitaria. "Queremos que el policía sea lo mejor de la sociedad, como ocurre en los países más desarrollados", declaró el ministro de Seguridad.
Previamente a la purga de la PFP, el gobierno había tomado medidas contra las policías locales de varios estados. En Nuevo León, el ejército realizó un operativo de varios días en diversos municipios donde fueron detenidos más de 150 efectivos de distintos cuerpos policiales del estado. Todos ellos fueron trasladados a la Academia de Policía por su probable colaboración con la delincuencia organizada. Los nombres de los detenidos figuraban en varias listas halladas en unas camionetas abandonadas por pistoleros en un centro comercial.
La ciudad de Tijuana, en el estado de Baja California, vivió en enero pasado una situación sin precedentes, cuando se puso en marcha el operativo conjunto contra el narcotráfico. Los 2300 policías municipales fueron desarmados y acuartelados por el ejército, cuyos expertos en balística analizaron cuidadosamente las armas de los agentes para determinar si alguna de ellas fue utilizada en actos delictivos. Hace dos años, la Policía Municipal de Nuevo Laredo (Tamaulipas), paso fronterizo con Estados Unidos, fue desarticulada después de un grave incidente en que un grupo de municipales recibió a tiros a un contingente de policías judiciales enviados por el gobierno federal desde la Ciudad de México. Quinientos de los 800 efectivos fueron expulsados por connivencia con el narcotráfico. El diario El Universal aplaudió en su editorial de ayer las medidas adoptadas desde la Secretaría de Seguridad Pública, que calificaba como un buen comienzo. Y añadía que debía reconocer las limitaciones salariales de los efectivos.
Mal pagados y peor entrenados, los agentes mexicanos son presa fácil para el crimen organizado. En 21 estados del país, un policía cobra un salario que oscila entre 2000 pesos (136 euros) y 4000 pesos (272 euros) al mes. Los narcotraficantes no necesitan invertir mucho dinero por cada agente para duplicar sus ingresos y crear sus redes de impunidad, según la Secretaría de Seguridad Pública. El ministro Genaro García Luna reconoce que las últimas informaciones obtenidas de capos de la delincuencia organizada, en las que figuran listas de policías al servicio del hampa, demuestran que "el costo de nómina por pago de policías, en promedio, es de 4100 pesos (279 euros) por agente, o sea que hasta el mismo precio de corromper es bajo para el crimen organizado".
Involucrarse en alguno de los carteles de la droga puede dar buenos réditos económicos, pero tiene altos riesgos. En lo que va del año, los policías muertos por la violencia de las bandas de narcotraficantes suponen aproximadamente el 10 por ciento del millar de víctimas. En la inmensa mayoría de los casos, los agentes fueron el objetivo de los sicarios de algunos de los dos carteles de la droga que se disputan el territorio mexicano.
La espiral de violencia ha continuado en las últimas horas. Un comandante de la policía estatal fue asesinado en Nayarit, otras cinco personas fueron ejecutadas en el Estado de Guerrero, y en la frontera entre México y Estados Unidos, a la altura de Tijuana, fue descubierto un túnel para introducir drogas o personas.

26 de junio de 2007
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ya van mil 300 homicidios


México vive uno de sus años más violentos con más de 1.300 ejecuciones.
México vive uno de sus años más violentos con más de 1.300 ejecuciones en lo que va de 2007, la mayoría relacionadas con el crimen organizado, a pesar de los vistosos operativos implementados por el gobierno desde hace seis meses compuestos en su mayoría por militares.
Emboscadas contra uniformados a plena luz del día, cacerías de sicarios que secuestran a sus víctimas en sus propias casas para luego abandonar sus cuerpos con tiros de gracia en otros lugares, entre otras operaciones del crimen organizado, han dejado un saldo de entre 1.270 y 1.382 personas asesinadas en 2007, según reportes periodísticos.
En 2001 hubo 1.080 ejecuciones, una cifra que se incrementó año a año y que en 2006 alcanzó 2.100 homicidios, un promedio superior al de los años anteriores, de acuerdo con la revista electrónica Reporte Indigo.
El diario Reforma ubica la cifra en 1.270 ejecutados hasta el 11 de junio. Las autoridades de seguridad, consultadas por la AFP, dicen no contar con cifras globales.
El error "está en la estrategia gubernamental", dijo José Antonio Ortega, presidente de la organización no gubernamental Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal.
Partiendo de la premisa de que no hay crimen organizado sin protección oficial, los órganos de inteligencia del Ejército, cuyos elementos componen la fila más gruesa de los operativos federales, "tendrían que estar trabajando de manera quirúrgica contra los que desde el poder se han beneficiado del narcotráfico", señaló a la AFP.
"No se ha detenido a ningún operador político, a ningún lavador de dinero", pese a la "evidente complicidad" entre capos y "algunos policías y algunos políticos", añadió.
Para el gobierno federal la violencia es producto de un reacomodo del mercado de drogas, determinado por el descenso del consumo de cocaína en Estados Unidos, y de disputas entre capos por el control milimétrico del territorio mexicano.
Sin embargo del gobierno de Estados Unidos sostiene que el consumo de cocaína en ese país es "relativamente estable".
El 90% de la cocaína que se consume en Estados Unidos llega por contrabando vía México, así como cantidades significativas de heroína y metanfetaminas. Este país también es el principal proveedor de la marihuana que usan los estadounidenses, según el Informe Internacional de Drogas 2007, elaborado por el Departamento de Estado.
Bajo el lema de 'mano dura', el presidente Felipe Calderón, en el poder desde el 1 de diciembre, decidió utilizar el Ejército para frenar a los narcotraficantes y desplegó aparatosos operativos en nueve estados del país.
Los funcionarios federales, unos 20.000 en total, patrullan las calles e instalan retenes, una tarea para la que no están preparados como lo demuestra el episodio de una familia acribillada en uno de los filtros de seguridad, han reclamado varios sectores.
A diario los mexicanos amanecen con la noticia de al menos un nuevo 'encajuelado' (cadáver abandonado en la cajuela de un auto) o 'ensabanado' (envuelto en una sábana).
"Lo que se requiere reflejar es que el presidente no puede con el problema, que está perdiendo la batalla", prosiguió Ortega.
El número de narcotraficantes detenidos en México en los primeros cuatro meses de 2007 (una media de 19 por día) ha disminuido respecto al promedio diario del año pasado, de 28, señaló la prensa, al citar cifras de la Procuraduría General de la República (PGR).
"Pareciera que el contubernio está dándose al más alto nivel, como en el caso de Nuevo León (norte de México)", gobernado por el opositor Partido Revolucionario Institucional (PRI), considerada hasta hace un par de años como una de las demarcaciones más tranquilas del país, añadió Ortega.
El 12 de junio un diputado de la industrial ciudad de Monterrey, Nuevo León, del PRI, detenido en 1986 por presunta posesión de 12 kilos de marihuana, fue asesinado a balazos frente al Palacio Municipal.
"Existen nexos críticos entre los gobiernos locales y el narcotráfico", coincide el especialista en seguridad nacional de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Pedro Isnardo De la Cruz.
De enero al 11 de junio, del total de ejecutados, 134 fueron torturados, 13 decapitados y en 53 cadáveres se dejaron 'narcomensajes', según un conteo periodístico.
La mayoría de los asesinatos se han cometido en Sinaloa con 191 (noroeste), Michoacán 169 (oeste) y Guerrero 155 (sureste), tres estados con fuerte actuación del narcotráfico.

21 de junio de 2007
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tensiones policiales en tijuana


[Richard Marosi] Con una delincuencia desenfrenada, las rivalidades políticas alimentan los conflictos armados entre las fuerzas policiales de la ciudad y del estado.
Tijuana, México. Los dos cuerpos policiales se midieron con la mirada en una estrecha calle del centro de la ciudad. A un lado de la Calle 8, los agentes de la ciudad formaban una línea frente a su cuartel general.
En la acera de enfrente, treinta agentes de la policía estatal, enmascarados y vestidos de negro, les hacían frente, con sus armas en la mano.
La policía de la ciudad había detenido a dos agentes de la policía nacional presuntamente por amenazar a los guardaespaldas del alcalde.
La policía del estado había llegado a liberar a esos dos. Avanzaron hacia la acera de enfrente y trataron de hacerse camino con sus hombros hacia el interior del edificio.
El enfrentamiento el año pasado, que terminó cuando la policía municipal entregó a los agentes, fue uno de los varios incidentes que han colocado a un cuerpo policial contra otro en un conflicto que parece hacerse más profundo con cada persecución en coche y allanamiento que ocurre.
Los choques armados entre las agencias de orden no son nada nuevo en México, donde la policía a menudo toma partido por alguno de los carteles de la droga rivales. Pero en Tijuana la fricción es, al menos parcialmente, una lucha política entre el Partido de Acción Nacional, conocido como PAN, y el Partido Revolucionario Institucional, PRI.
Un período de relativa calma fue roto cuando Jorge Hank Rhon, el candidato del PRI, asumió como alcalde a fines de 2004 y nombró a su propio jefe de policía para dirigir el cuerpo municipal de 2.750 miembros, que había sido controlado por el PAN durante más de diez años. El gobernador de Baja California, Eugenio Elorduy Walther, del PAN, quedó a cargo de la fuerza policial del estado de Tijuana, que comprende 450 detectives y un destacamento de respuesta rápida altamente preparado.
Los partidos rivales han dicho que forman un frente unido contra las bandas de tráfico de drogas, pero la rivalidad policial ha dejado al descubierto un inquietante nivel de desorganización.
Las dos fuerzas policiales han actuado con dureza. En marzo de 2005 la policía municipal cercó la sede de la policía del estado y liberó a punta de pistola a dos de sus agentes que habían sido detenidos en el marco de la investigación de un homicidio.
El mes pasado, los agentes municipales volvieron a rodear el edificio de la policía nacional después de que sus agentes detuvieran a un policía municipal. Y en el último año y medio, ha habido al menos una docena de enfrentamientos entre agentes del estado y de la policía municipal asignados a la protección de Rhon.
La lucha entre cuerpos policiales no podía ocurrir en peores circunstancias. En la ciudad de un millón y medio de habitantes, los carteles de la droga están luchando por el control de las lucrativas rutas de transporte. Muchos vecinos de clase alta y media se están marchando de la ciudad para evitar ser blanco de secuestros por rescate. Una drogadicción sin freno explicaría el aumento de los robos de coches y asaltos.
Debido a que la seguridad pública sigue siendo el problema más importante de los habitantes, la opinión sobre la policía puede determinar destinos políticos, provocando que las agencias traten de superarse o de provocar el fracaso de la otra. "Cada cuerpo policial trata de mostrar progresos y logros mientras critica y pone en ridículo a la otra... y los únicos que se benefician de esta situación son las bandas criminales", dijo José María Ramos, director de la escuela de administración pública del Colegio de la Frontera Norte de Tijuana.
Después de que asumiera el jefe de la policía municipal de Rhon, las áreas de responsabilidad de las agencias empezaron a confundirse. Las autoridades del estado están a cargo de las investigaciones, pero los policías municipales empezaron a extender su territorio y a realizar sus propias pesquisas en un intento de ganarse a la opinión pública. Dijeron que tenían que mostrarse más agresivos en una ciudad dominada por la delincuencia.
El conflicto estalló en transitadas avenidas cuando los agentes de la policía nacional empezaron a interceptar la escolta de todoterrenos del alcalde, que iban repletos de guardaespaldas fuertemente armados. Los partidarios del alcalde calificaron la acción de acoso, pero la policía del estado dijo que los coches no estaban inscritos. Dijeron que tenían que controlar estrechamente esas escoltas porque se ajustaban a la descripción de equipos de asesinos a sueldo del crimen organizado que cometen secuestros y asesinatos en toda la ciudad.
Cada enfrentamiento entre las fuerzas policiales ha recibido una amplia cobertura en la prensa local, y algunos políticos del PRI calificaron las paradas como una campaña orquestada para molestar al alcalde.
Las relaciones entre los cuerpos policiales empeoraron en enero cuando el presidente mexicano Felipe Calderón despachó a la ciudad miles de soldados y agentes federales. El general a cargo de la Operación Tijuana ordenó a la policía municipal que entregasen sus armas mientras los agentes eran pesquisados por posibles vínculos con el crimen organizado.
La policía municipal protestó patrullando con tirachinas colgando de sus pistoleras, quejándose de que las inspecciones anticorrupción deberían extenderse también a la policía nacional.
Rhon renunció a la alcaldía en febrero, poniendo fin a sus tensos recorridos de su escolta en la ciudad -y desde entonces las cosas se han calmado, dijo Víctor Manuel Zataraín, el jefe de la policía municipal. Él y otros funcionarios policiales dicen que la cooperación y coordinación entre las agencias ha mejorado, especialmente en situaciones de emergencia.
Pero algunos expertos dicen que las profundas divisiones todavía estropean los esfuerzos de represión del crimen organizado. Cuando varios hombres armados irrumpieron en abril el Hospital General de Tijuana para liberar a un colega herido, por ejemplo, la mayoría de ellos lograron escapar, pese a una supuesta operación conjunta de las policías municipal y nacional.
Cuando este verano empezó la campaña por la gobernación del estado, algunos expertos dijeron que era probable que las relaciones se volvieran a poner tensas. Incidentes menores todavía estallan y se convierten en tensos enfrentamientos, como se hizo evidente el mes pasado cuando agentes nacionales detuvieron a un agente municipal presuntamente por portar un arma sin permiso. Cuando Zataraín visitó el edificio de la policía del estado para aclarar las cosas, lo hizo con varios guardaespaldas. Unas dos docenas de agentes municipales rodearon el edificio y bloquearon las calles aledañas, dijo la policía nacional.
Poco después de que la policía municipal tomara posiciones, llegaron al lugar unos cincuenta refuerzos de la policía nacional y los dos cuerpos fuertemente armados terminaron mirándose y midiéndose en el sitio durante alrededor de una hora en la acera del edificio.

richard.marosi@latimes.com

6 de junio de 2007
4 de junio de 2007
los angeles times
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militares detenidos por asesinato


Diecinueve militares mexicanos detenidos por participación en el asesinato de dos mujeres y tres niños.
Ciudad de México, México. Tres oficiales y dieciséis soldados del ejército mexicano fueron detenidos el lunes en relación la muerte durante el fin de semana de dos mujeres y tres niños en un puesto de control militar en el estado de Sinaloa, al oeste del país.
Una declaración del ministro de Defensa de México dice que los oficiales y soldados serán retenidos en una cárcel militar en la ciudad de Mazatlán en relación el asesinato del sábado. Las víctimas estaban en un coche con otras tres personas cuando el conductor presuntamente desobedeció la orden de detenerse en el puesto de control en Joya de los Martínez, dijeron funcionarios.
Tres de las cuatro mujeres en el coche eran maestras rurales que se dirigían a un velatorio. Funcionarios de la Defensa dijeron que las tropas implicadas eran miembros del Regimiento de Infantería Motorizada 24, que participa en "la campaña permanente contra el tráfico de drogas".
Entre las víctimas se encuentra Griselda Galaviz Baraza, 25, y sus tres hijos, de 7, 4 y 2 años. El defensor del pueblo en derechos humanos del estado de Sinaloa ha iniciado una investigación del caso.
El presidente Felipe Calderón ha enviado al ejército a varios estados mexicanos para combatir el tráfico de drogas. Este año, el ombudsman federal de derechos humanos criticó duramente la decisión de Calderón de utilizar tropas en la guerra contra las drogas ilegales.

6 de junio de 2007
5 de junio de 2007
©los angeles times
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el tráfico de drogas en méxico


[Manuel Salazar Salvo] Los mariachi entran al baile. En 1977, 10 mil soldados participaron en la Operación Cóndor, destinada a destruir plantaciones de marihuana en Sinaloa, Durango y Chihuahua, un área que producía más del 70% de las drogas de todo México.
En 1979, el subprocurador general de la República, Samuel Alba Leyva, aseguró que el cultivo y el tráfico de drogas en la región habían sido erradicados.
Al iniciarse la década de 1970, los viejos contrabandistas mexicanos empezaron a modernizarse para ingresar al nuevo gran negocio: el mercado de drogas estadounidense. Ya no sólo se trataba de proveer a los gringos de tequila, marihuana y hongos alucinógenos. Ahora, los pedidos incluían partidas de heroína y cocaína. Había que trazar nuevas rutas, cambiar los medios de transporte, fijar puntos de entrega y establecer alianzas con las organizaciones hermanas que estaban surgiendo en Colombia.
Los traficantes aztecas se valieron inicialmente de grupos delictivos de Guatemala y Honduras, en Centroamérica; y de Trinidad y Tobago, Haití, República Dominicana y Puerto Rico, en el Caribe. Bajaban a esos países a buscar la cocaína y luego la subían a Estados Unidos.
La prohibición paulatina de drogas y alcohol en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos produjo una expansión del contrabando desde México, tráfico en el cual se involucraron las elites locales y regionales. Altos funcionarios del Gobierno central también vieron el incremento exponencial de las ganancias y flaquearon ante el caudal de dólares que inundaba las zonas fronterizas y se extendía al resto del país.

El Hábito de la Corrupción
La Segunda Guerra Mundial y la guerra civil en China, con sus efectos sobre el tráfico de heroína hacia EEUU, permitieron un nuevo avance a los grupos dedicados al tráfico de marihuana y opio. En los '50 surgieron zonas de producción de drogas y se establecieron contactos con las redes internacionales de narcotráfico.
También por esos años se consolidaron los vínculos entre el poder político, cada vez más centralizado, y las organizaciones criminales. A modo de ejemplo, investigadores mexicanos citan los recursos depositados en bancos extranjeros por el Presidente Miguel Alemán Valdés (1946-1952) y otros funcionarios de su administración, por un monto superior a los 500 millones de dólares.
Se recuerda que un gobernador de Chihuahua fue forzado a dimitir por una protesta popular que lo acusó de controlar la prostitución en Ciudad Juárez, y su colega de Baja California tuvo que dejar su puesto ante las quejas de unas ocho mil prostitutas que exigían dejar de pagar una cuota a una supuesta organización caritativa que dirigía su esposa.
Quince años después, los hippies que buscaban el paraíso artificial y los ex combatientes de Vietnam que requerían heroína, así como la interrupción de las rutas que proveían de drogas a la Mafia italo-norteamericana desde el Oriente, contribuyeron a la expansión de las organizaciones criminales mexicanas.
La Casa Blanca, inquieta, apoyó en marzo de 1970 una campaña contra el narcotráfico, y ocho meses después se informó de la destrucción de siembras de amapola en Chihuahua y Sinaloa. Pero ese mismo año, individuos armados procedentes de Sinaloa empezaron a adquirir tierras y a contratar campesinos para plantar amapolas y marihuana.
Pocos años después, en 1977, 10 mil soldados participaron en la Operación Cóndor, destinada a destruir plantaciones de marihuana en Sinaloa, Durango y Chihuahua, un área de 70 mil kilómetros que producía más del 70% de los enervantes de todo el país. En 1979, el subprocurador general de la República, Samuel Alba Leyva, aseguró que el cultivo y el tráfico de drogas en la región habían sido erradicados.
A mediados de los '70, México ya era la principal fuente de marihuana para el mercado estadounidense, proveía el 70% de la heroína y era una de las dos rutas principales para la cocaína que viajaba desde América del Sur.
Con el crecimiento disparado de la demanda y los beneficios, gran parte de las autoridades locales comenzaron a participar sin rubor en el negocio, incluso en los procesos de producción y distribución, según acreditan decenas de investigaciones realizadas por especialistas de los más diversos orígenes.
La policía política de entonces, la Dirección Federal de Seguridad (DFS), jugó un papel crucial en la centralización de la producción y el tráfico de drogas. El investigador Elaine Shannon, en su libro ‘Desperados. Los caciques latinos de la droga, los agentes de la ley y la guerra que Estados Unidos no puede ganar', publicado en 1988, señala: "A mediados de los años 70, cuando las bandas de Sinaloa guerreaban entre sí y con la Policía Judicial Federal y la DEA (Drug Enforcement Agency), los comandantes de la DFS Esteban Guzmán y Daniel Acuña fueron a ver a los señores de la droga de Sinaloa, Ernesto Fonseca, Miguel Ángel Félix Gallardo, los Caro y los Quintero, y les aconsejaron que dejaran a un lado la violencia y edificaran una base de operaciones en Estados Unidos. Según Gabriel, un informante de la DEA que dijo haber trabajado en la DFS de 1973 a 1981, los funcionarios de esta dirección persuadieron a los traficantes de Sinaloa para que se reubicaran en Guadalajara. Dijo que los agentes de la DFS edificaron una especie de complejo narcoindustrial. Conforme a su relato, los agentes de la DFS presentaron a los traficantes con personas de influencia en Guadalajara, les buscaron casa y les asignaron guardaespaldas. Los traficantes proporcionaban músculo y sangre, y los dirigentes de la DFS aportaban cerebro, coordinación, aislamiento de otras agencias del Gobierno y poder de fuego en forma de miles de armas automáticas introducidas de contrabando".

Todos en Guadalajara
En 1976, en Ojinaga, empezó a sobresalir un hombre al que le gustaban los sombreros finos, las metralletas R-15 y las camionetas Bronco, y que, además, ayudaba a los pobres y a los estudiantes. Era Pablo Acosta, ‘El Zorro de Ojinaga', el primer gran capo que controló la exportación de cocaína, heroína y marihuana en el nororiente de Chihuahua. Agentes federales lo acribillaron en su rancho y su organización pasó a manos de tres hermanos que habían llegado a trabajar con él seis años antes, desde Sinaloa: eran Amado, Cipriano y Vicente Carrillo, sobrinos de Ernesto Fonseca Carrillo, alias ‘Don Neto'.
Al comenzar la década de los '80, Miguel Ángel Félix Gallardo formó el cartel de Guadalajara, integrado por Juan Ramón Matta Ballesteros, Ernesto Fonseca Carrillo, Manuel Salcido Uzeta, Javier Barba Hernández, Juan José Quintero Payán, Amado Carrillo Fuentes, Rafael Caro Quintero, Héctor ‘El Güero' Palma y los hermanos Arellano Félix, entre otros. Todos eran de Sinaloa.
Félix Gallardo había llegado a un acuerdo con los carteles colombianos para trasladar cocaína, heroína y marihuana a California. Conocía bien el negocio: había sido policía y luego guardaespaldas del gobernador de Sinaloa, Leopoldo Sánchez Celis. En 1982, el cartel de Guadalajara introducía 1,5 toneladas de cocaína al mes en Estados Unidos.
Guadalajara era una ciudad tranquila, donde se bebía tequila y se escuchaba mariachi. Los pueblos vecinos sufrían el desempleo y la pobreza, pero de pronto todo cambió y hubo un repentino auge económico en las comunidades rurales. Los mariachi fueron desplazados por las bandas de narcorridos y música más alegre. En Cúcula, cuenta una periodista mexicana, a veces se encontraba sólo un mariachi: el del monumento que se encuentra a la entrada del pueblo.
Los carteles colombianos que intentaron transportar cocaína a México en forma independiente obtuvieron fracaso tras fracaso, y tuvieron que aliarse con la delincuencia organizada local, coludida desde hace décadas con múltiples instituciones. El poder económico de los cafeteros fue inútil en las tierras de Pancho Villa, donde siempre el poder otorga dinero, pero no siempre el dinero otorga poder.

La Repartición de un País
Enrique ‘Kiki' Camarena, un osado agente estadounidense de la DEA, logró ganarse la confianza de Caro Quintero, Fonseca Carrillo, Manuel Salcido y Félix Gallardo, los mero mero de Guadalajara. Se trataban de compadres y Camarena les prometió protección e impunidad desde el estado de Guerrero hasta Tijuana.
En noviembre de 1984, 450 soldados apoyados por helicópteros ingresaron al rancho Búfalo, en Chihuahua, donde trabajaban unos 10 mil campesinos. Las tropas incautaron unas mil hectáreas de cannabis, es decir, cerca de 10 mil toneladas de marihuana –el consumo de un año en el mercado de EEUU–, avaluada en más de ocho mil millones de dólares.
Cuatro meses tardaron los perjudicados en descubrir que Camarena los había traicionado. En marzo de 1985 lo secuestraron en la vía pública, lo torturaron y lo asesinaron.
El error fue grave y las consecuencias peores. Washington presionó al Gobierno mexicano y la DEA atrapó a Félix, Caro y Fonseca, dejando al cartel sin sus principales cabezas. Entonces, Juan José Esparragosa-Moreno, ‘El Azul', uno de los más respetados jefes mafiosos, convocó a una junta de principales y antiguos para proponer una solución salomónica: la repartición del territorio mexicano.
Así surgieron cuatro grandes nuevos carteles: Tijuana, a cargo de los Arellano Félix y ‘Chuy' Labra; Sinaloa, dirigido por Joaquín ‘El Chapo' Guzmán y ‘El Güero' Palma; el del Golfo, controlado por Juan García Ábrego, y el de Ciudad de Juárez, liderado por Amado Carrillo.
Eran y se sentían como una verdadera gran familia, pero la competencia aumentaba y el tiempo apremiaba. Los lazos se rompieron en semanas y se desató la guerra entre los nuevos carteles.
‘El Chapo' y ‘El Güero' se aliaron con Amado Carrillo en contra de los Arellano Félix. A la esposa de ‘El Güero' le cortaron la cabeza y a sus hijos los lanzaron amarrados desde un puente. En la batalla no se dieron tregua ni cuartel, y hasta un cardenal de la Iglesia Católica murió acribillado en el pleito.
Mientras, desde Ciudad Juárez, Gilberto Ontiveros Lucero, ‘El Greñas', y Jesús Meléndez, ‘Don Chuy', se transformaron en ‘los reyes de la cocaína'. El alcaloide que introducían a Estados Unidos viajaba por aire desde Colombia a los puertos de Veracruz o Tampico; de ahí, por avión o en camiones, a Chihuahua y luego a bodegas de Juárez y El Paso, desde donde finalmente salía hacia Los Ángeles oculta entre piñatas y artesanías. En 1988, el cartel de Juárez tenía en su nómina a 30 jefes y comandantes de la Policía Judicial Federal, encargados de custodiar los cargamentos. Amado Carrillo Fuentes, el jefe indiscutido, decidió transportar la cocaína a gran escala a bordo de aviones Boeing 727, que aterrizaban en Chihuaha después de un largo viaje desde Colombia. Muy pronto se empezó a hablar del ‘Señor de los Cielos'.
Un trabajo similar realizaba el cartel del Golfo, considerado el más antiguo de México. Comenzó en la década de los '50 con el tráfico de whisky en la zona de Tamaulipas. Juan Nepomuceno Guerra fue el líder hasta el fin de sus días y las autoridades nunca pudieron probarle delito alguno. En los años '80 llegó un sobrino del jefe, Juan García Ábrego, quien giró el negocio hacia las drogas e instaló a su lado a tres hombres de confianza: Óscar Malherbe, Jaime González y Raúl Valladares, quienes se hicieron cargo de llevar miles de toneladas de cocaína a Estados Unidos, en una férrea asociación con el cartel de Cali, de los colombianos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela. El vínculo entre ambos grupos era Luis Hermida Madrid, llamado 'El Ingeniero' por su habilidad para trazar rutas de transporte.

¿Narcodemocracia?
La especificidad fundamental del crimen organizado en México es que se origina, se sostiene y nutre desde las estructuras del Estado, en particular de aquellas que teóricamente existen para combatir, precisamente, a la delincuencia. Las inmensas diferencias en niveles de renta y de poder, junto a factores como el escaso desarrollo de la sociedad civil, ayudaron a crear las condiciones para ello.
Carlos Resa Nestares, consultor de la Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Delincuencia, sostiene en su estudio ‘Sistema político y delincuencia organizada en México', que las asociaciones criminales mexicanas no pueden situarse dentro de los modelos habituales de delincuencia organizada y sus conexiones con el poder político, sino en el concepto de crimen organizado de Estado, al que define como "actos que la ley considera delictivos (pero que son) cometidos por funcionarios del Estado en la persecución de sus objetivos como representantes del Estado".
En 1991, un bien establecido traficante de drogas, Oliverio Chávez Araujo, también conocido como ‘El Zar de la Cocaína', ex militar que pasó del comercio de marihuana al de cocaína con gran éxito, llegando a disputar a García Ábrego el control del codiciado estado de Tamaulipas, declaró: "He vencido a todos los carteles, pero con el de la charola no he podido".
Uno de los aliados de García Ábrego, Óscar López Olivares, alias ‘El Profe', se refirió también al negocio: "El narcotráfico, y esto debe entenderse, es un asunto manejado por el Gobierno, porque desde la protección que se da a los cultivos de marihuana todo está debidamente controlado, primero por el Ejército, después por la Policía Judicial Federal y hasta por los fumigadores de la Procuraduría". Cuando finalmente García Ábrego pierde sus resortes políticos y es detenido, su anciano tío, Juan Nepomucemo Guerra, que durante décadas controló el contrabando en Matamoros, declaró: "Es mi sobrino, ¿qué le puedo decir?... contra el Gobierno no se puede".

Territorios en Disputa
Durante los tiempos del todopoderoso Partido Revolucionario Institucional, los caciques regionales y estatales no sólo mantenían el control político, sino que en muchos casos –y de ello abundan las evidencias– solapaban a las bandas criminales a cambio de una cierta estabilidad en los niveles de violencia. Así, al tiempo que crecía el poder de las bandas del narcotráfico –y las disputas por territorios de paso y mercados– se hacía necesario extender las redes de complicidad, del orden municipal al estatal y luego al federal.
Pero los problemas se complicaron cuando llegaron la pluralidad y la alternancia; cuando el gobernador de un estado es de un partido y el alcalde de la capital está en manos de otro partido, y más aún cuando existe una lucha tripartidista. Y la crisis alcanza niveles geométricos cuando otras bandas criminales disputan territorios, rutas y mercados, empujados por la sobreoferta de drogas que debe encontrar nuevos puntos de distribución y consumo. Se alteraron los equilibrios políticos, económicos y sociales que hicieron posible, por lo menos hasta el año 2000, una convivencia más o menos manejable. Luego vendría la violencia sin freno y los mexicanos empezarían a transitar por el sendero del espanto.

3 de junio de 2007
©la nación
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guerra de narcos


[Héctor Tobar] A medida que se extiende la lucha por el control de las rutas de contrabando, asesinos a sueldo conocidos como los zetas atacan a su propia gente,
Veracruz, México. Los dos purasangre corrieron por una pista de carreras en el campo, con algunos millones de dólares en el fondo de los apostadores y una anticuada cámara fotográfica esperando en la línea de llegada.
Cuando terminó la carrera, mientras los veterinarios llevaban a los exclusivos equinos de vuelta a sus tráilers con aire acondicionado, los apostadores en el hipódromo privado empezaron a discutir sobre la conclusión de la carrera. Entre ellos se encontraban unos miembros de una banda de asesinos a sueldo conocidos como zetas, a la paga del cartel de narcotraficantes del Golfo.
Esperemos que revelen las películas, dijo alguien.
Entonces, por sobre el ruido, se oyó otra voz: "¡He venido a matarlos!"
Se estaba agregando un nuevo capítulo a la violenta saga de la más notoria banda de narcotraficantes de México. En la balacera que siguió murieron más de un docena de personas -una emboscada en la que unos asesinos a sueldo atacaron a otros.
Los zetas fueron el primer ejército de un cartel de drogas de México, y de muchos modos ellos y sus empleadores son responsables de la militarización de la guerra por as drogas en el país. El presidente Felipe Calderón envió este año al ejército nacional a luchar contra los traficantes en varios estados mexicanos.
El tiroteo en la pista de Villarín fue uno de los muchos sangrientos episodios en la que parece ser una guerra por el control cada vez más encarnizada dentro del cartel del Golfo. Los expertos dicen que el aumento de las tensiones fue provocado por la deportación en enero del reputado líder del cartel, Osiel Cárdenas, para su formalización por cargos de narcotráfico en Estados Unidos.
"El cartel se ha dividido", dijo Genaro García Luna, ministro de seguridad pública y el más importante policía de México. "Esto ha generado una nueva ola de violencia a medida que luchan por las regiones que controlaba Osiel".
El cartel, del estado fronterizo de Tamaulipas, se hizo rico y poderoso gracias al apetito norteamericano por la cocaína colombiana, y sus dos ramas siguen siendo potentes organizaciones en México. Casi todas las semanas se informa en los diarios y radios del país sobre nuevos actos de crueldad, temeridad o simple estupidez cometidos por los zetas.

Raíces Militares
Antes de los años noventa, los grupos que operaban en la costa Pacífico del estado de Sinaloa dominaban el comercio de las drogas en México. Los traficantes del país se estaban convirtiendo en ricos a medida que los carteles colombianos les cedían cada vez más rutas de contrabando claves hacia Estados Unidos.
Para hacer frente al dominio del grupo de Sinaloa, el cartel del Golfo en auge empezó a reclutar soldados del ejército. Así nacieron los zetas.
Su fundador fue un ex oficial del ejército que había desertado: el teniente Arturo Guzmán Decena, conocido como Zeta 1. Se dice que fue adiestrado por militares israelíes.
De acuerdo al despacho del procurador general, se cree que Guzmán reclutó a varios soldados de la brigada de paracaidistas y al menos a cuarenta ex miembros de las fuerzas especiales mexicanas.
"Aportaron al negocio de las drogas el conocimiento de la guerra de contrainsurgencia y psicológica", dice Luis Astorga, experto en la industria. "La idea es que si paralizas a tus adversarios con temor, has ganado la mitad de la guerra".
La misión de los zetas era obtener, de Sinaloa y otros grupos del cartel del Golfo, el ‘derecho' a pasar drogas por determinados puertos o ciudades fronterizas.
"El mundo de las drogas es como cualquier otro negocio", dice Astorga. "Tratas de hacerte con un territorio y las ganancias de los rivales. Pero no hay tribunales para resolver disputas. Sólo queda la violencia".
Los traficantes del Golfo sacaron ventaja de los salarios bajos y la alta tasa de deserción del ejército mexicano, del que deserta uno de ocho soldados al año. Se dice que los miembros del cartel seducían a los soldados con grandes cantidades de dinero y posiciones de responsabilidad, algo que los traficantes de Sinaloa todavía no se atreven a hacer.
"Con el grupo de Sinaloa, los lazos familiares han sido siempre muy importantes", dice Astorga. "Para ellos, incorporar soldados y darles poder era como admitir un caballo de Troya en el redil".
Raúl Benítez, un experto en seguridad en México de la Universidad Americana en Washington, dice que el cartel del Golfo apreciaba a los veteranos del ejército por su conocimiento de armas y explosivos. (En México, el ejército controla todas las armas de fuego).
A medida que los zetas ganaban fuerza, introdujeron en la guerra de los carteles armas cada vez más potentes, incluyen ametralladoras calibre cincuenta originalmente diseñadas como armas antiaéreas. En los últimos años, los ataques con granada contra comisarías de policía se han convertido en algo habitual.

Nuevos Reclutas
Según la leyenda popular, los zetas son pistoleros con bazucas y experiencia militar. Cometen asesinatos de un modo que delata un cierto nivel de adiestramiento táctico: En febrero, por ejemplo, se pusieron uniformes del ejército para entrar a dos comisarías de policía en Acapulco y matar a siete agentes y empleados.
Pero como otras muchas leyendas, el mito de los zetas se ha construido en torno a una verdad básica que se desvanece cada vez más en el tiempo.
Guzmán -Zeta 1- murió en 2002 en un tiroteo con el ejército en Matamoros. Debido a que muchos de sus sicarios originales murieron, el cartel buscó una nueva capacidad de fuego, reclutando primero a miembros de las fuerzas especiales de Guatemala, los kaibiles.
Muchos de los zetas originales están muertos o en la cárcel, dicen las autoridades mexicanas. Funcionarios estadounidenses dicen que los miembros actuales fueron reclutados entre las filas de los pobres urbanos y rurales de México.
"Ha llegado al punto que cuando te emborrachas le disparas a unas latas y te pintas la cara negra, y eso te convierte en un zeta", dijo un oficial norteamericano que pidió permanecer en el anonimato. "Un montón de eso es imagen y mito".
"Son gente joven, de entre veinticinco y treinta años", dijo García Luna, el ministro de seguridad pública, agregando que los reclutas eran atraídos con el aura de la riqueza y poder que hace la imagen de los zetas. "Si los miras a la cara, te das cuenta de lo que son realmente: gente de estatus social bajo y escasa educación".
El tiroteo en el hipódromo, los nombres y número de muertos siguen siendo un misterio, como los zetas mismos.
De acuerdo a las noticias, murió al menos un sicario de alto rango: Efraín Torres, también conocido como Zeta 14 o La Chispa. Las autoridades federales dicen que mataron a otro sicario más. Pero su nombre es un secreto de estado que no será revelado sino en 2019.
Los vecinos dicen que los zetas pueden haber enterrado en secreto a decenas de hombres más.
Después del tiroteo, los ataques y contraataques se extendieron por todo el estado de Veracruz. Mataron a un jefe de policía. Varios periodistas y funcionarios de gobierno fueron acusados de colaborar con los zetas y huyeron. Alguien arrojó una cabeza cercenada en una oficina de un periódico.
La violencia llegó incluso a un cementerio a 161 kilómetros de distancia.
"Amarraron al guardia, rompieron varias capas de concreto y sacaron el ataúd", dice Raúl Vargas, director de una funeraria y cementerio en la ciudad de Poza Rica, describiendo cómo los hombres, que cree que eran zetas, robaron el cuerpo del recientemente sepultado Zeta 14.
"Era uno de nuestros ataúdes de lujo, así que era bastante pesado. Lo cargaron a un camión y se marcharon".

Extendiendo la Violencia
La creciente violencia ha traspasado la lucha interna. En las últimas semanas, los zetas y el cartel del Golfo han sido asociados a asesinatos en Sonora, Guerrero, Michoacán y otros estados. En algunos casos, los zetas han sido las víctimas de cruentos ataques.
En marzo, un hombre semidesnudo con una Z pintada en su estómago fue filmado mientras era torturado e interrogado por sus desconocidos secuestradores. En la cinta, el hombre confiesa su participación en los asesinatos de policías en Acapulco. En el video subido y luego retirado rápidamente de YouTube, es estrangulado y decapitado.
La cinta forma parte de unas decenas de recados de los narcos que han salido a luz cuando los carteles de la droga libran una guerra de propaganda entre ellos y con las autoridades.
Normalmente, los mensajes toman la forma de notas dejadas junto a los muertos. A menudo son intentos de difundir desinformación, dicen los analistas. Pueden nombrar a funcionarios de gobierno y policías, acusándoles de ser cómplices de carteles rivales, creando la sensación de que todos están contaminados por la corrupción del narcotráfico.
Uno de esos mensajes fue transmitido en marzo por la red de televisión Azteca, tres semanas después del tiroteo en el hipódromo. En un video, dos presuntos zetas de Veracruz confiesan ante sus secuestradores que cometieron una serie de crímenes, incluyendo 23 asesinatos. Mataron a un jefe de policía local, dice uno, porque no pudo impedir que la policía federal arrestara a zetas heridos en el tiroteo, "aunque recibía dinero del cartel".
Mataron al editor de un diario, dice otro hombre, "porque escribió un montón de cosas contra el cartel, afectando nuestra relación con las autoridades".
En la cinta se menciona a dos columnistas, incluyendo a uno del diario Notiver, como colaboradores pagados por los zetas. En la sala de prensa, un periodista dijo que esa acusación era falsa.
"Conozco a esas dos personas, y llevan vidas corrientes", dijo el periodista, que pidió no ser mencionado. El periodista considera la misiva como un intento de extender el temor y la confusión.
"Hay una psicosis colectiva porque todas las noches hay nuevas noticias sobre ataques", dijo el periodista. "Esta tipo de guerra de los carteles es algo que no habíamos visto nunca antes en Veracruz".
Desde el tiroteo en el hipódromo, han sido asesinadas unas veinte personas.
A todo lo largo de la costa del Golfo, en las pequeñas ciudades donde operan corrientemente, los pistoleros del cartel son tan conspicuos como un ejército invasor. Los vecinos aprenden rápidamente a no mirar, a pese a los rifles dorados que portan los hombres y los todoterrenos último modelo que conducen.
Un día de marzo, en Coatzacoalcos, a 209 kilómetros al sur, un reportero gráfico se topó con cinco hombres armados en la calle cuando estaban siendo detenidos por la policía. Los sospechosos llevaban corte de pelo de estilo militar, ametralladoras y zapatos de diseño, dijo el fotógrafo, que pidió no ser mencionado.
Parecía no preocuparles demasiado su detención, y dijeron a los agentes: "Probablemente será mejor que nos dejes marchar antes de que esto se transforme en un problema serio".
Sólo más tarde se dio cuenta el fotógrafo de lo que había ocurrido. Había mirado a la cara a algunos de los hombres más peligrosos de México, y todavía podía contar la historia.

hector.tobar@latimes.com

Carlos Martínez contribuyó a este reportaje.

22 de mayo de 2007
20 de mayo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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matan a alto funcionario policial


[Héctor Tobar] Violencia relacionada con el tráfico de drogas se cobra vida de alto funcionario policial.
Ciudad de México, México. El recién nombrado director de una unidad de inteligencia encargada del tráfico de narcóticos en el despacho del procurador general de México fue atacado y asesinado hoy en una calle de la ciudad, mientras la violencia relacionada con las drogas continúa imparable en todo el país.
Durante el fin de semana, dos periodistas de la red de televisión Azteca fueron declarados desaparecidos y se supone que fueron secuestrados en la norteña ciudad de Monterrey y un capitán del ejército fue secuestrado y asesinado en Chilpancingo, la capital del estado de Guerrero. Ambas regiones han presenciado un aumento de la violencia mientras continúa la guerra entre carteles y con la policía y el ejército.
José Nemesio Lugo Félix había sido nombrado hace un mes para encabezar una unidad de inteligencia especializada en el análisis de las actividades de los carteles de narcotráfico del país, dijeron funcionarios. Le dispararon cuando estaba en su coche frente al despacho del procurador general en Coyoacán, un distrito al sur de Ciudad de México.
Lugo Félix había dirigido previamente una unidad del despacho del procurador general especializada en la investigación de la trata de niños e inmigrantes, dijeron las autoridades. De acuerdo a los boletines de noticias, testigos dijeron que conducía un todoterrenos cuando fue emboscado por un grupo de hombres que se desplazaban en otro vehículo. Recibió cinco impactos de bala.
En Monterry, el periodista Gamaliel López Candanosa y el camarógrafo Gerardo Paredes Pérez no han sido vistos desde el martes, dijo la televisión Azteca el domingo en un comunicado de prensa.
Los dos hombres fueron vistos por última vez cubriendo el jueves un evento por el Día de la Madre, dijo la red de televisión. El año pasado, decenas de agentes de policía y funcionarios del gobierno fueron asesinados en la zona de Monterrey.
López Candanosa era un periodista de asignación general y cubría sólo ocasionalmente la guerra de los carteles en la región, dijeron funcionarios, aunque en julio pasado escribió sobre el hallazgo en la ciudad de una cabeza cercenada y un recado de los asesinos.
De acuerdo a las cifras que maneja el diario de Ciudad de México, El Universal, este año más de mil personas han sido asesinadas por el crimen organizado. El diario Reforma contó 758 asesinados hasta el 1 de mayo.
La semana pasada, una cabeza cercenada fue depositada frente a una base del ejército en Veracruz, y cuatro guardaespaldas del gobierno asignados a la protección de los hijos del gobernador del estado de México fueron asesinados en la ciudad cuando escoltaban a sus protegidos hacia un balneario en la playa.

hector.tobar@latimes.com

18 de mayo de 2007
14 de mayo de 2007
©los angeles times
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carteles atacan a militares


[Ioan Grillo] Muchos mexicanos creen que la presencia militar he exacerbado la violencia.
Apatzingán, México. Los carteles mexicanos de la droga, armados con potentes armas e indignados por la campaña militar a nivel nacional, están respondiendo el golpe, matando a soldados en osados ataques diarios que amenazan a la única fuerza lo suficientemente fuerte como para enfrentarse con las bandas.
El diario derramamiento de sangre incluye una emboscada que mató a cinco soldados este mes, una cabeza cercenada que fue dejada con una nota frente a un cuartel militar el sábado y el asesinato el lunes de un alto funcionario de la inteligencia federal, que fue asesinado de un balazo en la cara en su coche frente a su oficina en Ciudad México.
Los mexicanos se sintieron particularmente consternados la semana pasada por imágenes de la televisión de niños de un kindergarten huyendo de su escuela durante una balacera entre narcotraficantes y soldados que duró casi dos horas en esta pequeña ciudad en el estado del presidente Felipe Calderón, Michoacán.
El implacable derramamiento de sangre ha obligado a Calderón a cambiar de estrategia a Calderón tras enviar a más de 24 mil agentes de la policía federal y soldados en diciembre a recuperar territorio, desde las montañas salpicadas de amapolas de Michoacán hasta el turístico puerto de Acapulco.
Ahora, para reforzar la masiva presencia de soldados y tanques en pequeñas ciudades, ha ordenado la creación una unidad militar de elite para operaciones especiales, que sea capaz de propinar golpes quirúrgicos al narcotráfico.
"No nos vamos a rendir", dijo el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. "Iremos en primer lugar a los estados donde hay más violencia".
El comercio en drogas es omnipotente en México. Los analistas calculan que aquí los carteles ganan entre diez y treinta billones de dólares vendiendo cocaína, heroína, marihuana y metanfetamina al mercado norteamericano, rivalizando con los ingresos de las exportaciones de petróleo y el turismo mexicanos. Las bandas también ganan billones con atracos, secuestros y la extorsión de empresas y de personas que quieren emigrar.
El gobierno de Calderón insiste en que la campaña represiva está funcionando -el gobierno ya ha detenido a más de mil pistoleros y ha quemado millones de dólares en plantas de marihuana. Los comerciantes están siendo extraditados a Estados Unidos más rápidamente que antes, y hace poco la policía hizo su mayor requisamiento de dinero sucio: 207 millones de dólares ordenadamente guardados en una mansión de Ciudad de México.
Funcionarios de la Agencia de Control de Narcóticos de Estados Unidos dicen que es demasiado pronto como para medir el éxito de la campaña. Los requisamientos en la frontera estadounidense indican que el flujo de narcóticos hacia el norte puede en realidad haber aumentado: en los últimos seis meses se ha requisado un veinte por ciento más de cocaína y 28 por ciento más de marihuana, en comparación con el mismo período del año pasado.
La violencia parece estar aumentando en México a nivel nacional. Los tres principales diarios del país calculan que los tiroteos, las decapitaciones y las ejecuciones se cobraron la vida de unas mil personas este año, en camino a superar la cuenta de dos mil del año pasado. El gobierno no cuenta los asesinatos relacionados con narcóticos, y un alto funcionario policial, el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, se ha referido a las cifras de los diarios como la más fiable.
Este mes, el número de bajas de soldados y marinos ha sido el más alto para los militares en más de una década. Pero la violencia sólo muestra la desesperación de las bandas, dicen funcionarios.
El sábado, bandas de traficantes dejaron la cabeza de un mecánico de coches de 38 años, envuelta en una manta frente a una base militar en las cercanías de la ciudad portuaria de Veracruz, con una nota que decía: "Vamos a continuar, incluso con fuerzas federales aquí". Este espeluznante mensaje fue entregado poco después de que el gobierno dijera que estaba enviando tropas a la ciudad para responder a un ataque.
Muchos mexicanos incluso temen que el ejército sea superado.
"La guerra de Calderón contra las drogas ha sido una gran decepción para nosotros", dice Pedro Ortega, doctor de cabecera en Aguililla, una ciudad agrícola de Michoacán que está en el centro de la ruta del narcotráfico. "La realidad es que tenemos miedo de salir de casa, miedo de lo que le pueda pasar a nuestros hijos".
El nivel de aprobación de Calderón sigue siendo alto: 68 por ciento de acuerdo a una reciente encuesta de Ipsos-BIMSA. Pero el cuarenta por ciento responsabiliza a la presencia militar del aumento de la violencia, y un 36 por ciento cree que los traficantes están ganando, de acuerdo a una encuesta nacional de 1050 adultos, realizada entre el 26 de abril y el 1 de mayo, con un margen de error de 3.5 puntos.
Aguililla fue una de las primeras ciudades en recibir soldados. Caravanas de todoterrenos cruzaron sus calles, con helicópteros negros sobrevolando a baja altura sobre las casas y soldados en puestos de control registrando a los conductores a la búsqueda de armas. Pero los vecinos dicen que la presencia militar ha sido esporádica desde entonces, y que la mayor parte del tiempo no cuentan con protección contra los traficantes.
"Aquí no hay gobierno. Debemos rogar a Dios que vele por nosotros", dijo Soledad Lombera, 60, sollozando ante una cruz de velas en su casa, un altar que hizo días después de que su hijo Francisco Álvez fuera encontrado muerto y enterrado en un rancho cercano.
Como otras muchas ciudades en el corazón del territorio de las bandas, Aguililla es difícil de controlar estratégicamente, penetrable sólo por serpenteantes caminos donde un grupo de asaltantes emboscó y mató a once agentes de la policía del estado el año pasado. De noche, la enlosada plaza central es ocupada por matones armados que la recorren en todoterrenos y camionetas.
Los desconocidos no son bienvenidos. Un grupo de periodistas de diarios mexicanos que trataron de cubrir los asesinatos en Aguililla fueron detenidos por un banda de hombres armados con rifles automáticos, que les ordenaron marcharse, dijeron los periodistas, que pidieron que no se mencionaran sus nombres por temor a las represalias.
Desde octubre en México han sido asesinados siete periodistas, convirtiéndolo en el segundo lugar más peligroso del mundo, después de Iraq.
El alcalde de Aguililla, Miguel Ávila, dijo que la campaña represiva no funcionará si los mexicanos no encuentran mejores trabajos alternativos al cultivo y contrabando de drogas.
"Si no dejas que la gente gane dinero de una manera, tienes que ofrecerles otra", dijo Ávila. "La gente en Estados Unidos que compra estas drogas dan a la gente un gran incentivo para producirlas".

18 de mayo de 2007
14 de mayo de 2007
©los angeles times
©traducción mQh
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