Blogia
mQh

opinión

fallo sobre srebrenica, agridulce


Fallo agridulce. La sentencia por el genocidio de Srebrenica es un acto de justicia que traerá un poco de alivio a los sobrevivientes de la masacre y a los familiares de las víctimas. Pero a la vez representa un ejemplo más de justicia selectiva.
[Santiago O’Donnell] Las condenas suelen dejar un sabor agridulce porque la Justicia casi siempre es tardía y parcial. El fallo que sacó esta semana el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia no es la excepción. Condena a cadena perpetua por genocidio a dos militares serbio-bosnios y a fuertes penas a cinco más por crímenes de lesa humanidad, todos ellos por su participación en la masacre de Srebrenica de 1995, para muchos el peor acto de violencia en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Si uno lee la sentencia no puede menos que pensar que estos muchachos recibieron su merecido. Tardaron poco más de un mes en masacrar a más de ocho mil hombres adultos por el solo hecho de ser bosnios musulmanes. Se cargaron a más de mil en un solo día en una orgía sangrienta que tuvo lugar en un galpón. Vaciaron dos enclaves enteros, desplazando a decenas de miles de mujeres y niños musulmanes de sus casas, después de aterrorizarlos y hambrearlos con un bloqueo feroz.
El Tribunal de La Haya demostró que la masacre no fue el resultado de ningún exceso, sino de un plan sistemático que arrancó con una directiva escrita, la número siete del entonces presidente serbio-bosnio Radovan Karadzic. Ordenaba crear "una situación intolerable de total inseguridad con ninguna esperanza de supervivencia o vida para los habitantes de Srebrenica y Zepa".
Tampoco se puede discutir que la sentencia es un avance para el principio de jurisdicción universal del derecho penal internacional. Se trata de la segunda sentencia por genocidio que emite un tribunal internacional, tras las condenas por el genocidio en Ruanda, y la primera de ese tipo contra ciudadanos europeos. En América latina tampoco hay muchos antecedentes. En el 2006 la Corte Suprema brasileña condenó por genocidio a unos mineros que masacraron a aborígenes yaromami. Hay algunos casos dando vueltas en Bolivia, Colombia y Argentina y no mucho más. Si uno se pone a pensar en todo lo que pasó en nuestro continente y en el mundo desde que se firmó la Convención de Genocidio en 1948, suena a poco lo conseguido con ese instrumento legal y ésa es otra razón para festejar la sentencia emitida esta semana por el Tribunal de La Haya.
Pero, claro, hay algunas cosas que la sentencia no dice y otras que dice medio al pasar. Entre estas últimas se destaca un dato de público conocimiento, que aparece repetidamente en la descripción de los hechos pero que brilla por su ausencia en la sección dedicada al reparto de castigos. Para decirlo sin vueltas, durante la masacre y la limpieza étnica, los enclaves de Srebrenica y Zepa se encontraban bajo la protección militar de fuerzas holandesas bajo bandera de la ONU y la OTAN. Y esos soldados no dispararon un solo tiro para evitar la masacre.
Los jueces dicen en la sentencia que los holandeses fueron convenientemente engañados. Y los holandeses argumentan que no tenían mandato para actuar porque su misión se encuadraba en el Capítulo Seis del mandato de la ONU (mantenimiento de la paz) y no el Capítulo Siete (imposición de paz a través del uso de fuerza). Está bien, nadie va a acusar a esos holandeses de genocidio, pero el tribunal juzga crímenes de guerra y cuesta creer que los guardianes de Srebrenica no tengan responsabilidad penal alguna por un genocidio que ocurrió en sus narices, mientras esos mismos guardianes, según el fallo, negociaban el vaciamiento de los enclaves con los masacradores.
Como dice León Gieco, el grito de los perdedores es sordo y mudo, aunque griten juntos. A esta altura de los acontecimientos hay pruebas sobradas de la persecución y el desplazamiento de la minoría serbia en Kosovo tras la ocupación de la OTAN. Hay muchas y muy buenas investigaciones sobre toda clase de crímenes de guerra ocurridos durante esa ocupación. En 1999 la entonces República de Yugoslavia, lo que quedaba de ella, acusa por genocidio en Kosovo al gobierno de Estados Unidos. Washington contestó que las tropas de la OTAN actuaron para prevenir la limpieza étnica de kosovares albaneses y argumentó que la Corte de La Haya no tiene jurisdicción porque Estados Unidos firmó una cláusula complementaria a la Convención de Genocidio aclarando que no puede ser acusado sin su consentimiento. El tribunal le dio la razón y nunca más se metió con un soldado de la OTAN.
El otro tribunal penal internacional de La Haya, con jurisdicción sobre países como Irak, Afganistán o Medio Oriente, tampoco encontró nunca un crimen de guerra de tropas estadounidenses, europeas o israelíes que ameritara su intervención. En el caso de Irak, el fiscal argentino Luis Moreno Ocampo dictaminó que el tribunal no está para juzgar las razones que llevan a iniciar una guerra, sino los crímenes que se cometen en ellas y que, en el caso de Irak, no hay evidencias suficientes como para abrir una investigación.
Hasta ahora el tribunal penal internacional ha limitado sus procesos a Uganda, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Sudán y Kenia. En el caso de la guerra yugoslava, también es frustrante que la primera sentencia por genocidio recaiga sobre militares de tercer nivel, mientras que de los tres principales responsables de la limpieza étnica de los musulmanes, uno está muerto, otro está prófugo y el otro está preso a la espera de un juicio que terminaría recién en el año 2014.
La sentencia por el genocidio de Srebrenica es un acto de justicia que traerá un poco de alivio a los sobrevivientes de la masacre y a los familiares de las víctimas. Como tal merece el aplauso. Pero a la vez representa un ejemplo más de justicia selectiva. Esa parcialidad pone en riesgo la legitimidad de la Convención de Genocidio y de todo el sistema de cortes internacionales. Porque se supone que fueron creadas para combatir los abusos de todos los poderosos y no sólo los de algunos poderosos no demasiado poderosos. Como dice un pasaje del Martín Fierro que Moreno Ocampo solía citar, como ejemplo de lo que no hay que hacer: "Para los amigos todo, para los enemigos la ley".
Sensación agridulce: el fallo no estuvo mal, pero faltan muchos más. Y si La Haya no empieza a equilibrar la balanza, un día no muy lejano va a ser demasiado tarde.

13 de junio de 2010
©página 12
rss

nuevo candado en punta peuco


Sus disculpas universales son la ratificación de la condena más total de Chile y el mundo a aquéllos que abusaron del poder y la impunidad, y hoy tras las rejas son un ejemplo de lo que nunca más puede ocurrir en nuestra patria. Ni en ninguna parte. Interesante columna en La Nación.
[Antonio Gil] "Le explico una cosa. La mayor parte de Chile no sintió la dictadura. Al contrario, se sintió aliviada. Porque antes usted no podía comprar nada importado, tenía que pagar lo que se producía en Chile, caro y malo. De la noche a la mañana usted empezó a encontrar lo que no había. Ganó el pueblo. Entonces las calles se limpiaron, empezó a haber trabajo. La represión la conocimos mucho más tarde. Se juzga sin conocer la realidad de lo que vivió Chile". Estas declaraciones del que era nuestro embajador en Argentina, Miguel Otero, al diario Clarín de Buenos Aires, realizadas para salir al paso de los cargos que le efectuara la prensa trasandina, vinculándolo con razzias políticas producidas al interior de la Universidad de Chile tras el golpe de estado del ’73, levantaron una ácida polémica en ambos países. Estamos ante un nuevo flash back, una vuelta a ese pasado negro que nos sigue penando como una enfermedad nacional crónica y mal cuidada.
Tras el revuelo, Otero cambió radicalmente el rumbo de sus palabras para declarar, con la mirada húmeda de lágrimas: "Nunca dije que estuviese de acuerdo con la dictadura y siempre he condenado las violaciones a los derechos humanos. No defendí al régimen militar (...). Nunca he hecho una política partidista. Que hubo hechos reprobables, los condené en el Senado y nunca defendí a la dictadura". "Lamento mucho. No he querido ofender a nadie y nunca ha sido mi intención defender las violaciones a los derechos humanos", aseveró con voz temblorosa y dirigiéndose directamente a las víctimas de abusos y atropellos durante esos años negros. Este hecho, que no pasaría de ser la ingenua e innecesaria actuación de un alto y "duro" representante de Chile en el exterior, viene, sin embargo, a ratificar la postura del actual gobierno en relación a las violaciones de los derechos humanos. No sería concebible otra actitud. Otero dice primero, y luego se desdice, en un gesto que deja claramente establecida la derrota histórica del pinochetismo y vuelve a poner un grueso candado en el portón de Punta Peuco, en el de la Escuela de Telecomunicaciones y en otros lugares donde hoy purgan sus penas los condenados por atropellos y crímenes en días de la dictadura. Ha sido provechoso y determinante, en este sentido, el affaire Otero. Sumamente esclarecedor.
"Yo estoy pidiendo en este momento, y quiero ser muy claro, unas disculpas a todas aquellas personas que han sufrido bajo cualquier dictadura que sea. A aquéllas que se les han violado los derechos humanos, vayan a ellos mis sinceras disculpas porque tienen toda la razón de sentirse ofendidos, porque tienen toda la razón de reaccionar como han reaccionado. En el caso de ellos, probablemente al tener esa comprensión que tuvieron ellos, equivocada de mis palabras, yo habría reaccionado probablemente de la misma manera", dijo. Un balde de agua fría para todos los violadores de los derechos humanos que creyeron que con el gobierno del Presidente Piñera saldrían sobre una alfombra roja de sus centros de detención para convertirse en héroes nacionales, postular a monumentos y calles con sus nombres o incluso optar a cargos públicos. Con su lacrimosa declaración, Otero -al afirmar: "Quiero decir que tenemos que mirar hacia el futuro. Una cosa que me pesa y me amarga profundamente es haber traído el pasado a Chile. Nunca debí haber tocado el pasado. El pasado es el pasado y lo que nos corresponde es mirar hacia el futuro"- deja en evidencia que cometió un grueso error, propio de alguien inexperto, pero es también muy cierto que sus dichos reafirman ante la opinión mundial un nítido precedente. Sus disculpas universales son la ratificación de la condena más total de Chile y el mundo a aquéllos que abusaron del poder y la impunidad, y hoy tras las rejas son un ejemplo de lo que nunca más puede ocurrir en nuestra patria. Ni en ninguna parte. Un ejemplo de lo más abominable del pasado, en un país que, como dice Miguel Otero, hoy debe mirar hacia adelante.

13 de junio de 2010
©la nación
rss

el golpismo, igual que la viruela


Ningún gobierno, sea de Chile o de cualquier otro país, del color político que fuere, tiene derecho a enviar embajadores que se expresen de esa manera.
[Luis Bruschtein] En la Asamblea General de la OEA que se realiza en Lima, Hillary Clinton tanteó a los demás cancilleres para lograr la reincorporación de Honduras. La mayoría de los países latinoamericanos se mostró renuente para abrirle la puerta al presidente Porfirio Lobo, porque no ha tomado ninguna medida contra los militares que dieron el golpe en su país. Clinton desistió y el consenso fue que la OEA no trataría ese tema en público. No quieren poner más en evidencia la debilidad de Lobo y tampoco quieren que cualquier medida contra los golpistas sea interpretada como una imposición. Por historia y por sobrevivencia, el golpismo militar siempre será importante para los gobiernos civiles de la región, nunca un tema menor. Por eso las declaraciones del embajador chileno en Buenos Aires, Miguel Otero, producen tanto ruido.
No solamente es una cuestión histórica. Las mayorías en este país y en todo el mundo detestan a Pinochet. Se lo detesta por lo que hizo en Chile y por lo que cada pueblo emparenta con cosas que sucedieron en sus propios países. Y de la misma manera se rechaza la idea del golpe militar.
En los años ’70 solamente dos o tres países de la región no tenían dictaduras militares. En muchos casos, como en el argentino o el boliviano, había dos o tres golpes por año. Era una lacra que empastaba la vida económica y social, impedía cualquier tipo de progreso y promovía la violencia. Y no se veía ninguna salida de ese infierno, porque, además, los gobiernos norteamericanos, las jerarquías eclesiásticas y los capitales concentrados y transnacionales estimulaban y eran favorecidos por él.
El golpismo es un camino de ida. No hay nada más fácil que entrar y después es casi imposible salir. Y además, la tentación es permanente, aunque hayan pasado años sin que se ejerza. Por eso, la mejor forma de tratarlo en la actualidad es como si fuera el virus de la viruela. Apenas queda suelto, hay que aislarlo y combatirlo. No se puede hacer ninguna concesión porque cada una que se haga será el escalón que tendrá el siguiente.
A Clinton, la tozudez de casi todos los gobiernos sudamericanos frente a Honduras puede parecerle irracional porque no vivió ni entiende el fondo de esta historia y las sensibilidades lógicas que despierta. Pero en ese tema tiene razón la intransigencia. No sólo se cuidan ellos mismos de un contagio, sino que además así también apuntalan el poder democrático en Honduras.
En ese contexto aparece el embajador de Chile y habla de Pinochet en los mismo términos en que lo hicieron los golpistas hondureños. En eso no hay originalidad. El golpe en Honduras se produjo unos meses antes de que finalizara el mandato de un presidente democrático y hubiera elecciones. No tenía sentido. Fue pura demostración de fuerza. Un ejemplo que se proyecta hacia todas las situaciones de crisis política o social que se puedan producir en América latina.
Las palabras de Otero parecen calcadas de las del presidente de facto hondureño Roberto Micheletti. Claro que Pinochet es más conocido que el golpista centroamericano. Justifica el golpe porque con Salvador Allende "no se podían comprar productos importados". Y dice, como todos los golpistas, que la mayoría de los chilenos no vivió a Pinochet como un dictador.
Ningún gobierno, sea de Chile o de cualquier otro país, del color político que fuere, tiene derecho a enviar embajadores que se expresen de esa manera, que vayan en detrimento del esfuerzo por apuntalar los procesos democráticos que se abrieron en las últimas décadas. Eso es independiente del debate interno en Chile con los pinochetistas.
Puede parecer un cavernícola, un anacrónico o que sus palabras no pesan. Pero es como la viruela. Está erradicada desde hace muchos años y nadie se cruza de brazos: ante el primer síntoma se reacciona con energía, se toman todos los recaudos. Hablar bien de las dictaduras o del golpismo tiene un eco interno aunque se hable de Pinochet, no es aconsejable que lo hagan embajadores en esta parte del mundo.

8 de junio de 2010
©página 12 
rss

hombres sin posición


¿Es admisible éticamente que utilice su profesión para servir a quienes usan el derecho sólo como una forma de revestir de legitimidad las relaciones de dominación?
[Horacio Verbitsky] Pese a la contraposición objetiva de intereses procesales entre madre e hijos, los Noble compartieron abogados. Recién cuando la Cámara Nacional de Casación Penal descubrió esta representación promiscua, Gabriel Cavallo fue contratado como defensor por la señora Herrera. Sus hijos siguen representados por Alejandro Carrió. Tanto Cavallo como Carrió gozaban de prestigio entre los organismos de Derechos Humanos, el primero por haber declarado la nulidad de las leyes de punto final y obediencia debida, el segundo como fundador y presidente de la Asociación por los Derechos Civiles, ADC. Consultado para esta nota a raíz de la conmoción que causó su presencia en esta causa enfrentado con Abuelas de Plaza de Mayo, Cavallo dijo que creía ser el mismo de siempre, que para ganarse el pan sólo estaba trabajando en su profesión de abogado y lo hacía en forma honesta, con la intención de asegurar el debido proceso a su cliente. En un artículo reciente, el fundador del INECIP, Alberto Binder, sostuvo que estos casos no deben considerarse desde el punto de vista de la ética profesional de los abogados sino de la moral general, "que nos obliga a realizar opciones y a elegir de un modo también general para qué y a quiénes queremos ayudar con nuestra profesión. ¿Puede un abogado ser indiferente frente a los abusos de poder, el desvío de la ley, la desprotección de los más vulnerables? ¿Es admisible éticamente que utilice su profesión para servir a quienes usan el derecho sólo como una forma de revestir de legitimidad las relaciones de dominación?". Agrega que quienes además de abogados son jueces o académicos, y tienen por eso un rol intelectual orientador para la sociedad, deben integrar las reglas de esas actividades y no permitirse en un campo lo que niegan en otro. Concluye que esos dilemas morales "no son distintos de los que se deben plantear un economista, un sociólogo o cualquier otro profesional". Cavallo replica a esto que nunca fue profesor ni aspiró a fijar normas éticas en la sociedad. "No tengo ninguna posición ideológica ni hago política", afirmó.

6 de junio de 2010
©página 12
rss

mujer sin convicciones


Elisa Carrió rechaza ahora lo que defendió en 2003: la extracción compulsiva de sangre.
[Horacio Verbitsky] Elisa Carrió consideró vejatorio el secuestro de prendas íntimas de los hijos de Ernestina Herrera de Noble para analizar su ADN y establecer su identidad y "fascismo puro" la ley 26.548 que estableció la validez de ese tipo de pruebas no invasivas. También afirmó que los hijos de la viuda de Noble eran los hijos de todos. Pero en octubre de 2003, Carrió había sido una de las primeras firmantes de un proyecto de declaración de su colega Marcela Bordenave, que defendió la extracción compulsiva de sangre para realizar ese análisis. La Corte Suprema había sostenido que el Estado no podía disponer la extracción compulsiva de sangre de Evelyn Vázquez Ferrá (nacida en la ESMA, pero en el momento del fallo mayor de edad), quien se negaba al análisis por temor a que perjudicara al matrimonio que la había criado. Carrió sostuvo entonces que las violaciones sistemáticas a los derechos humanos ocurridas entre 1976 y 1983 exigían "una búsqueda comprometida de la verdad histórica como paso previo a una reconstrucción moral del tejido social y de los mecanismos institucionales". Además del derecho de los familiares de las víctimas mencionó el de la sociedad a conocer la verdad, que debía prevalecer. En agosto de 2009, la Corte Suprema de Justicia ratificó en el caso de Emiliano Matías Prieto y Guillermo Gabriel Prieto que no podían ser forzados a someterse a la extracción sanguínea pero admitió la toma de ADN desprendido del cuerpo, en cabellos, cepillos de dientes o prendas íntimas. El fallo de Cámara en esa causa ("Gualtieri Rugnone de Prieto, Emma Elidia y otros") fue redactado antes de dejar la justicia por Gabriel Cavallo, quien ahora se opone como abogado a aquello que decidió como juez. Ése criterio fue reproducido por la ley sancionada en noviembre de 2009 como consecuencia de un acuerdo entre el Estado nacional y Abuelas de Plaza de Mayo ante el sistema interamericano de protección a los derechos humanos, al que ahora las Abuelas han recurrido en defensa del Banco, con el asesoramiento del CELS. Carrió, que en 2003 apoyaba la extracción compulsiva, se opone ahora a métodos que según la Corte Suprema son más respetuosos de la intimidad. Los casos no son idénticos. Policarpo Vázquez había anotado a Evelyn como hija propia. En cambio Ernestina Herrera inscribió a Felipe y Marcela como adoptados, aunque ya se ha demostrado en la causa la irregularidad del trámite. Otra diferencia es que Policarpo Vázquez era un suboficial retirado de la Armada y Ernestina Herrera la principal accionista del Grupo Clarín.

6 de junio de 2010
©página 12 
rss

no es inexplicable


Lo que hace Israel en Gaza se llama, en buen castellano, limpieza étnica.
[Juan Gelman] Circulan hipótesis varias sobre la razón del operativo militar israelí que causó la muerte de 9 a 16 pasajeros del buque de bandera turca Mavi Marmara, decenas de heridos, el secuestro de la flotilla que transportaba 10 toneladas de ayuda humanitaria para Gaza –bloqueada desde 2007 e invadida en 2008– y la detención de casi 700 personas, puestas en libertad después de sufrir vejámenes de todo tipo. Las explicaciones oficiales de Tel Aviv son inquilinas del ridículo: los agredidos son agresores y los agresores, agredidos; los llevados a Israel a la fuerza son inmigrantes ilegales, quienes socorren a palestinos hambreados son cómplices de Hamas primero, terroristas de Hamas después, etc. Es vieja, muy vieja, la técnica del victimario victimizado.
El primer ministro Netanhayu justificó el ataque porque hay que impedir que Hamas reciba armas "por aire, mar y tierra" –obviando el hecho de que las recibe por túneles convenientemente excavados– y afirmó que ninguna protesta lo llevará a levantar el sitio de Gaza. Es la cuestión de fondo: Tel Aviv no ha renunciado al sueño del Gran Israel y el cerco impuesto a Gaza perjudica, más que a Hamas, a sus habitantes, que ya sufrieron la Operación Plomo Fundido, que segó la vida de 1300 civiles palestinos. Esto, en buen castellano, se llama limpieza étnica y también su historia es vieja.
El ideólogo del sionismo revisionista, Zeev Jabotinsky, declaró hace 87 años que la única manera de imponer el Estado judío era aplastar a los árabes. No extraña que Ron Torossian, el organizador de la manifestación ‘Estamos con Israel’ frente a la misión de Turquía ante la ONU, propinara esta opinión: "Creo que debemos matar a cien árabes o a mil árabes por cada judío que ellos matan" (//gravker.com, 1610). ¿Por qué no cien mil, un millón? ¿Acaso Ariel Sharon no fue responsable, en 1982, por interpósita milicia, de la matanza de casi 500 civiles palestinos inermes en los campos de refugiados de Sabra y Shatila? Si esto es ideología, habrá que cambiar la definición de la palabra ideología.
La dirigencia israelí parece guiada por otro concepto central de Jabotinsky: "Sostenemos que el sionismo es moral y justo. Y dado que es moral y justo, hay que hacer justicia aunque José o Simón o Iván o Ajmed no estén de acuerdo", sostuvo en un ensayo que publicó la revista rusa Raavyet en noviembre de 1923. Carlo Strenger, profesor de la Universidad de Tel Aviv, llamó "mentalidad de bunker" a la imperante en el país: Israel "no escucha la crítica, sea interior o exterior. Esa incompetencia es reforzada por la soberbia: Israel está enamorado de la idea de que tiene razón y que todos los demás se equivocan; por lo tanto, es incapaz de admitir que la política que aplica a los palestinos ha sido desastrosa" (www.haaretz.com, 2610). Strenger cita al filósofo francés Bernard-Henri Lévy, un ferviente defensor de Israel, quien tildó de "autismo político" este pensamiento que atribuye a los dirigentes israelíes: "El mundo no nos entiende y nos condena si hacemos y nos condena si no hacemos, así que hacemos lo que queremos".

Jabotinsky Redivivo
EE.UU. siempre ha brindado el espacio internacional necesario para que esa voluntad se cumpla pese a todo. "La única democracia en la región", según la Casa Blanca, no vacila en espiar al gobierno estadounidense en ese hacer lo que quiere. La reacción de Obama ante el ataque a la nave turca y el "baño de sangre" consiguiente fue débil. No lo condenó siquiera, sólo pidió una aclaración de los hechos y aceptó que Tel Aviv rechazara el establecimiento de una comisión investigadora internacional. El mandatario norteamericano se convierte así en cómplice de la no investigación que habrá. Fue el vicepresidente Joe Biden quien brindó una suerte de posición oficial sobre el tema: defendió el bloqueo de Gaza y manifestó que Israel "tenía el derecho a saber" qué carga llevaba el navío. Recuérdese que Netanyahu le dio una bofetada política a Biden cuando éste lo visitó en marzo pasado: el vice venía a alentar el proceso de paz palestino-israelí y el primer ministro anunció la construcción de 1600 edificios nuevos en territorio palestino ocupado. Se ve que Biden es un hombre perdonador. Es improbable que se produzcan cambios en la estrecha, muy íntima, relación EE.UU./Israel.
Cabe reconocer que, a diferencia de Tel Aviv, Washington no tiene problema en abandonar a sus ciudadanos en apuros. Alrededor de diez estadounidenses viajaban en el convoy de ayuda humanitaria a Gaza, entre ellos Joe Meadors, señalero de la fragata USS Liberty cuando la bombardearon aviones y lanchas lanzatorpedos de Israel en 1967; Ann Wright, coronela (R) del ejército de EE.UU.; Edward L. Peck, ex subdirector del grupo de tareas antiterrorista del gabinete de Reagan. Todos terroristas, naturalmente.

6 de junio de 2010
©página 12 
rss

mi problema con las mujeres


Ycon el NY Times. La columna de Juan Forn en Página 12.
[Juan Forn] Qué temporadita ésta para Norman Mailer: no llegamos todavía a la mitad del año y ya se publicaron tres libros sobre él. Nada mal para un muertito, que en vida supo decir famosamente: "Yo no escribo sobre mujeres, ellas escriben sobre mí". El adagio se ha hecho cierto post-mortem: el pobre Norman ya no escribe ni sobre las mujeres ni sobre nadie más, mientras que su viuda, una de sus amantes y su cocinera publican libros sobre él. El de la amante, una periodista llamada Carole Mallory, es el más predecible y pretencioso ("El me enseñó a pensar. Yo soy la profesional que soy gracias a Norman. El sexo era fenomenal, pero déjenme que les cuente la profesional que soy"). La cocinera, que desempeñó su puesto durante treinta años en la casa de los Mailer en las playas de Provincetown, hoy convertida en residencia para escritores jóvenes becados por la Fundación Mailer, dice con gran chispa al principio de su libro que, después de haber visto comer a un genio primero y a una manada de granujientos aspirantes a genios después, se siente con pergaminos suficientes para sacarse el delantal y tomar la pluma (pero a continuación aclara que no tuvo la menor intimidad con Mailer, ni sexual ni de ningún otro tipo, y procede a reproducir medio centenar de las recetas culinarias que preparaba para los Mailer). El de la viuda, en cambio, es nuestro jugoso plato de hoy.
Norris Church cuenta en su libro (‘A ticket to the circus’, gran título) que en el undécimo año de su matrimonio descubrió que su marido le era infiel. Un rato antes nos ha informado que, cuando lo conoció, ella tenía 25 y él 52, y que en ese momento Mailer estaba casado con su quinta mujer, vivía con otra, tenía un affair más o menos estable con una tercera, a las que había que sumar las acompañantes de ocasión, y que, cuando se anunció su casamiento, la senadora Bella Abzug (cuya voz, según escribió una vez Mailer, podía derretir por sí sola la grasa en la nuca de un taxista gordo) le dio su número de teléfono privado y le dijo que lo considerara una hotline de emergencia, disponible las 24 horas y los 365 días del año. Aun así, Church logró con el tiempo hacer realidad esa fanfarronada con que, en sus primeros años de casada, respondía a la pregunta de las yeguas viejas que se le acercaban en los cócteles: "¿La esposa número cuál de Norman eras, querida?" La última, aseguraba Church, y lo cumplió: estuvo treinta y dos años al lado de Mailer, crió los siete hijos de él, más uno que traía ella y otro que tuvieron juntos, lo acompañó a Manila a ver pelear a Alí y a Moscú a investigar sobre Oswald, le leyó lápiz en mano los originales de ‘El fantasma de Harlot’, fue el pilar de aquella casa de Provincetown (al cumplir los ochenta, sometido al ‘Cuestionario Proust’, en la pregunta referida a su viaje favorito, Mailer contestó: "El de regreso a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown") y le sostuvo la mano cuando él murió, a los 84.
Pero estábamos en el momento en que Church descubrió que su esposo le era infiel, y lo confrontó, y al instante se arrepintió de haberlo hecho porque "fue como si de golpe Norman necesitara vomitar entera una mala comida que le estaba revolviendo las tripas desde quién sabe cuándo". Mailer confesó, y confesó, y confesó. Church dice que la dejó atónita descubrir que más de la mitad de aquellas mujeres tuvieran la edad de Mailer (quien por entonces estaba por cumplir los setenta), o fuesen gordas o feas. "A veces uno necesita ser el más atractivo de la pareja", murmuró el viejo enano simiesco a su escultural esposa sin mirarla a los ojos. Según ella, "Norman creía que, si se acostaba con una mujer que no fuese ni joven ni atractiva, no me estaba engañando realmente". Cuando Norris ya no quería un solo detalle más sobre el asunto, Mailer le pidió que escuchara una última cosa y le aseguró con cara de piedra que todas esas infidelidades tenían un motivo concreto: eran parte indispensable de su investigación para ‘El fantasma de Harlot’, su monumental novela sobre la CIA. Para entender a fondo a un agente de la CIA, dijo, necesitaba vivir a fondo una doble vida. Las 1491 páginas de Harlot constituyen, en mi opinión, no sólo el mejor libro que escribió Mailer en su vida sino la mejor novela made in USA en los últimos cuarenta años. Déjenme citar dos fragmentos. El primero es una reflexión de su protagonista, luego de ser captado, entrenado y despachado por la CIA a la Berlín de posguerra: "¿Y si no solamente tenemos dos ojos, dos oídos, dos brazos y dos piernas sino también dos cerebros, dos corazones, dos almas, que están en perpetua negociación? Las dos mitades de mi alma no podían estar más lejos una de la otra. Debían recorrer millas y millas cada noche para poder juntarse a dormir. De ahí venía mi fortaleza: de la capacidad para lograr la cooperación interna entre estas dos mitades". La segunda cita es más breve. Dice: "La lógica del amor se reduce a una ecuación muy simple: uno debe ponerse en peligro para preservar el amor. He allí el motivo por el cual tan poca gente logra que dure".
Al concluir el episodio de las infidelidades, Church hace una confesión igualmente breve pero de enorme potencia, cuando sus lectores están esperando que conteste la pregunta del millón: "Podría haberme separado, pero decidí quedarme, alejándome un paso de él en mi corazón, amándolo un poco menos. Y alcanzó". Esa clase de fulgurantes momentos hacen que el libro de Church valga la pena. Pero el NY Times no piensa lo mismo. El Times fue el primero en comentar el libro de Church, antes incluso de que llegara a librerías. Durante treinta años, el Times (en la persona de Michiko Kakutani) comentó cada libro de Mailer una semana antes de que saliera a la venta, con críticas siempre lapidarias. Mailer decía: "Ningún otro escritor americano corre con mi desventaja. Cada libro que publico necesita por lo menos cinco buenas críticas seguidas sólo para equilibrar la balanza". En este caso no es Kakutani quien firma la nota, aunque puede perfectamente ser quien la escribió, porque el texto es de una improbable "Jennifer Senior", quien figura al pie de la nota como colaboradora habitual del diario aunque, según informa la propia web del Times, nunca antes firmó otra nota en sus páginas.
Es más bien asombroso que el NY Times deje en manos de una colaboradora novata el tema Mailer y que le haya permitido rematar así su primera bibliográfica: "Le auguramos a Norris Church que la mejor parte de su vida será la que tiene por delante". Church tiene hoy sesenta y tres años, lleva diez luchando contra un áspero cáncer digestivo y concluye su libro sobre Mailer con las siguientes palabras: "Siempre dije que no iba a escribir sobre Norman porque nadie iba a creerme. Pero cuando una se acuesta en su cama después de enterrar a su marido, y empiezan a pasarle por la cabeza todas las imágenes de su matrimonio, la única manera de sentirse menos sola es dejarse llevar por ellas, revivir los buenos tiempos y purgar en el papel y eliminar del organismo los malos recuerdos. No se trataba de erigir un monumento ni de exponer a la luz un villano. Se trataba de estar con él un rato más, para despedirme como era debido".

6 de junio de 2010
©página 12
rss

justicia teñida


Si el gobierno de Obama quiere demostrar que es práctico y justo juzgar a algunos acusados de terrorismo en tribunales militares en lugar de las cortes federales, se está encaminando hacia una muy pobre decisión. Editorial de The New York Times.
Funcionarios del ministerio de Justicia y del Pentágono han elegido un inquietante caso para el primer juicio bajo las revisiones que fueron adoptadas para la Ley de Comisiones Militares en 2009: un detenido de Bahía Guantánamo nacido en Toronto, llamado Omar Khadr. Khadr, 23, ha estado detenido desde que tenía quince años, cuando presuntamente arrojó una granada de mano durante un enfrentamiento a tiros en Afganistán que hirió mortalmente al sargento primero Christopher Speer.
Khadr no era un mero transeúnte. Fue adoctrinado en la causa armada por su padre -miembro del círculo de Osama bin Laden que murió a manos de fuerzas paquistaníes en 2003. Pero si este juicio avanza este verano tal como se espera, Khadr será el primero en décadas en ser juzgado en un país occidental por crímenes de guerra cometidos presuntamente cuando era niño.
Eso ha provocado las justificadas críticas de funcionarios de Naciones Unidas y de organizaciones por las libertades civiles y los derechos humanos. Las condiciones carcelarias de Khadr son una clara violación de las Convenciones de Ginebra y tratados internacionales sobre el tratamiento que debe acordarse a menores de edad.
Durante una reciente audiencia preliminar en Guantánamo, se supo que su primer interrogatorio en la prisión de Bagram en Afganistán tomó lugar mientras él estaba sedado con un analgésico y esposado a una camilla después de su hospitalización por varias heridas graves que sufrió durante el enfrentamiento.
Su primer interrogador, identificado en la audiencia solamente como el Interrogador Uno, fue un sargento de ejército, condenado más tarde por maltratar a un detenido en otro caso. Usó amenazas de violación y muerte para obligar a hablar al adolescente Omar Khadr. Otro testigo recordó haberlo visto encapuchado y esposado en su celda con los brazos por encima de sus hombros en una posición considerada muy dolorosa. Cuando le quitaron la capucha, declaró, pudo ver que el adolescente estaba llorando.
En enero, la Corte Suprema de Justicia de Canadá condenó el interrogatorio de Khadr por un funcionario canadiense que luego compartió los resultados con fiscales estadounidenses. El fallo mencionaba la falta de acceso de Khadr a un abogado y su inclusión en el notorio programa militar ‘pasajero frecuente’, en el que se utiliza la privación del sueño para obtener declaraciones sobre graves acusaciones criminales.
El fallo del juez militar sobre la admisibilidad de las declaraciones de Khadr no se espera sino en algunas semanas. Pero persiste un mal sabor sobre la audiencia, que empezó apenas horas después de que el ministro de Defensa, Robert Gates, aprobara formalmente un nuevo conjunto de reglas para los tribunales y antes de que los abogados o el juez de Khadr pudieran consultarlas. Las reglas son una mejora de las reglas utilizadas por las comisiones de Bush, pero tienen defectos, incluyendo el uso de habladurías.
Durante la audiencia, el Pentágono excluyó a cuatro periodistas de la cobertura de las comisiones militares debido a que publicaron el nombre del Interrogador Uno, aunque era conocido desde hace años y se encuentra disponible en internet. El gobierno debe devolver las credenciales de los periodistas.
También debe iniciar negociaciones para lograr un acuerdo de clemencia. Las pruebas de que Khadr arrojó la mortífera granada no son claras. Incluso si lo fueran, sería imposible pasar por alto los maltratos que sufrió durante su custodia, o su condición de menor de edad, que lo privó de un juicio maduro.
Después de los ocho años de odisea de Khadr, no será una falta de respeto hacia el sargento Speer si Khadr vuelve a su país natal bajo los términos estipulados para proteger la seguridad pública, y lucha por su rehabilitación.

3 de junio de 2010
24 de mayo de 2010
©new york times 
cc traducción mQh
rss