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opinión

un clásico de la mano dura


Tenebroso chacal pretendía que había actuado obedeciendo órdenes. Su desaparición no será lamentada.
[Luis Bruschtein] El Malevo Ferreyra había fundado una corriente política que se llamaba ‘Horizonte Norteño’, Honor, al que calificaba de partido "itinerante", o sea, apoyaba al que le parecía mejor, aunque siempre apoyó al mismo: el de su viejo jefe durante la dictadura y ex gobernador Antonio Domingo Bussi. Parecía el personaje cantado de una novela negra mediocre, el del malo que tiene cosas buenas, el lugar común del pistolero valiente que al final, en la realidad, se achica hasta el drama mezquino del personaje violento, acostumbrado al ejercicio impune del poder de vida y muerte sobre los demás, que no puede concebir que la justicia es igual para todos, incluso para él.
En 1986 fue absuelto por la muerte del ‘Prode’ Correa. En 1988 fue acusado nuevamente por el crimen de un jefe de los ‘Gardelitos’. El cadáver del hampón, que estaba en la morgue policial, fue rociado con ácido y se perdieron todas las pruebas. El comando Atila, un grupo clandestino formado por efectivos policiales, había acudido en su ayuda.
En 1991 secuestró a tres ladrones en Salta, los llevó a Tucumán, donde los tuvo encerrados un día entero y después los fusiló en Laguna de los Robles. Fue condenado a cadena perpetua en 1993, pero en 1996 Bussi, entonces gobernador, le bajó la pena y pudo salir en libertad en 1998. "Es un hombre de la ley y el orden –dijo en ese momento Bussi, que seguramente se ha excedido, pero que revela en su encarcelación una conducta ejemplar–." Volvió a estar preso y se las arregló para salir nuevamente.
El Malevo había hecho escuela durante la dictadura. Había aprendido junto a Bussi que quien tiene el poder, tiene todo. Había visto cómo se despersonalizaba a los prisioneros, cómo se los torturaba y cómo se los asesinaba. El que tiene el poder es más que las personas comunes. Es el ángulo primitivo sobre el que se basa la mano dura, el espíritu glorioso de los linchamientos.
Antes de fundar Honor, en 1999 tenía el partido ‘Fidelidad y Honestidad Republicana’, que era un sublema del partido bussista ‘Fuerza Republicana’, que llevó como candidata a diputada a su mujer, María de los Ángeles Ferreyra.
En el ’93, cuando era juzgado por el triple asesinato, el comisario se fugó con ayuda de sus secuaces y se ocultó en un rancho de Pacará Pintado, en las afueras de la ciudad de Tucumán. Una vecina se quejó de que los caballos del prófugo invadían sus terrenos y se enredó a gritos y puteadas con la esposa del Malevo. La represalia no tardó en llegar. El Malevo juntó 30 hombres, balearon la casa de los vecinos, golpearon a toda la familia y los amenazaron de muerte.
Para algunos tucumanos, el Malevo era el héroe de la lucha contra la inseguridad. Un paladín de la ley, como dijo Bussi. La brutalidad como símbolo del orden y el progreso. Un hombre violento y descontrolado empujando el progreso. Una imagen que se propone todos los días en todo el país. El progreso de la mano de la brutalidad. También era la idea básica de la dictadura, de todas las dictaduras. No es tan casual que en este caso se entrelacen en la mismo figura.
Porque el pedido de mano dura encarna inexorablemente en esos personajes que actúan el lado oscuro de quienes la reclaman. Ellos hacen secretamente lo que les repugna a quienes lo aclaman. Y quienes después se horrorizan cuando la salvajada se hace pública. El Malevo fue el protagonista oscuro de ese pacto, igual que sus víctimas. Un pacto que está latente cada vez que "ciudadanos intachables" piden mano dura. Porque alguien tiene que hacer lo que ellos piden (lo que al mismo tiempo ellos no pueden o desprecian hacer porque son ciudadanos intachables). Es el reclamo para que alguien peor que los delincuentes actúe en sus nombres. Una forma de delegar la brutalidad y la violencia que está en ellos mismos. Por eso, el Malevo estaba convencido de que actuaba en nombre de los que piden mano dura. Y no se equivocaba. Era un producto de ese reclamo.

22 de noviembre de 2008
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a setenta años de la kristallnacht


Como solemos decir, el antisemitismo no es un problema que afecta solamente a los judíos.
[Sergio Widder] La crónica relata lo siguiente: Berlín, 10 de noviembre de 1938 - "Una ola de destrucción, saqueo y barbarie sin precedentes desde la guerra de los 30 años en Alemania, y desde la revolución bolchevique en Europa, arrasó sobre el territorio alemán hoy, cuando las cohortes nacionalsocialistas se cobraron venganza contra los negocios y las oficinas judías y las sinagogas, por el asesinato de Ernst von Rath, tercer secretario de la Embajada de Alemania en París a manos de un joven judío polaco. Todo comenzó temprano por la mañana, prácticamente en cada ciudad y en cada pueblo del país; la destrucción, los saqueos y los incendios continuaron a lo largo de toda la jornada. Multitudes silenciosas observaron lo que ocurría; la policía se limitó a dirigir el tránsito y a realizar arrestos masivos de judíos, según dijeron, "para su propia protección". El fuego en las sinagogas fue meramente controlado, con el objeto de que no se expandiera a las construcciones adyacentes. Al anochecer no había ninguna tienda, café u oficina judía, ni tampoco ninguna sinagoga que no hubiera sido destruida, quemada o severamente dañada. Fue entonces que el ministro de propaganda, Joseph Goebbels, dijo: "El enojo justificado y comprensible del pueblo alemán ante el cobarde asesinato de un diplomático alemán en París por parte de los judíos se ha expresado extensivamente anoche. Las acciones de represalia se han extendido a lo largo de numerosas ciudades. Ahora pedimos que estas acciones cesen. Daremos una respuesta final a los judíos a través de las leyes y la normativa".
Así reportaba el diario The New York Times del 11 de noviembre de 1938 los hechos que la historia conoce como ‘Kristallnacht’, la Noche de los Cristales Rotos.
El 7 de noviembre, Herschel Grynszpan, un joven judío de origen polaco de 17 años, había herido de muerte a Ernest von Rath, un diplomático alemán en París. Grynszpan actuó en represalia por la expulsión de su familia desde Alemania hacia Polonia. La reacción (que los nazis pretendieron hacer creer que fue espontánea) fue ese pogrom. La Kristallnacht constituye el punto máximo de la violencia contra los judíos en Alemania y en Austria en vísperas de lo que los nazis llamarían luego la Solución Final, el exterminio del pueblo judío.
Al atardecer del 9 de noviembre de 1938, a poco de conocerse la muerte de Von Rath, el ministro de propaganda Goebbels (con el consentimiento de Adolf Hitler) dio la orden de desatar la furia criminal contra los judíos. El saldo fue el asesinato de 91 personas, el arresto y deportación de unos 30.000 varones judíos a los campos de concentración de Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen, la destrucción de sinagogas y el saqueo e incendio de tiendas y propiedades. Grynszpan fue arrestado, estuvo detenido en Francia durante casi dos años, pero se desconoce qué ocurrió después con él. Los judíos alemanes fueron señalados como responsables de la violencia y multados por los destrozos. La reacción del mundo fue muy tibia y de nada sirvió para detener la máquina asesina nazi.
Hoy, setenta años más tarde, resulta esencial reflexionar acerca de las lecciones históricas de la Kristallnacht y del Holocausto, la Shoá. ¿Hemos aprendido algo? Lo primero que creemos es que sí aprendimos: los regímenes democráticos han ganado terreno en el mundo, los regímenes totalitarios han disminuido en cantidad, los individuos se muestran más conscientes de sus derechos cívicos y humanos, y encuentran vías para expresarlos y hacerlos valer. No obstante, el fanatismo, la intolerancia, el odio, el antisemitismo, siguen vigentes, generan violencia y se cobran nuevas víctimas. El terrorismo, el fundamentalismo, el neonazismo son algunas de las formas actuales de manifestación de ese odio.
¿Hemos aprendido la lección? A poco de finalizada la guerra, América latina, y Argentina en particular, fue la tierra elegida por numerosos criminales nazis para escapar de la justicia. Eichmann, Mengele, Ante Pavelic, Erich Priebke, en Argentina, Klaus Barbie en Bolivia, Walter Rauff aquí, en Chile, son apenas un minúsculo ejemplo de una larga lista de protegidos. Recién a partir del retorno de la democracia en 1983, Argentina dejó a un lado su política de protección para colaborar con la Justicia. Desde entonces, la Justicia de este país extraditó a cuatro criminales nazis, y un quinto murió durante el juicio de extradición.
¿Hemos aprendido la lección? El presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, ya no sorprende cuando niega por enésima vez el Holocausto ni tampoco cuando convoca a la concreción de un nuevo genocidio con sus llamamientos a favor de "borrar a Israel de la faz de la Tierra".
¿Hemos aprendido la lección? La Carta Orgánica de Hamas no sólo niega legitimidad al Estado judío, sino que refiere la existencia de una "conspiración judía para dominar el mundo", tomando como prueba irrefutable un panfleto antisemita que vio la luz en los albores del siglo XX, en la Rusia zarista: los infames Protocolos de los Sabios de Sión.
Pese a esta enumeración incompleta, creo que hemos aprendido algo. Que aunque no se pueda erradicar el odio, estamos mejor. Apuesto a que somos capaces de construir mejores condiciones de vida para nosotros y sobre todo para el futuro.
Creo que hemos aprendido algo; tenemos posibilidad de construir alianzas, de trabajar juntos, distintos grupos que sufren actos de discriminación o son el blanco del discurso intolerante, entendiendo que cuando se ataca a una minoría, aun cuando indudablemente el blanco de un ataque específico sea una minoría determinada, comprendemos que la discriminación y la intolerancia pretenden destruir las bases mismas de la convivencia democrática. Como solemos decir, el antisemitismo no es un problema que afecta solamente a los judíos.

El autor es representante para América latina del Centro Simon Wiesenthal.

10 de noviembre de 2008
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sobre los interrogatorios


La falsa confesión de una detenida abrió los ojos de un agente.
[Jim Trainum] He sido agente de policía durante veinticinco años, y nunca entendí porqué admitiría alguien haber cometido un crimen que no cometió. Hasta que obtuve una confesión falsa en un caso de asesinato.
Entré al cuarto de interrogatorios creyendo que teníamos pruebas que vinculaban a la sospechosa con el asesinato de un empleado federal de 34 años, en Washington. Utilicé las técnicas corrientes y aprobadas de interrogación: nada de gritos ni amenazas, nada de agresiones físicas, nada de días enteros sin agua ni comida. Muchas horas después, salí del cuarto con una sólida confesión.
Al principio, la sospechosa no nos dijo nada sobre el asesinato, y proclamaba su inocencia. A medida que progresaba el interrogatorio, empezó a colaborar más, y su confesión incluía muchos detalles del crimen. La mujer dijo que había golpeado al hombre hasta matarlo, para luego arrojar el cuerpo a un río. Dijo que hizo compras con la tarjeta de crédito de la víctima y que trató de retirar dinero con ella. Los videos de vigilancia del cajero automático mostraban a una mujer que se parecía a la sospechosa, y un experto dijo que la firma en los recibos de la tarjeta de crédito era consistente con la firma de la mujer.
Incluso el abogado de la sospechosa me dijo más tarde que creía que su cliente era culpable, basándose en su confesión. Confiados en nuestras pruebas y la confesión, la acusamos de homicidio en primer grado.
Luego descubrimos que la acusada tenía un alibi indestructible. Consultamos los libros de entrada y salida del refugio de indigentes donde vivía, y los archivos mostraban que ella no podía haber cometido ese crimen. El caso fue desechado, pero todos nosotros seguimos creyendo que estaba implicada en el asesinato. Después de todo, había confesado.
Incluso aunque no era nuestro procedimiento normal a mediados de los años noventa, cuando ocurrió el crimen, habíamos grabado en video todo el interrogatorio. Al revisar las cintas años después, vi que habíamos caído en la trampa clásica. Ignoramos las evidencias de que nuestra sospechosa no era culpable, y durante el interrogatorio, sin darnos cuenta, le entregamos detalles sobre el asesinato que ella repitió en su confesión.
Si no hubiésemos descubierto y verificado el alibi de la sospechosa -o si no hubiésemos grabado el interrogatorio-, probablemente habría sido condenada por homicidio en primer grado y hoy estaría en prisión. El verdadero perpetrador del crimen no fue identificado nunca, en parte porque la investigación se descarrilló cuando nos concentramos en una persona inocente.
Para mí, el caso fue un momento decisivo, personal y profesionalmente. Todavía trabajo como agente de policía en Washington, pero también dicto clases sobre interrogatorios y confesiones falsas, y trabajo con agencias policiales en todo el país para ayudarlas a prevenir confesiones falsas.
Aprendí que este es un problema nacional. De las doscientas veinte condenas erróneas en Estados Unidos que han sido revocadas sobre la base de pruebas de ADN, casi el veinticinco por ciento se basaba en una confesión falsa o en declaraciones incriminatorias falsas, de acuerdo al Proyecto Inocencia. En todos esos casos, el análisis de ADN demostró que la confesión era falsa.
A veces, las amenazas y las coerciones provocan que personas inocentes se confiesen culpables, pero incluso los métodos más normales y tranquilos pueden conducir a una confesión falsa o una admisión de culpa. Los que sufren alguna enfermedad mental o son incapacitados mentales son particularmente vulnerables, pero todo el mundo puede aturdirse cuando se enfrenta a agentes de policía que afirman poseer pruebas indesmentibles de culpabilidad. Algunos confiesan simplemente porque quieren complacer a las autoridades o porque están protegiendo a alguien. Algunos en realidad llegan a creer que son culpables, o confiesan para pagar por algo malo que han hecho en su vida pero que no guarda relación con el caso. Algunas personas inocentes creen que recibirán una sentencia más severa -incluso la pena de muerte- si no confiesan.
Grabar en video los interrogatorios ha reducido las sentencias erróneas basadas en confesiones falsas. Cuando se graba todo el interrogatorio, abogados, jueces y jurados pueden ver exactamente cómo se llega a una confesión. Con el tiempo, los agentes de policía se convierten en mejores interrogadores, a medida que revisan cintas de sus interrogatorios y confesiones que son más fáciles de defender en tribunales. Los únicos agentes de policía que he conocido que rechazan la grabación de los interrogatorios son los que no lo han hecho nunca. También muchos agentes de policía creen erróneamente que la grabación de los interrogatorios es logísticamente difícil y cara, y que los sospechosos culpables no confesarán si saben que están siendo filmados.
Más de quinientas jurisdicciones en todo el país graban los interrogatorios, pero en sólo diez estados, más el Distrito de Columbia, es una práctica obligatoria. La legislatura de California aprobó algunas leyes, en 2006 y 2007, que imponían la grabación de los interrogatorios. Los dos proyectos fueron vetados por el gobernador Arnold Schwarzenegger. Un tercer proyecto de ley murió en un comité este año. Los legisladores californianos no deben darse por perdidos. Deben convertir este tema en una prioridad y aprobar leyes para hacer que nuestro sistema de justicia criminal sea más fuerte y más preciso.
Puede ser imposible entender completamente por qué personas inocentes confiesan crímenes que no han cometido. Lo que es innegable es que algunas lo hacen, y que tenemos que implementar reformas para prevenir que se sigan dictando condenas erróneas y asegurarnos de que sean los culpables los que paguen por esos crímenes.

Jim Trainum es detective de policía en el Departamento de Policía Metropolitana de Washington.

8 de noviembre de 2008
24 de octubre de 2008
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nuevo período histórico


Christian Castillo, del PTS, aventura el fin de un sistema y reclama el poder para los trabajadores. La tarea es derrocar al capitalismo.
[Christian Castillo] En diciembre de 2007, mientras algunos sostenían que hasta el 2015 se extendería una ‘onda larga’ de crecimiento capitalista, escribíamos en la revista Estrategia Internacional que "lejos de toda visión evolutiva propia de los brokers de las finanzas, que consideran que el Banco Central norteamericano siempre podrá evitar las grandes pérdidas, y que por tanto se puede seguir arriesgando y endeudándose sin límites (...) el único pronóstico realista es prepararse para la irrupción de una crisis generalizada y profunda, lo que llevará a la expropiación de los ahorros de las clases medias, despidos masivos de trabajadores no sólo en la periferia sino también en los países centrales". Hoy estamos viendo la materialización en gran escala de este pronóstico.
La ‘ofensiva neoliberal’ con la que el capital respondió a la caída de la tasa de ganancia que se venía dando desde fines de la década del ‘60 permitió una recuperación relativa de la rentabilidad capitalista, aumentando en gran escala la explotación de la clase obrera y provocando –y siendo favorecida por– la restauración capitalista en la ex Unión Soviética y China. Pero la recuperación de la ganancia capitalista –siempre a niveles menores a los registrados en el llamado ‘boom’ de la posguerra– no fue acompañada por un aumento de la acumulación capitalista duradero y generalizado, una situación que no tiene precedentes en la historia del capitalismo. Lo que sí se produjo fue un crecimiento sin precedentes de la especulación financiera (capital ficticio, como lo llamó Marx): por ejemplo, la inversión en activos ‘derivados’ se multiplicó por cinco entre 1998 y 2007 (de 80 millones de dólares a 415 millones).
Junto con esto se expresó, en los escasos nichos de valorización productiva encontrados por el capital, una tendencia a la sobreacumulación, que dio lugar a burbujas que estallaron provocando las crisis recurrentes que vimos durante el período ‘neoliberal’. Durante este período los capitalistas enfrentaron las crisis ‘huyendo hacia delante’. El ejemplo contundente de esto es la burbuja crediticia e inmobiliaria y el endeudamiento estatal que le permitieron a Estados Unidos salir de la recesión de 2001 y actuar como el gran comprador mundial.
Hoy la crisis capitalista en curso expresa no solo la puesta en cuestión de los fundamentos en que se asentó el neoliberalismo sino también el propio equilibrio capitalista que rigió desde finales de la Segunda Guerra Mundial, con EE.UU. como potencia imperialista hegemónica. Nos enfrentamos a la perspectiva de una depresión económica que engloba a las principales economías del planeta, cuestión que agudizará los choques entre las clases y exacerbará la competencia intercapitalista y los enfrentamientos interestatales.
Contra lo que afirman algunos, China no puede actuar de motor de la economía mundial reemplazando a EE.UU. Pese al gran crecimiento de los últimos 20 años, ocupa la posición número 100 en términos de ingreso per cápita y representa un 6% de la economía global. Ajustando su producción a la paridad de poder adquisitivo, su economía sólo equivale al 10% de la mundial. Con 1300 millones de habitantes consumió en 2007 alrededor de 1,2 billón de dólares, mientras EE.UU., con una población de 300 millones, consumió en el mismo período un total de 9,7 billones. Como ocurre con todo el mundo, China ya está siendo golpeada por la crisis, su economía se está desacelerando y la Bolsa de Shanghai perdió un 60 por ciento de su valor.
A su vez, los rescates millonarios otorgados a los capitalistas y especuladores develan de manera acuciante que "el Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa", como afirmaba Marx. Mientras, las patronales están comenzando a descargar la crisis sobre los trabajadores recurriendo a despidos masivos. Pero las huelgas generales en Bélgica y Grecia o las movilizaciones masivas en Italia contra la reaccionaria reforma educativa de Berlusconi anticipan que los trabajadores y los explotados del mundo no permanecerán pasivos ante el derrumbe capitalista. Esto es sólo el comienzo. Está planteado oponer al programa de salvataje de los capitalistas uno que sostenga los intereses de los explotados y oprimidos: nacionalización de la banca y del comercio exterior bajo administración de los trabajadores; prohibición de los despidos y reparto de las horas de trabajo entre ocupados y desocupados; actualización mensual de los salarios según la inflación; nacionalización de toda empresa que cierre o despida. Son algunas de las demandas que están cobrando actualidad renovada.
Estamos en momentos de cambios vertiginosos. Son tiempos para decir con claridad que de lo que se trata no es de reformular ni pretender ilusoriamente ‘regular’ o ‘humanizar’ el capitalismo, sino de derrocarlo. Tenemos por delante construir la alternativa política de la clase trabajadora que pueda materializar tal objetivo. El capitalismo no va más. Que gobiernen los trabajadores.

El autor es dirigente nacional del PTS. Sociólogo y docente universitario.

3 de noviembre de 2008
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no es el fin del capitalismo


El funcionario y politólogo Carlos Vilas analiza el rol del Estado a partir de la crisis y subraya la buena posición de América latina.
[Carlos M. Vilas] La crisis financiera y económica que se originó en el mundo desarrollado y el modo en que Estados Unidos y la Unión Europea están reaccionando frente a ella han dado lugar a una serie de calificaciones curiosas que revelan, detrás del manto de la ironía, una cierta incomprensión de la crisis misma, de sus causas, la proyección de sus efectos. "Socialismo estilo USA", "nacionalismo de mercado", "fin del neoliberalismo", son algunas de las reacciones de muchos observadores. Se apunta básicamente a la decidida intervención estatal en el salvamento de firmas quebradas, en la compra de deudas incobrables, en el volcado de dineros públicos para resolver angustias privadas. Gracejos como los mencionados sugieren que incluso los críticos del neoliberalismo se tomaron en serio el discurso neoliberal y realmente creyeron que, en el capitalismo financiero y globalizado, el estado llegaba a su fin.
La relación entre el Estado y el capitalismo, deberíamos saberlo, no está atada a instrumentos de política o a herramientas institucionales en particular. La historia de las grandes crisis lo ilustra. ‘Laissez faire’ e intervencionismo son modos de articulación entre el poder político institucionalizado en el Estado y el poder económico-financiero de los mercados –en realidad, de sus actores más poderosos–. Estamos viviendo algo que ya vivió en el pasado. El viraje actual desde el ‘Estado ausente’ del neoliberalismo al Estado interventor repite lo que ocurrió, por ejemplo, tras la crisis de 1929. El poder político no hace ascos ideológicos cuando de lo que se trata es de salvar al sistema económico y social que le da sustento.
No tiene sentido discutir aquí acerca de las bondades, las alternativas o falta de ellas, a ese sistema. En todo caso es evidente que el capitalismo admite una variedad amplia de modalidades de organización y desarrollo. Pero una de sus características fundamentales por encima de esas variaciones, es que avanza de crisis en crisis en un persistente movimiento cíclico; períodos de extraordinario auge anteceden a devastadores derrumbes; gran parte de los activos físicos y financieros creados en el ascenso del ciclo se pierden en la crisis. Esto es lo que explica, junto a otros factores, la pendularidad que se advierte, en el largo plazo, entre permisividad y activismo estatal. En realidad una y otra son manifestaciones de la permanencia de la misión esencial del Estado: garantizar las mejores condiciones para la sustentabilidad del sistema económico que le sirve de base.
Evitemos confusiones y prevengámonos de autoengaños. Los gobiernos del Norte están interviniendo en defensa de los grandes acreedores y haciéndose cargo de sus malos negocios y de la carga de sus especulaciones más allá de todo criterio, no de la muchedumbre de pequeños deudores. Por debajo de la aparente heterodoxia de los instrumentos, y más allá de la enormidad de las cifras involucradas, hay una persistente ortodoxia en los objetivos y en los sesgos de clase.
Después de toda gran crisis financiera el capitalismo siempre viró hacia un mayor énfasis en la economía real, y este viraje nunca fue posible sin una decidida intervención estatal. Cuando el reciente Premio Nobel Paul Krugman señala que Estados Unidos no ha redescubierto a Karl Marx sino a Franklin D. Roosevelt, dice una verdad, pero una verdad a medias. El rescate de Roosevelt consistió ciertamente en una importante inyección de fondos al circuito financiero, pero tuvo además un pilar estratégico en una agresiva política de inversión pública en infraestructura y en la creación de mecanismos de planificación de mediano y largo plazo. La reactivación financiera estuvo ligada a la expansión de la economía real. Esto falta en el redescubrimiento de Roosevelt, si es que algo así ha ocurrido. Sus enemigos acusaron al New Deal de ser un programa socialista y al propio Roosevelt de escuchar demasiado a los socialistas y liberales, y hablaban en serio. El rescate actual sólo da lugar a ironías.
El capitalismo va a sobrevivir a esta crisis, entre otros motivos porque no tiene más enemigos que sus propias tendencias inmanentes. Cuando lo haga, resurgirá con una fisonomía más ‘real’, al menos por un tiempo. Solamente la economía real genera valores y permite la expansión de las fuerzas productivas materiales del sistema, estimula el desarrollo científico y técnico, y alimenta la posibilidad de obtener excedentes financieros igualmente reales para alimentar la continuidad del proceso de acumulación. Así pasó antes y así va a ocurrir ahora. Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones. El retorno a la gravitación de lo real sobre lo financiero será, miradas las cosas en el largo plazo, ‘por un ratito’. No es la economía real, la de la producción de bienes y la inversión en activos físicos y en empleo de fuerza de trabajo en gran escala la que expresa el espíritu expansivo del capitalismo, sino la financiera, la única que posee la movilidad requerida para aprovechar las buenas oportunidades, huir de los peligros, descargar riesgos, crear y destruir riqueza.
A pesar de los agoreros, es innegable que en América latina estamos mejor posicionados en esta crisis que en las anteriores. Las elevadas tasas de crecimiento de lo que va de la década, la acumulación de superávit comerciales y fiscales, un manejo más eficiente de los instrumentos de política macroeconómica, coloca a las principales economías de la región en mejores condiciones para reducir daños. Tan importante como esto es el cambio de paradigma que se observa en la mayoría de los gobiernos sudamericanos respecto del papel del Estado en la promoción y administración de un capitalismo que conjugue de manera más eficaz acumulación y distribución, intereses nacionales y objetivos regionales. A diferencia de los gobiernos que se hicieron cargo de la crisis de los ochentas –regímenes autoritarios o democracias débiles– o la del ‘efecto tequila’ –adhesión irrestricta a las recetas del Consenso de Washington– hoy predominan los gobiernos comprometidos –cada uno a su manera– con objetivos de desarrollo, inclusión social e integración regional.
Argentina se ubica con solidez en estos escenarios. Daños existirán sin duda: caída en el precio internacional de los principales productos de exportación y en el nivel general de actividad, con presión sobre los niveles de inversión, empleo, salarios y consumo. Pero el desempeño de la economía en el último quinquenio y el equilibrio de sus políticas económicas y sociales permiten albergar sensatas expectativas de una mejor capacidad de defensa de lo alcanzado, manejo de riesgos y defensa ante amenazas.

El autor es politólogo. Presidente del Ente Regulador de Agua y Saneamiento (ERAS), director de la Maestría en Políticas Públicas y Gobierno, Universidad de Lanús.

3 de noviembre de 2008
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[La imagen -entierro del cerdo capitalista- proviene de Kontrafuerzas]

obama para presidente


Es un líder competente, seguro de sí mismo, que representa las aspiraciones del país. También Los Angeles Times opta por Obama.
Aspirar a la grandeza es algo inherente en el carácter americano, así que puede ser desorientador cuando el país tropieza o pierde confianza en principios e instituciones fundamentales. Es la situación en que se encuentra Estados Unidos ahora que se prepara para elegir a un nuevo presidente: Hemos visto el interés del gobierno en venerables empresas financieras; hemos presenciado ocho años de usurpación de poderes de parte del Ejecutivo y erosión de las libertades civiles; todavía nos estamos recuperando de un criminal atentado cometido por terroristas en nuestro propio territorio y estamos todavía tratando de idear una estrategia para impedir que vuelva a ocurrir.
Necesitamos un presidente que demuestre calma y capacidad de reflexión y serenidad en situaciones difíciles, alguien que no sea dado a desplantes volátiles ni pronunciamientos caprichosos. Necesitamos un presidente con los pies bien puestos en los fundamentos intelectuales y legales de la libertad en Estados Unidos. Sin embargo, pedimos que la misma persona también posea la chispa y la pasión necesarias para inspirar lo mejor de nosotros: creatividad, generosidad y una incondicional defensa de la justicia y la libertad.
Nuestro país no ha tenido nunca antes un candidato como Obama, un hombre nacido en los años sesenta, de origen negro africano y blanco, criado y educado en el extranjero así como en Estados Unidos, y que trae consigo una historia personal que comprende gran parte la historia americana pero que, hasta ahora, no se ha visto bien reflejada en su actuación como político elegido. La excitación al inicio de la campaña de Obama se amplificó con esa novedad. Pero a medida que la contienda presidencial avanza hacia su conclusión, son el carácter y el temperamento de Obama los que adquieren prominencia. Su firmeza. Su madurez.
Estas son cualidades que la presidencia estadounidense ha echado en falta durante casi una década. La Constitución, de más de doscientos años de antigüedad, ofrece ahora al mundo uno de sus gobiernos más maduros y ciertamente el más estable, pero nuestra cultura política todavía está luchando por desprenderse de una adolescencia presuntuosa e indecente. Con George W. Bush, el Ejecutivo le dio la espalda a un papel adulto en el país y el mundo y se replegó en un ensimismado unilateralismo.
Durante gran parte del gobierno de Bush, John McCain se la ha pasado denunciando sus políticas imprudentes y contraproducentes. Se ganó el respeto de The Times, y nuestro respaldo en las primarias republicanas de California, por su denuncia de la tortura, su disposición a cerrar el centro de detención de Bahía Guantánamo, Cuba, y su voluntad de oponerse a su partido en temas como la reforma de la inmigración. Pero el hombre conocido por su sentido del honor y consistencia ha anunciado desde entonces que él no votaría su propio proyecto sobre inmigración y redefinió ‘tortura’ de un modo tan insincero que poco menos
que adopta lo que antes aborrecía.
En realidad, la campaña presidencial ha convertido a McCain en un político casi irreconocible. Su elección de Sarah Palin como su candidata a la vicepresidencia fue una táctica política de corto plazo brillante. Pero también era irresponsable, ya que Palin es la nominada menos calificada a la vicepresidencia de un partido importante de que se tenga memoria. La decisión pone en duda qué tipo de pensamiento -si esta fuera la palabra apropiada- dominaría en la Casa Blanca con la presidencia de McCain. Felizmente el público ha mostrado más discernimiento, y el entusiasmo inicial por Palin ha dado paso al ridículo nacional por su candidatura y por la sensatez de McCain.
La elección de Obama también fue reveladora. Podría haber conseguido mejores cifras en las encuestas haciendo una elección más dramática que con el capaz y experimentado Joe Biden. Pero pese a la excitación por su propia candidatura, Obama ha mostrado más competencia que drama.
No es un viajero solitario. Es un constructor de consenso, un líder. Como académico constitucional, ha mostrado respeto por el estado de derecho y un limitado poder del ejecutivo que lo convierten en la mejor esperanza de restaurar el equilibrio en el ministerio de Justicia. Es un demócrata, inclinándose más hacia la izquierda que hacia la derecha, y que eso debería reflejarse en sus nominados a la Corte Suprema. Esto es algo bueno; la corte funciona mejor cuando está equilibrada ideológicamente. Con su formación actual con siete jueces nombrados por republicanos y dos por demócratas, necesita un tirón hacia la izquierda.
No somos muy optimistas con las políticas económicas de Obama. Habla como con una escoba populista sobre aumentar los impuestos a las compañías petroleras para dar a familias de clase media ventajas fiscales que, por supuesto, las familias acogerán alegres, pero que es un plan demasiado pequeño que no logrará estimular la economía. Sus ideas sobre las cargas fiscales no se apartan demasiado de las formuladas por los demócratas en las últimas décadas. Su respuesta a las secuelas más recientes y drásticas del derrumbe del mercado hipotecario ha sido adecuadamente cauta; esto es territorio desconocido, y Obama no se ha licenciado ni en teoría ni en práctica económica.
Y eso está bien. Obama inspira confianza no tanto por su dominio de las finanzas de Wall Street sino por su reconocimiento y aceptación de su falta de dominio. No buscará aplicar políticas económicas de gran alcance sin consultar con los mejores estrategas y con profesionales experimentados, y tiene muchos a su disposición. Se ha ganado el respaldo de algunos en Wall Street no porque sea bueno con ellos, sino porque reconocen su talento para extraer de un amplio rango de propuestas programas coherentes y operacionales.
En papel, McCain representa el tipo de programa económico que el Times ha respaldado repetidas veces: Un programa que afloje la presión fiscal sobre las empresas y otros sectores de altos ingresos que es más probable que inviertan en la economía y contraten a nuevos trabajadores. Pero se ha mostrado inquietantemente vago en su respuesta a la actual situación financiera, apresurándose a "suspender" su campaña y tomar medidas (aunque todavía no está claro cuáles). Teniendo poco que contribuir, optó por explotar la crisis.
Algún día podremos examinar con asombro esta campaña presidencial. Podremos asombrarnos de que los críticos de Obama lo hayan llamado elitista, como si haber estudiado en una universidad privada fuera una fuente de vergüenza, y despreciaron su elocuencia, como si el don de la palabra fuera repentinamente un defecto. De hecho, Obama es culto y elocuente, sobrio y apasionante, firme y maduro. Representa el país tal como es y como aspira a ser.

27 de octubre de 2008
19 de octubre de 2008
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lecciones de chile


Una lección que llega de Chile.
[Martín Becerra] ‘El diario de Agustín’, film de Ignacio Agüero y Fernando Villagrán, conmueve con uno de los fraudes más extendidos sobre el rol de los medios de comunicación: su pretendida autonomía. Estrenada esta semana en Buenos Aires en el marco del festival ‘DocBsAs’, la película expone la complicidad de grandes medios de comunicación no sólo con la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) sino también con un preludio de instalación de miedo, caos e inseguridad para que las fuerzas armadas allanaran su acceso al poder estatal.
Una dinastía de Agustines Edwards preside desde hace más de cien años el periódico de referencia en Chile: El Mercurio. La singularidad de El Mercurio, como explicó el domingo en Página 12 Horacio Verbitsky, radica en que conjuga el valor de la tradición periodística, su vocería y correspondencia con los intereses del poder económico y social, su liderazgo en las ventas en el mercado de diarios y su centralidad en la configuración de la agenda pública. Es hoy, como otros medios en la región, un grupo que controla buena parte de la producción y circulación de información en su país.
Pero su pasado lo condena. Un ex director del diario, periodistas entrevistados y portavoces de la dictadura pinochetista son contrastados en su testimonio con un contundente trabajo de archivo –a cargo de un equipo académico de la Universidad de Chile– para documentar las campañas de ocultamiento y tergiversación de hechos históricos por parte de El Mercurio y otros medios de comunicación. La publicación de "enfrentamientos" de personas que fueron en verdad desaparecidas y asesinadas por la dictadura; la perseverante operación de acoso y derribo del democrático presidente Salvador Allende en base a falacias; el aporte de más de dos millones de dólares de la CIA para El Mercurio (11 millones en moneda actual) para financiar el complot; y la interesada estigmatización de la movilización social como "comunista" o "pekinesa" son algunos de los casos retratados por un film de impecable factura técnica.
Dos meses después del golpe de Pinochet, el entonces líder del Partido Comunista Italiano (que era el mayor de Occidente), Enrico Berlinguer, planteó sus célebres "lecciones de Chile", advirtiendo que la simple mayoría electoral no bastaba para comprometer a una sociedad con las transformaciones necesarias para superar la desigualdad. La "vía chilena al socialismo" que defendía el camino electoral y cuyo programa honró con su vida Allende, demandaban una mayoría cultural y política, sostenía un Berlinguer en tributo a Antonio Gramsci.
Precisamente el plano cultural y comunicacional puede enfocarse ahora a través de la penetrante lente del film ‘El diario de Agustín’. El Mercurio nunca revisó su complicidad con el golpismo y su manipulación informativa. Manuel Garretón interpreta en la película que asumir públicamente su responsabilidad implicaría para El Mercurio una reacción en cadena acerca de sus rutinas mismas de producción de noticias, lo cual conduciría a cuestionarlo en el presente. Y el presente está adiestrado en el lenguaje de lo políticamente correcto: después de muchos años, Pinochet puede ser aludido como "dictador" y no ya como "ex presidente".
El Colegio de Periodistas de Chile sancionó en junio de este año a algunos de sus miembros involucrados en la producción de noticias falsas durante la dictadura. La investigación de la Universidad de Chile, las acciones del Colegio de Periodistas y la realización de la película remueven el fraude de la autonomía de los medios y permiten seguir extrayendo trascendentes lecciones de Chile.

El autor es Doctor en Comunicación. Universidad Nacional de Quilmes – Conicet

22 de octubre de 2008
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derecho de gentes


Delitos de lesa humanidad y delitos políticos.
[Leopoldo Schiffrin] Argentina. Largos años he venido ocupándome del crucial tema de los delitos del Derecho de Gentes, que incluyen los delitos de lesa humanidad y una de cuyas características principales es que no pueden prescribir, o sea que la acción penal puede ser ejercida contra ellos en todo tiempo (por ejemplo, los crímenes de exterminio masivo del nazismo). Otra característica esencial de los delitos del Derecho de Gentes consiste en que son perseguibles por los tribunales de todo los países (jurisdicción universal).
Pero ¿cómo se puede enfocar esta categoría del Derecho de Gentes? Esta pregunta es especialmente importante, ahora, porque se comienza a observar en nuestro medio la desnaturalización de esta categoría fundante de consecuencias jurídicas de la entidad que hemos expresado (imprescriptibilidad, jurisdicción universal y varias más, sobre todo, que no rija en su ámbito la definición del delito por la ley previa, escrita y estricta).
La idea de que existen delitos previos a la ley estatal y que ofenden con gravedad extrema las posibilidades de existencia y desarrollo de la sociedad universal tiene su fuente más expresiva en Grocio, el padre del derecho internacional en el siglo XVII. Esa idea de Grocio se concretó a través de un proceso histórico, cuya primera aparición efectiva como derecho generalmente admitido por la comunidad universal moderna se encuentra en el Tratado de Versailles, sigue en el Estatuto del Tribunal de Nüremberg, en la fundamentación del proceso de Eichmann, en los Tribunales Especiales creados por las Naciones Unidas para la ex Yugoslavia y para Ruanda. Culmina con el Estatuto de Roma, que crea la Corte Penal Internacional y contiene un catálogo de distintos delitos que caben en su jurisdicción y que, a grosso modo, cabe dividir entre crímenes de guerra y crímenes como el genocidio, la desaparición forzada de personas, las torturas o las persecuciones y ejecuciones masivas cuando son perpetradas con el empleo del aparato estatal o de organizaciones que dominan un territorio en forma similar a la que lo haría un Estado.
La masividad de los crímenes y el empleo de medios estatales o cuasiestatales hacen de ellos una amenaza grave a las condiciones de subsistencia y desarrollo de la comunidad universal, visión que ha surgido, como aspiraba Alberdi en su obra ‘El crimen de la guerra’, como el producto de un cierto desarrollo de la conciencia humana universal, por más que aún nos hallemos en un grado incipiente de la misma.
En este punto conviene agregar que la masividad de los crímenes de lesa humanidad es una característica que da lugar a la aparición en la historia de una determinada categoría, como por ejemplo la desaparición forzada de personas o a la tortura generalizada. Empero, una vez que estos factores demoníacos comenzaron a operar y culminaron su obra, la reacción de la sociedad universal puede expresarse en la creación de sistemas de prevención y represión que deben ponerse en movimiento frente a casos individuales, justamente para evitar su repetición. Tal ocurre con la Convención contra la Tortura y su Protocolo Adicional y también respecto de la normativa sobre la desaparición forzada de personas. Un caso aislado de tortura o un caso aislado de desaparición forzada de persona aun bajo el mejor régimen de estado de derecho son delitos de lesa humanidad si se los comete desde y con el aparato estatal o cuasiestatal.
Por eso, no comparto la jurisprudencia de la Corte en el caso René Jesús Derecho, de fecha 11 de julio de 2007, en el que se decidió que un solo hecho de tortura cometido por un miembro de la Policía Federal a una persona detenida en una repartición de ese cuerpo no constituye un crimen de lesa humanidad.
Respecto de los delitos atroces y aberrantes cometidos desde el aparato estatal para la conservación de su existencia y finalidades, la tradición liberal, apartándose de la idea absolutista que hacía del crimen majestatis el mayor de todos, ha colocado bajo un régimen especial a los delitos ‘políticos’ o sea inspirados en el fin de lesionar el orden político establecido, cuyo caso revestido de mayor justificación, ya en la tradición escolástica, es el de resistencia a la ocupación extranjera o al poder usurpado.
Es común, según los autores del siglo XIX, que las resoluciones políticas no siempre se logren con simples reuniones tumultuosas sino que también impliquen violencia contra la propiedad y la vida. Autores de esa época enumeran casos como el homicidio de centinelas, el robo de armas en almacenes militares. Además, en las insurrecciones se desatan frecuentemente luchas cruentas entre facciones del mismo campo (por ejemplo, la insurrección judía de los años ’66 o ’70 de esta era que refiere el Bello Judaico de Flavio Josefo, o la insurrección de Irlanda en el siglo XX). La acción misma de combatir implícita en la insurrección popular comporta la posible comisión de homicidios y daños corporales materiales (extraigo estos datos del riquísimo estudio que efectuó hace muchos años el extinto procurador general de la Nación Enrique Carlos Petracchi, padre del actual ministro de la Corte Suprema Enrique Santiago Petracchi, en el caso "Lezcano, Agustín Juan s/homicidio, amnistía, ley 20.508", de mayo de 1974, que se halla en el pertinente registro de la Procuración General. Allí se efectúan muchas más apreciaciones referidas a los delitos cometidos por convicción y los límites en que es posible considerarlos como políticos; igualmente se repasa toda la jurisprudencia de la Corte referida a las amnistías en relación con el delito político).
Estos delitos de inspiración política fueron característicos de períodos de fuerte ilegitimidad política de los gobiernos militares e inclusive civiles desde 1955, jalonados por distintos tipos de resistencia activa, ya fuera por la insurrección de masas o por acciones de grupos civiles armados.
No se trata, con lo dicho, de justificar cualquier modo de proceder insurreccional, sino subrayar la diferencia entre el exterminio masivo y planificado de enemigos políticos perpetrado desde el Estado y los casos de resistencia e insurrección por fines políticos. El liberalismo político, que se funda en el carácter discutible del orden que se proclama legítimo, supo otorgar a los hechos de la segunda categoría un tratamiento penal diferenciado, que se manifiesta en múltiples matices.
Si quisiésemos erigir en delitos de lesa humanidad los homicidios y daños corporales y materiales provenientes de las circunstancias insurreccionales, que sirvieron de paralelo a los gobiernos en general usurpadores, que, a su vez, no titubearon en utilizar la masacre como medio de represión, finalizaríamos trastrocando todo el sistema del Derecho de Gentes, al extender sus características (imprescriptibilidad, jurisdicción universal, atenuación del principio nullum crimen nulla poena –principio de reserva–) a un campo que solo puede interesar a aquel derecho universal cuando la represión del Estado adquiera las características que justifican la intervención externa a fin de su cesación o represión.

El autor es juez de la Cámara Federal de La Plata.

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