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obama para presidente


Es un líder competente, seguro de sí mismo, que representa las aspiraciones del país. También Los Angeles Times opta por Obama.
Aspirar a la grandeza es algo inherente en el carácter americano, así que puede ser desorientador cuando el país tropieza o pierde confianza en principios e instituciones fundamentales. Es la situación en que se encuentra Estados Unidos ahora que se prepara para elegir a un nuevo presidente: Hemos visto el interés del gobierno en venerables empresas financieras; hemos presenciado ocho años de usurpación de poderes de parte del Ejecutivo y erosión de las libertades civiles; todavía nos estamos recuperando de un criminal atentado cometido por terroristas en nuestro propio territorio y estamos todavía tratando de idear una estrategia para impedir que vuelva a ocurrir.
Necesitamos un presidente que demuestre calma y capacidad de reflexión y serenidad en situaciones difíciles, alguien que no sea dado a desplantes volátiles ni pronunciamientos caprichosos. Necesitamos un presidente con los pies bien puestos en los fundamentos intelectuales y legales de la libertad en Estados Unidos. Sin embargo, pedimos que la misma persona también posea la chispa y la pasión necesarias para inspirar lo mejor de nosotros: creatividad, generosidad y una incondicional defensa de la justicia y la libertad.
Nuestro país no ha tenido nunca antes un candidato como Obama, un hombre nacido en los años sesenta, de origen negro africano y blanco, criado y educado en el extranjero así como en Estados Unidos, y que trae consigo una historia personal que comprende gran parte la historia americana pero que, hasta ahora, no se ha visto bien reflejada en su actuación como político elegido. La excitación al inicio de la campaña de Obama se amplificó con esa novedad. Pero a medida que la contienda presidencial avanza hacia su conclusión, son el carácter y el temperamento de Obama los que adquieren prominencia. Su firmeza. Su madurez.
Estas son cualidades que la presidencia estadounidense ha echado en falta durante casi una década. La Constitución, de más de doscientos años de antigüedad, ofrece ahora al mundo uno de sus gobiernos más maduros y ciertamente el más estable, pero nuestra cultura política todavía está luchando por desprenderse de una adolescencia presuntuosa e indecente. Con George W. Bush, el Ejecutivo le dio la espalda a un papel adulto en el país y el mundo y se replegó en un ensimismado unilateralismo.
Durante gran parte del gobierno de Bush, John McCain se la ha pasado denunciando sus políticas imprudentes y contraproducentes. Se ganó el respeto de The Times, y nuestro respaldo en las primarias republicanas de California, por su denuncia de la tortura, su disposición a cerrar el centro de detención de Bahía Guantánamo, Cuba, y su voluntad de oponerse a su partido en temas como la reforma de la inmigración. Pero el hombre conocido por su sentido del honor y consistencia ha anunciado desde entonces que él no votaría su propio proyecto sobre inmigración y redefinió ‘tortura’ de un modo tan insincero que poco menos
que adopta lo que antes aborrecía.
En realidad, la campaña presidencial ha convertido a McCain en un político casi irreconocible. Su elección de Sarah Palin como su candidata a la vicepresidencia fue una táctica política de corto plazo brillante. Pero también era irresponsable, ya que Palin es la nominada menos calificada a la vicepresidencia de un partido importante de que se tenga memoria. La decisión pone en duda qué tipo de pensamiento -si esta fuera la palabra apropiada- dominaría en la Casa Blanca con la presidencia de McCain. Felizmente el público ha mostrado más discernimiento, y el entusiasmo inicial por Palin ha dado paso al ridículo nacional por su candidatura y por la sensatez de McCain.
La elección de Obama también fue reveladora. Podría haber conseguido mejores cifras en las encuestas haciendo una elección más dramática que con el capaz y experimentado Joe Biden. Pero pese a la excitación por su propia candidatura, Obama ha mostrado más competencia que drama.
No es un viajero solitario. Es un constructor de consenso, un líder. Como académico constitucional, ha mostrado respeto por el estado de derecho y un limitado poder del ejecutivo que lo convierten en la mejor esperanza de restaurar el equilibrio en el ministerio de Justicia. Es un demócrata, inclinándose más hacia la izquierda que hacia la derecha, y que eso debería reflejarse en sus nominados a la Corte Suprema. Esto es algo bueno; la corte funciona mejor cuando está equilibrada ideológicamente. Con su formación actual con siete jueces nombrados por republicanos y dos por demócratas, necesita un tirón hacia la izquierda.
No somos muy optimistas con las políticas económicas de Obama. Habla como con una escoba populista sobre aumentar los impuestos a las compañías petroleras para dar a familias de clase media ventajas fiscales que, por supuesto, las familias acogerán alegres, pero que es un plan demasiado pequeño que no logrará estimular la economía. Sus ideas sobre las cargas fiscales no se apartan demasiado de las formuladas por los demócratas en las últimas décadas. Su respuesta a las secuelas más recientes y drásticas del derrumbe del mercado hipotecario ha sido adecuadamente cauta; esto es territorio desconocido, y Obama no se ha licenciado ni en teoría ni en práctica económica.
Y eso está bien. Obama inspira confianza no tanto por su dominio de las finanzas de Wall Street sino por su reconocimiento y aceptación de su falta de dominio. No buscará aplicar políticas económicas de gran alcance sin consultar con los mejores estrategas y con profesionales experimentados, y tiene muchos a su disposición. Se ha ganado el respaldo de algunos en Wall Street no porque sea bueno con ellos, sino porque reconocen su talento para extraer de un amplio rango de propuestas programas coherentes y operacionales.
En papel, McCain representa el tipo de programa económico que el Times ha respaldado repetidas veces: Un programa que afloje la presión fiscal sobre las empresas y otros sectores de altos ingresos que es más probable que inviertan en la economía y contraten a nuevos trabajadores. Pero se ha mostrado inquietantemente vago en su respuesta a la actual situación financiera, apresurándose a "suspender" su campaña y tomar medidas (aunque todavía no está claro cuáles). Teniendo poco que contribuir, optó por explotar la crisis.
Algún día podremos examinar con asombro esta campaña presidencial. Podremos asombrarnos de que los críticos de Obama lo hayan llamado elitista, como si haber estudiado en una universidad privada fuera una fuente de vergüenza, y despreciaron su elocuencia, como si el don de la palabra fuera repentinamente un defecto. De hecho, Obama es culto y elocuente, sobrio y apasionante, firme y maduro. Representa el país tal como es y como aspira a ser.

27 de octubre de 2008
19 de octubre de 2008
©los angeles times 
cc traducción mQh
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