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opinión

otra casablanca, otros refugiados


[H.D.S. Greenway] Desesperados por escapar de la miseria, esperan ahora en Casablanca.
Casablanca, Marruecos. La famosa película titulada como esta ciudad empieza con una sonora voz explicando cómo los refugiados que escapaban de la tiranía nazi en los años cuarenta emprendían el difícil camino hacia Casablanca. "Aquí, los afortunados, por medio del dinero, influencias, o suerte" podían hacerse camino hacia el neutral Portugal en el avión de Lisboa, dice la banda sonora. "Los otros esperan en Casablanca, y esperan, y esperan, y esperan".
Hoy hay multitudes de refugiados ilegales esperando en Casablanca y en otras ciudades en África del Norte -quizás tantos como un millón- aceptando pegas para sobrevivir, esperando la oportunidad de llegar a Europa. Pero hoy no se trata de los glamorosos Ingrid Bergmans o Paul Henreids. Son los pobres desesperados de todo África y más allá los que esperan llegar a la Unión Europea para escapar de la miseria. Y los que les ayudan a escapar no son como Bogart con pases para el avión de Lisboa. Son a menudo gente inescrupulosa -contrabandistas que a veces toman el dinero de sus clientes y les abandonan a su muerte en el desierto o los echan al mar en barcos inseguros.
Los desesperados se hacen camino desde el cordón de la pobreza subsahariano, cruzan el desierto hacia decenas de ciudades costeras en el norte de África. Desde ahí esperan la oportunidad de entrar al sur de Europa, compitiendo con los propios pobres de África del Norte, que también quieren llegar a Europa. Y aunque la inmensa mayoría son africanos, algunos vienen de lugares tan remotos como el subcontinente indio. Ahora hay un contingente de bangladeshis* con los rebeldes del Polisario en el desierto -rebeldes que expulsarían a Marruecos del antiguo Sahara español. El Polisario no los quiere, pero no pueden cruzar las líneas del territorio marroquí en disputa, así que esperan, y esperan, y esperan.
Marruecos es un destino favorito debido a su cercanía con Europa: en un día despejado puedes ver España al otro lado del Estrecho de Gibraltar desde ciudades norteñas como Tánger. Estos refugiados que esperan su oportunidad hablan de España como si fuera un El Dorado inimaginable por el que vale la pena arriesgar la vida, y muchos mueren en el intento. En esto es similar al destino de los latinoamericanos que tratan de cruzar el desierto para entrar a Estados Unidos desde México, soñando con ‘el Norte’, o de los botes llenos de haitianos y cubanos que arriesgan sus vidas en alta mar.
En Marruecos estos futuros refugiados son llamados ‘harraga’, de la palabra árabe para ‘quemar’. Los llaman así porque bajo la ley española las autoridades no pueden expulsar a los refugiados si no se puede demostrar su identidad y nacionalidad en un plazo de cuarenta días. Así, por supuesto, lo primero que hacen estos refugiados es quemar sus documentos.
En otoño pasado el mundo se horrorizó con las desoladoras escenas de africanos tratando de escalar por vallas de alambres de púa para entrar a los dos últimos, pequeños puntos de apoyo españoles en Marruecos, Ceuta y Melilla. Los dos enclaves son las últimas reliquias coloniales europeas en el continente africano.
Marruecos fue criticado por permitir que los africanos asaltaran las vallas desde territorio marroquí, y hoy el gobierno ha hecho más difícil que un inmigrante llegue a Europa a través de Marruecos. Pero tal como un globo apretado saldrá disparado por alguna parte, los inmigrantes volcaron sus miradas hacia el sur, hacia el antiguo Sahara español, hacia territorio disputado bajo control marroquí. Desde la capital Laayoune, los refugiados pueden llegar a las Islas Canarias españolas, frente a la costa africana.
Falwa Jaafari, que hizo hace poco un documental para la televisión marroquí sobre el problema, me dijo que le había preguntado a un africano que estaba a punto de embarcarse para las Canarias si realmente pensaba arriesgar su vida en una embarcación tan endeble. "Bueno, también se hundió el Titanic", le dijo mientras el bote se alejaba de la costa.
Sin embargo, mientras Marruecos persigue a los ‘harraga’, su embarcación se dirige todavía más al sur, hacia Mauritania. Desde allá llegan a las Canarias, cientos de ellos en botes frágiles y atiborrados, dando a los turistas grotescas oportunidades de hacer fotos. Este año ya han llegado cerca de cuatro mil africanos ilegalmente a las Islas Canarias. Algunos han sido capturados y enviados de vuelta para que lo vuelvan a intentar, mientras más de mil se han ahogado en el mar.
España y la Unión Europea han dado la voz de alarma, pero Europa no tiene una política de inmigración común, y es un signo de nuestra época que oleadas y oleadas de los pobres del mundo continuarán arriesgando todo para llegar a las orillas de los ricos industrializados.

4 de abril de 2006
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ciudadano estadounidense


[Fareed Zakaria] Los inmigrantes deben tener la posibilidad de convertirse en ciudadanos.
Hace siete años, cuando estaba de visita en Alemania, me encontré con un funcionario que me explicó que el país tenía una solución infalible para sus males económicos. Observando el remonte de la economía estadounidense en los años noventa, los alemanes decidieron que ellos también debían seguir la ruta de la alta tecnología. Pero ¿cómo? A fines de los años noventa, la respuesta parecía obvia: indios. Después de todo, los empresarios indios constituían un tercio de todas las nuevas empresas de Silicon Valley. Así que el gobierno alemán decidió que seduciría a indios hacia Alemania del mismo modo que Estados Unidos: ofreciendo tarjetas verdes. Los funcionarios crearon algo que llamaron la Tarjeta Verde Alemana y anunciaron que emitirían unas 20 mil en los primeros años. Naturalmente, esperaban que decenas de miles de indios empezarían a implorar su entrada al país, y quizás las cuotas debían ser incrementadas. Pero el programa fue un fracaso. Un año más tarde se habían emitido 10 mil tarjetas. Después de algunos extensiones, el programa fue anulado.
En ese momento le dije al funcionario alemán que estaba seguro de que la iniciativa fracasaría. No es que yo sepa tanto en el terreno de las políticas de inmigración, pero entendía algo sobre las tarjetas verdes, porque yo mismo tenía una (en la versión estadounidense).
La Tarjeta Verde Alemana estaba mal bautizada, dije, porque nunca, bajo ninguna circunstancia se traducía en la ciudadanía alemana. La tarjeta verde estadounidense, en contraste, te pone casi automáticamente en el camino de convertirse en estadounidense (después de cinco años y una hoja de antecedentes limpia).
El funcionario desechó mis objeciones, diciendo que Alemania no ofrecería de ningún modo la ciudadanía a esta gente. "Necesitamos trabajadores técnicos jóvenes", dijo. "De eso se trata este programa". Así que Alemania estaba pidiendo a brillantes jóvenes profesionales que abandonaran su país, cultura y familia, se mudaran a miles de kilómetros de distancia, aprendieran una nueva lengua y trabajaran en un país extraño sin ninguna perspectiva de ser alguna vez parte de su nuevo país. Alemania estaba enviando una señal, que fue percibida correctamente en India y otros países, y también por la propia comunidad de inmigrantes de Alemania.
Muchos americanos se sienten seducidos por el enfoque europeo de la inmigración -quizás sin darse cuenta. Trabajadores invitados, castigos, sanciones, y deportaciones forman parte del modo europeo de tratar a los inmigrantes. Los resultados de este enfoque se han exhibido recientemente en Francia, donde jóvenes inmigrantes montaron disturbios y quemaron coches la semana pasada. Uno ve en toda Europa a inmigrantes descontentos y marginados, listos para convertirse en radicales. Las comunidades de inmigrantes merecen su cuota de culpa por esta situación, pero es todo un ciclo lo que está en operación. Las sociedades europeas excluyen a los inmigrantes, que se marginan y las rechazan.
Un misterio sobre Estados Unidos de después del 11 de septiembre is que no han habido más atentados terroristas -ni siquiera una bomba de mochila en un teatro- mientras que en Europa han habido decenas. Mi propia explicación es que las comunidades de inmigrantes en Estados Unidos, incluso las árabes y musulmanas, no están muy radicalizadas. (Inclusive si un ataque semejante toma lugar, el hecho de que hayan pasado cuatro años medio sin que haya habido uno proporciona alguna forma de prueba de mi afirmación). Comparada con otros países en el mundo, la inmigración estadounidense es bastante buena. ¿Queremos realmente arrojarla a la basura a cambio del método francés?
Estados Unidos tiene un problema real con la llegada de inmigrantes ilegales, en gran parte de México (el 70 por ciento de los inmigrantes ilegales provienen de ese país). Pero entendamos qué fuerzas están aquí en operación. "La brecha en los ingresos entre Estados Unidos y México es la más grande del mundo entre países que son contiguos", escribe el historiador de Stanford, David Kennedy. Esa enorme disparidad está produciendo una demanda masiva en Estados Unidos, y una oferta igualmente masiva desde México y América Central. Toda vez que los gobiernos tratan de ponerse entre estas dos fuerzas -pensad en las drogas-, simplemente aumentar las medidas de control no soluciona nada. Controles fronterizos más estrictos es una excelente idea, pero para que funcione tiene que ir acompañada de algún reconocimiento de las leyes de la oferta y la demanda -esto es, tendrá que incluir la expansión del fondo de inmigrantes legales.
Sin embargo, más allá de este problema puramente económico, hay uno mucho más profundo y que define a Estados Unidos -ante sí mismo, ante sus inmigrantes y ante el mundo. ¿Cómo queremos tratar a los que ya están en el país y trabajan y viven con nosotros? ¿Cómo vamos a tratar a los que llegan con visas o permisos de trabajo? Esa gente debe tener alguna esperanza, alguna posibilidad razonable de convertirse en estadounidenses. De otro modo, estaremos enviando la señal de que hay grupos que de algún modo no sirven para ser estadounidenses, que estos recién llegados no son realmente bienvenidos y que lo que queremos son trabajadores, no ciudadanos potenciales. Y terminaremos con inmigrantes que tiene sentimientos hostiles similares sobre Estados Unidos.

comments@fareedzakaria.com

1 de abril de 2006
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decencia para marta y juan


[Eugene Robinson] Lo correcto sería otorgar amnistía a los inmigrantes ilegales.
El sábado, medio millón de personas se echaron a las calles de Los Angeles para protestar contra los varios proyectos patrocinados por los republicanos en el Congreso que demonizan a los inmigrantes ilegales. Cientos marcharon ayer en Detroit, que ni siquiera está cerca de la frontera mexicana. Decenas de miles han manifestado en Phoenix, Denver, y otras ciudades en todo el país. En todos los casos, la mayoría de los manifestantes eran latinos.
Todos sabemos que los latinos son la minoría más grande del país y que la mayoría de ellos en esas manifestaciones son sea nacidos en Estados Unidos o residentes legales. Pero también sabemos que al menos algunos de los manifestantes han pasado por la experiencia de cruzar ilegalmente la frontera bajo la tutela de contrabandistas avariciosos conocidos como coyotes. Al menos algunos de ellos llevan aquí meses o años, trabajando para enviar dinero a casa a sus familias, con la cabeza gacha, tratando de ganarse la vida de algún modo, por ellos y sus hijos.
¿Quiénes son? ¿Terminaron las manifestaciones, dónde están? ¿Son tan diabólicamente inteligentes que se ocultan a plena luz del día? ¿O es que el resto de nosotros nos negamos a verlos porque si los viéramos tendríamos que reconocer su humanidad?
Esa ceguera voluntaria es lo que hace que el debate sobre la inmigración ilegal sea tan hipócrita. Si metemos a los inmigrantes indocumentados en la masa indiferenciada de Esa Gente, podríamos evitar ocuparnos de la experiencia del inmigrante. Y podríamos convencernos a nosotros mismos de que es de alguna manera diferente a las periódicas olas de inmigración que han hecho a este país -que repentinamente no es un tema, ni siquiera un problema, sino una crisis urgente.
Se calcula que hay 12 millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos. Tanta gente no desaparece en el maderamen. El hecho es que vemos a inmigrantes indocumentados todos los días.
Quizás pasan la aspiradora por tu oficina, en la noche. Quizás arreglan tu jardín o limpian tu casa o cocinan tus comidas en tu restaurante favorito. Probablemente no sabes dónde viven. Probablemente no conoces los nombres de sus hijos ni dónde van a la escuela. Probablemente no sabes cómo compraron su coche o cómo sacaron su permiso de conducir. Probablemente no sabes dónde obtienen asistencia médica.
Si supieras estas cosas sobre inmigrantes individuales, sean de México, El Salvador, China o Brasil, encontrarías, creo, que el debate en el Congreso es casi grotesco.
¿Deberíamos declararlos criminales a todos ellos? ¿También debemos declarar criminal a la gente que les da trabajo? ¿Deberíamos levantar un muro de Berlín a lo largo de la frontera? Es posible tomar esas medidas draconianas contra Esa Gente -pero no contra la adorable Marta, que encera tu suelo, o el genial Juan, que cuida tus azaleas. Así que para ponerse del lado de los xenófobos, tienes que saber lo menos posible de Marta y Juan.
En términos de realpolitik, el tema de la inmigración es fácil: Si los dirigentes republicanos en el Congreso quieran enajenarse los votos de los latinos y empujarlos a los brazos de los demócratas, es tentador dejarlos hacer lo que quieren. Pero eso significa ignorar la realidad de que estamos hablando de individuos, no de Esa Gente. Y significa abandonar el proceso de llegada, adaptación y renovación que ha hecho de este país de inmigrantes una nación tan dinámica y emprendedora.
No tengo muchas ocasiones de decir que George W. Bush tiene razón, pero creo que entiende de verdad el tema de la inmigración tanto a nivel político como personal. Su programa de trabajadores invitados es un caos. ¿Espera realmente que millones de personas se entreguen para ser deportadas? ¿No tendrán los empleadores un incentivo adicional para explotar a los trabajadores invitados cuando sepan que nunca obtendrán la ciudadanía y que, por eso, nunca tendrán influencia política? Pero sí le doy crédito al presidente por buscar un compromiso que apaciguará a los nativistas de su partido y quizás gane algo de tiempo para enfriar las cabezas.
La propuesta de los senadores John McCain y Edward Kennedy, que otorgaría amnistía a los inmigrantes ilegales, es mucho mejor. Los dos rechazan que se hable así de sus proyectos, porque la palabra ‘amnistía’ es una palabra tabú, pero eso es lo que sería -los ‘ilegales’ que se acerquen a la policía podrían quedarse en el país y eventualmente empezar el proceso de naturalización. Sin embargo, parece improbable que este razonable plan sea aceptado.
Haga lo que haga el Congreso, esos 12 millones de personas no van simplemente a empacar y marcharse a casa de un día para otro. Están aquí -Marta y Juan, no Esa Gente. Los vemos todos los días. Tratemósles como a seres humanos.

iseugenerobinson@washpost.com

28 de marzo de 2006
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el matrimonio es para blancos


[Joy Jones] Ahora los intangibles son los factores más importantes. ¿Se quiere casar alguien todavía?
Yo crecí en una época en que las familias con dos padres eran todavía la norma, en Estados Unidos negro y blanco. Luego, cuando me hice adulta, vi cómo el divorcio se convertía en algo común, casi como un rito de pasaje. Hoy parece que muchos -especialmente en la comunidad negra- han dejado al matrimonio completamente de lado.
Pero como mujer negra, he presenciado la humillación de las novias cuando los exes no se aparecían con los niños el fin de semana, y he visto la desilusión de los hijos que echaron de menos tener un papá en casa. Después de disfrutar de una estrecha relación con mi propio padre, tomé la decisión consciente de que cuando fuera el momento de pensar en buscar pareja y casarme, lo que quería era tener un marido, no un novio residente, y no un ‘papá del bebé’.
Ese momento no llegó nunca.
Durante años me pregunté por qué no. Y entonces un niño de 12 años me lo dijo.
"El matrimonio es para los blancos".
Eso fue lo que me dijo uno de mis estudiantes hace algunos años cuando hacía clases de orientación profesional para alumnos de sexto en una escuela básica al sudeste de Washington. Me sorprendió gratamente cuando los niños en la clase dijeron que ser un buen padre era muy importante para ellos, más importante que hacer dinero u obtener un título elegante.
"Eso es maravilloso", les dije. "Creo que invitaré a algunas parejas a hablar sobre lo que significa estar casados y tener hijos".
"Oh, no", se opuso un estudiante. "No estamos interesados en esa parte del matrimonio. Sólo con ser buenos padres".
Y es ahí donde intervino el otro chico, hablando como si las palabras le dejasen un mal sabor en la boca: "El matrimonio es para los blancos".
Tiene razón. Al menos, estadísticamente. La tasa de matrimonio de los afroamericanos ha estado bajando desde los años sesenta y hoy tenemos la tasa de matrimonio más baja de cualquier grupo racial en Estados Unidos. En 2001, de acuerdo al Censo de Estados Unidos, el 43.3 por ciento de los hombres negros y el 41.9 por ciento de las mujeres negras de Estados Unidos no se han casado nunca, en contraste con, respectivamente, el 27.4 y el 20.7 por ciento de los blancos. Las mujeres afroamericanas son las que menos probabilidades tienen de casarse en nuestra sociedad. En el período comprendido entre 1970 y 2001, la tasa de matrimonio general en Estados Unidos descendió en un 17 por ciento, pero entre los negros cayó en un 34 por ciento. Esas cifras han llevado a la terapeuta de relaciones de la Universidad de Howard, Audrey Chapman, a señalar que los afroamericanos son la gente más desaparejada del país.
¿Cómo llegamos a esto? ¿Qué ha cambiado en las costumbres afroamericanas, en nuestra comunidad, en nuestra conciencia, que ha hecho del matrimonio algo innecesario o inalcanzable?

Aunque la esclavitud fue un sistema social atroz, hombres y mujeres a menudo lograban fundar familias que funcionaban. En su historia de la vida y cultura de los esclavos, ‘Roll, Jordan, Roll’, el historiador Eugene D. Genovese escribió: "Un esclavo en Georgia convenció a su amo que lo vendiera en Jamaica, para poder encontrar a su esposa, a pesar de las advertencias de que las posibilidades de encontrarla en una isla tan grande eran ínfimas... Otro esclavo de Virginia se cercenó con un hacha la mano izquierda para impedir que lo vendieran y separaran de su hijo". Me asombró leer que era más probable que un niño negro creciera viviendo con sus dos padres durante los días de la esclavitud que hoy, de acuerdo al sociólogo Andrew J. Cherlin.
Persisten las ideas tradicionales sobre la familia, especialmente sobre la red de la familia extendida. Pero las madres trabajadores, las parejas no casadas que viven juntas, los nacimientos fuera del matrimonio, el control de la natalidad, el divorcio y los matrimonios sucesivos han transformado el paisaje social. Y a nadie parece afectar más que a las mujeres afroamericanas. Una me dijo que con las cambiantes mores de hoy, es difícil saber "qué es normal" cuando se trata del cortejo, boda y paternidad. El sexo, el amor y la crianza de hijos se han convertido en opciones de menú antes que en un paquete que viene junto con el matrimonio. Además, en una era de hermanos en el paro, la propagación de enfermedades transmitidas sexualmente y la disminución de los trabajos de cuello azul que antes tenían los negros, vincular el destino de una a un hombre, convierte al matrimonio en un asunto arriesgado para las mujeres negras.
"Una mujer que da ese paso es osada y valiente", me dijo una joven madre soltera. "Las mujeres no se casan porque no quieren perder su libertad".
Entre las afroamericanas el deseo del matrimonio tiene una trayectoria diferente para hombres y mujeres. Mi observación es que las mujeres negras en sus veinte y treinta quieren comprometerse y casarse a una edad en que los hombres negros de su edad quieren probablemente estar jugando en la cancha. Cuando la mujer se da cuenta de que un buen matrimonio no es posible o viable como a ella le gustaría, su foco se desvía hacia tener un bebé, o posiblemente a mejorar su status laboral, quizás volviendo a la escuela o invirtiendo más energía en su carrera.
Los hombres maduros que empiezan a reconocer los beneficios de asentarse y enraizarse (y sufrir las consecuencias de su arriesgada conducta de solteros), son los más dispuestos a casarse y asentarse. Pero para entonces, sin embargo, muchas de las mujeres de su edad están satisfechas con las vidas que han construido y menos inclinadas a casarse con un hombre que no pone demasiado en la mesa. En realidad, puede traer demasiado a la mesa: hijos y madres de relaciones anteriores, limitado poder de adquisición, y el desgaste de años de uso de drogas, pobre cuidado sanitario, promiscuidad sexual. En otras palabras, para la circunspecta mujer negra, el matrimonio puede ser un negocio que no ofrece suficientes beneficios sobre la inversión.

En el pasado, el matrimonio era principalmente un acuerdo comercial de ese tipo. Entre las familias ricas, concretaba alianzas políticas o ampliaba derechos de propiedad. Para la gente pobre, era un medio de llevar la granja o la casa. Hoy, la gente se ha hecho económicamente autosuficiente, como individuos, y ya no requieren una pareja para sobrevivir. Las mujeres afroamericanas han tenido siempre una alta tasa de participación laboral. "¿Por qué habrían de casarse las mujeres con buenos salarios?", se preguntaba la feminista negra y autora Alice-Dunbar-Nelson en 1895. Pero ahora en lugar de tener acceso solamente a trabajos mal pagados, podemos ganar salarios de jefes de familia, que ha cambiado en cuanto a lo que queremos en un marido. "Las expectativas de las mujeres han cambiado dramáticamente, mientras que las de los hombres no han cambiado en absoluto", dijo una esposa bien pagada y madre. "Las mujeres dicen ahora: ‘La mantención no es suficiente. Necesito más participación’".

El cambio decisivo en mis propias ideas sobre el matrimonio se produjo cuando un amigo de toda la vida me propuso matrimonio hace cinco años. Él y yo fuimos juntos a la universidad, salimos durante un breve período, luego mantuvimos el contacto durante años. Construimos una sólida relación, que yo creo que es un buen fundamento de un matrimonio exitoso.
Pero si nos hubiésemos casado, yo me habría tenido que mudar al oeste. Y no era lo que quería. Yo me habría convertido en una madrastra y, aunque sentía camaradería con su hijo, ser madrasta es usualmente un trayecto lleno de baches. Yo quería una casa y no podía comprar una sola. Pero sabía que si estaba dispuesta a hacer algunos cambios, finalmente podría.
Mientras revisaba la situación, me di cuenta de que todas las cosas que yo esperaba del matrimonio -compañía masculina, lazos familiares estrechos, una casa-, ya las tenía, o estaban a mi alcance, y con muchos menos dramas posibles. Me puede ir mal por mí misma, acostumbraba a decir cuando terminaba una relación. Pero la verdad es que sola también me va muy bien.
A la mayoría de las mujeres negras solteras por sobre los treinta que conozco no les importaría casarse, pero reconocen que el tipo de hombre y la calidad del matrimonio que quisieran puede no ser probable, y no están suficientemente desesperadas para aceptar cualquier situación con tal de tener un hombre. Varias de mis amigas casadas se quejan de que ocuparse de sus maridos es como tener que criar a un hijo más. Luego está el hecho de que aparentemente el matrimonio puede ser un riesgo sanitario para las mujeres negras. Un estudio reciente del Instituto de Valores Americanos, un laboratorio ideológico independiente de la Ciudad de Nueva York indica que las mujeres afroamericanas casadas son menos sanas que sus hermanas solteras.
A propósito y por omisión, las mujeres negras cultivan las habilidades que les permiten sostenerse a sí mismas (incluso a veces para prosperar) sin un compañero.
"Si Jesucristo me ofreciera un anillo de compromiso, no lo aceptaría", me dijo una amiga separada de más de treinta. "Le diría a Jesús que podríamos salir, pero no casarnos".
Y hay algo nuevo. Las mujeres afroamericanas no son las únicas en decidir que lo pueden hacer solas. A menudo lo que ocurre en la América negra es un signo de lo que ocurre en el resto del país. En su libro de 2003, ‘Mismatch: The Growing Gulf between Women and Men’, Andrew Hacker observó que la estructura de las familias blancas está evolucionando en la dirección de las familias negras de los años sesenta. En 1960, el 67 por ciento de las familias negras estaban encabezadas por un marido y una esposa, en comparación con el 90.0 por ciento de las familias blancas. Para 2000, la cifra para las familias blancas había caído al 79.8 por ciento. Las madres solteras blancas llegaron al 22.5 por ciento, en comparación con el 2.3 por ciento en 1960. Así que el alumno que pensaba que el matrimonio era para los blancos, va a tener que repensar eso en el futuro.
Sin embargo, ¿quiere decir esto que el matrimonio va por el mismo camino que el tocadiscos y la cinta para máquinas de escribir?
"Espero que no", dijo una amiga que lleva siete años de casada. "La tasa de divorcio es del 50 por ciento, pero la gente se vuelve a casar. La gente quiere casarse. No creo que deje de estar de moda".
Un conocido negro hizo una predicción diferente. "No creo que el matrimonio se vaya a extinguir, pero creo que habrá menos gente casada", dijo. "Es algo malo. Creo que la familia tradicional -un hombre y una mujer- es la que debe criar hijos". Ha trabajado con adolescentes difíciles, y observó que "las niñas son las que tienen más problemas y las que son más maltratadas son las niñas con padres ausentes. Pero lo mismo es válido para los niños". Cree que su presencia y ejemplo en la casa es la razón de porqué sus hijos decidieron casarse cuando sus novias quedaron embarazadas.
Pero siendo la naturaleza humana lo que es, si el matrimonio debe florecer -en las dos Américas-, tendrá que ofrecer a la mujer algo más que un pacto comercial, una panacea contra todo que afecta a la comunidad, o una incubadora para criar niños. Como dijo una mujer: "Si no fuera por los intangibles, el encanto de estar enamorada, no me habría casado. Los beneficios del matrimonio son su carácter y su cariño. Si no fuera por eso, ¿para qué preocuparse?"

joythink@aol.com
Joy Jones, de Washington, ha escrito ‘Between Black Women: Listening With the Third Ear’ (African American Images).

26 de marzo de 2006
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pandora, unión homosexual y poligamia


[Charles Krauthammer] Si el matrimonio homosexual nos parece normal, ¿por qué no lo serían las uniones poligámicas?
Y ahora, la poligamia.
Con el dulce título de la seried ‘Big Love’ de HBO, la poligamia también sale del armario. Bajo el titular "¡Polígamos, Uníos!", Newsweek nos informa de la emergencia de "activistas de la poligamia en las secuelas del movimiento en pro del matrimonio homosexual". Dice un polígamo cristiano evangélico: "El derecho a la poligamia es la siguiente guerra en derechos civiles".
La poligamia era normalmente estereotipada como la provincia de paranoicos mormones, africanos primitivos y derrochadores árabes. Con ‘Big Love’ se traslada a los suburbios como otro estilo de vida alternativo.
Como observa Newsweek, estos agitaciones en pro de la poligamia tradicional (más precisamente, la poliamoría) tiene sus raíces en la creciente legitimación del matrimonio homosexual. En un ensayo hace diez años, señalé que era absolutamente lógico que tras los derechos homosexuales, siguieran los de la poligamia. Después de todo, si el matrimonio tradicional es definido como la unión de (1) dos personas de (2) sexo opuesto, y si, como insisten los defensores del matrimonio homosexual, la exigencia de género no es más que prejuicio, exclusión y la negación arbitraria de las opciones autónomas del individuo en el amor, entonces la primera exigencia -la restricción de número (dos y sólo dos) es igualmente arbitraria, discriminatoria y una negación indefendible de las opciones individuales.
Esta línea de argumentación pone furiosos a los activistas homosexuales. Puedo entender por qué no quieren ser confundidos con los polígamos. Pero no soy yo quién los confunde. Los confunde su argumento. El bloguero y autor Andrew Sullivan, que tuvo el coraje de defender el matrimonio homosexual cuando la causa era considerada absurda, la ha llamado la "diversión polígama", alegando que la homosexualidad y la poligamia son categóricamente diferentes porque la poligamia es una mera "actividad", mientras que la homosexualidad es un estado intrínseco que "ocupa un nivel más profundo de la conciencia humana".
Pero esta distinción entre órdenes superiores e inferiores del amor es precisamente lo que los activistas de los derechos homosexuales han rechazado tan vigorosamente cuando la cultura general "privilegia" (como dicen en los departamentos de inglés) las uniones heterosexuales sobre las homosexuales. ¿Giraba ‘Jules et Jim’ (y Jeanne Moreau), la clásica película de Truffaut sobre dos amigos enamorados de la misma mujer,
Para simplificar la lógica, eliminemos el complicado factor del género. Digamos que, por ejemplo, tres mujeres homosexuales están profundamente enamoradas unas de otras. ¿Sobre qué bases rechazarían los activistas homosexuales sus uniones como mera actividad antes que como amor auténtico y auto-expresión? ¿O sobre qué bases insistirían en la tradicional, arbitraria y exclusivista cifra de dos?
Lo que es históricamente torpe es que mientras el matrimonio homosexual gana en aceptación, la resistencia a la poligamia se hace mucho más fuerte. Sin embargo, hasta esta generación, el matrimonio homosexual, que sepamos, no ha sido aceptado por ninguna sociedad en ningún momento de la historia. Por otro lado, la poligamia fue aceptada, y en realidad era común, en grandes partes del planeta durante largos segmentos de la historia, más conspicuamente en el Oriente Medio bíblico y en gran parte del mundo musulmán.
No soy de los que ven al matrimonio homosexual o la poligamia como una amenaza o un ataque contra el matrimonio tradicional. El asalto vino desde dentro. El matrimonio no necesitaba ayuda para gestionar su propio lento y prolongado suicidio, gracias. Las astronómicas tasas de divorcio y paternidad soltera (la creación deliberada de familias sin padre) existían antes de que hubiera un solo matrimonio homosexual o cualquier intento de sancionar la poligamia. La acuñación de estas nuevas formas de matrimonio es un síntoma del radical individualismo contemporáneo de nuestra cultura -así como el decline del matrimonio tradicional- y no su causa.
En cuanto al matrimonio homosexual, he llegado a una estudiada ambivalencia. Creo que es un error que la sociedad haga esta declaración última de indiferencia entre la vida homosexual y la heterosexual, aunque sólo fuera por razones de pedagogía. Por otro lado, tengo amigos homosexuales y siento el dolor de su incapacidad de disfrutar del mismo nivel de la aprobación y confirmación sociales de su relación con un ser querido, de modo que no me voy a subir a la barricada de nadie para impedírselos. Sin embargo, es fundamental que todo gran cambio en la definición misma de matrimonio sea impuesta democráticamente y no (como en el desastroso caso del aborto) por una orden judicial.
Llamadme agnóstico. Pero no me digáis que podemos hacer cambios radicales a la regla de un hombre, una mujer, y no permitir que otros reclamen su derecho a ser tratados con el mismo respeto.

letters@charleskrauthammer.com

17 de marzo de 2006
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crímenes de milosevic


La muerte de Milosevic obliga a repensar el papel del odio y la irracionalidad nacionalista en la historia.
La vida de Slobodan Milosevic ofrece otra lección de cómo un individuo puede moldear el curso de la historia. Yugoslavia, el país cuya desintegración fue inspirada por él, emergió de la dictadura comunista a fines de los años noventa pareciéndose a muchos países (piénsese en Iraq) que sufrían los coletazos de la transición: La rivalidad étnica y religiosa eran reales en un país arrejuntado, pero pocos esperaban, y mucho menos deseaban, una guerra civil. Milosevic, un burócrata del Partido Comunista de Serbia, alimentó deliberada y metódicamente esta tensión latente para convertirla de chispa en conflagración, y usarla para consolidar en Belgrado un criminal régimen. Bombardeó a los serbios con mentiras y una odiosa demagogia sobre la supuesta victimización a manos de croatas, bosnios musulmanes y albaneses kosovares y los convenció de que la única solución era una Gran Serbia, creada por medio de la guerra y las limpiezas étnicas.
El resultado fue una serie de brutales conflictos que se estiraron durante los años noventa y en los cuales perdieron la vida más de 200 mil personas; un doloroso retraso de la difusión de la democracia liberal hacia Europa del sudeste; y el empobrecimiento y reducción territorial de Serbia misma. Hasta el día de hoy, algunos dentro y fuera de Serbia dicen que este terrible resultado era inevitable, que fue impulsado por antiguos odios en los Balcanes y los venenos de décadas de comunismo. Pero una mirada al resto de lo que entonces se llamaba el mundo de después de la Guerra Fría, muestra otra cosa. En esos mismos años noventa, en Sudáfrica un líder llamado Nelson Mandela impidió tensiones todavía más explosivas entre blancos y negros, y entre los negros mismos, que pudieron haber conducido a una guerra civil. En una Unión Soviética que se desmoronaba, Mikhail Gorbachev decidió permitir que los países del Báltico, y luego Ucrania y Asia Central, se separaran pacíficamente, aunque también él pudo haberse convertido en líder de la causa de una Gran Rusia.
Milosevic era la antítesis de esos grandes líderes. Más de lo que se reconoce generalmente, al menos en su propio país, fue personalmente responsable de la guerra más destructiva, y de las atrocidades más terribles registradas en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Hubo otros protagonistas y otros criminales, algunos de ellos croatas, bosnios y musulmanes. Pero sin Milosevic no habrían habido guerras yugoslavas.
Debido a eso, su repentina muerte el sábado, a los 64 años, es desafortunada. Su juicio ante el tribunal internacional de crímenes de guerra en La Haya estaba fallando en varios respectos, siendo la falla más evidente que había comenzado hace cuatro años y todavía no terminaba. Milosevic mismo conspiraba para asegurarse de que no se dictara nunca sentencia judicial sobre sus actos: Todavía estamos esperando los informes toxicológicos. De cualquier modo, el hecho de que sus antiguos partidarios concluirán que él, y Servia, han sido nuevamente víctimas, le otorga una última y fea victoria.
Como todos sus triunfos en el campo de batalla, será temporal y táctico. Al final los serbios y los europeos en general seguramente recordarán a Slobodan Milosevic como el último nacionalista enfermo de poder que no alcanzó a destruir el continente en el siglo 20. Mientras más pronto se entienda esta verdad, más rápidamente se recuperará Serbia.

13 de marzo de 2006
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gulag americano


[Thomas Wilner] Torturas, alimentación forzada, oscuridad al mediodía: esto es Guantánamo, dice un abogado de los prisioneros.
El campo de prisioneros americano de Bahía Guantánamo está en el sudeste de Cuba, en una franja de tierra que Estados Unidos ocupa desde 1903. Hace tiempo atrás, era irrigada con aguas del otro lado de la isla, pero el presidente cubano Fidel Castro cortó el suministro de agua hace años. Así que hoy Guantánamo produce su propia agua en una planta desalinizadora de 30 años de antigüedad. El agua tiene un distintivo tinte amarillo. Todos los estadounidenses beben agua embotellada traída a la isla en avión. Hasta hace poco, los prisioneros bebían el agua amarilla.
La prisión da al mar, pero el océano no puede ser visto por los prisioneros. Hay torres de vigilancia y focos de estadio a todo lo largo del perímetro. En mi última visita, fuimos escoltados por formales y jóvenes guardias cuyas placas con sus nombres en sus camisetas habían sido tapadas para que los prisioneros no pudieran identificarlos.
Pocos extraños a la prisión tienen acceso a los prisioneros. El gobierno ha orquestado algunos tours meticulosamente controlados para la prensa y miembros del Congreso, pero se ha negado repetidas veces a permitir que esos visitantes, representantes de Naciones Unidas, grupos de derechos humanos o médicos y psiquiatras no militares hablen con los prisioneros. De momento, los únicos extraños que han tenido acceso a los prisioneros han sido representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja -a los que sus propias reglas prohíben revelar sus hallazgos- y los abogados de los prisioneros.
Yo soy uno de esos abogados. Represento a seis prisioneros de Kuwait, cada uno de los cuales ha pasado en Guantánamo casi cuatro años. Me tomó dos años y medio obtener acceso a mis clientes, pero ahora he visitado el campo de prisioneros 11 veces en los últimos 14 meses. Lo que he presenciado es un cruel y espeluznante mundo de tinieblas, de cemento y alambres de púas, que se ha convertido en una pesadilla diurna para las casi 500 personas capturadas después del 11 de septiembre de 2001 que han estado encarceladas sin cargos o juicio durante más de cuatro años. Es verdaderamente nuestro gulag americano.
En mi viaje más reciente hace tres semanas, después de firmar una larga hoja y entregar nuestros bolsos para ser controlados, mis colegas y yo tuvimos que pasar por dos enormes puertas de acero para entrar al campo de prisioneros.
Entrevistamos a nuestros clientes en Camp Echo, uno de los varios campos donde se interroga a los prisioneros. Entramos a un cuarto de 1.2 metros cuadrados y dividido en dos por una muralla de un grueso enrejado de acero. A un lado había una mesa donde el prisionero se puede sentar durante nuestras entrevistas, con los pies sujetos con grilletes a un anillo de metal incrustado en el suelo de cemento. Al otro lado había una ducha y una celda, tal como las que los prisioneros son normalmente confinados. En sus celdas, los prisioneros duermen en un estante de metal contra la muralla, que está flanqueado por un retrete y un lavabo. Se les permite un delgado colchón de espuma y una manta de algodón gris.
Los archivos del Pentágono sobre los seis prisioneros kuwaitíes que representamos revelan que ninguno de ellos fue capturado en el campo de batalla ni están acusados de participar en hostilidades contra Estados Unidos. Los prisioneros dicen que fueron retenidos por señores de la guerra paquistaníes y afganos y entregados a Estados Unidos por recompensas de entre cinco mil y 25 mil dólares -una acusación confirmada por informes de la prensa estadounidense. Hemos obtenido copias de las octavillas que fueron repartidas por tropas estadounidenses en Afganistán y Pakistán prometiendo recompensas -"suficientes para alimentar a tu familia toda la vida"- por cualquier "terrorista árabe" entregado.
Los archivos incluyen solamente acusaciones muy endebles o de oídas y no podrían nunca ser probadas en un tribunal. El archivo de un prisionero indicaba que había sido visto hablando con dos miembros de al Qaeda el mismo día en lugares a miles de kilómetros de distancia. La principal ‘evidencia’ contra otro era que fue capturado con un particular reloj Casio, que usan muchos terroristas. Curiosamente, ese mismo reloj lo usa el capellán militar estadounidense en Guantánamo, que es musulmán.
Cuando me reuní por primera vez con mis clientes, no habían visto ni hablado con sus familias durante más de tres años, y habían sido interrogados cientos de veces. Varios tenían desconfianza de nosotros; me dijeron que habían sido interrogados por gente que afirmaban ser sus abogados, pero que resultaron no serlo. Así que hicimos DVDés en los que familiares suyos les decían quiénes éramos y que podían confiar en nosotros. Varios de ellos lloraron al ver a sus familiares por primera vez en tantos años. Uno de ellos se había convertido en padre desde la época en que fuera detenido y no había visto nunca a su hijo. Uno observó que su padre no aparecía en el DVD y tuvimos que decirle que su padre había muerto.
La mayoría de los prisioneros son mantenidos separados en sus celdas. Hacen ejercicios solos, algunos solo en la noche. No han visto la luz del día en meses -una táctica especialmente cruel en el trópico. Un prisionero me dijo: "He pasado solo los tres últimos años, y he comido siempre en esta pequeña celda, que es mi cuarto de servicio". Aparte del Corán, los prisioneros no tenían nada para leer. Como resultado de nuestras protestas, algunos han recibido libros.
Todos los prisioneros que he entrevistado dicen haber sido golpeados violentamente y sometidos a tratamientos que solo podemos llamar torturas, por estadounidenses, desde el primer día de cautiverio en Pakistán y Afganistán. Dijeron que han sido colgados de sus muñecas y golpeados en esa posición, colgados de los tobillos y golpeados, desnudados completamente y obligados a desfilar frente a mujeres guardias, y que les aplicaron descargas eléctricas. Al menos tres dicen haber sido golpeados al llegar a Guantánamo. Uno de mis clientes, Faviz Al Kandari, ahora de 27, dijo que durante un interrogatorio en Afganistán le quebraron las costillas. Palpé las hendiduras en sus costillas. "Péguenme todo lo que quieran, pero llévenme a tribunales", le dijo a sus interrogadores.
Otro prisionero, Fawzu Al Odag, 25, es un maestro que dejó Ciudad de Kuwait en 2001 para trabajar en escuelas afganas, y luego en escuelas paquistaníes. Después del 11 de septiembre de 20021, él y otros cuatro kuwaitíes fueron invitados a cenar por un jefe tribal paquistaní y entonces vendidos en cautiverio, de acuerdo a sus versiones, confirmadas más tarde por Newsweek y ABC News.
El 8 de agosto de 2005, Fawzi, desesperado, inició una huelga de hambre para demostrar su inocencia y protestar por el hecho de estar encarcelado durante cuatro años sin que se le formularen cargos. Dijo que quería defenderse a sí mismo de cualquiera acusación, o morir. Me dijo que había oído a congresistas norteamericanos de regreso de Guantánamo, decir que era un balneario del Caribe con buena comida. "Si vuelvo a comer, justifico esas mentiras", dijo Fawzi.
A fines de agosto, después de que Fawzi se desmayara en su celda, los guardias empezaron a alimentarlo forzosamente a través de tubos metidos en su nariz hasta su estómago. Al principio, los tubos eran insertados cada vez que lo alimentaban y luego removidos. Fawzi me dijo que eso era muy doloroso. Cuando trató de sacarse los tubos, fue atado con correas a una camilla y varios guardias le sujetaron la cabeza, lo que fue todavía más doloroso.
Hacia mediados de septiembre, la alimentación forzada ha sido más humana. Los tubos de alimentación fueron dejados en su lugar y la fórmula fue bombeada. Sin embargo, cuando vi a Fawzi, tenía un tubo que salía de su nariz. Mientras hablábamos se deslizaban de su nariz gotas de sangre. Se limpiaba con una servilleta.
Preguntamos por los datos médicos de Fawzi para poder medir su peso y seguir su evolución, pero nos los negaron. El único modo de saber cómo estaba Fawzi fue visitarlo todos los meses, que es lo que hicimos. Cuando lo visitamos en noviembre, su peso había bajado de 63 a 44 kilos. Especialistas en nutrición general nos dijeron que el modo en cómo bajaba de peso y otros síntomas indicaban que la alimentación forzada se estaba haciendo de manera incompetente. Pedimos que Fawzi fuera trasladado a un hospital, pero el gobierno rechazó la petición.
Cuando vimos a Fawzi en diciembre, su peso se había estabilizado en unos 45 kilos. Las fórmulas habían cambiado y estaba siendo alimentado a la fuerza por personal médico antes que por guardias.
Cuando vi a Fawzi hace tres semanas, ya no tenía tubos en la nariz. Le dije que estaba agradecido de que después de cinco meses hubiese abandonado su huelga de hambre. Me miró tristemente y me dijo: "Nos torturaron para hacernos desistir". Al principio, dijo, lo castigaron retirándole uno por uno sus "artículos de lujo": su manta, su toalla, sus pantalones largos, sus zapatos. Lo pusieron en una celda de aislamiento. Cuando esto no logró disuadirlo de continuar con la huelga de hambre, un oficial se acercó a él el 9 de enero para decirle que los prisioneros que se negaran a comer serían obligados a sentarse en "la silla". El oficial le advirtió que los prisioneros recalcitrantes sería amarrados a un aparato de acero que le jala la cabeza hacia atrás, y que les meterían y arrancarían los tubos a la fuerza cada vez que comieran. "Vamos a terminar con tu huelga de hambre", le dijo el oficial.
Fawzi dijo que oyó gritar al prisionero en la celda de al lado y le dijo que no renunciara a la huelga. Decidió que él no estaba "en huelga para ser torturado. Dijo que los que continuaban con la huelga de hambre no sólo serían amarrados a "la silla", sino además serían dejados en esa posición durante horas; cree que los guardias lo alimentaron no sólo con nutrientes, sino también con diuréticos y laxativos, para obligarlos a defecar y orinarse en sus ropas en la silla.
Después de menos de dos semanas de este tratamiento, la huelga había terminado. De los más de ochenta huelguistas a fines de diciembre, Fawzi dijo que sólo tres o cuatro estaban resistiendo. Como resultado de la huelga, sin embargo, los prisioneros reciben ahora una magra ración de agua embotellada.
Fawzi dijo que comer era el único aspecto de la vida en Guantánamo que podía controlar; obligarlo a comer para terminar la huelga de hambre lo había despojado de su último medio de protesta contra su injusto encarcelamiento. Ahora, dijo, se siente "desesperanzado".
El gobierno continúa negando que se cometan injusticias en Guantánamo. Pero yo conozco la verdad.

Thomas Wilner es un socio del bufete de abogados Shearman & Sterling, que ha estado representando a prisioneros kuwaitíes en Guantánamo desde principios de 2002.

26 de febrero de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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la democracia no se puede imponer


[Robert D. Kaplan] Crear un sentido de normalidad es el verdadero reto de Oriente Medio.
El tufo de incipiente anarquía que se huele en Iraq en los últimos días se ha insinuado como una perspectiva tan horrorosa que ha puesto a pensar a republicanos y demócratas, a los partidos políticos religiosos de Iraq, e incluso a los medios de comunicación. Mirando sobre el abismo, sólo unos pocos irresponsables se dejan seducir por las ventajas partidistas. Solamente en ese sentido el atentado con bomba contra la cúpula dorada de Samarra puede tener un fin útil. Pues la peor pesadilla del nuevo siglo es la ruptura del orden, algo sobre lo que la experiencia americana tiene poco que enseñar.
El presidente Bush ha propuesto que la experiencia estadounidense con la democracia es urgentemente útil para el mundo más ancho. Es verdad, pero la moneda tiene otro lado: que Estados Unidos, en lo esencial, heredó sus instituciones de tradiciones anglo-sajonas y por tanto su experiencia de 230 años ha girado sobre cómo limitar los poderes despóticos antes que crear poderes desde la nada. Debido a que el orden es algo que damos por sentado, la anarquía no es algo que temamos. Pero en muchas partes del mundo, la experiencia ha sido la opuesta, y con ella, el reto: cómo crear instituciones legítimas eficaces en paisajes completamente inhóspitos.
"Antes de que lo Justo y lo Injusto puedan tener lugar, debe de haber algún orden coercitivo", escribió Thomas Hobbes en ‘Leviatán’. Sin algo o alguien que monopolice el uso de la fuerza y dirima entre el bien y el mal, ningún hombre está a salvo de otro y no puede haber libertad para nadie. La seguridad física sigue siendo la libertad humana fundamental. Y así, el hecho de que un estado sea despótico no lo hace necesariamente inmoral. Ese es el hecho esencial en Oriente Medio, cuyo intento de implementar la democracia es olvidada en el extranjero.
Para la persona promedio que solo quiere caminar por las calles sin ser amenazado o hecho volar por los aires por bandas criminales, un estado despótico que pueda protegerlo es más moral y más útil que un estado democrático que no puede.
Durante siglos, la monarquía fue el ideal político preferido, escribió el académico Marshall Hodgson, de la Universidad de Chicago, debido precisamente a que la legitimidad de la monarquía -viniendo como venía, de Dios- era vista como tan más allá de todo reproche que podía mostrarse benevolente, al mismo tiempo que monopolizaba el uso de la fuerza. Por ejemplo, los estados más moderados e ilustrados de Oriente Medio en las últimas décadas han tendido a ser aquellos gobernados por familias reales cuya longevidad les ha conferido legitimidad: Marruecos, Jordania, los emiratos del Golfo e incluso Egipto, si uno acepta que Hosni Mubarak no es más que el último de una larga línea de faraones nasseritas.
Estos gobernantes son claramente imperfectos, pero pensar que quienes les pueden suceder serán necesariamente tan estables o tan ilustrados como ellos, es entregarse al tipo de especulaciones que conducen a políticas de relaciones exteriores irresponsables. Recordad que aquellos que saludaron el derrocamiento del shah de Irán en 1979 recibieron a cambio algo mucho peor. La familia real de Arabia Saudí, puede ser el grupo más reaccionario que gobierna el país, pero menos que los que podrían gobernarla. No está claro qué, si algo, aparte la monarquía, puede mantener unido a un país tan mal definido geográficamente.
En el caso de Iraq, el estado bajo el régimen de Saddam Hussein era tan cruel y tan opresor que se parecía muy poco a todas estas otras dictaduras. Debido a que durante Hussein cualquiera podía desaparecer, y de hecho desaparecía en medio de la noche para ser torturado de los modos más espantosos, el estado baazista constituía una forma de anarquía disfrazada de tiranía. La decisión de derrocarlo era defendible, pero no providencial. El retrato que ha emergido de Iraq desde su caída lo muestra como una némesis hobbesiana, que podía mantener a raya a una anarquía todavía más grande que la que había con su gobierno.
Lo que debemos aprender es que cuando se trate de otros regímenes despóticos en la región -ninguno de los cuales es tan despótico como lo era el de Hussein-, lo último que debemos hacer es precipitar su defunción. Mientras más estructuralmente evolucionen y se disuelvan, menos probable es que se derrame sangre. Eso es válido especialmente para Siria y Pakistán, que podrían las dos ser Yugoslavias musulmanas en proceso de formación, con grupos étnicos basados regionalmente con una historia de animadversión mutua. El anhelo neo-conservador de derrocar a Bashar al-Assad, y el liberal de debilitar a Pervez Musharraf, son igualmente aventureros.
Afganistán no cae en ninguna de esas categorías. Derrocamos en Afganistán a un movimiento, no un estado, porque nunca existió allí uno de verdad. Incluso en los mejores momentos del control central en Afganistán a mediados del siglo 20, el estado apenas funcionaba fuera de las grandes ciudades y de la carretera de circunvalación que las conectaba. Los pueblos afganos políticamente autónomos fueron un factor que contribuyó a que el presidente Hamid Karzia instaurara un orden legítimo, no coercitivo.
La globalización y otras fuerzas dinámicas continuarán liberando el mundo de dictaduras. El cambio político no es algo que necesitemos imponer a la gente; es algo que va a ocurrir de todos modos. Lo que tenemos que hacer -y por lo que pueblos con experiencias históricas diferentes a las nuestras nos lo agradecerán- es acercarnos no a la democracia sino a la normalidad. Estabilizando a los nuevos regímenes democráticos, y facilitando el desarrollo de los menos democráticos, debería ser el objetivo de nuestras clases militar y diplomática. Mientras más cautos nos mostremos en un mundo en las garras de tumultuosos trastornos, más alcanzaremos.

El autor es corresponsal nacional de Atlantic Monthly y autor de ‘The Coming Anarchy: Shattering the Dreams of the Post Cold War’.

2 de marzo de 2006

©washington post
©traducción mQh

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