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opinión

fronteras sin visas


[Tim Cavanaugh] Pongámonos a la altura del TLCAN y permitamos la libre circulación de personas en América del Norte.
Entre las muchas medidas que están siendo propuestas para resolver la crisis de la inmigración ilegal, ha habido algunas verdaderamente idiotas: un muro de 1.125 kilómetros para mantener a la gente afuera (¿o adentro?); un programa de trabajadores temporales invitados que podría terminar perjudicando tanto a empleados estadounidenses como mexicanos; incluso un plan para la deportación masiva más grande en la historia de Estados Unidos.
Pero tengo una buena idea sobre la que no se oye demasiado. Permitamos que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte cumpla con sus promesas y permita que ciudadanos de Canadá, Estados Unidos y México viajen y trabajen libremente en los tres países.
Si suena estrafalario es solamente debido al legado de un siglo de corrosión reguladora y de tóxica burocracia que nos ha hecho olvidar que es así como eran las cosas antes. Durante gran parte de la historia de Estados Unidos, la inmigración fue tan abierta o apenas regulada, que Estados Unidos estuvo efectivamente abierto a todo el mundo.
Una política de fronteras sin visa sería de hecho más restrictiva y formal que el sistema que se aplicó durante gran parte de la historia americana porque se dependería de la posesión de una identificación adecuada -sea un pasaporte o algún otro documento reconocido- para cruzar de un país a otro.
Hay dos objeciones para una política de fronteras abiertas: la seguridad nacional y la economía. Una es plausible; la otra se basa en la ignorancia del modo en que funcionan las economías libres y la gente libre.
Primero, la seguridad nacional. Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, según esta tendencia de opinión, no podemos permitirnos ningún relajamiento en nuestras fronteras. Este argumento desconoce la lógica, los hechos y la historia. Hemos tenido una actitud de relajamiento tanto en nuestras fronteras norteñas como sureñas. Si uno cree que los inmigrantes indocumentados son una amenaza para la seguridad, las cosas no podrían más peligrosas de lo que ya son, debido a que la casi imposibilidad de entrar legalmente a Estados Unidos empuja a miles de personas a cruzar la frontera clandestinamente.
La libre circulación puede ser más segura que nuestro sistema actual, quitando a los trabajadores mexicanos el incentivo para cruzar a nado el Río Grande y permitiendo a la Aduana y Protección de Fronteras de Estados Unidos localizar a todos los que crucen la frontera legalmente, con un cien por ciento de certeza de que los que la cruzan clandestinamente no pueden tener buenas intenciones.
De cualquier modo, hay muy pocas pruebas, sean actuales o del pasado, de que la frontera mexicana presente alguna amenaza militar o terrorista. El candidato a terrorista del milenio fue detenido al entrar por Canadá, no México. Ninguno de los secuestradores del 11 de septiembre de 2001 entró a través de México. Estados Unidos tuvo guerras durante todo el siglo 20 (incluyendo la Primera Guerra Mundial, durante la cual Alemania hizo grandes esfuerzos para poner a México contra Estados Unidos) sin tener que hacer frente a una amenaza seria contra la seguridad de su frontera sur. Si los opositores piensan que una frontera abierta amenazaría nuestra seguridad nacional, para probarlo necesitan más que vagos presagios sobre el número de chiíes activos en América del Sur.
El argumento económico -que una inmigración abierta sobrecarga las leyes e infraestructura estadounidenses- supone que todos los inmigrantes se asentarán aquí permanentemente. De hecho, una política de fronteras abiertas alienta a que los inmigrantes se puedan tanto quedar como marcharse. Sin el riesgo de no poder volver a entrar a Estados Unidos, millones de trabajadores indocumentados podrían volver libremente a México.
Otra vez, el argumento histórico es fuerte. Las autoridades de inmigración estadounidenses de principios de los años veinte calcularon que sólo la mitad de los inmigrantes se estaban asentando en el país por más de seis meses a la vez. Los inmigrantes entraban y salían según sus propias circunstancias. Este orden de cosas era incluso válido para los inmigrantes europeos; entre 1889 y 1920, entre un cuarto y un tercio de ellos volvieron eventualmente a sus países de origen -en una época en que los viajes transatlánticos era infinitamente más difíciles y peligrosos que hoy.
Los motivos de este flujo son claros. La inmigración europea y mexicana en esa época no era regulada. En el período de después de la revolución mexicana de 1910, era más probable que el gobierno de México tratara (sin entusiasmo) de impedir que sus ciudadanos dejaran el país, que Estados Unidos tratara de impedirles entrar. Lo que cambió en esta situación fue la creciente regulación de la inmigración, la que, como la mayoría de las regulaciones oficiales, terminaron agravando la situación que pretendía solucionar.
Y al vincular el tema de la visa de modo permanente al concepto de ‘trabajo', incluso dejamos fuera a la clase que deberíamos tratar de atraer: a los gerentes y los empresarios.
La idea sobre la libre circulación entre Estados Unidos, Canadá y México tiene un pedigrí más respetable de lo que uno podría pensar. En un discurso de 1979, el presidente Reagan propuso la libre circulación en toda América del Norte. Una implicación de la implementación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte era un flujo humano más fácil, lo que ha sido apoyado con entusiasmo por presidentes de los dos partidos. Es un síntoma de un discurso político degradado que la idea sea considerada ahora como una idea sin futuro, si es que se la considera de algún modo.

Tim Cavanaugh es el editor de la edición en la red de la revista Reason.
tcavanaugh@reason.com

23 de mayo de 2006
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cómo provocar una guerra


[H.D.S. Greenway] La guerra de Iraq no es la primera que se declara con motivos falsos.
¿Qué hacen los presidentes cuando quieren desacreditar completamente otro país y montar un ataque si no hay una provocación que justifique una guerra? El diccionario define casus belli como (1) "un acontecimiento o combinación de acontecimientos que es causal de guerra, o (2) que pueden ser planteados como justificación de una guerra". Así la respuesta consagrada por el tiempo es: Si no tiene un casus belli, utiliza la opción 2 y se inventa un motivo.
En los ahora famosos memoranda confidenciales de Bush, que describen cómo el presidente Bush estaba decidido a atacar a Iraq sin importar nada, Bush analizó con el primer ministro Tony Blair la posibilidad de pintar un avión de espionaje con los colores de Naciones Unidas y hacerlo volar sobre Iraq con la esperanza de que las baterías antiaéreas de Saddam mordieran el anzuelo y lo derribaran.
Uno piensa en los precedentes en los que pueden haberse basado el presidente y el primer ministro. Un ejemplo es el ‘Incidente de Mukden', del 18 de septiembre de 1931, cuando el comandante japonés en Manchuria decidió provocar él mismo una guerra con China. Sus hombres hicieron volar un tramo de las líneas férreas cerca de Mukden y lo hicieron de tal modo que pareció obra china. Los japoneses atacaron prontamente los cuarteles militares chinos en Mukden, y se apoderaron de la ciudad amurallada. Para fines de ese año, toda Manchuria estaba en manos de los japoneses.
La invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939 fue descrita primero por los corresponsales en Berlín como un ‘contraataque'. Los polacos habían atacado la frontera en diferentes lugares, se decía, incluyendo una emisora de radio alemana en Gleiwitz en Alto Silesia. De hecho, el asalto había sido obra de las SS alemanas disfrazadas de soldados polacos. Para que pareciera más auténtico, los alemanes reunieron a varios reclusos de un campo de concentración, los mataron con inyecciones letales y dejaron sus cuerpos en la frontera polaca para proporcionar las bajas necesarias para tener un casus belli.
Israel se arriesgó en el verano de 1954 cuando instigó una operación contra Egipto que, cuando se descubrió finalmente, llegó a ser conocida como el ‘Lavon Affair', por el ministro de Defensa de Israel, Pinhas Lavon. Gamal Abdel Nasser acababa a llegar al poder en Egipto, e Israel quería desacreditarlo. Así que agentes reclutados por Israel lanzaron bombas contra bibliotecas estadounidenses en Alejandria y Cairo, haciendo creer a todo el mundo que era responsabilidad de los egipcios. El fiasco causó entonces un escándalo de primera plana.
Proteger a los propios ciudadanos era una buena excusa para la intervención armada. Stephen Kinzer, en su nuevo libro ‘Overthrow, America's century of regime change from Hawaii to Iraq', recuerda que cuando Estados Unidos derrocó a la monarquía hawaiana en 1893 para apoderarse de las islas, los marines americanos desembarcaron "para proteger la delegación estadounidense... y garantizar la seguridad de vidas y propiedades estadounidenses", como había pedido en ministro estadounidense en Honolulu.
Once años después de 1904, cuando un greco-americano llamado Ion Pedicaris fue secuestrado por un bandido marroquí llamado El Raisuli, Teddy Roosevelt dijo: "Pedicaris vivo, o Raisuli muerto" y envió barcos de guerra al puerto de Tánger. El sultán de Marruecos pagó el rescate, y Pedicaris fue liberado.
Sin embargo, a diferencia de Bush en Iraq, Roosevelt no quería un cambio de régimen en Marruecos y en lo que a él se refería la liberación de Pedicaris ponía fin al asunto.
Alemania, sin embargo, tenía planes con Marruecos, que en 1911 era uno de los últimos territorios no colonizados en África. En un incidente recordado como la ‘Crisis de Agadir', los alemanes esperaban obligar a los franceses a la repartición colonial enviando la cañonera ‘Panther' al somnoliento puerto marroquí de Agadir. El incidente casi desencadenó la Primera Guerra Mundial, tres años antes.
La excusa de los alemanes para el ‘salto de la Pantera', como lo llamó la prensa, fue la protección de los ciudadanos alemanes de las tribus indisciplinadas. El único problema es no había ciudadanos alemanes en Agadir. Así que los alemanes enviaron a uno para tener a quien proteger.
Encontraron a un hombre llamado Wilburg en Mogador, a 120 kilómetros al norte y lo destinaron a ser el alemán en peligro. Llegó a Agadir tres días después de que el Panther hubiera echado anclas en Agadir. Corrió de un lado para otro por la playa moviendo los brazos, pero la tripulación del Panther lo confundió con un agitado comerciante de alfombras orientales.
No se recuerda si el primer ministro Blair o el presidente Bush discutieron estos casos alguna vez, o algunas otras operaciones del pasado para legitimar su ocupación de Iraq. Pero al final, la manipulación de los datos de los servicios de inteligencia demostró ser suficiente para sus propósitos.

23 de mayo de 2006
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iraq ya está perdido


[H.D.S. Greenway] El vacío de poder ya existe. Y ya no depende de Estados Unidos si hay guerra civil o no.
Con la guerra de Iraq ya bien entrada en su cuarto año y sin expectativas de que termine, las estrategias de retirada están brotando en los jardines de las páginas de artículos de opinión como las peonías en mayo. El senador John Kerry, citando a generales que sostienen que la guerra no puede ser ganada militarmente, escribió el mes pasado en el New York Times que los políticos iraquíes deberían haber sido informados de que tenían hasta el 15 de mayo para "formar un gobierno de unidad nacional efectivo, so pena de que retiremos de inmediato a nuestros militares".
Si los políticos iraquíes accediesen, argumentó Kerry, las tropas de combate estadounidenses podrían estar en casa para fin de año. "En Iraq permanecerían solamente las tropas esenciales para terminar el trabajo de adiestrar a las fuerzas iraquíes".
"Para que esta transición funcione", dijo Kerry, se necesitarán "acuerdos como los de la cumbre de Dayton" para unir a todo el mundo, como lo hizo Richard Holbrooke para terminar la guerra de Bosnia. Entretanto las tropas americanas quedarían acuarteladas, emprendiendo acciones militares solamente para operaciones especiales contra Al Qaeda.
Este mes el senador Joseph Biden y Leslie Gelb, ex presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, también se refirió a Dayton en su artículo de opinión para el Times, diciendo que mantuvo a Bosnia íntegra "paradójicamente dividiéndola en federaciones étnicas, permitiendo incluso que los musulmanes, croatas y serbios retuvieran sus propios ejércitos".
Como en Bosnia, cada grupo étnico-religioso iraquí debería tener "espacio para manejar sus propios asuntos, dejando al gobierno central a cargo de los intereses comunes", proponen Biden y Gelb. El sur chií, el centro sunní y el norte kurdo deberían manejar sus propios asuntos, y los sunníes, pobres en petróleo, deberían ser compensados "para hacer viable su región".
Deberían respetarse y protegerse los derechos de la mujer y de las minorías "aumentando la ayuda estadounidense a Iraq, pero vinculada a esos derechos".
Según el plan Biden-Gelb, las tropas se retirarían en 2008, dejando una "fuerza residual pequeña pero efectiva para combatir a los terroristas y mantener decentes a los vecinos".
También en el Times, Anthony Cordesman, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, dijo que fracturar a Iraq a lo largo de líneas étnicas y religiosas sólo acarrearía más desastre. Las poblaciones están demasiado entremezcladas, dijo. Dividir el país implicaría dividir al ejército, lo que fortalecería a las milicias, "todo lo cual provocaría más violencia... Y, por supuesto, no existe una manera de dividir a Iraq que no termine en guerra por el control del petróleo". Los vecinos regionales intervendrían en apoyo de las facciones amigas, y florecería el extremismo religioso, de acuerdo a Cordesman.
La parcelación de Iraq podría "enviar el mensaje de que Estados Unidos ha sido derrotado y que ha abandonado a un país y su gente", escribió Cordesman. Después de fracturar a Iraq, Estados Unidos es responsable ante su gente y no puede dejar un "vacío de poder en una región de por sí peligrosa..."
Está claro que el gobierno de Bush está buscando una salida de lo que se ha transformado en el peor error de política exterior estadounidense del que se tenga memoria. Biden y Gelb tienen probablemente razón cuando dicen que Bush no tiene una estrategia clara, y que sólo espera mantenerse en pie hasta que pueda traspasar todo este asunto al siguiente presidente.
Las críticas de Kerry, Biden, Gleb y Cordesman son constructivas y reflexivas, ¿pero son relevantes? Me temo que los fracasos de los últimos tres años nos han hecho perder la autoridad de dictar a los iraquíes cómo deben organizar su sociedad y su gobierno, o de decirles cómo deben repartirse el poder entre sus regiones. Me temo que, en ese sentido, ya hemos perdido a Iraq.
Estados Unidos no será capaz de controlar el curso de los acontecimientos en Iraq. Ya no depende de nosotros que haya finalmente o no un acuerdo o una guerra civil. Cordesman puede tener razón cuando dice que al romper Iraq nos hemos quedado con una responsabilidad, pero se equivoca cuando dice que no podemos retirarnos dejando un vacío de poder. El vacío de poder ya existe. No podemos rellenarlo, e Iraq está deslizándose a toda velocidad por la ruta hacia un estado fracasado, un estado en el que los yihadistas se adiestran para operar en Afganistán y los estadounidenses se retiran cada vez más a sus bases fortificadas y aisladas.
Puede ser irresponsable dejar plantado a Iraq, pero me temo que algún día lo haremos debido a que el factor determinante será la misma irresponsabilidad de que hicimos gala cuando marchamos contra Iraq, y la bancarrota de la política hará que la carga de Iraq no sea sustentable en casa -un "resultado baldío" para ocupar un "país terriblemente hostil", como predijo el presidente tan claramente hace quince años.

16 de mayo de 2006
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retirada ahora


[William E. Odom] Si Estados Unidos se retirara hoy de Iraq recuperaría el prestigio e influencia perdidos en el mundo.

¿Retirarse inmediatamente o mantener el curso actual? Hoy, ésa es la pregunta clave sobre la guerra en Iraq.
La opinión pública estadounidense está decididamente contra la guerra; incluso en los ‘estados rojos’, más de la mitad de los americanos quieren retirarse. Es un sentimiento comprensible.
El sueño de preguerra de una democracia liberal iraquí amistosa hacia Estados Unidos ya no es verosímil. Ningún presidente iraquí con suficiente poder y legitimidad para controlar el país será pro-americano. Sin embargo, el presidente Bush dice que Estados Unidos debe mantener el curso. ¿Por qué? Consideremos los argumentos más recurridos de su gobierno para seguir en Iraq.
-Si nos retiramos, habrá una guerra civil. En realidad, la guerra civil en Iraq empezó semanas después de que las tropas estadounidenses derrocaran a Saddam Hussein. Incluso Bush, que se muestra normalmente impertérrito ante hechos poco cómodos, admitió hace poco que Iraq está al borde del abismo de la guerra civil. Iraquíes están peleando contra iraquíes. Los rebeldes han matado más iraquíes que estadounidenses. Eso se llama guerra civil.
-La retirada reforzará a los terroristas. Es verdad, pero ese es el precio que estamos condenados a pagar. Nuestra ocupación de Iraq también les alienta, precisamente porque nuestra invasión hizo de Iraq un refugio para ellos. Nuestra ocupación también dejó con una opción a los baazistas sobrevivientes: Rendirse, o aliarse a Al Qaeda. Optaron por lo último. Mantener el curso no cambiará este hecho. Retirarse significará probablemente que los grupos sunníes se tornarán contra Al Qaeda y sus simpatizantes, para expulsarlos de Iraq.
-Antes de que se reduzcan las tropas americanas, las fuerzas de seguridad de Iraq deben estar formadas. El problema de Iraq no es la competencia militar. El problema es la lealtad. ¿A quién deben lealtad los oficiales y soldados iraquíes? Los campos políticos en Iraq son todavía cambiantes. Todo soldado y oficial iraquí corre el riesgo de optar por el lado equivocado. Como resultado, la mayoría de ellos opta por una posición amplia que les permite mudar de alianzas. Los adiestradores militares estadounidenses no pueden modificar esa realidad, que sí puede ser modificada por la consolidación política. El poder político sólo puede ser establecido mediante armas iraquíes y una guerra civil, no mediante elecciones ni el colonialismo estadounidense a través de ventriloquia.
-Fijar una fecha de retirada dañará la moral de las tropas estadounidenses. Detrás del argumento sobre la moral de las tropas se oculta la incapacidad de aceptar las responsabilidades del mando. La verdad es que la mayoría de las guerras terminarían pronto si los soldados tuviesen la opción de retirarse. Esto es así en Iraq, donde la retirada probablemente eleve la moral de los soldados estadounidenses. Un reciente sondeo de Zogby sugiere que la mayoría de los soldados estadounidenses aprobaría una fecha de retirada temprana. Pero la pregunta estratégica de cómo sacar a Estados Unidos del desastre de Iraq no es algo que vayan a decidir los soldados. Carl von Clausewitz habló de dos tipos de valentía: la primera es la valentía frente al peligro de muerte; la segunda la disposición a aceptar responsabilidad personal por decisiones de mando. Se espera el primer tipo de las tropas. El segundo tipo debe esperarse de comandantes de alto rango, incluyendo al presidente.
-La retirada minaría la credibilidad de Estados Unidos en el mundo. Si Estados Unidos fuera una potencia mediana, este argumento podría servir de excusa. Pero para la única superpotencia del planeta, el argumento es patentemente falso. Un reverso rápido de nuestro curso presente en Iraq mejoraría la credibilidad de Estados Unidos en todo el mundo. El mismo argumento contra la retirada se utilizó en Vietnam. Entonces quedó demostrado que era falso, y se demostrará igualmente que es falso hoy. Desde el 11 de septiembre de 2001, el prestigio de Estados Unidos ante la opinión pública del mundo ha caído en picada. Ahora Estados Unidos tiene tanto prestigio internacional como Rusia. Retirarse y admitir nuestro error revertiría esa tendencia. Pocos países poseen esa capacidad correctiva. Nosotros sí la poseemos.
Hay dos hechos que por dolorosos que sean hay que reconocer o seguiremos peligrosamente confundidos en Iraq. Primero, invadir Iraq no sirvió los intereses de Estados Unidos. Sirvió los intereses de Irán y de Al Qaeda. Para Irán, vengó el rencor contra Hussein por su invasión del país en 1980. Para Al Qaeda, hizo que matar a estadounidenses sea más fácil. En segundo lugar, la guerra ha paralizado a Estados Unidos en el mundo, diplomática y estratégicamente. Aunque las relaciones con los europeos muestran signos marginales de mejoría, la alianza transatlántica puede no sobrevivir la guerra. Sólo una rápida retirada de Iraq hará que Washington recupere la movilidad diplomática y militar. Inmovilizado como Gulliver en las arenas de Mesopotamia, simplemente no podemos concitar la cooperación diplomática y militar que es necesaria para ganar la verdadera guerra contra el terror.
De hecho, retirarnos ahora puede ser nuestra única posibilidad de dejar las cosas en orden en Iraq. Para empezar, si nos retiramos los políticos europeos se mostrarán más dispuestos a colaborar con nosotros en una estrategia de estabilización del gran Oriente Medio. Después de la retirada todos los países con fronteras con Iraq responderán probablemente de manera favorable a un ofrecimiento de ayuda para estabilizar la situación. El más importante sería Irán. Al Qaeda le repugna tanto como a nosotros. Quiere estabilidad regional con la misma intensidad que nosotros. Quiere producir más petróleo y gasolina y venderla. Si sus líderes realmente quieren armas nucleares, no podemos impedírselos. Pero sí podemos intentar que desistan.
Ninguna de estas perspectiva es posible a menos que dejemos de estancarnos más profundamente en las arenas de Iraq. Estados Unidos debe retirarse ahora mismo.

El teniente general William E. Odom (r) es investigador del Hudson Institute y profesor en la Universidad de Yale. Una versión más larga de este artículo apareció en el último número de la revista Foreign Magazine, www.foreignpolicy.com

4 de mayo de 2006
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iraq o rumsfeld


[David Ignatius] Con suerte, Iraq empezará de nuevo con la formación del nuevo gobierno. El gobierno de Bush debería tratar de hacer lo mismo reemplazando a Donald Rumsfeld como su ministro de Defensa.
Rumsfeld ha perdido el respaldo de los oficiales militares que trabajan para él. No nos equivoquemos: Los generales retirados que hablan contra Rumsfeld en entrevistas y en artículos de opinión expresan la opinión de cientos de oficiales en servicio activo. Cuando le pregunté hace poco a un oficial del ejército con una extensa experiencia de combate en Iraq cuántos de sus colegas querían que Rumsfeld desapareciera, dijo que el 75 por ciento. Basándome en mis propias conversaciones de los últimos tres años con oficiales de alto rango, creo que esa cifra puede ser baja.
Pero esa no es la razón por la que debería ser remplazado. Los oficiales militares a menudo desprecian a los civiles para los que trabajan, pero en nuestro sistema un fuerte control civil es esencial. En algunos de los temas con los que se ha liado con los militares, Rumsfeld ha tenido razón. El Pentágono es un sitio conservador, y necesitaba la ‘transformación’ ética que Rumsfeld introdujo en su trabajo. Tengo dudas sobre la decisión del Pentágono de que necesitábamos 500 mil soldados estadounidenses en Iraq. Se necesitaban más tropas, pero deberían haber sido tropas iraquíes de un ejército que no debió haber sido licenciado.
Rumsfeld debería renunciar porque el gobierno de Bush está perdiendo la guerra en el frente interno. Por mal que estén las cosas en Bagdad, Estados Unidos no será derrotado militarmente. Pero puede ser obligado a retirarse de manera apresurada y caótica por la creciente oposición interna a sus políticas. Gran parte de la opinión pública estadounidense ha simplemente dejado de creer en los argumentos del gobierno sobre Iraq, y Rumsfeld es un símbolo de esa brecha de credibilidad. Está gastado, reducido a disputarse con la secretario de estado sobre si se han cometido ‘errores tácticos’ en la conducción de la guerra.
El gobierno de Bush ha estado insistiendo correctamente en que los iraquíes pongan la unidad primero y en que en la formación de un gobierno permanente remuevan a los líderes ineficaces y liantes y se les remplace por gente que pueda unir al país. El gobierno debería seguir sus propios consejos. Estados Unidos necesita un liderazgo que pueda concitar a todo el país, no solamente a la gente que ya está de acuerdo con el presidente.
El remplazo de Rumsfeld debería ser alguien que contribuya a restaurar el consenso bipartidista para una política sobre Iraq que sea inteligente. Un candidato obvio es el senador demócrata centrista, Joe Lieberman. Otro debería ser un centrista republicano, y con experiencia militar, como el senador Chuck Hagel, o el senador John McCain. El gobierno debería tragarse el orgullo para colocar a cualquiera de ellos en el equipo, pero esa es la idea. Sin decisiones osadas de la Casa Blanca, el apoyo de la guerra continuará deteriorándose.
Ahora está claro que el presidente Bush no puede borrar la brecha de credibilidad por su propia cuenta. Ha estado tratando de reconstruir el consenso para la guerra durante meses, en una serie de discursos y conferencias sobre estrategia. Pero las cifras de las encuestas siguen bajando. Los índices de aprobación de su gestión han descendido por debajo del 40 por ciento en todos los últimos sondeos, con 38 por ciento en la encuesta del Post-ABC News, 37 por ciento en la de CNN-USA Today-Gallup y 36 por ciento en la de Fox-Opinion Dynamics. El apoyo de la guerra se ha desmoronado todavía más agudamente. El último sondeo del Post-ABC constató que el 58 por ciento del país cree que la guerra no valía la pena, en comparación con el 27 por ciento en abril de 2003.
Si los iraquíes pueden formar un gobierno de unidad -y se trata ciertamente de un gran ‘si’-, necesitarán la ayuda de Estados Unidos para sacar al país de la guerra civil. Ahora Estados Unidos tienen una mejor estrategia militar para Iraq, que otorga más responsabilidad a las fuerzas iraquíes y enfatiza las tácticas contrainsurgentes. Y tiene una estrategia política que finalmente se dirige a todas las diferentes comunidades iraquíes -sunníes, chiíes y kurdos- antes que a sólo un puñado de antiguos dirigentes del exilio. Esta estrategia político-militar puede fracasar, pero es demasiado pronto para que ocurra. Para ganar algo de tiempo, el gobierno necesita una nueva base política. Si continúa con el mismo equipo, obtendrá los mismos resultados.
Rumsfeld es un hombre testarudo, y creo que el desfile de generales retirados que piden su cabeza lo ha determinado a aferrarse al cargo. Pero quedándose en el ministerio, Rumsfeld causa daño a la causa que presuntamente le interesa más. El presidente, todavía más cabeza dura que su jefe del Pentágono, ha rechazado, se dice, su renuncia. Si es así, es hora de que Rumsfeld tome la decisión con sus propias manos.
El gobierno necesita enfrentarse sobriamente a esta constatación: Sin cambios que apuntalen al apoyo de la opinión pública en Estados Unidos, corre el riesgo de perder la guerra en Iraq.

davidignatius@washpost.com

14 de abril de 2006
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sexo oral en las escuelas


[Megham Daum] Es un delito que un adulto tenga sexo oral con una menor de edad. Pero también lo es que dos o más adolescentes tengan sexo oral entre ellos. Y las penas son obligatorias.
El mes pasado la Corte Suprema de California impugnó una ley del estado que imponía que cualquiera que tuviera sexo oral consentido con una persona de 16 o 17 años fuera fichado como delincuente sexual. La ley, que se remonta a 1947, fue declarada inconstitucional ya que la pena por tener intercurso sexual consentido con los mismos adolescentes es mucho menos severa.
Es un alivio. Ahora los estudiantes mayores de la secundaria que salen son alumnos de primero y segundo año no tendrán que pasar directamente del baile de la escuela al tribunal. Pero probablemente es poco consuelo para los padres, muchos de los cuales han estado respirando colectivamente en bolsas de papel al menos desde 2003, cuando Oprah dedicó todo un programa a la pregunta: "¿Sabes lo que está realmente haciendo tu hija adolescente?" Desde entonces, incontables nuevos programas, editoriales y asociaciones de padres han estado siguiendo el caso del sexo oral.
En enero, Atlantic Monthly publicó un artículo de ocho mil palabras de la escritora Caitlin Flanagan que comentaba, entre otras picantes preocupaciones, una novela titulada ‘The Rainbow Party’. El título se refiere a una costumbre en la que un grupo de niñas, cada una con un color diferente de lápiz labial, convoca a un grupo de niños y -¿cómo decirlo?- se embarcan en una suerte de proyecto de arte corporal que la gente de Revlon probablemente no tuvo en mente cuando inventaron esos productos a prueba de borrones. Demás está decir que el resultado es un barullo, más gonorrea.
De vuelta en la menos que idílica vida real, los adolescentes estadounidenses están aparentemente reorganizando la jerarquía clásica de la intimidad física conocida en el pasado como ‘las bases’. Si el beso es la primera base y el intercurso es la ‘carrera completa’, ahora el sexo oral parece haber sido ascendido a un punto indeterminado entre la tercera base y home. O quizás eso es optimista. Si debemos creer en los rumores, los adolescentes están substituyendo el antiguo atracón por el sexo oral. Como si los aparatos de ortodoncia no fueran ya una lata.
El fragmento ‘Oprah’, que fue emitido mucho antes de la publicación de ‘The Rainbow Party’, no fue quizás el programa de mayor rigor periodístico (su investigación invitada eran cincuenta adolescentes y sus madres). Y, según sabemos, las fiestas del arco iris pueden ser tan verídicas como los unicornios. Sin embargo, un informe dado a conocer en el otoño pasado por el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud concluyó que algo más de la mitad de las adolescentes entre quince y diecinueve años han tenido sexo oral. Más alarmante es un estudio de California realizado el año pasado entre 580 alumnos de noveno. Veinte por ciento había practicado el sexo oral, y un tercio pensaba hacerlo en los próximos seis meses.
Es verdad que esta es una pequeña muestra, pero estamos hablando de niñas de catorce. Y cuando le pregunté a una niña de 16 que asiste a un escuela media pública en el Valle de San Fernando, me dijo que el sexo oral era "algo típico de la secundaria". (En otras palabras, en la secundaria la mayoría de los niños ya tienen "sexo de verdad" -han incorporado la distinción clintoniana). Sin embargo, esta alumna, a pesar de no estar totalmente "de acuerdo", no oyó hablar nunca de fiestas de arco iris, ni conocía a nadie que aspirara a ser anfitriona de un evento similar. Sin embargo, dijo algunas cosas interesantes sobre lo que ocurre cuando los anticuados rumores femeninos se coluden con la recién descubierta agresión femenina. "Se trata de las niñas que fanfarronean y compiten entre sí", dijo. "Hay chicos en el barrio. Ellos no hacen nada. Son las chicas las que echan a correr esos rumores".
Todo este asunto, aunque inquietante para los padres y generador de lectores para la prensa, podría ser fácilmente ser puesto a cuenta del sensacionalismo si no fuera por lo que ambas partes están apostando. Las niñas arriesgan con perder su amor propio, pero los niños arriesgan todo su futuro.
El mes en Georgia, Genarlow Wilson fue procesado por cargos de agresión sexual de un incidente de una fiesta en 2004 en la que un grupo de adolescente se emborrachó y se filmaron mientras tenían sexo. El jurado demoró menos de una hora en absolver a Wilson de la acusación de violación (por desagradable que fuera, el video no mostraba evidencias de coerción), pero debió por ley condenarlo por tocamientos con agravantes por tener sexo oral consensual con una niña de quince aparentemente sobria (Wilson tenía 17 en esos momentos).
Fue sólo después de que se leyera el veredicto que el jurado se enteró que la condena incluía una sentencia obligatoria de diez años, seguidos de una ficha para toda la vida como delincuente sexual. Como resultado, Wilson, un destacado estudiante con una hoja de antecedentes impecable y varias ofertas para que jugara fútbol americano universitario, está en la cárcel por participar en una actividad que, si los rumores son verídicos, es un rito de pasaje común.
Pero tal como el amor puede ser ciego, el sexo puede ser terriblemente desconcertante, y es posible que no sepamos nunca si esta ‘epidemia’ representa una disfunción cultural profundamente enraizada o si es simplemente paranoia de los adultos. Lo que sí sabemos es que aunque los problemas específicos endémicos de la adolescencia cambian de generación en generación, las soluciones siguen siendo las mismas: estudiar mucho, sacarse buenas notas y salir cuanto antes de la secundaria.

11 de marzo de 2006
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el maniqueísmo no es una estrategia


[Madeleine Albright] La visión del mundo de Bush no logra entender que en Oriente Medio la clave son los juegos de poder.
La Estrategia de Seguridad Nacional dada a conocer recientemente por el gobierno de Bush podría subtitularse ‘La ironía de Irán’. Tres años después de la invasión de Iraq y la invención de la frase ‘eje del mal’, el gobierno ahora destaca la amenaza representada por Irán, cuyo gobierno radical se ha visto fuertemente fortalecido por la invasión de Iraq. Esto es más una tragedia que una estrategia, y refleja la aproximación maniquea de este gobierno hacia el mundo.
A veces es conveniente, por razones de efecto retórico, que los líderes nacionales hablen de un planeta dividido nítidamente entre los buenos y los malos. Sin embargo, es completamente distinto basar las políticas del país más poderoso del mundo en esa ficción. La inclinación del gobierno a retratar a los que cree que son sus adversarios con la misma brocha gorda ha conducido a una serie de consecuencias involuntarias.
Durante años el presidente ha actuado como si al Qaeda, los seguidores de Saddam Hussein y los ulemas de Irán fueran parte del mismo problema. Sin embargo, en los años ochenta el Iraq de Hussein e Irán libraron una violenta guerra. En los años noventa, los aliados de al Qaeda asesinaron a un grupo de diplomáticos iraníes. Durante años, Osama bin Laden ha ridiculziado a Hussein, que persiguió por igual a líderes religiosos sunníes y chiíes. Cuando al Qaeda golpeó a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, Irán condenó los atentados y participó más tarde constructivamente en las conversaciones sobre Afganistán. Los líderes máximos del nuevo Iraq -elegidos en elecciones que George W. Bush llamó "un momento mágico en la historia de la libertad"- son amigos de Irán. Cuando Estados Unidos invadió Iraq, Bush debe haber pensado que estaba golpeando al mal en nombre del bien, pero las fuerzas desencadenadas son considerablemente más complejas.
El gobierno está ahora dividido entre los que entienden esta complejidad y los que no. Por un lado, están los ideólogos, como el vice-presidente, que aparentemente ven a Iraq como un útil precedente de Irán. Entretanto, funcionarios en las primeras líneas en Iraq saben que no lograrán formar un gobierno factible en ese país sin el consentimiento tácito de Irán; de ahí el anuncio largamente esperado de la última semana sobre los planes para un diálogo entre Estados Unidos e Irán -un diálogo que si se realiza apropiadamente podría redundar en progresos en otras áreas.
Aunque este gobierno no es conocido por aceptar consejos, haré tres proposiciones. La primera es entender que aunque todos queramos "terminar con la tiranía en el planeta", este anhelo seguirá siendo una fantasía a menos que empecemos a resolver problemas serios. Iraq está cada vez más inmerso en una guerra de pandillas que puede ser resuelta de dos modos: o un lado impone su voluntad, o todos los participantes legítimos obtienen una parte del poder. Estados Unidos ya no puede controlar lo que sucede en Iraq, pero puede ser un árbitro útil.
Mi segunda propuesta es que el gobierno de Bush desautorice todo plan de cambio de régimen en Irán -no porque el régimen no deba ser cambiado, sino porque el respaldo de Estados Unidos a ese objetivo lo hace menos probable. En el enmarañado paisaje político de hoy, nada fortalece más a un gobierno radical que el antagonismo declarado de Washington. Es también una cuestión de sentido común suponer que Irán estará menos inclinado a cooperar en Iraq y a llegar a compromisos sobre temas nucleares si está siendo amenazado con su destrucción. En cuando al colérico nuevo presidente anti-semita de Irán, será tragado por sus rivales internos si no es apuntalado involuntariamente por enemigos externos.
La tercera propuesta es que el gobierno deje de jugar al solitario mientras los dirigentes de Oriente Medio y el Golfo Pérsico juegan al poker. La ‘marcha por la libertad’ de Bush no es la gran historia del mundo musulmán, donde los chiíes tienen repentinamente más poder que el que tuvieron en los últimos mil años; no es la gran historia del Líbano, donde Irán está llenando el vacío dejado por Siria; no es la gran historia entre los palestinos, que votaron -a ojos occidentales- libremente, y erróneamente; ni siquiera es la gran historia de Iraq, donde las tres principales facciones en las últimas elecciones fueron todas apoyadas por milicias decididamente no democráticas.
A largo plazo, el futuro de Oriente Medio puede ser determinado por los que, en la región, se dediquen al trabajo serio de construir democracia. Yo ciertamente espero que sea así. Pero la esperanza no es una política. A corto plazo debemos reconocer que la región será modelada principalmente por juegos de poder bastante despiadados en las que el choque entre el bien y el mal será ahogado por las diferencias entre sunníes y chiíes, árabes y persas, árabes y kurdos, kurdos y turcos, hachemitas y saudíes, laicos y religiosos y, por supuesto, árabes y judíos. Este es el mundo que en su Estrategia de Seguridad Nacional el presidente dice que "Estados Unidos debe seguir dirigiendo". En realidad, es el mundo que debe empezar a dirigir, antes de que sea demasiado tarde.

Madeleine Albright, secretario de estado de 1997 a 2001, es la autora de ‘The Mighty and the Almighty -- Reflections on America, God, and World Affairs’, que será publicado por Harper Collins en mayo.

24 de marzo de 2006
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difícil erradicación del totalitarismo ruso


[Nina L. Khrushcheva] Lamentablemente, ciudadanos y dirigentes políticos rusos tienen la creencia de que sólo un gobierno fuerte puede impedir la desintegración del país.
Cuando Nikita Kruschev murió en 1971, yo era todavía una niña, pero lo recuerdo bien. Lo visitábamos los fines de semana en su granja en Petrovo Dalnee, a unos 50 kilómetros de Moscú. Yo trabajaba con él entre los tomates o en sus colmenas. Aunque para mí no era más que mi cariñoso bisabuelo, mi familia me decía entonces, y más tarde, que era un gran hombre, un líder mundial, un libertador -alguien de quien enorgullecerse.
Pero en la privilegiada escuela para los hijos de la elite del partido a la que asistí en Kutuzovsky, nunca oí su nombre. En lo que concernía a mis profesores, no existía un hombre así. Él no existía. Todo lo que había ocurrido en el gobierno entre 1953 y 1964, cuando mi bisabuelo dirigió el país, era descrito escuetamente como responsabilidad de "Partido Comunista de la Unión Soviética". El nombre Kruschev fue borrado de los libros de historia.
Así era la Unión Soviética. Los líderes siempre borraban a sus predecesores; todos los que habían llegado antes, tenían que ser cuidadosamente controlados o borrados. José Stalin rescribió su relación con Lenin, Kruschev denunció a Stalin. Leonidas Brezhnev hizo lo mismo con Kruschev, que dejó su cargo tras oscuras acusaciones de "subjetivismo" y "voluntarismo" y fue relegado a Petrovo Dalnee, donde los agentes de la KGB vigilaban a sus invitados y toda vez que él salía del terreno.
Fue sólo más tarde, cuando crecí, que me enteré del ‘discurso secreto’ que leyó mi bisabuelo hace cincuenta años, en el que denunció los crímenes cometidos por Stalin y el ‘culto de la personalidad’ que se desarrolló en torno a él. La historia de ese discurso no es una historia sencilla del bien contra el mal, de un líder benévolo, democrático, remplazando a un tirano. Es mucho más matizada que eso. Después de todo, Kruschev había sido uno de los más fieles lugartenientes de Stalin, que, según su propia confesión, hizo "lo que hacían los demás" -y participó en las purgas y represiones de los años treinta y cuarenta, convencido de que la "aniquilación total del enemigo" tenía que ser la principal prioridad comunista para garantizar el esplendoroso futuro del comunismo internacional.
Algunos interpretaron, y todavía interpretan el discurso de 1956 como dictado por políticas de poder internas (especialmente porque Stalin fue el único que recibió la culpa). Ciertamente, Kruschev fue capaz de utilizar el discurso para reforzar su posición.
Sin embargo hay que reconocer que cuando denunció a Stalin ante del 20 Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, mi bisabuelo tuvo el coraje de admitir que el comunismo (y sus líderes) podían equivocarse. Denunciar a Stalin, y reconocer por primera vez los detalles de algunos de los crímenes, purgas y confesiones bajo apremio, era un acto moralmente necesario, dijo Kruschev más tarde. Después de su retiro "involuntario" en 1964 cuando fue retirado del cargo de primer secretario del partido, Kruschev confesó que él tenía que contar la historia en parte porque sus propios brazos estaban "cubiertos de sangre hasta los codos".
Sí, Kruschev ayudó a construir el despótico sistema soviético, pero también llamó a su reforma. E incluso aunque lo hizo atacando la corrupción del comunismo antes que el comunismo mismo, el discurso sirvió como una catarsis, sembrando le desilusión con el marxismo-leninismo. Transformó la imagen del comunismo en la mente de millones de personas. Fue la primera grieta en el monolito, y sin ella se habrían necesitado cien años más para que los países socialistas disfrutaran de las libertades post-comunistas que tienen ahora.
Creo que el discurso fue el tercer evento importante de la Rusia del siglo 20, después de la Revolución Bolchevique de 1917 y la victoria sobre el nazismo en 1945. Marcó el principio del fin, cuando el temor empezó a ser reemplazado por la libertad. Condujo a la liberación de algunos prisioneros de los gulags de Stalin. Abrió al país a algunos visitantes y productos extranjeros. Ayudó a despertar los primeros signos de los movimientos disidentes que finalmente llevaron a la caída del Muro de Berlón en 1989 y al colapso de la Unión Soviética en 1991, veinte años después de la muerte de mi bisabuelo.
Tal como Rusia yace entre el Este y Occidente geográficamente, la política rusa también yace a medio camino: siempre sobre la angosta línea que separa lo negro de lo blanco, lo correcto del error, la reforma de la dictadura. Los rusos han vivido durante generaciones bajo un sistema de gobierno esencialmente tiránico que está tratando constantemente de modernizarse por medio de más (Pedro el Grande, Stalin) o menos (Kruschev, Mikhail Gorbachev) métodos autoritarios.
Pero incluso nuestros reformadores son sólo dictadores moderados. En el fondo, nuestro pueblo y nuestros líderes comparten la creencia de que sólo un gobierno autoritario puede proteger al país de la anarquía y la desintegración. Apoyan el gobierno ‘fuerte’, en el que las decisiones vienen desde arriba y dejan a los ciudadanos temblando de respeto y miedo.
Los sucesos más liberadores -la campaña en 1956 de desestalinización de Kruschev, las privatizaciones de Boris Yeltsin en 1991- terminan generalmente en desilusión o confusión, sugiriendo que la sociedad rusa no es nunca suficientemente rápida como para digerir la modernización ni suficientemente paciente para llevar los cambios liberales hasta el final.
En lugar de eso, los rusos miran hacia el pasado, orgullosos de sus grandes victorias y desfiles y, eventualmente, después de breves períodos de deshielo y perestroika, se descubren deseando el retorno de los gobernantes ‘fuertes’ -los gobernantes que inspiran una sensación de vida ordenada por medio del temor, cuya ‘mano firme’ es asociada con estabilidad. El orden de Stalin fue inquebrantable mientras vivió; ahora Vladimir Putin promete un nuevo orden bajo la forma de una "dictadura de la ley".
Hay un viejo dicho que dice que "todo país merece el gobierno que tiene". Espero que no sea verdad. Creo que mi bisabuelo dio a Rusia la primera prueba de que la libertad puede imponerse sobre el temor. Y espero que algún día los rusos sean capaces de acoger la libertad sin anhelar los viejos días del totalitarismo y el terror.

Nina L. Khrushcheva enseña relaciones internacionales en la New School University de New York. Su último libro, ‘Visiting Nabokov’, será publicado por Yale University Press.

19 de febrero de 2006
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