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opinión

putin versus democracia


[Fred Hiatt] Rusia no ha logrado convertirse en una democracia plena. Al contrario, es cada vez más una dictadura.
Cuando se derrumbó el comunismo en 1991, nadie esperaba que la democracia se impusiera instantáneamente en todas partes. Pero tampoco esperaba nadie que el otro lado fuera a luchar. Después de todo, ¿que era el ‘otro lado'?
Sin embargo, cuando el presidente Vladimir Putin reciba esta semana en Rusia la primera cumbre del Grupo de los Ocho presidente, lo más notable no será que su país no ha logrado convertirse en la democracia consolidada que esperaban los países del G-7 cuando invitaron a Rusia a unirse al grupo hace una década. Lo que será notable -aunque no ha muy observado-, es que Putin se ha convertido en un líder y emblema de un movimiento activo que lucha contra la difusión de la democracia.
"Lo que parece ser el caso", me dijo el senador Richard Lugar (republicano de Indiana), presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, "es que los gobiernos que son autoritarios han decidido responder".
Lugar presidió una audiencia el mes pasado sobre ‘La reacción contra la democracia', que es el título de un informe que encargó a la National Endowment for Democracy NED, una organización privada, financiada con fondos federales, creada en 1983 para fomentar las instituciones democráticas en todo el mundo. La organización constató que el contragolpe contra la democracia más pronunciado se producía en lo que Carl Gershman, presidente de la NED, llama "regímenes híbridos": autocracias que conservan algunas estructuras nominalmente democráticas, incluyendo normalmente elecciones, y que reclaman por lo general que son democracias.
Muchos de estos regímenes toleraban a los grupos cívicos que fomentaban la libertad y los derechos humanos durante los años noventa, y les permitieron recibir ayuda de instituciones pro-democracia en Estados Unidos y otros países. Pero después de que la Revolución Rosa barriera con el corrupto régimen de Eduard Shevardnadze en Georgia, seguido por la Revolución Naranja en Ucrania, Putin y otros líderes decidieron que no podían correr más riesgos.
Concluyeron, dijo Gershman en una charla hace poco, que, como observó Abraham Lincoln en un contexto diferente, que "un gobierno no puede ser mitad esclavo, mitad libre permanentemente". Y así incrementaron su acoso de los grupos cívicos, de las emisoras radiales, de los partidos políticos y de cualquier otra voz independiente, con detenciones arbitrarias, prohibiciones de visados, normas de financiamiento imposibles, intrusivos requisitos de inscripción y otras cosas.
En general, los regímenes dicen que estas medidas sólo buscan proteger la soberanía de los estados, combatir al terrorismo o hacer frente al espionaje. Son buenas noticias, cuando se trata de divertirnos. Pero la mayoría de ellos todavía se sienten compelidos a describirse como demócratas. Incluso ahora, desde un punto de vista ideológico, no hay un ‘otro lado'.
Pero esto hace difícil la lucha contra esas medidas. El informe de la semana pasada del periodista del Post, Peter Finn, sobre cómo el Kremlin anuló las transmisiones de la emisora Radio Europa Libre/Radio Libertad sin prohibir formalmente su programación -en lugar de acosar, insinuar y amenazar con revocar los permisos-, es un buen ejemplo.
Y los dictadores por rebote están aprendiendo unos de otros. En enero, Putin firmó unas leyes que regulan a las organizaciones no-gubernamentales que da a los 30 mil burócratas la opción de revocar la inscripción de cualquier grupo considerado una molestia. Ahora Hugo Chávez en Venezuela y Robert Mugabe en Zimbabue están imponiendo leyes similares. Se ha informado que China ha enviado investigadores a Uzbekistán y otros antiguos estados soviéticos para comparar notas sobre las medidas contra la democracia; entretanto, el dictador de Belarus, Alexander Lukashenko, "según se informa, adquirió las tecnologías más avanzadas de control de internet con que cuenta China cuando estuvo en Pekín en diciembre de 2005", informa NED.
El hombre que ayudó a provocar todo esto -el presidente democrático de Georgia, Mikheil Saakashvili- estuvo en Washington la semana pasada advirtiendo que Putin y otros de su calaña podrían tener más intereses que solamente la defensa; quieren destruir la democracia en Georgia, Ucrania y más allá. Bush, que pasó dos horas con el georgiano, parece entenderlo.
De hecho, Putin está trabajando intensamente para socavar la democracia en Georgia, un país de menos de cinco millones de habitantes que limita con Rusia al sur. Putin ha prohibido las importaciones de artículos georgianos, vino y agua mineral; y está manipulando a los secesionistas en el interior. El éxito de Saakashvili en fomentar el crecimiento económico y la lucha contra la corrupción puede ser un ejemplo demasiado peligroso para Putin y no lo querrá tolerar.
Una pregunta clave esta semana será si los presidentes del G-7 dejarán en claro que minar las democracias de los países vecinos no es una política exterior aceptable. Francia y Alemania se muestran en principio reluctantes a interferir con intereses comerciales, que los tienen en Rusia, y no en algún diminuto país al sur. Así que ahora es cosa de Bush.
Ese es el mensaje que envió Saakashvili cuando entregó a Bush una fotocopia de una carta de 1936 que su gobierno ha descubierto en los archivos de la KGB. La carta, escrita a mano por líderes del pueblo furiosamente independentista de la montañosa región de Khevsureti, está dirigida al "Gran Gobierno Estadounidense". Se quejaban de los invasores bolcheviques, que estaban obligando a los habitantes a vivir en granjas colectivas y les impedían la práctica de su religión.
"Mientras haya un solo georgiano vivo en Khevsureti, no nos rendiremos", escribieron. "Nos defenderemos con espadas y puñales... Esperamos que nos ayudéis. Sois los únicos que podéis..."
Por supuesto, la carta no llegó nunca a manos de Franklin Roosevelt y sus signatarios, que fueron, todos, asesinados por la KGB (entonces conocida como NKVD).
Gracias a Dios, las cosas han cambiado. Pero la historia no termina todavía y la difusión de la democracia no debe darse por sentada.

fredhiatt@washpost.com

10 de julio de 2006
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gobierno impotente en iraq


Los iraquíes tienen derecho a esperar que el gobierno cumpla su palabra y, entre otras cosas, neutralice las milicias y los escuadrones de la muerte
Una vez más, los iraquíes temen que su país se deslice hacia la guerra civil ahora que una serie de masacres y venganzas religiosas particularmente espeluznantes y mortíferas escapan a todo control mientras el nuevo gobierno de unidad nacional del país no hace más que mirar impotente.
La muy elogiada repartición de los puestos de gabinete entre chiíes, kurdos y sunníes no vale mucho si no produce un gobierno capaz de mantener a Iraq íntegro y lo aleja del precipicio.
Incluso para los sanguinarios estándares de Iraq, esta ha sido una semana terrible. El domingo, milicianos chiíes irrumpieron en un barrio sunní, empujaron a los hombres a las calles secundarias y los ejecutaron. Dos días más tarde, combatientes sunníes se vengaron haciendo descender de un autobús a los participantes de un funeral que pasaba por un barrio sunní y los ejecutaron. Solamente en Bagdad murieron asesinadas más de 140 personas en incidentes como los descritos en los primeros cuatro días de la semana.
Esto no es exactamente lo que los estadounidenses creían cuando el presidente Bush viajó a Bagdad para celebrar la formación del gabinete de unidad nacional. El primer día de esa visita, el primer ministro Nuri Kamal al-Maliki anunció una importante campaña militar que se suponía debía proteger a Bagdad de las masacres religiosas. Y Maliki había prometido ya antes poner fin a las ‘limpiezas religiosas' en Bagdad y eliminar a las milicias no gubernamentales y los escuadrones de la muerte.
¿Por qué fueron, las decenas de miles de tropas iraquíes y estadounidenses que fueron movilizadas para esta operación, tan poco eficaces a la hora de parar las matanzas de esta semana? ¿Y por qué son las milicias religiosas todavía las que detentan el poder último en los barrios residenciales de Bagdad?
Nadie esperaba que Iraq se convirtiera en un reino pacífico de la noche a la mañana. Pero no es demasiado pedir que este gobierno respete su palabra. En lugar de eso, en los últimos días Maliki ha sido casi tan invisible como inútil.
Todos, desde la Casa Blanca hasta las calles de Bagdad, reconocen ahora que el gobierno de Maliki representa probablemente la última oportunidad de Iraq para satisfacer las esperanzas de su gente de tener una vida mejor y en seguridad. Los iraquíes tienen todo el derecho a esperar un desempeño oficial más competente y tranquilizador de lo que han visto esta semana.

14 de julio de 2006
©new york times
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única estrategia de salida


[Noah Feldman] La única alternativa es que la política ponga fin al conflicto civil.
¿Qué traerá estabilidad y paz a Iraq? Durante los primeros años tras la invasión, la respuesta común era que lo harían los militares. Las tropas americanas empezarían con el trabajo. Sólo entonces, una vez que reinara una calma relativa, podrían el ejército y la policía iraquíes mantener la paz mientras se establecían las instituciones políticas y se formaba una democracia que funcionara. Incluso aquellos que creían en la promesa de una democracia iraquí respaldaban esta visión. Cada vez que el proceso político alcanzaba un hito -la constitución interina, las elecciones, la propuesta de constitución, el referéndum, las nuevas elecciones-, acogíamos el avance pero advertíamos que sin una mejora de la seguridad, todos estos desarrollos políticos podían ser anulados.
Pero en algún momento del año pasado, la visión estadounidense convencional sobre cómo terminar con la violencia, cambió. Hoy puedes oír a soldados y civiles por igual decir que sólo el proceso político puede crear paz en Iraq, produciendo un acuerdo que suponga un equilibrio entre los intereses de los varios grupos iraquíes. El principal propósito del reciente viaje sorpresa del presidente Bush a Bagdad, fue reunirse con políticos iraquíes, no reforzar la moral de las tropas como hizo el Día de Acción de Gracias de 2003. Incluso a la muerte de Abu Musab al-Zarqawi se le ha quitado aplicadamente importancia como un indicio de progreso. En el pasado, la seguridad posibilitaría la política. Ahora, se supone lo contrario: la política procurará la seguridad.
Este cambio en enfoque puede parecer meramente táctico. Nuestra evidente incapacidad para impedir por la fuerza la guerra civil en Iraq puede ser desalentador, pero ¿por qué, se pregunta uno, podría importar en el largo plazo si la solución política funciona e Iraq emerge con un gobierno capaz, aunque imperfecto? En realidad, sin embargo, las implicaciones son profundas, tanto para Estados Unidos como para las perspectivas de democracia en la región. Es la diferencia entre un Estados Unidos que gana una guerra y un Estados Unidos que no la pierde.
En el antiguo guión, Estados Unidos abriría un espacio para que los iraquíes participaran en política. Cuando los iraquíes se dieron cuenta de que Estados Unidos iba en realidad a transferir el poder a un gobierno elegido, formaron partidos y votaron. Los resultados beneficiarían a los iraquíes y servirían también los intereses más amplios de Estados Unidos en cuanto a la democratización de la región. Después de todo, el objetivo explícito de Estados Unidos en Iraq no era solamente escapar sin desastres. Era estimular a los reformadores y desalentar a los autócratas en todo Oriente Medio, derrumbando la idea de que los países árabes no pueden construir democracias exitosas. A largo plazo mejoraríamos nuestra seguridad si los dictadores fueran reemplazados por gobiernos legítimos cuyos ciudadanos no nos odiaran por respaldar a sus opresores.
Fue en gran parte esta lógica la que llevó a Estados Unidos a emprender la tarea de reconstruir Iraq. Si el objetivo único hubiese sido derrocar a Saddam Hussein o eliminar las armas de destrucción de masas, habría hecho sentido retirarse cuando fue capturado o cuando quedó en claro que no tenía esas armas. Para lograr el deseado efecto de demostración -es decir, para lograr un éxito verdadero-, nuestra intervención en Iraq exigía no solamente el establecimiento de un estado iraquí que funcionara, sino también un proceso ordenado para que emergiera ese estado. Aspirantes a demócratas en lugares como Egipto, necesitaban apuntar a Iraq para demostrar que la democracia no era, como han afirmado los autócratas durante mucho tiempo, simplemente una receta para la inestabilidad o un paso adelante hacia un gobierno islámico.
En contraste, la nueva narrativa de la estrategia de salir primero no tiene nada que ver con la victoria americana -militar o política- y todo con la retirada. Acepta la innegable realidad de que nuestras fuerzas armadas no han establecido el orden en Iraq. Pedir más tropas o un despliegue diferente de ellas allá no funcionará. Más bien, debemos volvernos hacia los políticos iraquíes para fijar los términos de nuestra retirada. Sólo ellos pueden autorizarnos a salir de la escena sin dejar atrás una guerra civil que podría desestabilizar la región todavía más de lo que hemos hecho nosotros.
Incluso si los políticos iraquíes logran rescatar a su país del emergente caos, el efecto de demostración habrá fracasado. Todo el mundo sabe que Iraq se está tambaleando al borde de la guerra civil. Si tenemos suerte, todos sabrán que fue simplemente suerte y que el resultado podría haber sido fácilmente una ruptura y caos al estilo de los Balcanes. Iraq será todavía extraordinario -no un modelo de democratización y obviamente de ninguna manera una lección para otros en la región que están tratando de determinar cómo reformar sus países.
Para empeorar las cosas, las probabilidades de que una solución política no sea suficiente en sí misma son cada vez más altas. Parece razonable decir que el liderazgo político en Iraq debe reconocer que nadie se beneficiará con una guerra civil. Me lo he estado diciendo a mí mismo, a los iraquíes y a otros, durante casi tres años. Zalmay Khalilzad, el embajador estadounidense en Iraq, lo dice todos los días como si fuese un mantra, y el presidente Bush lo debe de haber dicho en privado a los iraquíes. Pero la coincidencia entre los intereses de las elites puede no producir un acuerdo, y un acuerdo puede no concluir en paz. En Basra, donde los políticos iraquíes han estado activos desde la invasión, la política no ha impedido los tiroteos en las calles entre las milicias aliadas a los partidos políticos chiíes.

Para que los políticos pongan fin a la violencia, deben lograr dos cosas. Primero, deben persuadir a la opinión pública de que todos estarían mejor sin pistoleros que con ellos. Luego deben convencer a los pistoleros que se jubilen anticipadamente. Incluso si se logra la primera de estas delicadas tareas -lo que no es fácil en Iraq, donde el gobierno tiene problemas en organizarse a sí mismo y en garantizar los servicios básicos-, la segunda puede ser imposible. Como sabemos por la experiencia de Irlanda del Norte y del conflicto entre Israel y Palestina, los terroristas tienen una gran ventaja sobre sus candidatos a gobernantes. No se puede dirigir un país sin apoyo público, pero un puñado de terroristas puede convertir al gobierno en inefectivo e impopular.
Y, sin embargo, la búsqueda de la política se ha convertido en la única alternativa a una guerra civil declarada. No es fantasía argumentar que el proceso constitucional, que se iniciará pronto, dé a los sunníes incentivos para reducir la violencia, si se les promete una cuota justa de los recursos del estado. Tampoco es absurdo proponer que las milicias chiíes, que ahora se buscan la muerte unas a otras, podrían dejar de disparar si sus líderes negocian un acuerdo de repartición del poder. Escribo estas frases porque creo que son verdaderas, y porque creo que la política es la mejor opción que tenemos en esta fase. Sin embargo, ahora es menos probable que antes que las negociaciones tengan éxito. La esperanza de que la política pueda poner fin a la guerra no es una a la que llegamos por lógica o frío cálculo. A ella llegamos por pura necesidad.

Noah Feldman es escritor y profesor de derecho en la Universidad de Nueva York, y autor de ‘What We Owe Iraq’.

25 de junio de 2006
©new york times
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curso equivocado en iraq


[Max Boot] La retirada de las tropas empeoraría la situación de seguridad y reforzaría la percepción de que Estados Unidos está perdiendo la guerra.
En los últimos tres años, el gobierno de Bush ha aplicado en Iraq una política fundada en quimeras, operando con la esperanza de que algún deus ex machina -sean las elecciones o la captura de los jefes de la resistencia- lo rescate de una situación cada vez más deteriorada. Bueno, ahora Iraq ha tenido tres exitosos comicios nacionales. Saddam Hussein fue capturado. Abu Musab Zarqawi está muerto. Y la violencia continúa intensificándose en Bagdad y en las provincias sunníes al oeste y norte del país.
La situación es particularmente desesperada en la capital de Iraq. En mayo, de acuerdo a Los Angeles Times, hubo en Bagdad 2.155 homicidios, el 85 por ciento del total nacional. "En los últimos meses ha situación ha empeorado considerablemente", escribió el blogger Alaa en messopotamian.blogspot.com el 16 de junio. Una semana después, el New York Times informó que el caos se había extendido incluso a la comuna de Mansour, el Beverly Hills de Bagdad. "Está cayendo en manos de los terroristas", dijo un vecino. "Se están acercando a nosotros. Nadie les hace frente".
Esta desesperada evaluación no puede ser desechada como el negativismo reflejo de los pesimistas de los medios de comunicación porque coincide con el panorama pintado por el embajador estadounidense Zalmay Khalilzad. En un cable del 6 de junio, reimpreso en el Washington Post, informó que los empleados locales de la embajada encontraban cada vez más difícil funcionar fuera de la Zona Verde entre una delincuencia desenfrenada, el fundamentalismo y los conflictos religiosos.
El primer ministro Nouri Maliki lanzó su Operación Juntos hacia Adelante en un intento por recuperar el control de su propia capital. Esta campaña represiva está apenas en su segunda semana y es demasiado pronto como para determinar si es efectiva o no, pero desde entonces se han cometido varias atrocidades terroristas. El problema es que Juntos hacia Adelante descansa pesadamente en agentes de policías que son fanáticos religiosos y corruptos y que son parte del problema, no de la solución.
No se ha enviado soldados estadounidenses o iraquíes adicionales a Bagdad. El ex virrey L. Paul Bremer informó que el teniente general Ricardo Sánchez le contó en 2004 que con dos divisiones adicionales "controlaría Bagdad", pero esas divisiones -de 35 mil a 40 mil soldados- no llegaron nunca.
En lugar de eso, este fin de semana se filtraron noticias de que las tropas estadounidenses podrían empezar a retirarse este otoño. Es posible que este plan de retirada, como otros anteriores, sea archivado, pero el anuncio envía el mensaje equivocado en momentos críticos. El mensaje es que el Pentágono está más preocupado de encontrar una estrategia de salida que de hallar una de victoria: precisamente la acusación que hacen los republicanos a los demócratas.

Yo nunca he sido dogmático en cuanto al nivel de tropas. Yo no fui de esos que criticaron por demasiado pequeñas las tropas invasoras originales en 2003. Había suficientes tropas para tomar Bagdad y había legítimas razones para temer que el envío de demasiados estadounidenses provocara un contragolpe. Era mejor concentrarse en reforzar las fuerzas de seguridad iraquíes -allá donde las hubiera. El ejército iraquí fue disuelto por Estados Unidos y no se hizo ningún esfuerzo serio en todo un año por montar una fuerza que lo reemplazara, creando un vacío de seguridad que nunca fue solucionado.
Ahora debería ser obvio que el enfoque ligero no funcionó. El resentimiento contra Estados Unidos ha aumentado, en lugar de disminuir, porque los iraquíes resienten la falta de ley y orden. Sin embargo, no parece haber un intento serio de repensar esta estrategia defectuosa ni en el Pentágono ni en la Casa Blanca.
El gobierno piensa que no tiene más tropas para enviar. Es verdad que las fuerzas armadas están muy estiradas y que necesitan reforzarse, pero en Afganistán e Iraq hay apenas 150 mil soldados, de los 2.6 millones en servicio activo, reservistas y Guardia Nacional. Se podrían destinar más soldados a patrullar Bagdad si se lo considerara una prioridad.
Algunos en el gobierno creen que un aumento en el número de tropas, que podría significar más bajas, podría ser cicuta política. Pero lo que realmente está perjudicando a los republicanos, políticamente, no es la cantidad de tropas en Iraq, ni siquiera las bajas: Es la percepción de que no estamos ganando. Si un aumento de las tropas restableciera la seguridad en Bagdad, el presidente y su partido cosecharían las recompensas en los comicios.
El hecho de que el gobierno continúe ‘manteniendo el curso' de una estrategia perdedora, sugiere la necesidad de un cambio de estrategas. El presidente necesita un nuevo ministro de Defensa -y posiblemente nuevos generales- que se concentren más en encontrar el modo de ganar la guerra antes que el modo de retirarse.

28 de junio de 2006
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repartir iraq


[Dexter Filkins] Parece la solución, pero no es tan fácil.
Dividamos Iraq. Parece una solución simple. Los tres principales grupos de Iraq -los chiíes, los sunníes y los kurdos- se están matando entre sí con más ferocidad que nunca, incluso en momentos en que los estadounidenses hacen de árbitros.
Varios funcionarios y expertos estadounidenses, cansados del derramamiento de sangre, están prestando renovada atención a las propuestas de dejar que las regiones de Iraq se reconstituyan aparte.
En el último número de Foreign Affairs, Leslie Gelb, presidente emérito del Consejo de Relaciones Exteriores, propone una variación de la división religiosa -una floja federación de tres regiones en gran parte autónomas que podría impedir que Iraq se deslice hacia la guerra civil y, al mismo tiempo, evitar la disolución absoluta del país.
Por atractiva que suene la idea de dividir Iraq en regiones religiosas, esta enfrenta un gran problema: Especialmente en las áreas urbanas de Iraq, podría convertirse en un asunto sangriento. (Gelb lo reconoce, pero dice que el riesgo de violencia no es más grande que bajo otras soluciones propuestas para Iraq).
Desde fuera, parecería que el trazado de nuevas fronteras entre los principales grupos de Iraq podría realizarse con relativa facilidad. Cada grupo es predominante en parte diferentes del país: sunníes en el oeste, kurdos en el norte y chiíes en el sur. En el norte, los kurdos, con su propio idioma, ejército y gobierno regional, ya son autónomos.
Pero en Bagdad, Kirkuk y Mosul, no hay fronteras geográficas nítidas que separen a estos grupos. Una fragmentación en regiones o estados étnicos ciertamente aumentaría la presión sobre las familias para que abandonaran los barrios mixtos para residir más cerca de miembros de su propio grupo. Chiíes con chiíes, sunníes con sunníes. Las limpiezas étnicas ya están ocurriendo en Iraq, aunque todavía a un ritmo relativamente lento.
Como muestran los mapas, los principales grupos de Iraq -incluso los más pequeños, como los cristianos y turcomanos- viven ahora juntos en muchos lugares. Aunque el río Tigris actúa como un amplio límite étnico tanto en Bagdad como en Mosul -los sunníes en el oeste y los chiíes en el este en Bagdad, y sunníes en el oeste y kurdos en el este en Mosul-, hay grandes bolsones de cada grupo a los dos lados del río.
Tratar de dividir esas ciudades podría resultar en la expulsión de decenas de miles de personas de sus hogares, quizás más. Y esta no es una perspectiva agradable: los barrios en los bordes de Bagdad ya han vivido un montón de limpiezas étnicas, y especialmente los chiíes han sido forzados a dejar sus casas. Muchas de esas familias han huido hacia campos de refugiados en Bagdad central. Las historias individuales que cuentan estas familias son desgarradoras. No sobreviven todos.
Kirkuk es la más complicada de las ciudades iraquíes. Se divide en tres comunidades principales: árabes, turcomanos y kurdos. Dentro de estos hay muchos subgrupos -árabes sunníes y chiíes, turcomanos sunníes y chiíes. Como en Bagdad y Mosul, también hay bolsones de cristianos dispersos en todo el territorio.
En Kirkuk, el principal problema hoy es cómo rectificar la expulsión de decenas de miles de kurdos por Saddam Hussein en los años ochenta. Las casas desocupadas por los kurdos que huyeron, fueron ocupadas por familias árabes atraídas al norte por el régimen de Hussein. Desde la caída de Hussein, decenas de miles de kurdos han empezado a volver, y la mayoría de ellos viven ahora en miserable campos en el lado oriente de la ciudad. Dividir esta ciudad -y sus reservas de petróleo- sería probablemente un asunto de poder. Pero es probable que esto tampoco sea atractivo.

25 de junio de 2006
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atomización de iraq


[George F. Will] Iraq es un país difícil de gobernar. ¿Se debe a Zarqawi o viene de antes?
Una vez depositado el polvo -las bombas de 226 kilos pueden levantar, e incluso hacer, un montón de polvo-, es hora de reconocer los méritos del demonio. Entender al genio diabólico que era Abu Musab al-Zarqawi, ese pornógrafo de la violencia, empieza por esto:
Era un hombre primitivo que entendía el mundo de las alambradas y utilizaba el emblema de la modernidad, internet, para deleitarse en el terror. Pero aunque haya tenido un disfrute casi erótico de lo espeluznante, estaba también al servicio de un audaz plan. Y lo ejecutó con tal brutal eficiencia que se convirtió, convincentemente, en el terrorista más efectivo de la historia.
Ese título todavía corresponde a Osama bin Laden porque, como el cerebro inspirador detrás de los atentados del 11 de septiembre de 2001, empujó a la superpotencia del mundo a una guerra que proporcionó a Zarqawi la ocasión para elevarse a la condición de prominencia mundial. Sin embargo, Zarqawi se propuso demostrar que una premisa central de la intervención de Estados Unidos en Iraq era -es- falsa. O, quizás, sea más preciso decir que decidió convertirla en falsa. Pero si podía falsificarla, nunca fue enteramente verdad.
La premisa era que los iraquíes son fundamentalmente nacionalistas y sólo en segundo lugar, religiosos. La apuesta de Zarqawi era que los explosivos, usados con suficiente crueldad, podrían hacer volar la premisa en pedazos. Puede haber tenido éxito. Si es así, el atentado de la mezquita de Askariya en febrero, aunque la explosión misma no mató a nadie, puede haber sido la explosión más mortífera desde los planes de impactar las torres gemelas, porque provocó la violencia religiosa que ahora es un tormenta de fuego social.
Una tormenta de fuego ocurre cuando un incendio deviene tan caliente que el calor ascendente atrae el aire frío, vale decir un influjo de oxígeno que alimenta al fuego. Una tormenta de fuego se perpetúa a sí misma porque, de hecho, el fuego se convierte en su propio combustible. Cuando la violencia religiosa de Iraq llegara a ese punto, Zarqawi se habría hecho, de algún modo, superfluo.
Se dice a veces que el periodismo, que considera la frase ‘buenas noticias' un oxímoron ("No informanos que los aviones aterrizaron sin problemas"), se está perdiendo las buenas noticias de Iraq. Pero la violencia está tan extendida, y por tanto, ha convertido a Iraq en tan peligroso para los periodistas -que el Wall Street Journal, difícilmente un observador hostil de la intervención estadounidense en Iraq- piensa que las malas noticias pueden estar infravaloradas.
Incluso las buenas noticias tienen a veces un lado oscuro. Al fin -25 semanas después de las elecciones- el parlamento iraquí ha logrado formar un gobierno pleno. Pero su primera tarea es conquistarse a sí mismo: Debe poner fin a la violencia religiosa de la que son culpables gentes que llevan uniformes de gobierno, militares y agentes de policía.
Se dice frecuentemente que el terrorismo prolongado tiene un efecto atomizador en la sociedad, reduciendo la sociedad civil a polvo humano. En Iraq puede estar teniendo los efectos opuestos: Antes que fragmentar a los iraquíes, la fuerza de las explosiones -especialmente la del 22 de febrero, que demolió la cúpula del santuario de Askariya en Samarra- parece haberlos hecho volar juntos, ruinosamente, en furiosos bloques sunníes y chiíes.
Solamente en mayo, solamente en Bagdad, la violencia religiosa mató a 1.400 personas -y esa cifra no incluye a las víctimas de atentados con coches bomba. Lo dice todo sobre los apuros en que encuentra Estados Unidos con la nueva idea de... conquistar Bagdad. El 20 de abril la guerra de Iraq se convirtió en tan prolongada como la Guerra de Corea. Y mañana la guerra será tan larga -1.185 días- como la intervención de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas estadounidenses capturaron el puente ferroviario de Ludendorff en Remagen y se convirtieron en las primeras tropas extranjeras en cruzar el Rin desde Napoleón en 1805. Y Bagdad, más allá de la Zona Verde, es una zona de guerra, lo que explica la fuga del país de muchos iraquíes educados y móviles.
Pero para que Zarqawi y el terrorismo y la violencia religiosa convirtieran a los iraquíes en materia prima difícil para la autonomía, no se necesitaron tres años. Para eso, otro demonio reclama mérito: la destructiva tiranía y el terror de Saddam Hussein. El 20 de junio de 2003, apenas 73 días después de la caída de Bagdad, el Post informó lo siguiente desde Faluya:
"Ingenieros militares sacaron hace poco basura de una cancha en Faluya, la volvieron a cubrir con tierra y colocaron arcos para hacer una cancha de fútbol. Al día siguiente, los arcos habían sido robados y se habían llevado toda la tierra de la cancha. La basura empezó empezarse a amontonarse de nuevo".
Un capitán de ejército preguntó: "¿Qué tipo de gente roba tierra?" Hay muchas respuestas a esa pregunta. Aquí hay una: Es un tipo de gente que es difícil de ayudar.

georgewill@washpost.com

15 de junio de 2006
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recuperando iraq


[David Ignatius] La esperanza no es una estrategia aceptable.
Las imágenes que nos llegan de Iraq son del infierno en la tierra: El domingo, doce estudiantes que viajaban a Baqubah a dar sus exámenes finales fueron sacados a empujones de un autobús y asesinados debido a que practicaban la religión equivocada. Al día siguiente, hombres armados con uniformes de policía secuestraron a 56 personas cerca de una parada de buses en el centro de Bagdad y los hicieron subir a camiones.
Esta es la pesadilla iraquí, y Estados Unidos es incapaz de pararla. ¿Qué pensaría usted si fuera el padre de uno de esos niños iraquíes muertos? Usted querría que Estados Unidos, el país que rompió los frágiles vínculos que mantenían junto a Iraq, actuara de modo más efectivo para controlar esta violencia. Y usted querría que el llamado gobierno de unidad nacional de Iraq se comportara como tal y detuviera a los asesinos que están terminando con la gente decente de Iraq. Y si ni los estadounidenses ni el gobierno iraquí pudieran proteger a sus hijos, usted se volcaría hacia las milicias.
El proyecto estadounidense en Iraq se está desmoronando. El presidente sigue hablando sobre mantener el curso, y la Casa Blanca todavía espera superar las predicciones de victoria, pero el curso que estamos siguiendo no funciona. La elección del primer gobierno permanente de Iraq en diciembre fue la última oportunidad de componer las cosas. Casi siete meses después de las elecciones, los políticos iraquíes todavía no se ponen de acuerdo sobre quién debería dirigir dos ministerios claves, el de Defensa y el de Interior.
Un amigo estadounidense me escribió esta semana desde Iraq: "La guerra civil arde en Bagdad, independientemente de la palabra usada en Washington en estos días para describir estos asesinatos. Todas las mañanas al salir el sol, se recogen los cuerpos de los asesinatos de la noche pasada para ser enviados a los hospitales donde tratarán de averiguar quiénes eran. Mientras el nuevo gobierno, los ministerios, la coalición y la hinchada burocracia de la embajada están todos paralizados en la Zona Verde, al otro lado de los alambres de púa y de las barreras de cemento la guerra civil sigue como siempre".
Un devastador sumario los errores norteamericanos se encuentra en la última entrega del informe trimestral del Pentágono al Congreso, ‘Midiendo la estabilidad y seguridad en Iraq'. En todo el país, todavía menos gente que el año pasado cree que la situación es mejor ahora que antes de la guerra. En el área de Bagdad, los encuestadores constataron que el porcentaje de optimistas había caído a la mitad desde marzo de 2005, a un 30 por ciento.
Y la violencia continúa: La tasa de ataques rebeldes es ahora más alta que en 2004, con un promedio de más de 600 a la semana desde que asumiera el nuevo gobierno en febrero. Los jefes militares estadounidenses hablan de sus nuevos logros en dividir a la resistencia iraquí, pero el número de ataques no es reflejo de ninguna disminución de su mortífero carácter. Entretanto, los chiíes están respondiendo con igual crueldad, y las cifras del Pentágono muestran un agudo aumento de los asesinatos religiosos en el último año.
Lo que estamos viendo en Iraq es un desajuste entre fines y medios: entre una estrategia política de unidad y la realidad de dirigentes religiosos rivales; entre una estrategia militar de una contrainsurgencia cuyos objetivos son "limpiar, mantener y construir" y la realidad de que la mayoría de los soldados estadounidenses siguen agazapados todos los días; entre el objetivo de estabilizar el país y el diaria realidad de intimidación física.
¿Qué puede hacer Estados Unidos para mitigar el desastre iraquí? Ciertamente, no necesita más planes de estrategia. Las estrategias política y militar ahora en curso hablan el lenguaje correcto de la unidad y la contrainsurgencia, pero es todavía fundamentalmente el idioma que se habla dentro de la Zona Verde. El capitán de marina Scott A. Cuomo dice, en la edición de junio de la Gaceta del Cuerpo de Marines, que los militares estadounidenses deberían constituir "equipos de adiestramiento incrustados", viviendo y luchando junto con las fuerzas de seguridad iraquíes, que es su principal objetivo. Dice francamente sobre su propia experiencia de combate en Iraq: "Hicimos realmente muy poco para ayudar a las fuerzas de seguridad nacionales a proteger a la población contra la resistencia".
Una propuesta más atrevida hizo mi amigo en Iraq, que conoce íntimamente la situación de la seguridad allá. Dice que el primer ministro Nouri al-Maliki debería trasladar los 27 ministerios de su gobierno, que operan fundamentalmente en la Zona Verde, a la ciudad. El ejército iraquí debería proteger cada avanzada del gobierno, con ayuda de equipos estadounidenses. "La población necesita ver que hay un gobierno que tiene el coraje de recuperar la ciudad, barrio por barrio".
Mi amigo compara el actual y frenético ritmo de la Zona Verde con gente que trata de correr en calcetines sobre un resbaladizo suelo de linóleo. "Hay un montón de actividad, pero se avanza muy poco", escribe. "La esperanza no es un plan estratégico, y el status quo es inaceptable".

davidignatius@washpost.com

7 de junio de 2006
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iraq, república del miedo


[Nir Rosen] La guerra civil en Iraq empezó cuando Estados Unidos lo invadió.
Las calles de Bagdad amanecen todos los días sembradas de cadáveres magullados, destrozados, mutilados, de individuos ejecutados por el solo hecho de ser sunníes, o chiíes. Los taladros eléctricos son un instrumento de tortura especialmente popular.
He vivido en Iraq casi dos de los tres años desde que cayera Bagdad. En mi último viaje, hace unas semanas, salí de la ciudad abrumado por una sensación de fatalidad. En el curso de seis semanas, trabajé con tres choferes diferentes; en varias ocasiones pidieron un día de permiso porque un vecino o un familiar había sido asesinado. Una mañana se encontraron catorce cuerpos, todos con sus carnés de identidad en sus bolsillos delanteros, todos llamados Omar. Omar es un nombre sunní. En estos días en Bagdad nadie vive con más inseguridad que los hombres que llevan ese nombre. Otro día encontraron a un grupo de hombres con las manos dobladas sobre sus barrigas, la derecha sobre la izquierda, el modo sunní de orar. Era un mensaje. En estos días, muchos sunníes se están haciendo con documentos falsos, con nombres neutrales. Las milicias sunníes han empezado a vengarse, deteniendo a autobuses y pidiendo los jjinsiya, carnés de identidad, de todos los pasajeros. Los individuos que pertenecen a tribus chiíes son ejecutados.
Durante el régimen de Saddam Hussein, los disidentes llamaban a Iraq "la república del miedo" y esperaban que terminara cuando Saddam fuera derrocado. Pero la guerra sólo ha democratizado ese temor. Ahora el terror no proviene solamente del régimen, o de las tropas norteamericanas, sino de todos, de todas partes.
Al principio, la presencia dominante de los militares estadounidenses -con sus imponentes vehículos resonando por las calles de Bagdad y sus soldados como gigantes con sus chalecos y cascos y armas- parecía invencible. La Ocupación se sentía siempre. Ahora en Bagdad pueden pasar días sin que veas a soldados estadounidenses. En lugar de eso, se tiene la impresión de que los iraquíes han ocupado Iraq, los milicianos enmascarados arremetiendo a través del tráfico en anónimos vehículos de seguridad, disparando al aire, dando órdenes enfadados y a gritos, apuntando a los transeúntes con sus Kalashnikovs.
Hoy, los americanos son una milicia más perdida en la anarquía. También ellos están matando a iraquíes.
En el otoño pasado visité la casa de un sunní llamado Sabah en el barrio de Radqaniya, al oeste de Bagdad, donde la resistencia sunní ha tenido una larga presencia y donde, hace poco, mataron a un soldado norteamericano. Un viernes noche, pocos días antes de mi visita, su familia me contó que unos soldados estadounidenses habían rodeado la casa donde vivía Sabah y sus hermanos Walid y Hussein, y sus familias, y echaron abajo la puerta. Las mujeres y niños fueron llevados fuera, pasando frente a Sabah, que tenía la nariz quebrada, y Walid, al que un soldado le había metido el cañón de la ametralladora en la boca. Los soldados golpearon a los hombres con las culatas de los rifles, mientras el intérprete chií que acompañaba a las tropas exhortaba a los americanos a ejecutar a los sunníes.
Cuando la aterrorizada familia esperaba fuera, oyeron disparos dentro. Sonaba como si hubiese una escaramuza, y los soldados se gritaban unos a otros. Media hora después emergió el intérprete con una foto de Sabah. "¿Quién es la mujer de Sabah?", preguntó. "Su marido fue matado por los americanos, y merecía morir", le dijo. Y entonces rompió la fotografía delante de ella.
Se llevaron a Walid y en la casa la familia encontró el cadáver de Sabah. Su ensangrentada camisa tenía tres agujeros donde las balas habían penetrado en su pecho; dos de las balas habían salido por la espalda y se habían alojado en la pared detrás de él. Había tres cartuchos de balas norteamericanas en el suelo. Las camas y sillones habían sido volcados y destrozados; las mesas, armarios, floreros de plástico, todo había sido quebrado y arrojado al suelo. Destruyeron incluso los coches. Las fotos de Sabah habían sido rotas y su carné de identidad, confiscado. Una foto seguía en el escritorio de su esposa: Sabah parado orgullosamente frente a su Mercedes.
Más tarde le pregunté a Hussein si quería vengarse. "Somos musulmanes, alabamos a Dios", dijo. "Y no queremos venganza. Él era inocente y fue asesinado, así que ahora es un mártir".
Al otro lado de la ciudad las tropas estadounidenses también allanaron el templo huseiniya de Mustapha, un lugar de culto chií en el barrio de Ur. La huseiniya, parecida a una mezquita, pertenecía al movimiento nacionalista anti-ocupación de Moqtada al-Sáder, y frente a su pequeña torre habían gigantescos carteles con imágenes de los clérigos importantes del movimiento. La milicia Sáder, conocida como el Ejército Mahdi, había estado utilizando la huseiniya como base de operaciones de contrainsurgencia. Milicianos de Mahdi secuestraban a sunníes sospechosos de apoyar a la resistencia, los torturaban hasta que confesaban, filmándolos en video, y luego los ejecutaban.
Cuando los americanos allanaron la huseiniya, llevaron tropas iraquíes con ellos. Mataron no solamente a milicianos de Mahdi, sino también a inocentes transeúntes chiíes, incluyendo a un joven periodista que yo conocía, llamado Kamal Anbar, en lo que los testigos dijeron que fueron ejecuciones sumarias. Aunque los vecinos culparon a las tropas norteamericanas, las tropas iraquíes estaban tan recargadas de armas, chalecos antibalas y cascos norteamericanos que no se distinguían de las estadounidenses.
Cuando visité el lugar al día siguiente, los suelos del templo, paredes y cielo raso estaban manchados de sangre; había trozos de cerebro en endurecidos charcos rojos. Del mismo modo que los chiíes celebran cuando los americanos atacan blancos sunníes, los sunníes que apoyan a la resistencia acogieron con satisfacción las noticias del allanamiento.
Los miembros de la milicia Mahdi habían regresado en grandes números esa mañana, bloqueando las calles y revisando a todos los que se acercaban, blandiendo pistolas Glock y esposas de la policía iraquí. En Bagdad, y en gran parte de Iraq, la policía es el Ejército Mahdi, y el Ejército Mahdi, es la policía. Lo mismo se puede decir el ejército iraquí, apostado en todo el país.
Las tensiones religiosas se han apoderado más que de las fuerzas de seguridad iraquíes y las calles del país. Ahora las milicias entran rutinariamente a los hospitales para cazar o arrestar a los que han sobrevivido los allanamientos. Y muchos ministerios del gobierno iraquí están ahora llenos de pancartas y lemas de grupos religiosos chiíes, que ejercen un control total de instituciones claves. Si no estás con ellos, mejor te das por muerto.
Por ejemplo, en las negociaciones entre los partidos después de las elecciones de enero de 2005, los partidarios de Sáder se apoderaron de los ministerios de salud y transporte y empezaron de inmediato a purgarlos de sunníes y de chiíes no alineados con Sáder. El proceso fue conocido oficialmente como ‘la purga de los saddamitas ejecutada por los saderistas'. En realidad, algunas dependencias de gobierno ahora no aceptan empleados sunníes.
Basándome en mis visitas a los ministerios, está claro que el proceso de apartheid empezó después de la victoria electoral de los chiíes. En el ministerio de Salud se ven fotografías de Moqtada al-Sáder y su padre en todas partes. Música tradicional chií resuena en todos los pasillos. Doctores y empleados del ministerio se refieren al ministro de salud como imami, es decir, ‘mi imán', como si fuera un clérigo. También vi carteles chiíes adornando las paredes -incluyendo uno celebrando a Sáder- en el ministerio de Transporte. Los empleados sunníes han sido expulsados de los dos ministerios, mientras que el ministerio del Interior está bajo control de otro movimiento chií, el Consejo Supremo para la Revolución Islámica de Iraq (su mero nombre es una declaración explícita de sus intenciones).
Chiíes sin calificación alguna llenan ahora los ministerios. En un caso en el ministerio de Transporte, un ingeniero jefe sunní fue despedido y remplazado por un chií sin calificaciones que llegaba al trabajo con un turbante de clérigo. En todos los casos, esto ha significado una aguda reducción de la eficiencia, y los ministerios de salud y transporte apenas si funcionan; el ministerio del Interior opera prácticamente como un escuadrón de la muerte chií, con cárceles clandestinas -que fueron descubiertas a fines de noviembre- y con gente que desaparece después de allanamientos realizados por misteriosas unidades de seguridad del gobierno que operan por las noches.
Incluso una oposición compartida a la Ocupación no pudo unir a sunníes y chiíes, y eso era quizás inevitable dada la encarnizada historia de hostilidades mutuas. En lugar de eso, a medida que se intensificaba la lucha contra los norteamericanos, las tensiones entre sunníes y chiíes empezaron a crecer, desencadenando finalmente las despiadadas purgas religiosas de Iraq hoy.
Durante la primera batalla de Faluya, en la primavera de 2004, los rebeldes sunníes lucharon junto con las fuerzas chiíes contra los americanos; en otoño de ese año, los sunníes debieron luchar solos en Faluya, y resintieron la indiferencia chií.
Pero para esa época la frustración chií con los sunníes por haber acogido a Abu Musab al-Zarqawi, el sanguinario cabecilla de al-Qaeda en Iraq, llevó a algunos a pensar que los faluyanos se merecían lo que les estaba pasando. El círculo de violencia escaló desde entonces. Cuando los refugiados sunníes de Faluya se instalaron al oeste de Bagdad en bastiones sunníes como Ghazaliya, al-Amriya y Khadhra, algunas familias chiíes empezaron a recibir las primeras amenazas para que se marcharan. En Amriya los chiíes que ignoraron las amenazas fueron atacados en sus casas; los hombres fueron asesinados por milicias sunníes.
Fue entonces que empezaron realmente las purgas religiosas. Refugiados sunníes en Amriya ocuparon casas abandonadas por los chiíes. Esas operaciones fueron realizadas por rebeldes, así como por familiares de los refugiados. Pronto esas limpiezas se habían extendido a todas partes y se convirtieron en algo de todos los días, tanto por venganza como por su propia y cruel lógica; los dos lados participaron en ellas. En Iraq no quedó espacio para las voces no religiosas. Sunníes y chiíes por igual fueron empujados a los brazos de sus respectivas milicias, a menudo uniéndose a ellas para poder defenderse a sí mismos. Los chiíes se hicieron con listados de los cuadros del Partido Baaz que eran la base del régimen de Hussein y empezaron a asesinar sistemáticamente a los sunníes que habían pertenecido a él. Las milicias sunníes que habían luchado contra la ocupación americana se convirtieron en milicias de protección del territorio sunní contra las incursiones chiíes y para atacar áreas chiíes. La resistencia se convirtió en algo secundario a medida que la resistencia se fue convirtiendo en autodefensa. Entretanto, en el sur chií las milicias chiíes peleaban entre sí y contra las tropas británicas.
En noviembre le pregunté a un buen amigo chií si, considerando toda la violencia, crímenes y radicalismo en Iraq, la vida no era mejor durante Hussein.
"No", dijo, decididamente. "Podrían aplanar Bagdad y todavía sería mejor que durante Saddam. Al menos, tenemos esperanza".
Sin embargo, unas semanas después me escribió un e-mail desesperado: "Estoy seguro de que estallará una guerra civil... No te sientes bien hablando con alguien hasta que no sabes si es chií o sunní... Los políticos no confían entre ellos. La gente desconfía una de otra. Hay gente que busca venganza, un gobierno débil, regiones separadas... Tendremos guerra civil; es sólo una cuestión de tiempo, y de algunas provocaciones".
La provocación se produjo el 22 de febrero, cuando la Mezquita Dorada de los chiíes de Samarra fue hecha volar por los aires. Más de mil sunníes fueron matados en venganza, y luego el ministerio del Interior, controlado por los chiíes, impidió que se conociera el número real de bajas. Aumentaron los ataques contra las mezquitas sunníes. Oficialmente, Moqtada al-Sáder se opone a los ataques contra los sunníes, pero fue él quien lanzó a sus milicianos contra ellos después del atentado.
Las purgas religiosas y étnicas ha continuado desde entonces, a medida que se ‘purifican' los barrios mixtos. En Amriya se encuentran cadáveres en la calle principal a razón de tres o cinco o siete al día. La gente tiene miedo de acercarse a los cuerpos, o de llamar a la ambulancia o a la policía, por temor que también ellos sean encontrados muertos al día siguiente. En Abu Ghraib, Dora, Amriya y otros barrios que eran mixtos, los chiíes han sido obligados a marcharse. En Maalif y Shaab, los sunníes han sido los blancos.
El planeta se pregunta si Iraq está al borde de una guerra civil, mientras los iraquíes temen llamarla así, sabiendo el futuro que evoca esa denominación. A decir verdad, la guerra civil empezó mucho antes de Samarra, y mucho antes de los primeros levantamientos. Empezó cuando las tropas norteamericanas llegaron a Bagdad. Empezó cuando los sunníes descubrieron lo que habían perdido, y los chiíes, lo que habían ganado. Y lo peor está todavía por pasar.

nirrosen@yahoo.com

Nir Rosen es investigador de la New American Foundation y autor de ‘In the Belly of the Green Bird: The Triumph of the Martyrs in Iraq' (Free Press).

28 de mayo de 2006
©washington post
©traducción mQh
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