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opinión

más allá del líbano


[Brent Scowcroft] Es hora de que Estados Unidos busque un acuerdo más comprehensivo.
La secretaria de estado Condoleezza Rice ha dicho que una simple tregua en el Líbano no es la solución de la violencia actual. Dice que es necesario tratar las raíces del problema. Tiene razón en las dos cosas. Pero Hezbolah no es la fuente del problema; se deriva de la causa, que es el trágico conflicto sobre Palestina que empezó en 1948.
La orilla oriental del Mediterráneo es un torbellino de punta a cabo, una repetición de permanentes conflictos en una u otra parte desde los abortados intentos de Naciones Unidas de crear los estados de Israel y Palestina separados en 1948. La actual guerra ha alarmado al planeta. Ahora, quizás más que nunca, tenemos la oportunidad de aprovechar esa preocupación y energía para alcanzar una resolución comprehensiva de esta tragedia de 58 años. Sólo Estados Unidos puede dirigir los esfuerzos que se requieren para hacer uso de la oportunidad.
Los bosquejos de un acuerdo comprehensivo se hicieron evidentes cuando colapsaron los intentos del presidente Bill Clinton en 2000. Los principales elementos son:

-Un estado palestino basado en las fronteras de 1967, con rectificaciones menores que deben ser acordadas entre Palestina e Israel.
-Los palestinos deben renunciar a su derecho a retornar e Israel debe corresponder retirando sus asentamientos de Cisjordania, nuevamente con rectificaciones acordadas mutuamente. Los desplazados de los dos lados deben recibir compensaciones de la comunidad internacional.
-El Rey Abdulá, de Arabia Saudí, debe reconfirmar sin ambigüedades su promesa de 2002 de que el mundo árabe está preparado para tener relaciones completamente normales con Israel tras la retirada de este de los territorios ocupados en 1967.
-Egipto y Arabia Saudí deben colaborar con la Autoridad Palestina para formar un gobierno según el acuerdo de 18 puntos alcanzado entre los prisioneros de Hamas y Fatah en cárceles israelíes en junio pasado. Este gobierno negociaría con la Autoridad.
-Despliegue, como parte de una tregua, de una fuerte fuerza internacional en el sur del Líbano.
-Despliegue de otra fuerza internacional para facilitar y supervisar el tráfico entre Gaza y Cisjordania.
-Designación de Jerusalén como la capital compartida de Israel y Palestina, con garantías internacionales adecuadas de libertad de movimiento y derechos cívicos en la ciudad.

Estos elementos son bien conocidos por la gente que vive en la región y los de fuera que han trabajado durante décadas buscando dar forma a una paz duradera. Lo que parece impresionantemente complicado, sin embargo, es cómo se puede movilizar la voluntad política necesaria, en la región y fuera de ella, para transformar estos principios en un acuerdo de paz permanente.
La actual crisis en el Líbano proporciona una oportunidad histórica para alcanzar lo que hasta ahora ha parecido imposible. Dicho esto, sería demasiado esperar que los más directamente implicados -los líderes palestinos e israelíes- dirijan el camino. Eso es responsabilidad de otros, principalmente de Estados Unidos, que es el único que puede movilizar a la comunidad internacional e Israel y los estados árabes para la tarea que ha derrotado tantos esfuerzos previos.
¿Cómo debería organizarse este proceso? El vehículo obvio para dirigir el proceso es el Cuarteto (Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y Naciones Unidas), formado en 2001 justamente con ese propósito. El Cuarteto, empezando a nivel de ministros de relaciones exteriores, debería primero organizar la fuerza internacional necesaria para el sur del Líbano y Gaza y llamar entonces a una tregua. La fuerza de seguridad tendría que contar con el mandato y la capacidad de actuar resueltamente frente a actos de violencia. Idealmente, este debería ser un contingente de la OTAN, o, al menos, dirigido por la OTAN. Reconociendo los obstáculos políticos, el hecho es que la participación directa de Estados Unidos en esta fuerza internacional sería altamente deseable -incluso quizás esencial- para convencer a nuestros amigos y aliados de que contribuyan a la formación de esta fuerza.
Con una tregua y una fuerza de seguridad internacional en el lugar, el Cuarteto debería entonces construir un marco de negociación de los elementos específicos de un acuerdo comprehensivo, después de lo cual Israel, la Autoridad Palestina y representantes de países árabes (Jordania, Arabia Saudí, Egipto, Líbano) serían incorporados al proceso para completar negociaciones detalladas.
Los beneficios de llegar a un acuerdo comprehensivo de las causas de la guerra actual probablemente tendría ecos más allá de israelíes y palestinos. Un acuerdo de paz comprehensivo no sólo quitaría argumentos a los extremistas en el Líbano y Palestina (y sus partidarios en otros países), sino también reduciría la influencia de Irán -un país que, con su ideología actual, representa la mayor amenaza potencial para la estabilidad en Arabia Saudí, Iraq, Egipto y Jordania.
Un acuerdo comprehensivo también permitiría que los líderes árabes se concentraran en lo que muchos dicen que es un problema prioritario: modernizar sus países para proveer de trabajo y vidas productivas a poblaciones de rápido crecimiento.
Retirar el argumento de que no se puede hacer nada porque los electorados domésticos están obsesionados con la ‘causa de los palestinos', permitiría que la energía creativa, el talento y el dinero se re-canalizaran hacia la educación, la salud, la vivienda, etc. Esto tendría el beneficio agregado de tratar las condiciones que alientan a demasiados jóvenes árabes a glorificar el terrorismo como un medio legítimo de hacer frente a los desafíos del mundo moderno.
Incluso es posible que un acuerdo comprehensivo ayude a estabilizar Iraq. Un Irán escarmentado, privado de la ‘carta israelí', podría mostrarse más dispuesto a llegar a un modus vivendi con sunníes y kurdos, y también con Estados Unidos. Todos los países de la región -para no mencionar a Israel mismo- necesitan un Iraq estable, próspero y pacífico. La ruta para alcanzar esto podría también orientarse hacia el oriente desde una Jerusalén compartida pacíficamente por israelíes y palestinos.
Esta última de una serie aparentemente interminable de guerras en la región, puede representar una oportunidad única para cambiar la situación en Oriente Medio. La tarea no debe asustarnos.

El escritor fue consejero de seguridad nacional para los presidentes Gerald Ford y George H.W. Bush. Ahora es presidente del Foro para Política Internacional [Forum for International Policy].

30 de julio de 2006
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guerra de confección europea


[Timothy Garton Ash] La tortuosa historia del conflicto árabe-israelí nos lleva de vuelta a Europa.
¿Dónde y cuándo empezó esta guerra? ¿Poco después de las nueve de la mañana del miércoles 12 de julio, cuando un grupo de militantes de Hezbolah capturaron a Ehud Goldwasser y Eldad Regev -reservistas israelíes en el último día de su período de servicio- en una incursión al otro lado de la frontera en el norte de Israel? ¿El viernes nueve de junio cuando proyectiles israelíes mataron al menos a nueve civiles palestinos en la playa de la Franja de Gaza? ¿En enero, cuando Hamas ganó las elecciones legislativas palestinas en un ambiguo triunfo de la política estadounidense de apoyo de la democratización? ¿En 1982, cuando Israel invadió el Líbano? ¿En 1979, con la revolución islámica en Irán? ¿En 1948, con la creación del estado de Israel? ¿O que me decís de Rusia en la primavera de 1881?
Las preguntas simples exigen respuestas complejas. Incluso si los hechos básicos son conocidos por todos, se disputa cada término: ¿Militantes, soldados o terroristas? ¿Aprehendidos, capturados o secuestrados? Toda elección de hechos implica una interpretación. Y en historias tortuosas como esta, todo horror será explicado o justificado con referencia a un horror precedente, como escribió el poeta James Fenton en su ‘Balada del imán y del sha' [Ballad of the Imam and the Shah].

De la tiranía a la tiranía a la guerra
De la dinastía a la dinastía al odio
De la canallada a la canallada a la muerte
De políticas a políticas a la tumba
... La canción es tuya. Ordénala como quieras.


Sin embargo, observando las respuestas europeas al conflicto actual, quiero insistir en el propio reclamo de Europa de ser una de sus primeras causas. Los pogromos rusos de 1881; la turba francesa gritando ‘Abajo los judíos' cuando el capitán Alfred Dreyfus era despojado de sus charreteras en la Escuela Militar; el enconado antisemitismo de Austria hacia 1900, que formó al joven Adolfo Hitler; hasta el holocausto de la judería europea y las rachas de antisemitismo que convulsionaron a partes de Europa tras la tragedia. Fue esa historia de un creciente y radical rechazo europeo, desde los años de 1880 hasta los cuarenta del siglo pasado, que produjo la fuerza que impulsó al sionismo político, la emigración judía a Palestina y finalmente la creación del estado de Israel.
"El juicio de Dreyfus fue lo que me convirtió en sionista", dijo Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno. Si Europa decidió que toda nación debía tener su propio estado, que no aceptaba ni siquiera a los judíos emancipados como miembros plenos de las naciones francesa o alemana y que finalmente se convirtió en el escenario del programa de exterminio de todos los judíos, entonces los judíos debían tener su propio país en algún otro lugar.
Y nunca más irán los judíos como corderos a su propio sacrificio. Como israelíes, lucharán por la vida de todos y cada uno de sus compatriotas judíos. Los estereotipos del siglo 19, de Helden el alemán y de Händler el judío, se han revertido. Los alemanes, y la mayoría de los burgueses europeos de hoy, se han convertido en los eternos comerciantes; los judíos, en Israel, los guerreros eternos.
Por supuesto, esta es sólo una hebra en el tapiz político quizás más complicado del mundo, pero es importante. No creo que ningún europeo deba hablar o escribir sobre el conflicto actual en Oriente Medio sin mostrar algún tipo de conciencia de nuestra propia responsabilidad histórica. Temo que algunos europeos hoy hablan y escriben así; y no me refiero a los alemanes de extrema derecha que marcharon por la ciudad de Verden en Baja Sajonia el sábado, ondeando banderas iraníes y gritando: ‘Israel, centro internacional del genocidio'. También estoy pensando en gente de izquierdas.
Incluso cuando criticamos el modo en que los militares israelíes están matando a civiles libaneses y observadores de Naciones Unidas en nombre del rescate de Goldwasser (y destruyendo la infraestructura militar de Hezbolah), debemos recordar que todo esto ciertamente no estaría pasando si unos europeos no hubiesen intentado, hace unas décadas, expulsar a toda la gente llamada Goldwasser de la faz de Europa, si no del planeta Tierra.
Dejadme ser claro en lo que quiero decir. No se implica de esta terrible historia europea que los europeos deban exhibir una solidaridad incondicional con lo que quiera que sea que decida hacer el gobierno de Israel. Al contrario, el verdadero amigo es el que abre la boca cuando estás cometiendo un error.
De esto no se sigue que todos los europeos que critican a Israel son antisemitas encubiertos, como tienden a implicar algunos comentaristas estadounidenses. Y no se sigue que deberíamos prestar menos atención al sufrimiento de los árabes, incluyendo a los árabes palestinos que huyeron o fueron expulsados de sus casas cuando se fundó el estado de Israel, y de sus descendientes que crecieron en campos de refugiados. La vida de cada uno de los libaneses matados o heridos por los bombardeos israelíes es igual de valiosa que la vida de los israelíes matados o heridos por los ataques con cohetes de Hezbolah.
¿Pero se implica que los europeos tienen la obligación especial de involucrarse en el conflicto para conseguir un acuerdo de paz en el que el estado de Israel pueda vivir con fronteras seguras junto a un estado palestino viable? Yo creo que sí. Incluso si no aceptas el argumento de la responsabilidad histórica y moral, los intereses vitales de Europa están claramente en juego: el petróleo, la proliferación nuclear y la potencial reacción de nuestras enajenadas minorías musulmanes, para nombrar sólo esos tres.
Lo que es menos claro es qué forma debería adoptar esa intervención. Una propuesta es que fuerzas europeas participen en una fuerza de mantención de paz multinacional en el sur de Líbano, pero eso tiene sentido sólo si se establecen parámetros realistas para una misión clara, viable y finita. Estos parámetros deben ser formulados todavía. Ni siquiera hay una tregua a la vista.
La verdad es que, ahora más que nunca, la clave diplomática reside en la completa intervención de Estados Unidos, que debe usar su influencia ante Israel y negociar tan directamente como sea posible con todas las partes del conflicto, por más desagradable que sea. Hasta que eso ocurra, Europa sola no puede hacer demasiado.
Sin embargo, el problema aquí no es simplemente cambiar la realidad en el terreno en Oriente Medio. Cómo hablan y escriben los europeos sobre la posición de los judíos en la región hacia la que los europeos los empujaron, es también un asunto que tiene que ver con nuestra propia definición. Deberíamos pesar cada palabra.

Timothy Garton Ash es profesor de estudios europeos en la Universidad de Oxford e investigador de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford.

27 de julio de 2006
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¿cuánto vale una vida iraquí?


[Andrew J. Bacevich] A pesar de la soberanía de Iraq, el valor de las vidas de los iraquíes lo determinan la ocupación extanjera.
En Iraq, las vidas tienen valores diferentes, y así también las muertes. En esta disparidad reside una importante razón por la que Estados Unidos ha estropeado esta guerra.
En noviembre pasado, en Haditha un destacamento de marines, indignados por la pérdida de un camarada, se volvieron locos, según se dice, y vengaron su muerte matando a dos docenas de transeúntes inocentes. Y en marzo, en Mahmudiyah un grupo de soldados estadounidenses violaron a una joven iraquí y luego la asesinaron junto a otros tres familiares suyos -un crimen aparentemente premeditado por el que un solo soldado norteamericano ha sido acusado. Estos incidentes están entre los cinco últimos casos recientes de muertes que han desencadenado investigaciones de militares norteamericanos. Si las acusaciones se comprueban, Haditha y Mahmudiyah ocuparán merecidamente un lugar junto a Sand Creek, Samar y My Lai en el desgraciado catálogo de atrocidades cometidas por soldados estadounidenses.
Pero recordemos un incidente más reciente, en Samarra. El 30 de mayo, un grupo de soldados estadounidenses que ocupaban un puesto de control abrieron fuego contra un vehículo que pasaba velozmente y que no vio o no pudo obedecer la orden de detenerse. Las dos mujeres en el vehículo murieron baleadas. Una de ellas, Nahiba Huyasif Jassim, 35, estaba embarazada. El bebé también murió. El conductor, el hermano de Jassim, conducía a toda velocidad para llevarla al hospital a que diera a luz. Nadie trató de encubrir el incidente: Representantes de las fuerzas armadas norteamericanas ofrecieron sus condolencias.
Con toda probabilidad, en los meses venideros nos enteraremos de más cosas sobre Haditha y Mahmudiyah, mientras que la historia de Samarra ya ha sido archivada y en gran parte olvidada. Y ese es el problema.
Las muertes en el puesto de control de Samarra no fueron una atrocidad; más probablemente, fue un accidente, un error. Sin embargo, hay muchas evidencias que sugieren que en Iraq ese tipo de incidentes ocurren rutinariamente, con consecuencias morales y políticas que han sido ignoradas durante demasiado tiempo. En realidad, ya no se trata de demostrar una intención consciente: Cualquier acto que resulte en la muerte de civiles iraquíes, por involuntaria que sea, socava la historia de liberación del gobierno de Bush, y hace crecer las filas de los que se oponen a la presencia de Estados Unidos.
El general Tommy Franks, que comandaba las fuerzas estadounidenses cuando entraron en Iraq hace tres años, se hizo famoso por la frase: "Nosotros no contamos a los muertos". Franks estaba hablando en código. Lo que quiso decir era esto: Los militares estadounidenses han aprendido la lección de Vietnam -donde el conteo de las bajas se convirtió en una medida pública, bastante ridiculizada, de victoria- y no tienen la intención de repetir la experiencia. Franks no iba a ser uno de esos generales que pensaba repetir la última guerra.
Desgraciadamente, Franks y otros comandantes de alto rango no han aprendido tanto de Vietnam como lo que han olvidado de esa guerra. Este desdén por contar los cuerpos, especialmente si se trata de los civiles iraquíes ultimados en el curso de operaciones norteamericanas, es una de las razones por las que las fuerzas estadounidenses se encuentran en un atolladero. No es que Estados Unidos tenga aversión a contar las bajas. Contamos a todos los militares que mueren en Iraq, y es lo que hay que hacer. Pero sólo en los últimos meses los jefes militares han empezado a contar -para su uso interno solamente- algo de las grandes cantidades de no-combatientes iraquíes que han muerto por balas y bombas norteamericanas.
Durante los tres primeros años de la guerra, cualquier iraquí que se aventurara demasiado cerca de un convoy americano o de un puesto de control corría el riesgo de ser atacado. Ocurrieron miles de estos episodios de ‘escalada de fuerza'. Ahora el teniente general Peter Chiarelli, comandante de las tropas de tierra norteamericanas en Iraq, ha empezado a reconocer los costes ocultos de ese enfoque. "La gente que nos estaba observando o que nos apoyaba" en el pasado "de hecho han decidido atacarnos", reconoció hace poco.
Durante los primeros días de la resistencia, algunos comandantes norteamericanos parecían indiferentes ante la posibilidad de que el uso de una fuerza excesiva pudiera provocar un contragolpe. Contaban con que el puño de hierro crearía una atmósfera que propiciaría la buena conducta. La idea era no distinguir entre iraquíes ‘buenos' o ‘malos', sino inducir la aprobación por medio de la intimidación.
"Tienes que entender la mentalidad árabe", dijo al New York Times un comandante de una compañía, desplegando la confianza de un Douglas MacArthur meditando sobre los orientales en 1945. "Lo único que entienden es la fuerza -la fuerza, el orgullo, el salvar la cara". Lejos de representar los puntos de vista de unos pocos subordinados, estas ideas penetraron los más altos escalones del comando americano. En su libro ‘Cobra II', Michael R. Gordon y el general Bernard E. Trainor ofrecen este feo comentario de un oficial de alto rango: "Lo único que entienden estos negros de las dunas es la fuerza y estoy a punto de complacerlos".
Ese lenguaje insensible, rebosante de connotaciones racistas y etnocéntricas habla por sí solo. Esas caracterizaciones, como el uso de ‘gook' [amarillos] durante la Guerra de Vietnam, deshumanizan a los iraquíes y al hacerlo permiten tácitamente lo que normalmente es inadmisible. Eso explica Abu Ghraib y Haditha, y demasiadas muertes lamentables, como las de Nahiba Husayif Jassim.
A medida que la guerra entra en su cuarto año, ¿cuántos iraquíes inocentes han muerto a manos de norteamericanos, no como resultado de masacres como las de Haditha, sino debido a accidentes y errores? Los militares no lo saben y, hasta hace poco, no han profesado ningún interés público en saberlo. Los cálculos varían considerablemente, pero la cantidad bordea casi siempre las decenas de miles. Incluso admitiendo el prejuicio antibélico corriente de aquellos que llevan la cuenta de las bajas iraquíes -y admitiendo, también, que los rebeldes tienen mucho más sangre entre sus manos- no hay ninguna duda de que el número de no-combatientes iraquíes matados por las fuerzas norteamericanas exceden de lejos el número de soldados estadounidenses muertos en acciones hostiles, que ahora son algo más de dos mil.
¿Quién asume la responsabilidad de estas muertes iraquíes? ¿Los jóvenes soldados que aprietan el gatillo? ¿Los comandantes que determinan las reglas de combate que privilegian la ‘protección de las tropas' por encima de la protección de vidas inocentes? ¿Los estrategas intelectualmente insolventes que, en primer lugar, envían tropas norteamericanas a Iraq y ahora no ven otra alternativa que seguir machacando allá? ¿La cultura que, para decirlo generosamente, no ha intentado ni entender ni sentir empatía por los habitantes de los países árabes o musulmanes?
No hay respuestas fáciles, pero uno debe reconocer al menos que al lanzar una guerra publicitada como la más alta expresión del idealismo americano, nos hemos metido en un pantano de ambigüedad moral. Decir que "esas cosas pasan", como lo hizo el ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld, toda vez que las cosas no salen bien, simplemente no es suficiente.
Dejando de lado las cuestiones morales, el número de bajas iraquíes no-combatientes tiene extensas implicaciones políticas. La violencia mal empleada distancia a los que proclamamos que estamos protegiendo. Le hace el juego a los rebeldes, reforzando su causa y socavando la nuestra. Socava fatalmente la campaña para ganar los corazones y las mentes, sugiriendo por igual a iraquíes y estadounidenses -y quizás en general a los árabes y musulmanes- que los iraquíes son dispensables. Ciertamente, la muerte de Nahiba Husayif Jassim ayudó a su hermano a aclararse su interpretación de la guerra. "Que Dios se vengue de los que americanos y de quienes les trajeron aquí", declaró después del incidente. "No respetan nuestras vidas".
Por supuesto, no era justo. No es que no tengamos respeto por las vidas iraquíes: es simplemente que tenemos menos respeto por ellas que por otras. El actual sistema de indemnizaciones -las compensaciones ofrecidas en casos en los que las tropas norteamericanas reconocen la muerte de un civil iraquí- lo deja en claro. La póliza de un beneficiario de un soldado americano que muere cumpliendo su deber es de 400 mil dólares, mientras que a los ojos del gobierno norteamericano un civil iraquí muerto no vale más que 2.500 dólares en pagos de condolencias -más o menos el precio de una televisión con pantalla plasma.
A pesar de todo lo que se dice sobre Iraq como un país soberano, los ocupantes extranjeros son los que deciden lo que vale una vida iraquí. Y aunque el presidente Bush haya observado en otro contexto, que "toda vida humana es un don precioso de inconmensurable valor", nuestras acciones en Iraq continúan causando la impresión de que las vidas civiles no valen nada en absoluto.
Es urgente que esa impresión cambie. Para empezar, el Pentágono debe superar su aversión a contar los muertos. Necesita medir con meticulosidad -y públicamente- el caos que estamos causando como un subproducto de lo que llamamos liberación. Hacer otra cosa, encogerse de hombros ante la muerte de Nahiba Husayif Jassim como una de esas cosas que pasan en la guerra, sólo refuerza la impresión de que los americanos ven a los iraquíes como menos que humanos. A menos que demostremos con nuestras acciones que valoramos sus vidas tanto como las de nuestras propias tropas, el fracaso estará asegurado.

bacevich@bu.edu

Andrew J. Bacevich es profesor de historia y relaciones internacionales en la Universidad de Boston.

9 de julio de 2006
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desenfreno israelí


[Eugene Robinson] Respuesta de Israel ante terrorismo de Hezbolah es desproporcionado y contraproducente.
Es mi mala suerte. Me voy de vacaciones y resulta ser la semana en que se revela la visión estratégica de George W. Bush de la situación actual del mundo: Rusia es grande. China también es grande. Los presidentes del mundo son aburridos. Las presidentes del mundo necesitan masajes en el cuello. El terrorismo es malo. Las elecciones son buenas (cuando se elige a la gente indicada). Israel es bueno. ¿Hora de volver a casa?
Me sentía mejor cuando pensaba que el Decididor no tenía una visión del mundo, sino simplemente un conjunto de instintos sobre la libertad y la democracia. Pero incluso si dejas de lado la embarazosa actuación del presidente a micrófono abierto en la cumbre del Grupo de los Ocho, que es difícil, los sucesos de la semana pasada muestran que su gobierno piensa que en realidad sabe lo que está haciendo. Bush y su gente no han nada más metido la pata y creado este peligroso caos: lo han hecho a propósito. Y tienen la intención de hacerlo aun peor.
El respaldo de Bush a la violencia que está infligiendo Israel contra el Líbano -una prolongada campaña de bombardeos que ha matado a cientos de civiles y sólo puede interpretarse como un castigo colectivo- es verdaderamente asombroso. Por supuesto tiene Israel el derecho a defenderse de los ataques con cohetes de Hezbolah. Pero ¿puede ser esta carnicería indiscriminada, terriblemente desproporcionada otra cosa que contraproducente?
Destruir el aeropuerto de Beirut, hacer volar las torres de comunicación y limpiar el sur del Líbano de su población civil no son medidas que el mundo verá como un ataque contra los terroristas de Hezbolah. La campaña israelí es tan intensa y amplia que está creando más terroristas que los que mata. Una acción militar proporcionada podría haber fortalecido la seguridad de Israel, pero los videos de abuelas llorando entre los escombros de sus casas y de niños ensangrentados en camas de hospitales no harán de Israel un país más seguro. La estatura de Hezbolah en el mundo árabe está creciendo, y sus patrocinadores en Damasco y Teherán deben estar hinchados de satisfacción.
El papel de cualquier presidente y su ministro de relaciones exteriores debería haber sido desplazarse rápidamente para poner fin a las hostilidades. En lugar de eso, Bush no hizo más que incitar a los israelíes, y Condoleezza Rice fue tan lejos que llegó a rechazar la idea de una tregua. Tardíamente, ha viajado a la región sin nada de la credibilidad que puede tener un intermediario honesto. Sus palabras de preocupación por la ‘crisis humanitaria' en el Líbano suenan huecas.
Pero su gobierno no quiere ser un intermediario honesto en Oriente Medio. Bush y Rice han fijado su política en Oriente Medio en una sola e incontrovertible idea -el terrorismo es malo- y eso los ha conducido a la noción errónea de que Israel puede alcanzar una seguridad a largo plazo creando una especie de zona de separación de tierra quemada en el sur de Líbano.
Es difícil imaginar un curso de acción más desolador. Incluso Rice (que es experta en Rusia, no en Oriente Medio) y Bush (que sabe que Rusia y China son grandes) debe recordar que una ocupación militar declarada del sur de Líbano no funcionó, lo que debería hacerles preguntarse si acaso algunas semanas de bombardeo serán suficientes. Incluso los israelíes, que se fanfarroneaban al principio de que querían destruir Hezbolah, ahora hablan solamente de debilitar severamente al enemigo y dejan la puerta abierta para algún tipo de fuerza internacional en la frontera.
Quizás esa será la solución. Quizás Israel obtenga su zona de separación y los cohetes de Hezbolah dejen de caer sobre Haifa, de momento. Pero en última instancia, Israel será menos seguro, y todo el resto de nosotros viviremos con menos seguridad.
Bush, Rice y los demás se niegan a creer que su cruzada contra el terrorismo no podrá nunca ser ganada solamente por medio de acciones militares, porque una victoria en la guerra de armas también puede ser una derrota en la guerra de ideas. Líbano estaba en camino -imperfecta, pero claramente- de convertirse en el tipo de sociedad que pintamos como modelo para el mundo árabe, una democracia secular con una economía moderna. Ahora miles de millones de dólares en infraestructura son ruinas y la industria más floreciente del país, el turismo, ha sido efectivamente destruida. Pasará mucho tiempo antes de que Beirut vuelva a ser la primera opción para unas vacaciones de sol y diversión.
Hezbolah empezó esto con cohetes, pero la desenfrenada respuesta israelí amenaza con convertir en héroe al líder de Hezbolah, Hasan Nasrallah. La nueva prominencia de Hezbolah refuerza la influencia iraní en la región, lo que crea problemas para los gobiernos pro-occidentales de Egipto, Arabia Saudí y Jordania. Entretanto, Iraq, se debate en medio de una brutal guerra civil, y las tropas americanas se estancan en una ocupación de largo plazo. ¿Esto es ganar la guerra contra el terrorismo?
La próxima vez que oigas a alguien elogiar la llaneza de la visión del mundo de George W. Bush, recuerda que lo que no sabes puede en realidad ser perjudicial.

iseugenerobinson@washpost.com

25 de julio de 2006
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batwoman y las lesbianas


[Meghan Daum] Detrás de homosexualidad de Batwoman. Hoy, las mujeres son clasificadas como chicas femeninas o lesbianas.

Vigilad a vuestras hijas. El miércoles se revelará que Batwoman es lesbiana. No, no es tan impresionante como si, digamos, Frutillita [Strawberry Shortcake] apareciera en la cubierta de Out. La mayoría de la gente, incluida yo, no sabemos realmente quién es Batwoman. Pero la prensa ha estado escribiendo sobre esto durante meses, y sería un acto de negligencia si no me subiera al carro.
Batwoman aparecerá en la serie de DC Comics titulada ‘52', que fue lanzada en mayo. Entre los personajes se encuentra Kathy Kane, una prominente pelirroja pechugona con vínculos sentimentales con una ex poli. El miércoles, cuando aparezca el tan anticipado número de ‘52', nos enteraremos de que Kane es en realidad Batwoman.
No sé si la nueva Batwoman es a prueba de balas, elástica o con poderes voladores, pero si la cuidada apariencia de Kane es un indicio, no creo que use artefactos eléctricos y ni siquiera que toque la guitarra acústica. Así que a menos que haya un abrupto cambio de personaje, parece que DC quiere apartarse de los estereotipos que he invocado en los párrafos precedentes.
El otro día visité mi librería de cómics local para preguntar sobre el significado cultural de la salida de Batwoman. Eso os dará una idea de lo mucho que me interesa esta columna. Si hay algo más amenazador que el tipo de tienda de discos de segunda mano que sólo vende álbumes de Radiohead, es una librería de historietas. Eso lo podéis multiplicar por veinte si entráis con una blusa paleta y chancletas, y usáis palabras como ‘significante', y tratáis de parecer que estáis bien informada mencionando que Batwoman no ha aparecido desde 1979, cuando fue matada por un tigre de bronce.
Basta con decir que fui criada por un oficinista, que me dijo que: a) los superhéroes mueren rara vez, y son frecuentemente transportados a otros reinos (o algo parecido), y b) que hay montones de personajes de historietas y que la fijación en Batwoman es simplemente otro ejemplo de la explotación que hacen los medios de tópicos sobre los que nada saben. Luego procedimos a charlar sobre la ‘Comisionado Barbara Gordon' y me tomó varios minutos darme cuenta de que él estaba hablando sobre un personaje de historieta y sobre una política actual.
Así que, sí, soy una zopenca cuando se trata de cómics. Pero no cuando se trata del 51 por ciento de la población conocido como las mujeres, muchas de las cuales parecen estar sufriendo una crisis de identidad sexual incluso sin saberlo. Quizás todos esos vestidos de muñeca, literatura feminista y las gemelas Olsen se han infiltrado en nuestra conciencia hasta el punto de caer en el olvido. Cualquiera sea la razón, parece que sólo hay dos modos de ser mujer en estos días: O eres una portadora de barriga, mascachicles, chica femenina a la caza de una alianza de compromiso o eres probablemente lesbiana.
Antes pensábamos sobre esta dicotomía en términos de "separar a las mujeres de las niñas". Quizás recordáis cómo se hacía. Las adolescentes y las que empezaban la veintena llevaban collares con placas con el nombre y esperaban que sonara el teléfono, y las mujeres adultas poseían pisos y sabían cómo desatascar el retrete sin perder su atractivo sexual.
Pero en una cultura que es tan alérgica a las sutilezas como obsesionada con la juventud, versiones aceptables de femineidad parecen estar derritiéndose junto con la capa de hielo polar. O es la botulina, la operación de tetas, la depilación de la línea del bikini y los vestidos de muñeca, o das el paso radical para verte y actuar como una mujer madura y formada.
Antes estas criaturas adultas y formadas eran llamada ‘mujeres de verdad'. Ahora las llaman lesbianas. Esto es especialmente así en casos en los que las mujeres en cuestión no son conocidas como lesbianas. ¿Qué tienen de común Hillary Rodham Clinton, Condoleezza Rice, Christiana Amanpour, Oprah Winfrey y Martha Stewart? No es lo que han logrado, ni que sean independientes, talentosas, ambiciosas o ricas, ¡es que son lesbianas en secreto! Preguntad a cualquiera que lea bitácoras en internet.
A mí me permiten decir esto porque yo también soy homosexual, en secreto. Al menos, intento serlo. ¿Qué otras opciones tengo? Aparentemente la etiqueta de lesbiana es ahora la etiqueta de cualquier mujer que afirma sus propios gustos y opiniones y no necesariamente se casa mañana. Okay, esto puede crear confusión para alguna gente que carece de opiniones y de gustos propios, y se desesperan por sentar cabeza, pero que en realidad son lesbianas. Pero, de acuerdo a los ánimos actuales, una mujer heterosexual que funciona bien como mujer simplemente no existe en la naturaleza.
¿Es una sorpresa, entonces, que nos fascine (al menos a nosotros en los medios, que obtenemos altos puntajes en lesbianismo clandestino) tanto la nueva encarnación de Gabutela? DC Comics podría estar vendiendo la idea de la diversidad, pero sospecho que lo que realmente estamos viendo es un antídoto contra la desenfrenada femineidad de nuestra era, presentado del modo más seguro -e irónico- posible.
Si hay algo que provoque más susto que una lesbiana convencida, son las mujeres convencidas. Ahora tenemos una superhéroe a la que podemos recurrir.

15 de julio de 2006
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luchadores y gorrones


[Sebastian Mallaby] Nadie quiere una democracia como la iraquí. Pero hay que mojarse en la lucha contra el extremismo musulmán.
Antes de que puedan cambiar las cosas en Oriente Medio, necesitamos el equivalente diplomático de una terapia de electrochoque. Necesitamos una terapia para sacudir a los europeos y a los chinos. Necesitamos que se diga a los rusos que pueden olvidarse de que podrán incorporarse la Organización Mundial del Comercio. Y vamos a necesitar algo dramático para recompensar a India, cuya respuesta ante el terrorismo la semana pasada fue ejemplar.
La comparación entre India e Israel es impresionante. Los terroristas de Hezbollah, que operan desde el Líbano, lanzaron una lluvia de proyectiles contra el norte de Israel y realizaron una serie de ataques que provocaron ocho muertes y dos secuestros. Israel responde, justificadamente, bombardeando el cuartel general del líder de Hezbollah, pero también envía una lluvia de fuego sobre el aeropuerto, las carreteras y edificios de apartamentos de Beirut, destruyendo los puntales de un nuevo y esperanzado Líbano.
Casi todo el mundo entiende que los estados fracasados pueden convertirse en estados terroristas. Con su amarga experiencia en los territorios palestinos y el Líbano de antaño, los israelíes deberían entenderlo mejor que nadie. Pero sus líderes parecen determinados a recrear un estado fracasado al norte de su país. Se quejan de que el gobierno libanés ha fracasado a la hora de refrenar a los terroristas de Hezbollah y por eso destruyen la infraestructura que proveía a ese mismo gobierno libanés de su única posibilidad de funcionar.
Revisemos ahora el caso indio. Atentados con bomba coordinados en los trenes de cercanías de Bombay mataron a 182 personas y dejaron heridas a cientos más. El mismo día, un ataque con granadas contra una terminal de buses en Cachemira dejó al menos a seis turistas heridos. Los indios anunciaron que una nueva encarnación de un grupo independentista de Cachemira, llamado Lashkar-e-Taiba, es el principal sospechoso de los atentados de Bombay. Del mismo modo que Hezbollah forma parte de la coalición gobernante del Líbano, el grupo opera abiertamente en Pakistán y se dice que es respaldado por los servicios de inteligencia del país.
¿Cuál fue la respuesta de India? Nada de represalias ni de bombardeos. Ninguna amenaza de cortar las comunicaciones diplomáticas con Pakistán y ninguna concentración de tropas en la frontera indio-paquistaní. En lugar de eso, los indios dicen a Pakistán que deberán posponer una programada reunión de ministros de relaciones exteriores. Y buscan apoyo en el gobierno de Bush y de Naciones Unidas para que Pakistán tome medidas contra los terroristas.
Ciertamente deben recibir ese apoyo. El enfoque rudo de Israel es una pésima apuesta: un juego en el que los bombardeos que destruirían las estructuras de los terroristas, incluso aunque es más probable que, en la práctica, destruyan las estructuras civiles, terminará radicalizando al mundo árabe y restando apoyo a los moderados que buscan la paz con la modernidad. Pero para ser justos con Israel, su ofensiva militar también refleja la ausencia de una opción diplomática viable. Ya hay una resolución de Naciones Unidas pidiendo el desarme de Hezbollah, pero las grandes potencias no muestran interés en implementar la orden de desarme.
Así que el reto en Oriente Medio y más allá, es mostrar que la diplomacia puede funcionar. Tras los atentados de Bombay, Pakistán es un buen lugar donde empezar: China, un aliado tradicional de Pakistán, debería unirse a Estados Unidos para presionar a Pakistán para que clausure la red yihadista. Hasta ahora, por supuesto, China ha considerado las tensiones entre India y Pakistán como una ventaja estratégica. Pero tiene que poner al día su visión del mundo. El comercio y las inversiones entre China e India están creciendo, y China depende de la importación de petróleo. La guerra en India, o envalentonando a los yihadistas paquistaníes con vínculos con Oriente Medio, no es algo que le convenga.
Pero Pakistán es sólo un inicio. En todo reto importante a la seguridad, desde los misiles de Corea del Norte al enriquecimiento de uranio en Irán, la diplomacia ha sido socavada por los chinos, los rusos y a veces por la lentitud occidental. Estas potencias son felices criticando la unilateralidad y la beligerancia. Pero cuando hay una posibilidad de hacer que la diplomacia funcione, recurren al liderazgo estadounidense y se ocultan detrás de cortinas.
Hay un vínculo directo entre esta irresponsabilidad gorronera y el bombardeo israelí del Líbano. Los chinos y los rusos se aseguran de hacer cojear cualquier iniciativa diplomática, y luego pretenden sorprenderse cuando Israel opta por el enfoque militar.
Los occidentales lamentan el hecho de que el gobierno de Bush, con sus energías debilitadas por la guerra de Iraq, no haya mostrado más apetito por la diplomacia itinerante que logró el cese el fuego entre Israel y Hezbollah en 1996. Pero si Francia y otros no hubiesen minado las sanciones contra Iraq a fines de los años noventa, los motivos de una alternativa militar habrían sido más débiles, y no habría estallado la guerra.
Incluso hoy muchos de estos gorrones ven el caos en Iraq como un problema de Estados Unidos. Podríamos pensar que el caos en un importante exportador de petróleo, con el potencial de sembrar el extremismo en todo Oriente Medio, alarmaría a los gobiernos responsables. Pero los gorrones creen que es una broma. Presionado por el fin de semana por la democracia en Rusia, Vladimir Putin bromeó diciendo que él no quería una democracia como la iraquí.
Se va a necesitar algo más drástico para cambiar esta actitud. Pero hasta que cambie, la diplomacia será débil; habrá más guerras y más radicalización de los extremistas. No estoy seguro de qué hará cambiar esa actitud. Pero se va a necesitar más que petróleo para convencer a los chinos y a los europeos reluctantes de que el extremismo islámico les perjudica. Y quizás va a ser necesario bloquear el ingreso de Rusia en la Organización Mundial del Comercio, por el que Putin presionó agresivamente la semana pasada. ¿Por qué han los rusos de cosechar los beneficios del comercio internacional si no contribuyen a la seguridad que lo sostiene?

smallaby@washpost.com

17 de julio de 2006
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tiranía soberana de putin


[Masha Lipman] Democracia rusa en entredicho. Se parece demasiado a la tiranía comunista del pasado.
Moscú, Rusia. En las semanas previas a la cumbre del Grupo de los Ocho en San Petersburgo, ocurrieron dos cosas al mismo tiempo: Hubo un intenso intento en relaciones públicas de mejorar la imagen de Rusia y, junto con esto, una intensificación de las medidas contra la democracia y las libertades individuales. La realidad, no obscurecida por las relaciones públicas, es que el gobierno ruso ha recurrido recientemente a prácticas policiales que evocan poderosamente aquellas usadas en la Unión Soviética hace tres décadas.
En el lado de las relaciones públicas, uno de los ayudantes más influyentes del Kremlin, Vladislav Surkov, se reunió con periodistas occidentales para explicar que la ‘democracia soberana" de Rusia no es demasiado diferente de las prácticas democráticas de los países occidentales. La ‘democracia soberana' es una acuñación del Kremlin que transmite dos significados: primero, que el régimen ruso es democrático y, en segundo lugar, que su afirmación ha de ser aceptada, punto. Todo intento de verificación será considerado como hostil y como intervención en los asuntos internos de Rusia.
Cerca de una semana después de la reunión de Surkov con los medios, el presidente Vladimir Putin asistió al ‘G-8 Civil', un congreso internacional sobre derechos humanos y organizaciones no-gubernamentales. Durante dos horas escuchó atentamente las preocupaciones de los participantes y les dijo que se alegraba de estar entre gente afín y contento de hablar sobre los derechos humanos en Rusia. Luego pasó tres horas más cenando con un grupo de participantes en el congreso que representan a organizaciones públicas internacionales.
Pero su actuación no fue enteramente convincente. Al día siguiente de la reunión con el presidente, representantes de muchas organizaciones rusas y extranjeras de derechos humanos emitieron una declaración en que la expresaba su "profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en Rusia" y mencionaban una "crisis sistemática en el campo de los derechos humanos y las instituciones democráticas". "El ocultamiento de estos problemas", dice la declaración, "fomentará una mayor degradación de la situación de los derechos humanos y la erosión de la democracia en Rusia".
Esas preocupaciones son completamente justificadas por los persistentes intentos del gobierno de atascar los canales de participación pública en la vida política y de bloquear toda apertura para la emergencia de una fuerza autónoma en la escena política rusa. En el curso de la presidencia de Putin, elementos fundamentales de las democracias, como la separación de poderes, una justicia independiente, el estado de derecho y la libertad de prensa han sido seriamente dañados. Desde hace un año y medio el Kremlin ha iniciado una reforma electoral todavía en curso destinada a consolidar el predominio del partido pro-Kremlin, Rusia Unida. Las iniciativas legales más recientes amplían la autoridad administrativa y jurídica para excluir a candidatos de listas electorales y prohibir o excluir a partidos de las elecciones. De acuerdo a un diputado comunista en la Duma, la legislación rusa proporciona 60 nuevos pretextos más para eliminar a los indeseados por las autoridades.
En una de las innovaciones recientes más notorias, se ha reintroducido la práctica de votar temprano después de haber sido retirada de las leyes rusas hace apenas unos años. La práctica, en la que las urnas son llevadas a los votantes antes de la elección de modo que puedan votar fuera de los colegios electorales normales, donde no hay observadores públicos, proporciona una manera fácil de manipular los resultados de las elecciones. Durante las elecciones presidenciales bielorrusas en marzo, el ‘voto temprano' comprendió al menos un 20 por ciento de los votos emitidos, y el presidente Alexander Lukashenko las ganó con más del 80 por ciento de los votos.
Un nuevo y alarmante desarrollo es el uso de prácticas de estados policiales. Como lo que hicieron cuando el presidente Richard Nixon visitó Moscú en 1974, las autoridades rusas están deteniendo y prohibiendo a activistas públicos, sin tener bases legales para hacerlo. Hace tres décadas las autoridades comunistas impidieron a disidentes y otros opositores que se contactaran con miembros de la delegación de Nixon. Este mes, en los días previos a la cumbre del G-8, más de cien personas fueron amenazadas, acosadas o golpeadas por la policía en varias ciudades rusas. En algunos casos se les requisó el pasaporte sin motivos legales. Algunos eran jóvenes radicales que se encaminaban a San Petersburgo para manifestarse contra la cumbre; otros se dirigían a Moscú para asistir a la conferencia ‘La otra Rusia', una reunión de opositores políticos al Kremlin y organizaciones no-gubernamentales de derechos humanos realizada el martes y miércoles.
A ‘La otra Rusia' asistieron algunos prominentes diplomáticos extranjeros y funcionarios del gobierno estadounidense que habían sido advertidos por las autoridades rusas que no participaran en el evento: Un alto personero del Kremlin dijo que la participación a esa conferencia sería considerada como un "gesto de hostilidad".
Funcionarios extranjeros ignoraron la advertencia del Kremlin y asistieron a la conferencia, en la que cuatro jóvenes activistas fueron arrestados arbitrariamente y un periodista alemán fue golpeado cuando trató de fotografiar las detenciones. Así que es probable que el intento de relaciones públicas de Putin sea inútil entre los dignatarios extranjeros que asistieron a ‘La otra Rusia' -del mismo modo que fue inútil para cualquier que haya estado prestando atención a desarrollos recientes en Rusia antes que a la retórica oficial previa a la cumbre. Cada vez más el trabajo de mejorar la imagen de Rusia parece ser un gesto ritual antes que un objetivo serio del gobierno.
Los abundantes recursos energéticos del país le han permitido practicar la ‘democracia soberana' y actuar con poca o nada de consideración por las opiniones de los extranjeros. Pero Rusia ni su rica elite quiere estar aislada. Putin quiere que se reconozca una posición dirigente de Rusia en la escena mundial y que se respetes sus intereses económicos y geopolíticos. Pero exige ser reconocido como es, y sin los costes de mitigar sus políticas cada vez más autoritarias.

Masha Lipman es editor de la revista Pro et Contra, del Carnegie Moscow Center.

15 de julio de 2006
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la invasión del líbano


[Michael Young] La incursión israelí en el Líbano no terminarásin el desarme de Hezbollah.

Beirut, Líbano. La incursión de Israel en el Líbano tras el secuestro el miércoles de dos soldados israelíes por el grupo militante Hezbollah es mucho más que otro brote de violencia en una frontera tensa. También debe ser visto como un subproducto de un contraataque general contra el poderío estadounidense e israelí en la región de parte de Iraq y Siria, que operan mediante actores como Hezbollah y la organización palestina Hamas.
Sin embargo, si Estados Unidos y sus colegas en el Consejo de Seguridad son listos, deberían ser capaces de usar esta crisis para afianzar sus metas de seguridad en Oriente Medio, y ayudar al Líbano a salir de su estancamiento político.
Esto no es lo mismo que decir que el ciclo de ataques y venganzas entre Hezbollah e Israel es meramente una guerra por poderes. Los dos lados han sostenido un largo conflicto en el sur del Líbano -aunque desde la retirada de Israel en 2000, se ha limitado fundamentalmente al territorio disputado conocido como las Granjas de Shebaa y moderada por reglas no escritas. Esta semana, sin embargo, Hezbollah transgredió tres líneas políticas.
La primera fue su expansión de las operaciones militares fuera del área de Shebaa. Aunque Hezbollah lo ha hecho antes -incluso llegando a matar a tropas israelíes-, la última operación era ciertamente intolerable para el gobierno israelí que ya tenía entre sus manos el secuestro de otro soldado, el cabo Gilad Shalit, por Hamas, en Gaza.
La segunda línea que cruzó Hezbollah era su evidente coordinación estratégica con Hamas; esto fue más allá de su objetivo declarado de simplemente defender al Líbano y dejó que Israel se sintiera como lubrando una guerra en dos frentes.
La tercera línea que cruzó fue doméstica. Al incorporar unilateralmente al Líbano en el conflicto con Israel, Hezbolla trató de montar un golpe de estado contra la mayoría parlamentaria y el gobierno anti-sirio, que se oponen a la imprudencia del grupo militante.
Hezbollah controla 28 escaños en el parlamento de 128 diputados, pero tiene una difícil relación con la mayoría, que ha estado a la defensiva mientras Siria trataba de reafirmar su control sobre el Líbano después de la retirada de sus militares el año pasado. Hezbollah esperaba humillar a los políticos anti-sirios obligándolos a respaldar los secuestros y mostrando la falta de control del gobierno sobre el partido.
Israel quiere que el Líbano pague un alto precio por su ambigüedad con respecto a Hezbollah: ha impuesto un bloqueo aéreo y marítimo y ha lanzado ataques aéreos contra el Líbano, incluyendo varios contra el aeropuerto de Beirut. Sin embargo, Israel no ha mencionado deliberadamente los aspectos regionales de la crisis. Personeros israelíes han dejado a Siria fuera de sus condenas, en discordante contraste con las declaraciones del gobierno de Bush que han, correctamente, destacado la responsabilidad de Irán y Siria en la conducta de Hezbollah.
Por supuesto, Irán ha patrocinado a Hezbollah durante largo tiempo, y el gobierno israelí declaró ayer que temía que los dos soldados secuestrados fueran llevados a Teherán. Pero Siria es el nexo de la inestabilidad regional, ya que ofrece refugio a varios de los militantes palestinos más intransigentes, suministrando armas a Hezbollah y socavando la frágil soberanía del Líbano.
Israel puede brutalizar al Líbano todo lo que quiera, pero a menos que se haga algo para impedir que el régimen del presidente sirio Bashar al-Assad continúe exportando inestabilidad para apuntalar su despótico régimen, poco cambiará.
Una vez que los israelíes terminen su ofensiva, Hezbollah se reagrupará y continuará secuestrando al Líbano mediante su milicia, que es demostrativamente la fuerza más efectiva del país. Los líderes de Hamas en Damasco continuarán desbaratando toda negociación entre israelíes y palestinos. Y Siria continuará socavando la independencia libanesa, revirtiendo los avances del año pasado, cuando cientos de miles de libaneses marcharon contra la hegemonía siria.
Para Israel, y Estados Unidos, sería mucho más inteligente sacar provecho de la metida de pata de Hezbollah. El ánimo popular aquí es de extremo enfado con que el grupo haya provocado un conflicto que el Líbano no puede ganar. La temporada turística del verano, una valiosa fuente de ingresos para un país en las cuerdas, económicamente, ha sido arruinada. Incluso los partidarios claves de Hezbollah, los musulmanes chiíes del sur, no pueden alegrarse de ver sus ciudades y pueblos convertidos nuevamente en campos de la muerte.
¿Qué hacer? Aunque Naciones Unidas ha sido inefectiva en sus intentos de imponer la paz en Oriente Medio, puede ser el órgano adecuado para intervenir aquí, aunque sea solamente porque tiene la maza de la Resolución 1559 del Consejo de Seguridad, que fue aprobada en 2004 y que, entre otras cosas, exige el desarme de Hezbollah.
Los cinco miembros permanente del Consejo de Seguridad, quizás en la reunión este fin de semana del Grupo de los 8, deberían considerar una iniciativa más importante basada en la resolución, que incluyera: una propuesta para el retiro gradual de las armas de Hezbollah; garantías escritas de que Israel respetará la soberanía libanesa y retirará sus fuerzas de territorio libanés en disputa y las Granjas de Shebaa; y la liberación de prisioneros de las dos partes. Un acuerdo de este tipo contaría con el apoyo de los políticos anti-sirios del Líbano, limitaría substancialmente la capacidad de Hezbollah de conservar sus armas, y enviaría, además, una señal a Siria y especialmente a Irán de que la región no está a disposición.
Una cosa importante: Ningún gobierno libanés podría legítimamente proponer un plan semejante si Israel tuviera la intención, como dijo su jefe del estado mayor esta semana, "hacer retroceder en 20 años el reloj libanés". Israel debe cesar sus ataques y dejar que actúe la diplomacia.

Michael Young es el editor de la sección de opiniones del diario The Daily Star del Líbano y un colaborador de la revista Reason.

14 de julio de 2006
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