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opinión

los verdaderos apaciguadores


[Peter W. Galbraith] Trataron de apaciguar a Saddam Hussein, enviándole señales erróneas que condujeron a su invasión de Kuwait.
En su más reciente justificación de su dirección del Pentágono, el ministro de Defensa Donald Rumsfeld se remontó a los años treinta, comparando a los críticos del gobierno de Bush con los que, como el embajador estadounidense en Gran Bretaña, Joseph P. Kennedy, eran partidarios de apaciguar a Adolfo Hitler. Rumsfeld evitó una comparación más reciente: el apaciguamiento de Saddam Hussein por los gobiernos, de Reagan primero, y del primer Bush. Las razones de su selectividad son obvias, ya que muchos de los apaciguadores de Hussein en los años ochenta fueron los principales actores de la guerra contra Iraq de 2003, incluyendo a Rumsfeld mismo.
En 1983, el presidente Reagen inició una apertura estratégica con respecto a Iraq, entonces en el tercer año de una guerra de desgaste con el vecino Irán. Aunque Iraq había empezado la guerra con un ataque rápido y sorpresivo en 1980, hacia 1982 la marea estaba a favor de Irán y el gobierno de Reagan tenía miedo de que Iraq en realidad pudiera perder. Reagan nombró a Rumsfeld como su emisario ante Hussein, al que visitó en diciembre de 1983 y marzo de 1984. Lamentablemente, Iraq había empezado a usar armas químicas contra Irán en noviembre de 1983, el primer uso sostenido de gas venenoso desde un tratado de 1925 que prohibía justamente eso.
Rumsfeld no mencionó nunca ante Hussein las descaradas violaciones al derecho internacional, concentrándose en cambio en la compartida hostilidad hacia Irán y en el oleoducto que cruzaría Jordania. Rumsfeld, aparentemente, se lo mencionó a Tariq Azis, el ministro de relaciones exteriores de Iraq, pero no al no plantear el problema al jefe supremo, dio a entender que para Estados Unidos era más importante mantener buenas relaciones que el uso de gas venenoso.
Este mensaje fue reforzado por la conducta de Estados Unidos después de las misiones de Rumsfeld. El gobierno de Reagan ofreció a Hussein créditos financieros que eventualmente convirtieron a Iraq en el tercer mayor receptor de ayuda norteamericana. Normalizó las relaciones diplomáticas y, lo que es todavía más significativo, empezó a proveer a Iraq de inteligencia sobre el campo de batalla. Iraq uso esta información para atacar a las tropas iraníes con armas químicas. Y cuando Iraq utilizó las armas químicas contra los kurdos en 1988, matando a cinco mil personas en el poblado de Halabja, el gobierno de Reagan trató de oscurecer la responsabilidad sugiriendo falsamente que Irán también era responsable.
El 25 de agosto de 1988 -cinco días después del término de la Guerra Iraq-Irán-, Iraq atacó 48 pueblos kurdos a más de 160 kilómetros de Irán. En días, el Senado norteamericano aprobó un proyecto de ley, patrocinado por Claiborne Pell, demócrata de Rhode Island, que ponía fin al apoyo económico a Hussein e imponía sanciones comerciales. Para aumentar las posibilidades de que Reagan firmara su proyecto de ley, Pell me envió al este de Turquía a entrevistarme con sobrevivientes kurdos que habían huido cruzando la frontera. Como resultó luego, el gobierno de Reagan reconoció que Iraq había gaseado a los kurdos, pero se oponía fuertemente a las sanciones, o incluso a reducir la ayuda económica. Colin Powell, entonces asesor de seguridad nacional, coordinó la oposición al gobierno de Reagan.
El proyecto de ley de Pell murió al final de la temporada parlamentaria de 1988, a pesar de los heroicos esfuerzos del senador Edward M. Kennedy, de Massachusetts, de imponerlo tratando de retrasar varias nominaciones del gobierno.
Al año siguiente, el gobierno del presidente George H.W. Bush en realidad duplicó los créditos financieros estadounidenses para Iraq. Una semana antes de que Hussein invadiera Kuwait, el gobierno se opuso vociferantemente a una ley que habría condicionado la ayuda norteamericana a Iraq a su compromiso a no usar armas químicas y a parar el genocidio contra los kurdos. En esa época, Dick Cheney, ahora vice-presidente, era ministro de Defensa y miembro reglamentario del Consejo de Seguridad Nacional que estudiaba la política exterior con respecto a Iraq. Según se cuenta, apoyaba la política de apaciguamiento del gobierno.
En 2003, Cheney, Powell y Rumsfeld mencionaron todos el uso de armas químicas de parte de Hussein 15 años antes como uno de los motivos de la guerra. Pero en la época en que Hussein estaba utilizando gas venenoso -incluso contra su propio pueblo-, consideraron que su uso de armas químicas era un tema secundario.
Los gobiernos de Reagan y del primer Bush creían que Hussein podía ser un socio estratégico de Estados Unidos, un contrapeso de Irán, una fuerza moderadora en la región y que posiblemente ayudaría al proceso de paz árabe-israelí. Eso era, por supuesto, una ilusión. Un dictador despiadado que lanzó un ataque contra su vecino Irán, que utilizó armas químicas, que cometió actos de genocidio contra sus propios kurdos no sería nunca un aliado fiable de los estadounidenses. Hussein, tras observar a Estados Unidos pasar por alto sus crímenes en la guerra contra Irán y en casa, concluyó que podía invadir Kuwait sin preocuparse de las consecuencias.
Fue un error que le salió caro a él mismo, a su país y finalmente a Estados Unidos, que tiene ahora la mayor parte de sus militares atascados en el atolladero que es Iraq. Entretanto, los arquitectos de la anterior política de apaciguamiento mantienen ahora la ilusión de que podrían salir victoriosos, sólo si sus críticos se quedaran callados.

Peter W. Galbraith, ex embajador de Estados Unidos ante Croacia, es el autor`The End of Iraq: How American Incompetence Created a War Without End'.

31 de agosto de 2006
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entretanto en bagdad


La situación en Iraq no cambiará por inercia.
Como lo sabe cualquier que tenga un televisor, el Líbano viene de pasar un mes espantoso, con más de mil muertos, la mayoría de ellos civiles inocentes. Pero Iraq tuvo un mes todavía peor. Desde junio, mueren más de tres mil iraquíes al mes, y la esa tasa sigue subiendo. Mientras el Líbano trata ahora de recoger los pedazos rotos, Iraq se está desintegrando a pasos acelerados.
Mientras los estadounidenses meditan sobre qué dirección seguir en Iraq, una cosa debería estar clara. Seguir el mismo curso hasta que el presidente Bush termine su mandato de aquí a 29 meses, no es una opción. Tampoco está claro en qué consiste el curso que se mantiene. La mayor parte de lo que Washington dice que está haciendo, no soporta el test de realidad más elemental.
Justo esta semana, Bush definió los propósitos de Estados Unidos como dar respaldo a un gobierno de unidad nacional inclusivo. Pero cada día que pasa se hace cada vez más claro que ese gobierno de unidad nacional no existe, que nunca existió y que las varias ramas de la dirección política iraquí ni siquiera están tratando de formar uno.
El gobierno electo de Iraq es dominado por dos partidos chiíes fundamentalistas respaldados por Irán. En las calles de Bagdad y en el sur chií son respaldados por dos milicias armadas similares a Hezbolá. En el parlamento, su poder es reforzado por dos partidos separatistas kurdos, también con sus propias milicias, a los que se ha dejado que gobiernen el nordeste de kurdo de Iraq como si fuese un estado independiente dentro del estado.
Washington no se queja con demasiado ruido de estas milicias, porque sin ellas el gobierno iraquí sería todavía más débil de lo que es hoy. Pero mientras se les permita que sigan implementado su homicida versión de justicia patrullera de las patrullas de barrio, es ridículo afirmar que los iraquíes viven en democracia o en un estado de derecho.
Algunos partidos sunníes también participan en el gobierno, pero sin ningún poder de decisión real. Esta semana, el orador sunní del parlamento consideró su renuncia para protestar por su aislamiento.
Fuera de las zonas chiíes y kurdas, la autoridad del gobierno iraquí apenas se advierte. Allá, los rebeldes sunníes pelean y matan a soldados estadounidenses. Esa resistencia no murió cuando se capturó a Saddam Hussei, como esperaba Bush que ocurriera. Tampoco murió con las elecciones, cuando se ratificó la constitución, cuando se formó el gobierno ni cuando mataron al cabecilla local de Al Qaeda, Abu Musab al-Zarqawi. La resistencia continúa, y nadie sabe cuándo ni cómo terminará.
El otro elemento clave en la política de Bush es su promesa de que cuando las fuerzas iraquíes estén preparadas, las fuerzas estadounidenses se retirarán. Incluso en las raras ocasiones en que las fuerzas iraquíes han resistido, se han mostrado a menudo ineficaces y nada de fiar. En junio, el primer ministro Nuri Kamal al-Maliki anunció una campaña iraquí y con tropas americanas para controlar Bagdad. Pero Bagdad se convirtió todavía en menos segura y se debió llamar a más tropas americanas para hacer el trabajo que se supone que no tendrían justamente que estar haciendo. En julio murieron más iraquíes que en cualquier otro mes de la guerra.
Y el caos en Bagdad no ha disminuido en absoluto. Las patrullas locales, de hecho, es el único trabajo que pueden hacer los iraquíes exitosamente. Pero casi tres años y medio después del derrocamiento de Saddam Hussein, todavía no hay en Iraq una fuerza capaz de ocuparse del país. Y, mientras el actual gobierno iraquí dependa de milicias religiosas armadas que son responsables de la violencia en Bagdad, es difícil ver que pueda llegar a tener una fuerza semejante.
Las cosas en Iraq no empezarán a marchar bien por inercia. La respuesta no es la ciega perseverancia en mantener un curso que, a todas luces, ha fracasado.

16 de agosto de 2006
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la bomba líquida


La medida provisoria puede ser el método más eficaz y barato de impedir atentados con bombas líquidas: no admitir equipaje de mano.
Lo más escalofriante sobre el desbaratado intento de usar explosivos líquidos para hacer estallar aviones en ruta sobre el Atlántico es que tanto el gobierno como la industria aeronáutica han estado conscientes durante años de la amenaza de la bomba líquida y no han hecho prácticamente nada sobre ello. Lo que salvó a todo el mundo, aparentemente, fue el excelente trabajo de inteligencia realizado por los británicos, que capturaron a los terroristas antes de que pudieran llevar a cabo sus planes. Es improbable que alguno de los escáneres y otras máquinas de vigilancia desplegadas en los aeropuertos hubiesen detectado los materiales potencialmente destructivos antes de que abordaran los aviones.
Aparentemente, la trama exigía que los terroristas llevaran los explosivos disimulados como bebidas, y que los detonadores fueran hechos de artefactos eléctricos corrientes, como celulares y reproductores de música. Una teoría es que planeaban utilizar agentes químicos que son inocuos separadamente, pero pueden ser combinados a bordo para producir una mezcla explosiva.
Desafortunadamente, el sistema de seguridad de la aviación está prácticamente indefenso frente a un ataque semejante. Las máquinas de rayos equis y los detectores de metales en los aeropuertos no pueden identificar explosivos líquidos. Los funcionarios han estado preocupándose intermitentemente sobre este punto flaco, pero han hecho poco para desarrollar y utilizar tecnologías que bloqueen esa amenaza. El gobierno se ha mostrado lerdo a la hora de comprar las llamadas máquinas pez globo que arrojan aire sobre los pasajeros para detectar restos de materias explosivas, y ha reducido severamente el presupuesto de investigación de nuevos métodos de detección. Algunas prometedoras tecnologías están siendo desarrolladas, pero ninguna parece estar en condiciones de ser implementadas rápidamente.
Es preocupante que, después de los miles de millones de dólares gastados en reforzar la seguridad aeronáutica, sigamos viendo esas enormes lagunas. Sin embargo, no importa qué tecnologías se desarrollen, siempre habrá una posibilidad de que terroristas futuros encuentren un modo de evadir ser detectados.
Eso nos hace preguntarnos si las autoridades aeronáuticas no ha inadvertidamente dado en la clave, en su reacción provisional para hacer frente a la última amenaza. La Autoridad de Seguridad en los Transportes prohibió prácticamente todos los líquidos y geles del equipaje de mano. Eso incluye bebidas, champúes, pasta dentífrica y otros artículos corrientes -de todo desde alimento de bebés hasta medicina, y estos deben también ser revisados.
Algunos pasajeros se han quejado sobre los inconvenientes, y muchos más pueden todavía quejarse si no se les permite llevar a bordo su iPods, celulares o portátiles. Pero obligar a los pasajeros a entregar la mayoría de sus artículos y subir con muy poco en las manos puede ser el método más seguro y barato en ruta hacia una mayor seguridad.

12 de agosto de 2006
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incompetencia americana


[David Ignatius] Estados Unidos cometió un error al precipitarse en Iraq. También cometería un error si saliera a toda prisa.
El año pasado pregunté a un agente secreto israelí jubilado qué pensaba sobre la campaña americana
de crear un nuevo Iraq. "Olvídalo", me dijo, con un además de desdén. "Iraq no es
un país de verdad. Se va a disolver en sus partes".
Y ese diagnóstico se parece bastante al de Peter W. Galbraith en su nuevo libro elegíaco, ‘The End of Iraq'. Mientras el gobierno de Bush advierte sobre los peligros de renunciar a un Iraq unificado, Galbraith argumenta que lo peor ya pasó: Estados Unidos ha fracasado en su plan de crear un gobierno post-Saddam Hussein estable; una sangrienta guerra civil ya está causando estragos; y mientras más tiempo trate Estados Unidos se mantener la ficción de que los campos de la muerte iraquíes constituyen una nación viable, más gente morirá. Mejor un Iraq quebrantado en sus partes constituyentes -un Kurdistán independiente en el norte, una región chií dominada por Irán al sur, una región sunní al noroeste.
"Para el caos de Iraq no existe una buena solución", escribe Galbraith. "El país se ha dividido y atraviesa por agonía de la guerra civil. Estados Unidos no puede reconstituir el país ni puede detener la guerra civil. Si reduce sus ambiciones, puede ayudar a estabilizar partes del país y contener la guerra civil. Pero tiene que hacerlo rápidamente".
Un argumento similar de dejar que Iraq se divida a lo largo de sus fallas naturales ha sido avanzado por el senador Joseph R. Biden Jr., el exponente más importante de la política exterior del Partido Demócrata, y por Leslie Gelb, ex presidente del Consejo de Relaciones Exteriores. Y, a medida que la situación en el terreno en Iraq continúa deteriorándose, se ha convertido en una cuestión urgente para el gobierno de Bush. Según la interpretación de Galbraith, ‘mantener el curso' en Iraq no solamente desperdiciará vidas y dinero americanos; también impedirá que los iraquíes alcancen su propia forma de estabilidad una vez que colapse la campaña americana, como ocurrirá inevitablemente. "Examinando la desastrosa historia de ochenta años de Iraq", escribe, "debería ser evidente que ha sido el intento de mantener a Iraq unido lo que ha sido el principal factor desestabilizador. La búsqueda de una unidad forzada ha provocado interminables violencias, represiones, dictaduras y genocidio".
Si la división fuera un proceso fácil de separarse a lo largo de líneas nítidamente perforadas, sería difícil oponerse a la propuesta de Galbraith-Biden-Gelb. Pero la realidad es que el viejo Iraq era una sociedad genuinamente heterogénea, donde sunníes y chiíes eran vecinos, se casaban entre ellos, e incluso eran miembros de las mismas tribus. El régimen de Saddam Hussein reposaba en la idea del ‘panarabismo', de una identidad compartida que transcendía las divisiones religiosas y étnicas -por la fuerza, si fuera necesario. Sin embargo, esta ideología fue extraordinariamente exitosa. Ahora es normal que analistas como Galbraith -que ha acumulado una lúgubre erudición sobre las sangrientas guerras étnicas como el primer embajador estadounidense en Croacia- digan que esta identidad árabe iraquí se formó a punta de pistola, pero eso olvida el anhelo de una sociedad moderna y laica que ha animado a una clase media educada en el viejo Iraq. El único grupo que ha permanecido siempre fuera de este consenso nacional, en mi opinión, han sido los kurdos.
La repartición de facto de Iraq ya ha empezado, y, según lo que vemos, puede ser un proceso brutal -especialmente en los alrededores de Bagdad, el epicentro de la violencia religiosa. Los vecindarios sunníes han sido limpiados de chiíes, y viceversa; los escuadrones de la muerte recorren las calles y levantan puestos de control para secuestrar, torturar y matar a los de la ‘otra' secta. Mirando la derruida capital iraquí, cuya situación de seguridad fue calificada por el mismo presidente Bush como ‘terrible' a fines de julio, es difícil imaginar que las cosas puedan ser peores. Pero ciertamente se pondrán peores en el momento en que quede en caro que Estados Unidos ha renunciado a un Iraq unificado. Eso desencadenaría una violenta separación de poblaciones y una matanza generalizada hasta que las milicias sunníes, chiíes y kurdas fijaran lo que consideren límites defendibles. En esta separación inicial, decenas de miles de personas podrían encontrar la muerte. (El subcontinente indio todavía tiembla con el trauma de la división entre India y Pakistán hace casi sesenta años). Una vez establecidos los cantones étnicos, la matanza disminuiría, pero sin detenerse definitivamente. En el Líbano, la fase de separación fue seguida por dieciséis años de guerra civil, que incluyó francotiradores y duelos de artillería a lo largo de la ‘línea verde' que separaba a los cantones.
Si las cosas estuvieran tan mal como dice Galbraith, es posible que el desdichado y andrajoso Líbano sea el mejor modelo para Iraq. Durante los años de su desastrosa guerra civil de 1975 a 1990, el Líbano mantuvo un presidente, un primer ministro, un parlamento y un ejército nacional. Esas instituciones de gobierno no hacían demasiado; el poder real había vuelto a estar en manos de las milicias y de las potencias regionales -Israel y Siria- que habían ocupado el Líbano. Pero la idea de una nación libanesa sobrevivió, como ha quedado en evidencia en el modo en que su población se ha unido en torno a su agujereada bandera en las últimas semanas.
Un Iraq dividido también corre el riesgo de ser trinchado por potencias regionales, con un Irán cubriendo con sus alas a los chiíes, Turquía marcando brutales líneas rojas para los kurdos por temor a que estos arranquen un pedazo de su propio territorio, y los sirios y jordanos compartiendo las ingrata tarea de tratar de mantener el orden entre los sunníes. No es una perspectiva atractiva.
A pesar de su preocupante receta, el libro de Galbraith es importante porque, como cualquier otro estadounidense, ha vivido la tragedia de Iraq de cerca y personalmente. Desde el principio ha prestado atención a los infortunios de los kurdos, convirtiéndose en una especie de asesor y emisario del presidente kurdo (y ahora presidente iraquí), Jalal Talabani. Esta ardiente identificación con la causa kurda ha simplificado las opciones de Galbraith al analizar el acertijo iraquí: Es claramente bueno que los kurdos logren cumplir su sueño histórico de una patria independiente, pero si esta separación es también buena para los otros iraquíes -y para los intereses de Estados Unidos y sus aliados- es una pregunta mucho más difícil.
La fascinación de Galbraith con Iraq empezó en 1984, cuando viajó a Bagdad como miembro del staff del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Tuvo el coraje de preguntar al entonces vice-primer ministro Tariq Aziz si acaso Iraq estaba usando gas venenoso en su guerra contra Irán y ha estado haciendo buenas y difíciles preguntas desde entonces. La pasión de Galbraith por los kurdos data de 1987, cuando viajó a Sulaymaniyah y tropezó con lo que se dio cuenta más tarde que era una campaña genocida iraquí, llamada Anfal en secreto, que tenía por objetivo destruir la vida política y cultural kurda. Volvió una y otra vez, acercándose a Talabani, el líder exiliado iraquí Ahmed Chalabi y otros personajes clave de la historia.
Galbraith esboza algunas de las razones del fracaso estadounidense en Iraq, tales como la planificación inadecuada de la posguerra en Iraq, la falta de conocimiento de los participantes y sus intereses, y persistentes riñas sobre estrategia en Washington. Pero esas evaluaciones familiares no son la contribución real de este breve libro, mitad memoria, mitad tratado de política exterior. Otros libros, publicados y en camino, realizan mejor esa enorme tarea de análisis. El valor del libro de Galbraith es que está enraizado en su experiencia personal -por qué rechazaba al régimen de Saddam Hussein, por qué se convirtió en defensor de la causa kurda, cómo vio a Estados Unidos convertir una guerra de liberación en una ocupación torpe.
Me hubiese gustado ver algo más de autocrítica -un análisis del hecho de que los kurdos, a pesar de su trágica historia, han sido parte del problema de Iraq tras la liberación, insistiendo en su propio programa de mayor autonomía. Y encuentro demasiado fácil la transición de Galbraith de entusiasta partidario del derrocamiento de la vieja tiranía baazista, a crítico de la ocupación de posguerra. A veces parece que los que se equivocaron son todos, menos Galbraith. Pero estas críticas no alteran mi admiración por el libro y su autor.
¿Así que cuál es la pregunta fundamental que plantea? ¿Está la campaña de Iraq condenada al fracaso? ¿Estamos desperdiciando vidas estadounidenses e iraquíes en la búsqueda de una visión de un nuevo Iraq unitario que no tiene conexión alguna con la realidad? ¿Deberíamos concluir, como Galbraith, de que Iraq mismo ya no existe? Todos somos formados por nuestras experiencias y contactos personales al sopesar preguntas como estas. Cuando expuse el tema a algunos de los iraquíes que conozco desde hace 26 años cuando visité el país por primera vez, me advierten que, por malas que estén ahora las cosas, podrían estar peor si Estados Unidos se retirara repentinamente. Al final, aceptar la disolución de Iraq puede equivaler a aceptar la realidad. Pero es sobre todo una indicación de lo malo que se han puesto las cosas en el país. Cometimos el error de precipitarnos en Iraq sin pensar cuidadosamente en las consecuencias de nuestras acciones. No debemos retirarnos a toda prisa: cometeríamos el mismo error.

Libro reseñado:
The End of Iraq. How American Incompetence Created a War Without End
Peter W. Galbraith
Simon & Schuster
260 pp.
$26

5 de agosto de 2006
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©traducción mQh
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oportunidad perdida


[Charles Krauthammer] Estados Unidos debe instar a Israel a terminar el trabajo de eliminar a Hezbolá.
La guerra de Israel contra Hezbolá es para proteger su frontera norte, destruir a la milicia terrorista empecinada en la destrucción de Israel y restaurar el poder de disuasión de Israel en la era de los misiles. Pero hay más en juego. Los líderes de Israel parecen no entender lo terrible que sería para su relación con Estados Unidos un fracaso militar en el Líbano, la línea de vida más importante de Israel.
En Estados Unidos ha habido durante décadas un debate sobre el valor estratégico de Israel. En momentos críticos en el pasado, Israel ha demostrado su valor. En 1970, las acciones militares israelíes contra Siria salvaron al Rey Hussein y a la monarquía hachemita moderada pro-estadounidense de Jordania. En 1982, aviones de guerra israelíes hechos en Estados Unidos atacaron a la fuerza aérea siria, derribando 86 MiGs en una semana, sin una sola baja, revelando un impresionante atraso tecnológico soviético que significó un importante golpe al prestigio soviético en el exterior y a la autoconfianza de sus elites en casa (incluyendo al miembro del Politburó, Mikhail Gorbachev).
Pero eso fue hace décadas. La cuestión es, como siempre: ¿Qué has hecho por mí últimamente? Hay en Estados Unidos un virulento debate sobre si, en el mundo post-11 de septiembre de 2001, Israel es un activo neto o un riesgo. Los injustificados ataques de Hezbolá el 12 de julio proporcionaron a Israel con la extraordinaria oportunidad de demostrar su valor haciendo una importante contribución a la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo.
La luz verde que dio Estados Unidos a Israel para defenderse a sí mismo es visto como un favor a Israel. Pero ese es un análisis tendencioso y parcialmente engañoso. La luz verde -en realidad, el apoyo- es también un acto de obvio interés propio. Estados Unidos quiere, necesita, que Hezbolá sea derrotado definitivamente.
A diferencias de otros muchos grupos terroristas en Oriente Medio, Hezbolá es un serio enemigo de Estados Unidos. En 1983 masacró a 241 militares estadounidenses. Excepto al-Qaeda, ha matado a más estadounidenses que cualquiera otra organización terrorista.
Más importante, hoy es el puntero de un Irán agresivo y en plan de armarse nuclearmente. Hezbolá es una completa filial iraní, sin ninguna duda. Su misión es difundir la influencia de la revolución islámica en el Líbano y en Palestina, desestabilizar la paz árabe-israelí y reforzar la influencia de los musulmanes chiíes, dirigidos y controlados por Irán, en todo el Levante.
Estados Unidos se encuentra en guerra con el islam radical, un monstruo con dos iglesias: el al-Qaeda sunní que ahora está siendo desafiado por el Irán chií por la primacía en su épica confrontación con el Occidente pagano. Con el decline de al-Qaeda, Irán se ha puesto en marcha. Está interviniendo a través de delegados en todo el mundo árabe -Hezbolá en el Líbano, Hamas en Palestina, el Ejército Mahdi de Moqtada al-Sáder en Iraq- para subvertir a los gobiernos árabes modernizantes y pro-occidentales y colocar esos territorios bajo la hegemonía iraní. Sus ambiciones nucleares protegerían esos avances y le otorgarían una abrumadora preponderancia sobre los árabes y un poder de disuasión absoluto contra acciones hostiles serias de Estados Unidos, Israel o cualquier otro rival.
Los árabes moderados pro-occidentales lo entienden claramente. Es la razón por la que Egipto, Arabia Saudí y Jordania denunciaron inmediatamente a Hezbolá y, en privado, instaron a Estados Unidos a que dejara que Israel destruya esa organización. Saben que Hezbolá está haciendo la guerra de Irán, no solamente contra Israel, sino también contra ellos y, en general, contra Estados Unidos y Occidente.
De ahí la rara oportunidad que tiene Israel de demostrar lo que puede hacer por su protector americano. La derrota de Hezbolá sería una enorme pérdida para Irán, psicológica y estratégicamente. Irán perdería su punto de apoyo en el Líbano. Perdería sus principales medios para desestabilizar e introducirse en el corazón de Oriente Medio. Quedaría en evidencia que se ha extralimitado terriblemente en su intento de establecerse como superpotencia regional.
Estados Unidos ha arriesgado mucho para permitir que Israel gane y para que ocurra lo que está ocurriendo. Ha contado con la capacidad de Israel para hacer el trabajo. Se ha decepcionado. El primer ministro Ehud Olmert se ha caracterizado por una dirección inestable e incierta. Descansando tonta y exclusivamente en el poder aéreo, ha negado a sus generales la ofensiva terrestre que querían, sólo para contradecirse a sí mismo más tarde. Ha permitido que las reuniones del gabinete de guerra sean prácticamente enteramente públicos mediante el tipo de filtraciones que no toleraría ningún jefe en tiempos de guerra. Divisivos debates del gabinete son transmitidos a todo el mundo, como fue la propia queja de Olmert de que "estoy muy cansado. No he dormido en toda la noche" (Haaretzm 28 de julio). Son difícilmente materias para inspirar la confianza de un Churchill.
Su sed de victoria con un plan barato ha puesto en peligro no solamente la operación en el Líbano, sino también la confianza de Estados Unidos en Israel. Esa confianza -y la relación que reafirma- es tan importante para la supervivencia de Israel como para de su propio ejército. El trémulo Olmert parece no tener la menor idea.

letters@charleskrauthammer.com

4 de agosto de 2006
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los khmer rouge no deben escapar


[Alex Hinton] Los jefes de una de las dictaduras comunistas más atroces podrían morir antes de ser llevados a justicia.
Ta Mok, el infame ex jefe militar y miembro del comité central de los Khmer Rouge, apodado ‘El Carnicero', murió hace dos semanas. Su muerte, como la de Pol Pot en 1998, priva a los camboyanos de otra oportunidad de exigirle cuentas a un artífice clave del genocidio camboyano por las campañas de asesinatos masivos desencadenadas entre 1975 y 1979.
La muerte de Ta Mok estuvo envuelta en ironías. La más inmediata fue la incongruente vista del elaborado funeral budista con que se le honró, incluyendo a 72 monjes cantores y una sepultura en un monumento de cemento en el terreno de un templo. Fue un fin extraño para un hombre que ayudó a implementar el plan de los Khmer Rouge de prohibir el budismo y la política de deshacerse ignominiosamente de sus víctimas, arrojándolas en fosas comunes.
La oportunidad fue también una ironía. Apenas unas semanas antes, se había tomado juramento a los juristas de las Salas Extraordinarias de los Tribunales de Camboya, iniciando el juicio patrocinado por Naciones Unidas de los antiguos líderes de los Khmer Rouge que ha tomado 27 años de preparación. Se esperaba que Ta Mok, arrestado en 1999, y que desde entonces esperaba su enjuiciamiento, fuera el primero y más importante de los acusados.
Después de casi tres décadas de retraso, la muerte de Ta Mok subraya la urgencia de seguir adelante con el tribunal a la mayor rapidez posible. Otros probables candidatos a juicio, incluyendo al Hermano Número Dos, Nuon Chea (79), ex jefe del presidio de estado Khieu Samphan (77), e Ieng Sary (76), el ex vice-primer ministro de asuntos exteriores, podrían morir, como Ta Mok y Pol Pot, como hombres libres, sin ser llevados a justicia.
El trabajo sucio de Ta Mok mancha el paisaje de su país. Viajé en enero a partes del sudoeste de Camboya, la zona que gobernó con puño de hierro durante el genocidio -como lo demuestran decenas de antiguos campos de prisioneros y al menos seis mil fosas comunes. En muchos lugares, los huesos de los muertos yacen en enormes pilas, en santuarios, y sirven como prueba de los asesinatos masivos y como recordatorios del pasado. Entrevisté a ex gendarmes de prisiones que me contaron, con la vista baja, que ellos no habían hecho nada y que, además, sólo obedecían órdenes. Y hablé con antiguos prisioneros que continúan sintiendo pavor por esos hombres y que aún viven atormentados por el pasado.
Durante mi viaje, tres cosas sobre el tribunal se hicieron claras.
Primero, debe prestarse más extensión a la difusión. Aunque mucha gente sabe algo sobre las Salas Extraordinarias, fue desconcertante encontrar a otros que ni siquiera sabían que se iniciaría un juicio, ni que había un tribunal internacional ni quiénes sería juzgados. Si la idea es que las Salas Extraordinarias logren su objetivo, estas deben significar algo para la gente.
Lamentablemente, la difusión es a menudo uno de los ítemes de ‘dinero blando' que los donantes tratan de recortar de los presupuestos. La comunidad internacional debe impedir que esto ocurra en Camboya.
Segundo, Estados Unidos debe intervenir. Después de dictar una charla ante el Club de Periodistas Camboyanos, varios periodistas camboyanos me preguntaron por qué Estados Unidos no apoyaba al tribunal. No pude dar una buena explicación, diciendo que la falta de interés de Estados Unidos se debía a maniobras políticas y preocupaciones sobre la independencia de los juristas camboyanos, que están trabajando con juristas y abogados internacionales en este tribunal ‘mixto'. Aunque este último requiere vigilancia, la intervención de Estados Unidos aumentaría las posibilidades de éxito del tribunal. Además, tenemos la responsabilidad de ayudar, dado el desastroso legado de nuestro país en Camboya. Un primer paso de Estados Unidos podría ser cubrir parcial o totalmente el déficit de 9.6 millones de dólares en el financiamiento de las Salas Extraordinarias.
Tercero, es urgente mejorar los programas de salud mental de Camboya. Uno de los riesgos que corre el tribunal es que reabra o exacerbe las heridas psicológicas, una posibilidad que es todavía más alarmante en Camboya debido a que el país tiene fuera de las áreas urbanas una infraestructura de salud mental mínima -debido en parte a la muerte de casi todos los psiquiatras camboyanos durante el período del Khmer Rouge. Investigaciones recientes y en mis propias conversaciones con gente en el campo, sugieren que muchos camboyanos siguen sufriendo de achaques físicos, regresiones y pesadillas. La comunidad internacional debe actuar inmediatamente para evitar una potencial crisis de la salud mental en Camboya durante la realización del tribunal.
Hasta la fecha ningún funcionario de alto rango de los Khmer Rouge ha sido enjuiciado ni ha rendido cuentas por la muerte de casi dos millones de camboyanos -casi un cuarto de la población. Como Ta Mok, esos líderes no han mostrado estar arrepentidos y acusan de todo a Pol Pot.
Si un puñado de antiguos partidarios de Ta Mok le brindaron un funeral budista, muchos camboyanos más se mostraron comprensiblemente indignados de que hubiera burlado a la justicia. Los camboyanos con los que hablé, quieren saber qué pasó y por qué. Quieren que los antiguos líderes del Khmer Rouge sean juzgados. La comunidad internacional debe intervenir para garantizar que esto ocurra de manera expedita y significativa, antes de que sea demasiado tarde.

Alex Hinton es profesor de antropología en la Universidad Rutgers en Newark y autor de ‘Why Did They Kill? Cambodia in the Shadow of Genocide'.

 

4 de agosto de 2006
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guerra santa


[Jessica Stern] La guerra contra el terrorismo es una guerra contra una idea de justicia y venganza.
Las imágenes que nos llegan de Qana, Líbano -donde decenas de mujeres y niños murieron aplastados durante el bombardeo israelí del fin de semana- son desgarradoras. Expuestos a esas imágenes, muchos de nosotros tenemos problemas a la hora de retomar el tranco de nuestras vidas de todos los días. Miramos a nuestros propios hijos con una nueva sensación de sobrecogimiento y nos damos cuenta de lo afortunados que son -ellos y nosotros.
Sin embargo, nos acosan nuevos temores. Este verano estamos aprendiendo, una vez más, una lección que los humanos parecemos condenados a olvidar eternamente: La violencia, una vez desencadenada, crea sus propias y malignas justificaciones. Aquellos que atacan a otros, incluso en defensa propia, deben prepararse para los daños colaterales que se provocan inevitablemente. Ese daño se puede medir, no solamente en vidas de niños, sino también en almas desfiguradas, a todos los lados del conflicto. Pero hoy, debemos calcular una nueva forma de daño colateral, que es el modo en que los cínicos terroristas explotan los errores militares. Y aunque sepamos algún día qué pasó realmente en Qana o en Haditha o en Abu Ghraib, no tenemos dudas de que los terroristas sabrán utilizar esos incidentes.
Los terroristas a menudo empiezan como ‘verdaderos creyentes' que son seducidos y a veces acosados por una mala idea. Las imágenes que nos llegan de Qana son un regalo para los terroristas que tratan de difundir la falsa idea de que el Occidente está tratando deliberadamente de destruir el mundo islámico, tratando deliberadamente de dañar y humillar a los musulmanes.
El único modo de entender cómo opera este fenómeno es acercarse a jóvenes musulmanes y hablar con ellos. Lo he hecho varias veces en varias partes del mundo en ciudades occidentales, en barriadas palestinas y en escuelas religiosas paquistaníes. Y me he enterado de esto: la yihad se ha convertido en una tendencia global, en una moda como el rap gangsta. Es una moda que se nutre de fotografías de niños muertos.
La mayoría de los jóvenes que se sienten atraídos por la idea de la yihad no se convertirán nunca en terroristas, pero un puñado de ellos que escuchan la música gangsta cometerían el mismo tipo de espeluznante crímenes que las letras de esas canciones parecen fomentar. Pero entre muchos jóvenes musulmanes, especialmente en Europa, la yihad es una manera chévere de expresar descontento con la elite en el poder, sea esa elite real o imaginaria o sea ese poder detentado por monarcas totalitarios o parlamentarios liberales. Y no deberíamos asumir que la yihad es un problema de Oriente Medio o europeo. La idea también se está difundiendo en Estados Unidos.
La yihad se ha convertido en un movimiento milenarista que apela a las masas y es similar, de muchos modos, a movimientos globales anteriores, como los anarquistas del siglo diecinueve e incluso el movimiento por la paz de los años sesenta y setenta. Pero la juventud radical de hoy está expresando su descontento con el status quo haciendo la guerra, no el amor. La seduce Thanatos antes de Eros. Jóvenes yihadistas recién casados pasan sus noches de boda mirando la macabra pornografía de hoy: las decapitaciones de extranjeros que fueron hechos rehenes en Iraq. Los niños se filman a sí mismos representando estas decapitaciones, seducidos por el familiar drama que hace que los buenos maten a los malos para salvar al mundo.
Hay algo que seduce cuando se asume la identidad de víctima: Si soy víctima de las malas acciones de alguien, tengo un pretexto para no estar a la altura de las expectativas, propias o ajenas. La indignación justificada seduce. Es atractivo vengar los males que los fuertes infligen a los débiles. La excusa será más seductora si las cuestiones morales tienen respuestas fáciles, si el bien y el mal se pueden distinguir fácilmente, si victimarios y víctimas destacan en fuertes relieves, si nunca intercambian sus papeles, como ocurre a menudo en el mundo real.
Y a veces el Occidente hace el juego de los ideólogos terroristas cuyo éxito depende no solamente de lo seductor de las historias que tejen, sino también de la habilidad para ilustrarla con hechos, o al menos con imágenes que parecen ser hechos. Iraq, desgraciadamente, está produciendo muchas de las imágenes que necesitan los terroristas. Qana es una bendición agregada.
Para ganar esta guerra, tenemos que entender que estamos peleando contra una idea, no contra un estado. Quizá se necesiten acciones militares apenas visibles y cuidadosamente planificadas e implementadas para ganar las guerras de hoy. Pero, a largo plazo, las herramientas que necesitamos para ganar la guerra no son ni bombas ni cámaras de tortura. Son ideas e historias que contrarresten la narrativa terrorista, y rescaten a potenciales reclutas de la seducción de la guerra santa.

Jessica Stern es docente sobre terrorismo en la Universidad de Harvard y autora de ‘Terror in the Name of God: Why Religious Militants Kill'.

1 de agosto de 2006
©boston globe
©traducción mQh
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tregua en el líbano


Israel debería transformar la tregua de dos días en un cese el fuego permanente.
La suspensión de 48 horas de los bombardeos aéreos que Washington insistió en que Israel declarara, fue un modesto paso en la dirección correcta, incluso si, como quedó en claro ayer, tuvo demasiadas excepciones. Es terrible que incluso esta restricción parcial y temporal se produjera sólo después de que decenas de civiles libaneses, muchos de ellos niños, murieran en el bombardeo israelí de la ciudad de Qana.
Se necesitó la indignación mundial por las bajas de Qana para remecer al gobierno de Bush para que este exigiera lo que debería haber exigido muchos días antes. El repentino cambio de Washington y la repentina respuesta israelí ha dejado la desastrosa impresión de que si Estados Unidos hubiese expresado sus preocupaciones antes, estas y muchas otras vidas inocentes se habrían salvado.
Pero aunque los últimos desarrollos demuestran que los líderes israelíes pueden ser convencidos de que refinen su estrategia para tomar en cuenta a la opinión pública internacional y demuestre consideraciones humanitarias, se necesita urgentemente que haga más ajustes. Con la pausa de dos días en los bombardeos por expirar a primera hora del miércoles, Israel está extendiendo planes para un decidida ofensiva terrestre, que Washington no se ha molestado en desalentar.
Antes de que eso ocurra, la pausa temporal de los ataques israelíes debe ser ampliada hacia una tregua total y extendida indefinidamente mientras el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas trabaja en la creación de una fuerza armada internacional para custodiar las fronteras del Líbano.
Esa prometedora solución de largo plazo, que disfruta de un amplio apoyo internacional, tomará tiempo. De momento, ningún país ha ofrecido tropas, ni se ha resignado Hezbolah a la idea de que tendrá que desarmarse, o al menos retirar sus fuerzas y armamentos de la vecindad de la frontera israelí. Y una vez que los aeropuertos y puertos marítimos del Líbano empiecen a operar nuevamente y se despeje la carretera a Damasco, tendrá que encontrarse alguna manera de asegurarse de que Siria e Irán no vuelven a rearmar a Hezbolah con proyectiles de largo alcance capaces de impactar en Israel.
Pero todas las soluciones alternativas presentan problemas aun mayores. Los renovados bombardeos israelíes y las intensificadas operaciones terrestres no ofrecerán ninguna solución permanente a menos que Israel esté preparado para emprender otra larga ocupación para impedir el suministro y reagrupamiento de Hezbolah. Los jefes militares israelíes más optimistas conceden que tomará al menos 10 a 14 días más localizar y destruir los proyectiles y puestos de comando de Hezbolah. Las crecientes bajas civiles que acompañarán una ofensiva israelí de esa extensión multiplicará los beneficios propagandísticos que Hezbolah, Siria e Irán ya han cosechado y multiplicarán el daño que sufren Israel y Estados Unidos.
Mientras el Consejo de Seguridad se prepara para actuar, Washington debe llamar a Israel a aceptar una extensión de la tregua para darle una oportunidad a la diplomacia.

1 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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