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sangre y corrupción en la frontera 3


[Cristian Alarcón] La historia de vida y de muerte de la mujer que enfrento a los narcos. "Muerta no los voy a dejar descansar".
Pocitos, Argentina. Liliana Ledesma sabía que la iban a matar. La habían amenazado, le habían dicho por lo menos cinco veces que pagaría con su vida meterse con los narcos de la frontera relacionados con la política salteña, pero eligió continuar con sus denuncias. Liliana creía que nada podría detenerla: aunque era la viuda de un traficante que fue socio del ex diputado del PJ Ernesto Aparicio, su pelea era por las tierras de su familia. Su mejor amiga, Olga Salas, se lo dijo un mes antes de que la mataran sobre la pasarela de madera que pende a cincuenta metros del suelo, en la quebrada de Guandacarenda, entre dos barrios pobres.
-Negra, dejate de joder. Estos tipos son muy pesados. Te pueden matar. ¿No tenés miedo de lo que estás haciendo?
–¡Qué me importa! –le contestó con una sonrisa a medias, desestimando al enemigo–. ¡Qué van a hacer ésos! Aunque me maten, muerta no los voy a dejar descansar.
Era pleno agosto. Estaban cenando en la casa de su amiga. Varias veces habían hablado del tema. Sus hermanos también le advertían. Sus compañeros de la Asociación de Productores de Madrejones se lo había dicho. ¿Qué era lo que hacía que esta mujer tan resuelta e intensa se plantara frente a los hombres más poderosos de su región, los patrones del cruce de droga por la orilla norte de la Argentina? Las batallas que daba hacía un año, la carpeta llena de documentos que cargaba, las denuncias judiciales, las declaraciones radiales acusando a Aparicio de narco, sus viajes a Salta, los días trastrocados por esa súbita militancia impensada, todo fue por las tierras. Y por un hombre de canas, un lenguaraz de chistes cortos, silencioso pero certero, su padre. Investigar su muerte es narrar el desarrollo dramático de un conflicto territorial. Detenerse en esos últimos meses, en los últimos días, en la tensión de los bordes de una provincia jaqueada por la mafia.
Nadie sabe si Liliana Ledesma les cobra con pesadillas sus dolores a los hombres que la amenazaban, ahora presos o buscados por su muerte. Pero sí es claro que la sentencia dicha en vida resuena de manera inevitable ahora que su homicidio, que ocurrió el 21 de septiembre bajo la primera oscuridad de la noche, ha derivado en un escándalo institucional incomparable que golpea las puertas del gobernador Juan Carlos Romero y amenaza con la cárcel a su ladero, el renunciado en medio de las acusaciones ex diputado Aparicio.
Podemos retomar el relato de Página/12 del último lunes y regresar a esos días, contados ahora por su compañero de ruta, el joven productor Sergio Rojas. "Ella sabía mucho. Eso es lo que quería decir cuando hablaba. Que si no le abrían los portones en definitiva ella tenía mucha información que podía ser perjudicial para los poderosos. Pero no llegó a dar detalles. El canto de ella era ‘yo sé porque mi marido trabajó en la droga con él'."
Es cierto. Hasta allí llegó su canto. Su denuncia afilada. No era necesario mucho más. Su puja llevaba un año. Los portones seguían cerrados. Sus vacas, los 200 animales de las fincas Ipaguazú (de su padre, Eugenio Ledesma) y Nupial (de su hermana Jesús) estaban acorraladas. Para sacarlas a carnear había que caminar de noche con un arma al alcance de la mano hasta el límite con Bolivia, a dos kilómetros por el monte. De allí había que pagar un flete hasta Yacuiba. Estos productores ganaderos vivían cercados, empujados hacia fuera de su propio país porque Aparicio y los hermanos Castedo les habían cerrado el paso por el camino de siempre, el de tierra que construyó YPF hace cuatro décadas para llegar a los pozos de petróleo que aún se mecen entre los árboles. En la zona cada tanto hay uno y los campesinos todavía fantasean con el oro negro que corre bajo el suelo.

Tamberitas
Desde que los Castedo aparecieron en El Pajeal, la finca de Aparicio, lo vociferaron entre la peonada: el viejo Pilar Rojas debía irse de allí. Aunque hacía más de veinte años que ocupaba la zona conocida en los mapas como Caricates y rebautizada Finca El Naival, Rojas, un formoseño de genio corto y chúcaro como un tapir, sería expulsado. Pero no pasó un año hasta que la Justicia le reconoció a don Rojas sus derechos "veinteañales". A comienzo del 2005 los Castedo limpiaron el camino vecinal con sus propias máquinas: la Justicia investiga la compra de ocho topadoras Caterpillar valuadas en cuatro millones de dólares. Con una de ellas fueron abriendo el camino desde Pocitos hasta El Pajeal, a veinte kilómetros. Nunca continuaron tras cruzar El Pajeal, hacia Ipaguazú, Caricates, donde tiene su puesto Rojas, y Nupial, donde está Jesús Ledesma. Pero por esos servicios comenzaron a cobrarles a los productores. Primero pidieron dos mil pesos. Pero pronto les pareció poco y entonces pidieron animales. "En julio empezaron los reclamos. Nosotros el 10 de agosto les dimos una yunta de tamberas", dice Jesús, por las vacas que entregó.
Raúl ‘Ula' Castedo fue a buscarlas a Ipaguazú con dos de sus peones, Verón y Sánchez, ex empleados de Rojas. Pasaron pocos días hasta que pidieron más: cuatro tamberas. Dos yuntas. Luego comenzó a pedirle que le vendiera vacas. Como Ledesma se negaba Ula le advertía: "Si vos no me querés dar de buenas, de a malas me vas a dar porque yo tengo los tigres". Los tigres le dicen en la frontera a la soldadesca civil contratada para arrear vacas o para disparar. El ocho de octubre, dice Jesús, él recorría la finca de a caballo cuando vio la huella clara de lo que la ley llama ‘abigeato'. "Estaba la huella donde han pillao al animal, donde lo han volteao, donde lo han arrastrao para pasarlo por debajo del alambrado", cuenta.
Ofuscado, Jesús se fue hasta El Pajeal a quejarse con Castedo. Lo encontró al más chico. Ula, rodeado de sus peones armados, le tomó el pelo. "Es de Rojas, no es tuyo", le dijo. "Dejame verlo", le pidió él. Ula Castedo le dijo que no. Jesús se hartó de su sonrisa socarrona y lo amenazó con la denuncia. Fue entonces cuando, jura, Ula le contestó echado para atrás: "Hacé lo que quieras, denunciame a la policía, a la Gendarmería. Nosotros hablamos con Aparicio para que hable con Aramayo y problema terminado". Aramayo es el juez Nelson Aramayo, a quien la familia de Liliana Ledesma acusa de complicidad con el poder y el narcotráfico a pesar de que ordenó la detención de los Castedo.
Fue cuando don Eugenio Ledesma y su hijo se decidieron a visitar a Delfín Castedo, que les aseguró que había sido un error, que no perseguían sino a Pilar Rojas, que era "el boludo" de su hermano el que se había equivocado. En el mismo momento les pidió un aporte superior para ayudar en el mantenimiento del camino: dos yuntas. Cuatro vacas más. Dejaron pasar varios días para volver, pero Ula apareció en el puesto de Ledesma con siete tigres armados. Dijo que su hermano había cambiado de parecer y que entonces ya debía mandar ocho. Don Ledesma no se dejó apretar. Y se negó a darles nada. Ellos se retiraron con amenazas de volver y arrasar con todo. "Voy a comprar Ipaguazú. Estoy acostumbrado a hacer arrodillar a cualquiera." Poco después, cuenta Rodolfo Ledesma, el hermano menor de Liliana, ella se encontró con Castedo y lo cruzó:
–Por qué no hablás con mi papá, qué andás amenazando.
–Negrita, decile a tu papá que me dé quince tamberitas. Tamberitas quiero yo.
–Claro, esperate sentado que ya te vamos a dar.
–Yo voy a ir con las topadoras, voy a comprar toda la zona y me voy con las topadoras. Le voy a pasar la casa por encima –amenazó Castedo.
–Decime cuándo vas a ir, que yo te voy a estar esperando –lo gastó Liliana.
En mayo le tocó el turno a su hermano Pichi, el más chico. Iba en el auto con su mujer y su hijita cuando desde un Wolkswagen Polo gris, Ula Castedo, que había sido su amigo, les apuntó con un arma. Pichi lo buscó por el centro de Pocitos hasta que dio con él. Se trenzaron. Pichi le pedía que lo siguiera en el auto, que lo batía a duelo con las manos. "Tenés miedo, cobarde", le decía para desafiarlo. "Qué te voy a tener miedo. Te voy a hacer mierda."
Para Liliana, esa amenaza fue el límite. Le pidió a su hermano que hiciera la denuncia. Que no lo dejara así. Y avanzó en su estrategia de defender la tierra. Pasó al ataque. Se aventuró con Sergio Rojas a viajar a Salta capital para quejarse.

Sin Tregua
El 1º de agosto fue la primera vez que viajaron juntos Sergio y Liliana, en el coche que él, cuando funciona, hace trabajar de taxi. Fue un viaje caluroso. Salta queda a unas seis horas de Pocitos y en el camino se pasa por zonas más calientes que la propia frontera. Sergio parece, quizá por los borcegos sin cordones, el jean suelto, la remera de pibe, más chico que sus 33 años. Tiene una carnicería en la calle céntrica, y anda, como andaba Liliana, persiguiendo el mango cotidiano. Su vida no había tenido mayores sobresaltos hasta el 27 de julio, justo unos días antes. Fue a la audiencia pública donde se presentaría el proyecto de desmonte de 600 hectáreas de la zona fronteriza para la supuesta siembra de soja, la vedette de la nueva agroeconomía de exportación. Allí estaban los Castedo, y sentado en primera fila el entonces diputado del PJ Ernesto ‘Mamila' Aparicio. Sabía a qué se dedicaban los presentes. Supo entonces que si no peleaba, su padre, don Pilar Rojas, corría cada vez más riesgo de perderlo todo. "Ni Liliana ni yo estábamos peleando por algo nuestro. Lo hicimos siempre por nuestros padres. Yo sé que como es el mío si a él le quitan la finca, él en otro lado se muere."
Fue recién el 10 de agosto cuando el panorama de los Castedo y sobre todo de Aparicio comenzó a cambiar por boca de Liliana Ledesma. Ya había conocido a los periodistas opositores en Salta. Había hablado por primera vez en la radio FM Noticias con Marta César, la hermana de la diputada justicialista y amiga del presidente Néstor Kirchner desde la Universidad Nacional de La Plata. Y había sido entrevistada para el Nuevo Diario por la periodista Elena Corbalán. "No sólo era una mujer firme. Parecía no tener miedo. A pesar de que ella sabía que algo podría pasarle porque lo dijo. Pero lo dijo de tal manera que no fuimos conscientes", contó Elena. Liliana había aparecido en el diario como líder de los productores de Madrejones. Le resultó extraño, pero no le desagradó esa súbita fama local. "¿Me viste cómo estoy? Mirame cómo estoy en el diario", le decía a su amiga Olga Salas. Olga la miró en la foto y se largó a reír, porque Liliana había salido con la boca abierta. Ella, odiada, le decía: "No seas desgraciada".
Como el dos de agosto Liliana había conseguido un certificado oficial de la Municipalidad de Profesor Salvador Mazza firmado por el director de Inmuebles, César Maita, diciendo que el camino cerrado era un camino vecinal, Liliana apuró todo para obligarlos a abrir el paso. Unos días antes de que los dos sicarios la acuchillaran, Liliana encabezó una comitiva hasta el portón que Aparicio había decidido cerrar en El Pajeal impidiéndoles el acceso a las fincas de los productores. Iban ella, sus abogadas, Claudia y Julia Pereyra, Jesús, su hermano mayor y algunos productores. Como no los dejaron pasar, volvieron a buscar a la Gendarmería. El alférez que llamó a los Castedo para hablar personalmente con ellos se quedó con las ganas. Ula pasaba cerca de la tranquera, miraba y no se aproximaba a hablar. Uno de los peones a los que hace una semana le allanaron la casa, conocido como El Rengo, los filmaba a uno por uno. Se detuvo varias veces en la cara de Liliana. Entonces ella les tomaba fotos.
–¡Vengan! ¡Ey, vengan para acá! –les decía, gozándolos como una chica.
Liliana Ledesma sabía que podían matarla. Sabía el tamaño de sus enemigos. Pero no tuvo miedo. Los desafió hasta el final. No les dio tregua aun cuando los Castedo le dijeron que le iban a tapar la boca. Aun cuando el propio diputado, que ella acusa de haber mandado a eliminar a su marido narco, la había advertido con un mensaje similar. En medio de esa trama siniestra Liliana seguía siendo la mujer de ánimo subido que fue siempre. En Pocitos la recuerdan con mucho cariño. Era charlatana. Se detenía a comentar el tiempo, el calor, las noticias con sus clientes mientras les dejaba huevos. Peleaba por su hija de nueve años, sin papá desde que tenía dos. Era extraño, pero nunca dejó de sonreír, dicen. Su amiga Olga la vio unos minutos antes de que la sorprendieran sobre la pasarela de la Quebrada de Guandacarenda. Estaba en frente del supermercado El Indio, propiedad de Alberto Yudi, uno de los hombres investigados como supuesto testaferro de los Castedo. Estaba ahí, parada, con la cartera de jean colgada como una bandolera, hablando por celular. "Sonriente", la recuerda Olga. "Me gritó en medio de su charla. Me dijo bien fuerte: ¡Olgaaaa! Yo me di vuelta, pero era para puro saludarme, porque cuando quise ir para donde estaba ella seguía hablando, riendo y me hacía señas de que me fuera." Media hora después escuchó la sirena de la ambulancia. El griterío cerca de su casa, los chicos diciéndole, mientras ella se sentaba despacio en el comedor de las carpetas tejidas al crochet, para asumir la noticia que ya sabía, que ya sabían ambas: "La Liliana, la Liliana". "Muerta no los voy a dejar descansar", recordó y se sigue repitiendo Olga, dicho por la mujer de la sonrisa, dos meses después.

27 de noviembre de 2006
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siempre supo que era inocente


[Maurice Possley] Nuevos análisis de ADN muestran que Marlon Pendleton, encarcelado por violación en 1992, no era el agresor.
El jueves, con las manos cruzadas sobre su regazo, Marlon Pendleton se ve tranquilo en la sala de entrevistas del Centro Correccional de Dixon,y no se muestra demasiado emocionado con la noticia de que los análisis de ADN lo excluyen de la violación que lo envió a la cárcel hace más de una década.
"Para mí no es una sorpresa", dijo Pendleton, 49. "Siempre supe que era inocente".
Pendleton ha estado en la cárcel desde mediados de los años noventa, después de ser condenado por haber violado a una mujer en el Lado Sur de Chicago en 1992 y ser condenado por otro caso de agresión.
El miércoles, los abogados de Pendleton se enteraron de que los resultados de los análisis de ADN realizados este mes lo excluían como la fuente del material genético que dejó el violador del caso de 1992.
El despacho del fiscal del estado en el condado de Cook declaró que, a la luz de los resultados de los análisis, revisará los dos casos.
Pendleton mantuvo siempre su inocencia, pero ahora dice que puede probar su inocencia en el caso de 1992.
"Me he quitado un gran peso de encima", dijo. "Y alabo a Jehová por ello. Ha sido una lucha larga y difícil, pero no me sentiré completamente vivo mientras no cruce las puertas de esta cárcel".
El caso de 1992 implicaba a una mujer que fue secuestrada a punta de pistola cuando se dirigía a su trabajo cerca de la calle 74 con la Avenida de Maryland. Fue agredida sexualmente y robada.
El miércoles, los abogados de Pendleton, Karen Daniel y Jane Raley, del Centro Jurídico sobre Condenas Injustas de la Facultad de Leyes de la Universidad de Northswestern, presentaron una moción pidiendo la anulación de su condena en ese caso, basándose en los resultados de los análisis de ADN. Esa moción será tratada el jueves ante el Tribunal Penal del juez Stanley Sacks.
El jueves, Raley visitó la prisión para darle la noticia de que todos los análisis de las evidencias excluían a Pendleton e identificaban un perfil genético que podía ser entregado a la base de datos nacional del FBI, que guarda los perfiles de delincuentes condenados.
Pendleton dijo que la noticia era el resultado del duro trabajo de sus abogados y de las "miles de horas que pasé en las bibliotecas jurídicas" en las varias prisiones del estado donde estuvo confinado. "Seguí clases para usar el ordenador y un curso de mecanografía", dijo. También aprendió a investigar las leyes y presentó "cientos de páginas de mociones".
"Pasé el 95 por ciento de mi tiempo aquí tratando de salir", dijo. "He estado dos veces en la Corte de Apelaciones del estado, dos en la Corte Suprema de Illinois. Presenté un recurso de apelación. Perdí en todos los casos".
Finalmente, dijo, "me aburrí" y presentó una demanda federal de habeas corpus a su propio nombre. Al describir esa etapa de su excursión jurídica el jueves, Pendleton hizo una pausa, tratando de controlar sus emociones.
"Fue la juez [de distrito] Joan Lefkow la que permitió la revisión de mi caso", dijo Pendleton. "Tengo que agradecérselo a ella. Me dio una oportunidad. Sé que a ella le pasaron una cosas terribles [el marido y la madre de Lefkow fueron asesinados en 2005]. Ella es una señora justa y valiente, es la señora más correcta que conozco".
Critica las prisiones donde ha pasado su tiempo desde su condena. "He estado en Pontiac, Graham, Centralia, Menard, Shawnee, Big Muddy", dijo. "En todas esas instituciones pasé la mayor parte de mi tiempo en la biblioteca".
Pendleton, en buen estado físico debido a que dice que hace ejercicios todos los días, era un hombre aislado -impulsado por la necesidad de protegerse. "Los otros presos te respetan más si has matado a alguien", dijo. "Si estás por lo que me condenaron a mí, eres la forma de vida más baja de la creación".
"El peligro acecha en todas partes: cuando te vas a duchar, cuando comes, cada vez que te despiertas", dijo. "Yo me discipliné a mí mismo para guardarme todo para mí".
Su madre murió en 2003 y aunque su hermana lo visitaba de vez en vez, dijo, "nunca tuve demasiadas visitas. Lo entiendo. Afuera es duro para ella".
Pendleton dijo que se convirtió en una hebreo israelí tras las rejas y que su fe le ayudó a deshacerse de la amargura y odio que sentía tras ser condenado y sentenciado a 20 años de cárcel por una violación que no cometió.
"Fue mi peor pesadilla: ser condenado por algo que no hice", dijo. "Poco a poco me fui resignando. Lo dejé en manos del Creador y cerré la paz con mi ambiente".
También dice que es inocente de otra acusación por agresión, caso en el fue condenado por agresión sexual y lesiones graves y sentenciado a 12 años más. Si el caso de violación es anulado debido a los resultados de los análisis de ADN, podría ser dejado en libertad inmediatamente.
"Creo que la pasaré mal al principio", dijo. "Tendré que buscar un trabajo. Necesito estudiar más".
Pendleton fue identificado en una rueda de sospechosos por la víctima de una agresión en 1992, pero sólo después de que la víctima viera cómo era conducido esposado a la sala de rueda de sospechosos, un procedimiento que los expertos en identificaciones de testigos oculares dicen que es altamente sugestivo.
Pidió repetidas veces que se hicieran análisis de ADN a partir de las evidencias, pero Pamela Fish, del laboratorio de criminalística de la policía de Chicago dijo que no había suficientes evidencias físicas para ser analizadas, de acuerdo a su informe. El experto que realizó el análisis más reciente, Brian Wraxall, dijo el miércoles que cree que sí había materiales suficientes en esa época.
Pendleton dice que lo lamenta por la víctima y que no le guarda rencor. "Alguien le hizo eso a ella y estuvo mal", dijo. "Creyó que era yo y estaba equivocada. No le guardaré rencor por eso".

mpossley@tribune.com

26 de noviembre de 2006
©chicago tribune
©traducción mQh
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un tiro en la cabeza


[Raúl Kollmann] El tribunal criticó a Blumberg en la sentencia del juicio por Axel. En los fundamentos del fallo, los jueces hicieron reproches al ingeniero.
Martín ‘el Oso' Peralta, José Díaz y su hermano, Carlos, resolvieron matar a Axel Blumberg porque éste, en un intento de fuga, les había visto la cara. Por lo tanto, para garantizar su impunidad, José Díaz le pegó un tiro en la cabeza. Este es el punto neurálgico de los fundamentos que ayer dio a conocer el Tribunal Oral que juzgó a la banda del Oso. Los magistrados también sostuvieron que no se puede imputar por el homicidio de Axel al resto de la banda, porque no participó ni de la decisión ni de la ejecución. El Tribunal también señaló que el confidente policial Daniel Sagorsky era parte de la banda, al punto que les decía qué auto robar y cómo hacerlo. Pese a ello, los jueces absolvieron a un policía que tenía relación con Sagorsky y a otro que recibió la información, pero no se la pasó al fiscal. A contramano de la opinión del ingeniero Juan Carlos Blumberg –al que critican en numerosos tramos–, en los fundamentos de su fallo los jueces dicen que el fiscal Jorge Sica no actuó mal, que no incurrió en ningún delito, pese a lo cual de todas maneras envían copias del fallo a la Procuración para que evalúe lo que hicieron los cuatro fiscales intervinientes.
En gran parte de las 248 páginas de los fundamentos, los jueces Daniel Alberto Cisneros, Víctor Horacio Blanco y Luis Alberto Nieves enumeraron las abrumadoras pruebas contra la banda del Oso, incluyendo confesiones de casi todos sus miembros. Incluso respecto del momento del asesinato, las evidencias son categóricas y demuestran que el ejecutor fue José Díaz.
En los fundamentos no se acepta un criterio general sobre la banda, del estilo de todos son responsables de todo. Por lo tanto, se desmenuza en cada uno de los secuestros –el de Ana María Nordmann, el de Víctor Mondino, el de Guillermo Ortiz de Rosas y el de Axel Blumberg– qué participación tuvo cada integrante. Las condenas a las parejas de los delincuentes son las más cuestionadas, porque se aduce que todas tuvieron que ver en los secuestros, los cobros de rescate, el lugar donde estaban cautivas las víctimas y la administración del dinero. Pero el Tribunal dice que Vanesa Maldonado actuó en un caso, Verónica Mercado en otro, que Analía Flores, la pareja del Oso Peralta, se ocupó de invertir el dinero y así sucesivamente va describiendo y enumerando pruebas con el criterio de acusar a cada una únicamente por lo que está demostrado.
Esto llevó a penas de reclusión perpetua para el Oso y el mayor de los Díaz, José; 20 años de prisión para Carlos Díaz, que era menor en el momento del secuestro y el homicidio, y penas de 21 años, 18, 16, 14 y 10 para los demás varones que intervinieron en los hechos. En cambio, a las mujeres se le dieron condenas que están entre los ocho y los cinco años de prisión, al considerarlas en general partícipes secundarias de los secuestros, es decir cómplices, pero no vinculadas con el asesinato de Axel.
Una de las discrepancias más notorias que el Tribunal mantiene con Blumberg y el estudio de abogados Durrieu tiene que ver con las penas para los asesinos. Los jueces afirman que el Oso Peralta y los hermanos Díaz toman la decisión de matar a Axel para garantizar su impunidad y que ello se encuadra dentro de lo que se conoce como homicidio criminis causa, que consiste en matar a alguien para tapar un delito. Ese encuadre hubiera permitido la pena de reclusión perpetua con la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, que en términos concretos significaba que Peralta y Díaz no podrían pedir la libertad condicional hasta pasados los 25 años en prisión. Sin embargo, el estudio Durrieu –según los jueces– se inclinó por acusar a los imputados por secuestro seguido de muerte, que tiene la pena de reclusión perpetua sin la accesoria, con lo que los homicidas se ahorran cinco años en la cárcel: pueden pedir la libertad condicional a los 20. A los jueces les llama la atención que Blumberg, quien acusó al Tribunal por una supuesta benignidad de la pena, se haya inclinado por un encuadre que derivó en una pena más benéfica para los asesinos.
Respecto de los policías, ya se sabe que el Tribunal los absolvió. Los jueces le cuestionan a Blumberg la violencia de sus críticas cuando justamente él pidió la absolución de uno de los dos policías. En realidad, el sobreseimiento que consiguieron los hombres de uniforme llama la atención, porque en paralelo el Tribunal condenó a su confidente, Daniel Sagorsky, como integrante de la banda, al punto que hay escuchas en las que Sagorsky le dice al Oso "levantá el BMW 320, dale que está un viejo, cruzale un auto" y frases similares. Ninguno de los dos oficiales, Daniel Gravina y Juan José Schettino, le dijeron al fiscal que Sagorsky les estaba proveyendo de información sobre la banda y que era parte de la organización.
Respecto del fiscal Sica, los jueces señalan que es fácil criticar ahora, ya transcurridos los hechos, pero que la actuación del funcionario no tuvo la menor incidencia en la muerte de Axel. Los magistrados sientan un criterio: son los secuestradores los protagonistas de los secuestros y sólo a ellos se les puede adjudicar responsabilidad en los homicidios. El Tribunal afirma que Sica dio la instrucción de intentar detener a la banda en el momento de cobrar el rescate, que incluso le advirtió a la Policía Bonaerense y a la SIDE que los delincuentes se manejaban en un auto blindado y que el resto de la acción ya estuvo a cargo de las fuerzas de seguridad. Que hubo fiscales criticados por dejar que los secuestradores se lleven el dinero y fiscales criticados por detener a la banda en el momento del cobro del rescate. Que las dos estrategias produjeron éxitos y fracasos, pero que los fiscales estaban en su derecho de ordenar una estrategia general para cada caso. Por lo tanto, para el Tribunal, Sica no incurrió en ningún delito. Eso sí, los jueces dicen que la Justicia Federal y el Poder Ejecutivo debería establecer un protocolo sobre la forma de actuar ante un secuestro. "De la misma manera que tenemos, después del caso Ramallo, un protocolo para las tomas de rehenes, deberíamos tener otro para los secuestros", concluyen los jueces.

23 de noviembre de 2006
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actriz fue asesinada


[Thomas J. Lueck y Al Baker] Su asesino la colgó para encubrir asesinato.
Nueva York, Estados Unidos. Le dijo a los detectives que la había golpeado en la cara y pensó que la había matado. Por eso, dijo la policía, le amarró una sábana en el cuello y la colgó de la barra de la cortina del baño, pensando que la policía pensaría que se había suicidado. Pero se equivocó redondamente.
En realidad, Adrienne Shelly, una radiante actriz de Manhattan y dedicada madre, murió por asfixia, dijeron ayer las autoridades. Y fue el ardid del falso suicidio lo que finalmente llevó a los detectives al hombre acusado de matarla.
Esa fue la revelación en el tribunal durante la comparecencia de Diego Pillco, 19, un inmigrante ilegal de Ecuador, acusado de homicidio en segundo grado por la muerte de Shelly, 40, la semana pasada. El caso ha hecho dudar incluso a los más experimentados investigadores policiales, que lo calificaron de uno de los crímenes más macabros de que tengan memoria.
"Esta mujer no murió de un golpe a la cabeza", dijo Marit DeLozier, fiscal asistente del distrito de Manhattan, hablando en la comparecencia antes la juez Brenda S. Soloff, en la Corte Penal de Manhattan.
"El médico forense ha dejado en claro que la víctima murió por estangulamiento", dijo DeLozier.
Ellen Borakove, portavoz del médico forense del ayuntamiento, dijo que la determinación final de la causa de la muerte requerirá análisis adicionales. Dijo que no estaba contradiciendo lo que había dicho DeLozier en la corte, sino simplemente señalando que eran necesarios más análisis científicos.
"Como hacemos frecuentemente en investigaciones de homicidios, estamos orientando a la policía y a los fiscales para que ellos puedan determinar qué otros pasos son necesarios", dijo. Dijo que esos análisis podrían ser completados incluso hoy.
Un veterano investigador de homicidios, que no estaba autorizado a comentar sobre el caso y habló a condición de conservar el anonimato, dijo: "Realmente es algo extraño. Usualmente, si se trata de algo que tienen que ocultar, se aseguran de que la persona esté muerta.
"Y casi la libró", dijo el investigador.
Pillco, un obrero de la construcción que apenas habla inglés, no llegó a ningún acuerdo de clemencia, y no dijo ni una sola palabra ante la juez Soloff. Un hombre delgado, de vaqueros, zapatillas y una sudadera, fue puesto en prisión preventiva sin derecho a fianza en Rikers Island.
Fue defendido en la comparecenca por Thomas Klein, un abogado de la Sociedad de Ayuda Jurídica. Tras la audienca, Klein se negó a comentar sobre el caso.
La comparencia ante la corte se produce seis días después de que Shelly, que también era guionista y directora, fuera encontrada por su marido en la bañera del apartamento en West Village que usaba como oficina. Tenía una sábana amarrada al cuello, y había sido colgada de la barra de la cortina del baño.
Al principio los investigadores sospecharon que se trataba de un suicido, una teoría que fue rechazada por la familia y amigos de Shelly, que dijeron que su vida estaba llena de promesas y que era una dedicada madre de una hija de tres años.
Finalmente, dijeron los investigadores, Pillco confesó, tras ser interrogado por detectives, que había estado trabajando en un apartamento en el tercer piso debajo de la oficina de Shelly, que ella se había quejado de los ruidos de las obras y que la discusión se había convertido en un altercado violento que terminó en la muerte de Shelly.
Ayer emergieron detalles del caso, incluyendo la cadena de eventos que Pillco describió a la policía. Incluyen el relato de Pillco de que fue abofeteado por Shelly y que la rogó que no llamara a la policía antes de golpearla en la cara, la arrastrara al baño y la colgara de la barra de la cortina del baño.
Conocidos de Pillco, que había estado viviendo en Greenwood Heights, Brooklyn, lo describieron como un respetuoso y enérgico joven que luchaba con los rigores físicos de su trabajo y la desorientación de su condición de ilegal.
"Todavía no creo que haya podido hacer algo así", dijo Frank Díaz, vecino del edificio en Prospect Avenue donde vivía Pillco en un apretado sótano con otros dos obreros de la construcción ecuatorianos.
Shelly, nativa de Queens, había aparecido en varias películas, incluyendo ‘La increíble verdad' [The Unbelievable Truth], ‘Confía en mí' [Trust] y ‘Factótum', y utilizaba el apartamento donde fue asesinada, en el número 15 de la Plaza de Abingdon, para escribir guiones y otros proyectos.
De acuerdo a un funcionario policial, los detectives que llegaron a la escena del crimen el miércoles pasado no encontraron signos de lucha, pero se concentraron en un detalle que no podían explicar: una huella de pisada en la tapa del inodoro junto a la bañera donde Shelly había sido colgada.
El funcionario dijo que los detectives pensaban que la huella podía haber sido dejada allí por algún bombero u otro empleado de emergencias, pero no encontraron correspondencias. Tras entrevistar a los vecinos del edificio, y descubrir que el apartamento debajo del de Shelly estaba siendo renovado, dijo, los detectives hablaron con un obrero que dijo que le parecía que Pillco había estado trabajando allá.
Tras localizar a Pillco, dijo, los detectives encontraron en su apartamento una zapatilla Reebok que correspondía con la huella de pisada en el sitio del suceso, y lo llevaron a la estación para interrogarlo.
De acuerdo a la versión de Pillco, dijo el funcionario de policía, el altercado con Shelly empezó a eso de las nueve y media de la mañana, cuando ella bajó para quejarse por el ruido. Hubo un intercambio de duras palabras, y Pillco le arrojó un martillo, que no le dio, dijo el funcionario.
Entonces la señora Shelly corrió hacia arriba y Pillco la siguió, advirtiéndola que no llamara a la policía. Pillco la alcanzó en la puerta y ella respondió abofeteándolo en la cara, le dijo a los detectives.
Cuando Pillco la golpeó de vuelta, Shelly cayó al suelo, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. Entonces Pillco la llevó al baño y usó una sábana para colgarla, dijo el policía.
La policía dijo ayer que pensaban que Pillco no tenía antecedentes criminales en Ecuador.
De acuerdo a conocidos en Brooklyn, Pillco estaba trabajando para un contratista de la construcción, Luis Hernández, que es propietario del edificio de apartamentos de Prospect Avenue. Los conocidos dijeron que Pillco compartía su apartamento en el sótano con su hermano y un primo.
Dijeron que el sótano había sido vaciado a toda prisa, y para antes del amanecer del lunes se habían retirado todos los muebles y camas. Los dos hombres que vivían con Pillco eran también inmigrantes ilegales de Ecuador, y no han sido vistos desde entonces, dijeron conocidos, aparentemente por temor a ser deportados si hablan con la policía.
Hernández dijo ayer, en una declaración proporcionada por uno de sus empleados, que Pillco había estado trabajando para él "como ayudante de construcción en los últimos meses".
Dijo que Pillco, obrero de media jornada, era "respetuoso, educado, honrado y responsable".
La declaración de Hernández parece incluir un reconocimiento de que había contratado ilegalmente a un inmigrante indocumentado. Marc Raimondi, portavoz del departamento de Inmigración y Aduanas, dijo que no podía hablar sobre el tema.

Nina Bernstein, Daryl Khan y Colin Moynihan contribuyeron al reportaje de este artículo.

2 de noviembre de 2006
©new york times
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sangre y corrupción en la frontera 2


[Cristian Alarcón] Nuevas amenazas y pedidos de proteccion en Salta. "Les vamos a volar los sesos".
"Nosotros nos sentimos en peligro. Por eso pensamos pedirle al ministro del Interior, Aníbal Fernández, con quien ya estuvimos reunidos en Buenos Aires, que sea la Nación la que nos garantice la mínima seguridad para poder seguir en nuestras tierras." El pedido de Jesús Ledesma llegó tras un fin de semana de amenazas y después de la investigación publicada por Página/12 en la que se describe el clima de terror en el que viven los productores de Pocitos tras el crimen de Liliana Ledesma, la mujer que había señalado al ex diputado Ernesto Aparicio como narcotraficante.
"La verdad es que no tenemos seguridad, y si quieren nos entran a las casas o nos esperan en cualquier esquina. Sería bueno que el gobierno nacional nos dé seguridad", dijo uno de los líderes de la Asociación de Productores de Madrejones y compañero de Ledesma en los reclamos por los caminos de la frontera. La última de las amenazas recibidas por los campesinos y los periodistas salteños que se han ocupado del caso llegó por e-mail. "Les vamos a volar la tapa de los sesos", les mandan a decir sin metáforas los aludidos.
En la provincia de Juan Carlos Romero, el diario que le responde, El Tribuno, publicó ayer además novedades preocupantes sobre la frontera. En un nuevo allanamiento a la finca de los hermanos Delfín y Raúl Castedo, a 20 kilómetros de Pocitos, y a sólo dos del límite con Bolivia, la Brigada de la Policía Salteña volvió a encontrar armas de guerra. Para los investigadores que caminan esa frontera en las fincas "se están armando" y esto implica una certeza: o es para atacar a los productores que defienden el paso por los caminos que las atraviesan, o es para resistir algún operativo. Lo cierto es que la policía encontró una escopeta calibre 20, una pistola calibre 32 y un revólver Magnum 357. Los policías salteños aseguran que los peones les dijeron que a las armas se las dieron los Castedo y consideran que también cruzan por la frontera con Bolivia. Se espera que esta semana continúen los allanamientos en las casas de los hombres que rodean a los Castedo en sus trabajos en la frontera. Y tanto policías como funcionarios judiciales son optimistas: creen que los hermanos, amigos del ex diputado Ernesto Aparicio, acusados de ser los autores intelectuales del homicidio de Liliana Ledesma, están prófugos dentro del país y que serán atrapados.
"Nosotros vivimos esto como una situación muy grave y preocupante. Sabemos que hay muchísimas denuncias sobre tráfico de drogas, contrabando y problemas de seguridad serios para los productores y los familiares de Liliana Ledesma", reconoció a Página/12 la diputada del PJ salteño Nora Giménez, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Legislatura de Salta. El escándalo político que desató el crimen de la productora golpeó fuerte sobre el gobierno provincial, que sacrificó a uno de sus hombres fuertes, el ahora ex diputado Aparicio, aceptándole una renuncia aconsejada por el poder provincial. Aparicio está sospechado por la familia de Ledesma de ser también él uno de los que encargó la muerte de Liliana, que fue callada a cuchillazos por dos hombres el 21 de septiembre: uno de los acusados directos es Ceferino Tárraga, el cuñado de Aparicio, y Lino Moreno, otro joven de la zona. Ceferino, conocido como Any, no es, como informó este diario ayer, yerno del ex diputado. Está casado con Gabriela Aparicio, hermana de el Gordo o Mamila, como lo conocen en Salta. Gabriela es otra de las detenidas. Fue ella quien pasó a buscar por su pequeño negocio de venta de huevos a Liliana Ledesma, para conducirla hacia la pasarela sobre la quebrada de Huandacarenda, donde la mataron.
"Tenemos cinco denuncias de asesinato en la zona de influencia de Salvador Mazza. Hemos podido comprobar la situación de impunidad de la zona. Sabemos que corren peligro", le dijo a Página/12 la diputada Giménez. Quizá como muestra baste una parte del largo texto de amenaza que, en el mismo tono que usan los Castedo para comunicarse en las conversaciones telefónicas, fue escrito a los periodistas de FM Noticias y El Nuevo Diario, los dos medios independientes que han denunciado la situación en la frontera: "Marta Sesar, pa vo tenemo lo mejor de todo. Te vamoa hace mierda. Vo detapaste todo asi que está hasta la bola vo y tu hermana la diputada (kirchnerista Nora César). Le vamo a vola lo seso a todos entende? Siguen lo del diario chiquito (El Nuevo Diario), a eso lo vamo a liquidá uno por uno y le vamo a quemar el diario".

21 de noviembre de 2006
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sangre y corrupción en la frontera


[Cristian Alarcón] El ex diputado romerista Ernesto Aparicio y la sombra del narcotráfico. En el límite de Salta con Bolivia pasan cientos de kilos de cocaína a través de una cerrada trama de bandas de narcos.
Salvador Mazza, Salta, Argentina. El ex diputado provincial Ernesto Aparicio, del sector que respalda al gobernador Juan Carlos Romero, es el dueño de una finca en la frontera caliente y debió renunciar al verse involucrado en el crimen de la productora Liliana Ledesma.
El campo de Ernesto Aparicio es, lejos, el más próspero de toda la zona de Madrejones. A unos veinte kilómetros de Pocitos, por un camino de tierra lleno de curvas y oscurecido por la sombra del monte, aparece la primera de las tres tranqueras que durante más de un año, hasta poco después del crimen de la productora Liliana Ledesma, mantuvo cerrado con candados y cadenas, custodiado por peones armados. Es justo allí, en medio de ‘la finca' del ex diputado romerista, donde la Justicia federal investiga una denuncia según la cual, Aparicio trafica cocaína a gran escala usando sus tierras limítrofes con Bolivia. En el expediente, al que tuvo acceso exclusivo Página/12, se investiga la historia que contó un testigo de identidad reservada: en febrero estaban a punto de cruzar 180 kilos de pasta base de cocaína para ser luego ‘cristalizada' en El Pajeal, el campo de Aparicio. En la frontera caliente de Salta, donde el contrabando es la base de la cultura local y la mejicaneada una operación frecuente, el conflicto entre productores y narcos toma dimensiones reales con el protagonismo de un amigo del gobernador Juan Carlos Romero: ‘Mamila' o ‘El Gordo' Aparicio. Por primera vez un crimen mafioso como el de Ledesma explica las formas que asume la corrupción política local, materia prima tan necesaria como la hoja de coca en el complejo proceso de construcción del narcotráfico. Aquí, el sopor y la desmesura de una zona en la que la frontera no tiene límites.

Vecinos
Don Eugenio Ledesma –Ledesma, como le dicen en el pueblo, o El Viejo, como le dicen sus hijos– vive en un rancho de adobe, en un terreno desmalezado, ganado al monte acompañado por un peón de barba que deambula, desconfiado. Desde su puesto, bajo un alero de chapa, puede ver las doscientas cabezas de ganado que apenas se mueven con este calor extremo cuando son las dos de la tarde en Ipaguazú, mil hectáreas de tupido monte en el Chaco Salteño. Más allá, brumosa, se ve el perfil de la laguna, una mancha de agua poco profunda, medio cubierta por los camalotes y habitada por pájaros silenciosos y cebúes que se desplazan con las jorobas fuera del agua, en cámara lenta. Ledesma es, junto a otros productores como el viejo Pilar Rojas, que vive también en la zona en disputa, el gran problema que arrastraban el ex diputado Aparicio, y sus socios, los hermanos Reynaldo Delfín y Raúl ‘Ula' Castedo, todos investigados en por lo menos tres causas federales por narcotráfico. Ledesma es el padre de Liliana, la Negra Ledesma, asesinada por dos sicarios a punta de cuchillo el 21 de septiembre cuando cruzaba una pasarela angosta, de unos 50 metros, que cuelga sobre la cañada de Guandacarenda, a poco de su casa, uniendo su barrio, Villa Las Rosas, y el de enfrente, YPF. Esa tarde, a las ocho y media, Lino Moreno –un pibe al que conocen desde chico– y Aníbal Ceferino Tarraga, el yerno de Aparicio –casado con su hija Gabriela Aparicio, presa por el crimen– la esperaron en un negocito cercano y no alcanzaron a tomarse el primer vaso cuando por teléfono les avisaron que ella se aproximaba. Según los hombres de la Brigada, uno de ellos se quebró y contó que primero le cortaron la boca y después le dieron en el estómago; que ella cayó, pero pudiendo haber corrido, se levantó y le encajó dos trompadas a su atacante. Entonces le llovieron los cortes y la mató uno certero, en el corazón.
Ledesma estaba en el campo cuando llegó su hijo Jesús a avisarle: "La apuñalaron a la Liliana". Tuvo que correr en un taxi pero por el lado boliviano, la única manera de llegar a Ipaguazú cuando Aparicio y los Castedo mantenían cerrado el paso. El conflicto llevaba un largo tiempo. La relación con unos y otros también. Desde 1993 cuando Aparicio había comprado 4470,90 hectáreas a 600 mil pesos de la época a la toma de mando de los Castedo –que se dio hace unos dos años– había pasado mucho entre estos vecinos de tierra adentro. "Los Castedo antes eran peones de uno que ahora es su testaferro. Pero empezaron con el tráfico y crecieron tanto que por boca de ellos yo sé que Aparicio les debía a ellos merca y que por ese motivo al final ellos le habían quitado todas las vacas", cuenta don Ledesma, bajo la sombra de los algarrobos y las moreras de su monte. Es cierto. Todos los Ledesma lo reconocen, hasta hace un tiempo no sólo fueron cercanos a Aparicio sino que también pasaban por El Pajeal, rumbo a Ipaguazú o Nupiau, la finca de Jesús, y se quedaban a jugar al sapo o al tejo con los Castedo. Siempre parece que están por contar una nueva historia de esa frontera a la que han pertenecido durante los últimos 30 años (Ledesma repite la vez que ya en 1989 un comandante de Gendarmería le pidió prestado el campo para instalar una cocina). La madeja los comprende, los incluye. En la frontera el contrabando no es sólo una forma de sobrevivir en la pobreza sino también un modo de relación, de articulación y de construcción de redes de solidaridad en la ilegalidad. Claro que su expansión destruye cualquier lazo. A la hora de crecer, el que era vecino amistoso y discreto puede transformarse en un enemigo al que hay que eliminar. Algo así pasó con Liliana Ledesma.

Amigos
Olga Salas era la mejor amiga de la Negra Ledesma. Comenzaron juntas el secundario, y en las aulas de la Escuela República de Bolivia, hoy un edificio de techos ruinosos, casi sin baños, en el que se asan mil alumnos por turno, se mezclaban con otros de su generación, entre ellos varios de los que serían capos de los clanes narco. En las mismas aulas estaban Delfín Castedo y Aparicio. Cuando terminaron, Liliana se propuso cursar una carrera. Le gustaba entrenarse corriendo a la hora implacable de la siesta por la Quebrada Seca. Nunca dejó esa rutina exigente. Ni cuando iban con Olga a Ipaguazú y se sentaban a comer hasta hartarse el animal que mataba su padre para ella; aun así, entre las tres y las cinco, salía a correr la frontera. Tenía altura y cuerpo. Olga la había secundado unos meses en la compra y venta de cajas de huevos. Pero ella se cansó. Liliana se puso un localcito en el centro y andaba todo el día cargando los cartones llenos. La voluntad de Liliana era conocida en Pocitos. Estudió en Pichanal, un pueblo cercano, Educación Física. Pero no ejerció, porque en eso andaba cuando conoció al hombre que le cambiaría el destino de primera universitaria de una familia campesina: Guillermo Villagómez, ‘Gili', el padre de su hija de nueve años.
"Ese noviazgo ella lo tenía muy oculto. A mí nunca me invitó a la boda": todavía le da cierta rabia a Olga. "A mí la verdad es que durante los años en que estuvo con Villagómez nunca me invitó a la casa ni me lo presentó. Creo que era una cuestión de seguridad, de no comprometerme en algo." No se casaron en el pueblo sino más allá, donde suelen escapar los amantes de Pocitos, en Aguaray. La ceremonia fue pequeña. El tenía otra mujer y dos hijos del lado boliviano, en San José de Pocitos. No quisieron a nadie que no fuera de la familia. Pero en las fotos se puede ver la ancha estampa del Gordo Aparicio. Y a Villagómez vivo. Lo mataron de nueve tiros en 1999. Desde entonces a Liliana Ledesma le llevó siete años de silencio decir lo que sabía: "Aparicio mandó a matar a mi marido. Trabajaba con él en la droga". Fue lo que dijo en radio FM Noticias cuando la entrevistó la periodista Marta César. Ese fue el punto débil que decidió tocarle. Esa era lo que ella misma llamaba "la pata más floja de la mesa" cuando conversaban con Sergio Rojas, el productor que la acompañaba en su lucha por las tierras. "No queríamos pegarles a los Castedo –cuenta Rojas–. Lo teníamos más apuntado a Aparicio. Ella sabía mucho de él."
En la frontera, los líderes de los clanes familiares nunca comenzaron muy de arriba. Rodolfo "Pichi" Ledesma, el menor de los hermanos de Liliana, lo recuerda a su cuñado llegar bien ancho en una coupé fuego que se le quedó sin batería. Villagómez creció cuando se asoció con Aparicio. Pero el dinero llama al dinero y no pasó demasiado tiempo hasta que hubo cuentas sin saldar. Una fuente judicial de Salta le dijo a este cronista que Aparicio "lo habría mandado matar porque Villagómez le debía 60 mil dólares". Los Ledesma cuentan lo contrario. Eli, la mamá de Liliana, repite el diálogo que tuvo con su entonces yerno cuando quería cobrarle a Aparicio. El Gordo se apareció en la casa de Gili para decirle que no le iba a pagar. "Vas a ganar que te cague matando", le dijo. "Cuando me contó yo le dije que hubiera aprovechado para agarrarlo él en su casa, que era propiedad privada." Y él me dijo: "‘Hace rato que lo hubiera matado pero el Gordo me debe 300 mil'. Eran 300 mil dólares de droga". Eli reconoce que su yerno era narco. Pero dice que Liliana nunca tuvo que ver con el asunto. "Los negocios son de hombres", sentencia. Después de la apretada, Villagómez decidió devolverle la mano a Aparicio. "Y lo apuró en Aguas Blancas", cuenta Jesús. Entonces Aparicio lo acusó y lo mandó preso por tres meses. Cuando salió, siguió reclamando. Hasta que le bajaron un cargador en Pocitos.

Socios
No era el primer problema de Aparicio con sus manos derechas. Wilson Abalos, un productor que estuvo preso entre el '92 y el '95 por tráfico de drogas en Salta, fue quien le manejó la finca hasta que murió aplastado por un tractor al subir una loma de leve inclinación, en 1998. Su familia vive en Pocitos, y sus hijos, sentados a la sombra en la vereda a pocas cuadras del límite con Bolivia, admiten que nunca creyeron que ésa fuera la verdad. "Cuando mi viejo cayó preso por narcotráfico en Salta él ya estaba trabajando para Aparicio. Cuando salió fue a la finca de Aparicio de vuelta y quedó de encargado", dice José Antonio Abalos, que ahora tiene 27 años. José Antonio y sus amigos caminan por la Quebrada que cruzan, en menos de cinco minutos, para moverse del Barrio Norte, en Pocitos, al Barrio Nuevo, en Bolivia: la misma pobreza, el mismo polvo, con diferente nacionalidad. La quebrada es una depresión que parte la tierra y que se recorre por senderos muy transitados. En la entrada, desde la Argentina hacia Bolivia, hay dos gendarmes conversando que apenas los miran pasar. En el medio de la quebrada han montado dos arcos, uno del lado argentino, otro del boliviano. Nadie se cruza en nuestro camino. Pronto, tras unos doscientos metros, aparece Yacuiba: una mujer vende sopa en la calle, frente al cementerio. Entre las tumbas está el camino de regreso. La salida a la quebrada está en el fondo, tras las lápidas, todas pintadas de celeste y adornadas con coronas de flores artificiales. Es apenas uno de los cruces clandestinos.
Volvemos a Pocitos argentino. Gabriela Abalos, de 22, recuerda con detalles la noche en que Aparicio llegó con su padre ya muerto del campo. "En esa época vivíamos en la casa de Teresita, la madre de Aparicio, en el barrio Aserradero. El ese día le prometió a mi mamá que nos iba a dar la casa y el estudio. Después nos pidió el dinero que tenía guardado mi madre, pero nunca lo devolvió, nos echaron de la casa y no volvió a venir. El no tiene cara para venir a mi casa. El sabe que conocemos la verdad. Sabe lo que sabemos." Aparicio fue en extremo cuidadoso con los trámites por Abalos. Permaneció junto al cadáver hasta que un perito forense de Embarcación, a unos 90 kilómetros, llegó para firmar que el hombre había muerto por los ‘golpes internos' del accidente, cuando ante la familia el médico de Pocitos, Carlos Aníbal Geraldo, había hablado de un paro cardíaco. "Mi papá tenía aserrín y querosén en la ropa, y en la loma donde dice que fue todo no había más que tierra. Probamos con el tractor y era imposible volcarlo", dice José Antonio. "Los contrabandos los hacían los dos. Ernesto le daba plata a mi viejo, lo dejaba sacar madera y carnear animales", dice Gabriela. "A mí no me dejaban ver mucho cuando estaba en la finca, pero sé que discutían, que Aparicio por ejemplo tenía problemas con Gili", recuerda el hijo de Wilson Abalos. Entonces, cuando el chico era peón de El Pajeal, los Castedo ni siquiera figuraban, dice. Se fueron haciendo fuertes en los últimos cinco años. Poco a poco ellos tomaron el lugar de los viejos socios.

Jefes
Orán es un caldero peor que el de Pocitos, aunque esté tres horas al sur. Allí es donde se instalaron hace dos años un juzgado y una fiscalía federal que tienen jurisdicción sobre toda la frontera caliente. Allí abrieron una investigación en la que los protagonistas son Ernesto Aparicio y sus amigos Delfín y Ula Castedo. Es la última de las pesquisas lanzadas contra el trío. Otros juzgados federales, de Salta capital, de Jujuy y del Gran Buenos Aires han seguido sus pasos. Pero esta causa es la que tiene un largo testimonio que cuenta cómo usan la tierra de Aparicio que limita con Bolivia. El testigo asegura que se están por trasladar 180 kilogramos de pasta base de cocaína a través de la finca de Aparicio para ser ‘cristalizada' allí mismo. "También se habría efectivizado la compra del querosén para el proceso de elaboración", se lee en un informe judicial al que tuvo acceso Página/12. "Aparicio se hallaría implicado en las maniobras delictivas de Delfín Castedo." Se trata de la causa federal 148/06 en manos del juez Raúl Reynoso y del fiscal José Luis Bruno. Ambos le han pedido al cuestionado juez de instrucción Néstor Aramayo, que investiga la muerte de Liliana Ledesma, que les remita porque consideran que al estar relacionado con el tráfico de drogas el caso debe llevarlo la Justicia federal. Aunque el juez federal Abel Cornejo, de Salta, podría también pedir la causa del homicidio. Desde 1998 sigue los pasos de los Castedo y de Aparicio.
En el juzgado de Cornejo consideran que los Castedo formaron un clan como otros que existen en la zona dedicados al mismo negocio y bajo la mira como el de los Motok, la banda que cayó el verano pasado vinculada al tráfico de 750 kilos de cocaína que había llegado a José C. Paz disfrazada entre bolsas de carbón. Podría hacerse toda una genealogía en la formación de estas 'familias'. En general comenzaron como pasadores de otros y pronto invirtieron lo ganado en el negocio propio apoderándose de rutas alternativas a lo largo de la frontera y con diversos acuerdos con lo más corrupto de Gendarmería. Para los investigadores federales "es seguro que ellos no son el gran narcotráfico, que lo que hace es entrar con aviones hasta Santiago del Estero o andar en flotas de camiones imposibles de controlar". "Estoy convencido –le dijo un secretario federal a Página/12– de que a pesar de que estos clanes son grandes hay una organización superior, donde podría estar alguien como Aparicio."
A las manchas en la historia de Aparicio que van apareciendo como si el vapor las dibujara en las tardes de Pocitos se les suman sus participaciones en las escuchas telefónicas a los hermanos Castedo en diferentes causas federales. Prófugos desde hace más de una semana, acusados de ser los autores intelectuales de la muerte de Liliana Ledesma, Delfín y Ula tienen esa tonada inconfundible de la frontera, hablan con la boca cerrada por el 'acusi' de hojas de coca que rumian tras las muelas, y anuncian el triste final de la única mujer que los combatía. "Yo sé que a las siete de la mañana sale la otra conchudota, yo sé por dónde anda, por aquí, por aquí, por acá, la Negra puta –vocifera Ula Castedo–. Esta chota chupapija no sé quién se cree, le digo, ta'costumbrada a boconeá. Esa la tengo estudiada punto por punto por dónde anda, qué es lo que hace, a qué hora abre su negocio, adónde va. Si hay que poné cien, dosciento, treciento verde, lo va a poné. Yo me organizo de esta forma y se acaba la familia esa". En el mismo expediente figuran largas conversaciones entre Delfín Castedo y Aparicio. Y cada vez que Ula, el prófugo, se desespera repite una muletilla que los jueces tienen en cuenta en estas horas: "Hay que llamarlo al Gordo, voy a llamarlo al Gordo". Apenas comienza a resquebrajarse el silencio de la frontera norte. Todos temen.

20 de noviembre de 2006
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raptada, violada y vendida


Joven de EEUU de 15 años fue raptada en su país y violada al norte de México.
Ciudad Juárez, México. Una joven estadounidense de 15 años fue raptada en su país y trasladada a la fronteriza Ciudad Juárez, al norte de México, donde sus captores la violaron y luego la vendieron a personas ligadas a una red de prostitución, denunciaron el viernes los padres de la menor.
"Aparentemente fue raptada en su lugar de origen y traída hasta esta ciudad, donde fue vendida a otra persona, por lo que su familia presentó la denuncia contra quien resulte responsable por los delitos de lenocinio, abuso sexual y violación", dijo a la prensa Claudia Elena Bañuelos, portavoz de la Procuraduría de Justicia en Ciudad Juárez.
La joven, quien logró escapar de sus plagiarios y pedir ayuda a las autoridades, "fue subida a la fuerza a una camioneta de modelo antiguo en Arizona, aparentemente Phoenix (suroeste de Estados Unidos), donde la obligaron a tomar un líquido que la durmió y al despertar ya se encontraba aquí, en Ciudad Juárez", añadió la portavoz.
En su declaración ante las autoridades, la joven estadounidense dijo que al menos cinco personas fueron las que la secuestraron para trasladarla a Ciudad Juárez.
La Procuraduría de Justicia de la localidad informó que inició una investigación para dar con el paradero de los delincuentes.
En Ciudad Juárez han sido asesinadas desde 1993 más de 360 mujeres, según las autoridades, aunque organismos civiles y de derechos humanos sostienen que las víctimas son más de 400.
Las ONGs sostienen que algunos de los "feminicidios", como se les conoce a estos crímenes en esa ciudad fronteriza, se han cometido por grupos que mantienen vínculos con redes de pornografía y explotación sexual.

18 de noviembre de 2006
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espeluznante asesinato en alta mar


[Christine Hanley] Espantoso destino de pareja en altamar estremece a tribunal. Pareja fue lanzada al mar amarrada a un ancla.
Thomas y Jackie Hawks pelearon hasta el final con sus secuestradores y en un momento de ternura lograron tomarse de las manos antes que un ancla los arrastrara al fondo del mar.
Familiares y amigos de la pareja se echaron a llorar el miércoles cuando un testigo de la fiscalía hizo un angustiante y detallado relato de los acontecimientos a bordo del yate de diecisiete metros, Well Deserved, durante el juicio por homicidio de Jennifer L. Deleon, en Santa Ana.
Deleon, 25, de Long Beach, madre dos niños, está acusada de ayudar a su marido, Skylar, y otros tres hombres, en el plan de asesinato de los Hawks, robar su yate y apropiarse de sus ahorros. Si es hallada culpable, puede pasar el resto de su vida en la cárcel sin posibilidad de una libertad anticipada. Skylar Deleon, el supuesto cerebro, será procesado en enero.
Jennifer Deleon no estaba a bordo cuando los Hawks fueron asesinados -sus cuerpos no han sido encontrados todavía. Pero los fiscales dicen que ella utilizó a su bebé de nueve meses para ganarse la confianza de la pareja y más tarde ayudó a destruir evidencias limpiando el yate. Los fiscales rechazan su alegato de que no supo qué planeaba su marido sino hasta después de cometidos los asesinatos y que luego obedeció por miedo.
El miércoles, Alonso Machain, que estaba en el yate con la pareja el día que desaparecieron, proporcionó el primer testimonio ocular de los crímenes, reconciendo que esperaba clemencia a cambio de sus declaraciones.
Machain, que es enjuto y se ve mucho más joven que sus 23 años, declaró que conoció a Skylar Deleon en la Cárcel de Seal Beach cuando trabajaba allá como gendarme y Deleon, preso tras robar en una casa, participaba en un programa de empleo. Machain dijo que durante su estadía en la cárcel, Deleon lo convenció de que era rico, que ganaba más de dos millones de dólares al mes y que viajaba por el mundo. Machain empezó a respetar y a admirar a Deleon, y los dos se hicieron buenos amigos.
En octubre de 2004, dijo Machain, Skylar Deleon le preguntó si acaso le gustaría ganar "unos millones". En esa época Machain estaba desempleado. Cuando Machain preguntó cómo podía hacer tanto dinero legalmente, Deleon le respondió que "no es ilegal, a menos que te cojan", dijo Machain. Dijo que Deleon le contó que le pagaban por cometer asesinatos, algo que hacía "ocasionalmente".

Deleon le dijo que los Hawks "eran malos" y que "el mundo sería un lugar mejor sin ellos", dijo Machain. Después del asesinato de la pareja le dijo a Machain que se podían quedar con el yate y todo lo demás que había sido posesión de los Hawks.
Machain dijo que Deleon lo acompañó al Lakewood Mall, donde compraron dos pistolas paralizantes, y Machain se dirigió solo a otra tienda a comprar dos pares de esposas. En un viaje de prueba con los Hawks el 6 de noviembre de 2004, Machain tenía que dominar a Jackie Hawks mientras Deleon dominaba a su marido. Pero Machain dijo que Deleon, por razones que no conoce, abandonó el plan una vez que estuvieron a bordo. Fue durante esa excursión que Machain dijo que Deleon se había enterado que Thomas Hawks era un agente de libertad vigilada jubilado "en muy buen estado físico para su edad".
De vuelta en el muelle, dijo Machain, Deleon llamó a su esposa y le dijo que tenía que venir al yate para reunirse con los Hawks y lograr que se sintieran "más cómodos". Durante la semana siguiente decidió que se necesitaba una tercera persona para ayudar a dominar a Thomas Hawks.
En la mañana del 15 de noviembre, dijo Machain, él y Deleon se reunieron con esa persona -cuyo nombre, se enteró más tarde, era John Fitzgerald Kennedy- antes de volver al embarcadero. Una vez que se hicieron a la mar, dijo, Jackie Hawks llamó a alguien para decirle que ella y su marido estaban con los compradores.
Machain dijo que estaba en la cocina de la cabina principal cuando Deleon y Kennedy dominaron a Thomas Hawks en una zona más baja del yate, cerca del dormitorio. Al oír la conmoción, Jackie Hawks trató de pasar junto a Machain, dijo, y gritó: "¿Qué está pasando?"
Cuando tenía a Jackie Hawks arrinconada en la cocina, dijo Machain, sacó su pistola eléctrica. "Tenía que hacer algo. Tenía que dominar a la señora Hawks. Peleé con ella. Ella me estaba golpeando".
Finalmente logró ponerle las esposas, dijo, y la llevó abajo al dormitorio, donde su marido yacía esposado en la cama. Fue entonces que ella le preguntó a Deleon: "¿Por qué nos haces esto? Trajiste aquí a tu mujer y tus niños. Confiábamos en ti".
Machain ayudó a Deleon a tapar con cinta de pegar ojos y boca de la pareja. Jackie Hawks se echó a llorar, diciendo que no quería morir y que quería ver a su nuevo nieto. Los Hawks fueron entonces llevados a la cabina principal uno a la vez para que firmaran y pusieran sus huellas digitales en documentos de transferencia. A Jackie Hawks le dijeron que si colaboraba, la dejarían marcharse. "Estaba temblando incontrolablemente", recordó Machain. Cuando fue el turno de su marido, Deleon le dijo que si trataba de hacer algo, le pegaría con una linterna Magnum. Thomas Hawks le dijo que no intentaría nada, según Machain.
La pareja fue llevada de vuelta al dormitorio mientras Deleon y Kennedy preparaban el ancla en la cubierta de la popa. Machain dijo que lo dejaron custodiándolos y observó cuando Thomas Hawks trataba de consolar a su esposa.
Ella estaba llorando y preguntando, con su voz apagada por la cinta, por qué les estaban haciendo eso.
"Pude ver que el señor Hawks estaba tratando de tomarle la mano y de consolarla", dijo Machain.
En la cubierta, los dos fueron amarrados juntos, ella con su espalda contra el pecho de su marido, con las manos atadas a la espalda.
Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Thomas Hawks empujó a Deleon cuando trataba de amarrarlos al ancla, haciéndolo caer en una silla en la cubierta, dijo Machain.
Kennedy respondió con un "fuerte golpe" en la sien derecha del marido. "Fue un golpe bastante fuerte", que lo dejó tambaleándose y haciendo "sonidos indistinguibles", dijo Machain.
Habría caído sobre sus rodillas, pero "la señora Hawks lo sostenía de pie", gritando todo el tiempo, "gritando, chillando, preguntando: ‘¿Qué está pasando?'", recordó.
Deleon levantó el ancla y la arrojó por la borda, mientras Kennedy empujaba a la pareja, dijo Machain.
Entonces Deleon cambió de rumbo y los hombres recogieron todo el dinero, joyas y otras posesiones, dijo Machain. Kennedy abrió una lata de cerveza, cogió una caña de pescar y se dedicó a pescar durante el trayecto de vuelta al muelle.

christine.hanley@latimes.com

9 de noviembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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