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el niño en la chimenea


[Héctor Becerra] El médico forense creía que el joven quedó atrapado. El detective sospechaba un homicidio. La respuesta los dejó incrédulos a los dos.
En el refrigerador de la oficina del médico forense del condado, el detective y la antropóloga forense se inclinaban sobre unos huesos cubiertos de hollín dispuestos sobre una mesa de metal.
En dos horas, Elizabeth Miller reconstruyó una historia coherente para cada hueso. Cogió una costilla tras otra, buscando marcas de cuchillo.
Los huesos eran los de un niño de quizás 12 a 15 años de edad, encontrados en la chimenea de un edificio abandonado en Los Angeles Sur. El niño llevaba unos vaqueros de color canela, desteñidos y manchados, y una camiseta blanca. Estaba descalzo.
"Estoy segura de que si tuviésemos una fotografía, podríamos reconocerlo", dijo Miller.
Más de una vez, el detective de la policía de Los Angeles, Chris Barling, se preguntó: "¿Lo mataron?"
No había signos de violencia, dijo Miller. Tampoco había huellas de auto-defensa en los huesos de los dedos, ni rasguños ni lesiones en los otros huesos. La mandíbula sugería una importante intervención dental para reparar una lesión, pero nada más.
Eso fue el 28 de marzo de 2005, y el detective de homicidios y la antropóloga tenían corazonadas, pero eso era todo.
Miller dijo que ella pensaba que el niño se metió en la chimenea y murió sea de inanición o de asfixia posicional. Quizás el tubo de arcilla de la chimenea ahogó sus llamados de ayuda. Quizás el mismo tubo llevó hacia arriba y afuera el olor a pudrición. Los restos todavía despedían un ceroso olor orgánico, que hizo que Miller creyera que había muerto hacía menos de cinco años. Los dientes incisivos del niño eran sobresalientes y su cráneo tenía acentuados rasgos afro-americanos.
"Tiendo a pensar que se trata de un accidente raro", dijo. "Prefiero pensar que ocurren cosas raras, y que no se trata de que alguien mató al niño y lo metió en la chimenea".
Barling pensaba de otro modo.
"Quizás estoy siendo morboso", dijo. "Tengo la corazonada de que no tiene sentido creer que fue accidental... Mi intuición me dice que tenemos que vernóslas con un homicidio".
El descubrimiento de los restos del esqueleto en la esquina de la calle 89 y Principal, en Los Angeles Sur, fue casual. El 24 de marzo de 2005, una niña de once se trepó al tejado de una casa de transición abandonada para recoger un balón de fútbol.
La niña miró hacia abajo en la chimenea. Corrió hacia su padre y le contó que había visto una calavera.
En los días siguientes los diarios locales y el telediario cubrieron la noticia. Se concentraron en la teoría de Miller: El niño era probablemente un desaparecido.
Nadie se presentó a identificar los restos. No llamó ningún padre afligido ni nadie se acercó para preguntar: ¿No será mi hijo?
Barling empezó a sacar los expedientes de personas desaparecidas de los últimos cinco años, pero no averiguó nada.
Ese julio, la artista forense Marilyn Droz utilizó el cráneo del niño para hacer un retrato robot. Para entonces, ya habían pasado cuatro meses.
El retrato provocó otra avalancha de reportajes en la prensa.
Donna Theus estaba en su salita mirando el telediario cuando vio el dibujo. Gritó. El niño, dijo Theus, se parecía a su primo. Cogió el teléfono.
Su llamada la respondió Clelia Thompson, 78 años.
"Cariño, ¿viste la foto de ese niñito en la tele?" preguntó Theus a su tía. "A ese niñito que encontraron en la chimenea. ¿Sabes? Podría ser Robert".
¿Robert?
Su hijo, Robert Thompson, 14, había desaparecido desde vísperas de Navidad.
De la Navidad de 1977.
Los investigadores no podían creer que el cuerpo había estado 28 años en la chimenea. El edificio, una ruina, había servido durante años como casa de transición y había cerrado hacía unos años. ¿Cómo podía estar ahí un cadáver durante tanto tiempo sin que nadie se diera cuenta?
Sin embargo, la unidad de personas desaparecidas del Departamento de Policía de Los Angeles LAPD envió a alguien a recoger una muestra de ADN de la boca de Clelia Thompson.
Miller, la antropóloga forense del condado de Los Angeles, empezó a reconsiderar las circunstancia que habrían permitido la conservación de los huesos durante tanto tiempo, y retener todavía el olor a descomposición. Habló con otros antropólogos y expertos forenses, y estaba asombrados. Pensaban que se debía a una rara combinación de condiciones.
Los huesos parecían estar superficialmente carbonizados, sugiriendo que la chimenea había sido usada apenas lo suficiente como para manchar los restos. Eso puede haber contribuido a su preservación.

Pasaron los meses. Entonces, el 28 de diciembre de 2005, un laboratorio de Sacramento envió los resultados del análisis del ADN. El niño en la chimenea era Robert Thompson.
El detective Barling tenía un nombre ahora, y las identidades tienen historias.
Barling, 44,un veterano de 20 años en el Departamento de Policía de Los Ageles, había sido el detective jefe en 150 casos desde que se convirtiera en detective de homicidios en 1993. Su mente explotaba de preguntas. ¿Quién estuvo con este niño la última vez? ¿Estaba tratando de entrar a robar al edificio o jugando al escondite? ¿Podría haber estado tratando de recoger un balón, como la niña que había encontrado sus restos?
El edificio abandonado estaba sólo a unas cuadras de la casa de Robert Thompson. ¿Dónde estaban los zapatos? ¿Llegó hasta ahí descalzo? ¿O lo trajeron hasta allí?
Barling esbozó un perfil básico del niño en la chimena.
Los familiares describieron a Robert Thompson como un niño de carácter suave, aunque ocasionalmente pícaro. Le gustaba correr descalzo por casa. Le encantaba jugar con sus dos hermanos menores, Clinton y Smith. Aunque Robert era el tercero de los hijos Clelia Thompson, de muchos modos exigía la mayor parte de su atención.
Robert tenía 14, pero las asistentes sociales habían diagnosticado que su IQ era el de un niño de seis.
De acuerdo a su expediente médico, Robert empezó a sufrir, desde sus cuatro años, ataques de epilepsia. Si no se tomaba sus medicamentos, llegaba a tener hasta tres al día. En 1974, un ataque le hizo perder la conciencia y se cayó en una piscina. Casi se ahogó. Pero lo rescató su hermana.
Al año siguiente, Robert cayó de frente sobre su cara después de sufrir un ataque y debió ser sometido a una cirugía dental. Era ese trabajo el que la antropóloga Miller observaría casi tres décadas después.
Barling tenía dudas sobre si la muerte de Robert había sido accidental. Cuando investigaba la historia familiar del niño, descubrió que estaba llena de traumas, tragedia y mala fortuna. Y mucho más de lo que era normal en un barrio duro de Los Angeles Sur.
Barling decidió que era hora de tener una conversación más larga con la madre del niño.
Barling fue a visitar a Clelia Thompson en su pequeña casa en la parte de atrás de un dúplex en la calle 94 Este. Estaba claro que había abrigado durante décadas una sombría creencia sobre lo que le había ocurrido a su hijo. Estaba segura de que no se había escapado, que alguien lo había secuestrado y asesinado. Lo único que su corazón no sabía era dónde estaban los restos de su hijo.
"Nunca te quieres enfrentar a la idea de que alguno de tus hijos está muerto", dijo Thompson en una entrevista. "Pero es peor cuando simplemente desaparecen. Eso no lo puedes entender".
Thompson es una mujer delgada con fuertes brazos a pesar de su edad. A veces guarda una cajetilla de cigarrillos Kool en su gastado delantal verde y blanco, y, durante el verano, un pote de suero de leche para combatir el calor.
Su recuerdo de fechas exactas es borroso, admite. Guarda los certificados de defunción en un baúl. Siete en total, que son sus hijos que han muerto.
Perdió una hija cuando la niña era sólo una bebita. Luego perdió a seis de sus nueve hijos restantes. Sólo uno, Shirley, murió de muerte natural.
Rose, 30, y Benny, 34, fueron apuñaladas hasta la muerte por su ex parejas. Clinton, 20, y Smith, 19, el más joven, se suicidaron.
"Fue uno después del otro. Moría uno todos los años", dijo Thompson. "Pero empezó con Robert".
Fueron una vísperas de Navidad muy pluviosas. La familia se había reunido en casa para la fiesta. Habían invitado a un hombre que no era de la familia.
Su nombre era Theodore Van Smith. Theodoric, como era llamado a menudo, era el antiguo novio de Rose Ann, la hermana de Robert.
Habían tenido un hijo, pero la relación se había estropeado.
Theodoric Smith no era especialmente bienvenido. Pero se llevaba bien con los hermanos más jóvenes, dijo Thompson. Les ofrecía hamburguesas y refrescos, y a veces los sacaba a pasear.
Algunos miembros de la familia dijeron que habían oído que Robert se había marchado enfadado porque pensó que no recibiría la bicicleta que había pedido para Navidad.
Clelia Thompson dijo que eso no estaba bien.
Robert desapareció en la mañana, y la familia asumió que volvería. Dejó los zapatos en casa. En la tarde, empezaron a buscarlo en el vecindario. Incluso buscaron en el edificio donde se encontrarían los restos de Robert 28 años después. No se les ocurrió mirar en la chimenea. "Lo estuvimos buscando todo el día de Navidad", dijo Thompson. "Pero no lo encontramos".
El Departamento de Policía de Los Angeles rastreó puerta a puerta una extensa área. Los telediarios informaron sobre el niño perdido.
Ese día, casi sin que nadie se diera cuenta, dijo Thompson, junto con desaparecer Robert, también desapareció Theodoric. No le vieron en todo el día.
"Pero nadie le prestó atención, porque todos estaban preocupados por Robert", dijo Clelia Thompson.
Barling revisó el expediente de Robert en el LAPD. Mostraba que ocho años después de su desaparición, las pistas se habían enfriado.
Pero eso cambió el 28 de febrero de 1985.
En la oscuridad de esa madrugada, Clelia Thompson caminaba enérgicamente por el pasillo del Centro Médico Martin Luther King Jr./Drew. Antes de llegar a su cuarto, pudo oír el grito del menor de sus hijos.
"Todo lo que oía era que mi niño estaba aullando: ‘¡Mamá, Theodoric mató a Robert! ¡ Theodoric mató a Robert! ¡Me contó que él mató a Robert!"
Tendido en la cama estaba el cuerpo ensangrentado de Smith Thompson, 12. Tenía marcas de llanta en su pecho y en su frente. Sufría intentos dolores.
De acuerdo a la policía, Theodoric Smith había llevado a Smith Thompson hacia un callejón oscuro y lo había violado en el coche. Otro informe de policía citaba a Smith contando lo que le había dicho Theodoric: "Si no te portas bien conmigo, te voy a matar igual que a tu hermano Robert".
Finalmente Theodoric arrojó fuera del coche al niño y le pasó el vehículo por encima.
Dos meses después, Theodoric Smith se declaró culpable de cinco cargos de delitos graves, entre ellos la violación e intento de asesinato de un niño. Fue sentenciado a 30 años de cárcel.
Antes de que fuera sentenciado, el detective Ramiro Argamaniz del LAPD le preguntó sobre la desaparición de Robert. "El sospechoso no negó el crimen, y sugirió la posibilidad de su culpabilidad y mencionó su patio", dice el informe.
La policía excavó en el patio de la casa de los padres de Theodoric Smith, pero sólo encontraron restos de perro.
El caso de Robert Thompson se volvió a enfriar hasta que en 1997 la detective Debra Kane de la unidad de personas desaparecidas del departamento volvió a interesarse en él.
Barling, leyendo los viejos archivos del caso, encontró en Kane un espíritu afín. Como él, Kane sentía intuitivamente que se trataba de un homicidio. "Todos los niños escapados vuelven a aparecer. Llaman por teléfono a la casa", dijo Kane en una entrevista, explicando sus sospechas. "En algún lugar, alguien vio a esta o a esa persona.
"En este caso, ese niño simplemente desapareció".
Kane preguntó al doctor Kris Mohandie, entonces director de la unidad de ciencias de la conducta del LAPD, si podía viajar a la Penitenciaría Calipatria, a unos 240 kilómetros de San Diego, para entrevistar a Theodoric Smith. "Lo que queríamos saber realmente", dijo Kane, "es dónde estaba enterrado".
Mohandie entrevistó a Theodoric Smith con la ayuda de un psiquiatra de la prisión durante varias horas. Mohandie informó que Smith era manipulador y obseso con "asuntos sexuales y partes del cuerpo".
"El recluso claramente corresponde con la descripción de un depredador sexual cuyas víctimas preferentes son los niños", escribió Mohandie. Él y el psiquiatra de la prisión concluyeron que Smith "era capaz del probable asesinato y desaparición de Robert Thompson".
Pero Theodoric Smith no confesó.
Barling se encontró en la misma posición en que dejó Kane nueve años antes, sin poder probar que Robert Thomspon había sido asesinado.
Theodoric Smith fue dejado en libertad condicional en 2000, pero internado poco después en el Hospital Nacional Atascadero de California Central.
En una entrevista telefónica con el Times desde el hospital, Smith, ahora de 47, dijo que recordaba que Robert había desaparecido, pero negó que él tuviera algo que ver con su desaparición.
"No, yo no tengo nada que ver con eso, señor", dijo. "Si lo pudieran probar, estoy seguro de que vendrían y me leerían mis derechos".
Barling dijo que tiene pensado viajar al norte al hospital psiquiátrico en otoño para hablar con Smith.
"Incluso si obtengo una confesión completa de él, tengo que verla en el marco de su estado mental", dijo Barling. "¿Se trata de la confesión de alguien que está completamente demente?"
De momento, dijo Barling, piensa dedicarse a que Theodoric Smith no salga del manicomio.
"Creo que es un asesino", dijo. "Mi problema es que no lo puedo probar".
El 8 de febrero Clelia Thompson finalmente pudo despedirse de su hijo Robert. No pudo pagar una tumba, así que lo hizo incinerar. La familia realizó una pequeña ceremonia en el Mortuario House of Winston.
Dos fotografías de Robert saludaban a los deudos. Una lo mostraba sentado en una parada de bus, con la mirada perdida y un enorme libro de texto en su regazo. Era la fotografía que circuló 28 años después de que se lo reportara perdido.
La otra era el dibujo forense hecho por la artista forense -el único primer plano que tuvieron en la ceremonia.
Clelia Thompson llamó al funeral de su hijo su "último día de duelo".
"Tienes que vértelas con lo que tienes que vértelas, no hay otro modo", dijo. "Y yo estoy tratando de superarlo. Y lo había superado, por un momento, una vez".

20 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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inocente 2


[Keith O'Brien] Lo acusaron de violación. Fue absuelto. Pero perdió su trabajo.
Tom Guiney, el abogado defensor de Swerling, no se engaña a sí mismo. El abogado de pelo plateado y de hablar claro sabe que los maestros violan a los niños. Sabe que hay hombres viciosos que hacen cosas sucias a niñas inocentes. Como abogado que ha representado a maestros durante años, lo ha visto muchas veces.
Pero cuando conoció a Swerling, no vio a un depredador. Vio a un tontorrón, a un tipo despreocupado, a un tipo que no tenía miedo de corregir el estilo de conducción de Guiney. "Estaba mucho más interesado en llegar a tiempo para la oferta especial en el restaurante", dice Guiney, "que en acosar a niñas". El abogado llegó a la conclusión -"nunca he estado tan seguro"- de que Swerling era inocente.
Había inconsistencias en la historia de la niña. Dijo que Swerling la había violado cuando estaba oscureciendo, pero Swerling dijo que su lección había terminado a eso de las tres de la tarde y él todavía llevaba sus gafas de sol. Ella dijo que él le había agachado la cabeza sobre su regazo. Pero eso habría sido difícil, señaló Guiney a los miembros del jurado, ya que ella tenía, en ese momento, amarrado el cinturón de seguridad. La niña dijo que Swerling le había desabrochado el cinturón. Pero Guiney dijo al jurado en el juicio que eso era un "agregado reciente". Nunca antes se habían mencionado los cinturones de seguridad.
Machacó esa omisión mientras ponía en duda otros aspectos de la declaración de la niña. La supuesta agresión, por ejemplo, no habría ocurrido en un callejón o en una calle secundaria, sino más bien, dijo Guiney, en un carril para coches aparcados, paralelo a la Commonwealth Avenue, "una de las grandes arterias de esta comunidad". Puso en duda que alguien escogiera atacar a una niña en un espacio tan público a plena luz del día, o frente al registro de Watertown, donde la gente conocía a Swerling. Y Guiney también puso en duda la credibilidad del trabajo policial. La agente de policía de Newton Kathleen Cosgrove dijo en el juicio que ella había adoptado un "enfoque pasivo" de la investigación "para no traumatizar a la víctima". Dijo que le había hecho una sola pregunta: "si Swerling había eyaculado o no".
Inicialmente la niña dijo que no lo sabía. Pero doce días más tarde dijo que podría haber eyaculado. Recordó "haber probado algo muy malo". La policía buscó restos de semen en los dos coches de aprendizaje de Newton; en ninguno de ellos se encontró semen. Pero esto no disuadió a los fiscales de Middlesex de formalizar una acusación. Los casos de violación a menudo carecen de testigos y de evidencias forenses. A menudo se reduce a la palabra de la supuesta víctima contra la del supuesto victimario. Y aunque el fiscal Mark Walter reconoció ante el jurado que la niña era "inconsistente" sobre algunos detalles, nunca había dudado, dijo Walter, sobre los hechos básicos.
Walker pidió a los miembros del jurado que consideraran porqué había Swerling insistido en las lecciones adicionales cuando la niña ya había completado su práctica de carretera requerida con su ayudante. Los presionó para que buscaran una razón por la que alguien podía inventar semejante historia, y les recordó la declaración de otro agente de Newton, Tyrone Powell. Justo antes de la supuesta violación, dijo Powell, había visto a Swerling con la niña y se había puesto a conversar con ellos en su coche; recordó que Swerling comentó la belleza de la niña. En el informe original de la policía, no se decía más. De acuerdo al informe, no hubo "tocaciones indecentes". Pero en el juicio, Powell recordó que Swerling había colocado su mano en la pierna de la niña -algo que Walker recordó al jurado en su alegato final.

Pero al final los miembros del jurado determinaron que la fiscalía no había probado más allá de la duda razonable que Swerling fuera culpable de algo.
Él lloró. Su esposa lloró. Agradecieron al jurado y se marcharon. Él había sido reivindicado. Pero lo habían jodido. Swerling quería volver a su trabajo. Pero los empleados de la escuela no querían oír hablar del tema. Tras la secuela de acusaciones, habían anulado el programa para aprender a conducir. Y Turgel, la presidente de la asociación, creía que era una mala idea que Swerling volviera a la escuela haciendo otra cosa. En los dieciocho meses que pasaron desde que Turgel conociera a Swerling cuando este fue suspendido, había dejado de verlo como un tipo desafortunado, un hombre estrafalario que quizás dijo algo inapropiado a la niña. Como Guiney, estaba convencida de que era inocente. Sin embargo, Turgel no lo quería de vuelta en la sala de clases. Entre los niños, pensaba, él sería vulnerable.
"Sé que hay gente que cree que los niños no mienten", dice Turgel. "Pero sí mienten. Y pueden ser crueles". Se enamoran de los maestros y a veces mienten. Creen que los maestros pueden ser injustos con ellos, y entonces mienten. "No creo que la gente en general entienda", dice Turgel, "lo delicado que es trabajar con niños".
Sin trabajo, Swerling trató de comenzar de nuevo. Pero fue difícil. Las dudas persistían. Absuelto o no, todavía era considerado ‘raro' por sus antiguos alumnos que fueron citados extensamente en el Newton Tab después del veredicto del jurado. Recordaban su falta de paciencia, sus bromas desubicadas y la sensación general de que el hombre había sido siempre algo raro. "Son las secuelas", dice su mujer. "Fue juzgado. Fue absuelto más allá de toda duda, según entiendo. Y todavía existe esa idea. Yo creo que todavía existe la percepción de que es culpable o de que puede ser culpable".

"Uno tiene que preguntarse a sí mismo, y yo estoy simplemente haciendo esta pregunta: ¿Es este hombre completa y enteramente inocente debido a que fue absuelto? Ese es el problema. Y no creo que nadie pueda responder esa pregunta. Ni siquiera nosotros".
(Declaración reciente de uno de los jurados).

"¿Quieres saber dónde vive?", me pregunta Swerling.
Estamos a fines de abril. Hacemos un recorrido por Newton. Él conduce su furgoneta Chrysler, el cinturón amarrado, controlando todo.
Swerling habla todo el rato durante el recorrido.
Visitamos la Escuela Secundaria de Newton Sur, y la de Newton Norte. Señala su antigua aula y su estacionamiento. Me muestra el lugar dónde ocurrió supuestamente la violación. Al fin del día visitamos incluso el registro de Watertown, brillando entre luces fluorescentes y atiborrado como todos los días. Saluda a la gente que conoce ahí haciendo señas con la mano. Y ellos lo saludan a su vez.
Nos dirigimos a la casa de la niña. "Nos iremos por aquí", dice. "Es bonito". Los caminos de entrada son de ladrillos, los jardines impecables. Las casas -algunas antiguas, otras nuevas- brillan bajo la luz del sol. Todo es verde. Todo está floreciendo. Y ahí está la casa.
Swerling no aminora. Estamos ahí, y seguimos. Sabe que no puede detenerse.
En octubre pasado, el departamento de educación le pagó para que se marchara, acordando pagarle su salario hasta enero de 2007, y también acordaron eliminar toda mención de suspensión administrativa de su expediente. Como si nada hubiese pasado. Debería estar feliz. Pero no lo está. No realmente.
El problema es que todavía se ve como el señor Swerling, el maestro, en lugar de Norman Swerling, el hombre. El problema es que enseñar a conducir es lo único que sabe hacer, dice, y ya nadie lo contratará para hacer lo que le gusta.
"Si no trabajas", dijo otro día, "tu mente se va al diablo. Estoy hablando en serio. Yo era muy preciso. En el asiento del conductor tienes que ser así". Chasquea los dedos dos veces.
Es un hombre libre, pero atascado en el pasado. Entonces tenía latiguillos, aforismos que podía usar para ayudar a los alumnos, o a veces incluso a su mujer, a conducir mejor. Uno de ellos era: "Lucha por mejorar tu posición".
Quiere decir: Sé consciente del tráfico a tu alrededor. No te dejes atrapar en el punto ciego de otro. No te dejes sorprender. Es una metáfora apta de la vida. Pero el viejo maestro la olvidó. Cuando le recuerdo su latiguillo y le pregunto cómo se aplica ahora a su vida, Swerling habla de buscar otro trabajo. Luego, reconociendo que no es probable, vuelve a hablar de la gente que todavía ve en su espejo retrovisor.
Los agentes de policía. Los fiscales. Los empleados de la escuela.
La niña.

keithob@aol.com

9 de julio de 2006
©boston globe
©traducción mQh
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inocente 1


[Keith O'Brien] Durante tres décadas, Norman Swerling fue un hombre amable y felizmente casado que enseñaba a conducir a los niños de Newton. Era estricto. Era dedicado. Adoraba su papel de ayudar a los adolescentes a convertirse en adultos. Entonces, un día, una niña dijo que él la había violado en su coche de instrucción. Primera parte.

Lo primero que te dirán los expertos sobre un violador es que no hay un violador que sea reconocible. Podría ser un bruto. Podría ser tu dentista. Podría ser guapo. Podría ser gordo. Podría ser tu hermano, tu marido, tu mejor amigo. Podría confiar en él todo el mundo. Podría conocer a medio mundo. Y, sin embargo, podría ser verdad. Ese hombre podría ser un violador.
En el pasado, Norman Swerling no pensó nunca demasiado sobre quién es un violador y quién no y cómo podrías notar la diferencia. Pero ahora no puede dejar de pensar en ello. El hombre de 58 años está sentado a la mesa de su cocina en su casa en Wellesley Hills, desempleado y mirando por la ventana sobre las copas de los árboles al este. Desde aquí, sobre su café francés todas las mañanas, Swerling puede ver el contorno de Boston, diminuto en la distancia. Su casa no es lujosa -no según los estándares de Wellesley. Pero es una buena casa. El vecindario es tranquilo. Los conductores jóvenes son educados. En todo caso, lo eran hasta que la niña empezó a decir esas cosas sucias sobre Swerling.
La niña.
Incluso ahora, casi un año después de que terminara todo, Swerling todavía piensa en ella: lo que dijo, cómo lo dijo, el modo en que sonreía e incluso cómo reía en el tribunal. Dios, cómo le gustaría dejar de pensar en esas cosas. Pero no puede. Ella es el personaje principal de una historia que se repite una y otra vez en su cabeza. Es la razón de porqué está desempleado y sentado a la mesa de la cocina en la mañana de un día de semana. Sin ella, no habría cargos ni de violación ni de agresión. No habría juicio. Sin ella, él todavía sería el señor Swerling, el profesor de las clases para aprender a conducir en escuelas de Newton durante más de tres décadas. No amado, quizás. Pero no un violador.
Y, sin embargo, incluso los miembros del jurado dudaban. Este mes hace un año, los doce miembros del jurado absolvieron unánimemente a Swerling de ocho cargos de violación, agresión, asalto indecente y asalto -aunque algunos de ellos todavía dudan. El caso no tenía mucho sentido. No tenía sentido que una alumna de 16 inventara ese montón de acusaciones simplemente porque no le gustaba Swerling. Y sin embargo eso fue exactamente lo que resolvieron. Muchos miembros del jurado creyeron que la niña mintió cuando dijo que Swerling la obligó a hacerle una felación en el coche de instrucción en Newton en diciembre de 2003. Un miembro del jurado calificó la declaración de la niña de "actuación", y el jurado llegó en julio pasado, unánimemente, a una rápida decisión en cuanto a la peor acusación. Swerling, resolvieron, no era un violador.
Pero la idea de que alguien pudiera maquinar mentiras espectaculares y repetirlas ante un tribunal simplemente para arruinar a un profesor no tenía sentido para los miembros del jurado. Y así, aunque votaron absolviendo a Swerling de todos los cargos, algunos jurados me dijeron que no pudieron dejar de pensar, cuando salía en libertad, que quizás hizo algo, quizás tocó a la niña en algún lugar o le hizo comentarios inadecuados. Algo.
Sólo dos personas saben exactamente qué pasó, si es que pasó algo, y una de ellas está ahora en la universidad y no quiere hablar (el Globe no identifica a los demandantes en los casos de abuso sexual). La única señal de su nueva vida es su página web en myspace.com Sus padres, que todavía viven en Newton, tampoco quieren hablar. Durante meses ignoraron los intentos de localizarlos, y entonces, finalmente, los rechazaron en mayo en un e-mail de dos líneas diciéndome que no tratara de ponerme en contacto con su hija. En conclusión, escribió la madre de la niña: "Nuestro abogado se pondrá en contacto con usted".
Nunca lo volví a intentar. Tampoco oí nada de los agentes de policía de Newton que estuvieron involucrados en el caso o de los fiscales que defendieron el caso ante el tribunal. De hecho, ningún testigo de la fiscalía quiso comentar el juicio de Swerling por violación. Todo el mundo parece querer olvidarlo. Algo como esto -un escándalo sexual con un maestro de toda la vida y una guapa chica de la secundaria- no puede olvidarse con suficiente rapidez. Queda colgando. El caso de Swerling no es solamente la pesadilla de unos padres; es la pesadilla de todo maestro. Los comentarios de una niña -verdaderos o no- provocan estampidas de adultos que huyen a esconderse. Y así, tu carrera en la enseñanza puede ser resumida en la primera plana del diario de tu pueblo con el titular: "Profesor acusado de violación".
Así fue como pasó en el caso de Swerling. Y así, mientras otros siguen con sus vidas, está todavía ahí: todavía le pagan su salario de 83 mil dólares, pero está desempleado, posiblemente no volverá a ser empleado nunca, y con demasiado tiempo entre sus manos. Su interés en su propio caso raya en la obsesión. Repite una y otra vez los mismos hechos. Ha confrontado a algunos de los testigos de la fiscalía para entrevistarlos para un libro que está escribiendo y admite que se siente como si tuviera que probar que es inocente. "Tengo que dejar de hacer eso", dice. "Pero sigo haciéndolo".
No puede dejar de hacerlo. Su historia es todo lo que tiene. Ganó el juicio y su libertad, pero perdió su lugar en la vida.

R: [...] Sentí su pene contra mi boca y me dijo que abriera la boca. Y luego me agachó la cabeza.
P: ¿Abriste la boca cuando él te dijo que lo hicieras?
R: Sí. Tenía mucho miedo.
P: ¿Y te metió algo en la boca?
R: Sí.
P: ¿Qué era?
R: Su pene.
(Fragmento de la declaración de la estudiante ante el jurado, el 9 de marzo de 2004).

Norman Sheldon Swerling era un hombre grande. Pesaba unos 135 kilos. Le gustaba comer. Todavía le gusta comer. Y aunque ha bajado de peso desde las acusaciones de la niña, todavía no es un hombre guapo. Tiene una sonrisa boba, natural, y usa camisas de manga corta con botones. Tiene barba. Es calvo.
También es un hombre dedicado. Norman Swerling adoraba enseñar a conducir en Newton. De desvivía por ello. No era solamente su trabajo: era su identidad. En las reuniones de apoderados de esos años, recordaba a los padres reunidos que su materia era importante. "Tengo el honor", decía, "y la terrible y enorme responsabilidad de hacer el curso más relevante de esta secundaria". Tal como lo veía él, si él fracasaba, eso se traducía en muertes de niños. Esta también era su comunidad.
Sus padres, con él y sus dos hermanos, se mudaron de Dorchester a Waban, uno de los pueblos de Newton, cuando Norman tenía once años. Como hijos de judíos rusos que emigraron a Estados Unidos, Arthur y Ethel Swerling querían estabilidad para sus hijos. Norma, el segundo, se graduó de la Escuela Secundaria de Newton Norte en 1965. Era miembro de la brigada cinematográfica, del equipo de tiro al blanco con rifle, del club de música folclórica y del Key Club.
Swerling fue a la universidad y sacó más tarde su diploma de licenciatura para la educación secundaria, aunque volvió a Newton en 1971 como instructor para aprender a conducir. Le pagaban bien, cinco dólares la hora en esos días, y le ofrecían resultados inmediatos. Los niños practicaban, aprendían, sacaban sus permisos de conducción -un momento importante en la vida de los niños que Swerling presenció incontables veces. Su esposa de veinte años, Chris Swerling, que trabaja como bibliotecaria para las escuelas de Newton, dice que su marido era una de esas personas que pensaba enseñar toda la vida. Los Swerling no tienen hijos. "Yo lo podía cronometrar. Nunca llegaba tarde. Yo siempre sabía dónde estaba. Salía de la escuela exactamente a la misma hora todos los días, y las noches de lunes y miércoles llegaba a las 9:29, después de las clases de conducción".
Pero entonces, el 15 de enero de 2004, un empleado de la escuela dejó un mensaje para Swerling, citándole a una reunión con él a la mañana siguiente.
La niña.
La niña lo estaba acusando. Swerling fue informado por empleados de la escuela de que "una alumna" estaba haciendo "serias acusaciones". Fue todo lo que le dijeron cuando lo suspendieron de sus labores. Buscó en su mente buscando una explicación. ¿Qué había dicho? ¿Qué había hecho? ¿Había mirado a la chica? ¿Le había mirado la blusa? Swerling ya no pudo dormir. Estaba desecho.
Para cuando lo acusaron formalmente dos meses más tarde, Chris Swerling había enviado a su marido a Florida con un billete de tren barato simplemente para sacarlo de la casa. Es por eso que fue ella la que tuvo que contarle la noticia a los padres de Norman. Es por eso que corrió a casa de sus suegros a contarles sobre la acusación antes de que se enteraran por el telediario.
Norman Swerling quería morir. Desfalco, evasión de impuestos, robo, incluso robo, todos delitos graves. "Pero violación", me dice, "molestar a una niña, eso no se perdona".
Se sintió como si todo el mundo lo estuviese mirando, incluso los desconocidos, y, finalmente, en octubre, su cuerpo, con exceso de peso y bajo tensión, no soportó más. Swerling tuvo un ataque al corazón. Lo operaron y le colocaron tres bypass. Pensó que se iba a morir, y que la acusación sería su condena. Moriría como un violador.

P: ¿Te tocó el señor Swerling en algún lugar durante la sesión del 6 de enero?
R: Sí, me puso la mano en la pierna, en la parte interior de mi muslo, y entonces, así, me puso la mano en mis bragas, por la parte interior, arriba. Y entonces...
P: ¿Cómo te sentiste?
R: Incómoda.
(Fragmento de la declaración de la alumna ante el jurado).

La niña era guapa. Todavía lo es. Y no le molesta hablar sobre el tema. Por lo menos, eso es obvio en su página web en myspace.com, que apareció apenas tres semanas después de que terminara el juicio. En su página, la niña, que ahora tiene 19, dice que "salir de compras es una de mis cosas preferidas" y "TAMBIÉN ME GUSTA VERME CALIENTE Y SEXY, por mí misma y por cualquiera que se interese". Debajo de una de las fotos de chica de calendario de sí misma que ha publicado, se lee la leyenda: "¿Me veo como puta?" Pero de acuerdo a la página, también le gusta la literatura y le gustaría haber conocido a Madre Teresa. Es un batiburrillo de ideas y fotos inconexas -algunas de ellas bastante gráficas- como muchas páginas web personales de myspace, que se ha convertido en el lugar para intercambiar y publicar chismes picantes y mundanos que se reservaban antes para diarios de vida ocultos en la gaveta de abajo.
En la secundaria, sin embargo, era simplemente otra niña que necesitaba su licencia de conducir, y es ahí donde Swerling entraba en su vida. Su trabajo era enseñarle a conducir. Según lo que dicen muchos, eso no fue fácil.
Dijo que Swerling la gritaba. Él dijo que la niña era incorregible. Ella dijo que Swerling era "malo". Él dijo que la niña tenía mala conducta. Ella lo llamó "terrorífico" y se quejo de que él hacía comentarios sobre lo guapa que era que la hacían sentirse incómoda. Él dijo que conducía mal. "El hecho es que a mí me caía bien el 98.9 por ciento de mis estudiantes", dice Swerling. "Pero esta alumna era insoportable. Era terriblemente desagradable".
Sus choques empezaron a fines de 2003, cuando la niña empezó las clases para aprender a conducir. Swerling es, en general, un hombre amable y sincero. Con Norman, dice su mujer, nunca hay engaño. Él es lo que ves. Fue una de las razones por las que ella se enamoró de él después de que se conocieran en un viaje por Italia en 1984.
Pero Swerling tampoco soporta fácilmente a los cretinos. Especialmente cuando se trata de conducir. Es puntilloso en cuanto a los detalles. La luz verde no significa que puedes pasar; significa que tienes el derecho de hacerlo, cuando es seguro hacerlo. Los que no podían entender eso, sentían su frustración. Incluso los que lo quieren dicen que podía ser criticón, impaciente, exigente. Las clases empezaban puntualmente y no terminaban nunca antes.
"Sospecho que no era terriblemente popular con los niños", dice el abogado de Swerling, Tom Guiney, que lo conoció después de las acusaciones de la niña. "Podía tomar las clases de conducción realmente muy en serio. Yo podía ir conduciendo y él me haría parar completamente".
El tipo era un personaje. "Sobresalía. Déjame decirlo de ese modo", dice Cheryl Turgel, presidente de la Asociación de Profesores de Newton.
La niña, sin embargo, empezó a decir otras cosas. Después de terminar sus clases con Swerling y sus sesiones de práctica en la calle con su ayudante, Swerling llamó a su casa y le dijo a su madre que ella necesitaba pasar más tiempo detrás del volante. La madre accedió a sesiones extras de práctica, por las que Swerling le cobró 45 dólares por hora, en parte, declaró ella más tarde, porque Swerling era "muy persistente". La niña y el hombre salían solos en esas sesiones, en dos ocasiones: el 16 de diciembre de 2003 y el 6 de enero de 2004. (Swerling dice que estar solo en el coche con sus estudiantes era algo que ocurría todos los días). Swerling estaba solo con la niña una tercera vez cuando él la acompañó al Registro de Vehículos Motorizados de Watertown para su examen de conducción el viernes 9 de febrero. La niña aprobó, y sólo entonces, a la semana siguiente, en la escuela, empezaron sus acusaciones contra él.
El lunes le contó a la enfermera de la escuela, Gail Kramer, una mujer con la que la niña solía almorzar, que Swerling la había golpeado el trasero frente al registro de Watertown. El martes, le contó a Kramer que Swerling, una vez, había colocado sus dos manos sobre las de ella en el volante, que sus manos estaban sudorosas y que ella podía sentir su aliento sobre ella. El miércoles se fijó una cita para que ella hablara sobre este asunto con personal de la escuela, y las acusaciones se hicieron cada vez más graves.
La niña dijo que una vez Swerling la había tocado por detrás, por debajo de la camiseta, y a menudo en la parte interior de sus muslos; que él quería que, en el registro de Watertown, creyeran que ella era su novia; que él allá había caminado muy cerca de ella y "prácticamente se sentó en mi regazo"; que él la cogió la mano y la puso sobre su pene cuando aparcaban en un "callejón" o en una "calle secundaria" una vez que estaba oscureciendo durante una sesión y luego la obligó a agachar la cabeza sobre su regazo y le puso el pene en la boca. La niña dijo que cuando ella empezó a ahogarse, Swerling le dijo: "Okay, arranca, nos vamos". Luego se dirigieron juntos al Centro Newton, donde Swerling la dejó sola en el coche y entró al Dunkin Donuts a comprar café.
"Estoy seguro de que se conocerá la verdad", le dijo Swerling a un periodista después de que se anunciaran los cargos contra él. Pero en privado se sentía mucho menos seguro. Empezó a preparar a su mujer para la posibilidad de que tuviera que ir a la cárcel. Los miembros del jurado lo condenarían por algo, pensaba. Simplemente para hacerse sentir. Simplemente porque, como le gusta decir, donde hay humo, hay fuego.
Sufrió un ataque al corazón, y dos meses más tarde, presenció la muerte de su padre. El frágil hombre había querido ayudar. Antes de su muerte en diciembre de 2004, le había preguntado a Norman: "¿Necesitas dinero?" El hijo dijo que no. Ahora el padre de Norman ya no estaba, y su esposa lo apoyaba, pero era impotente. Y todavía faltaban seis meses para el juicio.

P: ¿Usted empezó a observar o a comentar los cambios de su hija en casa a mediados de diciembre de 2003?
R:Sí.
P:¿Puede describirlos?
R:Tenía mucho miedo, estaba muy triste, no dormía en las noches.
(Fragmento de la declaración de la madre de la alumna durante el juicio en julio pasado).

keithob@aol.com

9 de julio de 2006
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jefe policial mata a joven


En estado de ebriedad, en Puebla.
Puebla, México. Un jefe policial de la ciudad de Puebla en estado de ebriedad asesinó a balazos este sábado a un joven acomodador de coches de un exclusivo club, informaron las autoridades locales.
El subdirector de Seguridad Pública disparó en dos ocasiones contra el empleado de 24 años, provocándole la muerte, e hirió a un compañero de éste, de 42, de un tiro en la cadera, explicó bajo anonimato un elemento de la policía local.
"Escuchamos vía radio que un sujeto se encontraba tirando disparos en la Isla de Angelópolis (zona exclusiva de Puebla). Al arribar al lugar nos encontramos con el responsable. Los compañeros de las víctimas lo señalaron directamente como el tirador; fue desarmado y detenido", relató el policía.
Cuando fue detenido, el homicida repetía a sus compañeros: "Me van a matar, me van a matar".
La Secretaría de Seguridad Pública de Puebla condenó el incidente en un comunicado y enfatizó que "se aplicará todo el peso de la ley" contra el agresor.

8 de julio de 2006
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ejecutado por error 3


[Maurice Possley y Steve Mills] Un secreto imaginario. Violento matón se fanfarroneaba de ser el verdadero asesino. Última entrega.
Era un secreto que todos compartían. Algunos lo guardaron por temor. Otros porque nadie les preguntó nunca. Cualquiera sean sus razones, era un secreto que pudo haber salvado a Carlos De Luna de la ejecución.
Veinte y tres años después del asesinato de Wanda López en la gasolinera donde trabajaba, familiares y conocidos de otro hombre, Carlos Hernández, han roto su silencio para confirmar lo que De Luna había dicho siempre: que en 1983, Hernández, un tipo violento, había matado a López.
Una investigación del Tribune ha identificado a cinco personas que dicen que Hernández les confesó que él había apuñalado a López y que De Luna, al que llamaba su "estúpido tocayo", fue al corredor de la muerte en su lugar.
También dicen que él confesó haber asesinado a otra mujer, en 1979, un crimen del que fue acusado, pero nunca juzgado.
Aunque algunos aspectos de las acciones de De Luna la noche del asesinato de López siguen siendo sospechosos, Tribune descubrió substanciales evidencias que socavan su condena. Entre los hallazgos:
El único testigo que estuvo frente a frente con el asesino en la gasolinera después de que López fuera apuñalada dice ahora que no estaba completamete seguro de la identificación de De Luna. Identificó a De Luna, dijo, después de que la policía le dijera que habían arrestado a De Luna debajo de un camión cerca del sitio del suceso -una información que mitigó su incertidumbre.
El análisis de Tribune de los libros de la gasolinera Sigmor también socava la afirmación de la fiscalía de que el asesinato tomó lugar durante un asalto, una circunstancia agravante que hizo posible que el acusado fuera condenado a muerte. Documentos nuevamente examinados sugieren que de la gasolinera no se sustrajo dinero.
La fiscalía dijo que Hernández era un "fantasma", aunque uno de los fiscales conocía bien a Hernández, pero no informó a los abogados de De Luna -un posible error jurídico que podría haber sido un motivo para revocar su condena.
Y uno de los detectives de Corpus Christi en la época del crimen ahora dice que cree que De Luna fue ejecutado equivocadamente. El ex detective Eddie Garza, dijo que unos informantes le contaron que Hernández había matado a López, la madre de una niña de seis. Sin embargo, esos datos no fueron investigados.
Garza conocía a los dos hombres y dijo que el asesinato de López era el tipo de crimen que podía cometer Hernández, no De Luna.
"No creo que De Luna pudiera hacer una cosa así y apuñalar a alguien hasta la muerte", dijo Garza.
Pero Hernández, agregó, "era un criminal despiadado. Era malo y creo que era un asesino".

Sin Más Secretos
Tras la muerte de Hernández en la cárcel en 1999, el rumor se extendió por Corpus Christi y la gente empezó a hablar.

Janie Adrian recuerda que Hernández se fanfarroneó de haber apuñalado a López, y dijo que Carlos De Luna, el hombre que compartía su nombre de pila, era inocente.
"Dijo: ‘Acusaron a mi estúpido tocayo'", recordó hace poco.
Adrian, vecina de la madre de Hernández, Fidela, dijo que ella siempre pensó que alguien le preguntaría sobre lo que sabía. Pero nadie lo hizo, así que nunca contó nada.
"Me guardé el secreto", dijo en su casa en Corpus Christi. "Quizás debí haberlo contado".
Dina Ybañez esperó porque tenía miedo. Conoció a Hernández en 1985, y después de que su marido y ella se hicieran sus amigos, él les confesó que había matado a López.
"Dijo que él lo había hecho, pero que habían acusado a otro -a su estúpido tocayo", dijo Ybañez en una entrevista. "Carlos se reía con el asunto, porque logró salirse con la suya".
Como otros en Corpus Christi que conocían a Hernández, Ybañez dijo que él también confesó haber matado en 1979 a Dahlia Sauceda, una mujer de la localidad que fue estrangulada y abandonada con una ‘X' marcada en la espalda. Hernández fue interrogado sobre el asesinato en 1979, luego acusado por este en 1986, pero los fiscales nunca lo llevaron a juicio.
Ybañez también dijo que ella temía tanto a Hernández que nunca contactó a la policía acerca de sus confesiones, ni siquiera después de que él la tajeara desde el ombligo hasta el esternón durante una pelea. "Me dijo que me iba a matar como a ella", dijo.
Beatrice Tapia y Priscilla Jaramillo no hablaron nunca sobre lo que sabían porque quería olvidar.
Aunque no se habían visto en años, recordaron independientemente los mismos escalofriantes detalles del día en que oyeron a Hernández confesar que había matado a López.
Jaramillo es sobrina de Hernández y durante los años ochenta vivió en casa de su madre, donde, dijo, fue sexualmente violentada por Hernández.
Poco después del asesinato de López, Jaramillo, entonces de 11 años, y Tapia, de 16, una amiga del vecindario, estaban sentadas en las escalinatas, charlando pero también escuchando a Hernández y a su hermano Javier, que estaban en el porche bebiendo cerveza.
Carlos le dijo a su hermano que él había matado a la mujer de la gasolinera.
"Dijo que había hecho algo malo y pronunció el nombre de Wanda. Dijo que él la había matado", recordó Tapia, que todavía vive en Corpus Christi. "Dijo que lo lamentaba".
Los recuerdos de Jaramillo son similares. "Mi tío Carlos dijo que le había hecho daño a alguien, que había apuñalado a alguien", dijo Jaramillo, que ahora vive en Tejas. "Javier no me creyó".
"Carlos dijo: ‘Yo lo hice'. Y la nombró, y Javier la conocía", dijo Jaramillo. "Él dijo que ella se llamaba Wanda".
Además de las cuatro mujeres que contaron la confesión de Hernández, Tribune entrevistó a un hombre de Corpus Christi que contó una historia similar. Miguel Ortiz, que tiene antecedentes penales, dijo que los dos estaban bebiendo en un parque cuando Hernández empezó a hablar de una dependienta que había "estropeado" en una gasolinera.
"No le hice caso", dijo Ortiz.

Datos Sobre Hernández
Aunque algunos en Corpus Christi guardaron silencio sobre Hernández, otros no lo hicieron.

Garza, que era detective entonces, recuerda haber recibido informaciones unos días después de que De Luna fuera arrestado, de que había otro tipo que estaba contando que él había apuñalado a la dependienta de la gasolinera.
"Estábamos recibiendo datos de que Carlos Hernández era el tipo que la había matado", dijo Garza, que ahora trabaja como detective privado. "Varias personas nos dijeron eso".
Garza dice que él pasó esa información a la detective que dirigía la investigación, Olivia Escobedo.
Escobedo, ahora una agente inmobiliaria y asesora de la policía en Florida, dijo que no recordaba haber recibido esos datos. "No recuerdo nada sobre Carlos Hernández", dijo en una entrevista reciente.
"Siempre seguía todas las pistas", dijo Escobedo, que investigaba fundamentalmente crímenes sexuales y manejó el caso de De Luna sola. "Seguía huellas de conejo, aunque no tuviera que hacerlo. Seguía todas las pistas posibles".
El colega de Garza en la época, Paul Rivera, ahora capitán en el departamento del sheriff del condado, dijo que tampoco recordaba esos datos.
Garza no declaró en el juicio, pero sí lo hizo cuando De Luna fue sentenciado, diciendo que el acusado gozaba de "mala" reputación en la ciudad. Garza dice que para entonces él asumía que los datos habían sido chequeados y tenidos por falsos. Ahora cree que los datos fueron ignorados.
Su reciente análisis de los informes de policía sobre el caso, a petición de Tribune, renovaron su escepticismo sobre la culpabilidad de De Luna. Garza concluyó que la investigación inicial del sitio del suceso fue chapucera y breve.
Observó que nada de la sangre que había salpicado el suelo de la gasolinera fue recogida para su análisis, de modo que no era posible determinar si había ahí sangre del atacante. El único objeto sometido a un análisis de sangre fue la navaja, la ropa de De Luna y un billete de cinco dólares.
Una foto de la policía muestra a Escobedo parada en el medio de un charco de sangre detrás del mostrador de la gasolinera. La gasolinera volvió a abrir sus puertas apenas unas horas después del asesinato.
"Este caso no fue investigado correctamente", dijo Garza.
Observando que los investigadores no encontraron evidencias materiales que pudieran ser usadas para identificar al agresor, dijo, "probablemente estaban ahí y nadie las encontró. Simplemente las pasaron por alto".

Dudas de los Testigos
Sin evidencias forenses que vincularan a De Luna con el crimen, los fiscales descansaron pesadamente en dos testigos oculares
que dijeron que lo habían visto en la gasolinera -uno antes del asesinato, y otro, después.
Arrestado menos de una hora después del ataque, De Luna fue esposado y metido a una patrullera, luego llevado a la gasolinera donde un agente le alumbró la cara con una linterna.
De esos testigos, sólo Kevan Baker estuvo cara a cara con el asesino después de que López fuera apuñalada. Ahora vive cerca de Jonesville, Michigan. Baker recuerda vívidamente esa noche.
Había parado a repostar y vio a López forcejeando con un hombre en la gasolinera. Cuando se acercó a la puerta para ayudarla, el asaltante se volvió, lo miró a los ojos y huyó.
De Luna y Hernández eran más o menos de la misma altura y se ven muy parecidos en las fotos de las fichas de la policía.
Baker identificó a De Luna, pero ahora dice que no estaba seguro. "Yo no estaba seguro, pero como era hispano y todo eso... dije: ‘Sí, creo que es él'", dijo Baker hace poco. "Los polis me dijeron que lo habían encontrado escondiéndose debajo de un camión. Y eso me llevó a creer que ese era probablemente el tipo".
Esta forma de identificación -en la que un testigo mira solamente a un sospechoso en lugar de intentar reconocerlo en una hilera de sospechosos- puede ser precisa, pero también puede dar a los testigos una falsa impresión de certeza, de acuerdo a expertos. Dicen que limitarse a un sospechoso, aumenta la posibilidad de una identificación equivocada.
"Los agentes se creen que tienen al tipo, así que todo su comportamiento, su modo de hablar, el modo en que tratan al tipo sugiere al testigo que esa es la persona que busca", dijo Gary Wells, psicólogo de la Universidad del Estado de Iowa y experto en problemas relacionados con identificaciones de testigos oculares. "El testigo se encuentra bajo una enorme presión".
El otro testigo que identificó a De Luna cuando estaba en el coche policial, George Aguirre, rechazó ser entrevistado para este artículo. En una vista preliminar fue incapaz de mostrar a De Luna en la sala del tribunal. Sin embargo, sí lo identificó durante el juicio, un mes después.
Dos testigos adicionales en el juicio, John y Julie Arsuaga, dijeron que ellos vieron la cara de De Luna cuando pasaba trotando en el estacionamiento al este de la gasolinera algunos minutos después de que López fuera atacada.
De Luna dijo a las autoridades que cuando vio a Hernández forcejeando con López, huyó del lugar porque estaba con libertad condicional y no quería que lo viera la policía.
Julie Arsuaga no pudo ser localizada. En una entrevista hace poco, su ex marido dijo que todavía cree que De Luna era el hombre que vio en la calle.
Pero reconoció que nunca vio a De Luna en la gasolinera. "No vi a ese hombre cometer ese crimen".

No Fue un Asalto
El hallazgo de 149 dólares en el bolsillo de De Luna cuando fue detenido fue importante para la acusación de la fiscalía,
porque era una manera más de vincularlo con el crimen.
Pero una revisión de las cuentas de la gasolinera muestra que esa es una suposición endeble.
Los abogados defensores de De Luna determinaron que él había cobrado, el día del asesinato, un cheque de pago de 135 dólares, y 71 dólares la semana anterior. Además, observaron que los 149 dólares estaban en un rollo ordenado -lo que hace improbable que lo hubiese substraído de la caja- y ninguno de los billetes analizados reveló rastros de sangre. El dinero que se encontró disperso en la gasolinera Sigmor tenía manchas de sangre.
En el juicio, un gerente regional de la cadena de gasolineras, dijo al jurado que un inventario realizado la noche del crimen mostró un déficit de 166 dólares. No pudo decir cuánto correspondía a mercaderías, y cuánto, si acaso, a dinero en efectivo.
Pero otro empleado de Sigmor en esa época, Robert Stange, nunca creyó que se hubiese substraído dinero.
Stange, que dice que nunca fue entrevistado por la policía, los fiscales o los abogados de la defensa, trabajó en el turno diurno en la gasolinera antes de López. En una entrevista reciente dijo que fue llamado la noche después del asesinato para que limpiara la sangre e hiciera el inventario.
Dijo que encontró 55 dólares en efectivo en la caja, y 200 dólares guardados en la gasolinera para tener cambio para los clientes.
López, dijo, siempre se aseguraba de que, cuando acumulaba cien dólares en boletas, de colocarlos en la caja fuerte y apuntaba la hora y la cantidad depositada en el libro de registro de la gasolinera.
Una copia del libro muestra que López hizo su último depósito de cien dólares a las 7:31 de la tarde, 38 minutos antes de ser atacada.
Para que los 149 dólares de De Luna fueran producto del asalto, explicó Stange, debería haber reunido al menos esa cantidad en la media hora previa al asesinato, sin depositarla en la caja fuerte. López, dijo, "no habría guardado nunca esa cantidad de dinero en la gaveta, sin depositarla. No le gustaba tener esa cantidad de dinero en la mano. A nadie le habría gustado eso".
A petición del Tribune, Kevin Stevens, un profesor de contabilidad de la Universidad de DePaul, analizó el informe del inventario que los fiscales utilizaron durante el juicio. Stevens, que casualmente trabajaba en la gasolinera cuando estudiaba en la universidad, concluyó que el sistema de contabilidad de Sigmor era demasiado caótico como para ser preciso.
"No pueden haber sabido cuánto dinero faltaba", dijo Stevens, "porque no podían saber cuánto dinero había".

Todavía Cree
Después de que Tribune empezara su investigación, el fiscal jefe en el juicio de De Luna, Steve Schiwetz, decidió examinar los archivos del caso.

Atormentado por algunas de las preguntas que se estaban planteando, pasó horas en el despacho del fiscal del condado de Nueces analizando con un periodista las pruebas instrumentales del juicio, los informes de la policía y otros documentos del caso, así como estudiando los documentos proporcionados por Tribune.
Ahora con una práctica privada de abogado, Schiwetz reconoció que el caso descansaba fuertemente en las declaraciones de testigos. "A veces es fiable. A veces, no", dijo en una entrevista. "Y a veces, en casos como este, no estás completamente seguro de lo fiable que pueda ser".
En el juicio, Schiwetz calificó a Hernández de "fantasma", pero dijo que no lo habría hecho si el otro fiscal le hubiese informado que Hernández había sido acusado del asesinato de otra mujer. Schiwerz también dijo que si le hubiesen dicho que había informes según los cuales Carlos Hernández afirmaba ser él el asesino de López, habría investigado esos informes.
"Siempre que alguien dice que ha matado a alguien, creo que vale la pena echarle un vistazo", dijo. "Pero yo he oído a montones de gente atribuirse cosas que no hicieron o cosas que son falsas".
Finalmente, Schiwetz señala varios elementos del caso que todavía lo convencen de que el jurado condenó al hombre indicado. De Luna, dijo, mintió cuando dijo que había hablado con dos mujeres en la pista de patinaje la noche del asesinato y mintió cuando dijo, aparentemente, que había conocido a Hernández en la cárcel. De Luna había perdido toda credibilidad, dijo Schiwetz.
"Mintió en la historia más importante de su vida", dijo.
Además, aunque De Luna dijo que había perdido su camisa cuando escalaba una valla, no dio ninguna explicación sobre cómo perdió sus zapatos, observó Schiwetz. Aunque el laboratorio de criminalística no encontró sangre ni otras huellas en ellos, Schiwetz dijo al jurado que De Luna pudo haber apuñalado a López sin mancharse con sangre la camisa y que toda sangre que hubiese en sus zapatos había desaparecido cuando él corría por el césped húmedo.
En cuanto a la historia de crímenes con navaja de Hernández, dijo: "Todos los hombres de esta ciudad llevaban navaja. Y la mayoría de nosotros todavía lo hacemos. Pero yo no maté a Wanda López".
El co-fiscal de Schiwetz en el caso de De Luna, Ken Botary, también sigue creyendo que el veredicto fue correcto.
"No estoy dispuesto a creer que Carlos De Luna era inocente", dijo Botary.

Rabia y Remordimiento
El asesinato de Wanda López todavía persigue a los que afectó.

Su hermano Luis Vargas ya no tiene la rabia que alguna vez le hizo pensar en introducirse a la cárcel y matar a De Luna.
Ahora, cuando piensa sobre la muerte de su hermana, siente terror por la manera en que murió. No puede olvidar sus gritos en la cinta del 911.
"Es como abrir una lata de gusanos", dijo. "Todo este tiempo se nos dijo que era ese tipo. ¿Y ahora tenemos que creer que era otro?"
Sus padres adoptaron a la hijita de Wanda. Ahora madre de cuatro niños, está criando una familia propia y todavía vive en Corpus Christi.
La hermana de De Luna, Rose Rhoton, ha creído siempre en la inocencia de su hermano. Acusa a sus abogados de no preparar una defensa más agresiva y a la autoridades por no perseguir a Hernández como sospechoso.
También tiene sus propios remordimientos.
"Si Dios me diera una segunda oportunidad", dijo Rhoton, en su casa en Dallas y llorando, "pelearía más por Carlos".
Cuando Rhoton salió de la casa de la muerte en Hunstville, después de ver a su hermano por última vez, lo dejó al cuidado de un pastor, Carroll Pickett.
Capellán del corredor de la muerte, Picket rezó con De Luna y, como hacía con los reclusos que se enfrentaban a ser ejecutados, dio a De Luna una oportunidad para que se confesara y quedara en paz. De Luna insistió en que era inocente.
De Luna fue el recluso número 33 del corredor de la muerte al que acompañó Pickett, y en los años que siguieron prestaría asesoría espiritual a 62 más. Pero este se quedó en su memoria: De Luna decía que era inocente, tomó mucho más en morir que los demás, trató de levantar la cabeza en la camilla y de hablar con Pickett antes de que la inyección letal le quitara la vida.
"Cuando lo vi morir", dijo Pickett, "también murió una parte de mí".
La experiencia lo obligó a hacerse una pregunta que todavía no puede responder: ¿Mueren los inocentes de otra manera que los culpables?

mpossley@tribune.com
smmills@tribune.com

26 de junio de 2006
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ejecutan a asesino del ferrocarril


[Michael Graczyk] Ejecutado en Tejas. México protesta y considera injusta pena de muerte.
Huntsville, Tejas, Estados Unidos. Un asesino en serie acusado de la muerte de quince personas pidió perdón a las familias de sus víctimas momentos antes de su ejecución.
"Quiero preguntarles si acaso pueden perdonarme", dijo Ángel Maturino Resendiz, desde la camilla de la cámara de la muerte el martes, mirando hacia los familiares de las víctimas. "No están obligados a hacerlo. Sé que dejé que el mal gobernara mi vida".
"No se merecen esto", dijo Resendiz, 46, un vagabundo mexicano conocido como ‘el Asesino del Ferrocarril'. "Yo merezco lo que me está pasando".
Resendiz, que se ha descrito a sí mismo como mitad hombre, mitad ángel y que había dicho a psiquiatras que no podía ser ejecutado porque no creía que pudiera morir, recibió una inyección letal por el asesinato de la médico Claudia Benton en 1998.
Benton, 39, fue apuñalada con un cuchillo de cocina, aporreada con una estatuilla de bronce de 60 centímetros y violada en su casa de Houston, en una calle a algunos metros de una línea férrea.
"Esto no es una conducta humana, pero algo que es el mal contenido en una forma humana, una criatura sin alma, sin conciencia, sin sentido del remordimiento, ni consideración por la santidad de la vida humana", dijo el marido de Benton, George, que presenció la ejecución.
El asesinato de Benton ocurrió durante un mortífero recorrido en 1998 y 1999 que le ganó a Resendiz un lugar en la lista de los Más Buscados del FBI cuando las autoridades buscaban a un asesino que había cruzado la frontera estadounidense y recorría el país en trenes de carga.
Su muerte fue de las ocho asociadas a Resendiz en Tejas. Hubo dos muertes más en Illinois y dos en Florida, y una en cada uno de los estados de Kentucky, California y Georgia.
Las autoridades se dieron cuenta de que estaban persiguiendo a un asesino en serie cuando evidencias de ADN vincularon a Resendiz con el asesinato de Benton y los asesinatos de un pastor de la iglesia y su mujer. Fueron golpeados con un martillo mientras dormían en su casa cerca de vías férreas en Houston.
Un mes después, Resendiz cruzó desde México el puente internacional de El Paso y se entregó a la policía como parte de un acuerdo alcanzado por su hermana.
Resendiz dijo que algunos asesinatos fueron en respuesta a las muertes de los davinianos en Waco, otros a las atrocidades de los serbios. Otros los atribuyó a sus creencias anti-aborto o porque creyó que las víctimas eran homosexuales.
La ejecución -la decimotercera del año en el estado que practica más activamente la pena de muerte en el país- fue aplazada durante casi dos horas antes de que la Corte Suprema rechazara varias apelaciones.
El principal abogado de apelaciones de Resendiz, Jack Zimmermann, había argumentado que su cliente sufría de delirios. Las cortes federales han determinado que los reclusos no pueden ser ejecutados si no entienden que van a morir, cuándo serán ejecutados y por qué están siendo ejecutados.
La corte también rechazó una apelación del cónsul general de México en Houston, cuestionando la sanidad mental del nacional mexicano e impugnando la constitucionalidad del método de la inyección letal como un castigo cruel e inusual. En México se ha prohibido la pena de muerte.
El ministerio de Relaciones Exteriores de México protestó por la ejecución. En una declaración, la agencia dijo que "la ejecución fue llevada a cabo a pesar de la existencia de evidencias médicas que señalan serios problemas mentales que, en principio, deberían haber excluido la aplicación de esta pena".

Juan A. Lozano contribuyó a este reportaje.

28 de junio de 2006
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ejecutado por error 2


[Steve Mills y Maurice Possley]¿Fantasma o asesino? Un fiscal dijo que Carlos Hernández no existía. Pero sí existía y su perfil se correspondía con el crimen.
Para cuando los miembros del jurado se sentaron a decidir el destino de Carlos De Luna, había poco que debatir.
Aunque ninguna evidencia física lo vinculaba al fatal apuñalamiento de la dependienta de la gasolinera Wanda López, dos testigos oculares lo identificaron. Uno de ellos dijo que había visto a De Luna frente a la gasolinera, con una navaja en la mano; el otro dijo que lo vio saliendo de la cruenta escena del crimen.
También estaba la grabación audio de la llamada de López al 911, que entregaba pocos indicios sobre la identidad del asesino, aunque documentaba gráficamente el ataque y los frenéticos gritos de López.
"Tuve pesadillas sobre el caso durante largo tiempo", dijo Shirley Bradley, del jurado. "Esa cinta tenía un efecto de shock sobre nosotros... Era un caso claro".
Finalmente, los miembros del jurado rechazaron la declaración de De Luna, de que otro, Carlos Hernández, era el verdadero asesino. El fiscal jefe se burló de la afirmación de De Luna, llamando "fantasma" a Hernández.
Pero los jurados que encontraron culpable a De Luna y lo sentenciaron luego a muerte en julio de 1983, cinco meses después de su detención, no oyeron toda la verdad.
Hernández existía. No sólo era bien conocido por la policía de esta ciudad de la Costa del Golfo como un tipo violento, sino también lo conocía el co-fiscal en el juicio de De Luna y el detective jefe del caso.
Lo habían conocido cuatro años antes, cuando se determinó que era el principal sospechoso en un caso que trataron juntos: el asesinato de otra mujer de Corpus Christi.
Los jurados no supieron nada de eso. El fiscal guardó silencio mientras su colega caracterizaba a Hernández como un producto de la imaginación de De Luna.
Sin embargo una investigación del Tribune muestra que las circunstancias del asesinato de López repitenlúgubremente los detalles de la extensa hoja de antecedentes de Hernández: asaltos a gasolineras, ataques con navajas y varias agresiones contra mujeres.
En 1979, fue detenido como sospechoso por el asesinato de una mujer que fue encontrada estrangulada en su furgoneta, con una "X" marcada en su espalda, pero fue dejado en libertad por falta de pruebas.
Dos meses después del homicidio de López el 4 de febrero de 1983, Hernández fue detenido cuando merodeaba en la parte de atrás de una tienda de ultramarinos. Llevaba una navaja en su bolsillo.
Y en los siguientes seis años, mientras De Luna esperaba en vano que sus apelaciones lo mantuvieran alejado de la ejecución, la lista de crímenes de Hernández siguió creciendo.

Familia de Inadaptados
La casa de Hernández en la calle Carrizo, a apenas unas cuadras del destartalado centro de Corpus Christi, era en los años ochenta un lugar de peleas de borrachos y violencia, gran parte de esta perpetrada por Carlos Hernández.
"Cada vez que había una pelea, había sangre", recuerda Priscilla Jaramillo, una de las sobrinas de Hernández, que vivió en la casa durante varios años. "En esa casa de la calle Carrizo no había más que sangre".
El patriarca de la familia, Carlos Hernández Sr., fue enviado a la cárcel en 1960 a cumplir una sentencia por violación. Su hijo mayor, Carlos Jr., tenía cinco años en esa época. Tras salir en libertad, su padre no volvió nunca a casa.
La matriarca, Fidela Hernández, sacó seguros de vida de todos sus seis hijos, y cobró cuatro. Describe sus destinos fríamente:
Su hijo menor, Efraín, fue asesinado en 1979. Su hija mayor, Pauline, murió de cáncer en 1996. Otro hijo, Javier, fue asesinado en 1997. Y luego estaba Carlos, al que echó de casa cuando tenía 16 porque él y Javier peleaban mucho. Murió en la cárcel en 1999.
Gerardo Hernández, 50, el único hijo sobreviviente, describió la vida familiar de la siguiente manera: "No éramos una familia. Éramos inadaptados en todos los sentidos".
Huyó de casa cuando era adolescente y ahora vive en California. "Tenía que alejarme de ellos lo más rápido que pudiera", dijo.
Los familiares retratan a Carlos Hernández como un hombre violento, especialmente cuando estaba bebido. Tenía una particular inclinación por las navajas, de hoja plegable, del tipo que se usó para matar a López. Lo afilaba constantemente en una piedra de afilar, recuerdan familiares y amigos, y demostraba su filo afeitándose con el él los vellos de sus antebrazos.
"La podía sacar muy rápidamente", dijo Marshall Lester, un amigo de Hernández. "Dormía con ella y no se separaba de ella. La llevaba siempre consigo... Y era muy rápido a la hora de apuñalar a gente. Se ponía furioso cuando las cosas no salían como él quería".
El primer roce de Hernández con la ley se produjo cuando tenía 16 y fue detenido cuando conducía ebrio y acusado de homicidio por negligencia. Volviendo a casa después de una fiesta con su hermana y su novia chocó contra otro coche a más de 160 kilómetros por hora, matando a su novia.
En los años siguientes, su hoja de antecedentes se fue alargando. Fue detenido por esnifar pintura, robar un coche y tres asaltos a mano armada -los tres a gasolineras.
Los asaltos le significaron una sentencia de 20 años de cárcel, a los 18 años. Pero cumplió menos de seis, y tras volver a Corpus Christi en 1978, tuvo una serie de trabajos de jornalero, bebía y seguía peleando.
Jon Kelly, un abogado que representó a Hernández a fines de los años setenta y ochenta, dijo que Hernández era uno de los hombres más espantosos que conoció. Kelly recordó una época en que le dijo a Hernández que un cliente le debía dinero. Hernández habló con el hombre, y la cuenta fue pagada.
Después de eso, Kelly dijo que a veces se reunían para beber o fumarse un porrete juntos. Kelly recuerda haber entrado a un bar de mala muerte y "todo el mundo dejó de hablar y se hicieron a un lado... Era debido a Carlos".
En noviembre de 1983, cuatro meses después de que De Luna fuera enviado al corredor de la muerte, Hernández fue detenido por agredir a su mujer, Rosa Anzaldúa, con un hacha, de acuerdo a informes policiales.
También rompió una ventana, enviando una lluvia de cristal sobre uno de los hijos de Anzaldúa, que estaban durmiendo. Hernández amenazó con matarla a ella y sus hijos.
Fue sentenciado a treinta días de cárcel. Ella pidió el divorcio.

En el Corredor de la Muerte
Carlos De Luna pasó su tiempo en el corredor de la muerte trabajando en la zapatería de la cárcel,
siguiendo un curso de comercio por correspondencia, y escribiendo cartas a su familia. También tuvo problemas que le eran familiares.
En 1984, los gendarmes pillaron a De Luna y otro recluso esnifando cola. Los gendarmes le requisaron una botella de cola y una de diluyente de pintura.
Dos años después, De Luna estuvo a trece horas de ser ejecutado antes de que un juez federal le otorgara un aplazamiento para permitir otra acción legal. En esa apelación De Luna dijo por primera vez que sus abogados no habían investigado a Hernández como el posible asesino de López.
Durante ese período, De Luna trató de mantenerse optimista durante las visitas de sus familiares, según su hermanastra Mary Arredondo. Por lo general, dijo, se aferraban a conversaciones triviales sobre asuntos de la familia. Empero, inevitablemente, la conversación recaía sobre el caso de De Luna.
"Siempre le pregunté. Él decía que el asesino era Carlos Hernández", dijo Arredondo. "Le pregunté que por qué había escapado. Me dijo que estaba con libertad condicional y no quería volver a la cárcel".
Para junio de 1988, De Luna había estado en el corredor de la muerte por casi cinco años y se estaba desesperando.

"A veces, por la noche, me pongo a llorar", escribió, "y me pregunto por qué dejé que pasara esta cosa estúpida por el amigo que lo hizo y por qué cerré la boca sobre el asunto".
"Pero no culpo a nadie, excepto a mí mismo, y lo acepto", agregó. "Esta es la razón por la que aceptaré si el estado de Tejas decide ejecutarme".

Otra Agresión
Mientras De L
una hacía tiempo en el corredor de la muerte, Hernádez estaba en las calles de Corpus Christi, a menudo en tribunales, haciendo frente a acusaciones de que había agredido a mujeres.
En 1986 un gran jurado lo acusó del estrangulamiento siete años antes de Dahlia Sauceda. La policía descubrió el cuerpo desnudo de Sauceda -con una ‘X' marcada en su espalda- en su furgoneta, en su estacionamiento. Su hija de dos años estaba durmiendo junto a ella.

Cuando se descubrió su cuerpo en 1979, la policía encontró las huellas digitales de Hernández en una lata de cerveza en su furgoneta, junto a un par de sus calzoncillos. Fue detenido e interrogado.
Al principio Hernández dijo a la policía que no había visto a Sauceda durante meses. Al día siguiente dijo que había estado en la furgoneta de Sauceda y había tenido sexo con ella. Pero insistió en que no la había matado, y la policía, diciendo que no tenían suficientes evidencias, lo dejaron marcharse.
Cuando otro hombre fue acusado del asesinato, su abogado defensor afirmó que Hernández era el verdadero asesino. El fiscal Ken Botary -más tarde sería el co-fiscal en el juicio de De Luna- entrevistó a Hernández en su despacho antes del juicio.
Hernández fue llevado a esa entrevista, que sería grabada, por la detective Olivia Escobedo, que sería la principal investigadora en el asesinato de Wanda López. En el juicio, Botary interrogó a Hernández. El acusado fue absuelto.
Cuando Hernández fue más tarde acusado del homicidio de Sauceda, la policía dijo que tenía nuevas evidencia: Su novia, Diana Gómez, les dijo que él había confesado el asesinato.
Gómez dijo que Hernández le había contado que él había matado a Sauceda porque ella estaba teniendo una aventura con Freddy Schilling, el cuñado de Hernández.
"Le hizo una X en su espalda, con una navaja", de acuerdo a la versión de la policía sobre la declaración de Gómez.
Más tarde un juez desechó la acusación de homicidio porque los fiscales no pudieron encontrar la entrevista de Botary con Hernández.
Dos décadas después, Fidela Hernández, ahora de 80, dice que cree que su hijo no es culpable del asesinato de Sauceda. "Se puso de rodillas y me dijo: ‘Mamá, no lo hice yo'", dijo, en una entrevista. "Pero Carlos, si él la mataba, tenía derecho a hacerlo. Freddy no cuidaba a mi hija".

Las Últimas Horas
Después de años de apelaciones rechazadas, De Luna perdió su última petición de clemencia el 6 de diciembre de 1989.

Para entonces, los gendarmes lo habían trasladado a una celda temporal a apenas unos pasos de la cámara de ejecución en Huntsville. Fue ahí que conoció al capellán del corredor de la muerte, Carroll Picket. Una ministro presbiteriana, Pickett había prestado ayuda psicológica a otros 32 reclusos en siete años que pasaron desde 1982, cuando Tejas reanudó las ejecuciones.
Como había hecho con los otros reclusos, Picket le contó a De Luna todos los detalles de lo que pasaría en las próximas horas: cómo llegaría el alcaide a decirle que ya era la hora; que había ocho pasos desde la celda hasta la puerta de la cámara de ejecución, y cinco más hasta la camilla; cómo los guardias lo amarrarían; y luego, finalmente, cómo el alcaide se sacaría las gafas para señalar que empezara el flujo de los químicos letales.
La única pregunta que le hizo De Luna a Picket fue si le dolería cuando le clavaran la jeringa en el brazo.
Más tarde ese mismo día, De Luna, el menor de nueve hermanos, recibió a sus familiares: su hermana Rose, su novia, su hermanastro y su esposa.
Poco antes de las cinco de la tarde, la Corte Suprema rechazó su apelación. De Luna se duchó y se puso unos pantalones azul oscuro y una camisa celeste.
Cada vez más angustiado, le preguntó a Pickett si podía llamarlo papá. "Nunca tuve un papi", dijo De Luna, según Pickett. "Usted es como debería haber sido mi papi".
A eso de las siete de la tarde, después de que el gobernador rechazara la petición de clemencia de De Luna, Pickett habló con él sobre el homicidio. En su período acompañando a los reclusos condenados, Pickett había aprendido que, en sus últimas horas, incluso lo que se reclamaban inocentes en sus últimas declaraciones, le confiarían que eran culpables.
"Yo soy la última persona con la que hablarán", dijo Pickett en una entrevista. "Así que ellos piensan que finalmente pueden decirlo".
De Luna le dijo que era inocente.
Poco antes de las diez de la noche, De Luna pidió hacer una llamada a una antigua periodista del canal de televisión Corpus Christi, que había cubierto el juicio, y mantenido el contacto años después.
"Los dos sabíamos que, en ese momento, ya no había esperanzas", dijo la periodista, Karen Bourie. Le pregunté a bocajarro: ¿Hay algo que me quieras decir?
"Me dijo: ‘Yo no soy el tipo que ellos dicen'", contó. "Me dijo: ‘Yo no lo hice'".
A eso de las once de la noche, De Luna miró a Pickett y le dijo: "Pongámonos serios".
Se cogieron las manos a través de los barrotes de la celda, y De Luna le pidió a Pickett que rezaran para que tuviera fortaleza en sus últimos minutos y que fuera recibido pronto en el cielo.
Cuando empezaron, dijo Pickett, De Luna estaba sentado a un lado de la litera; al final, se había arrodillado en el frío suelo de concreto de la celda.
"La señal llegó poco después de medianoche. Yo me retiré", recuerda Pickett en una grabación que hizo poco después de la ejecución. "Se abrieron las puertas. Entré a la cámara de ejecución, a la casa de la muerte misma. Carlos venía detrás de mí".
De Luna se subió a la camilla. "Cuando se recostaba, dijo: ‘¿Estará usted aquí, capellán?' Le aseguré que sí estaría. Me pidió que le cogiera de la mano... Le dije que lo estaba haciendo bien", dice Pickett en la cinta. "Y me dijo: ‘Esto no se ve tan mal'".
Después de que entraran los testigos de la ejecución, el alcaide preguntó: "Carlos De Luna, ¿tienes algo que decir?" De Luna no mencionó el asesinato de Wanda López. "Quiero decir que no tengo ningún reproche", dijo en su breve y última declaración.
En ese momento, el alcaide se sacó las gafas.
"Después de unos diez segundos, De Luna levantó la cabeza y me miró con sus grandes ojos castaños", dice Pickett en la cinta. "El alcaide me miró, y yo lo miré. Estaba preocupado. Yo estaba preocupado. Algo no había salido bien, porque él debería estar dormido.
"Después de otros diez segundos, levantó nuevamente la cabeza. Me miró directamente a los ojos. Yo simplemente apreté su pierna. No sé qué estaba tratando de decirme. Me habría gustado saberlo.
"Eso me preocupa y probablemente me seguirá toda la vida. Porque no estaba pasando nada. Yo le había dicho, le había prometido que no dolería, que no demoraba. Ahora ya habían pasado 25 segundos, y todavía podía levantar la cabeza y mirarme a los ojos. Yo estaba enfermo".
Pickett miró el tubo que iba a las venas de De Luna. Podía ver las burbujas que indicaban dónde terminaba un componente y dónde empezaba el otro.
Pasaron más de nueve minutos.
"Exhaló un par de veces y murió". Después de eso, entraron los doctores y declararon que De Luna estaba muerto. Eran las 12:24 de la mañana.
"La primera inyección empezó a las 12:14", dice Pickett en la grabadora. "Eso es diez minutos. Demasiado tiempo. Demasiado largo".
Parcialmente como consecuencia de presenciar la ejecución de De Luna, Pickett finalmente se convirtió en un activista contra la pena de muerte.
"Siempre me pregunto: ¿Qué estaba tratando de decirme cuando levantó la cabeza? ¿Qué me dijo? ¿Qué pensó?
"Sea lo que sea", agregó Pickett, "Carlos De Luna no necesitaba esos minutos extras, y ciertamente no necesitaba esos 25 segundos más. No lo olvidaré nunca".

Sin Víctimas Vivas
Para cuando De Luna fue ejecutado, Hernández iba en camino a la cárcel por agredir a otra mujer.
Había cortado a Dina Ybañez, una amiga, desde su ombligo hasta el esternón.
Hernández estaba viviendo en el garaje de Ybañez, cuidando a sus niños durante el día. En una pelea, dijo Ybañez a la policía, Hernández sacó un cuchillo del bolsillo trasero y la atacó. Huyó, pero fue arrestado cerca del lugar, con sus pantalones ensangrentados.
"Me dijo que me iba a matar", dijo Ybañez en una entrevista hace poco, "porque él no dejaba vivas a sus víctimas".
Hernández se declaró culpable de la agresión y fue sentenciado a diez años de cárcel. Cumplió menos de dos años, fue dejado en libertad condicional y volvió a Corpus Christi.
Hernández volvió a la cárcel por última vez en 1996, después de que agrediera a un hombre. Cuando la policía lo detuvo, llevaba dos navajas.
Nunca volvió a salir de la cárcel. Años de abuso de la bebida le pasarían la cuenta en la primavera de 1999, a los 44. Con cirrosis, fue confinado a una cárcel hospital en las afueras de Texarkana.
Murió en la noche del 6 de mayo de 1999 y su cuerpo fue enterrado en el cementerio de reclusos de Huntsville. Su madre no se llevó al ataúd a casa.
Le dijo a las autoridades de la prisión: "Entiérrenlo en la tierra aquí".

mpossley@tribune.com
smmills@tribune.com


26 de junio de 2006
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[Maurice Possley y Steve Mills] Nuevas evidencias sugieren que una ejecución en Tejas, en 1989, fue un caso de identidad equivocada.
Durante muchos años, pocos pusieron en duda que Carlos De Luna merecía morir.
Su ejecución cerró el libro del fatal apuñalamiento de Wanda López, madre soltera y dependienta de una gasolinera cuyos últimos y desesperados gritos fueron registrados por una grabación del teléfono de emergencias 911.
Arrestado a apenas unas cuadras de la sangrienta escena del crimen, De Luna fue prontamente condenado y sentenciado a muerte, aunque el hombre, que estaba con libertad condicional, proclamó su inocencia e identificó a otro como el asesino.
Pero dieciséis años después de la muerte de De Luna por inyección letal, el Tribune ha descubierto evidencias que sugieren convincentemente que el conocido que mencionó, Carlos Hernández, fue quien asesinó a López en 1983.
Poniendo fin a años de silencio, familiares y amigos de Hernández contaron cómo el violento criminal se fanfarroneó repetidas veces de que De Luna estaba en el corredor de la muerte por un asesinato cometido por él.
La investigación del diario, que incluyó entrevistas con decenas de personas y la revisión de miles de páginas de actas judiciales, muestra que el caso se vio comprometido por una débil identificación de los testigos oculares, una pesquisa policial chapucera y por desdeñar el seguimiento de la pista de Hernández como un posible sospechoso.
Estas revelaciones, que arrojan fuertes dudas sobre la condena de De Luna, no fueron nunca oídas por el jurado.
Su caso representa uno de los ejemplos más convincentes hasta la fecha de la constatación de la ejecución de un recluso que era posiblemente inocente.
Enfrentados a los resultados de la investigación del diario, los fiscales de De Luna todavía creen que condenaron al hombre correcto. Pero el fiscal jefe reconoció que parte de la nueva información le preocupa. Y un antiguo detective policial dijo al Tribune que recibió datos sobre Hernández poco después del crimen y cree ahora que ejecutaron al hombre equivocado.
En este caso no se contó con ADN ni ningún otro tipo de evidencia que pudiera probar conclusivamente la inocencia o culpabilidad de De Luna. La tienda no estaba equipada con una cámara de seguridad que pudiera captar imágenes del asesino.
El diario de enteró del caso de De Luna por una profesor de leyes de la Universidad de Columbia que había empezado a recuperar evidencias que apuntaban en la dirección de Hernández, que murió en 1999.
La posibilidad de que De Luna fuera inocente no fue tomada en cuenta en su apelación final, que se centró en la incapacidad de su abogado de presentar evidencias atenuantes cuando fue sentenciado.
Cuando eso no resultó, y cuando el gobernador de Tejas rechazó otorgarle clemencia, De Luna, 27, aceptó tranquilamente su destino pocos minutos después de la medianoche del 7 de diciembre de 1989. Agradeció al alcaide de la cárcel por haber sido bien tratado por los gendarmes y rezó de rodillas con el capellán del corredor de la muerte.
De Luna, sin cerrar los ojos, fue amarrado con correas a la camilla y le inyectaron los químicos que fluyeron en sus venas. Quince segundos después levantó bruscamente la cabeza y, aparentemente, trató de decir algo.
Pasaron diez segundos más. De Luna volvió a levantar su cabeza y miró al capellán a los ojos. Nuevamente trató de hablar, pero no pudo, y pronto perdió la conciencia.
Ese momento se grabó en la memoria del capellán. Todavía se pregunta qué quería decirle De Luna.

Pidiendo Auxilio
Un frío viernes de febrero de 1983, justo después de las ocho de la tarde, George Aguirre entró con su furgoneta a una gasolinera Sigmor en South Padre Island Drive,
una avenida de cuatro vías flanqueada por centros comerciales y restaurantes de comida rápida que va del centro de Corpus Christi hasta el Golfo de México.
Cuando estaba repostando, declararía más tarde Aguirre, un hombre parado fuera de la estación con una lata de cerveza en la mano metió una navaja en su bolsillo y se acercó.
El hombre pidió que lo llevara a un club nocturno.
Cuando Aguirre se negó, el hombre volvió hacia un lado de la gasolinera, y Aguirre entró para advertir a López, 24, la dependienta.
Ella dijo que llamaría a la policía, y Aguirre, el único cliente en la gasolinera, se marchó. Cuando López llamó, un despachador le dijo que los agentes no podían hacer nada, a menos que el hombre entrara.
Minutos más tarde, cuando lo hizo, López volvió a llamar a la policía, y el despachador, Jesse Escochea, recibió la llamada.
"¿Puede enviar a un agente al número 2602 de South Padre Island Drive?", preguntó, según la cinta de la llamada. "Ha entrado un tipo sospechoso con una navaja".
"¿La ha amenazado?", preguntó Escochea.
"No todavía", dijo López, cada vez más alarmada. Luego, hablándole aparentemente al hombre al otro lado del mostrador, dijo: "¿Me puede esperar un minuto?"
"¿Cómo es el tipo?", preguntó Escochea.
"Es mexicano", dijo López, bajando la voz. "Está aquí en el mostrador".
"¿Cómo?", preguntó Escochea.
"No puedo hablar", dijo ella, casi susurrando. Le dijo entonces al hombre: "Gracias".
"No cuelgue", dijo Escochea.
"Okay", dijo López. Luego, al hombre: "Ochenta y cinco centavos".
"¿Dónde está ahora?", preguntó Escochea.
"Aquí", contestó López.
"¿Es un hombre blanco?"
"No".
"¿Negro?"
"No".
"¿Hispano?"
"Sí", dijo ella.
"¿Alto? ¿Chico?", preguntó Escochea.
"Eh, eh", dijo López, forzando la voz para no perder la calma.
"¿Alto?"
"Alto".
"Gracias", le dijo al hombre al otro lado del mostrador.
Escochea continuó: "¿Sacó la navaja?"
"¡No todavía!", dijo López.
"¿Lo tiene en el bolsillo?"
"Eh, eh", dijo ella.
"Está bien", dijo Escochea. "Estamos enviando a alguien".
De repente, López gritó, con pánico: "¿Lo quieres? Te lo doy, te lo doy. ¡No te haré nada! ¡Por favor!"
Cuando el teléfono golpeó el suelo, Escochea difundió un llamado urgente: "¡Tenemos un asalto a mano armada!"
En el trasfondo, se oían los gritos de López.
Casi al mismo tiempo, Kevan Baker, un vendedor de coches, entró a la gasolinera a repostar su Mercury Cougar 1967. Cuando cogía la boquilla de la manguera, oyó un golpe en la ventana de la estación.
Cuando miró, Baker se sorprendió de ver a un hombre forcejeando con una mujer.
López estaba doblada hacia adelante y el hombre estaba tirándola de su pelo largo, empujándola hacia la despensa detrás del mostrador.
"Cuando me volví y los vi, empecé a caminar hacia la puerta, y él la arrojó al suelo y trató de cerrarme el paso en la puerta", declaró Baker más tarde.
"¡No te metas conmigo! ¡Estoy armado!", le dijo el hombre a Baker.
Los dos se miraron a los ojos por unos segundos, dijo Baker, y luego el hombre se marchó. Cuando el asaltante se echó a correr, López salió tambaleando por la puerta.
"Ayúdeme", gimió, cayendo al suelo. "Ayúdeme".
Baker corrió hacia dentro y cogió toallitas de papel para tratar de parar la hemorragia de la herida de navaja que tenía en su lado izquierdo. Cuando salía del local, llegaba el primer coche de policía.
El agente Steve Fowler corrió hacia López.
"Me agaché y le pregunté qué había pasado. Pero cuando vi cómo estaba, estaba...", declaró más tarde Fowler. "No le pregunté más... Estaba muerta".

Sangriento Sitio del Suceso
Unos cuarenta minutos después del asalto, la policía rodeó un camión aparcado en una calle secundaria a algunos cientos de metros de la gasolinera.

"¡No disparen! ¡No disparen!", gritó De Luna.
Estaba sin camisa y descalzo tendido en un charco de agua debajo de una camioneta cuando los agentes lo empujaron al césped de una casa cercana. Tenía 149 dólares en su bolsillo.
Lo esposaron, lo pusieron en la parte de atrás de una patrullera y lo llevaron a la gasolinera Sigmor. Aguirre y Baker fueron llevados, por separado, al coche, donde un agente enfocó la cara de De Luna con su linterna.
Los dos lo identificaron como la persona que habían visto en la gasolinera.
Cuando la policía trasladaba a De Luna a la cárcel, se puso nervioso. "Si me ayudas, te ayudaré yo a ti", dijo una y otra vez a los agentes, de acuerdo a un informe de la policía.
Lo ignoraron, y él, finalmente, no pudo contenerse más: "No lo hice yo. Pero sé quién lo hizo".
Después de que López fuera llevada al hospital, el técnico de evidencias Joel Infante, y la detective Olivia Escobedo empezaron a procesar el sitio del suceso, una tarea que tomaría alrededor de una hora.
La gasolinera, especialmente el área detrás del mostrador, era un lío lleno de sangre, con salpicones de sangre en la máquina utilizada para activar las bombas de gasolina y grandes manchas y charcos en el suelo.
Las chancletas manchadas de sangre de López estaban detrás del mostrador, donde habían quedado aparentemente durante el forcejeo.
Fotografías en el lugar de los hechos muestran una, en el suelo cerca de la caja fuerte de la gasolinera. Había tres billetes de cinco dólares en el suelo detrás del mostrador. Había una cajetilla de cigarrillos encima del mostrador.
En una entrevista reciente, Infante, ahora jubilado, dijo que su trabajo era seguir las indicaciones de Escobedo, tomar fotografías y encargarse de espolvorear para sacar las huellas digitales.
Infante dijo que encontró tres huellas digitales en la gasolinera: dos en la puerta principal y una en el teléfono. Pero era de tan mala calidad que eran inútiles.
No pudo obtener huellas digitales en la navaja que se encontró en el suelo ni en el paquete de cigarrillos en el mostrador. Infante no tomó muestras de sangre en el interior del local.
El día después del asesinato, un hombre que vivía cerca de donde fue arrestado De Luna, halló una camisa blanca y zapatos que, aparentemente, pertenecían a De Luna.
La ropa y los zapatos fueron enviados al laboratorio de criminalística del estado para su análisis. No encontraron sangre.

Historia de Problemas
Cuando fue arrestado por primera vez, a los quince, Carlos De Luna era un chico que había abandonado los estudios y le gustaba esnifar pintura y cola.
Sus antecedentes penales incluirían finalmente casi dos docenas de delitos, la mayoría de ellos infracciones como ebriedad pública, desórdenes, robo de coches y allanamiento de morada. Estuvo entrando y saliendo del reformatorio, pero no fue sino hasta una detención en 1980 que debió cumplir una condena en una prisión para adultos.
Entonces estaba viviendo con familiares en Dallas y trabajaba en un concesionario de Whataburger. Acusado con intento de violación y por conducir un vehículo robado, se negó a refutar la acusación y fue sentenciado a tres años.
En libertad condicional en mayo de 1982, De Luna volvió a Corpus Christi. Poco después asistió a una fiesta de un antiguo compañero de celda y fue acusado de atacar a la madre de 53 años de ese compañero. Ella dijo a la policía que De Luna le quebró tres costillas de un golpe, le quitó la ropa interior, le bajó las bragas y entonces, repentinamente, la dejó.
No fue nunca procesado por la agresión, pero las autoridades lo enviaron de vuelta a la cárcel por infringir el régimen de libertad condicional. Liberado nuevamente en diciembre de ese año, volvió a Corpus Christi y consiguió un trabajo como obrero de la construcción.
Fue detenido casi inmediatamente por ebriedad pública. Durante su detención, De Luna presuntamente se congratuló de haber herido meses antes a un agente de policía y dijo que el agente debería haber sido asesinado.
López fue asesinada dos semanas después de esa detención.
Después de que las autoridades acusaran a De Luna por el homicidio, el tribunal designó al abogado de Corpus Christi, Héctor de Peña, Jr., para defenderlo. Debido a que era el primer caso capital de De Peña, también fue asignado al caso un abogado con experiencia con la pena de muerte, James Lawrence.
No fue sino cinco semanas antes del juicio que Lawrence se reunió con De Luna para conocer su versión de lo que había ocurrido. Lawrence pidió entonces que el tribunal pagara 500 dólares a un investigador privado.
De Luna le dijo a Lawrence que el día del homicidio, él cobró 135.49 dólares por su trabajo como obrero de la construcción y bebió cerveza con unos amigos. Esa noche, dijo, estaba en una pista de patinaje con dos mujeres y salió para dirigirse caminando a un club nocturno para encontrar a alguien que lo llevara a casa.
Dijo que estuvo en el club, al frente de la gasolinera Sigmor, cuando oyó las sirenas. Debido a que había salido de la cárcel con libertad condicional recién hacía algunas semanas, sintió miedo y huyó.
"Recuerdo que nuestro cliente dijo: ‘Yo no lo hice. Tuve que correr porque vi lo que estaba ocurriendo y nadie iba a creerme'", recordó Lawrence.
Mientras huía, perdió la camisa al saltar por una valla, dijo De Luna. También perdió los zapatos, aunque nunca explicó en el tribunal cómo ni por qué.
A medida que se acercaba el juicio, el fiscal Steve Schiwetz, del condado de Nueces, propuso a De Luna el mismo trato que dijo que había ofrecido a otros acusados de homicidio: declararse culpables a cambio de una sentencia a cadena perpetua.
"Yo me inclinaba a tratar de que una persona salvara su vida", recordó Schiwetz.
Pero De Luna lo rechazó, insistiendo en que era inocente.
La estrategia de la defensa era impugnar la identificación de los testigos oculares del estado en el caso de De Luna. Observaron que la noche en que fue asesinada López, las primeras descripciones transmitidas por la radio de la policía mencionaban a un hombre hispano con una sudadera gris o una camisa de franela, no la camisa blanca que De Luna, según la policía, llevaba esa noche.
También querían enfatizar que los análisis del laboratorio de criminalística no pudieron encontrar ni una sola gota de sangre ni en la camisa blanca ni en los zapatos, lo que es sorprendente dada la sangrienta escena del crimen y la versión de Baker de los forcejeos entre López y su agresor.
En vísperas del juicio, De Luna amplió repentinamente su declaración de inocencia diciendo que él había salido de la pista de patinaje esa noche con un conocido.
De Luna dijo a sus abogados que en camino al club, el hombre entró a la gasolinera a comprar cigarrillos, que costaban 85 centavos -la misma cantidad que se oye mencionar a López en la cinta del 911 poco antes de que la apuñalaran.
Este hombre, dijo De Luna, era el verdadero asesino, y su nombre era Carlos Hernández.
Los abogados de De Luna entregaron a la fiscalía el nombre de Hernández. Pero Lawrence y De Peña no pueden recordar si ellos o su investigador revisó la posibilidad de que Hernández matara a López -dejando aparentemente al estado la verificación del alibi de su propio cliente.
Mientras De Luna declararía más tarde que había conocido a Hernández cuando eran adolescentes, la naturaleza exacta de su relación -si eran buenos amigos o simplemente conocidos- es difícil de determinar.
Lo que el fiscal jefe, Schiwetz, sí recuerda es que los abogados de De Luna le contaron que su cliente había conocido a Hernández en la cárcel. Los archivos del condado de Nueces fueron enviados a la detective Escobedo.
Cuando se determinó que los hombres no estuvieron nunca presos al mismo tiempo, Schiwets dejó de interesarse en la afirmación de De Luna.
Convencido de que De Luna era un mentiroso, Schiwetz tenía razón para sentirse seguro en el juicio de julio de 1983. Destruyó eficazmente esa parte del alibi de De Luna de que la noche del crimen estaba en la pista de patinaje con dos mujeres. Durante el interrogatorio de Schiwetz, una de las dos mujeres declaró que ella no estaba en la pista sino en una reunión de mujeres. Y tenía fotos para probarlo.
En cuanto a la afirmación de De Luna de que Hernández cometió el crimen, Schiwetz, al concluir su alegato, también la ridiculizó. Hernández, le dijo al jurado, era un "fantasma".
Sin embargo, Hernández era un conocido de las autoridades, especialmente del co-fiscal del lado de Schiwetz.
Temido por su carácter violento, Hernández tenía otra inclinación característica: Le gustaban las navajas.

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24 de junio de 2006
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