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página roja

vagabundo en el banquillo


[Anahad O'Connor] Vagabundo será procesado por asesinato de odio.
White Plains, Nueva York, Estados Unidos. La menuda rubia fue encontrada en una poza de sangre a plena luz del día cerca de un concurrido centro comercial. Un vagabundo negro con antecedentes de violentas violaciones fue rápidamente arrestado a una cuadra del lugar, sin camisa y empapado en sangre. Dijo más tarde a la policía que se había escondido durante horas ese día en un hueco de escalera, con el plan de matar a una persona blanca.
El lunes, casi un año más tarde, el hombre, Phillip Grant, 44, compareció ante la Corte Suprema del estado aquí, para ser acusado de un crimen de odio. El asesinato no solamente consternó a la gente por su brutalidad y arbitrariedad, sino también porque mostró bajo una poco favorecedora luz el modo en que el condado de Westchester trata a sus vagabundos.
Los fiscales dijeron al jurado que el 29 de junio, Grant, con un cuchillo, se acurrucó en el hueco de una escalera en un estacionamiento cubierto cerca del centro comercial Galleria hasta que divisó a su víctima, Concetta Russo-Carriero; luego se abalanzó sobre ella. Russo-Carriero, 56, una secretaria judicial de White Plains de pelo rubio rojizo y ojos verdes, trabajaba en un bufete al otro lado de la calle. Murió a consecuencia de dos puñaladas en su pecho que le atravesaron el corazón.
Grant, dijeron más tarde las autoridades, había estado pasando las noches en un refugio en el aeropuerto y, los días, deambulando por White Plains.
"El acusado tenía planes para ese día", dijo al jurado el fiscal Tim Ward. "Eran planes siniestros, eran ideas malvadas, eran ideas criminales. Y mientras hacía sus cosas ese día, Russo-Carriero estaba inconsciente del peligro que se cernía sobre ella".
Ward citó como evidencias las declaraciones que hizo Grant ante detectives horas después del asesinato, en una confesión que fue grabada en video, que fue oída por el tribunal durante las vistas preliminares.
"Todo lo que sabía era que ella tenía el pelo rubio y los ojos azules y tenía que morir", dice Grant en la cinta a sus interrogadores. "Si tuviera una pistola, habría un montón de gente blanca muerta en las calles de White Plains".
El abogado de Grant, Eugene Traynor, presentó al jurado una versión diferente de los acontecimientos ese día. Sí, Grant dice cosas atroces en el video que no lo convierten en un "personaje atractivo", dijo Traynor. Y, sí, Grant empezó a confesar el asesinato casi tan pronto como fue detenido, dijo el abogado.
Pero dijo que Grant era víctima de un error de identidad, un hombre que casualmente correspondía con la descripción del asesino proporcionada por testigos -"un hombre negro de pantalones oscuros"- y que confesó falsamente bajo presión de las autoridades.
"Existe la posibilidad de que se trate de una enorme confusión en cuanto a quién cometió este asesinato", dijo.
El asesinato de Russo-Carriero, durante el almuerzo un día lluvioso, inquietó a los vecinos de este ciudad relativamente pequeña de centros comerciales y elegantes torres de oficinas y provocó que el país reexaminara el modo en que trata a su población indigente.
Grant era uno de los varios delincuentes sexuales de tercer nivel -considerados los más peligrosos-, al que se le había permitido dormir en un centro de acogida en el aeropuerto del condado, en Valhalla. Todas las mañanas a las seis eran subidos a un autobús y transportados al centro de White Plains, donde descendían para deambular por la ciudad.
Muchos, como Grant, se reunían cerca de las escaleras del garaje estacionamiento conectado al centro comercial donde fue asesinada Russo-Carriero.
Pero después del homicidio, el condado recibió críticas tan severas de parte de funcionarios locales que se terminó con el servicio del autobús, se cerró el centro de acogida del aeropuerto y se contrató a supervisores adiestrados para ‘vigilar' a la docena de delincuentes sexuales peligrosos que alojan en sus refugios. El homicidio también llevó a funcionarios locales y legisladores del estado a renovar sus llamados a una ley de confinamiento civil, una medida que mantendría a los depredadores sexuales violentos encerrados en instituciones incluso después de que cumplan sus penas de prisión.
La familia de Russo-Carriero finalmente entabló una demanda contra el condado y White Plains, acusándolos de negligencia. La demanda está pendiente. Su marido y dos hijos asistieron tranquilamente a la corte el lunes, acompañados por su abogado. Lloraron de vez en vez cuando el fiscal describía las versiones de los testigos sobre los gritos de la víctima que hacían eco en todo el garaje.
"Era una mujer activa, decente, y le apagaron la vida", dijo Ward. "Y os preguntáis por qué. La razón es simple y puro odio".
Pero en su declaración inicial, Traynor instó a los jurados -siete hombres blancos, cuatro mujeres blancas y una mujer negra- a dejar de lado su simpatía hacia la víctima y centrarse en las lagunas del caso.
Traynor señaló que nadie había presenciado el homicidio y que un transeúnte que acudió en ayuda de Russo-Carriero más tarde, dijo a la policía que Grant no era el hombre que él vio huir del lugar de los hechos. Traynor agregó que las investigaciones forenses no fueron capaces de detectar el ADN de Grant en el cuchillo usado para matar a Russo-Carriero, que fue encontrado en un callejón desierto envuelto en una camiseta blanca.
Traynor sostiene que Grant inventó, bajo presión de las autoridades, la confesión y sus declaraciones en cuanto a su odio de la gente blanca, y citó como evidencia otras declaraciones que hizo en la cinta.
En varias ocasiones durante la confesión, Grant fanfarronea de haber apuñalado al menos a otras dos mujeres -incluyendo una en New Rochelle, en Halloween en 2003- y proporciona espeluznantes detalles sobre esos crímenes. Pero los investigadores examinaron los asuntos y no encontraron ninguna evidencia de que hubiesen ocurrido alguna vez, y finalmente los desecharon como invenciones, dijo Traynor.
"Esa cinta es un caos completamente infiable, un terrible símbolo de injusticia", dijo Traynor. "Nadie vio el asesinato, y ocurrió de tal modo que nadie sabe exactamente quién lo hizo".

13 de junio de 2006
©new york times
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mató a sus padres por su novio


[Peter Muello] Mató a sus padres porque rechazaban a su novio de clase baja.
Río de Janeiro, Brasil. Una rica y joven mujer y su ex amante serán juzgados este lunes por el asesinato de sus padres, un caso que ha fascinado al país con espeluznantes detalles de un amor prohibido que atravesaba las rígidas líneas de clase de Brasil.
Suzane von Richtofen, 22, su amante Daniel Cravinhos, y su hermano mayor, Christian, están acusados de asesinar a sus padres de ella, Manfred y Marisa von Richtofen, mientras dormían en casa en un barrio rico de Sao Paulo.
Manfred Von Richtofen, 49, era ingeniero y el sobrino nieto del as de la Primera Guerra Mundial conocido como el Barón Rojo, declaró la policía. Su mujer era psicóloga.
La pareja desaprobaba la relación de su hija con Daniel Cravinhos, que proviene de una familia de clase baja, dijeron los abogados de la hija.
La policía dijo que los hermanos, que tenían 21 y 26 años cuando fueron arrestados hace cuatro años, confesaron su participación en los asesinatos, y Suzane dijo que ella había colaborado. Pero los jóvenes amantes han terminado y ahora se acusan mutuamente de haber tramado los homicidios.
Los detalles del caso han fascinado a los brasileños y los medios de comunicación publican diariamente las noticias sobre las vistas.
El abogado defensor de Suzane von Richtofen dijo que antes del asesinato, Daniel Cravinhos amenazó con dejar a su novia si ella no se deshacía de sus padres.
"Ella estaba tan enganchada sexualmente a Daniel que cuando tuvo que elegir entre Daniel y sus padres, optó por él", dijo Mauro Otavio Nassif al diario Folha de Sao Paulo.
Así que en octubre de 2002, según la policía, Suzane von Richtofen hizo entrar a los hermanos en la casa y se cercioró de que sus padres estuvieran durmiendo.
Entonces, dice la policía, entraron sigilosamente al dormitorio de sus padres y los aporrearon hasta la muerte con unas barras de hierro.
Saquearon la biblioteca de la casa para que pareciera un robo, y Daniel y Suzane se fueron a un motel para procurarse un alibi, dijo la policía.
Pero los hermanos se llevaron unos siete mil dólares de la casa y eso fue la causa de su perdición, según la policía, que dijo que los investigadores llegaron a Christian cuando compró una nueva moto al día siguiente del asesinato, pagándola con 36 billetes de cien dólares.
Los tres acusados serán juzgados por homicidio, y los fiscales han dicho que pedirán la pena máxima de 60 años de prisión -30 por cada asesinato.

5 de junio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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tedio mortal


[Richard Morgan] Muchos de los huéspedes del Sun Bright Hotel son ilegales. Los nuevos esclavos.
Nueva York, Estados Unidos. Después de más de dos años de riñas con otro inquilino, finalmente Lin Senfeng hizo callar a Yang Jinhua. Un día de octubre, a la hora de almuerzo, Lin irrumpió en el vestíbulo del Sun Bright Hotel, en Chinatown, el edificio donde vivían los dos, cubierto de sangre. Una parte era suya, y manaba de las palmas de sus manos heridas. El resto era de Yang, salpicada por la cara de Lin. "¡Llamen a la policía", gritó Lin. "¡No quiero que muera!"
Cuando llegó la policía, siguieron el rastro de sangre que los hizo subir cuatro pisos de escaleras hasta el cuerpo de Yang, que estaba en ropa interior y chancletas. De acuerdo a la confesión escrita que dio Lin a la policía, se había estado sintiendo deprimido debido a problemas en el trabajo y hastiado de Yang y sus provocaciones: cogió un cuchillo de cuatro pulgadas que usaba para pelar fruta y se lo enterró a Yang en el cuello, brazos, cara y pecho. El médico forense determinó más tarde que le había rajado el corazón a Yang.
Después de que hallaran el cadáver, Lin, 28, se quedó en el vestíbulo, abatido y en silencio, y extendió sus manos para ser esposado cuando lo llevaron a la cárcel, donde espera la resolución de su caso. Mientras eso ocurría, en el hotel las especulaciones de los otros huéspedes se volvieron hacia Yee Szegim, otro inquilino del Sun Bright, que había perdido su trabajo de cocinero y, una lluviosa tarde de abril de 2004, caminó hasta el Puente de Manhattan y se lanzó hacia su muerte.
Los tres trabajaban en restaurantes chinos. Ellos, y gente como ellos son, para la mayoría de los neoyorquinos, en gran parte desconocidos; el contacto físico se limita a rápidos intercambios sobre las mesas de los restaurantes, o a una breve mirada a través de la puerta abierta de una cocina. Pero ocasionalmente espasmos de violencia delatan la desolación de su mundo, una desolación causada por factores como la pobreza, las barreras idiomáticas y la opaca condición de los inmigrantes.
Lo que sigue son instantáneas de ese mundo.
El Sun Bright Hotel, también conocido como el Sun, un edificio de color merengue en la calle Hester y el Bowery, con una planta baja ocupada por una hilera de joyerías, es una de las residencias de estilo internado para trabajadores de restaurantes que salpican Chinatown. Antes de ser el Sun, esta estructura de seis pisos, construida en 1880, fue el Union Hotel, uno de las docenas de hoteles para personas solas en la zona del Bowery en los años cincuenta y sesenta.
En estos días el Sun es propiedad de Su Fanguang. Su, que también se hace llamar William Su, fue retratado en un diario de Chinatown cuando envió dos mil dólares a la mujer, hija y madre de Yang después de su asesinato.
Aunque Su no quiso comentar el homicidio, confirmó que había enviado el dinero. También dijo que era dueño de otros tres hoteles en Chinatown, uno para mujeres. Sus nombres suenan impresionantes cuando se los traduce al inglés: Grand Hotel, Fortune Hotel, Eternity Hotel.
Para entrar al Sun hoy, un visitante debe pasar junto a un teléfono público fuera de servicio, una enorme escalera roja flanqueada por paredes que han sido hace poco pintadas de blanco. Al final de la escalera hay unos carteles en chino que declaran que los inquilinos deben ser hombres solteros y especifican algunas normas de la casa: no escupir en el suelo, no fumar en el hueco de la escalera, por favor tire de la cisterna.
A la izquierda de los carteles hay una puerta de metal cerrada, la puerta del hotel; para pasar al vestíbulo del hotel, el visitante debe esperar a que el recepcionista la abra apretando un botón en su mesón. El vestíbulo es una habitación pequeña, amarilla, sin sillas.

Mochilas y Mah-Jongg
Un constante flujo de inquilinos sube y baja la escalera roja. Generalmente bien afeitados, llevan brillantes zapatos con puntera de cuero, pantalones planchados y camisas almidonadas, y cargan mochilas estudiantiles equipadas con mallas para colocar botellas de agua, o de esas pequeñas maletas con ruedas que prefieren las azafatas de vuelo. Algunos equipajes de los inquilinos, sin embargo, no son más que bolsas de la compra de plástico y bolsas de basura.
Los inquilinos subsisten sobre la base de gachas de cereales, frutos secos y restos de comidas de restaurantes. En el hotel son habituales las riñas por el ruido -celulares, reproductores de DVDés- y por el uso de los servicios, efectos personales usados sin permiso, y por dónde se dejan los grasientos envoltorios de papel y otras basuras.
Por la noche, hombres jóvenes charlan por los celulares mientras los mayores beben y juegan mah-jongg y a las cartas, como chor dai dee, un primo lejano del gin rummy. Debido a que en Chinatown se hablan tres dialectos del chino -cantonés, fujinés y mandarín-, que son mutuamente ininteligibles, es durante estos juegos que surgen amistades. El deleite de los ganadores y los lloriqueos de los perdedores no necesitan traducción.

Aire Fresco Por Quince Dólares
Oficialmente, el Sun prohíbe las visitas. Pero pocas semanas después del asesinato, un inquilino llamado Don llevó a un visitante a su habitación en el cuarto piso. Los pasillos olían mal, y los pisos estaban cubiertos, en partes, por mugrientos restos.
Don, que sólo dio su nombre de pila porque, como muchos de los huéspedes del hotel, es un inmigrante ilegal, abrió su puerta de un empujón. Pero se sorprendió cuando el visitante asomó su cabeza dentro. ¿Qué había que mirar ahí?
Era un típico cuarto de hotel, de un metro ochenta por un metro ochenta. Aunque tenía paredes frontales y traseras, los lados eran paneles de un metro ochenta de alto; arriba había un cielo raso hecho de rejas de metal que impedían que un inquilino pudiese trepar al espacio de otra persona. La dura maleta color mostaza de Don estaba metida debajo de su cama, un tablón cubierto por una sucia colcha y mantas.
De acuerdo a Su, el precio por día de estos cuartos es de diez a quince dólares. Son más caros los que están cerca de alguna ventana -Lin tenía una habitación de quince dólares- y ofrecen el aire fresco que entra a través de las rejas del cielo raso.
Cada piso alberga a ochenta huéspedes, que comparten un solo cuarto de baño (dos duchas, cuatro inodoros y una ración diaria de ocho rollos de papel higiénico). Los baños son aseados una o dos veces al día por un equipo de cuatro personas. Las ratas y ratones son mantenidos a raya por varios gatos callejeros que han hecho del Sun un refugio de indigentes propio.

Un Padre Frenético
Los hombres viven entrando y saliendo del Sun, pero algunos lo han convertido en su residencia permanente. El hotel funciona principalmente como una parada para hombres que van de restaurante en restaurante por el país. Muchos trabajadores chinos emigran a Nueva York, y muchos trabajan en restaurantes en la ciudad, pero también muchos viajan regularmente en autobús y furgonetas para trabajar en restaurantes chinos en todo Estados Unidos.
Los hombres del Sun hacen el listado de los lugares donde han estado en un caos de ciudades y estados: Ohio, Florida, Filadelfia, Atlanta, Carolina del Sur. No dicen mucho sobre esos lugares; es como si en sus cabezas hubiese poca diferencia entre Dallas y Nueva Jersey. El inglés de muchos sólo les permite memorizar el código de área de sus destinaciones: 404 para Atlanta, 214 para Dallas.
Agotados después de algunas semanas o meses de trabajo, los hombres del Sun vuelven al hotel por unos pocos días antes de volver a marcharse. Lin, por ejemplo, había tenido cuatro trabajos en un mes; en su confesión dijo que había apuñalado a Yang porque acababa de perder su quinto empleo, en Baltimore, y pensó que Yang era, de algún modo, responsable.
En el duro mundo de los inmigrantes, el viaje y la desesperación a menudo vienen juntas. Pocas semanas después del homicidio, un hombre llegó al Sun en un taxi llevando una pequeña bolsa y una foto de su hijo, sonriendo frente al Puente Portal Dorado [Golden Gate Bridge]. Mostraba frenéticamente la foto a cualquiera que se animara a mirar. Un hombre de chaqueta beige adornada con las palabras ‘Members Only', que estaba parado, fumando, en la calle frente al Sun, miró y sacudió la cabeza.
El visitante subió a brincos la escalera y empezó a discutir con el recepcionista. Incluso le mostró la foto a un no-chino, repitiendo con un pesado acento una sola palabra en inglés: "Please".

Veintiuna y Vida Dura
Una semana y media después de la desesperada visita del padre, dos residentes del Sun se encontraban a tres cuadras de distancia en la Sincere Agency, una oficina de empleo de una habitación debajo del Puente de Manhattan. Uno de ellos, un hombre de 46 con un traje de mezclilla, dijo que trabajaba trece horas al día, seis días a la semana, y dormía cinco horas por noche. Ambos hablaban mandarín.
Mientras esperaban nuevos trabajos, la charla derivó pronto hacia las apuestas, una manera popular entre los vecinos de Chinatown de complementar sus ingresos. Una vez que los restaurantes cierran por la noche, los trabajadores atiborran los autobuses con destino a Foxwoods o Mohegan Sun en Connecticut o el Hilton en Atlantic City, donde se quedan hasta el amanecer.
"Me gusta la veintiuna", dice el hombre de vaqueros. "Sólo los idiotas juegan a las tragaperras". Riendo, señaló a su amigo de bigote, que también tiene 46 años.
Aunque la mayoría de los vecinos de Chinatown usan parte de sus ingresos para pagar deudas contraídas para ser introducidos clandestinamente en el país, un coste que hoy es de unos 68 mil dólares por persona, los dos llegaron legalmente con visas de turismo. Pero se quedaron.
"Puedo volver a China en cualquier momento", dijo el hombre de mezclilla. "Pero no puedo volver a Estados Unidos".
Su amigo dijo: "La vida es dura aquí. Lo único bueno es el dinero. De otro modo, me volvería a casa".
"La verdad es que aquí somos esclavos", dijo el hombre de vaqueros. "Somos los nuevos negros. Como te digo".
"Los chinos son listos", dice el hombre de bigote. "Nuestros cerebros funcionan bien. Pero no sabemos inglés. Todo lo que podemos hacer es cocinar comida china".
Interrogados sobre qué hacen para sobrevivir, el hombre de mezclilla dijo, riendo, en mal inglés: "Yo hago tu pollo".
Lin, el hombre que confesó haber apuñalado a Yang, está en Rikers Island. Su abogado, Jeff Traub, de Traub & Traub, un bufete en Lower Manhattan, dijo que la base de la defensa de Lin será que sufría de un "trastorno emocional extremo".
Durante varias semanas después de su detención, Lin permaneció en el centro de detención en Lower Manhattan conocido como las Tumbas. Le daban tres comidas calientes al día, una ducha y tiempo en una sala de recreación. Su cela tenía una cama individual, un fregadero, un inodoro, una estantería para sus efectos personales, incluso una ventana. Medía más de cinco metros cuadrados, casi el doble de su cuarto en el Sun Bright Hotel.

19 de febrero de 2006
©new york times
©traducción mQh
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encuentro con el mal


[Sebastian Junger] En su nuevo libro, Sebastian Junger nos lleva a 1963, cuando Bessie Goldberg fue encontrada en su casa, estrangulada con unas medias. Y no su madre Ellen, que había estado pocos minutos antes con el asesino.
Una mañana del otoño de 1962, cuando no cumplía yo todavía mi primer año de vida, mi madre, Ellen, miró por la ventana y vio a dos hombres en nuestro antejardín. Uno estaba en sus treinta, y el otro era al menos dos veces mayor, e iban los dos vestidos con ropa de trabajo y parecían estar muy interesados en el lugar en que vivíamos. Mi madre me cogió en brazos y salió a ver qué querían.
Eran carpinteros y había parado a mirar nuestra casa porque uno de ellos -el más viejo- la había construido. Dijo que su nombre era Floyd Wiggins y que 20 años antes había construido nuestra casa, por partes, en Maine, y la había traído hasta acá en camión. Dijo que la había ensamblado en el sitio en un solo día. Vivíamos en un apacible y pequeño suburbio de Boston llamado Belmont, y mis padres habían pensado siempre que nuestra casa se veía un poco fuera de lugar. Tenía una fachada de dos pisos y revestimientos de listón azul y ventanas miserablemente pequeñas con marcos que eran buenos para conservar el calor. Ahora tenían sentido.
Wiggings vivía ahora fuera de Boston y trabajaba para el hombre más joven, que se introdujo a sí mismo como Russ Blomerth. Estaban pintando una casa a la vuelta de la esquina, dijo Blomerth, y por eso estaban en el vecindario. Mi madre dijo que la casa era maravillosa, pero demasiado pequeña y que ella y mi padre estaban considerando ofertas de contratistas para construir un estudio en la parte de atrás. Ella era pintora, explicó, y el estudio le permitiría pintar y dar clases de dibujo en casa mientras me cuidaba. ¿Se interesaban en el trabajo? Blomerth dijo que sí, así que mi madre me puso en sus brazos y corrió dentro a recoger una copia de los planos de construcción.
Dentro de semanas, Blomerth, Wiggins y un hombre más joven llamado Al estaban en el patio trasero colocando los fundamentos del estudio de mi madre. Algunos días venían los tres, otros eran sólo Blomerth y Wiggins, y otros solamente Al. Mi madre oiría golpearse la puerta de la mampara a eso de las ocho de la mañana, y oiría luego pisadas en el sótano cuando Al recogía las herramientas y luego, unos minutos más tarde, lo vería cruzar el patio y empezar a trabajar. Al nunca entró a la parte principal de la casa, pero a veces mi madre le llevaba un bocadillo al estudio y le hacía compañía mientras él tomaba su colación. Al era amable y respetuoso con mi madre y trabajaba duro sin hablar demasiado. Al tenía el pelo negro y era robusto y tenía una nariz prominente y, dice mi madre, no era atractivo.
Terminaron el trabajo en la primavera de 1963; para entonces Blomerth y Wiggins estaban trabajando en otra cosa, y Al se quedó para terminar los últimos detalles y pintar los ribetes. Uno de esos últimos días del trabajo mi madre me dejó en casa de mi niñera y fue a la ciudad a hacer algunas compras y luego me recogió al final del día. No llevábamos ni veinte minutos en casa cuando sonó el teléfono. Era la niñera, un irlandesa a la que yo conocía como Ani, y tenía un ataque de pánico. Cierre bien la casa, le dijo Ani a mi madre. El Estrangulador de Boston acababa de matar a alguien en Belmont.
La víctima se llamaba Bessie Goldberg y la había encontrado su marido. La habían violado y estrangulado en su casa en Scott Road. Era el noveno asesinato sexual en el área de Boston en casi un año, y la ciudad estaba dominada por el terror. Mi madre corrió hacia el estudio donde trabajaba Al y le contó las noticias. Es terrible, recuerda mi madre haberle dicho. Quiero decir, está aquí en Belmont, por el amor de Dios. Al sacudió la cabeza y dijo que era espantoso, y él y mi madre estuvieron hablando sobre el asunto durante un rato y finalmente mi madre entró a la casa a preparar la cena.
Mi madre no vio a Al hasta el día siguiente. Llegó con Blomerth y Wiggins porque el trabajo estaba casi terminado y tenían que empezar a limpiar el sitio. Blomerth trajo una cámara para la ocasión, y nos hizo posar en el estudio y nos tomó una fotografía.
Al y yo somos los únicos que miramos directamente a la cámara. Yo tengo una infantil expresión de misteriosa sorpresa, Al tiene una rara risa de suficiencia. Lleva el pelo negro engominado y con un copete, y está bien afeitado, pero tiene aspecto de hombre rudo. Ha colocado una mano -grande y extendida- sobre su estómago. La mano es visible solamente porque mi madre se ha echado hacia adelante para mirarme. La mano está en el centro mismo de la foto, como si fuera el verdadero tema en torno al cual nos hemos ordenado todos los demás.

John F. Kennedy era presidente, Estados Unidos todavía no estaba en guerra y Belmont, Massachusetts, adonde Israel Goldberg y su esposa Bessie se habían mudado hacía diez años, era demostrativamente el epítome de todo lo que era seguro y apacible en el mundo. En Belmont no había bares ni botillerías. En Belmont no había barrios peligrosos, ni pobres. En Belmont ni siquiera había barrios pobres en Belmont. No se había cometido nunca un asesinato. Era, hasta el momento en que Israel Goldberg miró a la salita, el lugar ideal para vivir.
Lo primero que vio fueron los pies de su mujer, que emergían desde detrás de la pared. Israel entró a la salita a investigar. Una lámpara de pie había sido volcada, y ahora su pedestal estaba apoyado en el brazo del sofá. Entre la pantalla de la lámpara y la lámpara caída se encontraba el cuerpo inerte de su mujer. Bessie Goldberg estaba de espaldas con su falda y enagua levantadas, exponiendo las piernas. Una de sus medias estaba enrollada en su cuello, y tenía los ojos abiertos y un poco de sangre en sus labios. Lo primero que pensó Israel Golderg fue que él no había visto nunca a su esposa con un pañuelo. Se dio cuenta de inmediato de que su cabeza estaba mal colocada, de que su cara se veía hinchada y de que no estaba respirando.
De acuerdo a los niños que jugaban en la calle, Israel Goldberg estuvo dentro apenas unos minutos cuando se le oyó gritar y correr hacia fuera y preguntar si habían visto salir a alguien de la casa. Los niños no habían visto a nadie, aunque más tarde recordarían que un negro había pasado por la acera cuando volvían a casa de la escuela. En 1963 no era común ver a un negro en Belmont, y prácticamente todos los buenos ciudadanos que lo vieron pasar por Pleasant Street esa tarde lo recordaban.
Retrospectivamente -Belmont ahora estropeada para siempre con su primer homicidio- algunos testigos dijeron que el negro parecía que llevaba prisa. Había mirado hacia atrás varias veces. Caminaba rápido, con las manos en los bolsillos de su abrigo, y casi había pisado unos matorrales cuando pasó junto a los niños del barrio. El negro paró en la Farmacia Pleasant Street al otro lado de la calle y salió con una cajetilla de cigarrillos. El adolescente que trabajaba en la farmacia dijo que había comprado un paquete de Pall Malls por 28 centavos y que no le había parecido nervioso. Una mujer de edad mediana dijo que no parecía nervioso, pero tenía la piel de su cara picada de viruelas. El negro era alto y delgado y llevaba pantalones marrones a cuadros y un abrigo negro. Pronto se sabría que cruzó la calle hacia la parada de buses y se subió al primer autobús que paró que, desafortunadamente, iba en la dirección equivocada. En lugar de bajarse, se quedó hasta el Park Circle, fumó un cigarrillo con el chofer durante el trayecto de cinco minutos, y luego siguió hacia Cambridge. Se bajó del bus en Harvard Square a las 4 menos 19 minutos y pasó frente a Out-of-Town News en dirección al bar más cercano que pudo encontrar. Habría estado sentado a la barra del bar pidiendo una cerveza de diez céntimos justo cuando Israel Goldberg abría la puerta de su casa misteriosamente tranquila.
Cuando Leah Goldberg, la hija de 24 años de Bessie e Israel, llegó a la escena del crimen, un agente de policía la acompañó hasta su entristecido padre. Leah prefirió no mirar el cuerpo de su madre. Pero echó un vistazo por la casa y vio en el mesón de la cocina un pedazo de papel que los agentes habían pasado por alto. Era de la Oficina de Empleo de Massachusetts y tenía un nombre escrito encima. Poco después de ese hallazgo sonó el teléfono y una mujer llamada Martin preguntó por Israel Goldberg. Martin dijo que estaba llamando de la Oficina de Empleo de Massachusetts y quería saber si el nuevo encargado de la limpieza había terminado su trabajo.
¡El trabajo que hizo fue matar a mi mujer!, gritó Israel Goldberg a la persona al otro lado del teléfono.
El nombre del empleado era Roy Smith. A las 11:13 de la noche la policía emitió un comunicado de prensa con fotos policiales y huellas dactilares de Roy Smith de una detención anterior, anunciando que era buscado por homicidio en la ciudad de Belmont. Si Roy Smith hubiese de verdad matado a Bessie Goldberg -y ahora las autoridades sabían que su historial criminal incluía robo, asalto con arma peligrosa y ebriedad pública-, habrían tenido su primera victoria en una serie de asesinatos que prácticamente habían paralizado a la ciudad de Boston.
El público llamaba al asesino el ‘Estrangulador de Boston', y se había formado una unidad especial de investigaciones -la ‘Oficina del Estrangulador'- para capturarlo. Habían revisado a 2.500 delincuentes sexuales y elegido 300 para una inspección más detallada. Habían entrevistado a cinco mil personas conectadas con las víctimas y habían revisado cerca de un millón de huellas dactilares. Fue la investigación más exhaustiva de la historia de Massachusetts, y su espectacular fracaso estaba llevando a la opinión pública a conferir cualidades casi sobrenaturales al asesino: Que era inhumanamente fuerte; que podía entrar a cualquier apartamento; que podía matar en cuestión de minutos sin dejar ninguna huella. Las mujeres compraron perros guardianes. Sólo salían acompañadas a la calle. Una mujer especialmente nerviosa oyó a alguien en su apartamento y saltó hacia la muerte desde la ventana del tercer piso antes que enfrentarse a lo que quiera que fuese. Prácticamente todos los meses había un brutal, enfermizo asesinato en Boston, y la unidad de policía táctica de cincuenta hombres -adiestrados especialmente en karate y para sacar rápidamente la pistola- era incapaz de ponerles fin.
Fue más o menos en esa época -el otoño de 1962- que mi madre conoció al trabajador llamado Al.

Ellen Junger, Belmont, Massachusetts: "Era bastante temprano. Oí el golpe de la puerta de la mampara, y lo oí bajar. Yo todavía estaba en mi camisón de noche y mi bata, y no me había vestido. Lo oí entrar y a los dos o tres minutos lo oí llamarme. Así que abrí la puerta hacia el sótano y lo vi abajo, a los pies de la escalera, mirándome. Y la expresión de su mirada es casi indescriptible. Tenía una intensa mirada en sus ojos, había un extraño destello en sus ojos, como si estuviera tratando de hipnotizarme. Como si por la mera fuerza de su voluntad me pudiera obligar a bajar a la bodega".
En este momento mi madre no sabía casi nada de Al, que llevaba sólo dos o tres días en el trabajo, y nunca habían estado solos juntos. Lo estaba mirando desde arriba de la escalera y estaba pensando qué hacer. ¿Qué pasa, Al?, dijo al final. Hay algo malo con su lavadora, dijo él.
Mi madre pensó sobre eso. Al había llegado a la casa apenas hacía unos minutos y la lavadora ni siquiera estaba encendida. ¿Por qué se estaba preocupando? Se suponía que estaría fuera construyendo un estudio, no en nuestro sótano preocupado de los aparatos. No tenía sentido lo que estaba diciendo. Claramente quería que bajara al sótano, y estaba claro que si ella lo hacía las cosas podían ponerse muy feas. Mi madre le dijo que estaba ocupada. Cerró la puerta del sótano y echó el cerrojo.
Momentos después oyó el golpe de la puerta de la mampara y el sonido del coche de Al. Se marchó y no volvió en todo el día. Mi madre no le contó nada a mi padre sobre el incidente porque tenía miedo de que él exagerara su reacción y montara una escena, pero decidió que cuando viera a Russ Blomerth a la mañana siguiente le diría que no quería que Al volviera a trabajar en la casa. A la mañana siguiente mi padre salió hacia su trabajo y esta vez llegó a trabajar a casa toda la cuadrilla: Wiggins, Russ Blomerth y Al. Mi madre se preparó para hablar con Blomerth, pero cuando vio a Al, siempre tan amistoso y alegre -Hola, señora Junger, buenos días. ¿Cómo está?-, dudó. ¿Estaba exagerando? ¿Realmente quería despedir a un hombre por la mirada de sus ojos?
Al nunca volvió a mirarla como ese día en el sótano -una "mirada descarada, de macho", la describiría mi madre-, pero había algo en él que la ponía nerviosa. Ella daba clases particulares de arte en casa, y una vez a la semana llegaba a casa por la tarde una adolescente llamada Marie que estaba aprendiendo a dibujar. Una tarde Marie llegó antes que mi madre, y entró a esperar al recién terminado estudio. Era un día caluroso, y ella llevaba una enagua de madrás, y Al tiene que haberla visto a través de las ventanas de cristal porque de repente Al estaba parado a su lado. Debes ser la modelo, dijo él. Oh, no, soy la estudiante, dijo ella. Al la cogió con su brazo por la cintura, y la empujó hacia él. Pero tienes el talle tan pequeño, seguro que eres la modelo, insistió. Justo cuando empezaba a preocuparse sobre qué ocurriría después, entró mi madre. Aquí está Ellen, dijo, y libró a Marie del abrazo de Al. Ella corrió hacia mi madre y le contó lo que había pasado, y mi madre salió y le dijo a Al que no le gustaba lo que había oído. Ah, es sólo una niña y es tan guapa, dijo Al. Sólo quería abrazarla. Mi madre le dijo que quería que eso volviera a ocurrir.

¿Cómo Te Llamas?
"Roy Smith."
"¿Dónde vives, Roy?"

"En Northampton Street, número 75, en Boston".
"¿Estuviste ayer en Belmont?"
"Sí".
Roy Smith estaba sentado en una silla en un cuarto trasero de la comisaría de policía de Belmont. A su alrededor había agentes de policía de Belmont, un detective y un teniente de detective de los cuarteles de la policía del estado llamado John Cahalane. Cahalane era el agente de más alto rango en el cuarto y había sido enviado por el despacho del fiscal de distrito del condado de Middlesex debido a las graves implicaciones del caso. El interrogatorio empezó con la policía de Belmont que pidió a Smith que les contara paso por paso lo que había hecho la mañana del día anterior. Smith dijo que tomó el autobús hacia Belmont, pidió indicaciones en una gasolinera local, y llegó a la casa de Goldberg poco antes del mediodía. Dijo que Bessie Goldberg le hizo un bocadillo de mortadela para la colación y luego le mostró lo que tenía que limpiar después de que comiera. Dijo que había limpiado el sofá y el piso y las ventanas. Dijo que había limpiado lo que creía que era una biblioteca - "Había un montón de libros ahí"- y la salita y el comedor. Dijo que le pagó 6 dólares 30 y que salió de la casa a eso de las cuatro menos quince.
Gran parte del interrogatorio policial consistió en preguntar sobre detalles de otro modo nimios en el día de un sospechoso. Detalles que son imposibles de recordar. Una vez que la policía detectara una pequeña contradicción en sus declaraciones, se abriría una brecha en la maraña de mentiras que rodea inevitablemente toda negación de culpa. Fue el teniente Cahalane el que intentó hacerse camino entre las negativas.
"Escucha, Roy. A esa hora esto le pasó a la mujer..."
"¿Sí"?"
"que alguien la golpeó".
"Yo no he golpeado a nadie".
"Te lo estoy contando, escucha".
"Okay".
"A esa hora alguien atacó a esa mujer y tú eras el único que estaba en la casa, así que naturalmente pensamos que eres tú el que la atacó. Ahora, ¿eres tú quien la atacó?"
"Claro, hay que acusar a alguien".
"No, no es eso. Es por eso que estamos hablando. No te queremos acusar falsamente. Todo lo que quiero es que me digas la verdad".
"Tiene que haber alguna manera de que ustedes se den cuenta de si estoy mintiendo o no".
"Eso es lo que queremos saber", dijo Cahalane. "Si ocurrió algún accidente, todo lo que tienes que hacer es contarlo. Si ella estaba encima de la mesa o de una silla y se cayó y tú la agarraste, todo lo que tienes que hacer es..."
"¿Puedo decir algo?"
"Dilo".
Uno puede imaginar a Smith preparándose para esto. La policía le ha pedido que se ponga en un momento en su lugar; ahora Smith estaba haciendo lo mismo.
"Yo soy de Mississippi", dijo Smith. "No me acercaría a ninguna mujer blanca porque me gusta vivir, ¿entiende?"
"Pero estamos en el norte, no en el sur", dijo Cahalane.
"Lo sé".
"Aquí tienes más libertad".
"Te digo una cosa: Yo no le hecho nada a ninguna mujer, Dios me libre, especialmente a una mujer blanca, ¿estás bromeando? Tengo algo de seso, Dios me libre".
"Pero la mujer estaba en el suelo, ¿no?"
"No, señor".
"¿Qué?"
"Esa mujer no tenía nada cuando yo salí de la casa, no señor. Si la hubiera tocado, ¿cree usted que yo andaría por aquí de paseo? ¿Se ha vuelto loco? Yo no toqué a esa mujer. Quizás fue alguien después de que yo me marchara".
El interrogatorio de Roy Smith prosiguió hasta la madrugada del 13 de marzo. Después de 12 horas de interrogatorio, Smith seguía negándose a admitir su culpa, y la policía no tuvo más alternativa que pasarle el caso al fiscal.
Por un lado, Smith era un delincuente de poca monta con varias acusaciones de asalto en sus antecedentes que era la última persona que había visto con vida a la víctima del homicidio, y que había salido de casa de la víctima menos de una hora antes de que se encontrara el cuerpo. Por otro, no había ninguna evidencia física que relacionara a Smith con el cadáver y nadie lo vio hacer nada malo. Hay gente que lo vio entrar a casa de Goldberg. Hay gente que lo vio salir. Hay gente que lo vio subir al autobús, comprarse un trago, cruzar el centro de la ciudad, hacer lo que hizo, pero lo vieron matar a Bessie Goldberg. La acusación de Roy Smith era enteramente circunstancial, pero casi impermeable, solamente estropeada por el hecho de que él se negaba a confesar. Hubo de formarse un jurado que confesara por él.

Fue a principios de marzo de 1965 que sonó el teléfono en nuestra casa, y cuando mi madre respondió, se sorprendió de oír a Russ Blomerth al otro lado del auricular. Russ no había llamado en dos años -desde que habían terminado el estudio-, pero tenía noticias raras y urgentes. Señora Junger, le dijo, no sé cómo decirle esto. Pero acabo de descubrir que el Estrangulador de Boston es Al DeSalvo.
Lo habían capturado recién por un caso de violación, siguió Blomerth. Y entonces confesó que era el Estrangulador de Boston. DeSalvo había empezado a hacer detalladas confesiones a la policía, y Blomerth ya había sido contactado por los interrogadores para que proporcionara evidencias adicionales. DeSalvo había estado solo o fuera de su trabajo toda vez que hubo un estrangulamiento en el área de Boston. Las autoridades tenían especial interés en el 5 y 30 de diciembre de 1962, los días en que fueron asesinadas Sophie Clark y Patricia Bissette. Blomerth dijo que sus archivos mostraban que esos días Al había venido a nuestra casa solo. "No puedo saber en qué horas estuvo allá", declaró Blomerth por escrito.
Así que Al salió de nuestra casa y se fue a matar a una mujer. O había matado a una mujer y había llegado a trabajar veinte minutos después; las dos posibilidades eran espantosas. Al había pasado muchos, muchos días trabajando en el estudio mientras mi madre estaba sola en casa; todo lo que tenía que hacer para introducirse en casa era pedir permiso para ir a los servicios. Habría sido estúpido matar a la persona para la que estabas trabajando -serías el primer sospechoso, como Roy Smith.
Mi madre colgó y revisó sus recuerdos de DeSalvo. Pensó en la tarde en que Bessie Goldberg fue asesinada. ¿Podría Al haber conducido hasta Scott Road -por donde pasaba todos los días para llegar a su casa en Malden-, matarla y luego volver al trabajo?
Al había estado a los pies de la escalera del sótano y había llamado a mi madre con una rara expresión en los ojos. Al menos por un momento nuestro sótano fue un lugar donde pudieron pasar cosas terribles e inimaginables sin que nadie hubiese podido impedirlas. ¿Había en la mente de Al algún equivalente adonde iba en esos momentos -algún sótano oscuro lleno de mujeres muertas y una escalera que subía hasta el resto de su vida?
La historia que oí de mis padres sobre Bessie era que una simpática señora que vivía más abajo en la calle había sido asesinada y que un negro inocente estaba en la cárcel por el crimen. Entretanto -sin que nadie lo supiera- un violento psicópata llamado Al estaba trabajando solo en nuestra casa casi todo el día y probablemente cometió el asesinato. En nuestra familia esta historia finalmente adquirió el pulcro simbolismo de una leyenda. Roy Smith significaba todo lo que estaba mal en el mundo, y Bessie Goldberg todo lo que era decente pero desesperadamente impotente. Albert DeSalvo, por supuesto, era el símbolo del mal absoluto y arbitrario.
Nuestra historia de familia era tan perfecta que no cuestioné su simplicidad sino hasta que estuve más viejo. Su simplicidad surgía del hecho de que la tragedia de Scott Road había rozado nuestra familia, pero sin afectarla nunca. Era una suerte que yo finalmente pudiera haberme dado cuenta de que las cosas pudieron haber terminado de otro modo. ¿Qué si, por ejemplo, mi madre no hubiese estado fuera el día del asesinato? ¿Qué habría pasado si se hubiera quedado conmigo todo el día? ¿Habría Al sufrido ese terrible impulso y matado a mi madre en lugar de Bessie Goldberg? ¿Estaría ahora otro periodista entrevistándome a mí en lugar de al revés?
Una de las presunciones de mi profesión es que puede descubrir la verdad; fisgoneando, puede abrir el mundo con todas sus complejidades y contradicciones y descubrir qué pasó exactamente en un determinado lugar, cierto día. A veces puede, pero a menudo la verdad simplemente no es conocible -al menos, no de modo absoluto. A medida que avanzaba en mi investigación, comprendí que esta historia era mucho más compleja que la historia que me habían contado de niño, y que nunca sabría con certeza qué le había pasado en realidad a Bessie Goldberg en su casa ese día. Así que si iba a decir algo de valor sobre esta historia, tendría que ser sin descubrir la verdad. Pero quizás la verdad no es lo más interesante de estas historias, pensé; quizás lo más interesante de estas historias son las cosas que pudieron ser verdad. Y quizás es en la búsqueda de esas cosas que llegas a entender más profundamente al
mundo.

7 de mayo de 2006
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condenado cura que asesinó a monja


Sacerdote jubilado condenado por asesinato de monja en 1980, en Ohio.
Toledo, Ohio, Estados Unidos. Un cura católico fue condenado el jueves por el asesinato de una monja que fue encontrada con 31 puñaladas en la capilla de un hospital, con su frente ‘ungida' con una mancha de sangre, y sus heridas en el pecho en la forma de una cruz de cabeza.
El reverendo Gerald Robinson, 68, fue sentenciado a la pena de cárcel obligatoria de 15 años a perpetua y esposado para ser retirado del tribunal después de un juicio en el que los expertos forenses compararon las heridas de la víctima con un curioso abrecartas en forma de puñal encontrado en el cuarto del sacerdote.
El jurado tomó seis horas en llegar a un veredicto. Amigos y familiares de Robinson escucharon boquiabiertos la sentencia; él mismo no dejó ver sus sentimientos.
Robinson, que había trabajado con Sor Margaret Ann Pahl como capellán del hospital y presidió su misa fúnebre, fue sospechoso desde el principio, pero no fue acusado sino hace dos años. Los fiscales examinaron más detenidamente el homicidio después de que fuera acusado anónimamente de acoso. Esas acusaciones no han podido ser comprobadas.
Los fiscales dijeron que la relación de Robinson con la monja era tensa y había llegado al punto de rompimiento. De acuerdo a los testimonios, Pahl era la encargada de la capilla y estaba indignada porque los servicios religiosos del Viernes Santo habían sido abreviados.
Pahl, 71, fue asesinada mientras preparaba la capilla del Mercy Hospital para los servicios de Pascua el 5 de abril de 1980. Fue estrangulada y apuñalada 31 veces, la cuchilla fue hundida en la sabanilla del altar que fue abandonada sobre su cuerpo en lo que los fiscales dijeron que parecía un crimen ritual.
El fiscal Dean Mandros dijo que Robinson infligió las heridas de puñal en la forma de una cruz bocabajo, ungió a Pahl con su propia sangre en una macabra versión de la extremaunción y le quitó la ropa interior "para humillarla, mofarse de ella, y rebajarla".
El abogado de la defensa, John Thebes, dijo que él y su cliente recurrirán la sentencia.
El obispo Leonard Blair, de la Diócesis de Toledo, emitió una declaración observando que Robinson es un cura retirado que ha sido excluido de todo ministerio público.
El caso dependió en gran parte del abrecartas, que tenía una sección transversa en forma de diamante y un medallón del tamaño de una moneda de diez céntimos con una imagen del Capitolio estadounidense. Expertos forenses dijeron que la hoja fue usada para provocar las heridas, y el medalló fue la fuente de una débil mancha que se encontró en sabanilla del altar.
Rpbinson era un popular sacerdote en esta ciudad de 300 mil habitantes, donde un cuarto de la población es católica. Fue trasladado del hospital un año después del asesinato y llegó a ser cura en tres parroquias en Toledo.

13 de mayo de 2006
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hallan brazo de bebé


[Raja Mishra y John R. Ellement] Policía analiza ADN para trazar brazo cercenado encontrado en una planta de tratamiento de aguas residuales.
North Shore, Massachusetts, Estados Unidos. El misterio del brazo de 15 centímetros de largo de un bebé, hallado en una planta purificadora local, se hizo ayer más oscuro cuando casi dos docenas de cuerpos de policía de North Shore buscaron ayer sin éxito a la madre del bebé y especialistas forenses buscaban claves en la carne, hueso y genes del pequeño brazo.
Empleados de la Deer Island Sewage Treatment Plant, en Winthrop, encontraron el martes el brazo en las gigantescas maquinarias de tratamiento de aguas residuales. Funcionarios del estado dijeron que el brazo había sido tirado al inodoro o arrojado a un pozo o a un colector de fango entre Boston del Este y Bedford, una extensión de 21 comunas.
Incluso avezados agentes de policía se maravillaban ayer de la difícil búsqueda en camino. Funcionarios policiales del estado pidieron al público en las 21 ciudades y pueblos, con unos 760 mil habitantes, que colaborasen con la policía proporcionando datos sobre recién nacidos desaparecidos o mujeres que hayan estado embarazadas hace poco y que no parezcan estar cuidando de un bebé.
"No es mucho lo que podemos hacer. Quiero decir, ¿dónde empezar?", preguntó el teniente de policía Joseph O'Leary, en Lexington, una de las comunas cuyas aguas residuales fluyeron hacia Deer Island el martes. "Es muy raro. He estado aquí un montón de años y no recuerdo nada parecido".
La teoría en curso, dijeron funcionarios policiales del estado, es que se trataba de un bebé no deseado o que nació muerto y del que se deshicieron de la manera más cruda.
"Como mínimo es disponer impropiamente de los restos. En el peor de los casos, es algo mucho más grave", dijo David Procopio, portavoz del despacho del fiscal del distrito de Suffolk.
Ayer el médico forense del estado, el doctor Mark A. Flomenbaum, analizó el brazo, que fue cortado a la altura del antebrazo, justo debajo del codo, y que tenía una mano completamente desarrollada.
En una entrevista, dijo que su equipo trataría de determinar la edad del bebé, la raza, el sexo y cómo fue cortado el brazo, estudiando su fisiología.
Dijo que con rayos equis y tests de los huesos y cartílago "podríamos determinar la edad... y ver si se trata de un feto prematuro, o un neonato, o si se trata de un bebé más grande".
Flomenbaum también dijo que si el brazo no se ha deteriorado de modo significativo, las autoridades tratarán de determinar su ADN.
"Va a ser difícil, pero no creo que imposible", dijo Flomenbaum sobre la posible identificación del bebé. "Depende de los resultados de los análisis y de la suerte que tengamos y de la suerte de la policía".
Flomenbaum tiene algo de experiencia en este tipo de investigaciones. Trabajó anteriormente en Nueva York tratando de identificar los restos de las víctimas de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center.
Dijo sobre el brazo que "lo más probable es que no haya llegado allá por razones naturales".
El ADN del brazo podría ser comparado con muestras de sangre de recién nacidos que son recogidas rutinariamente y conservadas por los hospitales según los protocolos de la salud pública. El ADN también podría ser analizado con las bases de datos del ADN de niños desaparecidos. La policía de Boston dijo ayer que se llevarían una muestra del ADN del brazo para compararlo con bases de datos nacionales.
Algunos investigadores sugirieron que el brazo puede haber sido erróneamente desechado en un hospital, pero otros funcionarios del estado desecharon esa posibilidad.
En las pesquisas de ayer en la región la policía volvió con las manos vacías.
Funcionarios de Belmont, Chelsea, Everett y Revere dijeron ayer que no encontraron evidencias de que el brazo del bebé haya sido desechado en el sistema de desagüe de sus comunas.
El capitán de la policía de Chelsea, Brian Kyes, dijo que era posible que el bebé no tuviera nada que ver con la comuna donde el brazo fue introducido al sistema de tratamiento.
"Se trata obviamente de alguien desesperado. Puede haber ocurrido en su propia residencia, supongo, pero hay que decir que puede ser algún accidente en un centro comercial o, sepa Dios, en un hospital y por algún motivo simplemente sintieron pánico", dijo Kyes. "Sólo Dios lo sabe".
Funcionarios del estado confinaron las indagaciones inicialmente a Boston del Este, Chelsea, Everett, Wintrhop y Revere, que normalmente envían sus aguas residuales a través del troncal Metropolitano Norte hacia la planta Deer Island. Pero debido a la mantención del martes, las aguas residuales de 16 comunas, cuyos desechos son normalmente tratados en una planta de Chelsea antes de llegar a Deer Island, fueron desviadas por ese troncal.
"Puede haber sido en cualquiera de esas comunas", dijo Michael Hornbrook, jefe de operaciones de la Autoridad de Recursos de Aguas de Massachusetts, que gestiona el sistema.
Una serie de grandes tubos acarrean las aguas residuales desde las casas hasta los conductos de las calles y hacia las plantas de tratamiento, que procesa los residuos antes de desecharlos. El brazo fue encontrado en Deer Island en una plataforma de control, parte de una gigantesca cinta transportadora que remueve las aguas residuales para retirar plásticos, madera y otros materiales.
Normalmente el proceso está completamente automatizado, pero los trabajadores estaban casualmente ahí el martes y realizaron el espeluznante hallazgo.
Ayer se acercaron psicólogos para ayudar a esos trabajadores.
"No es algo que esperas ver y esperamos no volver nunca a ver algo parecido", dijo Gerry Gallinaro, director suplente de Deer Island.

Suzanne Smalley contribuyó a este reportaje.

rmishra@globe.com
ellement@globe.com

11 de mayo de 2006
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trozos humanos en el bronx


[Al Baker y Sarah Garland] Asesino reparte trozos de cuerpo humano en barrio del Bronx.
Un hombre del Bronx fue acusado ayer del asesinato de un colega en una riña a altas horas de la noche en el apartamento de la novia de la víctima. Pero lo que asombró a detectives y vecinos no fue tanto el asesinato mismo, sino los extremos a los que llegó el acusado, según las autoridades, para deshacerse del cuerpo.
La policía dice que el sospechoso, Víctor González, utilizó tres cuchillos y un serrucho para desmembrar a su colega Wilfredo Pinto Jr., y luego cargó las partes en bolsas negras de jardín y las dispersó a través de Longwood.
Dos piernas y un brazo, cortado a la altura del codo, fueron hallados en una bolsa que fue arrojada en un tramo cubierto de hierbas de una acera en una esquina de Kelly Street. Ropas ensangrentadas fueron encontradas en otra bolsa a unos diez metros de allí, en Intervale Avenue cerca de Tiffany Street. Un edredón manchado de sangre fue arrojado debajo de un árbol en un parque en un tranquilo vecindario residencial. La cabeza de la víctima, envuelta en una chaqueta, fue arrojada a un tacho de basura en un callejón junto a la residencia de Dawson Street.
Otras partes, incluyendo un hombro, fueron arrojadas cerca de la Intermediate School 116. Una bolsa con parte de una pierna fue encontrada cerca del Bruckner Boulevard.
Y el torso de la víctima, la parte más pesada, fue hallado en una bolsa abandonada en un callejón junto al 923 de Kelly Street, donde los vecinos dijeron que González pasó un buen rato en el apartamento 3B, con la víctima y su novia, Sandra Estrada.
"Fue una locura, increíble", dijo Ángel Romero, que vive en el bloque y quien, con un conserje local, encontró la bolsa con los miembros y pasó las horas siguientes guiando a agentes de policía en su recorrido de lugar en lugar recogiendo los restos.
"Encontré un brazo y una pierna", agregó. "Nunca oí hablar de que encontraran un cuerpo cortado en pedazos. Y en mi propio bloque. Es una locura".
Para la policía, el asesinato cae en una categoría familiar: la víctima conocía al sospechoso; el asesinato ocurrió tarde por la noche; el motivo, dijo la policía, fue una riña, posiblemente por el afecto de la señorita Estrada.
Los detectives de homicidios tuvieron un alijo virtual de pruebas -las partes del cuerpo- que dejaron un horripilante rastro en el apartamento manchado de sangre donde la policía cree que se cometió el asesinato a eso de las 11:30 de la noches del jueves, y donde detuvieron a González ayer temprano.
Ayer el comisario de policía Raymond W. Kelly, dijo que los restos -y las herramientas utilizadas en el crimen- estaban siendo recogidos.
"Creemos que hemos encontrado todas las partes del cuerpo", dijo Kelly.
En total, la policía dijo ayer en la tarde que se habían recuperado seis bolsas con restos.
González y Pinto trabajaban juntos como techadores para Triboro Maintenance, en Kelly Street, dijo ayer un gerente de la compañía. Dijo que Pinto era el supervisor de una cuadrilla de trabajadores que incluía a González.
Los vecinos dijeron que el trabajo causaba tensiones en las vidas privadas de los hombres. Los vecinos describieron a Pinto como gritón y agresivo, y a menudo abusaba verbalmente de González.
Reina Laguna, 55, que vive en el edificio, describió a González como "un hombre muy tranquilo". Dijo que a Pinto le "gusta intimidarte".
El martes por la tarde Estrada cenó con ella y, una hora más tarde, su invitada volvió para decir que los dos hombres estaban peleando. "Dijo: ‘Empezaron otra vez'", dijo Laguna.
Como en ocasiones pasadas, dijo la policía, los hombres estaban bebiendo y empezaron a discutir. Estrada los abandonó temprano, dijo la policía. En algún momento González cogió un martillo y golpeó a Pinto con él, dijo la policía, antes de cortarlo en pedazos. Se cree que Estrada presenció la escena, dijo la policía.
Kelly dijo que la pelea puede haber tenido que ver con el trabajo. Un detective en el lugar de los hechos dijo que la mutilación del cuerpo había tomado horas, y que González entró y salió varias veces del apartamento para repartir las bolsas. Dijo que el acusado había sido carnicero en Puerto Rico.
A eso de las cinco de la mañana de ayer, la policía recibió una llamada telefónica de una mujer que dijo que su amigo estaba cortado en pedazos en bolsas. Fue más o menos a esa hora que los vecinos vieron a Estrada correr por la calle. "No es verdad, no es verdad", gritaba Estrada, de acuerdo a Martha Saninocencio, 31, que le ofreció una silla para que se sentara y trató de calmarla.
Steven Reed, portavoz del despacho del fiscal del Bronx, dijo que González será acusado de homicidio en segundo grado y otros cargos.
Dijo que González estaba todavía detenido en la comisaría de policía número 41 la tarde pasada.

11 de mayo de 2006
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tres condenas por munch


[Walter Gibbs] Tres condenas y tres absoluciones en el caso del robo de Munch.
Oslo, Noruega. Tres de los seis acusados en 2004 por el robo de las pinturas ‘El grito' y ‘Madonna' de Edvard Munch fueron declarados culpables el jueves en el Tribunal de Distrito de Oslo y sentenciados a penas de prisión de cuatro a ocho años.
Dos de los hombres fueron también condenados a pagar 121 millones de dólares, el valor combinado de los seguros de las pinturas, que siguen en paradero desconocido.
Los fiscales dijeron que estaban satisfechos con el resultado del juicio y propusieron que las penas económicas podrían persuadir a alguno de los condenados a revelar dónde se encuentran las pinturas. Estas piezas expresionistas del siglo 19 se cuentan entre los grandes tesoros culturales de Noruega.
De acuerdo a la ley noruega si se encuentran las pinturas, se anulará la condena de pagar esos 121 millones de dólares. En una entrevista con el fiscal del estado, Terge Nyboe, también ofreció convenir una pena de prisión más liviana en la corte de apelaciones para cualquiera de los condenados que conduzca a las autoridades a las pinturas robadas.
Las tres absoluciones el jueves reflejan lagunas en la investigación policial. Está fuera de toda duda que dos ladrones enmascarados arrancaron las pinturas violentamente de las paredes del Museo Munch el 22 de agosto de 2004, mientras unos 80 visitantes se encogían de miedo o, sin darse cuenta, seguían sus recorridos en las galerías laterales. Los ladrones -uno de los cuales amenazó a empleados del museo con una Magnum 357- acarrearon las pinturas de pesados marcos a una furgoneta negra Audi que conducía un cómplice y desaparecieron.
La pesquisa policial incluyó un análisis forense del Audi, que los ladrones abandonaron a alrededor de un kilómetro y medio del museo, y la interceptación de miles de llamadas telefónicas de personajes de los bajos fondos noruegos y la vigilancia y seguimiento de esos mismos personajes durante varios meses. En un momento agentes encubiertos estuvieron sorprendentemente cerca de las piezas robadas, pero perdieron nuevamente el rastro.
Entre los absueltos se encuentra Stian Skjold, 30, el único acusado que según los fiscales estuvo dentro del museo. Los sospechosos relativamente periféricos también fueron absueltos: Morten Hugo Johansen, 39, que había sido acusado de preparar el coche de escape, y Thomas Nataas, 36, un conocido corredor de coches acusado de esconder las pinturas en su bus durante un mes.

Petter Tharaldsen, 34, un delincuente profesional al que la policía acusó de conducir el coche de escape, fue sentenciado a ocho años de cárcel y debe pagar la mitad de los 121 millones de dólares de la indemnización. Apelará su condena.
Bjorn Hoen, 38, al que los fiscales consideran el principal organizador del robo, fue sentenciado sólo por prestar su Audi para propósitos criminales y por tratar de negociar la venta de las pinturas después del robo. En el tribunal los fiscales hicieron oír grabaciones de conversaciones entre Hoen y otro acusado, Petter Rosenvinge, 38, en las que los hombres discuten vagos intentos de vender las pinturas. Hoen fue sentenciado a siete años de cárcel y debe pagar la otra mitad de la indemnización.
Rosenvinge, ex propietario del Audi, fue sentenciado a cuatro años por vender el coche de escape a Hoen y por participar en la trama. Ambos recurrirán las sentencias.
En sus declaraciones Skjold negó todo conocimiento del robo, pero admitió que en septiembre de 2004 trasladó las pinturas, que estaban guardadas en una bolsa de basura, desde un autobús estacionado de propiedad de Nataas, al maletero de un coche, que se alejó a toda prisa.
Skjold declaró que él fue contratado para hacer esa carga, pero no sabe por quién y nunca le pagaron. Agentes encubiertos que siguieron a Skjold presenciaron la transferencia, a unos kilómetros al oeste de Oslo, pero no intervinieron a tiempo para recuperar las pinturas.
El presidente del panel de tres jueces del tribunal, Arne Lyng, observó en el veredicto que Skjold no podía ser condenado por trasladar propiedad robada porque sólo había sido acusado por el robo. Uno de los fiscales, Morten Hojem Ervik, dijo que según las leyes noruegas Skjold podría ser juzgado ahora por cargos de robo de propiedad privada. Además, dijo, los fiscales en Noruega tienen el derecho de recurrir, de modo que ninguna de las decisiones de hoy se mantendrán necesariamente.
Nataas, el corredor de coches, reconoció que las pinturas habían estado guardadas en su bus después del robo, pero dijo que las habían dejado ahí contra su voluntad. Tharaldsen había pedido permiso antes del robo para "guardar algo" en el bus, dijo Nataas, pero él lo había rechazado. Más tarde, dijo Nataas, encontró las pinturas en el bus, pero no llamó a la policía. El juez Lyng dijo que las acciones de Nataas "merecían reproche", pero no era suficiente para castigarlo.
‘El grito', pintado con tempera en cartulina en 1893 se encuentra entre las obras de arte más reconocibles del mundo y ha sido ampliamente apropiada por la cultura popular. Otra versión cuelga en el Museo Nacional frente al Museo Munch, y es un poco más antigua. También fue robada en 1994, pero recuperada cuatro meses después en una operación policial. Munch también hizo al menos dos pasteles y varios bosquejos preliminares del trabajo.
Madonna', pintada en 1893-1894, muestra a una mujer desnuda con una aureola, aparentemente captada entre el éxtasis y la muerte. Una segunda versión se exhibe en el Museo de Arte Nacional. Las versiones robadas de tanto ‘El grito' como ‘Madonna' estuvieron durante gran parte de su vida en posesión del artista; las legó a la ciudad tras su muerte a los 80, en 1944.
La ciudad ha ofrecido una recompensa de 323 mil dólares al valor de cambio de hoy por cualquier dato que conduzca a la recuperación de las pinturas robadas.

4 de mayo de 2006
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