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agentes secuestraban y robaban


[David Heinzmann y Carlos Sadovi] Cuatro agentes son acusados de un largo listado de delitos graves.
Cuatro agentes de policía de Chicago acusados robar, secuestrar e intimidar a sospechosos de tráfico de drogas y a ciudadanos corrientes fueron formalizados el jueves en una investigación todavía en curso que podría resultar en más detenciones en el departamento de operaciones especiales del departamento de policía.
El jueves, el comisario de policía, Philip Cline, y el fiscal del estado del condado de Cook, Richard Devine, anunciaron los cargos largamente anticipados en una rueda de prensa conjunta. Ambos dijeron que estaban afligidos por los crímenes de sus agentes, pero dijeron que la opinión pública debía confiar en los resultados de la investigación interna.
"Cuando sacamos a los polis malos de la calle, estamos construyendo un mejor departamento de policía", dijo Cline.
Los cargos contra los cuatro agentes se formularon un año y medio después de que fiscales federales acusaran a cuatro agentes tácticos de Englewood de delitos similares. Como en ese caso, los fiscales están preocupados de que las acusaciones puedan poner en peligro detenciones no relacionadas llevadas a cabo por los agentes.
Los agentes acusados son Jerome Finnigan, 43, Keith Herrera, 28, y Thomas Sherry y Carl Suchocki, ambos de 32. Los agentes, todos miembros de la sección de operaciones especiales, están acusados de una gama de delitos, incluyendo agresión armada, invasión de morada, robos y secuestros. Podrían pasar 30 años en la cárcel si son condenados.
Finnigan es un veterano de 17 años en el cuerpo de policía, Herrera ha estado seis años en el departamento, Sherry 11 y Suchocki 10. Todos están acusados en múltiples casos.
Los cuatro serán suspendidos sin paga, y el departamento tomará las medidas para expulsarlos de sus filas, dijo Cline. Se esperan que comparezcan este viernes ante el juzgado criminal del condado de Cook.
Cline y Devine se negaron el jueves a dar detalles sobre las acusaciones, diciendo que primero debían ser presentadas ante un juez en el tribunal.
Los dos enfatizaron que la investigación, que empezó hace dos años, continúa. Al menos otro agente ha sido despojado de sus atribuciones policiales, y hay más cargos en camino, dijeron fuentes cercanas a la investigación. Hasta nueve agentes están siendo investigados, dijeron las fuentes.
La investigación en curso incluye una revisión de más de cien detenciones que hicieron los agentes, dijeron fuentes policiales. Algunos de los casos que están siendo revisados deberán ser abandonados, debido a las dudas sobre la integridad del trabajo policial, dijo Devine.
Cline dijo que él empezó a reorganizar los rangos y métodos de la sección de operaciones especiales después de revisar informes de la subcomisaria de policía, Debra Kirby, que dirige asuntos internos. Algunos supervisores, incluyendo un teniente a cargo de los agentes acusados, fueron reasignados a puestos diferentes debido a la investigación.

Signos de Problemas en 2002
En 2002 ya había indicios de posibles actos ilícitos cuando el ayuntamiento empezó a llegar a acuerdos en demandas interpuestas por gente que reclamaba que Finnigan, Suchocki, Sherry y Herrera los habían golpeado, robado y amenazado. Estas quejas cada vez más numerosas -se presentaron al menos cuatro demandas en el tribunal federal- fueron parte del catalizador de la investigación interna del departamento de policía, dijo Kirby.
Billy Glover interpuso una demanda contra el ayuntamiento en 2004, diciendo que nueve agentes -incluyendo a Finnigan, Herrera y Suchocki- lo habían sacado de su camión, golpeado, acosado a su abuela y acusado falsamente de posesión de una escopeta que estaba inscrita legalmente.
Los fiscales desecharon el cargo por posesión de armas. En cuanto a la demanda de Glover, el ayuntamiento llegó a un acuerdo por 25 mil dólares. La experiencia dejó al vecino del Lado Sur con una profunda resentimiento con la policía.
"No me gustan, no confío en ellos. Punto", dijo Glover, que perdió su trabajo como obrero de la construcción mientras salía de los problemas legales que le causó la detención. "Tienen que dejar de ser tan violentos. ‘Servir y proteger' -tienen que retirar ese lema de las patrulleras. No es lo que hacen".
Poco después del acuerdo de Glover, los detectives lo contactaron a través de sus abogados. Estaban buscando información sobre su caso para la investigación interna.
El mes pasado, René Gutiérrez y Alicia Negretre presentaron una demanda federal contra Finnigan y otros agentes que no ha sido acusados todavía. Esa demanda alega que Gutiérrez y Negrete fueron robados de más de 50 mil dólares en contante y unos 45 mil dólares en joyas cuando los agentes allanaron su casa en el bloque 5100 de la avenida de South Kolin. Gutiérrez posee un túnel de lavado y tenía dinero contante en su casa, dijo Lawrence Jackowiak, abogado de la pareja.
Gutiérrez y Negrete fueron acusados de posesión de narcóticos, pero esos cargos fueron desechados en 2004 y 2005 cuando los agentes no comparecieron repetidas veces ante el tribunal, dijo Jackowiak.

Fiscales Descubren Patrón
Devine dijo el jueves que los fiscales de su unidad de narcóticos empezaron a observar un patrón regular en que se hacían importantes detenciones en casos de drogas, pero los agentes no se presentaban ante el tribunal cuando eran citados. La repetición causó sospechas, llevando a los fiscales a unirse a una investigación de asuntos internos, que ha estado en curso durante más de un año, dijo Cline.
Cline dijo que las detenciones ilustraban el "compromiso inquebrantable" del departamento de policía de deshacerse de agentes implicados en actos ilícitos.
En otra demanda federal, el techador del Lado Noroeste José Hermosillo acusó que Finnigan, Sherry y otros agentes irrumpieron en su casa en 2004, lo golpearon, le robaron cinco mil dólares y le exigieron más.
"Estaba aterrorizado. Siguieron presionándolo y exigiéndole que encontrara más dinero", dijo el abogado de Hermosillo, Joel Whitehouse. "Hermosillo no tenía nada más que dar".
La policía dijo que había encontrado 900 gramos de cocaína en una caja de zapatos en la casa de Hermosillo. Hermosillo, que según las fuentes declaró ante un gran jurado del condado de Cook en el caso, alegó en una demanda civil interpuesta contra el ayuntamiento por 50 mil dólares que las drogas habían sido robadas a un traficante unas 24 horas antes, dijo Whitehouse.
Los fiscales del condado de Cook desecharon los cargos criminales el 17 de enero. Hermosillo también se siente reivindicado de los cargos del jueves, pero ha vivido desde entonces con miedo, dijo su abogado.
"Han pasado meses y meses y los agentes siguen en las calles, llevando sus vidas de siempre", dijo Whitehouse. Hermosillo está "preocupado de que si se les permite hacer más detenciones, otra gente inocente también terminará en la cárcel".

dheinzmann@tribune.com

csadovi@tribune.com

7 de septiembre de 2006
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la carga de la prueba 3


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
Sentada a la mesa de su cocina en su pequeña casa unifamiliar de Charlottesville, Marie Deans sonríe suavemente, recordando la primera vez que se reunió con Coleman en el corredor de la muerte. "Tenía realmente lástima de sí mismo. Sabes: ‘Llevaba una buena vida, y todo estaba bien, y ahora, mira en la situación en que me encuentro'". Le dijo que estaba considerando no recurrir la sentencia. Ella lo escuchó durante un rato. Luego perdió la paciencia. "Mira, Roger", recuerda que le dijo. "Si realmente eres inocente, creo que tú querrías salir de aquí antes que ser ejecutado".
"Se quedó sin decir nada unos minutos, y luego sonrió y me dijo: ‘Okay, quiero trabajar contigo'".
Deans empezó a trabajar en la reforma carcelaria después de que su suegra fuera asesinada en 1972 por un convicto escapado. Ella y su afligido marido se preguntaron por qué salían tantos hombres de la cárcel todavía más violentos y antisociales que cuando entraban. La pareja empezó haciendo trabajo voluntario con los reclusos y cuando ella se mudó desde su nativa Carolina del Sur a Richmond a principios de 1983, inició su Coalición de Cárceles y Penitenciarías de Virginia. Descubrió pronto que los reclusos en el corredor de la muerte eran los más abandonados, y empezó a darles ayuda. Los conectó con abogados y se cercioró de que ellos presentaran sus apelaciones. Se dedicó furiosamente a un solo objetivo: mantenerlos vivos.
Desde el principio, Coleman le intrigó: "Era muy inteligente; leía todo el tiempo -los libros científicos y de ciencia ficción eran sus favoritos". Hablaban por teléfono una vez a la semana, y lo veía cada seis semanas o algo así cuando lo visitaba en el corredor. Llegó a tenerle tanta estima que lo puso en la directiva de su organización.
Para los Deans, la culpabilidad o inocencia de Coleman no era algo fundamental. Ella trabajaba con montones de hombres que ella sabía que eran culpables. Pero él era diferente: tranquilo, inteligente, directo. Le contó sobre sus sueños, incluyendo uno en el se veía amarrado a la silla eléctrica y ella se aferraba a su dedo gordo del pie, tratando de arrebatarlo a la muerte.
Deans nunca creyó en las patéticas historias del estilo ‘me hicieron caer en una trampa' que oyó de algunos reclusos. Pero llegó a creer que Coleman era inocente o que no tenía recuerdo de haber cometido el crimen. "Yo he trabajado con psicópatas, y en realidad son obvios", dice Deans. "Son incapaces que establecer contacto con sus propias conciencias, pero sí con lo que te conmueve y son capaces de darte eso". Roger, dice, nunca fue meloso ni listillo, nunca pareció estar haciendo algo para engañarla. "Nunca tuve la impresión de que estuviera tratando de engañarme".
Le causó una impresión similar a Sharon Paul, una estudiante de segundo año de la Universidad de Virginia que respondió a su anuncio en un diario estudiantil: "A trece pasos de la eternidad. Recluso en el corredor de la muerte busca gente sincera que quiera tener correspondencia y posibles visitas". Se describía a sí mismo y pedía fotos, pero agregaba: "La sinceridad es lo que vale".
"Me cautivó su vulnerabilidad: ‘Aquí estoy, y todo lo que quiero es que alguien me escriba'", cuenta Paul. "Dejaba que el mundo viera su soledad. Supongo que yo admiré esa honestidad y franqueza desde el principio".
Le escribió y a los pocos días recibió una respuesta, en la que describía su vida en Grundy y en el corredor de la muerte. Le dijo que respondería cualquier pregunta que tuviera sobre el crimen. "Lo crea usted o no, yo no lo hice", le dijo.
Era encantador y solícito. Insistía en comprarle regalos, incluso aunque no tuviera dinero. Una vez le envió recortes de catálogos de pedidos por correo y le pidió que le enviara de vuelta selecciones múltiples para asegurarse de elegir algo que todavía fuera una sorpresa para ella. Le hizo casetes con canciones de amor que grababa de la radio. Ella recuerda lo devastado que estaba cuando la explosión, en 1986, del Challenger. Si tenían alguna vez una hija, quería que se llamara Christa McAuliffe, la maestra que murió en el desastre.
Rara vez hablaban sobre el futuro. "Yo estaba negando la posibilidad que cualquier otra cosa que no fuera su libertad", dice Paul. "Roger, por otro lado, era mucho más realista. Se llamaba a sí mismo un pesimista optimista -quería lo mejor, pero esperaba lo peor".
Coleman necesitaba un nuevo abogado para presentar su apelación, y Deans lo conectó con Arnold & Porter, que se enorgullece en defender casos pro bono. Los abogados de la firma presentaron un recurso de habeas corpus -una herramienta jurídica común de los reclusos que piden una revisión judicial. Cuando perdieron la apelación en el juzgado de circuito, los abogados se dirigieron a la Corte Suprema de Virginia, que rechazó su apelación sobre la base de que habían llegado un día demasiado tarde. La Corte Suprema de Estados Unidos mantuvo el rechazo por 6 a 3.
"Este es un caso sobre el federalismo", escribe la juez Sandra Day O'Connor por la mayoría, más preocupada aparentemente sobre las prerrogativas del estado que sobre el hecho de que estaba en juego la vida de Coleman.
La resolución se convirtió en un grito de guerra de los opositores a la pena capital, que la vieron como una campaña de los jueces para uniformar el proceso de apelación y entregar reclusos condenados al verdugo de manera más expedita. Pero para eludir la silla eléctrica, Roger Coleman necesitaba algo más que solamente una causa. Necesitaba nuevas evidencias, y alguien dedicado a encontrarlas.

14 de mayo de 2006
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la carga de la prueba 2


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
Brad McCoy y Wanda Faye Thompson, que eran novios desde la escuela secundaria, se casaron después de la graduación de la Escuela Secundaria Grundy en 1978, cuando él tenía 18 y ella, 16. Él consiguió un trabajo como oficinista a tiempo parcial en United Coal, mientras que ella abandonó la escuela para quedarse en casa. Brad dice que su mujer "era una persona muy buena. Muy tranquila, y considerada con los demás". Alquilaron una pequeña casa entre las colinas y hondonadas de Grundy, al otro lado de Slate Creek desde la autopista principal.
La noche del 10 de marzo de 1981, Brad volvió a casa después del turno de la tarde poco después de las 11 y encontró el cuerpo de Wanda en el suelo del dormitorio en una poza de sangre tibia. Había sido apuñalada dos veces en el pecho, y su garganta había sido cortada con tal fuerza que estaba casi decapitada. Tenía 19 años.
Los detectives se concentraron rápidamente en Roger Coleman, 22, un brillante pero atormentado joven que estaba casado con la hermana de 16 años de Wanda y trabajaba en la mina TJ&M Coal. Co. en Looney Creek. Criado en gran parte por sus abuelos y su tío después de la separación de sus padres, Coleman se metió por primera vez en problemas con las autoridades cuando, de adolescente, hizo llamadas telefónicas obscenas. Poco antes de graduarse de la secundaria en 1977, fue acusado de intento de violación de la maestra de la localidad. Ella declaró que él había entrado a su casa, la había obligado a amarrar a su aterrorizada hija de seis años y amenazado con un arma antes de que ella pudiera escapar. Él negó las acusaciones, y el director de la secundaria declaró que había visto a Coleman en la escuela a la hora del crimen. Pero el jurado creyó a la víctima: Coleman debió permanecer veinte meses en la cárcel. Entonces, dos meses antes del asesinato, ocurrió el incidente de la biblioteca. Todo eso, más los vínculos familiares de Coleman con Wanda, llevaron a la policía hasta su puerta.
Al principio, Brad McCoy no lo creyó. Había jugado béisbol con su cuñado y creía que Roger había sido acusado injustamente en el caso de violación. Y no había rencores entre Roger y Wanda -ella adoraba a su hermanita y trataba a Roger como si fuera de la familia. Roger incluso había portado el féretro en su funeral. Pero la policía dijo que las pruebas eran concluyentes y Brad aceptó rápidamente que Coleman era un asesino de sangre fría.
El juicio empezó el 15 de marzo de 1982. En una gasolinera junto al tribunal, alguien colocó un cartel con la leyenda: "Es Hora De Reintroducir El Árbol De La Hora". El equipo de la defensa -dos abogados de la localidad, ninguno de los cuales había tenido entre manos ningún caso criminal de consideración- pidió cambiar de ubicación. Pero el juez presidente Nicholas Persin resolvió que Coleman recibiría un juicio justo en Grundy.
El caso de la fiscalía estaba construido sobre evidencias circunstanciales -no había testigos del crimen. Brad McCoy declaró que Wanda era una persona tímida y ansiosa que habría abierto la puerta, de noche, sólo a un hombre conocido y en quien confiara, como su cuñado. Los expertos forenses de la fiscalía dijeron que tres pequeñas manchas de sangre en el mono de Coleman correspondían con el tipo de sangre de Wanda. El especialista en serología del estado dijo que el semen del violador contenía trazos del tipo de sangre B -el mismo tipo que Coleman y diez por ciento de la población masculina. Los pantalones de Coleman que fueron entregados a los investigadores el día después del asesinato estaban mojados una diez pulgadas por la parte de abajo de cada pierna. Los fiscales postularon la teoría de que Coleman había aparcado su camioneta al otro lado de la Slate Creek frente a la casa de McCoy, cometido el asesinato y luego huido a través del arroyo poco profundo para evitar ser visto por los vecinos. Y oyeron a un compañero de celda que dijo que Coleman le había confesado el crimen.
Coleman reclamo que tenía un alibi para la hora del asesinato. Después de enterarse de que el turno de esa tarde había sido suspendido, paró para darle a la lengua con su buen amigo Phillip VanDyke, luego se había acercado al parking para caravanas para recoger una cinta de ocho pistas de Supertramp que había dejado en la caravana de Sandra y Scott Stiltner. Después de eso, dijo, fue a los baños públicos de la ciudad a darse una ducha, como hacen de costumbre los mineros, y cambiarse de ropa. Simplemente no había tiempo, insistió, como para haber ido a Slate Creek, hacerse camino hasta la casa de Wanda McCoy, y violarla y asesinarla antes de que Brad McCoy volviera a casa. VanDyke corroboró su historia, diciendo que se había separado a eso de las 10:30. Pero Sandra Stiltner declaró que Coleman había llegado a su casa para marcharse de inmediato a eso de las 10:20, lo que dejó un lapso de 45 minutos -tiempo suficiente para que un violador asesino con prisa, de acuerdo a la fiscalía.
"Tened en mente que los violadores odian a las mujeres", dice Thomas Scott, uno de los fiscales. "Él no llegó al lugar para hacer juegos preliminares; llegó allá para matarla. Pudo haber ocurrido fácilmente en diez minutos, incluso menos".
El juicio empezó un lunes en la mañana y terminó el jueves en la tarde. Los jurados demoraron 3 horas y diez minutos esa tarde en encontrar que Coleman era culpable. Al día siguiente, decidieron condenarlo a la pena de muerte.
El juez Persin no había sentenciado nunca antes a un hombre a la muerte. "Fue horrendo", recuerda. "Sabía que tenía que hacerlo, y me angustiaba tanto que esa noche apenas si pegué pestaña". Pero dadas las evidencias y la historia de Coleman, dice el juez, cree que el veredicto y la pena fueron correctas.
En su audiencia para la sentencia, Coleman dijo al tribunal que no le importaba demasiado si moría o no. Su esposa le había pedido el divorcio. "La última noche, cuando se dictó el veredicto de que soy culpable, perdí lo único que significa algo para mí, mi libertad, mi vida, mi mujer, a la que quiero mucho. En este momento, pena de muerte o vida, no me interesan. Ahora es cosa del Señor. De todos modos".
Sin embargo, cuando lo ingresaron al corredor de la muerte, Roger Coleman cambió de opinión.

14 de mayo de 2006
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la carga de la prueba 1


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
Es una glacial mañana de enero y Jim McCloskey está junto al teléfono en el cuarto de un hotel de Richmond esperando cumplir la solemne promesa que le hizo, hace catorce años, a un hombre condenado.
Una hora antes, cuando Roger Keith Coleman era ejecutado por violación y homicidio, McCloskey lo había mirado a los ojos a través de los barrotes de su celda, a unos metros de la silla eléctrica, y había prometido que algún día probaría la inocencia de Coleman. McCloskey es un hombre fuerte -orgulloso, poderoso, seguro de sí mismo-, pero esa noche de mayo de 1992 salió del corredor de la muerte agotado y frágil, repitiendo su juramento ante decenas de periodistas y cámaras de televisión, para leer en voz alta las últimas palabras de Coleman:
"Esta noche vais a asesinar a un hombre inocente. Cuando se pruebe mi inocencia, espero que los americanos, como ha ocurrido en otros países civilizados, se den cuenta de la injusticia que representa la pena de muerte".
Ministro presbiteriano no ordenado y auto-ordenado buscador de la verdad, McCloskey dirige una pequeña organización que investiga casos de reclusos que reclaman que han sido acusados injustamente. En el curso de los años, él y su dedicada banda de colaboradores han logrado la libertad de 36 personas, muchos de los cuales habían pasado décadas tras las rejas por crímenes que nunca cometieron. Fue demasiado tarde para Roger Coleman -la silla eléctrica no tiene botón para rebobinar-, pero no demasiado tarde para demostrar su inocencia. Pues en un congelador de evidencias en un laboratorio de California, había un poco de semen recogido en el cuerpo de una muerta.
McCloskey había solicitado al gobernador de Virginia, Mark Warner, permiso para hacer un nuevo análisis de una muestra de ADN. Ningún gobernador en funciones había permitido nunca hacer un análisis de ADN de un hombre ya ejecutado. Y no se había demostrado nunca que, desde que se reimplantara la pena de muerte en 1976, se hubiese ejecutado a un hombre definitivamente inocente.
Ahora, mientras espera que suene el teléfono con los resultados del análisis de ADN, McCloskey está consciente de que la historia está mirando por sobre su hombro. Ha alquilado un pequeño salón de conferencias en el Hotel Berkeley de Richmond para recibir la llamada telefónica del laboratorio de criminalística y un salón más grande para una rueda de prensa después. Incluso ha accedido a que asista un equipo del programa ‘Nightline' de ABC para que filme sus reacciones ante la noticia. Ha escrito dos declaraciones -una para el caso de que Coleman sea exonerado, otro para el caso de que no lo sea. Pero McCloskey tiene confianza en que sólo necesitará la primera. Finalmente, a las 10:45 de la mañana, suena el teléfono. "Jim, tenemos los resultados", dice Ray Prime, director del Centro de Ciencias Forenses en Toronto, uno de los laboratorios de criminología más reputados del mundo.
La cámara de ‘Nightline' capta el resto."Uh, uh, és es la fuente", dice McCloskey. "Uh, uh, uno en diecinueve millones". Un pesado suspiro. "Oh, boy. Está bien. Chao".
Cuelga y se vuelve hacia Paul Enzinna, el abogado de Washington que lo ayudó en su petición de hacer un nuevo análisis de ADN. "Es culpable".

Seis semanas más tarde, en su oficina eternamente desordenada en Princeton, Nueva Jersey, Jim McCloskey está todavía perplejo. "Yo no discuto con los resultados de un análisis de ADN", dice. "Pero hay elementos en este caso que todavía son un misterio".
Parte del enigma son las circunstancias del crimen. McCloskey todavía ve perturbadores agujeros en la acusación de la fiscalía. El más importante es el tiempo: No puede imaginar cómo ha tenido Coleman suficiente tiempo como para violar y asesinar a su cuñada Wanda McCoy y ser todavía visto en varios otros lugares por varias personas ese tarde de marzo de 1981. Todavía sospecha de un vecino de la víctima que cree que tenía la personalidad, el motivo y la oportunidad para cometer ese crimen.
Y parte del enigma es el condenado por el asesinato. Roger Coleman, de voz suave y pensativo, había presentado su versión de manera calmada y articulada, con explicaciones lógicas y aparente sinceridad. También fue un recluso modelo que había iniciado un proyecto para asesorar a jóvenes con problemas. Convenció no solamente a McCloskey, un investigador autodidacta y experimentado con un escéptico olfato. También se ganó el admiración y el cariño de tres mujeres fuertes e inteligentes.
Se destacaba entre ellas Kathleen Behan, una abogado de Arnold & Porter, el importante bufete de Washington que se ocupó de la apelación de Coleman durante ocho años sin cobrar un centavo. También estaba Marie Deans, que encabezaba una pequeña organización que ofrecía asesoría y consuelo a los reclusos del corredor de la muerte de Virginia y que había llegado a considerar a Coleman como a un hijo. Y Sharon Paul, una ex maestra de primaria que, cuando estudiaba en la universidad, inició una relación epistolar con Coleman y finalmente se enamoró de él.
Todas terminaron creyendo en la inocencia de Coleman. Y todas colaboraron para ayudarle a demostrar su razón. McCloskey y Behan hicieron más de una docena de viajes a Grundy, la ciudad minera al sudoeste de Virginia donde ocurrió el asesinato, entrevistando a decenas de personas. Concluyeron que a Coleman policías y fiscales le habían tendido una trampa, que había sido defendido por abogados incompetentes y condenado a muerte por un jurado de pueblo chico empecinado en vengarse. Pidieron un nuevo análisis de sangre de las evidencias y cuando el análisis implicó a Coleman como el asesino, trataron de desacreditar a su propio experto. Y acusaron a un hombre de la ciudad de ser el "verdadero asesino", una aseveración a la que se aferraron incluso después de haber sido informados de que tenía el tipo equivocado de sangre.
Cuando fracasaron sus intentos de retrasar la ejecución, realizaron una campaña en la prensa, altamente publicitada, para forzar al entonces gobernador L. Douglas Wilder a conmutar, o al menos retrasar la sentencia. En las semanas previas a la ejecución de Coleman, su fotografía apareció en la portada de la revista Time ("Este Hombre Puede Ser Inocente. Este Hombre Está Condenado A Muerte"). Fue entrevistado en el corredor de la muerte por ‘Larry King Live', por el programa ‘Today', ‘Primetime Live', ‘Good Morning America' y ‘The Phill Donahue Show'.
Los detractores de la pena de muerte también se unieron al caso, montando vigilas frente a la mansión del gobernador en Richmond y en el Centro Correccional de Greensville, donde debía efectuarse la ejecución. El Papa Juan Pablo II hizo una súplica pública de piedad, y la Madre Teresa telefoneó personalmente al asesor del gobernador. Lo que empezó como un espeluznante crimen en un remoto rincón de Virginia, se convirtió en una causa célebre internacional.
"El movimiento contra la pena de muerte nunca tuvo tanto bajo la forma de símbolos visuales", dice Richard Dieter, director ejecutivo del Centro de Información sobre la Pena de Muerte en Washington. "Otros movimientos tienen árboles y ballenas, imágenes positivas. Bueno, una persona inocente es una imagen positiva".
De vuelta en Grundy, una tenaz comunidad de mil quinientos habitantes en el corazón de Appalachia, mucha gente estaba horrorizada. Veían a los partidarios de Coleman como a un poderoso grupo de abogados, activistas y periodistas que estaban cegados por su aborrecimiento de la pena de muerte y engañados por un psicópata inteligente. "Estaban tratando de probar la inocencia de Roger y no les importaba a quién estaban arrojando a los perros", dice Pat Hatfield, víctima de un incidente previo, en el que Coleman se había exhibido a sí mismo y masturbado frente a ella en la biblioteca pública. "No les importó a quién destruían con tal de salvar a Roger".
Dos años después de la ejecución de Coleman, Arnold & Porter pagaron una fuerte suma para satisfacer una demanda de injurias interpuesta por el hombre al que habían acusado de ser el "verdadero asesino". Después de eso. Behan y el bufete dejaron de hacer comentarios públicos sobre el caso. Se negaron a discutirlo para este artículo, excepto por una breve declaración emitida por la firma: "Nosotros reafirmamos nuestra responsabilidad profesional y seguimos representando a Roger Coleman".
Jim McCloskey ha adoptado un enfoque muy diferente. A las horas de conocerse los resultados del análisis de ADN en enero, dijo en una rueda de prensa que se había equivocado y que Roger Coleman había traicionado su confianza. Como un paciente determinado a administrarse su propia medicina, respondió todas las preguntas, proclamó el resultado del análisis como una victoria de la verdad -"incluso aunque esta verdad en particular sea como una patada en el estómago". Y pasó horas revisando el caso con un periodista, examinando las pistas, reconociendo los errores de juicio.
Acepta que alguien mirando desde fuera, con el beneficio de la retrospección, pregunte: "¿Cómo pudo McCloskey creer que Coleman era inocente, sabiendo lo que sabemos hoy?"
"Me sigo preguntando a mí mismo: ¿Dónde me equivoqué? ¿Dónde perdí la orientación?" Y así empieza una vez más todo de nuevo, empezando con esa noche hace veinticinco años cuando una joven mujer fue brutalmente violada y asesinada.

14 de mayo de 2006
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caín inventado por fiscales


[Flynn McRoberts y Maurice Possley] Fiscales de Iowa ocultaron evidencias de los asesinatos de 1975.
Un juez federal ha ordenado a las autoridades de Iowa de volver a juzgar o dejar en libertad al hombre condenado en uno de los homicidios más infames en la historia del estado: el asesinato de un granjero de Cedar Falls, su mujer y sus dos jóvenes hijos hace más de treinta años.
El juez determinó esta semana que a Jerry Mark, un ex voluntario del Cuerpo de Paz que se describe como abogado hippie, se le negó un juicio justo debido a que los fiscales y el juez en el juicio ocultaron evidencias claves que podrían haber demostrado la inocencia de Mark.
Las evidencias incluyen declaraciones de testigos que muestran que Mark estaba a miles de kilómetros del lugar cuando su hermano, Les Mark, y su familia, fueron asesinados en la granja que había estado en manos de la familia durante generaciones. En algunos casos, los fiscales ocultaron la identidad de personas que contradecían a sus testigos, de acuerdo a la resolución.
El juez de distrito Donald O'Brien determinó que la negativa del estado de entregar más de cincuenta páginas de informes de la investigación fue una "grosera" y "flagrante" violación de los deberes de la fiscalía.
"Este tribunal no resuelve que Mark no sea culpable de esos delitos", escribió O'Brien, "sino solamente según una revisión cuidadosa y detallada de los efectos del efecto acumulativo de las evidencias que no fueron reveladas, Mark no tuvo un juicio justo".
Fue condenado en 1976 y sentenciado a cadena perpetua por los homicidios a balazos, en un tiroteo en el que la hija de cinco años y el hijo de dieciocho meses de Les y Jorjean Mark recibieron ambos impactos en el pecho y cabeza. Los fiscales invocaron a los bíblicos hermanos Caín y Abel, diciendo en el juicio de Jerry Mark que él le había contado a un amigo: "Mi hermanito me robó la granja".
Dorothy Mark, que encontró los cuerpos de su hijo menor y su familia al amanecer del 1 de noviembre de 1975, dijo en una entrevista que había estado esperando una resolución positiva. "Estábamos seguros de que Jerry era inocente", dijo Mark, que se enteró de la resolución del juez cuando su hijo sobreviviente la llamó desde la cárcel el jueves. "Pensábamos que el juez, cuando estudiara el caso, resolvería a favor de Jerry".

Fiscales Apelarán
El despacho del fiscal general de Iowa, que lleva el caso por el estado, dijo que recurrirá la decisión de la Corte de Apelaciones del Octavo Distrito. "La decisión nos ha decepcionado", dijo Bob Brammer, portavoz del despacho del fiscal general. "Mark seguirá en la cárcel... durante el proceso de apelación".
David Dutton, fiscal en el juicio de Mark que tiene ahora una práctica privada, se negó a hacer comentarios, diciendo que estaba "éticamente impedido de hacer comentarios sobre un caso en litigio".
La acusación contra Mark se basó en evidencias circunstanciales. Incluía testimonios de testigos oculares que apoyaban la teoría de que había viajado en motocicleta a su casa desde California, cometido los asesinatos, y huido.
Mark admitió que estaba de viaje en la carretera, pero que nunca llegó a Cedar Falls. Al otorgarle un nuevo juicio, O'Brien determinó que los fiscales y el juez nunca entregaron a los abogados de Mark los informes de testigos que corroboraban su versión. Algunos de esos testigos dijeron a las autoridades que vieron a Mark a cientos de kilómetros de distancia al oeste, viajando hacia el sitio del suceso después de los crímenes.
Uno de ellos, Jean Doyle, "habría sido una importante testigo para Mark, ya que habría declarado que lo vio llegar desde el oeste, cuando viajaba hacia el este, y lo vio el sábado 1 de noviembre en la mañana, después de que hubiesen ocurrido los asesinatos a 868 kilómetros de distancia".
El abogado de Mark en sus apelaciones, Jim Cleary, dijo que varios testigos habían confirmado el alibi de su cliente, incluyendo a una camarera al oeste de Nebraska que dijo que lo vio unas horas antes de los asesinatos. "Si hubiera estado ese sábado en la mañana en Norte Platte, Nebraska, le habría sido físicamente imposible estar en la granja a la hora en que se cometieron los asesinatos", dijo Cleary.
Entre los otros informes retenidos se encuentran aquellos que debilitaban las declaraciones de los testigos de la fiscalía, incluyendo a una persona cuya memoria ha sido afectada por la extirpación de un tumor cerebral diez años antes del crimen. Otros informes incluyen diferentes descripciones de la ropa que llevaba Mark mientras huía supuestamente en su motocicleta Honda. "No puedes llevar toda esa ropa en la moto. No entregar esas evidencias fue una violación [de los derechos del procesado]", escribió el juez.
Los abogados de la defensa tampoco vieron un informe que arrojaba dudas sobre una afirmación de la fiscalía de que una huella de zapato encontrada en el sitio del suceso pertenecía a Mark.

Menos Evidencias Forenses
La acusación contra Mark también se basaba en evidencias forenses que han sido desde entonces revocadas o puestas en duda. Así que si se vuelve a juzgar en el caso, los fiscales contarán con menos evidencias forenses.
Por ejemplo, en el juicio original el estado dijo que los análisis de la sangre encontrada en la colilla de un cigarrillo en la granja coincidían con el tipo de sangre de Mark, O. Pero análisis de ADN posteriores más precisos hace dos años excluyeron a Mark definitivamente.
Los fiscales también utilizaron una técnica que comparaba el plomo de la bala en el sitio del suceso con el plomo de balas compradas por Mark. El proceso, conocido como análisis comparativo del plomo de balas, estuvo viciado y ha sido declarado infiable.
El caso ha sido muy polémico. Durante una vista después de la condena, uno de los abogados de Mark declaró que obtener información de la fiscalía "era muy difícil. No se les podía sacar nada", de acuerdo a la resolución de O'Brien. "Nadie entregó nunca nada".
Al mismo tiempo, los fiscales han contendido repetidas veces que actuaron correctamente y que entregaron todo lo que se les pidió. Pero no convencieron a O'Brien. Dijo que esas afirmaciones eran "interesadas" y que las evidencias mostraban otra cosa.
"En realidad no hicieron lo que juran que hicieron", escribió.

fmcroberts@tribune.com
mpossley@tribune.com

2 de septiembre de 2006
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conspiración para matar negros


[John Spano] Fiscales federales sostienen que los miembros de las Avenues en Los Angeles planeaban cometer actos de violencia contra afroamericanos.
José Cruz es un testimonio vivo de lo que ocurre cuando un ex pandillero de vuelca contra la banda callejera de los Avenues.
Tiene treinta cicatrices de las puñaladas que sufrió en un intento de acabar con su vida -en sus brazos, torso y piernas. En otro intento, fue golpeado tan severamente que tiene todavía una visible abolladura en su cráneo, según las actas judiciales, "del tamaño y forma de una culata de pistola".
Su pandilla se remonta a cinco generaciones en Highland Park, que para Cruz tiene ocho kilómetros y varias vidas desde la sala del tribunal en el centro donde debe declarar como el principal testigo de la fiscalía en el juicio de un grupo de amigos de su infancia.
Los fiscales federales, que formalizaron la acusación la semana pasada, afirman que la pandilla Avenues conspiró, entre 1994 y 2000, para matar a afroamericanos que encontraran en su territorio.
Hombres, mujeres y niños fueron perseguidos, aterrorizados, agredidos y golpeados cuando los pandilleros llevaron a cabo una campaña para expulsar a los vecinos negros de barrios latinos, dijeron los fiscales.
Las autoridades están utilizando una ley federal sobre los crímenes de odio basada en la enmienda a la constitución estadounidense que prohibe la esclavitud, y otra ley creada en la era de los derechos civiles, para acusar a cuatro pandilleros. Barbara Bernstein, subdirectora de la sección criminal de la división de derechos civiles del ministerio de Justicia en Washington, forma parte del equipo de la acusación.
Los abogados de los acusados -Gilbert Saldana, Alejandro Martínez, Fernando Cazares y Porfirio Ávila- alegan que el gobierno no tiene atribuciones para intervenir en un delito común.
El abogado de la defensa Reuven L. Cohen dijo a los jurados la semana pasada que uno de los asesinatos mencionados en la acusación -el asesinato a balazos de Kenneth Wilson en 1999- no era un crimen de odio, sino "un simple asesinato de la pandilla, cometido por aburrimiento".
Cohen dijo que los crímenes se originaron en la "triste" verdad de "una tensión entre las pandillas afroamericanas y latinas".
El primero de los tres ex pandilleros, cada uno detenido y esperando indulgencia, declaró el lunes. Jesse Díaz, que se describió a sí mismo como un tagger desde los 12 años, dijo a los jurados que Avenues había decidido luchar contra la "infestación" de negros en Highland Park con una campaña sistemática de terror destinada a expulsarlos del vecindario.
Díaz, que debe cumplir diez años más en la cárcel por intento de homicidio, dijo que los Avenues odiaban a todas las otras bandas rivales. Pero la antipatía hacia los negros era diferente, dijo.
Hihgland Park se convirtió en la escena de un juego en el que el grupo Avenues de Díaz competía en realidad con otro "grupo" para ver cuál expulsaba a más negros de Highland Park, declaró.
Otros dos informantes, uno de ellos cumpliendo una larga sentencia de prisión y el otro un inmigrante deportado, dirán a los jurados que Saldana disparó repetidas veces contra Wilson en 1999, explicando que Saldana había adquirido recién el arma y "quería probarla".
Uno de ellos contó al FBI, en entrevistas, que la pandilla recibió en 1998 una orden de una pandilla de la mafia mexicana en la cárcel, de "matar a cualquier negro... a la vista".
Rick Ortiz, un portavoz de la policía de Los Angeles, llamó a los Avenues una pandilla de "matones", que utiliza a sus numerosos miembros para intimidar.
"Los Avenues han estado aquí durante largo tiempo", dijo Ortiz. "Son la pandilla más grande de la zona del nordeste, con más de quinientos miembros activos documentados".
Aunque los pandilleros han estado durante años sujetos a una orden judicial que limita sus actividades, siguen siendo activos, dijeron las autoridades. Su antipatía racial es una consecuencia de la cultura de la prisión, en la que pandilleros de bandas callejeras rivales se unen por la raza y trasladan esas actitudes a la calle, dijo Ortiz.
"Con los pandilleros parados en las esquinas, es suficiente para intimidar a la gente", dijo. "Pueden cometer delitos menores, como vandalismo, pero la gente tiene tanto miedo que no los denuncian. Eso reduce la calidad de vida en la comunidad".
Heinrich Keifer, presidente del Consejo Histórico del Barrio de Highland Park, dijo que la violencia racial cometida por pandilleros no es un problema actual en el área.
"Nuestro problema más grande no son las pandillas, aunque algunos miembros de la comunidad se sienten intimidados. El problema son los taggers", dijo Keifer. "Ellos crean la sensación de que la comunidad se está desmoronando. No son las pandillas las que controlan el territorio. No están necesariamente amenazando a la gente. Eso fue en el pasado.
"Las zonas está resurgiendo, ahora que viene tanta gente del lado oeste a vivir aquí", dijo Keifer, mencionando el legado histórico del área nordeste del centro. "Mucha de la gente más pobre está protestando por los alquileres más altos".
Como parte de su estrategia en el caso, el abogado defensor Cohen atacó la credibilidad de los testigos.
Díaz y otros dos ex pandilleros están mintiendo para ganarse el favor de los fiscales, dijo Cohen. Los acusados Saldana y Avila están en la cárcel, cumpliendo sentencias de prisión por homicidio, sin posibilidad de salir en libertad condicional. Cazares está detenido por violación del régimen de libertad condicional. No se pudo determinar el status de detención de Martínez.
Los fiscales dicen que los pandilleros conspiraron para cometer varios actos de violencia:

• El asesinato de Wilson en 199, que ocurrió cuando volvía tarde una noche, después de una fiesta, a su casa en Avenue 52, según declaró su sobrino Duane Williams. Wilson fue recibió repetidos disparos efectuados por Saldana y otros dos debido a su raza, dijo a los jurado el fiscal segundo Alex Bustamante.
• Díaz declaró que los pandilleros golpearon a un vagabundo negro con armas de metal, y atacaron por la espalda a un afroamericano que estaba hablando en una cabina telefónica y lo golpearon violentamente.
Otro negro fue agredido en la calle debido a que iba acompañado de una latina, de acuerdo a Bustamante.
• Finalmente, las autoridades dicen que han relacionado los asesinatos de otros dos hombres con los Avenues, en parte gracias a análisis balísticos. Las víctimas fueron Christopher Bauser, que fue ejecutado a balazos en una parada de buses en 2000, y Anthony Prudomme, también ultimado en la calle.
Bustamante presentó un escalofriante retrato de la mentalidad de los pandilleros cuando se inició el juicio en la sala del tribunal del juez de distrito Percy Anderson. Martínez estaba conduciendo una furgoneta con cinco otros pandilleros de Avenues cuando vieron a Wilson.
"¿Quién quiere matar a un negro?", dijo Bustamante.
"Esas no son mis palabras, señoras y señores", agregó Bustamante, señalando a Martínez al otro lado de la sala. "Son las suyas".

4 de julio de 2006
©los angeles times
©traducción mQh

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cae banda de secuestradores de turistas


Bolivia: Líder de banda de asesinos perteneció a Sendero Luminoso (fiscal).
La Paz, Bolivia. El líder de una temible banda de asesinos de turistas habría recibido adiestramiento en el grupo armado peruano Sendero Luminoso, informó este martes la fiscal que investiga el caso, Nilda Aguado.
Sin abundar en detalles, la fiscal Aguado dijo a la prensa local que "tengo información de que Ramiro Milán ha sido formado por Sendero Luminoso, aparentemente de ahí deviene toda la forma de actuar (violenta) que tiene".
El boliviano Ramiro Milán Fernández fue detenido el lunes junto a su concubina Giovana Pérez y a uno de sus cómplices, Willy Alanes, luego de una intensa búsqueda que puso en alerta a la policía por el asesinato en febrero de este año de dos turistas austríacos y otro español.
"Eso es negativo, ninguna cosa de esas pasa (...), cómo voy a conocer" a miembros de Sendero Luminoso, dijo molesto Milán en un breve contacto con la prensa.
La fiscal Aguado investiga además si algunos policías de baja graduación daban cobertura a los asaltantes, mientras Milán, quien estuvo prófugo durante los últimos cuatro meses, negó haber recibido tal colaboración.
"En ningún caso he tenido (relación), ni conozco a ningún policía, nunca he llamado por teléfono a un policía" como afirma la Fiscalía, indicó.
Otros ocho miembros de la banda -dos fueron capturados este martes- que secuestró y asesinó al biólogo Peter Kirsten Rabitsch, de 28 años, y a la profesora de gimnasia Katharina Koller, de 25 años, están encarcelados.
La banda encabezada por Milán también asesinó al español Rafael Hernández.
Los dos austríacos y el español permanecieron cautivos durante diez días sin recibir alimentos, hasta que sus captores averiguaron los códigos de sus tarjetas bancarias. Luego fueron asfixiados con una cinta adhesiva que les envolvía la cabeza.
Los restos de las tres víctimas fueron encontradas en ataúdes. Habían sido sepultados en una fosa común de un camposanto clandestino de las afueras de La Paz.
Unos indigentes alcohólicos ayudaron a cavar la fosa a cambio de botellas de licor, algo de comida y una propina equivalente a 20 dólares, según la policía.
Los delincuentes, que se hicieron pasar por policías, realizaron retiros con tarjetas bancarias de sus víctimas en diversos puntos del país por un total de 15.000 dólares.

31 de agosto de 2006
©mi punto
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juez condenado por exhibicionismo


[Murray Evans] Se masturbaba durante los juicios en la sala de audiencias del tribunal.
Bristow, Oklahoma, Estados Unidos. Un ex juez condenado por exhibicionismo por masturbarse mientras presidía juicios de jurado, que utilizaba un artilugio sexual debajo de su toga, fue sentenciado el viernes a cuatro años de prisión.
Donald Thompson trabajó durante casi 23 años en el tribunal y fue legislador del estado antes de retirarse en 2004. No reaccionó visiblemente cuando se le leyó la sentencia.
Este verano durante su proceso su antigua periodista de tribunales, Lisa Foster, declaró que ella vio a Thompson mostrándose a sí mismo al menos quince veces en el tribunal entre 2001 y 2003. Los fiscales dijeron que había usado un artilugio conocido como alargador de pene en al menos cuatro juicios en ese mismo período.
Thompson, 59, fue condenado el mes pasado por cuatro cargos de exhibición indecente en incidentes que tomaron lugar en su sala de audiencias en el condado de Creek.
Thompson, casado y padre de tres hijos, declaró que el alargador de pene lo había recibido como chiste de un amigo de cacerías y excursiones de pesca de toda la vida.
"No era algo que yo ocultara", dijo.
Dijo que había estrujado el mango del alargador sin darse cuenta durante casos en el tribunal, pero que nunca lo usó para masturbarse.
Foster dijo a las autoridades que vio a Thompson usar el artefacto casi a diario en agosto durante el juicio por homicidio de un hombre acusado de zarandear hasta la muerte a un niño. En la cinta audio del juicio de Foster se puede oír un sonido como de exhalación. Cuando los jurados preguntaron al juez por esos ruidos, Thompson dijo que no había oído nada, pero se mostró dispuesto a escucharlos.
La policía lo acusó después de que un agente de policía declarara en un juicio por homicidio de 2003 que vio desaparecer debajo de la toga de Thompson un trozo de un tubo de plástico. Durante la pausa de almuerzo, los agentes tomaron fotografías del alargador que estaba debajo de la mesa.
Los investigadores revisaron más tarde la alfombra, la toga de Thompson y la silla detrás de la mesa y encontraron semen, de acuerdo a las actas judiciales.
Carmelia Brossett, funcionaria de la comisión de libertad condicional del Departamento Correccional del estado, dijo al presentar el informe que Thompson se negó a someterse a un test psicosexual.
"La negativa de Thompson a reconocer el delito probablemente presentará una dificultad, si no la incapacidad para que sea sometido al tratamiento de los delincuentes sexuales".
El jurado recomendó una sentencia de un año de cárcel y diez mil dólares de multa por cada cargo. El presidente del jurado dijo que la intención del jurado es que Thompson cumpla la condena a firme.
La juez C. Allen McCall rechazó una moción de la defensa solicitando que Thompson fuera dejado en libertad durante el proceso de apelación. Thompson fue condenado a pagar una multa de 40 mil dólares.

18 de agosto de 2006
©chicago tribune
©traducción mQh
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