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caen sicarios en caso de decapitaciones


[Héctor Tobar] Arrestan a asesinos a sueldo guatemaltecos.
Ciudad de México, México. El martes funcionarios policiales declararon haber capturado a tres nacionales guatemaltecos que formaban supuestamente una cuadrilla de asesinos a sueldo de un cartel de la droga implicado en una espeluznante guerra territorial en el estado de Michoacán, al sur de México.
Funcionarios mexicanos dijeron que estaban investigando si los tres detenidos el lunes eran antiguos miembros de la unidad de fuerzas especiales del ejército guatemalteco, los kaibiles.
Se les sospecha de haber participado en un ataque armado la semana pasada contra una discoteca en la ciudad de Uruapán, en el que los atacantes arrojaron a la pista de baile las cabezas cercenadas de cinco traficantes.
A principios de año, el principal investigador del crimen organizado en México, José Luis Santiago Vasconcelos, dijo que creía que había unos cien kaibiles trabajando para carteles de la droga mexicanos.
La guerra entre carteles por la producción y distribución de drogas como cocaína y anfetamina ha costado la vida a 345 personas este año en Michoacán, más que en cualquier otro estado, de acuerdo a un conteo del diario Reforma.
A nivel nacional se estima que este año, en la guerra de los carteles han muerto entre 1.300 y 1.400 personas, de acuerdo a Reforma y El Universal, otro diario. Los funcionarios federales no llevan estadísticas.
Ataques con granadas, emboscadas con armas de asalto y el asesinato de agentes de policía se han convertido en cosas de todos los días en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo, el balneario de la costa del Pacífico, Acapulco, y otros lugares.
La presencia en los carteles de la droga de ex soldados guatemaltecos ha sido reportada desde hace algunos meses.
Los tres guatemaltecos forman parte de un grupo de cinco hombres detenidos por tropas del ejército mexicano en la ciudad de Aguililla, en las montañas, a unos 390 kilómetros al sudoeste de Ciudad de México.
Los funcionarios dijeron que los cinco detenidos en Michoacán estaban viajando con un arsenal que incluía una docena de rifles de asalto, miles de municiones, nueve cascos Kevlar similares a los usados por los militares norteamericanos, uniformes de la policía y tres granadas de fragmentación.
Una carrera por armarse entre carteles rivales ha llevado a muchas organizaciones criminales a reclutar a ex soldados, conocidos como los zetas, que son apreciados por su adiestramiento militar.
En los últimos meses, las cabezas decapitadas se han convertido en una firma en la guerra de las drogas en los estados sureños de Michoacán y Guerrero -algunos ven en estos crímenes la mano de los kaibiles, que son conocidos por su brutal campaña antiinsurgente de tierra quemada en Guatemala en los años ochenta y noventa.
Los guatemaltecos arrestados fueron identificados como vecinos de las provincias guatemaltecas de Escuintla y San Marcos.
Funcionarios dijeron a la prensa mexicana que los hombres eran sospechosos de una ola de asesinatos que se ha cobrado la vida de 12 personas desde el 3 de septiembre.
La semana pasada hombres armados ocuparon el club nocturno Luz y Sombras en Uruapán. Después de ordenar a los parroquianos que se arrojasen al suelo, arrojaron las cinco cabezas cercenadas a la pista de baile del club. De acuerdo a informes de la prensa mexicana, los cinco fueron asesinados en venganza por el asesinato el 3 de septiembre de una mujer embarazada asociada a una banda rival de narcotraficantes. Esa víctima fue hallada decapitada y con un dedo menos.
"La familia no mata por paga", decía un cartel dejado junto a las cabezas decapitadas. "No mata mujeres, no mata inocentes. Sólo muere quien deve [sic] morir; sépanlo toda la gente, esto es justicia divina".
Seis cuerpos más, con sus cabezas todavía colgando de sus cuerpos, fueron arrojados a una fosa común dos días después en un pueblo rural en las afueras de Uruapán.

hector.tobar@latimes.com

Carlos Martínez contribuyó a este reportaje.

13 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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la carga de la prueba 6


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
"¿Es difícil ser optimista?", preguntó Bryant Gumbel a Coleman en el programa ‘Today', quince días antes de la fecha de ejecución.
Faltaban seis días. Larry King quería saber: "¿Cómo te sientes? ¿Estás amargado? ¿Enojado?"
Cinco días después, Phil Donahe fue directamente al grano: "¡Caramba! Te quedan treinta horas de vida".
Tras fracasar por la vía jurídica, Jim McCloskey y Kitty Behan se volvieron hacia la opinión pública. Enviaron carpetas de prensa a decenas de publicaciones, consiguiendo un desfile de reportajes en diarios y revistas que tendían a retratar a Coleman como una víctima inocente, y a los ciudadanos de Grundy, como paletos vueltos locos.
En un artículo titulado ‘Hung on a Technicality', Newsweek retrató "un pequeño pueblo cubierto de hollín" del que había "surgido el tipo de retorcidas historias que dan un buen nombre al gótico sureño". El Washington Post informó que el crimen había "azotado a este pueblo de Appalachia, de mil quinientos habitantes, en una orgía de odio y sospechas" y citaba el reclamo de Coleman de que "saben segundo a segundo todo lo que hice esa noche". Los Angeles Times informó que "han surgido sorprendentes nuevas evidencias" en la acusación contra Ramey y la inoportuna muerte de Teresa Horn, pero no mencionó el análisis de ADN de Blake que implicaba a Coleman.
Luego llegaron las cámaras de televisión. Coleman hizo un excelente, incluso hipnotizador programa, cuando explicó la duración del crimen y las declaraciones de los testigos, analizando las evidencias del ADN y diseccionando fríamente sus propias emociones.
"Tengo un montón de rabia", le dijo a Larry King. "Un montón de amargura, y un montón de frustración". Durante sus primeros años en la cárcel, dijo, "he tenido una increíble cantidad de odio, y eso me estaba consumiendo. Tuve que luchar con ello, e hice un buen trabajo, pues ahora lo puedo controlar... Pero ahora estoy a seis días de la ejecución, y esos sentimientos han vuelto, y se han multiplicado por diez".
Tom Scott y su colega fiscal Michael McGlothlin, Pat Hatfield, Jean Gilbert, Brad McCoy y Brenda Ratliff, la mujer a la que Coleman había intentado violar en 1977, viajaron a Richmond en apoyo de la ejecución de Coleman. "Tratamos de contar la verdadera historia, pero nadie nos quería oír", recuerda McCoy. La prensa había decidido que Coleman era la víctima. "Nadie entendió nunca que la verdadera víctima era Wanda".
McCoy incluso consintió en aparecer en ‘Today' para confrontar a su ex cuñado. Interrogado por Bryant Gumbel si acaso tenía algo que decir a Coleman, Brad dijo: "Sí, quiero preguntarle por qué lo hizo, y también me gustaría pedirle que lo admita".
Por una vez, Coleman pareció perder el control. "¡Yo no maté a Wanda, Bill! ¡No tengo nada que ver con el crimen! Y si abrieras tus ojos y miraras las evidencias que tenemos ahora, evidencias que fueron retenidas por la fiscalía... Quiero decir, has escuchado su historia y te ha convencido su teoría, y has cerrado tu mente para todo lo que hemos descubierto".
Behan y sus colegas en Arnold & Porter escribieron a decenas de personajes famosos pidiéndoles su apoyo, y el bufete emitió declaraciones de prensa reclamando haber descubierto al "verdadero asesino". Una declaración decía que "el asesino todavía vive en Grundy y desde entonces no ha dejado a agredir a mujeres".
Behan, que estaba luchando con el lupus al mismo tiempo que trataba de salvar la vida de Coleman, se sintió apabullada por la enorme sensación de responsabilidad. "Soy la única persona que está entre Roger y la silla eléctrica", dijo más tarde al autor John C. Tucker. "Y, sabes, soy un patético substituto de Superman, que es la única persona que puede salvar a este hombre".
Marie Deans dice que se sentía incómoda con la estrategia del equipo de la defensa. Recuerda haber participado con McCloskey en una rueda de prensa en la que él apuntó con el dedo a Ramey. "Jim dijo algunas cosas que fueron demasiado chocantes para mí, porque no teníamos ninguna prueba", dice.
Pero era la prensa la que estaba convencida, no los tribunales. "Después de una revisión de la supuesta ‘nueva evidencia'", declaró un juez federal al rechazar la última apelación de Coleman ocho días antes de la fecha de ejecución, "esta corte piensa que la acusación contra Coleman es tanto o más fuerte que las evidencias aducidas durante el juicio".
Behan y McCloskey hicieron un último y desesperado esfuerzo de convencer al gobernador Wilder para que interviniese. El despacho del gobernador recibió más de seis mil mensajes, 95 por ciento de los cuales a favor de Coleman. McCloskey y Behan se sintieron eufóricos cuando el Time puso a Coleman en la portada, pensando que el gobernador no tendría otra opción que retrasar la ejecución. Pero Wilder, un hombre orgulloso e irritable que se resentía con la presión, no estaba dispuesto a ceder. En lugar de eso, le ofreció a Coleman la posibilidad de someterse al detector de mentiras.
Los abogados de la defensa se sintieron escandalizados por el gesto. Creían que era injusto obligar a un hombre condenado a someterse al test en circunstancias tan difíciles. Pero al final no les quedaba otra opción. Coleman fue llevado en helicóptero a la sede de la policía del estado en la mañana del día de la ejecución. Salió esposado, con las manos arriba para proteger sus ojos de la dura luz del sol, arrastrando los pies lentamente a través de la puerta custodiada por policías del estado. No se permitió que lo acompañara ningún abogado ni amigo. Más tarde ese día, el despacho de Wilder anunció que Coleman había fracasado.
Esa noche, McCloskey y Behan se sentaron en el suelo de concreto junto a la celda de Coleman; estaban a un lado de los barrotes, Coleman al otro. Durante su última cena, Coleman pidió una pizza de Pizza Hut, galletas de mantequilla y Sprite. Cuando llegaron, la pizza estaba fría y el Sprite, caliente. Sin embargo, Coleman los engulló.
"No mostró signos de temor, ni siquiera de ansiedad", recuerda McCloskey. "Era algo muy extraño. Aquí estábamos sentados con un hombre que sabíamos que iba a morir, y estábamos hablando sobre cosas de todos los días. Estábamos todos hablando vaguedades".
Coleman le dijo a McCloskey que veía un lado positivo en su sacrificio. "Me dijo: ‘Si no hubiese sido injustamente condenado, en Grundy habría sido un don nadie toda la vida. Y aquí estoy, he conocido a Sharon, ella es todo el mundo para mí, soy famoso, salió mi cara en el Time. Soy alguien'".
Los gendarmes dijeron que había llegado la hora. McCloskey miró a Coleman a los ojos y le prometió solemnemente que demostraría su inocencia. Entonces él y Behan dejaron a Coleman con el capellán del corredor de la muerte. Ni McCloskey ni Behan habían presenciado antes una ejecución.
Uno de los periodistas que sí lo había hecho, Kathy Still, del Herald Courier de Bristil, Virginia, recuerda vívidamente a Coleman entrando a la cámara de ejecución. Él estaba a unos pasos más allá del capellán y los gendarmes, y se dirigió directamente a la silla eléctrica. Luego, rápidamente, leyó sus últimas palabras, que había escrito en una toalla de papel, proclamando su inocencia y declarando su amor por Sharon. "Mantuvo la cabeza en alto todo el tiempo", recuerda Still.

14 de mayo de 2006
©washington post
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barrida contra pandilla de la calle 18


[Richard Winton] Cae pandilla especializada en extorsiones y tráfico de drogas.
Fiscales federales acusaron formalmente a dieciocho miembros de la pandilla de la Calle 18, incluyendo a un cabecilla encarcelado de la mafia mexicana, por cargos de extorsión, conspiración y tráfico de drogas en una trama en la que presuntamente vendían a narcotraficantes calles en zonas de Wilshire, Koreatown y Pico Union a tarifas semanales y mensuales.
La organización criminal, dicen los fiscales, era dirigida por Rubén ‘Night Owl' [Búho] Castro, un capo de la mafia mexicana y jefe de la pandilla de la Calle 18, desde su celda en una prisión federal, con la ayuda de su novia. En 1997, Castro fue condenado en el primer caso federal contra la pandilla por la Ley de Extorsión y Organizaciones Corruptas [Racketeering Influenced and Corrupt Organizations Act, RICO].
En una barrida en California del Sur esta mañana, personal de agencias policiales federales y locales arrestaron a diez miembros de dos poderosos grupos de la pandilla de la Calle 18 conocidos como los Hoover Locos y los Shatto Park Locos. Los fiscales dicen que los grupos de la pandilla de la Calle 18 en esas zonas obedecen a Castro y sus recaudadores cobraban un llamado "impuesto" o "renta" a narcotraficantes por el derecho a vender narcóticos en calles específicas con la garantía de que serían protegidos por los matones de la pandilla de la Calle 18.
"Es una forma anticuada de crimen organizado. Los narcotraficantes compraban una calle, digamos la sección que va de Alvarado hasta las calles 3 o 4", dice Bruce Riordan, fiscal federal.
Castro estaba internado en una cárcel federal de Colorado durante el período en que dirigía supuestamente la organización apodada la ‘organización de Rubén Castro' por los fiscales. Las autoridades admitieron que incluso una de las prisiones más duras no impidió que Castro dirigiera sus negocios delictivos. "No importa qué hagamos, algunas personas empecinadas en cometer delitos, los cometerán", dijo George S. Cardona, fiscal federal jefe.
En una acusación de 71 páginas presentada hoy, los fiscales aseveran que la pandilla operaba un negocio delictivo con Castro a través de su novia Jesusita Ramírez, 62, dando órdenes a los recaudadores que cobraban miles de dólares a la semana entre narcotraficantes. La negativa a pagar a las pandillas podían resultar en multas, tasas más altas y finalmente actos de violencia, dicen los fiscales.
Los jefes de los grupos pandilleros viven a menudo en suburbios, como Ontario, El Monte y Temple City, antes que en las calles donde desarrollan sus actividades criminales, dijeron los fiscales.
La novia de Castro es una de los cuatro sospechosos que siguen fugitivos. Está acusada de participar en una conspiración RICO y en dos tramas para el tráfico de narcóticos. Su posición, dijo Riordan, refleja un creciente fenómeno en la mafia mexicana, en el que por primera vez las mujeres ocupan posiciones de autoridad.
"El respeto permite que lleguen a niveles de autoridad", dijo.
También fugitivos se encuentran Noé Chávez, ‘Lil Duster', 23, de Los Angeles; la vendedora de narcóticos Juana Fuentes, ‘Mani', 24, de Los Angeles, y el vendedor de narcóticos al por mayor, Edwin Schaad, 41, conocido como ‘Chaparro'.
Los diez detenidos incluyen a Mervin Nelson Sánchez, ‘Chivo', 35, de Ontario, supuestamente un gángster de Shatto Place que supervisaba las operaciones de la pandilla. Araceli Bravo, 33, conocida como ‘Traviesa', cabecilla de un grupo Hoover que dirigía sus operaciones.
Los otros detenidos son: Michael Pineda, 28, de Hollywood del Norte; José Juan Álvarez, 29, de Los Angeles; Efraín Ruiz Torres, 34, de Temple City; José Morales Pérez, 26, de Los Angeles; Melida Flores, 48, de Palmdale; Juan Manuel Montes, 38, de El Monte; Marlon David Penate, 29, de Los Angeles; y Jorge Sánchez Monroy, 33, de Los Angeles.
Otros tres hombres, además de Castro, se encuentran en prisión por cargos previos: Elvin Ambrocio, 36, y Ronaldo Cruz, 34, los dos cumpliendo sentencia por volver a entrar ilegalmente al país después de ser deportados como inmigrantes ilegales, mientras que Luis Castro, 42, está en una penitenciaría del estado cumpliendo una condena por receptación de artículos robados.
Rubén Castro, Ramírez, Sánchez Ambrocio, Bravo, Pineda, Cruz, Álvarez, Chávez, Torres y Pérez pueden ser condenados a cadena perpetua a firme si llegan a ser condenados por cargos de extorsión.

richard.winton@latimes.com

12 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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la carga de la prueba 5


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
Alta, delgada y profundamente seria, a los 28 años Kathleen Behan llegó a Arnold & Porter en julio de 1990 como otra de sus abogados asociados y con una inquebrantable hostilidad hacia la pena de muerte. Uno de los primeros casos que le tocó tratar fue la apelación de Roger Coleman.
Viajó al Centro Correccional de Mecklenburg en el sur de Virginia para reunirse con su cliente y le sorprendió la sinceridad y dominio de los detalles con que Coleman entendía su caso. Luego se reunió con McCloskey, al que impresionó inmediatamente. "Era el tipo de abogado con el que me encanta trabajar: tan concentrada en los hechos como en los aspectos jurídicos", dice. "Se dio cuenta rápidamente de que si Roger quería recuperar su libertad, tenía que mostrar nuevas evidencias".
Kitty Behan revertió la postura previa del bufete y accedió al análisis de ADN. El juez Persin consintió en enviar las evidencias a Edward Blake, de Ciencias Forenses Asociados [ Forensic Science Associates], de California, uno de los pioneros en la nueva disciplina.
El equipo jurídico de Coleman consiguió otro potencial golpe de suerte después de que Behan colocara un anuncio en el diario Virginia Mountaineer pidiendo nuevas pistas en el caso. El día que se publicó el anuncio, Arnold & Porter recibió una llamada telefónica de Teresa Horn, una mujer de 22 que decía que un minero desempleado llamado Bobby Donnie Ramey había intentado agredirla sexualmente una noche de 1987 en la casa de una amiga. Cuando se resistió, dijo, Ramey le dijo que le haría lo mismo que "a esa mujer de Slate Creek".
Ramey y su familia vivían apenas a cincuenta metros más arriba de la casa de de Wanda McCoy. En el curso de su vida, Ramey, que no había terminado la escuela, había tenido varios roces con la ley, desde pescar sin permiso hasta agresión de un agente de policía. Lo apodaban ‘el Problema' [Trouble].
Pero los resultados del análisis de ADN, que llegaron en noviembre de 1990, estaban lejos de poder ayudar a la defensa. Blake tuvo que trabajar con una muestra extremadamente limitada -el copo de algodón con semen retirado de la víctima había desaparecido de la bolsa de evidencias y se vio obligado a raspar muestras de ADN de un palillo que había sido encontrado incrustado en el algodón. Sin embargo, encontró lo suficiente como para determinar que la víctima tenía dos tipos de semen. Uno provenía probablemente de Brad McCoy, que declaró que había tenido sexo con su mujer dos noches antes del asesinato. Blake redujo el otro tipo a aproximadamente un dos por ciento de la población, incluyendo a Coleman. Los expertos del estado de Virginia dirían más tarde que la proporción de hombres que tenían tanto el tipo de sangre B como esa combinación de ADN era incluso menor: un dos por ciento.
McCloskey recuerda exactamente dónde estaba cuando se enteró de la noticia: en una cabina telefónica en Lancaster, Pensilvania, donde se hallaba trabajando en otro caso. "Mi primera reacción fue: ‘Hijo de puta, él la mató'".
Pero Behan siguió impávida. Encontró a otros expertos que dijeron que la muestra mixta de esperma hacía imposible un análisis correcto de ADN, y también impugnaron los estudios en los que se basaban esos porcentajes. Y ella y McCloskey se aferraron a otra posibilidad: que la segunda muestra de esperma no proviniera de Brad McCoy sino de un segundo violador. Debido a que incluso la policía aceptaba que Coleman había estado solo esa noche, la tesis de dos violadores, si se demostraba, lo habría exonerado. McCloskey dejó sus dudas de lado y él y Behan volvieron al trabajo.
Blake dice que ese fue el momento en que los defensores de Coleman perdieron su orientación ética. Obsesionados con la inocencia de Coleman, ignoraron o desacreditaron la evidencia que apuntaba hacia su culpabilidad: "En algún momento en el proceso, esta gente de la que se suponía que se orientaba por los hechos, abandonaron su responsabilidad de buscar hechos y verdades y empezaron a operar basándose en la fe".
McCloskey insiste en que siguió las pistas. Y, para fines de 1990, las pistas llevaban a la puerta de Donnie Ramey.

McCloskey saca una desvaída polaroid de una pila de fotografías: "Esta es la casa de Wanda, y esta es la casa de Ramey. Hay un camino perfecto para bajar la colina, matarla y volver sin ser visto".
Finalmente McCloskey y Behan encontraron a otras tres mujeres que dijeron que habían sido atacadas por Donnie Damey. Horn y dos de las mujeres prestaron declaraciones juradas. El día después de que Horn diera una entrevista a un canal de televisión de Roanoke repitiendo las acusaciones, murió de sobredosis. La policía no encontró evidencias de la intervención de terceros, pero McCloskey tenía sus sospechas.
"Entrevisté a todas esas mujeres, estuve con ellas en las salitas de sus casas y vi el miedo que tenían", dice.
McCloskey y Behan también entrevistaron a Keester Shortridge, un vecino de Ramey que afirmaba que había encontrado una bolsa de plástico con ropa y sábanas manchadas de sangre en la parte de atrás de su camioneta el día después del asesinato. Shortridge dijo que había arrojado la bolsa a un barranco después de que la policía no mostrara interés en su contenido. Behan alquiló incluso una retroexcavadora para excavar en el lugar. Pero todo lo que encontró fue un pequeño trozo de sábana sucia cuyos contenidos estaban demasiado deteriorados como para ser útiles. Sin embargo, en octubre de 1991, Behan presentó una solicitud al juez Persin citando nuevas evidencias recién descubiertas que sugerían que Ramey era el asesino de Wanda McCoy. En respuesta, el despacho del fiscal general del estado derrumbó el alegato de Behan. Los mineros deben proporcionar muestras de su sangre para el caso de que sufran accidentes y la ficha de empleo de Ramey identificaba su tipo de sangre como A, mientras que el tipo del violador de Wanda era B. Además, Teresa Horn era una conocida drogadicta que había tenido un hijo fuera del matrimonio y no estaba segura sobre quién era el padre. Ni ella ni las otras supuestas víctimas de Ramey lo habían denunciado nunca ni habían comunicado sus sospechas a la policía.
"Yo tenía serios problemas con la credibilidad de esa mujer", dice Tommy Scott, el ex fiscal. "Pero Arnold & Porter y Jim McCloskey y la prensa nacional cayeron redondos".
Aunque McCloskey estaba reuniendo a las supuestas víctimas de Donnie Ramey, no entrevistó a las víctimas sobrevivientes de Roger Coleman. Brenda Ratliff, la maestra que había acusado a Coleman de intento de violación en 1977, se negó a hablar con él. Y él no intentó hablar con las dos bibliotecarias que había sido confrontadas por Coleman en enero de 1981, dos meses antes del homicidio. Para cuando se enteró, dice, estaba tan inmerso en la búsqueda de nuevas evidencias para demostrar la inocencia de Coleman, que no tuvo tiempo. Y debido a que Coleman no fue acusado por el incidente de la biblioteca sino después de ser detenido por el asesinato, McCloskey asumió que las bibliotecarias no lo habían identificado sino cuando la policía les dijo que era el sospechoso del crimen; decidió que su testimonio no era de fiar.
Si hubiese hablado con Pat Hatfield, la bibliotecaria jefe, habría llegado a otras conclusiones.
Hatfield y Jean Gilbert estaban a punto de cerrar ese borrascoso lunes cuando un joven con una chaqueta azul marino y pantalones oscuros entró por la puerta principal. "Se había bajado la cremallera y se estaba masturbando", dice Hatfield. "Se acercó hasta un metro y medio del mesón de recepción. Para entonces, yo lo había mirado a la cara. Y lo que realmente me asustó fue que tenía una actitud totalmente inexpresiva en la cara. Una mirada como de muerto. No pestañaba nunca. Y entonces se corrió sobre el suelo y el mesón. Nunca me dijo nada... Pero lo que vi en sus ojos era espeluznante. Era como la cara de un muerto".
El hombre escapó corriendo y Gilbert llamó a la policía. Por sugerencias de un detective, Hatfield y Gilbert revisaron viejos anuarios de la escuela secundaria y a los días habían identificado a Roger Coleman. Pero la policía las persuadió de no presentar una denuncia. "Les dije que era un caso bastante serio, pero ellos me dijeron que no lo era y a lo máximo lo iban a condenar a pagar una multa de treinta dólares. No lo creí, pero dejé que me convencieran".
Dos meses después recibió una llamada de su madre. "Me dijo: ‘Pat, han asesinado a una chica, y es la cuñada de Roger Coleman'. Y te lo juro, creo que se me congeló la sangre, porque yo sabía, yo sabía".
Hatfield coge una carta. Es una firme pero cortés nota de Coleman, escrita seis años después desde el corredor de la muerte. Dice que está cansado de ser acusado por el incidente de la biblioteca. Tiene un alibi para esa tarde, y acusa a otro vecino de la localidad que supuestamente se parece a él. Firma: "Sinceramente, Roger Coleman". Lo que Coleman no sabía era que Pat Hatfield había sido profesora del otro hombre en la escuela secundaria y sabía que no era él. "Esa era una mentira descarada", dice.
En diciembre de 1991, el juez Persin desestimó la petición de Behan que implicaba a Ramey. Dos meses después, fijó la fecha de ejecución de Coleman para el 20 de mayo.
 
14 de mayo de 2006
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terror en las calles de chicago


[Carlos Sadovi y David Heinzmann] Cargos describen régimen de terror. Los cuatro agentes robaron dinero, armas y drogas en una desenfrenada juerga.
En una ocasión, cuatro agentes de policía de Chicago cogieron sus armas de servicio, despejaron un bar del Lado Sudoeste y obligaron al propietario a llevarlos a su casa en los suburbios, donde le robaron miles de dólares.
En otro caso, los agentes saquearon la caja fuerte de un hombre, robando el dinero y un cromo de béisbol de Mickey Mantle de 1952 de un valor de unos veinte mil dólares. Y en otro caso, colocaron esposas a una mujer embarazada después de que ella tratara de pedir ayuda cuando los descubrió en su casa en el Lado Sur.
El viernes, al revelar nuevos detalles de la acusación de la fiscalía contra cuatro agentes de la sección de elite de operaciones especiales, los fiscales del condado de Cook dijeron ante el tribunal que los polis robaron miles de dólares a narcotraficantes y otras personas que ellos creían que no podrían denunciarlos a la policía.
Los condecorados agentes -Jerome Finnigan, 43, Keith Herrera, 28, Thomas Sherry, 32, y Carl Suchocki, 32- comparecieron ante el juez del condado de Cook, Matthew Coghlan, que fijó fianzas inusualmente altas, de varios millones de dólares.
La fianza para Finnigan y Herrera se fijó en tres millones de dólares. La de Sherry en dos millones, y la de Suchocki en un millón y medio.
Coghlan ordenó una audiencia para cerciorarse de que el pago de las fianzas no se hiciera con dinero robado. Esas audiencias son raras y se reservan habitualmente para los narcotraficantes.
"Juraron... Llegar al tribunal no es lo único; también ha de considerarse la protección del público", dijo Coghlan cuando fijó la fianza. "De comprobarse las acusaciones, querría decir que son un peligro para la comunidad".
El documento de 20 páginas presentado por los fiscales describe una letanía de delitos que los polis, presuntamente, vienen cometiendo desde 2002.
"Los acusados... no eran agentes tratando de limpiar las calles de armas y drogas, sino que querían encontrar y robar dinero y drogas ilegales de gente que creían que no era probable que se quejaran", dijo el fiscal segundo del condado de Cook, James Knibbs.
Los nuevos detalles también muestran que otros agentes de policía estuvieron durante cuatro años al tanto de la conducta delictiva de los agentes acusados.
La portavoz de la policía Monique Bond, dijo que los detectives de asuntos internos formularon cargos desde el despacho del fiscal del estado después de investigar el incidente en el bar en 2003, pero que los fiscales se negaron a ocuparse del caso.
John Gorman, un portavoz del despacho del fiscal del estado, dijo que la policía no había reunido suficientes evidencias como para formular cargos en 2003, y que los fiscales les dijeron que continuaran investigando.

Pruebas de Ingresos No Declarados
Para cuando los cuatro fueron formalizados esta semana, los detectives habían reunido evidencias de que los cuatro habían depositado en cuentas bancarias cientos de miles de dólares en ingresos no declarados.
Finnigan y su esposa "no tienen ni una sola cuenta en ningún banco. Todos los gastos normales de una casa, incluyendo dos hipotecas, dos mensualidades de coches y los servicios habituales, son pagados en dinero contante, con órdenes de pago o con cheques a portador", dijo Knibbs en la audiencia.
En un lapso de tres años, Herrera depositó 95 mil dólares en sus cuentas bancarias que no fueron declarados como ingresos, dijo Knibbs. Durante ese mismo período, Suchocki depositó presuntamente 77 mil dólares.
Los fiscales dijeron que a días del incidente, se hizo un enorme depósito en la cuenta bancaria de Sherry.
Con los familiares de los agentes llenando la sala del tribunal, los abogados de la defensa negaron las acusaciones y describieron a los cuatro como agentes condecorados que habían arriesgado sus vidas en la línea del deber.
"Los testigos son narcotraficantes que tenían grandes cantidades de armas en sus casas", dijo Tim Joyce, el abogado de Suchocki,.
Excepto Finnigan, todos son hijos de agentes de policía, y el padre y abuelo de Suchocki trabajaron en el departamento.
Durante la audiencia, Knibbs detalló supuestos delitos que se remontan al 18 de mayo de 2002, cuando Finnigan presuntamente allanó la casa de un bombero de Chicago sin una orden judicial.
"Finnigan revisó repetidas veces el apartamento preguntándole a la víctima dónde estaba el material... Finnigan lo amenazó diciéndole que lo podía hacer despedir con una sola llamada de teléfono", dijo Knibbs.
En diciembre de 2002, Finnigan y otros agentes allanaron la casa de un agente fuera de servicio que despertó para descubrir a los hombres revisando su casa. Los agentes abandonaron el lugar cuando la hija del policía de libre les mostró la chapa policial de su padre, dijo Knibbs.
El nivel de bravuconería pareció escalar después de eso, dijo Knibbs. El 19 de junio de 2003, Finnigan y Suchocki irrumpieron en un bar en el bloque 5700 de South Pulaski Road, lo cerraron y amenazaron al propietario. Querían armas, dijo Knibbs. El dueño del bar fue esposado y llevado a su casa en Oak Lawn, donde los agentes encontraron un arma y robaron supuestamente mil trescientos dólares.
Knibbs dijo muchas veces que los agentes no discriminaban a sus víctimas. El 28 de marzo de 2004, allanaron en el bloque 4500 de West Marquette Road la casa de un hombre que Finnigan y otros agentes detuvieron sin causa alguna. Rompieron la caja fuerte y robaron un cromo de béisbol de Mickey Mantle de 1952, un reloj de oro y doscientos dólares, dijo Knibbs.

Casos Judiciales Eludidos
Durante los años los agentes esquivaron docenas de casos judiciales no apareciéndose por tribunales porque no querían cometer perjurio o llamar la atención sobre sus actividades delictivas, dijo Knibbs. Finnigan también está acusado de tratar de impedir que un testigo declarara ante un gran jurado en relación con las acusaciones.
Las acusaciones van más allá del robo.
En las actas judiciales, los fiscales alegaron que Finnigan, en abril de 2005, conducía un coche policial sin matrícula cuando arrolló a una mujer de 58 años cuando esta cruzaba la calle.
Finnigan descendió del coche y la insultó. Cuando otra persona imprecó a Finnigan, el agente comenzó a insultarla también, dijo Knibbs. Se subió al coche y se alejó. La mujer finalmente fue llevada al hospital y se le constataron lesiones de larga duración.
"Los acusados han demostrado repetidas veces una impresionante indiferencia en cuanto a su deber de presentarse ante el tribunal, ignorando las citaciones, desconociendo las notificaciones y desobedeciendo las órdenes del tribunal de comparecer ante el tribunal para declarar", dijo Knibbs. "Con sus acciones, los acusados representan un peligro para otros agentes honestos y dedicados, así como para los ciudadanos de la comunidad".

csadovi@tribune.com

dheinzmann@tribune.com

9 de septiembre de 2006
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la carga de la prueba 4


[Glenn Frankel] Jim McCloskey quería desesperadamente salvar a Roger Coleman de la silla eléctrica. Quizás un poco demasiado desesperadamente.
La pared de atrás de la oficina de Jim McCloskey es su currículum. De ahí cuelga una impresionante colección de fotografías de tres docenas de hombres inocentes a los que ayudó a salir de la cárcel, la mayoría de ellas tomadas cuando estaban saliendo.
Algunas de las caras son lúgubres e inexpresivas, como si toda la rabia de los años de encierro se hubiesen apoderado de sus rasgos y no los dejasen expresarse. Otros aparecen inmortalizados con anchas y lunáticas sonrisas, los ojos vidriosos delatando su sorpresa. Y en casi todas las fotos, con los ojos brillantes, se encuentra McCloskey.
Creció en las afueras de Filadelfia, se graduó en la Universidad de Bucknell, se enlistó en la marina, y luego se convirtió en un consultor de administración. Soltero de toda la vida, en 1979 se despertó un día a los 37, se miró detenidamente y no le gustó lo que vio. "Mi vida era como un arco iris -podría haberse visto bonita, pero era vapor", dice McCLoskey. "Yo quería llevar una vida que sintiera que era auténtica. Quería meterme en algo real en el mundo".
Dejó su trabajo, ingresó al seminario teológico de Nueva Jersey y tenía planes de convertirse en ministro. Entonces, al segundo año, empezó a hacer trabajo de campo como capellán estudiante en la Penitenciaría de Trenton. Allá conoció a un recluso llamado Jorge ‘Chiefie' de los Santos, que estaba cumpliendo cadena perpetua por un asesinato que decía que no había cometido. De los Santos se mostró tan obstinado que McCloskey accedió a leer la transcripción del juicio. Descubrió que la condena de De los Santos dependía fundamentalmente de la supuesta confesión que había hecho a un compañero de celda. McCloskey ubicó a ese recluso y logró que admitiera que había mentido. En el verano de 1983, De los Santos recuperó su libertad, y McCloskey encontró su vocación. "Sentí como si Dios me hubiese ordenado para hacer esto", dice. "Chiefie diría que le salvé la vida. Pero él salvó la mía".
Centurion Ministries empezó como la organización de un solo hombre que McCloskey operaba desde la salita de su casa. Ahora se jacta de contar con nueve empleados, cinco de ellos a tiempo completo, y un presupuesto de un millón de dólares al año, contribuido por fundaciones y donantes privados. Desde el principio, la contraseña fue la inocencia. McCloskey no estaba interesado en si alguien tuvo o no un juicio justo -dice que montones de acusados culpables no gozan de juicios perfectos. "La inocencia me buscó. Yo no salí a buscarla a ella. Y siendo lego, y no un abogado, eso era todo lo que me interesaba".
Le consternó descubrir que algunos agentes de policía y fiscales mentían rutinariamente o tomaban atajos para demostrar sus casos. "He llegado a ver el sistema de justicia criminal como repleto de defectos y fragilidades".
Sin embargo, a veces hace su propio juego de prestidigitación, colocándose un cuello de cura cuando sale a terreno, sabiendo que eso ayuda a hablar a la gente. "Me he graduado en el Seminario Teológico de Princeton, pero no he sido ordenado. Me presento a mí mismo como Jim McCloskey, no como Reverendo ni Padre", dice.
McCloskey y su equipo no han estado nunca con las manos ociosas. Su lista de éxitos incluye a Clarence Brandley, liberado después de pasar diez años en el corredor de la muerte en Tejas por homicidio después de que Centurion encontrara a un testigo ocular que identificó a los verdaderos asesinos; David Milgaard, que pasó 23 años en una cárcel canadiense por homicidio y violación hasta que un análisis de ADN confirmó su inocencia; y Clarence Chance y Benny Powell, encarcelados durante más de diecisiete años por el asesinato de un alguacil en Los Angeles, hasta que Centurion demostró que los detectives habían obligado a los testigos a declarar falsamente. No todos los casos han terminado en triunfos. McCloskey calcula que cuatro reclusos de su grupo resultaron ser culpables. En dos de esos casos, el análisis de ADN demostró la culpabilidad de los reclusos. En los otros dos, las versiones de los presos se estropearon cuando McCLoskey volvió a entrevistar a los testigos. Dejó caer esos casos de inmediato, aunque en algunos había trabajado durante años.
Cuando Coleman contactó a Centurion en 1987, McCloskey leyó la transcripción del juicio y luego pasó tres horas hablando con Coleman. "Revisamos todo: qué hizo esa noche y por qué, a quién vio". Le contó a McCloskey sobre ‘The Choice Is Yours', un programa que Coleman había organizado con la ayuda de la diócesis católica de Richmond, en el que daba charlas a potenciales delincuentes juveniles sobre el precio del crimen y las penurias de la cárcel.
"Estaba muy tranquilo, sereno, racional, no me pareció falso en absoluto. No era un vendedor. No trató de convencerme. Respondió a todas mis preguntas". McCloskey se quedó impresionado, y confiaba en sus instintos. "Me fui creyendo que él no era el tipo de persona que pudiera cometer un crimen tan violento".
McCloskey condujo directamente de la cárcel, a Grundy, donde pasó casi un mes investigando el caso. Convenció al juez Persin de que lo dejara examinar el archivo con las evidencias. Entrevistó a los que habían visto a Coleman esa noche, y reconstruyó el incidente.
Descubrió que el jurado no había oído hablar nunca sobre la ficha de control de Phillip VanDyke, que él había marcado a las 10:41 la noche del asesinato -justo después, dijo VanDyke, de haber terminado de charlar con Coleman. Observó que los Stiltners habían contado a los detectives originalmente que Coleman los había visitado esa noche entre las diez y las diez treinta. Sólo cuando Sandra Stiltner declaró ante el tribunal dijo que la hora exacta había sido las diez veinte. McCloskey creía más en VanDyke y su ficha de control que en la declaración de Stiltner. Y había otros detalles inquietantes. ¿Por qué tenía Wanda McCoy tierra en las manos y brazos? ¿A qué se debía la conclusión del médico forense de que había sido violada y sodomizada, un hecho sobre el que no informó al jurado? ¿Cómo podía un atacante haber cometido los dos actos en un lapso de tiempo de apenas unos minutos?
En opinión de McCloskey, la policía había cogido al primer sospechoso que le pareció plausible, ignorando otras posibilidades. "Un crimen de esta naturaleza es muy raro, e inflama las pasiones y prejuicios de todo el mundo en una comunidad. Y eso fue lo que, en mi opinión, ocurrió con Roger: Le calzaron la condena".
De vuelta a Princeton, McCloskey paró en Washington a ver a los abogados de Coleman en el bufete de Arnold & Porter. El modo más fácil de probar la inocencia de Coleman, les dijo, era recoger muestras de sangre y esperma de la víctima y volverlas a analizar con las técnicas más modernas de análisis de ADN desarrolladas recientemente. Pero los abogados no mostraron interés. Dijeron que era improbable que el juez ordenara ese análisis y, de cualquier modo, las muestras habían estado guardadas durante ocho años en una caja de evidencias no protegida y era poco probable que entregaran resultados concluyentes. Pero la verdadera sorpresa fue que Coleman mismo no estaba interesado en un análisis de ADN. Le dijo a McCloskey que después de su detención había tenido sexo con una gendarme en la cárcel y tenía miedo que las autoridades hubieran plantado su semen de ese encuentro como evidencia. McCloskey desechó los temores de Coleman como la clásica paranoia de los carcelarios, "pero también me sentí algo incómodo sobre por qué no quería ese análisis de ADN".
Se sintió tan incómodo, dice McCloskey, que dejó de lado el caso de Coleman durante casi un año y se concentró en otros casos más prometedores. Luego, en 1990, encontró una razón para volver al caso.

14 de mayo de 2006
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aristócrata en la cárcel


[Jeffrey Gettleman] Mató a un guardabosques. Tiempo después al ladrón sorprendido por el guardabosques. Puede morir en la horca.
Soysambu, Kenia. De todas las encumbradas familias británica que llegaron a este país, para no volver, ninguna es tan famosa como la de los Delamere.
Daban las fiestas más elegantes, tenían el pedigrí más fabuloso (que se remontaba a Guillermo el Conquistador, decían) y, no insignificantemente, las tierras más impresionantes.
La Hacienda Soysambu es la joya de la corona, veinte mil hectáreas rebosantes de jirafas y cebras en el corazón del Valle del Rift de África. El escenario parece sacado directamente de una postal -los dorados pastizales, las onduladas colinas, la sensación de recibir tanto del mundo en un gran trago.
Pero Thomas Cholmondeley, el corbatudo heredero de la familia, que hasta hace poco estaba en camino de convertirse en el sexto Barón de Delamere, ya no vive aquí. Está en la cárcel de máxima de seguridad de Kamiti, en Nairobi, convertido en la rara cara blanca tras las rejas en este país, esperando su juicio en un caso de asesinato que divide a Kenia.
Porque hace poco más de un año, disparó y mató a dos keniatas negros en su hacienda.
El primero era un guardabosque de la fauna silvestre encubierto que estaba deteniendo a unos trabajadores de Cholmondeley que sospechaba que estaban cazando ilegalmente. Diciendo que había disparado en defensa propia, Cholmondeley fue absuelto sin juicio.
El segundo fue el cazador ilegal mismo, con un antílope colgando de su espalda. Cholmondeley dice que los perros del cazador lo atacaron y que, nuevamente, disparó en defensa propia.
Los hacendados blancos de Kenia, una especie cada vez más asediada y en peligro, muestran una profunda simpatía por él. Dicen que la delincuencia está descontrolada y que la policía es inútil, y que la selva, aunque es bella, está llena de armas.
Ciertamente, ha habido una explosión de violencia en el Valle del Rift, con bandas que operan desde Nairobi y las tensiones alcanzando un máximo entre los jornaleros pobres como ratas y el puñado de keniatas blancos que todavía viven en vastas extensiones de tierra. Joan Root, una afamada ecologista, fue asesinada a balazos en su dormitorio en enero. Otros blancos han sido matados en atracos. Un hacendado dijo que ahora dormía con una escopeta a su lado.
Durante la época colonial, este área, a unos ochenta kilómetros al noroeste de Nairobi, era afamada entre los blancos por su estilo de vida hedonista y era llamado el Valle Feliz. Ahora parece estar bajo sitio.
Pero los keniatas negros ven la situación de Cholmondeley de manera diferente, y temen que los días del privilegio blanco no hayan terminado todavía. Su absolución en el primer caso hizo más profundo su cinismo sobre un poder judicial ya en entredichos y provocó masivas protestas. Alguna gente incluso amenazó con invadir las haciendas blancas.
El caso parece estar golpeando muchos de los puntos débiles de Kenia: la tierra, la violencia, la corrupción, el comercio ilegal de animales y, por supuesto, las carreras de caballo.
"Es muy sexi cuando un hombre blanco se mete en problemas", dice Maina Kiai, presidente de la comisión de derechos humanos de Kenia. "Nosotros todavía tenemos un complejo de inferioridad y nos emociona ver a un hombre blanco en una posición de indefensión".
Y no se trata de cualquier hombre blanco.
El honorable Thomas Patrick Gilbert Cholmondeley, 38, es un anacronismo criado en la selva de dos metros, que luce una cicatriz que va desde su tobillo hasta su cadera de cuando fue atacado por un búfalo hace algunos años y cuyo bisabuelo convirtió en elegante que los aristócratas británicos se mudaran a África.
Ese colono, Hugh Cholmondeley, el tercer Barón de Delamere, se apoderó de pedazos del Valle del Rift de los residentes locales (los analfabetos masai) a principios de siglo, y convirtió la zona en un jardín de recreo para blancos. Entraba a caballo en los bares y disparaba contra los candelabros en hoteles elegantes y se convirtió en un importante hacendado lechero y político. La calle principal de Nairobi se llamó Avenida de Delamere en su honor, hasta la independencia de 1963.
Thomas nació cinco años después, creció en Soysambu (el nombre significa ‘lugar de rocas rojas' en la lengua masai) y finalmente fue enviado a Eton. Para entonces, un masai llamado Samson ole Sisina estaba reparando camiones para la comisión de turismo de Kenia, y tenía la esperanza de llegar a ser guardabosques. Robert Njoya, un kikuyu pobre, había abandonado la escuela para dedicarse a acarrear rocas y cazar ilegalmente. Los hombres vivían cerca de Naivasha, una somnolienta ciudad en el pasado que pasaba por momentos difíciles.
Los granjeros de flores estaban brotando por todas partes en torno al Lago Naivasha, atrayendo a miles de jornaleros mal pagados. Muchos vivían en campamentos improvisados, incluyendo uno llamado Manera construido en tierras de Delamere. La gente llamaba a Delamere ‘el asesino honorable' y dicen que los aterrorizó durante años.
Mary Njeri, 51, dijo que Cholmondeley la había sorprendido en su propiedad recogiendo leña y la había azotado hasta que perdió la conciencia. Peter Kiragu, 12, dijo que estaba jugando fútbol, hace cuatro años, en la propiedad de Delamere, cuando Cholmondeley lo agarró de la camiseta, lo metió a un camión y lo mantuvo encerrado durante horas.
Los dos episodios fueron reportados a la policía, pero nunca se formularon cargos. "Los Delamere eran intocables", dice Gideon Kibunjah, portavoz de la policía keniata. "Pero eso ha cambiado ahora".

El Thomas Cholmomdeley que describen sus amigos blancos es muy diferente: encantador, sincero, un atento interlocutor, un padre dedicado a sus dos hijos, el tipo de hacendado que habla en swahili con sus trabajadores y los mira a los ojos.
Como director de las haciendas lecheras y ganaderas de su familia, es un partidario de la fauna silvestre y sus esfuerzos han aumentado la cantidad de jirafas, cebras, pelícanos y flamencos en la zona. Una razón por la que le dieron permiso para portar armas, era para proteger a esos animales.
"Tom adora esa tierra", dice Dodo Cunningham-Reid, una amiga que gestiona un exclusivo hotel en Naivasha.
Fred Ojiambo, abogado de Cholmondeley, dice que su cliente ha sido injustificadamente demonizado. No quiso discutir los detalles del caso, pero dijo: "Es muy difícil considerar este caso solamente como un caso en que se disparó contra alguien. Esto ocurrió en un contexto".
El año pasado, dijeron funcionarios de la fauna silvestre de Kenia, unos trabajadores de Soysambu fueron sospechados de cazar ilegalmente y de comerciar también ilegalmente la carne de los animales cazados. El 19 de abril de 2005, Sisina, que había sido ascendido de mecánico a guardabosques, y otros dos guardas, se dirigieron a la hacienda, encubiertos, y capturaron a los trabajadores despellejando a un búfalo.
Justo en los momentos en que Sisina y sus colegas empezaban a detenerlos, llegó Cholmondeley. Vio a extraños en ropas de paisano amenazando con armas a sus trabajadores y disparó contra Sisina.
Después de que fuera detenido, dijo a la policía: "Estoy desolado por la enormidad de mi error". Dijo que había pensado que Sisina era un ladrón.
El caso abrió una grieta entre los funcionarios policiales que exigían su juicio por asesinato y los fiscales, que creían en su alegato de defensa personal. Y los masai estaban observando.
Los masai son famosos por sus pinturas de ocre rojo de guerra y modo de vida pastoral. La mayoría son extremadamente pobres, pero Sisina era diferente. Había pasado de una choza de estiércol a un respetable trabajo en el gobierno.
Cuando se retiraron abruptamente los cargos hace un mes -una fotografía de un sonriente Cholmondeley con los pulgares en alto apareció en la primera plana de un importante diario keniata-, los masai estallaron, protestando frente al despacho del fiscal general y amenazando con arrasar Soysambu.
"Los Delamere son quienes nos robaron la tierra, en primer lugar", dice William ole Ntimama, un masai miembro del parlamento. "Y ahora mírenos. Nos hemos convertido en parte de la fauna silvestre".
Enfadados masai marcharon hace dos años contra haciendas blancas y trataron de recuperar la tierra ancestral. Pero Kenia no es Zimbabue, donde el gobierno instigó esas recuperaciones. La policía keniata antimotines dispersó a los masai.
Sisina dejó a su viuda Seenoi, y sus ocho hijos, que todos viven ahora de limosnas. Cholmondeley volvió a la hacienda de la familia, la Delamere Estates Ltd., y empezó a patrullar Soysambu, armado.
El 10 de mayo de este año, Njoya, el kikuyu, salió a buscar comida para su esposa Sarah y sus cuatro hijos. Llevó con él a dos amigos y seis perros, y encontraron a un antílope muerto en una trampa que habían colocado en tierra de Soysambu.
Ese noche, Cholmondeley, llevando un rifle de la época colonial, estaba buscando un terreno para levantar una casa.
Lo que pasó después no está claro. Cholmondeley dice que los cazadores azuzaron los perros contra él y que mató a dos, alcanzando accidentalmente a Njoya. Los amigos de Njoya dicen que ellos ni siquiera vieron a Cholmondeley.
"Sólo oímos los balazos que venían de la selva", dijo Peter Gicuchi, que dijo que estaba junto a Njoya.
Njoya se desangró y murió a los pocos minutos.
"¡Oh, no otra vez!", fueron los titulares de esta vez, y las protestas se hicieron más masivas. Muchos keniatas negros están boicoteando los productos Delamere, llamando al yogur de la familia, que se vende con una distintiva corona dorada, "yogur de sangre".
Esta vez, los fiscales presentaron cargos por asesinato. El juicio debe empezar el 25 de septiembre. Si es condenado, Cholmondeley podría morir en la horca.
La última vez que un hombre blanco estuvo en el centro de un caso tan sensacional en Kenia fue en 1980, cuando Frank Sundstrom, un marino estadounidense, mató a una prostituta en Mombasa. Sundstrom se declaró culpable de homicidio, pagó una multa de setenta dólares y volvió a su casa.

5de septiembre de 2006
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fugitivo


[Michael Wilson] Tras años de vivir tras las rejas, lo acusan de matar a un guardabosques.
Stockton, Nueva York, Estados Unidos. A su padre lo apodaban Buck, así que a él lo llamaron Bucky, un niño risueño en las viejas fotografías, con el bosque detrás de él. Vivía en una choza cerca de aquí con una hermana y padres pobres, y jugaba fuera, sentado en un sillón de fantasía y mirando una televisión postiza, ambos de heno.
"Jugaba en el bosque", dijo Shawn Horton, 46, un conocido de toda la vida. "Al escondite. A la caza de presas chicas. Cosas normales de un niño de campo".
Pero a medida que el niño, Ralph J. Phillips, crecía, su juego de escondite se hacía menos inocente. "En un momento, llegó a tener todo un alijo de coches robados en el bosque", dijo Horton. "Creo que lo importante para él era la emoción".
Sus últimas jugadas al escondite le ha ganado a estos bosques del condado de Chautauqua cientos de guardabosques, atención nacional y tragedia. La policía dice que es el principal sospechoso del ataque del 31 de agosto contra dos guardabosques, uno de ellos muertos, el otro gravemente herido, en una emboscada en el bosque. También se le sospecha de haber disparado el 10 de junio contra otra guardabosque durante una parada en la carretera, en la que el agente resultó herido, y el atraco de una armería.
Phillips, 44, tiene una larga historia criminal, que se remonta quizás unos treinta años. Pero no es una historia manchada de sangre. Esa contradicción ha dejado a su familia y viejos amigos preguntándose qué pasó, si acaso es el pistolero, qué lo convirtió de ladrón impenitente en alguien dispuesto a cometer un asesinato.
La mayoría cree que cuando la policía, que lo buscaba ya por cuatro meses, detuvo a su hija, su novio y a la antigua novia de Phillips, y las autoridades pusieron bajo custodia temporal a los tres jóvenes hijos de su hija, Phillips se convirtió de hombre empecinado en escapar, y que dicen que ya había disparado contra un agente, en un hombre lleno de odio.
Se cree que se oculta en las cercanías del condado de Chautauqua, un extenso arco de bosques enhebrado de pequeños caminos de tierra y picado de cabañas abandonadas y coches con las llaves metidas encima del visor o colgando del encendido.
La policía cree que ha sobrevivido gracias a la ayuda de una red de antiguas novias, amigos de las nueves penitenciarías donde ha cumplido condenas, y utilizando coches y motos robadas. Aunque sus primeras hazañas parezcan convertirlo en una especie de héroe popular, el asesinato del guardabosques terminó con esa leyenda. La inmensa mayoría de la gente del condado de Chautauqua quiere que sea capturado.
Una carta que escribió a su abogado poco después de su fuga el 2 de abril parecía presagiar su nueva existencia. "No estoy hecho para la vida que lleváis vosotros", escribió Phillips. "Lo he tratado. No resultó".
Sus viejos amigos escuchan día y noche los escáneres de la policía, actualizando y compartiendo la información por celulares y parecen saber tanto sobre el progreso de la cacería humana como la policía. Siete personas han sido arrestadas y acusadas de darle cobijo.
El último, Todd A. Nelson, dejó que Phillips alojara en su casa, en Ludlow, Pennsylvania, durante once días, compartiendo cerveza y pizzas, dicen las autoridades.
El jueves la recompensa por la captura de Phillips fue elevada a 425 mil dólares. Y fue agregado a la lista de personas buscadas del FBI.
En entrevistas, la hija de Phillips, su abuela materna, su ex cuñado y la esposa abandonada dan una compleja imagen del fugitivo. En su historia, Phillips pasa de ser un niño abusado y abandonado a un ladrón que roba simplemente por la adrenalina, provocando que la policía lo persiguiera.
Durante más de la mitad de su vida -desde 1983- ha vivido casi enteramente tras las rejas. Cortos períodos de libertad terminaron en delitos y captura. Parecía, dicen, sentirse más cómodo encerrado que fuera.
Algunos mujeres se sintieron atraídas hacia él. Era un hombre amable, guapo, misterioso. En realidad, Phillips, desde su fuga, ha vuelto a varias de las mujeres de su pasado, de acuerdo a la policía y esposa, Terry Phillips, 43, que admite que pasó un día con él después de su fuga, a principios del verano. Salieron de compras, caminando tranquilamente hacia una tienda de abarrotes a comprar detergente.
Eso fue el 9 de junio, dijo la señora Phillips. Al día siguiente, cayó el primer guardabosques.
"¿Qué diablos está haciendo?", preguntó durante una entrevista telefónica el miércoles, que otorgó a condición de que su domicilio actual, en otro estado, no fuera revelado, por miedo a colocarse en situación de peligro. "¿Por qué está haciendo eso?"

Phillips nació el 19 de junio de 1962, hijo de Ralph y April Phillips. Su padre era 40 años mayor que su madre, le gustaba beber y tenía violentos estallidos, dijeron varios miembros de la extensa familia de Phillips.
"Lo hacía dormir en un granero", dijo Emery Masiker, 43, un contratista y cultivador de árboles de Navidad que estuvo casado con la hermana de Phillips y que acompañó a su madre hasta su muerte. "Era simplemente un hombre viejo, cansado".
Su padre puede haberlo mal encaminado muy temprano. "Él le enseñó a robar coches", dijo Norma Gloss, 65, cuya hija tuvo un niño con Phillips.
Phillips y su futura esposa Terry, jugaban juntos desde que ella tenía siete, dijo, contando que había jugado a las casitas en fardos de heno y provocando a un toro para que lo persiguiera. Dijo que Phillips fue enviado a un hogar para delincuentes juveniles, aunque no sabe por cuánto tiempo, y no se vieron durante seis años, cuando él volvió a aparecer con una sonrisa y un coche robado. Tenía 13. "Llegó al camino de entrada y dijo: ‘Ven, vamos a dar un paseo'", dijo.
Luego fue nuevamente detenido, dijo. Sus antecedentes juveniles no están disponibles, pero aquellos que lo conocen dicen que Phillips era un ladrón compulsivo.
"Robaba bicicletas y tractores y coches", dice Art Clever, 62, que posee una tienda de abarrotes cerca de la ahora herrumbrosa casa de la familia Phillips. Dijo que Phillips fue perseguido por cuatro agentes de policía hasta su tienda, con sus armas sacadas, y fue detenido en el cuarto trasero.
Masiker dijo que no le importaba qué robaba. "Cigarrillos, armas, dinero", dijo. "Robaría un conjunto de llaves de una máquina de gaseosas, para volver con pilas y pilas de monedas. Podía estar bien un par de días, pero entonces, como un alcohólico, volvía a hacerlo".
Fue padre de una hija en diciembre de 1982, con su novia Kasey Gloss, pero ha pasado, según muestran los archivos, la mayoría de los 23 años desde entonces, en la cárcel.
Pasó tres años viajando entre tres prisiones por robar cosas de un garaje en 1983. Nueve meses después de salir en libertad, fue encerrado nuevamente, por entrar a una casa y amenazar a sus habitantes con un rifle. Fue liberado tres años después, y estuvo de vuelta en prisión nueve meses después.
"Yo los llamo los sabáticos", dijo Horton sobre los períodos de libertad.
Su período más largo tras la rejas, por robo y venta de drogas, empezó el 5 de noviembre de 1992, y duró 13 años. Poco después de empezar a cumplir esa sentencia, una de sus amigas fue sorprendida tratando de pasarle a hurtadillas, metidas en su boca, una llave de esposas, de acuerdo a documentos de su libertad condicional y sus amigos.
Un nativo americano según su sangre, se sumergió en los grupos de indios en la cárcel, dijo su hija. Se escribía con Terry, su amiga de infancia y futura esposa, y ella se convirtió en una visita frecuente en la Penitenciaría de Auburn. Se casaron en una ceremonia en la prisión en 1995, dijo ella.
"En el patio de visitas, tienes tiempo para hablar, si no hay nadie más", dijo. "Hablábamos sobre nuestro pasado como niños, cuando teníamos 13. Era lo que le gustaba". Pero una serie de violaciones disciplinarias, incluyendo una por "manipular la electricidad", motivó a su traslado a otra cárcel más lejana.
"En la cárcel construyó una radio CB", dijo la señora Phillips. "Le gustaba inventar cosas. Tomó una vez unos cables y una pila y armó una pequeña lámpara".
Se separaron en 2003, a instancias de él, y él le dijo que viviera su propia vida, dijo. Nunca se divorciaron.
Salió en libertad en noviembre pasado, a los 43, y se mudó a una casa de rehabilitación en Buffalo. Parecía ansioso de comunicarse con su hija, a la que conocía casi exclusivamente por sus poco frecuentes visitas a la prisión.
"Ya no bebo ni me drogo", escribió en una de sus numerosas cartas que su hija Patrina Wright, ahora de 23, guarda en una caja de zapatos, y de la que lee fragmentos. "Podrías decir que es mi nueva imagen. No más cárceles para mí, cariño. Ya cumplí todo".
Seguía: "Estoy haciendo todo lo que se supone que debo hacer, así que no te preocupes. Ahora las cosas son diferentes, y todo lo que quiero es estar libre".
Estuvo libre por 49 días. Fue acusado de violar su libertad condicional, después de que un consejero de la casa de rehabilitación informara que Phillips había amenazado a su hija y a su familia.
El abogado de Phillips, John Keaney, dijo que no fue una amenaza. En su corto período de libertad, dijo el abogado, Phillips había obtenido un permiso para salir de Buffalo.
Mientras estaba fuera, compartió una cena de Navidad con, entre otros, un antiguo amigo que había dejado que en 1992 Phillips se acusara de algunos de sus propios delitos, dijo Keaney.
El consejero de rehabilitación se preguntaba si acaso gastar más tiempo en el condado de Chautauqua, con su hija, como quería Phillips, era realmente una buena idea debido a la gente, como ese antiguo amigo, con la que se ponía en contacto.
Phillips replicó que eso no era un problema, con desafortunada franqueza. Refiriéndose a su viejo amigo, dijo: "Me dijo: ‘Si hubiese querido -yo estaba en ese momento trinchando un pavo, a un medio metro de él-, si hubiese querido lo habría podido apuñalar. Podría haber conseguido un arma y dispararle, y no estaría aquí pidiéndote un permiso'", dijo Keaney.
La hija de Phillips dijo que su padre no la habría amenazado nunca. "Simplemente quería a su familia", dijo. "Quería ser el abuelo".
Le escribió desde su celda: "Quiero que conozcas la profundidad de mi amor por ti y la probaré colocando el pasado detrás de mí". Se escapó varias semanas después.
Surge una pregunta: ¿Cómo puede un hombre que ha estado encerrado durante tanto tiempo saber cómo son las cosas afuera? Masiker dice que no creía que su viejo amigo fuera el obsesionado por la supervivencia que se dice que era.
"Tiene que trabajar como todo el mundo", dijo, refiriéndose a unos robos recientes. "No es un tipo del bosque, no se dedica a despellejar mapaches. No es un indio que sale a cazar. Es un oportunista".
El tendero, Clever, predice un fin violento. "Es un hombre muerto caminando", dijo. "Aquí todo el mundo tiene armas. Si alguien lo ve, le disparará".
Su esposa se sorprendió, dos meses después de su fuga, de recibir una llamada de él. "Me dijo: ‘Hey, ¿puedo pasar por tu casa?'", dijo. "Le dije: ‘Sí', y le di mi dirección. Le dije: ‘Pero tienes que acompañarme a lavar'. Me dijo okay".
Salieron de compras, lavaron ropa, y él volvió a su casa por unas breves horas. Su partida no se pareció en nada a la de ese adolescente que apareció en el camino de entrada hace treinta años, estaba vez rebobinado y sin luz. "Nos dijimos adiós", dijo, "y él caminó en la oscuridad, hacia el coche".

7 de septiembre de 2006
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