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condenas en caso blumberg


[Carlos Rodríguez] Los dos líderes, con reclusión perpetua. El tribunal condeno a la mayoria de los acusados por el caso Blumberg.
El tribunal dictó otras cinco penas de entre 10 y 20 años de prisión, y cinco más hasta ocho años. Absolvió a los dos policías federales acusados y mandó a investigar la actuación de los cuatro fiscales del caso. Para Blumberg, el fallo no fue suficiente y lo criticó con dureza.
Dos condenas a reclusión perpetua, otras cinco a penas de entre 10 y 20 años de prisión y cinco más que van de tres años y seis meses a ocho años de cárcel no fueron suficientes para el ingeniero Juan Carlos Blumberg, quien se declaró disconforme con el fallo que cerró el juicio oral contra la banda de Martín Diego ‘El Oso' Peralta, que secuestró y asesinó a su hijo Axel, en marzo de 2004. "Es un fallo de mierda, así de simple. Es cierto que tenemos dos cadenas perpetuas, pero el resto del veredicto es una vergüenza que atribuyo a los jueces" del Tribunal Oral Federal 2 de San Martín. Atrapado en la furiosa telaraña tendida a su alrededor por decenas de periodistas, Blumberg, el hombre que a partir de su drama familiar se convirtió en referente del centroderecha y en activista de las leyes de ‘mano dura', se despachó a gusto contra el veredicto. Los jueces absolvieron de culpa y cargo a los otros cuatro imputados, uno de ellos el ex jefe de la División Antisecuestro de la Policía Federal Juan José Schettino. El tribunal remitirá las constancias de la causa para que se investigue si hubo irregularidades en la actuación de los fiscales federales Jorge Sica, Pablo Quiroga y Rita Molina, y al fiscal del juicio oral, Pedro García, que ayer no estuvo en la audiencia.
Antes de escuchar la sentencia, el comisario Juan José Schettino había asegurado en su descargo final que "bajo ningún concepto" podía ser acusado de haber encubierto a uno de los miembros de la banda, el comprador de autos robados Jorge Daniel Sagorsky, un "buche" de la Federal que mantenía contacto asiduo con el subcomisario Daniel Alfredo Gravina, segundo jefe de la comisaría 23ª. Sagorsky fue condenado a seis años y seis meses de cárcel. En la audiencia, que duró más de tres meses, se planteó un contrapunto entre los policías, imputados por encubrimiento y absueltos por falta de pruebas, y los fiscales, sobre todo Sica y Quiroga. Persisten las dudas sobre las desinteligencias entre los investigadores que impidieron detener al Oso Peralta en noviembre, en Córdoba, antes del secuestro y asesinato de Axel Blumberg. El homicidio de Axel fue cometido por José Gerónimo Díaz, mano derecha del Oso. Los dos, Díaz y Peralta, fueron condenados a reclusión perpetua por ser considerados, uno autor material y el otro instigador del homicidio de Axel Blumberg.
Schettino, que se encuentra en situación de ‘servicio pasivo' en la Federal, según le aseguró a Página/12, tuvo críticas hacia las acusaciones de Blumberg, a quien aludió sin nombrarlo durante su alegato. "Siempre he actuado honestamente en mi vida personal y en la profesional. No cometí ningún tipo de delito, bajo ningún concepto he encubierto a un delincuente ni oculté información" a los fiscales. "Hoy sigo siendo cuestionado desde la querella y los reclamos que se me formulan públicamente resultan absurdos", aseguró Schettino. El fiscal Pedro García había pedido dos años de cárcel para Schettino y Gravina, mientras que los abogados de Blumberg sólo habían reclamado cinco años para el primero, mientras que desistieron de presentar cargos contra el segundo. Pese a ello, tras el fallo, Blumberg criticó las absoluciones de ambos.
Los miembros de la banda, además del secuestro y asesinato de Axel Blumberg, fueron juzgados también por los secuestros extorsivos de Ana María Nordmann, Víctor Adrián Mondino y Guillermo Ortiz de Rosas. Ayer, a pocos metros de los acusados, se ubicaron entre el público la señora Nordmann y Ortiz de Rozas. La otra víctima, Mondino, ni siquiera declaró en el juicio porque después de su secuestro se fue a vivir a España. Los 16 imputados, incluyendo a los dos policías absueltos, se ubicaron justo en el centro de la sala de audiencias que, para este juicio, se montó en la sede de la Escuela Superior de la Prefectura Naval, en el puerto de Olivos. La sala estaba colmada de público y de periodistas de todos los medios. En la ocasión, los acusados estuvieron sentados cara a cara con los jueces Daniel Cisneros, Víctor Bianco y Luis Nieves.
"Este fallo es una mierda, una vergüenza. Esta gente mató y secuestró personas, había que separarlas de la sociedad", repitió una y otra vez Blumberg. El padre de Axel recordó que él había pedido "penas ejemplares que no se dictaron". Tanto el fiscal como la querella habían reclamado siete cadenas perpetuas, las de El Oso Peralta y José Díaz, dictadas por el tribunal, y las de Carlos Díaz, Sergio Damián Miño, Mauro Abraham Maidana, Andrea Mercado y Vanesa Maldonado, que recibieron penas de entre seis años y 8 meses y 20 años, pero no lo que pretendía Blumberg. Carlos Díaz, Miño, Maidana y Maldonado eran menores al momento de ocurridos los hechos. El único consuelo podría haber sido que el tribunal condenó a "reclusión perpetua" (la querella había pedido "prisión perpetua", levemente menor) a los dos jefes de la banda, pero el ingeniero no lo consideró así.
La mamá de Axel, María Elena Usonis, y quien era su novia, Estefanía Garay, rodeadas por familiares y amigas, hicieron comentarios de reprobación durante la lectura del fallo. "Esto es una vergüenza", se le oyó decir a la señora Usonis, que eludió dialogar con los periodistas. La mamá del joven asesinado llevaba puesta una remera con cintas negras que tenía el rostro de su hijo. En el caso de Axel Blumberg, el fallo de los jueces le apuntó, sobre todo, al trío formado por El Oso Peralta, José Gerónimo Díaz y su hermano Carlos Díaz. Se considera que llevaron la voz cantante en la decisión de asesinar al joven. Ellos fueron los que condujeron a Axel hasta el descampado de La Reja, en Moreno, donde cayó muerto el estudiante de 23 años, alcanzado por un disparo en la sien derecha, en la madrugada del 23 de marzo de 2004.
Ayer sólo se conocieron las condenas. Los fundamentos se difundirán en una audiencia pública que se realizará el 22 de noviembre. El veredicto consta de 54 puntos y los fundamentos están contenidos en un escrito de 900 fojas. Después del 22, las partes podrán apelar el fallo ante la Cámara de Casación Penal. Se supone que las defensas también elevarán sus quejas a la instancia superior, dado que el tribunal rechazó todas las nulidades que habían planteado durante la audiencia.
Durante el desarrollo de la audiencia, fue obvio que el comisario Juan José Schettino trató de evitar un encuentro cara a cara con el ingeniero Blumberg, quien después de conocer la absolución del ex titular de la División Antisecuestro, se quejó.
Schettino, acompañado por su esposa, recibió la felicitación de varios amigos y ex subordinados. El comisario sostuvo que ahora encarará "otra lucha", para volver al servicio activo. "Yo sigo siendo Policía, pero hay que ver qué pasa." A pocos metros, Blumberg, que tantas veces pidió más poder para la policía, se tomaba la cabeza por la absolución del ex jefe policial que varias veces anduvo sobre la pista del Oso Peralta, sin ningún éxito.

26 de octubre de 2006
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vuelve misa en latín


[Alan Cooperman] Papa decidido a revisar misa en latín. Antiguo rito tridentino fue remplazado en los años sesenta.
El Papa Benedicto 16 ha redactado un documento que permite un uso más amplio de la misa tridentina, el rito latino que fue en gran parte remplazado en los años sesenta con las misas en lenguas modernas, dijo ayer un funcionario de la iglesia.
El funcionario, que habló a condición de conservar su anonimato, declaró que en septiembre el Papa dijo a unos colegas que estaba escribiendo un documento de motu propio, y que iba ya en su tercera redacción.
"Habrá un documento, lo terminará pronto y será importante", dijo el funcionario. Benedicto "no dejará que esto sea dejado de lado", agregó.
El uso más amplio de la misa tridentina es una causa cara a muchos católicos, tanto por razones estéticas como ideológicas. Fue codificada en 1570 y fue la norma de la liturgia católica durante casi cuatro siglos, hasta que el congreso de líderes de la iglesia conocido como el Concilio Vaticano Segundo introdujera importantes reformas entre 1962 y 1965.
Para algunos católicos, el retorno de la vieja misa en latín es un símbolo de un conservador rechazo de lo que consideran los ‘excesos' que se produjeron con el Concilio Vaticano Segundo, dijo el reverendo Thomas J. Scirghi, que enseña teología litúrgica en la Facultad Jesuita de Teología de Berkeley, California.
Dijo que muchos feligreses asocian la misa tridentina con los bellos cantos gregorianos y con un servicio solemne, mientras que la nueva misa, introducida en 1969, la asocian con guitarras, tambores y experimentos de corta duración, como las ‘misas con pizzas', en las que se consagraban pizzas en lugar de ostias en un intento de atraer a la gente joven.
De hecho, la nueva misa puede celebrarse con gran solemnidad, sea en lenguas vernáculas o en latín, dice Nathan D. Mitchell, profesor de estudios litúrgicos en la Universidad de Notre Dame. Y la misa tridentina, agregó, "no se celebraba siempre con cuidado, pompa, beato y elegancia musical".
"Hay un montón de romanticismo sobre la vieja liturgia. La mayoría de las parroquias la celebraban con lo que llamaban misas bajas, sin cantos ni sermones, con el sacerdote murmurando inaudiblemente", dijo Mitchell.
Sin embargo, reconoció, la misa tridentina se ha convertido "en un símbolo de todas las cosas que la gente pensó que habían sido abandonadas y perdidas después del Concilio Vaticano Segundo. Eso incluye no solamente la liturgia, sino también una iglesia de disciplina y estructura jerárquicas visibles, la antigua doctrina del sacerdocio, la autoridad moral de obispos y el Papa, y un modo de concebir la relación de los hombres con Dios".
La vieja misa en latín no fue nunca formalmente prohibida, pero en la práctica desapareció en los años sesenta y hasta mediados de los ochenta, cuando el Papa Juan Pablo II la volvió a permitir limitadamente, autorizando a sacerdotes parroquiales a que la celebraran si contaban con el permiso de sus obispos. Algunos obispos han honorado generosamente esas dispensas. Otros, no.
En Washington, el nuevo arzobispo Donald W. Wueri, ha continuado la política de su predecesor, el cardenal Theodore E. McCarrick, haciendo fácilmente asequible la misa tridentina. Se celebraba los domingos en tres iglesias locales -Santa María Madre de Dios, en Chinatown, San Juan el Evangelista, en Forest-Glen en Silver Spring, y San Francisco de Sales, en Benedict, Maryland, de acuerdo a Susan Gibbs, portavoz de la diócesis.
En la diócesis de Arlington, a principio de año el obispo Paul S. Loverde permitió a dos iglesias, la de San Lorenzo, en Franconia, y la de San Juan Bautista, en Front Royak, que empezaran a celebrar los domingos la liturgia tridentina.
Los católicos tradicionalistas recibieron con alegría la inminente decisión del Papa, que fue primero anunciada el miércoles por el Time de Londres. Pero algunos se mostraron cautos, observando que durante meses habían circulado rumores de que Benedicto estaba a punto de otorgar un ‘indulto universal' a los sacerdotes que celebraban la misa tridentina.
"Creeré cuando lo vea, porque no podría decirte cuántas veces hemos creído que se iba a otorgar este indulto universal, que todavía no ocurre", dijo Kenneth J. Wolfe, 33, miembro del coro de Santa María Madre de Dios.
Los expertos predicen que el documento papal permitirá que más católicos conozcan la vieja liturgia, que no suplantará a la nueva misa, que es probable que siga siendo la norma en la mayoría de las diócesis.
"Aquí en la diócesis de Galveston, la misa tridentina se permite en una sola iglesia, y no asiste demasiada gente. Así que incluso si se otorga el indulto, no creo que se produzca una división muy grande en la iglesia", dijo el reverendo Michael Barrett, un sacerdote del Opus Dei que dirige la Capilla de la Santa Cruz y el Centro de Información Católico de Houston.
Sin embargo, el cambio podría ayudar a salvar la escisión entre el Vaticano y los seguidores del difunto arzobispo Marcel Lefebvre, un prelado francés que se opuso encarnizadamente a las decisiones del Concilio Vaticano Segundo. Benedicto se ha aproximado a los seguidores de Lefebvre, diciendo que les permitiría celebrar la vieja misa a cambio del reconocimiento de su autoridad.
"Esta es una gentileza hacia un grupo muy, muy pequeño, que él quiere que vuelva a bordo", dijo el monseñor Kevin W. Irwin, decano de la facultad de teología de la Universidad Católica.
Además, al permitir un uso más amplio de la misa tridentina se podría atraer a algunos viejos católicos que la echan de menos y a algunos jóvenes que sienten curiosidad por ella. Más importante, de acuerdo al reverendo Robert Gahl, profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma, la misa rectificará lo que Benedicto describe como un "rompimiento" de la tradición católica, debido a que la vieja misa fue suprimida efectivamente.
El Concilio Vaticano Segundo llamó a la "participación total, consciente y activa" de los feligreses en la misa. Como resultado, la nueva misa del domingo incluye tres lecturas de las Escrituras, en lugar de dos, y algunas pueden ser encargadas a laicos. Normalmente el sacerdote hace frente a la congregación y debe celebrar una homilía todos los domingos; en la misa tridentina, el sacerdote hace frente al altar, de espaldas a la congregación, y el sermón es optativo.
Mientras que la misa tridentina contiene sólo una versión de la oración eucarística -el momento en que los católicos creen que el pan y el vino se transfiguran en el cuerpo y la sangre de Cristo-, la nueva misa ofrece nueve versiones adicionales.
"La gente está cansada de no saber qué van a encontrar" cuando van a misa, dice el reverendo Joseph Fessio, el editor en lengua inglesa del Papa y un importante conservador de la iglesia estadounidense. "Benedicto está diciendo: ‘La gente tiene derecho a las costumbres espirituales inmemoriales de la iglesia'".

13 de octubre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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juzgados en el banquillo 7


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. Cultura del secreto.
El sentimiento de impotencia empieza a menudo en la puerta del juzgado. Muchos jueces trabajan en oficinas agobiantemente estrechas, donde hacen pasar a los involucrados de uno cada vez. Muchos toman declaraciones, resuelven diferendos o dictan veredicto en casos criminales sin notificar al fiscal, ni a los abogados y ni siquiera a la gente directamente involucrada. Algunos jueces pueden ser muy selectivos, según muestran archivos del estado: En un proceso criminal en 1999, en Kinderhook, al sur de Albany, el juez Edward J. Williams admitió a todos en su sala, menos al abogado de la víctima.
Las sesiones del juzgado pueden ser igual de imprevisibles -realizadas rara vez o en horarios estrafalarios, o suspendidas sin previo aviso. En 2004, el Fondo de Defensa Jurídica y Educacional de la NAACP constató que la gente que esperaba juicio en el condado de Schuyler en Finger Lakes era encarcelada durante meses simplemente a la espera de que el juzgado se reuniera nuevamente. Un estudiante de secundaria detenido por un cargo de drogas de poco monta en el verano de 2003 todavía estaba en la cárcel en octubre, esperando su juicio.
Pero el mayor obstáculo es saber qué pasa en los juzgados.
Una abogado de oficio, de Rochester, Laurie Lambrix, dijo que cuando recurrió en el caso de una madre de seis hijos -una mujer negra desalojada en 1999 por su casero blanco que, según ella, había hecho comentarios racistas-, un juez de la cercana Gates le dijo que no podía consultar las actas judiciales de su propio cliente. "Yo sabía que las actas judiciales eran públicas", dijo Lambrix. "No podía creer que el juez fuera tan ignorante".
Pero tuvo suerte; al menos se llevaban actas, las que finalmente consiguió. En muchos juzgados es prácticamente imposible reconstruir lo que ha ocurrido. Algunos pueblos utilizan mecanógrafas o sistemas de grabación, y algunos jueces garabatean sus notas cuando presiden. Pero en algunos casos ni siquiera hay apuntes.
Cuando alguien apela, la ley exige que los jueces escriban un sumario del caso. Los jueces dijeron en entrevistas que sus decisiones eran de todos modos rara vez recurridas, y era incluso más raro que fueran revocadas.
La Comisión Encargada de la Conducta Judicial, entonces, sigue siento la última línea de vigilancia de los jueces, y sólo para aquellos que han provocado suficiente preocupación como para ser reportados por un fiscal, un abogado o un ciudadano. Pero la comisión se ha estirado y está "persistente, aguda e insuficientemente financiada", como se lamenta en un informe anual. Su personal a nivel nacional, que era de 63 empleados en 1978, cuando empezó, se ha reducido a 29.
Los partidarios de los juzgados de paz han sostenido durante largo tiempo que no son peores que los tribunales superiores, mencionando cifras de la comisión que muestran que los jueces son disciplinados con casi la misma frecuencia que sus colegas de tribunales superiores. Pero respondiendo a preguntas del Times, funcionarios de la comisión estudiaron los archivos de tres décadas de la agencia y descubrieron -para su sorpresa- que los casos contra los jueces locales eran castigados con más severidad.
Aunque los jueces locales son el 66 por ciento de los jueces de Nueva York, constituyen un 76 por ciento de los 147 jueces que han sido despojados de sus cargos.
El año pasado, seis jueces fueron públicamente reprendidos por segunda vez, más reincidentes que nunca. Pero Tembeckjian, el administrador de la comisión, dijo que la agencia no tenía recursos para vigilarlos más estrechamente.
"Sería en beneficio del público que la comisión controlara si un juez ha solucionado los problemas que tenía", dijo. "Pero nosotros simplemente no tenemos los recursos para hacer eso".
Lawrence S. Goldman, presidente de la comisión hasta abril, dijo que todos los jueces deberían ser abogados. Su sucesor, el abogado de divorcios Raoul Felder, no discutió la calidad de los juzgados locales, pero predijo que se tomarían medidas pronto.
"Eso es algo que tendrá que tratar el próximo gobernador", dijo. Existe una controversia, y este tema ha sido desdeñado durante muchos, muchos años".

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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morir como nn


[Cristian Alarcón] Los que mueren con droga en el estómago. "Mandame el envase", o "se rompió el envase" dicen los narcos.
Entre fines del año pasado y el actual aparecieron siete cadáveres de personas que habían ingerido paquetes de cocaína. Dos de ellos habían sido eviscerados para extraerle la carga. Más de una ‘mulita' por mes es detenida en Ezeiza tratando de introducir o sacar droga con esa modalidad y la tendencia es creciente según las autoridades
Son el eslabón más débil. El que puede morir sin ser nombrado: como NN. Como un nadie, en una esquina del Bajo Flores; en el cuarto sórdido de un hotel, en San Telmo; apenas pisan el aeropuerto, cuando llegan a destino y se creen a salvo. Es probable que ni se den cuenta. Que ni siquiera perciban la cabalgata extrema de las palpitaciones del corazón cuando una cápsula de las que llevan en la panza se rompe y la droga ingresa al torrente sanguíneo, mortífera. Entonces sobreviene la inconciencia, el final. Son historias cortas: la pobreza, la necesidad, la propuesta, tragarlas y cruzar las fronteras. Pero no son pocas. Una investigación judicial revela que sólo en la ciudad de Buenos Aires durante los años 2005 y 2006 aparecieron siete cadáveres de personas 'ingestadas' con envoltorios de cocaína. Dos de esos cuerpos muestran la cara más sofisticada del negocio global de la droga: una joven mujer y un hombre aparecieron 'eviscerados'. Un profesional, al menos un médico cirujano, operó a las mulas para quitarles la costosa carga que llevaban encima. Es parte de la lógica de los negocios del narcotráfico; poco está librado al azar. En los diálogos de los narcos queda claro qué son los correos de drogas para las organizaciones que los reclutan: "Mandame el envase. El envase está temblando. Se rompió el envase", suelen decirse.
La tendencia creciente es imparable. Las mulas son un método hormiga pero efectivo de transporte de droga. Cada persona puede llevar hasta un kilo de droga. El riesgo de un solo y enorme envío se divide por cientos o por miles. Los grandes embarques en buques que salen de los puertos de Buenos Aires, Campana y Mar del Plata tardan en llegar a destino, y si caen significan pérdidas millonarias. Nada es tan dúctil, urgente y efectivo como un correo humano. Las necesidades del mercado argentino, por un lado, y del mercado europeo, por otro, suelen ser cambiantes. Como en todo juego de oferta y demanda, en el de las drogas, la demanda manda. "Hemos podido comprobar –dice a Página/12 una fuente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria– cómo les reclaman por teléfono que necesitan algo expreso. En Europa la avidez es mucha, como la competencia. Cuando hay zonas que se quedan sin mercadería, entonces piden".
Si es por cantidades se puede comprobar la tendencia con revisar las cifras relevadas por la PSA, bajo la intervención del criminólogo Marcelo Saín, y por la Aduana, las dos fuerzas que controlan los ingresos y egresos de pasajeros en Ezeiza. Según los archivos de la PSA, intervenida por la gestión de Saín, mientras en 2004 no se detectó una sola mula ‘ingestada', entre 2005 y agosto de 2006 se descubrió a 15 personas con cocaína en el vientre, más de un caso por mes: un cinco por ciento de los 275 procedimientos realizados. En la Aduana, dirigida por Ricardo Echegaray, no cuentan con datos de 2005, pero en lo que va de 2006 –la información está actualizada hasta septiembre–, de las 52 mulas detenidas, el 20 por ciento estaban ingestadas. En total, entonces, en sólo nueve meses en Ezeiza cayeron 19 mulas ingestadas, a razón de una cada quince días. Si a esta lista le agregamos los siete que murieron, el número de mulas descubiertas sube a 26.

Íñigo
Las radiografías sobre una lámpara en la pared muestran un manchón blanco. En el hospital al que son llevados todos los detenidos en el aeropuerto de Ezeiza supuestamente cargados de droga hoy no funciona el equipo de rayos X: es un repuesto de esos que no se consiguen lo que tiene ampollando a las dos supuestas mulas en observación, con custodia y tras un biombo, una dominicana y un joven paraguayo. Un civil de la PSA de unos 25 años estudia de un libro de derecho penal. Una mujer de civil mira la tele. Dos guardias aduaneros que no tienen 20 años parecen dormitar abombados por el olor a líquidos médicos que satura el ambiente: hay una tercera persona en observación. Sobre la pared hay, además de los esqueletos iluminados de las mulas, un cartel viejo, enmarcado: ‘Decálogo del desaliento'. En un pizarrón negro alguien ha dibujado unas tripas que marcan la dirección que deben recorrer las cápsulas tragadas hasta salir del cuerpo: intestino delgado, intestino grueso, colon.
A este mismo lugar entró el último 26 de diciembre, inconsciente, Íñigo Larrañaga Lamy. El español, de 31 años, simulaba ser un turista que regresaba a su tierra, Donostia, en el país vasco, vía Madrid, el destino del ochenta por ciento de las mulas que salen de la Argentina en avión. En su caso, nada tuvieron los médicos para hacer. Una de las cápsulas que llevaba en el estómago y los intestinos estalló. El diagnóstico del forense que le hizo la autopsia, el doctor Trezza, al que tuvo acceso Página/12, dice lo que es habitual en estos casos: congestión y edema pulmonar. "La cápsula se abre en el intestino y entra por vía endovenosa. La mayoría muere por la intoxicación –explica a Página/12 uno de los médicos que atiende a estos pacientes–. La persona de pronto entra en inconciencia. Primero hay una alteración del ritmo cardíaco y se da una fibrilación ventricular, como una muerte súbita. Las aurículas y los ventrículos laten en forma desincronizada. Se produce una alteración en los vasos porque se dilatan y esto produce retención de agua en los pulmones. Por eso el diagnóstico es edema pulmonar." Apenas esa información recibieron los padres de Íñigo, que nueve días después le ofrecieron una misa para que recibiera los sacramentos y la bendición, y publicaron la convocatoria en un obituario virtual.
Fue en 1994. La sala de terapia intensiva del hospital era entonces un tanto más pobre que ahora. Los médicos recibieron el primer ‘encapsulado' sin saber qué hacer. Poco a poco los casos fueron aumentando. Hasta que se hicieron habituales a fines de la década. Entonces, con los mismos sueldos de la salud bonaerense, con los mismos equipos, con las misma falta de insumos, a los pacientes de la zona se les sumaron, como parte del paisaje diario, las mulas en reposo. Cuando un pasajero es detectado por las policías del aeropuerto –la PSA y la aduanera– su caso es comunicado a un juez en lo penal económico, y se lo deriva a ese salón de paredes en un beige percudido que se descascara por partes. Los médicos dan allí su silenciosa pelea: "salvarles la vida y hacerlos evacuar", resume uno de ellos, elegante para decir. Pero lo cierto es que todo resulta más o menos escatológico y trágico aquí. Los seres que respiran este aire viciado, los ancianos decrépitos en sus camas, los enfermeros que a pesar de todo parecen de buen humor, los policías que los custodian comparten este destino sórdido. El hospitalito, además, está repleto de pacientes pobres que buscan calmar sus dolores. Y tiene un nombre que remite a la piedad por los enfermos: Hospital Zonal de Agudos Sor Teresa de Calcuta.

NN
En el rastreo de información perdida en diversos organismos oficiales sobre las víctimas del narcotráfico, Página/12 detectó un trabajo de los médicos forenses de la Suprema Corte de Justicia y de la Morgue Judicial de la calle Pasteur. La pericia buscaba detectar los casos en los que aparecía la presencia de cocaína en los muertos de la ciudad de Buenos Aires. Se hizo en secreto a pedido de la fiscal de Instrucción, Mónica Cuñarro, y hace un mes y medio que el informe escrito por los expertos se encuentra en la Unidad Fiscal de Investigaciones sobre Drogas, Ufidro.
A raíz del estudio, los peritos informaron que hubo seis casos de muertes por absorción de una cápsula –este diario detectó un séptimo caso relevado por la PSA– y otros 59 en que hallaron presencia de cocaína aunque no se determinó si fue causal de muerte o simplemente los difuntos eran consumidores. Al forense Carlos Ernesto Navari, uno de los más prestigiosos peritos del país, le tocó hacer una de las autopsias, quizá la más particular de todas: uno de los dos NN.
Navari desgrana en su informe los datos del correo humano. Era un hombre de entre 50 y 60 años. Medía 1,54. Tez trigueña. Cabello negro canoso. Nariz grande y ancha. Tenía tatuada una letra M en el brazo izquierdo, en el muslo una cruz, y detrás de la pierna una silueta de mujer. Tiraron su cuerpo envuelto en una alfombra en la esquina de Lacarra y Riestra, entre las villas Fátima y Soldati, cerca de Lugano. "Parcialmente eviscerado", se lee en la causa judicial caratulada como ‘homicidio simple' que pasó sin grandes novedades de la Fiscalía 8, a cargo de Mariano Salessio, al Juzgado en lo Criminal de Vilma López y por fin a uno del fuero federal.
Lo habían abierto con un corte de 25 centímetros, cruzado por otro de 20 centímetros a la altura del ombligo. El informe de Navari detalla que le habían quitado el intestino delgado atando los extremos con cuerda de albañil; lo mismo habían hecho con el colon, atando en ese caso los cabos sueltos con un cordón de zapatos en el que quedaron restos de cocaína. La intervención quirúrgica post mortem a esta mula fue de tal precisión que los narcos que la vaciaron le dejaron en el cuerpo envoltorios con cocaína sólo en el sigmoide –el último tramo del colon– y en el recto.

Salvadores
Los forenses huyen del periodista como si vieran un fantasma de los muertos cuyo martirio estudian. Los médicos odian hablar. Los policías se cuidan de sus palabras. Los fiscales y los jueces no quieren aparecer. Todos se quejan de lo mismo: están solos, dicen. Aunque, sin ánimo de comparar vulnerabilidades, nadie parece tan desprotegido como los profesionales que atienden la terapia intensiva del Sor Teresa de Calcuta. Allí se comprende mucho de la débil estructura del Estado para avanzar, o al menos para no permitir, entre otras cosas, el avance del narcotráfico.
"Nuestro trabajo es en silencio. Peleamos por la vida de estas personas desde hace mucho tiempo", dice el médico, un ser de ojos vivaces y porte de soldado en la trinchera: la vista al frente, profundo; la espalda recta, el mentón apenas elevado en señal de dignidad; la desconfianza con el forastero. ¿Qué hace aquí? ¿Qué busca? ¿Para qué hablar de esto que a nadie le importa? "La ingestión de una cápsula es un peligro. Nunca sabemos qué va a pasar hasta que sale la primera. Nunca se sabe en qué tiempo se rompe. Tratamos de hacerlos evacuar. Pero lo que se trata de evitar antes que cualquier otra cosa es la muerte de la mula."
Y por increíble que parezca, a veces, aun cuando la cápsula ya se rompió, lo logran. Pasó hace poco, en el hospitalito. "A uno le llegan en coma –dice el doctor–. No sabés qué tiempo llevan así. Se practica una intubación orotraqueal desde la boca al pulmón y una reanimación, pero casi en el ciento por ciento de los casos mueren." Era un capsulero peruano. Venía en un vuelo de Taca, Perú, desde Lima. Se descompuso al llegar a Ezeiza. La policía lo detectó por eso y salió con él en esa única camioneta que tienen y que no siempre funciona, hacia la terapia intensiva, a cinco minutos por la autopista. Los cirujanos lo abrieron a tiempo: ubicaron la cápsula rota, la sacaron y la mula vivió, lo suficiente como para ir presa. Su caso se convirtió en una investigación que permanece en el secreto de sumario y que tiene como objetivo una red internacional.
En la lista de muertes a la del NN envuelto en una alfombra se suma el caso de una mujer de unos 25 años, blanca, de metro 64 de altura, cabellos negros. Apareció flotando en el Riachuelo el 21 de marzo. También había sido eviscerada: tenía una herida de cuarenta centímetros en el abdomen suturada con hilo de lino y algunos órganos con ligaduras de goma. En la Fiscalía de La Boca, donde investigan la muerte, se presentaron algunas personas convencidas de que la mujer era un familiar desaparecido. El fiscal José María Campagnolli ordenó realizar los estudios de ADN, pero dieron negativo en todos los casos.
Durante 2005 Gabriela Noemí Lugo, una chica paraguaya de 22 años, murió en San Telmo, en la habitación número 7 del hotel de Perú 1681. Le había estallado una cápsula en el estómago. De la misma manera terminó Juan José Núñez Reyes, un moreno dominicano de 21 años, un metro setenta. Se descompuso en el taxi, mientras iba al aeropuerto de Ezeiza. Entró muerto al hospital Piñeyro. El 22 de febrero le pasó a José Miguel Castillo Romero, un peruano de 50 años que se descompuso al llegar a Ezeiza, donde pidió ayuda en la enfermería del aeropuerto, pero sin confesar lo que llevaba adentro. Cuando entró en el Sor Teresa de Calcuta ya era tarde. Le extrajeron 47 cápsulas: 286 gramos valuados en unos 1600 dólares en Buenos Aires, y en unos 16 mil euros si seguían, en él o en otra mula, rumbo a Europa.
El relato sobre estos eslabones del narcotráfico es, podría decirse, inviable. Sus huellas se pierden en la prisión o en la autopsia. De ellos quedan apenas las narraciones de los médicos y los forenses. ¿Qué logran ver los profesionales en estos cuerpos? "Vemos que hay otros profesionales que trabajan con esto. La preparación de los que están del otro lado, trabajando también para ellos." ¿Qué sensación tienen ante estos sujetos?
"Desesperación. En general hacen cosas así porque necesitan sobrevivir. Muchos son engañados, los usan como objetos. La película María, llena eres de gracia es tal cual el cuadro que vemos acá. La sensación es que para el narcotraficante esta persona es algo descartable." Envases.

9 de octubre de 2006
página 12
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juzgados en el banquillo 6


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. Poder y prejuicios.
Pocos de los que llegaron a su juzgado le dijeron a Donald R. Roberts que estaba equivocado. Robusto ex guardabosques, estaba trabajando como chofer de un camión de una compañía de gasolina cuando fue nombrado juez de paz de Malone, cerca de la frontera canadiense, en 1993. Cuando fue cesado cinco años después, la Comisión Encargada de la Conducta Judicial lo despidió con una hiriente descripción: "un juez con prejuicios, mezquino y matón".
Fue el juez Robert el que declaró que las mujeres necesitaban "una buena paliza". Ya había tenido conflictos con el fiscal de distrito del condado por su resistencia a emitir órdenes de protección.
Cuando un vecino del pueblo pidió que el dentista que lo había demandado fuera obligado a acercarse al juzgado a demostrar sus acusaciones, el juez Roberts le dijo al hombre, que tenía un apellido hispano: "Tú no eres de aquí y no es así como hacemos las cosas aquí". El juez no mencionó que el demandante era su propio dentista.
En Nueva York un argumento corriente a favor de los juzgados es que los jueces locales conocen a la gente y sus problemas. Pero eso mismo puede ser un problema cuando los jueces utilizan esos conocimientos para favorecer a sus amigos y avasallar al resto.
"Tienen sus propios feudos", dice Laurie Shanks, profesora en la Facultad de Leyes de Albany. "Algunos son déspotas benevolentes, pero siguen siendo déspotas".
Una y otra vez, según muestran los archivos de la comisión, los jueces han presidido casos en los que estaban implicadas sus propias familias.
En este departamento, Pamela L. Kadur puede sustentar un récord. Como juez de paz en Root, al occidente de Schenectady, presidió al menos siete casos que implicaban a familiares suyos, que fueron a menudo tratados con indulgencia, declaró la comisión cuando ordenó su despido en 2003. Según la comisión, la jueza Kadur trató un caso de exceso de velocidad de su propio hijo en la cocina de su casa, y luego trató de encubrir la relación de parentesco en los libros escribiendo mal su apellido.
Un juez de toda la vida de un pueblo cerca de Albany dejaba que un amigo que poseía una autoescuela se sentara a su lado en el estrado; cuando el juez resolvía que alguien debía seguir un curso de conducción, sólo aceptaba la autoescuela de su amigo. Otro juez, en el condado de Rensselaer, dijo al chofer acusado de conducir en estado de ebriedad que no le retiraría el carné de conducir porque "no puedo hacerle eso a un colega camionero".
Históricamente muchos jueces han sido agentes de policía, y los abogados se quejan de que muchos de ellos favorecen indebidamente a la policía y a los fiscales.
Algunos jueces, inseguros sobre la ley, han llegado a descansar demasiado en las autoridades. Elaine M. Rider, que presidía en Waterville, cerca de Utica, dijo "realmente no tengo tiempo para resolver esto" cuando un acusado alegó que la evidencia había sido obtenida ilegalmente. Así que hizo que el fiscal redactara su decisión, dijo la comisión.
Pero uno de los prejuicios más corrientes en los archivos de la comisión es mucho más elemental, y también se puede encontrar a menudo en los suburbios de las grandes ciudades con tribunales de aspecto oficial y abogados en el estrado.
En sus veinte de años en el oficio en Haverstraw, en el condado de Rockland al norte de Nueva York, el juez Ralph T. Romano, llamaba la atención por su opinión sobre las mujeres, según muestran archivos del estado. En el juicio de un hombre acusado en 1977 de haber golpeado a su mujer en la cara con un teléfono, se rió y preguntó: "¿Qué hay de malo en ello?" En el juicio de una mujer por cargos de que había abusado sexualmente de un niño de doce, el juez preguntó a la sala: "¿Dónde estaban estas chicas cuando yo tenía doce?"
Al otro lado de Hudson, Joseph Cerbone, el juez de Mount Kisco, con el violín en miniatura, convenció a una joven mujer de que retirara su acusación contra el hijo de una pareja para la que había trabajado. Dijo a la comisión que aunque no creía en la opinión del juez de que el hijo era un "tipo decente" que había "cometido un error", ella no tenía alternativa.
"Sentí que no había nadie que me apoyara, nadie que me ayudara", dijo. "Y cuando el juez me llamó por teléfono pensé que quizás cometería un error si no retiraba los cargos".
Pero el daño humano puede ser mucho peor en una pequeña comunidad donde el juez a menudo es el funcionario local más poderoso.
En sus once años como juez de Dannemora, en el condado North, Thomas R. Buckey tenía su propio tratamiento especial para acusados sin demasiado dinero: Aunque fueran declarados inocentes, los obligaba a realizar trabajos comunitarios para pagar a los abogados nombrados por el juzgado, aunque los abogados defensores y el fiscal de distrito le recordaran durante años que la ley garantizaba un abogado sin coste alguno.
"Lo único inconstitucional de esto", dijo a la comisión cuando fue despedido en 2000, "es que esos aprovechados lo quieren todo gratis".
Encarceló en dos ocasiones a David Velie, un chico de 19 acusado de un delito menor, aunque la ley establece que debía dejarle en libertad con fianza. En una entrevista, Buckley explicó que el joven había sido un alborotador "desde su nacimiento".
Como otros muchos jueces de pueblo chico, dijo que muchas de sus decisiones eran soluciones prácticas. "Tienes que usar tu propio juicio", dijo. "Es por eso que nos llaman jueces. La ley no siempre es correcta".
Algunos vecinos dicen que debido a que la ley no les protegía, vivían con miedo. Debra E. Bordeau, la vecina del juez, dijo que se escondió cuando el juez la amenazó con meterla en la cárcel por una riña por su perro, el que ordenó que fuera matado.
Y Carson F. Arnold Sr., un contratista de un pueblo cercano, fue encarcelado durante cinco días después de que una mujer que conocía al juez Buckley se quejara de que Arnold la había amenazado, dijo la comisión. No hubo juicio. El juez simplemente le dijo a Arnold que se callara, y lo sentenció sin posibilidad de fianza.
"¿Durante cuántos años trató así a la gente?", preguntó Arnold en una entrevista. "¿Cuántos debieron soportar sus acciones?"

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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no quiere conocer a sus padres


[Mariana Carbajal] Claudia Lucena y Antonio Taczurak tuvieron una hija siendo adolescentes. Pero la madre de ella decidió entregar a la beba.
Ellos nunca dejaron de ser pareja: se casaron y tuvieron tres chicos más. Tampoco dejaron de buscar a aquella otra niña. Ahora, finalmente la encontraron. Tiene 24 años, dos hijos, una vida hecha. Y todavía no se anima a conocer a sus padres biológicos.
Podría ser el guión de un culebrón, pero esta historia no tiene personajes de ficción y su final aún no fue escrito. Claudia Lucena, una morocha tucumana de ojos color carbón, y Antonio Taczurak, rubio de raíces ucranianas y ojos celeste mar, están embarcados hace más de dos décadas en una búsqueda desesperada: la de su hija mayor. Claudia la tuvo a los 14 años y su madre la obligó a darla en adopción. Antonio se enteró del nacimiento tiempo después, porque a ella, su noviecita, la encerraron y le prohibieron verlo los nueve meses del embarazo. A pesar de que le rogaron de todas las formas que les revelara a quién había entregado la bebita, la madre de Claudia se llevó el secreto a la tumba. Pero Claudia y Antonio, que continuaron aquel amor adolescente y ya llevan casi veinte años de casados, nunca dejaron de buscarla, siguiendo las pistas de una adopción cuyas huellas se trataron de borrar. Hasta que un día, a través del Area de Menores de la Suprema Corte Bonaerense, consiguieron localizarla. Pero su búsqueda continúa, porque aquella niñita hoy convertida en una mujer joven todavía no aceptó conocerlos. Una historia de película, con protagonistas de verdad.
Claudia tiene ahora 39 años y Antonio, 41. Viven en la localidad de Olmos, una zona descampada en las afueras de la ciudad de La Plata, donde en las noches sin nubarrones las estrellas se cuentan de a miles. El amplio chalet de tejas rojas y paredes blanquísimas llama la atención en un barrio de casitas chicas, jardines pequeños y pocos lujos. Justo enfrente viven los padres de Antonio, Julia y Guillermo José, descendientes de ucranianos, que durante años trabajaron como albañiles –tanto ella como él– para darles de comer a sus hijos. Antonio, de pibe, también fue albañil. Trabajaba de día y estudiaba de noche. Y fue por esos años de la adolescencia cuando conoció a Claudia, que era compañera de escuela de su hermana menor. Y se hicieron novios. Ella tenía 13 y él, 15.
–Tenía una sonrisa, una alegría, una pureza. Yo me quedé loco con ella –-recuerda Antonio. Y Claudia se sonríe, con unos dientes blanquísimos que le iluminan la cara. Pero Claudia, dice Antonio, fue perdiendo esa alegría en todos estos años de búsqueda de María de los Angeles: así, saben ahora, es como bautizaron sus padres adoptivos a la hija que ellos perdieron.

Capítulo II
La beba nació el 22 de junio de 1982 en el Hospital Gutiérrez, de La Plata. Claudia la tuvo en soledad, después de pasar nueve meses encerrada en su propia casa, sin que Antonio supiera del embarazo.
–Cuando mi mamá se enteró de que yo estaba embarazada no me dejó verlo más y me encerró en mi casa. Ella trabajaba en casas de familia y vivíamos con mi padrastro, que se emborrachaba y le pegaba, y yo la pasé muy mal esos nueve meses encerrada, comiendo poco, sin atención médica.
Claudia habla bajito, como avergonzada de aquella situación. Para Antonio, la chica que lo había enamorado de pronto se había esfumado sin dejar rastros. Cada vez que iba hasta lo de Claudia a preguntar por ella, le decían que se había ido a Tucumán. Pero Antonio, prendado como estaba de aquella morochita de ojos vivaces y sonrisa fácil, insistía cada viernes, acompañado por Julia, su mamá. Y nada.
–La madre siempre nos negó que estuviera ahí. Ni nos quería dar la dirección adonde supuestamente se había ido. Después supimos que Claudia estaba adentro y escuchaba cuando golpeábamos y hablamos con su mamá –recuerda Julia, la suegra de Claudia, una mujer robusta, de sesenta y largos y mirada cálida.
–¿Es cierto? ¿Usted la escuchaba?
–Sí, yo escuchaba la voz de él y de ella –responde Claudia–. Tenía ganas de gritar pero no decía nada porque tenía miedo de que después me pegaran, porque ellos eran de pegar y me tenían amenazada.
A esta altura del relato es posible imaginar lo que Claudia corroborará a lo largo de la charla: la relación entre ella y su madre era muy mala. Ni siquiera la mujer la acompañó durante el parto ni la fue a visitar los dos días que estuvo internada en la maternidad del Hospital Gutiérrez. Ella, con sus 14 años recién cumplidos, dio a luz con un obstetra que nunca antes había visto, y sin haberse hecho ningún control médico durante todo el embarazo.
–Esa beba era mi sueño. Yo pensé que me la llevaba a mi casa. Todo el mundo me la venía a pedir como si fuera un paquete de yerba.
–¿Quiénes la pedían?
–Los médicos, las enfermeras, porque yo era un nena... y me la querían sacar. Y yo les decía que no, que esa beba era mía, que mi mamá me iba a ir a buscar. Pero mi mamá no fue a visitarme y el día que me fui del hospital me estaba esperando afuera con otra mujer y me robaron a mi hija.
Al rememorar aquella escena, a Claudia se le entrecorta la voz, se le caen algunas lágrimas. A su esposo, también.
–¿Cómo que la robaron?
–Mi mamá me dijo: dale la beba a ella que dentro de unos días la vamos a ver. Yo, como hija, confié en mi mamá. Pero nunca más volví a ver a la nena.
–¿Qué recuerda de esa beba?
–...
Claudia no puede seguir hablando. Trata de secarse los ojos, pero siguen mojados. Se toma unos minutos para recuperar la voz, pero no puede evitar que le gane el llanto:
–Mientras estaba en el hospital, yo no podía ir al baño por temor a que me la robaran. Le daba el pecho y ella me miraba. La cambiaba como a una muñeca. Ese es un recuerdo que no me olvido... Mi mamá jamás me dijo que la iba a dar en adopción... Fue terrible, fue terrible –repite Claudia y otra vez se ahoga en tristeza, una tristeza que, dice, la sigue desde hace años.
–¿Llegó a ponerle nombre a la beba?
–Sí, le puse Mariana. Se parecía a él -–dice señalando a su marido–-, cutis blanco, rubia. Tres kilos trescientos pesaba. Era hermosa...
Claudia cuenta que Herminia Lucero, su madre, la mandó una semana a un hogar "hasta que se me secaran los pechos", que ya estaban llenos de leche para una hija que nunca más pudo amamantar. En ese hogar, recuerda bien, había otras chicas embarazadas que como a ella les iban a sacar sus bebés para darlos en adopción. Sobre ese lugar, Claudia prefiere no dar más detalles.

Capítulo III
Después del parto, Claudia no quiso volver a su casa. Empezó a trabajar como empleada doméstica, cama adentro. Y se reencontró con Antonio. No recuerdan bien cuánto pasó, pero un día le contó la verdad sobre ese año en que ella había desaparecido de la tierra.
–A mí se me vino el mundo abajo -–dice Antonio. Y ahora es él el que solloza–. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. No podía creer que una madre hiciera eso con su hija. La madre era una bestia. Si yo me hubiese enterado de ese embarazo la historia hubiese sido otra, porque yo tenía el apoyo de mi mamá, de mi familia –-sigue hablando entre lágrimas–-. Lo que hizo sufrir a mi amor y a mi hija nunca se lo voy a perdonar. El sufrimiento de Claudia nadie se lo arregla. Las marcas están y van a seguir estando.
Claudia está bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico para tratar de superar el trauma que le dejó la pérdida de su hija.

Capítulo IV
Pasaron los años y el amor entre Claudia y Antonio no se evaporó. El terminó el secundario y siguió la carrera dentro del Servicio Penitenciario Bonaerense. Cuesta imaginar que este hombre que se deshace en lágrimas sin pudor mientras cuenta cuánto necesita abrazar a esa hija extraviada hoy esté al frente de una unidad carcelaria.
La pareja se casó el 4 de marzo de 1988: ella de vestido blanco, largo, con coronita de flores y todo; él de traje oscuro y corbata. Así, de la mano, se fotografiaron en las escalinatas del Palacio Municipal de La Plata. El matrimonio tuvo tres hijos más: Moni, que ya tiene 16, Guillermo, de 15 y Marcelo, de 10. Fotos de los tres adornan las paredes blancas del living. En la vitrina del comedor se lucen con orgullo los trofeos que ganó Guillermo con su equipo de fútbol, y los que obtuvo Moni, en torneos de patín.
–A los chicos no los hacemos participar de esta búsqueda para no generarles falsas expectativas. Para nosotros han sido veinticuatro años de sufrimiento y no queremos que ellos también sufran -–dice Antonio.
Recién cuando nació Mónica, Julia, la madre de Antonio, se enteró de que tenía una nieta perdida. Porque a poco de nacer su segunda beba, Claudia sufrió un ataque de nervios y a los gritos, descontrolada, empezó a repetir: "¡Tengo otra hija, tengo otra hija!".
–Yo pensé que era un delirio. No lo podía creer –-recuerda la madre de Antonio lo que pensó al escuchar el relato de su nuera.
–Imagino que le preguntaba a su mamá a quién le había dado la beba. ¿Qué decía?
–Me decía que la culpa era mía, que yo la había dado, pero si yo era una nena....
Herminia nunca les dijo a quién la había entregado. Nunca. A nadie. Ni a su consuegra. Ni a su nieta Moni, que un día le suplicó de rodillas porque quería conocer a su hermana mayor y lo único que consiguió de su abuela fue que le dijera que aquella chiquita era parecida a ella. Pero Herminia jamás los ayudó a encontrarla. Y se murió hace dos años sin abrir la boca.

Capítulo V
A pesar de no tener un dato preciso y de sentir que era una búsqueda casi a ciegas, Antonio y Claudia siempre trataron de localizar a la hija perdida, porque, dicen, nunca la pudieron olvidar.
–En cada aniversario familiar, en casa fiesta, en cada Navidad, siempre nos juntamos en un rincón, los dos solos, y la recordamos –cuenta Claudia.
–Mucha gente nos decía que no la buscáramos porque era muy chiquita y si se enteraba que no estaba con sus verdaderos padres le podíamos hacer un daño enorme, que era mejor que supiera su verdadera historia de más grande, y así estuvimos años, buscando datos, sin saber qué era lo mejor para ella. Lo último que queríamos era hacerle daño. Nosotros no queremos molestarla, queremos que conozca sus raíces, a sus hermanos. No queremos ocupar el lugar de nadie –dice Antonio.
Varias veces fueron al Hospital Gutiérrez en busca de alguna pista, pero siempre volvían con las manos vacías. Hasta que un día "alguien bueno", dicen, se conmovió con su relato y les dio una copia de la hoja del libro donde estaba asentado el ingreso de Claudia a la maternidad, aquel 22 de junio de 1982.
–Ese papel lo tengo guardado como oro -–dice la suegra.
Pero la nena nunca llegó a ser anotada en el Registro Civil como hija de Claudia y como no conocían qué nombre llevaba no podían buscar quién la había adoptado, para saber dónde vivía.
–Nos dijeron que en esos tiempos era común que la guarda en adopción se hiciera a través de un escribano –señala Antonio.
Entonces fueron al Colegio de Escribanos de La Plata para ver si podían dar con algún dato esclarecedor. Pero les dijeron que no había forma de ubicar aquella escritura pública.
–Ese día, me acuerdo –sigue Antonio–, sentíamos que una vez más los caminos se nos cerraban. Al salir de la oficina, nos sentamos en un canterito, desconsolados. Y vimos enfrente el Palacio de Tribunales. Y pensamos: la Justicia nos tiene que ayudar, porque hasta ahí gente de buena voluntad nos había ayudado.
Así llegaron al Area de Menores de la Suprema Corte Bonaerense, la oficina que encabeza la doctora Stella Testoni, en cuyos archivos se guardan todos los registros de las adopciones de la provincia de Buenos Aires (ver aparte). Tras algunos meses de revisar carpetas viejas y papeles amarillentos, Testoni pudo encontrar el expediente de adopción de María de los Ángeles y logró saber dónde vivía. Curiosamente, había crecido muy cerca de los Taczurak: en la ciudad de La Plata.

Capítulo VI
Testoni citó primero a sus padres adoptivos para saber si la joven sabía que había sido adoptada. Una vez que le dijeron que sí, la convocó a su despacho. María de los Ángeles supo de boca de la prosecretaria de la Corte que sus padres biológicos querían reencontrarla: escuchó sin mostrar demasiado interés y observó las fotos que Claudia y Antonio le habían dejado a Testoni, donde se los veía a ellos dos y a sus otros tres hijos, hermanos de sangre de la muchacha. Pero María de los Ángeles, hoy de 24 años, no dijo palabra. Sí, con disimulo, guardó en su cartera una fotografía de Antonio.
Según le contó luego Testoni al matrimonio Taczurak, efectivamente ella es muy parecida a Antonio. Está casada y sigue viviendo en La Plata. Esta reunión ocurrió unos tres años atrás. Por aquel entonces, María de los Ángeles estaba embarazada. La joven no dio ninguna señal de querer conocer a sus padres biológicos. Para los Taczurak fue un golpe tremendo. Se habían hecho muchas ilusiones: pensaban que el reencuentro estaba cerca. Finalmente aceptaron su silencio y entendieron que también ella tiene el derecho a decidir en qué momento conocerlos.
–Sabemos que tiene la vida hecha, que tiene dos hijos, que son mis nietos..., yo me desviviría por ellos -–dice Antonio con la voz cortada, una vez más por la lágrimas–. Creemos que tiene derecho a saber la verdad. No hay peor cosa que vivir en un castillo de arena.
Los Taczurak aclaran que decidieron hacer pública su búsqueda a través de Página/12 para ver si pueden lograr así que María de los Angeles conozca la verdad: que ellos nunca quisieron darla en adopción.
Claudia es de pocas palabras. Pero para hablar de este tema hace un esfuerzo enorme. Y confiesa que con la pérdida de esta hija, también perdió la alegría. A mí me falta algo y ese algo es María de los Ángeles. Los chicos se dan cuenta y me dicen: "Ya basta, mamá, estamos nosotros". Y yo no puedo. No sé qué hacer. Necesito volver a abrazarla.

8 de octubre de 2006
©página 12
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periodismo menonita


[Ellen Barry] La comunidad puede llorar a sus hijos asesinados, pero su diario se concentrará, como siempre, en la maduración de las manzanas y las mudanzas.
Millersburg, Pensilvania. Durante toda la semana, en las comunidades menonitas en los alrededores de Nickel Mines, fue posible ver a apresurados periodistas. Los productores de televisión se internaban dando grandes zancadas por caminos de tierra, cotorreando por los celulares; los periodistas se agolpaban en torno a los deudos; los fotógrafos con teleobjetivos se encamaraban en sus coches con la esperanza de besar el santo y captar un abrazo.
Así que era llamativo que Elam Lapp, el editor del semanario menonita Die Botschaft, tuviera semejante aire de tranquilidad. Cuando la edición del 9 de octubre de Die Botschaft llegue a los buzones de sus subscriptores la próxima semana, encontrarán el tipo de noticias a las que están acostumbrados: noticias sobre accidentes con la horquilla y apendicetomías, zorros mansos y la cosecha de trigo, recién nacidos y dolorosas experiencias de pesca.
Aunque la revista del 16 de octubre reflejará la pérdida de vidas en Nickel Mines, donde un hombre irrumpió en el aula de una escuela el lunes y disparó contra diez niñas menonitas, matando a cinco, Lapp espera no tener que dedicar demasiadas columnas al incidente. Una política fija en Die Botschaft prohíbe la publicación de reportajes sobre asesinatos, así como artículos sobre la guerra, amorosas o sobre religión.
"Podríamos mencionar lo que ha ocurrido", dijo Lapp, 53, en menonita del Viejo Orden que redacta el semanario en su granja familiar.
Los diarios menonitas no son como los que estamos acostumbrados. Die Botschaft, que tiene una circulación de 11 mil en todo el país, está escrito no solamente por periodistas, sino por 600 ‘escribas' menonitas y menonitas del Viejo Orden voluntarios que informan sobre lo que ocurre en sus comunidades. La categoría de información que la mayoría de los editores de diarios consideran noticia -crimen, conflictos, política, guerra, desastres- está ausente.
Este contraste no estuvo nunca tan marcado como esta semana. Lapp es un lector de todos los días del Harrisburg Patriot-News, así que conoce todos los detalles del ataque de Charles Carl Robert en la escuela -por ejemplo, que disparó a quemarropa contra las niñas, como si fuese una ejecución, con un revólver de nueve milímetros. Pero Lapp no ve razón alguna para entregar esta información a sus lectores, que necesitan, sobre todo, perdonar y olvidar y continuar.
"Pronto se olvidará", dijo. "Realmente todos esos detalles no son importantes". Cuando llegan las cartas de los escribas refiriéndose al pistolero, por ejemplo, "simplemente hablamos sobre la tragedia en la escuela", dijo. "No queremos hablar demasiado sobre los pistoleros".
Un número típico de Die Botschaft -un término del holandés de Pensilvania que quiere decir El Mensaje- consta de 50 a 80 páginas de cartas con trivialidades enviadas desde zonas rurales. No hay fotografías, de modo que las páginas son sólidos bloques de texto. Pero eso no disminuye el entusiasmo de los subscriptores de Die Botschaft, que pagan 32 dólares al año para buscar noticias sobre sus dispersas familias.
Las cartas del número del 2 de octubre describían la operación de cataratas de Eli Gingerich y los problemas de dejar la ropa secándose fuera cuando llueve. Un escriba de Monticello, Missouri, escribió: "Levi Stutzman tenía un enorme cerdo loco. Lo atacó y tiró por el suelo, abriéndole el brazo con su colmillo. Con la ayuda de un vecino, lo pudieron dominar y lo sometieron a un ajuste de conducta, y le quitaron sus colmillos".
Desde Clearbrook, Minnesota, llegó la noticia de que el cáncer de la tía Rhoda Sturgis y la amorosa conducta de Ida Stutzman, 2, que "vació una caja de manzanas en Dannie J.'s, donde las mujeres tenían que trabajar ese día, se metió gateando en la caja y se quedó dormida. La abuela piensa que es una monada y cree que la abuela Stutzman debería pensar lo mismo".
Se registran las muertes, pero no se detienen en ello, como en el caso de Emanuel King, un niño de doce que fue arrollado por un coche el 24 de septiembre mientras paseaba con sus patines.
"Nació en noviembre, así que no llegó a la adolescencia", escribió un escriba de Paradise, Pensilvania. "Ah, qué rápido que pueden cambiar los planes que nos hacemos y pensamos mucho en los jóvenes. Tenía la edad de nuestro hijo Allen, y era sólo dos meses menor. Supongo que es por eso que nos afectó tanto. ¡Continuad mejorando!
"El domingo pasamos una mañana muy relajada, luego en la tarde visitamos a Mery y Ada Marie Lapp para ver el precioso fajo, Anna Marie".
Durante sus 32 años de existencia, los editores de Die Botschaft han desalentado a sus escribas a que escriban sobre temas morbosos, controvertidos o que exciten.
El periódico fue fundado por los estrictos menonitas del Viejo Orden y los menonitas del Equipo del Viejo Orden, que usan caballos para el transporte y rechazan los teléfonos o la electricidad en sus casas. Ya existía un periódico menonita -'The Budget', que empezó su publicación en 1890-, pero publicaba escritos de los menonitas del Nuevo Orden, más liberales, y de grupos menonitas que se apartaron de la iglesia mayor en el siglo 19.

Ofendido por lo que consideraba que era proselitismo, un prominente menonita del Viejo Orden llamado Andrew Kinsinger, decidió empezar su propia revista en el condado de Lancaster, dijo Jim Weaver, que trabajaba como su editor. Kinsinger contrató a Weaver, que no es menonita, para editar e imprimir el periódico, tareas que requieren el uso de tecnologías prohibidas.
Durante las siguientes décadas, Weaver se reunió regularmente con un comité editorial de seis menonitas, que fijaron normas estrictas sobre lo que podía ser publicado. Weaver, 71, recuerda una reunión en una granja cuando un miembro del comité preguntó si era verdad que había empezado a recibir artículos por fax.
"Todos los menonitas con negocios tienen fax", dijo Weaver. "Un viejo que estaba en el comité preguntó: ‘¿Qué es un fax?' Le dije: ‘Es como una fotocopiadora, pero la copia sale en otra parte'. Me dijo: ‘¿Quieres decir en otro cuarto?' Le dije: ‘En otro país'. Me miró muy intrigado. Estuvo un rato sin decir nada. Entonces dijo: ‘Eso es demasiado moderno para nosotros'". En resumen, se agregó una nueva norma a las directrices editoriales del periódico: No se aceptarían cartas por fax.
En otras ocasiones las objeciones del comité tenían que ver con el contenido. Unas semanas antes de las elecciones presidenciales de 2004, los conflictos entre los pacifistas y los partidarios del presidente Bush se caldearon tanto que el comité decidió prohibir las discusiones sobre política en el diario, dice Weaver. "Cuando la gente se calentaba demasiado sobre algo, les decíamos que no íbamos a publicar nada más sobre el asunto", dice Waever.
Weaver recuerda haber consultado con el comité editorial sobre si imprimir o no anuncios de Radio Shack en los que se publicitaban celulares; aunque los celulares todavía son desalentados por la iglesia, muchos menonitas han empezado a usarlos. El comité rechazó los anuncios. Hace dos años, cuando el comité decidió remplazarlo por Lapp, Weaver dijo que se sintió aliviado: "Aunque era rentable, también era un terrible dolor de cabeza".
Ahora es Lapp quien dirige el negocio y dirige un equipo de siete empleados. Como todos los menonitas del Viejo Orden maduros, lleva barba; lleva su pelo canoso largo y al estilo tazón. En un edificio aparte más abajo en la colina donde está su granja, ha diseñado las planchas para la edición del 16 de octubre, colocando los anuncios de edredones, remedios homeopáticos y talleres de reparaciones de cochecitos, entre otras cosas.
Die Botschaft es impreso y enviado por correo los lunes; debido a la prohibición del uso de equipos electrónicos, el proceso editorial es algo tortuoso. Lapp recibe en su buzón unas 400 cartas a la semana, y las envía a empleados no-menonitas (o ‘ingleses', como dicen ellos) para que la tipeen. Lapp edita las pruebas de galera y devuelve el texto a sus colegas ingleses, que los llevan a la imprenta. Para cuando las noticias llegan a los subscriptores, ya tienen dos semanas de antigüedad.
Lapp dice que rara vez ha tenido que redactar materiales reprensibles, aunque los errores tipográficos, dijo, "pueden crear palabras que no se deben expresar". Y esta semana, censuró un párrafo de una carta de un corresponsal de edad en Thompsonville, Pensilvania, que describía con vívidos detalles el asesinato en 1889 de un menonita, Christian Yoder, a manos de una "violenta pandilla de ladrones".
Comentando el lapso de la escriba, miró a su hijo de 15, Chester, que trabaja para él como vendedor de anuncios del semanario. "Su lámpara debe de estar fallando", dijo Lapp, y se partieron de la risa.
Lapp tiene 11 hijos. Mientras hablaba, su hija de cinco, Miriam, estaba sentada junto a él, dibujando con un rotulador negro. Le estaban saliendo dos dientes, y llevaba el pelo partido en el medio y sujeto con un diminuto moño dorado en la nuca. Toda vez que se volvía hacia su padre, interrumpiéndolo, él dejaba de hablar, le sonreía y respondía.
Cuando Lapp retomó el tema de los asesinatos, fue como si se le echase un peso encima. Su hermano, que vive cerca de Nickel Mines, había ido a mirar los cuerpos y dejó un mensaje en el contestador de Lapp (tiene un teléfono para los negocios, aunque, de acuerdo con la ley menonita, no tiene ninguno en casa). El contestador describía la escena dentro de la escuela en términos tan espantosos que Lapp borró el mensaje "porque realmente no quería que nadie más lo pudiera escuchar".
"Me sentí enfermo después de escuchar el mensaje", dijo Lapp. "Hay hechos que realmente no necesitamos repetir".
Era difícil estar en desacuerdo con él. Tres días después de los asesinatos, los hechos del caso habían sido repetidos hasta la saciedad. No se podía decir nada más sobre la maldad de Robert, o sobre la vulnerabilidad de esas diez niñitas en mandilones haciendo la cola para ser ejecutadas. Y sin embargo los informes continuaron llegando de Nickel Mines, relatándolo todo con escabrosos detalles. Una vez oídos, los detalles del crimen se pegan en tu mente y son difíciles de erradicar.
Qué alivio debe ser, entonces, para un lector de Die Botschaft, abrir el periódico la próxima semana y enterarse de que las varas de oro silvestre están floreciendo, que ya se ha engavillado el trigo y que está volviéndose marrón, que los árboles en el huerto están henchidos de frutas. Lapp ha empezado a recibir las cartas para la edición del 16 de octubre. De momento, son más breves que lo usual. La gente no tiene muchas ganas de escribir, dice.
"Yo mismo tengo problemas con mi pluma ahora", dijo. "El papel aguanta todo lo que escribes. Pero en tiempos tan tristes como ahora, me preocupa escribir correctamente, para no herir a nadie".
Me cuenta el contenido de otra carta. Cuenta en detalle una visita a la antigua casa de Daniel y Mabel Newswanger y luego, sin introducirlo, repite esta reflexión del autor menonita Peter J. Dyck: "Perdonar es un asunto serio porque básicamente es para nuestro propio beneficio espiritual, emocional y físico. Podemos o no establecer una nueva relación con la persona que nos hizo daño; eso no es lo importante del perdón. Podemos perdonar y olvidar, podemos dejar de hacernos daño a nosotros mismos, dejar todo eso en manos de Dios y creer en lo que dice: La venganza es mía. Me vengaré, lo dice el Señor".

ellen.barry@latimes.com

7 de octubre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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psiquiatría contra disidentes


[Peter Finn] El uso de la psiquiatría para encarcelar a disidentes sigue estando en vigor. La espeluznante complicidad de autoridades y psiquiatras.
Dubna, Rusia. El 23 de marzo, la policía y personal médico de emergencias irrumpieron en la casa de Marina Trutko, echando abajo la puerta de su apartamento y sometiéndola rápidamente con una inyección de haloperidol, un potente tranquilizante. Un agente de policía metió a su madre de 78 años, Valentina, en una alacena, mientras Trutko, 42, era trasladada hacia una ambulancia. La llevaron al cercano Hospital Psiquiátrico Número 14.
La ex científica nuclear, ruidosa activista y abogado de oficio durante varios años en esta ciudad a 112 kilómetros al norte de Moscú, pasó las siguientes seis semanas bajo un régimen diario de inyecciones y medicamentos para tratar lo que fue diagnosticado como "transtorno paranoico de la personalidad".
"Es muy grosera", apuntaron los psiquiatras en su expediente.
En persona, Trutko presenta un perfil diferente, reservada y formal cuando cuenta sus penurias legales y psiquiátricas y alude a detalles de leyes rusas sin tener que referirse a textos. Una evaluación independiente constató que aunque no poseía una "personalidad corriente, era "muy dotada y muy creativa" y no exhibía síntomas psiquiátricos.
Trutko es la nueva prueba de que la psiquiatría política, al estilo soviético, ha vuelto a emerger en Rusia como un arma para intimidar o desacreditar a ciudadanos en conflicto con las autoridades, de acuerdo a activistas de derechos humanos y a algunos profesionales de la salud mental. A pesar de importantes reformas a principio de los años noventa, algunos funcionarios están empleando nuevamente esta forma de represión.
"Nuevamente han empezado los abusos y tenemos ahora más casos", dijo Lyubov Vinogradova, director ejecutivo de la Asociación Psiquiátrica Independiente de Rusia, un grupo de derechos. "No ocurre a nivel masivo como en la época soviética, pero es preocupante".
En esos años, decenas de miles de disidentes fueron injustamente sometidos a hospitalizaciones forzadas, a veces durante años, sobre la base de diagnósticos falsos de ‘esquizofrenia'. Se decía que los disidentes mostraban inflexibilidad en sus convicciones y fatiga nerviosa provocada por las actividades antigubernamentales. "Delirios reformistas", lo llamaban los soviéticos. En otras palabras, si estabas contra el comunismo, estabas mal de la cabeza.
Algunos de los nuevos casos son responsabilidad de instituciones o médicos que practicaron ese tipo de psiquiatría en el período soviético. Trutko, que proviene originalmente de Uzbekistán, fue diagnosticada en el Instituto Serbsky de Psiquiatría Social y Forense de Moscú, una de las instituciones soviéticas más infames que se dedicaba a encarcelar a disidentes. Sigue siendo una institución envuelta en el secreto que no ha rendido nunca cuentas por su pasado, según dice grupos de derechos humanos.
En 2001, la directora del instituto, Tatyna Dmitriyeva, negó que la Unión Soviética fuera culpable de más abusos psiquiátricos que los países occidentales, de acuerdo al informe ‘Derechos Humanos y Psiquiatría en la Federación Rusa', del Grupo Helsinki de Moscú.
Uno de los firmantes de la evaluación oficial de Trutko, que declaró que sufría de un trastorno paranoico de personalidad, es Yakob Landau, un psiquiatra de toda la vida de Serbsky, que encabezaba la notoria Unidad Número 4 durante la época soviética.
Funcionarios del instituto, un amenazador complejo amurallado en el centro de Moscú, dijeron no había nadie disponible para comentar este artículo. Los investigadores en el caso de Trutko se negaron a hacer comentarios.
La acusación de que la psiquiatría está nuevamente siendo utilizada para cometer abusos no es aceptada por todos dentro de la profesión. "El problema con el tratamiento forzoso o de la persecución psiquiátrica existió hace más de veinte años, pero eso se acabó. Y desde entonces no he oído de ningún caso de examen psiquiátrico o tratamiento forzoso", dice Vladimir Rotstein, presidente de Iniciativa Pública en Psiquiatría, un grupo activista.
La Asociación Psiquiátrica Independiente, sin embargo, dice que el número de activistas que está siendo hospitalizado injustamente en establecimientos psiquiátricos llega a decenas de casos en los últimos años y está subiendo. Médicos y tribunales son cómplices de investigadores que insisten en obtener exámenes o tratamientos psiquiátricos forzosos, dice. Los activistas también han documentado un aumento de disputas familiares o de socios en los que la hospitalización injusta es un método para apropiarse de la propiedad de una persona, dijo Vinogradova.

La mayoría de los activistas atacados no están afiliados a grupos de derechos humanos importantes. Más bien, como Trutko, son testarudos tábanos implicados en prolongadas disputas con las autoridades locales. Sus quejas a veces intemperadas contra las autoridades locales son utilizadas para iniciar investigaciones criminales por injurias. Esto permite que las autoridades recurran a la hospitalización. A diferencia de los disidentes de la Unión Soviética, estos activistas son sacados de circulación por períodos breves de tiempo, de una semana a varios meses.
Roman Lukin, empresario en la ciudad de Cheboksary, en el río Volga, fue hospitalizado el año pasado por "conducta inexplicable" después de que mostrara un cartel en una plaza pública llamando "esperpentos" a tres jueces. Estaba tratando de revertir una deuda incobrable que lo había arruinado, Lukin pensó que los tribunales no le habían otorgado la justicia que buscaba. Pasó dos semanas en un hospital psiquiátrico de la localidad, que recomendó que fuera sometido a más exámenes en una clínica especializada de Moscú por posible "trastorno paranoico de la personalidad". Lukin fue examinado por especialistas de la Asociación Psiquiátrica Independiente, que no encontraron síntomas de trastorno mental.
El año pasado, Nikolai Skachkov, que protestó contra la brutalidad policial y la corrupción oficial en la región de Omsk en Siberia, fue obligado a someterse a un examen psiquiátrico debido a que los detectives dijeron que sospechaban que sufría de un "agudo sentido de la justicia". Pasó seis meses en un establecimiento psiquiátrico cerrado, donde le diagnosticaron paranoia. La asociación, que realizó un examen separado antes este año, constató que estaba sano.
"En este país la psiquiatría ha sido siempre una herramienta de las autoridades, una herramienta para controlar y dominar a la gente. Y todavía lo es", dijo Boris Panteleyev, director del Comité por los Derechos Humanos de San Petersburgo.
En una entrevista en su apartamento, Trutko habló sobre su larga confrontación. "Ahora tengo un sello en mi frente que dice que soy una paciente psiquiátrica", dijo. "Siempre tendré ese expediente médico. Eso significa que no puedo ir a tribunales, porque los jueces dirán que soy loca y llamarán a una ambulancia".
Trutko es bien conocida en los tribunales de su ciudad, porque ha defendido en ellos decenas de casos contra las autoridades locales y la policía. Está estudiando para ser abogado, y durante varios años ha sido la abogado de oficio, como se llama aquí a los abogados sin diploma.
Sus problemas con las autoridades de la salud mental empezaron hace cuatro años en un tribunal de Dmitrov, a unos 56 kilómetros de Dubna.
Trutko dijo que el juez estaba predispuesto contra su cliente en una disputa sobre una propiedad y presentó una moción para retirar al juez del caso. También se quejó de que el juez no llevara su toga, como lo exige la ley, y que la bandera rusa estaba mal exhibida. El juez, que abandonó la judicatura y no pudo ser localizado para que comentara este artículo, alegó que Trutko había dicho: "Miren a ese cerdo gordo sentado allá", de acuerdo a las actas judiciales.
Los fiscales abrieron un caso criminal contra Trutko por cargos de desacato al tribunal. En julio de 2003, el tribunal ordenó que Trutko fuera sometida a un examen psiquiátrico involuntario. Los psiquiatras en el hospital dijeron que era poco cooperativa e ilógica y que mostraba reacciones emocionales que "no eran adecuadas" -una frase común aquí para referirse a una enfermedad mental.
La Asociación Psiquiátrica Independiente cuestionó esas conclusiones. Su propio examen de ella, realizada por cuatro psiquiatras, constató que "no tiene una personalidad corriente, pero es una persona muy dotada y muy creativa... No se han observado en ella síntomas psiquiátricos. Muestra una gran habilidad intelectual y buena memoria. No necesita ningún tratamiento de ningún tipo".
Trutko continuó luchando contra los cargos criminales en tribunales. Antes de una vista en el tribual regional superior de Moscú, presentó una moción solicitando el retiro de su caso de una comisión de jueces, nuevamente alegando que estaba predispuestos. En este caso no se trataba de una demanda por abusos verbales, pero los fiscales dijeron que su moción era equivalente a injurias y desacato.
En abril 2004, tras salir de una vista de su caso en Moscú, Trutko fue detenida por detectives y llevada al Instituto Serbsky. Era un viernes noche cuando fue ingresada y no había ninguna comisión de expertos presente para examinarla, dijo Trutko. Grupos de derechos humanos protestaron por su detención y amenazaron con emprender acciones legales. Trutko dijo que fue dejada en libertad el martes siguiente en la mañana sin haber sido examinada formalmente por los psiquiatras.
Pero el instituto dio a conocer un examen de seis páginas que afirmaba que sufría de "trastorno paranoico de la personalidad". La condición se manifestaba en su "subjetividad", sus "tendencias a la agresión verbal", su personalidad "desconfiada" y su "incapacidad para entender las peculiaridades de las relaciones y comunicación interpersonal", según el expediente médico.
El informe recomendaba su hospitalización y tratamiento involuntario.
En septiembre de 2004, un tribunal de Moscú aprobó esa recomendación. Pero las autoridades, por razones que no están claras, no actuaron sino hasta que irrumpieron en el apartamento de Trutko este año.
A pesar de que fue subsecuentemente dejada en libertad, dijo Trutko, la orden judicial sigue en vigor y podría ser ingresada en cualquier momento. "Me han arruinado mi carrera", dijo. "Me voy a quedar en casa".

30 de septiembre de 2006
©washington post
©traducción mQh
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