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juzgados en el banquillo 5


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. Formación básica.
A medida que las meteduras de pata y otras cosas peores se han ido apilando con el curso de los años, también lo han hecho las apagadas quejas dentro del sistema. Las transcripciones de las vistas disciplinarias de la comisión, que usualmente se hacen a puertas cerradas, muestran que algunos jueces han casi mendigado por más formación, o por cualquier tipo de ayuda.
Anthony Ellis, un carnicero de Tupper Lake que normalmente encarcelaba a los acusados para obligarlos a declararse culpables, resumió claramente, en una vista cerrada, su inseguridad: "Es como cruzar un río por una cuerda floja".
William G. Mayville, un obrero jubilado que convirtió su tribunal en las cercanías de Fort Covington en una agencia judicial para empresarios de la localidad, ofreció una explicación simplemente irrefutable: "Ciertamente sólo soy un hombre sencillo haciendo un trabajo que, sabes, lo hago lo mejor que puedo con la poca educación que tuve".
Hombres simples, y sus simples sabidurías es la filosofía que se oculta detrás de los juzgados de pueblo chico. Una institución inglesa del siglo 13, el juez de paz fue exportado a las colonias en el siglo 17 junto con una idea fundamental: que los legos podían resolver casos pequeños con soluciones prácticas enraizadas en las costumbres locales o en el sentido común.
Pero como la vida, y la ley, se hicieron cada vez más complejas a mediados del siglo 20, varios estados, incluyendo California, Nueva Jersey y Connecticut, crearon más juzgados locales profesionales.
En Delaware, donde los magistrados locales nombrados tienen menos autoridad que los jueces de Nueva York, el estado somete a los candidatos a tests académicos y psicológicos, y los hace empezar después de una formación de once semanas. "Es un reflejo de la opinión de que cuando estamos tratando con la vida de la gente, cuando tratamos con la libertad de la gente, debemos tomarlo seriamente", dijo el primer magistrado, Alan G. Davis, abogado.
En Nueva York los juzgados han sido reemplazados por tribunales de distrito financiados por es estado, con jueces abogados, en los condados de Nassau y de Suffolk occidental. Pero los últimos llamados importantes para una reforma a nivel nacional estallaron a principios de los años ochenta, y el tiempo destinado a la formación de los jueces no ha cambiado. Aquellos que no han estudiado derecho deben seguir un cursillo de seis días. Los abogados no están obligados a asistir, pero todos los jueces deben participar en cursos de actualización de doce horas una vez al año.
Maryrita Dobiel, que dirige el programa de formación para la Oficina de Administración de Tribunales, dijo que las clases proporcionaban una introducción a principios jurídicos, pero no mucho más, dado que se trataba de un cuerpo estudiantil de grados muy diversos de educación. "Tenemos que enseñar al denominador común más bajo", dijo. Los principios generales de derecho penal, una asignatura que toma un semestre o más en las facultades de derecho, se enseñan aquí en cinco horas.
Al finalizar el cursillo, los jueces deben aprobar al menos un 70 por ciento de una prueba de 50 preguntas del tipo verdadero o falso. Los que fracasan deben repetir el curso, y el examen. "Nosotros no determinamos si están o no calificados para ser jueces", dice Dobiel. "La gente que los elige ya han tomado esa decisión".
La verdadera prueba se toma en el estrado.
Varios jueces han amenazado con arrestar a los litigantes en casos de pequeñas demandas, mostrando que no entienden la diferencia entre casos civiles y criminales. Otros han dicho a la comisión de conducta criminal que estaban en desacuerdo con la garantía constitucional de que un acusado tiene derecho a un abogado.
John D. Cox, encargado de una cantera en Le Ray, cerca de Watertown, encarcelaba sumariamente a la gente que no pagaba las multas, declaró la comisión. Pero en 2002 recibió la pena pública mínima, una admonición, después de que explicara de que sus 22 años en el oficio, nunca se le había enseñado que la ley permite que los acusados tengan una nueva vista y un abogado cuando decían que no podían pagar las multas.
Los jueces cuentan con algo parecido a un salvavidas: Pueden llamar a un centro de información cerca de Albany donde cuatro abogados tratan más de 18 mil preguntas al año. Pero hay límites a lo que el centro puede hacer.
"Les contamos qué opciones tienen", dice el director del centro, Paul Toomey. "Pero no les decimos que están equivocados".

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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juzgados en el banquillo 4


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. "No soy abogado".
Una chiquilla de 17 no volvió a casa una noche, se peleó luego con su familia y terminó siendo acusada de acoso sexual en Alexandria Bay, un ajetreado pueblo turístico en el St. Lawrence River. El juez, Charles A. Pennington, botero con 23 años de experiencia en el estrado, escuchó su declaración de inocencia un domingo de 2003.
Pero cuando le dijeron que la niña no tenía dónde ir, el juez no la envió al refugio de mujeres ni avisó a los funcionarios de servicios sociales, como hacen normalmente los jueces locales. En lugar de eso se la llevó a su casa.
"Salí del juzgado en estado de shock", declaró más tarde un agente de policía. "Nunca había presenciado nada semejante".
La madre de la chica, Keitha Rogers, dijo en una entrevista que se había horrorizado cuando encontró a su hija en casa del juez, entonces de 61, que estaba bebiendo con otro hombre. "Claro, él conoce la diferencia entre la popa y la proa", dijo Rogers. "Pero ¿qué tiene que ver eso con tomar decisiones sobre la vida de la gente?"
La Comisión Encargada de la Conducta Judicial, que ordenó el despido del juez Pennington en el otoño pasado por este y otros lapsos, resolvió que aunque no había pruebas de que hubiese hecho avances impropios hacia la niña, que se marchó de casa alrededor de una hora después, había hecho gala de "una extraordinaria falta de criterio".
Y mientras Pennington argumentaba que no había estado bebiendo, no rechazó enteramente las acusaciones. "Acepto que hubo errores", dijo el juez, que renunció antes de que la comisión tomase una decisión. "No soy abogado".
Tampoco lo es la mayoría de sus colegas. Y eso es casi todo lo que sabe el estado sobre ellos. Funcionarios de la Oficina de Administración de Tribunales dicen que el único modo que tienen de enterarse de la elección de un nuevo juez, es cuando los funcionarios locales los notifican.
Durante décadas la agencia ha pedido a los jueces que rellenen modestos cuestionarios biográficos, para luego archivar las respuestas. Bajo la ley de libertad de información, el Times obtuvo cuestionarios completados por más de 1.800 de los jueces actuales; ofrecen el retrato de un grupo que tiene una educación muy deficiente y son mal pagados, incluso aunque las leyes que manejan son cada vez más complejas.
De los que no son abogados, cerca de un tercio -más de 400- no tuvieron mayor educación que la secundaria. Al menos 40 de ellos no terminaron la secundaria, aunque varios de ellos sacaron diplomas equivalentes.
Entrevistas con más de 60 jueces dejaron claro quiénes son muchos de ellos: jubilados, granjeros, mecánicos, ex agentes de policía y otros con horarios flexibles o trabajo temporal. La mayoría se parece a Pennington: blancos, y viejos. Al menos 30 jueces son octogenarios, mucho más allá de la edad de jubilación permitida (70) para otros jueces de Nueva York.
Aunque la paga de los jueces es a menudo magra -hasta 850 dólares al año-, pueden fijar fianzas, una precaución legal básica. Realizan cruciales vistas preliminares en casos de delitos graves y conducen juicios por delitos menores. Presiden casos civiles en que las demandas pueden llegar hasta tres mil dólares y casos de conflictos entre caseros e inquilinos sin límites monetarios, incluyendo casos comerciales que implican cientos de miles de dólares.
Y luego están los poderes que simplemente se atribuyen.
En lo que la Comisión Encargada de la Conducta Judicial calificó de "un escandaloso abuso del poder judicial", el juez Roger C. Maclaughlin persiguió él solo a un hombre sobre el que había decidido que estaba violando los reglamentos de tenencia de ganado en Steuben, cerca de Utica. El juez interrogó a testigos, dio datos a los agentes de policía, cabildeó en el concejo municipal para que le negaran al hombre un permiso para instalar un parque de caravanas, y luego lo encarceló durante diez días, sin derecho a fianza -y ni siquiera la posibilidad de poder defenderse, dijo la comisión.
En una entrevista, el juez Maclaughlin dijo que la comisión parecía estar más interesada en tecnicismos legales que en la verdadera justicia.
Un juez de pueblo del condado de Essex, Richard H. Rock, encarceló a dos chicos de 16 durante una noche, sin proceso, diciendo que quería "enseñarles una lección". Habían sido acusados de escupir a otras dos personas, y de acoso sexual. Luego los envió diez días más a la cárcel, dijo la comisión, sin ni siquiera informarles de que tenían derecho a un abogado.
En 2001, la comisión lo castigó, a él y al juez Maclaughlin, censurándolos, el castigo más grave después de la inhabilitación. El juez Maclauglin lleva once años en el estrado. El juez Rock, diez.
En Alexandria Bay, donde el juez Pennington presidía en una mesa de metal en un diminuto cuarto en un edificio de policía, medio siglo en el oficio no parecían haber profundizado su comprensión de su papel. Tres días después se llevó a casa a una chica de 17, otro caso que hizo surgir renovadas preguntas sobre su compresión de las leyes, o siquiera del mundo fuera de su juzgado.
Eeric D. Bailey, un soldado negro de 21 años de la cercana Fort Drum, había sido acusado de desorden público después de una pelea con un gorila blanco de un bar. A metro y medio de Bailey, el gorila lo identificó como "ese hombre de color". A Bailey se quedó con la boca abierta.
El soldado, que no tenía abogado, le dijo al juez que el término era ofensivo. Pero el juez Pennington dijo que mientras otras palabras eran racistas, "de color" no lo eran. "Hace años que no tenemos gente de color aquí", dijo.
La comisión se ha enterado de cosas peores. Después de procesar a tres acusados negros, detenidos en disturbios en la universidad en 1994, un juez de la región de Finger Lakes, dijo en el juzgado: "Sí, ha sido un día difícil, con todos estos negros aquí". Unos años antes, un juez de Catskill dijo en el tribunal que "antes de la llegada de negros y portorriqueños", las mujeres podían andar por la calle sin problemas.
En una entrevista, el juez Pennington dijo que la comisión lo había tratado injustamente. Pero no se ha ayudado a sí mismo al declarar a la comisión nuevamente que la expresión "hombre de color" era una descripción aceptable.
"Quiero decir, para mí", declaró, "de color no quiere decir solamente negro. Podría querer decir indio, que son rojos. O podría querer decir chinos, que son amarillos".

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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ciudades bajo sitio


[Kim Murphy] La delincuencia callejera se ha convertido en un problema que incluye a jóvenes armados.
Londres, Gran Bretaña. Canning Town creció como una barriada de la época victoriana, sede de un cáustico cocimiento de nocivas fábricas y apretadas casas que daban a acequias del alcantarillado. Algunos creen que fue la fuente de inspiración para los retratos de los jóvenes de Londres de Charles Dickens, demasiado miserable como para producir otra cosa que ladrones.
Las cosas no han cambiado demasiado, si le preguntas a Alex Jackson, un antiguo residente del barrio de East London.
Jackson dijo que fue abordado hace poco en el mercado por tres o cuatro niños de edades de entre diez y catorce años.
"Uno de los niños me dijo: ‘Denos cigarrillos, ¿quiere?' Yo le dije: ‘No tienes edad para fumar'. Y seguí caminando. Cuando salía, a unos diez metros de ahí, se pone uno de ellos frente a mí y me dice, perdón que lo repita: ‘Viejo calvo de mierda, te voy a apuñalar'. No estoy bromeando. Es algo que ocurre todos los días".
El barrio llegó a primera plana el año pasado cuando DHL, el servicio de correos mundial, permitió a sus choferes que rehusaran entregas en Canning Town.
"Hacen entregas en Beirut. Pero no en E16", dijo Jackson, refiriéndose al código postal aquí.
Uno sólo tiene que bajarse del tren en este barrio del muelle, separado del rico distrito de Canary Wharf por el río Támesis, para entender por qué la delincuencia se ha convertido en un problema todavía más difícil que el terrorismo para el Partido Laborista del primer ministro Tony Blair.
El gobierno ha destinado importantes recursos a decenas de investigaciones de extremistas musulmanes nacionales. Pero la realidad más inmediata en sectores de muchas ciudades británicas es que ir al mercado o ir a dejar a los niños a la escuela puede implicar toparse con pandillas de jóvenes delincuentes cuyos números y atrevimiento parecen haber superado a la policía en zonas como Canning Town.
La tasa de homicidios con arma de fuego en Inglaterra y Gales es cuarenta veces menor que la tasa estadounidense, pero las estadísticas muestran un aumento de más de un tercio en balaceras en Londres entre abril y marzo de 2005, según el Servicio de Policía Metropolitana. Las cifras se han reducido moderadamente desde entonces.
Gran parte del problema, dice la policía, se puede atribuir al creciente número de adolescentes que portan armas y las usan para solucionar problemas menores.
El Servicio de Policía Metropolitano ha presenciado un aumento de jóvenes delincuentes en comparación con el año pasado, dijo una portavoz que, de acuerdo con el protocolo oficial, habló a condición de conservar el anonimato. "El chico más joven acusado el año pasado tenía catorce años. Claramente, esta situación es inaceptable y causa preocupación.
"Parece que una minoría de jóvenes piensa que es social y moralmente aceptable, más que en el pasado, portar armas", dijo. "Los delincuentes están haciendo uso de armas fuego en riñas triviales como peleas sobre bebidas derramadas, choques entre personas o pequeños topones de tráfico".
En el caso de Peter Woodhams, un técnico de antenas de 22 años que vivía con su novia y su hijo de tres años en un cul-de-sac en Canning Town, la ‘disputa trivial' empezó cuando le arrojaron una piedra a su Ford Escort nuevo.
Durante meses, cuando Woodhams volvía a casa de su trabajo, un grupo de adolescentes ociosos en la calle le arrojarían una piedra a su coche. En enero hizo frente a los niños. Lo arrojaron al suelo y lo apuñalaron experta y rápidamente en el cuello.
Después de eso, los niños siguieron molestando a Woodhams cuando pasaba. En una ocasión, un niño apuntó a Woodhams con un dedo y lo pasó por su garganta.
"Siempre que salíamos, estaban en la esquina. Nos apuntaban e intimidaban", dijo la novia de Woodhams, Jane Bowden, una maestra en un jardín de infancia y su novia desde la secundaria.
Woodhams llamaba regularmente a la policía. Él y Bowden proporcionaron a los agentes descripciones de los jóvenes y también el nombre y domicilio de su cabecilla, datos que les fueron entregados por un desconocido que llamó por teléfono.
Poco a poco, sin embargo, dejaron de llamar a la policía.
"Los agentes dijeron que no podían actuar basándose en cosas oídas", dijo Bowden.
Luego, el mes pasado, volvió a ocurrir. Woodhams salió hacia una tienda después de la cena, dejando a Bowden y su hijo en su pequeño apartamento. Volvió poco después, arrojó las llaves sobre la mesa y volvió a salir. Estaban otra vez en ello, le dijo a Bowden. Tendría que encargarse.
Lo siguiente que oyó ella fueron disparos. Encontró a Woodhams no muy lejos de donde lo había encontrado empapado en sangre meses antes. Pero esta vez estaba agonizando.
Los meses de llamadas telefónicas de Woodhams a la policía se perdieron en el caos de Canning Town, donde las estadísticas de crímenes estropean la tendencia general a la baja en Londres.
En Newham, un municipio de 36 kilómetros cuadrados que incluye a Canning Town, hubo un promedio de 11 robos al día en el año, hasta julio. Hubo un promedio de 22 asaltos y siete atracos al día.
Canning Town recibió un presupuesto para un programa de renovación de 3.2 billones de dólares que debe coincidir con las Olimpíadas de 2012 en Londres. Muchos de los eventos deportivos se realizarán en las cercanías.
Entretanto, el barrio sigue siendo una de las comunidades más pobres de Gran Bretaña, afligida por un servicio de salud deficiente, mala educación y pobreza. Casi un cincuenta por ciento de sus adultos en edad de trabajar no posee calificaciones formales.
En una pequeña tienda de licores cerca de donde fue atacado Woodhams, el dueño mantiene a un dependiente en la puerta de entrada, uno en el centro de la tienda y otro detrás del mostrador para interceptar a grupos de jóvenes que entran regularmente a hurtar cerveza.
El dueño, que dijo que tenía miedo a las represalias si daba su nombre, dijo que el ventanal de su tienda ha sido roto al menos veinte veces en los últimos tres años. Ha dejado de llamar a la compañía de seguros, que amenazó con cancelar su póliza si presentaba más reclamos, y la policía, que le recomendó que llamara a su agente de seguros.
En Canning Town, mucha gente sabe quién mató a Woodhams, pero no se comunican con la policía. Decenas de clientes de Woodhams han enviado tarjetas y flores, aparentemente en recuerdo de los pocos minutos que pasó en sus casas instalando antenas de satélite.
Un chico de 14 fue detenido en los dos ataques contra Woodhams y dejado en libertad bajo fianza, pero la policía espera reunir suficientes evidencias para acusar al cabecilla de la pandilla.
La semana pasada las autoridades pidieron la ayuda del público para localizad a Bradley Tucker, identificado como el principal sospechoso del asesinato de Woodhams. Nadie se ha presentado para ayudar a encontrar a Tucker, que desapareció el día del asesinato.
"Mucha gente vio el incidente, pero nadie coopera", dijo un tendero. "La gente tiene miedo. Se sienten amenazados".
El subcomisario del Servicio de Policía Metropolitano, Paul Stephenson, dijo que la pesquisa sobre el primer ataque contra Woodhams era inaceptable, y ordenó una revisión de todas las investigaciones pendientes de agresiones graves en Londres.
"No se trata solamente de esta zona de Londres. Está ocurriendo en toda la ciudad', dijo Paul Schafer, un concejal de Canning Town. "Es algo que viene ocurriendo desde hace algunos años, en que se reportan menos delitos debido a la cantidad que trabajo que tiene la policía entre manos.
"Si informas que tu coche está siendo destruido o robado, lo primero que quieren que hagas es que pidas permiso en el trabajo y te pases unas horas en la comisaría tratando de denunciarlo. Así ocurre que los hechores creen que pueden hacer lo que quieren".
Scahfer dijo que la policía cubrió el barrio con octavillas solicitando a testigos del asesinato de Woodhams.
"Bueno, deberían preguntarle a su propia gente, no al público", dijo. "Si la gente quisiera contar lo que pasó, ya lo habrían hecho. Al final, no veo que hayan detenido a nadie. ¿Dónde está el asesino? ¿Por qué no lo han capturado? ¿Está aquí? ¿Se marchó del país?... ¿O no saben por dónde empezar?"
El padre de Woodhams, llamado también Peter, dijo que ha vivido la mayor parte de su vida en East London. Fue siempre un barrio rudo, dijo, pero nunca tanto como ahora.
"Mi hijo no llevaba una vida privilegiada", dijo. "Quiero decir, no somos ricos. Tengo cinco hijos y no les puedo dar nada de lo que me gustaría, pero sí tuvo una buena vida. Conocía la diferencia entre el bien y el mal y respetaba a la gente.
"Acostumbraba a decir: ‘Funciona. Muestra respeto a la gente, y la gente te respetará. Y así viviremos en un mundo mejor'".

kim.murphy@latimes.com

29 de septiembre de 2006
©los angeles times
©traducción mQh
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juzgados en el banquillo 3


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. Historia llena de problemas.
Ciertamente, hay jueces que valen y defensores del sistema dicen que los buenos jueces superan de lejos a los malos. Esos partidarios, principalmente los jueces mismos y líderes políticos locales que a menudo los han elegido, dicen que los jueces de pueblo chico conocen los problemas de los pueblos chicos -y a la gente problemática- y pueden encontrar soluciones de sentido común a la medida.
Y, dicen, colocar a abogados a cargo de todos los juzgados costaría al estado decenas de millones de dólares.
"Es el método más eficiente y más barato para cerciorarse de que la gente del estado reciba justicia", dice Thomas R. Dias, un juez de pueblo en el condado de Columbia, que es presidente de la Asociación de Magistrados del estado, la organización de jueces.
Pero los archivos muestran cientos de casos reglamentarios -la mayoría de ellos desconocidos para el público.
En Catskills, Stanley Yusko encarcelaba rutinariamente a los acusados a la espera de su juicio por períodos más largos que los permitidos por la ley -en un caso, 64 días, porque pensaba que el acusado tenía información sobre el vandalismo de que había sido objeto la casa del propio juez, dijeron funcionarios del estado, que lo despidieron como juez de pueblo en Coxsackie en 1995. Yusko no podía siquiera ser juez; en realidad, había reprobado el test verdadero o falso.
En las afueras de Rochester, en Le Roy, un juez que todavía ejerce redactó declaraciones falsas, dijeron funcionarios del estado, para ayudar a los funcionarios de inmigración a deportar a un trabajador inmigrante hispano en 2003. Aunque el hombre se declaró inocente de la acusación de invasión de morada, el juez del pueblo, Charles E. Dusen, emitió un orden judicial diciendo que había sido condenado. En una entrevista, el juez Dusen dijo que trató de enmendar el error después de las quejas del abogado del trabajador. Pero el hombre fue deportado de todos modos.
En diciembre pasado, funcionarios de inspección revelaron que en un período de cinco años, un juez del área de Rochester había impuesto injustamente multas de tráfico por un valor de 170 mil dólares, mucho más de lo permitido por la ley. Y en junio, un juez al oeste de Nueva York, fue reprendido por amenazar a un hombre con la cárcel -advirtiéndole que llegara "con un par de miles de dólares para la fianza"- después de oír un mensaje que le dejara el hombre con sus quejas en su contestador.
Incluso ciudades satélite en los alrededores de Nueva York, donde los jueces son normalmente abogados, han sufrido los abusos del sistema.
En Mount Kisco, las personas que pedía la comprensión del juzgado, eran tratadas con sarcasmo: el juez Joseph J. Cerbone sacaba un violín de nueve pulgadas y amenazaba con ponerse a tocar. Cerbone telefoneó a una mujer y la convenció de no presentar cargos de maltratos contra el hijo de sus antiguos clientes, según muestran los archivos. Pero tomó ocho años, y pruebas de que se había apropiado de dineros de una cuenta en plica, para que la Corte de Apelaciones del estado pudiera finalmente sacarlo del cargo en 2004, después de más de veinticinco años.
En entrevistas, muchos de estos jueces rechazaron las acusaciones contra ellos, diciendo que la Comisión Encargada de la Conducta Judicial era injusta y determinada a terminar con los juzgados de pueblos.
Funcionarios de la comisión dicen que esa no es su intención.
Y la agencia está en problemas ella misma. Encargada del control de todos los juzgados del estado, no hace más que responder a las quejas. Su personal ha sido reducido en más de la mitad en las últimas dos décadas, quedando con apenas dos investigadores para la mitad occidental del estado.
Así que los funcionarios de la comisión se sorprendieron el año pasado al enterarse de que un juez del occidente de Nueva York que había renunciado mientras pendían cargos reglamentarios, estaba de vuelta en el juzgado.
La comisión reprendió dos veces al juez de pueblo, Paul F. Bender, de Marion, por burlarse de mujeres en casos de maltratos. Tratando el caso de un hombre acusado de agresión, preguntó a los agentes si se trataba de un simple caso "de una pelea de sábado por la noche, en la que él le pega a la mujer y ella lo quiere de vuelta en la mañana".
Pero en 1999 la comisión le ahorró el despido porque no se postularía a la reelección. Cuatros años más tarde, Bender se presentó nuevamente como candidato, sin que la comisión lo supiera, por un mandato que no expirará sino en 2007.
Robert H. Tembeckjian, el administrador de la comisión, dijo: "Nuestra hipótesis de trabajo es que un juez que renuncia mientras penden cargos administrativos, no va a volver al juzgado". Pero no dijo si su agencia emprendería -ni si podía- alguna acción contra el juez Bender.

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
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juzgados en el banquillo 2


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder. Justicia en la oscuridad.
Es tentador ver a los juzgados orales como débiles y poco relevantes porque el grueso de sus intervenciones tiene que ver con violaciones de tráfico. Sin embargo, entre sus 2.2 millones de casos, los juzgados tratan más de 300 casos criminales al año. Los jueces pueden imponer sentencias de cárcel de hasta dos años. Incluso en los casos más nimios, algunos han ejercido atribuciones e impuesto castigos mucho más allá de lo que permite la ley.
La razón es simple: Muchos no conocen la ley. O no les importa. Los jueces no son aprobados ni se verifica su competencia, temperamento ni incluso si saben leer. La única exigencia es que sean elegidos. Pero a menudo los electores no tienen ni idea del poder de los jueces ni de sus antecedentes a veces manchados.
Para casi el 75 por ciento de jueces que no son abogados, el único adiestramiento inicial consiste en seis días de clases ofrecidas por el estado, seguidas de un test verdadero o falso tan rudimentario que el funcionario que lo toma dijo que desde 1999 sólo un candidato había reprobado. Una pregunta simple para los jueces: "Los jueces de juzgados orales deben mantener la dignidad, el orden y el decoro en sus salas" -¿verdadero o falso?
El resultado, muestran archivos y entrevistas, es un sistema judicial de segunda clase.
La primera clase -los juzgados municipales, del condado y superiores- son conocidos por todos los que han servido de jurado o han visto ‘La ley y el orden': difícilmente perfecta, pero un lugar donde hay jueces preparados, personal subalterno y reglas estrictas. Los juzgados de pueblos y aldeas en los peldaños más bajos y remotos descansan en jueces de tiempo parcial, la mayoría de ellos mal pagados, algunos sin un solo empleado. Esos jueces -dos tercios de todos los jueces del estado- no están obligados a transcribir ni grabar las vistas, así que a menudo es difícil recurrir sus decisiones.
Cuando se desvían demasiado, la Comisión Encargada de la Conducta Judicial -una comisión de abogados, jueces y otros- no puede hacer más que tratar de limitar los daños.
Mil ciento cuarenta jueces han recibido algún tipo de reprimenda en las últimas tres décadas -un promedio de unos cuarenta al año, sea amonestados privadamente, reprochados públicamente o despedidos. Son seriamente reprendidos a una tasa más empinada que sus colegas de tribunales de un nivel superior.
La Oficina de Administración de Tribunales, que gestiona el sistema de tribunales del estado, no pretende que sabe demasiado sobre lo que ocurre en los juzgados orales. Aparte de sus nombres, edades y domicilios, tiene poca información sobre los jueces. Debido a que son pagados por los ayuntamientos y libremente integrados en el sistema de tribunales, "tenemos un control administrativo limitado, y un control económico muy, muy limitado", dice Jan H. Plumadore, juez administrativo segundo para todos los juzgados de fuera de la Ciudad de Nueva York.
Los juzgados también manejan dinero -más de 200 millones de dólares al año en multas y matrículas. Pero la oficina de la contraloría del estado, que antes realizaba decenas de auditorías de los juzgados al año, ahora sólo realiza un puñado. Cuando investigó recientemente, haciendo la auditoría de una decena de juzgados, constató serios problemas con la administración financiera y calculó que al año desaparecen millones de dólares de los juzgados en todo el país.
Norman P. Effman ha sido abogado de oficio en el condado de Wyomig durante dieciséis años, donde dijo que sólo uno de los 37 jueces era abogado. En un testimonio el año pasado, describió los juzgados como un reino olvidado: un sistema de justicia que es una "puerta cerrada, en la parte de atrás de la casa de alguien, en el granero, en el departamento de autopistas, sin actas".
"La realidad", dijo ante una comisión del estado, "es que si dejas a la justicia en la oscuridad, esta se mantiene en la oscuridad".
Esa comisión, que estaba estudiando cómo trata el sistema de tribunales a la gente pobre, publicó un estudio en junio diciendo que los juzgados orales conformaban "un sistema fracturado y defectuoso". Y hace poco la Oficina de Administración de Tribunales dijo que planeaba empezar a ocuparse de esos defectos -por ejemplo, tomar medidas para subir al doble las horas de adiestramiento inicial y cerciorarse de que se llevase acta de los procedimientos.
Pero esas medidas no abordan algunos de los problemas más graves: el uso de jueces que no son abogados, y la deficiente supervisión del estado.
Esta no es la primera vez que los juzgados orales son investigados. "Probablemente el rasgo más insatisfactorio de la administración de la ley penal sigue siendo hoy en el estado la obsoleta y anticuada institución conocida como juez de paz", concluyó otra comisión del estado.
Eso fue en 1927.

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
©new york times
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juzgados en el banquillo 1


[William Glaberson] En pequeños tribunales orales de Nueva York abundan los abusos de la ley y de poder.
Algunos de los juzgados ni siquiera cuentan con una sala de sesiones: son diminutas oficinas o cuartos subterráneos sin banco para el juez ni para el jurado. A veces no se admite al público, no se toma juramento a los testigos de que dirán la verdad y no se llevan actas de las diligencias.
Casi tres cuartos de los jueces no son abogados, y muchos -camioneros, trabajadores del alcantarillado y jornaleros- tienen una escasa comprensión de los principios jurídicos más básicos. Algunos no hicieron la secundaria, y al menos uno no pasó más allá de la primaria.
Pero en estas pequeñas habitaciones en el estado de Nueva York pasan cosas serias. Hay gente que ha sido enviada a la cárcel sin declaración de culpabilidad ni juicio, o desalojada de sus casas sin los procedimientos correctos. En violación de la ley, a los acusados se les ha negado el derecho a contar con un abogado, o han sido sentenciados a pasar semanas en la cárcel por no poder pagar una multa. A mujeres atemorizadas se les ha negado protección frente a maltratos.
Estos son los tribunales o juzgados orales, como se conoce ampliamente a estas 1.250 instituciones. En la imaginación pública, son pintorescos residuos de épocas perimidas, que tratan cosas tan serias como las faltas de tráfico y pequeñas faltas. Los abogados se destornillan de risa contándose cuentos sobre la incompetencia de los jueces de pueblo chico.
Una mujer de Malone, Nueva York, no lo encontró nada de divertido. Madre de cuatro niños, acudió al juzgado oral de ese pueblo de North Country a solicitar una protección contra su marido, sobre el que la policía había declarado que había tratado de estrangularla, la había pateado en el estómago y amenazado con matarla. Según funcionarios del estado, el juez, Donald R. Roberts, ex guardabosques con estudios secundarios completos, no sólo le negó la protección del tribunal sino además dijo al actuario: "Las mujeres necesitan que alguien les de una buena paliza de vez en cuando".
Un soldado negro acusado en una pelea en un bar cerca de Fort Drum se alarmó cuando su denunciante lo describió en el tribunal como "ese hombre de color". Pero el juez del pueblo, Charles A. Pennington, botero con estudios secundarios, rechazó sus objeciones y más tarde lo condenó. "Sabes", dijo el juez, habría entendido si te hubiese llamado negro, o incluso nigger".
Y varias otras personas en el pequeño pueblo de Dannemora se sentían intimidadas por su juez de toda la vida, Thomas R. Buckley, un técnico de una compañía de teléfonos que insultaba a los acusados y los encarcelaba sin posibilidad de fianza ni juicio, según constataron inspectores del estado. En una riña que tuvo con una vecina porque su perro andaba suelto, amenazó con encarcelarla y mandó a matar al perro.
"Simplemente obedezco a mi sentido común", dijo Buckley en una entrevista, en una definición de sus trece años como juez. "Y la ley me interesa un pepino".
El New York Times pasó un año estudiando la vida e historia de este mundo en gran parte escondido, una constelación de 1.971 jueces de medio tiempo, desde los suburbios de Ciudad de Nueva York hasta los pueblos agrícolas de las Cataratas del Niágara.
Es imposible decir cuántos de estos jueces están mal preparados o actúan a sabiendas. Los tribunales orales, oficialmente parte de la estructura judicial del estado, pero financiados por ciudades y pueblos, en lo esencial no son supervisados ni por unas ni otros. Los funcionarios judiciales del estado saben muy poco sobre los jueces, y no pueden decir con algún grado de confianza cuántos casos llevan ni cuántos son recurridos. Incluso la dependencia encargada de controlarlos, la Comisión Encargada de la Conducta Judicial del estado no cuenta con recursos apropiados para controlar sus numerosos funcionarios.
Pero el Times revisó documentos públicos que se remontan a varias décadas y, discretamente, visitó tribunales en todas las regiones del estado. Estudió los archivos de audiencias disciplinarias cerradas. Localizó a acusados y entrevistó a fiscales y abogados defensores, demandantes y testigos.
El estudio halló abrumadoras evidencias de que década tras década y hasta hoy mismo, la gente se ha visto despojada de sus derechos legales más fundamentales. Los acusados han sido encarcelados ilegalmente. Otros han sido sometidos a expresiones de intolerancia racial y sexual tan explícitas que parecieran de otro lugar y época. A la gente se le ha negado el derecho a juicio, a un juez imparcial y a la presunción de inocencia.
Solamente en 2003, los jueces reprendidos por el estado incluyeron a uno del condado de Montgomery que había cerrado su juzgado al público y dejó que los fiscales dirigieran los procedimientos durante sus veinte años que ocupó el cargo. Otro, en el condado de Westchester, advirtió a la policía que no arrestara a sus amigos políticos por conducir en estado de ebriedad, y le preguntó a una libanesa-estadounidense con una multa de tráfico si acaso era terrorista. Un tercer juez, en el condado de Delaware, fue condenado por tener relaciones sexuales con una mujer retardada que estaba baja su custodia.
Nueva York es uno de los cerca de treinta estados que todavía utilizan a estos jueces locales, descendientes de los jueces que mantenían la paz en tiempos coloniales, cuando no había demasiados abogados. Muchos estados, alarmados por los errores y abusos, han tomado medidas para refrenar su autoridad o exigirles una mayor preparación. Algunos, de Delaware a California, han reformado completamente los juzgados, o los han eliminado enteramente o determinado que los jueces locales deben ser abogados.
Pero en Nueva York no existe esa exigencia. Se exige más formación a los manicuros y peluqueros que a esos jueces.
Y ha dejado a sus jueces con los mismos poderes -más que en muchos otros estados-, a pesar de las quejas de gobernadores, comisiones fiscalizadoras y otros que han denunciado a los juzgados orales como anticuados e injustos desde 1908, cuando un juez del condado de Westchester instaló un puesto de control de velocidad, imponiendo multas a los conductores según el dinero que llevaran en los bolsillos.
Casi un siglo después, un hombre de 76 años, de Elmira, que protestó por una multa por exceso de velocidad en Newfield, en las afueras de Ithaca, fue encarcelado sin previo aviso durante tres días en 2003 porque llamó mentiroso al alguacil.
"Yo pensé que esto no era Estados Unidos", dijo el hombre, Michael J. Pronti, que gastó dos años y ocho mil dólares antes de que una corte de apelaciones del estado dictaminara que había sido encarcelado injustamente.

Jo Craven McGinty contribuyó a este reportaje.

25 de septiembre de 2006
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cumpliendo condena


[J.R. Moehringer] En un restaurante de San Francisco que no tiene igual, elegantes menús son preparados y servidos estrictamente por reclusos.
Otro día en Delancey Street. Un asaltante de banco está asando los pollos. Un ladrón de joyas rellena los vasos de agua. Un camarero habla sobre el tiempo que pasó en San Quintín.
¿Cuál camarero? Elija. Vienen todos directamente del calabozo, lo mismo que los cocineros, los barman, los ayudantes de camarero. ¿Ese niño pulcro que está sirviendo un bife de chorizo? Agresión. ¿Ese serio jefe de camareros con los menús? Drogas.
Delancey Street puede verse como cualquier otro restaurante exitoso en esta ciudad obsesionada con ellos, pero aquí el menú está en segundo lugar con respecto a su misión: hacer posible que los convictos den un sólido primer paso por el buen camino.
Mimi Silbert, que empezó Delancey Street hace 35 años, explica el restaurante con una metáfora -seguida por otra, y otra. (Silbert tiene más metáforas que Delancey Street tenedores). Es una gran familia de apoyo, dice, con incontables y ruidosos tíos y primos apretujados debajo de un mismo techo, como la familia en que creció, en Mattapan, Massachusetts.
Mejor, es Ellis Island, dice, y los convictos son extranjeros de un país lejano llamado ‘la clase marginal estadounidense', que necesitan tiempo -por lo menos dos años, normalmente cuatro- para preparar su ‘inmigración' a la sociedad norteamericana.
No, no, Delancey Street es sobre todo Amnesty, el chucho de ojos negros de Silbert, que en estos momentos olisquea la pierna de un cliente. Años atrás, Silbert y unos convictos de Delancey Street rescataron a Amnesty de una perrera cercana. (Es una larga historia, dice, riendo). Quiere a la perra como si fuera su hija, y se hundió en una terrible depresión hace poco cuando el veterinario le dijo que a Amnesty sólo le quedaban horas de vida. Pero Amnesty demostró que el veterinario estaba equivocado. Calva, atormentada por dolores, Amnesty no se rindió, y Silbert y los convictos tampoco la abandonaron, y ese mismo carácter de tenacidad, lealtad y amnistía para todos los que han sido desahuciados es Delancey Street.
Y sin embargo Amnesty es también la razón por la que Silbert -una menuda mujer de 64 años con un característico acento de Nueva Inglaterra- está reuniéndose hoy con los cocineros hoy, en estos momentos, durante la calma entre el almuerzo y la cena. Preocupada por la salud de Amnesty, Silbert ha descuidado la supervisión de las comidas. Como resultado, dice, las patatas rellenas están saliendo "chupadas", ácida la salsa para la pasta y no va a mencionar la mermelada de cebollas.
Silbert, que tiene dos licenciaturas en psicología y criminología, y que incluso estudió con Jean-Paul Sartre, puede poner debajo de la mesa a cualquier convicto en cuanto a las maldiciones, lo que le es bastante práctico, porque Delancey Street no es la Calle Sésamo.
Doce robustos cocineros, cada uno del tamaño de dos Silberts, se reúnen a su alrededor en la inmaculada cocina. Contra los masivos blancos de la cocina, su trajecito ciruela se ve como una mancha en un iceberg. Aunque los dientes perdidos y los tatuajes en el cráneo delatan una historia de crítica supervivencia, soportan los reproches de Silbert con buen humor y respeto, que son marcas registradas de Delancey Street.
De hecho, es esta actitud la que probablemente hace que la gente vuelva. La comida puede ser excepcional. Pero la verdadera especialidad de la casa es la recia cortesía, con un lado de sinceridad. A los convictos que vienen a Delancey Street, explica Silbert, se les pide que pretendan ser amables, hasta que la actuación se hace real. Como la terapeuta que es, Silbert cree que ajustes menores en la superficie pueden generar importantes reformas íntimas.
Sin embargo, el mandato se-siempre-amable no se aplica siempre a Silbert. Si encuentra que un plato ha sido mal hecho -especialmente si es uno de su adorada familia de recetas-, la simpatía toma vacaciones. "Me voy a poner dura", advierte al personal reunido. ¿Quién ha estado haciendo las patatas rellenas? ¡Quiero que el que las hizo diga que las hizo!"
En el pasado, una pregunta semejante habría provocado un lapidario silencio de parte de los convictos, que han pasado sus vidas acatando un credo fundamental: No confesar nunca. Pero en Delancey Street, la confesión es permanente. La confesión es un preludio de la expiación, del perdón y del desarrollo personal. No importa que cometas un error, dice Silbert a los convictos. Lo que importa es cómo lo arreglas. "Esa es la diferencia entre la gente sana y la gente autodestructiva", dice.
El culpable de las patatas rellenas da un paso adelante. Silbert le recuerda que las patatas deben ser cocinadas lentamente, para extraer la dulzura de la cebolla. El cocinero asiente, avergonzado. Silbert le pide que se acerque a la cocina y le prepare una patata rellena, ahora mismo; luego pasa a otro tema.
Después de formuladas las críticas, y digeridas, Silbert pregunta a los cocineros qué están haciendo en cuanto a la estrés, y de nuevo queda claro que este no es un restaurante cualquiera. Les pregunta: ¿Os acordáis de reír? Reíd, les insiste, con el mismo tono de bebé que usa para dirigirse a Amnesty. La risa es la clave, dice. La risa es fundamental para lo que estamos haciendo en Delancey Street.
Los convictos tienen a tomarse demasiado en serio, lo que excluye los cambios, dice Silbert. Dados las "terribles penurias en sus vidas", los dolores sufridos y causados, Silbert insiste en que los convictos deben reír profusamente -de sus errores, de sus pasados, de sus futuros inciertos- como un modo de calmarse y ponerse alegres y abrirse a las posibilidades.
Los hombres la miran, sonriendo, riendo. Entonces uno de ellos se marcha para sacar a pasear a Amnesty.
Finalmente, antes de enviar a todos de vuelta al trabajo, Silbert elogia a Winfred Cooper, 56, que últimamente se ha destacado como maestro en el asador. Cooper se ajusta las gafas y mira como si estuviera a punto de llorar. Momentos después, se echa a llorar, como pasa con la mayoría de los convictos que trabajan con Silbert. "Es la Madre Teresa", dice. "Y yo vengo de Calcuta".
Creció en las calles de East Palo Alto. Apenas había salido de la pubertad que se metió en problemas por primera vez. "Edward G. Robinson era mi héroe", dice, y él hizo lo mejor para superar a Little Caesar. Empezó a asaltar compañías de teléfono, luego pasó a los bancos. Consumía drogas. Mató a un tipo en un salón de billar porque lo escupió. Trató de matar a su abuela.
Al menos hace dos años Cooper encontró el camino hacia Delancey Street. "No quiero causarle daño a nadie más", dice.
Delancey Street le dio no solamente la bienvenida. Entre sus muchas funciones, el restaurante sirve como el ‘vestíbulo' de una casa de apartamentos de cuatro pisos en el Embarcadero, construida por reclusos, donde ahora viven unos quinientos convictos.
Silbert, madre divorciada con dos hijos crecidos, vive en el lugar, y le encanta, aunque que no está nunca tranquilo. Los reclusos reciben un pequeño estipendio, comida y ropa con dinero de un fondo general que también proporciona a Silbert su dinero suelto: No recibe un salario. Delancey Street se enorgullece de no recibir subsidios del gobierno, de modo que todo viene de las ganancias y donaciones. (Brooks Brothers y Zegna han sido últimamente muy generosos).
A cambio de que se cubran sus necesidades básicas, los convictos prometen trabajar -duro. Pasan largas horas en el restaurante, y a menudo en otra de las ‘escuelas de formación comercial' más pequeñas de Delancey Street, como la de plantaciones de árboles de Navidad y compañías de mudanzas. También vuelven a los libros. Además de sacar sus diplomas de la secundaria y universitarios, los convictos siguen un curso de humanidades diseñado por Silbert, que incluye visitas a museos, recitales y ballet.
Delancey Street es el único programa en su especie del país, dice Silbert, y la todos los días la llama gente que quiere copiarlo. Pero no tiene tiempo para responder a todas las peticiones, se queja. Además, ella diseñó Delancey Street de improviso, hace 35 años, con ayuda de expertos, universitarios, gourmets y amigos. De vez en vez, una madre de un convicto contribuye con una receta familiar secreta. Tomaría demasiado tiempo -toda una vida- contar al alguien lo que ha aprendido.
Un elemento central de Delancey Street es la "disipación", una agotadora limpieza emocional por la que pasan los convictos después de su primer año. Enclaustrados durante un fin de semana con un grupo de colegas, cuentan todos sus pecados más oscuros, sin dejar nada fuera. Cuando caen en la autocompasión o en las racionalizaciones, Silbert o un ayudante saltan. Los convictos se odian a sí mismos cuando llegan a Delancey Street, dice Silbert, "pero no lo suficiente".
Aubria Thompson, una ex prostituta y heroinómana de 40 años, se ha odiado a sí misma desde que fue abusada cuando era niña. Ahora está aprendiendo a quererse, y a querer tan incondicionalmente a Delancey Street que hace poco pidió prolongar su estadía por otros dos años.
Thompson no está lista todavía para el mundo exterior, pero tampoco para el comedor principal. Por eso, se ha estado preparando para cenas privadas en la parte de atrás. Ayer noche aprendió a manejar el ordenador del restaurante, y la diferencia entre un Chardonnay y un Cabernet, aunque de vez en vez funde los términos y termina diciendo "Carbonnay".
Sonríe cada vez que aprende algo nuevo. Sus ojos brillan detrás de sus gafas nuevas, que le ha dado Delancey Street. (Nunca tuvo gafas antes, dice tímida, porque ver bien no valía la pena). "Siempre pensé que yo era un pedazo de mierda", dice Thompson. "Ahora empiezo a sentir que soy un ser humano".
El colega de Thompson en las cenas privadas es Gary Dockery, un ex cabeza rapada de 29. Toda vez que Thompson se queda atrás, Dockery carga con el muerto. Está feliz de poder ayudar, a pesar del hecho de que Thompson sea afro-americana y Dockery, en el pasado, amenazaba a los afro-americanos para divertirse.
¿Por qué tan solícito? Porque Thompson pasa parte de su tiempo fuera del restaurante ayudando a Dockery: Ella es su maestra de lecturas. "Nos enseñamos mutuamente", dice Dockery, citando una máxima favorita de Silbert.
Dockery y Thompson se llevan bien, tan bien, de hecho, que se siente lo suficientemente cómoda como para preguntarle por sus tatuajes, que se enroscan como hiedra venenosa por su cuello y puños. Serio, Dockery dice que los tatuajes representan cosas que ha hecho. Cosas que lamenta. "Mis tatuajes me recuerdan a la persona que no quiero ser".
Empieza la hora pique del restaurante. Entran, solos, una madre y su hijo, y su camarero es Kirk Chappell, 52, ex drogadicto y ladrón. La madre pide sopa, el hijo salmón. Se dividen una tarta de queso con caramelo. ¿Sabían antes de venir que su comida sería preparada y servida por convictos? ¿O, como ocurre a muchos clientes, se enteraron porque la historia del restaurante viene descrita en la contraportada del menú? (Los convictos se deleitan cuando ven a los clientes estudiar el menú, luego levantar la vista y mirar la cara del camarero con una mezcla de temor y sobrecogimiento).
Idos la madre y su hijo, Chappell habla sobre la ternura con que se trataban, cómo estaban conectados. No hace mucho tiempo, no se habría dado cuenta, o si se hubiera dado cuenta habría complotado sobre cómo caerles encima. Después de 11 condenas, el corazón de Chappell se había entumecido, y la visión de la bondad humana despertaba en él los instintos más bajos. "Una de las primeras cosas de que me di cuenta al llegar fue que la gente aquí era muy buena", dice. "Pensé de inmediato cómo sacar provecho de eso".
En lugar de eso, Delancey Street sacó lo mejor de Chappel. Antes de que advirtiera qué le estaba pasando, ya había cambiado, y disfrutaba del cambio. "He estado en otros trayectos", dice. "Pero Delancey Street está hecho para darte una nueva vida".
Sí, dice Chappell, cuando se hace tarde y el comedor empieza a quedar vacío, ha sido un larga camino hasta Delancey Street. También ha sido un día largo. Parece cansado. Empezó a las nueve de la mañana, como Ricardo Franco, 27, aunque Franco se ve como si pudiera empezar otro turno de 12 horas. Girando en torno a una mesa con nueve mujeres, sonríe y ríe y apunta sus pedidos de postre. ¿Helado y plátano? ¿Tiramisú? Enseguida, señoras. Anota cada pedido en un diminuto pedazo de papel en el hueco de la mano.
En la cárcel, haciendo ‘seguridad' para su banda, Franco apuntaba los nombres de miembros de pandillas enemigas en el patio, vigilando sus movimientos y conducta. Luego pasaba en secreto el pedacito de papel, escrito con su letra microscópica, a sus superiores en la pandilla. Ahora usa el mismo manuscrito microscópico para apuntar los pedidos de postre de esposas suburbanas. La ironía lo hace reír.
En estos días, todo hace reír a Franco. "Me siento normal de nuevo", dice, respirando pesadamente. "Puedo volver a oler el aire".
Hace justo cinco años, no habría imaginado tantas ganas de vivir. Arrestado con un arma cargada, se ganó su tercera condena y corría el riesgo de quedarse en la cárcel hasta su muerte. Cuando fue sentenciado, pidió hablar con la jueza. Con las manos llenas de sudor, le suplicó que le diera una última oportunidad. Por favor, le dijo, envíeme a Delancey Street.
Ella se burló.
Volvió a pedírselo. Volvió a suplicar. La jueza lo miró durante un largo rato, y cedió. Aunque lo envió de vuelta a la cárcel, accedió a ignorar que era su tercera vez. Lo condenó a tres años de cárcel, pero también, le dijo, a "la oportunidad de su vida".
El día en que Franco salió de la cárcel, hace dos años, su madre lo llevó directamente a Delancey Street. Ahora, además de trabajar duro, Franco estudia en un instituto, y sueña con llegar a ser bombero.
O, quizás, abogado. De vez en vez, acompaña a nuevos convictos a sus citaciones en tribunales y habla a nombre de ellos, y se sorprende de lo elocuente que puede ser. (Las clases para hablar en público en Delancey Street le han ayudado montones, dice).
Hace poco estaba en un tribunal, de chaqueta y corbata, y divisó a la jueza que le había salvado la vida. Corrió tras ella, pero ella desapareció en un pasillo. Cogió un teléfono y llamó a su oficina. Ricardo Franco, le dijo. Probablemente no se acuerda de mí, pero usted me dio la segunda oportunidad hace algunos años y quiero que sepa que estoy en Delancey Street, he cambiado completamente, mantuve la promesa que le hice a usted y a mí mismo.
"Parecía impresionada", dice, riendo, y es una pena que no ande Silbert por aquí para oír la historia. Debe de estar ocupada con Amnesty. Al final de otro largo día en Delancey Street, seguramente habría encontrado el sonido de la despreocupada risa de Franco más nutritivo, y más delicioso, que una patata rellena perfecta.

17 de septiembre de 2006
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castillos con gastos generales


[John Ward Anderson] Castillos franceses heredados están por encima de los recursos de sus dueños.
Boucard, Francia. Cuando el castillo de cuento de hadas del pueblo se ve desde lejos, con sus siete delgadas agujas y aspecto de fortaleza, es fácil imaginar la distinguida y mimada vida de los aristócratas que lo llamaban casa.
Pero un examen más de cerca muestra que algunas de las elegantes y alargadas ventanas carecen de cristales, el puente sobre el foso se ha derrumbado y las tejas se están cayendo del tejado. Dentro, excrementos de palomas y roedores cubren extensas áreas que han sido abandonadas a los elementos.
"Es una carga muy pesada para la gente que hereda un castillo", se lamenta Marie-Henriette de Montabert, 74, la diminuta matriarca de hombros anchos cuya familia posee el Château de Boucard desde 1720. Vive sola en la planta baja de una torre modernizada con una cocina, un cuarto de baño y calefacción. "Todos los dueños de castillos tenemos el mismo problema: cómo salvar tu castillo".
Durante cientos de años, los franceses construyeron castillos defensivos y ricos castillos, legando al patrimonio nacional unos cuarenta mil de ellos. Ahora los franceses tienen un problema.
El tiempo y el clima, la guerra y el saqueo, las menguantes fortunas familiares, las herencias fraccionadas y crecientes costes de mantención han dejado al campo con miles de impresionantes pero decrépitos monumentos que están por encima de los presupuestos de todos, excepto los fabulosamente ricos.
"Hoy en día, un castillo ya no es un signo exterior de riqueza, sino más bien un signo exterior de pobreza", dice Bertrand Le Nail, un agente inmobiliario francés y experto en propiedades.
Casi un noventa por ciento de los castillos del país -un término que se aplica fácilmente a cualquier cosa entre castillo y mansión rural- no es mantenido adecuadamente, debido a que sus dueños no tienen los medios para hacerlo, dice Le Nail.
Algunos venden sus propiedades o las convierten en pequeños hoteles, algunos los abren al público y cobran entrada y otros simplemente se marchan a vivir a las edificaciones que se derrumban en su rededor.
Chantal de Bonneval creyó que había encontrado la solución cuando, en 1977, ella y su marido heredaron el château de 45 habitaciones de la familia en Thaumiers, a unos 280 kilómetros al sur de París.
Debido a la costumbre de fraccionar la herencia, el château no venía con las tierras de los alrededores, las que en el pasado proporcionaban los ingresos para la mantención del edificio. Así que los nuevos propietarios agregaron trece cuartos de servicio a los cuatro que ya existían, repararon las 49 filtraciones que había en el tejado y convirtieron el castillo en un alojamiento y desayuno.
Pero de Bonneval, 62, descubrió que poseer un castillo era una actividad exigente, de toda la vida, que la condenó a trabajar y a hacer sacrificios. Y "tan pronto como la abres a los visitantes, deja de ser tu casa -ahora es una empresa", dice.
"Hay tantas cosas que hemos dejado de hacer desde que estamos aquí: cosas culturales, viajar, ver a la familia", dice. La mantención normal del castillo, que ha estado en posesión de la familia de su marido durante casi 300 años, cuesta unos 65 mil dólares al año -un gasto que los 500 huéspedes anuales apenas pueden cubrir.
"Hace treinta años, mi marido me dijo: ‘Si pasamos el 2000, es que lo habremos logrado'. Lo hicimos, y las cosas no han cambiado en absoluto. Hemos invertido todo en este lugar en los últimos 30 años. Hemos trabajado como locos, y no es posible seguir adelante. Hemos tocado fondo".
Hace ocho meses, pusieron el castillo a la venta por 3.75 millones de dólares, dice de Bonneval, con un dejo de amargura en su voz.
"¿Qué sentido tiene? ¿Debemos conservarlo porque si?", se pregunta. "Esto no hace feliz a mi familia. No pueden evitarlo. Es anacrónico vivir en un sitio como este". Al final, dice, "es mejor no dejar a nuestros hijos un enorme problema".
A pesar de los elevados costes de mantención, la venta de castillos ha vivido un auge en las últimas décadas, a medida que la gente se marchaba a las ciudades y la gente de las ciudades empezaba a adquirir casas de vacaciones en el campo, según dice el agente inmobiliario Le Nail.
"En nuestras sociedades modernas, representan la estabilidad, la belleza, la autenticidad y nuestro vínculo con nuestro pasado", dijo. "Esos lugares tienen alma" y pueden ser compradas por hasta 500 mil dólares, atrayendo una oleada de inversores extranjeros. "Un británico puede vender su apartamento de cuatro habitaciones en Londres y comprar un castillo en Francia con el dinero", observó.
Eso no siempre coincide con los deseos de los vecinos, de acuerdo a los sociólogos Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot, marido y mujer que han estudiado la historia socioeconómica de los castillos y sus propietarios. Los castillos son repositorios de la historia de la familia, y para los residentes locales, la propiedad y la familia son a menudo indistinguibles, dice la pareja. Así que los recién llegados son vistos como arribistas idiotas, y rechazados.
"La gente del pueblo piensa que ellos pretenden ser los dueños de los castillos", dice Pinçon-Charlot. Algunos tratan de sembrar buena voluntad haciendo donaciones de dinero a la escuela de la localidad o a la iglesia.
A cuatro kilómetros y medio del Château de Thaumiers, en Bannegon, tres niños de la familia de Bengy heredaron un problema diferente cuando su padre murió en 1992 y les dejó un castillo, en muy mal estado, que se remonta al siglo trece.
El mayor, Antoine, entonces de 16, "pensó que no tenía derecho a vender el patrimonio de la familia y lo mantuvo durante generaciones, con un montón de sacrificios", dice su tía, Véronique de Bengy. Así que fundó una asociación de amigos para recaudar dinero para las reparaciones y trabajar en la restauración del castillo, dijo.
Francois D'arrouzat, estudiante de administración de empresas de París y trabajador voluntario en el castillo, dijo que la restauración empezó en 1993 y probablemente continuará por veinte o más años, y cuando se termine habrá costado unos 7.5 millones de dólares. Sólo la reparación del tejado costará la mitad de eso, dijo.
"Sin la asociación, no habríamos logrado nunca salvar nuestros tejados", dijo de Bengy, explicando que parte de la propiedad ha sido clasificada por el gobierno como monumento histórico y que la restauración exige trabajadores calificados, materiales especiales y numerosos permisos e inspecciones, todo lo cual eleva aun más los costes.
Gran parte de los fondos de la asociación provienen de un festival medieval que el castillo organiza todos los veranos, que incluye un concierto de rock y el saqueo del castillo por 500 participantes en trajes de época.
De vuelta en el Château de Boucard, a unos 160 kilómetros al sur de París, en la región vitivinícola de Sancerre, la familia residente ha considerado muchas opciones, pero sigue dividida en cuanto a qué hacer con el castillo.
La señora del castillo, de Montabert, dijo que venderlo estaba "fuera de cuestión". Su hijo, que lo heredará, es veterinario y no podría mantenerlo, aun si lo quisiera, que no es el caso, dice su madre. Y sus dos hijas se dividirían las 300 hectáreas que rodean al castillo, privándolo de sus ingresos.
Parte del castillo de 20 habitaciones ha sido abandonada, parte restaurada y abierta al público y parte es usada por la familia. Debido a que el castillo es un monumento histórico, el gobierno financia una parte de los costes de mantención, pero la mera magnitud de lo que hay que hacer es desalentadora, dice la hermana mayor Edwige Mortier.
En cuanto a vender el castillo cuando muera su madre, Mortier dijo: "No vale la pena. Siempre habrá algo que hacer, y la gente no lo quiere". Calcula que el castillo podría reportar unos 500 mil dólares.
"No veo un futuro muy luminoso", concedió su madre mientras paseaba por el patio de piedra del castillo.
Un friso en el centro de un ala, construido por un jefe militar exiliado que hizo del castillo su hogar a mediados del siglo 16, declara: "La paciencia se la gana al destino".
"Podría ser un mensaje", dice de Montabert. "Debe haber estado pensando en mí cuando lo escribió".

Corinne Gavard contribuyó a este reportaje.

27 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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