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militar culpable de maltratos en iraq


Un jurado militar declaró culpable al soldado estadounidense Charles Graner de abusar y humillar sexualmente a los prisioneros de la cárcel iraquí de Abu Ghraib en las afueras de Bagdad.
Fort Hood, Estados Unidos. Graner de 36 años, escuchó el veredicto con atención sin demostrar ninguna reacción visible. Sus padres, que asistieron al juicio que duró cinco días, escucharon en silencio mirando desafiantes a los miembros de la corte marcial.
Los diez oficiales que integraron el jurado fallaron que Graner, de 36 años, es culpable de conspiración para maltratar a los detenidos, negligencia en el cumplimiento de su deber, maltrato, agresión agravada y actos indecentes.
Los cargos se refieren a los incidentes en que Graner golpeó prisioneros, los obligó a masturbarse y los apiló desnudos, uno sobre otro, en lo que se denominó la "pirámide animada". No obstante fue hallado inocente de algunos cargos de los que era acusado.
Graner enfrenta una pena de 15 años de prisión, y expulsión del ejército sin recibir compensación alguna por ello.
El policía militar no testificó previo a la lectura del veredicto, pero podrá hacerlo antes que se dicte la sentencia, instancia prevista para este sábado.
Tanto la defensa como los acusadores anunciaron que llamarán diversos testigos antes que se dé a conocer la sentencia definitiva.
"El fue quien instigó los incidentes en Abu Ghraib", dijo el capitán Chris Graveline, siendo la acusación más fuerte que manejó el gobierno estadounidense en la corte marcial.
"Estamos ante un abuso absoluto (...) sin justificación alguna, es por deporte, para divertirse", señaló al argumentar su acusación durante el juicio que se lleva adelante en una base militar.
Mientras habló ante el jurado, Graveline, se refirió a las fotografías tomadas en la cárcel iraquí que muestran a un jocoso Graner junto a otro guardia, posando frente a los prisioneros desnudos en humillantes posiciones sexuales.
"Es todo parte de su perverso humor sexual" indicó el capitán este viernes de mañana.
En la oportunidad rechazó la sugerencia de que Graner y otros soldados estaban cumpliendo órdenes al abusar y torturar a los detenidos.
"Ellos atacaron y degradaron a los prisioneros por su propio regocijo", dijo.
También ridiculizó los argumentos de la defensa cuando sostiene que la captura de Saddam Hussein se debió a la información obtenida luego del "agresivo" tratamiento brindado por Graner.
Puntualizó que la mayoría de los prisioneros torturados eran criminales comunes, incluso una prostituta que aparece fotografiada media desnuda durante su detención en la prisión.
"¿Pudo haber sido ella las que nos dio a Saddam Hussein?", ironizó.
El abogado de Graner, Guy Womack, sostuvo que su cliente y los restantes policías militares acusados estaban siguiendo instrucciones de los expertos de la Inteligencia Militar para obtener información sobre los grupos insurgentes contrarios a Estados Unidos en Irak.
El abogado insistió en que no había nada malo en la forma como fueron tratados los prisioneros, ni siquiera cuando fueron obligados a masturbarse y a simular la práctica de sexo oral. Según Womack esto demuestra como los expertos sabían explotar las diferencias culturales para obtener información.
A su vez señaló que el apilamiento de los prisioneros desnudos en la "pirámide animada" era una acción ingeniosa para mantenerlos bajo control.
Womack también defendió el hecho de atar a los prisioneros alrededor de su cuello y lo consideró un buen método para sacar de sus celdas a los más peligrosos.
Graner -agregó- es "inteligente, un buen profesional. El estaba colaborando con nuestra misión en Irak. El problema real es que estas fotos fueron filtradas y avergonzaron al gobierno de Estados Unidos".

15 de enero de 2005
©univisión

militar culpable de maltratos en iraq


Un jurado militar declaró culpable al soldado estadounidense Charles Graner de abusar y humillar sexualmente a los prisioneros de la cárcel iraquí de Abu Ghraib en las afueras de Bagdad.
Fort Hood, Estados Unidos. Graner de 36 años, escuchó el veredicto con atención sin demostrar ninguna reacción visible. Sus padres, que asistieron al juicio que duró cinco días, escucharon en silencio mirando desafiantes a los miembros de la corte marcial.
Los diez oficiales que integraron el jurado fallaron que Graner, de 36 años, es culpable de conspiración para maltratar a los detenidos, negligencia en el cumplimiento de su deber, maltrato, agresión agravada y actos indecentes.
Los cargos se refieren a los incidentes en que Graner golpeó prisioneros, los obligó a masturbarse y los apiló desnudos, uno sobre otro, en lo que se denominó la "pirámide animada". No obstante fue hallado inocente de algunos cargos de los que era acusado.
Graner enfrenta una pena de 15 años de prisión, y expulsión del ejército sin recibir compensación alguna por ello.
El policía militar no testificó previo a la lectura del veredicto, pero podrá hacerlo antes que se dicte la sentencia, instancia prevista para este sábado.
Tanto la defensa como los acusadores anunciaron que llamarán diversos testigos antes que se dé a conocer la sentencia definitiva.
"El fue quien instigó los incidentes en Abu Ghraib", dijo el capitán Chris Graveline, siendo la acusación más fuerte que manejó el gobierno estadounidense en la corte marcial.
"Estamos ante un abuso absoluto (...) sin justificación alguna, es por deporte, para divertirse", señaló al argumentar su acusación durante el juicio que se lleva adelante en una base militar.
Mientras habló ante el jurado, Graveline, se refirió a las fotografías tomadas en la cárcel iraquí que muestran a un jocoso Graner junto a otro guardia, posando frente a los prisioneros desnudos en humillantes posiciones sexuales.
"Es todo parte de su perverso humor sexual" indicó el capitán este viernes de mañana.
En la oportunidad rechazó la sugerencia de que Graner y otros soldados estaban cumpliendo órdenes al abusar y torturar a los detenidos.
"Ellos atacaron y degradaron a los prisioneros por su propio regocijo", dijo.
También ridiculizó los argumentos de la defensa cuando sostiene que la captura de Saddam Hussein se debió a la información obtenida luego del "agresivo" tratamiento brindado por Graner.
Puntualizó que la mayoría de los prisioneros torturados eran criminales comunes, incluso una prostituta que aparece fotografiada media desnuda durante su detención en la prisión.
"¿Pudo haber sido ella las que nos dio a Saddam Hussein?", ironizó.
El abogado de Graner, Guy Womack, sostuvo que su cliente y los restantes policías militares acusados estaban siguiendo instrucciones de los expertos de la Inteligencia Militar para obtener información sobre los grupos insurgentes contrarios a Estados Unidos en Irak.
El abogado insistió en que no había nada malo en la forma como fueron tratados los prisioneros, ni siquiera cuando fueron obligados a masturbarse y a simular la práctica de sexo oral. Según Womack esto demuestra como los expertos sabían explotar las diferencias culturales para obtener información.
A su vez señaló que el apilamiento de los prisioneros desnudos en la "pirámide animada" era una acción ingeniosa para mantenerlos bajo control.
Womack también defendió el hecho de atar a los prisioneros alrededor de su cuello y lo consideró un buen método para sacar de sus celdas a los más peligrosos.
Graner -agregó- es "inteligente, un buen profesional. El estaba colaborando con nuestra misión en Irak. El problema real es que estas fotos fueron filtradas y avergonzaron al gobierno de Estados Unidos".

15 de enero de 2005
©univisión

capitalista a regañadientes


[Susan B. Glasser] El vendedor y su país han pagado un alto precio por la estabilidad.
Nizhny Novgorod, Rusia. Alexander Markus sacudió la cabeza cuando miraba dos cajas idénticas con ropa interior masculina.
Este es su negocio ahora, y ha aprendido demasiado bien la diferencia entre los calzoncillos que se venden y esos que, como los dos modelos rusos que ha examinado en su bodega, no se venderán. "Demasiado caro", dijo. "Mal empaquetado". Y se encogió de hombros. Es "trivial", dijo, repitiendo una palabra que usa al menos una docena de veces al día, "pero tengo que comer".
En el pasado, Markus estudió física avanzada y fue reclutado para trabajar en una planta de investigación nuclear soviética ultra secreta. Hoy, es un capitalista a regañadientes en un país todavía incómodo con las fuerzas del mercado que se liberaron con la caída del comunismo. "Renunciaría mañana mismo, con gusto", dijo. "Los negocios para hacer negocios no me han interesado nunca".
En el caníbal mundo de los negocios rusos, la trivialidad de la vida de Markus representa una especie de victoria, un producto de la tentativa estabilidad que reina en Rusia bajo el presidente Vladimir Putin. "Antes, no tenía sentido tener propiedades porque las perdías todas", dijo Markus. "Ahora hay algunas reglas que hasta las autoridades obedecen".
Pero su fe en el sistema -en cualquier sistema- desapareció a lo largo de la estridente, violenta y torcida ruta que precedió su tranquila vida como vendedor de corpiños y bañadores. El negocio de Markus es un reflejo de su país: A cambio de estabilidad, los rusos dieron carta blanca a su presidente y son indiferentes a las intrigas del Kremlin que hacen de esta una época de incertidumbre sobre el futuro del comercio ruso.
La carrera de Markus, contada durante varios días de entrevistas con él, su familia, amigos y colegas, describe el arco del capitalismo ruso. En los años ochenta acogió la empresa libre y flirteó con la idea de ser un disidente. En los noventa aprendió duramente lo que llama irónicamente "los negocios rusos" -mafiosos armados que se apoderaron de su primera tienda, empleados corruptos que hicieron quebrar el banco con el que hacía negocios, compañías occidentales que prometían pero cuyos productos no eran lo que parecían.
Sólo ahora, gracias a los bragas polacas y calcetines turcos y a la relativa prosperidad de Putin, tiene Markus algún grado de seguridad económica. A los 38 ha levantado una cadena de seis tiendas en esta ciudad industrial junto al Río Volga. Da empleo a 50 personas, mantiene a tres hijos y juega juegos de ordenador en la oficina porque su trabajo no presenta ninguna dificultad para alguien que esperaba ser físico nuclear.
"En resumen", dijo, "me aburro".
Hace tiempo que Markus dejó de creer en los demócratas y ahora le "dan ganas de vomitar porque son como todos los demás". Dice que cree que el sistema está dominado por burócratas "parásitos" y oligarcas codiciosos como Mikhail Khodorkovsky, el magnate del petróleo encarcelado cuya compañía, Yukos, está siendo demolida por el estado como parte del intento de Putin de concentrar el poder en el Kremlin.
Markus es uno de los millones que votaron por Putin que están dispuestos a aceptar un sistema más autoritario como el precio de una vida más previsible. Sin embargo, no es un creyente incondicional de las promesas de la Rusia de Putin.
Cuando conducía a través de las averiadas calles de Nizhny Novgorod, Markus indicó con un gesto el nuevo centro comercial en manos de unos grandes almacenes turcos. "Todavía no tenemos que vernóslas con estos gigantes. Es por eso que podemos vivir", dijo. Pronto, explicó, tendrá que ampliar sus negocios para hacer frente a la competencia. Pero Markus tiene miedo de transformarse en lo que desprecia: un capitalista como Khodorkovsky, que hace dinero "parándome la espalda de mis vecinos" y vulnerable a la manipulación del estado, o algo todavía peor.
Así Markus sigue siendo un escéptico, un escepticismo que ganó a punta de pistola. "Una rica experiencia en este país me dice que la verdadera estabilidad sólo se alcanza después de la muerte", dijo. Y no estaba bromeando.

Pocas Reglas, Grandes Riesgos
"No quiero escupir en el espejo por las mañanas", dijo Markus, discutiendo de buen humor con su mejor amigo, Valera Nakaryakov, de vuelta para visitarlo después de haber emigrado hace más de diez años.
Nakaryakov estaba ansioso de culpar el "salvaje capitalismo" de Rusia por los muchos reveses que ha sufrido Markus. Él había considerado tomar el mismo camino. "Tuve que tomar una decisión muy pensada: o meterme en negocios aquí, o emigrar", dijo. "Me marché". Hoy, Nakaryakov es un ciudadano británico, un prominente y joven físico espacial en la Universidad de Warwick, que tiene más de 58 publicaciones académicas en su currículum. Es consultor de la NASA y la Agencia Especial Europea, y sus últimos descubrimientos son tema de entusiastas notas de la prensa.
Bebiendo una cerveza cerca de las aulas donde en el pasado eran inseparables, Nakaryakov le dijo a su amigo que siempre lo vería como un capitalista involuntario.
"Te obligaron a meterte en los negocios", dijo. "Lo hiciste contra tu voluntad".
En realidad, fue la política -la única cosa con la que coqueteó Markus- la que lo puso en el camino de transformarse en un vendedor de ropa interior.
Fue en 1989, y al joven físico conocido como Sasha por sus amigos le faltaba un mes para terminar sus estudios. A él y Nakaryakov -ambos casados y con hijas- les esperaban prestigiosos trabajos en Arzamas-16, la cercana planta nuclear secreta. Pero Nizhny Novgorod, en esa época todavía una ciudad industrial militar llamada Gorky, hervía de activistas que esperaban emular al científico nuclear disidente Andrei Sakharov, que pasó la mayor parte de los años ochenta en el exilio aquí. "Entonces éramos todos demócratas", recordó Markus.
"Todo se estaba derrumbando", dijo Markus. "Me quería sentir como un disidente y ayudé a echarlo abajo completamente". Ese Primero de Mayo se unió a los manifestantes en el desfile anual de los trabajadores gritando lemas en pro de la democracia. La policía los detuvo. "La gente estaba contenta, estábamos todos cantando canciones revolucionarias. Incluso en la cárcel estábamos contentos", dijo.
Los profesores partidarios de la causa no pudieron silenciar el escándalo de la detención. A Markus no le permitieron terminar los estudios, y Nakaryakov y otros amigos perdieron los trabajos prometidos en Arzamas-16. "Encontraron una oveja negra en el grupo, así que decidieron que nadie saldría libre", dijo Markus.
No sabía qué hacer hasta que un amigo "me dio un dato de que había una palabra llamado ‘negocio'" y lo conectó con un grupo que compraba ordenadores a bajo precio en Moscú y los vendía a precios más altos en Nizhny. Markus se transformó en el director técnico porque él "al menos había visto un ordenador antes". Se ganaba mucho dinero. "Todos los negocios tenían éxito en esa época", recordó. "No había reglas del juego en el nuevo mercado -ni en el país- y la actitud era ‘lo que se gana fácil, se gasta fácil'".
Nunca fue una persona que gustara de los grupos, así que Markus decidió iniciar sus propios negocios. "Estaba aprendiendo", dijo. "Más tarde me di cuenta de que no importa lo que vendas, provisto que no se trate de personas, drogas o armas".
Pero era confuso. Estaba excitado con el dinero que nunca tuvo antes y rodeado de nuevos y dudosos amigos del mundo del comercio gris. Su matrimonio se derrumbó en 1991, cuando se disolvió la Unión Soviética. "Se metió en negocios y así es como comenzó a hundirse", dijo su primera esposa, Anna Mariniechenko. "La gente empezó a tener un dinero que no habían tenido nunca antes; era la época de las fiestas. Muchos rusos quedaron en la bancarrota en esa época".
Para entonces, el nombre de Nizhny Novgorod había sido recuperado y las autoridades imaginaron un futuro comercial para la ciudad basándose en su propia historia como un cruce comercial entre los ríos Volga y Oka.
Markus abrió una modesta pulpería en la calle de Gorky. Pero pronto los bandidos comenzaron a cebarse en propietarios como él, exigiendo dinero de protección. Markus dormía en casa con una nueva esposa y un rifle de caza. Una noche de 1993 los pistoleros entraron a su apartamento y exigieron que les entregara la tienda. "Pusieron una pistola contra mi esposa, y por supuesto les di la tienda", dijo.
Cuando fue a su tienda a suplicar que se la devolvieran, un gángster le hizo una proposición diferente, pidiéndole a Markus que trabajara en su banco. Aceptó y aprendió desde dentro el funcionamiento de los llamados bancos que proliferaron en los años noventa, haciendo las veces de escondites y operaciones de lavado de dinero para unos pocos colegas bien conectados.
En apariencia él estaba ahí para controlar las garantías de pago de los que obtenían préstamos. "Pero resultó que nadie lo necesitaba. Todos los bancos daban crédito exclusivamente sobre la base de la amistad o por órdenes directas de los dueños", recordó Markus. En 1995 el banco explotó en lo que era una "quiebra fraudulenta".
Encontró trabajo en una importante firma agrícola que vendía frutas, y la odió de inmediato. Su segunda esposa lo dejó. Después del desastre del banco, "tanto los maleantes como la policía empezaron a perseguirme", recordó. Los policías le encontraron primero, y pasó un mes en la cárcel convenciéndoles de que él era simplemente un testigo, no un implicado, de los delitos del banco.
Fue entonces que Markus prestó por primera vez atención al mundo de los calcetines, medias y ropa interior, iniciando varias pequeñas tiendas. Encontró un proveedor en Moscú e importó mercaderías turcas baratas. Pero los negocios no marchaban bien. En 1997 los socios de Markus lo dejaron y se encontró a sí mismo con una deuda de 10.000 dólares.
Llegaron mensajeros amenazándolo, exigiendo dinero. Markus no tenía modo de pagar y, como dijo irónicamente, "ellos no podían hacer nada, excepto matarme, y si me mataban, se quedarían sin nada".
Luego la firma de Moscú envió a un imponente atleta llamado Oleg Gavryuchenkov a "impresionarme". Gavryuchenkov, que dijo que debía su formidable físico a años de water polo, se negó a comentar su primer encuentro con Markus. Interrogado sobre los negocios en los que estaba involucrado entonces, replicó con una modesta sonrisa: "Gente que tenía problemas en los negocios -nosotros resolvíamos esos problemas".
Al principio Markus trató de reunir dinero trabajando para una firma francesa que vendía suplementos alimentarios. Pero incluso esta compañía, descubrió, hacía trucos. A pesar de la larga lista de ingredientes mencionados en los suplementos, "la mayoría de ellos no se hallaban en los productos", dijo.
Después de tres meses se rindió y se dirigió a Moscú a pagar su deuda trabajando directamente para la empresa turca importadora. Era la primavera de 1998.
"Me transformé en un esclavo", dijo.
La economía rusa se fundió ese agosto. El negocio, junto a decenas de miles de otros más, se fue a la ruina cuando la devaluación del rublo hizo que el coste de las cosas importadas se hiciera prohibitivo. En la crisis, sin embargo, Markus vio una oportunidad. Había decidido que Gavryuchenkov, el corpulento cobrador, era un tipo decente, y los dos hicieron una propuesta a la gerencia de la firma. Venderían las existencias de la compañía a precios de mercado al por mayor en el terreno del estadio Luzhniki de Moscú.
Y así, ese otoño, Markus aprendió lo que era levantarse a las cuatro de la mañana para un duro día de trabajo y descargar los restos de la compañía. Incluso después de todo lo que había pasado, las brutales leyes del mercado fueron una revelación. "Luzhniki es un lugar donde puedes ganar 2.000 o 3.000 dólares al día, y perder 5.000 o 10.000", dijo. "No es un modo de vida muy humano".
A fines de 1998, Markus tenía suficiente dinero y calcetines turcos como para volver a casa y empezar un nuevo negocio. El primer eslabón de lo que sería su modesta cadena fue una esquina alquilada en una tienda de alimentación. Había espacio para sólo un soporte de calcetines. Pero Markus le dio a la empresa un nombre grandioso: ‘European Tricotage'.
Después de todo lo que le había pasado antes, vender ropa interior era difícilmente lo peor que pudo pasar a Markus. "Fue un placer", dijo, "traer a la gente un poco de belleza".

Cauto Optimismo
Markus estaba examinando ‘Número Uno', su primera tienda en la Plaza de la Libertad. Era el clímax de la temporada de bañadores, dos asistentes de ventas estaban ocupados con clientes y él miró las ordenadas perchas de camisetas rebajadas impresas llamativamente con nombres de marcas como Nike, Polo, Donna Karan y Dolce & Gabbana.
"Todos saben qué son y no tratamos de ocultarlo", dijo. "Las marcas verdaderas son completamente inaccesibles para la gente que compra en nuestras tiendas".
Cada año durante los últimos cinco, los negocios de Markus han crecido. ‘Número Uno' ha sido siempre su tienda que mejor funciona; el volumen ahora es de más de 20.000 dólares al mes. Los gángsteres ya no se aparecen exigiendo dinero. "El último ofrecimiento de protección me lo hicieron hace cuatro años. Y rechazamos con gran placer", dijo Markus. European Tricotages es ahora un nombre conocido, y vende también al por mayor. Hace poco hizo su primer viaje de negocios a Turquía.
Presionado por sus clientes ansiosos de ‘normalizar' los negocios, Markus decidió hace un año incluso abrir una cuenta bancaria de la compañía, un gran paso después de años de operar sólo con dinero contante.
Pero Markus hoy es todavía solamente un miembro de lo que el director de la asociación de pequeños empresarios rusos llama el "proletariado comercial". Está visiblemente estresado, un fantasma barbudo cuyas ropas se le caen del cuerpo. Come rara vez durante el día, manteniéndose con café y cigarrillos. No tiene coche ni teléfono móvil. Su modesto apartamento, donde vive con su tercera esposa, su hija de 10 años y su hijo de 12, le cuesta 300 dólares al mes.
El sueño de la ciudad capitalista modelo en el Volga se ha esfumado hace mucho; Nizhny Novgorod hoy no está ni siquiera entre las diez primeras regiones de la inversión extranjera. Las compras promedio en las tiendas de Markus son de 7 dólares. Los dependientes de Markus trabajan a comisión, y se llevan a casa unos 100 dólares al mes durante los períodos flojos.
La agobiante mano de los burócratas, o ‘chinovniki' en ruso, es un problema constante. "El señor Chinovnik es un parásito para gente como yo", dijo. Normalmente, deja en manos de su hermano Maksim, ingeniero civil de profesión, la tarea de solucionar dolores de cabeza como la multa de 85 dólares que están tratando de anular por tener mala la hora en la caja. "Nos pusieron la multa y les dijimos: ‘No vamos a pagar, llévennos a juicio'", recordó Maksim. "Pero los inspectores de impuestos dijeron: ‘No, tú nos llevas a juicio'. Llevar a un inspector de impuestos a juicio es mala para el futuro. Eso entendimos".
"Durante 1.500 años", dijo, "el gobierno nos acusa de vivir en Rusia".
Y, sin embargo, a veces, Markus es cautelosamente optimista, y tiene planes de abrir unos almacenes en Moscú y ampliar sus negocios al por mayor. "Estamos empezando el proceso en el que la gente piensa en el mañana", dijo. "Durante diez años para nosotros fue muy difícil hacer planes. Teníamos tantos problemas. Pero ahora me gustaría hacer algunos planes".
Ve su pequeño imperio de ropa interior como un refugio en el que protegerse de Rusia, donde trabaja rodeado de un pequeño círculo de amigos en los que confía, como su hermano Maksim, su compañero de infancia Dima y su primo Sergei. No tiene planes de meterse en política, no en grupos comerciales ni en proyectos de acción cívica de ningún tipo.
"Como muchos de mi generación hace mucho tiempo me aparté del estado y estoy viviendo en el mundo que más me gusta", dijo. "Toda persona que se mete en negocios, construye su propio estado".

21 de diciembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

no volverá a violar a mi hija


[Eric Rich] Mujer liberada tras asesinato de su marido narra toda una vida de maltratos. Violó a su hijastra, cuyo hijo se criará ahora sin su padre.
Laura Rogers recuerda que metió la mano debajo de la cama donde dormía su marido, y cogió la escopeta. Había estado despierta toda la noche.
Recuerda que llevó la escopeta calibre 20 a la salida, donde había estado sin mirar televisión durante horas. Lo abrió y deslizó un proyectil en su recámara. De vuelta en el dormitorio, miró a su marido, Walter Rogers, 43, durmiendo al lado derecho.
El sol no había salido todavía.
Laura Rogers no recuerda haber sostenido el arma a menos de 30 centímetros de la cara de su marido, apuntándole al ojo izquierdo. No recuerda haber jalado el gatillo.
"Recuerdo el sonido del disparo, y que corrí, y dije: ‘¿Qué he hecho?'", dijo en una entrevista esta semana.
Seis meses después de matar a su marido, Laura Rogers, 36, fue dejada en libertad del Centro de Detención del condado de Anne Arundel.
Fue acusada de homicidio en primer grado, un crimen castigado con cadena perpetua en prisión, pero ella se confesó culpable de homicidio involuntario. El juez del tribunal de distrito Paul A. Hackner la sentenció a diez años de prisión, el máximo para ese delito, pero suspendió toda la pena, excepto los 198 días que había pasado en prisión desde su detención. Hackner dijo que lo había convencido un diagnóstico de que ella sufría el síndrome de las esposas maltratadas. Y calificó a su marido, la víctima, de "un horrible ser humano".
La fiscalía no se opuso al veredicto. Este era un caso de asesinato que los fiscales no se atreven a presentar ante un jurado.
Es una vieja historia: una esposa que se dice maltratada mata al hombre que la atormentaba. Laura Rogers no es de ninguna manera la primera mujer que pone fin a años de supuestos abusos jalando un gatillo en la noche. Pero rara vez el sistema judicial acepta que la culpa es del marido. Rara vez excusa el sistema un homicidio y envía a la esposa a casa.
Pero este caso no era como otros.
En primer lugar, había que pensar en el bienestar psicológico de una niña de 17 años.
Y había un video.
Un horrible video.

Una Muerte en la Familia
Laura Rogers describió el asesinato y las circunstancias que lo rodearon en una entrevista, al día siguiente de salir de la prisión. Habló sentada a una mesa de conferencia en el despacho de su abogado, Clarke F. Ahlers, con las manos apretadas.
Tiene el pelo castaño y liso y lleva el corte de pelo de las reclusas; llevaba pantalones de gimnasia azules y un jersey azul con un corazón rojo en el pecho. En su muñeca derecha luce un tatuaje de una rosa púrpura. Habla casi siempre monótonamente, aunque en una ocasión rompió a llorar, cuando recontaba su vida y su relación con Walter Rogers antes de coger la escopeta.
"Tan pronto como disparé, la coloqué en el suelo", dijo, hablando de la escopeta que disparó esa mañana temprano el último sábado de abril.
El estallido despertó a su hija, entonces de 16, y a su hijo menor, hijos de un matrimonio anterior. Rogers dijo que los volvió rápidamente a poner en la cama, diciéndoles que no sabía lo que había pasado.
Luego llamó a la policía y les pidió que se acercaran a su recluido apartamento, en la parte de atrás de un edificio de oficinas en una calle sin salida en un parque industrial de Laurel, al oeste del condado de Anne Arundel.
La primera patrulla de agentes llegó pensando que se trataba de un suicidio, dijeron Rogers y Ahlers, una idea que ella no trató de desmentir. Pero los detectives se mostraron escépticos casi desde el principio.
Dos días después, en un aparente esfuerzo de proteger a su madre, Laura Rogers, la hija de 16, se confesó culpable. Sin embargo, los detectives se dieron cuenta de que la chica no podía haberlo hecho: No sabía cómo cargar la escopeta. Le dijeron a Laura Rogers lo que había dicho la chica, y Rogers admitió rápidamente que ella había jalado el gatillo.
Dijo que "tomar una vida es algo con lo que tendré que vivir el resto de mi vida". Pero dijo que se sentía como si "respirara de nuevo" por primera vez en años. Dijo que entendía que para entender su situación -el "terror y el miedo" de ella y su familia- había que entender que no tenía alternativa.

Buenos Tiempos Que Se Estropearon
Conoció a Walter Rogers hace 12 años en un concierto de Clint Black en el Merriweather Post Pavilion en Columbia. Los dos habían estado casados antes. Ella lo encontró guapo, agradable, un hombre de familia que la aceptaba con sus dos hijos.
"Siempre decía que había sido amor a primera vista", dijo Laura Rogers. "Yo nunca le creí. Yo había tenido ya un mal matrimonio, así que estaba muy escéptica. Pero él supo cómo seducirme".
Siete meses después comenzaron a vivir juntos en casa de los padres de ella. Él le propuso matrimonio, arrodillándose en una Pizza Hut. Se casaron menos de dos años después de haberse conocido.
"Fue maravilloso, al comienzo", dijo ella. "Nos llevábamos muy bien. Me trató maravillosamente hasta el tercer año de matrimonio".
"Pero los últimos seis años he vivido aterrorizada".
Dijo que él se había transformado en un abusador con la manía de querer controlarlo todo. La familia se mudó una docena de veces en diez años, limitando su capacidad de conocer otra gente. No le dejaba tener amigos ni la dejaba trabajar.
"Pasé por un montón de cambios emocionales, estando con él", dijo. "Quiero decir, físicamente, sí, también me pegaba. No pasó muchas veces, pero, sí, también me pegó. Un montón de veces, pero el maltrato emocional deja cicatrices profundas".
Dijo que creía que no podía marcharse. "Yo sabía que él nunca me dejaría, y si yo me marchaba, él sabría encontrarme", dijo. "Yo vivía con miedo de que nos maltratara, a mí y a mis hijos".
En 2000, su hija se quejó de que Walter Rogers le había pasado la mano por su pecho. La policía de Mississipi, donde estaban viviendo, investigó la acusación. Walter Rogers fue acusado formalmente. Pero el caso fue desechado.
Luego, en mayo de 2003, su hija contó a funcionarios de la escuela de Anne Arundel que su padrastro estaba abusando sexualmente de ella. Los detectives visitaron a los Rogers en casa ese mismo día. A pesar de los maltratos que Laura Rogers misma estaba sufriendo, no imaginaba en esa época que su marido estuviera abusando de su hija.
"Walter era muy convincente", dijo. "Me convenció a mí, a las asistentes sociales, a la policía. Convenció a todo el mundo de que él no había hecho nada y, básicamente, que era un santo".
Tan convincente fue que la chica fue acusada de presentar una denuncia falsa. Fue condenada por el tribunal juvenil del condado de Anne Arundel.
En una entrevista con las autoridades, Walter Rogers lloró y dijo que su hijastra lo había acusado falsamente. Dijo que había mentido antes sobre lo mismo, en Mississippi, y dijo que su "mundo se estaba derrumbando. Los problemas de salud, simplemente el día a día... Yo no hice nada".
La condena de la chica adolescente finalmente fue anulada. Para entonces, las pruebas de sus denuncias eran irrefutables.

Un Arma y un Motivo
El 23 de abril mientras secaba la ropa en una centrífuga en una lavandería, Laura Rogers entró a un Wal-Mart no muy lejos de su casa y compró la escopeta. Dijo que su marido la había enviado a comprarla, diciendo que estaba preocupado por los robos en su aislado vecindario.
Su hija de 16 tenía siete meses de embarazo entonces. Laura Rogers dijo que creía que el padre era un niño de la escuela.
Hacia las nueve de la noche, la chica le contó a su madre donde hallar pruebas de que los abusos sexuales de su padrastro eran verdad. Había un video, dijo, en el armario de Walter Rogers. Le dijo que mirara detrás de su colección de la revista Playboy.
La familia estaba preparando un viaje a Carolina del Norte. Esa noche, cuando Walter Rogers, un jornalero, estaba guardando sus herramientas en el patio y preparando el viaje, Laura Rogers sacó el video. Lo puso en su cámara de video en su dormitorio y miró hasta que no aguantó más en la pequeña pantalla de la cámara.
Las imágenes mostraban a Walter Rogers teniendo relaciones sexuales con la niña. Laura Rogers dijo que cuando estaba mirando se quedó paralizada. "No sé qué pasó", recordó. "Creo que me metí en mi caparazón".
Pero dijo que ella lo sabía. "Cuando vi el video, pensé que él nunca volvería a tocar a mi hija. En ese momento tuve la certeza de que él lo estaba haciendo, que ahora no podría convencerme de que no era así".
Su hija, se dio cuenta entonces, había estado contando la verdad. Y su marido había violado repetidas veces a su hija, había mentido sobre el asunto, había hecho procesar a la niña y seguía abusando de ella. Cuando sacó el video, recordó, Walter Rogers entraba a casa. Él le dijo que se asegurara que llevar lo suficiente para el viaje de la semana.
Laura Rogers dijo que se sentía disgustada, pero no le dijo nada.
"Está bien", le dijo.
Horas más tarde, cuando el sol estaba por salir, se acercó a la puerta del dormitorio. La abrió y, con la luz que entraba de la salita, sacó la escopeta de debajo de la cama.

Caso Cerrado
EL martes el juez Hackner dijo en el tribunal que un diagnóstico de síndrome de esposa maltratada imponía la liberación de Laura Rogers. Pero él tomó esa decisión sólo después de haber visto en su despacho el video, y después de oír al abogado Ahlers describir a Walter Rogers como "una persona que sacaba un placer enfermizo y sádico en atormentar a otra gente".
Los fiscales dijeron que habían aceptado el acuerdo en parte para evitar que la hija de Laura Rogers, ahora de 17, pasara por la dura prueba de tener que declarar sobre los abusos de que fue víctima. Su hijo, un niño, nació en el verano y fue entregado en adopción. Análisis de DNA probaron que el padre era Walter Rogers.
La cárcel abrió sus puertas a las seis de la tarde del martes y Laura Rogers salió convertida en una mujer libre. Pensando más tarde en lo que había visto en la diminuta pantalla de la cámara, dijo que había hecho lo que tenía que hacer.
"Cuando vi a este hombre violando a mi hija, pensé que no podía dejar que eso siguiera pasando", dijo. "Yo no podía cambiar el pasado. Pero sí podía cambiar el futuro".

12 de noviembre de 2004
15 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

éxodo rural en china destruye sus familias


[Jim Yardley] Las duras condiciones de vida en el campo y nuevas ambiciones obligan a padres a abandonar sus familias para procurarles un futuro mejor.
Shuanghu, China. Yang Shan está en cuarto y pasa algunas horas al día practicando caracteres chinos. Su caligrafía es limpia y precisa, y un día, en lugar de ejercicios, escribió cartas a sus padres y las envió por correo.
"¿Cómo estáis de salud?", preguntó.
Shan, que tiene 10 años, agregó entonces una pregunta más precisa: "¿Qué está pasando con nuestra familia?"
Sus padres se habían marchado en marzo. Su ausencia no era algo nuevo en la corta vida de Shan. Su padre, Yang Heqing, les había dejado cuatro veces por su trabajo. Ahora está en Pekín en unas obras. Su madre, Ran Heping, estuvo fuera tres veces. Está en otra ciudad, como obrera en una fábrica.
En los últimos años los padres de Shan han vuelto a esta remota aldea para traer dinero y reunirse con la familia. Se marchan cuando el dinero se acaba, como pasó en marzo. Su padre tenía deudas médicas y necesitaba dinero para ver a otro doctor. Había que pagar la matrícula escolar de Shan, y sus abuelos también necesitaban ayuda.
"Creo que se están sacrificando para que yo viva mejor", dijo Shan sobre sus padres. Agregó una familiar expresión china: "Están comiendo amargura".
Para la familia Yang y millones de otros del campo chino, el único modo de sobrevivir como familia es no vivir como una. Los trabajadores que emigran, como los padres de Shan, son las mulas del impresionante desarrollo económico del país. Y el dinero que ellos envían a casa es esencial para la desempleada China rural.
Sin embargo, incluso ese dinero no es suficiente. Los salarios de los emigrantes se han estancado, han aumentado los costes de educación y salud, y la red de seguridad social campesina se ha derrumbado -una aplastante combinación que es el principal motivo por el que la división de los ingresos se están ampliando tan rápidamente en China a expensas de los pobres del campo.
La emigración también ha significado que los niños urbanos y rurales de China están creciendo en mundos completamente diferentes. En las ciudades, las parejas en movilidad social ascendente llaman a sus preciosos hijos únicos ‘xiao taiyang', ‘pequeños soles', como en el centro del universo. Los niños son consentidos con ropas, juguetes y tapas: la obesidad infantil es una de las nuevas enfermedades de la ciudad.
En el campo, la nueva frase vernacular es ‘lui shou', o ‘niño abandonado'. Millones de niños como Shan crecen sin uno de los padres, a veces sin ninguno de los dos. Las aldeas parecen a menudo haber perdido una generación. Los abuelos trabajan en el campo y cuidan de los niños.
"Somos un triángulo, tres personas en tres lugares diferentes", dice Yang, 36, el padre. "El dolor de no vernos es muy duro. En este mundo todos los padres somos iguales. Todos nos preocupamos por nuestros hijos".
Pero los padres de Shan, atrapados por deudas y obligaciones, se encuentran entre los incalculables millones de gente de la China rural cogidos en este brutal ciclo. Los estudios muestran que los costes médicos son la principal razón por la que la gente cae en la miseria en China. Muchos residentes de las ciudades todavía gozan de seguros médicos, pero los campesinos deben pagar por cada servicio. La enfermedad puede significar la bancarrota.
Yang se marchó a Pekín en parte para ganar dinero y pagar los tratamientos médicos. Le advirtieron hace años que necesitaba tratamiento para sus problemas de próstata, pero no podía pagarlo. Ahora, en las obras su salud ha empeorado. Ha perdido muchos días y corre el peligro de perder el dinero que necesita para ir al doctor.
Su esposa, Ran, 33, quiere visitar a su hija en febrero, para el Año Nuevo Lunar, cuando los trabajadores inmigrados vuelven tradicionalmente a sus casas. Pero dijo que su fábrica en la ciudad de Baoding le impondrá una multa de 72 dólares -casi toda la paga de una semana- si falta al trabajo antes de julio. La matrícula escolar de Shan debe ser pagada pronto y la familia necesita más dinero.
Shan no ha salido nunca de esta aldea en la montañosa zona central de China, a unas horas por carretera desde las Tres Gargantas a lo largo del Río Yang-Tzé. Es todavía una niña, pero entiende las presiones sobre su familia y cómo su propio futuro depende de obtener una educación. Se preocupó cuando la escuela pidió el dinero de la matrícula del semestre.
"Me gusta la escuela", dijo.

Una Aldea Desesperada
Los alumnos de la clase de cuarto de Shan se levantaron al mismo tiempo cuando el maestro Du Nengwei golpeteó el escritorio con su puntero para comenzar la lección.
"¡Hola, maestro!", gritaron los niños obedientemente a principios de diciembre cuando Du, con sus ojos agrandados por sus gruesas lentes, indicó a todos que se sentaran. Los niños empezaron a gritar los ejercicios memorizados, y las maquinales repeticiones salieron de las aulas tan ruidosamente como el graznido de pájaros.
La escuela de la aldea, el centro de tantas esperanzas, ha cambiado poco en los últimos cien años. El edificio sucio y pintado de blanco está hecho de ladrillos de barro y cemento. El aula de Shan no tiene ni calefacción ni electricidad. La luz entra por dos pequeñas ventanas.
Du dice que ocho de sus catorce alumnos tiene al menos un padre que ha emigrado para trabajar. Sabe que los padres se marchan para poder pagar las matrículas -unos 50 dólares al año para familias que viven a menudo con menos de 300 dólares al año. La escuela, incluso esta escuela, es su única oportunidad, dijo.
"Algunos dicen que quieren ser choferes, científicos o maestros", dice Du. "Pero nadie quiere ser campesino". Sobre Shan, dijo: "Estudia mucho y una buena alumna".
Normalmente es la segunda o tercera de la clase. En casa estudia hasta tres horas al día. Dijo que quería llegar a la escuela secundaria, luego incluso a la universidad.
"Mientras más educación tenga, más sabré", dijo.
Su casa es una casa comunal de paredes de barro construida hace más de un siglo durante la dinastía Qing. Sus abuelos duermen en una sección, su tía y prima en otra. Shan duerme sola en dos cuartos sin calefacción que eran antes el granero. Su cuarto está arriba del corral, que alberga a los tres cerdos de la familia. El cuarto de sus padres vacío es el pozo abierto que es ahora el retrete.
"No tengo miedo", dice. Ha pintado las descoloridas contraventanas de madera con los caracteres chinos para ‘riqueza' y ‘prosperidad'.
Su abuela, Yang Xianglin, 72 dice que sus tres hijos contribuyen cada uno 150 dólares al año para sostener a la familia. Dos de los tres son trabajadores emigrados; el tercero acaba de volver. Pero el dinero no es suficiente, así que el abuelo debe pedir prestado a otros familiares.
Shan sabe que es pobre, pero no parece sentir el agudo aguijón de la miseria. Interrogada sobre si tiene juguetes, se alegró y mostró dos diminutas figuras de plástico y una flor de seda. Sus padres no se pueden permitir más, aunque su madre le tejió un suéter rosado.
"Los echa de menos", dice su abuelo. "No deja de preguntar cuándo volverán a casa".
Casi todas las familias en Shuanghu tienen a alguien fuera. Los salarios locales son muy bajos y pueden llegar a un dólar al día; un trabajador emigrado puede ganar hasta cinco dólares al día. Unas pocas familias afortunadas han construido casas de cemento con el dinero de los emigrados.
"Tenemos ahora más libertad que cuando vivíamos en comuna", dice Lei Jinchen, 53, un vecino cuyos dos hijos trabajan en la misma fábrica que la madre de Shan. "Ahora podemos marcharnos a buscar trabajo. Pero sólo tenemos lo suficiente para alimentarnos. Eso es todo".
Los líderes del gobierno central a menudo fanfarronean que los nuevos programas benefician a las aldeas más pobres de China. Un programa nacional llamó a los campesinos a entregar tierras para su reforestación a cambio de pagos anuales. En 2002, el abuelo de Shan entregó dos tercios de una hectárea para recibir un pago de 65 dólares al año. Hasta ahora, ni él ni otros granjeros han recibido nada.
Shuaghu fue también elegida para un programa especial de ayuda contra la pobreza, y casi 50 familias -incluyendo a los Yang- fueron clasificadas como familias pobres elegibles para dividirse un fondo anual de 2.500 dólares, unos 50 dólares por familia. Pero, nuevamente, hasta el momento los Yang y otros no han recibido nada.
"Los beneficios no nos llegan", dice Lei. "Los gobiernos locales se quedan con la mayor parte del dinero".
Así lo único que queda para los jóvenes es emigrar para trabajar mientras los viejos se ocupan de las tierras. El paisaje montañoso es impresionante, pero sólo pequeños terrenos pueden ser usados en la agricultura. A principios de diciembre, Shan se marchó a la escuela una mañana y sus abuelos se dirigieron hacia una rocosa ladera de la colina hacia su pequeño lote.
La escarcha se había disipado y la abuela, Hu Yangui, 65, se sentó en la tierra a sacar nabos. Toma medicinas para sus problemas estomacales y su artritis, y el trabajo la cansa. Deja los nabos a secarse al sol hasta la tarde, luego se los arroja a los cerdos debajo del dormitorio de Shan.
El abuelo cogió un enorme fardo de tallos de maíz para usarlos como piso para los cerdos y se lo echó a la espalda. A veces su artritis le impide dormir, pero dice que el maíz no es pesado. En un campo más abajo, la voz de un niño hace eco contra las laderas. Era la prima de Shan, Yang Qinlin, 4. Su propio padre trabaja a varias horas de distancia, y a veces pasa meses sin verlo.
Estaba cantando un melancólico poema sobre la nostalgia del hogar, que memorizan todos los niños en China:
Al mirar hacia el cielo, veo la luna brillante;
Mirando hacia abajo, me ahogo en la nostalgia.

Un Padre Enfermo
En las peores noches, Yang Heqing despierta a causa del frío. Su litera está en el barrio de bodegas al sur de Pekín que alberga a decenas de miles de inmigrantes. A pesar de las temperaturas bajo cero, no hay calefacción y las literas son tablas de madera terciada amarradas a andamiajes de metal.
La habitación, proporcionada por la compañía de construcción, es como un mapa de la miseria en la China rural interior. Yang y otros tres hombres de su aldea duermen en dos hileras de literas. Los campesinos de la central provincia de Sichuan duermen en una sección diferente. Los campesinos manzaneros de la polvorienta provincia de Shaanxi duermen al otro lado de la habitación, junto a unos hombres de las empobrecidas áreas de la provincia de Hubei.
Hay cuarenta hombres en una habitación de 90 metros de largo.
Interrogados sobre cuántos de ellos han dejado a esposas e hijos en casa, un hombre gritó: "¡Todos nosotros!" Interrogados sobre cuánto ganan por un día de trabajo de 12 horas, siete días a la semana durante casi el año entero, responden avergonzados.
"No sabemos", confiesa otro.
Yang, como los otros, llegó a Pekín en marzo pasado. Él y sus tres amigos se enteraron a través de un primo sobre unas vacantes de trabajo en las obras para un nuevo edificio oficial. No les hicieron promesas firmes sobre la paga. A algunos les dijeron que podrían ganar unos 500 dólares o más al año, casi el doble del ingreso promedio en el campo. A otros les dijeron que los salarios dependían de la provincia de dónde provinieran.
Nadie lo sabe. Los capataces les pagarán cuando terminen las obras en enero. Hasta entonces, la compañía les proporciona diariamente arroz o fideos, y los obreros reciben 12 dólares al mes como mesada si trabajan al menos 25 días. Yang dijo que había perdido muchos días debido a su enfermedad. Como castigo a menudo recibe sólo 6 dólares de mesada.
"A veces siento dolor cuando trabajo", dijo. "Me duele el pecho, y no tengo energía".
Yang se enfermó por primera vez en 2000 después de trabajar cinco meses para una compañía de petróleo en el extremo occidental de Xinjiang. Ganaba casi 600 dólares, un botín, pero lo gastaba casi todo en medicinas y consultas médicas. Le diagnosticaron neumonía e inflamación de la próstata. En una hospital de la ciudad, un doctor le recomendó 1.200 dólares en medicinas y tratamiento, un precio que no podía pagar. Yang volvió a casa, y su esposa temía que pudiera tener cáncer.
"Perdió las esperanzas", dice Ran. "Dijo: ‘No me importa si me muero'. Yo le dije: ‘No puedes morirte y abandonar a tus padres y a tu hija'".
Debilitado, Yang se quedó en casa durante cuatro años, y su esposa se marchó a trabajar, sola, en mayo de 2000. Su padre dijo que entonces él se sintió frustrado de que su esposa, y no él, estuviera manteniendo a la familia. Su hija sabía que algo marchaba mal.
"Siempre lo veía comprando medicianas", dice Shan. Sus padres "no saben que yo sé", agregó. "Tengo miedo de que su enfermedad de haga peor".
En marzo, Yang dijo que tenía que encontrar un trabajo. Le debía a sus familiares casi 300 dólares que gastó en recetas médicas, y no podía ganar ese dinero en casa. Sentado en su litera a principios de diciembre, recordó la fiebre de excitación que sintió al llegar a Pekín a desempeñar un pequeño papel en la construcción de la bullente capital del país.
Su amigo, Yang Xianglin, se asomó desde otra litera. Es un trabajador inmigrante por primera vez. Como muchos otros aldeanos, pensó que venir a Pekín sería excitante, incluso liberador. Ahora quiere terminar las obras, ser pagado y no volver nunca más.
"No es lo que había imaginado", dice. "El trabajo de los inmigrantes es muy duro. Incluso si los patrones son malos, tenemos que obedecerles. No lo aguanto. Esto no es libertad".
Yang Heqing asintió, más por cansancio que por indignación. Había perdido tantos días de trabajo que finalmente pidió dinero prestado a su capataz y se marchó al hospital de la ciudad el 10 de diciembre. Un doctor examinó su próstata y sugirió que se hiciera unos análisis. Le costaría 250 dólares. Su patrón le había prestado 12.
Yang salió del hospital y se dirigió a una farmacia cercana a comprar píldoras anti-inflamatorias. Dice que estuvo tentado de abandonarlo todo, aceptar cualquier paga que le hiciera su patrón y volver al doctor. Pero también sabe que la paga puede no ser suficiente ni siquiera para llegar a casa.
Interrogado sobre sus planes en torno a su salud y a su familia, sólo pudo imaginar algo hasta enero, cuando terminen las obras.
"Mi esperanza es ganar unos miles de yuan a fines de año", dijo. Equivale a unos pocos cientos de dólares.

Una Madre Obrera
El mercado al aire libre de Baoding es un tramo de tierra donde los campesinos extienden sus champiñones, queso de soja, berzas y zanahorias. Los trozos de carne son expuestos en una plataforma, pero Ran Heping no puede comprarlos. Ella y otros tres familiares acaban de salir del turno nocturno de 12 horas de su fábrica y están haciendo las compras de la semana.
Un guapo vendedor regatea con Ran sobre el precio de una berza. Está flirteando y se ofrece a llevarla a casa. Ella ríe y se aleja. Más tarde cuenta que la distancia ha destruido los matrimonios de varias obreras de la fábrica.
Su fábrica en Baoding, a unos 90 minutos de tren al sur de Pekín, hace bolas metálicas para juegos de jardín, que son exportadas a Europa y Estados Unidos, y bolas más pequeñas que los chinos manipulan con sus manos en un método terapéutico tradicional.
Es un trabajo sucio y difícil, pero la fábrica es un destino popular entre los inmigrantes de Shuanghu debido a las referencias boca a boca. Más de la mitad de sus 70 empleados vienen de su aldea y alrededores. El trabajo es a destajo, de modo que les pagan por cada bola. Durante los meses de punta, una obrera que funde o pule metales puede ganar más de 100 dólares. Normalmente, sin embargo, las obreras ganan menos de 50 dólares.
Ran llegó aquí en 2000 cuando abandonó su aldea para mantener a su familia. A Ran le preocupaba dejar a su hija, pero Shan estaba comenzando el año escolar y había que pagar la matrícula. Ran sabía que la enfermedad de su marido le dejaba pocas opciones.
"Sabía que así no sobreviviríamos", dijo. "Le dije a Shan: ‘Iré a trabajar y tú te portarás bien en casa'".
Volvió a casa casi dos años después. Llevaba consigo casi 1.000 dólares, que se gastaron en recetas médicas, ropa, alimentos, matrículas de la escuela y otros costes de la granja. "Cuando se acabó el dinero, necesitábamos más", dijo. "Entonces decidí volver a marcharme".
Esta vez hizo un viaje más corto, de julio de 2002 a febrero de 2003. Volvió a casa con 210 dólares, después de que la fábrica le dedujera 72 dólares por no haber trabajado todo el año. Estaba furiosa y presentó una denuncia en la oficina laboral local. Pero no pasó nada.
Los Yang estuvieron juntos en la aldea durante un año. Pero las cuentas médicas y de la escuela les obligaron a separarse nuevamente. Cuando Yang partió para Pekín en marzo pasado, su esposa se dirigió hacia una fábrica de plásticos. Luego renunció y trató de unirse a su marido en Pekín.
"Somos una familia", le dijo su marido. "Tenemos que estar juntos mientras podamos".
Estuvieron juntos durante menos de 10 días. Ran trabajó en una fábrica de pasteles, pero renunció porque la paga era muy baja. Dijo que los costes de alquiler de un cuarto y de vida juntos en Pekín habría consumido los ahorros de la pareja.
Volvió a Baoding y a la fábrica de bolas de metal en septiembre. Ahora es inspectora, un trabajo más fácil que le reporta 40 dólares al mes. No se siente sola debido a que varias de sus primas trabajan en la misma fábrica. Hablan sobre sus hijos o pasean juntas en el parque local. Hay días en la gran ciudad que son excitantes, dice.
"No hay grandes almacenes donde nacimos", dijo.
En noviembre compró un frasco de champú para su largo pelo negro. Era la primera vez en su vida que compraba champú. Le costó 1 dólar con 50 centavos.
Esos momentos más aliviados son compensados por los más sombríos. Por teléfono suplica a su marido que vaya al doctor. "Le dije: ‘Cuando te paguen, gasta todo el salario en ponerte mejor'. Le dije que yo enviaría dinero a la familia".
"Pero él no quiere seguir un tratamiento porque cuesta demasiado", dijo.
Los abuelos llamaron en diciembre para decir otros 25 dólares para pagar la matrícula de Shan del próximo año. Ran quiere visitar a su hija en febrero, para el Año Nuevo. Pero sus patrones insisten en que debe trabajar hasta julio, o perderá una parte de la paga. Está indignada, pero ha decidido que se quedará. Su hija todavía no lo sabe.
"Espero que Heqing se recupere y podamos trabajar juntos para que Yang Shan pueda ir a la escuela secundaria", dijo Ran cuando le pregunté lo que quería en su futuro. "Si su salud no mejora, tengo miedo de que no podamos pagar su escuela primaria".
"Es una vida difícil", agregó. "Pero no tenemos alternativa".

Un Futuro Desconocido
Los abuelos de Shan dicen que ella no llora casi nunca. Está contenta jugando con sus amigas y primas. Sus dos padres la llamaron el día de su cumpleaños en julio. Dijo que se había sentido feliz.
A comienzos de diciembre se sentó fuera y practicó su caligrafía. Las cartas que había enviado a sus padres meses antes, no les llegaron nunca. Ella no tenía las direcciones correctas. Ahora ha comenzado a escribir una libreta de apuntes.
"Quiero un billete, un billete de barco y uno de autobús", garrapatea para el fotógrafo visitante.
¿Adónde quiere ir?
"A ver a mis padres", responde. "Quiero ver a mi mamá y a mi papá. Pienso en ellos todo el tiempo".
De momento, su imagen anterior, más sombría de sus vidas se ha disipado. Ahora quiere unirse a ellos. Quiere emigrar para trabajar.
"Creo que su vida es buena", responde la niña.
"Llevan una vida tranquila".

21 de diciembre de 2004
14 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh

esclavas de europa del este


Bandas de delincuentes en Europa del Este secuestran a mujeres para prostituirlas y a niños para venderlos como esclavos o por sus órganos en Europa occidental.
Ivana, de Ucrania, todavía vive con miedo, a pesar de haber escapado de sus penurias como prostituta. Su historia como esclava moderna es típica de las mujeres que se han visto forzadas a pagar gigantescas deudas de viaje: los costes de ser ingresada clandestinamente en Europa occidental. Esclavizada por bandas de contrabandistas, "son privadas de su libertad, maltratadas, golpeadas, violadas, y claramente explotadas", dice Helga Conrad, de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa OSCE. La OSCE está coordinando una campaña para combatir a las bandas. Ivana -no es su nombre verdadero- contó al programa de televisión de la BBC ‘Slavery Today' cómo dejó su casa en Ucrania cuando le prometieron un trabajo como camarera en el extranjero. La veinteañera fue obligada a prostituirse en Birmingham, Inglaterra.

Secuestrada
La policía del Reino Unido ha descubierto un creciente número de mujeres que han ingresado clandestinamente al país a trabajar en burdeles. Ivana fue secuestrada por una banda de traficantes de personas e ingresada clandestinamente en Europa hace seis meses. "Entraron tres hombres grandes a mi habitación y me amenazaron. Me pidieron que les mostrara mi cuerpo. Me hicieron sacarme el top y mostrarles mis senos", dijo, recordando la noche en que fue secuestrada. "Yo no pude hacer nada". Tras su secuestro, fue ingresada en Macedonia. Al llegar a Grecia fue vendida a un albanés, que la llevó al Reino Unido a través de Italia. "La primera vez que me violó estuve resistiéndome durante media hora, pero era un hombre robusto, y yo soy muy pequeña", recordó. "Él estaba completamente loco. Me golpeaba todo el tiempo, incluso en la calle, y me golpeaba con las manos, con los pies, con su cinturón. Tenía el cuerpo lleno de moretones. Me hacía trabajar todos los días, incluso cuando estaba con la regla. Recibía a seis o siete clientes por día. Y nunca me pagó nada por mi trabajo. A veces incluso no me daba nada para comer".

Un Sueño Hecho Trizas
Sólo después de que una mujer de la limpieza del burdel viera los rosetones después de una paliza particularmente brutal pudo escapar. "Pensé en suicidarme arrojándome por la ventana del burdel. Pero la mujer vio lo triste que estaba y con la ayuda de otras dos prostitutas, me llevó a su coche. Yo tenía mucho miedo, porque sabía que si el chulo me sorprendía, seguramente me iba a matar. Cuando salí de mi país pensaba que podría ahorrar dinero y comprar un apartamento de vuelta en casa, para mi hijo y yo. Ahora después de esto, mis sueños se han esfumado. Todo ha desaparecido". Ivana dice que vive con miedo de que el chulo la encuentre de nuevo. Si lo hace, cree que la matará. Conrad, de la OSCE, dice que a veces las mujeres "aceptan y saben que van a trabajar como prostitutas. Pero cuando eso les ocurre, y se enteran de lo que tienen que hacer y ven cómo son tratadas, se dan cuenta de que no era lo que esperaban".

La Historia de un Ex Contrabandista
Un antiguo contrabandista, que ahora trabaja con las autoridades y vive en una dirección secreta, contó al programa ‘Slavery Today' cómo funcionaba su antigua banda. "La mayor parte del tiempo usábamos reclutadores profesionales, pero a veces secuestrábamos a mujeres y niños nosotros mismos", dijo. "Los niños eran vendidos en Italia y a las mujeres más guapas las manteníamos como prisioneras y las hacíamos trabajar como prostitutas", dijo. "A los hombres los llevábamos adonde quisieran ir". También dijo que el niño más joven que había secuestrado tenía 18 meses. "He oído decir que los niños enfermos son vendidos y obligados a mendigar en las calles. Los niños sanos son mantenidos y adiestrados para trabajar para la mafia, la vender drogas, cometer asesinatos -todo lo que puedan hacer. También he oído que algunos niños son vendidos por sus órganos. Eso también ocurre con hombres y mujeres; depende de la demanda". Admitió que a menudo usó la violencia para secuestrar a personas. "Si no querían ser separados de sus familias, los golpeábamos hasta que hacían lo que queríamos", dijo. "Normalmente les decimos que vamos a matar a otro miembro de sus familias si no obedecen nuestras órdenes". En Europa del Este la banda llevaba a los hombres a Eslovenia, desde donde eran transportados a buscar trabajo en lugares como sitios en construcción. Otros eran llevados desde Bosnia a Croacia en lanchas, a través del río Sava -que era controlado por la banda. Desde ahí, eran llevados hacia el norte, hacia la frontera húngara, donde eran introducidos tras cruzar un bosque.

Acusaciones de Soborno
El antiguo contrabandista, que se prepara actualmente para prestar testimonio, también dijo que sabía de funcionarios importantes que habían sido sobornados por las bandas de contrabandistas. Esto fue aparentemente confirmado por Munir Podomlak, director de la Coalición Croata para el Desarrollo Social -una campaña anti-corrupción que protege al antiguo traficante. Podomlak dijo que el hombre había revelado informaciones sobre el contrabando en cinco países y acusó a diplomáticos y agentes de policía de "estar implicados en los delitos de una u otra manera". Insistió en que las autoridades no se habían mostrado "realmente" ansiosas de colaborar. Dijo que de los cinco países implicados, sólo dos estaban siendo investigados -uno en Europa del Este, y otro en Europa occidental. "Probablemente harán algunas detenciones en los próximos meses, en base a este caso", dijo. "Nuestra primera impresión, después de hablar con funcionarios policiales en esos dos países, es que están algo nerviosos sobre el nivel del caso, sobre la importancia de la gente implicada. Hay gente importante detrás de todo esto, y no sabemos quiénes son".

3 de noviembre de 2004
11 de enero de 2005
©bbc©traducción mQh

exoneran a jefe indio ahorcado en 1858


[Tomas Alex Tizon] Un grupo de indios nisqually trata de limpiar el nombre de Leschi, el último jefe de la tribu, que fue ahorcado en 1958 por el asesinato de un miliciano blanco.

Tacoma, Washington, Estados Unidos. Una mañana de invierno hace 146 años, un grupo de hombres de la ley llevaron a un hombre entrado en los cuarenta, de piel oscura y complexión robusta, a un lugar en la pradera donde se formaba una cuenca natural. Estaba atiborrada de espectadores, casi todos blancos. En el fondo había una horca improvisada.
Lo hicieron subir por la escalerilla. Se inclinó, recitó una oración en una lengua que pocos en la audiencia pudieron entender. De acuerdo a una traducción dijo que había hecho las paces con Dios y que ya no quería vivir. Agradeció a su carcelero por su amabilidad.
A las 11:35, el hombre, que había pasado sus dos últimos años en prisión, fue colgado. Su nombre era Leschi, el último jefe de la tribu nisqually y el primer hombre en ser legalmente ejecutado en el territorio que sería más tarde el estado de Washington.
Había sido condenado por el asesinato de un miliciano blanco. Leschi negó toda implicación en el crimen. Varias personas, incluyendo a oficiales de alta jerarquía del Ejército que se negaron a ejecutarlo, e incluso, al final, su verdugo, creían que Leschi había caído en una trampa.
La ejecución, el 19 de febrero de 1858, fue el último golpe en la subyugación de las tribus indias de Puget Sound. Los indios nisqually, que habían vivido en la región durante miles de años, perdieron sus tierras, su libertad y su jefe. La última humillación fue que Leschi, que trató de proteger a su pueblo, pasara a la historia del estado como un asesino convicto.
"Eso nos transformaría en descendientes de un asesino", dijo Cynthia Iyall, cuya línea genealógica la conecta con la hermana de Leschi, hace seis generaciones. La tribu, de unos 500 miembros, habita en una pequeña y frondosa reservación al este de Tacoma.
"Muchas generaciones de gente nisqually han tenido que vivir con esto", dijo Iyall. Tiene 43 años, es pequeña y bien parecida, de pelo castaño y ojos celestes que heredó de su madre no india. "Para la gente más vieja era incluso difícil hablar sobre el asunto. Podías ver el dolor en sus caras. Podías ver la rabia".
Iyall creció oyendo la historia de Leschi, cerca de Tumwater. Su abuelo acostumbraba llevarla a lugares en las colinas donde Leschi acampaba. Pero no fue sino hasta que Iyall se mudó a la reservación cuando era adulta que empezó a interesarse más profundamente en la historia.
Devoró todos los relatos del suceso, y mientras más aprendió sobre Leschi -que había sido más un orador que un guerrero, que había ayudado en la región a los primeros colonos blancos y que trató dos veces de hacer la paz con el Ejército-, más profunda se hizo la herida.
Tras la muerte de su abuelo Iyall se acercó a otro viejo, Sherman Leschi. Sherman era el último descendiente masculino vivo que llevaba el apellido Leschi. Vivió solo toda su vida, no tuvo hijos, nunca se casó. Tenía un extraordinario parecido con el jefe Leschi, cuya imagen fue captada por un artista. Iyall dijo que algunos visitantes que conocían el dibujo verían a Sherman y se quedaban boquiabiertos: "¡Leschi!"
En 2000 un domingo por la mañana, Iyall y Sherman, 68, estaban en la salita. Sherman estaba fascinado por la historia de Leschi. Salía en todas las conversaciones. Pero esta vez estaba más meditabundo.
"Quiero que hagas algo", le dijo a Iyall.
Iyall examinó su cara.
"Quiero que limpies el nombre de Leschi".
Seis meses más tarde, Sherman enfermó y murió.

El día que Leschi fue ahorcado se pudieron oír los tambores indios de varias tribus en la distancia, que expresaban así su protesta. Las ideas de deshacer la injusticia "empezaron el día mismo de su ejecución", dice Larry Seaberg, 65, un descendiente directo.
Pero la tribu nisqually, asediada por las penurias durante la mayor parte de los previos once siglos y medio, estaba demasiado ocupada tratando de sobrevivir como para iniciar esfuerzos serios y limpiar legalmente la reputación de Leschi.
Iyall recordó que salió aturdida de casa de Sherman esa mañana de domingo.Tenía un trabajo de tiempo completo como asesora de desarrollo de la tribu y unas pocas conexiones fuera del territorio indio. Quería llevar a cabo el anhelo de Sherman. También era el suyo propio, pero tenía miedo -hasta una mañana de primavera.
Cuatro meses después de la muerte de Sherman, Iyall caminaba por un sendero en el bosque cuando un búho se paró en una rama justo arriba de su cabeza. Se detuvo. El búho la miró. Avanzó otro poco y el búho voló sobre ella y volvió a posarse en una rama frente a ella y la miró a los ojos.
"Debemos haber estado mirándonos durante dos minutos", contó Iyall.
Volvió a casa corriendo, temblando, y le contó a otros el incidente y a pesar de haber tenido toda la vida aversión por las supersticiones terminó convenciéndose de que el búho le llevaba un mensaje de Sherman y otros ancestros nisqually, quizás de Leschi mismo. El mensaje era:
"Te hemos encargado de algo. Házlo. Te ayudaremos".
Durante meses Iyall habló con varias personas. Dos años más tarde, dirigía un grupo de tres mujeres con ancestros indios, de entre 40 y 80 años: una historiadora, una curadora de museos y una abogado.
Había un montón de pistas que seguir. Cuando Iyall y sus tres aliadas se reunieron seriamente en 2002, el estado de Massachusetts exoneró a cinco mujeres condenadas por brujería y ejecutadas por las autoridades coloniales hace tres siglos.
Nada semejante había pasado en territorio indio, pero la palabra "exoneración" quedó resonando. El grupo de Iyall se llamó a sí mismo el Comité para Exonerar al Jefe Leschi. Querían hacer algo más que formar una pandilla de indios tocando los tambores. Pero necesitaban ayuda desde fuera.

Un encuentro casual puso al grupo en contacto con John Ladenburg, el presidente del condado de Pierce. Con la ayuda de Ladenburg, el grupo reclutó a una pareja de legisladores del estado y en marzo la legislatura aprobó una resolución pidiendo a la Corte Suprema del estado que revocara la sentencia de Leschi y "enderezara una atroz injusticia".
Había un problema: El alto tribunal no podía hacerlo. El presidente del tribunal, Gerry Alexander, dijo que no nadie podía tener la capacidad legal para apelar a la corte a nombre de un hombre muerto hace casi 150 años. También dijo que el tribunal del estado no tenía jurisdicción para revocar una resolución de la Corte Suprema Territorial, que era una institución federal y el tribunal más importante de la región antes de la formación del estado.
Pero Alexander propuso una idea: ¿Qué tal si se llamaba a formar un "tribunal histórico" que reexaminara el caso de Leschi? Una comisión de importantes jueces del estado podría, como en todo juicio, oír a las dos partes y emitir un veredicto.
Al menos un miembro del grupo de Iyall, la solitaria anciana nisqually, Cecilia Svinth Carpenter, 80, estaba contra la idea. "¿Qué pasa si lo vuelven a condenar?", se preguntaba. Carpenter quería tener certeza sobre el resultado.
Alexander se negó a ello. Dijo que el tribunal tenía que ser "correcto".
La tribu nisqually y el grupo de Iyall accedieron, con temor, y se fijó la fecha del juicio para el 10 de diciembre en el auditorio del Museo de Historia del estado de Washington.
Los jueces incluían a dos jueces de la Corte Suprema del estado, dos jueces de apelación, dos jueces del condado y un juez tribal, que revisarían de antemano todos los documentos existentes sobre el caso.
La defensa de Leschi estaría a cargo de Ladenburg y de un abogado de la tribu. El caso del gobierno lo representarían dos fiscales del condado de Pierce. Leschi fue encarcelado e inicialmente juzgado en el condado de Pierce, que comprende Tacoma y la reservación nisqually.
Se llamaría Tribunal Histórico de Instrucción y Justicia. El veredicto no sería legalmente vinculante, pero gozaría del peso moral de los más altos representantes de la justicia en el estado.
El día del juicio unas 200 personas llenaron el auditorio, que tenía la forma de una cuenca parcial, con lados inclinados y un pequeño escenario en el punto más bajo. Muchos asistentes, de tribus locales, llevaban coloridas chaquetas y cuentas. Cerca del frente, Iyall y sus amigas se tomaban nerviosamente de la mano y esperaban que empezara.
Sonó el martillo. "Poneros de pie", dijo el alguacil.

Declararon once testigos. Eran historiadores, ancianos de las tribus y expertos en derecho militar e indígena. Dos testigos, ambos descendientes de Leschi, estallaron en llanto. Otros en la audiencia también lloraron.
Los abogados de las dos partes interrogaron a los testigos, los que, uno por uno, reconstruyeron una imagen de la vida en Puget Sound a mediados de 1850.
En esos años, un hombre pequeño y resuelto, el gobernador Isaac Stevens, trabajando a nombre del gobierno estadounidense, negociaba los tratados con los indios de la región, supuestamente para mantener la paz entre los indios y los colonos blancos que llegaban en grandes números. Pero el objetivo no declarado era despojar a los indios de sus tierras.
Mediante seis tratados en dos años, los indios perdieron casi todo lo que es ahora el estado de Washington. Los nisqually, que habían vivido en aldeas a lo largo de 125 kilómetros del río Nisqually, fueron encerrados en 520 hectáreas en un rocoso acantilado lejos del río.
"Somos un pueblo salmonero, un pueblo de pescadores", declaró el anciano Billy Frank. Sin acceso al río, la tribu estaba condenada.
Los dos jefes de la tribu en esa época, Leschi y su hermano Quiemuth, dirigieron la resistencia. Hubo ataques y contraataques, con asesinatos de las dos partes. Un clima de temor y odio impregnaba la región.
Stevens formó una milicia territorial para ayudar al Ejército. Envió un destacamento de milicianos para capturar a Leschi y su hermano.
Un día de octubre de 1855, los miembros de ese destacamento fueron emboscados junto a un sendero que cruzaba la pradera de Connell, cerca de lo que ahora es el lago Bonney. Un coronel de la milicia, de nombre A. Benton Moses, fue disparado por la espalda y matado. Un soldado identificó a Leschi como su asesino.
Oficiales del Ejército que conocían a Leschi le prometieron amnistía para poner fin a la guerra. El jefe fue delatado por uno de sus sobrinos. Quiemuth se entregó él mismo, y fue apuñalado hasta la muerte en el despacho del gobernador. No se acusó a nadie por el asesinato de Quiemuth.
Pero traicionando la promesa del Ejército, Leschi fue juzgado dos veces por el asesinato de Moses.
El primer juicio terminó en una convicción a morir en la horca, y uno de los jurados, Ezra Meeker, finalmente escribió un informe sobre el caso. Leschi fue juzgado una segunda vez, condenado por un jurado de 12 hombres blancos, y sentenciado a muerte. La Corte Suprema Territorial mantuvo la sentencia.
Esos eran los hechos, que no fueron disputados por ninguno de los lados.
La acusación del gobierno, representada por los fiscales Carl Hultman y Mary Robnett, intentó alguna defensa.
Robnett alegó que los juicios de Leschi se realizaron según las leyes de la época y que no había evidencias de que el veredicto hubiera sido motivado por motivos políticos o raciales. De hecho, propuso, el juicio en curso estaba más políticamente motivado que los de Leschi. Hultman dijo que la Corte Suprema Territorial había revisado el veredicto y decidido que había "suficientes pruebas" como para mantenerlo.
"¿Cómo podemos oponernos a esa decisión?", dijo Hultman, explicando los breves documentos manuscritos que todavía perviven. "Sabemos menos que ellos".
Los abogados de Leschi dijeron que el jefe fue juzgado durante un sistema judicial no desarrollado, y que el veredicto se emitió en una atmósfera racialmente cargada.
Los testimonios sacaron a luz hechos poco conocidos:
El único testigo en ambos juicios, el miliciano A.B. Rabbeson, formó parte del jurado que condenó al jefe. Rabbeson fue también del jurado en el segundo juicio. Los jueces en ambos juicios eran miembros de la Corte Suprema Territorial, lo que, en efecto, significa que ellos mismos revisaron sus propios veredictos y lo mantuvieron.
Las evidencias de que Rabbeson confundió a Leschi con otra persona, y un informe del Ejército que mostraba que Leschi no estaba en la pradera de Connell ese día, no fueron presentados nunca al tribunal. Quizás la omisión más importante fue que el juez en el segundo juicio, a diferencia del primero, no instruyó al jurado a considerar a Leschi, como sí hizo el Ejército, un "combatiente enemigo".
Un testimonio significativo provino del testigo que más simpatía mostró por el gobernador Stevens, el profesor de historia jubilado Kent Richards y autor de una biografía de Stevens.
"Stevens creía que la ejecución de Leschi pondría fin a la guerra", dijo Richards. Al final de cada guerra "alguien debe ser tenido responsable y en las guerras indígenas de los 1850 al oeste de Washington, Leschi fue considerado responsable".
Los testimonios en el tribunal de Alexander duraron cuatro horas y media.
Los jueces deliberaron durante media hora. Cuando volvieron a entrar al auditorio, Iyall se levantó de la silla y se acercó a tomar de la mano a Billy Frank.
El veredicto fue unánime. En la recapitulación, Alexander dijo que existía un estado de guerra entre el Ejército estadounidense y los indios de la región, y que como combatiente legal, "el jefe Leschi no debió, de acuerdo a la ley, ser juzgado por el delito de homicidio".
Alexander declaró que Leschi quedaba exonerado.
La multitud estalló en aplausos. Aplaudieron incluso los fiscales. Iyall se levantó y abrazó a sus amigos y familiares, algunos llorando de alegría.
Pero Carpenter, la anciana, seguía en su silla sin mostrar ninguna emoción. Era el resultado que ella esperaba, pero una parte de ella se negaba a aceptarlo.
"Esto no cambia los antecedentes legales", dijo. "Es la escapatoria para los blancos y del estado de Washington. Nos dicen: ‘Lo sentimos'. Y tengo que aceptarlo. Es lo mejor que podemos hacer".
Una fría mañana, pocos días después de la exoneración, Iyall se subió a su camioneta y se dirigió hacia el lugar donde habían colgado a Leschi, a unos 16 kilómetros.
La cuenca en la pradera había sido rellenada hace tiempo, y olvidada. En el estacionamiento de un centro comercial en lo que es ahora la ciudad obrera de Lakewood, hay una laja debajo de un roble sin hojas. Una inscripción en él dice que a unos 300 metros del lugar se colgó al último jefe de la tribu nisqually.
Cuando Iyall se paró ahí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta, leyendo el texto, una anciana pasó por ahí con un bastón y se detuvo junto a ella.
También leyó la inscripción.
"Limpiaron su nombre, sabes", dijo la mujer. "Yo paso por aquí todos los días, y siempre es doloroso. Me puse muy feliz cuando me enteré".
"Yo también", dijo Iyall.
Iyall volvió al lugar una vez con Sherman Leschi, poco antes de la muerte de este.
Han pasado más de cuatro años desde su última conversación en su salita. Ese día salió de su casa aturdida, y ahora sentía un tipo diferente de excitación, la que se siente después de haber luchado por algo durante mucho tiempo y de haberlo logrado, pero ya no se tienen energías para celebrarlo.
Sin embargo, esperaba que sus ancestros estuvieran contentos ahora, y que los tambores de celebración estuvieran sonando en algún lugar.

2 de diciembre de 2004
8 de enero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

violentas tensiones entre ricos y pobres y funcionarios en china


[Joseph Kahn] Un banal encontronazo callejero provoca una revuelta en la que participan varias decenas de miles de personas y termina con el saqueo del ayuntamiento. Frustraciones y tensiones en un país donde la riqueza está mal distribuida y los abusos del estado son pan de todos los días.
Wanzhou, China. Al principio, el encontrón pareció algo puramente pedestre. Un hombre con una bolsa se cruzó en la acera con una pareja. La bolsa del hombre rozó el pantalón de la mujer, dejando una mancha de lodo. Hubo un intercambio de palabras. Y una pelea.
Algo fácil de olvidar, excepto que uno de los hombres, Yu Jikui, era un humilde mozo de estación. El otro, Hu Quanzong, se jactó de que era un importante funcionario del gobierno. Hu golpeó a Yu con propia vara, y luego amenazó con hacerlo matar.
Para Wanzhou, la ciudad portuaria en el Río Yang-Tsé (o Río Azul), el guión fue incendiario. Los espectadores difundieron la noticia de que un importante funcionario había maltratado a un indefenso cargador. Hacia el atardecer, decenas de miles de personas se habían congregado en la plaza mayor de Wanzhou, donde volcaron vehículos del gobierno, aporrearon a policías y prendieron fuego al ayuntamiento.
Una insignificante pelea callejera provoca una revuelta callejera. El Partido Comunista, obsesionado con mantener la estabilidad social, conoce pocos temores peores que este. Sin embargo, la revuelta de Wanzhou, que ocurrió el 18 de octubre, es uno de casi una docena de incidentes semejantes en los últimos tres meses, muchos de ellos provocados por la corrupción del gobierno, el abuso policial y la desigualdad en la distribución de la riqueza, que fluye hacia los poderosos y los que tienen buenas conexiones.
"La gente ve lo corrupto que es el gobierno, mientras ellos apenas tienen suficiente para comer", dijo Yu, reflexionando sobre la revuelta que lo transformó en un instante en un héroe del proletariado -y que más tarde lo llevó a recluirse. "Nuestra sociedad tienen una mecha corta, apenas esperando que estalle una chispa".
Aunque China está pasando por el más espectacular período de expansión económica de su historia, tiene más problemas en mantener el orden social que en cualquier otro momento desde el movimiento por la democracia de la Plaza de Tiananmen en 1989.
Las estadísticas de la policía muestran que el número de protestas públicas alcanzó casi 60.000 en 2003, un aumento de casi un 15 por ciento con respecto a 2002 y ocho veces mayor que hace una década. La ley marcial y tropas paramilitares son ahora normalmente utilizadas para restaurar el orden cuando la policía pierde el control.
China no tiene un movimiento obrero al estilo del de Solidaridad polaco. Las protestas son numerosas en parte porque son pequeñas, expresiones locales de descontento por despidos, expropiaciones de tierras, uso de los recursos naturales, tensiones étnicas, fondos fiscales malgastados, emigración forzada, salarios impagos o asesinatos cometidos por policías. Sin embargo, varias protestas masivas, como la de Wanhzou, muestran cómo la gente con causas diferentes aprovecha las oportunidades para expresar juntos sus quejas.
Hace poco la policía detuvo a varios defensores de los derechos campesinos sospechosos de ayudar a coordinar actividades de protesta a nivel nacional. Para un estado controlado por un solo partido, que se inquieta con incluso la idea de una oposición organizada, esos son signos que preocupan.
Wang Jian, investigador de la academia de cuadros del Partido Comunista de Changchun, en el nordeste de China, dijo que el número y la escala de las protestas estaban aumentando debido a las "fricciones y a veces conflictos violentos entre diferentes grupos de interés" en la economía casi mercantil de China.
"Esos incidentes masivos han dañado seriamente el orden social del país y debilitado la autoridad del gobierno, con dañinas consecuencias internamente y en el extranjero", escribió Wang en un estudio reciente.
Los líderes de China declararon tras su sesión anual de planificación en septiembre que la "vida y muerte del partido" depende de "mejorar el gobierno", lo que definen como lograr que los funcionarios del partido sean menos corruptos y se muestren más alerta ante las preocupaciones del público.
Pero la única salida accesible a los campesinos y trabajadores para quejarse es la red de oficinas de peticiones y apelaciones, un legado del gobierno imperial. Un nuevo estudio realizado por Yu Jianrong, un importante sociólogo de la Academia China de Ciencias Sociales de Pekín, concluyó que las peticiones al gobierno central habían aumentado en un 46 por ciento en 2003 con respecto al año anterior, pero sólo una cantidad infinitesimal de menos del 1 por ciento de los usaron el sistema dijeron que funcionaba.
El mes pasado unos 100.000 campesinos de la provincia de Sichuan, frustrados por meses de inútiles pedidos contra un proyecto de dique que utilizaba sus tierras, tomaron el asunto en sus manos. Ocuparon las oficinas del gobierno de Hanyuan e impidieron las obras en el dique durante días. Se necesitaron 10.000 tropas paramilitares para sofocar la protesta.
En noviembre, en el condado de Wanrong, en la provincia de Shanxi, en China central, dos agentes de policía murieron cuando enfurecidos obreros de la construcción atacaron una comisaría de policía tras un incidente de tráfico. Días después, en la provincia de Guangdong, en el extremo sur, estallaron disturbios y los manifestantes quemaron una cabina de peaje después de que una mujer alegara de que había tenido que pagar por usar un puente. A mediados de diciembre, una aldea de trabajadores inmigrantes en Guangdong, provocó una furiosa violencia después de que la policía sorprendiera a un inmigrante de 15 años robando una bicicleta y lo golpearan hasta matarlo. Unos 50.000 inmigrantes provocaron disturbios allí, según informaron los diarios de Hong Kong.
Funcionarios de Wanzhou trataron la revuelta de octubre originalmente como algo casual. Ordenaron a Hu a declarar en la televisión que él era un vendedor de frutas, no un funcionario público, y que su pelea con Yu había sido un error. La policía detuvo a una docena de personas y declaró que el orden público se había restaurado.
Pero la revuelta alarmó a Pekín, que dijo a funcionarios locales que serían despedidos si no logran impedir que incidentes semejantes volviesen a ocurrir, de acuerdo a periodistas chinos entrevistados sobre el asunto. Luo Gan, miembro del Comité Permanente del Politburó a cargo de la ley y el orden público, emitió instrucciones nacionales advirtiendo que estaban aumentando los "incidentes masivos repentinos" y pidiendo medidas policiales más duras.
Más de una docena de personas entrevistadas en Wanzhou, parte de la municipalidad de Chongqing, describieron el ambiente como tenso. Todas dijeron que todavía creen que Hu era en realidad un funcionario del partido y que el gobierno fabricó la historia para calmar los ánimos. Dicen que la indignación que se muestra en las revueltas sólo espera una nueva oportunidad para estallar.

El Encuentro Casual
Como muchos campesinos en las escarpadas y escalonadas colinas a lo largo del Yang-Tsé, Yu, 57, complementa sus ingresos acarreando cargas arriba y abajo por las calles de la ciudad -trigo, fertilizantes, máquinas de aire acondicionado, cualquier cosa que pueda balancear en una vara de bambú y echarse sobre sus delgados hombros. Sudorosos y sucios, los cargadores trabajan a la vista de todos. Son a menudo llamados simplemente ‘bian dan', ‘vareros'.
El destino de Yu es mejor que el de otros. Tiene otra actividad suplementaria: recoge los pelos de los pisos de las peluquerías y salones de belleza, los mete en grandes bolsas de arpillera y los vende a los fabricantes de pelucas más al sur.
El 18 de octubre pasó varias horas recogiendo pelo en varios salones de belleza elegantes de la calle de Baiyan, una ajetreada arteria comercial que pasa cerca de la plaza del gobierno en el centro de la ciudad. Su carga era liviana -dos bolsas de flecos sueltos- y corría disparado junto a la acera para ir a almorzar.
"¡Eh, cargador, me has ensuciado los pantalones!", oyó gritar a una mujer. Cuando se volvió hacia ella, un hombre a su lado, Hu, lo estaba mirando.
"¿Qué estás mirando, palurdo?", le dijo.
Yu tiene maneras suaves, con una sonrisa algo pícara manchada de amarillo debido a que fuma en cadena. Hu, que llevaba una chaqueta y corbata y zapatos de cuero, parecía importante. Yu dijo que no debería haber reaccionado. Pero lo hizo.
"Trabajo en lo que trabajo para que mi hija y mi hijo se puedan vestir mejor que yo, así que no me mire con desprecio", le dijo. Luego agregó: "Yo vendo mi fuerza, lo mismo que una prostituta vende su cuerpo".
Yu dijo que había hecho una comparación general. Hu y su joven esposa, Zeng Qingrong, aparentemente, pensaron que estaba insinuando otra cosa. Ella lo agarró violentamente del cuello de la camisa y le tiró de la oreja. Hu recogió la vara de Yu y lo golpeó repetidas veces en las piernas y en la espalda.
Quizás para impresionar a la multitud que se había formado, Hu gritó que Yu, tendido en el pavimento, estaba en grandes problemas.
"Soy un funcionario", dijo Hu, de acuerdo a Yu y otros testigos. "Si este tipo me causa algún problema, pagaré 20.000 kuai" -unos 2.500 dólares- "para que lo liquiden".
Estas palabras no aparecieron nunca en la prensa controlada por el estado. Pero es difícil encontrar a alguien en Wanzhou hoy que no haya oído alguna versión de la bravuconada de Hu. El supuesto funcionario -que según los rumores era el subdirector de la oficina agrícola local- fanfarroneó que podía hacer matar a un cargador por 2.500 dólares. Fue un llamado a las armas.
La amenaza de Hu, difundida por los celulares, mensajes de texto y la creciente muchedumbre, condensaba miles de quejas más.
"Fueron las palabras que usó", dijo Wen Jiabao, otro cargador que dice que presenció el choque. "Eso demuestra que es mejor ser rico que pobre, pero que ser funcionario es todavía mejor que ser rico".
Xiang Lin, un mecánico de coches de 18 años, vio aumentar la riqueza de China cuando trabajaba cerca de Shangai. Pero cuando volvió a casa a Wanzhou, se amargó porque su plan de abrir un taller de reparaciones se fue a pique. Llegó al centro atraído por la conmoción.
"¿No se dan cuenta los funcionarios que sin cargadores no habría desarrollo económico en Wanzhou?", se preguntó Xiang.
Cai Shizhong, un chofer de taxi, se indignó cuando las autoridades crearon una compañía para controlar los permisos de taxi, que dice que cuestan miles de dólares pero no aportan ningún beneficio. La policía pone multas a diestra y siniestra, dijo.
"Si conduces un coche particular, no te hacen nada porque piensan que puedes ser importante", dijo Cai. "Si conduces un taxi, utilizan cualquier excusa para quitarte el dinero".
La casa de Peng Daosheng se inundó debido al aumento del estanque del Dique de las Tres Gargantas. Se suponía que debía haber recibido una compensación de 4.000 dólares, así como una nueva casa. Pero su nuevo apartamento es más pequeño y está peor ubicado, y el dinero no le llegó nunca.
"Los funcionarios se quedan con el dinero ellos mismos", dijo Peng, que pasó ocho horas protestando esa noche. "Supongo que es por eso que ese tipo tenía 2.500 dólares para hacer matar a alguien".
A la policía le tomó más de cuatro horas para retirar a Hu y Yu de la escena. La muchedumbre rodeó los coches policiales y se negó a marcharse, temerosa de que la policía encubriera la paliza e incluso castigara a Yu.
"La gente sabía que el asunto no sería resuelto nunca de manera justa si se hacía a puertas cerradas", dijo Yu.
Incluso después de que la policía formara un cordón en torno a dos coches -uno para Hu y su esposa, otro para Yu-, la multitud rompió las ventanillas del coche que transportaba a la pareja. Eran casi las cinco de la tarde cuando los vehículos pasaron lentamente por entre la muchedumbre congregada en el lugar.

Pérdida Del Control
La policía puede haber creído que retirando a los principales protagonistas de la escena aliviaría la tensión. En lugar de eso, la muchedumbre arrasó el lugar. A las seis de la tarde una furgoneta de la policía fue rodeada y los agentes en su interior atacados con ladrillos. Siete u ocho personas volcaron el vehículo, metieron papel higiénico en su tanque de gasolina y le prendieron fuego, según testigos presenciales y un informe policial.
Cuando llegó un carro de bomberos, los bomberos fueron obligados a bajar y los manifestantes se apoderaron de él. Un conductor lo incrustó contra una pared de ladrillos, luego retrocedió y repitió la movida hasta que el camión quedó completamente inmóvil.
"Perdieron todo el control", recordó Cai, el chofer de taxi, que se paseó ese día entre la muchedumbre. "Repentinamente la policía era nada y la gente se había hecho cargo".
El gobierno local no publicó nunca una estimación de cuánta gente participó en la protesta. Pero estimaciones no oficiales de periodistas chinos en la escena variaron de 30.000 a 70.000, suficientes para paralizar todo el tráfico en el centro de la ciudad y llenar la plaza de gobierno.
Hacia las ocho de la tarde, la manifestación se concentró en la sede de 20 pisos del Gobierno del Distrito de Wanzhou, un edificio de ventanas azules y una imponente terraza con vistas a la plaza. La muchedumbre gritaba: "¡Entreguénnos al asesino!". Policía anti-disturbios con escudos -pero sin armas- mantuvieron la terraza. Funcionarios con altavoces pidieron a la multitud que se dispersara, prometiendo que el incidente sería tratado de acuerdo a la ley.
Pero la muchedumbre ahora tenía sus propias leyes. Los trabajadores de unas obras cercanas formaron una cadena para transportar bloques de cemento que fueron hecho añicos con martillos para usarlos como proyectiles. Los manifestantes en la primera línea lanzaron los fragmentos contra la policía -primero tentativamente, luego en lluvias.
El bombardeo hizo retroceder a la policía. Los manifestantes atacaron la terraza, rompieron las ventanas y puertas de la sede del gobierno e invadieron el edificio.
Documentos oficiales fueron esparcidos por todas partes. Los manifestantes lanzaron ordenadores y muebles de oficina a la terraza. Pronto, una furiosa fogata iluminó la plaza con su parpadeante brillo amarillo.
Li Jian, 22, participó en el saqueo. Un campesino joven encontró trabajo en la ciudad como cocinero de comida rápida. Pero anhelaba estudiar computación, dijo su padre, Li Wanfa. La familia le compró un viejo tablero de ordenador para que aprendiera a tipear.
"Quería ir a la escuela secundaria, pero en la escuela le dijeron que su nivel educacional no era suficientemente alto", dijo Li. "Le dijeron que un campesino como él debía trabajar de cocinero".
La policía detuvo al joven Li corriendo entre el tumulto con un ordenador Legend que pertenecía al gobierno, de acuerdo al acta de detención.
Sin embargo, incluso en la cúspide del incidente, los revoltosos se pusieron límites. No atacaron ningún restaurante ni tienda en los alrededores de la plaza del gobierno, concentrando su ira en los símbolos del poder oficial.
Hacia medianoche, la multitud declinó por sí misma. Cuando a la escena llegaron finalmente las tropas paramilitares hacia las tres de la mañana, no quedaban más que unos pocos miles de manifestantes fanáticos.
"La mayor parte de la gente se marchó a casa", dijo Peng, el hombre cuya casa fue inundada por el dique. "Pero los policías armados estaban furiosos. Te golpeaban incluso si te arrodillabas ante ellos".

Las Tensiones Persisten

El gobierno local elogió su propio manejo de la revuelta. Un informe publicado tres días después por el Three Gorges City News, el diario del Partido Comunista de Wanzhou, declaró que la revuelta no tuvo repercusiones duraderas.
"El gobierno del distrito hizo gala de sus fuertes capacidades de gobierno en un momento crucial", dijo el informe. "Este incidente fue causado por un puñado de agitadores con motivos ocultos que transformaron una disputa callejera en una revuelta de masas".
La revuelta se disipó tan rápidamente como se había formado. La calle de Baiyan ahora bulle de clientes vespertinos. Después del trabajo, bailarinas abrigadas contra la fría humedad utilizan la plaza del gobierno como un salón de baile al aire libre; un ritmo de dos tiempos llena el aire de la noche.
Sin embargo, las tensiones subyacentes no han desaparecido.
Cuando la Fábrica de Textiles de Algodón Wan Min se declaró en quiebra a mediados de diciembre, cientos de agentes de policía ocuparon el terreno de la fábrica para impedir disturbios. Al día siguiente, un puñado de obreros de otra fábrica marcharon hacia el ayuntamiento para protestar. Varios cientos de policías los rodearon.
Xiang, el mecánico de coches, fue detenido por arrojar piedras y encarcelado. Un día, cuando volvía de la ducha fría que los presos están obligados a tomar en la gélida cárcel, los guardias le ordenaron arrodillarse. Uno de ellos le pegó un codazo en la espalda y otros le dieron patadas en la barriga.
Cuando estaba en el suelo, un guardia de la prisión dijo: "Aquí no te ha pasado nada, ¿no es así? Eres un chico listo".
No pudo comer durante dos días.
"En la cárcel éramos todos hermanos", dijo sobre los otros presos. "Los funcionarios desprecian a la gente corriente y no tiene miedo de maltratarla".
Luego está la historia de Yu. Yu se perdió la revuelta que ocurrió en su nombre, pero ha estado desde entonces bajo una fuerte presión. El gobierno lo mantuvo aislado en un hospital durante casi dos semanas, incluso aunque los cardenales en sus piernas y los puntos que necesitó sobre su ojo ya habían cerrado.
Su hija y su hijo fueron enviados de vacaciones, pagadas por el gobierno, para evitar que tuvieran contacto con la prensa. "Nos dijeron que no habláramos si no queríamos enfadar al gobierno", dijo Yu en su primera entrevista.
Sin embargo, dijo que lo que realmente le impresionó fue la reacción a una declaración que hizo en la televisión de Wanzhou el 20 de octubre, dos días después de la revuelta. El gobierno le dijo que apareciera por el canal -todavía estaba bajo custodia- y habían preparado de antemano las preguntas.
"Me dijeron que enfatizara la importancia de la ley y el orden", dijo. "Me dijeron que respondiera solamente las preguntas y que no dijera nada más".
Lo que dijo en el telediario de la noche sonó bastante inocente. "Esto tiene que ser manejado por la ley", dijo Yu a los telespectadores. "Hay que quedarse en casa".
Así que no estaba preparado para las repercusiones.
Los familiares de los detenidos lo criticaron por hacer propaganda para el gobierno, diciendo que se sentían traicionados. Los vecinos le advirtieron que no sembrara arroz este año, porque sus enemigos simplemente lo arrancarían. Su esposa dice que se quiere mudar, porque han recibido demasiadas amenazas.
Yu está comprensiblemente confuso.
"Primero un funcionario trata de romperme las piernas porque soy un cargador sucio", dijo. "Ahora es la gente la que me quiere romper las piernas porque hablé a favor del gobierno".

Chris Buckley contribuyó a este artículo.

24 de diciembre de 2004
6 de enero de 2005
©new york times
©traducción mQh