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AL CAPONE: EL GÁNSTER MÁS FAMOSO - jordi soler


Al Capone, el gánster más conocido de todos los tiempos, un Robin Hood con sombrero y puro que conseguía el dinero de los ricos por el método del tiro en la frente, fue condenado a prisión por evasión de impuestos hace ahora setenta y tres años. Ésta es su historia.
El 17 de octubre de 1931, Al Capone fue condenado a prisión. La noticia de que por fin le habían echado el guante al gángster más famoso de todos los tiempos produjo gran revuelo.
El juicio, que las artimañas de sus abogados habían logrado dilatar durante meses, provocaba en cada sesión tumultos fuera del juzgado, donde había curiosos y forofos que veían emocionados esta discutible escena: cada vez que Capone se bajaba de su automóvil rumbo a la sala del juzgado, hacía una escala frente al carro de fruta que regentaba un humilde inmigrante italiano y, luego de un breve saludo, le daba un billete de cien dólares a cambio de una manzana.
Aquel gesto de Capone, además de arrancar los aplausos de sus admiradores, pretendía sensibilizar a su favor al jurado que almacenaba pruebas y testimonios para emitir su veredicto. Aunque ya aquel día el alarde de la manzana había sido puro coqueteo, pues la gente de Capone se había encargado de sensibilizar, con amenazas o dinero según el caso, a cada uno de los miembros del jurado.
"El gángster más grande de la historia", como lo calificaba New Yorker en sus titulares, entró al edificio haciendo gala de una confianza que quedó plasmada en la mordida triunfal que le dio a su manzana; no contaba con que precisamente ese 17 de octubre, el juez Wilkerson, desafiando las leyes elementales de la Mafia, había intercambiado a su jurado por el de otra sala y que éste, que no había pasado por la terapia de sensibilización, iba a terminar condenándolo a pagar 80.000 dólares y a purgar 11 años de prisión por el delito de evasión fiscal, casi una broma si se tiene en cuenta la fuente turbia de donde provenía su fortuna o las decenas de homicidios que se le achacaban, y que nadie, ni el legendario policía Eliot Ness, pudo nunca probar.

"Me han echado la culpa de todos los muertos, con la excepción de los de la lista de bajas de la Guerra Mundial", decía Capone socarrón, con el puro en la orilla de la boca y su sombrero de ala larga al frente que proyectaba sobre la mitad de su cara una muy conveniente sombra.
La vocación de mafioso de Capone comenzó de manera espontánea, porque ni en su familia ni en la zona de Brooklyn donde vivía había gente del ramo, a los 14 años, cuando amenazó de muerte a su maestra por un incidente escolar que desde luego no merecía semejante despliegue de violencia. Sus padres, que eran inmigrantes italianos y habían quedado avergonzados con la reacción de Al, que en realidad era Alphonse, decidieron cambiar de barrio y fueron a dar, inevitablemente arrastrados por el destino de su hijo, junto al cuartel general de Johnny Torrio, un célebre capo conocido en el mundo del hampa como "el gángster caballeroso", que controlaba los negocios y las operaciones ilegales de la Costa Este.
Todavía no terminaban los Capone de descargar las camas y los armarios del camión de la mudanza cuando Al ya se había enrolado en la banda de Torrio, con cierta posición en el escalafón gracias a aquella amenaza escolar que había impresionado gratamente al capo.
Tres años más tarde, Torrio se desplazó a Chicago, donde las actividades mafiosas comenzaban a experimentar cierto boom, y dejó a Capone en manos de un gánster menor de nombre Frankie Yale, que regentaba el Harvard Inn (nótese el gracejo universitario), bar en el que colocó a Capone para que se ocupara de resolver los detalles ilegales, que eran la columna vertebral del negocio. Fue en ese bar, por bañar de piropos a una mujer, donde a Capone le rajaron tres veces la cara con una navaja y de esa forma lo enviaron a la inmortalidad con el mote de scarface: el cara cortada.
Después de aquel incidente, Capone decidió por primera vez en su vida dejar la Mafia y, como si una cosa fuera antídoto para la otra, se casó con Mae, consiguió un empleo de contable en una constructora, tuvo un hijo de nombre Sonny y después, como evidencia de que una cosa ni de chiste anulaba a la otra, le pidió a Johnny Torrio, el gánster caballeroso, que fuera el padrino de su hijo. Torrio viajó de Chicago a Nueva York para apadrinar al niño, pero también para contarle a Al que el Gobierno estaba a punto de prohibir la fabricación y la venta de alcohol, y que eso representaba una coyuntura estupenda para ellos, que podían ponerse a fabricar y a vender alcohol ilegal en Chicago. Todo esto se conversó, según el testimonio de uno de los invitados, alrededor de la pila bautismal.
En enero de 1920, como el gángster caballeroso había adelantado, entró en vigor la Ley Seca, y Capone, jalado de nueva cuenta por su vocación y su destino, dejó la contabilidad y se mudó a Chicago con su mujer, su hijo, su madre (su padre acababa de morir) y sus dos hermanos, no sin antes explicarles que iba a dedicarse a lo que se había dedicado siempre con su socio Johnny Torrio: a la compraventa de muebles de segunda mano.

La Ley Seca, lejos de alejar a los norteamericanos de la bebida, alentó la proliferación de alcohólicos e hizo crecer de manera exponencial el poder y la fortuna de las mafias de Chicago y Nueva York, que, sin perder el tiempo, que es dinero, instalaron un par de speakeasies (bares ilegales) por calle y aprovecharon ese eje para integrar sus prostíbulos y sus casas de apuestas, un negocio redondo y expansivo que en unos cuantos meses logró corromper a policías, jueces, periodistas y funcionarios de las altas esferas gubernamentales.
Luis Buñuel cuenta en ‘Mi último suspiro', su entrañable libro de memorias: "Viví cinco meses en los Estados Unidos en 1930, durante la época de la Ley Seca y, que yo recuerde, nunca había bebido tanto". Y más adelante añade en una línea, que denota la insondable ilegalidad de aquel alcohol clandestino, su técnica para distinguir, en un speakeasie, la ginebra buena de la falsificada: "bastaba agitar la botella de un modo especial: la ginebra verdadera hacía burbujas".

A los 22 años, Al Capone era para su familia un vendedor de muebles inconcebiblemente exitoso, y para el resto de Chicago, el consiglieri del capo Johnny Torrio. En muy poco tiempo, y gracias a la muerte para nada accidental del famoso hampón Big Jim Colosimo, Capone aumentó el territorio del gánster caballeroso hacia el suburbio de Cicero, punto clave para el control de la ciudad. Tanto se expandió Al que tuvo que invitar a sus hermanos Frank y Ralph a que lo auxiliaran en su exitoso negocio de muebles.
Lo primero que hicieron los tres Capone fue organizar las elecciones municipales que se aproximaban en Cicero, y lo hicieron con un método infalible: secuestraron durante la semana previa a todos los candidatos que competían contra el suyo y, como refuerzo, el día de las elecciones estuvieron amedrentando personalmente en las urnas a los votantes. Unos días después de su triunfo electoral, el remanente de otras bandas que había quedado en Cicero mató a Frank Capone de un tiro en la cabeza. El año era 1924 y, según sus biógrafos, a partir de entonces, Al pasó de lo desmedido a lo abiertamente sanguinario.

Un año más tarde, sus éxitos criminales coincidieron con el declive anímico de Torrio, que, fatigado de esa vida azarosa, decidió retirarse y dejarle el mando a su consiglieri, y ahí sí fue cuando el capo Capone se fue a las nubes y se convirtió en el Don del hampa de Chicago.
Además de su sangre fría y de su carisma gangsteril, Capone poseía una elevada conciencia social, ayudaba a cualquier inmigrante italiano que se le acercaba, y a medida que fue creciendo su celebridad y su fortuna, fue convirtiéndose en el benefactor de los desposeídos de Chicago, una suerte de Robin Hood de sombrero y puro en la comisura, con el matiz de que éste daba a los que no tenían lo que esquilmaba a los que tenían, y con cierta frecuencia, a estos últimos les daba un tiro en la frente. Esta máxima suya define al scarface de cuerpo entero: "Puedes llegar lejos con una sonrisa. Pero llegarás todavía más lejos con una sonrisa y un revólver".

En unos cuantos años, Capone montó un imperio de prostíbulos, casas de juego, speakeasies y destilerías clandestinas; su notoriedad era tal que el presidente Hoover formó una comisión para estudiar la manera de atraparlo, un verdadero problema porque Capone tenía comprado a buena parte del sistema legal y además estaba blindado con toda clase de protecciones.
En su novela El Padrino, Mario Puzzo describe la estructura laboral de Don Corleone, que estaba inspirado en parte en la figura de Capone: "Entre el cabeza de familia, Don Corleone, que dictaba lo que debía hacerse, y los que ejecutaban lo ordenado por el Don, había tres abogados. De este modo, los que ejecutaban no tenían contacto alguno con el más alto nivel.
Para el jefe, el único peligro podía venir de un consigliere traidor". Para mover el foco de atención, Capone se mudó a Miami y se compró una casa en Palm Island, desoyó las protestas de los vecinos e ignoró la campaña que hizo el diario Miami News exigiendo que el gánster más famoso del país regresara a su territorio.
Luego de ignorar y desoír durante unas semanas, ofreció empleos y distribuyó dinero hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en el vecino predilecto, de figura inconfundible: era el único habitante del Estado de Florida que paseaba por la playa con el sombrero y el abrigo que usaba regularmente en Chicago.

Aunque era de origen napolitano, Capone ajustaba cuentas según el concepto siciliano de "hospitalidad antes de la ejecución". Cuando se enteró de que Sacalise, Anselmi y Giunta, sus tres matones de confianza, estaban por traicionarlo, les ofreció una cena suntuosa, y a la hora de los postres, ante la mirada aterrorizada de sus demás colaboradores, cogió un bate de béisbol y fue golpeando en la cabeza a cada uno de los tres hasta matarlos.
Después de la masacre de San Valentín, un sonado golpe en el que los hombres de Capone acribillaron en un garaje a siete elementos de la banda de Bugs Moran, y de algunos otros incidentes muy notorios de las mafias de Nueva York, el Gobierno instruyó a Eliot Ness para que elaborara una lista de los enemigos públicos de Estados Unidos. El número uno de aquella lista era Alphonse Capone, y a partir de entonces Eliot Ness comenzó a cercarlo.
Capone pasaba cada vez más tiempo encerrado en su casa de Palm Island; en uno de sus viajes a Chicago convocó una rueda de prensa para comunicar una decisión, que tomaba por segunda vez en su vida: con una sonrisa de oreja a oreja que puso a prueba la ductibilidad de su puro, dijo, bien cínico pero también muy contrito: señoras y señores, me retiro de la Mafia.
Después se levantó y se fue a seguir sin remordimientos con su quehacer de mafioso. Poco tiempo después, a principios de 1931, Al Capone fue atrapado por la ley, no por la traición de su consigliere, que era el muy eficaz Jack Guzik, sino por la de uno de sus asesores fiscales, que era en realidad un hombre de Eliot Ness que se había infiltrado en su organización y que había reunido suficientes elementos de lo único que podía acusarse a aquel mafioso legalmente irreprochable: evasión de impuestos.

Capone fue encerrado en una prisión en Atlanta, pero a los pocos meses, cuando trascendió que a fuerza de sobornos llevaba una vida de marajá, fue trasladado a la isla de Alcatraz, donde lo despojaron de sus privilegios y comenzó a disparársele una sífilis que padecía desde pequeño. Los 11 años de condena se redujeron, por buena conducta y mala salud, a seis años y cinco meses.
Durante ese periodo, los niños de San Francisco miraban la isla de Alcatraz desde la bahía con la ilusión de ver algo, un destello, una sombra que pudiera atribuirse al famoso gánster. Capone dejó la prisión envuelto en un albornoz, con la mirada vacía y las extremidades notoriamente tembleques; esos mismos niños que esperaron durante años ver su sombra o su destello aplaudieron el paso de su automóvil negro.
Al Capone murió de un ataque cardiaco diez años después, en su casa de Palm Island. Al final, la sífilis lo había dejado idiota, había convertido al capo Capone en gángster gagá.

©El País

PEREGRINOS CAMBOYANOS VUELVEN A LA AMARGURA - seth mydans


Son casos difíciles, son hijos de refugiados camboyanos y ahora han sido deportados al país de sus padres, que no conocen.
Phnom Penh, Camboya. "¡Hola, guapa!", gritó al pasar con su moticicleta, y cuando ella gritó de vuelta: "¡Hola, guapo!", frenó bruscamente, sorprendido.
"Normalmente te insultan, o te miran raro", dijo el joven, que se hace llamar Hawaii. Sin ninguna duda, es un tipo extraño aquí en las ajetreadas calles de la capital camboyana.
"Tengo mi mochila elegante con mis botellas de mayonesa -es difícil conseguir mayonesa aquí- y soy diferente a todos los demás", dijo, recordando ese primer momento de lo que llama su historia de Romeo y Julieta. Con su gorra de béisbol echada para atrás, sus pendientes, su pañuelo grande y sus pantalones bombachos, y con unos pavorosos tatuajes que empiezan en un brazo y terminan en el otro, podría ser tomado fácilmente por un pandillero de una ciudad norteamericana transplantado aquí.
Y eso, más o menos, es lo que es, un chico norteamericano, de 25 años, difícil e inadaptado, que pasó seis años tras las rejas por atraco y tráfico de drogas y vive ahora en el exilio en este país tan completamente diferente al suyo.
Hawaii -cuyo nombre de nacimiento es Toeun Chhin- es uno de los 112 norteamericanos camboyanos que han sido, para decirlo crudamente, enviados al lugar de donde venían después de cumplir su sentencia en Estados Unidos por delitos serios. Unos 1.300 más están en la cola para seguirlos.
La mayoría de ellos llegaron a Estados Unidos de niños, cuando sus padres escaparon de la violencia y del terror en Camboya hace dos décadas. Debido a que sus familias nunca completaron los trámites para obtener formalmente la ciudadanía, pueden ser deportados, como criminales, en virtud de un acuerdo firmado con Camboya en 2002.
Para los deportados y aquellos que se preocupan por ellos, esto les parece un rechazo arbitrario e inhumano de los exiliados que encontraron un refugio en Estados Unidos, pero no pudieron realizar el sueño americano.
"¿Por qué hacer que una persona este todo ese tiempo en prisión y después echarme?", dijo Hawaii. "Tú no sólo sufres las consecuencias de tus crímenes. Te están quitando a América, te están quitando tu vida".
Causa confusión emocional, dijo, "agarrarte y echarte a un lugar sobre el que no sabías nada".
El aterrizaje de Hawaii fue duro.
Como otros deportados, fue primero atendido por un asistente social norteamericano llamado Bill Herod, que llena él solo el vacío que hay entre la nación que los expulsa, a la que no le interesa lo que ocurra con ellos, y el país que los recibe, que no los quiere.

Como muchos otros deportados, Hawaii nunca tuvo un trabajo; como muchos, llegó desde una familia de refugiados traumatizada y quebrada; como muchos, estaba enrabiado, confundido y atemorizado y estaba acelerando su propia ruina metiéndose drogas.
Hawaii habla el camboyano, lo que le ofrece una posibilidad de ser asimilado.
"No lleva una vida normal desde que tenía 12 años", dijo Herod, que dirige su Proyecto de Asistencia a los Refugiados con de financiamiento que consigue por aquí y por allá. "Se ha dado golpes contra todo. Tiene un montó de historia. No puede controlar su rabia, no puede controlar sus relaciones, pero sigue adelante".

Cuando llegó el año pasado, Hawaii continuó viviendo como vivía en Honolulu, donde creció. Se metió en peleas callejeras en Phnom Penh, fue acuchillado y golpeado y hospitalizado, arrollado por una motocicleta, vendió drogas y fue arrestado.
Fue expulsado del centro de acogida donde trabaja Herod para ayudar a los retornados a no meterse en líos y a buscar trabajo.
"Estaba durmiendo en la calle, buscando 500 riel para comprar un cueco de arroz, y sabía que iba a morir en la calle", dijo Hawaii. "Por la noche en la calle, sin nadie a quien recurrir, y la calle es tranquila. Pero en lo más profundo de ti, donde nadie puede verte, sabes que no hay nadie a quien le importes".
Ha transformado ese sentimiento en una filosofía de vida: "No confíes en nadie y no le pidas ayuda a nadie, porque nadie te va a ayudar".

Hawaii ni siquiera está seguro de dónde nació -en Camboya o en un campo de refugiados en Tailandia, el punto de tránsito para mucha gente que huyó del país al final del terrible gobierno de los Khmer Rouge, durante el que murieron 1.7 millones de personas entre 1975 y 1979.
Su padre se quedó atrás y su madre comenzó una nueva familia en Estados Unidos con un nuevo marido, dándole la espalda al niño a medida que se metía en más y más problemas.
Cuando viajó a Phnom Penh para una boda familiar, no hace mucho, Hawaii se puso su mejor camisa y fue a recibirla al aeropuerto. "Me pasó 100 dólares y me dijo que volviera a tratar de verla nunca más", dijo.
Hawaii encontró a su padre aquí -ahora un alto oficial de la policía-, pero este lo rechazó en la puerta de la casa. "Hombre, aquí fuera hace frío", le dijo Hawaii.
El exilio puede ser una oportunidad después de una vida de fracasos, dijo Herod, una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Algunos retornados incluso se cambian de nombre.
Hawaii se está esforzando ahora como ayudante de Herod, haciendo los mandados, atendiendo el teléfono y asesorando a los casos más difíciles de entre los retornados.
El problema es que él mismo es un caso difícil. No es fácil romper con los hábitos violentos que has tenido toda la vida.
"A veces tenemos dos o tres crisis al día", dijo Herod. "Nos crea constantemente problemas. Es muy bueno y muy malo al mismo tiempo, mezclados en uno. Así que si logro mantenerlo en vida, limpio y sobrio, es un progreso".
Hawaii ha ganado lo suficiente en este centro de acogida como para alquilar un pequeño apartamento y comprar una motocicleta, y así es como conoció a su Julieta -una obrera de 21 años llamada Sar que sabe lo que significa la vida dura.
Desde ese primer momento de impertinencia, se dio cuenta de que había encontrado a su pareja, testaruda y voluntariosa, no exactamente una princesa del hogar, ni muy romántica, y mucho más una domadora de leones que otra cosa. Cuando él le pega, ella le pega de vuelta.
"Es amor, man", dijo Hawaii. "Cuando no tienes a nadie y se aparece en tu vida una persona como esta, es todo, man. Yo quiero tener una familia. Estoy solo, no tengo amigos, nada. Simplemente me metieron en un avión. Y no quiero perderla, ¿me entiendes?"
La perdió una vez cuando la golpeó y ella lo dejó. Casi la volvió a perder cuando golpeó a su madre. El único modo de conservarla, le dijeron sus padres de ella, era casándose con ella.
Y así, hace poco, un domingo lluvioso, Hawaii se puso un traje gris (pero con su gorro de lana blanca) y Sar de lentejuelas como una princesa camboyana, se juraron lo que los recién casados suelen jurarse: que Hawaii cuidaría de Sar, y Sar de Hawaii.
El novio salió tres veces de la recepción y volvió dos, pero al final nadie parecía haberse dado cuenta de que se había ido. "El lado bueno", dijo Herod, "es que no le pegó nadie ni rompió nada".
Eso parece ser un progreso. Hawaii tiene ahora su segunda oportunidad, para mejor o peor.
"Tengo a Bill, tengo a mi chica, y tengo un mono", dijo justo antes del gran día. "Sólo me falta una verja blanca".

6 de noviembre de 2004
17 de noviembre de 2004
©new york times
©traducción mQh

IAN MCMILLAN, EL POETA QUE SE DEFINE COMO ‘ACTOR-REALIZADOR' - andrew graham-yooll


El poeta se ha dedicado a trabajar con prostitutas y chicos expulsados del colegio.
Fue obrero y albañil. Para dedicarse a escribir sacó un crédito, pero se encontró con que, como era del norte, no podía "estar de moda". Entonces empezó a dar talleres literarios a desocupados, a armar obras de teatro y libros con prostitutas, a enseñar poesía espontánea a chicos expulsados del colegio y hasta a hacer poemas con policías de homicidios. Poeta publicado y veterano de experiencias literarias y sociales, contó sus insólitas experiencias en su reciente visita a Buenos Aires.

Usted se ha convertido en un reconocido ‘poeta instantáneo', con piezas creadas en plena acción en un escenario. ¿Qué objetivos tiene esa actividad literaria-actoral?
Soy un actor-realizador, por lo que muchos me ven como un payaso, que es como me gusta que me vean. Buena parte de mi trabajo es con gente que no lee ni escribe bien, o gente que está en situaciones extremas, como estar en la cárcel o en algunas escuelas... Hice un proyecto fascinante con un grupo de prostitutas jóvenes en la ciudad de Doncaster. No sabían leer ni escribir y llevaban una vida bastante caótica. Nos encontramos todos los martes a la mañana, de 10 a 12. En esa sesión de dos horas por lo general se lograba trabajar con ellas unos veinte minutos de tiempo real, porque salían a cada rato a buscarse una taza de té o a hacer alguna cosa. La primera reunión fue aterradora para mí. Normalmente no me pongo nervioso, pero estábamos en una de las peores calles de Doncaster, donde las mujeres van a hacerse chequeos médicos y recibir asesoramiento. El primer día una empleada, funcionaria del gobierno regional, me dijo: "Las chicas están arriba y lo están esperando. Si le hacen problema, patee fuerte en el piso (que era de madera)". Con esa advertencia fuimos, un artista pintor y yo, al primer piso a encontrarnos con media docena de prostitutas. Les digo ‘chicas' porque todas eran muy jóvenes, adolescentes, salvo una que quizás tenía cuarenta y algo. Nos sentamos alrededor de la mesa y nadie dijo nada, ni una palabra, durante un rato que pareció muy largo. Pensé en cómo iniciar la conversación y no se me ocurría nada, hasta que espeté: "Puah, yo les tengo un miedo bárbaro". No era la mejor frase de apertura, pero sirvió para cambiar el ambiente. Se rieron. Entonces pregunté, como suelo hacer, "¿y qué andan haciendo ustedes por ahí?" Que tampoco era lo más indicado porque la respuesta era obvia. Pero avanzamos. Estaban ahí porque habían decidido hacer una pieza de teatro juntas. Al cabo de su primera reunión no les había gustado el resultado, entonces decidieron hacer una historia de vida con una cámara que consiguieron. Cada una de ellas miraba el lente y contaba su vida. Eso, después nos sirvió al artista y a mí para hacer otra película. Pero en mi primera reunión con ellas yo estaba para ayudarlas a expresarse mediante la poesía. Sin embargo, no surgía nada. Entonces una de las más jóvenes suspiró. Al exhalar salió un pesado aliento de alcohol. "Si un cliente me lleva hoy al pub, creo que voy a pegarme un tiro." Tenía una resaca que le partía la cabeza. Le dije que ese comentario tenía resabios de Haiku: "Si un cliente me lleva al Pub hoy,/ creo que voy a pegarme/ un tiro". Le pregunté qué clase de arma usaría, conocía bien las armas. Me la describió. Lo que dijo de las armas produjo otras líneas. Anoté todo en mi rotafolios. Eso realmente nos puso a trabajar.
Usted dijo que no leían ni escribían...
Técnicamente eran analfabetas. Tenían niveles muy bajos de alfabetización. Eran jóvenes, muchachas blancas que habían abandonado el colegio a los 14 o 15 años. En realidad nunca habían ido mucho a la escuela, pero al abandonar se habían enganchado en la droga. No tenían confianza alguna en su escritura, pero tenían un lenguaje hablado muy audaz y filoso. El habla era el único don que tenían. Era cuestión de usar eso.Al final de la primera sesión el artista y yo nos fuimos con las poesías construidas por cada una de las seis mujeres. El artista ilustró cada una de las poesías, con imágenes como la del pub y de la pistola. Con unas pocas páginas armó un pequeño libro, más bien una plaqueta, de esas que se pueden hacer con equipos caseros. El martes siguiente les llevamos los libros a las chicas. Viera usted la emoción de esas mujeres, tenían en sus manos sus propias poesías impresas. Cada martes teníamos más poesías, para fabricar esos libritos caseros. Decidimos hacer una presentación. Nos presentamos en la Biblioteca Pública del barrio y pedimos un espacio, y nos rechazaron, para vergüenza eterna de la bibliotecaria. Parece que se oponían porque esas chicas tenían un nivel de higiene personal lamentable. Olían mal. Una o dos vivían en la calle. Bueno, la ironía fue que era 1999, 'El año de la lectura'. En ese año se podía pedir subsidios o espacios para actividades que alentaran la lectura. Se me ocurrió hacer un ‘Bibliomóvil', una biblioteca rodante. Pedí plata y me la dieron. Compramos uno de esos coches de bebé grandes, con cuatro ruedas enormes. Un escultor de Huddersfield, un muchacho bastante nervioso al que las chicas cargaban y provocaban, construyó dos grandes alas para cada lado del coche y un pico para el frente. Llenamos el coche con libros de las chicas y le propuse a un compañero, que hace películas para la televisión, hacer una película. Logramos una película fabulosa. Mi temor era que la noche de lanzamiento de nuestra ‘biblioteca' las mujeres no vendrían. Me equivoqué. Una de las mujeres comenzó a pasear el coche por la zona roja de Doncaster, por callejones bastante pesados. Nos llevó a una de esas bolsas de empleo algo sospechosas. Siempre había hombres ahí esperando la noche entera para conseguir trabajo en cualquier cosa, por lo general alejada de la ciudad. En la madrugada, en verano, los llevaban en ómnibus a la cosecha de arvejas o de tomates o algo así en la zona agrícola de Lincolnshire. Las mujeres se turnaban para pasear el coche con los libros, que tenía las alas moviéndose lentamente y el pico como saludando. Los hombres salían de la cola para mirar el coche, y una de las mujeres decía, "Hemos escrito unas poesías. ¿Querés que te las lea?". Y por ahí el tipo decía, "Dale". Y entonces leían, bueno no leían bien, pero las sabían de memoria y hacían que leían. Era un espectáculo: las prostitutas leyendo poesía a unos hombres esperando en la bolsa de trabajo. Los tipos las comentaban, "Uy, ésa me gusta," o decían, "Vamos, ¿dónde aprendiste palabras tan largas? ¿Y eso qué quiere decir?" Bueno, eso es lo que me gusta hacer.
Una de sus poesías tiene una estrofa muy dura, muy cruel, que se remonta a los años de Margaret Thatcher y el cierre de las minas. ‘La clausura de minas como forma de arte'. ¿Por qué hizo eso?
La intención no fue cruel. ¿Cómo hacer ironía de una tragedia? Fue difícil. La huelga se inició en 1984 (duró hasta marzo de 1985), y yo trabajaba como independiente desde 1981. Había ido a la universidad e hice uno de esos cursos setentistas que se llamaban estudios modernos, que incluían cualquier cosa. Hice literatura y política. Eso me politizó en cierta medida, pero quería dedicarme a escribir, pero no encontraba modelos en la región. Si iba a la biblioteca podía sacar una novela de un escritor que vivía en el sur del país, o en Francia, nunca en el norte, en Yorkshire, que se considera la región más pobre en la era post industrial. Encontré sólo dos personas, pocos escritores norteños no se habían mudado ya a Londres. Mi problema era ser escritor con un domicilio que no estaba de moda. Escribir estaba en la familia, mis padres se conocieron por cartas. Mi padre era un escocés marino en la segunda guerra y su vida con mi madre comenzó con la composición de cartas inspiradas. A mí me parecía que lo más difícil era escribir en los pueblos que me habían visto crecer, los pueblos mineros. El problema era escribir en una región que se consideraba empobrecida, sobre la gente de las minas y los obreros maltratados. Dejé los estudios, y la escritura, y me puse como albañil. Tuve que aguantar todos esos chistes de siempre como, "eh, vos que estudiaste literatura, ahí va un ladrillo, etc." También trabajé en una fábrica de pelotas de tenis en Barnsley durante un año. Fabricábamos 38.000 docenas de pelotas por semana. En Yorkshire era inimaginable que se jugara tanto tenis. Cerró, la demolieron. El terreno de la fábrica hoy es un barrio elegante, se llama ‘Jardines de la Toscana'. ¿Se lo imagina? Un arquitecto vino a Barnsley, un pueblo gris, y dijo que lo imaginaba como "un pueblo serrano de la Toscana". A partir de ahí la agencia de desarrollo metió dinero en Barnsley para hacer pueblos de la Toscana. Jamás se podía imaginar algo similar para la ficción. Hoy la gente en Barnsley habla de arquitectura, y hay un café que se llama Villa Toscana.Dejé el trabajo de albañil, pedí un crédito y decidí escribir. Conocí a un artista local que se interesaba por el ambiente cultural y me propuso hacer una serie de talleres para darle una salida a la gente que se iba quedando sin trabajo. Lo estaba ayudando cuando comenzó la huelga de los mineros, en 1984. La gente llegaba a los talleres queriendo escribir sobre la huelga. Era una experiencia terrible para una generación y todos parecían querer anotar sus experiencias como memorias literarias. Había mineros en huelga, y estaban sus mujeres, todos descolocados, querían escribir sobre lo que vivían. Entonces decidí que era mi obligación como poeta no solo lograr que ellos escribieran sino también que yo escribiera sobre la huelga. La poesía "La clausura de minas como forma de arte" no es sobre el sufrimiento causado por los cierres sino una visión de futuro, digamos dentro de veinte años después de 1984. Como ser ahora, cuando la gente mira esa época como una memoria, que es parte de su patrimonio. Lo que fue tan vital se recordará como una pequeña imagen. Ya hay una exposición sobre la huelga minera en una acería en Sheffield. Los medios han dedicado mucho espacio al veinte aniversario de la huelga. Bueno, la poesía trataba de eso.
¿Qué dejó esa experiencia, a veinte años?
Para mí el daño más duradero de esa huelga fue que dejó un Estado policial (por la represión de los mineros) y por la profunda división social que causó. Mi suegro era minero, y durante la huelga íbamos a juntar rezagos de carbón para el fuego en casa. Un día pasó un grupo de policías a caballo por donde estábamos recolectando. Lo primero que se le ocurrió a mi suegro fue atacarlos, después recapacitó. "¿Qué vamos a hacer?", preguntó. "Vos no sabés pelear y yo no puedo correr." También fue una época de malentendidos. Yo trabajaba con una banda, mi parte era la poesía, e íbamos de un baile a otro con todo el disfraz puesto porque no había tiempo para cambiarnos entre un compromiso y otro. La policía nos paraba, o nos detenía, porque sospechaba que con esa ropa sólo podíamos ser piqueteros disfrazados. Después de la huelga la gente que cobró indemnización venía a los talleres de escritura. No sabían cómo seguir, y no tenían mucho dinero, pero pensaban en cómo empezar de nuevo al cabo de generaciones en las minas. Algunos compraron equipos de oficinas, o computadoras. Algunos iban a la biblioteca y se leían una novela de Jeffrey Archer, o algo por el estilo, y se venían al taller con una idea. Varios decidieron que en toda novela hay sexo en página tres, política en la seis, y espionaje en la página diez. Y esa era la receta para cualquier novela. Traté de convencerlos de que escribieran sobre sus vidas, pero dijeron que no eran interesantes. El resultado fue horrible. Encima de perder sus empleos de toda la vida, fracasaban nuevamente. Mandaban estas novelas execrables a las editoriales y ni siquiera recibían respuesta o eran rechazadas de inmediato. Varios cayeron en la depresión. Por suerte, desde entonces ha habido mucha literatura creada en Yorkshire, y buena parte comenzó con el cierre de minas. Bueno, ésa es la respuesta larguísima a su pregunta breve.
Está bien, es una respuesta política. Bueno, después de las prostitutas, ¿cómo encara la educación para otros grupos marginados?
Lo que hago en muchos colegios, algunos bastante pesados, es dar una función de media hora con mi poesía, poemas nuevos y viejos. Luego comienzo a trabajar con los presentes. Después de las prostitutas fui a trabajar en otro centro comunitario en Doncaster, uno que se llama "Unidad de exclusión", donde hay jóvenes que han sido excluidos de los colegios por una variedad de causas. No se les permite entrar a los colegios por algún desorden que han cometido, pero el juez les había ordenado que continuaran su educación hasta los 16 años. Uno de los talleres fue un error. Había un artista, un músico, yo y una jovencita bailarina, y los pibes se calentaron con la muchacha y no les interesaba otra cosa. Cambiamos de programa. Pensé que sería original hacer una composición rapera. Estábamos en una unidad de exclusión en una calle llamada BeckettRoad. Y dije, "Caminaba por Beckett road hoy/ le dije al hombre quién soy,/ al vera a..." y le pregunté a un muchacho en la primera fila, "¿Cómo te llamás?" Qué lástima que no tenía la cámara. De golpe el pibe se bajó la gorra sobre los ojos, se subió el pullover sobre la boca y se fue deslizando en el asiento. Vi que todo el grupo hacía lo mismo. Después pregunté a los encargados si eso era normal, y era la forma en que daban aviso de que se retiraban de los hechos. "Acéptelo como crítica literaria", me contestó un funcionario. El primer día fue un desastre. No lograba darles ni sacarles nada, pero noté que algunas veces se hablaban entre ellos. A veces hablaban de mí. Nunca a mí. No participaban. Logré escuchar que cada vez que entraba al taller con mi rotafolios bajo el brazo, alguno decía, "guarda que viene el jodido. No digas nada que lo anota si te oye". Eso lo anoté y logré una sonrisa. Cuando pedí otras ideas, fue interesante las puteadas que me mandaron. Cambiando las puteadas por otras palabras logré hacer una poesía con ritmo. El músico le puso notas, yo recité con ritmo, algunos comenzaron a tirar ideas en serio. Se trata de lograr demostrarle a la gente que tiene niveles muy bajos de lectura y escritura que si intentan pueden expresarse, que lo que dicen importa, y que si supieran cómo presentar las palabras, la gente los escucharía. Uno de los inconvenientes de jóvenes, y de mayores, analfabetos es que creen que causan problemas con sólo ser vistos. Por lo tanto, caen en una reserva total o, como en mi taller, algunas veces son adolescentes que vuelven a causar estragos, como incendios, robos, etc. Lo que hay que lograr es darles la confianza para usar el idioma, y si se llega a eso, comienzan a superar su discapacidad, eso promueve la autoestima.
Supongo que eso se hace más fácil con la poesía que con la prosa. Si bien debe de haber formas. Pero en estos casos la poesía se convierte en herramienta social.
Para mí la poesía es eso, una herramienta. Creo que la poesía comenzó como arte social. Alguien imaginó que la poesía comenzó como gritos del público a una compañía de baile. La primera poesía debe haber tenido que ver con gritos y rituales. Hay un poeta norteamericano, Clayton Eshelman, que dice que los artistas rupestres fueron el comienzo de la imaginación. A través de gente como él creo que la poesía realmente puede ser una herramienta social, que puede contribuir a mejorar los niveles de comunicación en el pueblo. En Inglaterra se nos enseña que la poesía es un arte solitario, que es el legado del romanticismo. No me siento cómodo con eso porque yo asocio la poesía con la actuación. He sido cómico en los clubes de barrio, y siempre con público. Cuando decidí que la poesía era un arte comunitario me armé del rotafolios, hasta me lo traje a Buenos Aires para mis visitas a colegios. Contribuye a hacer una experiencia hermosa de expresión. En una reunión con bibliotecarios, acostumbrados a ser callados, logré que repitieran a coro las estrofas mientras las íbamos creando. No tiene profundidad, pero tiene ritmo, que es universal.
¿Qué retorno recibe de estos encuentros?
Alguno siempre hay. Con el grupo de prostitutas, por ejemplo, el éxito fue que una de ellas, la mayor, Ruth, que escribía poemas con el seudónimo ‘Ruth Truth' (Ruth Verdad), llegó a la universidad. Una vez le pregunté si no tenía miedo de andar sola por las calles de la zona roja. Me dijo que no, que la luna la protegía. Escribió una linda poesía con ese tema, y yo decidí filmarla recitando bajo la luna en Doncaster. Aún trabajaba como puta. Fue otra experiencia ridícula pero memorable. Cuando salió a trabajar yo había puesto un camarógrafo detrás de un cerco, y en eso, mientras ella llamaba a los hombres que caminaban por ahí y le recitaba a la luna, cayó la policía. El oficial estaba seguro de que nos habíamos escapado de un instituto para dementes. Creo que Ruth llegó a estudios de posgrado, en una universidad sindical. Pero parece que fue un poco problemática para ellos. Lo que hago al final de cada encuentro es dejarle mi dirección de página web al público, o a los estudiantes, y pueden contactarme si quieren. Lo que más deseo es que la gente salga del taller diciendo "Eso lo puedo hacer yo, soy una persona creativa". Lo que no me gusta del circuito de literatura leída en Inglaterra, que está de moda y que a las editoriales les gusta, es que se le pide al público que escuche en silencio mientras el autor lee. No estoy seguro de que muchos sepan escuchar bien. Leer, escribir y escuchar son todas partes de una misma línea.
Cuénteme un poco sobre su rotafolios, que ha mencionado varias veces en el diálogo...
Sin ese accesorio estaría muerto. Lo uso en todas partes.Hasta lo he usado con la policía. Me nombraron poeta visitante en una sección homicidios, para ayudar a algunos de los hombres y mujeres a superar instancias bastante dramáticas. Eso me sorprendió. Yo había hecho una sesión en una cena de gala de la policía en Scunthorpe, sobre el Mar del Norte, en Yorkshire. Aclaro que era un banquete en un hotel bastante elegante. Estaba el jefe regional... y los contratados para el espectáculo eran músicos, cómicos y yo. Qué lástima que no lo filmé. Hice una poesía con toda esa gente de uniforme de gala.Al terminar esperaba en la playa de estacionamiento que llegara a buscarme un amigo y de un coche de Jefe, con mayúsculas, un Bentley, aparece una mano con guante blanco y detrás una voz que dijo "Usted tendría que hacer poesía con nosotros". Era el jefe de Homicidios de toda la región. Durante un tiempo fui a reunirme con policías traumatizados por crímenes domésticos diversos. Hasta me sugirieron que saliera de patrulla con ellos. Ahí sí, pedí un camarógrafo. Caminábamos una noche por el centro de Hull (también en Yorkshire) con la policía y de repente salen dos de la muchachas prostitutas de Barnstaple. Y una exclama, "Eh, ahí está ese tipo poeta. ¿Tenés algún problema con la policía?" Al aclarar las cosas las chicas ofrecieron hacer un poema sobre la vida nocturna de Hull. Se acercaron otras y les pregunté de qué querían hablar, "de sexo, si es de lo que sabemos. Usted dijo que hay que escribir de lo que uno sabe". Entonces miré a los policías y les dije a las mujeres que recitaran. Y una dijo, "ya lo tengo, aquí va". Pausa. "Quiero un hombre que esté bien duro,/ para que me recoja después del laburo." Y siguió en esos términos. Supongo que es superficial, pero me parece emocionante y liberador.
Es un documento social...
Lo hago desde hace años, y uno aprende a reconocer por dónde va bien y dónde mal, como generar entusiasmo. Me gusta la idea de entusiasmar a la gente. No soy bueno para lo profundo, sí para lo rápido. El Consejo de las Artes de Yorkshire me manda a estos lugares raros, y algunas veces puede no funcionar. Trato de hacer muchas cosas. Tengo un programa en radio, Verbo, y voy a hacer para otra radio una historia de la masa para tartas. La BBC ahora deja entrar a gente como yo. Pero me gusta colaborar con otros. Estoy cansado de trabajar solo. Trabajo con un dibujante de Manchester. Vamos a teatros y salas de reuniones y centros de comunitarios. Ahora compartimos el rotafolios: yo anoto lo que sale de la gente, y él lo ilustra en el momento. Es divertido, y hay que reconocer que así la poesía sirve como elemento pedagógico.

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ESTUDIAR, EL AMBICIOSO SUEÑO DE UNA NIÑA EN INDIA - john lancaster


El trabajo y la cultura limitan las posibilidades de las mujeres de las castas inferiores.
Kudri, India. En el breve y preciado sosiego entre despertar y las faenas domésticas, Seema Mahato, 15, se dobló sobre una tosca mesa de madera, apresurándose para terminar sus deberes de inglés.
A la macilenta y amarilla luz de una lámpara de queroseno, leyó susurrando una historia titulada ‘Una visita al zoológico', que había copiado esmeradamente en un cuaderno de líneas. Eran las cuatro y media de la mañana.
Una hora más tarde, el cielo comenzó a aclarar fuera de la casa de ladrillos sin ventanas que comparte con su familia y varios animales de granja. Reluctantemente, Seema apartó sus deberes. Después de recoger agua de la bomba del vecindario, se agachó en el sucio patio y fregó los platos de la noche pasada con jabón y cenizas, y luego se metió, con un cesto de paja, a recoger estiércol al establo. Pronto sería hora de marcharse a la escuela.
Hija de unos campesinos analfabetos de casta inferior, Seema lucha por hacer espacio para su educación. Sus faenas comienzan antes del amanecer y vuelven a empezar cuando vuelve a casa después de sus clases en la escuela de la misión católica. En sus días libres trabaja a menudo en las tierras de los hacendados locales por un equivalente de 43 centavos de dólar al día.
Es un arreglo que no siempre paga. Un agencia de bienestar le regaló a Seema una bicicleta como parte de un proyecto para estimular la asistencia a la escuela entre las niñas, acortando el viaje por los solitarios caminos rurales. Eso ayudó, pero otras obligaciones la mantienen luchando para poder seguir estudiando. A principios de año su madre la sacó de la escuela, porque quería que trabajara en los campos.
La marcha cuesta arriba de Seema para sacar su diploma de la escuela secundaria y finalmente un diploma de enfermera -una meta tan atrevida que todavía no se la cuenta a sus padres- es emblemática de uno de los retos sociales más urgentes de India: mantener a las niñas en la escuela.
Numerosos estudios de desarrollo han mostrado que el mejoramiento de las oportunidades de educación de las niñas redunda en beneficios para toda la sociedad. Las chicas que terminan su educación básica son las que más probablemente pospondrán el matrimonio y los hijos. Tienen familias más pequeñas y mejor educadas que a su vez contribuyen a mejores condiciones de vida. El énfasis en la educación de las niñas ha sido mencionado como un importante factor en el desarrollo económico de otras partes de Asia, como Corea del Sur y Taiwán.
Sin embargo, India, a pesar de sus éxitos económicos y científicos de los últimos años, ha demostrado ser testarudamente resistente al progreso. De acuerdo al Banco Mundial, en la India las niñas van a la escuela a una tasa considerablemente más baja que los niños, llegando a cuatro niñas por cada diez niños en los cursos de primero a cuarto de la secundaria. La tasa de analfabetismo adulto femenino en India es de un 45 por ciento (comparado con un 68 por ciento de los hombres) es igual que la de Sudán.
Aunque las actitudes están cambiando, muchos padres -especialmente entre los pobres del campo, que constituyen la mayoría de los mil millones de habitantes de India- no ven el punto de educar a sus hijas, que tradicionalmente se casan en la adolescencia y dejan la casa parental. Los hijos, en contraste, son considerados como el futuro sostén de la familia, que se ocuparán de sus padres en la vejez.
"En alguna parte de su corazón, creen que las niñas pertenecen a otra familia -que se casarán, mientras un hijo se queda con sus padres toda la vida", dice Scholastica Kiro, una importante funcionaria de la seguridad social en el estado de Jharkhand, que ayuda en la gestión del programa de bicicletas.
Pero no todo está perdido. De acuerdo a expertos de desarrollo, los programas de gobierno que tienen por objetivo estimular el acceso de las niñas a la educación -tales como el proyecto de bicicletas- están empezando a reducir la brecha sexual en la enseñanza. Los datos del gobierno muestran que en 1999, el porcentaje de niñas entre las edades de seis a catorce años que asistían a la escuela era de 74 por ciento, desde el 59 por ciento seis años antes.

Magras Circunstancias
Una niña alegre y con confianza en sí misma, cuya gruesa y ondulada cabellera de tinte rojizo lo dice todo sobre su crónica desnutrición, Seema se crió en Kudri, una aislada aldea agrícola de 80 casas a unas 800 kilómetros al sudeste de Nueva Delhi, la capital. Tiene un hermano de 13 años y una hermana de 12, y los dos van a la escuela. Una hermana mayor, de 17, Rekha, sufre un retardo mental y es totalmente incapacitada. Su casa no tiene ni electricidad ni agua potable. Un campo cercano sirve de letrina.
Como muchos de sus vecinos, el padre de Seema, Meghnath, y su madre, Vimla, ganan la mayor parte de los ingresos de la familia -unos 43 dólares por mes- trabajando como peones en unos arrozales y campos de cereales. "Sólo cuando trabajamos tenemos trigo para el día siguiente", dice Meghnath, 45, un hombre flaco y de aspecto cansado, con un fleco de canas despeinadas.
A pesar de sus humildes circunstancias, Seema es feliz en al menos un sentido: Vive a cinco kilómetros de la Escuela Secundaria de Nirmala, un edificio blanco y sencillo que fue fundado por un misionero belga en 1964 y sirve ahora como escuela para 363 niños y niñas, con los cursos separados por sexo.
En las clases de hindi en las mañanas, Seema se sienta, atenta, con cerca de otras 40 niñas -todas de uniformes blancos con el pelo trenzado y atado con lazos de cintas negras- mientras el maestro Peter Bhengra dirige a las alumnas en un animado debate sobre un cuento en una aldea india.
"¿Qué quiere decir ‘boicotear' a un hombre?", dice, llamando a Seema y preguntándole sobre uno de los personajes de la historia.
"Nadie habla con él, nadie sale con él", responde Seema, antes de volver a sentarse con una expresión de alivio.
El maestro asiente aprobadoramente, y luego llama a otra alumna para que explique por qué los aldeanos evitan a ese hombre. "Porque canta canciones de películas hindi y le guiña el ojo a las mujeres", dice la niña simulando horror. La clase estalla en carcajadas.
Cuando la pausa de almuerzo se anuncia con un repique de una barra de acero tocada con la mano -la escuela no tiene electricidad-, Seema cuenta que está estudiando con especial dedicación la asignatura de ciencias porque quiere ser enfermera. "Quiero sacar algo de esta educación", declara.

Robándole Tiempo Al Estudio
Cuando cae la noche en Kudri, Seema se sienta sobre sus piernas en la cocina y prepara la cena. Trabaja a la luz de un diminuta lámpara de petróleo, corta las patatas para un curry sin carne, luego mezcla harina y agua para hacer una masa de tortilla. Finalmente, con las patatas hirviendo en la cocinilla, pide disculpas para dedicarse a sus deberes de matemáticas.
Pero su madre, una fornida mujer cuyo partidura del pelo de color bermellón indica su condición de mujer hindú casada, la ordenó hacer el pan. Después de una irritada respuesta. Seema empezó a amasar la pasta en porciones individuales, que luego puso a asar en una plancha. El proceso tomó alrededor de una hora, y Seema fue la última en comer. A las 9:55 sacó su caja de lápices, y empezó a luchar con problemas de geometría durante media hora antes de dejarse caer en el duro camastro de madera que comparte con su hermana menor.
"Cuando no estoy en la escuela o haciendo los deberes, estoy haciendo cosas de la casa", dijo. Durante la temporada de cosechas, sus padres a menudo la sacan de la escuela para que les ayude en el campo. El año pasado perdió de esa manera casi 25 días.
Para aliviar esas presiones, el estado de Jharkhand ha regalado, desde 2001, diez mil bicicletas a niñas pobres entre los 13 y 17 años, de acuerdo a Kiro, el funcionario de la seguridad social. El propósito es animar a las niñas a que sigan asistiendo a la escuela, crear más tiempo para los estudios y aplacar los temores de los padres sobre la seguridad de sus hijas durante las largas y solitarias caminatas hacia la escuela.

Seguir En La Escuela
Antes de que tuviera su bicicleta, a principios de 2002, Seema gastaba casi una hora de camino ida y vuelta a la escuela. Ahora el viaje le toma 20 minutos, y pasa zumbando por los resplandecientemente verdes arrozales en una bicicleta granate de una velocidad con fotos de estrellas de cine de Bollywood pegadas a los guardabarros. La bicicleta le permite ganar una hora extra antes de la escuela y dedicar más tiempo para ayudar a su madre en la casa.
Los funcionarios de la escuela dicen que han observado un significativo mejoramiento en las tasas de asistencia y logros académicos de las niñas desde que comenzó el proyecto; la cuota de las que aprueban el examen final ha aumentado de 35 a un 55 por ciento en sólo dos años.
Pero como Seema descubrió un día en marzo pasado, una bicicleta por sí sola no es una panacea. Las noticias en su libreta de notas no podían ser peores: Había reprobado los exámenes de matemáticas, ciencias e inglés y tendría que repetir el curso.
Llorando desconsolada, se marchó a ver a su maestra de inglés y mentor informal, Lucy Hansda, que la llevó a un aula vacía para tratar de calmarla.
"Soy una niña y no me dejan estudiar", dijo Hansda, 34, repitiendo lo que le había dicho la adolescente, entre sollozos, sobre sus padres. Después de que Seema le dijera que su madre usaría el fracaso escolar como una excusa para sacarla de la escuela, Hansda, una monja ursulina de trato cariñoso y una sonrisa fácil, prometió interceder.
Durante una reunión dos días después en el convento de Hansda, la madre de Seema, Himla, le dijo a la maestra que Seema tendría que dejar de estudiar porque la familia ya no podía pagar los costes de útiles escolares y la matrícula anual de 540 rupias, unos 11 dólares, recordaron las mujeres.
Pero Hansda demostró ser una aliada efectiva. "Haz cualquier cosa, pero no la saques de la escuela", contó la madre de Seema que le dijo Hansda en el curso de una larga y emocional conversación. "Esta es su edad para estudiar, y si la sacas ahora de la escuela, le arruinarás la vida".
Hansda le contó a Vimla Mahato que podía pagar la matrícula de Seema a plazos y que la escuela cubriría los costes de los cuadernos de su hija. Después de una larga conversación esa noche, la madre y padre de Seema acordaron mantener a su hija en la escuela, al menos de momento.
Seema tiene otra aliada. Se trata de su tía Shanti Devi, 34, la hermana menor de su padre y el único miembro de la familia que fue a la universidad.
Durante una visita a Kudri en junio, Devi dijo que la entristecía oír que a la adolescente casi la habían sacado de la escuela. Le prometió a Seema en privado que ella le ayudaría a pagar por su educación hasta que terminara la secundaria, e incluso la universidad, si llegaba tan lejos. "Ese es un plan secreto entre yo y mi tía", dijo Seema. "Voy a convencer a mis padres para que aplacen mi matrimonio si paso el quinto".
Una medida del entusiasmo de Seema por la escuela es el esfuerzo que pone en prepararse. En las mañanas, después de fregar los platos del desayuno, se arrodilla frente a un pequeño espejo. Con una mirada de intensa concentración, se trenza el pelo, se humedece la cara con una crema y se la saca con una capa de polvos talco.
Luego se pone el uniforme, salta a su bicicleta y se aleja pedaleando. Sus trenzas ondean en el viento cuando la bici agarra velocidad.

16 de octubre de 2004
©washington post
©traducción mQh

DESPUÉS DE UN ATENTADO - tracy wilkinson


Escapó de la muerte en un restaurante de Bagdad y visitó a las familias de los muertos. Estaban sentados a la mesa que era originalmente la suya.
Bagdad, Iraq. Se suponía que esa mesa era la nuestra.
Era Noche Vieja y queríamos sentir el estado de ánimo de Iraq uniéndonos a una fiesta en el restaurante Nabil, un popular punto de reunión. A medida que pasaba el día, nuestro grupo -periodistas extranjeros y personal iraquí- se hizo más grande. Una fotografía que tomamos antes de salir, vestidos y sonriendo, nos muestra haciendo un brindis con champaña en vasitos de plástico.
Cuando llegaron al Nabil los dos primeros de nuestro grupo, el camarero les llevó a la mesa del rincón de atrás, hacia la mesa que habíamos reservado. Pero el reservado era incómodo, ciertamente demasiado pequeño para nuestro extenso grupo. El camarero accedió trasladarnos a una mesa más grande, más cerca de la parte de delante del restaurante.
Casi inmediatamente, dos parejas iraquíes ocuparon nuestro lugar en el reservado del rincón. Los cuatro, que celebraban la llegada del año nuevo sin Saddam Hussein, habían trabado amistad recientemente. Omar Ajeely y Mahmoud Mear-Jabar estaban comenzando juntos un negocio de teléfonos celulares. Sus esposas, Dina y Hiam, estaban embarazadas. Ambos eran matrimonios mixtos chií-sunníes.
Llegaron al restaurante en el BMW azul oscuro que Omar acababa de comprar y se unieron al bullicio del restaurante, de música árabe y animadas conversaciones.
Eran casi las nueve de la noche.
En nuestra mesa, el experto en ordenadores del despacho del Times, Mohammed Arrawi, y su novia, fueron saludados por Saad Khalaf, fotógrafo y uno de nuestros choferes ocasionales. Nos estaban esperando.
Afuera, el reportero del Times, Chris Kraul, y el chofer Ammar Mohammed, avanzaron en su viejo Mercedes y, para aparcar, se colocaron detrás del BMW de Omar. Yo seguí unos pocos segundos después detrás de ellos en un pequeño SUV conducido por Nasif Duleimy, con mi colega la corresponsal Ann Simmons en el asientro trasero. Chris y Ammar vieron a un Oldsmobile blanco entrar por la calle a gran velocidad hacia ellos. Lo vieron virar hacia su derecha, cruzar la calle, y luego incrustarse en la pared trasera del restaurante Nabil.
La explosión fue tan fuerte que no la oí. Fue un taponazo sordo, y un destello de luz. Nuestro coche se elevó por los aires con una sacudida, cayó con un golpe seco y luego lanzó abrasantes fragmentos de cristal, metal y ripio que nos cortaron la cara, el cuello y las manos con la fuerza de un puñetazo duro y rápido.
La sangre empezó a chorrear de nuestras cabezas, y Nasif y yo pudimos salir del aportillado coche empujando con los hombros; alguien sacó a Ann por la parte de atrás. Salimos tambaleándonos en un caos de llamas, humo y gritos en medio del pánico. La gente corría buscando refugio, frenética. Era difícil respirar, y la vista y el sonido eran un borroso remolino. Un colega, Said Rifai, ayudó a Chris, que estaba consciente pero muy malherido, a salir del coche. Ammar se las arregló para salir solo.
Dentro, el restaurante era un infierno. Saad, un hombre robusto de unos 100 kilos, fue lanzado al otro lado de la sala como si fuera una muñeca de trapo. Mohammed y su novia, Atiaf, fueron arrojados al suelo y quedaron debajo del techo derrumbado, entre vigas y ladrillos. Mohammed usó su cabeza herida para abrir la puerta principal del restaurante, coger a Atiaf en sus brazos y llevarla a un lugar seguro.
Y en la parte de atrás del restaurante, en el rincón, las dos parejas estaban aplastadas, y muertas. Era la mesa que se suponía que era la nuestra.
El atentado con bomba en el Nabil, que iluminó el cielo y resonó en la tensa ciudad, parece un incidente menor en el catálogo de horrores en que se ha transformado desde la invasión norteamericana de Iraq. Desde entonces se han registrado docenas de atentados con bomba, mucho más mortíferos que la explosión de Noche Vieja, que tuvo un total de ocho víctimas.
Sin embargo, pocos blancos han sido tan evidentemente civiles como el restaurante. Y no se necesita un gran número de bajas para destruir familias, destruir los nervios y atormentar a una sociedad.
Seis meses después del atentado, Mohammed, nuestro técnico informático, y yo, visitamos a las familias de los que murieron. Queríamos hablar con ellos sobre sus seres queridos, saber quiénes eran. Fue muy doloroso; todos los encuentros terminaron en lágrimas.
Los periodistas normalmente mantienen la distancia de sus sujetos, como un escudo. Es un mecanismo de defensa, una habilidad o instinto que permite que los reporteros sigan escribiendo, pensando y haciendo la siguiente pregunta, incluso si la persona entrevistada está contando cosas horribles o circunstancias inimaginables.
En este caso, la distancia era imposible. Habíamos pasado por cirugía y tratamientos, pero habíamos sobrevivido el atentado que se llevó a los hijos e hijas de la gente que estábamos entrevistando. De cierto modo, fuimos testigos de sus muertes. Nosotros sobrevivimos. Sus hijos no.
"¿Los ha visto?", fueron las primeras palabras que oímos de sus madres. Y, al mismo tiempo, Mohammed y yo nos dimos cuenta de que la gente desesperada que estábamos entrevistando -el viejo padre con la mirada perdida, la angustiada madre preguntando por qué, la hermana que lloraba- podrían haber sido nuestros propios padres y hermanos, si las cosas hubiese salido de otro modo.
Nunca le dijimos a las familias que éramos nosotros lo que debíamos haber estado en esa mesa en la parte atrás del restaurante Nabil el día de Noche Vieja.
Las dos parejas se habían casado por amor, dijeron las familias -no por compromiso- y estaban llenas de esperanzas sobre el futuro. Tanto Dina como Hiam estaban embarazadas, y sus maridos, Omar y Mahmoud, estaban ansiosos por explotar las oportunidades que brindaba a los empresarios el nuevo Iraq.
Las parejas se habían conocido hace dos años en una excursión en el verde norte de Iraq, en el tipo de vacaciones organizadas que eran comunes antes de la caída de Saddam Hussein. En las instantáneas que me muestran ansiosamente sus familias, los cuatro aparecen sonriendo, los cuatro están riendo en ese viaje, y los hombres parecen estar riéndose de alguna broma. Las mujeres se cubren el pelo con un pañuelo, pero no llevan ropas más estrictas.
Mahmoud era hijo único, nacido tardíamente después de una hilera de hijas. Como musulmanes chiíes, no estaban nada de contentos cuando Mahmoud, que es ingeniero, les anunció que se había enamorado y se casaría con Hiam, una arquitecto de una tribu sunní de Tirkit -la ciudad natal de Hussein. Pero todos quedaron encantados con Hiam cuando la conocieron, tan cariñosa y amable, y con un sentido del humor que claramente deleitaba a Mahmoud.
En el mundo árabe, el rol preeminente del hijo no puede ser más enfatizado. El padre y la madre aparecerán siempre en el nombre del primogénito -Abu (padre de) Mahmoud y Umm (madre de), en el caso de los padres de Mahmoud- y el primogénito asumirá la dirección de la familia y la gestión de todos los asuntos y negocios familiares a su debido momento.
Y, para la familia, la pérdida de Mahmoud lo abarca todo. Una enorme fotografía de un Mahmoud regordete y bigotudo, que tenía 28 cuando murió, cuelga de la pared de la salita de Mear-Jabar, una cómoda casa en Jamiaa, un vecindario de clase media en Bagdad. Nacido cuando su padre estaba en los cincuenta, Mahmoud se transformó en el único sostén de sus padres y la figura de autoridad para todas las mujeres de la familia.
Sus cuatro hermanas mayores, de edades entre los 33 y 38, entraron apresuradas a la salita en nuestra primera visita. Iban todas vestidas de negro de pies a cabeza, el color del duelo. Ayudaron a su padre, Ahmed, 80, a sentarse en el sofá junto a su madre, Faeza. Los padres son maestros jubilados.
Pasará un tiempo antes de que Ahmed, su cabeza llena de canas, vuelva a hablar, su mirada siempre distante.
"Mi padre no deja de llorar", dice Nihad, la hija menor.
Las dos hijas solteras, Maha, la mayor, y Zainab, se encargan ahora del negocio de teléfonos celulares que empezó Mahmoud -lo que no es un trabajo fácil para las mujeres en esta cultura. Un hombre de la familia debe ir por la noche a recoger a las hermanas y ayudarlas a cerrar la tienda. Ahmed pasa los días sentado, sin hacer nada, en la tienda, sólo para que desde fuera se vea la figura de un hombre.
Ahmed había comprado un enorme lote en el cementerio en la ciudad santa chií de Nayaf y había enterrado ahí a su padre. Creía que él sería el próximo en ser enterrado. Pero en lugar de eso, en un frío día de enero, Ahmed sepultó a su hijo único.
Nuestro primer encuentro con la familia de Omar toma lugar en la floristería de su padre en una rotonda en el centro de Bagdad. Raad Ajeely no quiere que hablemos con su esposa o hija. Lo pondría triste, dice. Los recuerdos son todavía muy dolorosos, y están en carne viva.
Omar era el hijo mayor. Un talentoso dibujante que adoraba a su única hermana y se preocupaba de recordar los cumpleaños, de 28 años, estudiaba diseño gráfico con Dina y quería ampliar la floristería familiar con una firma de decoración interior.
De debajo de su escritorio, junto a un mostrador de cinias de plástico, Raad saca unas fotografías. Omar y Dina, radiantes en su boda, ella esmeradamente de blanco con flores doradas en el pelo, él con su negro mostacho cuidadosamente recortado. Están posando en su casa, en su jardín, de vacaciones, y más tarde, con su hijo, Khattab.
Y hay una foto con Omar en su BMW azul oscuro. Lo compró diez días antes de que lo mataran y ahora, en la foto arrugada como un pedazo de papel de aluminio. Le digo a Raad que se parece un montón a cómo estaba el coche de donde salí. Pronto nos permitirá hablar con su esposa e hija.
"Escondemos todas las fotografías", dice Raad. "No queremos que las ves Khattab".
El niño tiene casi 3 años. Tiene la tez clara y es rubio, como era su padre a esa edad. Los padres de Omar y Dina, los dos pares de abuelos, comparten los cuidados del niño huérfano.
Más tarde, en casa de Raad, el niño se encarama sobre sus abuelas, las dos envueltas en negro, y oculta su cara. No puede ser convencido a que juegue al escondite.
Khattab no sabe que sus padres murieron ("¿Qué le vas a contar a un niño de tres años?"), pero sus abuelos piensan que debe saberlo. Él todavía no pronuncia sus nombres. A veces, medio dormido en la cama de sus abuelos, trata de mamar de su abuela, como hacía con Dina cuando estaba inquieto.
Las dos familias son vecinas en un elegante distrito de Aladel, donde sunníes y chiíes comparten la cuadra en aparente armonía. Omar, un suní, y Dina, chií, se encapricharon en la escuela primaria, se comprometieron en la universidad. Y en enero fueron enterrados juntos, debajo de una misma lápida, en el cementerio de Al Karkh, en Bagdad.
"Vivieron juntos toda la vida", dice la madre de Dina, Firyal Oilabi. "Y murieron juntos".
Un encuentro casual dio a Raad detalles más concretos sobre la muerte de su hijo.
Una unidad de la Segunda Brigada de la 1ª División Blindada del Ejército estadounidense, paró a comprar flores en la floristería dos semanas después de los atentados. Cuando Raad le contó a los soldados que su hijo había muerto en el restaurante, le dijeron que ellos habían sido los primeros militares en llegar a la escena.
Los soldados le dijeron que habían encontrado el cuerpo de Omar encima de una mesa, aplastado por una barra de metal. Dina estaba en el suelo. Hiam, parcialmente cubierto por los escombros, sobrevivió inicialmente la explosión y divagaba incoherentemente. Murió antes de que pudieran sacarla de los escombros. Después de contarle la historia a Raad, los soldados pasaron solemnemente a su floristería y le dieron la mano.
Aunque en guerra, caótica y peligrosa, Bagdad era en diciembre pasado un lugar más seguro de lo que llegaría a ser en la primavera y el verano. Los occidentales no estaban siendo secuestrados y podían comer en restaurantes o hacer compras en público. Los iraquíes, con algo de temor, todavía gozaban de algo de vida nocturna.
Sin embargo, Omar y Mahmoud no eran displicentes con su la seguridad. Tomaban precauciones para salir, especialmente en la noche. Mahmoud no había estado nunca en el Nabil; Omar había cenado algunas veces ahí, pero no era un cliente regular. Para Noche Vieja, un festivo que los iraquíes celebran aun si no hace parte del calendario musulmán, había una especie de fiesta en el Nabil y Omar pensó que podía ser divertido. Habría música, y un menú a precio fijo.
"Le dije que era muy peligroso salir", recuerda el padre de Mahmoud.
"Me dijo que no me preocupara, que iban a un restaurante pequeño, que era seguro y no demasiado conocido".
Nosotros hicimos un cálculo parecido. Un edificio de un piso color caramelo, el Nabil estaba en la calle de Arasat, un importante avenida llena de negocios. Estaba a un buen trecho de la calle, detrás de una pared baja, una posición que pensé que lo protegería de un coche-bomba. El terrorista, sin embargo, se acercó por una calle lateral, impactando en la parte de atrás más expuesta del restaurante.
Nabil era uno de los muchos restaurantes y clubes que celebraban Noche Vieja con una fiesta, aunque más discreta que en años pasados debido a las incertidumbres de la ocupación. Sobre eso quería escribir yo. Propiedad de un exitoso cristiano iraquí, atraía a los occidentales (aunque la mayoría de los parroquianos eran iraquíes), y servía alcohol (como otros establecimientos). Algo de esto puede haberle ayudado a transformarse en un blanco.
Alrededor de 35 personas sufrieron heridas en el Nabil, pero sobrevivieron. El terrorista no. Dos días más tarde la policía iraquí encontró un pedazo de su pantorrilla en el tejado de un edificio cercano.
Como con la mayoría de las cosas malas que ocurren en Iraq, es difícil separar los rumores de los hechos. Los hechos son artículos bastante flexibles en una sociedad que durante generaciones ha sobrevivido acomodándose y distorsionando verdades desagradables.
Entre los rumores, los militares estadounidenses realizaron su propia investigación, y el día de San Patricio arrestaron a un hombre que los agentes describieron como el cerebro del atentado contra el restaurante.
Ammar Allami, del que los vecinos dijeron que trabajaba como chofer de camiones, fue acusado de haber ayudado al terrorista a cargar 250 kilos de explosivos y montar un detonador, que aparentemente explotó antes de tiempo y mató al terrorista junto con sus víctimas. Allami fue detenido en el mismo barrio de Karada donde se ubica el Nabil y donde dos hoteles fueron más tarde también el blanco de atentados.
Allami pasó tres meses en varias cárceles norteamericanas, incluyendo la notoria prisión de Abu Ghraib, pero fue dejado en libertad en junio último. A través de su familia negó tener algo que ver con el atentado.
Las familias de las víctimas de Nabil, sin embargo, no se enteraron de nada. Meses después del atentado, todavía eran consumidas por rumores y especulaciones. Y con preguntas sobre por qué habían muertos sus hijos.
Un rumor que continúa dando vueltas es que Nabil Helami, el propietario, había sido amenazado poco tiempo antes de Noche Vieja y advertido que no abriera esa noche. Él abrió de todos modos, invitando el desastre.
Nabil niega esto. Es verdad, reconoce, que él no estaba en el restaurante, pero sólo porque su niñera le llamó a última hora para decirle que estaba enferma y se quedó en casa con su esposa e hija. Envió en su lugar a su hermano -algo que él no habría hecho, dice, si hubiera pensado que su local estaba amenazado.
Nabil, que se enorgullece de haber mantenido su restaurante abierto durante el régimen de Hussein y durante la mayor parte de la guerra, ha sido finalmente derrotado. No volverá a abrir.
Al principio, Raad, el padre de Omar, quiso responsabilizar a Nabil. Ahora habla de la voluntad de Dios. Y, dicen él y otros parientes, si hay alguien a quien echar la culpa, es a los estadounidenses. Esto no habría ocurrido antes de la llegada de los norteamericanos, dicen, una y otra vez.
"La gente iba a fiestas, celebraba, y nada ocurría", dice la madre de Omar, Atiya. "La situación cambió debido a los norteamericanos".
Con ‘norteamericanos' sé que no se refieren a mí, pero me incluyen. En lo que a ellos se refiere, mi presencia en Iraq es parte de la ocupación norteamericana. Sé que el hecho de que yo hubiera estado en el Nabil contribuyó a la muerte de sus hijos.
"Durante Saddam, mientras no estuvieras contra el régimen, no te pasaba nada", dice Firyal, la madre de Dina. "Ahora, por hacer nada, te matan".
El padre de Dina, un oficial del ejército de Hussein, habló contra él y fue metido a la cárcel. Incluso esa experiencia, desvanecida por el tiempo, parece ahora más tolerable comparada con el dolor de hoy.
Raad, que fuma un cigarrillo tras otro a pesar de una reciente operación de su cáncer de garganta, no puede entender cómo sobrevivió una batalla en la guerra de Irán-Iraq en la que murieron 15.000 hombres -y, sin embargo, su hijo mayor murió en el restaurante.
Ahora, conozco un poco más a la gente que murió en mi lugar. Pero no tengo respuestas para sus familias.
Y así seguimos conversando cada vez que nos reunimos, hablamos y finalmente cenamos con las familias de los difuntos. Son extraordinariamente hospitalarios -gente que está viviendo una pesadilla. Incluso con una familia que está claramente de duelo, compartimos un fabuloso almuerzo en casa de Raad. Nos sentamos a una mesa desbordante de platos de pollo y almendras, paté de garbanzos, arroz, cordero y calalú.
La hermana de Omar, Rusha, 24, tuvo un aborto después del atentado, pero está embarazada de nuevo. Se une a nosotros, pero no come.
"No creo que hayan hecho nada malo", dice sobre su adorado hermano y cuñada. "Todos estaban celebrando. A Omar le gustaba salir con su mujer. Estaban orgullosos de sus ropas y de verse bien. Y entonces desaparecieron. ¿Eran culpables de algo? ¿Tenían la culpa de algo?"
De todas las conversaciones, son quizás las palabras de Rusha las que más me persiguen. Culpa. Vergüenza. "No creo que hayan hecho nada malo". ¿Hice yo algo malo? ¿Fue un error estar ahí esa noche? Pero no tengo respuestas para ellos. No tengo respuestas para mí mismo.
La conversación es animada, aunque triste, y hablamos un largo rato sentados a la mesa. Hablamos de política, de las crecientes tensiones étnicas, incluso de la falta de electricidad.
Finalmente, es demasiado para una madre con dolor. Cambiemos de tema, dice Atiya, con esa forzada sonrisa que es modelada por la tristeza, con las comisuras de la boca hacia arriba, pero los ojos llenos de dolor.
"Hablemos de algo más agradable", pide.
Miramos nuestros platos por un momento. No decimos nada.

14 de agosto de 2004
15 de octubre de 2004
©los angeles times
©traducción mQh

HÁBITOS CARNÍVOROS DE CHINA ALIMENTAN DEBATE - john m. glionna


En un país donde todas las cosas vivas sirven para comer, los problemas de salud llevan a muchos hacia el vegetarianismo.
La antigua abogado da un respingo ante los escorpiones -todavía con los aguijones-, gusanos de seda y polluelos de gorriones servidos en un pincho como tentempiés en tenderetes callejeros, y la sopa de cabeza de serpiente, pavo real y tejón que se ofrece en los restaurantes.
Hay carnes de animales más domesticados, aunque para ella siguen siendo repugnantes, desde perros y palomas a pulmones de cerdo y sangre de pato cuajada.
A Xia le gustaría que en su país se comieran menos carnes y órganos animales y se adoptase una dieta vegetariana más sana.
"Cuando se trata de la comida", dice, "China necesita entrar al siglo 21".
Xia no es la única que está alarmada por los hábitos alimentarios del país. Expertos internacionales y muchos chinos están preocupados después de un sarpullido de sustos relacionados con la higiene de los alimentos -sustos provocados por cosas como el síndrome respiratorio agudo severo SARS y la leche en polvo adulterada, mercados que venden brotes de habichuelas contaminados por agentes químicos y restaurantes que impregnaban sus platos con semillas de amapola para que los clientes volvieran.
Los brotes de SARS de los últimos dos inviernos atrajeron la atención internacional hacia el tráfico de animales salvajes de China, y los epidemiólogos dijeron que las enfermedades respiratorias pueden deberse al consumo de mapaches, una especie de consumo habitual en el sur de China.
La a veces fatal afección pulmonar, que se extendió a 17 países en cinco continentes, ha disminuido algo, pero nadie sabe por cuánto tiempo -o si el virus de otro brote potencial está esperando su momento en algún otro lugar de la dieta china.
"No desaparecerá tan fácilmente", dice Jeff Gilbery, un investigador de la Organización Mundial de la Salud OMS.
Aunque los partidarios de la salud internacional agradecen la prohibición del gobierno sobre el consumo y tráfico de animales salvajes de la sureña provincia china de Guangdong y de otros lugares, dicen que el mayor desafío es cambiar las actitudes tradicionales que consideran que casi todos los seres vivos son pasto de la sartén.
El apetito de China por los animales atraviesa generaciones. En las áreas pobres los residentes han adaptado su dieta a cualquier cosa sobre la que puedan echar mano, incluyendo gatos e incluso ratas. Los chinos ricos prefieren los platos bizarros y caros -desde pavo real a pangolin, un escamoso pariente del oso hormiguero- por su novedad. Otros comen órganos animales en la creencia de que son medicinas beneficiosas.
"Lo que la gente come es algo cultural", dice Julie Hall, jefe de equipo de investigación del SARS de la OMS en Pekín. "En China es un tema delicado".
Sin embargo, las críticas de la comida también han surgido en China. Este año Pekín abrió una Oficina de Higiene de los Alimentos para investigar fuentes alimentarias potencialmente dañinas, y el gobierno ha decidido consolidar la supervisión e implementación de las reservas de animales salvajes en todo el país.
La perspectiva de contraer SARS ha alarmado a algunos comensales chinos. Aunque el vegetarianismo no es nuevo en China -ha sido parte del budismo durante siglos-, en Pekín se contaba en 2000 con solo un restaurante vegetariano. Ahora se han introducido casi una docena de locales que no sirven carnes, y que son frecuentados por antiguos carnívoros ansiosos por cambiar.
Del mismo modo en un creciente movimiento ‘verde', cientos de cocineros profesionales han firmado un manifiesto en el que se comprometen convencer a los ocho millones de colegas a través de China a que dejen de cocinar animales poco comunes.
La acción fue inspirada por Zhang Xingguo, un joven chef que fue despedido de numerosos restaurantes por negarse a cocinar grullas y otras especies salvajes. Por ir de puerta en puerta convenciendo a otros cocineros, fue recompensado esta primavera con una cena vegetariana en su honor por activistas de grupos de derechos pro-animales.
"Una cocina sin animales salvajes es un sitio mejor para trabajar", dice Wang Zhong, un chef vegetariano y seguidor de Zhang, que acostumbraba a cocinar serpientes, palomas y tortugas en peligros de extinción. "Es emocionalmente sano".
Un estudio de la Asociación para la Protección Animal de China reveló que en la cocina china se utilizan cientos de especies de animales salvajes, incluyendo muchos que han sido declarados por el gobierno como especies en peligro.
En el mercado nocturno de Donghuamen, Pekín, administrado por el gobierno, los puestos iluminados por fanales venden tentempiés como caballitos de mar, escorpiones y pinchos de serpiente.
Encogiéndose de hombros, el vendedor Zhang Zhongbin mostró una lata bullendo de escorpiones y arrojó tres a la sartén. "Si a los extranjeros no les gusta, pues que no los coman", dijo. "De todos modos, no lo entenderían".
Algunos epidemiólogos chinos dicen que la obsesión del país con la comida va demasiado lejos. Un manjar conocido como gambas borrachas -untadas en alcohol y comidas vivas después de quitarles la cabeza- ilustra los peligros potenciales.
Las gambas "contienen parásitos que son peligrosos si las comes crudas", dice Zu Shuxian, profesor de la Universidad Médica de Anhui, cerca de Shangai, "La gente debería ser más cuidadosa".
Dice que muchos chinos creen que los animales salvajes están libres de agentes químicos para el crecimiento con que supuestamente se alimenta a los animales de granja. "Creen que eso mejorará su salud", dice. Cuando le pregunté a una anciana por qué comía gatos domésticos, me dijo: "Se acerca el invierno. Necesito comer cosas peludas".
La OMS está colaborando con el gobierno chino para implementar nuevos procedimientos sanitarios para prevenir el brote de otra epidemia. También Estados Unidos está preparando un programa conjunto para estudiar las nuevas enfermedades infecciosas y el control de los animales salvajes, dijo un funcionario de la embajada en Pekín.
"Estamos mejorando las comunicaciones con los chinos, pero debemos tener la mente abierta", dice Hall, la funcionaria de la OMS. "Puede que no comamos perros o gatos, pero sí comemos ostras crudas. No debemos apresurarnos a juzgar... Lo que necesitamos es hacer más investigación".
Liu Tong está de acuerdo en que los manjares de uno son las indigestiones de otros.
Administra un restaurante en Pekín llamado ‘Poniéndose Fuerte Con La Cazuela', donde sirve más de 20 tipos de órganos sexuales animales que según él aumentan la virilidad.
"Es una cuestión de cambiar la mentalidad", dice Liu. "Los órganos animales no son tan repugnantes como crees. Los chinos los han estado comiendo desde la época de la dinastía Qing. Si te comes uno, te aseguro que te gustará".
Liu dijo que los productos lácteos norteamericanos son repugnantes para muchos chinos. "A mí me parecía que poner queso en una pizza era asqueroso", dice. "Pero una vez que la comí así, me gustó".
Mientras el origen del SARS sigue siendo un misterio, restaurantes como el de Sherry Xia, ‘El Loto A La Luz De La Luna' están teniendo éxito. El administrador Zhao Gang dice que el ambiente culinario más sano le convenció de renunciar para siempre a la carne.
Cuando sus vecinos talaron recientemente algunos árboles, dejando huérfanos a varios polluelos de gorriones, Zhao fue a su rescate. "Tratamos a los heridos hasta que se recuperaron", dice. "Antes de convertirme al vegetarianismo, habría jugueteado con ellos".
O, confiesa con una amplia y avergonzada sonrisa, los hubiera comido.
Pero incluso Xia sabe que los cambios son lentos en China. Se pregunta si el vegetarianismo llegará a las zonas rurales del país. E incluso en la moderna Pekín muchos habituales del queso de soya todavía fuman mientras comen.
Xia retiró el cartel de ‘No Fumar' cuando los negocios cayeron en picado. "Sólo puedo cambiar un mal hábito chino a la vez".

4 de julio de 2004
27 de septiembre de 2004
©losangelestimes
©traducción mQh

VIOLENCIA JUVENIL DEJA LELO A JAPÓN - anthony faiola


El asesinato de un compañero de escuela por un niño de once años pone el foco en los actos repentinos de odio.
Sasebo, Japón. Una tarde despejada en esta dormida ciudad portuaria una niña de once años empapada de sangre y apretando una cuchilla entró al comedor de su escuela primaria. Los maestros y alumnos se quedaron de piedra, pensando que la niña de sexto conocida por su carácter alegre se había herido gravemente a sí misma -pero ella disipó pronto esa impresión, dijeron testigos, pronunciando unas pocas aterradoras palabras: "Esta no es mi sangre".
Minutos más tarde los maestros encontraron a Satomi Mitarai, una niña de doce años, tendida en una poza de sangre en un aula vacía con vistas al arenoso jardín de recreo de la Escuela Primaria de Okubo. La asesina de once años, de acuerdo a sus propias confesiones en entrevistas con psicólogos y funcionarios de la escuela, había llevado a Satomi, que era conocida por su sonrisa que dejaba ver los dientes, a la sala. La agresora primero cerró las cortinas antes de cercenar la garganta de su víctima y golpearle brutalmente la cabeza y el cuerpo, de acuerdo a los entrevistados.
El asesinato, hace dos meses, marcó el último y uno de los extremos asesinatos en una serie de extraordinarios crímenes en Japón -incluyendo un número de ellos cometidos por niños que no mostraban una conducta inusual antes de los hechos. En muchos de los casos, los niños implicados atacaron a sus víctimas repentinamente, en un ataque de kireru, o repentinos actos de violencia.
El aumento de la violencia juvenil ha provocado llamados a re-evaluar la cada vez más violenta y lasciva cultura juvenil de Japón, que ahora se exporta a todo el mundo a través de películas de dibujos animados, cómics y juegos de video.
La joven asesina de Sasebo, cuyo nombre no puede ser divulgado de acuerdo a las leyes japonesas, era una ávida fan de ‘Battle Royale', una popular película para adolescentes que fue llevada a un juego en la red en la que los estudiantes se matan unos a otros haciendo deportes violentos. Aunque la niña todavía está siendo sometida a un análisis psicológico, se cree que fue motivada por una ofensa aparentemente ligera: la víctima, una de sus mejores amigas, la había llamado "gorda" y "cursi" en un sitio en la red.
"Lo más espeluznante es que ella siempre nos pareció ser una niña normal en todo sentido", dice Masashi Watanabe, director del Centro de Psicología Infantil de Sasebo, cuyo personal entrevistó a la niña después del asesinato. "No parecía ser una niña con problemas; no hubo señales que fueran detectadas por sus maestros o padres. Podía ser cualquiera de nuestros hijos".
La ola de crímenes juveniles está afectando el sentimiento nacional de seguridad personal en un país tan seguro que los niños a menudo viajan en metro o caminan hasta sus hogares a través de ciudades llenas de gente sin ser acompañados por adultos.
En años recientes -especialmente desde 1997, cuando un chico de 14 años decapitó a un niño de 11 y dejó su cabeza a la entrada de su escuela- Japón ha presenciado una creciente ola de delitos juveniles graves, incluyendo incendios provocados, atracos, violaciones, homicidios y asesinatos premeditados.
Los incidentes violentos en las escuelas se han quintuplicado en Japón en la última década, llegando a 29.000 en 2002, que llevó al diario nacional Mainichi a advertir que los patios de recreo japoneses se estaban convirtiendo en "campos de batalla". La violencia entre los niños más jóvenes en particular ha aumentado rápidamente. En 2003 el número de niños de menos de 14 años procesados por delitos violentos aumentó en un 47 por ciento con respecto al año anterior. Un estudio llevado a cabo por un instituto de investigación de la conducta infantil reveló que casi un 30 por ciento de los estudiantes secundarios han vivido actos de cólera al menos una vez al mes. En respuesta a la creciente criminalidad juvenil, Japón bajó en 2001 la edad de responsabilidad penal de 16 a 14 años, y la puede seguir bajando.
Los expertos creen que la violencia se origina en la baja estima entre lo niños, y citan las presiones de la vida familiar durante los últimos trece años de depresión económica en el país. La economía en Japón, la segunda economía más grande del mundo, está en crecimiento, pero los años de estancamiento presenciaron tasas elevadas de divorcio, violencia intra-familiar y suicidios, rompiendo la tradicional vida familiar y alienando a los hijos de los padres.
"En Japón, la delincuencia juvenil no es un problema relacionado con la pobreza", dice Akira Sakuta, un eminente psiquiatra criminalista. "Más bien, se podría decir que está relacionado a la tensión y a problemas de desarrollo de los niños, que sienten que no son deseados o que carecen de atención".
Muchos jóvenes se han retraído en el mundo virtual de internet, ahora de fácil acceso y sin supervisión parental gracias a los celulares. Los niños pueden mirar películas cortas de dibujos animados -anime- tales como ‘Gunslinger Girl', una historia sobre colegialas ciborg criminales con minis escocesas.
El más importante premio literario de Japón fue entregado este año a ‘Serpientes y Pendientes', de Hitomi Kanehara, de 20 años. Elementos centrales del libro son una espantosa apatía juvenil, sexo y violencia, temas favoritos entre los jóvenes.
Obviamente, el crimen violento no es el único mal social que afecta a la juventud japonesa. En Japón los suicidios de menores subieron fuertemente por quinta vez consecutiva en 2003, saltando al 22.1 por ciento comparado con el aumento de un 6.9 por ciento de violencia de adultos en el mismo período.
Se calcula que cientos de miles de estudiantes japoneses, desde la escuela primaria hasta la universidad, sufren de un desorden de conducta conocido como hikikomori, la incapacidad de abandonar sus hogares o de enfrentarse a la vida cotidiana, según expertos y sociólogos que han estudiado el fenómeno.
Miles de adolescentes, en su mayor parte chicas de las grandes ciudades en todo Japón, han entrado en lo que las autoridades describen como prostitución voluntaria, anunciándose entre los adultos a través de sitios de internet a los que acceden por los celulares, especialmente para ganar dinero para comprar bolsos de diseño y ropa de marca.
A medida que la sociedad busca respuestas, la tradición japonesa de discreto afecto se encuentra bajo fuego. Una campaña de servicio público a nivel nacional en los metros, trenes y televisión llama a los padres a abrazar a sus hijos.
"Enfrentamos el serio problema de cómo llegar a nuestros hijos y enseñarles la diferencia entre el bien y el mal", dice Kohichi Tsurusaki, superintendente de Consejo Municipal de Educación de Sasebo.
En un país donde los padres y los niños no expresan tradicionalmente sus sentimientos, el poder del mundo virtual ha probablemente amplificado el efecto, dicen los expertos. Los niños, dijo un experto del gobierno, se han habituado demasiado a personajes muertos que vuelven a la vida tocando un botón de una consola de juegos. La joven asesina de Sasebo, por ejemplo, no parecía comprender cabalmente que había terminado con la vida de su amiguita, declarando ante el tribunal familiar que quería pedirle disculpas en persona a la niña asesinada por lo que había hecho, de acuerdo a fuentes familiarizadas con el caso.
"Muchos niños japoneses viven en pequeños apartamentos en bloques, sin mascotas y sin estar expuestos a la muerte en la vida real", dice Takeshi Seto, un especialista en delincuencia juvenil del ministerio de Justicia de Japón. "Es posible que no entiendan el concepto como deberían".
Sin duda, algunos crímenes juveniles -como el del chico de 12 que mutiló sexualmente y luego empujó a su muerte a un niño de 4 años desde el tejado de un estacionamiento en Nagasaki el año pasado- implican a niños trastornados con un pasado de conductas psicóticas.
Pero muchos estudiantes en Sasebo no sólo han sentido compasión por la víctima, sino también con su asesina. De acuerdo a funcionarios de la escuela, la niña de 11 años había estado bajo presión de sus padres para obtener mejores resultados y fue obligada a dejar el equipo de baloncesto de la escuela para que estudiara más. Los insultos de su amiga parecían ligeros, pero los alumnos parecen comprender la cólera de la chica.
"No me sorprendió demasiado", escribió una niña en los primeros años de la secundaria en una sala de chat de internet para estudiantes de la red NHKTV. "He tenido... varias veces ese sentimiento de que odio tanto a una persona que me gustaría matarla".
En otra sesión de chat en la red organizado por una estación de televisión local en la vecina ciudad de Nagasaki, un estudiante que usó el nombre ‘Flecha de Dolor' escribió: "Entiendo muy bien lo que sintió la asesina. He sentido la soledad, y que nadie me quiere..., y por supuesto mis padres me obligan a hacer cosas que no quiero".
Sasebo, una ciudad de 240.000 habitantes a unos 320 kilómetros de Tokio estaba ya trastornada por el asesinato en junio de 2003 de un adolescente a manos de sus amiguetes en una escuela secundaria local. La comunidad está tratando de recuperarse en parte reforzando los grupos de padres, estimulando conferencias sobre la relación padres-hijos y ofreciendo ayuda psicológica a niños y adolescentes.
Parte del proceso fue una ceremonia fúnebre de Satomi Matarai, cuyo padre, Kyoji Mitarai era el jefe de despacho en Sasebo del diario Mainichi y había perdido a su mujer, que murió de cáncer. Antes que los alumnos de la escuela de su hija colocaran grandes girasoles amarillos en el blanco altar con un enorme retrato de la chica asesinada en el centro social local, Mitarai, conteniendo las lágrimas, suplicó a los estudiantes que aprendieran la lección de la muerte de su hija.
"Por favor, no olviden que a sus lados hay siempre gente que los quiere", rogó. "Por favor no olviden que hay gente que se pondría muy triste si ustedes desaparecieran, aunque no fuera por morir. Por favor aprecien vuestras vidas".

Akiko Yamamoto y Sachiko Sakamaki contribuyeron a este reportaje.

9 de agosto de 2004
22 de septiembre de 2004
©washingtonpost
©traducción mQh

EL PUENTE DE LOS SUSPIROS - jim yardley


Como otros puentes del mundo, este del río Yangtze atrae a los suicidas. Pero los suicidas corren el riesgo de encontrarse con su ángel de la guarda.
Anjing, China. La vista desde donde estuvo Chen Si en el conocido Puente del Río Yangtze capta la frenética y repiqueante energía de China. Camiones y autobuses pasan tocando la bocina entre los cientos de barcazas que se deslizan abajo por las aguas marrón oscuro del río. La extensa línea del horizonte del centro de la ciudad se eleva en la distancia.
Pero Chen mira a la gente. Ve a un hombre solo, aparentemente pensativo, y se dirige hacia él con pasos cortos y rápidos. Observa a la gente que desciende de los buses municipales y calibra la posición de sus hombros a medida que arrastran los pies por la acera al borde del puente.
Durante horas en esta mañana de domingo, Chen observa y espera ese momento imprevisible e impensable cuando una de las miles de personas que cruzan el puente cada día intente saltar al río. Chen viene casi todos los fines de semana, trayendo consigo un termo de té. Se ha transformado en ángel de la guarda del puente. Y se nombró a sí mismo.
"Incluso salvar a una persona", dice Chen, "es un montón".
Según sus propias cuentas, Chen, en la treintena, ha logrado impedir que salten 42 personas desde que comenzó sus patrullas hace un año. Les ha convencido de volver a bajar a la acera; los ha bajado forcejeando con ellos. Se arremanga el pantalón para mostrar una profunda cicatriz que le dejó un forcejeo. También ha visto a cinco personas librarse de sus manos y caer a sus muertes en el Yangtze.
Es un trabajo que le ha exigido transformarse en un detective buscando claves para examinar el alma de desconocidos. Se instala en la parte sur del puente, con gafas de sol y gorra para protegerse del sol. No sonríe ni habla demasiado. Mira a la gente, en especial a las figuras solitarias que miran hacia abajo las aguas color café.
"Son fáciles de reconocer", dice de los saltadores potenciales. "Son personas que caminan sin ánimo".
Chen dice que viene al puente porque alguien lo necesita: el suicidio es ahora la principal causa de muerte de los chinos entre los 15 y 34 años. El Puente del Río Yangtze, como muchos puente en otros países, atrae a una firme corriente de saltadores. Se cree que al menos mil personas han saltado a sus aguas desde que se inaugurara en 1968. El puente es un hito nacional en China; también se eleva a más de 90 metros sobre el turbio Yangtze.
"Este lugar tiene un éxito de cien por cien", dice Fang Xueming, un acomodador que trabaja en los cuartos de baño portátiles en el puente.
En otros puentes simbólicos, incluyendo algunos en Estados Unidos, gente como Chen han estado patrullando durante años. Pero Chen cree que es el primer voluntario de China, una señal que sugiere que el estigma que rodea al suicidio se ha mitigado en los últimos años. China no tiene todavía un plan nacional para hacer frente al suicidio, pero es un tema que está comenzando a penetrar en la conciencia de la gente.
"El hecho de que lo haga como voluntario es muy esperanzador", dice el doctor Michael Phillips, director ejecutivo del Centro de Investigación y Prevención del Suicidio, de Pekín. "Todavía hay mucho que hacer, pero hay ahora más franqueza y el tema se ha despolitizado de alguna manera".
Hace diez años, dice Phillips, la policía habría arrestado a Chen, pero ahora el gobierno permite algo más de espacio para algunas formas de activismo cívico. Los funcionarios del puente lo conocen por su nombre. Uno de ellos dijo que los funcionarios detienen regularmente a los saltadores, pero que la principal sección del puente, de casi 1.5 kilómetros de extensión, es demasiado larga como para protegerlos a todos. Chen dice que alguna gente llega en taxi, lo hacen detenerse en el centro de ese trecho, pagan el precio del viaje, descienden y saltan sobre la baranda.
Chen, un hombre corpulento con el pelo negro y duro, tiene una mujer y una hija joven, y su ánimo se alegra en el modesto apartamento donde viven. Dice que comenzó a ir al puente después de ver varios reportajes sobre el suicidio en los medios de comunicación. Se horrorizó cuando leyó sobre una multitud, en otra ciudad china, que le gritaba a un desesperado trabajador inmigrante que se había encaramado arriba de una valla publicitaria, que saltara al vacío.
"Tenemos que enseñarle a la gente a amar y a apreciar la vida", dice Chen, que se gana la vida vendiendo pequeñas vallas publicitarias.
Toma el bus los fines de semana por la mañana y llega al puente hacia las 7:30. Lleva folletos con el número de su celular como si fuera un teléfono rojo, aunque le preocupa que un reciente cambio en los números locales impida que alguna gente se pueda comunicar con él. Dice que la gente que encuentra a menudo ha perdido dinero, o a su cónyuge, y la esperanza. Si les puede convencer de que se bajen de la baranda, o si los hace bajar forcejeando, los lleva a un restaurante cercano a hablar y a comer.
"Lo conoce todo el mundo", dice Zhou Congsheng, el dueño del restaurante. "Es un gran tipo".
En los últimos meses Chen ha recibido algo más de atención en la prensa china. Ahora hay varios estudiantes universitarios que lo ayudan, haciendo turnos para patrullar el puente. También lo ayudan algunos a los que salvó de saltar.
Chen dice que necesita ayuda y asistencia adicional. Se ha transformado en un fumador en cadena. Se desahoga escribiendo un diario que será pronto publicado en China en forma de libro. Su teléfono repica de llamadas y el peso de tanta tristeza y desesperación lo puede echar abajo.
"Un montón de gente llama de todo el país, pero no puedo ayudarlos", dice.
Nanjing cuenta con un centro de intervención de crisis -una rareza en China- y un teléfono rojo. Pero Chen espera que los funcionarios también consideren colocar una red a lo largo del puente. Es caro y su petición no ha sido bien recibida en otros puentes del país a causa de su coste. Pero Chen espera que se pueda hacer algo.
"He salvado a montones de gente", dice, "pero una sola persona no es suficiente para hacer este trabajo".

21 de septiembre de 2004
©newyorktimes
©traducción mQh