loado rey sol marxista
[Joshua Kurlantzick] En el estado paria de Corea del Norte.
¿Hay en el mundo moderno un líder tan mal entendido como Kim Jong Il? Selig Harrison, un experto en Corea del Norte que ha viajado innumerables veces a Pyongyang, considera a Kim como una especie de Gorbachof asiático, un hombre que impulsa "reformas por sigilo". Para el presidente Bush, en contraste, el presidente de Corea del Norte es un "pigmeo", un líder brutal y estúpido: desde 2001 la Casa Blanca se ha negado, hasta hace poco, a iniciar conversaciones bilaterales con Corea del Norte.
En Rogue Regime: Kim Jong Il and the Looming Threat of North Korea' [Régimen Paria: Kim Jong Il y el Peligro de Corea del Norte], el veterano corresponsal en Asia, Jasper Becker, presenta un convincente alegato para definir a Kim de una vez para siempre -no como un dictador corriente, aunque nuclear, sino como un tirano extraordinariamente hábil que preside una de las peores catástrofes causadas por el hombre en la historia moderna, peor que Camboya durante los Khmer Rouge o la Unión Soviética en los años treinta.
Becker no puede informar desde Corea del Norte, y no es un experto nuclear. En lugar de eso, apoyándose en extensas entrevistas con exiliados norcoreanos, ofrece un relato altamente digerible que desentraña la historia de Kim, estudia su estilo de mando y detalla las grotescas consecuencias de esas decisiones. Su libro es un sutil alegato ante el mundo para amplíe su foco más allá del reconocidamente importante problema nuclear, hacia la enorme catástrofe humanitaria que toma lugar bajo la mirada de Kim Jong Il.
Becker traza la destructiva conducta de Kim en los primeros días de la única dinastía comunista del mundo. El régimen se fundó en mentiras, y Kim Il Sung, el padre del actual gobernante, destruyó todas las pruebas de la participación soviética en su subida al poder y en el lavado de cerebro de los coreanos, mucho más profundo que cualquier otro país comunista. En 1963, un diplomático soviético en el Norte calificó al gobierno de Kim Il Sung de "Gestapo política".
Kim Il Sung gozaba al menos de algún respeto dentro de su país por su papel como fundador del Norte. También se enfrentaba a algunos controles, aunque limitados, de su poder: a diferencia de Kim Jong Il, se reunía regularmente con los cuadros. Pero después de la muerte de su padre en 1994, Kim Jong Il transformó Corea del Norte de un régimen totalitario odioso en algo todavía peor, un estado de "un Rey Sol marxista" dispuesto a supervisar una orgía sin paralelos de extravagancias y absolutismo.
Los detalles de esas extravagancias provienen de antiguos lacayos de Kim. "A pesar de los inmensos privilegios de que gozaban... los que gobernaron a la Unión Soviética y China, no aspiraban a llevar una vida totalmente ajena a sus compatriotas", escribe Becker. "No mostraban signos de un deseo de consumo que emulara los gustos del jet-set multimillonario". Kim sí lo hace -y ha construido un parque de 100 limusinas importadas, así como un séquito de mujeres adiestradas en "grupos de placer" al servicio de las necesidades sexuales del presidente. Kim importa luchadores profesionales de Estados Unidos, a un coste de 15 millones de dólares, para que lo diviertan. Y cuando decidió construir una industria cinematográfica, hizo lo que los jefes de los estudios de Hollywood solamente sueñan: secuestró a directores y actores extranjeros y los obligó a trabajar para él. Sus bodegas de vino contienen más de 10.000 botellas francesas. Hace volar a chefs de Italia para que le preparen pizzas. Entretanto, su pueblo recoge raíces para comer.
El hambre había sido un problema bajo Kim Il Sung. Pero bajo Kim Jong Il, escribe Becker, se convirtió probablemente "en la hambruna más devastadora de la historia", con tasas de mortalidad de casi el 15 por ciento de la población, superando "cualquier desastre comparable en el siglo 20", incluso bajo la China de Mao. (Uno de los libros anteriores de Becker versó sobre el hambre en China a fines de los años cincuenta y principio de los sesenta). Según algunos cálculos, murieron más de tres millones de norcoreanos, más víctimas que en la Camboya de Pol Pot y las agencias internacionales están advirtiendo de que este año puede ocurrir una hambruna particularmente grave.
Sobrevivir ha exigido tenacidad. Se ha informado de coreanos que han asesinado a niños y mezclado su carne con cerdo para comer. Cuando conocí a refugiados norcoreanos en Asia, apenas parecían humanos -figuras atrofiadas con caras amarillentas y aterradas. Algunos norcoreanos han tratado de cultivar su propio alimento, potencialmente un signo de pensamiento independiente. Pero durante años Kim los ha obstaculizado, aunque empezó a abrir poco a poco la economía en los últimos tres años. A los que protestaban se los enviaba a un extenso sistema de campos de prisioneros, que puede haber implicado la muerte de un millón de personas. En este estado de esclavitud interna, sugiere Becker, se han realizado pruebas con armas químicas y mujeres embarazadas cuyos hijos estaban manchados por sangre extranjera han sido obligadas a abortar. Kim Jong Il se ha "resistido a adoptar políticas que podrían haber puesto fin rápidamente a la misera", dice Becker, haciendo "del dolor que infligió a todo un pueblo un delito monstruoso y sin paralelos".
A pesar de la hambruna, y a pesar de algunos informes de inteligencia de que su régimen estaba a punto de derrumbarse, Kim Jonh Il ha sobrevivido en el poder durante más de una década. Becker responsabiliza con fuertes términos a la comunidad internacional de aceptar tácitamente el osario de Kim. Agencias de Naciones Unidas que se suponían que debían supervisar la crisis humanitaria en Corea del Norte han desviado la vista, negándose a enfrentarse al gobierno anfitrión. Se han negado a llamar hambruna al hambre del Norte, y han permitido a Pyongyang a controlar la ayuda alimentaria, logrando así que la ayuda sea canalizada a través de los asociados de Kim.
En Corea del Sur, donde gran parte de la población no recuerda la Guerra de Corea, gobiernos sucesivos han impedido vergonzosamente la entrada de refugiados de Corea del Norte, al mismo tiempo que canaliza cientos de millones de dólares hacia el Norte. El gobierno de Clinton también proporcionó asistencia a Kim, mientras daba poca prioridad a los derechos humanos. Kim Jong Il "obtuvo suficiente ayuda extranjera" de Estados Unidos y Corea del Sur, "para continuar la distribución de alimentos y artículos y mantener la lealtad de los seguidores recalcitrantes", escribe Becker. Por otro lado, negándose a menudo a negociar directamente con Corea del Norte, esperando el colapso del régimen de Pyongyang, el gobierno de Bush no ha hecho ningún progreso.
Sin embargo, después de demostrar convincentemente por qué los derechos humanos en Corea del Norte deberían ser un problema tan importante como sus armas nucleares, Becker tiene pocas sugerencias de política que ofrecer a sus lectores. Reconoce que sacar al Loado Presidente a la fuerza sería casi imposible -su primer capítulo contiene un detallado juego de guerra que ilustra las capacidades de las armas de Kim. Pero también entiende que "cuando la crisis de Corea del Norte se define como una crisis de la proliferación o de recuperación de la economía, quiere decir que Kim Jong Il ya ha ganado", que cualquier estrategia para enfrentarse a Kim Jong Il debe tratar de mejorar el nivel de vida de los norcoreanos de a pie.
Becker sugiere presionar a Naciones Unidas para que reconsidere su tratamiento de los estados que aterrorizan a sus ciudadanos. Pero también hay otras opciones. Estados Unidos podría acelerar la contención tratando de asegurarse de que Corea del Norte no pueda vender sus armas a terroristas; y podría hacer un mejor uso de su robusto púlpito, señalando los campos de concentración y presionando a los surcoreanos para que abran sus fronteras para los refugiados norcoreanos. El inminente nombramiento del gobierno de Bush de un enviado especial para los derechos humanos en Corea del Norte es un buen inicio. Naciones Unidas podría hacer más esfuerzos para obtener acceso a los campos de concentración coreanos, empleando a hablantes de coreano para sacar información. Al mismo tiempo, diplomáticos estadounidenses podrían trabajar con más ahínco para persuadir a Corea del Sur y China de que un rompimiento con el régimen de Kim no causará necesariamente caos y en realidad podría resultar en una mayor estabilidad en sus fronteras. De momento, sin embargo, Kim Jong Il seguirá siendo felizmente mal comprendido.
Joshua Kurlantzick es corresponsal especial de The New Republic e investigador invitado de la Carnegie Endowment for International Peace.
Libro reseñado:
Rogue Regime. Kim Jong Il and the Looming Threat of North Korea.
Jasper Becker
Ilustrado
300 pp.
Oxford University Press
$28,-
8 de agosto de 2005
©new york times
©traducción mQh
¿Hay en el mundo moderno un líder tan mal entendido como Kim Jong Il? Selig Harrison, un experto en Corea del Norte que ha viajado innumerables veces a Pyongyang, considera a Kim como una especie de Gorbachof asiático, un hombre que impulsa "reformas por sigilo". Para el presidente Bush, en contraste, el presidente de Corea del Norte es un "pigmeo", un líder brutal y estúpido: desde 2001 la Casa Blanca se ha negado, hasta hace poco, a iniciar conversaciones bilaterales con Corea del Norte.En Rogue Regime: Kim Jong Il and the Looming Threat of North Korea' [Régimen Paria: Kim Jong Il y el Peligro de Corea del Norte], el veterano corresponsal en Asia, Jasper Becker, presenta un convincente alegato para definir a Kim de una vez para siempre -no como un dictador corriente, aunque nuclear, sino como un tirano extraordinariamente hábil que preside una de las peores catástrofes causadas por el hombre en la historia moderna, peor que Camboya durante los Khmer Rouge o la Unión Soviética en los años treinta.
Becker no puede informar desde Corea del Norte, y no es un experto nuclear. En lugar de eso, apoyándose en extensas entrevistas con exiliados norcoreanos, ofrece un relato altamente digerible que desentraña la historia de Kim, estudia su estilo de mando y detalla las grotescas consecuencias de esas decisiones. Su libro es un sutil alegato ante el mundo para amplíe su foco más allá del reconocidamente importante problema nuclear, hacia la enorme catástrofe humanitaria que toma lugar bajo la mirada de Kim Jong Il.
Becker traza la destructiva conducta de Kim en los primeros días de la única dinastía comunista del mundo. El régimen se fundó en mentiras, y Kim Il Sung, el padre del actual gobernante, destruyó todas las pruebas de la participación soviética en su subida al poder y en el lavado de cerebro de los coreanos, mucho más profundo que cualquier otro país comunista. En 1963, un diplomático soviético en el Norte calificó al gobierno de Kim Il Sung de "Gestapo política".
Kim Il Sung gozaba al menos de algún respeto dentro de su país por su papel como fundador del Norte. También se enfrentaba a algunos controles, aunque limitados, de su poder: a diferencia de Kim Jong Il, se reunía regularmente con los cuadros. Pero después de la muerte de su padre en 1994, Kim Jong Il transformó Corea del Norte de un régimen totalitario odioso en algo todavía peor, un estado de "un Rey Sol marxista" dispuesto a supervisar una orgía sin paralelos de extravagancias y absolutismo.
Los detalles de esas extravagancias provienen de antiguos lacayos de Kim. "A pesar de los inmensos privilegios de que gozaban... los que gobernaron a la Unión Soviética y China, no aspiraban a llevar una vida totalmente ajena a sus compatriotas", escribe Becker. "No mostraban signos de un deseo de consumo que emulara los gustos del jet-set multimillonario". Kim sí lo hace -y ha construido un parque de 100 limusinas importadas, así como un séquito de mujeres adiestradas en "grupos de placer" al servicio de las necesidades sexuales del presidente. Kim importa luchadores profesionales de Estados Unidos, a un coste de 15 millones de dólares, para que lo diviertan. Y cuando decidió construir una industria cinematográfica, hizo lo que los jefes de los estudios de Hollywood solamente sueñan: secuestró a directores y actores extranjeros y los obligó a trabajar para él. Sus bodegas de vino contienen más de 10.000 botellas francesas. Hace volar a chefs de Italia para que le preparen pizzas. Entretanto, su pueblo recoge raíces para comer.
El hambre había sido un problema bajo Kim Il Sung. Pero bajo Kim Jong Il, escribe Becker, se convirtió probablemente "en la hambruna más devastadora de la historia", con tasas de mortalidad de casi el 15 por ciento de la población, superando "cualquier desastre comparable en el siglo 20", incluso bajo la China de Mao. (Uno de los libros anteriores de Becker versó sobre el hambre en China a fines de los años cincuenta y principio de los sesenta). Según algunos cálculos, murieron más de tres millones de norcoreanos, más víctimas que en la Camboya de Pol Pot y las agencias internacionales están advirtiendo de que este año puede ocurrir una hambruna particularmente grave.
Sobrevivir ha exigido tenacidad. Se ha informado de coreanos que han asesinado a niños y mezclado su carne con cerdo para comer. Cuando conocí a refugiados norcoreanos en Asia, apenas parecían humanos -figuras atrofiadas con caras amarillentas y aterradas. Algunos norcoreanos han tratado de cultivar su propio alimento, potencialmente un signo de pensamiento independiente. Pero durante años Kim los ha obstaculizado, aunque empezó a abrir poco a poco la economía en los últimos tres años. A los que protestaban se los enviaba a un extenso sistema de campos de prisioneros, que puede haber implicado la muerte de un millón de personas. En este estado de esclavitud interna, sugiere Becker, se han realizado pruebas con armas químicas y mujeres embarazadas cuyos hijos estaban manchados por sangre extranjera han sido obligadas a abortar. Kim Jong Il se ha "resistido a adoptar políticas que podrían haber puesto fin rápidamente a la misera", dice Becker, haciendo "del dolor que infligió a todo un pueblo un delito monstruoso y sin paralelos".
A pesar de la hambruna, y a pesar de algunos informes de inteligencia de que su régimen estaba a punto de derrumbarse, Kim Jonh Il ha sobrevivido en el poder durante más de una década. Becker responsabiliza con fuertes términos a la comunidad internacional de aceptar tácitamente el osario de Kim. Agencias de Naciones Unidas que se suponían que debían supervisar la crisis humanitaria en Corea del Norte han desviado la vista, negándose a enfrentarse al gobierno anfitrión. Se han negado a llamar hambruna al hambre del Norte, y han permitido a Pyongyang a controlar la ayuda alimentaria, logrando así que la ayuda sea canalizada a través de los asociados de Kim.
En Corea del Sur, donde gran parte de la población no recuerda la Guerra de Corea, gobiernos sucesivos han impedido vergonzosamente la entrada de refugiados de Corea del Norte, al mismo tiempo que canaliza cientos de millones de dólares hacia el Norte. El gobierno de Clinton también proporcionó asistencia a Kim, mientras daba poca prioridad a los derechos humanos. Kim Jong Il "obtuvo suficiente ayuda extranjera" de Estados Unidos y Corea del Sur, "para continuar la distribución de alimentos y artículos y mantener la lealtad de los seguidores recalcitrantes", escribe Becker. Por otro lado, negándose a menudo a negociar directamente con Corea del Norte, esperando el colapso del régimen de Pyongyang, el gobierno de Bush no ha hecho ningún progreso.
Sin embargo, después de demostrar convincentemente por qué los derechos humanos en Corea del Norte deberían ser un problema tan importante como sus armas nucleares, Becker tiene pocas sugerencias de política que ofrecer a sus lectores. Reconoce que sacar al Loado Presidente a la fuerza sería casi imposible -su primer capítulo contiene un detallado juego de guerra que ilustra las capacidades de las armas de Kim. Pero también entiende que "cuando la crisis de Corea del Norte se define como una crisis de la proliferación o de recuperación de la economía, quiere decir que Kim Jong Il ya ha ganado", que cualquier estrategia para enfrentarse a Kim Jong Il debe tratar de mejorar el nivel de vida de los norcoreanos de a pie.
Becker sugiere presionar a Naciones Unidas para que reconsidere su tratamiento de los estados que aterrorizan a sus ciudadanos. Pero también hay otras opciones. Estados Unidos podría acelerar la contención tratando de asegurarse de que Corea del Norte no pueda vender sus armas a terroristas; y podría hacer un mejor uso de su robusto púlpito, señalando los campos de concentración y presionando a los surcoreanos para que abran sus fronteras para los refugiados norcoreanos. El inminente nombramiento del gobierno de Bush de un enviado especial para los derechos humanos en Corea del Norte es un buen inicio. Naciones Unidas podría hacer más esfuerzos para obtener acceso a los campos de concentración coreanos, empleando a hablantes de coreano para sacar información. Al mismo tiempo, diplomáticos estadounidenses podrían trabajar con más ahínco para persuadir a Corea del Sur y China de que un rompimiento con el régimen de Kim no causará necesariamente caos y en realidad podría resultar en una mayor estabilidad en sus fronteras. De momento, sin embargo, Kim Jong Il seguirá siendo felizmente mal comprendido.
Joshua Kurlantzick es corresponsal especial de The New Republic e investigador invitado de la Carnegie Endowment for International Peace.
Libro reseñado:
Rogue Regime. Kim Jong Il and the Looming Threat of North Korea.
Jasper Becker
Ilustrado
300 pp.
Oxford University Press
$28,-
8 de agosto de 2005
©new york times
©traducción mQh
obscena vida de karrine
[Nia-Malika Henderson] En su Confessions of a Video Vixen', Karrine Steffans renuncia a los excesos del hip-hop.
Nueva York, Estados Unidos. En los estudios de los videos hip-hop en los que aparecía, Karrine Steffans era la bailarina que nunca decía no. ¿Broches de estrellas doradas? Seguro. Agregad los tíos, y una tanga de piel de avestruz mostrando el trasero. Ningún problema. Pero eso era hace algunos años y un apodo vulgar atrás.
Hoy, cuando la oímos contar todo -y ella se explayó con mucha franqueza-, Steffans ya no es esa mujer. A los 26, es una escritora exitosa de Los Angeles que ha puesto a hablar al mundo del hip-hop con su polémica memoria Confessions of a Video Vixen'. Y cuando cruza el vestíbulo del hotel Omni Berkshire en ruta hacia todavía otra promoción más, se ve casi conservadora. No conservadora como Liz Claiborne, sino conservadora para una mujer que dice que pasó la mayor parte de sus veinte brincando de un éxito del hip-hop a otro. Ahora sale con Bill Maher. Sí, ese Bill Maher.
Rodeada por su agente literario y guardaespaldas, Steffans lleva una blusa negra con cuello y botones, vaqueros Express y zapatos negros de taco alto abiertos. Su greña de pelo rubio parece ser el único resto de sus días de video. Esta mañana estaba con la británica Elle. La noche anterior, firmó libros para unas 250 personas. Más tarde hay una entrevista con la televisión de Nueva Zelanda y un panel de debate con Iman en la Feria del Libro de Harlem.
Autores inéditos reciben rara vez esas expresiones de cariño. Y ciertamente no terminan convertidos en un popular cómic, Boondocks', donde uno de los personajes condenaba a Steffans por contar secretos y luego se preguntaba dónde podría hacerse con un ejemplar. Sin duda, los lectores comprarán u hojearán el libro de Steffans buscando chismes sobre los coqueteos de Steffans con algunos de los artistas de hip-hop más famosos. Hojeando en sus páginas, está claro que la pandilla está toda ahí.
P. Diddy. Ja Rule. DMX.
Y cada uno de ellos, cuando interrogados a través de un portavoz o agente sobre sus relaciones con Steffans sobre las que ella escribe en el libro: No tengo nada que decir.
Su libro salió hace un mes y sus entrevistas en la mayoría de los mercados de radios urbanas han empujado a la gente a las tiendas, y colocado el libro en la lista de éxitos de venta. Alcanzó el tercer lugar en la lista de éxitos de venta del Washington Post y el séptimo en el New York Times. Su editor dice que se han embarcado 110.000 ejemplares, y el libro entrará a prensas para su sexta edición.
Qué motivos tenía Steffans ha sido el tema candente en salones de belleza y peluquerías en todo el país. Pero en ruta a un debate sobre la belleza en la Feria del Libro de Harlem, suena como una activista social en ciernes. En su opinión, con sus historias de groopie arrepentida sobre el sórdido bajo vientre del hip-hop, no hace más que seguir las huellas de raperos como Lauryn Hill, Eve y Queen Latifah.
"Sabemos lo que pasa con los niños negros que no tienen papás, lo hemos oído, lo sabemos", dijo Steffans. "Pero nadie dice realmente que mujeres jóvenes que nacen sin padres tengan problemas serios especialmente cuando sus madres no tenían padre y la madre tenía problemas... Cuando hablo sobre este asunto, la gente escucha".
En su memoria, Steffans cuenta la historia de su infancia difícil y la desordenada vida del círculo íntimo del hip-hop. Creció en St. Thomas, como dice en el libro, con una madre dominante y abusadora. Su padre, escribió, estuvo en gran parte ausente.
Se mudó a Estados Unidos cuando tenía 10, y con su acento y ropa anticuada, no se adaptó. A los 13 fue violada por un tipo que conoció en una fiesta house. A los 16 era striptisera, y bailaba a menudo para atletas profesionales -ganaba a veces mil dólares por noche. A los 17 se fue a vivir con Kool G Rap, un rapero en decadencia, que era 10 años mayor. La unión produjo un niño, un hijo al que Steffans dedica su libro.
Su relación con Kool G Rap, al que describe como tumultuoso, la introdujo al mundo crecientemente comercializado de la música rap y le dio amplios motivos para que buscara una vida diferente. Era el inicio de la era de los trajes brillantes del hip-hop y cuando miraba los videos en la televisión por cable Steffans quería formar parte de él.
"Yo envidiaba a las mujeres de esos videos, sus cuerpos perfectamente voluptuosos... yo quería estar ahí, no me importaba quiénes fueran", escribe en su libro. Pronto, con amigos de la industria mostrándole cómo moverse en Los Angeles, lo lograría. Drogas, sexo, fiestas. Sin parar. Lo que emerge de su memoria es un mundo habitado por hombres y mujeres que están siempre buscando el siguiente colocón -el club más de moda, el coche más guapo, o la moto más grande.
Codearse con la realeza del hip-hop permitió a Steffans a conseguir un papel en A Man Apart', con Vin Diesel como protagonista. Eso fue sublime. Pero Steffans tocó fondo después de una sobredosis que casi la mató, perdió su apartamento y descubrió que sus amigos famosos la habían abandonado. Se dio cuenta de que estaba persiguiendo cosas equivocadas en compañía de gente que no le convenía. Entonces empezó a escribir.
"Tuve que reunir todos mis diarios de vida y todas las cosas de mi vida... fotografías, billetes de avión, cualquier cosa en la que pudiera ver mi pasado", dijo. "Hice una historia con todo y simplemente la conté". Steffans ofreció su manuscrito a HarperCollins/Amistad en marzo.
Lo que ha hecho Steffans, de acuerdo a Michaela Angela Davis, editora de la revista Essence, es llegar a gente que puede haber desdeñado antes sus protestas contra la misoginia del mundo del rap.
"La historia de Karrine realmente está llegando a la gente en la calle", dijo Davis. "Viniendo de ella, está realmente volcando la marea sobre cómo se trata a las mujeres en el mundo del hip-hop".
Davis dijo que esperaba que Steffans fuera a las comunidades y hablara de sus experiencias. De acuerdo a su publicista, Gilda Squire, ese es el plan. En octubre, Steffans estará en la librería de la Universidad de Howard antes de vacaciones. Monique Mozee, gerente de comercialización de la librería, también dijo que colocaba las conversaciones sobre la misoginia en el hip-hop bajo una luz diferente.
"Cuando tienes a alguien que ha conocido a alguna de esta gente y vuelve diciendo: Sí, eso es malo', lleva el tema a otro nivel", dijo. "Ella tiene una audiencia. Dice: Me preocupan las jóvenes y no quiero que pasen por lo que pase yo".
Tricia Rose, profesora de estudios americanos en la Universidad de California en Santa Cruz que ha escrito libros sobre el hip-hop y la sexualidad de las mujeres negras, calificó la historia de Steffans de una "historia bien aprendida... la versión negra de la prostituta que tiene éxito o que recupera la cordura". Lo novedoso de la historia es que es de una mujer negra del mundo de los videos musicales, y que nombra nombres. Pero Rose cuestiona que lo novedoso implique progreso.
"Pero no necesitamos tanto esta historia como otras que sean ricas, complejas y reflexivas", dijo Rose. "Estoy contenta que haya salido, y espero que provoque debate. La cuestión es si el libro será un catalizador de conversaciones serias, en oposición a permitir las respuestas fáciles, como que el video es malo o que es un estupendo vehículo provisto que evites los escollos. Esas son posiciones simples que creo que deberían preocuparnos".
La gente familiar con la historia de Steffans no la ve apoyando necesariamente alguna causa. "Si yo fuera mujer, haría lo mismo", dijo Mark Jones, 44, de Washington Noroeste. "Es una pena que mencione a todo el mundo. Un montón de gente cree que pudo haber sido más discreta".
Más tarde, en un panel con Iman y otras escritoras negras, Steffans dice a las jóvenes que se quieran a sí mismas, digan "no" a canciones que piden que ellas "se entreguen derretidas", y hablen entre sí. Este es el impresionante discurso de Steffans, leído en una especie de modo enérgico pero coqueto. Es como Marilyn Monroe con un mensaje feminista.
Después de firmar libros, posar para fotografías y ofrecer su "Muchas gracias" a los entusiastas, bajó a toda velocidad por el ascensor negro con una manada de fans tras ella. Todo el tiempo es así, dice, detrás de sus gafas de sol, Gucci. Terminado el flirt con la Costa Este, vuelve a Los Angeles para empezar a trabajar en un contrato por los derechos de cine y televisión. Y luego está su nueva novela, escenificada en Hollywood. Esta es la nueva Steffans, una mujer que dice que ha aprendido montones del presentador de televisión Maher, al que conoció en abril en una fiesta de la revista Smooth en Los Angeles, que es importante leer de todo y es importante obligar a la gente a discutir las cosas que se niegan a discutir.
Este libro le ha proporcionado sus títulos: cazafortunas, soplona, mentirosa, feminista, oportunista. Steffans lo ha oído todo, e incluso después de que la amenazaran de muerte (de ahí el guardaespaldas).
Pero se ha hecho un nuevo sello para ella.
"Soy una escritora, eso es lo que siempre ha estado en mi cabeza", dijo, como si se hubiera licenciado recién. "Nunca he sido una modelo. Fui actriz durante un minuto y he querido siempre ser escritora. Por eso me voy a quedar aquí. Os esperan un buen montón de libros".
29 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
Nueva York, Estados Unidos. En los estudios de los videos hip-hop en los que aparecía, Karrine Steffans era la bailarina que nunca decía no. ¿Broches de estrellas doradas? Seguro. Agregad los tíos, y una tanga de piel de avestruz mostrando el trasero. Ningún problema. Pero eso era hace algunos años y un apodo vulgar atrás.Hoy, cuando la oímos contar todo -y ella se explayó con mucha franqueza-, Steffans ya no es esa mujer. A los 26, es una escritora exitosa de Los Angeles que ha puesto a hablar al mundo del hip-hop con su polémica memoria Confessions of a Video Vixen'. Y cuando cruza el vestíbulo del hotel Omni Berkshire en ruta hacia todavía otra promoción más, se ve casi conservadora. No conservadora como Liz Claiborne, sino conservadora para una mujer que dice que pasó la mayor parte de sus veinte brincando de un éxito del hip-hop a otro. Ahora sale con Bill Maher. Sí, ese Bill Maher.
Rodeada por su agente literario y guardaespaldas, Steffans lleva una blusa negra con cuello y botones, vaqueros Express y zapatos negros de taco alto abiertos. Su greña de pelo rubio parece ser el único resto de sus días de video. Esta mañana estaba con la británica Elle. La noche anterior, firmó libros para unas 250 personas. Más tarde hay una entrevista con la televisión de Nueva Zelanda y un panel de debate con Iman en la Feria del Libro de Harlem.
Autores inéditos reciben rara vez esas expresiones de cariño. Y ciertamente no terminan convertidos en un popular cómic, Boondocks', donde uno de los personajes condenaba a Steffans por contar secretos y luego se preguntaba dónde podría hacerse con un ejemplar. Sin duda, los lectores comprarán u hojearán el libro de Steffans buscando chismes sobre los coqueteos de Steffans con algunos de los artistas de hip-hop más famosos. Hojeando en sus páginas, está claro que la pandilla está toda ahí.
P. Diddy. Ja Rule. DMX.
Y cada uno de ellos, cuando interrogados a través de un portavoz o agente sobre sus relaciones con Steffans sobre las que ella escribe en el libro: No tengo nada que decir.
Su libro salió hace un mes y sus entrevistas en la mayoría de los mercados de radios urbanas han empujado a la gente a las tiendas, y colocado el libro en la lista de éxitos de venta. Alcanzó el tercer lugar en la lista de éxitos de venta del Washington Post y el séptimo en el New York Times. Su editor dice que se han embarcado 110.000 ejemplares, y el libro entrará a prensas para su sexta edición.
Qué motivos tenía Steffans ha sido el tema candente en salones de belleza y peluquerías en todo el país. Pero en ruta a un debate sobre la belleza en la Feria del Libro de Harlem, suena como una activista social en ciernes. En su opinión, con sus historias de groopie arrepentida sobre el sórdido bajo vientre del hip-hop, no hace más que seguir las huellas de raperos como Lauryn Hill, Eve y Queen Latifah.
"Sabemos lo que pasa con los niños negros que no tienen papás, lo hemos oído, lo sabemos", dijo Steffans. "Pero nadie dice realmente que mujeres jóvenes que nacen sin padres tengan problemas serios especialmente cuando sus madres no tenían padre y la madre tenía problemas... Cuando hablo sobre este asunto, la gente escucha".
En su memoria, Steffans cuenta la historia de su infancia difícil y la desordenada vida del círculo íntimo del hip-hop. Creció en St. Thomas, como dice en el libro, con una madre dominante y abusadora. Su padre, escribió, estuvo en gran parte ausente.
Se mudó a Estados Unidos cuando tenía 10, y con su acento y ropa anticuada, no se adaptó. A los 13 fue violada por un tipo que conoció en una fiesta house. A los 16 era striptisera, y bailaba a menudo para atletas profesionales -ganaba a veces mil dólares por noche. A los 17 se fue a vivir con Kool G Rap, un rapero en decadencia, que era 10 años mayor. La unión produjo un niño, un hijo al que Steffans dedica su libro.
Su relación con Kool G Rap, al que describe como tumultuoso, la introdujo al mundo crecientemente comercializado de la música rap y le dio amplios motivos para que buscara una vida diferente. Era el inicio de la era de los trajes brillantes del hip-hop y cuando miraba los videos en la televisión por cable Steffans quería formar parte de él.
"Yo envidiaba a las mujeres de esos videos, sus cuerpos perfectamente voluptuosos... yo quería estar ahí, no me importaba quiénes fueran", escribe en su libro. Pronto, con amigos de la industria mostrándole cómo moverse en Los Angeles, lo lograría. Drogas, sexo, fiestas. Sin parar. Lo que emerge de su memoria es un mundo habitado por hombres y mujeres que están siempre buscando el siguiente colocón -el club más de moda, el coche más guapo, o la moto más grande.
Codearse con la realeza del hip-hop permitió a Steffans a conseguir un papel en A Man Apart', con Vin Diesel como protagonista. Eso fue sublime. Pero Steffans tocó fondo después de una sobredosis que casi la mató, perdió su apartamento y descubrió que sus amigos famosos la habían abandonado. Se dio cuenta de que estaba persiguiendo cosas equivocadas en compañía de gente que no le convenía. Entonces empezó a escribir.
"Tuve que reunir todos mis diarios de vida y todas las cosas de mi vida... fotografías, billetes de avión, cualquier cosa en la que pudiera ver mi pasado", dijo. "Hice una historia con todo y simplemente la conté". Steffans ofreció su manuscrito a HarperCollins/Amistad en marzo.
Lo que ha hecho Steffans, de acuerdo a Michaela Angela Davis, editora de la revista Essence, es llegar a gente que puede haber desdeñado antes sus protestas contra la misoginia del mundo del rap.
"La historia de Karrine realmente está llegando a la gente en la calle", dijo Davis. "Viniendo de ella, está realmente volcando la marea sobre cómo se trata a las mujeres en el mundo del hip-hop".
Davis dijo que esperaba que Steffans fuera a las comunidades y hablara de sus experiencias. De acuerdo a su publicista, Gilda Squire, ese es el plan. En octubre, Steffans estará en la librería de la Universidad de Howard antes de vacaciones. Monique Mozee, gerente de comercialización de la librería, también dijo que colocaba las conversaciones sobre la misoginia en el hip-hop bajo una luz diferente.
"Cuando tienes a alguien que ha conocido a alguna de esta gente y vuelve diciendo: Sí, eso es malo', lleva el tema a otro nivel", dijo. "Ella tiene una audiencia. Dice: Me preocupan las jóvenes y no quiero que pasen por lo que pase yo".
Tricia Rose, profesora de estudios americanos en la Universidad de California en Santa Cruz que ha escrito libros sobre el hip-hop y la sexualidad de las mujeres negras, calificó la historia de Steffans de una "historia bien aprendida... la versión negra de la prostituta que tiene éxito o que recupera la cordura". Lo novedoso de la historia es que es de una mujer negra del mundo de los videos musicales, y que nombra nombres. Pero Rose cuestiona que lo novedoso implique progreso.
"Pero no necesitamos tanto esta historia como otras que sean ricas, complejas y reflexivas", dijo Rose. "Estoy contenta que haya salido, y espero que provoque debate. La cuestión es si el libro será un catalizador de conversaciones serias, en oposición a permitir las respuestas fáciles, como que el video es malo o que es un estupendo vehículo provisto que evites los escollos. Esas son posiciones simples que creo que deberían preocuparnos".
La gente familiar con la historia de Steffans no la ve apoyando necesariamente alguna causa. "Si yo fuera mujer, haría lo mismo", dijo Mark Jones, 44, de Washington Noroeste. "Es una pena que mencione a todo el mundo. Un montón de gente cree que pudo haber sido más discreta".
Más tarde, en un panel con Iman y otras escritoras negras, Steffans dice a las jóvenes que se quieran a sí mismas, digan "no" a canciones que piden que ellas "se entreguen derretidas", y hablen entre sí. Este es el impresionante discurso de Steffans, leído en una especie de modo enérgico pero coqueto. Es como Marilyn Monroe con un mensaje feminista.
Después de firmar libros, posar para fotografías y ofrecer su "Muchas gracias" a los entusiastas, bajó a toda velocidad por el ascensor negro con una manada de fans tras ella. Todo el tiempo es así, dice, detrás de sus gafas de sol, Gucci. Terminado el flirt con la Costa Este, vuelve a Los Angeles para empezar a trabajar en un contrato por los derechos de cine y televisión. Y luego está su nueva novela, escenificada en Hollywood. Esta es la nueva Steffans, una mujer que dice que ha aprendido montones del presentador de televisión Maher, al que conoció en abril en una fiesta de la revista Smooth en Los Angeles, que es importante leer de todo y es importante obligar a la gente a discutir las cosas que se niegan a discutir.
Este libro le ha proporcionado sus títulos: cazafortunas, soplona, mentirosa, feminista, oportunista. Steffans lo ha oído todo, e incluso después de que la amenazaran de muerte (de ahí el guardaespaldas).
Pero se ha hecho un nuevo sello para ella.
"Soy una escritora, eso es lo que siempre ha estado en mi cabeza", dijo, como si se hubiera licenciado recién. "Nunca he sido una modelo. Fui actriz durante un minuto y he querido siempre ser escritora. Por eso me voy a quedar aquí. Os esperan un buen montón de libros".
29 de julio de 2005
©washington post
©traducción mQh
juego sólo para adultos
[Alex Pham] Videojuego con escenas eróticas ocultas desatan furor.
El comité de vigilancia que propone las calificaciones de orientación parental de los videojuegos tomó el miércoles la inusual decisión de emitir la advertencia más severa a un título que es éxito de ventas cuando el fabricante admitió haber incluido escenas sexuales explícitas, interactivas en el disco.
Los compradores empezaron a sacar Grand Theft Auto: San Andreas' de las estanterías después de que la Comisión de Calificación de los Juegos de Software [Entertainment Software Ratings Board] revocara la calificación del juego como para Público Adulto' y la subiera a Sólo Adultos'. El fabricante, Take-Two Interactive Software Inc., dijo que pensaba corregir San Andras' -el videojuego más vendido de 2004- y reeditarlo más tarde este año.
La comisión de calificación es similar a la comisión de calificación de la Asociación Americana de Cinematografía MPAA. La calificación Público Adulto' es análoga a la calificación R de las películas, y Sólo Adultos' es equivalente de NC-17. La mayoría de los vendedores no vende juegos con esta calificación.
Ejecutivos de Take-Two en Nueva York han negado durante semanas que programadores de su compañía fueran responsables de las escenas de sexo explícito, a las que se puede acceder con un software ampliamente disponible en la red. Pero el miércoles reconocieron que los diseñadores del juego habían creado esas escenas, bautizadas Hot Coffee'.
"El montaje de todo juego es un proceso altamente técnico", dijo el portavoz de Take-Two, Rodney Walker. "Lo comparamos con un pintor que pinta una pintura y la vuelve a pintar en la misma tela".
La explicación de Walker no logró apaciguar a los críticos, que señalan a la serie de Grand Theft Auto' para destacar el problema de la violencia y sexualidad en los videojuegos. Los juegos celebran los asesinatos nihilistas, y Take-Two se ha deleitado en su imagen como el chico malo de una industria global del juego de 25 billones de dólares que está tratando de ganar una respetabilidad más acorde a sus ganancias.
"Parece que Take-Two Interactive engañó adrede a la comisión de calificación de la industria del videojuego y a padres en todo el país", dijo la parlamentaria de Washingtom, Mary Lou Dickerson. "San Andreas', como un juego de grandes ventas en el país, está ahora en las manos de miles de niños que pueden participar en pornografía interactiva. Debería haber consecuencias jurídicas... para que la compañía no sea la última que ríe".
"De San Andreas', que cuesta en las tiendas unos 50 dólares, se han vendido más de 12 millones de copias en todo el mundo desde su lanzamiento en octubre. Los juegos calificados como Público Adulto' son juegos para mayores de 17. Muchos vendedores guardan bajo llave esos juegos y dan instrucciones a los dependientes de controlar la identidad de los compradores.
Wal-Mart Stores Inc., que comprende el 20 por ciento de las ventas de videojuegos en Estados Unidos, empezó a retirar San Andreas' de sus estanterías el miércoles, como hizo también Best Buy Co.
"Nuestra política es no presentar títulos para adultos en nuestras estanterías", dijo la portavoz de Wal-Mart, Karen Burk, que dijo que los compradores "ciertamente pueden devolver el producto a cambio de su dinero".
Take-Two dijo que sacaría un parche que podría ser bajado de internet de modo que los usuarios puedan bloquear las escenas con sexo.
La existencia de las escenas se empezó a difundir en internet el mes pasado después de que el programador holandés Patrick Wildenbourg comenzara a distribuir un software que dijo que permitía el acceso a esas escenas.
Muchos videojuegos tienen secretos a los que los jugadores pueden acceder a medida que progresan. Pueden, por ejemplo, ganar poderes adicionales o llegar a niveles ocultos.
Hot Coffee', en contraste, es un juego sexual interactivo, con escenas de sexo oral e intercurso.
Wildenbourg, que retiró el miércoles su software de internet, se negó a hacer comentarios.
Hace dos semanas, Take-Two había insistido en que las escenas con sexo eran "el trabajo de un grupo específico de hackers que han hecho lo imposible por alterar escenas de la versión oficial del juego". Los hackers, dijo la compañía, crearon las escenas, "desarmando y combinando, remontando y alterando el código del juego".
Las escenas provocaron la indignación de críticos de juego, incluyendo a la senadora Hillary Rodham Clinton (demócrata de Nueva York), que la semana pasada pidió una investigación federal de Hot Coffee'.
La Comisión de Calificación de Juegos de Software empezó una revisión para determinar si las escenas eran parte del código original del juego y ordenó re-clasificar San Andreas', que se puede jugar con PlayStation 2, de Sony Corps., Xbox, de Microsoft Corp., y en ordenadores personales.
"Después de una exhaustiva investigación, hemos concluido que las escenas con sexo explícito aparecen completamente, en su forma no modificada en los discos finales de las tres plataformas del juego", dijo Patricia Vance, presidente de la comisión de calificación. "Claramente, la calificación original era incorrecta, y tenía que ser corregida".
Walker, de Take-Two, dijo el miércoles que las escenas con sexo no estaban destinadas al público y que solamente fueron reveladas cuando un programador independiente, llamado modder, escribió un programa de software para acceder a ellas.
"La comunidad mod raspó la pintura, dejando ver el trabajo anterior", dijo.
Analistas calcularon que modificar y recomercializar San Andreas' costará a Take-Two unos 40 millones de dólares en ventas perdidas. Las acciones de Take-Two perdieron 11 puntos en after-hours trading [transacciones comerciales después del cierre].
"Fue una decisión muy pobre, y muy costosa", dijo Michael Pachter, analista de la industria del videojuego en Wedbush Morgan Securities en Los Angeles. "Es vergonzoso para la dirección porque obviamente un programador inconforme en sus estudios decidió meter esos materiales en el juego. Sólo puedo responsabilizar a la dirección por no contar con sistemas para controlar sus juegos".
Take-Two no ha sido ajena a la controversia. Entregas previas de Grand Theft Auto' han sido adoradas por jugadores empedernidos, pero rechazadas por grupos de padres y legisladores por sus escenas de violencia y sexo.
En una, los jugadores pueden tener sexo con una prostituta y luego golpearla hasta la muerte y robarle el dinero. Ese juego fue clasificado como Público Adulto' porque los jugadores no veían sexo. En lugar de eso, veían un coche aparcado meciéndose.
Algunos legisladores criticaron a la comisión de calificación por no detectar las escenas de sexo en su evaluación final de San Andreas' el año pasado. Aunque el sistema es voluntario, la mayoría de los fabricantes de juegos recurren a la organización, que evalúa más de mil títulos al año.
"No debería haber tomado tanto tiempo", dijo el parlamentario Joe Baca (demócrata de Rialto). "Hay evidencias de que el sistema de calificación voluntario no funciona".
Ejecutivos de la industria del videojuego trataron de tranquilizar a padres que el incidente de San Andreas' era una anomalía.
La comisión de calificación "ha estado en el negocio durante 11 años y nunca ha ocurrido un incidente de este tipo", dijo Doug Lowenstein, director de la Asociación de Juegos de Software, el grupo comercial de la industria. "Se trata de la calificación de más de 10.000 juegos. Si tomas eso en cuenta, puedes decir a los padres que tienen todos los motivos para tener confianza en el sistema de calificación".
Algunos consumidores no se sintieron completamente tranquilizados.
"Como padre he perdido algo de la confianza en la capacidad de la comisión de controlar a la industria", dijo Dennis McCauley, editor de GamePOlitics.com. "Pero la comisión dio hoy un gran paso y hay que reconocerlo".
22 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
El comité de vigilancia que propone las calificaciones de orientación parental de los videojuegos tomó el miércoles la inusual decisión de emitir la advertencia más severa a un título que es éxito de ventas cuando el fabricante admitió haber incluido escenas sexuales explícitas, interactivas en el disco.Los compradores empezaron a sacar Grand Theft Auto: San Andreas' de las estanterías después de que la Comisión de Calificación de los Juegos de Software [Entertainment Software Ratings Board] revocara la calificación del juego como para Público Adulto' y la subiera a Sólo Adultos'. El fabricante, Take-Two Interactive Software Inc., dijo que pensaba corregir San Andras' -el videojuego más vendido de 2004- y reeditarlo más tarde este año.
La comisión de calificación es similar a la comisión de calificación de la Asociación Americana de Cinematografía MPAA. La calificación Público Adulto' es análoga a la calificación R de las películas, y Sólo Adultos' es equivalente de NC-17. La mayoría de los vendedores no vende juegos con esta calificación.
Ejecutivos de Take-Two en Nueva York han negado durante semanas que programadores de su compañía fueran responsables de las escenas de sexo explícito, a las que se puede acceder con un software ampliamente disponible en la red. Pero el miércoles reconocieron que los diseñadores del juego habían creado esas escenas, bautizadas Hot Coffee'.
"El montaje de todo juego es un proceso altamente técnico", dijo el portavoz de Take-Two, Rodney Walker. "Lo comparamos con un pintor que pinta una pintura y la vuelve a pintar en la misma tela".
La explicación de Walker no logró apaciguar a los críticos, que señalan a la serie de Grand Theft Auto' para destacar el problema de la violencia y sexualidad en los videojuegos. Los juegos celebran los asesinatos nihilistas, y Take-Two se ha deleitado en su imagen como el chico malo de una industria global del juego de 25 billones de dólares que está tratando de ganar una respetabilidad más acorde a sus ganancias.
"Parece que Take-Two Interactive engañó adrede a la comisión de calificación de la industria del videojuego y a padres en todo el país", dijo la parlamentaria de Washingtom, Mary Lou Dickerson. "San Andreas', como un juego de grandes ventas en el país, está ahora en las manos de miles de niños que pueden participar en pornografía interactiva. Debería haber consecuencias jurídicas... para que la compañía no sea la última que ríe".
"De San Andreas', que cuesta en las tiendas unos 50 dólares, se han vendido más de 12 millones de copias en todo el mundo desde su lanzamiento en octubre. Los juegos calificados como Público Adulto' son juegos para mayores de 17. Muchos vendedores guardan bajo llave esos juegos y dan instrucciones a los dependientes de controlar la identidad de los compradores.
Wal-Mart Stores Inc., que comprende el 20 por ciento de las ventas de videojuegos en Estados Unidos, empezó a retirar San Andreas' de sus estanterías el miércoles, como hizo también Best Buy Co.
"Nuestra política es no presentar títulos para adultos en nuestras estanterías", dijo la portavoz de Wal-Mart, Karen Burk, que dijo que los compradores "ciertamente pueden devolver el producto a cambio de su dinero".
Take-Two dijo que sacaría un parche que podría ser bajado de internet de modo que los usuarios puedan bloquear las escenas con sexo.
La existencia de las escenas se empezó a difundir en internet el mes pasado después de que el programador holandés Patrick Wildenbourg comenzara a distribuir un software que dijo que permitía el acceso a esas escenas.
Muchos videojuegos tienen secretos a los que los jugadores pueden acceder a medida que progresan. Pueden, por ejemplo, ganar poderes adicionales o llegar a niveles ocultos.
Hot Coffee', en contraste, es un juego sexual interactivo, con escenas de sexo oral e intercurso.
Wildenbourg, que retiró el miércoles su software de internet, se negó a hacer comentarios.
Hace dos semanas, Take-Two había insistido en que las escenas con sexo eran "el trabajo de un grupo específico de hackers que han hecho lo imposible por alterar escenas de la versión oficial del juego". Los hackers, dijo la compañía, crearon las escenas, "desarmando y combinando, remontando y alterando el código del juego".
Las escenas provocaron la indignación de críticos de juego, incluyendo a la senadora Hillary Rodham Clinton (demócrata de Nueva York), que la semana pasada pidió una investigación federal de Hot Coffee'.
La Comisión de Calificación de Juegos de Software empezó una revisión para determinar si las escenas eran parte del código original del juego y ordenó re-clasificar San Andreas', que se puede jugar con PlayStation 2, de Sony Corps., Xbox, de Microsoft Corp., y en ordenadores personales.
"Después de una exhaustiva investigación, hemos concluido que las escenas con sexo explícito aparecen completamente, en su forma no modificada en los discos finales de las tres plataformas del juego", dijo Patricia Vance, presidente de la comisión de calificación. "Claramente, la calificación original era incorrecta, y tenía que ser corregida".
Walker, de Take-Two, dijo el miércoles que las escenas con sexo no estaban destinadas al público y que solamente fueron reveladas cuando un programador independiente, llamado modder, escribió un programa de software para acceder a ellas.
"La comunidad mod raspó la pintura, dejando ver el trabajo anterior", dijo.
Analistas calcularon que modificar y recomercializar San Andreas' costará a Take-Two unos 40 millones de dólares en ventas perdidas. Las acciones de Take-Two perdieron 11 puntos en after-hours trading [transacciones comerciales después del cierre].
"Fue una decisión muy pobre, y muy costosa", dijo Michael Pachter, analista de la industria del videojuego en Wedbush Morgan Securities en Los Angeles. "Es vergonzoso para la dirección porque obviamente un programador inconforme en sus estudios decidió meter esos materiales en el juego. Sólo puedo responsabilizar a la dirección por no contar con sistemas para controlar sus juegos".
Take-Two no ha sido ajena a la controversia. Entregas previas de Grand Theft Auto' han sido adoradas por jugadores empedernidos, pero rechazadas por grupos de padres y legisladores por sus escenas de violencia y sexo.
En una, los jugadores pueden tener sexo con una prostituta y luego golpearla hasta la muerte y robarle el dinero. Ese juego fue clasificado como Público Adulto' porque los jugadores no veían sexo. En lugar de eso, veían un coche aparcado meciéndose.
Algunos legisladores criticaron a la comisión de calificación por no detectar las escenas de sexo en su evaluación final de San Andreas' el año pasado. Aunque el sistema es voluntario, la mayoría de los fabricantes de juegos recurren a la organización, que evalúa más de mil títulos al año.
"No debería haber tomado tanto tiempo", dijo el parlamentario Joe Baca (demócrata de Rialto). "Hay evidencias de que el sistema de calificación voluntario no funciona".
Ejecutivos de la industria del videojuego trataron de tranquilizar a padres que el incidente de San Andreas' era una anomalía.
La comisión de calificación "ha estado en el negocio durante 11 años y nunca ha ocurrido un incidente de este tipo", dijo Doug Lowenstein, director de la Asociación de Juegos de Software, el grupo comercial de la industria. "Se trata de la calificación de más de 10.000 juegos. Si tomas eso en cuenta, puedes decir a los padres que tienen todos los motivos para tener confianza en el sistema de calificación".
Algunos consumidores no se sintieron completamente tranquilizados.
"Como padre he perdido algo de la confianza en la capacidad de la comisión de controlar a la industria", dijo Dennis McCauley, editor de GamePOlitics.com. "Pero la comisión dio hoy un gran paso y hay que reconocerlo".
22 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
las putas también envejecen
[William Grimes] A la sombra de una ciudad dedicada al placer.
Por lo que se recuerda, el vecindario conocido como Heera Mandi, metido en la parte norte de la ciudad amurallada de Lahore, Pakistán, ha sido siempre un barrio rojo. El nombre significa Mercado del Diamante, pero antes de que llegaran los británicos a mediados del siglo 19, ya era un bien establecido centro de placer, un lugar donde los hombres paquistaníes podían apartarse de matrimonios convenidos y pasar un tiempo con mujeres guapas, educadas en las artes del canto, la danza y la seducción.
El viejo barrio, con sus destartalados edificios, está en las últimas. Las legendarias cortesanas de Heera Mandi, que en el pasado eran solicitadas príncipes y emperadores, son un recuerdo lejano; su papel se ha reducido mucho, como las geishas de Japón. El cliente de hoy es más probablemente un gordo empresario luciendo un Rolex y conduciendo un Range Rover. Las mujeres, adiestradas apresuradamente, bailan a la música que sale resonando de una casetera, si es que bailan. Algunas apenas son adolescentes. El arte ha cedido el paso al comercio. "En esos días era bueno, pero todo eso ha cambiado", recuerda una vieja prostituta. "A nadie le preocupa el canto y el baile. Nos preparamos durante años, y ahora nadie lo hace".
Louise Brown, una académica británica que estudia el comercial sexual en Asia, pasó siete años, intermitentemente, viviendo en Heera Mandi. The Dancing Girls of Lahore', su informe a la vez escalofriante y cálido sobre un vecindario donde las reglas parecen estar cambiando, excepto las que mantienen a las mujeres paquistaníes en un estado de abyecta servidumbre.
Brown, autora de Sex Slaves: The Trafficking of Women in Asia', posee el ojo de un sociólogo y la apreciación de una novelista de su entorno y del drama humano que se representa ante ella. Pasa casi tanto tiempo describiendo la comida en las calles de Lahore, y los festivales religiosos, como al análisis de la lúgubre economía del comercio sexual. Su principal personaje, Maha, una prostituta en la cuesta abajo de su carrera, adquiere vida en tres dimensiones, realizada completamente en el limitado mundo que ha definido la vida de su madre, abuela y bisabuela antes de ella. En Heera Mandi, la prostitución es una profesión familiar.
Maha, como Broen, tiene olfato para los más sutiles matices de clase. Sus miserias y triunfos dependen de ellos. En la flor de la vida, como el resto de las mujeres del barrio, exigía precios altos. A los 12 fue vendida a un rico jeque en Dubai para un solo encuentro. Más tarde gozó de la protección de hombres poderosos y ricos, los que en Pakistán se espera que mantengan a varias amantes. Las prostitutas se refieren a esos clientes como sus maridos y, si tiene suerte, pueden acumular suficiente dinero y regalos, mientras reciben a varios hombres a la vez, para procurarse una jubilación cómoda.
Pero a medida que pasan los años, los clientes son más numerosos y menos adinerados. Maha, en sus treinta, con sobrepeso y cansada después de parir cinco hijos, ahora depende de la incierta caridad del irresponsable Adnan, el empresario enganchado al opio que una vez le puso una bonita casa fuera de Heera Mandi, pero hace poco le pidió que volviera al viejo barrio. "Estoy vieja y acabada", dice Maha a la autora, que escribe: "Probablemente tiene razón. La historia de Maha es corriente: las mujeres guapas de Heera Mandi ganan una suspensión temporal de los burdeles en sus veinte, sólo para volver en sus treinta. Maha ha vuelto al lugar donde nació y al que perteneció siempre".
Las fortunas familiares son sombrías, y Brown mira con pena mientras Maha prepara a sus tres hijas en el oficio. Con una prosa elocuente y breve, explica las duras reglas del juego. Adnan era la última oportunidad de Maha. Cuando la deje, pues la dejará, se verá en dificultades para encontrar a otro protector. Su hijo no se podrá casar decentemente. A menos que sus hijas estuvieran a la altura de las circunstancias, terminaría en Tibbi Gali, el mercado sexual barato, donde las mujeres más viejas se venden por tan poco como 20 rupias, el precio de una botella de Coca. Maha, bella en el pasado, fogosa y orgullosa, todavía se refiere a sí misma como una "mujer de mil rupias -169 dolares".
Brown analiza perspicazmente esta fanfarronada, a menudo oída en Heera Mandi. Manteniendo una fachada próspera, las prostitutas defienden sus precios. También, sin darse cuenta, causan su propia miseria. La mayoría de las mujeres acceden por menos de 10.000 rupias, pero aceptan sin protestar los reclamos de sus hermanas. "Las mujeres piensan que son sólo sus negocios los malos, que son sólo ellas las que no pueden pagar el alquiler, que son sólo sus maridos los malos", escribe Brown. "No me creen cuando les cuento que las vidas de otras mujeres también están en la ruina, y ellas me dicen que no debo contar a nadie de sus dificultades".
Maha es una luchadora, y Brown describe su vida con todos sus detalles sensuales. Está todo: las largas horas de tedio puntuadas por viciosas peleas con sus hijas y vecinas; la búsqueda de consuelo en alimentos que engordan y jarabe para la tos con codeína; la firme creencia en la magia negra y los hechizos; los tambaleantes cambios de ánimo, de negra desesperación a vertiginosa esperanza. Quizás las niñas puedan hacerse un hueco en el cine. (El barrio ha producido muchas de las estrellas de cine de Pakistán). O, quizás, Nena, la hija más atractiva y consumada de Maha, pueda encontrar una vasija con oro en un extremo del arco iris en las giras sexuales a los países del Golfo Pérsico, o en los protectores brazos de un cliente rico. No hay finales felices. Pero contra toda probabilidad, las mujeres como Maha de algún modo sobreviven. Brown, sorprendentemente, logra que parezca plausible.
20 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Por lo que se recuerda, el vecindario conocido como Heera Mandi, metido en la parte norte de la ciudad amurallada de Lahore, Pakistán, ha sido siempre un barrio rojo. El nombre significa Mercado del Diamante, pero antes de que llegaran los británicos a mediados del siglo 19, ya era un bien establecido centro de placer, un lugar donde los hombres paquistaníes podían apartarse de matrimonios convenidos y pasar un tiempo con mujeres guapas, educadas en las artes del canto, la danza y la seducción.El viejo barrio, con sus destartalados edificios, está en las últimas. Las legendarias cortesanas de Heera Mandi, que en el pasado eran solicitadas príncipes y emperadores, son un recuerdo lejano; su papel se ha reducido mucho, como las geishas de Japón. El cliente de hoy es más probablemente un gordo empresario luciendo un Rolex y conduciendo un Range Rover. Las mujeres, adiestradas apresuradamente, bailan a la música que sale resonando de una casetera, si es que bailan. Algunas apenas son adolescentes. El arte ha cedido el paso al comercio. "En esos días era bueno, pero todo eso ha cambiado", recuerda una vieja prostituta. "A nadie le preocupa el canto y el baile. Nos preparamos durante años, y ahora nadie lo hace".
Louise Brown, una académica británica que estudia el comercial sexual en Asia, pasó siete años, intermitentemente, viviendo en Heera Mandi. The Dancing Girls of Lahore', su informe a la vez escalofriante y cálido sobre un vecindario donde las reglas parecen estar cambiando, excepto las que mantienen a las mujeres paquistaníes en un estado de abyecta servidumbre.
Brown, autora de Sex Slaves: The Trafficking of Women in Asia', posee el ojo de un sociólogo y la apreciación de una novelista de su entorno y del drama humano que se representa ante ella. Pasa casi tanto tiempo describiendo la comida en las calles de Lahore, y los festivales religiosos, como al análisis de la lúgubre economía del comercio sexual. Su principal personaje, Maha, una prostituta en la cuesta abajo de su carrera, adquiere vida en tres dimensiones, realizada completamente en el limitado mundo que ha definido la vida de su madre, abuela y bisabuela antes de ella. En Heera Mandi, la prostitución es una profesión familiar.
Maha, como Broen, tiene olfato para los más sutiles matices de clase. Sus miserias y triunfos dependen de ellos. En la flor de la vida, como el resto de las mujeres del barrio, exigía precios altos. A los 12 fue vendida a un rico jeque en Dubai para un solo encuentro. Más tarde gozó de la protección de hombres poderosos y ricos, los que en Pakistán se espera que mantengan a varias amantes. Las prostitutas se refieren a esos clientes como sus maridos y, si tiene suerte, pueden acumular suficiente dinero y regalos, mientras reciben a varios hombres a la vez, para procurarse una jubilación cómoda.
Pero a medida que pasan los años, los clientes son más numerosos y menos adinerados. Maha, en sus treinta, con sobrepeso y cansada después de parir cinco hijos, ahora depende de la incierta caridad del irresponsable Adnan, el empresario enganchado al opio que una vez le puso una bonita casa fuera de Heera Mandi, pero hace poco le pidió que volviera al viejo barrio. "Estoy vieja y acabada", dice Maha a la autora, que escribe: "Probablemente tiene razón. La historia de Maha es corriente: las mujeres guapas de Heera Mandi ganan una suspensión temporal de los burdeles en sus veinte, sólo para volver en sus treinta. Maha ha vuelto al lugar donde nació y al que perteneció siempre".
Las fortunas familiares son sombrías, y Brown mira con pena mientras Maha prepara a sus tres hijas en el oficio. Con una prosa elocuente y breve, explica las duras reglas del juego. Adnan era la última oportunidad de Maha. Cuando la deje, pues la dejará, se verá en dificultades para encontrar a otro protector. Su hijo no se podrá casar decentemente. A menos que sus hijas estuvieran a la altura de las circunstancias, terminaría en Tibbi Gali, el mercado sexual barato, donde las mujeres más viejas se venden por tan poco como 20 rupias, el precio de una botella de Coca. Maha, bella en el pasado, fogosa y orgullosa, todavía se refiere a sí misma como una "mujer de mil rupias -169 dolares".
Brown analiza perspicazmente esta fanfarronada, a menudo oída en Heera Mandi. Manteniendo una fachada próspera, las prostitutas defienden sus precios. También, sin darse cuenta, causan su propia miseria. La mayoría de las mujeres acceden por menos de 10.000 rupias, pero aceptan sin protestar los reclamos de sus hermanas. "Las mujeres piensan que son sólo sus negocios los malos, que son sólo ellas las que no pueden pagar el alquiler, que son sólo sus maridos los malos", escribe Brown. "No me creen cuando les cuento que las vidas de otras mujeres también están en la ruina, y ellas me dicen que no debo contar a nadie de sus dificultades".
Maha es una luchadora, y Brown describe su vida con todos sus detalles sensuales. Está todo: las largas horas de tedio puntuadas por viciosas peleas con sus hijas y vecinas; la búsqueda de consuelo en alimentos que engordan y jarabe para la tos con codeína; la firme creencia en la magia negra y los hechizos; los tambaleantes cambios de ánimo, de negra desesperación a vertiginosa esperanza. Quizás las niñas puedan hacerse un hueco en el cine. (El barrio ha producido muchas de las estrellas de cine de Pakistán). O, quizás, Nena, la hija más atractiva y consumada de Maha, pueda encontrar una vasija con oro en un extremo del arco iris en las giras sexuales a los países del Golfo Pérsico, o en los protectores brazos de un cliente rico. No hay finales felices. Pero contra toda probabilidad, las mujeres como Maha de algún modo sobreviven. Brown, sorprendentemente, logra que parezca plausible.
20 de julio de 2005
©new york times
©traducción mQh
la baronesa budberg
[Merle Rubin] Misteriosa, amante, agente provocador.
"Indudablemente, fue una de las mujeres excepcionales de su época -una época que no mostró piedad ni compasión hacia su generación. Esa generación, nacida entre 1890 y 1900, fue casi completamente destruida por la guerra, la revolución, la emigración, los campos, y el terror de los años treinta... Pero ella no se aferró a su dulce y falso pasado, no representó el papel de impotente parásito, no rechazó los retos que le puso el destino en su camino, y no reclamó la fragilidad femenina' para tratar de justificar los errores que cometió".
Así caracteriza Nina Berberova a Moura Budberg, una "mujer misteriosa" como ninguna. Sospechada varias veces de espiar para los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, para los británicos en el malaventurado caso de Lockhart en 1918-1919 (una conspiración que casi derrumbó a la naciente Unión Soviética) y para los soviéticos durante gran parte del resto de su vida, Moura ejercía una poderosa atracción sobre los hombres. Su aventura con el agente británico Robert Bruce Lockhart fue recontado por él en su inmensamente exitosa memoria British Agent', la base de la pintoresca película de 1934 con el mismo título.
La vitalidad, inteligencia y encantos de Moura la hicieron indispensable para Máximo Gorky, que declaró: "Ella sabe todo y se interesa en todo". Su larga relación con H.G. Wells parece haber proporcionado al viejo y cada vez más quejumbroso autor, una sensación de simpatía y bienestar.
Nacida en 1892 en una familia rusa de clase alta, Moura pasó un tiempo en Inglaterra antes de la guerra, codeándose con diplomáticos, aristócratas, escritores y celebridades, incluyendo a dos que más tarde jugarían un papel más importante en su vida: Wells y Lockhart. Allá también conoció a Iván Benckendorff, un diplomático con el que se casó en 1911.
En la secuela de la Revolución Bolchevique, Benckendorff fue golpeado hasta la muerte por campesinos de una aldea cercana a la hacienda de su familia en Estonia. Los dos niños de la pareja lograron escapar con su institutriz inglesa, mientras Moura tuvo la fortuna de encontrarse en Petrogrado -como se conocía entonces a San Petersburgo.
Moura adoptó el nombre de Budberg, y el título de baronesa en 1922, cuando se casó con el barón Nikolai Budberg, un aristócrata terriblemente pobre, en lo que Berberova describe como un matrimonio de mutua conveniencia. Moura, que había recién escapado de Rusia, se hizo con un título y la ciudadanía de Estonia; no está claro, en esta versión, qué obtuvo él. Durante todo este tiempo, Moura era la amante de Gorky y un miembro crucial de su casa, trabajando como secretaria, traductora y agente literario. Fue a Moura a quién él confió sus papeles cuando volvió de Europa a Rusia y temía que pudieran caer en manos de Stalin, que, desafortunadamente, fue lo que ocurrió.
Aunque Berberoa no afirma inequívocamente que Moura fuera una agente soviética, la inferencia parece clara.
Berberova, que huyó de Rusia en 1922, vivió durante tres años bajo el mismo techo que Moura en la casa de Gorky. Aunque nunca fue una íntima de la astuta seductora, estaba en una buena posición para observarla: "Su energía, su vitalidad, su desesperado instinto de supervivencia, eran todas cosas que yo podía ver y entender..." Pero Berberova tenía problemas con su carácter cauteloso: "Era un aguilucho. Un leopardo. Y la conocí no para imitarla, sino porque observándola yo podía sobrevivir a mi modo, de otra manera, sin ser ni aguilucho ni leopardo".
Berberova, que murió en 1993 a los 92, recontó la historia de su vida en un extraordinario libro publicado en 1992: The Italics Are Mine' [Las Cursivas Son Mías]. Comenzó a trabajar en la biografía de Moura a fines de los años setenta y fue publicada por primera vez en Rusia en 1981. El libro no ha encontrado hasta el momento un editor británico o estadounidense, aunque Marian Schwartz y Richard D. Sylvester se embarcaron en su traducción al inglés en 1980. La versión rusa, nos informan, es más larga, contiene más notas históricas previamente desconocidas para los lectores rusos, pero familiares entre occidentales.
Como su tema, Moura' es difícil de catalogar: Es menos un primer plano de la sigilosa Budberg que un caleidoscopio del mundo en que vivió. Berberova revive no sólo a los amantes de Moura, sino también a un puñado de otra gente, a muchos de los cuales conoció personalmente, que fueron atrapados en el torbellino y traiciones de esos años. De cierto modo, la desconocida heroína de Moura' es Berberova misma, haciéndose camino a través de archivos y memorias y sirviendo como el prisma a través del cual se refracta la historia.
Libro reseñado:
Moura The Dangerous Life of the Baroness Budberg
Nina Berberova
Traducida del ruso por Marian Schwartz y Richard D. Sylvester
New York Review Books
360 pp.
$24.95
12 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
"Indudablemente, fue una de las mujeres excepcionales de su época -una época que no mostró piedad ni compasión hacia su generación. Esa generación, nacida entre 1890 y 1900, fue casi completamente destruida por la guerra, la revolución, la emigración, los campos, y el terror de los años treinta... Pero ella no se aferró a su dulce y falso pasado, no representó el papel de impotente parásito, no rechazó los retos que le puso el destino en su camino, y no reclamó la fragilidad femenina' para tratar de justificar los errores que cometió".Así caracteriza Nina Berberova a Moura Budberg, una "mujer misteriosa" como ninguna. Sospechada varias veces de espiar para los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, para los británicos en el malaventurado caso de Lockhart en 1918-1919 (una conspiración que casi derrumbó a la naciente Unión Soviética) y para los soviéticos durante gran parte del resto de su vida, Moura ejercía una poderosa atracción sobre los hombres. Su aventura con el agente británico Robert Bruce Lockhart fue recontado por él en su inmensamente exitosa memoria British Agent', la base de la pintoresca película de 1934 con el mismo título.
La vitalidad, inteligencia y encantos de Moura la hicieron indispensable para Máximo Gorky, que declaró: "Ella sabe todo y se interesa en todo". Su larga relación con H.G. Wells parece haber proporcionado al viejo y cada vez más quejumbroso autor, una sensación de simpatía y bienestar.
Nacida en 1892 en una familia rusa de clase alta, Moura pasó un tiempo en Inglaterra antes de la guerra, codeándose con diplomáticos, aristócratas, escritores y celebridades, incluyendo a dos que más tarde jugarían un papel más importante en su vida: Wells y Lockhart. Allá también conoció a Iván Benckendorff, un diplomático con el que se casó en 1911.
En la secuela de la Revolución Bolchevique, Benckendorff fue golpeado hasta la muerte por campesinos de una aldea cercana a la hacienda de su familia en Estonia. Los dos niños de la pareja lograron escapar con su institutriz inglesa, mientras Moura tuvo la fortuna de encontrarse en Petrogrado -como se conocía entonces a San Petersburgo.
Moura adoptó el nombre de Budberg, y el título de baronesa en 1922, cuando se casó con el barón Nikolai Budberg, un aristócrata terriblemente pobre, en lo que Berberova describe como un matrimonio de mutua conveniencia. Moura, que había recién escapado de Rusia, se hizo con un título y la ciudadanía de Estonia; no está claro, en esta versión, qué obtuvo él. Durante todo este tiempo, Moura era la amante de Gorky y un miembro crucial de su casa, trabajando como secretaria, traductora y agente literario. Fue a Moura a quién él confió sus papeles cuando volvió de Europa a Rusia y temía que pudieran caer en manos de Stalin, que, desafortunadamente, fue lo que ocurrió.
Aunque Berberoa no afirma inequívocamente que Moura fuera una agente soviética, la inferencia parece clara.
Berberova, que huyó de Rusia en 1922, vivió durante tres años bajo el mismo techo que Moura en la casa de Gorky. Aunque nunca fue una íntima de la astuta seductora, estaba en una buena posición para observarla: "Su energía, su vitalidad, su desesperado instinto de supervivencia, eran todas cosas que yo podía ver y entender..." Pero Berberova tenía problemas con su carácter cauteloso: "Era un aguilucho. Un leopardo. Y la conocí no para imitarla, sino porque observándola yo podía sobrevivir a mi modo, de otra manera, sin ser ni aguilucho ni leopardo".
Berberova, que murió en 1993 a los 92, recontó la historia de su vida en un extraordinario libro publicado en 1992: The Italics Are Mine' [Las Cursivas Son Mías]. Comenzó a trabajar en la biografía de Moura a fines de los años setenta y fue publicada por primera vez en Rusia en 1981. El libro no ha encontrado hasta el momento un editor británico o estadounidense, aunque Marian Schwartz y Richard D. Sylvester se embarcaron en su traducción al inglés en 1980. La versión rusa, nos informan, es más larga, contiene más notas históricas previamente desconocidas para los lectores rusos, pero familiares entre occidentales.
Como su tema, Moura' es difícil de catalogar: Es menos un primer plano de la sigilosa Budberg que un caleidoscopio del mundo en que vivió. Berberova revive no sólo a los amantes de Moura, sino también a un puñado de otra gente, a muchos de los cuales conoció personalmente, que fueron atrapados en el torbellino y traiciones de esos años. De cierto modo, la desconocida heroína de Moura' es Berberova misma, haciéndose camino a través de archivos y memorias y sirviendo como el prisma a través del cual se refracta la historia.
Libro reseñado:
Moura The Dangerous Life of the Baroness Budberg
Nina Berberova
Traducida del ruso por Marian Schwartz y Richard D. Sylvester
New York Review Books
360 pp.
$24.95
12 de julio de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
casa de muchos espíritus
[Reed Johnson] Unidos por su trabajo con Frida Kahlo y Diego Rivera, un par de artistas cuidan el legado cultural de una casa histórica.
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.
En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Empinándose por encima de la estrecha acera, la Casa de la Malinche se parece a una fortaleza del siglo 16, y, con los años, este sólido edificio ha tenido su parte de invasiones y reformas, no todas acogedoras. Se cree que sus secciones más antiguas se remontan a 500 años. La leyenda dice que el conquistador español Hernán Cortés utilizó una primera versión de la casa como un retiro mientras él y sus soldados asolaban el imperio azteca. En una de sus varias vidas previas, la estructura hizo las veces de cárcel municipal. Más tarde, fue un monasterio.En otra etapa, parte de su planta baja fue cortada en pedazos y convertida en una farmacia. "Ha tenido muchos usos en su historia", dice Rina Lazo, que ha vivido en la Casa de la Malinche con su marido y colega artista Arturo García Bustos durante las últimas cuatro décadas.
Incluso hoy, dice la pareja, la vieja casa funciona como una especie de inexpugnable ciudadela en esta ruidosa, agresiva y contaminada metrópolis de 20 millones de habitantes. Situada estratégicamente al borde un apacible parque en el histórico distrito de Coyoacán de la ciudad, la Casa de la Malinche es un tranquilo y civilizado amortiguador contra las embestidas del exorbitante tráfico en la calle, chillones vendedores callejeros y los miles de visitantes y turistas que marchan por el barrio los fines de semana.
La casa tiene un complejo pedigrí simbólico. Su tocaya, la Malinche, era una mujer india de habla náhuatl que fue la intérprete de Cortés y también compartió la cama del conquistador (la malinche' se traduce como la mujer del capitán'). Debido a que ayudó a los españoles a derrotar y someter a los pueblos indígenas de México, ha sido considerada como una traidora nacional, una femme fatale, en contraste con la adorada heroína nacional, la Virgen de Guadalupe.
Hoy, la casa de caliza, ladrillos y adobe es no sólo un oasis para sus dueños: es también un bastión de los valores culturales tradicionales mexicanos, que Lazo y García creen que están actualmente bajo sitio. Está repleta de arriba a abajo, de arte: esculturas precolombinas, muebles antiguos y una impresionante colección de pinturas, dibujos e impresiones, incluyendo obras de los tres padrinos fundadores del modernismo mexicano: Diego Rivera, Frida Kahlo y David Alfaro Siqueiros.
Para Lazo y García, la relación con este legendario patrimonio artístico es a la vez palpable y personal. Lazo pasó 10 años trabajando como asistente de Rivera, cuyos monumentales murales contribuyeron a definir la identidad post-revolucionaria del país y cuyo peso icónico se inclina sobre el arte mexicano del siglo 20 como el volcán Popocatépetl en los márgenes sur de la ciudad.
García fue estudiante y discípulo de Kahlo, la esposa intermitente de Rivera. Desde los años de su muerte en 1954, la cicatrizada vida de Kahlo, sus coloridos trajes y excéntrico e introspectivo arte -tan diferente del de su marido- la han convertido en una mártir feminista internacional y una diva póstuma. También la han transformado en estrella de cine, en la persona de la actriz Salma Hayek, la que retrató a Kahlo en la película de Miramax de 2002, Frida'.
Pero no nos adelantemos.
Eh, es demasiado tarde. Lazo y García guían al visitante a través de su salón atiborrado de arte, una casual mención de la película sobre la primera pareja de arte mexicano lanza a Lazo en un animado monólogo. "Es triste, porque es una buena película que pudo haber sido mejor", dice. Sí, reconoce Lazo, hubo montones de escenas de fiestas nocturnas y montones de alcohol en los viejos días, pero no las bacanales libidinosas que pretende la película. Lazo y García deberían saberlo, pues eran huéspedes regulares en la antigua casa de Kahlo, la Casa Azul, ahora un museo a menos de una docena de manzanas de Coyoacán.
La pareja también cree que la película minimizó el ardiente compromiso de Kahlo y Rivera con las causas políticas de izquierdas. "Y el lesbianismo no hacía parte de eso", dice Lazo, negando la tradicional percepción de la bisexualidad de Kahlo. "Es un invento". O más bien, dice, esta imagen de Kahlo puede haber sido fomentada por el malicioso marido, Rivera, al que le encantaba dejar caer bombas sociales, incluso inventados. "Frida era una enamorada, pero de los hombres, no de las mujeres", dice Lazo con la determinación de un caso cerrado.
Una extensa matriz de varios pisos que ocupa hasta la cuarta parte de una manzana, la Casa de la Malinche fue concebida a una escala dramática que se ajusta a sus dueños actuales. El dormitorio principal, con su banco de piel de jaguar y elevado catre, podría ser un plató para la producción de Las mil y una noches'. La biblioteca, atiborrada hasta las vigas de libros de arte, da a un patio enmarcado de buganvillas.
Cuando llegas al descanso de la escalera principal, te encuentras con una enorme lechuza de aires doctorales llamada Tecolotzin, en honor a un gobernante azteca. "Tiene cara inteligente, pero quién sabe si es verdad", dice García divertido, mirando a la bestia en su gigantesca jaula. "No escribió Don Quijote' ni nada por el estilo".
La Casa de la Malinche es una obra maestra, pero no un museo. Antes de que Lazo y García lo compraran a principio de los años sesenta, la casa de casi 930 metros cuadrados ha soportado décadas, sino siglos, de lento deterioro. La mantención es cara, y sus dueños de ocupan de su decorado y mantención con los ojos expertos del artista.
Pero la casa, felizmente, no tiene el pavoneo, la obsesión de estar listo-para-la-foto de muchas casas de diseñadores'. Se puede ver un pedazo de peladuras de pintura en el techo, materiales para artistas en alguna esquina. Como sus dueños, la Casa de la Malinche es cálida y acogedora.
El segundo piso del salón, donde Lazo y García hacen gran parte de sus labores de anfitriones, rinde homenaje a sus famosos mentores -el maestro Rivera y la maestra Kahlo, como se refiere la pareja a ellos. Dotada de un techo alto y la luz natural filtrándose a través de las altas ventanas, la habitación está ordenada en torno a dos sofás y un largo banco de madera y cuero. Una alfombra de motivos geométricos de Estambul y un stand de libros antiguo agregan marcados acentos.
Pero al entrar a la habitación, tus ojos instantáneamente se tornan hacia las paredes. Hay una naturaleza muerta de Lazo, con un montón de cocos, a la manera cubista, como Cézanne. Y más allá, su retrato de la hija única de la pareja, Rina García Lazo, una arquitecto que vive abajo con sus dos hijitos.
A unos metros, planeando como una aparición, está el retrato de tamaño natural de una escultural mujer con un vestido azul. Lazo la identifica como una amante de Henry Ford, el autocrático magnate de los coches cuyo hijo Edsel llevó a Rivera a Michigan a principio de los años treinta, para realizar los murales de Detroit Industry' en el Instituto de las Artes de Detroit. Junto a ella, cuelga el dibujo de Kahlo titulado La Copa', de fines de los años treinta, o cuarentas, que muestra una embarcación hecha con las cabezas de gente que representa a diferentes razas o grupos étnicos.
Pequeño. Críptico. Vagamente horripilante. Muy Frida.
En otra pared hay un dibujo inconcluso de Rivera, que llama la atención por su inscripción del maestro a su entonces joven aprendiz: "Para Rina Lazo, que me ayuda a pintar y a vivir".
"Tuvimos la suerte de estar cerca de esos grandes maestros, José Clemente Orozco, Rivera, Siqueiros y Frida", dice García, entre cuyas piezas mejor conocidas se encuentran los murales del palacio del gobierno municipal en el sureño estado de Oaxaca. "Sí, fue una época maravillosa", dice Lazo. A menudo, dice Lazo, quisiera que más de su tiempo en la Tierra se hubiera yuxtapuesto con el de esa extraordinaria era.
En sus años mozos, García y Lazo estuvieron inmersos en una embriagadora mezcla de acción política y apasionada devoción al arte que giraba en torno a Kahlo, Rivera y sus colegas. La pareja los conoció cuando el maestro ordenó a Lazo, su asistente, que ayudara a García a hacer carteles para una manifestación política. "Eso nos unía mucho: el interés artístico, y la política, y las preocupaciones, todo", dice García.
En realidad, después de tantas décadas de ajuste mutuo de las rutinas y contornos, Lazo y García afinan tan ajustadamente como las vigas del suelo. Lazo, una sorprendente mujer con un chal de cremoso color hueso y una cascada de joyas de oro, originaria de Guatemala, tiene una personalidad más histriónica y lleva la palabra. Su marido más circunspecto, que creció en Ciudad de México, escucha y habla cuidadosamente, mirando con cariño a su esposa y metiéndose en la conversación cuando ella se equivoca con un nombre u olvida una fecha. A pesar de su todavía incendiario idealismo político, se las arreglan para mantener a distancia los problemas del mundo con un dulce e irónico humor.
De crucial importancia en este matrimonio, y creativa asociación, es la creencia compartida en el valor perdurable de métodos artísticos de siglos de antigüedad, la preferencia por lo hecho a mano, no generado en un ordenador. La pareja tiene poco interés en el arte prefabricado, casas insulsas, vecindarios sin vida, vidas monótonas.
Al entrar en la Casa de la Malinche, a través de una pesada puerta de madera que da directamente a la acera pública, es como retroceder a una era de ritmo más calmo, más contemplativa. Inmediatamente a la izquierda, un pasillo de piedra conduce al taller de grabados de la pareja, llena de maquinarias de grabado antiguas. "Esta técnica está en desuso", concede García, "pero es maravillosa. La usó Rembrandt, la usó Goya".
García confiesa que está todavía aprendiendo a trabajar en diseño en ordenadores. "Me siento desafiada cuando estoy frente al tablero". Como artista, dice, le parece más fácil expresar sus sentimientos y emociones cuando modela con barro. Su esposa está de acuerdo, y lamenta la pérdida gradual de las habilidades tradicionales de la pintura con pincel. "La pintura a mano va a desaparecer, y con ella el corazón", dice Lazo. "Yo digo que no volverá a nacer otra Frida Kahlo en el futuro".
Pero la devoción a métodos y creencias sancionadas por el tiempo no significa necesariamente vivir en el pasado. De entre pilas dispersas de dibujos, grabados, frescos y acuarelas, García saca uno de sus últimos trabajos, una pequeña imagen blanco-y-negro de un hombre de aire desanimado sentado al borde de una gran ciudad. Detrás de él asoman dos torres de edificios y un avión a reacción.
"El 11 de Septiembre", dice García, "y un artista muy preocupado por el mundo, por el futuro del mundo".
A veces el artista trata de abrazar al mundo y consolarlo. Otra, él o ella debe mantenerlo a un brazo de distancia, o te vuelves loco, lo pueden asegurar Lazo y García.
En Coyoacán, como en otros barrios históricos de Ciudad de México, se libra una batalla para preservar las cualidades únicas e irremplazables que hacen tan atractiva el área, no sólo para los residentes, sino también para extranjeros. Junto con muchos de sus vecinos, Lazo y García han estado peleando contra una propuesta para construir un teatro al aire libre de 900 asientos, que estaría ubicado en la pequeño y encantador parque al otro lado de su casa.
Aunque sus proponentes han dicho que el teatro será usado para conciertos de música clásica y cosas similares, la pareja sospecha que abrirá la puerta a diversiones más agresivas. Creen que el parque debería ser un sitio para pasear, encontrarse con amigos y un pensativo descanso, y no, en palabras de Lazo, un lugar donde "uno viene a divertirse y bailar cumbia".
Poco a poco, teme la pareja, el fino carácter del barrio está siendo engullido por el tráfico comercial y urbanistas que huelen una tendencia lucrativa cuando la hay. En los últimos años, varios de los amigos de la pareja se han marchado de Coyoacán a la búsqueda de prados más tranquilos.
"Aquí, los vecinos, que quieren conservar este lugar, como debe ser, como un centro histórico, por su historia, por sus monumentos", dice Lazo. Ella y su marido se alegran de que las murallas de los viejos fundamentos de la Casa de la Malinche sean de unos 90 centímetros. "¡Mira lo anchas que son las murallas!", dice Lazo, pasando su mano por su granosa superficie."Nos ayudan a protegernos de los ruidos de la calle, de los coches".
La pareja cree que las paredes más gruesas de la casa corresponden a las de la estructura original de un piso donde Cortés y La Malinche vivieron durante un año, probablemente hacia 1521 o 1522. De acuerdo a García, Cortés eligió establecerse en Coyoacán porque la gran capital azteca de Tenochtitlán (hoy el centro de Ciudad de México) , tras ser saqueada por los españoles, estaba llena de cuerpos descompuestos.
En los siglos posteriores, la casa asumió otros aspectos, incluyendo su fase como monasterio. Luego, en los años de 1860, el presidente liberal Benito Juárez implementó sus famosas reformas agrarias y el monasterio y sus terrenos cayeron en manos de una familia campesina que había hecho las tortillas de los monjes. Lazo dice que parte de los terrenos todavía eran usados para cultivar maíz cuando ella y su marido se mudaron aquí hace 40 años.
En los años treinta, la casa llamó la atención de José Vasconcelos, el poderoso ministro de educación mexicano que encargó a Rivera, Siqueiros y otros artistas a pintar los grandes murales públicos que debían articular una visión de la identidad mexicana después del levantamiento revolucionario de 1910-1920.
Consciente del valor histórico de la Casa de la Malinche, Vasconcelos compró la casa. Aunque nunca vivió en ella, dice Lazos, Vasconcelos reconstruyó sus tejados y restauró o remplazó sus vigas derrumbadas.
Finalmente la casa pasó a manos de la hija de Vasconcelos, doña Carmen Vasconcelos. En esa época, a principio de los años sesenta, Lazo y García estaban viviendo en un apartamento y buscando un lugar más grande con suficiente espacio como para instalar un taller artístico y su hija recién nacida. Convencieron a doña Carmen de les alquilara la casa, que más tarde fue puesta a la venta. La pareja vio su oportunidad.
"Nadie quería la casa, porque era vieja, y era de una época en que todo el mundo estaba dejando de lado sus viejas casas y mudándose a unas más modernas", dice Lazo.
Ella y García habían justo recibido un dinero por unos murales que habían pintado para el deslumbrante nuevo Museo de Antropología de la ciudad. Reuniendo su dinero, pudieron comprar la casa. "El hecho es que doña Carmen estaba muy contenta", dice Lazo. "Nos dijo: Ah, ningún mexicano quería comprar esta casa, eran siempre extranjeros, y yo no la quería vender a extranjeros'. Es por eso que le alegró y nos la vendió a nosotros".
Reconstruir la casa, y tratar de restaurarla en algo aproximado a su diseño original fue, para la pareja, un proyecto de 10 años de la pareja. Gradualmente lograron reconstruir muchas de las antiguas habitaciones y encontrar puertas y ventanas antiguas, y enrejados para remplazar los antiguos. Volvieron a abrir ventanas tapiadas en la cocina y excavaron tabiques antiguos, ocultos. Hoy, la Casa de la Malinche goza de la condición de monumento colonial registrado, y "no se ha hecho ni un solo cambio" sin la aprobación oficial, dice Lazo.
El atardecer se está escabullendo, y nos traen una botella de fina tequila y unos sabrosos quesos de Oaxaca. Afuera, es la hora pique. Pero apenas penetran sonidos a través de las firmes murallas de piedra mientras la pareja obsequia a su huésped con más historias y opiniones sobre arte, política, todo.
Sí, acceden Lazo y García, el futuro político y económico de México es incierto. Sí, la inmigración y la globalización plantean inquietantes preguntas en todo el hemisferio.
Y sí, dice la pareja, tienen pensado quedarse en su vecindario y seguir peleando, por México y por Coyoacán. En los días de apogeo de Rivera y Kahlo, dice García, los mexicanos querían cambiar su sociedad "apasionadamente". Ahora, cree, el país hace frente a un reto comparable.
"Nos movía la idea de construir un mundo nuevo", dice de los viejos días. "Fue retrasado. Pero tenía que volver a brotar, aunque muchos años después, y debe adoptar nuevas formas".
Como la Casa de la Malinche.
10 de julio de 2005
19 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
marines judíos en 1945
[Tom Brokaw] Atrapados en el Holocausto.
Sesenta años después, todavía estamos escudriñando los triunfos y errores de la Segunda Guerra Mundia, los héroes y los canallas, los mitos y las terribles verdades, las grandes historias y las pequeñas, tratando de entender las varias capas de una época que el historiador británico John Keegan ha calificado como el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad.
Aunque todas las grandes piezas han sido montadas en la mesa de la historia hace ya algún tiempo, es el descubrimiento de episodios poco conocidos los que aumentan constantemente nuestro aprecio, fascinación y repulsión ante el brutal choque de civilizaciones en el corazón del siglo 20.
El libro de Roger Cohen, Soldiers and Slaves', meticulosa y apasionadamente documentado, es uno de esos hallazgos. Es la historia de marines americanos que fueron capturados por los alemanes a fines de 1944 y enviados a un infame campo de trabajos forzados donde entraron en el oscuro mundo del Holocausto.
Muchos de los casi 350 soldados, aunque no todos, eran judíos, y fueron separados por los nazis para ser enviados a un campo que eran tan brutal y deshumanizador que los soldados que sobrevivieron fueron reconocidos como supervivientes del Holocausto.
Cohen, escritor internacional en general y antiguo editor internacional del New York Times que escribe la columna Globalist para el International Herald Tribune, dedica el libro a la memoria de Charles Guggenheim, un hombre elegante y de voz suave que fue un galardonado cineasta de documentales. Guggenheim pasó los últimos años de su vida investigando y filmando el destino que habría sido el suyo si hubiera zarpado hacia Europa con su unidad, el regimiento de infantería 106. En lugar de eso, una infección del pie lo mantuvo en casa.
Los que fueron participaron en el invierno de 1944 en la Batalla de las Ardenas, el desesperado contraataque de las fuerzas nazis contra posiciones americanas en la profunda nieve de un invierno belga. Fue una batalla feroz y las líneas americanas se estiraron tanto que los alemanes fueron capaces de tomar prisioneros a miles de marines.
William J. Shapiro, médico con la División de Infantería Nº28. Tenía 19 y era hijo de inmigrantes judíos-rusos que había crecido en el Bronx, donde sus padres se preocupaban más sobre la asimilación en la cultura americana y en la supervivencia económica que sobre su identidad judía.
"Yo no era judío cuando fui a la guerra", dijo Shapiro. "Yo era un soldado americano". Sin embargo, como otros marines judíos, sus placas de identificación tenían una H, de Hebreo. Cuando los alemanes rodearon su posición a mediados de diciembre de 1944, Shapiro borró la placa, pero no su nombre, de modo que sus captores alemanes le reservaron, a él y otros judíos americanos capturados, un lugar en un infierno poco conocido llamado Berga.
Berga era un campo nazi de trabajos forzados más pequeños en el este de Alemania. En los últimos meses de la guerra, los estrategas de Hitler lo escogieron como el sitio de un frenético esfuerzo para desarrollar un combustible sintético para mantener en la guerra al Tercer Reich. Embarcaron a los prisioneros judíos de otros campos de concentración, incluyendo a Buchenwald, a Berga, y los obligaron, junto con prisioneros de guerra norteamericanos, a empezar a ahuecar una montaña para construir un centro de producción subterráneo.
Las bestiales condiciones de trabajo, la ausencia de cuidados médicos y alimentación, y la crueldad de los guardias nazis, especialmente un alemán con una larga hoja de antecedentes criminales de antes de la guerra, condujo rápidamente a los americanos con nombres como Goldin y Lubinsky a una primordial lucha por la supervivencia. Otros -Goldman, Schultz, Rosen, Cantor- murieron como resultado de enfermedades, golpizas y malnutrición. También murieron así americanos no-judíos, como Young, Johnson y Osborn.
No murieron en el campo de Berga sino en una poco conocida marcha hacia la muerte en abril de 1945, cuando los alemanes empezaron una frenética retirada hacia el oeste a medida que los rusos les cerraban el este, una retirada forzada que se reclamó la vida de 50 soldados americanos en menos de dos semanas. Dos docenas más murieron en el campo, de modo que para mediados de abril de 1945 un 20 por ciento de los americanos embarcados a Berga en febrero de 1945 ya habían muerto como resultado de las indescriptibles y crueles condiciones.
Cohen, basándose en la investigación original de Guggenheim, trazaron a los supervivientes para pedirles relatos de primera mano de sus vidas entonces y ahora y su continuada lucha de 60 años más tarde para vivir con los recuerdos de esa atroz experiencia. Cuenta sobre el singular papel de Johann (Hans) Kaste, un alemán-americano que fue un modelo de dignidad de un soldado y, después, de la rabia cuando al finalizar la guerra persiguió a uno de sus torturadores nazis.
En medio de la dura prueba americana, Cohen también documenta la extraordinaria odisea de Mordecai Hauer, un joven judío-húngaro que sobrevivió a Auschwitz, Buchenwald y Berga mientras perdía a casi todos los miembros de su familia inmediata. La única conexión de Hauer con los americanos es que estaban en Berga al mismo tiempo, pero su historia es tan convincente e incluida con tanta destreza que mejora el relato principal, antes que debilitarlo.
¿Quién puede condenar a un periodista por querer escribir todo lo que ha descubierto sobre la inhumanidad, crueldad, injusticia, coraje y supervivencia en un mundo subterráneo gobernado por una servil devoción a Befehl ist Befehl' -una orden es una orden?
Como Soldiers and Slaves' nos hace recordar de manera inolvidable, la Segunda Guerra Mundial fue una épica militar y una lucha política que seis décadas después sigue sacando lo grotesco de su cicatrizado paisaje y sigue, sin embargo, inspirando los recuerdos de una época en que el mundo se volvió loco.
7 de julio de 2005
11 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
Sesenta años después, todavía estamos escudriñando los triunfos y errores de la Segunda Guerra Mundia, los héroes y los canallas, los mitos y las terribles verdades, las grandes historias y las pequeñas, tratando de entender las varias capas de una época que el historiador británico John Keegan ha calificado como el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad.Aunque todas las grandes piezas han sido montadas en la mesa de la historia hace ya algún tiempo, es el descubrimiento de episodios poco conocidos los que aumentan constantemente nuestro aprecio, fascinación y repulsión ante el brutal choque de civilizaciones en el corazón del siglo 20.
El libro de Roger Cohen, Soldiers and Slaves', meticulosa y apasionadamente documentado, es uno de esos hallazgos. Es la historia de marines americanos que fueron capturados por los alemanes a fines de 1944 y enviados a un infame campo de trabajos forzados donde entraron en el oscuro mundo del Holocausto.
Muchos de los casi 350 soldados, aunque no todos, eran judíos, y fueron separados por los nazis para ser enviados a un campo que eran tan brutal y deshumanizador que los soldados que sobrevivieron fueron reconocidos como supervivientes del Holocausto.
Cohen, escritor internacional en general y antiguo editor internacional del New York Times que escribe la columna Globalist para el International Herald Tribune, dedica el libro a la memoria de Charles Guggenheim, un hombre elegante y de voz suave que fue un galardonado cineasta de documentales. Guggenheim pasó los últimos años de su vida investigando y filmando el destino que habría sido el suyo si hubiera zarpado hacia Europa con su unidad, el regimiento de infantería 106. En lugar de eso, una infección del pie lo mantuvo en casa.
Los que fueron participaron en el invierno de 1944 en la Batalla de las Ardenas, el desesperado contraataque de las fuerzas nazis contra posiciones americanas en la profunda nieve de un invierno belga. Fue una batalla feroz y las líneas americanas se estiraron tanto que los alemanes fueron capaces de tomar prisioneros a miles de marines.
William J. Shapiro, médico con la División de Infantería Nº28. Tenía 19 y era hijo de inmigrantes judíos-rusos que había crecido en el Bronx, donde sus padres se preocupaban más sobre la asimilación en la cultura americana y en la supervivencia económica que sobre su identidad judía.
"Yo no era judío cuando fui a la guerra", dijo Shapiro. "Yo era un soldado americano". Sin embargo, como otros marines judíos, sus placas de identificación tenían una H, de Hebreo. Cuando los alemanes rodearon su posición a mediados de diciembre de 1944, Shapiro borró la placa, pero no su nombre, de modo que sus captores alemanes le reservaron, a él y otros judíos americanos capturados, un lugar en un infierno poco conocido llamado Berga.
Berga era un campo nazi de trabajos forzados más pequeños en el este de Alemania. En los últimos meses de la guerra, los estrategas de Hitler lo escogieron como el sitio de un frenético esfuerzo para desarrollar un combustible sintético para mantener en la guerra al Tercer Reich. Embarcaron a los prisioneros judíos de otros campos de concentración, incluyendo a Buchenwald, a Berga, y los obligaron, junto con prisioneros de guerra norteamericanos, a empezar a ahuecar una montaña para construir un centro de producción subterráneo.
Las bestiales condiciones de trabajo, la ausencia de cuidados médicos y alimentación, y la crueldad de los guardias nazis, especialmente un alemán con una larga hoja de antecedentes criminales de antes de la guerra, condujo rápidamente a los americanos con nombres como Goldin y Lubinsky a una primordial lucha por la supervivencia. Otros -Goldman, Schultz, Rosen, Cantor- murieron como resultado de enfermedades, golpizas y malnutrición. También murieron así americanos no-judíos, como Young, Johnson y Osborn.
No murieron en el campo de Berga sino en una poco conocida marcha hacia la muerte en abril de 1945, cuando los alemanes empezaron una frenética retirada hacia el oeste a medida que los rusos les cerraban el este, una retirada forzada que se reclamó la vida de 50 soldados americanos en menos de dos semanas. Dos docenas más murieron en el campo, de modo que para mediados de abril de 1945 un 20 por ciento de los americanos embarcados a Berga en febrero de 1945 ya habían muerto como resultado de las indescriptibles y crueles condiciones.
Cohen, basándose en la investigación original de Guggenheim, trazaron a los supervivientes para pedirles relatos de primera mano de sus vidas entonces y ahora y su continuada lucha de 60 años más tarde para vivir con los recuerdos de esa atroz experiencia. Cuenta sobre el singular papel de Johann (Hans) Kaste, un alemán-americano que fue un modelo de dignidad de un soldado y, después, de la rabia cuando al finalizar la guerra persiguió a uno de sus torturadores nazis.
En medio de la dura prueba americana, Cohen también documenta la extraordinaria odisea de Mordecai Hauer, un joven judío-húngaro que sobrevivió a Auschwitz, Buchenwald y Berga mientras perdía a casi todos los miembros de su familia inmediata. La única conexión de Hauer con los americanos es que estaban en Berga al mismo tiempo, pero su historia es tan convincente e incluida con tanta destreza que mejora el relato principal, antes que debilitarlo.
¿Quién puede condenar a un periodista por querer escribir todo lo que ha descubierto sobre la inhumanidad, crueldad, injusticia, coraje y supervivencia en un mundo subterráneo gobernado por una servil devoción a Befehl ist Befehl' -una orden es una orden?
Como Soldiers and Slaves' nos hace recordar de manera inolvidable, la Segunda Guerra Mundial fue una épica militar y una lucha política que seis décadas después sigue sacando lo grotesco de su cicatrizado paisaje y sigue, sin embargo, inspirando los recuerdos de una época en que el mundo se volvió loco.
7 de julio de 2005
11 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh