últimas horas de gardel
[Cristóbal Peña] Un nuevo libro recrea la gira por Colombia donde el cantante argentino encontró la muerte hace 70 años. Cuesta arriba en su rodada', del colombiano Jaime Andrés Monsalve, sigue los pasos del artista por Colombia y adhiere a una tesis: el Zorzal Criollo murió víctima de una rivalidad entre pilotos de aviación.
Segundos antes de subir al trimotor Ford F-31 que lo conduciría de Medellín a Cali, Carlos Gardel intentó animar a su guitarrista, José María Aguilar, que tenía un mal presentimiento. "Vamos, vamos -lo consoló-, ésta es la última hora y cuarto que queda de vuelo. Después no subiremos más a estos bichos".
Era la pura y santa verdad. Unos minutos después, al levantar vuelo, el piloto perdía el control de la nave y la estrellaba contra un avión de la competencia estacionado a un costado de la pista. El impacto, graficará un periodista que presenció la tragedia, fue como una bomba atómica que oscureció el aeropuerto. Después vendrían el fuego, los gritos y esa inevitable relación de hechos premonitorios que alimentan la leyenda: recién el día antes, el cantante había ofrecido un concierto en la emisora La Voz de la Víctor, en Bogotá, donde cantó 10 temas. Cerró con Tomo y Obligo, y antes de interpretarlo, adelantó la despedida: "Gracias por amabilidad tanta", improvisó para la posteridad. "Encuentro en las sonrisas de los niños, las miradas de las mujeres y la bondad de los colombianos un cariñoso afecto por mí. Me voy a ver a mi vieja pronto, no sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone".
La frase se encuentra en un reciente libro aparecido en Colombia que narra los últimos días del cantante argentino. Aparecido a 70 años de su muerte, Cuesta arriba en su rodada', del periodista Jaime Andrés Monsalve, recrea con minuciosidad la frenética gira en la que el autor de Cambalache encontró la muerte. Hay entrevistas, citas a múltiples libros y relecturas de archivos mil veces revisados; y enfrentado al misterioso accidente, Monsalve suscribe una tesis que gana terreno con el tiempo: Gardel murió víctima de una absurda rivalidad entre pilotos de aviación.
Estrella de Cine
La gira colombiana había sido planeada por Le Pera, empresario y socio musical de Gardel, y antecedía a nuevas actuaciones por Centro y Norteamérica y el compromiso de grabar otra película para la Paramount. En algunos países, Colombia entre ellos -apunta Jaime Andrés Monsalve desde Bogotá-, Gardel le debía más fama al cine que a la música, y es por eso que en algunos de los conciertos solían pasar películas. Era toda una estrella, y desde su llegada al país, el 4 de junio de 1935, el fervor crecía entre ciudad y ciudad.
Al aterrizar en Bogotá, grafica el periodista colombiano, unos 10 mil fanáticos invadieron la pista y estuvieron a punto de adelantar la tragedia. En la capital permaneció actuando por 10 días y ese mismo 24 de junio, al abandonar la ciudad rumbo a Cali, se decidió una escala técnica en Medellín. Ahí cambiarían de tripulación: Stanley Harvey sería reemplazado por Ernesto Samper Mendoza, piloto y dueño de la Sociedad Colombiana de Aviación, SACO, línea que competía con la alemana SCADTA.
Se supo poco después. Ernesto Samper y Hans Ulrich Thom, los principales pilotos de ambas compañías, tenían una fuerte enemistad, e incluso, unos días antes, Ulrich había amedrentado a Samper al pasar muy cerca de la nave del otro cuando aquél despegaba. Esa tarde de junio, Samper pudo haber intentado vengarse haciendo lo mismo. La impericia le costó la muerte, junto a otras once personas, Gardel y Le Pera incluidos.
Aunque el informe oficial atribuyó el accidente a "deficiencias topográficas y aerológicas", uno de los tres sobrevivientes, el guitarrista José María Aguilar, fue variando sus versiones con el tiempo. Primero dijo que era culpa de la rivalidad de los pilotos. Después que todo se había originado en una pelea entre Gardel y Le Pera. Y por último le echó la culpa al sobrepeso que llevaba la nave. Lo que no cambió fue el testimonio de lo que escuchó decir a Gardel poco antes de la explosión: Che, piloto -alcanzó a decir-, ¿qué le pasa?
26 de junio de 2005
©tercera
Segundos antes de subir al trimotor Ford F-31 que lo conduciría de Medellín a Cali, Carlos Gardel intentó animar a su guitarrista, José María Aguilar, que tenía un mal presentimiento. "Vamos, vamos -lo consoló-, ésta es la última hora y cuarto que queda de vuelo. Después no subiremos más a estos bichos".Era la pura y santa verdad. Unos minutos después, al levantar vuelo, el piloto perdía el control de la nave y la estrellaba contra un avión de la competencia estacionado a un costado de la pista. El impacto, graficará un periodista que presenció la tragedia, fue como una bomba atómica que oscureció el aeropuerto. Después vendrían el fuego, los gritos y esa inevitable relación de hechos premonitorios que alimentan la leyenda: recién el día antes, el cantante había ofrecido un concierto en la emisora La Voz de la Víctor, en Bogotá, donde cantó 10 temas. Cerró con Tomo y Obligo, y antes de interpretarlo, adelantó la despedida: "Gracias por amabilidad tanta", improvisó para la posteridad. "Encuentro en las sonrisas de los niños, las miradas de las mujeres y la bondad de los colombianos un cariñoso afecto por mí. Me voy a ver a mi vieja pronto, no sé si volveré, porque el hombre propone y Dios dispone".
La frase se encuentra en un reciente libro aparecido en Colombia que narra los últimos días del cantante argentino. Aparecido a 70 años de su muerte, Cuesta arriba en su rodada', del periodista Jaime Andrés Monsalve, recrea con minuciosidad la frenética gira en la que el autor de Cambalache encontró la muerte. Hay entrevistas, citas a múltiples libros y relecturas de archivos mil veces revisados; y enfrentado al misterioso accidente, Monsalve suscribe una tesis que gana terreno con el tiempo: Gardel murió víctima de una absurda rivalidad entre pilotos de aviación.
Estrella de Cine
La gira colombiana había sido planeada por Le Pera, empresario y socio musical de Gardel, y antecedía a nuevas actuaciones por Centro y Norteamérica y el compromiso de grabar otra película para la Paramount. En algunos países, Colombia entre ellos -apunta Jaime Andrés Monsalve desde Bogotá-, Gardel le debía más fama al cine que a la música, y es por eso que en algunos de los conciertos solían pasar películas. Era toda una estrella, y desde su llegada al país, el 4 de junio de 1935, el fervor crecía entre ciudad y ciudad.
Al aterrizar en Bogotá, grafica el periodista colombiano, unos 10 mil fanáticos invadieron la pista y estuvieron a punto de adelantar la tragedia. En la capital permaneció actuando por 10 días y ese mismo 24 de junio, al abandonar la ciudad rumbo a Cali, se decidió una escala técnica en Medellín. Ahí cambiarían de tripulación: Stanley Harvey sería reemplazado por Ernesto Samper Mendoza, piloto y dueño de la Sociedad Colombiana de Aviación, SACO, línea que competía con la alemana SCADTA.
Se supo poco después. Ernesto Samper y Hans Ulrich Thom, los principales pilotos de ambas compañías, tenían una fuerte enemistad, e incluso, unos días antes, Ulrich había amedrentado a Samper al pasar muy cerca de la nave del otro cuando aquél despegaba. Esa tarde de junio, Samper pudo haber intentado vengarse haciendo lo mismo. La impericia le costó la muerte, junto a otras once personas, Gardel y Le Pera incluidos.
Aunque el informe oficial atribuyó el accidente a "deficiencias topográficas y aerológicas", uno de los tres sobrevivientes, el guitarrista José María Aguilar, fue variando sus versiones con el tiempo. Primero dijo que era culpa de la rivalidad de los pilotos. Después que todo se había originado en una pelea entre Gardel y Le Pera. Y por último le echó la culpa al sobrepeso que llevaba la nave. Lo que no cambió fue el testimonio de lo que escuchó decir a Gardel poco antes de la explosión: Che, piloto -alcanzó a decir-, ¿qué le pasa?
26 de junio de 2005
©tercera
señorita buenas maneras
[Julia Reed] Guía de la conducta más dolorosamente correcta.
Antes de poder tratar propiamente la recientemente actualizada Miss Manners' Guide to Excruciatingly Correct Behavior' [Guía de la Señorita Buenas Maneras a la Conducta Dolorosamente Correcta], tengo que confesar comportamientos groseramente incorrectos. Me casé hace dos años y escribí quizás a unas 27 de las 200 almas generosas que se tomaron el tiempo y el trabajo de escoger y enviar preciosos regalos de boda a mi marido y a mí. Aunque puedo esgrimir interminables razones para explicar este horrendo lapso -estamos renovando la casa, estamos acampando con amigos, no tengo escritorio, mis objetos de escritorio están almacenados-, de hecho no tiene perdón. Lo sé, lo supe siempre y ahora que lo he dicho frente a Dios, mi madre y toda esa gente que se está preguntando si acaso recibí las servilletas de cóctel de lino bordadas que me dispuse a disfrutar cuando desempaqué los vasos de vermú de cristal (gracias George y Nancy).
Mientras que me doy cuenta de la excepcional oportunidad que se me ofrece de utilizar este espacio para agradecer a muchas más personas, no me atrevo a más. La Señorita Buenas Maneras lo desaprobaría, tan firmemente como desaprueba las cartas de agradecimiento a través del correo electrónico o de postales impresas. En lugar de eso, voy a tomar mis chichones ("un número creciente de personas creen que casarse les da derecho a extraer tributo de otros sin hacer nada a cambio, ni siquiera expresar gratitud") y empezaré a trabajar en las "largas y efusivas cartas" que ella insiste que son los únicos remedios contra la tardanza extrema. Además, las escribiré en papel grabado (en el mundo de la Señorita Buenas Maneras no existe la tarjeta de agradecimientos) y las firmaré sólo con mi nombre ("de otro modo, llegará el día en que la señora Espantos empiece a firmar sus cartas con Cariños de Kimberly, Rhino, Lisa, Adam, Jason, Kristen y Fido', y al menos uno de ellos no autorizará el sentimiento"). Comenzaré cada carta con un "estallido de entusiasmo" durante el que cual emplearé la frase "nos encantó recibirla" o "qué amable de enviarnos" antes que la palabra "gracias" y me aseguraré de "mencionar el regalo con un adjetivo adulador". En ninguna circunstancia me tentaré a comprar las tarjetas blancas dobladas que dicen "gracias" repujadas y doradas. Cuando uno de sus "amables lectores" pregunta cómo se pueden "usar propiamente" esas abominaciones, responde: "Sobre el cuerpo muerto de la Señorita Buenas Maneras".
El uso de tarjetas cursis es difícilmente el único tema en el que la Señorita Buenas Maneras expresa sentimientos tan declarados. Los bares de pago para bodas, por ejemplo, son "repugnantes". La única excusa para rechazar una invitación a portar un ataúd es "tener el plan de organizar el propio funeral en el futuro próximo". Una "nunca, nunca bebe sola", aunque "los bebés festejados en sus bautizos están entre los pocos que lo saben". No ahorra ni a los jóvenes. Cuando un lector de 6 años pregunta qué es suficientemente importante como para interrumpir a su madre cuando esté acompañada, la Señorita Buenas Maneras proporciona una corta lista de ejemplos, entre los que: "Mami, la cocina está llena de humo".
Aunque soy yo misma una transgresora, encuentro esa apasionada certeza no sólo refrescante -y a menudo hilarante- sino también extremadamente reconfortante. Debe haber pocas cosas en la vida donde haya tan poco espacio para la duda. Emily Post era de una naturaleza más recatada. En su original Etiquette' entregó todas las reglas junto con útiles fotografías de cosas como "una vajilla de simple y agradable encanto" y datos útiles sobre cosas como que las "mujeres gordas" deben usar ropas "femeninas" pero "sin florituras". La Señorita Buenas Maneras no está interesada en dar codazos. Lo dice directamente y dice que el mundo sería un mejor lugar donde vivir si la gente empezara a comportarse como ella. Mientras Post, en mi ejemplar de 1960, sugiere que las cartas de agradecimiento deben ser escritas "a la mayor brevedad posible", incluso entonces, en casos de bodas, por el bien de las novias, las deja libres de ocupar su tiempo durante la luna de miel. La Señorita Buenas Maneras, por otro lado, te da un tiempo de respuesta de 20 minutos exactos -"antes de que disminuya el primer entusiasmo, o justo después de la primera desilusión".
La Señorita Buenas Maneras es por supuesto Judith Martin, una novelista y columnista de periódicos sindicada de Washington cuyo toma-y-daca con los lectores es la base de este libro. Es también un decidido elemento de la naturaleza del modo en que nuestras abuelas solían ser interesantes y ligeramente espeluznantes. Esto significa que su verdadero predecesor en el campo de la etiqueta no es la sosegadamente refinada Post ni la práctica Amy Vanderbilt, sino Millicent Fenwick, la remilgada pero franca diputada de Nueva Jersey que fue el modelo del personaje de Lacey Davenport en Doonesbury' y que, en una vida anterior, era una editora asociada de Vogue y autora de Vogue's Book of Etiquette'. Su madre murió en el Lusitania cuando Fenwick tenía 5 años. Pero era de la generación de mujeres que simplemente vivió con ello y sabía muy bien lo que significaba. Aunque Martin nació mucho después, las dos mujeres son excelentes escritoras y también las dos son mandonas. Ninguna es una mujer a la que atreverías a contradecir.
El libro de Fenwick fue publicado en 1948 e incluye capítulos enteros sobre asuntos como "palabras y frases mal usadas". Entre estas: "whisky con gas", que no debe usarse nunca en lugar de "whiskey y soda"; "costosa", que puede describir una batalla, pero no un abrigo de piel; y "pretencioso", que no tiene "símil permisible" de ninguna manera. Martin no va tan lejos como para hacer la elección correcta de palabras en un capítulo (y probablemente no debería insistir tan inflexiblemente en "azul aguamarina" en lugar de aqua) pero cuando se le preguntaba, era igual de estricta. Como Fenwick, dice que todas las palabras como "cortinas" y "manguera", que entraron al lenguaje a través de su uso comercial, deberían ser evitadas. Igualmente, "tuxedo" por "esmoquin" y "limusina" por "coche".
El hecho de que los consejos de Martin reflejen muchos de Fenwick, aunque estos libros fueron publicados con más de cincuenta años de diferencia, debería demostrar que las buenas maneras y la etiqueta decente son eternas, aunque haya cada vez menos oferta. Las dos concuerdan en que las parejas no deben sentarse nunca juntas en una cena, una práctica que se ha transformado en obligatoria en la "sociedad" de Hollwyood. Si la mayoría de los actores se niega a apartarse, aunque sea brevemente, de sus parejas del momento, deberían por lo menos prestar atención a la admonición de Martin de que la mayoría de los corazones de la gente no se derrite "a la vista del verdadero amor", especialmente en sus manifestaciones físicas públicas.
Dejando de lado a Paula Abdul y Paris Hilton, Martin enseña a sus lectores todas las artes perdidas sobre cómo dirigirse a gente verdaderamente importante y dónde sentarlas. Nos guía a través del servicio ruso adecuado (que requiere cuatro bandejas y lacayos vestidos idénticamente por cada cuatro o seis invitados) para cenas formales, y nos enseña cómo llamar y hablar a cada uno de los miembros de la servidumbre. Explica el arcano código de doblar una punta de la tarjeta de visita cuando se la deja y lo que cada doblez significa, y hace el inventario de los componentes de un completo "guardarropa de útiles de escritorio". Mientras que no me puedo imaginar a Fenwick, ni en broma, usando el término "guardarropa" en relación con papel de escribir, estaría ciertamente de acuerdo con las preferencias de Martin en ese terreno (papel con bordes negros para los duelos, hojas de hilo blancas dobles en gris para "cartas serias"). Cuando un lector confiesa que sólo tiene tinta verde, Martin le dice que guarde sus cartas hasta Navidad.
Su bienvenida rigidez en materiales como estos deja en claro que Martin hubiera querido vivir en una época como la de Fenwick, cuando la tenida de noche (en contraste con la "ropa de calle") consistía en guantes de seda y un traje. Se muestra descaradamente entusiasta sobre utensilios como tijeras para las uvas y tenacillas para los espárragos, los que incluye en una lista de prendas de ajuar. En ningún otro lugar queda más patente que anhela los días en que las tijeras de uvas eran en realidad necesarias que en su último capítulo, que se titula más bien optimista 'Answers to Questions Nobody Asked' [Repuestas a Preguntas Que Nadie Hizo]. Aquí se encuentra la excitante información de que la marta es la piel correcta para llevar durante períodos de duelo y que "tu buen amigo" es la expresión que pone fin a una carta que usan "no solamente niños dulces y anticuados, sino reyes y reinas cuando escriben a presidentes".
Al final de tristemente anticuada perorata, agradece a sus lectores por su paciencia y dice que se siente mucho mejor por haberla dicho. Simpatizo con ella: debe ser terrible ser el último baluarte entre un caos completamente carente de maneras y lo que queda de nuestra sociedad civilizada. Pero, naturalmente, se impone a la ocasión.
Ofrece consejos para la oficina así como para ese bastión olvidado de las malas maneras. "Existe el mito de que uno de los placeres de la vida privada es la capacidad de deshacerse de las maneras", escribe, indicando correctamente que "ser uno mismo" es generalmente un eufemismo para ser repulsivo y que cuando la gente empieza a lamer los platos -o simplemente no volver a doblar el diario- las cosas empiezan a marchar mal. Para los no tradicionales, ofrece razones modernas de viejas costumbres, como bordar la ropa de cama de la novia con las iniciales de su nombre de soltera (las podrá usar después del divorcio) y señala que las tarjetas "de familia" no son simplemente una costumbre pintoresca para hacer saber a invitados atrasados dónde enviar sus ofrendas. Hoy también le dicen a la gente cómo piensa llamarse la gente a sí misma, como en "el Señor Ian Susto-Espantoso" y la "Señora Alexandrina Susto-Espantoso".
En las bodas es especialmente atinada y, como siempre, divertida. La aterra la profusión de vestidos de novia con los hombros al descubierto, que son propiamente hablando vestidos de gala, y aconseja cubrirse durante la ceremonia: "Una no se está mostrando a sí misma a la sociedad de esa manera sino entrando en uno de sus estados más estimados". Los invitados no deben llevar negro de ninguna manera -si están de duelo no deberían asistir. Sin embargo, sabe que la gente es humana. Aunque prefiere una combinación de buen gusto de "traje-vestido con sombrero" para las novias por segunda vez, "no puede convencerse de condenar la excesiva indulgencia en tejidos blancos si sirve para recordar a la novia que este matrimonio cuenta". A un hombre que desespera porque su novia quiere "una de las monstruosidades de varios pisos" de pastel de bodas, responde: "¿Quién es usted, la Mies van der Rohe de la pastelería?"
Por supuesto, alguna gente es más humana que otra, y para ellos ha perfeccionado un educado desdén, que paga. Cuando un secretario quiera saber qué es más de buen gusto pedir como regalo de compromiso, un reloj de pulsera con una cara rodeada de diamantes, o una con la cara completamente grabada, Martin no recomienda ninguno de los dos, ya que "con todos los diamantes que piensas llevar en tu dedo, un reloj de diamantes haría que tu mano pareciera que las has olvidado fuera y se ha congelado". Mientras dice a una novia que reclama que quiere algo modesto que "no le parece a la Señorita Buenas Maneras que sea tu estilo", la insta a hacerlo de todos modos, señalando que "los encantadores gustos de una novia pobre no están relacionados con las normas de una señora casada rica".
Aunque es severa e infalible, Martin no es mojigata. Ofrece hilarantes sugerencias de lugares seguros para guardar las cartas de amor ilícitas ("En la chimenea, entre los leños ardiendo") y advierte seriamente a la mitad masculina de una relación adúltera que se quiere confesar con su esposa, que un secreto que tienen dos no puede ser revelado. Defiende a los fumadores (son "excelentes amigos a la hora de dar regalos, porque siempre escogen encendedores y ceniceros bonitos") y reconoce que hay una necesidad de gentilezas sociales como la carta de excusas después de la resaca.
También reconoce que a veces no hay razones obvias para la manera correcta de hacer las cosas, que algunas reglas son arbitrarias y que a menudo ella misma es el único árbitro. Por ejemplo, un "firme principio de su vida" es que "los collares de perla deben tener un número impar de sartas -una, tres, cinco, etcétera-, una regla que aprendió "en Japón o en algún otro lugar". Dice: "La Señorita Buenas Maneras sólo permite que se borden sábanas blancas, pero nunca un cubrecama. No le preguntéis por qué". Fenwick era del mismo parecer cuando escribió que la única respuesta posible de por qué "sofá" es correcto, y "sillón" no, es "porque sí". No había oído esa respuesta desde que era niña cuando pregunté a mi madre por qué tenía que hacer lo que me decía. Ahora soy lo suficientemente adulta para saber que debería haberle hecho caso. Para los que entre ustedes no tienen una, ahí está, gracias a Dios, Martin -su ingenio, su temeridad, su poco común sentido común -podría seguir durante varias páginas. Desafortunadamente, tengo que escribir muchas cartas de agradecimiento.
Julia Reed colabora con Vogue y es la autora de 'Queen of the Turtle Derby and Other Southern Phenomena'.
14 de junio de 2005
12 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
Antes de poder tratar propiamente la recientemente actualizada Miss Manners' Guide to Excruciatingly Correct Behavior' [Guía de la Señorita Buenas Maneras a la Conducta Dolorosamente Correcta], tengo que confesar comportamientos groseramente incorrectos. Me casé hace dos años y escribí quizás a unas 27 de las 200 almas generosas que se tomaron el tiempo y el trabajo de escoger y enviar preciosos regalos de boda a mi marido y a mí. Aunque puedo esgrimir interminables razones para explicar este horrendo lapso -estamos renovando la casa, estamos acampando con amigos, no tengo escritorio, mis objetos de escritorio están almacenados-, de hecho no tiene perdón. Lo sé, lo supe siempre y ahora que lo he dicho frente a Dios, mi madre y toda esa gente que se está preguntando si acaso recibí las servilletas de cóctel de lino bordadas que me dispuse a disfrutar cuando desempaqué los vasos de vermú de cristal (gracias George y Nancy).Mientras que me doy cuenta de la excepcional oportunidad que se me ofrece de utilizar este espacio para agradecer a muchas más personas, no me atrevo a más. La Señorita Buenas Maneras lo desaprobaría, tan firmemente como desaprueba las cartas de agradecimiento a través del correo electrónico o de postales impresas. En lugar de eso, voy a tomar mis chichones ("un número creciente de personas creen que casarse les da derecho a extraer tributo de otros sin hacer nada a cambio, ni siquiera expresar gratitud") y empezaré a trabajar en las "largas y efusivas cartas" que ella insiste que son los únicos remedios contra la tardanza extrema. Además, las escribiré en papel grabado (en el mundo de la Señorita Buenas Maneras no existe la tarjeta de agradecimientos) y las firmaré sólo con mi nombre ("de otro modo, llegará el día en que la señora Espantos empiece a firmar sus cartas con Cariños de Kimberly, Rhino, Lisa, Adam, Jason, Kristen y Fido', y al menos uno de ellos no autorizará el sentimiento"). Comenzaré cada carta con un "estallido de entusiasmo" durante el que cual emplearé la frase "nos encantó recibirla" o "qué amable de enviarnos" antes que la palabra "gracias" y me aseguraré de "mencionar el regalo con un adjetivo adulador". En ninguna circunstancia me tentaré a comprar las tarjetas blancas dobladas que dicen "gracias" repujadas y doradas. Cuando uno de sus "amables lectores" pregunta cómo se pueden "usar propiamente" esas abominaciones, responde: "Sobre el cuerpo muerto de la Señorita Buenas Maneras".
El uso de tarjetas cursis es difícilmente el único tema en el que la Señorita Buenas Maneras expresa sentimientos tan declarados. Los bares de pago para bodas, por ejemplo, son "repugnantes". La única excusa para rechazar una invitación a portar un ataúd es "tener el plan de organizar el propio funeral en el futuro próximo". Una "nunca, nunca bebe sola", aunque "los bebés festejados en sus bautizos están entre los pocos que lo saben". No ahorra ni a los jóvenes. Cuando un lector de 6 años pregunta qué es suficientemente importante como para interrumpir a su madre cuando esté acompañada, la Señorita Buenas Maneras proporciona una corta lista de ejemplos, entre los que: "Mami, la cocina está llena de humo".
Aunque soy yo misma una transgresora, encuentro esa apasionada certeza no sólo refrescante -y a menudo hilarante- sino también extremadamente reconfortante. Debe haber pocas cosas en la vida donde haya tan poco espacio para la duda. Emily Post era de una naturaleza más recatada. En su original Etiquette' entregó todas las reglas junto con útiles fotografías de cosas como "una vajilla de simple y agradable encanto" y datos útiles sobre cosas como que las "mujeres gordas" deben usar ropas "femeninas" pero "sin florituras". La Señorita Buenas Maneras no está interesada en dar codazos. Lo dice directamente y dice que el mundo sería un mejor lugar donde vivir si la gente empezara a comportarse como ella. Mientras Post, en mi ejemplar de 1960, sugiere que las cartas de agradecimiento deben ser escritas "a la mayor brevedad posible", incluso entonces, en casos de bodas, por el bien de las novias, las deja libres de ocupar su tiempo durante la luna de miel. La Señorita Buenas Maneras, por otro lado, te da un tiempo de respuesta de 20 minutos exactos -"antes de que disminuya el primer entusiasmo, o justo después de la primera desilusión".
La Señorita Buenas Maneras es por supuesto Judith Martin, una novelista y columnista de periódicos sindicada de Washington cuyo toma-y-daca con los lectores es la base de este libro. Es también un decidido elemento de la naturaleza del modo en que nuestras abuelas solían ser interesantes y ligeramente espeluznantes. Esto significa que su verdadero predecesor en el campo de la etiqueta no es la sosegadamente refinada Post ni la práctica Amy Vanderbilt, sino Millicent Fenwick, la remilgada pero franca diputada de Nueva Jersey que fue el modelo del personaje de Lacey Davenport en Doonesbury' y que, en una vida anterior, era una editora asociada de Vogue y autora de Vogue's Book of Etiquette'. Su madre murió en el Lusitania cuando Fenwick tenía 5 años. Pero era de la generación de mujeres que simplemente vivió con ello y sabía muy bien lo que significaba. Aunque Martin nació mucho después, las dos mujeres son excelentes escritoras y también las dos son mandonas. Ninguna es una mujer a la que atreverías a contradecir.
El libro de Fenwick fue publicado en 1948 e incluye capítulos enteros sobre asuntos como "palabras y frases mal usadas". Entre estas: "whisky con gas", que no debe usarse nunca en lugar de "whiskey y soda"; "costosa", que puede describir una batalla, pero no un abrigo de piel; y "pretencioso", que no tiene "símil permisible" de ninguna manera. Martin no va tan lejos como para hacer la elección correcta de palabras en un capítulo (y probablemente no debería insistir tan inflexiblemente en "azul aguamarina" en lugar de aqua) pero cuando se le preguntaba, era igual de estricta. Como Fenwick, dice que todas las palabras como "cortinas" y "manguera", que entraron al lenguaje a través de su uso comercial, deberían ser evitadas. Igualmente, "tuxedo" por "esmoquin" y "limusina" por "coche".
El hecho de que los consejos de Martin reflejen muchos de Fenwick, aunque estos libros fueron publicados con más de cincuenta años de diferencia, debería demostrar que las buenas maneras y la etiqueta decente son eternas, aunque haya cada vez menos oferta. Las dos concuerdan en que las parejas no deben sentarse nunca juntas en una cena, una práctica que se ha transformado en obligatoria en la "sociedad" de Hollwyood. Si la mayoría de los actores se niega a apartarse, aunque sea brevemente, de sus parejas del momento, deberían por lo menos prestar atención a la admonición de Martin de que la mayoría de los corazones de la gente no se derrite "a la vista del verdadero amor", especialmente en sus manifestaciones físicas públicas.
Dejando de lado a Paula Abdul y Paris Hilton, Martin enseña a sus lectores todas las artes perdidas sobre cómo dirigirse a gente verdaderamente importante y dónde sentarlas. Nos guía a través del servicio ruso adecuado (que requiere cuatro bandejas y lacayos vestidos idénticamente por cada cuatro o seis invitados) para cenas formales, y nos enseña cómo llamar y hablar a cada uno de los miembros de la servidumbre. Explica el arcano código de doblar una punta de la tarjeta de visita cuando se la deja y lo que cada doblez significa, y hace el inventario de los componentes de un completo "guardarropa de útiles de escritorio". Mientras que no me puedo imaginar a Fenwick, ni en broma, usando el término "guardarropa" en relación con papel de escribir, estaría ciertamente de acuerdo con las preferencias de Martin en ese terreno (papel con bordes negros para los duelos, hojas de hilo blancas dobles en gris para "cartas serias"). Cuando un lector confiesa que sólo tiene tinta verde, Martin le dice que guarde sus cartas hasta Navidad.
Su bienvenida rigidez en materiales como estos deja en claro que Martin hubiera querido vivir en una época como la de Fenwick, cuando la tenida de noche (en contraste con la "ropa de calle") consistía en guantes de seda y un traje. Se muestra descaradamente entusiasta sobre utensilios como tijeras para las uvas y tenacillas para los espárragos, los que incluye en una lista de prendas de ajuar. En ningún otro lugar queda más patente que anhela los días en que las tijeras de uvas eran en realidad necesarias que en su último capítulo, que se titula más bien optimista 'Answers to Questions Nobody Asked' [Repuestas a Preguntas Que Nadie Hizo]. Aquí se encuentra la excitante información de que la marta es la piel correcta para llevar durante períodos de duelo y que "tu buen amigo" es la expresión que pone fin a una carta que usan "no solamente niños dulces y anticuados, sino reyes y reinas cuando escriben a presidentes".
Al final de tristemente anticuada perorata, agradece a sus lectores por su paciencia y dice que se siente mucho mejor por haberla dicho. Simpatizo con ella: debe ser terrible ser el último baluarte entre un caos completamente carente de maneras y lo que queda de nuestra sociedad civilizada. Pero, naturalmente, se impone a la ocasión.
Ofrece consejos para la oficina así como para ese bastión olvidado de las malas maneras. "Existe el mito de que uno de los placeres de la vida privada es la capacidad de deshacerse de las maneras", escribe, indicando correctamente que "ser uno mismo" es generalmente un eufemismo para ser repulsivo y que cuando la gente empieza a lamer los platos -o simplemente no volver a doblar el diario- las cosas empiezan a marchar mal. Para los no tradicionales, ofrece razones modernas de viejas costumbres, como bordar la ropa de cama de la novia con las iniciales de su nombre de soltera (las podrá usar después del divorcio) y señala que las tarjetas "de familia" no son simplemente una costumbre pintoresca para hacer saber a invitados atrasados dónde enviar sus ofrendas. Hoy también le dicen a la gente cómo piensa llamarse la gente a sí misma, como en "el Señor Ian Susto-Espantoso" y la "Señora Alexandrina Susto-Espantoso".
En las bodas es especialmente atinada y, como siempre, divertida. La aterra la profusión de vestidos de novia con los hombros al descubierto, que son propiamente hablando vestidos de gala, y aconseja cubrirse durante la ceremonia: "Una no se está mostrando a sí misma a la sociedad de esa manera sino entrando en uno de sus estados más estimados". Los invitados no deben llevar negro de ninguna manera -si están de duelo no deberían asistir. Sin embargo, sabe que la gente es humana. Aunque prefiere una combinación de buen gusto de "traje-vestido con sombrero" para las novias por segunda vez, "no puede convencerse de condenar la excesiva indulgencia en tejidos blancos si sirve para recordar a la novia que este matrimonio cuenta". A un hombre que desespera porque su novia quiere "una de las monstruosidades de varios pisos" de pastel de bodas, responde: "¿Quién es usted, la Mies van der Rohe de la pastelería?"
Por supuesto, alguna gente es más humana que otra, y para ellos ha perfeccionado un educado desdén, que paga. Cuando un secretario quiera saber qué es más de buen gusto pedir como regalo de compromiso, un reloj de pulsera con una cara rodeada de diamantes, o una con la cara completamente grabada, Martin no recomienda ninguno de los dos, ya que "con todos los diamantes que piensas llevar en tu dedo, un reloj de diamantes haría que tu mano pareciera que las has olvidado fuera y se ha congelado". Mientras dice a una novia que reclama que quiere algo modesto que "no le parece a la Señorita Buenas Maneras que sea tu estilo", la insta a hacerlo de todos modos, señalando que "los encantadores gustos de una novia pobre no están relacionados con las normas de una señora casada rica".
Aunque es severa e infalible, Martin no es mojigata. Ofrece hilarantes sugerencias de lugares seguros para guardar las cartas de amor ilícitas ("En la chimenea, entre los leños ardiendo") y advierte seriamente a la mitad masculina de una relación adúltera que se quiere confesar con su esposa, que un secreto que tienen dos no puede ser revelado. Defiende a los fumadores (son "excelentes amigos a la hora de dar regalos, porque siempre escogen encendedores y ceniceros bonitos") y reconoce que hay una necesidad de gentilezas sociales como la carta de excusas después de la resaca.
También reconoce que a veces no hay razones obvias para la manera correcta de hacer las cosas, que algunas reglas son arbitrarias y que a menudo ella misma es el único árbitro. Por ejemplo, un "firme principio de su vida" es que "los collares de perla deben tener un número impar de sartas -una, tres, cinco, etcétera-, una regla que aprendió "en Japón o en algún otro lugar". Dice: "La Señorita Buenas Maneras sólo permite que se borden sábanas blancas, pero nunca un cubrecama. No le preguntéis por qué". Fenwick era del mismo parecer cuando escribió que la única respuesta posible de por qué "sofá" es correcto, y "sillón" no, es "porque sí". No había oído esa respuesta desde que era niña cuando pregunté a mi madre por qué tenía que hacer lo que me decía. Ahora soy lo suficientemente adulta para saber que debería haberle hecho caso. Para los que entre ustedes no tienen una, ahí está, gracias a Dios, Martin -su ingenio, su temeridad, su poco común sentido común -podría seguir durante varias páginas. Desafortunadamente, tengo que escribir muchas cartas de agradecimiento.
Julia Reed colabora con Vogue y es la autora de 'Queen of the Turtle Derby and Other Southern Phenomena'.
14 de junio de 2005
12 de junio de 2005
©new york times
©traducción mQh
dios según sartre
[Norman Mailer] Norman Mailer entrega su visión del célebre filósofo y escritor francés. En el contexto de las conmemoraciones del centenario del nacimiento de Jean-Paul Sartre -y de los 25 años de su muerte-, el diario francés Libération convocó a un grupo de escritores para que examinaran el legado del filósofo, modelo del "intelectual comprometido". Las observaciones del autor de La canción del verdugo' apuntan a la cuestión del Más Allá en el pensamiento sartriano.
Yo diría que Sartre, pese a la indiscutible fuerza de su pensamiento, su talento y su personalidad, sigue siendo el hombre que hizo descarrilar el existencialismo y lo sacó de circulación. Esto puede deberse en parte a la distancia que mantuvo respecto del pensamiento de Heidegger, que pasó toda su vida activa trabajando afanosamente en socavar los puntos de apoyo de la filosofía, precisamente allí, en la grieta entre el Ser y el Devenir. Me animaría incluso a sugerir que lo que Heidegger buscaba era una conexión viable entre lo humano y lo divino que no enardeciera irreparablemente a los mandarines alemanes en vigencia en la era poshitleriana, que no tenían ningún apuro por perdonarle su pasado y difícilmente iban a estimular su propensión a lo irracional.
Sartre, sin embargo, se sentía cómodo en su condición de ateo, aun cuando carecía de fundamentos donde plantar sus pies filosóficos. Al diablo con eso: no los necesitaba. Estaba preparado para sobrevivir en el aire. Estaba dispuesto a decir: somos franceses, pensamos, podemos vivir con el absurdo sin pedir a cambio ninguna recompensa. Y eso se debe a que somos lo suficientemente nobles para vivir con el vacío y lo suficientemente fuertes para elegir un camino por el cual estamos incluso dispuestos a morir. Y todo eso lo haremos desafiando abiertamente el hecho de que, en efecto, no tenemos dónde estar parados. No buscamos un Más Allá.
Era una actitud; era una postura orgullosa, como vivir con el propio pensamiento en un espacio sin forma. Pero privaba al existencialismo de la posibilidad de emprender exploraciones más interesantes. Porque el ateísmo, en materia de filosofía, es una empresa estéril. (¡Pensemos sólo en el positivismo lógico!) El ateísmo puede contender con la ética (como Sartre supo hacerlo alguna vez con máxima brillantez), pero en materia de metafísica termina en un callejón sin salida. A un filósofo, después de todo, le resulta casi imposible explorar cómo es que estamos aquí sin acariciar alguna idea de lo que puede haber sido una fuerza previa. Si la existencia nació ex nihilo (de la nada), lo que se sofoca es la especulación cósmica. En el caso de Sartre, la cosa es peor: la existencia nació sin dar pista alguna que indique si estamos aquí con un fin bueno o si no hay razón que nos justifique.
Y al mismo tiempo, Sartre tenía un endemoniado talento filosófico. Podía funcionar con precisión en los niveles más altos de cada una de las estructuras lógicas que desplegaba. ¡Si al menos no hubiera sido existencialista!
Porque un existencialista que no cree en algún tipo de Otro es como un ingeniero que diseña un automóvil que no requiere conductor ni acepta pasajeros. Para que el existencialismo florezca (para que se desarrolle a través de una serie de nuevos filósofos que construyan a partir de premisas anteriores), necesita un Dios que no se confíe en el fin más de lo que nos confiamos nosotros; un Dios que sea un artista, no un legislador; un Dios que padezca las incertidumbres de la existencia; un Dios que viva sin ninguna de las garantías preestablecidas que presiden como un íncubo la teología formal y su flatulenta afirmación de un Ser que es Todo Bondad y Todopoderoso. ¡Todo Bondad y Todopoderoso: qué oxímoron gargantesco! Un Dios así, sin duda, dejaría desamparado a cualquier teólogo que quisiera explicar un terremoto. Ante la ira de un tsunami, lo único que sería capaz de hacer es tirarse un pedo. La idea de un Dios existencial, un Creador que en términos artísticos quizás hizo lo mejor que pudo, pero pecó acaso de negligente a la hora de diseñar las placas tectónicas, ese Dios no está dentro de su horizonte.
Sartre era ajeno a la posibilidad de que el existencialismo prosperara si aceptaba que tenemos un Dios, en efecto, y que cualesquiera sean sus dimensiones cósmicas (no importa cuán grande o pequeño aceptemos que sea), ese Dios encarna algunas de nuestras fallas, nuestras ambiciones, nuestros talentos y nuestra melancolía. Porque el fin no está escrito. Y si lo está, no hay lugar para el existencialismo. Pero fundemos nuestras creencias en el hecho de nuestra existencia y no nos costará demasiado aceptar que no somos sólo individuos, sino acaso parte vital de un fenómeno más amplio que va en busca de alguna visión de la vida más sutil que la que se desprende de nuestra condición humana actual.
Se podrá argumentar que no hay razón para que esta idea no esté más cerca del ser real de nuestras vidas de lo que lo está cualquier cosa que puedan ofrecernos los teólogos oximorónicos. Ciertamente es mucho más razonable que la idea de Sartre según la cual, pese a su deseo apasionado de una sociedad mejor, estamos aquí independientemente de que lo queramos o no, y que tenemos que arreglárnosla lo mejor posible con esa nada endémica instalada sobre la eterna falta de fundamento. Sartre era realmente un escritor de dimensiones mayores, pero también era un verdugo filosófico. Guillotinó al existencialismo justo cuando más necesitábamos oír su grito, el alarido bárbaro que nos dice que hay algo en común entre Dios y todos nosotros. Como Dios, somos artistas imperfectos que hacemos lo mejor que podemos. Podemos tener éxito o fracasar, exactamente igual que Dios: esa es la tonada implícita, si no latente, del existencialismo. Haríamos bien en volver a vivir con los griegos, a vivir con la esperanza de que el fin sigue abierto, pero que la tragedia humana tal vez sea nuestro fin.
Las grandes esperanzas no tienen fundamento real a menos que uno esté dispuesto a hacer frente al destino que quizá también esté en camino. Esos son los polos de nuestra existencia y lo fueron desde el primer instante del Big Bang. Puede que algo inmenso esté removiéndose ahora, pero para conocerlo, haremos mejor en alentar la esperanza de que la vida no nos suministrará las respuestas que tanto necesitamos, pero nos ofrecerá el privilegio de mejorar nuestras preguntas. No será el absolutismo moral, sino el relativismo teológico lo que haremos bien en explorar si tenemos verdadera necesidad de un Dios con el cual podamos comprometer nuestras vidas.
Norman Mailer
Nacido en Long Beach, Nueva Jersey (1923), estudió en las universidades de Harvard y La Sorbonne.
Su paso por el Ejército inspiró la novela Los desnudos y los muertos' (1948), considerada uno de los mejores relatos sobre la II Guerra Mundial.
Guionista, director y actor en varias películas, ganó en 1980 el Premio Pulitzer.
Otros de sus libros son Un sueño americano' (1964), El ejército de la noche' (1968) La canción del verdugo' (1979), Los tipos duros no bailan' (1984). En la mayoría de sus obras expresa su visión crítica de la política norteamericana y plasma su filosofía liberal.
10 de junio de 2005
5 de junio de 2005
©tercera
Yo diría que Sartre, pese a la indiscutible fuerza de su pensamiento, su talento y su personalidad, sigue siendo el hombre que hizo descarrilar el existencialismo y lo sacó de circulación. Esto puede deberse en parte a la distancia que mantuvo respecto del pensamiento de Heidegger, que pasó toda su vida activa trabajando afanosamente en socavar los puntos de apoyo de la filosofía, precisamente allí, en la grieta entre el Ser y el Devenir. Me animaría incluso a sugerir que lo que Heidegger buscaba era una conexión viable entre lo humano y lo divino que no enardeciera irreparablemente a los mandarines alemanes en vigencia en la era poshitleriana, que no tenían ningún apuro por perdonarle su pasado y difícilmente iban a estimular su propensión a lo irracional.Sartre, sin embargo, se sentía cómodo en su condición de ateo, aun cuando carecía de fundamentos donde plantar sus pies filosóficos. Al diablo con eso: no los necesitaba. Estaba preparado para sobrevivir en el aire. Estaba dispuesto a decir: somos franceses, pensamos, podemos vivir con el absurdo sin pedir a cambio ninguna recompensa. Y eso se debe a que somos lo suficientemente nobles para vivir con el vacío y lo suficientemente fuertes para elegir un camino por el cual estamos incluso dispuestos a morir. Y todo eso lo haremos desafiando abiertamente el hecho de que, en efecto, no tenemos dónde estar parados. No buscamos un Más Allá.
Era una actitud; era una postura orgullosa, como vivir con el propio pensamiento en un espacio sin forma. Pero privaba al existencialismo de la posibilidad de emprender exploraciones más interesantes. Porque el ateísmo, en materia de filosofía, es una empresa estéril. (¡Pensemos sólo en el positivismo lógico!) El ateísmo puede contender con la ética (como Sartre supo hacerlo alguna vez con máxima brillantez), pero en materia de metafísica termina en un callejón sin salida. A un filósofo, después de todo, le resulta casi imposible explorar cómo es que estamos aquí sin acariciar alguna idea de lo que puede haber sido una fuerza previa. Si la existencia nació ex nihilo (de la nada), lo que se sofoca es la especulación cósmica. En el caso de Sartre, la cosa es peor: la existencia nació sin dar pista alguna que indique si estamos aquí con un fin bueno o si no hay razón que nos justifique.
Y al mismo tiempo, Sartre tenía un endemoniado talento filosófico. Podía funcionar con precisión en los niveles más altos de cada una de las estructuras lógicas que desplegaba. ¡Si al menos no hubiera sido existencialista!
Porque un existencialista que no cree en algún tipo de Otro es como un ingeniero que diseña un automóvil que no requiere conductor ni acepta pasajeros. Para que el existencialismo florezca (para que se desarrolle a través de una serie de nuevos filósofos que construyan a partir de premisas anteriores), necesita un Dios que no se confíe en el fin más de lo que nos confiamos nosotros; un Dios que sea un artista, no un legislador; un Dios que padezca las incertidumbres de la existencia; un Dios que viva sin ninguna de las garantías preestablecidas que presiden como un íncubo la teología formal y su flatulenta afirmación de un Ser que es Todo Bondad y Todopoderoso. ¡Todo Bondad y Todopoderoso: qué oxímoron gargantesco! Un Dios así, sin duda, dejaría desamparado a cualquier teólogo que quisiera explicar un terremoto. Ante la ira de un tsunami, lo único que sería capaz de hacer es tirarse un pedo. La idea de un Dios existencial, un Creador que en términos artísticos quizás hizo lo mejor que pudo, pero pecó acaso de negligente a la hora de diseñar las placas tectónicas, ese Dios no está dentro de su horizonte.
Sartre era ajeno a la posibilidad de que el existencialismo prosperara si aceptaba que tenemos un Dios, en efecto, y que cualesquiera sean sus dimensiones cósmicas (no importa cuán grande o pequeño aceptemos que sea), ese Dios encarna algunas de nuestras fallas, nuestras ambiciones, nuestros talentos y nuestra melancolía. Porque el fin no está escrito. Y si lo está, no hay lugar para el existencialismo. Pero fundemos nuestras creencias en el hecho de nuestra existencia y no nos costará demasiado aceptar que no somos sólo individuos, sino acaso parte vital de un fenómeno más amplio que va en busca de alguna visión de la vida más sutil que la que se desprende de nuestra condición humana actual.
Se podrá argumentar que no hay razón para que esta idea no esté más cerca del ser real de nuestras vidas de lo que lo está cualquier cosa que puedan ofrecernos los teólogos oximorónicos. Ciertamente es mucho más razonable que la idea de Sartre según la cual, pese a su deseo apasionado de una sociedad mejor, estamos aquí independientemente de que lo queramos o no, y que tenemos que arreglárnosla lo mejor posible con esa nada endémica instalada sobre la eterna falta de fundamento. Sartre era realmente un escritor de dimensiones mayores, pero también era un verdugo filosófico. Guillotinó al existencialismo justo cuando más necesitábamos oír su grito, el alarido bárbaro que nos dice que hay algo en común entre Dios y todos nosotros. Como Dios, somos artistas imperfectos que hacemos lo mejor que podemos. Podemos tener éxito o fracasar, exactamente igual que Dios: esa es la tonada implícita, si no latente, del existencialismo. Haríamos bien en volver a vivir con los griegos, a vivir con la esperanza de que el fin sigue abierto, pero que la tragedia humana tal vez sea nuestro fin.
Las grandes esperanzas no tienen fundamento real a menos que uno esté dispuesto a hacer frente al destino que quizá también esté en camino. Esos son los polos de nuestra existencia y lo fueron desde el primer instante del Big Bang. Puede que algo inmenso esté removiéndose ahora, pero para conocerlo, haremos mejor en alentar la esperanza de que la vida no nos suministrará las respuestas que tanto necesitamos, pero nos ofrecerá el privilegio de mejorar nuestras preguntas. No será el absolutismo moral, sino el relativismo teológico lo que haremos bien en explorar si tenemos verdadera necesidad de un Dios con el cual podamos comprometer nuestras vidas.
Norman Mailer
Nacido en Long Beach, Nueva Jersey (1923), estudió en las universidades de Harvard y La Sorbonne.
Su paso por el Ejército inspiró la novela Los desnudos y los muertos' (1948), considerada uno de los mejores relatos sobre la II Guerra Mundial.
Guionista, director y actor en varias películas, ganó en 1980 el Premio Pulitzer.
Otros de sus libros son Un sueño americano' (1964), El ejército de la noche' (1968) La canción del verdugo' (1979), Los tipos duros no bailan' (1984). En la mayoría de sus obras expresa su visión crítica de la política norteamericana y plasma su filosofía liberal.
10 de junio de 2005
5 de junio de 2005
©tercera
regreso de stalin
[Juan Ignacio Brito] El profesor de la Universidad de Oxford Robert Service publica la primera biografía occidental del jerarca en dos décadas. Cuando resurgen en Rusia los nostálgicos del dictador soviético, se publica una biografía de Stalin que presenta a un personaje distinto al que han pintado sus enemigos. Robert Service escribe sobre un político diestro, capaz de liderar y concitar apoyos, pero con una grave tendencia a la revancha y la violencia.
Josef Stalin está muerto desde hace 52 años, pero su memoria se encuentra más viva que nunca. La nostalgia es patente en Rusia, donde la población lo considera el cuarto ser humano más grande de la historia, donde todavía se canta el himno que el dictador mandó a componer en 1944 y donde, según ha criticado el historiador Roy Mevdeved, "reconocer a Stalin es una forma de recordar grandes hazañas", mientras que elogiar el período soviético permite revivir una época "de grandes logros en el desarrollo económico, las ciencias, la cultura, la educación y la defensa de la patria".
No se trata de un fenómeno nuevo. Desde que los ojos amarillos del georgiano Josef Djugashvili se cerraron para siempre, el 5 de marzo de 1953, su figura ha sido objeto de toda clase de manipulaciones. Autoridades e historiadores han interpretado las casi tres décadas que estuvo en el poder a la luz de su propia conveniencia política. Stalin fue condenado en 1956 en el "discurso secreto" en que Nikita Khruschev denunció el culto a su personalidad y los excesos cometidos bajo su mandato, y rehabilitado a medias por Leonid Brezhnev en el llamado "período del estancamiento" de los 70. Fue atacado por Mijail Gorbachov y su perestroika a fines de los 80, desahuciado por Boris Yeltsin y su revolución democrática en los 90 y reivindicado como el gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial por el actual mandatario, Vladimir Putin.
El continuo ir y venir de marchas y contramarchas hace difícil despejar las incógnitas que aún persisten acerca del personaje verdadero. Algo a lo que contribuyó el propio Stalin, quien se preocupó en vida de ocultar aquello que prefería dejar en la oscuridad y de crear una versión oficial que lo retrataba como el héroe de la Unión Soviética. Y también sus enemigos, como Trotski, los cuales se encargaron de difundir la noción de que Stalin era un provinciano simplón e inculto, un burócrata gris que pervirtió el legado de Lenin, Marx y Engels.
Una buena forma de aclarar las dudas es recurrir a Stalin: A Biography', el libro recientemente publicado por el historiador británico Robert Service. El profesor de la Universidad de Oxford refuta la idea de que Stalin fuera un mediocre poco carismático y un hereje ideológico. "Era un líder verdadero, capaz de convocar gente alrededor suyo. Y, también, un comunista y un bolchevique convencido, que realmente se veía a sí mismo como sucesor de Lenin, Marx y Engels", afirma Service.
Un tipo inteligente, criado por su madre para ser sacerdote, que recibió "una de las mejores educaciones que el Imperio Ruso podía ofrecer", como señala Service, y que era capaz de leer 500 páginas en un día; que sufrió el desprecio y el maltrato de un padre alcohólico; que en su Georgia natal soñaba con "un partido clandestino que realizara propaganda ilegal y ejerciera el control sobre los trabajadores", y que ya en su juventud era un revolucionario y un "bolchevique en espera", según lo define el autor. Un político hábil que supo acercarse a Lenin y ganarse su confianza, que consiguió que éste lo nombrara secretario general del partido, que usó ese cargo para conseguir sustentación y que, a la muerte del padre de la patria soviética (1924), maniobró con destreza, rapidez y crueldad para doblegar a sus rivales y quedarse con el poder total. Y un gobernante que tenía un programa claro, como ha escrito el historiador Richard Pipes: "Construir una poderosa base industrial, colectivizar la agricultura e imponer completa conformidad a la nación".
El Terror como Método
El hecho de que el terror fuera el método escogido para convertir a la URSS en superpotencia no hirió jamás la conciencia de Stalin. Murieron millones debido a los experimentos sociales a los que el jerarca sometió a la población y, también, a causa de la creciente paranoia que se fue apoderando de él. Service explica que "Stalin estaba preparado para perder vidas a raíz de iniciativas políticas, económicas y militares". En nombre de la Unión Soviética, el dictador sacrificó a la población de una manera que no tiene parangón en la historia mundial. Service sostiene que "las huellas digitales de Stalin están por todas partes y demuestran que él fue el responsable del Gran Terror. El fijaba las cuotas numéricas de víctimas, daba las órdenes, firmaba las listas. Se puede decir que era como si se bañara en una tina de sangre".
Stalin aplicó el terror sin remordimientos. Era capaz de amar la poesía y la literatura, de asistir al ballet y a la ópera, y, al mismo tiempo, enviar al gulag a artistas y escritores. Podía sacar a bailar a su hija en su último cumpleaños y arrastrarla del pelo segundos más tarde, enfurecido porque ésta no accedió; o estampar en un día su firma en la sentencia de muerte de 5.000 personas que jamás enfrentaron juicio y ver, horas después, la comedia Camaradas felices' (era un fanático del cine).
Fue capaz de provocar una hambruna que costó la vida a más de seis millones de personas y de inspirar pánico en sus generales, al punto que el mariscal Zhukov, el héroe en la guerra contra Alemania, rompía en llanto cuando era reprendido en público por Stalin. Se trataba, como explica Service, "de una personalidad compleja, que reaccionaba con extrema violencia ante cualquier tipo de resistencia real, potencial o imaginada".
Pero Service insiste en que no era un sicótico, sino más bien víctima de un "grave desorden de personalidad". Esto se traducía en un líder "excepcionalmente desconfiado, vengativo y sádico". Stalin no veía nada de malo en ello y lo reconocía en 1923, cuando señaló que "el mayor placer es elegir a un enemigo, preparar todos los detalles del golpe, saciar la sed de una cruel revancha y después irse a dormir".
Dos Veces Casado, Dos Veces Viudo
Stalin se casó en dos ocasiones y enviudó otras tantas. El primer matrimonio, con Ketevan Svanidze, hermana de un bolchevique, se celebró en julio de 1906 y llegó a su fin en noviembre de 1907, cuando ella murió de tuberculosis. "Mi pecho está vacío", le dijo Stalin a un amigo en el funeral.
Su compromiso con la causa y su exilio en Siberia le impidieron por un tiempo concentrarse en las mujeres, aunque en 1917 volvió a cortejar a varias. Sin embargo, quería sentar cabeza, y lo hizo con Nadia Allilueva, su secretaria, a quien doblaba en edad. La pareja empezó a convivir días después de la Revolución de Octubre.
Pese a que tuvo un comienzo feliz, la relación se deterioró con rapidez, debido al mal carácter de él y a la inestabilidad de ella. Las cosas terminaron mal. En noviembre de 1932, muy molesta por el flirteo de Stalin con otra mujer durante una comida, Nadia dejó el lugar y se dirigió a su casa, donde se suicidó con un balazo que le atravesó el corazón.
Para no dañar la imagen de Stalin, se informó que la mujer había muerto de apendicitis. El dictador asistió al masivo funeral, aunque prefirió no hablar en él. Más tarde reconocería su culpa ante Viacheslav Molotov, uno de sus asesores más cercanos: "Fui un mal marido".
2 de junio de 2005
©tercera
Josef Stalin está muerto desde hace 52 años, pero su memoria se encuentra más viva que nunca. La nostalgia es patente en Rusia, donde la población lo considera el cuarto ser humano más grande de la historia, donde todavía se canta el himno que el dictador mandó a componer en 1944 y donde, según ha criticado el historiador Roy Mevdeved, "reconocer a Stalin es una forma de recordar grandes hazañas", mientras que elogiar el período soviético permite revivir una época "de grandes logros en el desarrollo económico, las ciencias, la cultura, la educación y la defensa de la patria". No se trata de un fenómeno nuevo. Desde que los ojos amarillos del georgiano Josef Djugashvili se cerraron para siempre, el 5 de marzo de 1953, su figura ha sido objeto de toda clase de manipulaciones. Autoridades e historiadores han interpretado las casi tres décadas que estuvo en el poder a la luz de su propia conveniencia política. Stalin fue condenado en 1956 en el "discurso secreto" en que Nikita Khruschev denunció el culto a su personalidad y los excesos cometidos bajo su mandato, y rehabilitado a medias por Leonid Brezhnev en el llamado "período del estancamiento" de los 70. Fue atacado por Mijail Gorbachov y su perestroika a fines de los 80, desahuciado por Boris Yeltsin y su revolución democrática en los 90 y reivindicado como el gran responsable de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial por el actual mandatario, Vladimir Putin.
El continuo ir y venir de marchas y contramarchas hace difícil despejar las incógnitas que aún persisten acerca del personaje verdadero. Algo a lo que contribuyó el propio Stalin, quien se preocupó en vida de ocultar aquello que prefería dejar en la oscuridad y de crear una versión oficial que lo retrataba como el héroe de la Unión Soviética. Y también sus enemigos, como Trotski, los cuales se encargaron de difundir la noción de que Stalin era un provinciano simplón e inculto, un burócrata gris que pervirtió el legado de Lenin, Marx y Engels.
Una buena forma de aclarar las dudas es recurrir a Stalin: A Biography', el libro recientemente publicado por el historiador británico Robert Service. El profesor de la Universidad de Oxford refuta la idea de que Stalin fuera un mediocre poco carismático y un hereje ideológico. "Era un líder verdadero, capaz de convocar gente alrededor suyo. Y, también, un comunista y un bolchevique convencido, que realmente se veía a sí mismo como sucesor de Lenin, Marx y Engels", afirma Service.
Un tipo inteligente, criado por su madre para ser sacerdote, que recibió "una de las mejores educaciones que el Imperio Ruso podía ofrecer", como señala Service, y que era capaz de leer 500 páginas en un día; que sufrió el desprecio y el maltrato de un padre alcohólico; que en su Georgia natal soñaba con "un partido clandestino que realizara propaganda ilegal y ejerciera el control sobre los trabajadores", y que ya en su juventud era un revolucionario y un "bolchevique en espera", según lo define el autor. Un político hábil que supo acercarse a Lenin y ganarse su confianza, que consiguió que éste lo nombrara secretario general del partido, que usó ese cargo para conseguir sustentación y que, a la muerte del padre de la patria soviética (1924), maniobró con destreza, rapidez y crueldad para doblegar a sus rivales y quedarse con el poder total. Y un gobernante que tenía un programa claro, como ha escrito el historiador Richard Pipes: "Construir una poderosa base industrial, colectivizar la agricultura e imponer completa conformidad a la nación".
El Terror como Método
El hecho de que el terror fuera el método escogido para convertir a la URSS en superpotencia no hirió jamás la conciencia de Stalin. Murieron millones debido a los experimentos sociales a los que el jerarca sometió a la población y, también, a causa de la creciente paranoia que se fue apoderando de él. Service explica que "Stalin estaba preparado para perder vidas a raíz de iniciativas políticas, económicas y militares". En nombre de la Unión Soviética, el dictador sacrificó a la población de una manera que no tiene parangón en la historia mundial. Service sostiene que "las huellas digitales de Stalin están por todas partes y demuestran que él fue el responsable del Gran Terror. El fijaba las cuotas numéricas de víctimas, daba las órdenes, firmaba las listas. Se puede decir que era como si se bañara en una tina de sangre".
Stalin aplicó el terror sin remordimientos. Era capaz de amar la poesía y la literatura, de asistir al ballet y a la ópera, y, al mismo tiempo, enviar al gulag a artistas y escritores. Podía sacar a bailar a su hija en su último cumpleaños y arrastrarla del pelo segundos más tarde, enfurecido porque ésta no accedió; o estampar en un día su firma en la sentencia de muerte de 5.000 personas que jamás enfrentaron juicio y ver, horas después, la comedia Camaradas felices' (era un fanático del cine).
Fue capaz de provocar una hambruna que costó la vida a más de seis millones de personas y de inspirar pánico en sus generales, al punto que el mariscal Zhukov, el héroe en la guerra contra Alemania, rompía en llanto cuando era reprendido en público por Stalin. Se trataba, como explica Service, "de una personalidad compleja, que reaccionaba con extrema violencia ante cualquier tipo de resistencia real, potencial o imaginada".
Pero Service insiste en que no era un sicótico, sino más bien víctima de un "grave desorden de personalidad". Esto se traducía en un líder "excepcionalmente desconfiado, vengativo y sádico". Stalin no veía nada de malo en ello y lo reconocía en 1923, cuando señaló que "el mayor placer es elegir a un enemigo, preparar todos los detalles del golpe, saciar la sed de una cruel revancha y después irse a dormir".
Dos Veces Casado, Dos Veces Viudo
Stalin se casó en dos ocasiones y enviudó otras tantas. El primer matrimonio, con Ketevan Svanidze, hermana de un bolchevique, se celebró en julio de 1906 y llegó a su fin en noviembre de 1907, cuando ella murió de tuberculosis. "Mi pecho está vacío", le dijo Stalin a un amigo en el funeral.
Su compromiso con la causa y su exilio en Siberia le impidieron por un tiempo concentrarse en las mujeres, aunque en 1917 volvió a cortejar a varias. Sin embargo, quería sentar cabeza, y lo hizo con Nadia Allilueva, su secretaria, a quien doblaba en edad. La pareja empezó a convivir días después de la Revolución de Octubre.
Pese a que tuvo un comienzo feliz, la relación se deterioró con rapidez, debido al mal carácter de él y a la inestabilidad de ella. Las cosas terminaron mal. En noviembre de 1932, muy molesta por el flirteo de Stalin con otra mujer durante una comida, Nadia dejó el lugar y se dirigió a su casa, donde se suicidó con un balazo que le atravesó el corazón.
Para no dañar la imagen de Stalin, se informó que la mujer había muerto de apendicitis. El dictador asistió al masivo funeral, aunque prefirió no hablar en él. Más tarde reconocería su culpa ante Viacheslav Molotov, uno de sus asesores más cercanos: "Fui un mal marido".
2 de junio de 2005
©tercera
cocaína en un espejo roto
[Lynell George] Una nueva antología indaga profundamente en el brutalmente destructor mundo de la cocaína a través de obras de ficción y verdades personales.
Gary Phillips y Jervey Tervalon no esnifaban más que brisa cuando dieron con la idea.
Los escritores se conocieron en una conferencia, debatiendo sobre la familiar miasma de problemas de Los Angeles urbano: bandas, drogas, desempleo y una rabia especial que crece día a día y que puede terminar en una revuelta.
Pero fue en una conversación personal después de un debate lo que descubrió algo nuevo, un camino hacia algo más profundo que simplemente enumerar los males de la urbe: un modo de acercarse a lo específico, los desaciertos personales, las tragedias.
"Hay antología sobre todo tipo de asuntos", dice Tervalon, autor de varias novelas y compilador de la antología The Geography of Rage' [Geografía de la Ira] sobre los disturbios civiles en Los Angeles en 1992. "La cocaína destruyó muchas cosas, es el azote de esta época. ¿Por qué no sacar una antología sobre la cocaína?"
De ahí surgió The Cocaine Chronicles' [Crónicas de Cocaína], que reúne una lista de más de una docena de escritores que incluye a Jerry Stahl, Susan Straight, Lee Child, Emory Holmes II, James Brown and Bill Moody. La idea era dar cuenta no solamente de la influencia de la droga, sino de su cachet.
Tervalon y Phillips estaban interesados en puntos de vista diversos para entender el efecto más amplio de la droga, más allá del colocón. Con ese fin, las historias ofrecen miradas a través de varios prismas: boleros, camellos, traficantes y usuarios. Los editores estaban interesados en la marca indeleble que, cruzando todas las fronteras -edad, posición social, raza-, dejó la cocaína en la cultura, y de los matices entre esas fronteras.
No estaban interesados en hacer del libro una especie de anuncio de algún servicio público. "Las historia no tenían que ser lecciones morales", explica Phillips, que divide su tiempo escribiendo cuentos policiales, cómics y guiones. "La idea es que cada uno debe sacar sus propias conclusiones de las historias. Y algunas son moralmente más ambiguas que otras".
Ahí está el irregular monólogo automático del narrador de Ken Bruen en White Irish'. Ahí está el inquietante rebobinado de Nina Revoyr, en Golden Pacific', sobre una niña y su madre a la deriva, haciendo frente a los problemas. Ahí está la meticulosa evocación de Straight sobre la vida en un minimall y la ricamente bordada historia de una de las fantasmales mujeres adictas al crack que la pueblan.
En esa combinación se encuentra la torcida viñeta de dos chupados cocainómanos de parranda. En el trasfondo hay una parpadeante y silenciosa televisión y innumerables anécdotas de los apetitos y pecadillos de personajes famosos de la serie B.
"¿Te conté alguna vez lo mucho que le gusta a Larry Fine la coca?", pregunta Suzy, el contacto. "Era un hedonista... ¿Cómo crees que llegó a tener ese pelo? Quería ser el Cab Calloway blanco, pero nunca resultó".
El libro se divide en cuatro secciones que de algún modo reflejan los efectos de la cocaína sobre los personajes -Touched by Death', Fiending', The Corruption' y Gangsters and Monsters'.
La posibilidad de hacer un análisis de 360 grados intrigó a Johnny Temple, de Akashic Books, el que, después de toparse con Phillips en un congreso sobre la novela de misterio hace algunos años, dio luz verde al proyecto.
"Hay una gran romanticismo literario sobre la heroína. Pero la cocaína no ha jugado ningún papel visible en la literatura", dice Temple. "Pensé que esto sonaba fresco, era un concepto interesante -con una gran tema organizador, diversidad de perspectivas, raza, etnicidad y perspectivas éticas que de algún modo encuentran un hilo conductor común".
La mayoría de los escritores a los que propusieron que contribuyeran a la antología dijeron que sí. Eso es, "excepto uno", dice Phillips. "No, no puedo. Tengo una reputación que proteger", dice Phillips que le dijo. No había reglas para los escritores: "Dinos lo que quieras" y "la cocaína tiene que aparecer en la historia", dice.
The Cocaine Chronicles' se une a una discusión auto-reflexiva mayor que está ganando fuerza -a medida que periodistas afro-americanos, ensayistas y críticos culturales comienzan a estudiar los años setenta y principios de los ochenta, conectando los puntos de optimismo desde la era de los derechos civiles a las zonas de guerra en que se transformaron muchos vecindarios de color a fines de los ochenta y principios de los noventa.
Entre ellos: Post-Soul Nation', de Nelson George, que estudia el arco desde los años setenta al triple golpe del SIDA, el crack y la reaganomics hacia fines de los ochenta que destruyó a muchas comunidades negras y morenas; y la nueva compilación del fotógrafo Jamel Shabazz, A Time Before Crack' [Antes del Crack], publicada por PowerHouse Books, es un paseo a través de un optimismo de tarde por la noche. El libro es -según Shabazz- un "diario de vida visual" de gente joven en Nueva York entre 1975 y 1984.
Mientras muchas comunidades étnicas urbanas eran asediadas entonces por la pobreza y el desempleo, no era nada en comparación con lo que vendría. "Cuando el crack hizo su debut a mediados de los años ochenta, creó caos en la América urbana", escribe en su declaración de intenciones. "A junio de 1985 el departamento de policía de Nueva York no había detenido a nadie por delitos relacionados con el crack. En los primeros 10 meses de 1988 detuvieron a más de 19.000 personas... Las salas de urgencia se llenaron de víctimas... La industria de las funerarias floreció... Los niños quedaron huérfanos y sufrieron el síndrome de estrés post-traumática. Los efectos del crack persistirían durante varias generaciones".
Clases Diferentes, Misma Maldición
Lo más asombroso de The Cocaine Chronicles' no son solamente las varias transformaciones que asume la droga -polvo o roca- y los tensos colocones, o la profundidad de las pérdidas personales, sino cómo se aparece en una vida y se apodera de ella.
Se trate de un condominio suburbano en ruinas o un pituco centro de rehabilitación, lo que transmiten estas historias es que usar las drogas para "enfrentarse a los problemas" o por "escapismo" puede ser universal, pero en el fondo hay diferencias importantes.
"Las drogas tienen que ver con la clase, como todo lo demás", escribe Phillips, "y las historias sobre la cocaína no están destinadas al lector general de ficción; ni hay un tema más delicado que su craso hermano menor, la literatura sobre la heroína. El litio está bien, los antidepresivos también, pero no menciones el crack o la base... que son las drogas que se autoprescribe de la clase baja".
Los dos cuentos ilustran quizás mejor esta división son "The Crack Cocaine Diet' y Just Surviving Another Day'.
Lippman cuenta la historia de dos adolescentes blancas que han sido dejadas plantadas, que deciden conseguir cocaína y vestirse apresuradamente con varias tallas menos. Su esperanza es que las cabezas se vuelquen a mirarlas en una fiesta y poner celosos a sus antiguos novios.
Este deseo las lleva al otro lado de la ciudad hacia otro mundo, un mundo que no parece muy diferente al de ellas, pero que está habitado por caras más oscuras. No saben nada de lo que andan buscando, pero eso no las hace actuar con menos resolución o agresividad. Y a pesar de la luz de la historia, una brusca pátina, uno tiene la impresión de que va a ocurrir algo brutal e inesperado.
Para Lippman, un escritor de novelas policiales y antiguo reportero del Baltimore Sun, era un modo de trazar la llegada de las drogas a una comunidad en la que creció y más tarde trabajó; una comunidad en transición llena de matices de raza y clase difíciles de leer.
"Recuerdo cuando la gente no pensaba que las drogas fueron adictivas", dice Lippman. "Pero en 1989 yo vivía en una ciudad que fue casi destruida por el crack". El complejo de apartamentos adonde van las chicas a comprar, el crujido de los frascos debajo de las llantas son cosas sacadas de la vida real; el resto era su modo de pensar sobre la manera en que el comercio y las transacciones alteraron la vida irrevocablemente.
"Quería jugar con los estereotipos y poner las cosas de pie", dice Lippman. Ella pensaba que aumentarían algo las expectativas si las chicas también eran peligrosas.
El Trauma Habla por Sí Mismo
La historia de Jones es potente por lo que dice, pero lo es incluso más por lo que omite. Estudiante de Tervalon en la Universidad de California en Los Angeles UCLA, escribió la historia para un curso. Si es buena, dijo él a la clase, la publicaría en una antología. Jones puso manos a la obra: "La escribí en el autobús. Yo viajo cada día de la UCLA a Hollywood. Así que lo escribí en 45 minutos en un trayecto de bus".
Basada en su vida, la historia detalla un día en la vida de una adolescente afro-americana cuyos padres drogadictos le roban el dinero del almuerzo para comprar drogas, dejándola con hambre y a merced de la menguante generosidad de sus amigos.
"Después de clases me fui a practicar balonmano. Si no hubiera almorzado hoy, probablemente me habría desmayado... El balonmano era mi forma de reflexionar... No tenía ni la energía ni el tiempo para pensar sobre las cosas malas que estaban pasando en mi vida... No tenía que pensar en las clases, en los estúpidos chicos de la secundaria o en mi vida familiar. No tenía que pensar que me asustaba ir a por un vaso de agua en mitad de la noche porque mi padre podía estar en ánimo paranoico y tratar de apuñalarme..."
Esta calidad contenida de la historia de Jones, la voz de su narradora, la hace todavía más conmovedora. "Para mí", dice Jones, 20, "eran cosas de todos los días, cosas que pasaban. La vida".
Escribirlo fue rápido, pero releerlo ha sido más difícil.
"Fue difícil volver a esos lugares, pero esperaba que me inspiraran". Sus padres, cuenta felizmente, están mucho mejor. "Quiero que la gente sepa que ellos ya no están en las drogas. Quiero que la gente que se encuentra en la misma situación sepan que esta... no es la última estación de su vida. La superarán".
Se trate de drogas como juguete de los ociosos o como salvación, estos cuentos sugieren que no importa de qué lado de la línea estés, el caos puede estar cercano. Tervalon se siente alentado por las primeras discusiones que ha provocado el libro. "Estoy contento con las sorpresas. Creo que la mayoría de las antologías de este tipo tienen una especie de vibraciones buenas, como si fueran medicinales. Curan.
"Pero esto no es eso. De cierto modo, queríamos que fuera un placer culposo. Y que tuviera resonancia".
30 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
Los escritores se conocieron en una conferencia, debatiendo sobre la familiar miasma de problemas de Los Angeles urbano: bandas, drogas, desempleo y una rabia especial que crece día a día y que puede terminar en una revuelta.
Pero fue en una conversación personal después de un debate lo que descubrió algo nuevo, un camino hacia algo más profundo que simplemente enumerar los males de la urbe: un modo de acercarse a lo específico, los desaciertos personales, las tragedias.
"Hay antología sobre todo tipo de asuntos", dice Tervalon, autor de varias novelas y compilador de la antología The Geography of Rage' [Geografía de la Ira] sobre los disturbios civiles en Los Angeles en 1992. "La cocaína destruyó muchas cosas, es el azote de esta época. ¿Por qué no sacar una antología sobre la cocaína?"
De ahí surgió The Cocaine Chronicles' [Crónicas de Cocaína], que reúne una lista de más de una docena de escritores que incluye a Jerry Stahl, Susan Straight, Lee Child, Emory Holmes II, James Brown and Bill Moody. La idea era dar cuenta no solamente de la influencia de la droga, sino de su cachet.
Tervalon y Phillips estaban interesados en puntos de vista diversos para entender el efecto más amplio de la droga, más allá del colocón. Con ese fin, las historias ofrecen miradas a través de varios prismas: boleros, camellos, traficantes y usuarios. Los editores estaban interesados en la marca indeleble que, cruzando todas las fronteras -edad, posición social, raza-, dejó la cocaína en la cultura, y de los matices entre esas fronteras.
No estaban interesados en hacer del libro una especie de anuncio de algún servicio público. "Las historia no tenían que ser lecciones morales", explica Phillips, que divide su tiempo escribiendo cuentos policiales, cómics y guiones. "La idea es que cada uno debe sacar sus propias conclusiones de las historias. Y algunas son moralmente más ambiguas que otras".
Ahí está el irregular monólogo automático del narrador de Ken Bruen en White Irish'. Ahí está el inquietante rebobinado de Nina Revoyr, en Golden Pacific', sobre una niña y su madre a la deriva, haciendo frente a los problemas. Ahí está la meticulosa evocación de Straight sobre la vida en un minimall y la ricamente bordada historia de una de las fantasmales mujeres adictas al crack que la pueblan.
En esa combinación se encuentra la torcida viñeta de dos chupados cocainómanos de parranda. En el trasfondo hay una parpadeante y silenciosa televisión y innumerables anécdotas de los apetitos y pecadillos de personajes famosos de la serie B.
"¿Te conté alguna vez lo mucho que le gusta a Larry Fine la coca?", pregunta Suzy, el contacto. "Era un hedonista... ¿Cómo crees que llegó a tener ese pelo? Quería ser el Cab Calloway blanco, pero nunca resultó".
El libro se divide en cuatro secciones que de algún modo reflejan los efectos de la cocaína sobre los personajes -Touched by Death', Fiending', The Corruption' y Gangsters and Monsters'.
La posibilidad de hacer un análisis de 360 grados intrigó a Johnny Temple, de Akashic Books, el que, después de toparse con Phillips en un congreso sobre la novela de misterio hace algunos años, dio luz verde al proyecto.
"Hay una gran romanticismo literario sobre la heroína. Pero la cocaína no ha jugado ningún papel visible en la literatura", dice Temple. "Pensé que esto sonaba fresco, era un concepto interesante -con una gran tema organizador, diversidad de perspectivas, raza, etnicidad y perspectivas éticas que de algún modo encuentran un hilo conductor común".
La mayoría de los escritores a los que propusieron que contribuyeran a la antología dijeron que sí. Eso es, "excepto uno", dice Phillips. "No, no puedo. Tengo una reputación que proteger", dice Phillips que le dijo. No había reglas para los escritores: "Dinos lo que quieras" y "la cocaína tiene que aparecer en la historia", dice.
The Cocaine Chronicles' se une a una discusión auto-reflexiva mayor que está ganando fuerza -a medida que periodistas afro-americanos, ensayistas y críticos culturales comienzan a estudiar los años setenta y principios de los ochenta, conectando los puntos de optimismo desde la era de los derechos civiles a las zonas de guerra en que se transformaron muchos vecindarios de color a fines de los ochenta y principios de los noventa.
Entre ellos: Post-Soul Nation', de Nelson George, que estudia el arco desde los años setenta al triple golpe del SIDA, el crack y la reaganomics hacia fines de los ochenta que destruyó a muchas comunidades negras y morenas; y la nueva compilación del fotógrafo Jamel Shabazz, A Time Before Crack' [Antes del Crack], publicada por PowerHouse Books, es un paseo a través de un optimismo de tarde por la noche. El libro es -según Shabazz- un "diario de vida visual" de gente joven en Nueva York entre 1975 y 1984.
Mientras muchas comunidades étnicas urbanas eran asediadas entonces por la pobreza y el desempleo, no era nada en comparación con lo que vendría. "Cuando el crack hizo su debut a mediados de los años ochenta, creó caos en la América urbana", escribe en su declaración de intenciones. "A junio de 1985 el departamento de policía de Nueva York no había detenido a nadie por delitos relacionados con el crack. En los primeros 10 meses de 1988 detuvieron a más de 19.000 personas... Las salas de urgencia se llenaron de víctimas... La industria de las funerarias floreció... Los niños quedaron huérfanos y sufrieron el síndrome de estrés post-traumática. Los efectos del crack persistirían durante varias generaciones".
Clases Diferentes, Misma Maldición
Lo más asombroso de The Cocaine Chronicles' no son solamente las varias transformaciones que asume la droga -polvo o roca- y los tensos colocones, o la profundidad de las pérdidas personales, sino cómo se aparece en una vida y se apodera de ella.
Se trate de un condominio suburbano en ruinas o un pituco centro de rehabilitación, lo que transmiten estas historias es que usar las drogas para "enfrentarse a los problemas" o por "escapismo" puede ser universal, pero en el fondo hay diferencias importantes.
"Las drogas tienen que ver con la clase, como todo lo demás", escribe Phillips, "y las historias sobre la cocaína no están destinadas al lector general de ficción; ni hay un tema más delicado que su craso hermano menor, la literatura sobre la heroína. El litio está bien, los antidepresivos también, pero no menciones el crack o la base... que son las drogas que se autoprescribe de la clase baja".
Los dos cuentos ilustran quizás mejor esta división son "The Crack Cocaine Diet' y Just Surviving Another Day'.
Lippman cuenta la historia de dos adolescentes blancas que han sido dejadas plantadas, que deciden conseguir cocaína y vestirse apresuradamente con varias tallas menos. Su esperanza es que las cabezas se vuelquen a mirarlas en una fiesta y poner celosos a sus antiguos novios.
Este deseo las lleva al otro lado de la ciudad hacia otro mundo, un mundo que no parece muy diferente al de ellas, pero que está habitado por caras más oscuras. No saben nada de lo que andan buscando, pero eso no las hace actuar con menos resolución o agresividad. Y a pesar de la luz de la historia, una brusca pátina, uno tiene la impresión de que va a ocurrir algo brutal e inesperado.
Para Lippman, un escritor de novelas policiales y antiguo reportero del Baltimore Sun, era un modo de trazar la llegada de las drogas a una comunidad en la que creció y más tarde trabajó; una comunidad en transición llena de matices de raza y clase difíciles de leer.
"Recuerdo cuando la gente no pensaba que las drogas fueron adictivas", dice Lippman. "Pero en 1989 yo vivía en una ciudad que fue casi destruida por el crack". El complejo de apartamentos adonde van las chicas a comprar, el crujido de los frascos debajo de las llantas son cosas sacadas de la vida real; el resto era su modo de pensar sobre la manera en que el comercio y las transacciones alteraron la vida irrevocablemente.
"Quería jugar con los estereotipos y poner las cosas de pie", dice Lippman. Ella pensaba que aumentarían algo las expectativas si las chicas también eran peligrosas.
El Trauma Habla por Sí Mismo
La historia de Jones es potente por lo que dice, pero lo es incluso más por lo que omite. Estudiante de Tervalon en la Universidad de California en Los Angeles UCLA, escribió la historia para un curso. Si es buena, dijo él a la clase, la publicaría en una antología. Jones puso manos a la obra: "La escribí en el autobús. Yo viajo cada día de la UCLA a Hollywood. Así que lo escribí en 45 minutos en un trayecto de bus".
Basada en su vida, la historia detalla un día en la vida de una adolescente afro-americana cuyos padres drogadictos le roban el dinero del almuerzo para comprar drogas, dejándola con hambre y a merced de la menguante generosidad de sus amigos.
"Después de clases me fui a practicar balonmano. Si no hubiera almorzado hoy, probablemente me habría desmayado... El balonmano era mi forma de reflexionar... No tenía ni la energía ni el tiempo para pensar sobre las cosas malas que estaban pasando en mi vida... No tenía que pensar en las clases, en los estúpidos chicos de la secundaria o en mi vida familiar. No tenía que pensar que me asustaba ir a por un vaso de agua en mitad de la noche porque mi padre podía estar en ánimo paranoico y tratar de apuñalarme..."
Esta calidad contenida de la historia de Jones, la voz de su narradora, la hace todavía más conmovedora. "Para mí", dice Jones, 20, "eran cosas de todos los días, cosas que pasaban. La vida".
Escribirlo fue rápido, pero releerlo ha sido más difícil.
"Fue difícil volver a esos lugares, pero esperaba que me inspiraran". Sus padres, cuenta felizmente, están mucho mejor. "Quiero que la gente sepa que ellos ya no están en las drogas. Quiero que la gente que se encuentra en la misma situación sepan que esta... no es la última estación de su vida. La superarán".
Se trate de drogas como juguete de los ociosos o como salvación, estos cuentos sugieren que no importa de qué lado de la línea estés, el caos puede estar cercano. Tervalon se siente alentado por las primeras discusiones que ha provocado el libro. "Estoy contento con las sorpresas. Creo que la mayoría de las antologías de este tipo tienen una especie de vibraciones buenas, como si fueran medicinales. Curan.
"Pero esto no es eso. De cierto modo, queríamos que fuera un placer culposo. Y que tuviera resonancia".
30 de mayo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
qué es la democracia
[Roger Cohen] Una visión de las responsabilidades de la democracia, forjada en las prisiones del totalitarismo. Y trasnochada.
No es algo de todos los días que un extranjero vea que este libro sea adoptado por las mayores potencias del planeta como la filosofía orientadora en asuntos globales. Pero eso es lo que ha pasado con Natan Sharansky, un político israelí y antiguo disidente soviético. Su reciente libro The Case for Democracy: The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror', se ha transformado en el libro de rigor en la Casa Blanca de Bush. No es sorprendente. A menudo se lee como una punzante destilación de la visión del mundo al que empujaron al presidente los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Condoleezza Rice, la nueva ministro de Exteriores, explicó la semana pasada lo que será su principio guía: "El mundo debería aplicar lo que Natan Sharansky llama la prueba de la plaza mayor': si una persona no puede instalarse en el centro de una plaza y expresar sus opiniones sin temor a ser detenida, encarcelada o agredida físicamente, entonces esa persona vive en una sociedad de temor, no en una sociedad libre. No podemos descansar hasta que las personas que viven en sociedades dominadas por el temor hayan conquistado su libertad".
La idea de esta prueba de la plaza mayor aparece en la página 40 del libro de Sharansky. Hacia este pasaje ya ha desarrollado los argumentos que serán repetidos de diferentes maneras en el resto de las 263 páginas del libro. Se pueden resumir como sigue: La libertad es alcanzable por todas las personas del planeta. Es la mejor garantía de la seguridad global, porque las sociedades democráticas no son beligerantes. Las sociedades totalitarias, o como dice él, sociedades del temor, son peligrosas porque buscan siempre enemigos externos como un medio de asegurar su continuidad.
Para conseguirla se requiere "claridad moral". Esta frase se repite con aporreante insistencia. Por claridad moral Sharansky quiere decir el coraje de derribar las autocracias donde quiera que existan, incluyendo Oriente Medio. "Debemos reconquistar la claridad moral", escribe, "reconociendo que la gran división entre el mundo del temor y el mundo de la libertad es mucho más importante que las divisiones dentro del mundo libre".
Este libro tiene el mérito de ser directo. Está escrito con vigor, argumentado con estilo e imbuido de la virulenta convicción de un hombre que creció en una sociedad donde "las máquinas de escribir tenían que ser declaradas ante las autoridades". Sharansky es a menudo presciente y rara vez tedioso.
Pero la simplicidad del libro puede también ser simplista. El autor esquiva las preguntas difíciles. Por ejemplo, ¿qué debería hacerse cuando la libertad de una persona -digamos, la de un colono israelí- se transforma en la prisión de otra? ¿Cómo debería entregarse libertad a los 1.3 billones de chinos que viven en una sociedad unipartidista, que es también el motor de la economía mundial? Sobre la primera pregunta Sharansky parece miope. Sobre la última, tiene poco que decir. Pero no son problemas desdeñables.
También ofrece fórmulas claras que parecen un poco rígidas. "Cuando se trata de fomentar la democracia y los derechos humanos en el mundo, los valores e intereses del mundo libre son una y la misma cosa", escribe. Recordemos el discurso inaugural del presidente Bush: "La mejor esperanza de la paz en nuestro mundo es la extensión de la libertad en todo el mundo. Los intereses vitales de Estados Unidos y nuestras creencias más profundas son una sola cosa".
Todo esto suena a falso. ¿No queremos todos libertad? Pero la cuestión de si el derrocamiento de los regímenes autocráticos de Pakistán, Arabia Saudí y Egipto, para nombrar sólo a tres países musulmanes que también son cruciales aliados de Estados Unidos, favorece la causa del mundo libre, es por supuesto una pregunta compleja. También conduce a la siguiente pregunta: ¿Cómo?
En Iraq, Estados Unidos usó la fuerza de las armas para expulsar a un dictador, con resultados mezclados. Además, el derrocamiento de este tirano no fue el principal motivo de una guerra que ha visto inflarse la retórica de la libertad a medida que las otras justificaciones de la guerra se desvanecían.
La política internacional, en otras palabras, es complicada. Los intereses no coincidirán nunca tan nítidamente como argumentan Sharansky y su co-autor, Ron Dermer. El debate sobre qué medida de realismo o ética debería caracterizar la política exterior ciertamente será prolongado.
Pero el principal principio del autor -"el fomento de la paz y la seguridad está relacionado con el fomento de la libertad y la democracia"- está claramente al alza en la era de después del 11 de septiembre.
La propia ética de Sharansky se forjó en la opresión. Encarcelado por las autoridades comunistas, llegó a la idea de que el poder tenía tres fuentes: la libertad interior del individuo, la sociedad libre y el poder de la solidaridad del mundo libre. Algunos de los mensajes más poderosos del libro evocan la desesperación del disidente encarcelado ante el realismo kissingeriano, que colocaba la détente, la intervención y la contención en el centro de la política norteamericana hacia la Unión Soviética.
Los prisioneros se comunicaban hablando a través de los inodoros en sus celdas. "Después de sacar el agua, el inodoro se transforma en un excelente teléfono para hablar con tu vecino", escribe Sharansky. Pero esas comunicaciones eran peligrosas. "Es muy difícil alegar inocencia si un guardia te sorprende con la cabeza metida en el inodoro". Es verdad. Sin embargo, esas cabezas eran todo sonrisas cuando Ronald Reagan "rechazó aceptar la permanencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas". Hemos aprendido la primera lección en claridad moral.
Pero las cosas se enturbian en la segunda parte de la vida de Sharansky, las casi dos décadas de vida en Israel. Sus argumentos son convincentes sobre la imposibilidad de que Yassir Arafat hiciera alguna vez la paz con Israel debido a que el suyo era un régimen autocrático. Ya en 1993, Sharansky escribió: "La autonomía palestina se puede transformar en un caso de prueba único para la introducción de la democracia en el mundo árabe". La mayoría de la gente se rió de él. Pero el antiguo disidente insistió en que sabía bastante sobre las sociedades de temor para darse cuenta de que los atemorizados acólitos que se reunían en torno a Arafat eran símbolos de un sistema cerrado que "inevitablemente sería una amenaza para Israel".
Esas agudas observaciones, reforzadas por una rápida tregua tras la muerte de Arafat, son sin embargo socavadas por la aparente incapacidad de Sharansky de ver a los palestinos como algo más que una abstracción problemática.
Dice que no quiere dominarlos. Pero también dice que el muro del primer ministro Ariel Sharon es no un robo de tierras, incluso cuando penetra profundamente en Cisjordania, porque "Cisjordania es un territorio en disputa". Demuestra una profunda simpatía por unos pocos cientos de colonos en la ciudad cisjordana de Hebrón, y poco o nada por los 150.000 palestinos que viven allí. Desdeña los asesinatos israelíes de civiles palestinos como resultados no intencionados de operaciones militares. "Los ataques antiterroristas de Israel tienen por fin salvar vidas inocentes y los ataques terroristas palestinos tienen por objetivo destruirlas", escribe. Esto puede parece claridad moral, pero es demasiado simplista.
Sharansky también describe el devastador ataque israelí contra la ciudad cisjordana de Jenín en 2002 como "uno de los mejores ejemplos en la historia de una democracia en cuanto a la protección de los derechos humanos en tiempos de guerra", responsabilizando a la extendida caracterización de las acciones israelíes como brutales "en un ambiente que carece de claridad moral". Algunas de las acusaciones contra Israel eran escandalosas, pero también lo es esta argumentación.
The Case for Democracy' es un libro importante. En el mundo post-11 de septiembre de 2001, es elocuente y sincero, en un momento de posibilidades para la libertad; es a menudo persuasivo en su asociación entre libertad y seguridad.
Ahora el peligro es que la belleza de su argumentación se transforme en una especie de ceguera. Usa el caso de maltratos norteamericanos de prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib principalmente para exaltar la respuesta de una sociedad libre ante ese ultraje: investigación, debate público, proceso y castigo.
Pero Sharansky pudo también haber utilizado a Abu Ghraib como un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando una sociedad se siente demasiado segura de su misión, demasiado rígida en su poder, demasiado negligente en cuanto a las garantías constitucionales de la libertad y demasiado ciega ante la humanidad de gentes de otras culturas. La claridad moral en nombre de la libertad es una cosa. El eslogan de una libertad que se hace pasar por claridad moral, otra.
Libro reseñado
The Case for Democracy. The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror
Natan Sharansky with Ron Dermer
303 pages
PublicAffairs
$26.95
24 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
No es algo de todos los días que un extranjero vea que este libro sea adoptado por las mayores potencias del planeta como la filosofía orientadora en asuntos globales. Pero eso es lo que ha pasado con Natan Sharansky, un político israelí y antiguo disidente soviético. Su reciente libro The Case for Democracy: The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror', se ha transformado en el libro de rigor en la Casa Blanca de Bush. No es sorprendente. A menudo se lee como una punzante destilación de la visión del mundo al que empujaron al presidente los atentados del 11 de septiembre de 2001.Condoleezza Rice, la nueva ministro de Exteriores, explicó la semana pasada lo que será su principio guía: "El mundo debería aplicar lo que Natan Sharansky llama la prueba de la plaza mayor': si una persona no puede instalarse en el centro de una plaza y expresar sus opiniones sin temor a ser detenida, encarcelada o agredida físicamente, entonces esa persona vive en una sociedad de temor, no en una sociedad libre. No podemos descansar hasta que las personas que viven en sociedades dominadas por el temor hayan conquistado su libertad".
La idea de esta prueba de la plaza mayor aparece en la página 40 del libro de Sharansky. Hacia este pasaje ya ha desarrollado los argumentos que serán repetidos de diferentes maneras en el resto de las 263 páginas del libro. Se pueden resumir como sigue: La libertad es alcanzable por todas las personas del planeta. Es la mejor garantía de la seguridad global, porque las sociedades democráticas no son beligerantes. Las sociedades totalitarias, o como dice él, sociedades del temor, son peligrosas porque buscan siempre enemigos externos como un medio de asegurar su continuidad.
Para conseguirla se requiere "claridad moral". Esta frase se repite con aporreante insistencia. Por claridad moral Sharansky quiere decir el coraje de derribar las autocracias donde quiera que existan, incluyendo Oriente Medio. "Debemos reconquistar la claridad moral", escribe, "reconociendo que la gran división entre el mundo del temor y el mundo de la libertad es mucho más importante que las divisiones dentro del mundo libre".
Este libro tiene el mérito de ser directo. Está escrito con vigor, argumentado con estilo e imbuido de la virulenta convicción de un hombre que creció en una sociedad donde "las máquinas de escribir tenían que ser declaradas ante las autoridades". Sharansky es a menudo presciente y rara vez tedioso.
Pero la simplicidad del libro puede también ser simplista. El autor esquiva las preguntas difíciles. Por ejemplo, ¿qué debería hacerse cuando la libertad de una persona -digamos, la de un colono israelí- se transforma en la prisión de otra? ¿Cómo debería entregarse libertad a los 1.3 billones de chinos que viven en una sociedad unipartidista, que es también el motor de la economía mundial? Sobre la primera pregunta Sharansky parece miope. Sobre la última, tiene poco que decir. Pero no son problemas desdeñables.
También ofrece fórmulas claras que parecen un poco rígidas. "Cuando se trata de fomentar la democracia y los derechos humanos en el mundo, los valores e intereses del mundo libre son una y la misma cosa", escribe. Recordemos el discurso inaugural del presidente Bush: "La mejor esperanza de la paz en nuestro mundo es la extensión de la libertad en todo el mundo. Los intereses vitales de Estados Unidos y nuestras creencias más profundas son una sola cosa".
Todo esto suena a falso. ¿No queremos todos libertad? Pero la cuestión de si el derrocamiento de los regímenes autocráticos de Pakistán, Arabia Saudí y Egipto, para nombrar sólo a tres países musulmanes que también son cruciales aliados de Estados Unidos, favorece la causa del mundo libre, es por supuesto una pregunta compleja. También conduce a la siguiente pregunta: ¿Cómo?
En Iraq, Estados Unidos usó la fuerza de las armas para expulsar a un dictador, con resultados mezclados. Además, el derrocamiento de este tirano no fue el principal motivo de una guerra que ha visto inflarse la retórica de la libertad a medida que las otras justificaciones de la guerra se desvanecían.
La política internacional, en otras palabras, es complicada. Los intereses no coincidirán nunca tan nítidamente como argumentan Sharansky y su co-autor, Ron Dermer. El debate sobre qué medida de realismo o ética debería caracterizar la política exterior ciertamente será prolongado.
Pero el principal principio del autor -"el fomento de la paz y la seguridad está relacionado con el fomento de la libertad y la democracia"- está claramente al alza en la era de después del 11 de septiembre.
La propia ética de Sharansky se forjó en la opresión. Encarcelado por las autoridades comunistas, llegó a la idea de que el poder tenía tres fuentes: la libertad interior del individuo, la sociedad libre y el poder de la solidaridad del mundo libre. Algunos de los mensajes más poderosos del libro evocan la desesperación del disidente encarcelado ante el realismo kissingeriano, que colocaba la détente, la intervención y la contención en el centro de la política norteamericana hacia la Unión Soviética.
Los prisioneros se comunicaban hablando a través de los inodoros en sus celdas. "Después de sacar el agua, el inodoro se transforma en un excelente teléfono para hablar con tu vecino", escribe Sharansky. Pero esas comunicaciones eran peligrosas. "Es muy difícil alegar inocencia si un guardia te sorprende con la cabeza metida en el inodoro". Es verdad. Sin embargo, esas cabezas eran todo sonrisas cuando Ronald Reagan "rechazó aceptar la permanencia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas". Hemos aprendido la primera lección en claridad moral.
Pero las cosas se enturbian en la segunda parte de la vida de Sharansky, las casi dos décadas de vida en Israel. Sus argumentos son convincentes sobre la imposibilidad de que Yassir Arafat hiciera alguna vez la paz con Israel debido a que el suyo era un régimen autocrático. Ya en 1993, Sharansky escribió: "La autonomía palestina se puede transformar en un caso de prueba único para la introducción de la democracia en el mundo árabe". La mayoría de la gente se rió de él. Pero el antiguo disidente insistió en que sabía bastante sobre las sociedades de temor para darse cuenta de que los atemorizados acólitos que se reunían en torno a Arafat eran símbolos de un sistema cerrado que "inevitablemente sería una amenaza para Israel".
Esas agudas observaciones, reforzadas por una rápida tregua tras la muerte de Arafat, son sin embargo socavadas por la aparente incapacidad de Sharansky de ver a los palestinos como algo más que una abstracción problemática.
Dice que no quiere dominarlos. Pero también dice que el muro del primer ministro Ariel Sharon es no un robo de tierras, incluso cuando penetra profundamente en Cisjordania, porque "Cisjordania es un territorio en disputa". Demuestra una profunda simpatía por unos pocos cientos de colonos en la ciudad cisjordana de Hebrón, y poco o nada por los 150.000 palestinos que viven allí. Desdeña los asesinatos israelíes de civiles palestinos como resultados no intencionados de operaciones militares. "Los ataques antiterroristas de Israel tienen por fin salvar vidas inocentes y los ataques terroristas palestinos tienen por objetivo destruirlas", escribe. Esto puede parece claridad moral, pero es demasiado simplista.
Sharansky también describe el devastador ataque israelí contra la ciudad cisjordana de Jenín en 2002 como "uno de los mejores ejemplos en la historia de una democracia en cuanto a la protección de los derechos humanos en tiempos de guerra", responsabilizando a la extendida caracterización de las acciones israelíes como brutales "en un ambiente que carece de claridad moral". Algunas de las acusaciones contra Israel eran escandalosas, pero también lo es esta argumentación.
The Case for Democracy' es un libro importante. En el mundo post-11 de septiembre de 2001, es elocuente y sincero, en un momento de posibilidades para la libertad; es a menudo persuasivo en su asociación entre libertad y seguridad.
Ahora el peligro es que la belleza de su argumentación se transforme en una especie de ceguera. Usa el caso de maltratos norteamericanos de prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib principalmente para exaltar la respuesta de una sociedad libre ante ese ultraje: investigación, debate público, proceso y castigo.
Pero Sharansky pudo también haber utilizado a Abu Ghraib como un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando una sociedad se siente demasiado segura de su misión, demasiado rígida en su poder, demasiado negligente en cuanto a las garantías constitucionales de la libertad y demasiado ciega ante la humanidad de gentes de otras culturas. La claridad moral en nombre de la libertad es una cosa. El eslogan de una libertad que se hace pasar por claridad moral, otra.
Libro reseñado
The Case for Democracy. The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror
Natan Sharansky with Ron Dermer
303 pages
PublicAffairs
$26.95
24 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
vida como agente secreto
[Alan Furst] De la CIA.
A principios de los años setenta se corrió el rumor en la comunidad de expatriados en París de que Harry Mathews "era de la CIA". ¿Por qué? Bueno, porque, según escribe en su nueva novela autobiográfica, se pensaba que era muy rico, y homosexual; había estudiado en la Ivy League, que le daba un trasfondo WASP; había estado en Laos y tenía tiempo para hacer lo que se le antojara, incluyendo escribir novelas bien recibidas. Caso cerrado. El libro que ha escrito sobre ese período de su vida, My Life in CIA' -un conocido en el libro señala que en la agencia no se usa nunca el artículo la'; no se dice "la CIA", sino simplemente "CIA"- empieza como una memoria; evocativa, argumentativa y divertida. El personaje "Harry Mathews" deja claro que no es homosexual, aunque cena a menudo con un amigo gay, y no es muy rico, aunque una pequeña herencia, combinada con su inocencia de novelista, le permite vivir bien. Y no es CIA.
Pero el rumor persiste y empieza a irritarlo. Así, un amigo propone una idea espléndidamente mala: si decir que uno no es la CIA significa que sí se es, cruza al otro lado del espejo y di que sí eres -ahora aumenta la desconfianza a tu favor, ¿no es así? Su narrador procede entonces a actuar como cree que actuaría alguien de la CIA; entrega una misteriosa caja de cigarros a un jefe de camareros, marca huellas de tiza en las paredes, aunque no pasa nada, y empieza algo que cree que parece una agencia de patentes -una compañía poseída por un servicio de inteligencia, designada para actuar como cobertura del trabajo clandestino. Con eso sí lo logra. Elementos del mundo del espionaje -el servicio de inteligencia francés, la Mossad y, claro, la CIA misma- empiezan a emerger de las sombras.
En este momento, el libro empieza a leerse más como una novela, aunque los hilos de memoria siguen entrelazados en ella: sus referencias a amigos extranjeros, expatriados de todas partes, lanzando sus nombres seductores y extranjeros como si los conociera todo el mundo; perfectos pequeños restaurantes y qué pedir; un vida amorosa vacilante; visitas al ballet, a la ópera y a la casa de campo; pluviosas epifanías y discusiones sobre política cultural. Esas discusiones se centran en la pertenencia en la vida real de Mathews, como el único estadounidense, a Oulipo, el Taller de Literatura Potencial, un movimiento intelectual galo que ha producido, más notablemente, la novela de Georges Perec, La desaparición' (traducida al inglés como A Void'), escrita sin la letra E.
Pero My Life in CIA' no es una novela oulipiana; de hecho, se esfuerza en re-acomodar el mobiliario convencional del género de historias de espionaje -el secuestrado enrollado en una alfombra, las espeluznantes entrevista con maleantes o tipos que te hacen recordar a la KGB, los programas asesinos de lunáticos de extrema derecha. Sin embargo, de vez en cuando salen a flote algunos elementos de de espionaje que se acercan a la verdad. Por ejemplo, las tácticas de un hombre llamado "Patrick", que se aparece de la nada y mete astutamente a Mathews en una conversación. Esas autenticidades parecen sacadas de la mitología de los expatriados, que tratan de identificar a los espías de verdad que de vez en vez recorren sus comunidades.
Sin embargo, a pesar de los burdos bordes de la mecánica de la novela de espionaje, My Life in CIA' es extremadamente atractiva. Para la gente que vive en el extranjero, la vida es comúnmente otro país -Expatria- poblado por ciudadanos del mundo. Y los expatriados norteamericanos en el París de principios de los años setenta vivieron vidas de algún modo similares: viviendo a su país nativo a través de las páginas del International Herald Tribune, tratando de responder las preguntas que más intrigaron a los parisinos -¿qué es Watergate? ¿Por qué es tan importante? Eso pasa a cada rato, ¿por qué andan todos tan excitados?- y comprando salsa de arándano antes del Día de Acción de Gracias. Esta vida es tan fundamental para Mathews que su punto de vista -remoto, distante, al otro lado del Atlántico- revive en cada párrafo, y el resultado es que parece ser el novelista más profundamente despreocupado que hayamos leído. "Y a veces las noticias eran buenas. Los últimos marines salieron de Vietnam; y si creías las noticias, en París se volvería a producir una ópera decente". O: "Un día en octubre, Jean Tinguely y yo nos presentamos a la sede de la Cruz Roja en París para ofrecernos como voluntarios en Budapest. Era sábado; las oficinas estaban cerradas".
Sin embargo, despreocupado o no, una novela se escribe a riesgo propio. Al principio uno cree que es el dueño, hasta que se vuelca contra uno. Hay algo de placer en mirar el desarrollo de My Life in CIA', porque no se puede negar la bioquímica que sostiene dos tercios de la novela. Mathews pone en movimiento todas esas tramas y subtramas, y crea a todos esos personajes. Es así que el libro se transforma en una verdadera novela de espionaje, con artimañas elaboradas y refinadas estrategias diseñadas para extraer al narrador de las engorrosas dificultades apiladas sobre él en las primeras páginas de la novela.
Mathews lo hace bien, muy concienzudamente y bastante convincente. Debe escapar y viajar en secreto, y sus aliados de la novela espionaje le ayudan. Así que después de todo es un libro del que es fácil prendarse, un placer inusual: la fantasía de espionaje de un expatriado americano, y una novela muy entretenida. Por supuesto, es una novela.
Alan Furst es autor de ocho novelas históricas de espionaje. Su más reciente ha sido 'Dark Voyage'.
16 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
A principios de los años setenta se corrió el rumor en la comunidad de expatriados en París de que Harry Mathews "era de la CIA". ¿Por qué? Bueno, porque, según escribe en su nueva novela autobiográfica, se pensaba que era muy rico, y homosexual; había estudiado en la Ivy League, que le daba un trasfondo WASP; había estado en Laos y tenía tiempo para hacer lo que se le antojara, incluyendo escribir novelas bien recibidas. Caso cerrado. El libro que ha escrito sobre ese período de su vida, My Life in CIA' -un conocido en el libro señala que en la agencia no se usa nunca el artículo la'; no se dice "la CIA", sino simplemente "CIA"- empieza como una memoria; evocativa, argumentativa y divertida. El personaje "Harry Mathews" deja claro que no es homosexual, aunque cena a menudo con un amigo gay, y no es muy rico, aunque una pequeña herencia, combinada con su inocencia de novelista, le permite vivir bien. Y no es CIA.Pero el rumor persiste y empieza a irritarlo. Así, un amigo propone una idea espléndidamente mala: si decir que uno no es la CIA significa que sí se es, cruza al otro lado del espejo y di que sí eres -ahora aumenta la desconfianza a tu favor, ¿no es así? Su narrador procede entonces a actuar como cree que actuaría alguien de la CIA; entrega una misteriosa caja de cigarros a un jefe de camareros, marca huellas de tiza en las paredes, aunque no pasa nada, y empieza algo que cree que parece una agencia de patentes -una compañía poseída por un servicio de inteligencia, designada para actuar como cobertura del trabajo clandestino. Con eso sí lo logra. Elementos del mundo del espionaje -el servicio de inteligencia francés, la Mossad y, claro, la CIA misma- empiezan a emerger de las sombras.
En este momento, el libro empieza a leerse más como una novela, aunque los hilos de memoria siguen entrelazados en ella: sus referencias a amigos extranjeros, expatriados de todas partes, lanzando sus nombres seductores y extranjeros como si los conociera todo el mundo; perfectos pequeños restaurantes y qué pedir; un vida amorosa vacilante; visitas al ballet, a la ópera y a la casa de campo; pluviosas epifanías y discusiones sobre política cultural. Esas discusiones se centran en la pertenencia en la vida real de Mathews, como el único estadounidense, a Oulipo, el Taller de Literatura Potencial, un movimiento intelectual galo que ha producido, más notablemente, la novela de Georges Perec, La desaparición' (traducida al inglés como A Void'), escrita sin la letra E.
Pero My Life in CIA' no es una novela oulipiana; de hecho, se esfuerza en re-acomodar el mobiliario convencional del género de historias de espionaje -el secuestrado enrollado en una alfombra, las espeluznantes entrevista con maleantes o tipos que te hacen recordar a la KGB, los programas asesinos de lunáticos de extrema derecha. Sin embargo, de vez en cuando salen a flote algunos elementos de de espionaje que se acercan a la verdad. Por ejemplo, las tácticas de un hombre llamado "Patrick", que se aparece de la nada y mete astutamente a Mathews en una conversación. Esas autenticidades parecen sacadas de la mitología de los expatriados, que tratan de identificar a los espías de verdad que de vez en vez recorren sus comunidades.
Sin embargo, a pesar de los burdos bordes de la mecánica de la novela de espionaje, My Life in CIA' es extremadamente atractiva. Para la gente que vive en el extranjero, la vida es comúnmente otro país -Expatria- poblado por ciudadanos del mundo. Y los expatriados norteamericanos en el París de principios de los años setenta vivieron vidas de algún modo similares: viviendo a su país nativo a través de las páginas del International Herald Tribune, tratando de responder las preguntas que más intrigaron a los parisinos -¿qué es Watergate? ¿Por qué es tan importante? Eso pasa a cada rato, ¿por qué andan todos tan excitados?- y comprando salsa de arándano antes del Día de Acción de Gracias. Esta vida es tan fundamental para Mathews que su punto de vista -remoto, distante, al otro lado del Atlántico- revive en cada párrafo, y el resultado es que parece ser el novelista más profundamente despreocupado que hayamos leído. "Y a veces las noticias eran buenas. Los últimos marines salieron de Vietnam; y si creías las noticias, en París se volvería a producir una ópera decente". O: "Un día en octubre, Jean Tinguely y yo nos presentamos a la sede de la Cruz Roja en París para ofrecernos como voluntarios en Budapest. Era sábado; las oficinas estaban cerradas".
Sin embargo, despreocupado o no, una novela se escribe a riesgo propio. Al principio uno cree que es el dueño, hasta que se vuelca contra uno. Hay algo de placer en mirar el desarrollo de My Life in CIA', porque no se puede negar la bioquímica que sostiene dos tercios de la novela. Mathews pone en movimiento todas esas tramas y subtramas, y crea a todos esos personajes. Es así que el libro se transforma en una verdadera novela de espionaje, con artimañas elaboradas y refinadas estrategias diseñadas para extraer al narrador de las engorrosas dificultades apiladas sobre él en las primeras páginas de la novela.
Mathews lo hace bien, muy concienzudamente y bastante convincente. Debe escapar y viajar en secreto, y sus aliados de la novela espionaje le ayudan. Así que después de todo es un libro del que es fácil prendarse, un placer inusual: la fantasía de espionaje de un expatriado americano, y una novela muy entretenida. Por supuesto, es una novela.
Alan Furst es autor de ocho novelas históricas de espionaje. Su más reciente ha sido 'Dark Voyage'.
16 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
los secuestradores del 11-9
[Jonathan Yardley] Soldados perfectos. De dónde eran, por qué lo hicieron.
Antes este año el escritor británico Gerald Seymoir escribió una novela excepcionalmente buena, The Unknown Soldier' [Soldado Desconocido], sobre la premisa de que los hombres que son atraídos por Al Qaeda no son en absoluto lo que creemos que son. Nosotros creemos, como dice uno de los personajes, que les "lavaron el cerebro", cuando de hecho "Osama bin Laden y sus secuaces... han refinado su capacidad de detectar a jóvenes de orígenes sociales diversos de privilegio económico, que están preparados para hacer el sacrificio último por una causa". No son necesariamente gente solitaria, pero se sienten atraídos por "la emoción de formar parte de una selecta familia fugitiva", tienen una fuerte "auto-estima personal", y buscan "aventura y un propósito".
Ahora, en Perfect Soldiers' [Soldados Perfectos], Terrt McDermontt entrega los duros hechos detrás de la imagen imaginaria que traza Seymor tan convincentemente. Un periodista de Los Angeles Times que ha estado trabajando en la historia de los atentados terroristas de septiembre de 2001 desde el día en que ocurrieron, McDermontt ha hablado con todo el mundo -con cualquiera que quiso hablar- y leyó todo, y el resultado es, de momento al menos, el libro definitivo sobre los 19 hombres que causaron semejante devastación y terror en este país hace casi cuatro años. Escrito claramente en un buen y simple inglés, Perfect Soldiers' es un retrato de grupo de hombres corrientes empujados a cometer un acto incomparablemente malvado.
McDermontt toma el título de Dashiell Hammet: "Era el soldado perfecto: iba donde le enviabas, se quedaba donde le decías, y no tenía ideas propias que lo desviaran de hacer lo que le habías ordenado". La última parte de la frase no se aplica enteramente a estos jóvenes -Mohamed Atta, por ejemplo, fue el planificador de los atentados del 11 de septiembre, pero también un instrumento de la voluntad de Al Qaeda-, pero la descripción general es precisa. Después de descubrir una causa para la que estaban dispuestos -ansiosos, en realidad- a sacrificar sus vidas, estos jóvenes yihadistas acataron órdenes con tanta precisión y disciplina como los más adiestrados marines norteamericanos.
No nacieron soldados -ninguno de ellos proviene de familias de militares- y hay poco en sus vidas que sugiera que harían lo que hicieron. El piloto del primer avión que se estrelló contra el World Trade Center, Atta, provenía de "una ambiciosa familia, no exageradamente religiosa, de Egipto" y llevó una "vida protegida" hasta que llegó a Hamburgo, Alemania, en 1992, para un posgrado en arquitectura. El piloto del segundo avión, Marwan al-Shehhi, era un tipo amistoso y "despreocupado" de los Emiratos Árabes Unidos que se había unido al ejército del emirato, "no la fuerza de combate más efectiva del mundo, pero una de las más generosas, que paga becas de estudio con estipendios mensuales de 2.000 dólares", que fue probablemente la principal razón por la que se alistó; eso le permitió viajar a Hamburgo, aunque hay pocas evidencias de que "tuviera ambiciones académicas serias".
Hani Hanjour, el piloto saudí que estrelló el vuelo 77 de American Airlines contra el Pentágono "había vivido intermitentemente en Estados Unidos durante los años noventa, la mayor parte del tiempo en Arizona, siguiendo de vez en cuando clases de vuelo en varias escuelas de vuelo diferentes". Según uno de sus instructores en la escuela era "inteligente, amistoso y muy amable, muy formal', un tío simpático, pero un pésimo piloto". Finalmente obtuvo su licencia comercial de la FAA pero fue incapaz de encontrar trabajo aquí o en Oriente Medio. En cuanto a Ziad Jarrah, el piloto del avión que se estrelló en Pensilvania, era "el guapo hijo único de una trabajadora familia de clase media en Beirut", una familia "musulmana laica" que era "tolerante -los hombres bebían whisky y las mujeres llevaban faldas cortas en la ciudad y bikini en la playa". En la universidad conoció a Aysel Sengün, "hija de inmigrantes turcos de clase trabajadora y conservadores"; finalmente se casaron, pero él desaparecía por largos períodos, usualmente sin dar explicaciones, dejándola a ella histérica.
Sus desapariciones, como los cambios en la vida de otros hombres, se debían a su descubrimiento del islam radical y la yihad -no la yihad como "la lucha diaria del individuo por su propia alma", sino la yihad como la "obligación de los musulmanes de luchar por sus creencias, contra los ateos y los que corrompen la fe". Finalmente encontró también su camino a Hamburgo, donde se unió en las oraciones y discusiones a varios otros jóvenes musulmanes, a veces en una mezquita llamada al Quds (el nombre árabe de Jerusalén), a veces en una de las varias casas colectivas donde los hombres vivían austera y religiosamente: "Los hombres de Hamburgo que se unieron al islam fundamentalista eligieron no simplemente una nueva mezquita o doctrina religiosa, sino un modo de vida nuevo, la adquisición de una nueva visión del mundo, de hecho, un nuevo mundo". Para Atta y un amigo que se llamaba a sí mismo Omar (finalmente fue el coordinador entre bastidores de los atentados de 2001 con su nombre verdadero, Ramzi Binalshibh), "independientemente de dónde lucharan, sus verdaderos enemigos eran los judíos y finalmente los americanos. Yo tengo líos con Estados Unidos', dijo Omar".
Para todos ellos el islam radical y la yihad se transformaron en obsesiones, eclipsando todo lo demás. Abandonaron los estudios, ignoraron a sus familias, negaron al mundo exterior mientras se zambullían en sus fanáticas versiones de la fe. Como lo dijo un detective alemán: "Ellos no hablan sobre cosas de la vida cotidiana, como comprar un coche -sí compran coches, pero no hablan sobre ello, la mayor parte del tiempo hablan de religión, que quiere decir que ahora deben vivir para su vida después de la muerte, el paraíso. Quieren vivir obedeciendo a su Dios, de modo que entrar en el paraíso. Lo demás no importa". Una semana, hablando sobre Kosovo, junto a Chechenia y Afganistán, los "hombres estuvieron de acuerdo: querían luchar -pero no sabían en qué guerra".
Por supuesto, fue Osama bin Laden quien les dio su guerra. Se había montado un ensayo a principios de 1993, cuando un grupo yihadista ad hoc bajo la jefatura del cerebro terrorista' Abdul Basit Absul Karim, alias Ramzi Yousef, colocó una bomba en el sótano de la Torre Norte del World Trade Center, "matando a seis personas, hiriendo a mil y ocasionando daños por 300 millones de dólares". Estados Unidos estaba choqueado, pero sin pistas.
"En gran medida, Estados Unidos no detectó la llegada de una nueva era, pero lo supiera todo el mundo o no, había llegado una era de terror religioso. Los objetivos religiosos y políticos entrelazados han sido la norma durante la mayor parte de la historia humana. El islam mismo llegó al mundo con objetivos tanto seculares como religiosos. Lo que había cambiado en esta última encarnación tenía más que ver con el mundo en que estaba antes que con el islam mismo. En la segunda mitad del siglo 20 el movimiento hacia los gobiernos laicos había triunfado casi en todas partes, excepto en el mundo musulmán. Los partidarios del islam político se hicieron aberrantes simplemente viviendo más allá de imperios y ambiciones políticas de otras religiones. Se habrían transformado en otro anacronismo curioso si no hubiera sido porque el mundo moderno proporcionó los medios para unir sus viejas creencias con tecnologías nuevas fácilmente accesibles. El resultado de esa unión es el terrorismo a una escala desconocida".
Al Qaeda, dice McDermott, era el modelo ideal para hacer esa nueva guerra. Insistiendo en que "todos los países en el mundo musulmán... deben volver a la doctrina musulmana" como la ven ellos y predicando la "insurrección violenta contra regímenes insuficientemente islámicos en Oriente Medio", Al Qaeda apareció con una doctrina perfectamente adaptada a jóvenes resueltos y devotos, y tenía el aparato organizativo para movilizarlos. "Nunca fue la organización enorme que suponen a veces sus opositores", teniendo un núcleo de "un máximo de unos cientos de hombres" y sus operaciones eran a menudo "toscas", pero su pequeño tamaño fue uno de sus puntos fuertes: "Si Al Qaeda fuera un país con la infraestructura que eso supone, habría sido más vulnerable a la infiltración de la inteligencia norteamericana... Los atentados del 11 de septiembre fueron de lejos lo más importante que habían hecho, pero incluso así, la cantidad de gente involucrada en la conspiración se podía contar con las manos. La escala contribuyó a mantenerla oculta".
En ese puñado estaban los 15 secuestradores que se unieron a los pilotos a bordo de los cuatro aviones. Todos excepto uno eran de Arabia Saudí, la mayoría "eran de familias de comerciantes y funcionarios del estado, de buena situación, pero sin ser ricos", casi siempre "hombres poco llamativos", ninguno de los cuales "se destacaban por su activismo político o religioso". Como escribe McDermontt, "que jóvenes de buena familia dejaran sus casas y familias sin fanfarria ni desaprobaciones era evidencia del amplio apoyo que había en Arabia Saudí por la yihad". Contrariamente a lo que se rumorea, McDermontt dice que ellos sabían que morirían y aceptaron el martirio: "Fueron adiestrados en combates cuerpos a cuerpo en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán, aprendieron las habilidades físicas que necesitarían para la única misión que tendrían: dominar físicamente a la tripulación. Los pilotos eran los jefes. Los nuevos serían la fuerza".
Los 19 soldados perfectos' están muertos ahora. Posiblemente no sabremos si están en el paraíso al que creían que entrarían por su atentado, pero la historia ejemplar, bien contada e investigada meticulosamente por McDermontt, deja una cosa en claro: Hay más como ellos. Si estamos mejor preparados para su próximo ataque que como estábamos en su último es algo que no podemos saber, pero una cosa es segura: Ocurrirá.
Libro reseñado:
Perfect Soldiers. The Hijackers: Who They Were, Why They Did It
Terry McDermott
HarperCollins
330 pp. $25.95
Se puede escribir al autor a: yardleyj@washpost.com
1 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh
Antes este año el escritor británico Gerald Seymoir escribió una novela excepcionalmente buena, The Unknown Soldier' [Soldado Desconocido], sobre la premisa de que los hombres que son atraídos por Al Qaeda no son en absoluto lo que creemos que son. Nosotros creemos, como dice uno de los personajes, que les "lavaron el cerebro", cuando de hecho "Osama bin Laden y sus secuaces... han refinado su capacidad de detectar a jóvenes de orígenes sociales diversos de privilegio económico, que están preparados para hacer el sacrificio último por una causa". No son necesariamente gente solitaria, pero se sienten atraídos por "la emoción de formar parte de una selecta familia fugitiva", tienen una fuerte "auto-estima personal", y buscan "aventura y un propósito".Ahora, en Perfect Soldiers' [Soldados Perfectos], Terrt McDermontt entrega los duros hechos detrás de la imagen imaginaria que traza Seymor tan convincentemente. Un periodista de Los Angeles Times que ha estado trabajando en la historia de los atentados terroristas de septiembre de 2001 desde el día en que ocurrieron, McDermontt ha hablado con todo el mundo -con cualquiera que quiso hablar- y leyó todo, y el resultado es, de momento al menos, el libro definitivo sobre los 19 hombres que causaron semejante devastación y terror en este país hace casi cuatro años. Escrito claramente en un buen y simple inglés, Perfect Soldiers' es un retrato de grupo de hombres corrientes empujados a cometer un acto incomparablemente malvado.
McDermontt toma el título de Dashiell Hammet: "Era el soldado perfecto: iba donde le enviabas, se quedaba donde le decías, y no tenía ideas propias que lo desviaran de hacer lo que le habías ordenado". La última parte de la frase no se aplica enteramente a estos jóvenes -Mohamed Atta, por ejemplo, fue el planificador de los atentados del 11 de septiembre, pero también un instrumento de la voluntad de Al Qaeda-, pero la descripción general es precisa. Después de descubrir una causa para la que estaban dispuestos -ansiosos, en realidad- a sacrificar sus vidas, estos jóvenes yihadistas acataron órdenes con tanta precisión y disciplina como los más adiestrados marines norteamericanos.
No nacieron soldados -ninguno de ellos proviene de familias de militares- y hay poco en sus vidas que sugiera que harían lo que hicieron. El piloto del primer avión que se estrelló contra el World Trade Center, Atta, provenía de "una ambiciosa familia, no exageradamente religiosa, de Egipto" y llevó una "vida protegida" hasta que llegó a Hamburgo, Alemania, en 1992, para un posgrado en arquitectura. El piloto del segundo avión, Marwan al-Shehhi, era un tipo amistoso y "despreocupado" de los Emiratos Árabes Unidos que se había unido al ejército del emirato, "no la fuerza de combate más efectiva del mundo, pero una de las más generosas, que paga becas de estudio con estipendios mensuales de 2.000 dólares", que fue probablemente la principal razón por la que se alistó; eso le permitió viajar a Hamburgo, aunque hay pocas evidencias de que "tuviera ambiciones académicas serias".
Hani Hanjour, el piloto saudí que estrelló el vuelo 77 de American Airlines contra el Pentágono "había vivido intermitentemente en Estados Unidos durante los años noventa, la mayor parte del tiempo en Arizona, siguiendo de vez en cuando clases de vuelo en varias escuelas de vuelo diferentes". Según uno de sus instructores en la escuela era "inteligente, amistoso y muy amable, muy formal', un tío simpático, pero un pésimo piloto". Finalmente obtuvo su licencia comercial de la FAA pero fue incapaz de encontrar trabajo aquí o en Oriente Medio. En cuanto a Ziad Jarrah, el piloto del avión que se estrelló en Pensilvania, era "el guapo hijo único de una trabajadora familia de clase media en Beirut", una familia "musulmana laica" que era "tolerante -los hombres bebían whisky y las mujeres llevaban faldas cortas en la ciudad y bikini en la playa". En la universidad conoció a Aysel Sengün, "hija de inmigrantes turcos de clase trabajadora y conservadores"; finalmente se casaron, pero él desaparecía por largos períodos, usualmente sin dar explicaciones, dejándola a ella histérica.
Sus desapariciones, como los cambios en la vida de otros hombres, se debían a su descubrimiento del islam radical y la yihad -no la yihad como "la lucha diaria del individuo por su propia alma", sino la yihad como la "obligación de los musulmanes de luchar por sus creencias, contra los ateos y los que corrompen la fe". Finalmente encontró también su camino a Hamburgo, donde se unió en las oraciones y discusiones a varios otros jóvenes musulmanes, a veces en una mezquita llamada al Quds (el nombre árabe de Jerusalén), a veces en una de las varias casas colectivas donde los hombres vivían austera y religiosamente: "Los hombres de Hamburgo que se unieron al islam fundamentalista eligieron no simplemente una nueva mezquita o doctrina religiosa, sino un modo de vida nuevo, la adquisición de una nueva visión del mundo, de hecho, un nuevo mundo". Para Atta y un amigo que se llamaba a sí mismo Omar (finalmente fue el coordinador entre bastidores de los atentados de 2001 con su nombre verdadero, Ramzi Binalshibh), "independientemente de dónde lucharan, sus verdaderos enemigos eran los judíos y finalmente los americanos. Yo tengo líos con Estados Unidos', dijo Omar".
Para todos ellos el islam radical y la yihad se transformaron en obsesiones, eclipsando todo lo demás. Abandonaron los estudios, ignoraron a sus familias, negaron al mundo exterior mientras se zambullían en sus fanáticas versiones de la fe. Como lo dijo un detective alemán: "Ellos no hablan sobre cosas de la vida cotidiana, como comprar un coche -sí compran coches, pero no hablan sobre ello, la mayor parte del tiempo hablan de religión, que quiere decir que ahora deben vivir para su vida después de la muerte, el paraíso. Quieren vivir obedeciendo a su Dios, de modo que entrar en el paraíso. Lo demás no importa". Una semana, hablando sobre Kosovo, junto a Chechenia y Afganistán, los "hombres estuvieron de acuerdo: querían luchar -pero no sabían en qué guerra".
Por supuesto, fue Osama bin Laden quien les dio su guerra. Se había montado un ensayo a principios de 1993, cuando un grupo yihadista ad hoc bajo la jefatura del cerebro terrorista' Abdul Basit Absul Karim, alias Ramzi Yousef, colocó una bomba en el sótano de la Torre Norte del World Trade Center, "matando a seis personas, hiriendo a mil y ocasionando daños por 300 millones de dólares". Estados Unidos estaba choqueado, pero sin pistas.
"En gran medida, Estados Unidos no detectó la llegada de una nueva era, pero lo supiera todo el mundo o no, había llegado una era de terror religioso. Los objetivos religiosos y políticos entrelazados han sido la norma durante la mayor parte de la historia humana. El islam mismo llegó al mundo con objetivos tanto seculares como religiosos. Lo que había cambiado en esta última encarnación tenía más que ver con el mundo en que estaba antes que con el islam mismo. En la segunda mitad del siglo 20 el movimiento hacia los gobiernos laicos había triunfado casi en todas partes, excepto en el mundo musulmán. Los partidarios del islam político se hicieron aberrantes simplemente viviendo más allá de imperios y ambiciones políticas de otras religiones. Se habrían transformado en otro anacronismo curioso si no hubiera sido porque el mundo moderno proporcionó los medios para unir sus viejas creencias con tecnologías nuevas fácilmente accesibles. El resultado de esa unión es el terrorismo a una escala desconocida".
Al Qaeda, dice McDermott, era el modelo ideal para hacer esa nueva guerra. Insistiendo en que "todos los países en el mundo musulmán... deben volver a la doctrina musulmana" como la ven ellos y predicando la "insurrección violenta contra regímenes insuficientemente islámicos en Oriente Medio", Al Qaeda apareció con una doctrina perfectamente adaptada a jóvenes resueltos y devotos, y tenía el aparato organizativo para movilizarlos. "Nunca fue la organización enorme que suponen a veces sus opositores", teniendo un núcleo de "un máximo de unos cientos de hombres" y sus operaciones eran a menudo "toscas", pero su pequeño tamaño fue uno de sus puntos fuertes: "Si Al Qaeda fuera un país con la infraestructura que eso supone, habría sido más vulnerable a la infiltración de la inteligencia norteamericana... Los atentados del 11 de septiembre fueron de lejos lo más importante que habían hecho, pero incluso así, la cantidad de gente involucrada en la conspiración se podía contar con las manos. La escala contribuyó a mantenerla oculta".
En ese puñado estaban los 15 secuestradores que se unieron a los pilotos a bordo de los cuatro aviones. Todos excepto uno eran de Arabia Saudí, la mayoría "eran de familias de comerciantes y funcionarios del estado, de buena situación, pero sin ser ricos", casi siempre "hombres poco llamativos", ninguno de los cuales "se destacaban por su activismo político o religioso". Como escribe McDermontt, "que jóvenes de buena familia dejaran sus casas y familias sin fanfarria ni desaprobaciones era evidencia del amplio apoyo que había en Arabia Saudí por la yihad". Contrariamente a lo que se rumorea, McDermontt dice que ellos sabían que morirían y aceptaron el martirio: "Fueron adiestrados en combates cuerpos a cuerpo en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán, aprendieron las habilidades físicas que necesitarían para la única misión que tendrían: dominar físicamente a la tripulación. Los pilotos eran los jefes. Los nuevos serían la fuerza".
Los 19 soldados perfectos' están muertos ahora. Posiblemente no sabremos si están en el paraíso al que creían que entrarían por su atentado, pero la historia ejemplar, bien contada e investigada meticulosamente por McDermontt, deja una cosa en claro: Hay más como ellos. Si estamos mejor preparados para su próximo ataque que como estábamos en su último es algo que no podemos saber, pero una cosa es segura: Ocurrirá.
Libro reseñado:
Perfect Soldiers. The Hijackers: Who They Were, Why They Did It
Terry McDermott
HarperCollins
330 pp. $25.95
Se puede escribir al autor a: yardleyj@washpost.com
1 de mayo de 2005
©washington post
©traducción mQh