justicia en mallas
[John Hodgman] Sobre la historia del cómic.
En su historia sobre la temprana industria del cómic, Men of Tomorrow: Geeks, Gangsters, and the Birth of the Comic Book' [Hombres del Mañana: Cretinos, Gánsgteres y el Nacimiento del Cómic'] (Basic Books, $26), Gerard Jones cuenta por multi-millonésima vez la historia de cómo Batman llegó a ser Batman. Un joven de fortuna que vio cómo asesinaban a sus padres a balazos en las calles de Gotham donde los policías brillan por su ausencia; años más tarde, después de declarar la guerra a la delincuencia, un murciélago queda atrapado en su casa y le inspira su nuevo vestuario. Y por familiar que sea, dice Jones, ocurrió algo innegablemente novedoso e importante cuando el escritor de Batman', Bill Finger, escribió la historia en 1939.
Los primeros cómics, escribe Jones, parecían "contentarse con la idea de que un hombre podía dedicar su vida a luchar contra la delincuencia simplemente porque su padre se lo había dicho o porque era inherentemente bueno. Bill Finger fue el primer novelista en hacerse preguntas sobre el superhéroe. ¿Por qué elegiría un hombre llevar una vida así? Encontró la respuesta en el dolor".
Cualquiera que haya leído historietas, y aquí no me refiero a las novelas gráficas', sino al cómic con superhéroes, la todavía mal afamada energía que mueve al medio, conoce los atractivos de la historia original. Hay muchos puntos fuertes en las historias por entregas, pero la resolución no es uno de esos. Por supuesto, la muerte no es nunca final en una historieta -todavía hay demasiada tecnología alienígena de clonación en el mundo. Los principios están donde están, donde la historia zumba con la ironía y el poder de concisión de la novela.
Superman no era más que un robusto y sonriente hombre hasta que Jerry Siegel y Joe Shuster volvieron y nos contaron su origen: su huérfano exilio de un paraíso perdido; su adopción por amistosos granjeros; los poderes secretos que no se atrevía a revelar. Finalmente dividió su personalidad en dos, viviendo su vida verdadera en el aire para no poner en peligro su asimilación en la vida de todos los días en el suelo. Es entonces que Superman se transforma en una metáfora, dice Jones, de la experiencia étnica de Estados Unidos y más tarde de nuestros outsiders domésticos, los tipos librescos y los matones, los chalados y los cretinos, y, bueno, los dibujantes.
Pocos hombres parecen tan clarkkénticos como Chris Ware, al menos como es retratado en Chris Ware' (Monographics/Yale University, papel, $19.95), el reciente estudio de Daniel Raeburn sobre su vida y obra. En una fotografía aparece sentado en un rincón, con gafas, esquivando la cámara. Tiene los pies cruzados; su aspecto es apacible.
Pero por supuesto es también super heroico. Los esmerados dibujos de Ware, la hermosa caligrafía, la virtuosa absorción del diseño gráfico de preguerra y la historia del cómic y los recuadros a lo Rube Goldberg inspiran asombro, gratitud y temor. Las reseñas de Raeburn de los mejores trabajos conocidos de Ware, la novela gráfica Jimmy Corrigan, el chico más inteligente del mundo', y anticipos de su trabajo en curso, Rusty Brown'. Pero también descorre el velo de casi dos décadas de carteles e ilustraciones de diarios, cuadernos de bosquejos y artefactos de aspecto anticuado. Creo que fue cuando vi el Visualizador Futurístico Profesional de Imágenes en 3 Dimensiones' -un estereoscopio de manivela que Ware dibujó como un recortable para hacer uno mismo en un número de los folletos de Acem Novelty Library' que yo coleccionaba. No importa la ingenuidad y belleza física de su trabajo; el largo trabajo físico claramente requerido para producirlos los hace parecer todavía más allá de la comprensión humana -el trabajo de un extraño visitante alienígena en nuestro mundo.
El libro de Raeburn proporciona dos historias sobre el origen. Una para las historietas mismas, recordando lo que, en su opinión, es el primer cómic, las rudimentarias historias en imágenes' dibujadas por el maestro genovés Randolhe Topffer en los años de 1820. Goethe, que las leyó en 1830, declaró que si en el futuro Topffer "elige un tema menos frívolo y se limita un poco, produciría cosas nunca vistas antes". Y con este elogio en la débil condena, los cómics empezarían su larga lucha por la respetabilidad.
La otra historia es, por supuesto, la de Ware, que los rescató: el tímido dibujantillo' que sufrió el abandono de su padre y, peor, de la escuela de arte, antes de que se arrojara simbólicamente por la ventana del Instituto de Arte de Chicago (lo habían dejado encerrado una noche, por accidente), rompiéndose las piernas. Aunque no voló, se transformó en el eminente dibujante de cómics de su generación; Jimmy Corrigan', publicada en 2000, fue un genuino éxito, un faro para los que querían tomar en serio al cómic. "Ware escapó del gueto del cómic", escribe Raeburn. "Recientemente compró un seguro médico para él y su esposa... y una Honda Civic de segunda mano". Lo que es en realidad lo mejor que puede adquirir un emitente dibujante de cómics.
Fantagraphics, entretanto, ofrece, en dos nuevas antologías, una mirada en cómo empezaron dos de las más largas historietas. La primera, de Jaime Hernández, es simplemente esencial. Con el mismo formato gigantesco que el libro de su hermano Gilbert, Palomar', Locas: Maggie y Hopey' (Fantagraphics, $49.95) reúne las contribuciones de Jaime al seminal cómic alternativo de Love and Rockets' que empezaron a publicar juntos en 1982. Aquí está la larga, dulce, frenética historia de amor de Maggie y Hopey, dos arrojadas chicas de Los Angeles cuyas vidas se entrelazan con un enorme reparto de punks, gángsteres, superhéroes y millonarios cornudos. Sí: millonarios con cuernos; y ahora los Goethes comenzarán a protestar flemáticamente por los "temas frívolos". Pero no importa. Esta antología nos permite observar cómo los elementos de una efervescente ciencia-ficción de las primeras entregas se complementan y dan finalmente origen a historias sublimemente humanas y a dolores y deseos más terrenales en la comunidad de los sin cuernos.
Es fácil darse cuenta de que he leído el trabajo de Jaime Hernández casi desde que empezó a publicar, pero sólo cuando sientes el peso de esto en tu mano comienzas a apreciar sus logros. Cuando haces un listado de todas las cosas que dibuja y escribe Hernández y de las cosas que sabe mejor que cualquiera -la cultura chicana en todas las clases, la escena punk de los años ochenta, las vidas interiores de las mujeres, las vidas íntimas de los hombres, la lucha libre de mujeres, el amor y, uh, los cohetes -es difícil no sospechar de él que está compuesto secretamente de 10 brillantes artistas y escritores, o simplemente que es uno de los artistas más talentosos que ha producido nuestra políglota cultura.
Sin embargo, lo nuevo para mí fue Buddy Bradley, el genial y haragán héroe con la cara picada de acné de la historieta Hate' [Odio], de Peter Bagge, cuyas primeras 15 entregas aparecen ahora en Buddy Does Seattle' (Fantagraphics, paper, $14.95).
Hate' hizo su debut en 1990, cuando la camisa de franela de Buddy -y por lo mismo la palabra haragán'- todavía no se había desgastado hasta transformarse en un terrible cliché. En el número 1, Buddy acoge al lector en su nuevo apartamento en la mítica Utopía de la que habrás oído hablar que se llama Seattle. Con la típica, falsa fatiga de un veinteañero, no cree que sea gran cosa. "Es mucho menos húmedo en el este", le dice al lector en el primero de innumerables encogimientos de hombros. "La piel se me aclaró mucho".
Un dependiente de una librería de segunda mano, recorre perezosamente la órbita en los márgenes de la escena grunge y el proto-tarantino circuito de coleccionistas de álbumes usados, videos pirateados de películas cult y oscuros y viejos cómics: una cultura simplona de antes de internet tal como ha sido conservada por solitarios escritorzuelos en sus fanzines fotocopiados. El único grupo no representado es el de los pioneros de un foro en internet que pronto propagaría este evangelio en la Tierra. (Uno podría leer esto en 1990 y no imaginar nunca que el mundo marginal de Buddy se transformaría pronto en el principio organizador en el consumo de la música, el cine, el humor, la cerveza y el café en la década que vendría).
Pero Buddy es más que un artefacto cultural. El arte de Bagge tiene un cariñoso aire de caricatura -hay un montón de la revista Mad y del trabajo de Al Jaffee aquí. Ningún enfado carece de las gruesas líneas de odio encima de la cabeza de Buddy, ninguna lujuria sin grandes ojos bizcos. El cuerpo de goma de Buddy se retuerce para expresar sus rápidos cambios de humor de la rabia al desprecio al arrepentimiento y a una sorprendente empatía. Cuando como agente lleva a una banda hacia un inesperado éxito, uno siente, como él, que tiene algo que lo podría sacar de este mundo de entre sus amigos consentidos y a veces terminalmente holgazanes. Pero una y otra vez decide no hacerlo, y está claramente aliviado cuando la banda, borracha, lo despide. Es como si Clark Kent se diera cuenta de que está muy solo en el cielo y decidiera quedarse en la Tierra.
Entretanto, Michael Allred va incluso más lejos -unos 2.600 años- para una historia muy diferente sobre el origen. Con sus creaciones de autor Madman' y Red Rocket 7', Allred se hizo conocido por sus nítidas líneas cinéticas y una fina sensibilidad pop-art. En una época en que la mayoría del arte de superhéroes se atascaba en tensos músculos y lo que parecía ser una pulgada de brillo de vaselina generado por un ordenador, su trabajo zumbaba con una pestañeante nostalgia y una parca seriedad.
Ahora ha publicado The Golden Plates, Volume 1: The Sword of Laban and the Tree of Life' [Las Planchas Doradas, Volumen I: La Espada de Laban y el Árbol de la Vida] (AAA Pop, papel, $7.99). Los lectores mejor informados que yo entenderán de inmediato que esta no es un historieta sobre una espada mágica, sino de hecho el primer volumen de la versión en cómic de Allred del Libro de los Mormones. Cualquiera sean tus creencias, la iniciativa de Allred es audaz y sincera. El arte es bello, aunque mucho más naturalista y, en fin, respetuoso de su trabajo anterior.
Hablando de la Biblia en cómics, Above and Below: Two Stories of the American Frontier' [Arriba y Abajo: Dos Historias de la Frontera Americana] (Drawn and Quarterly, paper, $9.95), reúne un par de historias de desesperación y desesperada esperanza en la frontera americana. El lado "bajo" de la historia, los tenebrosos hechos en un pueblo minero de Idaho, es de gran delicadeza, aunque no se compara con la parte de "arriba", más breve y luminosa, titulada La asamblea' [The Revival], que empieza con una fatigada pareja que viaja de noche a una masiva asamblea evangélica en Kentucky en 1801. Están totalmente solos, con un triste secreto a remolque, y sedientos de milagros. La austeridad de grabado en madera del tenebroso bosque, lo deja en claro: para el pionero del siglo 19, esto era como el espacio sideral. La asamblea, como deducido por Sturm mediante meticulosa investigación, ofrecía un oasis de compañía, diversión y breve salvación de la tierra misma. Uno puede ver cómo americanos como ellos habrían anhelado la idea de que este lugar peligroso y solitario era parte en realidad de algún plan divino.
Sin embargo, es el libro de Gerard Jones el que cuenta la historia más autorizada de su origen -la de la historieta misma. En Hombres del mañana', Jones estudia a una vibrante generación de jóvenes, gran parte judíos, que en los años de 1920 y 1930 no sólo crearon una nueva industria sino además escribieron una nueva vida de fantasía para acompañar a América.
Jones es un meticuloso investigador, y mientras sus talentos se despliegan a veces en el servicio del más puro arcano (¿sabía que el verdadero nombre de pila de Buck Rogers era Anthony?), también incluye los pequeños pero fundamentales cambios culturales que permitieron la existencia de las historietas -el alejamiento de los niños de sus propias familias tras la Revolución Industrial, el refugio en la fantasía que siguió, esa cubierta de Amazing Stories de 1928, con el hombre volador en la tapa que alimentaron la imaginación de un cuadro de jóvenes fans de la ficción científica'.
Hay muchos personajes fascinantes: Harry Donenfeld, cuyos chocantes libros baratos llevaban a la espalda la revolución sexual (así como montones de licores prohibidos); William Moulton Marston, un pionero de la primera tecnología polígrafa que más tarde creó Wonder Woman para convencer a los jóvenes de la sabiduría de someterse a las mujeres.
Pero la historia más conmovedora aquí es la de Jerry Siegel. Siegel era uno de esos jóvenes que vio al hombre volador en la portada de Amazing. En 1937, él y su socio, Joe Shuster, vendieron Superman a Donenfeld por 130 dólares. La pequeña imprenta de Donenfeld se transformó finalmente en parte integral de la monumental compañía de medios Warner Communications. Durante un tiempo Siegel también sacó beneficios, aunque nominalmente. Sin embargo, él era el opuesto de su creación: su piel no rebotaba las balas sino que reunía todo indicio de falta de respeto y toda sospecha de maltratos y los dirigiría todos hacia su corazón. Después de dos obstinados intentos de reclamar el derecho de autor, fue excluido por el editor de Superman' por su ingratitud y poco a poco le fue imposible conseguir trabajo en absoluto. En los años setenta estaba trabajando en el correo de California.
Si la novela gráfica es el pasaje de la infancia a la madurez, entonces la historia original es una tira más corta, de la infancia a una prolongada inmadurez: Batman sufre de un mal que no permite que termine, Siegel rehúsa aceptar la pérdida de su creación. Pero a diferencia de los cómics, la vida realmente tiene finales, y a veces felices. Como cuenta Jones, la cultura cretina que Siegel acogió en el pasado, hacia el final de su vida había crecido, no sólo en cifras sino en poder. Poco a poco la irresistible presión llevó a recompensar a los hombres que lo iniciaron. Casi al final de sus vidas, Siegel y Shuster finalmente recibieron reconocimiento y pensiones. No estoy seguro sobre el seguro médico.
John Hodgman escribe para The New York Times Magazine. Su primer libro The Areas of My Expertise' será publicado en octubre.
23 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
En su historia sobre la temprana industria del cómic, Men of Tomorrow: Geeks, Gangsters, and the Birth of the Comic Book' [Hombres del Mañana: Cretinos, Gánsgteres y el Nacimiento del Cómic'] (Basic Books, $26), Gerard Jones cuenta por multi-millonésima vez la historia de cómo Batman llegó a ser Batman. Un joven de fortuna que vio cómo asesinaban a sus padres a balazos en las calles de Gotham donde los policías brillan por su ausencia; años más tarde, después de declarar la guerra a la delincuencia, un murciélago queda atrapado en su casa y le inspira su nuevo vestuario. Y por familiar que sea, dice Jones, ocurrió algo innegablemente novedoso e importante cuando el escritor de Batman', Bill Finger, escribió la historia en 1939.Los primeros cómics, escribe Jones, parecían "contentarse con la idea de que un hombre podía dedicar su vida a luchar contra la delincuencia simplemente porque su padre se lo había dicho o porque era inherentemente bueno. Bill Finger fue el primer novelista en hacerse preguntas sobre el superhéroe. ¿Por qué elegiría un hombre llevar una vida así? Encontró la respuesta en el dolor".
Cualquiera que haya leído historietas, y aquí no me refiero a las novelas gráficas', sino al cómic con superhéroes, la todavía mal afamada energía que mueve al medio, conoce los atractivos de la historia original. Hay muchos puntos fuertes en las historias por entregas, pero la resolución no es uno de esos. Por supuesto, la muerte no es nunca final en una historieta -todavía hay demasiada tecnología alienígena de clonación en el mundo. Los principios están donde están, donde la historia zumba con la ironía y el poder de concisión de la novela.
Superman no era más que un robusto y sonriente hombre hasta que Jerry Siegel y Joe Shuster volvieron y nos contaron su origen: su huérfano exilio de un paraíso perdido; su adopción por amistosos granjeros; los poderes secretos que no se atrevía a revelar. Finalmente dividió su personalidad en dos, viviendo su vida verdadera en el aire para no poner en peligro su asimilación en la vida de todos los días en el suelo. Es entonces que Superman se transforma en una metáfora, dice Jones, de la experiencia étnica de Estados Unidos y más tarde de nuestros outsiders domésticos, los tipos librescos y los matones, los chalados y los cretinos, y, bueno, los dibujantes.
Pocos hombres parecen tan clarkkénticos como Chris Ware, al menos como es retratado en Chris Ware' (Monographics/Yale University, papel, $19.95), el reciente estudio de Daniel Raeburn sobre su vida y obra. En una fotografía aparece sentado en un rincón, con gafas, esquivando la cámara. Tiene los pies cruzados; su aspecto es apacible.
Pero por supuesto es también super heroico. Los esmerados dibujos de Ware, la hermosa caligrafía, la virtuosa absorción del diseño gráfico de preguerra y la historia del cómic y los recuadros a lo Rube Goldberg inspiran asombro, gratitud y temor. Las reseñas de Raeburn de los mejores trabajos conocidos de Ware, la novela gráfica Jimmy Corrigan, el chico más inteligente del mundo', y anticipos de su trabajo en curso, Rusty Brown'. Pero también descorre el velo de casi dos décadas de carteles e ilustraciones de diarios, cuadernos de bosquejos y artefactos de aspecto anticuado. Creo que fue cuando vi el Visualizador Futurístico Profesional de Imágenes en 3 Dimensiones' -un estereoscopio de manivela que Ware dibujó como un recortable para hacer uno mismo en un número de los folletos de Acem Novelty Library' que yo coleccionaba. No importa la ingenuidad y belleza física de su trabajo; el largo trabajo físico claramente requerido para producirlos los hace parecer todavía más allá de la comprensión humana -el trabajo de un extraño visitante alienígena en nuestro mundo.
El libro de Raeburn proporciona dos historias sobre el origen. Una para las historietas mismas, recordando lo que, en su opinión, es el primer cómic, las rudimentarias historias en imágenes' dibujadas por el maestro genovés Randolhe Topffer en los años de 1820. Goethe, que las leyó en 1830, declaró que si en el futuro Topffer "elige un tema menos frívolo y se limita un poco, produciría cosas nunca vistas antes". Y con este elogio en la débil condena, los cómics empezarían su larga lucha por la respetabilidad.
La otra historia es, por supuesto, la de Ware, que los rescató: el tímido dibujantillo' que sufrió el abandono de su padre y, peor, de la escuela de arte, antes de que se arrojara simbólicamente por la ventana del Instituto de Arte de Chicago (lo habían dejado encerrado una noche, por accidente), rompiéndose las piernas. Aunque no voló, se transformó en el eminente dibujante de cómics de su generación; Jimmy Corrigan', publicada en 2000, fue un genuino éxito, un faro para los que querían tomar en serio al cómic. "Ware escapó del gueto del cómic", escribe Raeburn. "Recientemente compró un seguro médico para él y su esposa... y una Honda Civic de segunda mano". Lo que es en realidad lo mejor que puede adquirir un emitente dibujante de cómics.
Fantagraphics, entretanto, ofrece, en dos nuevas antologías, una mirada en cómo empezaron dos de las más largas historietas. La primera, de Jaime Hernández, es simplemente esencial. Con el mismo formato gigantesco que el libro de su hermano Gilbert, Palomar', Locas: Maggie y Hopey' (Fantagraphics, $49.95) reúne las contribuciones de Jaime al seminal cómic alternativo de Love and Rockets' que empezaron a publicar juntos en 1982. Aquí está la larga, dulce, frenética historia de amor de Maggie y Hopey, dos arrojadas chicas de Los Angeles cuyas vidas se entrelazan con un enorme reparto de punks, gángsteres, superhéroes y millonarios cornudos. Sí: millonarios con cuernos; y ahora los Goethes comenzarán a protestar flemáticamente por los "temas frívolos". Pero no importa. Esta antología nos permite observar cómo los elementos de una efervescente ciencia-ficción de las primeras entregas se complementan y dan finalmente origen a historias sublimemente humanas y a dolores y deseos más terrenales en la comunidad de los sin cuernos.
Es fácil darse cuenta de que he leído el trabajo de Jaime Hernández casi desde que empezó a publicar, pero sólo cuando sientes el peso de esto en tu mano comienzas a apreciar sus logros. Cuando haces un listado de todas las cosas que dibuja y escribe Hernández y de las cosas que sabe mejor que cualquiera -la cultura chicana en todas las clases, la escena punk de los años ochenta, las vidas interiores de las mujeres, las vidas íntimas de los hombres, la lucha libre de mujeres, el amor y, uh, los cohetes -es difícil no sospechar de él que está compuesto secretamente de 10 brillantes artistas y escritores, o simplemente que es uno de los artistas más talentosos que ha producido nuestra políglota cultura.
Sin embargo, lo nuevo para mí fue Buddy Bradley, el genial y haragán héroe con la cara picada de acné de la historieta Hate' [Odio], de Peter Bagge, cuyas primeras 15 entregas aparecen ahora en Buddy Does Seattle' (Fantagraphics, paper, $14.95).
Hate' hizo su debut en 1990, cuando la camisa de franela de Buddy -y por lo mismo la palabra haragán'- todavía no se había desgastado hasta transformarse en un terrible cliché. En el número 1, Buddy acoge al lector en su nuevo apartamento en la mítica Utopía de la que habrás oído hablar que se llama Seattle. Con la típica, falsa fatiga de un veinteañero, no cree que sea gran cosa. "Es mucho menos húmedo en el este", le dice al lector en el primero de innumerables encogimientos de hombros. "La piel se me aclaró mucho".
Un dependiente de una librería de segunda mano, recorre perezosamente la órbita en los márgenes de la escena grunge y el proto-tarantino circuito de coleccionistas de álbumes usados, videos pirateados de películas cult y oscuros y viejos cómics: una cultura simplona de antes de internet tal como ha sido conservada por solitarios escritorzuelos en sus fanzines fotocopiados. El único grupo no representado es el de los pioneros de un foro en internet que pronto propagaría este evangelio en la Tierra. (Uno podría leer esto en 1990 y no imaginar nunca que el mundo marginal de Buddy se transformaría pronto en el principio organizador en el consumo de la música, el cine, el humor, la cerveza y el café en la década que vendría).
Pero Buddy es más que un artefacto cultural. El arte de Bagge tiene un cariñoso aire de caricatura -hay un montón de la revista Mad y del trabajo de Al Jaffee aquí. Ningún enfado carece de las gruesas líneas de odio encima de la cabeza de Buddy, ninguna lujuria sin grandes ojos bizcos. El cuerpo de goma de Buddy se retuerce para expresar sus rápidos cambios de humor de la rabia al desprecio al arrepentimiento y a una sorprendente empatía. Cuando como agente lleva a una banda hacia un inesperado éxito, uno siente, como él, que tiene algo que lo podría sacar de este mundo de entre sus amigos consentidos y a veces terminalmente holgazanes. Pero una y otra vez decide no hacerlo, y está claramente aliviado cuando la banda, borracha, lo despide. Es como si Clark Kent se diera cuenta de que está muy solo en el cielo y decidiera quedarse en la Tierra.
Entretanto, Michael Allred va incluso más lejos -unos 2.600 años- para una historia muy diferente sobre el origen. Con sus creaciones de autor Madman' y Red Rocket 7', Allred se hizo conocido por sus nítidas líneas cinéticas y una fina sensibilidad pop-art. En una época en que la mayoría del arte de superhéroes se atascaba en tensos músculos y lo que parecía ser una pulgada de brillo de vaselina generado por un ordenador, su trabajo zumbaba con una pestañeante nostalgia y una parca seriedad.
Ahora ha publicado The Golden Plates, Volume 1: The Sword of Laban and the Tree of Life' [Las Planchas Doradas, Volumen I: La Espada de Laban y el Árbol de la Vida] (AAA Pop, papel, $7.99). Los lectores mejor informados que yo entenderán de inmediato que esta no es un historieta sobre una espada mágica, sino de hecho el primer volumen de la versión en cómic de Allred del Libro de los Mormones. Cualquiera sean tus creencias, la iniciativa de Allred es audaz y sincera. El arte es bello, aunque mucho más naturalista y, en fin, respetuoso de su trabajo anterior.
Hablando de la Biblia en cómics, Above and Below: Two Stories of the American Frontier' [Arriba y Abajo: Dos Historias de la Frontera Americana] (Drawn and Quarterly, paper, $9.95), reúne un par de historias de desesperación y desesperada esperanza en la frontera americana. El lado "bajo" de la historia, los tenebrosos hechos en un pueblo minero de Idaho, es de gran delicadeza, aunque no se compara con la parte de "arriba", más breve y luminosa, titulada La asamblea' [The Revival], que empieza con una fatigada pareja que viaja de noche a una masiva asamblea evangélica en Kentucky en 1801. Están totalmente solos, con un triste secreto a remolque, y sedientos de milagros. La austeridad de grabado en madera del tenebroso bosque, lo deja en claro: para el pionero del siglo 19, esto era como el espacio sideral. La asamblea, como deducido por Sturm mediante meticulosa investigación, ofrecía un oasis de compañía, diversión y breve salvación de la tierra misma. Uno puede ver cómo americanos como ellos habrían anhelado la idea de que este lugar peligroso y solitario era parte en realidad de algún plan divino.
Sin embargo, es el libro de Gerard Jones el que cuenta la historia más autorizada de su origen -la de la historieta misma. En Hombres del mañana', Jones estudia a una vibrante generación de jóvenes, gran parte judíos, que en los años de 1920 y 1930 no sólo crearon una nueva industria sino además escribieron una nueva vida de fantasía para acompañar a América.
Jones es un meticuloso investigador, y mientras sus talentos se despliegan a veces en el servicio del más puro arcano (¿sabía que el verdadero nombre de pila de Buck Rogers era Anthony?), también incluye los pequeños pero fundamentales cambios culturales que permitieron la existencia de las historietas -el alejamiento de los niños de sus propias familias tras la Revolución Industrial, el refugio en la fantasía que siguió, esa cubierta de Amazing Stories de 1928, con el hombre volador en la tapa que alimentaron la imaginación de un cuadro de jóvenes fans de la ficción científica'.
Hay muchos personajes fascinantes: Harry Donenfeld, cuyos chocantes libros baratos llevaban a la espalda la revolución sexual (así como montones de licores prohibidos); William Moulton Marston, un pionero de la primera tecnología polígrafa que más tarde creó Wonder Woman para convencer a los jóvenes de la sabiduría de someterse a las mujeres.
Pero la historia más conmovedora aquí es la de Jerry Siegel. Siegel era uno de esos jóvenes que vio al hombre volador en la portada de Amazing. En 1937, él y su socio, Joe Shuster, vendieron Superman a Donenfeld por 130 dólares. La pequeña imprenta de Donenfeld se transformó finalmente en parte integral de la monumental compañía de medios Warner Communications. Durante un tiempo Siegel también sacó beneficios, aunque nominalmente. Sin embargo, él era el opuesto de su creación: su piel no rebotaba las balas sino que reunía todo indicio de falta de respeto y toda sospecha de maltratos y los dirigiría todos hacia su corazón. Después de dos obstinados intentos de reclamar el derecho de autor, fue excluido por el editor de Superman' por su ingratitud y poco a poco le fue imposible conseguir trabajo en absoluto. En los años setenta estaba trabajando en el correo de California.
Si la novela gráfica es el pasaje de la infancia a la madurez, entonces la historia original es una tira más corta, de la infancia a una prolongada inmadurez: Batman sufre de un mal que no permite que termine, Siegel rehúsa aceptar la pérdida de su creación. Pero a diferencia de los cómics, la vida realmente tiene finales, y a veces felices. Como cuenta Jones, la cultura cretina que Siegel acogió en el pasado, hacia el final de su vida había crecido, no sólo en cifras sino en poder. Poco a poco la irresistible presión llevó a recompensar a los hombres que lo iniciaron. Casi al final de sus vidas, Siegel y Shuster finalmente recibieron reconocimiento y pensiones. No estoy seguro sobre el seguro médico.
John Hodgman escribe para The New York Times Magazine. Su primer libro The Areas of My Expertise' será publicado en octubre.
23 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
la muerte y stalin, el dictador
[Leon Aron] Stalin y sus verdugos.
Los canallas fascinan, y todavía más los criminales masivos. Desde Herodes hasta Pol Pot, de Gengis Kan a Hitler, de Iván el Terrible a Saddam Hussein, hemos sido arrastrados hasta el borde del abismo para dar una mirada en la insondable y fría oscuridad del Mal. ¿Para qué? ¿Para confirmar nuestra propia humanidad? ¿Para aprender, y precavernos, a leer los signos de una creciente barbarie?
Incluso en esta galería de mega-canallas, ocupa José Stalin un lugar destacado. Aunque por debajo de su imitador Mao Tse-Tung en números absolutos de compatriotas matados (abatidos, torturados hasta la muerte en cárceles, muertos de hambre en las aldeas, asesinados en campos de concentración) y de Pol Pot en el porcentaje de la población del país exterminado, Stalin no ha sido superado, al menos en tiempos modernos, por el número de personas afectadas por sus políticas -su impacto en el mundo contemporáneo.
Si no hubiese sido por esas políticas, promulgadas e implementadas por un Comintern completamente servil ante Moscú, la izquierda de la Alemania de Weimar no se habría dividido por los implacables ataques de los comunistas contra los social-demócratas (Stalin los llamaba "social-fascistas"). Los dos partidos, que juntos controlaban muchos más votos que los Nacional Socialistas de Hitler (e inicialmente también más poder en la calle), pudieron ciertamente haber impedido que Hitler subiera al poder y, con ello, la Segunda Guerra Mundial. Construido con especificaciones ideológicas estrictas, el estado totalitario -cuya construcción Stalin
completó y perfeccionó y que después de su muerte tomó casi cuatro décadas desmantelar -no podía ser sino agresivo y expansionista en su lucha hasta vencer o morir contra el "capitalismo mundial". De ahí la forzada y violenta sovietización de Europa del Este y Central, con su propio maremoto de muerte, destrucción, sufrimiento e indignidades diarias; la carrera de armas nucleares; la Guerra Fría global; y más muerte en guerras locales desde Corea y Vietnam hasta Afganistán y Nicaragua.
Dada la materia, uno duda en llamar la biografía de Robert Service un acto de amor, pero la expresión parece apropiada para los años (quizás décadas) que seguramente tomó producir el libro, escrito con una implacable y ardua búsqueda de hechos. Asociado de la Academia Británica y del St. Anthony's College de Oxford, y autor de una biografía anterior de Lenin, Service ha escrito un libro reposado, ricamente detallado y rigurosamente investigado, anclado en centenares de fuentes -un texto enorme, pero pulcramente estructurado, refinado, fluido y estimulante.
Como lo son a menudo las finas biografías de líderes políticos, esta también es una versión de un participante (como si fuera) de la gran historia, una nueva perspectiva sobre hechos bien conocidos y temas más amplios. En el caso de Stalin, esas piedras de toque comprenden muchos de los momentos definitorios del siglo 20: el surgimiento del bolchevismo; la Revolución de Octubre de 1917; la Guerra Civil y la fundación del estado soviético y el movimiento comunista mundial; la "revolución desde arriba" de 1928-32, que completó la construcción del primer estado totalitario moderno, industrializado y militarizado, robando y esclavizando a los campesinos que constituían hasta el 80 por ciento de la población de la Unión Soviética; y el Gran Terror de 1936-39, que dejó a Stalin en posesión del mayor poder -y ciertamente el menos amenazado- que cualquiera en la historia moderna.
Siguiendo su objetivo declarado de evitar los estereotipos y abordar su materia con frescura, Service nos presenta un retrato de un déspota paranoico y homicida, no el de un canalla de historieta unidimensional. En las canalladas de semejante escala no hay nunca una sola pistola humeante. Sin embargo, aunque no alcanza lo imposible -una explicación completa de la conducta del hombre en el origen de una de las catástrofes humanitarias más grandes de la historia-, Service hace progresar nuestra comprensión fusionando hábilmente la historia del hombre con la de la doctrina a la que adhirió fanáticamente y al etos y práctica del diminuto partido clandestino.
Iosif Dzhughashvili fue editor de Pravda en 1912 y cambió su alias de partido de Koba' (por el legendario bandido del siglo 19 al que el joven Iosif emulaba), en georgiano, a Stalin', u "hombre de hierro", una traducción de su apellido al ruso (dzhuga es acero en georgiano, stal en ruso). Era un hombre solitario y difícil, grosero y vulgar, cada vez más desequilibrado y desconfiado, pero también fuerte, determinado, capaz y eficiente, ansioso de conocimiento y muy culto. El único hijo sobreviviente de una adorable madre y un padre zapatero y borracho, que les golpeaba a ambos despiadadamente, Iosif creció en una soñolienta ciudad georgiana llamada Gori. Resentido por su defecto (su brazo izquierdo quedó permanente estropeado después de un accidente), era vengativo, y no olvidaba nunca (menos aun perdonaba) un desaire. De acuerdo a amigos de su infancia, Iosif "atesoraba los resquemores durante años", y, en palabras de Service, veía "la intervención maligna de seres humanos en todos los problemas personales o políticos que tenía". Se unió al joven partido a los 20, después de dejar el Seminario Teológico de Tiblisi unos meses antes de recibirse en 1899. Su primera esposa, Ketevan Stvanidze, murió en 1907, un año y cuatro meses después de que se casaran. Su segunda, Nadezhda Allilueva, se suicidó en 1932. Tuvo estuvo cerca de sus tres hijos.
Lo que Service nos dice sobre el hombre posiblemente explica la opción decidida e inquebrantable del joven Stalin por el bolchevismo de entre al menos media docena de partidos y movimientos de izquierda en la oposición anti-zarista. Del partido lo atrajo el celo conspirativo, la intolerancia de la disensión, la obsesión con el control y su combinación del dogmatismo doctrinal con flexibilidad táctica.
Stalin parece haber internalizado, luego personificado y construido sobre la base de los componentes más truculentos, despiadados y agresivos de Lenin. La conexión entre el bolchevismo y el estalinismo y entre Lenin y Stalin -la naturaleza y extensión de la cual era discutida acaloradamente por académicos y el mundo de la izquierda- emerge aquí como algo natural y orgánico. Aparte de Lenin, el único otro hombre del que se dice que Stalin había admirado genuinamente, era Hitler. "¡Qué gran tío!", le dijo Stalin a un colega miembro del Politburo después de enterarse de la purga de los camisas marrones nazis conocida como La Noche de los Cuchillos Largos: "¡Qué bien se sacó esto de encima!" (Cuando los dos éramos estudiantes universitarios en Moscú en los años setenta, el nieto de Krushev, Alexei Adzhubei, me habló de recuerdos de su abuelo sobre una delegación nazi de alto nivel que llegó a Moscú a fines de los años 30 para saber más sobre la instalación y administración de campos de concentración). Tres años más tarde, después de meticulosas preparaciones, Stalin lanzó su propia más abarcadora y sangrienta guerra interna por el control total. En dos años de lo que podría ser llamado el Gran Terror, al menos 1.5 millones de personas fueron detenidas y al menos la mitad de ellas ejecutadas -la mayoría de ellos líderes del partido y del estado, ingenieros, intelectuales y oficiales militares hasta nivel de regimiento.
Esta tasa de exterminio no se repetiría, pero el terror masivo y sistemático que comenzó con el nacimiento del estado soviético continuaría hasta la muerte de Stalin. Millones más fueron arrestados, encarcelados, atormentados en el gulag o fusilados. Tampoco fue el Gran Terror el único incidente de carnicería tan intensa en la historia soviética, como estima Donald Rayfield en Stalin and His Hangmen' [Stalin y Sus Verdugos], su cauterizante y bellamente escrita crónica del crimen auspiciado por el estado. Esa macabra distinción pertenece al "holocausto campesino" de 1929-1932, cuando 7.2 y 10.8 millones de aldeanos murieron durante la colectivización', o la eliminación de la propiedad personal de la tierra, las herramientas y el ganado y su concentración forzada en propiedades colectivas' de hecho en poder del estado -un proceso dirigido en particular contra la clase de antiguos acomodados granjeros conocidos como kulaks. (Stalin le diría más tarde a Churchill que la colectivización costó 10 millones de vidas). Se arrestó a familias, que fueron hacinadas en vagones de animales para viajes de días sin agua o alimentos, luego arrojados en la congelada tundra o en pantanos y abandonados a su muerte sin refugio ni comida. Otros kulaks fueron simplemente expulsados de sus casas en mitad del invierno -hombres, mujeres, bebés- y echaron a caminar hasta que murieron de frío o de hambre, mientras se prohibía a todos, bajo pena de compartir su destino, darles una manta o un trozo de pan. La mayoría de las víctimas murieron en la hambruna que siguió a la requisición del trigo, para ser vendido en el extranjero.
Se conocen las etapas de este espantoso período: el terror rojo' desatado después de un intento de asesinato de Lenin, en 1918; los asesinatos de la Guerra Civil, cuando oficiales blancos' que lucharon contra los bolcheviques rojos' fueron subidos a barcazas que luego fueron hundidas; la pacificación' de los pueblos acusados de apoyar a los Blancos; el asesinato de los enemigos de clase', sacados de la guía telefónica de Moscú (incluyendo a todos los Boy Scouts y el Lawn Tennis Club); los juicios falsos de los enemigos' de la nueva sociedad, incluyendo a ingenieros, agrónomos, veterinarios e historiadores; el exterminio de los campesinos; las detenciones, ejecuciones y exilio masivo desde Leningrado tras la muerte del jefe del partido de Leningrado (y potencial rival de Stalin), Sergei Kirov en 1934; el Gran Terror; el asesinato en 1940 de unos 22.000 oficiales polacos en el bosque de Katyn; el exilio genocida de los países traidores' (incluyendo a los chechenos) después de la Segunda Guerra Mundial; y, en los últimos meses de vida de Stalin, la conspiración del doctor' que se rumoreaba fue el preludio de los ahorcamientos públicos en la Plaza Roja y un progrom antisemita en todo el país, que sería seguido por el exilio de más de 2 millones de judíos soviéticos al Lejano Oriente.
Sin embargo, mientras nos entrega detalles escalofriantes de estos tormentos y retratos de los hombres que lo idearon (empezando por los excelentes ensayos sobre Stalin y el fundador de la policía secreta, la Cheka, Feliks Dzierzynski, hijo de un aristócrata polaco, bolchevique fanático y asceta de mejillas ahuecadas que sobrevivía con una dieta de té y pan a la que se había acostumbrado cuando fue prisionero de cárceles zaristas), Rayfield, profesor de ruso y georgiano en la Universidad de Londres y autor de una fina biografía de Chejov, logra que este mal abstracto y a menudo inimaginable se sienta cercano y real. Con capas de historias menores y sorprendentes viñetas y poblada con las voces (tantos los gritos de piedad de las víctimas como las órdenes de ejecución de los comisarios), esta horrible saga adquiere textura, color y una urgencia que cautivará a los lectores incluso a pesar de sí mismos. Uno se sorprende con la fina maestría que ha que hecho de materiales implacablemente deprimentes y a menudo repugnantes, una historia tan irresistible.
Libros reseñados:
Stalin. A Biography
Robert Service
Belknap/Harvard University
715 pp. $29.95
The Tyrant and Those Who Killed for Him
Donald Rayfield
Random House
541 pp. $29.95
Leon Aron es director de estudios rusos en el American Enterprise Institute.
17 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
Los canallas fascinan, y todavía más los criminales masivos. Desde Herodes hasta Pol Pot, de Gengis Kan a Hitler, de Iván el Terrible a Saddam Hussein, hemos sido arrastrados hasta el borde del abismo para dar una mirada en la insondable y fría oscuridad del Mal. ¿Para qué? ¿Para confirmar nuestra propia humanidad? ¿Para aprender, y precavernos, a leer los signos de una creciente barbarie?Incluso en esta galería de mega-canallas, ocupa José Stalin un lugar destacado. Aunque por debajo de su imitador Mao Tse-Tung en números absolutos de compatriotas matados (abatidos, torturados hasta la muerte en cárceles, muertos de hambre en las aldeas, asesinados en campos de concentración) y de Pol Pot en el porcentaje de la población del país exterminado, Stalin no ha sido superado, al menos en tiempos modernos, por el número de personas afectadas por sus políticas -su impacto en el mundo contemporáneo.
Si no hubiese sido por esas políticas, promulgadas e implementadas por un Comintern completamente servil ante Moscú, la izquierda de la Alemania de Weimar no se habría dividido por los implacables ataques de los comunistas contra los social-demócratas (Stalin los llamaba "social-fascistas"). Los dos partidos, que juntos controlaban muchos más votos que los Nacional Socialistas de Hitler (e inicialmente también más poder en la calle), pudieron ciertamente haber impedido que Hitler subiera al poder y, con ello, la Segunda Guerra Mundial. Construido con especificaciones ideológicas estrictas, el estado totalitario -cuya construcción Stalin
completó y perfeccionó y que después de su muerte tomó casi cuatro décadas desmantelar -no podía ser sino agresivo y expansionista en su lucha hasta vencer o morir contra el "capitalismo mundial". De ahí la forzada y violenta sovietización de Europa del Este y Central, con su propio maremoto de muerte, destrucción, sufrimiento e indignidades diarias; la carrera de armas nucleares; la Guerra Fría global; y más muerte en guerras locales desde Corea y Vietnam hasta Afganistán y Nicaragua.
Dada la materia, uno duda en llamar la biografía de Robert Service un acto de amor, pero la expresión parece apropiada para los años (quizás décadas) que seguramente tomó producir el libro, escrito con una implacable y ardua búsqueda de hechos. Asociado de la Academia Británica y del St. Anthony's College de Oxford, y autor de una biografía anterior de Lenin, Service ha escrito un libro reposado, ricamente detallado y rigurosamente investigado, anclado en centenares de fuentes -un texto enorme, pero pulcramente estructurado, refinado, fluido y estimulante.
Como lo son a menudo las finas biografías de líderes políticos, esta también es una versión de un participante (como si fuera) de la gran historia, una nueva perspectiva sobre hechos bien conocidos y temas más amplios. En el caso de Stalin, esas piedras de toque comprenden muchos de los momentos definitorios del siglo 20: el surgimiento del bolchevismo; la Revolución de Octubre de 1917; la Guerra Civil y la fundación del estado soviético y el movimiento comunista mundial; la "revolución desde arriba" de 1928-32, que completó la construcción del primer estado totalitario moderno, industrializado y militarizado, robando y esclavizando a los campesinos que constituían hasta el 80 por ciento de la población de la Unión Soviética; y el Gran Terror de 1936-39, que dejó a Stalin en posesión del mayor poder -y ciertamente el menos amenazado- que cualquiera en la historia moderna.
Siguiendo su objetivo declarado de evitar los estereotipos y abordar su materia con frescura, Service nos presenta un retrato de un déspota paranoico y homicida, no el de un canalla de historieta unidimensional. En las canalladas de semejante escala no hay nunca una sola pistola humeante. Sin embargo, aunque no alcanza lo imposible -una explicación completa de la conducta del hombre en el origen de una de las catástrofes humanitarias más grandes de la historia-, Service hace progresar nuestra comprensión fusionando hábilmente la historia del hombre con la de la doctrina a la que adhirió fanáticamente y al etos y práctica del diminuto partido clandestino.
Iosif Dzhughashvili fue editor de Pravda en 1912 y cambió su alias de partido de Koba' (por el legendario bandido del siglo 19 al que el joven Iosif emulaba), en georgiano, a Stalin', u "hombre de hierro", una traducción de su apellido al ruso (dzhuga es acero en georgiano, stal en ruso). Era un hombre solitario y difícil, grosero y vulgar, cada vez más desequilibrado y desconfiado, pero también fuerte, determinado, capaz y eficiente, ansioso de conocimiento y muy culto. El único hijo sobreviviente de una adorable madre y un padre zapatero y borracho, que les golpeaba a ambos despiadadamente, Iosif creció en una soñolienta ciudad georgiana llamada Gori. Resentido por su defecto (su brazo izquierdo quedó permanente estropeado después de un accidente), era vengativo, y no olvidaba nunca (menos aun perdonaba) un desaire. De acuerdo a amigos de su infancia, Iosif "atesoraba los resquemores durante años", y, en palabras de Service, veía "la intervención maligna de seres humanos en todos los problemas personales o políticos que tenía". Se unió al joven partido a los 20, después de dejar el Seminario Teológico de Tiblisi unos meses antes de recibirse en 1899. Su primera esposa, Ketevan Stvanidze, murió en 1907, un año y cuatro meses después de que se casaran. Su segunda, Nadezhda Allilueva, se suicidó en 1932. Tuvo estuvo cerca de sus tres hijos.
Lo que Service nos dice sobre el hombre posiblemente explica la opción decidida e inquebrantable del joven Stalin por el bolchevismo de entre al menos media docena de partidos y movimientos de izquierda en la oposición anti-zarista. Del partido lo atrajo el celo conspirativo, la intolerancia de la disensión, la obsesión con el control y su combinación del dogmatismo doctrinal con flexibilidad táctica.
Stalin parece haber internalizado, luego personificado y construido sobre la base de los componentes más truculentos, despiadados y agresivos de Lenin. La conexión entre el bolchevismo y el estalinismo y entre Lenin y Stalin -la naturaleza y extensión de la cual era discutida acaloradamente por académicos y el mundo de la izquierda- emerge aquí como algo natural y orgánico. Aparte de Lenin, el único otro hombre del que se dice que Stalin había admirado genuinamente, era Hitler. "¡Qué gran tío!", le dijo Stalin a un colega miembro del Politburo después de enterarse de la purga de los camisas marrones nazis conocida como La Noche de los Cuchillos Largos: "¡Qué bien se sacó esto de encima!" (Cuando los dos éramos estudiantes universitarios en Moscú en los años setenta, el nieto de Krushev, Alexei Adzhubei, me habló de recuerdos de su abuelo sobre una delegación nazi de alto nivel que llegó a Moscú a fines de los años 30 para saber más sobre la instalación y administración de campos de concentración). Tres años más tarde, después de meticulosas preparaciones, Stalin lanzó su propia más abarcadora y sangrienta guerra interna por el control total. En dos años de lo que podría ser llamado el Gran Terror, al menos 1.5 millones de personas fueron detenidas y al menos la mitad de ellas ejecutadas -la mayoría de ellos líderes del partido y del estado, ingenieros, intelectuales y oficiales militares hasta nivel de regimiento.
Esta tasa de exterminio no se repetiría, pero el terror masivo y sistemático que comenzó con el nacimiento del estado soviético continuaría hasta la muerte de Stalin. Millones más fueron arrestados, encarcelados, atormentados en el gulag o fusilados. Tampoco fue el Gran Terror el único incidente de carnicería tan intensa en la historia soviética, como estima Donald Rayfield en Stalin and His Hangmen' [Stalin y Sus Verdugos], su cauterizante y bellamente escrita crónica del crimen auspiciado por el estado. Esa macabra distinción pertenece al "holocausto campesino" de 1929-1932, cuando 7.2 y 10.8 millones de aldeanos murieron durante la colectivización', o la eliminación de la propiedad personal de la tierra, las herramientas y el ganado y su concentración forzada en propiedades colectivas' de hecho en poder del estado -un proceso dirigido en particular contra la clase de antiguos acomodados granjeros conocidos como kulaks. (Stalin le diría más tarde a Churchill que la colectivización costó 10 millones de vidas). Se arrestó a familias, que fueron hacinadas en vagones de animales para viajes de días sin agua o alimentos, luego arrojados en la congelada tundra o en pantanos y abandonados a su muerte sin refugio ni comida. Otros kulaks fueron simplemente expulsados de sus casas en mitad del invierno -hombres, mujeres, bebés- y echaron a caminar hasta que murieron de frío o de hambre, mientras se prohibía a todos, bajo pena de compartir su destino, darles una manta o un trozo de pan. La mayoría de las víctimas murieron en la hambruna que siguió a la requisición del trigo, para ser vendido en el extranjero.
Se conocen las etapas de este espantoso período: el terror rojo' desatado después de un intento de asesinato de Lenin, en 1918; los asesinatos de la Guerra Civil, cuando oficiales blancos' que lucharon contra los bolcheviques rojos' fueron subidos a barcazas que luego fueron hundidas; la pacificación' de los pueblos acusados de apoyar a los Blancos; el asesinato de los enemigos de clase', sacados de la guía telefónica de Moscú (incluyendo a todos los Boy Scouts y el Lawn Tennis Club); los juicios falsos de los enemigos' de la nueva sociedad, incluyendo a ingenieros, agrónomos, veterinarios e historiadores; el exterminio de los campesinos; las detenciones, ejecuciones y exilio masivo desde Leningrado tras la muerte del jefe del partido de Leningrado (y potencial rival de Stalin), Sergei Kirov en 1934; el Gran Terror; el asesinato en 1940 de unos 22.000 oficiales polacos en el bosque de Katyn; el exilio genocida de los países traidores' (incluyendo a los chechenos) después de la Segunda Guerra Mundial; y, en los últimos meses de vida de Stalin, la conspiración del doctor' que se rumoreaba fue el preludio de los ahorcamientos públicos en la Plaza Roja y un progrom antisemita en todo el país, que sería seguido por el exilio de más de 2 millones de judíos soviéticos al Lejano Oriente.
Sin embargo, mientras nos entrega detalles escalofriantes de estos tormentos y retratos de los hombres que lo idearon (empezando por los excelentes ensayos sobre Stalin y el fundador de la policía secreta, la Cheka, Feliks Dzierzynski, hijo de un aristócrata polaco, bolchevique fanático y asceta de mejillas ahuecadas que sobrevivía con una dieta de té y pan a la que se había acostumbrado cuando fue prisionero de cárceles zaristas), Rayfield, profesor de ruso y georgiano en la Universidad de Londres y autor de una fina biografía de Chejov, logra que este mal abstracto y a menudo inimaginable se sienta cercano y real. Con capas de historias menores y sorprendentes viñetas y poblada con las voces (tantos los gritos de piedad de las víctimas como las órdenes de ejecución de los comisarios), esta horrible saga adquiere textura, color y una urgencia que cautivará a los lectores incluso a pesar de sí mismos. Uno se sorprende con la fina maestría que ha que hecho de materiales implacablemente deprimentes y a menudo repugnantes, una historia tan irresistible.
Libros reseñados:
Stalin. A Biography
Robert Service
Belknap/Harvard University
715 pp. $29.95
The Tyrant and Those Who Killed for Him
Donald Rayfield
Random House
541 pp. $29.95
Leon Aron es director de estudios rusos en el American Enterprise Institute.
17 de abril de 2005
©washington post
©traducción mQh
dios y beatles prohibidos
[Wendy Gimbel] Huyendo de un país donde se prohíbe a Dios y a Los Beatles.
El anhelo de un imaginario pasado romántico impregna la memoria cubana. Estamos más que familiarizados con la isla encantada que nunca lo fue: el mar azul, el cielo azul y las ondeantes palmeras; los amantes que caminan tomados de la mano por la ancha muralla marítima que llaman el malecón; la alta sociedad en sus trajes de etiqueta, que pasa la noche bailando en el Club de Yate de La Habana; y siempre, en todas partes, la Guantanamera.
Pero en Finding Mañana' [Buscando al Mañana], los impresionantes recuerdos de Mirta Ojito de su vida en La Habana en los años setenta, no hay lugar para la nostalgia. Con la incisiva y muscular prosa que conviene para describir las realidades cada vez más sombrías de Cuba, Ojito, una periodista para el New York Times, escribe sobre su adolescencia y el rescate de su familia en el éxodo de Mariel en 1980.
Su Cuba posmoderna es una isla aislada donde abundan las imágenes fracturadas de lo absurdo y el fatalismo es una defensa contra la locura: "Nadie puede entrar; nadie puede salir. Dios y Los Beatles fueron prohibidos, los hombres con el pelo largo fueron detenidos, los homosexuales y artistas enviados a campos de trabajos forzados".
Por supuesto, Estados Unidos, la bête noir de Fidel Castro, es responsabilizado de todo. (Si no había huevos en el mercado, era porque los norteamericanos habían envenenado a las gallinas).
Es Final de partida', de Beckett, pero en una coda tropical. Estamos en Cuba; y todavía no hay cura. De hecho, sin embargo, había un camino que te sacaba de esa isla del infierno. El 1 de abril de 1980, cuando un chofer de bus chocó intencionadamente contra las puertas de la embajada del Perú y más de 10.000 cubanos se refugiaron en el asediado recinto, Castro abrió el puerto de Mariel e invitó a todos los cubanos en el exilio que se arriesgaran a visitar la isla a llevarse a sus parientes descontentos de vuelta a Estados Unidos. Pero había una salvedad: no podían partir sin llevarse a los convictos y otros que Castro llamó la "escoria" de sus cárceles. En un período de cinco meses, más de 125.000 cubanos se treparon a botes y partieron en dirección a Florida del Sur.
El relato de Ojito de la fuga de su familia hacia la libertad hace de una especie de imán para un montón de historias más pequeñas que son mantenidas juntas en una especie de campo de tensión. De hecho, si hay alguna distorsión en esta fascinante memoria, es más bien la inserción arbitraria de esas historias en un texto por lo demás fluido. Sin embargo, mientras distrae a los lectores de la historia familiar más importante, esas historias más pequeñas introducen a los mediadores políticos que hicieron Mariel posible: Ernesto Pinto, el diplomático peruano que negoció exitosamente la seguridad de los cubanos que buscaron asilo en su embajada; Napoleón Vilaboa, un veterano de Bahía Cochinos, que se reunió con Castro y lo convenció de que continuara con la operación; y Bernardo Benes, un importante banquero de Miami que creía que los cubanos querían sobre todo liberarse de Castro.
Quizás los materiales más ricos tienen que ver con Benes. Mientras estaba en La Habana negociando la liberación de los presos políticos, oye llorar a su chofer después de recibir una radio de regalo: "Si un hombre llora a la vista de una barata radio de plástico, se preguntó Benes, ¿qué no estarían dispuestos a hacer otros por un coche último modelo, una casa alfombrada, una comida suculenta? Y, se atrevió a preguntarse a sí mismo, ¿qué estarían los cubanos dispuestos a hacer por la libertad?"
El drama personal de Ojito se hace más intenso a medida que se acerca la fecha de partida. Pero es su terriblemente vigoroso padre el que provee la energía que envía a la familia a lanzarse sobre Mariel. Se da cuenta, sin ningún estudio más profundo que su propia intuición, que tiene derecho a la libertad y también a la búsqueda de la felicidad. ¿Cómo podría continuar viviendo en Cuba cuando tenía que acarrear a través de toda la isla un cerdo muerto escondido en una maleta para dar a su familia un placer prohibido? ¿Qué hacer con su hija de 16 años que no había leído nunca un verso de la poesía de Pablo Neruda, pero podía recitar la última carta de Che Guevara a Castro?
En Estados Unidos, le dijo a su hija, un hombre trabajador puede contar con que será capaz de comprar jamón y queso todos los días. Pero, más importante, un hombre no debe temer que alguien le robe su alma.
A diferencia de su padre, Ojito tuvo dudas sobre la perspectiva de dejar Cuba. Escribiendo sobre la enorme y caótico éxodo, dice: "Salimos como cuando uno deja a un amor entrañable pero imposible: nuestros corazones cargados de pena, pero latiendo de esperanza".
A pesar de la complejidad de sus propios sentimientos sobre la partida de su familia, Ojito se las arregla para entregar una imagen clara y memorable de lo que pasó en Mariel: cómo su tío Osvaldo, el hermano de su padre, pasó a recoger a la familia en una lancha pesquera es estado de navegar; cómo Mike Howell, el "capitán" manco del Mañana, acudió a su rescate, negociando el pasaje de la familia hacia Key West mientras los cubanos le apuntaban con un AK-47 a la frente.
Es imposible no admirar el atrevimiento, la ingenuidad, la severidad moral de los escritos de Ojito. En esta maravillosa memoria, se rescata a sí misma de la seducción de la nostalgia, y reivindica en cambio la sitiada Cuba de su infancia -una Cuba que es todavía más interesante porque no es mirada a través del prisma de la añoranza y el deseo.
En Finding Mañana', Ojito despierta la memoria de una papaya en un día caluroso en el campo cubano: color brillante, pulpa suave, semillas amargas.
Wendy Gimbel, autora de Havana Dreams: A Story of Cuba', está actualmente escribiendo otro libro sobre la isla.
10 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
El anhelo de un imaginario pasado romántico impregna la memoria cubana. Estamos más que familiarizados con la isla encantada que nunca lo fue: el mar azul, el cielo azul y las ondeantes palmeras; los amantes que caminan tomados de la mano por la ancha muralla marítima que llaman el malecón; la alta sociedad en sus trajes de etiqueta, que pasa la noche bailando en el Club de Yate de La Habana; y siempre, en todas partes, la Guantanamera.Pero en Finding Mañana' [Buscando al Mañana], los impresionantes recuerdos de Mirta Ojito de su vida en La Habana en los años setenta, no hay lugar para la nostalgia. Con la incisiva y muscular prosa que conviene para describir las realidades cada vez más sombrías de Cuba, Ojito, una periodista para el New York Times, escribe sobre su adolescencia y el rescate de su familia en el éxodo de Mariel en 1980.
Su Cuba posmoderna es una isla aislada donde abundan las imágenes fracturadas de lo absurdo y el fatalismo es una defensa contra la locura: "Nadie puede entrar; nadie puede salir. Dios y Los Beatles fueron prohibidos, los hombres con el pelo largo fueron detenidos, los homosexuales y artistas enviados a campos de trabajos forzados".
Por supuesto, Estados Unidos, la bête noir de Fidel Castro, es responsabilizado de todo. (Si no había huevos en el mercado, era porque los norteamericanos habían envenenado a las gallinas).
Es Final de partida', de Beckett, pero en una coda tropical. Estamos en Cuba; y todavía no hay cura. De hecho, sin embargo, había un camino que te sacaba de esa isla del infierno. El 1 de abril de 1980, cuando un chofer de bus chocó intencionadamente contra las puertas de la embajada del Perú y más de 10.000 cubanos se refugiaron en el asediado recinto, Castro abrió el puerto de Mariel e invitó a todos los cubanos en el exilio que se arriesgaran a visitar la isla a llevarse a sus parientes descontentos de vuelta a Estados Unidos. Pero había una salvedad: no podían partir sin llevarse a los convictos y otros que Castro llamó la "escoria" de sus cárceles. En un período de cinco meses, más de 125.000 cubanos se treparon a botes y partieron en dirección a Florida del Sur.
El relato de Ojito de la fuga de su familia hacia la libertad hace de una especie de imán para un montón de historias más pequeñas que son mantenidas juntas en una especie de campo de tensión. De hecho, si hay alguna distorsión en esta fascinante memoria, es más bien la inserción arbitraria de esas historias en un texto por lo demás fluido. Sin embargo, mientras distrae a los lectores de la historia familiar más importante, esas historias más pequeñas introducen a los mediadores políticos que hicieron Mariel posible: Ernesto Pinto, el diplomático peruano que negoció exitosamente la seguridad de los cubanos que buscaron asilo en su embajada; Napoleón Vilaboa, un veterano de Bahía Cochinos, que se reunió con Castro y lo convenció de que continuara con la operación; y Bernardo Benes, un importante banquero de Miami que creía que los cubanos querían sobre todo liberarse de Castro.
Quizás los materiales más ricos tienen que ver con Benes. Mientras estaba en La Habana negociando la liberación de los presos políticos, oye llorar a su chofer después de recibir una radio de regalo: "Si un hombre llora a la vista de una barata radio de plástico, se preguntó Benes, ¿qué no estarían dispuestos a hacer otros por un coche último modelo, una casa alfombrada, una comida suculenta? Y, se atrevió a preguntarse a sí mismo, ¿qué estarían los cubanos dispuestos a hacer por la libertad?"
El drama personal de Ojito se hace más intenso a medida que se acerca la fecha de partida. Pero es su terriblemente vigoroso padre el que provee la energía que envía a la familia a lanzarse sobre Mariel. Se da cuenta, sin ningún estudio más profundo que su propia intuición, que tiene derecho a la libertad y también a la búsqueda de la felicidad. ¿Cómo podría continuar viviendo en Cuba cuando tenía que acarrear a través de toda la isla un cerdo muerto escondido en una maleta para dar a su familia un placer prohibido? ¿Qué hacer con su hija de 16 años que no había leído nunca un verso de la poesía de Pablo Neruda, pero podía recitar la última carta de Che Guevara a Castro?
En Estados Unidos, le dijo a su hija, un hombre trabajador puede contar con que será capaz de comprar jamón y queso todos los días. Pero, más importante, un hombre no debe temer que alguien le robe su alma.
A diferencia de su padre, Ojito tuvo dudas sobre la perspectiva de dejar Cuba. Escribiendo sobre la enorme y caótico éxodo, dice: "Salimos como cuando uno deja a un amor entrañable pero imposible: nuestros corazones cargados de pena, pero latiendo de esperanza".
A pesar de la complejidad de sus propios sentimientos sobre la partida de su familia, Ojito se las arregla para entregar una imagen clara y memorable de lo que pasó en Mariel: cómo su tío Osvaldo, el hermano de su padre, pasó a recoger a la familia en una lancha pesquera es estado de navegar; cómo Mike Howell, el "capitán" manco del Mañana, acudió a su rescate, negociando el pasaje de la familia hacia Key West mientras los cubanos le apuntaban con un AK-47 a la frente.
Es imposible no admirar el atrevimiento, la ingenuidad, la severidad moral de los escritos de Ojito. En esta maravillosa memoria, se rescata a sí misma de la seducción de la nostalgia, y reivindica en cambio la sitiada Cuba de su infancia -una Cuba que es todavía más interesante porque no es mirada a través del prisma de la añoranza y el deseo.
En Finding Mañana', Ojito despierta la memoria de una papaya en un día caluroso en el campo cubano: color brillante, pulpa suave, semillas amargas.
Wendy Gimbel, autora de Havana Dreams: A Story of Cuba', está actualmente escribiendo otro libro sobre la isla.
10 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
enemigos públicos
[Mark Costello] Los hombres más buscados de Estados Unidos.
Un caluroso día de junio de 1934, John Dillinger, un don nadie de Indiana convertido en asaltante de bancos, recluso fugado, símbolo sexual y fugitivo de la justicia conocido internacionalmente, se estaba aburriendo. Se había transformado en alguien demasiado famoso como para robar cómodamente el banco de Podunkia, Ohio, su antiguo pan de cada día. Se estaba escondiendo en Chicago. Sus gastos eran enormes. Le gustaban los cabarets y daba propinas como Robin Hood. Estaba sobornando a policías de tres jurisdicciones, y tenía que mantener una banda ociosa. Recién se había sometido, con un impresionante y estoico valor, a una tanda de horribles y espantosamente dolorosas operaciones de cirugía plástica realizadas por un abortista de callejón, y la última operación, aunque no fue particularmente efectiva en hacer de Dillinger otra persona, costaba un montón de pasta. Agobiado y apurado de dinero, en junio de 1934 John Dillinger estaba buscando nada menos que un nuevo modo de vivir, y de ganarse la vida.
¿Qué hacer? Dillinger hizo que su abogado llamara a un diario, el sensacionalista Chicago American, ofreciéndole una exclusiva: una dramática entrevista por unos meros 50 mil dólares. Cuando el diario rechazó la oferta, Dillinger se puso a trabajar en lo que esperaba que fueran unas memorias exitosas. Pero escribir memorias que sean éxitos de venta es muy lento en comparación con asaltar bancos. Dillinger pensó en un plan más audaz. Dirigiría y sería el protagonista de una película sobre sus hazañas.
"A Dillinger le entusiasmaba la idea de hacer una película", escribe Bryan Burrough en su nueva y colorida historia de los primeros días del FBI. El plan era comprar cámaras y equipos de filmación y poner a Dillinger y otro miembro de la banda llamado Homer van Meter a charlar sobre los vicios del crimen.
"¡Será un mensaje para la juventud de América!'", dijo van Meter, entusiasta.
"No, esa no es la idea, Van', dijo Dillinger. "Solamente les diremos que el crimen no paga'".
Pero el plan de Dillinger de rodar propaganda del tipo el-crimen-no-paga, no le pagó bien, no dejándole a su pequeña pandilla otra opción que, unos días más tarde, descender al South Bend, Indiana, ocupar las calles en torno a un banco, tomar un montón de rehenes y asesinar a un joven agente de policía antes de escapar con el dinero.
Este es el extraño terreno de Public Enemies'. En 1933 y 1934 millones de estadounidenses, desarraigados por la Depresión, marchaban a la deriva por las calles, familias enteras dormían en sus coches, y vivían en lo que se conocía bajo el lúgubremente jovial eufemismo de campos turísticos' -villas miserias sobre ruedas de la clase media. Se había montado el escenario para un nuevo tipo de delincuente, altamente móvil, armado con metralletas, capaz de fundirse en el tazón de polvo de la diáspora del mismo modo que Osama bin Laden entre los pashtún. Los nombres de esos rufianes todavía resuenan: Nelson Cara de Bebé [Babyface], Metralleta Kelly [Machine Gun Kelly], Ma Barker, Bonnie y Clyde, Dillinger mismo. Otro de este grupo, un asaltante de bancos, de Oklahoma, llamado Charles (el Guapo) Floyd, se transformaría en todo un héroe popular de las praderas, el personaje de una clásica canción de protesta de Woody Guthrie contra el capital: "Sí, he recorrido este mundo / Y he visto montones de hombres divertidos. / Algunos te roban con una pistola. / Y otros con una pluma".
Public Enemies' es la historia de estos fuera-de-la-ley, del país que los produjo y de la apanicada respuesta del gobierno. Por supuesto, había habido criminales antes de 1934. Lo que puso a esta cosecha aparte fue su rara y soñadora inclinación por una especie de condenado y barato glamour. Llamadle el pop trágico americano. Bonnie Parker, una flaca camarera de Texas, era una ávida lectora de revistas policíacas y de cine. Cuando ella y Clyde Barrow salieron de Dallas en su embrollada juerga de asesinatos a través de varios estados, se tomaron un famoso par de fotografías: Bonnie con una pistola, Clyde y Bonnie con cigarros. Las fotos, publicadas ampliamente con las espeluznantes poesías infantiles de Bonnie, se transformaron en la materia prima de las revistas que Bonnie había leído alguna vez. Alvin Karpis, el más astuto de los asaltantes de banco, se tomó el tiempo durante su fuga por varios estados para recorrer con su novia las calles de Hollywood con la esperanza de ver a una estrella de cine. Mientras el Guapo Floyd era el fugitivo más buscado de Estados Unidos, su esposa Ruby, en asociación con predicadores de radio, hizo una corta película sobre un tema cristiano, salió de gira con la película y en un espectáculo de vodevil llamado El Crimen No Paga', todo el tiempo observada y seguida por un equipo de agentes federales. A John Dillinger, igualmente obsesionado con las películas, le dispararon los agentes después de ver Manhattan Melodrama', en la que Clark Gable representaba a un personaje que se parecía un montón a John Dillinger. Estos bandidos amaban las cámaras, y las cámaras a ellos.
Burrough mantiene simples sus temas. El gobierno, enfrentado a un problema nacional con la delincuencia, se vio obligado a improvisar una fuerza de policía nacional que fuera capaz de localizar a los Dillingers y Floyds desde Michigan hasta Florida, desde Cuba hasta Las Vegas. La tarea de crear la nueva policía federal recayó de casualidad en un burócrata desconocido, el joven J. Edgar Hoover. Sabemos lo que pasó. Dillinger, Nelson y Floyd fueron esencialmente asesinados, al estilo de Cali, por los equipos de Hoover. La banda de Barrow fue desmantelada. Alvin Karpis y Metralleta Kelly se transformaron en los prisioneros trofeos de Alcatraz. El mito de los federales como vengadores de traje y corbata se estableció firmemente.
Burrough, corresponsal especial de Vanity Fair y autor de Los bábaros a nuestras puertas', ha escrito un libro que desborda de vívidos retratos. Su Dillinger is inolvidable, un personaje de las historias de Richard Ford, un hombre ruin y desgraciado y de un profundo pesimismo rural.
El retrato de J. Edgar Hoover es incluso más irresistible. Estricto, atildado y dedicado al trabajo de la supresión, Hoover aparece como un histérico límite tratando patéticamente de controlarse a sí mismo. En medio de una tensa cacería, Hoover bombardeó a su principal comandante de operaciones, el arreglado y atractivo Melvin Purvis, con horripilantes avances en memoranda intergubernamentales. Implacable en su persecución de criminales hombres, Hoover (que vivió con su madre hasta sus 43) sentía un extravagante aversión por las mujeres que se cruzaban en su camino, y demonizó a Bonnie Parkerm Ruby Floyd, Kathryn (la Señora Metralleta) y la infame Ma Barker, matriarca de la banda de Barker-Karpis. "Los atrofiados dedos de la maligna y astuta Ma Barker", decía un informe de prensa auspiciado por Hoover, "como satánicos tentáculos, controlaban la madeja de la que pendía el destino de los desesperados". Esta obsesión con las esposas y queridas, con los "dedos atrofiados" de la madre, son clásicos temas del fetichismo duro de Hoover hacia 1934. Sin embargo Burrough, para su crédito, también toca el otro lado: el don de Hoover para la organización, su incorruptibilidad en una época en que casi todas las comisarías de policías estaban "en la planilla", su innovadora fe en el poder de los archivadores (lo que ahora llamamos gestión de información). Con todo, no sorprende que este solitario, brillante, atormentado y reprimido joven a menudo se refería a sí mismo en sus memoranda como "La División".
La División se transformaría en el moderno FBI, una institución con un enorme poder con ángulos muertos igualmente grandes. Como la historia del surgimiento del FBI desde el circo que era 1934, Public Enemies' es un excelente libro sobre crímenes verdaderos con todo lo bueno y las limitaciones que eso implica. El conmovedor libro de Burrough usa con moderación las conclusiones doctorales. Al retratar la victoria de Hoover como progreso, Burrough apenas reconoce la ironía más grande. Matando a Dillinger, ese Grendel de los federales, Hoover entró a ruta que al final se transformó en el monstruo más grande.
Mark Costello es un ex fiscal federal. Su novela más reciente es 'Big If'.
7 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
"
Un caluroso día de junio de 1934, John Dillinger, un don nadie de Indiana convertido en asaltante de bancos, recluso fugado, símbolo sexual y fugitivo de la justicia conocido internacionalmente, se estaba aburriendo. Se había transformado en alguien demasiado famoso como para robar cómodamente el banco de Podunkia, Ohio, su antiguo pan de cada día. Se estaba escondiendo en Chicago. Sus gastos eran enormes. Le gustaban los cabarets y daba propinas como Robin Hood. Estaba sobornando a policías de tres jurisdicciones, y tenía que mantener una banda ociosa. Recién se había sometido, con un impresionante y estoico valor, a una tanda de horribles y espantosamente dolorosas operaciones de cirugía plástica realizadas por un abortista de callejón, y la última operación, aunque no fue particularmente efectiva en hacer de Dillinger otra persona, costaba un montón de pasta. Agobiado y apurado de dinero, en junio de 1934 John Dillinger estaba buscando nada menos que un nuevo modo de vivir, y de ganarse la vida.¿Qué hacer? Dillinger hizo que su abogado llamara a un diario, el sensacionalista Chicago American, ofreciéndole una exclusiva: una dramática entrevista por unos meros 50 mil dólares. Cuando el diario rechazó la oferta, Dillinger se puso a trabajar en lo que esperaba que fueran unas memorias exitosas. Pero escribir memorias que sean éxitos de venta es muy lento en comparación con asaltar bancos. Dillinger pensó en un plan más audaz. Dirigiría y sería el protagonista de una película sobre sus hazañas.
"A Dillinger le entusiasmaba la idea de hacer una película", escribe Bryan Burrough en su nueva y colorida historia de los primeros días del FBI. El plan era comprar cámaras y equipos de filmación y poner a Dillinger y otro miembro de la banda llamado Homer van Meter a charlar sobre los vicios del crimen.
"¡Será un mensaje para la juventud de América!'", dijo van Meter, entusiasta.
"No, esa no es la idea, Van', dijo Dillinger. "Solamente les diremos que el crimen no paga'".
Pero el plan de Dillinger de rodar propaganda del tipo el-crimen-no-paga, no le pagó bien, no dejándole a su pequeña pandilla otra opción que, unos días más tarde, descender al South Bend, Indiana, ocupar las calles en torno a un banco, tomar un montón de rehenes y asesinar a un joven agente de policía antes de escapar con el dinero.
Este es el extraño terreno de Public Enemies'. En 1933 y 1934 millones de estadounidenses, desarraigados por la Depresión, marchaban a la deriva por las calles, familias enteras dormían en sus coches, y vivían en lo que se conocía bajo el lúgubremente jovial eufemismo de campos turísticos' -villas miserias sobre ruedas de la clase media. Se había montado el escenario para un nuevo tipo de delincuente, altamente móvil, armado con metralletas, capaz de fundirse en el tazón de polvo de la diáspora del mismo modo que Osama bin Laden entre los pashtún. Los nombres de esos rufianes todavía resuenan: Nelson Cara de Bebé [Babyface], Metralleta Kelly [Machine Gun Kelly], Ma Barker, Bonnie y Clyde, Dillinger mismo. Otro de este grupo, un asaltante de bancos, de Oklahoma, llamado Charles (el Guapo) Floyd, se transformaría en todo un héroe popular de las praderas, el personaje de una clásica canción de protesta de Woody Guthrie contra el capital: "Sí, he recorrido este mundo / Y he visto montones de hombres divertidos. / Algunos te roban con una pistola. / Y otros con una pluma".
Public Enemies' es la historia de estos fuera-de-la-ley, del país que los produjo y de la apanicada respuesta del gobierno. Por supuesto, había habido criminales antes de 1934. Lo que puso a esta cosecha aparte fue su rara y soñadora inclinación por una especie de condenado y barato glamour. Llamadle el pop trágico americano. Bonnie Parker, una flaca camarera de Texas, era una ávida lectora de revistas policíacas y de cine. Cuando ella y Clyde Barrow salieron de Dallas en su embrollada juerga de asesinatos a través de varios estados, se tomaron un famoso par de fotografías: Bonnie con una pistola, Clyde y Bonnie con cigarros. Las fotos, publicadas ampliamente con las espeluznantes poesías infantiles de Bonnie, se transformaron en la materia prima de las revistas que Bonnie había leído alguna vez. Alvin Karpis, el más astuto de los asaltantes de banco, se tomó el tiempo durante su fuga por varios estados para recorrer con su novia las calles de Hollywood con la esperanza de ver a una estrella de cine. Mientras el Guapo Floyd era el fugitivo más buscado de Estados Unidos, su esposa Ruby, en asociación con predicadores de radio, hizo una corta película sobre un tema cristiano, salió de gira con la película y en un espectáculo de vodevil llamado El Crimen No Paga', todo el tiempo observada y seguida por un equipo de agentes federales. A John Dillinger, igualmente obsesionado con las películas, le dispararon los agentes después de ver Manhattan Melodrama', en la que Clark Gable representaba a un personaje que se parecía un montón a John Dillinger. Estos bandidos amaban las cámaras, y las cámaras a ellos.
Burrough mantiene simples sus temas. El gobierno, enfrentado a un problema nacional con la delincuencia, se vio obligado a improvisar una fuerza de policía nacional que fuera capaz de localizar a los Dillingers y Floyds desde Michigan hasta Florida, desde Cuba hasta Las Vegas. La tarea de crear la nueva policía federal recayó de casualidad en un burócrata desconocido, el joven J. Edgar Hoover. Sabemos lo que pasó. Dillinger, Nelson y Floyd fueron esencialmente asesinados, al estilo de Cali, por los equipos de Hoover. La banda de Barrow fue desmantelada. Alvin Karpis y Metralleta Kelly se transformaron en los prisioneros trofeos de Alcatraz. El mito de los federales como vengadores de traje y corbata se estableció firmemente.
Burrough, corresponsal especial de Vanity Fair y autor de Los bábaros a nuestras puertas', ha escrito un libro que desborda de vívidos retratos. Su Dillinger is inolvidable, un personaje de las historias de Richard Ford, un hombre ruin y desgraciado y de un profundo pesimismo rural.
El retrato de J. Edgar Hoover es incluso más irresistible. Estricto, atildado y dedicado al trabajo de la supresión, Hoover aparece como un histérico límite tratando patéticamente de controlarse a sí mismo. En medio de una tensa cacería, Hoover bombardeó a su principal comandante de operaciones, el arreglado y atractivo Melvin Purvis, con horripilantes avances en memoranda intergubernamentales. Implacable en su persecución de criminales hombres, Hoover (que vivió con su madre hasta sus 43) sentía un extravagante aversión por las mujeres que se cruzaban en su camino, y demonizó a Bonnie Parkerm Ruby Floyd, Kathryn (la Señora Metralleta) y la infame Ma Barker, matriarca de la banda de Barker-Karpis. "Los atrofiados dedos de la maligna y astuta Ma Barker", decía un informe de prensa auspiciado por Hoover, "como satánicos tentáculos, controlaban la madeja de la que pendía el destino de los desesperados". Esta obsesión con las esposas y queridas, con los "dedos atrofiados" de la madre, son clásicos temas del fetichismo duro de Hoover hacia 1934. Sin embargo Burrough, para su crédito, también toca el otro lado: el don de Hoover para la organización, su incorruptibilidad en una época en que casi todas las comisarías de policías estaban "en la planilla", su innovadora fe en el poder de los archivadores (lo que ahora llamamos gestión de información). Con todo, no sorprende que este solitario, brillante, atormentado y reprimido joven a menudo se refería a sí mismo en sus memoranda como "La División".
La División se transformaría en el moderno FBI, una institución con un enorme poder con ángulos muertos igualmente grandes. Como la historia del surgimiento del FBI desde el circo que era 1934, Public Enemies' es un excelente libro sobre crímenes verdaderos con todo lo bueno y las limitaciones que eso implica. El conmovedor libro de Burrough usa con moderación las conclusiones doctorales. Al retratar la victoria de Hoover como progreso, Burrough apenas reconoce la ironía más grande. Matando a Dillinger, ese Grendel de los federales, Hoover entró a ruta que al final se transformó en el monstruo más grande.
Mark Costello es un ex fiscal federal. Su novela más reciente es 'Big If'.
7 de abril de 2005
©new york times
©traducción mQh
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el precio de una novia
[John Lancaster] Osadas mujeres indias rechazan cada vez más exigencias de parientes políticos.
Sayin, India. Ella llevaba un sari de seda roja. Él, un traje de hombre de negocios de color granate y un turbante dorado con blanco. Frente a varios cientos de invitados, se colocaron guirlandas de rosas y maravillas, luego sellaron su unión dando vueltas siete veces en torno a una fogata de madera de mango mientras un sacerdote hindú salmodiaba oraciones. Todos concordaron en que la boda fue espléndida.
Pero casi tan pronto como se apagaron las llamas, el matrimonio entre Keshav Sharma y su esposa, Pooja Pathak, se derrumbó en medio de feas recriminaciones.
Incluso aunque los Pathak habían pagado una importante dote -incluyendo una motocicleta y unos 700 dólares en rupias-, ni el novio ni su padre lo encontraron suficiente. Amar Sharma, el padre, declaró apenas dos horas después de la ceremonia el mes pasado que ellos no aceptarían a la joven en su casa a menos que llegara con una nueva televisión a colores y un reproductor de videos, de acuerdo a testigos y la policía.
Para Pooja, si no para sus padres, la exigencia rompía el compromiso.
"Si tu padre le dijera que tienes que comer estiércol de vaca, ¿lo comerías?", le gritó al avergonzado novio antes de decirle que se fuera al diablo. El padre y el hijo fueron acusados subsecuentemente de violar las leyes indias contra la dote.
Tales actos de desafío son raros en India, donde la dote y su lúgubre corolario -el asesinato de las jóvenes novias cuyas familias no logran reunir el botín necesario- sigue estando profundamente enraizada. Pero están siendo más frecuentes. El caso de Pooja fue el último en una serie de bien publicitados incidentes en los que las novias han rechazado las exigencias de dote, sugiriendo que algunas jóvenes están perdiendo la paciencia con la milenaria tradición hindú.
El más famoso de esos episodios ocurrió en 2003, cuando Nisha Sharma, una estudiante de informática de Nueva Deli, llamó a la policía a su boda después de que la familia del novio hiciera a última hora una petición de 25.000 en rupias, además del coche y los electrodomésticos que se les había prometido. La atrevida acción de Sharma le ganó la atención y el elogio mundial -entre otras cosas, inspiró un reclame de televisión para un popular producto de belleza- y prontos otras siguieron su ejemplo.
"Hay jóvenes educadas que se están levantando, y que quieren que otra gente sepa lo que están haciendo", dijo Brinda Karat, secretario general de la Asociación Democrática de Mujeres de India. "Casos como estos llaman la atención del público y causan un impacto".
Aunque la dote ha sido ilegal en India desde 1961, la lucha para erradicar la práctica ha ido cuesta arriba. A pesar de la publicidad generada por el caso de Sharma y otras como ella, la policía se muestra reticente a la hora de hacer cargos por dote, y las condenas son extremadamente raras, de acuerdo a Karat y otros expertos (el caso de Sharma está todavía en tribunales). Unas 6.000 son matadas al año -a menudo rociadas con queroseno y quemadas en "accidentes" de cocina montados- o acosadas hasta el suicidio por maridos y parientes políticos enfadados por peticiones de dote incumplidas, según datos del gobierno.
Un estudio de 2002 de la asociación de mujeres concluyó que la costumbre del pago de la novia, tradicionalmente de las castas superiores, se ha hecho dominante en India y se está extendiendo "a través de regiones, castas y comunidades", dijo Karat, que atribuye la tendencia al crecimiento del consumismo de la clase media. El estudio se basó en entrevistas con 10.000 personas en 18 de los 28 estados de India.
Excepto por su desenlace, las penurias de Pooja parecen haber seguido un esquema familiar.
Pequeña y delgada, Pooja, que está cursando su último año en la secundaria, se ve más joven que sus 18 años. Es la mayor de tres hermanos y nativa de Sayin, un pueblo agrícola de unas 200 familias justo en las afueras de la ciudad sagrada hindú de Varanasi -también conocida como Banaras-, a unos 580 kilómetros al sudeste de Nueva Deli, la capital. Su padre, Omkar Pathak, posee una pequeña tienda de areca, un estimulante suave.
Como la mayoría de los padres indios, Pathak y su esposa, Renu, consideraban que era su deber encontrar marido para sus hijas. El verano pasado, tras averiguar con amigos y parientes, encontraron un prometedor candidato en Keshav Sharma, un estudiante de ciencias políticas en la Universidad Hindú, donde su padre trabaja como jardinero.
Las familias acordaron reunirse en un templo, donde Pooja y su futuro marido pudieron hablar en privado durante unos tres minutos. "Yo pensé: Es una buena persona'", contó Pooja, que no volvería a ver a Keshav sino el día de su boda, siete meses más tarde. Además, agregó: "Era guapo".
La dote figuró prominentemente en las negociaciones entre las dos familias, de acuerdo Omkar Pathak. Al principio, dijo, los Sharma pidieron unos 1.200 dólares en rupias, así como una motocicleta Honda, un reloj, un anillo de oro, una televisión a color y un reproductor de video. Finalmente las familias acordaron la suma menor de 700 dólares y una marca más barata de motocicleta, y que la televisión a color y el reproductor de video serían entregados algunos meses después de la boda, dijo Pathak.
"El padre de la chica es un inútil", dijo. "Aunque el padre no cree en la dote, tiene que inclinarse, porque tiene que pensar en la felicidad de su hija".
La noche de la boda, las cosas parecían marchar bien. Luces de colores brillaban sobre el patio de tierra fuera de la modesta casa de los Pathak, y una banda de músicos saludaba la llegada de la procesión del novio. Más tarde, unos 500 invitados cenaron estofado de lentejas y salsa de tamarindo mientras los altavoces resonaban con canciones de Bollywood. Algunos invitados se alargaron en el ritual del fuego, que duró hasta las cuatro de la mañana, cuando la novia volvió a su casa y el novio y su familia se dirigieron a un residencia comunitaria cercana.
Dos horas más tarde, Keshav y su padre volvieron a recoger a Pooja y sus pertenencias, que ella empacó en cuatro maletas en preparación de la mudanza a casa de los Sharma al otro lado de la ciudad. Los padres de la novia sirvieron un desayuno ritual de yogur y confite de melaza. Pero los ánimos se agriaron pronto, dijo Renu Pathak, cuando el viejo Sharma y su hijo dejaron claro que esperaban que se les entregara una televisión y un reproductor de video en ese momento mismo.
Los padres de la novia trataron de conciliar, dijeron ellos y testigos. Juntando las manos en el gesto hindú de sumisión, dijeron que habían dado más de lo que podían y prometieron entregar los artículos adicionales tan pronto como pudieran.
Pero los Sharma no se apaciguaron. "El hijo dijo: No hemos pedido nada grande'", dijo Aparna Dwivedi, que dirige un grupo de bienestar social sin ánimos de lucro que emplea a Pooja como voluntario y había parado esa mañana en la aldea para darle los parabienes. "El padre del novio estaba parado ahí y usaba un lenguaje grosero y ofensivo".
Cuando el padre de la novia quiso subrayar su desesperación arrodillándose para tocar los pies del viejo Sharma, este le dio una patada, según el parte policial.
Pooja, que había estado escuchando desde el tejado, dijo que finalmente había decidido tomar el asunto en sus manos. Todavía con su sari matrimonial, corrió abajo a enfrentarse con su nuevo marido, que trató de culpar a su padre de la situación.
Pero Pooja no lo aceptaría. "Váyase de aquí", dijo que había declarado, amenazando con golpear a Keshav con un zapato. "Yo estaba muy enfadada", dijo. "Les habíamos dado tanto, y ellos todavía seguían con la boca abierta".
La rabia de Pooja tuvo un efecto galvanizador sobre sus padres. Incitados por sus parientes, decidieron que su hija y la dote no eran suficientemente buenas para los Sharma, entonces los dos hombres podían igualmente "tomar el aire en la cárcel", como dijo la madre de Pooja. Omkar Pathak llamó a la policía, que arrestó a los Sharma y los detuvo durante siete noches, después de lo cual fueron dejados en libertad bajo fianza.
En una entrevista reciente, Keshav, 22, dijo que los padres de la novia habían dado la motocicleta y el dinero de propia iniciativa, no como condición del matrimonio, y negó que él o su padre hubiesen insistido en los artículos adicionales. Dijo que todavía estaba perplejo sobre la causa de la discusión. "No sabemos qué pasó", dijo. "Mi padre no es un tipo al que demandarías".
El agente de policía V.K. Singh dijo que varios testigos independientes habían corroborado el relato de Pathak. El viejo Sharma, agregó, reconoció haber hecho las peticiones de dote a última hora cuando Sing habló con él la noche en que fue detenido.
A pesar de los cargos criminales que cuelgan sobre la familia, Keshav y su madre dijeron que seguían teniendo la esperanza de que Pooja se mudara a vivir con ellos. Eso parece poco probable. Por su coraje por hacer frente a la familia, ha sido festejada por grupos de mujeres, honrada por una universidad del estado y le han ofrecido un curso gratuito en un instituto de informática.
Además, dijo Pooja, "no quiero casarme ahora. Quiero terminar mis estudios".
Rama Lakshmi contribuyó a este reportaje.
29 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh
Pero casi tan pronto como se apagaron las llamas, el matrimonio entre Keshav Sharma y su esposa, Pooja Pathak, se derrumbó en medio de feas recriminaciones.
Incluso aunque los Pathak habían pagado una importante dote -incluyendo una motocicleta y unos 700 dólares en rupias-, ni el novio ni su padre lo encontraron suficiente. Amar Sharma, el padre, declaró apenas dos horas después de la ceremonia el mes pasado que ellos no aceptarían a la joven en su casa a menos que llegara con una nueva televisión a colores y un reproductor de videos, de acuerdo a testigos y la policía.
Para Pooja, si no para sus padres, la exigencia rompía el compromiso.
"Si tu padre le dijera que tienes que comer estiércol de vaca, ¿lo comerías?", le gritó al avergonzado novio antes de decirle que se fuera al diablo. El padre y el hijo fueron acusados subsecuentemente de violar las leyes indias contra la dote.
Tales actos de desafío son raros en India, donde la dote y su lúgubre corolario -el asesinato de las jóvenes novias cuyas familias no logran reunir el botín necesario- sigue estando profundamente enraizada. Pero están siendo más frecuentes. El caso de Pooja fue el último en una serie de bien publicitados incidentes en los que las novias han rechazado las exigencias de dote, sugiriendo que algunas jóvenes están perdiendo la paciencia con la milenaria tradición hindú.
El más famoso de esos episodios ocurrió en 2003, cuando Nisha Sharma, una estudiante de informática de Nueva Deli, llamó a la policía a su boda después de que la familia del novio hiciera a última hora una petición de 25.000 en rupias, además del coche y los electrodomésticos que se les había prometido. La atrevida acción de Sharma le ganó la atención y el elogio mundial -entre otras cosas, inspiró un reclame de televisión para un popular producto de belleza- y prontos otras siguieron su ejemplo.
"Hay jóvenes educadas que se están levantando, y que quieren que otra gente sepa lo que están haciendo", dijo Brinda Karat, secretario general de la Asociación Democrática de Mujeres de India. "Casos como estos llaman la atención del público y causan un impacto".
Aunque la dote ha sido ilegal en India desde 1961, la lucha para erradicar la práctica ha ido cuesta arriba. A pesar de la publicidad generada por el caso de Sharma y otras como ella, la policía se muestra reticente a la hora de hacer cargos por dote, y las condenas son extremadamente raras, de acuerdo a Karat y otros expertos (el caso de Sharma está todavía en tribunales). Unas 6.000 son matadas al año -a menudo rociadas con queroseno y quemadas en "accidentes" de cocina montados- o acosadas hasta el suicidio por maridos y parientes políticos enfadados por peticiones de dote incumplidas, según datos del gobierno.
Un estudio de 2002 de la asociación de mujeres concluyó que la costumbre del pago de la novia, tradicionalmente de las castas superiores, se ha hecho dominante en India y se está extendiendo "a través de regiones, castas y comunidades", dijo Karat, que atribuye la tendencia al crecimiento del consumismo de la clase media. El estudio se basó en entrevistas con 10.000 personas en 18 de los 28 estados de India.
Excepto por su desenlace, las penurias de Pooja parecen haber seguido un esquema familiar.
Pequeña y delgada, Pooja, que está cursando su último año en la secundaria, se ve más joven que sus 18 años. Es la mayor de tres hermanos y nativa de Sayin, un pueblo agrícola de unas 200 familias justo en las afueras de la ciudad sagrada hindú de Varanasi -también conocida como Banaras-, a unos 580 kilómetros al sudeste de Nueva Deli, la capital. Su padre, Omkar Pathak, posee una pequeña tienda de areca, un estimulante suave.
Como la mayoría de los padres indios, Pathak y su esposa, Renu, consideraban que era su deber encontrar marido para sus hijas. El verano pasado, tras averiguar con amigos y parientes, encontraron un prometedor candidato en Keshav Sharma, un estudiante de ciencias políticas en la Universidad Hindú, donde su padre trabaja como jardinero.
Las familias acordaron reunirse en un templo, donde Pooja y su futuro marido pudieron hablar en privado durante unos tres minutos. "Yo pensé: Es una buena persona'", contó Pooja, que no volvería a ver a Keshav sino el día de su boda, siete meses más tarde. Además, agregó: "Era guapo".
La dote figuró prominentemente en las negociaciones entre las dos familias, de acuerdo Omkar Pathak. Al principio, dijo, los Sharma pidieron unos 1.200 dólares en rupias, así como una motocicleta Honda, un reloj, un anillo de oro, una televisión a color y un reproductor de video. Finalmente las familias acordaron la suma menor de 700 dólares y una marca más barata de motocicleta, y que la televisión a color y el reproductor de video serían entregados algunos meses después de la boda, dijo Pathak.
"El padre de la chica es un inútil", dijo. "Aunque el padre no cree en la dote, tiene que inclinarse, porque tiene que pensar en la felicidad de su hija".
La noche de la boda, las cosas parecían marchar bien. Luces de colores brillaban sobre el patio de tierra fuera de la modesta casa de los Pathak, y una banda de músicos saludaba la llegada de la procesión del novio. Más tarde, unos 500 invitados cenaron estofado de lentejas y salsa de tamarindo mientras los altavoces resonaban con canciones de Bollywood. Algunos invitados se alargaron en el ritual del fuego, que duró hasta las cuatro de la mañana, cuando la novia volvió a su casa y el novio y su familia se dirigieron a un residencia comunitaria cercana.
Dos horas más tarde, Keshav y su padre volvieron a recoger a Pooja y sus pertenencias, que ella empacó en cuatro maletas en preparación de la mudanza a casa de los Sharma al otro lado de la ciudad. Los padres de la novia sirvieron un desayuno ritual de yogur y confite de melaza. Pero los ánimos se agriaron pronto, dijo Renu Pathak, cuando el viejo Sharma y su hijo dejaron claro que esperaban que se les entregara una televisión y un reproductor de video en ese momento mismo.
Los padres de la novia trataron de conciliar, dijeron ellos y testigos. Juntando las manos en el gesto hindú de sumisión, dijeron que habían dado más de lo que podían y prometieron entregar los artículos adicionales tan pronto como pudieran.
Pero los Sharma no se apaciguaron. "El hijo dijo: No hemos pedido nada grande'", dijo Aparna Dwivedi, que dirige un grupo de bienestar social sin ánimos de lucro que emplea a Pooja como voluntario y había parado esa mañana en la aldea para darle los parabienes. "El padre del novio estaba parado ahí y usaba un lenguaje grosero y ofensivo".
Cuando el padre de la novia quiso subrayar su desesperación arrodillándose para tocar los pies del viejo Sharma, este le dio una patada, según el parte policial.
Pooja, que había estado escuchando desde el tejado, dijo que finalmente había decidido tomar el asunto en sus manos. Todavía con su sari matrimonial, corrió abajo a enfrentarse con su nuevo marido, que trató de culpar a su padre de la situación.
Pero Pooja no lo aceptaría. "Váyase de aquí", dijo que había declarado, amenazando con golpear a Keshav con un zapato. "Yo estaba muy enfadada", dijo. "Les habíamos dado tanto, y ellos todavía seguían con la boca abierta".
La rabia de Pooja tuvo un efecto galvanizador sobre sus padres. Incitados por sus parientes, decidieron que su hija y la dote no eran suficientemente buenas para los Sharma, entonces los dos hombres podían igualmente "tomar el aire en la cárcel", como dijo la madre de Pooja. Omkar Pathak llamó a la policía, que arrestó a los Sharma y los detuvo durante siete noches, después de lo cual fueron dejados en libertad bajo fianza.
En una entrevista reciente, Keshav, 22, dijo que los padres de la novia habían dado la motocicleta y el dinero de propia iniciativa, no como condición del matrimonio, y negó que él o su padre hubiesen insistido en los artículos adicionales. Dijo que todavía estaba perplejo sobre la causa de la discusión. "No sabemos qué pasó", dijo. "Mi padre no es un tipo al que demandarías".
El agente de policía V.K. Singh dijo que varios testigos independientes habían corroborado el relato de Pathak. El viejo Sharma, agregó, reconoció haber hecho las peticiones de dote a última hora cuando Sing habló con él la noche en que fue detenido.
A pesar de los cargos criminales que cuelgan sobre la familia, Keshav y su madre dijeron que seguían teniendo la esperanza de que Pooja se mudara a vivir con ellos. Eso parece poco probable. Por su coraje por hacer frente a la familia, ha sido festejada por grupos de mujeres, honrada por una universidad del estado y le han ofrecido un curso gratuito en un instituto de informática.
Además, dijo Pooja, "no quiero casarme ahora. Quiero terminar mis estudios".
Rama Lakshmi contribuyó a este reportaje.
29 de marzo de 2005
©washington post
©traducción mQh
dedo humano en la sopa
Cuando tomaba su sopa en un restaurante de Estados Unidos. Una mujer encontró un dedo humano, con uña incluida, cuando degustaba su cena en una conocida cadena de restaurantes de comida rápida en California (sudoeste), dijeron funcionarios del Departamento de Salud a la AFP.
San Francisco, Estados Unidos. La mujer pidió una sopa de chile picante, y se encontró con el dedo de una persona el martes pasado, contó Joy Alexiou, del Departamento de Salud de Santa Clara.
"Estaba comiendo su chile cuando mordió algo duro y, al mirar de cerca, descubrió que era un dedo humano", dijo la funcionaria.
Asqueada, inmediatamente empezó a vomitar.
"Era la yema con toda la uña. Fue una experiencia horrible para ella que comenzó a vomitar apenas vio lo que había mordido", indicó.
Luego de hacer un inventario de todos los dedos de los empleados del restaurante Wendy's y verificar que ninguno de ellos había perdido una yema, el dedo en cuestión fue entregado a la policía para su custodia y análisis.
Los empleados del local habían puesto la anónima yema en un congelador a la espera de que la policía y funcionarios de la Salud a investigar.
"No tenemos idea de a quién pueda pertenecer", dijo Alexiou. "No es de ningún empleado", añadió.
La policía intenta tomar una huella del dedo, que estuvo cocinándose por horas con el chile, e investiga si pudo haber llegado dentro de algún ingrediente envasado.
27 de marzo de 2005
©mi punto
San Francisco, Estados Unidos. La mujer pidió una sopa de chile picante, y se encontró con el dedo de una persona el martes pasado, contó Joy Alexiou, del Departamento de Salud de Santa Clara. "Estaba comiendo su chile cuando mordió algo duro y, al mirar de cerca, descubrió que era un dedo humano", dijo la funcionaria.
Asqueada, inmediatamente empezó a vomitar.
"Era la yema con toda la uña. Fue una experiencia horrible para ella que comenzó a vomitar apenas vio lo que había mordido", indicó.
Luego de hacer un inventario de todos los dedos de los empleados del restaurante Wendy's y verificar que ninguno de ellos había perdido una yema, el dedo en cuestión fue entregado a la policía para su custodia y análisis.
Los empleados del local habían puesto la anónima yema en un congelador a la espera de que la policía y funcionarios de la Salud a investigar.
"No tenemos idea de a quién pueda pertenecer", dijo Alexiou. "No es de ningún empleado", añadió.
La policía intenta tomar una huella del dedo, que estuvo cocinándose por horas con el chile, e investiga si pudo haber llegado dentro de algún ingrediente envasado.
27 de marzo de 2005
©mi punto
más apariciones de la virgen
[Bernadette Murphy] Internet y la Madonna.
La Virgen María se ha estado apareciendo a los católicos durante siglos. En 1858, mi tocaya Bernadette Soubirous la vio en un gruta en Lourdes, Francia. La aparición le pidió a Bernadette, una niña campesina de 14 años de frágil salud, que excavara en el piso de la gruta; ahí surgió un manantial. Hoy sigue fluyendo, y peregrinos de todo el mundo visitan Lourdes por ese agua, de la que se dice que tienen milagrosas propiedades curativas.
También ha habido otras visiones famosas: Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora de Fátima y, hace poco, las visiones de Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina, en 1981. La mayoría de las apariciones han ocurrido décadas y miles de kilómetros aparte. Incluso con un ferviente sistema de boca en boca, a menudo tomó años para que el resto del mundo se enterara de estos acontecimientos místicos.
Pero últimamente ha habido un enorme aumento en el número de visiones reportadas, gracias en gran parte a internet, dice el antropólogo italiano Paolo Apolito. Se puede argumentar que el acceso a este poderoso medio de comunicación ha sacado a la superficie sólo el vasto número de visiones que pueden haber estado ocurriendo. O quizás internet, que proporciona a los fieles un tesoro de historias de visiones, está nutriendo ese exponencial aumento. Cualquiera la razón, el movimiento de visiones marianas -escribe Apolito en su erudito libro The Internet y the Madonna'- ha crecido a un ritmo impresionante, atrayendo a cientos de nuevos videntes, miles de testigos de fenómenos maravillosos y milagrosos, y millones de creyentes.
"Este proceso ha alterado profundamente la percepción misma de la religión entre un importante número de católicos... en una dirección completamente inesperada", dice. "En realidad, ha recreado un ambiente pre-Vaticano II, y quizás incluso una elaborada ideología de rechazo y oposición a la modernidad". Irónicamente, este interés en las visiones ha sido impulsado por el sello distintivo de la modernidad misma: internet.
Apolito cree que el penetrante eclecticismo que es un rasgo característico de la cultura visionaria católica, una cultura en la que las visiones religiosas se mezclan con internet, iconos llorones con la televisión, estigmas que rezuman sangre con laboratorios con tecnologías de avanzada, monjas voladoras con cámaras de video digitales, nubes misteriosas con futuristas cámaras acopladas a telescopios, "adivinaciones y fax" -en otras palabras, una ola de creencias religiosas neo-barrocas combinadas con una masiva expansión del uso de equipos y aparatos de alta tecnología".
Apolito visita un enorme número de páginas web, listas de correo electrónico, grupos de noticias y líneas de chat que ofrecen un asombroso volumen de relatos de primera mano, documentos, mensajes, fotografías de milagros, videos, conversaciones y debates sobre la evidencia presentada. Curiosamente, esta ola de visiones religiosas se ha concentrado en países tecnológicamente avanzados, especialmente en Estados Unidos, donde se ha reportado la más extensa proliferación de fenómenos visionarios.
"Si la Virgen María hablara inglés ahora, lo hablaría con acento americano", escribe Apolito.
Desde el principio, el autor dice que no se pronuncia sobre la verosimilitud de estas visiones. Después de todo, es antropólogo y su trabajo es documentar lo que ocurre, no decidir sobre su validez. Sin embargo, es interesante que en la segunda mitad del libro, entrega muchas razones por las que los fieles deben temer a internet. Un devoto visitante de la red corre el riesgo de desviarse de la ruta "en cada momento de la navegación", dice, observando lo fácil que es acceder a una página y terminar en otra, donde "se pueden abrir los portales del infierno erótico o pornográfico" o brincar "a territorios protestantes, o en circuitos que no son religiosos". Más horroroso para el modo de pensar de Apolito es que la iglesia católica no pueda juzgar sobre la legitimidad de internet. "En la web no hay una autoridad en el altar, como en la iglesia, que responda las preguntas de los fieles, ni hay una autoridad que termine una discusión con sus observaciones oficiales".
Se puede avanzar el argumento contrario: que quizás por no haber una autoridad institucional que supervise la web, los lectores tienen acceso a experiencias visionarias más diversas, y que los que han tenido visiones se sienten libres de escribir sobre sus encuentros sin temor de una reprimenda institucional. Pero eso no ayuda a esta perspectiva.
Sin embargo, The Internet and the Madonna' es un libro fascinante, aunque denso, que examina cómo la tecnología moderna se está labrando un lugar entre los más metafísicos, misteriosos y, a veces, dudosos de los fenómenos.
Libro reseñado:
Religious Visionary Experience on the Web
Paolo Apolito
Traducido del italiano al inglés por Antony Shugaar.
University of Chicago Press.
240 pp., $26
27 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
La Virgen María se ha estado apareciendo a los católicos durante siglos. En 1858, mi tocaya Bernadette Soubirous la vio en un gruta en Lourdes, Francia. La aparición le pidió a Bernadette, una niña campesina de 14 años de frágil salud, que excavara en el piso de la gruta; ahí surgió un manantial. Hoy sigue fluyendo, y peregrinos de todo el mundo visitan Lourdes por ese agua, de la que se dice que tienen milagrosas propiedades curativas.También ha habido otras visiones famosas: Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora de Fátima y, hace poco, las visiones de Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina, en 1981. La mayoría de las apariciones han ocurrido décadas y miles de kilómetros aparte. Incluso con un ferviente sistema de boca en boca, a menudo tomó años para que el resto del mundo se enterara de estos acontecimientos místicos.
Pero últimamente ha habido un enorme aumento en el número de visiones reportadas, gracias en gran parte a internet, dice el antropólogo italiano Paolo Apolito. Se puede argumentar que el acceso a este poderoso medio de comunicación ha sacado a la superficie sólo el vasto número de visiones que pueden haber estado ocurriendo. O quizás internet, que proporciona a los fieles un tesoro de historias de visiones, está nutriendo ese exponencial aumento. Cualquiera la razón, el movimiento de visiones marianas -escribe Apolito en su erudito libro The Internet y the Madonna'- ha crecido a un ritmo impresionante, atrayendo a cientos de nuevos videntes, miles de testigos de fenómenos maravillosos y milagrosos, y millones de creyentes.
"Este proceso ha alterado profundamente la percepción misma de la religión entre un importante número de católicos... en una dirección completamente inesperada", dice. "En realidad, ha recreado un ambiente pre-Vaticano II, y quizás incluso una elaborada ideología de rechazo y oposición a la modernidad". Irónicamente, este interés en las visiones ha sido impulsado por el sello distintivo de la modernidad misma: internet.
Apolito cree que el penetrante eclecticismo que es un rasgo característico de la cultura visionaria católica, una cultura en la que las visiones religiosas se mezclan con internet, iconos llorones con la televisión, estigmas que rezuman sangre con laboratorios con tecnologías de avanzada, monjas voladoras con cámaras de video digitales, nubes misteriosas con futuristas cámaras acopladas a telescopios, "adivinaciones y fax" -en otras palabras, una ola de creencias religiosas neo-barrocas combinadas con una masiva expansión del uso de equipos y aparatos de alta tecnología".
Apolito visita un enorme número de páginas web, listas de correo electrónico, grupos de noticias y líneas de chat que ofrecen un asombroso volumen de relatos de primera mano, documentos, mensajes, fotografías de milagros, videos, conversaciones y debates sobre la evidencia presentada. Curiosamente, esta ola de visiones religiosas se ha concentrado en países tecnológicamente avanzados, especialmente en Estados Unidos, donde se ha reportado la más extensa proliferación de fenómenos visionarios.
"Si la Virgen María hablara inglés ahora, lo hablaría con acento americano", escribe Apolito.
Desde el principio, el autor dice que no se pronuncia sobre la verosimilitud de estas visiones. Después de todo, es antropólogo y su trabajo es documentar lo que ocurre, no decidir sobre su validez. Sin embargo, es interesante que en la segunda mitad del libro, entrega muchas razones por las que los fieles deben temer a internet. Un devoto visitante de la red corre el riesgo de desviarse de la ruta "en cada momento de la navegación", dice, observando lo fácil que es acceder a una página y terminar en otra, donde "se pueden abrir los portales del infierno erótico o pornográfico" o brincar "a territorios protestantes, o en circuitos que no son religiosos". Más horroroso para el modo de pensar de Apolito es que la iglesia católica no pueda juzgar sobre la legitimidad de internet. "En la web no hay una autoridad en el altar, como en la iglesia, que responda las preguntas de los fieles, ni hay una autoridad que termine una discusión con sus observaciones oficiales".
Se puede avanzar el argumento contrario: que quizás por no haber una autoridad institucional que supervise la web, los lectores tienen acceso a experiencias visionarias más diversas, y que los que han tenido visiones se sienten libres de escribir sobre sus encuentros sin temor de una reprimenda institucional. Pero eso no ayuda a esta perspectiva.
Sin embargo, The Internet and the Madonna' es un libro fascinante, aunque denso, que examina cómo la tecnología moderna se está labrando un lugar entre los más metafísicos, misteriosos y, a veces, dudosos de los fenómenos.
Libro reseñado:
Religious Visionary Experience on the Web
Paolo Apolito
Traducido del italiano al inglés por Antony Shugaar.
University of Chicago Press.
240 pp., $26
27 de marzo de 2005
©los angeles times
©traducción mQh
manifiesto calvinista de weber
[Francis Fukuyama] A 100 años de la publicación de La ética protestante y el espíritu del capitalismo' Francis Fukuyama elaboró, para el New York Times, un ensayo donde se pregunta por la vigencia de una de las obras cumbres del célebre sociólogo alemán. A su juicio, la importancia de los factores religiosos en el desarrollo económico -y en el acontecer político- hacen necesaria una nueva mirada a Weber.
Este año se cumple el centenario del más famoso tratado sociológico jamás escrito, La ética protestante y el espíritu del capitalismo', de Max Weber. Fue un libro que rebatió a Karl Marx. La religión, de acuerdo con Weber, no era una ideología producida por intereses económicos (El "opio de las masas", en las palabras de Marx), sino más bien lo que había hecho posible el mundo capitalista moderno. En esta década, cuando las culturas parecen estar colisionando y cuando la religión es culpada con frecuencia de los fracasos de la modernización y de la democracia en el mundo musulmán, el libro y las ideas de Weber merecen una nueva mirada.
El argumento de Weber se centraba en el protestantismo ascético. El decía que la doctrina calvinista de la predestinación llevaba a los creyentes a buscar demostrar su estatus de elegidos, cuestión que hacían dedicándose al comercio y a la acumulación material. De este modo, el protestantismo creó una ética laboral -esto es, una valoración del trabajo por sí mismo, más que por sus resultados- y demolió la antigua doctrina aristotélica/católico-romana, según la cual se debía adquirir sólo la riqueza necesaria para vivir bien. Adicionalmente, el protestantismo advirtió a sus seguidores en cuanto a comportarse correctamente fuera de los límites familiares, cuestión decisiva para crear un sistema de confianza social.
La tesis de Weber fue controvertida desde el momento en que se publicó. Diversos académicos señalaron que era empíricamente incorrecta en cuanto al desempeño económico superior de los protestantes respecto de los católicos. Que las sociedades católicas habían comenzado a desarrollar el capitalismo moderno mucho antes de la Reforma y que fue la Contrarreforma, más que el catolicismo en sí, la que había llevado al atraso. El economista alemán Werner Sombart afirmó haber encontrado el equivalente funcional de la ética protestante en el judaísmo, mientras Robert Bellah la descubrió en el budismo Tokugawa japonés.
No hay riesgo en afirmar que la mayoría de los economistas contemporáneos no toman en serio las hipótesis de Weber, ni ninguna otra teoría culturalista del crecimiento económico. Muchos sostienen que la cultura es una categoría residual en la que se refugian los cientistas sociales perezosos cuando no pueden desarrollar una teoría más rigurosa. Hay, en verdad, razones para ser cautelosos a la hora de usar la cultura para explicar resultados económicos y políticos. Los propios escritos de Weber acerca de las otras grandes religiones mundiales, y su impacto en la modernización, sirven como advertencias. Su libro La religión de China: confucianismo y taoísmo' (1916) da una mirada muy sombría a las perspectivas de desarrollo económico en la china confucianista, cuya cultura, se destaca en cierto punto, ofrece sólo un obstáculo ligeramente menor que el de Japón al surgimiento del capitalismo moderno.
Lo que atrasó a la China y al Japón tradicionales, podemos entender ahora, no fue la cultura, sino las instituciones sofocantes, malas políticas y tácticas inadecuadas. Una vez que éstas fueron reparadas, ambas sociedades despegaron. La cultura es sólo uno de los muchos factores que determinan el éxito de una sociedad. Esto es algo para tener en mente cuando se oye que la religión del Islam explica el terrorismo, la falta de democracia u otros fenómenos en el Medio Oriente.
Al mismo tiempo, nadie puede negar la importancia de la religión y la cultura al determinar por qué las instituciones funcionan en algunos países mejor que en otros. Las regiones católicas de Europa fueron más lentas en modernizarse que las protestantes y les tomó más tiempo aceptar la democracia. Así, buena parte de lo que Samuel Huntington llamó la "tercera ola" de democratización tuvo lugar entre los '70 y los '90 en lugares como España, Portugal y muchos países de Latinoamérica. Aún hoy, entre las sociedades altamente seculares que integran la Unión Europea, hay un claro declive de actitudes hacia la corrupción política desde el norte protestante hacia el sur mediterráneo. Fue la entrada a la Unión de los correctos escandinavos la que finalmente forzó la renuncia de su plana ejecutiva completa en 1999, por un escándalo de corrupción que involucraba a un ex primer ministro francés.
La ética protestante' plantea interrogantes mucho más profundas acerca del rol de la religión en la vida moderna que lo sugerido por la mayoría de los debates al respecto. Weber sostiene que en el mundo moderno la ética del trabajo se ha despojado de las pasiones religiosas que le dieron origen, y que ahora es parte de un capitalismo basado en la ciencia y en la razón. Los valores para Weber no surgen racionalmente, sino del tipo de creatividad humana que inspiró originalmente a las grandes religiones. El creía que su fuente fundamental yacía en lo que etiquetó como "autoridad carismática", en el sentido griego original de "tocada por Dios". El mundo moderno, decía, ha visto este tipo de autoridad derrotada por una forma burocrático-racional que apaga el espíritu humano (produciendo lo que llamó una "jaula de hierro"), aun si ha hecho al mundo pacífico y próspero. La modernidad todavía es perseguida por el "fantasma de las creencias religiosas muertas", pero lleva largo tiempo vaciada de espiritualidad auténtica. Esto fue especialmente cierto, creía Weber, en Estados Unidos, donde "la persecución de la riqueza, desprovista de su sentido religioso y ético tiende a asociarse con pasiones puramente mundanas".
Vale la pena mirar más de cerca el modo en que la visión de Weber del mundo moderno ha rendido en el siglo que siguió a la publicación de La ética protestante'. De muchas formas, por cierto, se ha mostrado fatalmente precisa: el capitalismo basado en la razón y la ciencia se ha diseminado por el planeta, llevando avances materiales a grandes áreas del mundo, integrándolo en lo que ahora llamamos globalización.
Pero huelga decir que la religión y la pasión religiosa no han muerto. No sólo debido a la militancia islámica, sino también al ascenso protestante-evangélico global que, en números concretos, rivaliza con el Islam fundamentalista como fuente de auténtica religiosidad. El renacer del hinduismo entre los indios de clase media o el surgimiento del movimiento Falun Gong en China, o la reaparición de la ortodoxia oriental en Rusia y otros ex territorios comunistas, o la constante resonancia de la religión en EE.UU., sugiere que la secularización y el racionalismo difícilmente pueden ser subalternos ineludibles de la modernización.
Uno podría examinar con mayor amplitud aquello que constituye la religión y la autoridad carismática. El siglo pasado estuvo marcado por lo que el teórico alemán Carl Schmitt llamó movimientos "político-teológicos", como el nazismo y el marxismo-leninismo, basados en compromisos vehementes con creencias fundamentalmente irracionales. El marxismo sostenía ser científico, pero sus adherentes en el mundo real siguieron a líderes como Lenin, Stalin o Mao con un tipo de adhesión ciega a la autoridad indistinguible de la pasión religiosa. (Durante la Revolución Cultural en China la gente debía tener cuidado con lo que hacía con los diarios viejos. Si un diario tenía una foto de Mao y alguien se sentaba en la imagen sagrada o usaba el diario para envolver pescado, corría peligro de que lo que designaran como contrarrevolucionario).
Sorpresivamente, la visión weberiana de una modernidad caracterizada por "especialistas sin espíritu y sensualistas sin corazón" es mucho más aplicable a la Europa moderna que a los EE.UU. de hoy. La Europa actual es un continente pacífico, próspero, administrado racionalmente por la Unión Europea y completamente secular. Los europeos pueden seguir usando términos como "derechos humanos" y "dignidad humana", que están enraizados en los valores cristianos de su civilización, pero pocos de ellos podrían dar cuenta coherente de por qué siguen creyendo en tales cosas. El fantasma de las creencias religiosas muertas atormenta a Europa mucho más que a Estados Unidos.
La ética protestante' de Weber fue, de esta manera, tremendamente exitosa en cuanto estímulo al pensamiento acerca de la relación entre valores culturales y modernidad. Pero como reporte histórico del ascenso del capitalismo moderno, o como ejercicio de predicción social, ha resultado ser menos correcto.
Al violento siglo que siguió a la publicación de su libro no le faltó autoridad carismática. Y el siglo que viene amenaza con traer aún más de lo mismo. Uno puede preguntarse si acaso la nostalgia de Weber por la autenticidad espiritual -lo que podría llamarse su nietzscheanismo- no se habrá extraviado, y si vivir en la jaula de hierro del racionalismo moderno es una cosa tan terrible, después de todo.
Los Cómo y los Porqué del Capitalismo, Según Weber
"Durante mucho tiempo", escribe Alain Payrefitte en La sociedad de la confianza', "la única alternativa a la sociología marxista de la economía fue la de Max Weber". Fundador de la sociología moderna junto a Karl Marx y Emile Durkheim, Weber nació en Erfurt, Prusia, en 1820.
Hijo de un destacado político del Partido Liberal Nacional de la época de Bismarck, estudió en las universidades de Heidelberg, Berlín y Gotinga, interesándose por el derecho, la historia y la economía. Advirtiendo que la sociología no podía imitar al pie de la letra a las ciencias "duras", propuso el establecimiento de tipos sociales ideales, base de la construcción de modelos teóricos más rigurosos.
El método se aplicó en La ética protestante y el espíritu del capitalismo' (1905), donde estudió la moral que proponían algunos grupos calvinistas de los siglos XVI y XVII para mostrar lo que él veía como una evidencia: que las sociedades protestantes estaban mejor dotadas que las católicas para el progreso económico. El punto radica en establecer el porqué y el cómo de lo que constituye "la potencia más decisiva de nuestra vida moderna: el capitalismo".
Entre varios otros puntos del libro, Weber designa al ascestismo propio del puritanismo de raíz calvinista (según el cual "cada hora perdida es sustraída al trabajo que contribuye a la gloria divina") como condición de la racionalidad económica.
El Marx de los burgueses' se resistía a aceptar el determinismo económico planteado por el ideólogo del comunismo, reivindicando la importancia de los factores culturales, así como de la progresiva racionalidad que incluso ciertas religiones eran capaces de proveer. Redactor de la Constitución de la República de Weimar, falleció en 1919. Tres años después, su viuda publica Economía y sociedad', otra de sus obras clave.
20 de marzo de 2005
27 de marzo de 2005
©tercera
Este año se cumple el centenario del más famoso tratado sociológico jamás escrito, La ética protestante y el espíritu del capitalismo', de Max Weber. Fue un libro que rebatió a Karl Marx. La religión, de acuerdo con Weber, no era una ideología producida por intereses económicos (El "opio de las masas", en las palabras de Marx), sino más bien lo que había hecho posible el mundo capitalista moderno. En esta década, cuando las culturas parecen estar colisionando y cuando la religión es culpada con frecuencia de los fracasos de la modernización y de la democracia en el mundo musulmán, el libro y las ideas de Weber merecen una nueva mirada.El argumento de Weber se centraba en el protestantismo ascético. El decía que la doctrina calvinista de la predestinación llevaba a los creyentes a buscar demostrar su estatus de elegidos, cuestión que hacían dedicándose al comercio y a la acumulación material. De este modo, el protestantismo creó una ética laboral -esto es, una valoración del trabajo por sí mismo, más que por sus resultados- y demolió la antigua doctrina aristotélica/católico-romana, según la cual se debía adquirir sólo la riqueza necesaria para vivir bien. Adicionalmente, el protestantismo advirtió a sus seguidores en cuanto a comportarse correctamente fuera de los límites familiares, cuestión decisiva para crear un sistema de confianza social.
La tesis de Weber fue controvertida desde el momento en que se publicó. Diversos académicos señalaron que era empíricamente incorrecta en cuanto al desempeño económico superior de los protestantes respecto de los católicos. Que las sociedades católicas habían comenzado a desarrollar el capitalismo moderno mucho antes de la Reforma y que fue la Contrarreforma, más que el catolicismo en sí, la que había llevado al atraso. El economista alemán Werner Sombart afirmó haber encontrado el equivalente funcional de la ética protestante en el judaísmo, mientras Robert Bellah la descubrió en el budismo Tokugawa japonés.
No hay riesgo en afirmar que la mayoría de los economistas contemporáneos no toman en serio las hipótesis de Weber, ni ninguna otra teoría culturalista del crecimiento económico. Muchos sostienen que la cultura es una categoría residual en la que se refugian los cientistas sociales perezosos cuando no pueden desarrollar una teoría más rigurosa. Hay, en verdad, razones para ser cautelosos a la hora de usar la cultura para explicar resultados económicos y políticos. Los propios escritos de Weber acerca de las otras grandes religiones mundiales, y su impacto en la modernización, sirven como advertencias. Su libro La religión de China: confucianismo y taoísmo' (1916) da una mirada muy sombría a las perspectivas de desarrollo económico en la china confucianista, cuya cultura, se destaca en cierto punto, ofrece sólo un obstáculo ligeramente menor que el de Japón al surgimiento del capitalismo moderno.
Lo que atrasó a la China y al Japón tradicionales, podemos entender ahora, no fue la cultura, sino las instituciones sofocantes, malas políticas y tácticas inadecuadas. Una vez que éstas fueron reparadas, ambas sociedades despegaron. La cultura es sólo uno de los muchos factores que determinan el éxito de una sociedad. Esto es algo para tener en mente cuando se oye que la religión del Islam explica el terrorismo, la falta de democracia u otros fenómenos en el Medio Oriente.
Al mismo tiempo, nadie puede negar la importancia de la religión y la cultura al determinar por qué las instituciones funcionan en algunos países mejor que en otros. Las regiones católicas de Europa fueron más lentas en modernizarse que las protestantes y les tomó más tiempo aceptar la democracia. Así, buena parte de lo que Samuel Huntington llamó la "tercera ola" de democratización tuvo lugar entre los '70 y los '90 en lugares como España, Portugal y muchos países de Latinoamérica. Aún hoy, entre las sociedades altamente seculares que integran la Unión Europea, hay un claro declive de actitudes hacia la corrupción política desde el norte protestante hacia el sur mediterráneo. Fue la entrada a la Unión de los correctos escandinavos la que finalmente forzó la renuncia de su plana ejecutiva completa en 1999, por un escándalo de corrupción que involucraba a un ex primer ministro francés.
La ética protestante' plantea interrogantes mucho más profundas acerca del rol de la religión en la vida moderna que lo sugerido por la mayoría de los debates al respecto. Weber sostiene que en el mundo moderno la ética del trabajo se ha despojado de las pasiones religiosas que le dieron origen, y que ahora es parte de un capitalismo basado en la ciencia y en la razón. Los valores para Weber no surgen racionalmente, sino del tipo de creatividad humana que inspiró originalmente a las grandes religiones. El creía que su fuente fundamental yacía en lo que etiquetó como "autoridad carismática", en el sentido griego original de "tocada por Dios". El mundo moderno, decía, ha visto este tipo de autoridad derrotada por una forma burocrático-racional que apaga el espíritu humano (produciendo lo que llamó una "jaula de hierro"), aun si ha hecho al mundo pacífico y próspero. La modernidad todavía es perseguida por el "fantasma de las creencias religiosas muertas", pero lleva largo tiempo vaciada de espiritualidad auténtica. Esto fue especialmente cierto, creía Weber, en Estados Unidos, donde "la persecución de la riqueza, desprovista de su sentido religioso y ético tiende a asociarse con pasiones puramente mundanas".
Vale la pena mirar más de cerca el modo en que la visión de Weber del mundo moderno ha rendido en el siglo que siguió a la publicación de La ética protestante'. De muchas formas, por cierto, se ha mostrado fatalmente precisa: el capitalismo basado en la razón y la ciencia se ha diseminado por el planeta, llevando avances materiales a grandes áreas del mundo, integrándolo en lo que ahora llamamos globalización.
Pero huelga decir que la religión y la pasión religiosa no han muerto. No sólo debido a la militancia islámica, sino también al ascenso protestante-evangélico global que, en números concretos, rivaliza con el Islam fundamentalista como fuente de auténtica religiosidad. El renacer del hinduismo entre los indios de clase media o el surgimiento del movimiento Falun Gong en China, o la reaparición de la ortodoxia oriental en Rusia y otros ex territorios comunistas, o la constante resonancia de la religión en EE.UU., sugiere que la secularización y el racionalismo difícilmente pueden ser subalternos ineludibles de la modernización.
Uno podría examinar con mayor amplitud aquello que constituye la religión y la autoridad carismática. El siglo pasado estuvo marcado por lo que el teórico alemán Carl Schmitt llamó movimientos "político-teológicos", como el nazismo y el marxismo-leninismo, basados en compromisos vehementes con creencias fundamentalmente irracionales. El marxismo sostenía ser científico, pero sus adherentes en el mundo real siguieron a líderes como Lenin, Stalin o Mao con un tipo de adhesión ciega a la autoridad indistinguible de la pasión religiosa. (Durante la Revolución Cultural en China la gente debía tener cuidado con lo que hacía con los diarios viejos. Si un diario tenía una foto de Mao y alguien se sentaba en la imagen sagrada o usaba el diario para envolver pescado, corría peligro de que lo que designaran como contrarrevolucionario).
Sorpresivamente, la visión weberiana de una modernidad caracterizada por "especialistas sin espíritu y sensualistas sin corazón" es mucho más aplicable a la Europa moderna que a los EE.UU. de hoy. La Europa actual es un continente pacífico, próspero, administrado racionalmente por la Unión Europea y completamente secular. Los europeos pueden seguir usando términos como "derechos humanos" y "dignidad humana", que están enraizados en los valores cristianos de su civilización, pero pocos de ellos podrían dar cuenta coherente de por qué siguen creyendo en tales cosas. El fantasma de las creencias religiosas muertas atormenta a Europa mucho más que a Estados Unidos.
La ética protestante' de Weber fue, de esta manera, tremendamente exitosa en cuanto estímulo al pensamiento acerca de la relación entre valores culturales y modernidad. Pero como reporte histórico del ascenso del capitalismo moderno, o como ejercicio de predicción social, ha resultado ser menos correcto.
Al violento siglo que siguió a la publicación de su libro no le faltó autoridad carismática. Y el siglo que viene amenaza con traer aún más de lo mismo. Uno puede preguntarse si acaso la nostalgia de Weber por la autenticidad espiritual -lo que podría llamarse su nietzscheanismo- no se habrá extraviado, y si vivir en la jaula de hierro del racionalismo moderno es una cosa tan terrible, después de todo.
Los Cómo y los Porqué del Capitalismo, Según Weber
"Durante mucho tiempo", escribe Alain Payrefitte en La sociedad de la confianza', "la única alternativa a la sociología marxista de la economía fue la de Max Weber". Fundador de la sociología moderna junto a Karl Marx y Emile Durkheim, Weber nació en Erfurt, Prusia, en 1820.
Hijo de un destacado político del Partido Liberal Nacional de la época de Bismarck, estudió en las universidades de Heidelberg, Berlín y Gotinga, interesándose por el derecho, la historia y la economía. Advirtiendo que la sociología no podía imitar al pie de la letra a las ciencias "duras", propuso el establecimiento de tipos sociales ideales, base de la construcción de modelos teóricos más rigurosos.
El método se aplicó en La ética protestante y el espíritu del capitalismo' (1905), donde estudió la moral que proponían algunos grupos calvinistas de los siglos XVI y XVII para mostrar lo que él veía como una evidencia: que las sociedades protestantes estaban mejor dotadas que las católicas para el progreso económico. El punto radica en establecer el porqué y el cómo de lo que constituye "la potencia más decisiva de nuestra vida moderna: el capitalismo".
Entre varios otros puntos del libro, Weber designa al ascestismo propio del puritanismo de raíz calvinista (según el cual "cada hora perdida es sustraída al trabajo que contribuye a la gloria divina") como condición de la racionalidad económica.
El Marx de los burgueses' se resistía a aceptar el determinismo económico planteado por el ideólogo del comunismo, reivindicando la importancia de los factores culturales, así como de la progresiva racionalidad que incluso ciertas religiones eran capaces de proveer. Redactor de la Constitución de la República de Weimar, falleció en 1919. Tres años después, su viuda publica Economía y sociedad', otra de sus obras clave.
20 de marzo de 2005
27 de marzo de 2005
©tercera