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reseñas

h.s. thompson, lucidez delirante


[Cristóbal Peña] El escritor y periodista fue un prócer de la contracultura norteamericana. Como en sus reportajes, el cronista maldito del Nuevo Periodismo -especie de opuesto complementario de Tom Wolfe- escogió para su vida un final de alto impacto. De un disparo en la cabeza se fue el hombre que patentó un estilo en el que la noticia era él y debía ser contada con los sentidos alterados.
Era el primer encuentro y terminaría con un final estrambótico, absurdo, literalmente explosivo, con hamburguesas volando por los aires, vidrios rotos y gente paralizada. Todo por la broma (o advertencia, o gracia o algo así) de Hunter S. Thompson a Tom Wolfe. Dos de las principales estrellas del Nuevo Periodismo, dos jóvenes celebridades reunidas a fines de los sesenta en un restorán de Nueva York. Wolfe era ya ese exasperante dandy sureño (terno crema, camisa almidonada, corbata y pañuelo de seda) y un año antes había ganado fama con su chispeante novela pop ‘The Electric Kool-Aid Acid Test' (Ponche de Acido Lisérgico, 1968). Thompson, su antítesis -gorrito de lana o gorra de béisbol, jeans deslavados, lentes Ray Ban, colilla de cigarro en los labios- ya era saludado (o agredido) en la calle por ser el autor de un libro-reportaje sobre los Angeles del Infierno (‘Hell's Angeles', 1966), temidas pandillas de motociclistas en las que se inflitró, granjeándose reconocimiento, una paliza y amenazas de muerte. Este último era un buen pretexto para andar armado. A veces con pistola, otras con escopeta. Pero ese día primaveral de 1969, había preferido algo menos obvio. Debajo de la mesa del restorán, Thompson guardaba un pequeño envoltorio café que había pasado a recoger poco antes. Wolfe lo había acompañado a buscarlo, sin preguntar de qué se trataba. Pero no se contuvo, y en medio del almuerzo cedió a su curiosidad. "Tengo algo aquí que haría desaparecer este restorán en veinte segundos", le contó su amigo, preguntándole si quería verlo. Y aunque el otro dijo no hay problema, no te molestes, ya me imagino, era tarde: Thompson sacaba algo parecido a una lata de crema de afeitar, apretaba la tapa y provocaba lo que Wolfe define como "la más violenta perforación mental que jamás había escuchado". Entonces vinieron las hamburguesas por los aires, los vidrios rotos, la gente paralizada... Son esas cosas que no se olvidan nunca. Una señal de socorro marina, audible a veinte millas bajo el agua, detonada en un restorán. Ese tipo de cosas que se cuentan en ocasiones especiales. Por eso Tom Wolfe la contó esta semana en una columna para The Wall Street Journal: Hunter S. Thompson había muerto. Pero no de modo natural ni menos silencioso. Fiel al estilo gonzo, según el cual el periodista es protagonista y detonante de los hechos, había preferido ser carne de su propia leyenda, pegándose un tiro en la cabeza la noche del pasado domingo.

¡Mozo, Dos Daiquiris!
El segundo encuentro fue en 1976. Esta vez no hubo estruendo pero sí mucho alcohol. Thompson era ya una celebridad nacional emergida desde la contracultura, referente de nuevas generaciones periodísticas que le seguían los pasos, como si eso fuese posible. Años atrás, encomendado por una revista de deportes y acompañado por un supuesto abogado, se había embarcado en un descapotable para un viaje de exceso y descontrol a la ciudad de Las Vegas. La delirante experiencia, narrada en primera persona bajo los efectos combinados del éter, ácido, marihuana y alcohol (la cocaína se voló en el camino), fue publicada por la revista Rolling Stone en 1971 y más tarde en un libro que obtuvo estatus de culto. Más aún con la versión fílmica que en 1998 dirigió Terry Gilliam, con las actuaciones de Johnny Deep y Benicio Del Toro. Después vino el seguimiento a la campaña de reelección de Nixon -"ese oscuro, venal e incurablemente violento lado del carácter americano"-, en paralelo a la campaña demócrata (1972). Su creciente fama de drogo y alcohólico despertó el interés de la prensa por saber de adónde había salido ese tipo. "Fui un delincuente juvenil y sé más de cárceles que la mayoría de los convictos del país. De los 15 a los 18 años mi vida transcurrió entre rejas y las calles", contó a un periodista. Después se supo que había entrado a trabajar en una revista de la marina y al poco tiempo expulsado, y que a fines de los 50 ofició de periodista en un diario de mala muerte de Puerto Rico, donde "el director no sabe ni escribir un titular", según describió en la novela testimonial ‘El diario del ron' (1998). Esos sí que eran buenos tiempos para Thompson. Los mejores. Trabajaba poco y se dedicaba a la bebida y el sexo con mujeres que no pedían exactamente compromiso ("no creo que, en total, llegáramos a decirnos más de cincuenta palabras", escribió de una de sus amantes). Pero a mediados de los 70 el idilio de su juventud se consumía rápido. Estaba casado y vivía en Aspen, Colorado, en una casa fortificada, con armas y perros. Ahí lo encontró Wolfe por segunda vez, invitándolo a un restorán antes de dar una conferencia. "Hunter -escribe el autor de ‘La hoguera de las vanidades'- ordenó dos plátanos y dos daiquiris". Y así se fue, de dos en dos, hasta terminar completamente borracho y ser expulsado de la conferencia. "No cabía en su felicidad", recuerda Wolfe.

Cabeza de Pistola
Con el tiempo se distanciaron, aunque de verdad nunca estuvieron cerca. Thompson siempre se negó a ser encasillado en el Nuevo Periodismo, y a diferencia de Wolfe, su estilo narrativo era directo y seco, vigoroso pero sin mayor pirotecnia. Tampoco coincidieron en lo político. Si Wolfe criticó a la izquierda y se jactó de apoyar a George W. Bush en su reelección, Thompson mantuvo siempre su lealtad con los demócratas. Hasta acá surgen simpatías por este personaje vestido de una aparente corrección política, que incluso escribía sobre deportes en ESPN. Pero Thompson no era correcto ni le gustaba caer simpático. Defendía la libre circulación de drogas y de armas. Apoyó a John Kerry, pero era amigo del ultraderechista Pat Buchanan. Fue militante demócrata y miembro activo de la Asociación Nacional del Rifle (NRA). Es cierto, hasta el último domingo uno podría pensar que apoyaba a la NRA porque necesita estar en guardia ante las amenazas de muerte. Pero ahora se entiende. Hunter S. Thompson necesitaba de un arma para defenderse de sí mismo, cuando llegara la hora.

27 de febrero de 2005
24 de marzo de 2005
©tercera

vida de un vendedor viajero


[Marjorie Miller] Recordando al otro Arthur Miller.
Mi padre era un vendedor llamado Arthur Miller, y la muerte del dramaturgo me hizo recordar esta ironía. Me incitó a pensar en qué es un nombre y qué una vida.
Después de asistir a la Universidad de Michigan (cuatro años después del otro Arthur Miller), mi padre vendió gasolina y llantas en su nativa Iowa, luego empaquetó a su esposa e hijos en una furgoneta de 1960 y, como otros muchos antes de él, se dirigió al Oeste en búsqueda de su sueño de una vida mejor. Tuvo un negocio de llantas y bicicletas en California del Norte antes de quebrar, y luego se trasladó al sur a vender herramientas a compañías de defensa y aeroespaciales.
Mis padres toparon con la mística de Arthur Miller durante su viaje de luna de miel hacia California. Esto fue en una época en que las mujeres todavía llevaban guantes blancos cuando salían a comprar al centro de la ciudad y usaban siempre el nombre del marido. Mi madre hizo una cita en la peluquería de Beverly Hills a nombre de la señora de Arthur Miller y cuando llegó el lugar estaba a punto de reventar. Cuando se presentó a sí misma, la gente en torno a ella pusieron cara larga y mi madre se dio cuenta de que ellos habían estado esperando a Marilyn Monroe. "Si queréis saber lo que es desilusión, imaginad como se siente mi marido", chasqueó.
Mi padre vivía feliz de poder sacar ventaja del nombre de Arthur Miller. Cuando llamaba para reservar una mesa en un restaurante y un aspirante a actor le preguntaba: "¿El escritor Arthur Miller?", no se compungía en decir que sí, si eso le reportaba una mesa. A menudo lo hacía y colgaba con la sonrisa de un gato que se acaba de comer un ratón: "Yo sé escribir".
Más a menudo, sin embargo, era el personaje Willy Loman, de ‘Muerte de un viajante', el que obsesionaba a mi papá. Y como para muchos hombres que se hicieron maduros durante la Segunda Guerra Mundial, los ingresos y la auto-estima iban tomados de la mano en este Arthur Miller. Trabajaba tenazmente para mantenerse a flote, y se decepcionaba de sí mismo por no ganar más.
Había un montón de diferencias entre Loman y mi papá. Entre ellas, Loman compró una casa en Nueva York, y era empleado en el negocio de otro, mientras que papá alquilaba un apartamento en Santa Mónica y era independiente. Pero compartían algunos de los mismos valores y sufrían humillaciones parecidas. Loman necesitaba no solamente ser aceptado, sino "bien acogido" y se sintió traicionado por una empresa que consumió la fresca pulpa de sus años productivos y luego se deshizo de él como si fuera la cáscara de una naranja. Papá quería ser conocido como un hombre honesto y, sin haberse nunca plenamente al turbulento mundo de los negocios de las grandes ciudades, se sentía traicionado cuando otros lo adelantaban, moviéndose más rápido y sin respetar las reglas.
Papá era amable y gracioso, pero eso significaba menos para él que su sueño de conducir un caro coche norteamericano y dar a mi mamá las baratijas que veía en las esposas de otros hombres. En lo fundamental, quería ganarse el respeto que él creía que tenía que ver con el dinero.
Amaba a su familia. Pero cuando discutíamos sobre política, él pensaba que no le respetábamos. Habiendo servido en el Ejército, se enfurecía con las amenazas de mi hermano de mudarse a Canadá si lo llamaban a hacer el servicio militar durante la Guerra de Vietnam. Dijo que me había enviado a la universidad para que encontrara marido y no podía entender por qué no quería comprar un seguro de vida a los 18 años para mis hijos futuros. "No tengo intenciones de tener marido o hijos", protestaba yo.
Mi rebeldía era un rechazo de su vida, y de una absoluta falta de respeto. Pero entonces me casé, tuve hijos, y compré un seguro.
Santa Mónica prosperó en una década, pero no mi padre. A medida que los contratistas aeroespaciales y de defensa cerraban sus puertas, Papá debía viajar cada vez más lejos para vender algo. Se ponía contento cuando tenía "un montón de carne en el asador", pero a medida que pasaba el tiempo más se frustraba y retraía. A menos que estuviese con otros vendedores.
A mi padre le gustaba hablar con tenderos y cajeros y vendedores de puerta–en-puerta. Terminamos con innumerables cosas que no necesitábamos. No podía decir no. Lo más cerca que estuvo de decir no fue una noche durante la cena en los años sesenta, cuando un vendedor llamó a la puerta para vendernos subscripciones a revistas, y oímos a Papá decir: "Lo lamento, pero esta es la casa de mi tío Harry Kavarne y él está en Guatemala". A partir de ese momento, el tío Harry fue el miembro ausente de nuestra familia.
Más normalmente, Papá compraba un espantoso burro de yeso a un pregonero en el cruce de fronteras en Tijuana-San Diego.
"Mira, eso es bonito", dijo, para sacarnos una sonrisa. "Voy a comprar uno.
"¿Cuánto cuesta?", gritó por la ventana y por encima de nuestras protestas. Negoció para subir el precio, tratando de hacernos reír todavía más, pero podías estar seguro de que lo hacía porque el pobre vendedor le había llegado al alma.
A diferencia de Willy Loman, mi papá murió de causas naturales. Pero mucho antes de eso, creo que él, como Willy, murieron mil muertes cuando las ventas les impidieron realizar el sueño americano.

20 de febrero de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

te estamos vigilando


[Geoffrey R. Stone] El estado vigila y controla cada vez más el ir y venir cotidiano de los ciudadanos.
Vivimos en una sociedad cada vez más conveniente. Usamos tarjetas de crédito, compramos libros por Amazon, reservamos billetes de avión en Expedia, compramos antigüedades en eBay, sacamos dinero de cajeros automáticos y buscamos trabajo en Monster. Usamos llaves tarjetas para abrir el cuarto del hotel, pases EZ para pagar en el peaje y GPS para orientarnos. Enviamos correos electrónicos, rellenamos recetas y satisfacemos necesidades sexuales en internet, y pagamos electrónicamente.
Estas conveniencias generan datos. En los ‘viejos' tiempos no dejábamos una huella electrónica fácilmente accesible de nuestras compras, conversaciones, visitas y transacciones. Dábamos por sentado el anonimato y privacidad de nuestras vidas día a día. Nada más. Hoy, somos constantemente identificados, supervisados, estudiados, clasificados y trazados por una amplia gama de instituciones y organizaciones -privadas y públicas. Como detalla Robert O'Harrow Jr. en su No Place to Hide, es peor de lo que alguna vez imaginamos. En su revelador libro, O'Harrow deja claro que los estadounidenses deben pensar seriamente en estos temas ahora, antes de que sea demasiado tarde.
O'Harrow revela un mundo moderno lleno de negocios privados aparentemente inocuos, agencias de gobierno y programas de software con nombres oscuros como ChoicePoint, Acxiom, Matrix, DARPA, Seisint, HOLe y NORA. Sin que lo sepamos, estas instituciones y tecnologías compilan incesantemente información sobre nuestros nombres, direcciones, matrículas de coches, número de la seguridad social, religión, ingresos, miembros de la familia, orientación sexual, amigos, compras, hipotecas, cuentas bancarias, transacciones con tarjetas de crédito, créditos, pases de estacionamiento, antecedentes criminales y condenas, visitas en internet, correspondencia electrónica, preferencias de lectura de diarios y revistas, llamadas telefónicas, vacaciones, huellas dactilares, seguros, imagen facial, DNA, recetas y cerveza preferida. Los ordenares han hecho posible lo que hace 20 años era ciencia ficción.
¿Cómo se obtiene esa información? En su mayor parte, la proporcionamos nosotros mismos, aunque inconscientemente, cada vez que hacemos algo. En los últimos años, con la ayuda de sistemas de computación cada vez más sofisticados y avances en inteligencia artificial, estas instituciones y organizaciones han acumulado billones de datos sobre ciudadanos estadounidenses, que los comparten con otros o se venden unos a otros y al gobierno. Como observa O'Harrow "los datos personales se han transformado en una mercancía que es comprada y vendida como tripas de puerco".
¿Por qué hacen compañías y agencias esto? Por usted, por supuesto. Al reunir y compartir esos datos, le protegen de robos y mal uso de su tarjeta de crédito, permiten a los mercaderes ofrecerle precisamente el tipo de productos que satisfacen sus gustos y necesidades, se aseguran de que los otros pasajeros no sean terroristas, localizan a niños extraviados y padres gorrones, ayudan a la policía a capturar contrabandistas y asesinos y, en general, nos procuran una sociedad más segura. Y, de hecho, hacen todas esas cosas.
Así que ¿cuál es el problema? ¿Debería preocuparnos que no haya dónde esconderse? ¿Qué peligros nos plantea esta sociedad más conveniente y segura? En esta escalofriante historia, O'Harrow identifica los riesgos e ilustra vívidamente con convincentes experiencias de la vida real.
Primero, existe el simple riesgo del error. Los datos en esos sistemas, de acuerdo a Ole Poulsen, uno de los creadores de HOLe, están "llenos de errores y ruidos e información equivocada". Como resultado, a los individuos se les pueden negar seguros, créditos, empleo, el derecho a abordar un avión e incluso el derecho a votar cuando el sistema entrega información errónea. Y, como demuestra convincentemente O'Harrow, se puede transformar en una pesadilla.
Segundo, existe el riesgo de la exposición pública. Nosotros consideramos esta información como privada. Pero los hackers pueden fácilmente hacerse con ella y utilizarla para humillarnos, chantajearnos o hacerse pasar por nosotros. La Comisión Federal de Comercio informa que en un año normal, 10 millones de norteamericanos son víctimas de robos de identidad, que resulta en cheques rechazados, negación de crédito, acoso de acreedores, seguros anulados y acusaciones falsas de conducta criminal.
Tercero, existe el riesgo de que el gobierno use esta información no sólo para detectar a terroristas, sino también para reprimir la disidencia e imponer conformidad. En los años noventa, esta tecnología fue desarrollada principalmente por compañías privadas para permitir a los vendedores identificar a los consumidores. Después del 11 de septiembre de 2001, sin embargo, el FBI, la CIA, la NSA, los ministerios de Justicia y de Seguridad Interior buscaron agresivamente acceso de estas bases de datos comerciales, creando una vasta asociación entre instituciones públicas y privadas para el intercambio de estas informaciones. Además, la Ley Patriótica sacó ventajas de la mentalidad de crisis de después del 11 de septiembre y autorizó un amplio rango de vigilancia y recabamiento de datos gubernamental previamente limitados. Aunque el objetivo explícito de estas actividades es nuestra seguridad, la historia enseña que una vez que el gobierno tiene esa información, la usará inevitablemente para perseguir y silenciar a los que cuestionan sus políticas.
Finalmente, O'Harrow advierte que esas invasiones masivas de nuestra privacidad e intrusión en nuestro anonimato corriente puede alterar la fábrica de nuestra sociedad. Una vez que entendamos que cada movimiento que hacemos es trazado, observado, apuntado y relacionado con otros, ¿conservaremos nuestro sentido esencial de autonomía individual y dignidad personal? ¿Puede florecer la libertad en una sociedad semejante? ¿Es este el largo tiempo esperado 1984, el Mundo Feliz del siglo 21, o de algún modo seguiremos viviendo y haciendo negocios como de costumbre?

Geoffrey R. Stone es profesor de derecho de la cátedra Harry Kalven Jr. de la Universidad de Chicago y autor de 'Perilous Times: Free Speech in Wartime from the Sedition Act of 1798 to the War on Terrorism' [Tiempos Peligrosos: Libertad de Opinión en Tiempos de Guerra desde la Ley contra la Sedición de 1798 hasta la Guerra contra el Terrorismo].

Libro reseñado
No Place to Hide. Behind the Scene of Our Emerging Surveillance Society.
Robert O' Harrow Jr.
Free Press. 348 pp. $26

19 de febrero de 2005
©washington post
©traducción mQh

asesinan a delator de montesinos


Un narcotraficante que acusó al ex jefe de los servicios secretos peruanos Vladimiro Montesinos de venta de cocaína y vínculos con el cártel de Tijuana, fue asesinado en una cárcel de Perú por encargo de la mafia, dijo este miércoles el responsable de las prisiones del país.
Lima, Perú. La muerte no fue producto de una riña sino "un crimen planificado, organizado desde fuera y ejecutado por un sicario de una mafia poderosa", dijo a la prensa Wilfredo Pedraza, director del Instituto Penitenciario de Perú.
José María Aguilar Ruiz, ex informante de la agencia antidrogas de Estados Unidos y que cumplía sentencia por narcotráfico, fue acribillado a tiros el martes en la prisión de la ciudad amazónica de Pucallpa por otro interno con antecedentes de homicidio, dijo el funcionario.
"Es muy claro que lo mataron por encargo de terceros", añadió.
La congresista oficialista Anel Townsend no descartó que el detenido Montesinos, ex brazo derecho del destituido presidente Alberto Fujimori, esté detrás de este homicidio.
"Montesinos no quiere que le imputen el delito de narcotráfico pues pueden aplicarle condenas largas. Por ello este asesinato es una posibilidad abierta a ser investigada", dijo la legisladora, quien integró una comisión del Congreso que investigó la red de corrupción que montó Montesinos en la década pasada.
Townsend dijo que el narcotraficante asesinado fue la primera persona que denunció al ex asesor de Fujimori de tener vínculos con el narcotráfico.
"En la comisión, Aguilar confesó haber sido testigo de las relaciones de Montesinos con el narcotraficante colombiano Evaristo Porras Ardila", añadió.
Aguilar Ruiz era considerado por la justicia un testigo clave en el proceso que afronta Montesinos por sus vínculos con el cártel mexicano de drogas de Tijuana.
En un testimonio que brindó a jueces y fiscales, Aguilar dijo que en setiembre de 1998 Montesinos y un coronel del ejército vendieron 10 toneladas de cocaína a los hermanos Arellano Félix, capos del cártel de Tijuana.
El ex jefe de inteligencia intentó descalificar ese testimonio señalando que el denunciante carecía de imparcialidad e idoneidad.
Fuentes de la Procuraduría anti-corrupción dijeron que el asesinado estaba dispuesto a declarar contra Montesinos en un juicio sobre tráfico de drogas.

4 de febrero de 2005
©mi punto

tesoro enterrado de nerón


[Daniel Williams] La ciudad revela piezas de arte encontradas en el infame palacio enterrado de Nerón.
Roma, Italia. Cuando, debilitado por las revueltas militares, el infame emperador Nerón perdió el poder en 68 después de Cristo, sus sucesores decidieron que no deberían quedar huellas de su reinado y cubrieron con escombros la enorme y suntuosa Domus Aurea -la Casa Dorada- que había construido en una colina en el centro de Roma. El lago adyacente lo remplazaron con el Coliseo.
El sepultamiento del palacio tenía por intención lograr que todo el mundo se olvidara de Nerón. En realidad, lo conservó como si su complejo residencial hubiese sido, como pocos sitios arqueológicos de Roma, conservado en ámbar. Esta semana, casi 2.000 años después del gobierno de Nerón, funcionarios de la ciudad de Roma desvelaron un nuevo hallazgo del palacio que entrega una sorprendente muestra de los tesoros sepultados debajo de la colina. Es un enorme mosaico, de más de 2.7 por 1.8 metros, que muestra a hombres desnudos cosechando vides y haciendo vino, una ilustración típica de los palacios romanos de la época. Tres de los hombres están pisoteando las uvas en una cuba. Uno toca una flauta. Todos parecen divertirse.
El mosaico adorna un gigantesco arco sepultado en Colle Oppio, la colina donde estaba el palacio de Nerón. El arco era probablemente parte de un enorme vestíbulo. Grutas y túneles se extienden desde cuatro salidas, conduciendo a hallazgos todavía desconocidos.
"Calle Oppio es un gigantesco cementerio de chatarra", dijo Eugenio La Rocca, el asesor de la ciudad para monumentos. "Indudablemente hay mucho más debajo. Todo ha sido sellado. Hay ahí labranzas de un barrio de la ciudad".
Los mosaicos fueron encontrados a más de 12 metros debajo de las ruinas de los Baños de Trajano, una enorme estructura construida sobre la Casa Dorad después de más de medio siglo del suicidio de Nerón.
Partes del palacio fueron descubiertas por primera vez a fines del siglo 15 después de haber estado ocultas desde tiempos imperiales. Artistas del renacimiento se arremolinaron en las cuevas y túneles para copiar los mosaicos y frescos. Saqueadores se hicieron con las esculturas.
En años recientes han salido a la luz piezas de otras secciones del palacio. En 1968 trabajadores que estaban limpiando y apuntalando una caverna descubrieron un fresco que mostraba unas vistas de una ciudad imperial, posiblemente Roma. Pronto descubrieron un mosaico de un filósofo y su musa.
Los expertos están divididos en si estas piezas de arte eran o no parte de la herencia de Nerón o si datan de una construcción anterior que hizo derrumbar para hacer sitio para su mansión. Construyó la Casa Dorada después del incendio de Roma en el año 64 después de Cristo. Los rivales acusaron a Nerón de la conflagración de Roma.
Hoy sólo una pequeña parte del palacio, completamente subterráneo, está abierto al público. Funcionarios del ayuntamiento dijeron que pasará un tiempo antes de que las arcadas y la habitación encontradas debajo de los Baños de Trajano sean abiertos al público debido al lento curso de las exploraciones y apuntalamiento de los pasajes. Las excavaciones están enteramente en manos del gobierno municipal, propietario de Colle Oppio, el sitio de un parque público. El gobierno italiano no proporciona fondos.
El dinero privado parece estar fuera de alcance dadas las incertidumbres sobre lo que se puede encontrar. "Las compañías pagan para restaurar obras de arte que ya existen. Ya sabes cuál será el resultado", dijo Gianni Borgna, al asesor cultural del ayuntamiento. Ha calculado que las excavaciones de Colle Oppio costarán unos 500 millones de euros.
El hallazgo del mosaico continúa una tendencia en Italia a excavar sitios antiguos más profundamente en el subterráneo antes que ampliar las zonas arqueológicas existentes en la superficie. La primavera pasada se descubrió en Pompeya un templo pre-romano debajo de un templo posterior en la puerta principal de la ciudad. La decisión en Pompeya de continuar excavando hacia abajo se derivó en parte de la falta de fondos para limpiar y abrir espacios en la superficie.
En otros sitios, la razón para seguir excavando hacia abajo se remontan más atrás en el tiempo. Encima de la Colina Palatina, que da al Foro Romano imperial, se descubrieron recientemente edificios pre-imperiales, incluyendo las barracas de esclavos, debajo de estructuras más nuevas.
Al sur del Coliseo se descubrió una casa que perteneció supuestamente a un par de generales romanos que se convirtieron al cristianismo, debajo de la iglesia de San Juan y San Pablo. La casa, ahora restaurada, contiene una pintura de una figura parecida a Cristo, con los brazos extendidos.
Este tipo de exploraciones significa que el futuro del turismo puede estar en el subterráneo, dijo Borgna, especialmente en una ciudad construida sobre capas de historia. "Finalmente, cuando las cuevas y grutas sean abiertas al público", dijo, "será como visitar las catacumbas. Será una experiencia subterránea".

21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

tesoro enterrado de nerón


[Daniel Williams] La ciudad revela piezas de arte encontradas en el infame palacio enterrado de Nerón.
Roma, Italia. Cuando, debilitado por las revueltas militares, el infame emperador Nerón perdió el poder en 68 después de Cristo, sus sucesores decidieron que no deberían quedar huellas de su reinado y cubrieron con escombros la enorme y suntuosa Domus Aurea -la Casa Dorada- que había construido en una colina en el centro de Roma. El lago adyacente lo remplazaron con el Coliseo.
El sepultamiento del palacio tenía por intención lograr que todo el mundo se olvidara de Nerón. En realidad, lo conservó como si su complejo residencial hubiese sido, como pocos sitios arqueológicos de Roma, conservado en ámbar. Esta semana, casi 2.000 años después del gobierno de Nerón, funcionarios de la ciudad de Roma desvelaron un nuevo hallazgo del palacio que entrega una sorprendente muestra de los tesoros sepultados debajo de la colina. Es un enorme mosaico, de más de 2.7 por 1.8 metros, que muestra a hombres desnudos cosechando vides y haciendo vino, una ilustración típica de los palacios romanos de la época. Tres de los hombres están pisoteando las uvas en una cuba. Uno toca una flauta. Todos parecen divertirse.
El mosaico adorna un gigantesco arco sepultado en Colle Oppio, la colina donde estaba el palacio de Nerón. El arco era probablemente parte de un enorme vestíbulo. Grutas y túneles se extienden desde cuatro salidas, conduciendo a hallazgos todavía desconocidos.
"Calle Oppio es un gigantesco cementerio de chatarra", dijo Eugenio La Rocca, el asesor de la ciudad para monumentos. "Indudablemente hay mucho más debajo. Todo ha sido sellado. Hay ahí labranzas de un barrio de la ciudad".
Los mosaicos fueron encontrados a más de 12 metros debajo de las ruinas de los Baños de Trajano, una enorme estructura construida sobre la Casa Dorad después de más de medio siglo del suicidio de Nerón.
Partes del palacio fueron descubiertas por primera vez a fines del siglo 15 después de haber estado ocultas desde tiempos imperiales. Artistas del renacimiento se arremolinaron en las cuevas y túneles para copiar los mosaicos y frescos. Saqueadores se hicieron con las esculturas.
En años recientes han salido a la luz piezas de otras secciones del palacio. En 1968 trabajadores que estaban limpiando y apuntalando una caverna descubrieron un fresco que mostraba unas vistas de una ciudad imperial, posiblemente Roma. Pronto descubrieron un mosaico de un filósofo y su musa.
Los expertos están divididos en si estas piezas de arte eran o no parte de la herencia de Nerón o si datan de una construcción anterior que hizo derrumbar para hacer sitio para su mansión. Construyó la Casa Dorada después del incendio de Roma en el año 64 después de Cristo. Los rivales acusaron a Nerón de la conflagración de Roma.
Hoy sólo una pequeña parte del palacio, completamente subterráneo, está abierto al público. Funcionarios del ayuntamiento dijeron que pasará un tiempo antes de que las arcadas y la habitación encontradas debajo de los Baños de Trajano sean abiertos al público debido al lento curso de las exploraciones y apuntalamiento de los pasajes. Las excavaciones están enteramente en manos del gobierno municipal, propietario de Colle Oppio, el sitio de un parque público. El gobierno italiano no proporciona fondos.
El dinero privado parece estar fuera de alcance dadas las incertidumbres sobre lo que se puede encontrar. "Las compañías pagan para restaurar obras de arte que ya existen. Ya sabes cuál será el resultado", dijo Gianni Borgna, al asesor cultural del ayuntamiento. Ha calculado que las excavaciones de Colle Oppio costarán unos 500 millones de euros.
El hallazgo del mosaico continúa una tendencia en Italia a excavar sitios antiguos más profundamente en el subterráneo antes que ampliar las zonas arqueológicas existentes en la superficie. La primavera pasada se descubrió en Pompeya un templo pre-romano debajo de un templo posterior en la puerta principal de la ciudad. La decisión en Pompeya de continuar excavando hacia abajo se derivó en parte de la falta de fondos para limpiar y abrir espacios en la superficie.
En otros sitios, la razón para seguir excavando hacia abajo se remontan más atrás en el tiempo. Encima de la Colina Palatina, que da al Foro Romano imperial, se descubrieron recientemente edificios pre-imperiales, incluyendo las barracas de esclavos, debajo de estructuras más nuevas.
Al sur del Coliseo se descubrió una casa que perteneció supuestamente a un par de generales romanos que se convirtieron al cristianismo, debajo de la iglesia de San Juan y San Pablo. La casa, ahora restaurada, contiene una pintura de una figura parecida a Cristo, con los brazos extendidos.
Este tipo de exploraciones significa que el futuro del turismo puede estar en el subterráneo, dijo Borgna, especialmente en una ciudad construida sobre capas de historia. "Finalmente, cuando las cuevas y grutas sean abiertas al público", dijo, "será como visitar las catacumbas. Será una experiencia subterránea".

21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh

mariachis desafinados


[Mary Jordan] Puristas musicales mexicanos llaman a limitar flujo de trovadores.
Ciudad de México, México. En Plaza Garibaldi hay a cualquier hora del día una canción que espera ser cantada por un precio.
Racimos de mariachis - los elaboradamente vestidos músicos mexicanos tradicionales- se reúnen cerca de las estatuas de bronce de estrellas del mariachi del pasado, con la esperanza de ser contratados para una fiesta de cumpleaños o una serenata romántica. La tradición se remonta a casi un siglo, pero ahora hay notas discordantes entre los elevados sonidos de cobres y cuerdas en esta plaza mundialmente famosa.
"¡Es una invasión! ¡Hay demasiada gente que dice que son mariachis!", se quejó Alfredo Ledesma Hernández, un violinista que ha trabajado en Garibaldi durante 20 años. Dijo que el creciente desempleo ha llevado a albañiles, campesinos y otros sin formación musical ni talento a vestirse de mariachis y hacerse pasar por músicos.
"Estos falsos mariachis están dañando nuestra reputación", dijo Ledesma, que llevaba su genuino traje de mariachi -un apretado traje con franjas plateadas, un sombrero de ala ancha y brillantes botas. "Tiene hoyos en sus trajes. Llevan los zapatos sucios. No conocen la letra de las canciones".
Los mariachis se han reunido aquí en Garibaldi desde los años de 1920, en uno de los lugares más coloridos y animados de la ciudad, donde la policía hace la vista gorda cuando se bebe tequila en público. Los visitantes vienen de todo México, y cada vez más del extranjero, para comer y beber en algunas de las numerosas cantinas de la plaza mientras escuchan los sentimentales clásicos que la mayoría de los mexicanos se conocen de memoria.
Otros se acercan a contratar a los mariachis para celebrar sucesos alegres o tristes de sus vidas, desde bautismos hasta funerales, mientras los amantes, jóvenes y viejos se acercan y ofrecen a los mariachis un puñado de billetes de peso para que canten a sus amadas.
Pero los puristas están preocupados de que las apreciadas tradiciones de los mariachis de Garibaldi no signifiquen nada para los impostores, que sólo tratan de hacer dinero explotando la creciente popularidad de un género musical que cada vez más se enseña y es tocado en Estados Unidos y en otras partes del mundo.
Pedro Espinoza Hernández, secretario general del sindicato mariachi de 2.000 miembros, dijo que unos 4.000 músicos, algunos de los cuales no eran más que obreros de la construcción en ropas elegantes, trabajaban ahora en la plaza del tamaño de una cuadra -una plaza que está en medio destartalados vecindarios y gemas históricas del centro histórico de México. En una animada noche de fin de semana recorren la plaza cientos de músicos, incluyendo imitadores sordos al tono, dijo. "Nunca hubo tantos como ahora", dijo. "Es demasiado".
De acuerdo al sindicato, una verdadera banda de mariachis debe comprender al menos seis músicos y un mínimo de dos violines, una trompeta, una guitarra, un guitarrón y una vihuela, que se parece a una guitarra. Las bandas más refinadas tiene 15 o más miembros. A la plaza llegan músicos de países tan remotos como Japón a copiar los únicos diseños de las apretadas chaquetas y pantalones con lentejuelas cosidas en las costuras exteriores de las piernas.
Espinoza dijo que los impostores atraen a los clientes cobrando casi la mitad de la tarifa normal, tan poco como 100 dólares por hora para un grupo de ocho para tocar en una fiesta, o seis dólares por una canción en la plaza misma. "Cobran muy poco y tocan horrible", dijo, agregando que los desafinados fingidores le están quitando el trabajo a los profesionales y perjudicando su reputación.
Tanto el sindicato como funcionarios del ayuntamiento están tratando de controlar lo que llaman "el problema del mercado negro mariachi". La ciudad comenzó hace poco un proyecto de ‘Músicos Seguros' en el que se entregan tarjetas de identidad a los músicos certificados por el sindicato. Los funcionarios aconsejan a los clientes exigir esas tarjetas antes de terminar contratando a un plomero sin trabajo para que estropee las bodas de alguien.
Muchos clientes llevan la precaución un paso más allá exigiendo que los mariachis demuestren sus artes improvisando. Si no pueden producir de inmediato una versión lacrimosa de un canción como ‘El rey' -tan conocida como el ‘Cumpleaños feliz' en los Estados Unidos-, no hay negocio.
Octavio Ruelos Bañales, un oficinista, hizo una pequeña comparación cuando corrió a la plaza a contratar una banda de mariachis para la fiesta de cumpleaños de su patrón esa misma tarde. Se acercó a los miembros de un grupo, pidió una veloz audición y concluyó rápidamente que el único lugar donde podían cantar era en la ducha. "Un poco decepcionante", dijo, diplomático.
Luego se acercó a un octeto vestido en elegantes trajes de color crema con corbatas rojas como el tomate y botas de cowboy blancas.
"¿Pueden tocar ‘Sabes una cosa'?", les preguntó. "Por supuesto", dijo uno de los músicos, y la banda tocó en la acera de inmediato una hermosa serenata de trompetas, violines y guitarras. El cantante canturreó: "Tengo algo que decirte algo, y no sé cómo explicarlo..." Ruelos miró complacido. Se pusieron rápidamente de acuerdo en un precio, la banda se montó apilándose en una camioneta y se marcharon todos al despacho de Ruelos.
José Luis Tamayo, funcionario del ayuntamiento, dijo que el gobierno está tratando de volver las agujas del reloj al año 2000, cuando el número de músicos en Garibaldi era más controlable. Para hacerlo, dijo, la ciudad planeaba ayudar a algunos de los recién llegados a encontrar trabajo. Aquellos con talento, dijo, podrían encontrar trabajo tocando en restaurantes. Los que no podían mantener el tono, agregó, serían "invitados" por los funcionarios a volver a sus trabajos originales.
"Es muy importante controlar a los mariachis", dijo Tamayo. "Si no, las calles de la ciudad se llenarán de músicos". También observó que unos pocos de esos falsos músicos eran ladrones, que asaltaban a sus clientes cuando se encontraban a solas.
Una noche hace poco Alfredo Ortiz González se unió a un gentío de mariachis al lado de la plaza, llamando a los coches para agarrar algún cliente. Dijo que había tocado durante algunos años en Chicago, y luego se vino a Garibaldi en 2001. Cerca de ahí había otro músico con esperanzas, sin su corbata y la camisa colgándole desordenada por encima de los pantalones.
"Hay buenos y malos, pero todos están tratando de ganarse la vida", dijo Ortiz. "Todos tenemos el derecho a tratar de hacer música".

16 de enero de 2005
21 de enero de 2005
©washington post
©traducción mQh