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reseñas

capitalismo, gentileza divina


[William Grimes] Renace vieja teoría sobre contribución del cristianismo al capitalismo.
Rodney Stark emerge balanceándose hacia la derecha del campanario de ‘The Victory of Reason’, su ardiente y polémico libro sobre el surgimiento del capitalismo. Stark, autor de ‘The Rise of Christianity’ y ‘One True God: Historical Conse-quences of Monotheism’, está hastiado y cansado de leer que la religión impidió el progreso científico y atrofió la libertad humana. Para aquellos que dicen que el capitalismo y la democracia se desarrollaron solamente después de que pensadores seculares encendieran la luz de la razón sobre el oscurantismo de la Edad Negra, tiene una respuesta de sólo una palabra: absurdo.
"El éxito de Occidente, incluyendo el surgimiento de la ciencia, descansó enteramente en fundamentos religiosos, y la gente que lo produjo eran cristianos devotos", argumenta en este provocador, exasperante y a veces desconcertante ejercicio revisionista. El capitalismo, y la revolución científica que lo inició, no emergió a pesar de la religión, sino debido a ella.
No debería sonar paradójico, dice Stark. A pesar de los predispuestos argumentos de los pensadores anticlericales de la Ilustración, el cristianismo, como única entre las religiones del mundo, concebía a Dios como un ser extremadamente racional que creó un mundo coherente cuyas operaciones internas podían ser descubiertas a través de la aplicación de la razón y la lógica. Consecuentemente, fue sólo en Occidente, antes que en Asia o en el Medio Oriente, que evolucionó la alquimia que se transformaría en química, y la astrología en astronomía.
Stark despacha los casos rápidamente. A gran velocidad proporciona unos tonificantes guantazos a la teoría de Max Weber de que la ética protestante de sacrificio y reinversión propulsó el capitalismo, señalando que el capitalismo estaba en pleno florecimiento en Italia siglos antes de la Reforma. Como reconoce Stark mismo, los historiadores han desmantelado hace tiempo la elegante y altamente influyente hipótesis de Weber, pero sin embargo vuelve a desmentelarla una vez más.
Los capítulos más convincentes de ‘The Victory of Reason’, describen los primeros meneos de la empresa de libre mercado y la experimentación científica en los estados monásticos que se extendieron por Europa occidental después del siglo 9. Fue durante la llamada Edad Negra que los monjes cristianos, despojándose de las "embrutecedoras garras de la represión romana y el equivocado idealismo griego", desarrollaron innovaciones como la noria, la herradura, el cultivo de peces, el sistema agrícola de tres campos, las gafas y el reloj. "Todos estos importantes desarrollos pueden ser trazados a la convicción exclusivamente cristiana de que el progreso es una obligación divina, vinculada al don de la razón", escribe Stark, que se ha descrito a sí mismo en entrevistas, sorprendentemente, como no religioso en un sentido convencional.
La teología cristiana, la que Stark elogia como en constante evolución, mantuvo el ritmo de los desarrollos económicos. Pensadores como San Agustín y Tomás de Aquino dieron su aprobación a la propiedad privada, el profit y el interés. En el siglo 13, Alberto Magnus escribió que un precio justo era simplemente "el valor de las mercaderías en el mercado al momento de la venta".
Aquinas imaginó el caso de un mercader de trigo que llegaba a un país asolado por la hambruna que sabe que un cargamento de otros mercaderes llegará pronto. ¿Está obligado moralmente a revelar ese hecho y por ello aliviar la presión sobre el precio de su trigo? En una conclusión digna de Adam Smith, Aquinas decidió que no lo estaba.
Stark propone al final de su libro una de las teorías más intrigantes. Observa que poco después de que el emperador romano Constantino se convirtiera al cristianismo en 312, empezó a colmar a la iglesia con dinero y privilegios, convirtiéndola en una carrera atractiva para las clases altas. La "iglesia de la piedad", dirigida por un clero dedicado, mal pagado y ascético, hizo lugar a la "iglesia del poder", que no era probable que se opusiera al desarrollo del comercio. Si hubiera prevalecido la iglesia piadosa, escribe, "probablemente el cristianismo habría continuado su denuncia de la usura y se habría opuesto al profit y al materialismo en general, del mismo modo que lo todavía lo hace el islam".
Stark tiene un estilo narrativo vigoroso y el don de las explicaciones clara. El ritmo es fluido, y la historia excitante, cuando describe la evolución de las ciudades-estado del norte de Italia y los grandes bancos italianos que ayudaron a acelerar el surgimiento del capitalismo en Flandes e Inglaterra. Los bancos no solamente prestaban dinero; también participaban en el comercio y la industria, reorganizando y gestionando a menudo industrias enteras, como la hilandería. Sus escuelas de ábaco, donde los estudiantes aprendían contabilidad, fueron los primeros programas de bachillerato.
A menudo la pugnacidad de Stark se lleva la mejor parte. Es ostentosamente desdeñoso de Grecia y Roma, a las que describe como tecnológicamente incompetentes, moralmente en quiebra (todos esos esclavos) y demasiado estúpidas como para desarrollar la música polifónica. También, los caminos romanos eran pésimos. Para recurrir a una de las formulaciones preferidas de Stark, tampoco Virgilio, Horacio y Eurípides valen tanto. Cuando describe a Grecia y Roma como "grandes civilizaciones" entre sarcásticas comillas, sabes que su argumento se ha convertido en una arenga.
Weber, al elaborar su tesis sobre la ética protestante, evitó uno de los problemas que trata Stark, pero que no llega a resolver. ¿Qué pasa entonces con España y Francia? Como dominios católicos, quedaron fuera del paradigma de Weber, pero no del de Stark. Stark argumenta que el cristianismo es necesario pero no suficiente para el desarrollo del capitalismo, que requiere libertades políticas para prosperar. Una vez que las ciudades-estado capitalistas de Italia perdieron sus libertades, se convirtieron en provincias atrasadas del capitalismo. De acuerdo, pero si el espíritu de libre indagación y la igualdad humana son inherentemente cristianas, ¿por qué se convirtieron España y Francia en estado despóticos en primer lugar? Y, ya lo que tratamos, ¿qué explica que tantos no-cristianos -chinos, judíos e indios, por ejemplo- hayan adoptado el comercio y la tecnología de manera tan brillante?
Stark da sus mejores golpes al principio. A la mitad del libro se pone simplemente a recontar la historia de la Revolución Industrial y del surgimiento del capitalismo empresarial en Estados Unidos. El argumento pierde un montón de fuerza, pero queda una última provocación. En una nota final, Stark mira hacia el futuro y ve a China triunfante, transformando económicamente a América Latina, Asia y África. La razón, y por ello el cristianismo, prevalecerá, porque es el pasaporte hacia la modernidad, escribe. Pero esa proposición requeriría un libro entero.

31 de diciembre de 2005

©http://www.nytimes.com/2005/12/30/books/30book.html?pagewanted=all
©traducción mQh

quién hizo a la niña sabuesa


[Kate Aurthur] Misterioso encanto de niña detective.
El amable y exhaustivo nuevo libro de Melanie Rehak empieza y termina con llamados al lector. Su primera frase es directa: "Coged la lupa, porque esta es una novela de misterio". La última tiene más de súplica: "Nos esperan días de lucha", escribe, "y la vamos a necesitar". Se trata de Nancy Drew, la chica detective imaginaria cuya autoría y perdurable popularidad son los temas de ‘Girl Sleuth'. El "nos" de la frase son las mujeres.
Como biografía literaria,'Girl Sleuth' es necesariamente complicada, ya que los misterios de Nancy Drew, ahora hace 75 años, tuvieron numerosos padres. Pero Rehak hace un estupendo trabajo al traer a la vida a los escritores y editores que constituyeron a Carolyn Keene, el autor de seudónimo de la serie.
Rehak, una crítica literaria, poetisa y desvergonzada fan de la serie, también escribe claramente sobre la evolución del personaje de Nancy Drew desde 1930. Presenta bien informados comentarios sobre la construcción original de Nancy y sobre cómo diferentes escritores produjeron diferentes Nancys. Lo que es más, cuenta en detalle cómo las alteraciones que se hicieron a libros ya publicados hace años reflejan cosas tan pequeñas como el cambio en la edad mínima para conducir, y tan grandes como la creciente conciencia del prejuicio racial en los años cincuenta (el problema de las caracterizaciones racistas en los libros fue resuelta re-escribiéndolos y haciendo blanco a todo el mundo).
Rehak convence cuando observa que Nancy Drew continuará "recordándonos las recompensas de la perseverancia y el valor de la confianza. Pero 'Girl Sleuth' es menos exitosa en sus intentos de ser una historia social del feminismo. En todo el libro Rehak trata de trazar paralelos entre las vidas de las dos creadoras de Nancy Drew y problemas como el sufragio femenino y la emergencia del control de la natalidad.
Afortunadamente, la mayor parte de ‘Girl Sleuth' es biografía. Según Rahek, Edward Stratemeyer, autor de libros para niños, "soñó" a Nancy; Mildred Wirt Benson, la primera escritora de la serie, dotó a Nancy, 16, de una personalidad independiente e inflexible temperamento; la hija de Harriet Adams Stratemeyer, se ocupó de sus negocios después de su muerte, y escribió los libros ella misma.
Rehak empieza con Stratemeter, que nació en 1862 y creció en Elizabeth, Nueva Jersey. Después de convertirse en un exitoso escritor de literatura juvenil, creó el Consorcio Stratemeyer en 1905. Así pudo gestionar la popular serie que había creado -entre ellos, ‘The Bobbsey Twins' [Los Gemelos Boobsey]- sin tener que escribir los libros él mismo. Contrató a negros, para los que escribía extensos resúmenes. Luego editaba los libros y los entregaba al editor de la serie.
Uno de los negros era Mildred Augustine -finalmente, después de dos matrimonios, se llamaría Mildred Wirt Benson-, a la que Stratemeyer asignó originalmente a los libros de Nancy Drew. Inventó a la niña detective después de que su serie Hardy Boys se convirtiera en un éxito en 1927. En una carta de 1929 a Grosset & Dunlap, el editor que esperaba que publicara su nueva serie, le describió a Benson, que había estado escribiendo para él durante cuatro años como una "joven mujer del oeste (periodista)"
La descripción era apta. En 1929 Benson tenía 24, había vivido en Iowa toda su vida y fue la primera mujer en obtener la licenciatura de periodismo de la Universidad de Iowa. Le pagaban 125 dólares por cada libro y trabajaba sobre la base de los resúmenes de Stratemeyer. Rehak escribe que su esfuerzo "produjo una chica de fantasía con pocos vínculos con la realidad" y que Benson agregó "algunos de los episodios más audaces y de diálogo más animados a las instrucciones de Benson".
Mientras Nancy Drew existía fuera de la Gran Depresión, que coincidió con la publicación de la serie, y fuera de cualquier amenaza real de peligro o muerte, sus arquitectos sí vivían en ese mundo. Stratemeyer murió de neumonía 12 días después de que los primeros tres libros fueran publicados como un conjunto -fueron éxitos inmediatos-, dejando a sus dos hijas, Harriet y Edna, con un negocio que ella no sabían cómo administrar ni vender en una economía deprimida. Sin grandes opciones, se dedicaron del Consorcio Stratemeyer. Las dos hermanas compartieron la tarea de escribir y editar la serie hasta 1942, cuando Edna se mudó a Florida. Harriet dirigió el consorcio hasta su muerte en 1982.
Ya que Benson y el sindicato realizaban casis todos sus negocios por correo, Rehak fue capaz de hacer la crónica de su relación profesional y personal. Hacia principios de los años cincuenta, Harriet Adams había tomado más control de los libros y dejó de contratar a Benson como escritor.
En diferentes artículos de prensa provocados por un renacimiento del interés en la serie entre las feministas de los años sesenta y setenta, que tomaron a Nancy como un modelo de infancia, las dos mujeres habían recibido el crédito exclusivo por los libros -usualmente a expensas una de la otra. Rehak parece saber que Benson y Adams contribuyeron más a la persona de Nancy Drew. Pero como indica el título del libro, no le da a Edward Stratemeyer el reconocimiento por lo que fue, después de todo, su idea.
Como una novela de misterio acerca de los orígenes, no hay una sola respuesta en ‘Girl Sleuth'. Pero en la introducción del libro, Rehak describe sucintamente su experiencia de releer las 56 novelas de Nancy Drew originales: "Las novelas mismas son secundarias. Lo que recordamos es a Nancy". Más allá de saber quién escribió qué, es la mejor explicación que hay para la intrincada transformación de una joven de personaje a icono.

Libro reseñado:
Girl Sleuth. Nancy Drew and the Women Who Created Her.
Melanie Rehak.
Ilustrado.
364 pp.
Harcourt.
$25.

25 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh

"

cinco familias mafiosas


[Bryan Burrough] Cinco familias mafiosas.
A principios de año el Times publicó un artículo de primera plana describiendo una campaña del FBI para terminar con la influencia de la mafia en los muelles de Nueva York. A primera vista, la historia parecía tan anacrónica como desafinada. ¿La mafia? ¿Quieres decir que estos tipos todavía existen? Dado el hecho de que Nueva York no ha tenido un padrino decente desde que Sammy el Toro [Bull] delatara a John Gotti hace 14 años, ¿cómo podríamos perdonar a alguien por creer que el mundo del crimen organizado ítalo-americano había seguido el mismo camino que otros pilares desmoronados de la cultura americana de mediados de siglo, como el boxeo de peso pesado, las carreras de caballos de pura sangre y el Partido Demócrata?
Pero no. A pesar del asalto que dura ya 25 años, de fiscales armados con aparatos de interceptación de primera tecnología y leyes contra el chantaje, a pesar del hecho de que se ha sacado tantos mafiosos de circulación que ninguna de las infames ‘cinco familias' de Nueva York tiene un padrino identificable en estos momentos, los rumores sobre la muerte de la mafia resultan prematuros. Sin embargo, la influencia de la mafia en los primeros años del siglo 21 sigue siendo un pálido reflejo de sus días de gloria, como nos recuerda Selwyn Raab en su excelente historia de la mafia de Nueva York, ‘Five Families: The Rise, Decline, and Resurgence of America's Most Powerful Mafia Empires'.
Para Raab, un veterano periodista que ha pasado décadas escribiendo sobre los mafiosos de la ciudad, este libro es una especie de recompensa de toda una vida, otorgado por largos años de preguntar a gritos a hombres esposados llamados Momo y Quack-Quack, de estudiar chácharas interceptadas en ‘clubes sociales' como el Ravenite en la Pequeña Italia y de espiar al baboso y albornozado Vincent ‘Chin' Gigante mientras este iniciaba su larga charada de incapacidad mental en los callejones del SoHo.
La literatura documental sobre la mafia no es un género dado a la documentación rigurosa ni a las fuentes demasiado sólidas. Lo que convierte a Raab en maravilloso es que él tuerce la leyenda y sospechosos anecdotarios a favor de un estilo directo -solamente los hechos, ma'am. En un libro de 765 páginas, ningún gángster tiene más enlaces que las cadenas. Los lectores criados con historias de la mafia con lazos con un presidente o un feudo de Hollywood se decepcionarán. Frank Finatra aparece en dos párrafos, las conexiones de Jack Kennedy con la mafia son confinadas a una nota. Pero todos los demás cuentan reciben suficiente atención, desde Meyer Lansky y Joe Valachi, a ‘Donnie Brasco' y John Gutti.
En esto consiste el reto de Raab: organizar las montañas de materiales que ha reunido en el curso de los años. Este es un libro que cuenta la historia de 200 hombres llamados Vincent. Casi todos los demás se llaman Tony. Por lo general, Raab hace que las cosas sean fáciles de entender con la ayuda de una valiosa estrategia de referencias. Antes que referirse repetidas veces a mafiosos como Anthony ‘Fat Tony' Salerno o simplemente Salerno -debe haber unos 15 Salernos en el libro-, Raab retira las comillas de las referencias secundarias. George Walker [el Andariego] Bush, se encuentra con Philip Squint [el Bizco] Lombardo.
Raad divide la masa de materiales de su reportaje en tres secciones: uno sobre la historia de la mafia hasta 1970; otro sobre la fundación del FBI y el uso de las nuevas leyes RICO que culminaron en el juicio de la llamada Comisión, de 1985; y un capítulo final que traza los destinos subsecuentes de las cinco familias, o borgatas, como las llama Raab apropiadamente. Su fresca historia nos recuerda que la mafia ítalo-americana fue obra de Benito Mussolini; fue la represión de Il Duce de los mafiosos sicilianos la que envió a muchos de ellos nadando hasta las playas americanas. Con rápidos y diestros trazos, Raab cuenta cómo se creó la mafia en 1931 -la creó Charles Lucky Luciano- como un tratado que ponía orden en una riña entre dos bandas italianas.
Desde ahí, los nombres de titulares en negrillas hacen nata. Tom Dewey, Frank Costello, Albert Anastasia, Dutch Schultz, Abe Reles -están todas las pandillas. ‘Five Families' flaquea un poco cuando Raab introduce a la generación de jóvenes fiscales y agentes del FBI que finalmente despertó de un letargo de décadas a las fuerzas policiales para hacer frente a la mafia a fines de los años setenta. Pero muestra lo mejor cuando llega a los gángsteres que mejor conoce, los que presidieron el decline de la mafia en los años ochenta y noventa. Paul Castellano, John Gotti y Sammy Gravano salta a la vida por primera vez en años, y Raab cuenta sus historias con pasión y entusiasmo.
Los mejores momentos del libro son reservados para compinches menos conocidos de Gotti, tenebrosos matones de tercera clase como Anthony Conducto-de-Gas [Gaspipe] Casso, de los Lucchese, Carmine the Snake [la Serpiente] Persico, de los Colombo, y Joe the Ear [la Oreja] Massino, de los resollantes Bonanno. Sus shakesperianos ocasos de suburbios exteriores, hasta ahora desterrados a las páginas interiores del New York Post, trae a Macbeth a Maspeth. Las familias mafiosas de Nueva York, parece, pudieron capear a Rudy Guiliano y Donnie Brasco, pero no se podían proteger de sí mismas. Cuando Sammy el Toro pisoteó la omerta al llegar a un acuerdo con los fiscales, se abrieron de par en par las compuertas de la traición, que nunca volverían a cerrarse. Docenas de mafiosos se chivaron antes de ser enviados a ranchos de retiro en el Programa de Protección de Testigos. Cuando un padrino, Conducto-de-Gas Casso, se unió al desfile de ratas, el destino de la mafia quedó sellado.
Las objeciones con ‘Five Families' residen principalmente en el estilo poco elegante; Raab puede reunir hechos como Joe Friday, pero no es una amenaza para Proust. Lo único que le gusta más que la puñetera mafia es la voz pasiva. Y sufre de un irritante acceso de explicaciones, una enfermedad en la que se define toda referencia concebible, desde Little Lord Fauntleroy a Crazy Horse. (Hasta mi hijo de 9 sabe lo que es "llevar un micrófono escondido").
En un aparente intento de mantener a flote su relevancia, el subtítulo del libro se refiere al "resurgimiento" de la mafia. Eso es una exageración. Raab ocupa 688 páginas para contar en detalle el operético auge y ocaso de la mafia de Nueva York; se supone que el renacimiento ocurrió en los últimos 20 años. Sin embargo, se puede perdonar esta aria final desafinada. ‘Five Families' es una refinada historia de la mafia, del tipo de las que no se ven a menudo.

Bryan Burrough es autor de ‘'Public Enemies: America's Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-34'.

13 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh


horroroso retrato de iraq


[Michiko Kakutnai] Periodista del Washington Post publica escalofriantes historias de Iraq.
En un nuevo penetrante y elocuente libro, el periodista del Washington Post, Anthony Shadid cuenta la historia de un hombre llamado Sabah, que fue acusado de ser un informante de Estados Unidos en el pueblo de Thuluyah. Los aldeanos culpaban a Sabah de la muerte de un adolescente y dos hombres durante un allanamiento norteamericano, y su caso se convirtió en un asunto de justicia tribal: los familiares de los hombres muertos dejaron en claro a los parientes de Sabah que "o matan a Sabah, o los aldeanos matarán al resto de su familia". De acuerdo a Shadid, el padre de Sabah y su hermano, con rifles AK-47s, lo llevan al huerto del patio, apuntan y disparan. "Ni siquiera el profeta Abraham tuvo que matar a su hijo", dice más tarde el padre a Shadid, agregando tristemente que en su caso "no había otra alternativa".
La historia de Sabah es sólo una de las muchas trágicas historias de ‘Night Draws Near', un libro que presenta un espantoso retrato de la vida en el Iraq de posguerra y las consecuencias que ha tenido la guerra americana en la vida de iraquíes de a pie, desde una chica de 14 durante el bombardeo de Bagdad, hasta el académico y ex miembro del Partido Baaz, de 62 años, y el propio "contacto" y guardaespaldas oficial del periodista, Nasir Mehdawi, que más tarde se convertiría en colega y amigo.
El libro descansa pesadamente de los reportajes de Shadid para el Washington Post. (Sus cables desde Iraq le significaron el Premio Pulitzer 2004 en reportajes internacionales). Deja al lector con una devastadora impresión sobre la brecha que hay entre los objetivos de la guerra y sus secuelas y la brecha entre la retórica del gobierno y la realidad en el terreno. Aunque muchos de los materiales del libro serán familiares para los lectores del periódico, Shadid hace un buen trabajo a la hora de reunir toda esta información en una cautivante historia animada por sus retratos de primer plano y personales de iraquíes individuales. Al mismo tiempo ‘Night Draws Near' -como el libro ‘Squandered Victory', de Larry Diamond, que apareció este verano- también proporciona un demoledor informe sobre el fracaso del gobierno de Bush en la preparación adecuada de la ocupación de posguerra de Iraq, y de sus desaciertos y errores de cálculo tras el derrocamiento de Saddam Hussein.
"Nunca hubo realmente un plan para después de Saddam en Iraq", escribe Shadid. "Nunca hubo una visión realista de lo que podría pasar después de la caída. La esperanza que había se transformó en fe, y las ilusiones fueron fatales". Al confiar en exiliados iraquíes como Ahmad Chalabi y creer en "su propia retórica de liberación", los funcionarios estadounidenses asumieron ingenuamente que "todo caería por su propio peso en su lugar después de la salida de Saddam". Como resultado, se destinaron muy pocas tropas como para consolidar la victoria, y lo que siguió fueron el saqueo, los ajustes de cuentas y el caos. Meses después del colapso del régimen de Hussein, muchos iraquíes todavía carecen de servicios básicos como electricidad y agua potable; los precios de los alimentos y el desempleo han subido escandalosamente; y la vida diaria se ha convertido para muchos en un peligroso campo minado.
Las consecuencias políticas de la continuada violencia podrían ser severas, como aseguran las fuentes de Shadid. Aunque muchos iraquíes se alegraron con la caída de Hussein y estaban preparados para pensar lo mejor de los americanos, empezaron a cuestionar el fracaso norteamericano, el país más poderoso sobre la faz de la tierra, en cuanto a restablecer el orden. Como lo dice Shadid, "Saddam gobernó Iraq durante 35 años, los americanos lo derrocaron en menos de tres semanas, y relativamente pocos de sus soldados murieron en la tarea. ¿Cómo podían los americanos ser tan débiles tras su derrocamiento?"
Cuando las semanas de violencia se convirtieron en meses, la frustración se transformó en amargura y resentimiento por lo que muchos iraquíes percibían como "maliciosa falta de atención o una descuidada maldad" de parte de Estados Unidos. Volvieron a emerger los recuerdos del apoyo que dio el gobierno de Reagan al de Hussein durante la guerra Irán-Iraq, así como las quejas por las sanciones respaldadas por Estados Unidos que causaron tantas bajas entre los civiles. "Dios maldiga a Saddam y los americanos" se convirtió en una pintada popular. Un hombre entrevistado por Shadid dijo inclusive que Hussein estaba en connivencia con los americanos, dándoles el pretexto para ocupar Iraq: "Creo que Saddam está en Estados Unidos, en una isla. Le construirán un monumento, porque facilitó su misión".
El asunto no mejoró con la declaración formal de Naciones Unidas en mayo de 2003, que otorgaba a Estados Unidos y Gran Bretaña autoridad formal como potencias ocupantes en Iraq. "Para muchos americanos, incluso para europeos, la palabra ‘ocupación' evoca probablemente el período tras la Segunda Guerra Mundial y la visión americana de cooperación entre pueblos parecidos forjándose un destino común", escribe Shadid, un árabe-americano de origen libanés. "Pero para los iraquíes y la mayoría de los árabes, el término, cauterizado en la memoria colectiva, evoca las acciones de Israel en Oriente Medio" -vale decir, la ocupación israelí del Líbano y, más conspicuamente, el tema más incendiario de la región: Palestina.
En realidad, a medida que pasaban los meses y Shadid continuaba sus viajes por las volátiles calles de Bagdad y en las todavía más volátiles calles de ciudades y pueblos más pequeños, presenció florecer las semillas de la resistencia y echar raíces en amplios sectores de la población. Dado el vacío de poder creado por la caída del gobierno que se había mantenido en el poder durante décadas y la decisión norteamericana de disolver el ejército iraquí, vociferantes líderes religiosos como Muqtada Sáder dieron un paso adelante y grupos disparatados (incluyendo a antiguos partidarios de Saddam, nacionalistas iraquíes, islamitas radicales y agitadores extranjeros) empezaron a unirse bajo la bandera de la resistencia.
"No es Iraq el que está cambiando al mundo árabe" como había esperado los líderes americanos, escribe Shadid en el verano de 2003, "sino el mundo árabe, con su complemento de impresiones, prejuicios, aspiraciones y resentimientos, el que empezó a cambiar Iraq. A medida que pasaba el tiempo, las ciudades en las regiones sunníes empezaron a reconocer a periodistas como yo que han pasado años en países árabes. Percibí un nuevo surgimiento de indignación después de cada acto catalizador: un tiroteo considerado arbitrario, un allanamiento injustificado, una redada inmotivada. En tres ciudades ese verano -Heet, Faluya y Khaldiya- oiría repetir una y otra vez un dicho iraquí, a medida que se tambaleaba la ocupación, escalaba la violencia de todo tipo y morían más iraquíes: ‘El lodo se está embarrando', decía la gente. Quiere decir, las cosas empeoran".
Shadid ve las elecciones de enero como un signo de esperanza -un signo de que algunos iraquíes se niegan tenazmente a "entregar a su país al control de las fuerzas de la violencia y el caos". Pero señala que después de las elecciones, las "fuerzas del renacimiento religioso, el creciente militantismo, y el fanático sectarismo, subrayado por quejas y la amenaza de todavía más conflictos, volvieron al escenario". Informa que la policía y fuerzas de seguridad iraquíes son a menudo denunciadas como colaboracionistas o traidores, que la sociedad iraquí está cada vez más atomizada con "mucha gente honesta y concienzuda" recluidos detrás de puertas de hierro o en el exilio, y que "en el panteón de las guerras santas, Iraq se había unido a Palestina y Afganistán, Chechenia y Bosnia, todos países donde una población musulmana asediada luchó contra enemigos más poderosos".
Para los iraquíes de a pie -que vivieron el represivo régimen de Saddam Hussein, las espantosas bajas de la guerra Irán-Iraq, los estragos de la Guerra del Golfo Pérsico de 1991 y las carestías de las sanciones internacionales-, la invasión norteamericana de 2003 y la continuada resistencia representan otro capítulo más en lo que parece ser una sísifa letanía de sufrimientos.
En cuanto a los implacables ataques kamikaze y coches-bomba, Shadid escribe hacia el final de este aleccionador y revelador libro: "El derramamiento de sangre mismo era el objetivo; fue un modo brutal, escalofriante pero calculado, de provocar la sensación del fracaso americano" y "lograron, con fría inteligencia, maximizar la sensación de fracaso americano a los ojos de la mayoría de los iraquíes y, en cuanto a eso, a los ojos de gran parte del mundo".
"Era teatro", continúa, "y la gente siguió muriendo para crear esas escenas indelebles, el retrato de una debacle destinada al consumo mundial. La carnicería misma enviaba mensajes de inminente anarquía, de inevitable caos, como si se entendiera que los americanos nada podrían decir para mitigar las tragedias más recientes, ni podrían prometer el fin de la violencia. El país no fue liberado, como dicen los americanos, ni ocupado, como lo ve el resto del mundo árabe. Iraq estaba inmerso en la lógica de la violencia, gobernado por hombres con armas".

Libro reseñado:
Night Draws Near. Iraq's People in the Shadow of America's War
Anthony Shadid
424 pp.
Henry Holt & Company
$26

11 de septiembre de 2005
©new york times
©traducción mQh


delitos de opinión a onu


[Maggie Farley] Gran Bretaña y Rusia propondrán una resolución al Consejo de Seguridad para condenar ‘incitación' al terrorismo. Pero huele a censura.
Naciones Unidas. Gran Bretaña y Rusia se proponen introducir conjuntamente una resolución del Consejo de Seguridad instando a los países a prohibir la incitación a la comisión de actos terroristas, y esperan que los presidentes del mundo adopten la publicitada medida durante una cumbre de Naciones Unidas en septiembre.
Sus partidarios dicen que la medida ayudará a erradicar las ideología de odio y frenará a la prensa incendiaria, y atacaría al terrorismo internacional al mismo tiempo que un tratado global más comprehensivo languidece en Naciones Unidas. Pero grupos de derechos humanos y otros están inquietos de que la vaga definición de "incitación" pueda conducir a una excesiva restricción de la libertad de expresión y el derecho al asilo político.
La resolución también llama a los países a negar protección a los que cometen el delito de incitación. Aunque resoluciones antiterroristas anteriores han creado comités para estudiar las redes terroristas, congelar sus capitales y remover su protección, la nueva medida intenta impedir que germinen las semillas de odio, dicen sus auspiciadores.
"Cuando alguien ofrece la palabra a terroristas, debe también ser hecho responsable de las posibles consecuencias, porque no se trata solamente de las opiniones de alguien, sino de la posibilidad para un terrorista de usar el escenario para difundir la violencia", dijo el embajador ruso Andrey Denisov. "El terrorismo no debe ser visto como un acto político, sino como un fenómeno social y político que debe ser solucionado. Es un modo más amplio de combatir al terrorismo".
Tras incidentes violentos como los atentados en el transporte londinense el mes pasado y la mortífera ocupación de una escuela por separatistas chechenos el año pasado, tanto Gran Bretaña como Rusia han estado buscando modos de contrarrestar el crecimiento de las redes terroristas.
En respuesta a los atentados con bomba del 7 de julio en Londres, el ministro del Interior británico Charles Clarke, reveló la semana pasada severas nuevas directrices sobre deportaciones, que permitirán la expulsión de cualquier extranjero que fomente la violencia terrorista. Las nuevas medidas atacan a los predicadores radicales y muestra menor tolerancia hacia sermones, panfletos y sitios en internet que "fomentan el odio o promueven el terrorismo" que hasta hace poco eran protegidos por la libertad de expresión.
Pero defensores de derechos humanos están inquietos de que esas amplias definiciones para estrangular el terrorismo en ciernes también sofoquen las libertades civiles, y advierten que se debe mantener un ponderado equilibrio.
"La mayor preocupación tiene que ver con la palabra ‘incitación'", dijo Richard Dicker, director del Programa de Justicia Internacional de Human Rights Watch. "¿Qué constituye incitación? ¿Es incitación llamar a cometer directamente actos de violencia, o explicar en artículos por qué hacen los terroristas lo que hacen?"
Rusos y británicos esperan una "resolución presidencial", con lo que se quiere decir que los 15 miembros del Consejo de Seguridad deberían respaldar la medida. Planean llamar este próximo mes a una sesión especial del Consejo de Seguridad sobre el terrorismo, mientras jefes de estado y gobierno se reúnen en la Cumbre Mundial de Nueva York, y quieren que los líderes del consejo de naciones adopten la resolución de una publicitada votación.
Washington apoya en gran parte la resolución, dijo Richard A. Grenell, portavoz de la misión norteamericana en Naciones Unidas.
Entretanto, continúan las negociaciones sobre las partes más polémicas de un documento de reforma de Naciones Unidas que se espera que más de 180 presidentes del mundo endorsen durante la cumbre.
El lunes, un grupo de unas dos docenas de embajadores discutieron un tratado antiterrorista que se ha estancado durante años en medio de disputas sobre la definición de terrorismo.
La definición actual define terrorismo como los daños causados por no-soldados en un intento de intimidar o de guiar la acción de un gobierno u organización. Pero muchos países, la mayoría árabes, insisten en que todos los medios se justifican en la lucha contra una ocupación, incluso si redundan en daños a civiles.
El embajador norteamericano John Bolton envió el lunes una carta a sus colegas embajadores explicando la posición de Estados Unidos sobre el tratado sobre terrorismo.
Estados Unidos propone conservar la definición de terrorismo propuesta originalmente. Pero si eso se convierte en un punto sensible, la enmienda norteamericana ofrece un modo de eludir una redacción controvertida con una frase que condena el terrorismo sin definir explícitamente quién es un terrorista: "El convertir en blanco y matar deliberadamente a civiles y no-combatientes por terroristas no puede ser justificado ni legitimado para ninguna causa o queja", dice la frase.
El pasaje excluye las muertes civiles causadas por militares, diciendo que esos asesinatos lamentables pero a veces inevitables son cubiertos por leyes internacionales. Críticos de la propuesta dicen que justifica el terrorismo de estado.
La propuesta es una de las muchas que ha presentado Estados Unidos a tres semanas de la cumbre.

1 de septiembre de 2005
©los angeles times
©traducción mQh

daneses limitan libertades


[Kevin Sullivan] Dinamarca adopta medidas antiterroristas en medio de preocupación de defensores de las libertades civiles.
Copenhagen, Suecia. Said Mansour, un hombre de complexión delgada y una tupida barba, cree que los musulmanes tienen derecho a matar a americanos en Iraq, dijo, porque "esto es una guerra, no un picnic".
Así, explicó la semana pasada en una entrevista, no vacilaba en bajar y quemar CDs con videos de internet con imágenes de decapitaciones en Iraq y discursos de Abu Musab Zarqawi, el cerebro terrorista detrás de gran parte de la resistencia iraquí.
Ahora la policía danesa intenta convertir a Mansour, 45, un ciudadano danés nacido en Marruecos, en la primera persona en ser acusada bajo una ley antiterrorista aprobada en 2002 que prohíbe la instigación al terrorismo o prestar asistencia a terroristas. Fuentes policiales dijeron que Mansour será probablemente acusado de distribuir CDs que contenían los incendiarios discursos yihadistas y las espeluznantes imágenes.
La ley contiene restricciones de la libertad de expresión que son extraordinarias en un país famoso por su tolerancia de todo punto de vista. Ilustra cómo las democracias en Europa adoptan medidas más severas en una era de creciente violencia terrorista, a pesar de las protestas de que se sacrifican en el proceso las libertades civiles.
Los atentados contra los trenes en Madrid en 2004, que mataron a 191 personas, y los atentados con bomba en Londres el mes pasado, que mataron a 56, incluyendo a los cuatro terroristas, han añadido todavía más urgencia al tema.
"Tenemos que mirar la realidad", dijo Rikker Hvilshoj, ministro de Asilo, Inmigración e Intregración de Dinamarca, observando que algunos han abusado de las garantías de la libertad de expresión de Dinamarca, al fomentar la violencia y los asesinatos. "El día que no tengamos libertad de expresión, habrán ganado los fundamentalistas", dijo. "Por otro lado, no podemos ser ingenuos".
Expertos dicen que el debate sobre cómo equilibrar las protecciones antiterroristas con las libertades individuales es una de las primeras prioridades en el programa de los países europeos. El tema es especialmente intenso en Dinamarca, Italia y Polonia -que tienen tropas en Iraq como parte de la coalición norteamericana y temen que puedan ser los próximos objetivos- y en España, después de los atentados de marzo de 2004.
"Los ánimos han cambiado en Europa y ahora se prefiere más seguridad que antes de los atentados de Londres", dijo Daniel Keohane, investigador del Centro de Reforma Europea de Londres. "Los europeos han sido siempre muy cuidadosos a la hora de limitar las libertades civiles. Pero cuando vives el terrorismo, cambia tu punto de vista".
Francia, que tiene la comunidad musulmana más grande de Europa -6 millones de personas- acaba de anunciar planes para reforzar sus leyes antiterroristas, las más severas de Europa. Gran Bretaña se propone prohibir o deportar a los que inciten al terrorismo, cerrar librerías o templos usados por grupos radicales y penalizar las expresiones que "fomenten, justifiquen o ensalcen" el terrorismo.
Grupos de derechos humanos y líderes musulmanes han calificado esas medidas de demasiado amplias.
"Lo que puede ser visto como ensalzamiento del terrorismo por una persona, puede ser visto como una explicación de las causas del terrorismo por otra", dijo Azzam Tamimi, importante personero de la Asociación Musulmana de Gran Bretaña.
Algunos activistas políticos aquí dijeron que el gobierno estaba pisoteando las garantías de la libertad de expresión contenidas en la constitución danesa.
"Han cruzado la línea", dijo Naser Kahder, 42, miembro del parlamento nacido en Siria que ha sido un declarado opositor de los extremistas musulmanes. "La sociedad debe ser abierta y libre. Si la cierras e impones un montón de restricciones, los terroristas consiguen exactamente lo que quieren".
Pero una encuesta reciente concluyó que un 80 por ciento de los daneses apoyaban las nuevas leyes contra el terrorismo y de control de la inmigración. En Gran Bretaña un 73 por ciento de la gente encuestada por el diario The Guardian a mediados de agosto dijeron que estaban dispuestos a renunciar a algunas libertades para mejorar la situación de seguridad.
"El terrorismo se está acercando", dijo Morten Messerschmidt, miembro del parlamento por el partido anti-inmigración, el Partido del Pueblo Danés. "Primero fue Washington y Nueva York, luego Madrid y ahora Londres. ¿Quién es el siguiente? No hay ninguna duda de que estamos en una situación potencialmente peligrosa, y eso asusta a la gente".
Messerschmidt dijo que restringir la libertad de expresión fue "muy duro y turbador en Inglaterra y otros países que respetan esa libertad, pero es necesario". Dijo que un atentado terrorista en Dinamarca era inevitable. "Tendrías que vivir en un mundo de fantasía para creer que no pasará aquí".
Inmediatamente después de los atentados de Londres, el primer ministro danés Anders Fogh Rasmussen ordenó una revisión de las leyes nacionales sobre seguridad y libertades civiles. "No queremos un estado policial ni una sociedad vigilada", dijo en un reciente programa de radio. "Pero tampoco debemos ser indulgentes".
Muchos países europeos han conocido durante largo tiempo leyes que prohíben el odio racista, una excrecencia de sus experiencias con la Alemania nazi y el Holocausto. Pero analistas dijeron que la nueva ley de expresión de Dinamarca, como parte de un paquete de leyes antiterroristas aprobadas tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, estaba en la vanguardia de leyes europeas más severas. La ley que prohíbe la instigación al terrorismo implica una pena de hasta seis años de prisión.
Las leyes antiterroristas danesas también prohíben el financiamiento de grupos radicales y dan a la policía nuevas atribuciones para interceptar electrónicamente a fanáticos sospechosos. Agentes de la policía secreta danesa también han aumentado lo que Hans Jorgen Bonnichsen, comandante del Servicio de Inteligencia y Seguridad danés, calificó de "conversaciones preventivas" con potenciales radicales.
En una entrevista, Bonnichsen dijo que sus agentes realizan una estrecha vigilancia de radicales sospechosos y hacerles saber de vez en vez que están siendo vigilados con el fin de interrumpir sus actividades. Dijo que los agentes de inteligencia trabajan estrechamente con universidades danesas para controlar a los estudiantes nacidos en el extranjero y vigilar actividades sospechosas.
"Hace tres años la gente pensaba que Dinamarca estaba haciendo algo terrible", dijo Hvilshoj, la ministro de Inmigración. Pero con los ánimos cambiantes en Europa, dijo, "eso ha cambiado. La gente mira a Dinamarca de otra manera".
En Dinamarca, como en gran parte de Europa, el temor ante el terrorismo se mezcla a menudo con preocupaciones sobre la inmigración, especialmente la inmigración de musulmanes. En los 25 países de la Unión Europea viven unos 15 millones de musulmanes. Gruesamente, de los 5.4 millones de daneses, 200.000 son musulmanes.
El gobierno derechista de Rasmussen fue elegido en noviembre de 2001, montado en una ola de indignación popular sobre la creciente inmigración. De un día para otro, el gobierno revocó las generosas políticas de inmigración de Dinamarca, reforzando las exigencias para solicitantes de asilo y para residentes extranjeros que tratan de casarse en el extranjero.
Muchos musulmanes ven motivos racistas en las políticas del gobierno danés. ""Los daneses tienen miedo de desaparecer en el océano europeo más grande", dijo Ahmed Abu Laban, uno de los imanes más prominente de Dinamarca. "Quieren que los inmigrantes paguen el precio. Los musulmanes se han convertido en un chivo expiatorio. Tienen miedo de que socavemos su cultura y valores".
Pero funcionarios policiales dijeron que el racismo no tenía nada que ver con la acusación contra Mansour.
Mansour, que llegó para una entrevista con una larga túnica y sandalias, insistió en rezar antes de hablar con el periodista.
Dijo que había llegado a Dinamarca en 1983 para unirse a su hermana, que vivía aquí. Se casó con una danesa al año siguiente; ahora tienen cuatro hijos que asisten a escuelas públicas. Su esposa es una maestra en una escuela pública, pero Mansour dijo que estaba desempleado y cobraba una prestación mensual de unos 1.800 dólares.
Mansour dijo que tenía una vida activa en círculos musulmanes de Dinamarca, distribuyendo casetes y videos de canciones y cuentos musulmanes pacíficos. Negó ser un radical violento, aunque dijo que se "alegró" con los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y admitió que tenía relaciones con otros conocidos radicales de otros países.
Dijo que había sido un amigo cercano del jeque Omar Abdel Rahman, el clérigo que fue condenado en relación con el atentado con bomba en 1993 contra el World Trade Center de Nueva York. Dijo que Abdel Rahman alojó dos veces en su casa en sus visitas a Dinamarca.
Mansour también dijo que estaba en contacto con dos hombres sobre los que las autoridades han dicho que han ayudado o inspirado los atentados del 11 de septiembre de 2001. Uno es Abu Qatada, un clérigo musulmán radical que fue condenado en Jordania por varios atentados con bomba; se encontraron cintas de sus discursos en el apartamento alemán usado por varios de los secuestradores del 11 de septiembre. El otro es Imad Eddin Barakat Yarkas, un sirio acusado en España de haber financiado y apoyado a los atacantes del 11 de septiembre.
Mansour dijo que estaba consciente de que la policía quiere acusarlo. Pero dijo que conocer a gente que ha sido condenada no es ilegal y que distribuir materiales bajados de internet tampoco lo es.
"Lo puede hacer todo el mundo", dijo, afirmando que los funcionarios daneses están "simplemente tratando de mostrar a los norteamericanos que están luchando contra el terrorismo. No tienen a nadie, por eso me utilizan a mí".

1 de septiembre de 2005
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hombres corrientes


[Alison Des Forges] Campesinos de un desolado rincón de Ruanda cuentan cómo masacraron a sus vecinos.
En 1994, poco después del genocidio de la minoría tutsi de Ruanda, me encaminé hacia la pequeña iglesia de ladrillos de Ntarama, una desolada región en el rincón sudeste del país. Dejando el brillo del sol de mediodía por la oscuridad del santuario, olí los cuerpos antes de verlos. Mientras mis ojos se ajustaban a la penumbra, pude discernir los restos retorcidos y quebrados de bebés, niños, mujeres y hombres en las capillas, al pie del altar, encima y debajo de las sencillas bancas de madera.
Algunos de los asesinos de Ntarama han hablado ahora sobre sus crímenes con el periodista francés Jean Hatzfeld, que ha grabado sus palabras en las espantosas páginas de ‘Machete Season'. Fulgence Bunani, un campesino y diácono voluntario en la iglesia católica, tenía 33 en la época del genocidio; Pancrace Hakizamungili, otro campesino, tenía 25. Ninguno de los dos había matado antes. Recuerdan los gritos de sus víctimas cuando ellos y otros asesinos golpeaban ciegamente en la atiborrada iglesia de Ntarama. Fulgence empezó quebrando "con una maza el esqueleto de una vieja", luego empezó a golpear "sin mirar quién era, golpeando al azar en la multitud", recuerda Pancrace, "una mezcla de golpes y gritos de todas partes". Alphonse Hitiyaremye, entonces de 39 y padre de cuatro, fue uno de los que volvió a la iglesia al día siguiente a terminar el "trabajo", como era llamado el genocidio; ayudó a localizar a los que todavía respiraban entre los cadáveres. Él y los otros gritaron contra sus víctimas, se burlaron de ellas y las insultaron, dice, mientras trabajaban "concienzudamente para matarlos a todos".
Hatzfeld ha publicado anteriormente versiones de civiles tutsis que sobrevivieron el genocidio ocultándose en los pantanos cerca de Ntarama. En este libro, presenta las palabras de 10 hutu corrientes de la misma región (la mayoría de ellos campesinos), contando en detalle cómo cogieron los machetes para masacrar a otra gente corriente que eran tutsi -gente con la que habían cantado en el coro de iglesia y jugado en el club de fútbol local. Como deja claro este libro, el genocidio de Ruanda estuvo marcado tanto por su intimidad (los asesinos usaron machetes y pistolas, no cámaras de gas) y su velocidad (al menos 500.000 de muertos en unos 100 días).
Los asesinos, encarcelados y confesos, que cuentan sus historias aquí se conocían antes del genocidio -algunos eran vecinos y compañeros de juerga- y habían "trabajado" juntos durante la "temporada del machete". A Hatzfeld le fue difícil convencerlos de que hablaran, pero no tuvo problemas en acceder a ellos gracias a las autoridades de la prisión, interesadas en aumentar el conocimiento en el extranjero sobre el genocidio. Los asesinos pasaron muchos días conversando con Hatzfeld sobre sus crímenes, debajo de una acacia en un jardín aledaño a la cárcel. Ha reunido sus observaciones en breves capítulos temáticos, creando la ilusión de una conversación entre interlocutores, los dos identificados por el nombre de pila.
El lector es cautivado cuando descubre que está en realidad escuchando a hurtadillas una conversación casual entre asesinos. Los asesinos hablan sobre todo, desde la primera vez que mataron hasta cómo bromeaban violando y matando a mujeres tutsi y cómo disfrutaban comiéndose el ganado robado y otros alimentos. (Algunos incluso probaron los caramelos por primera vez). Observan que la vida sexual con sus esposas era muy cachonda y que las relaciones con sus hijos fueron normales durante los días de la masacre. El lenguaje es tan chocante como la materia. "La regla número uno era matar", dice uno. "No había otra regla". Otro compara matar a una persona con matar a una cabra: un golpe en la cabeza es suficiente para los dos.
Los lectores que puedan ir más allá de su (justificado) horror inicial encontrarán una riqueza de detalles sobre el genocidio, incluyendo el papel jugado por las autoridades de gobierno y la milicia interahamwe, la importancia de los motivos económicos (especialmente la esperanza de hacerse con tierras, cada vez más escasa en este país densamente poblado), el impulso proporcionado por emisiones radiales incitando al odio contra los tutsi, el papel de las cantinas locales como centros de reunión después del día de "trabajo" y el prestigio social atribuido a la posesión de un arma de fuego. El libro no pretende ser un estudio académico del genocidio; es limitado en su alcance y se ve estropeado por numerosos errores (no hubo masacres en la región en 1973; los presos liberados en 2003 habían confesado, pero no habían sido condenados; los jóvenes capturados en la masacre fueron dejados en libertad porque la ley ruandesa no reconoce responsabilidad penal a menores de 14, y no porque fueran amnistiados). Pero su visión de base del genocidio enriquece y completa otras versiones más formales.
Sobre todo, la presentación de Hatzfeld subraya la individualidad de cada asesino: el matón, el hipócrita, el ideólogo más viejo, el joven ingenuo. Hacia el final del libro, conocemos a Fulgence, Pancrace y los otros -una familiaridad resaltada por el uso de sus nombres reales, por las breves biografías proporcionadas al final y por la foto de grupo. Mientras la distancia entre ellos y nosotros disminuye, empezamos a preguntarnos si acaso nosotros podríamos convertirnos en criminales en circunstancias como las de ellos.
Hatzfeld rechaza esas especulaciones, "no tanto porque no nos podemos meter en la piel de los campesinos de frijoles de una montaña de Ruanda, sino porque no nos podemos imaginar nacer y crecer en un régimen tan despótico y etnocéntrico". Aunque se niega a imaginarse a sí mismo en el lugar de los asesinos -quizás porque se identifica muy estrechamente con los sobrevivientes- Hatzfeld ofrece a los asesinos la posibilidad de describir sus sentimientos de culpa y la extrañeza de encontrarse a sí mismos implicados en crímenes tan atroces. Acepta que la mayoría del grupo no tenía problemas personales con sus víctimas y subraya lo reluctante que se mostraban a expresar odio de los tutsi. Reconoce que algunos hutu murieron tratando de salvar a tutsi, pero insiste en que nadie corría el riesgo de morir por negarse a matar. Simplemente presenta esas contradicciones y las deja sin resolver, del mismo modo que deja sin respuesta la pregunta última sobre por qué mataron estos hombres.
Hatzfeld cuenta que cuando varios de los asesinos empezaron a describir la masacre de los tutsi como una batalla, él los paró bruscamente, insistiendo en que él sabía la verdad. Por supuesto, el genocidio no fue una batalla, pero ocurrió durante una guerra, en la que las autoridades ruandesas hutu acusaron a los tutsi -miembros del mismo grupo étnico que la fuerza de guerrillas que estaba atacando al gobierno en Kigali- de ser enemigos. Al negarse a escuchar esta parte de la verdad, Hatzfeld minimiza el contexto bélico del genocidio y aumenta la culpa de los campesinos. También obstaculiza el estudio de los motivos de los asesinos. En el capítulo final, este libro imperfecto, pero devastador, nos dice más sobre el cómo del genocidio que sobre el por qué. Nos deja oír a los campesinos, pero nos dice demasiado poco sobre sus temores como para hacernos entender por qué esta gente corriente cometió crímenes tan monstruosos.

Alison Des Forges es asesor de la división África de Human Rights Watch y autor de ‘Leave None To Tell the Story: Genocide in Rwanda'.

Libro reseñado:
Machete Season. The Killers in Rwanda Speak
Jean Hatzfeld
Traducido del francés por Linda Coverdale
Farrar Straus Giroux
253 pp.
$24

24 de agosto de 2005
©washington post
©traducción mQh


rapaces líderes de áfrica


[Janet Maslin] Historia de medio siglo de trastornos.
Según un proverbio africano citado en el nuevo sisífico tomo de Martin Meredith: "La carne de elefante no se termina nunca de comer". Esa idea es evocada por la abrumadora y difícil misión que se ha fijado a sí mismo este historiador, biógrafo y periodista. Se ha propuesto ofrecer una visión panorámica de la historia africana durante el medio siglo pasado, e incluir todas sus feroces trastornos en un solo y autorizado volumen.
Todo en su tema es inmenso: el idealismo, la megalomanía, los obstáculos económicos, la galopante corrupción, los inimaginables sufrimientos (SIDA, hambruna, sequía y genocidio son sólo sus causas mejor conocidas) y diferencias desesperadamente irreconciliables que conducen a guerras sin fin. "Los rebeldes no pueden sacar a los portugueses y los portugueses pueden contener, pero no eliminar a los rebeldes", decía un informe americano típicamente sombrío de 1969 sobre el impasse en Guinea-Bissau.
Para el autor, incluso organizar esta información es un trabajo terriblemente desalentador. ¿Cómo analizar cantidades tan vastas de información para el lector? Un modo fue seguir desarrollos paralelos en lugares diferentes -que es más o menos cómo trabaja Meredith, prestando atención a los espeluznantes modos en que un golpe o crisis provoca nuevos desastres. Es capaz de dirigir firmemente su libro, sin comprometer su claridad ganada con tanto esfuerzo.
Igual de fácilmente pudo haber dividido el terreno del libro en regiones geográficas y estudiar cada una cronológicamente. Pero uno de los puntos iniciales es que incluso las fronteras de alguna vez definieron a los países africanos carecen de legitimidad. Cuando las potencias coloniales europeas se repartieron África -en la llamada ‘Rebatiña por África'- a fines del siglo 19, el primer ministro británico, Lord Salisbury observó: "Nos hemos estado regalando montañas y ríos y lagos unos a otros, sólo impedidos apenas porque nunca sabíamos con exactitud dónde se encontraban".
‘The Fate of Africa' ni siquiera intenta tratar esas atrocidades pasados. De hecho, su falta de alcance más allá del medio siglo que se fijó a sí mismo, es un incordio. Pero como Meredith, sabiamente, empieza su narrativa el 9 de febrero de 1951, una fecha crucial en la historia de lo que entonces era la Costa del Oro de Gran Bretaña (pero que recuperaría pronto su antiguo nombre de Gana). Ese día el preso político Kwame Nkrumah fue elegido cuando Gran Bretaña empezaba a cumplir sus promesas de autodeterminación del país. Cuatro días más tarde, Nkrumah fue nombrado el nuevo primer ministro del país. Así empezaba el ciclo que describe este libro -desde las sombras del colonialismo al auge del autogobierno, la tiranía, la corrupción y violentas guerras civiles.
"Lo más sorprendente sobre el período de 50 años desde la independencia es el grado en que los países africanos han sufrido tantas de las mismas desgracias", escribe Meredith, convirtiéndolo en su punto más impresionante. Así que debe presentar muchas versiones diferentes y matizadas de la misma historia. Una vez que los padres fundadores, idealistas e ideólogos como Nkrumah (un personaje solitario con una improbable amistad con la reina Isabel) dieron paso a un nuevo tipo de autoridad, el libro es fuertemente dominado por el gigante autodidacta: "Un personaje extravagante y autocrático, acostumbrado a vivir con estilo y que exigía una obediencia total".
África ha producido muchas versiones diferentes de este personaje. Y su colectiva tenacidad ha sido extraordinaria: hacia fines de los años ochenta, señala Meredith, "ningún jefe de estado africano ha permitido elecciones durante tres décadas". En lugar de eso, estos dictadores -figuras tan diferentes como Haile Selassie, de Etiopía, Idi Amin, de Uganda, Gnassingbé Eyadéma, de Togo, y Robert Mugabe, de Zimbabue, que se ha fanfarroneado de que él es más duro que Adolf Hitler- "se pavonean en el escenario, sin tolerar ni oposición ni disidencias, manipulando las elecciones, castrando los tribunales, intimidando a la prensa, sofocando las universidades, exigiendo un abyecto servilismo y haciéndose extraordinariamente ricos".
Hay más ignominia todavía. Pero el libro reserva una distinción especial para Jean-Bedel Bokassa, de la República de África Central, cuyo reinado "combinaba no solamente codicia extrema y violencia personal, sino además delirios de grandeza no superados por ningún otro presidente africano". La coronación de Bokassa en 1977 costó 22 millones de dólares y tomó lugar en un país que sólo tiene 418 kilómetros de caminos pavimentados.
Aunque Meredith encuentra unos pocos lugares de viabilidad económica (Botsuana), alivio (los sudafricanos saliendo en multitudes a votar por la presidencia de Nelson Mandela), personajes nobles (el presidente poeta Léopold Senghor, en Senegal) y liderazgo valioso (el vice-presidente John Garang, el ex líder rebelde cuya muerte la semana pasada en un accidente de helicóptero desencadenó un paroxismo de dolor en Sudán), casi todo el libro reposa copiosamente en evidencias documentadas de galopante y alucinante corrupción.
Este informe puede ser acusado de un implacable pesimismo si no estuviera tan bien documentado. Aquí las fuentes incluyen a escritores africanos (Chinua Achebe, Wole Soyinka), colegas periodistas con experiencia en África (Michela Wrong, Philip Gourevitch) e informes de Human Rights Watch y la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Joseph Conrad, que sabía algo sobre el corazón del África, también es mencionado.
‘The Fate of Africa' es demasiado desigual. El general Amin puede haber sido el más infame matón amante de los cocodrilos, pero sólo ocupa unas pocas de las 700 páginas de este libro. También se encuentra aquí la guerra de Francia con Argelia (el tema de 3.000 libros y 35 películas, de acuerdo al autor); el papel y martirio de Patrice Lumumba en el Congo; la frustrada excursión del Che Guevara en África después de la revolución cubana; los primeros revuelos de la yihad islámica en África; y los desastrosos cálculos detrás de la intervención norteamericana en Somalia.
El frecuente alegato de Meredith es que los complicados problemas africanos han sido explotados y simplificados para beneficio del mundo más ancho. Señala la desenfrenadas ideas de que los refugiados hutu eran las víctimas, no los perpetradores, del genocidio ruandés. Ve un componente político cínico en la altamente publicitada hambruna en lugares como Etiopía y Biafra. El libro subraya la frustración de las organizaciones de ayuda contra el hambre al tratar de vérselas con gobiernos suficientemente cínicos como para usar la hambruna como una oportunidad de salir en la foto y como táctica militar.
En cuanto a su título, ‘The Fate of Africa' también tiene sus enemigos. "Lejos de ser capaces de proporcionar ayuda y protección a sus ciudadanos", escribe, "los gobiernos africanos y los políticos vampirescos que los gobiernan son considerados por sus poblaciones como otra carga que deben soportar en la lucha por la supervivencia".

Libro reseñado:
The Fate of Africa: A History of 50 Years of Independence
Martin Meredith
Ilustrado
752 pp.
Public Affairs
$35,-

8 de agosto de 2005
©new york times
©traducción mQh