Blogia
mQh

reseñas

manual ideológico de osama bin laden


[Noah Feldman] Compilación de discursos del cabecilla terrorista bin Laden ilustra su evolución hacia los crímenes colectivos premeditados.
Hay algo obsceno en el acto de leer las justificaciones de un reconocido asesino en masa. Pero lo que hace diferente esta la compilación de discursos, entrevistas, actualizaciones en la red y otras declaraciones públicas de Osama bin Laden, de, por ejemplo, ‘Helter Skelter’ es que bin Laden no es un demente, clínicamente hablando. Da razones de sus acciones que, aunque moralmente aberrantes e irresponsables teológicamente, pueden ser aceptadas por personas que piensan normalmente de acuerdo a la lógica y que pueden compartir sus premisas. Esto lo convierte en más o menos peligroso de los Charles Manson que hay entre nosotros. Bin Laden tiene una audiencia, de la que está agudamente consciente -un hecho que quedó particularmente en claro con su reciente ofrecimiento de una ‘tregua’ con Estados Unidos. Sus palabras, tanto como sus actos, buscan convencer a otros de adoptar su visión del mundo y actuar de acuerdo a ella.
De hecho, sin palabras la violencia de bin Laden no lograría sus objetivos confesados.
Según sus propias palabras, bin Laden no es ni nihilista ni cree en el advenimiento del milenio. No afirma haber optado por la violencia por su propio fin ni con la esperanza de apresurar el apocalipsis. Más bien, quiere satisfacer los deberes gemelos de llamar a los no creyentes al islam y defender de ataques a la comunidad musulmana.
El objetivo de la yihad (presentada por bin Laden como un asunto de defensa propia) necesita palabras porque bin Laden no tiene un ejército respetable que lo respalde. Incapaz de subyugar a Occidente, bin Laden cree que lo mejor que puede hacer es causar daño -humano y económico- y luego chantajear a su objetivo. Para bin Laden la violencia es un instrumento. Es la interpretación de la violencia la que es esencial en su programa religioso y político. Tener su explicación en la mano es hacer frente a su razón de ser.
‘Messages to the World’ está casi demasiado bien hecho. Empastado en una atractiva cubierta naranja e impresa en excelente papel, viene decorado con una pintura en miniatura del hombre mismo, vestido en uno de sus elusivos y cuidadosamente combinados conjuntos. Los picos de la montaña de Hindu Kush se asoman en el fondo, recordatorios de la debacle de Tora Bora. La traducción de James Howarth es idiomática y encomiable. Las notas de Bruce Lawrence son a veces idiosincrásicas -¿por qué refutar la acusación de que Estados Unidos creó el virus del SIDA pero no la de que "Rumsfeld, el carnicero de Vietnam" es responsable de la muerte de dos millones de personas? Y la introducción de Lawrence pudo haber prescindido de la intrigante comparación con el Che Guevara. En general, sin embargo, las explicaciones del contexto en el libro serán útiles para los no iniciados en los discursos del radicalismo musulmán contemporáneo.
La verdadera contribución de este libro es lo que nos dice sobre el propio desarrollo de bin Laden. Empezando como un mordaz crítico del gobierno saudí, se convierte en adalid de la guerra religiosa global y del asesinato intencionado de civiles, incluyendo mujeres y niños. Este ‘progreso’ nos dice algo potencialmente útil sobre el desarrollo de la ideología radical islámica en los últimos años.
Producto de la sociedad saudí, el joven bin Laden reconocía la autoridad moral de los clérigos, que gozan de una posición casi oficial en el reinado por ser los que legitiman el gobierno de la familia real. Su primer pronunciamiento público importante, en 1994, lo hizo cuando tenía 37 años y había vivido durante tres en el exilio en Sudán, tomó la forma de una carta abierta al jeque Abdelziz bin Baz, entonces gran mufti de Arabia Saudí y un hombre considerado ampliamente tanto como un conservador religioso como un creíble académico musulmán. En la carta, bin Laden se dirige respetuosamente a bin Baz, instándole a retractarse de la fatwas que autorizaba la presencia de tropas extranjeras en el reino y legitimaba los acuerdos de Oslo. Bin Laden se presentaba a sí mismo no como una autoridad religiosa por su propio derecho -de hecho, no tiene calificaciones académicas- sino como partidario de clérigos saudíes disidentes que habían sido silenciados por el gobierno saudí.
Sin embargo, en 1997 bin Laden había empezado a abandonar su actitud respetuosa y a asumir para sí mismo un papel (como dijo en una entrevista con el periodista Peter Arnett) de "prescribir lo justo y prohibir los errores", ya que los clérigos musulmanes parecían incapaces de cumplir con este deber tradicional. Se había embarcado en un curso que le condujo finalmente a la conclusión de que prestar atención a los clérigos que yerran, es "equivalente a adorarlos a ellos antes que a Dios". Desde ahí no había más que un paso para tratar de reemplazarlos, ofreciendo sus propias explicaciones de los textos y tradiciones islámicas y presentándolas como vinculantes para los creyentes.
Las innovaciones ‘jurídicas’ de bin Laden no carecen de importancia. Siguiendo a otros radicales, habla frecuentemente de la guerra contra los cristianos y judíos como un deber individual de todos los musulmanes. Pero de acuerdo a la ley islámica, sólo la yihad defensiva es un deber individual; la yihad ofensiva es un deber colectivo de la comunidad musulmana, que debe ser llevada a cabo sólo bajo el mando de un líder responsable.
Entendido clásicamente, el imperativo de la yihad prohíbe el asesinato de inocentes. En 1996 bin Laden negó haber atacado a civiles, y en 1997 condenó la hipocresía del gobierno de Estados Unidos por no considerar terrorismo el bombardeo de Hiroshima. Con el tiempo, sin embargo, bin Laden ha llegado a justificar el asesinato de civiles. En noviembre de 2001, por ejemplo, cuando se le preguntó en una entrevista si el asesinato de civiles (incluyendo musulmanes) el 11 de septiembre de 2001 era justificado, argumentó que los asesinatos de estadounidenses eran justificados si eran por venganza, y señaló que la ley islámica permite a los creyentes atacar a los invasores aun cuando el enemigo use escudos humanos. Pero esta posición clásica tenía originalmente la intención de justificar legalmente la muerte accidental de civiles en circunstancias muy precisas -no un fundamento para el asesinato intencional de no combatientes. Más tarde, en una carta abierta a los americanos publicada en internet en 2002, bin Laden parece haber abandonado este argumento semi-académico a favor de la afirmación más perversa de que ya que Estados Unidos es una democracia, todos los ciudadanos cargan la responsabilidad de las acciones de su gobierno y por eso los civiles pueden ser blancos justificados.
El giro en la autoridad, de los clérigos hacia los individuos, es visto a veces como una característica de la reforma musulmana. Si es así, sus perjudiciales consecuencias deben ser reconocidas junto con cualquier promesa que tenga. El deber individual de la yihad y el ataque contra civiles son dos pilares indispensables del movimiento de la yihad tal como existe hoy en día. La movida de bin Laden para suplantar la tradición académica, arrogarse autoridad y promulgar la violencia a gran escala representa un intento histórico de hacerse con el poder. Cuando bin Laden dice que está haciendo una guerra religiosa, está haciendo más que tratando de movilizar a los musulmanes: está tratando de ser visto como alguien que toma decisiones legítimas y, por tanto, como líder.
En última instancia, las innovaciones de bin Laden son importantes porque indican el camino para contrarrestar sus argumentos. Los ataques con civiles musulmanes en Iraq y Jordania han empezado a crear un contragolpe violento, y el ataque contra civiles es una vez más un tema entre yihadistas y otros musulmanes de un modo que no lo había sido desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. A largo plazo, el único modo de terminar de raíz con el movimiento yihadista internacional es que los musulmanes concluyan que sus propias tradiciones religiosas no aprueban las desviaciones de los últimos años.
Colocar las palabras de bin Laden en papel ayuda a mostrarlo como lo que es: un musulmán marginal que distorsiona la fe para justificar el asesinato. Al final, lo más instructivo que podemos hacer con un libro como este es utilizarlo contra él mismo, como una herramienta en la lucha contra el terrorismo.

Noah Feldman es profesor de derecho en la Universidad de Nueva York. Su libro más reciente es ‘Divided by God’.

Libro reseñado:
Messages To the World. The Statements of Osama bin Laden.
Editado e introducido por Bruce Lawrence.
Traducido por James Howarth.
292 pp.
$16.95

12 de febrero de 2006

©new york times
©traducción mQh

rss

porqué de la guerra fría


[James Mann] Ahora sabemos porqué el terrorífico impasse de las superpotencias no terminó en guerra abierta.
Cuando el Ejército Popular de Liberación de China cruzó sorpresivamente el río Yalu durante la Guerra de Corea, el general Douglas MacArthur ordenó que se arrojasen bombas atómicas sobre las tropas chinas. La Unión Soviética respondió con ataques nucleares contra las ciudades de Corea del Sur, Pusan e Inchon. Los estadounidenses contraatacaron arrasando Vladivostok y dos ciudades chinas; los soviéticos, a su vez, bombardearon Frankfurt y Hamburgo.
Todo esto es pura ficción, por supuesto; ningún país ha usado armas nucleares desde que Estados Unidos destruyera Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Pero en un par de espantosos párrafos del nuevo libro de John Lewis Gaddis, ‘The Cold War’, este escenario se presenta como un hecho dentro de una historia de otro modo factible, hasta que finalmente el autor declara la ficción.
Es la manera poco convencional de Gaddis de hacer un importante punto: La Guerra Fría fue significativa históricamente más por lo que no pasó que por lo que ocurrió efectivamente. Por espantoso que fuera el gran enfrentamiento global, Estados Unidos y la Unión Soviética nunca iniciaron una guerra a toda escala. "Antes de 1945 las grandes potencias se hicieron guerra con tanta frecuencia que parecían rasgos permanentes del espacio internacional", observa Gaddis. Pero las armas nucleares significaban que "por primera vez en la historia, nadie podía estar seguro de ganar, ni siquiera de sobrevivir, una gran guerra". Y así las guerras que pelearon las superpotencias y sus aliados -como en Corea, Vietnam y Afganistán- fueron de alcance limitado.
Gaddis, que enseña historia en la Universidad de Yale, es el más prominente historiador estadounidense de la Guerra Fría. Emergió primero a los 34 años como líder de la escuela ‘post-revisionista’ de la historia de la Guerra Fría. El primer grupo de historiadores que escribieron sobre la Guerra Fría la atribuyeron en gran parte al deseo de que la Unión Soviética dominara Europa, de José Stalin. A fines de los años cincuenta y sesenta, la escuela revisionista, dirigida por William Appleman Williams de la Universidad de Wisconsin, argumentó que la Guerra Fría fue sobre todo una consecuencia de los intereses económicos estadounidenses, que empujaron a Moscú a reaccionar defensivamente ante la potencial invasión estadounidense de su patio trasero.
Pero llegó Gaddis. Rechazando ambas contenciones, su libro de 1972, ‘The United States and the Origin of the Cold War’ [Estados Unidos y el origen de la Guerra Fría], retrató los orígenes del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética menos como la falta de uno de los lados y más como el resultado de una plétora de intereses conflictivos y el deficiente conocimiento mutuo de las dos superpotencias, propulsado por la política nacional y la inercia burocrática. Desde entonces Gaddis ha explorado la Guerra Fría en seis otros libros y, en el proceso, sus puntos de vista han evolucionado -más notablemente en ‘We Now Know’ (1997), que se basó en archivos soviéticos recientemente disponibles. Especialmente desde el colapso soviético, ha enfatizado la importancia de los valores democráticos y la capacidad de Estados Unidos para relacionarse con sus aliados de un modo profundamente más decente que la Unión Soviética con Europa del Este. De hecho, Gaddis ha retrocedido casi hasta el punto donde empezaban los primeros historiadores de la Guerra Fría, responsabilizando a Stalin y la brutal naturaleza de su régimen.
El último libro de Gaddis reduce toda la historia de la Guerra Fría a 266 páginas de texto a veces brillante por su agudeza y lúcida prosa destinada no a historiadores y especialistas, sino a lectores corrientes. Para producir esta nueva síntesis, no ha hecho mucho trabajo de campo en archivos, y, a veces, descansa pesadamente en sus trabajos anteriores. Sin embargo, hay que reconocer que Gaddis no se limita a rescribir su propia obra ni a volver a trazar los principales acontecimientos de 1946 a 1991. En lugar de eso, trata de encontrar nuevos modos (como su sorprendente invención coreana) para cubrir el tema, retrocediendo y considerando todo el período con distancia y perspectiva.
Gaddis empieza ‘The Cold War’, por ejemplo, no en Moscú, Washington o Europa del Este, sino en una isla frente a las costas de Escocia, donde un enfermizo y deprimido escritor inglés llamado Eric Blair, escribiendo bajo el nombre de pluma de George Orwell, se sentó a escribir su novela ‘1984’, el clásico retrato de un mundo totalitario. "Vale la pena empezar con visiones... porque fijan las esperanzas y los temores", explica Gaddis. "La historia determina luego qué prevalecerá". En las páginas finales concluye que la Guerra Fría "empezó con un retorno del temor y terminó con el triunfo de la esperanza, una inusual trayectoria para los grandes trastornos históricos".
Los ensayos en escritura imaginativa de Gaddis no son siempre exitosos. El ficticio pasaje sobre el uso de armas nucleares en la Guerra de Corea, por ejemplo, es tan fuera de carácter con el resto del libro que deja al sorprendido lector preguntándose qué está pasando. Su capítulo final se convierte misteriosamente en una disertación sobre cómo el aniversario número quinienos del viaje de Cristóbal Colón muestra la precariedad de los juicios históricos.
Gaddis claramente escribe mucho mejor sobre los primeros períodos de la Guerra Fría, de 1940 hasta la crisis de los misiles cubanos en 1962, que sobre períodos posteriores. Cuando cubre los orígenes del conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, su narrativa es segura de sí misma, el análisis agudo. Examinando cómo en los años cincuenta Estados Unidos rechazó la idea de una guerra nuclear limitada, por ejemplo, llama a Dwight D. Eisenhower "el estratega más sutil y brutal de la era nuclear... Insistió en planificar solamente una guerra total. Su propósito era asegurarse de que no estallaría ninguna guerra en absoluto".
Cuando Gaddis trata los años sesenta y setenta, en contraste, ofrece menos percepciones y parece estar con prisa de cubrir todo. Se estanca en los detalles de acontecimientos tales como el conflicto entre Somalia y Etiopia a fines de los años setenta, incluso aunque reconoce más tarde que no afectó el panorama general de la Guerra Fría. Su manera de introducir las revueltas contra la autoridad establecida en lugares como Estados Unidos y Francia a fines de los años sesenta es describir como Mao Zedong de China se quejó una vez de que los jóvenes alborotadores Guardias Rojos no le escuchaban -un ejemplo bizarro, ya que como Gaddis mismo lo admite más tarde, fue Mao quien había aguijoneado a los Guardias Rojos a rebelarse en primer lugar.
Gaddis enfatiza particularmente el rol de la ideología, especialmente el fracaso del marxismo-leninismo en predecir cómo se conducían gente y países. La lucha de clases no emergía del modo que habían anticipado los teóricos comunistas, y, para sorpresa de Stalin, las principales potencias occidentales colaboraron unas con otras durante décadas antes que hacerse la guerra por cuestiones económicas. "Es en esto donde los capitalistas tenían razón: eran mejores que los comunistas a la hora de aprender de la historia, porque nunca adoptaron una sola teoría simple, sacrosanta y por eso incontestada de la historia", concluye Gaddis.
Los principales héroes de su historia son los que desafiaron al régimen soviético en el reino de las ideas y valores, como Orwell, Andrei Sajarov, Alexander Solyenitsin, Vaclav Havel y el Papa Juan Pablo 23. En cuestiones de estrategia, Gaddis le otorga un gran valor a George F. Kennan (que murió el año pasado a los 101), el brillante diplomático estadounidense que escribió el famoso ‘largo telegrama’ de 1946 y el anónimo artículo ‘X’ en la revista Foreign Affairs, que ambos explicaban los orígenes de la estrategia soviética y sentaron las bases de la política americana de contención. (Gaddis, que está escribiendo la biografía de Kennan, dedica a él ‘The Cold War’).
Gaddis es marcadamente menos entusiasta sobre los líderes occidentales que buscaron un entendimiento práctico con el comunismo soviético sin amenazar su legitimidad. Por ejemplo, explora cuidadosamente las ideas estratégicas de Richard M. Nixon y Henry Kissinger, dando crédito (demasiado, de hecho) a su diplomacia secreta de equilibrio de poder. Pero luego concluye que su búsqueda de una détente con Moscú reflejaba "una especie de anestesia moral... En su búsqueda de estabilidad geopolítica, el gobierno de Nixon había empezado a apoyar la estabilidad doméstica en la Unión Soviética" -rechazando a disidentes y profetas como Sajarov y Solyenitsin.
Sin embargo, esos detractores son los que ganaron finalmente. La Guerra Fría tuvo como resultado el descrédito de las dictaduras en todo el planeta y "la globalización de la democracia", escribe Gaddis. "Fomentar la democracia se convirtió en el modo más visible en que los estadounidenses y sus aliados de Europa Occidental podían diferenciarse a sí mismos de sus rivales marxistas-leninistas".
Debido a estas opiniones, Gaddis se ha convertido en el historiador favorito del gobierno de George W. Bush, el que, por supuesto, está ahora tratando de promover la democracia en Oriente Medio. Hace un año, Gaddis fue llamado a la Casa Blanca a exponer sus ideas antes de que Bush leyera su segundo discurso inaugural, en el que volvió a enfatizar la importancia de la democracia.
En sus otros escritos, Gaddis se ha convertido en un partidario, con reservas, de la estrategia del gobierno de Bush para combatir el terrorismo. Mientras critica el carácter unilateral del primer mandato de Bush, le da crédito a la idea de la guerra disuasiva o incluso preventiva, argumentando que los atentados del 11 de septiembre de 2001 demostraron que Washington necesitaba una nueva estrategia para una nueva era. "Ese acontecimiento reveló una categoría de amenazas tan difíciles de detectar y sin embargo tan devastadoras si se llevaban a cabo, que Estados Unidos tenía pocas opciones sino usar medios disuasivos para impedir su emergencia", escribió hace un año en Foreign Affairs.
Y sin embargo las conclusiones de Gaddis en su nuevo libro ponen en cuestión otros aspectos de la actual estrategia del gobierno. Varios de los principales funcionarios del gobierno, empezando con el vice-presidente Cheney y el ministro de Defensa, Donald Rumsfeld, comenzaron sus carreras y desarrollaron sus ideas durante la Guerra Fría. Han enfatizado sobre todo la importancia del poderío militar estadounidense. Pero Gaddis saca la conclusión opuesta. "La Guerra Fría será recordada, entonces, como el punto en que el poderío militar, una característica definitoria del ‘poder’ en sí mismo en los últimos cinco siglos, dejó de ser eso", argumenta. "Después de todo, la Unión Soviética se derrumbó con todas sus fuerzas militares y con su capacidad nuclear intacta". Esas son palabras que vale la pena recordar en momentos en que Estados Unidos, la superpotencia sobreviviente, se ocupa del mundo tras la Guerra Fría. Sin ideales, los misiles no importan.

James Mann es el autor en residencia de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins. Su libro más reciente es ‘Rise of the Vulcans: The History of Bush’s War Cabinet’.

Libro reseñado:
The Cold War. A New History
John Lewis Gaddis
Penguin Press
333 pp.
$27.95

3 de febrero de 2006

©washington post
©traducción mQh

rss

de viaje con monsieur lévy


[Garrison Keillor] Relato de viajes por Estados Unidos del autor francés provoca resquemores por la arbitrariedad y superficialidad de sus meditaciones.
Cualquier americano con el impulso irrefrenable de escribir un libro explicando Francia a los franceses debería leer este libro en primerísimo lugar, para tener una muestra de las vicisitudes que implica. Bernard-Henri Lévy es un escritor francés con un estilo prosístico del tipo salpicón de pintura y la pompa de un estudiante universitario de segundo año; hizo algunos paseos en este país a petición del Atlantic Monthly y ahora ha ordenado sus apuntes en una especie de libro. Es un clásico de la serie de Excursiones Excéntricas, Golosas, Fanáticas y de Falsa Cultura tan estimada por los periodistas europeos en los últimos cincuenta años, con paradas en Las Vegas para visitar un club de bailarinas exóticas y un burdel; Beverly Hills; Dealey Plaza en Dallas; la Bourbon Street en Nueva Orleans; Graceland; una feria de armas en Forth Worth; un ‘club de intercambio de parejas;’ en San Francisco, con una reinona con gigantescas tetas de silicona; la Feria del Estado de Iowa ("un festival del mal gusto americano"); Sun City ("apartheid dorado para los viejos"); una carrera de stock cars; el Mall of America; Mount Rushmore; una pareja de mega-iglesias evangélicas; los mormones de Salt Lake; algunos cuáqueros; las convenciones políticas nacionales de 2004; Alcatraz -para que te hagas una idea. (Por alguna razón, se perdió el Sturgis Motorcycle Rally, los premios a las películas de videos para adultos, la tumba de Warren G. Harding y el Ovillo de Lana Más Grande del Mundo). Conoce a Sharon Stone y John Kerry y a una mujer que llegó a pesar 221 kilos y a una pareja de obesos con rifles, pero a nadie que podamos reconocer. En más de 300 páginas, nadie cuenta un chiste. Nadie trabaja demasiado. Nadie se sienta a comer y disfrutar de su comida. Has vivido toda la vida en Estados Unidos, no has ido nunca a una mega-iglesia ni a un burdel, no posees armas, no eres cuáquero, y de repente te das cuenta de que este es un libro sobre los franceses. No tiene motivo para existir en inglés, excepto como evidencia de que el viaje no necesita ensanchar tus horizontes y que uno debería desconfiar de libros que lleven la palabra Tocqueville en el título.
En Nueva Orleans, una joven se desnuda en un balcón mientras los jóvenes le arrojan cuentas de Mardi Gras. Nos enteramos de que gran parte de esta ciudad está bajo el nivel del mar. En una carrera de stock cars presiente que los espectadores "esperan al mismo tiempo que temen un accidente". Nos enteramos de que Los Angeles no tiene centro y de que es una de las ciudades más polucionadas del país. "En dirección a Virginia, y Norfolk, que, según entiendo, es una de las ciudades más antiguas de un estado que fue uno de los 13 fundadores de la Unión", escribe Lévy. En realidad. Le gusta Savannah y entra en éxtasis con Seattle, especialmente con la Aguja del Espacio, que representa para él "todo lo que América me ha hecho soñar siempre: la poesía y lo moderno, la precariedad y los retos técnicos, la levedad de la forma engranada con el síndrome de Babilonia, las luces de la ciudad, la inolvidable calidad de la oscuridad, los altos árboles de acero". Okey, qué bien. La Torre Eiffel es también linda.
Pero cada diez páginas o algo así, Lévy choca con alguna muralla. Sobre la Old Glory [la bandera de Estados Unidos], por ejemplo. Alguien le contó sobre las reglas del manejo propio de la bandera, y sobre la base de estas reglas (la bandera no debe tocar el suelo, debe ser desechada quemándola) se inventa un fetichismo americano de la bandera, una obsesión nacional, el culto de la adoración de la bandera. Alguien olvidó decirle que para los que no somos Boy Scouts esas reglas no significan demasiado en nuestras vidas. Se pone lírico escribiendo sobre el béisbol -"ese deporte que contribuye a fijar la identidad de la gente y que en realidad se ha convertido en su religión cívica y patriótica, que es el béisbol"- y cuando, de visita en Cooperstwon ("la nueva Nazaret") se entera de que el Comisionado Bud Selig una vez depositó una corona en la tumba del Soldado Desconocido en Arlington, donde también está enterrado Abner Doubleday, Lévy pierde la compostura. Un evento importante sólo para Selig y su familia directa se convierte para Lévy en una proclamación oficial de Abner, "ante los ojos de América y del mundo", como "el papa de la religión nacional... ese día no solamente la ciudad sino todo Estados Unidos se unió en una celebración que tenía el doble mérito de asociar el pasatiempo nacional con los valores rurales tradicionales que personifica la ciudad de Fenimore Cooper y también la grandeza patriótica que conlleva el nombre de Doubleday". Eh, en realidad no es así. Negativo en "papa" y "nacional" y "todo Estados Unidos" y y "personifica" y "Doubleday".
El autor adora a Woody Allen y Charlie Rose en términos que harían que Donald Trump se encogiera de vergüenza. Admira a Warren Beatty, aunque ve a Beatty en un evento público "entre los ricos y los guapos que como siempre en América... forman una mascarada de los muertos vivientes, cada uno más operado y momificado que el otro, fieros, con aspecto de mutantes, inhumanos, en última instancia decepcionantes". Lévy se siente bastante a gusto con frases como "como siempre en América". La grandilocuencia es natural en él. Empieza a llover sobre la multitud reunida para la inauguración de la Biblioteca Clinton en Little Rock, y para Lévy simboliza la defunción del Partido Democrático. Como siempre con los escritores franceses, Lévy es flaco en los hechos, gordo en las conclusiones. Tiene un breve encuentro con un joven en las afueras de Montgomery, Alabama. ("Le escucho hablarme, como si estuviera justificándose a sí mismo, sobre su cariño por esta región"), y repentinamente se da cuenta de que el joven tiene "todos los reflejos de la cultura sureña" y la "estudiada elegancia... tan característica de esta región". Con su visión de rayos equis, Lévy es capaz de llegar a las más exageradas conclusiones con un simple salto.
Y, por Dios, el infantil gusto por las paradojas -América es magnificente, pero loca, codiciosa y modesta, embriaga por el materialismo y la religiosidad, lo puritano y lo escandaloso, orientada hacia el futuro y sin embargo obsesionada por sus recuerdos. La lealtad americana a los partidos es "muy fuerte y muy flexible, extremadamente tenaz y al final algo hueca". Existencial y no obstante desprovista de contenido y dirección. El club de intercambio de parejas es a la vez "libertino" y "convencional", "depravado" y "decoroso". Y así el lector se fascina y hastía con el tedioso y original pensamiento de Lévy: "Un fuerte vínculo mantiene unida a América, pero es un vínculo mínimo. Un cariño de gran intensidad, pero sin resolución. Un lugar de una alta -extremadamente alta- tensión simbólica, pero neutral, casi vacía". ¿Pero cuál es el sentido de la ráfaga de preguntas retóricas? ¿Así hablan los franceses o es algo que reservan para libros sobre Estados Unidos? "¿Qué es ser republicano? ¿Qué distingue a un republicano de un demócrata en la América de hoy?", escribe Lévy, como un estudiante rellenando un ensayo. "¿Qué nos dicen todas estas experiencias?", escribe sobre el Mall of America. "¿Qué aprendemos sobre la civilización americana en este mausoleo de la mercadería, en esta acumulación funeraria de bienes falsos e inútiles en esta atmósfera de fin de mundo? ¿Qué efecto tiene sobre la América de hoy en este espacio confinado, en este acuario, donde sólo subsiste una semblanza de la vida?" ¿Y qué debemos hacer con estas series de preguntas -20 seguidas- sobre Hillary Clinton, con las que Lévy quiere decir que ella quiere llegar a la Casa Blanca para borrar la vergüenza del affair de Lewinsky? ¿Sabía Lévy algo sobre el juego de las 20 Preguntas, que se juega normalmente cuando se viaja en coche por Estados Unidos? ¿Debemos leer este pasaje como una metáfora de la agitación americana? ¿Se da cuenta de lo irritante que es todo esto? ¿Lo sabe? ¿Usted lo sabe? ¿Puedo parar ahora?
América está cambiando, concluye, pero América perdurará. "No creo que haya alguna razón para desesperarse por este país. No importa cuántos trastornos, disfunciones, impulsos pueda tener... no importa lo fragmentado que se encuentre el espacio social y político; a pesar de esta hipertrofia nihilista de una mezquina memoria de anticuario; a pesar de esta hiper obesidad -cada vez menos metafórica- de los grandes cuerpos sociales que conforman el invisible edificio del país; a pesar de la terrible miseria de los guetos... no puedo convencerme del colapso, anunciado en Europa, del modelo americano".
Gracias, colega. Tampoco yo puedo imaginarme el colapso de Francia a corto plazo. Gracias por venir. No choques con la puerta al salir. En tu nuevo libro háblanos de esas revueltas en Francia, de los coches quemados en los suburbios de París. ¿Qué fue todo eso? ¿Participaron también los gordos?

Garrison Keillor es escritor. Ha editado recientemente ‘Good Poems for Hard Times’.

Libro reseñado:
American Vertigo. Traveling America in the Footsteps of Tocqueville
Bernard-Henri Lévy
Traducido por Charlotte Mandell
308 pp.
Random House
$24.95

29 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

rss

extrañas coincidencias y predicciones


[William Grimes] Momentos estrafalarios.
Una mujer en Alabama decidió visitar a su hermana. Su hermana, sin que ella lo supiera, había decidido lo mismo. Chocaron de frente en una autopista rural. Las dos murieron. Y las dos conducían todoterrenos. Esta es una coincidencia rara, aunque no tan rara, quizás, como el caso de Roy Cleveland Sullivan, un guardia forestal de Virginia al que le cayó siete veces un rayo, o la existencia de un vendedor de hielo llamado I.C. Shivers [Tiritones].
La ley de la probabilidad opera de manera rara. Este es el principal argumento de ‘Beyond Coincidence’ [Más allá de las coincidencias], de Martin Plimmer y Brian King, una compilación de extrañas anécdotas envueltas flojamente en un colorido papel de tejidos intelectuales. Es un ejemplo magnífico del género conocido como literatura de retrete, con algunas tibias excursiones en la psicología y matemáticas detrás de misteriosas coincidencias que el escritor Arthur Koestler llamó "juegos de palabras del destino".
Tal como la naturaleza aborrece el vacío, los seres humanos rechazan la idea de que los acontecimientos puedan ocurrir de manera arbitraria. Son altamente receptivos de mensajes divinos que sugieren lo contrario, como en la extraña historia de la señora Willard Lowell, de Berkeley, California, que descubrió que se había dejado a sí misma fuera de la casa cuando llegó el cartero con una carta. En la carta estaba la copia de emergencia de la llave de la puerta de calle, que le había enviado su hermano, que se la había llevado a casa por error en una visita reciente.
Sucesos como estos provocan escalofríos, pero la matemática detrás de coincidencias extrañas muestra que la mayoría de la gente simplemente entiende mal las estadísticas. Las posibilidades de encontrar a alguien en un cumpleaños no son de 365 contra 1. En un habitación con solo 23 personas, las posibilidades de que dos de ellas tengan el mismo aniversario son todavía mayores.
Un mundo sin el constante aluvión de las coincidencias extrañas sería mucho más notable que un mundo sin esas coincidencias. No es para nada inusual tener un sueño que prediga con precisión un acontecimiento futuro, o que dos jugadores de golf lleguen al mismo hoyo. En promedio, cada uno de nosotros debería tener un sueño premonitorio cada 19 años, y las posibilidades de un doble-en-uno, aunque aparentemente asombroso, son de 1.85 billones contra 1, lo que garantiza que esto ocurra una vez al año.
Es fácil predecir que más de estas coincidencias raras vienen en camino, a medida que el mundo crece más y aumenta el volumen de información. Como lo dicen los autores: "La ley estadística de los grandes números sostiene que si la muestra es muy grande, incluso las cosas más improbables se hacen probables". Eso incluye la mano perfecta repartida a los cuatro miembros de un club de twist británico en 1998, que recibieron cada uno 13 cartas de un solo palo.
Sin embargo, algo profundo en la mente humana resiste la explicación que ofrecen las estadísticas. Puede ser que la responsable sea la evolución. "Hemos tenido tanto éxito como especie precisamente porque somos buenos en hacer conexiones entre eventos y detectando patrones y regularidades en la naturaleza", explica Christopher French, psicólogo. "El precio que pagamos es la tendencia a veces a detectar conexiones y patrones que no existen".
Esa tendencia explicaría el descubrimiento de que tocar el álbum de Pink Floyd, ‘Dark Side of the Moon’ mientras se mira ‘El mago de Oz’ genera casi tantas coincidencias sorprendentes como las correspondencias detalladas en ‘El código de la Biblia’, un análisis numerológico de la Biblia que revela, entre otras cosas, una predicción del asesinato de Yitzhak Rabin.
Plimmer y King, que exploraron antes este territorio en una serie de programas para la Radio BBC 4 se pelean para rellenar sus cuotas de páginas. Gastaron demasiado tiempo con Richard Wiseman, autor de ‘El factor suerte’, y sus programas de preparación diseñados para convertir a miserables y desafortunados escépticos en afortunados ganadores.
Han llenado el libro con anécdotas que suenan demasiado bien como para ser verídicas, e incluso más que son demasiado verídicas para ser buenas. George Frideric Handel y Jimi Hendrix vivieron en domicilios adyacentes en Londres. En un supermercado británico nueve mujeres que trabajaban en la misma caja quedaron embarazadas en un período de diez meses. Un hombre que trataba de consolar a su vecino después de una dolorosa separación puso en el tocadiscos la canción favorita de la pareja. Oooh.
Por otro lado, es profundamente satisfactorio saber que un granjero canadiense llamado McDonald tenía el código postal EIEIO y hay al menos una mitad de guión en la historia de un asaltante de bancos que asaltó el mismo banco y al mismo cajero dos veces, y escapó porque el guardián del banco y los gerentes estaban en una oficina atrás mirando los videos de su primer asalto.
El premio a las coincidencias más dolorosas de la historia escrita debe ser para el poeta Simon Armitage, que descubrió de casualidad un ejemplar usado de uno de sus libros de poemas en el cubo de basura frente a una tienda de segunda mano. En la cubierta estaba la siguiente dedicatoria, escrita por él mismo: "A papá y mamá".

20 de enero de 2006

©new york times
©
traducción mQh

rss

estados unidos como titán bueno


[Rich Lowry] Un escritor liberal argumenta que la potencia estadounidense da seguridad, estabilidad y prosperidad al planeta
‘The Case for Goliath’ es lo que en el mundo editorial llaman "un título que vende" -o, al menos, lo que más se pueda vender de un libro que es un trabajo sobrio sobre relaciones internacionales, antes que una diatriba escrita para hacerse camino hacia la lista de mejor vendidos a fuer de puñetazos y patadas. Como ocurre a menudo con los títulos que venden, este es llamativo, provocador y no enteramente defendible. Tras leer el libro de Michael Mandelbaum los lectores no terminarán convencidos de que Estados Unidos actúa como el gobierno mundial. Sin embargo, si estarán más ilustrados.
Mandelbaum es un liberal internacionalista, partidario de la visión de Woodrow Wilson de blandir el poder estadounidense a favor de la apertura política y los derechos humanos, sobre la que da clases en la Universidad John Hopkins. No ha perdido el equilibrio durante la presidencia de Bush, en una época en que muchos liberales idealistas se han despreocupado del fomento de la democracia justo cuando es retomada por un presidente conservador republicano. El último libro de Mandelbaum fue el dogmático ‘The Ideas That Conquered the World’, un relato sobre cómo la ‘tríada’ wilsoniana de paz, democracia y mercados libres ha llegado a dominar al mundo. Comparado con ‘Ideas’, que se extiende por casi 500 páginas, incluyendo las notas, ‘The Case for Goliath’ es breve y despreocupado. Sin embargo, es substancial y serio.
La historia bíblica nos prepara para apoyar al tipo que lanza piedras contra Goliat, más bien que al matón gigante. En el escenario internacional de hoy, eso es un error, de acuerdo a Mandelbaum. Rechaza la etiqueta de ‘imperio’, un término sobrecargado favorecido por algunos admiradores y detractores de la potencia estadounidense. "Estados Unidos", escribe, "no controla, ni directa ni indirectamente, la política y la economía de otras sociedades", la característica clásica de los imperios. En lugar de eso, sostiene, "Estados Unidos actúa como el gobierno del mundo". En primer lugar, el término gobierno es todavía más problemático que imperio. En segundo, también.
Mandelbaum reconoce las objeciones más bien básicas a esta idea sobre el papel de Estados Unidos en el mundo. Para empezar, el gobierno es una herramienta de un estado -esto es, de una entidad soberana que controla un territorio dado- y el sistema internacional no es un estado. Además, como él mismo Mandelbaum admite, "en la sociedad de estados soberanos, Estados Unidos no tiene el monopolio de la fuerza ni practica el tipo de coerción que emplean habitualmente los gobiernos nacionales". Si no hay estado ni monopolio de la fuerza, tampoco hay gobierno.
El argumento de Mandelbaum se reduce finalmente a que Estados Unidos proporciona al mundo "bienes públicos" -seguridad, estabilidad económica, etc.- del mismo modo que un gobierno provee de estas cosas a sus ciudadanos. Lo que es verdad. Pero Mandelbaum nos insta poco convincentemente a adaptar la conducta estadounidense en su paradigma de "gobierno". La guerra en Europa, sostiene, ha llegado a ser considerada tan indeseable como una enfermedad infecciosa; por eso, al actuar para prevenirla, Estados Unidos se ha convertido en una especie de "servicio de salud pública". Y eso es demasiado.
Pero lo esencial del argumento de Mandelbaum -que el poderío de Estados Unidos es tan importante para el mundo que el orden internacional se deshilacharía feamente sin él- es provocador y valioso, dado lo dominante de la idea, en casa y en el extranjero, de que Estados Unidos es el parásito o depredador del planeta, o las dos cosas. Dejando las analogías forzadas de lado, el análisis de Mandelbaum está en general con los pies en la tierra y es a menudo original.
Estados Unidos en realidad proporciona muchos bienes públicos: "da seguridad" a Europa y al Sudeste Asiático, bajo la forma de tropas norteamericanas y garantías de protección que mantiene a los países de esas regiones sin el temor de ser atacados por sus vecinos; un cheque contra la proliferación nuclear, a través del paraguas nuclear de Estados Unidos extendido a otros países y el apoyo estadounidense de los acuerdos y organizaciones anti-proliferación; y la seguridad, moneda, libre comercio y demanda de los que depende la economía mundial.
El papel global de Estados Unidos es apuntalado por el consenso internacional a favor de la tríada wilsoniana de paz, democracia y mercados libres que hace que el poderío norteamericano -identificado con estos tres valores- sea bienvenido en la mayoría de las circunstancias. El gobierno de Estados Unidos no es necesariamente popular en el extranjero, pero tampoco ha provocado la especie de "combinación política y militar" que han formado los estados amenazados para oponerse a los aplastantes poderes del pasado. Eso es lo que ha contenido las ambiciones hegemónicas de Francia en los siglos 18 y 19, y las de Alemania y la Unión Soviética en el 20. Hoy, algunos de los críticos más bulliciosos de Estados Unidos son los mismos países que se benefician de los bienes públicos de Estados Unidos, a menudo sin la intención de pagar o de otro modo asumir su parte de la carga. Mandelbaum, siempre moderado, se muestra muy desdeñoso en cuanto a esto: "Aceptar los beneficios sin pagar por ellos y simultáneamente quejarse del modo en que están siendo suministrados borda la hipocresía". En realidad.
A pesar de todo nuestro poderío, hay límites al poder americano. Estados Unidos no ha demostrado ser apto en cuanto a la construcción de países (o, más precisamente, construcción de estados), y la tarea que sigue inevitablemente es o la guerra preventiva (Iraq) o la intervención humanitaria (Somalia, Haití y los Balcanes), las dos formas principales de la intervención norteamericana después de la Guerra Fría. Doblando la cultura e instituciones de otro país de acuerdo a nuestras especificaciones es inherentemente difícil. Tampoco es popular entre la opinión pública estadounidense la construcción de estados, lo que apunta a lo que Mandelbaum cree que es la principal amenaza para el rol dominante de Estados Unidos en el mundo: su voluntad. Aunque estamos en condiciones de continuar con nuestro rol en el mundo a un coste relativamente bajo en comparación con las décadas que siguieron a la Guerra Fría, Mandelbaum se preocupa de que esos detonantes títulos de vejez "amenazan con reducir el apoyo público de cualquier propósito público".
El escrito de Mandelbam es claro, aunque no chispeante. Hay demasiados resúmenes de sucesos recientes y a veces recurre a lo trillado. Sin embargo, ‘The Case for Goliath’ es un libro importante y juicioso. Es un recordatorio de lo mucho que depende en el mundo del papel de Estados Unidos y lo importante que es el consenso bipartidista a favor de este papel. Me gustaría que este libro se convierta en un éxito de ventas en Francia, Alemania y otros hoscos aliados de Estados Unidos. En particular esas audiencias deberían oír las conclusiones exactas de Mandelbaum sobre las posturas de otros países hacia el "gobierno mundial" de Estados Unidos: "No pagarán por él; continuarán criticándonos; y lo echarán de menos cuando ya no exista".

Libro reseñado:
The Case for Goliath. How America Acts as the World’s Government in the 21st Century

Michael Mandelbaum
Public Affairs
283 Pp.
$ 26

29 de enero de 2006

©washington post
©traducción mQh

rss

perro famoso póstumamente


[Dinitia Smith] Libro sobre mascota lleva tres meses en la lista de super ventas.
Lower Milford Township, Pensilvania, Estados Unidos. ¿Por qué este perro y no otros? ¿Por qué ha pasado el libro ‘Marley & Me’, la historia de un perro cobrador amarillo excesivamente amistoso, salvajemente activo, altamente disfuncional, en la lista de bestsellers, llegando a ser el número 2 de la lista de libros documentales del New York Times los últimos tres meses?
"Estaba seguro de que el libro tendría éxito, pero no esperaba que fuera tanto", dijo John Grogan, el autor y dueño de Marley, en su enorme casa de ladrillos rodeada de cultivos y bosques en el campo de Pensilvania. Hasta el momento, ‘Marley & Me’, publicado por William Morrow en noviembre, ha vendido cerca de medio millón de ejemplares. Va en su vigésima edición, con 870 mil libros impresos, dijo su editor.
Como saben los lectores del libro, Marley murió, pero, dijo Grogan, columnista de The Philadelphia Inquirer, "el fantasma de Marly está en todas partes".
"Aquí, aquí lo encerrábamos", dijo, abriendo la puerta del sótano. Señaló hacia el sitio en la pared donde Marley había clavado sus garras y mordisqueado en el marco de la puerta tratando de escapar. "De la madera del marco de la puerta no quedaba prácticamente nada", dijo Grogan. ("Era repugnante a la hora de saludar a los invitados", explicó más tarde. "Por nuestros amigos, a menos que fueran muy, pero muy buenos amigos, lo encerrábamos aquí para que no los baboseara".
Luego fue hacia otro sitio son donde Marley había arañado en el estuco y mordisqueado la madera del rincón. "Le puse arena, la rellené con masilla y la pinté", dijo.
Marley era, de cierto modo, un perro que quería demasiado. Se lastimaría a sí mismo corriendo a través de los biombos para llegar hasta Grogan o su esposa, Jenny Vogt. Cuando lo encerraron en una jaula para perros de metal, separó los barrotes de acero.
"Parecía que lo hubieran hecho mandíbulas mecánicas", dijo Grogan. Marley lanzaba babas a los invitados. Le robaba a la señora Vogt su ropa interior. Le comía las joyas. Las tormentas le causaban ataques de ansiedad, y entonces se hacía camino mordiendo a través de cosas, colchones, el sofá.
Pero ‘Marley & Me’ no es solamente un libro sobre un perro. De hecho, es una historia de amor, de Grogan y su esposa, una joven pareja que contemplaba fundar una familia.
"Éramos jóvenes", empieza el libro, irresistible. "Estábamos enamorados". La señora Vogt estaba nerviosa con la idea de criar a un bebé y pensó que tener un perro sería una buena práctica", escribe Grogan. Un criador le ofreció un cachorro, con descuento. "El pequeño está en liquidación", suplicó Jenny a su marido, mientras Marley daba volteretas en sus regazos, mordía sus dedos y se hacía camino arañando para lamer sus caras.
En su reseña del libro en New York Times, Janet Maslin lo llamó "una divertidísima tarjeta de San Valentín para todos esos cuadrúpedos ‘grandes, bobos, torpes, juguetones, que aman la vida con una pasión rara en este mundo".
"Es un libro de un atractivo intenso, pero estrecho", continúa, "estrictamente limitado a los que han tenido o conocido a un perro, o querido uno’".
El libro sigue a la pareja en sus esfuerzos por tener un bebé. Cuando Jenny sufre un aborto, Marley parecía llorar con ella.
"Llevaba la cola apretada entre las patas", escribe Grogan, "la primera vez que recuerdo que no la estaba meneando cuando tocaba a uno de nosotros. La miraba a ella, y se quejaba suavemente".
Cuando llegaron sus tres hijos, se convirtió en su guardián, lamiendo delicadamente sus caras y orejas, dejándoles que gatearan sobre él. El problema, escribe Grogan, no era impedir que Marley lastimara a uno de los bebés, sino mantenerlo alejado del cubo de los pañales.
Tras su muerte en 2003, Grogan escribió una columna sobre él para The Inquirer y se asombró al recibir 800 reacciones de otros dueños de perros. Pensó que la historia de Marley podría servir para un libro y escribió una propuesta; vendió a Morrow el manuscrito final por 200 mil dólares.
Lisa Gallagher, la editora de William Morrow, dijo que empezó a sospechar que el libro se vendería bien cuando vio que sus empleados se lo prestaban entre ellos. Morrow imprimió casi seis mil ejemplares de promoción y los envió a las librerías. También regaló ejemplares en la última Feria del Libro de Estados Unidos, en junio, en Nueva York. En un reconocimiento de las cualidades lacrimógenas del libro, la editorial distribuyó pañuelos impresos con la imagen de Marley en una feria del libro regional; también envió a tiendas, comida para perro en cajas impresas con el título del libro.
Dan Mayer, que compra libros sobre mascotas para Barnes & Noble, estaba entusiasta con el libro porque, dijo, "es como una memoria". Y además hay que tomar en cuenta la cubierta del libro, una fotografía de Marley cuando era cachorro, mirando seductoramente al lector. "Es realmente difícil pasarlo por alto y no querer echarle un vistazo", dijo Mayer. Barnes & Noble eligió ‘Marley’ para su programa Discover, que se gana espacio de exhibición prominente en las tiendas de la compañía y en su sitio en la red, reseñas en folletos y a menudo prioridad en publicidad y charlas de escritores.
Por supuesto, una gran parte del atractivo del libro es que Marley era un perro muy, muy malo. Y el libro es una lección en amor incondicional. Los Grogan trataron con la escuela de obediencia, pero lo expulsaron. Lo enviaron de nuevo, y esta vez terminó séptimo en una clase de ocho. El perro detrás de él era "un pit bull psicópata", escribe Grogan. Marley se comió su propio certificado de obediencia.
En estos días Marley yace enterrado en una tumba sin lápida al borde del bosque. Los Grogan tienen ahora una sucesora, Gracie, que tiene 18 meses. Es una cobradora, y como todos ellos es exuberante y fogosa.
"Pero lo que tiene, es lo que Marley no tenía", dijo Grogan. "La capacidad de tranquilizarse".
"La llamamos la anti-Marley", dijo Grogan.

26 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh

rss

venganza de una nana


[Ann Hornaday] Una niñera de estrellas saca los trapos sucios de una de las más famosas familias de Hollywood.
Voy a escribir tres palabras que nunca pensé que llegaría a escribir: Pobrecito Michael Ovitz.
Ovitz, por supuesto, es el legendario agente de Hollywood, fundador de la Agencia de Artistas Creativos [Creative Artists Agency], celebrado super negociador y, más recientemente, conocido como el depuesto director de Disney, la personificación de todo lo que hay de malo en las obscenamente pagadas y ostentosas suites ejecutivas de la industria cinematográfica. Un tema frecuente de la leyenda y folclore del mundo del espectáculo, Ovitz, conocido por sus tácticas despiadadas y carácter sobrenaturalmente calculador, no ha resaltado nunca como alguien especialmente simpático.
Para mostrar la vulnerabilidad de Ovitz fue necesaria una joven, presumiblemente ingenua palurda provinciana. En ‘You’ll Never Nanny in This Town Again’, el primer libro de la autora Suzanne Hansen cuenta el año que pasó cuidando a los tres niños de Ovitz, lo que considera un período miserable, ya que trabajó sin contrato, acobardada por las constantes críticas de Judith, la esposa de Ovitz, y escondiéndose en su cuarto durante sus fines de semana libres.
Una novata según sus propias palabras, que viajó desde su pueblo natal de Cottage Grove, Oregon, a Los Angeles apenas sacó su diploma en una escuela de nanas, Hansen deja caer ocasionales dosis de autocrítica por dejar que la explotaran y por no haber negociado nunca su contrato con sus empleadores. Pero esos apartes son meros formalismos en ‘You’ll Never Nanny in This Town Again’, una historia vengativa tan amarga y maliciosa -y finalmente poco satisfactoria- como se ha escrito nunca. Está claro que Hansen vendió la historia a sus editores sobre la base de todas las inmundicias que podía contar sobre los Ovitz, en el pasado una de las parejas más poderosas de Hollywood. Pero son trapos sucios antiguos: Hansen trabajó para ellos a fines de los años ochenta, cuando las anécdotas sobre Michael -que comía alas de pollo con cuchillo y tenedor, que se preocupaba más de su colección de arte que de sus hijos y trataba a una impotente nana con la misma rudeza que usaba en los negocios- habría sido un delicioso y merecido castigo.
En lugar de eso, en esta crónica antipática que rebosa autocompasión, rabia y resentimiento de clase, los Ovitz se ven más bien como criaturas tristes, que navegan ávidamente los escalones del poder y el estrellato, pero se ven mucho menos seguros de sí mismos cuando están en la intimidad. Lo que es más, como juzga Hansen alegremente su relación con sus hijos y entre ellos, no podrán nunca compararse con la gente buena y honesta de Cottage Grove.
En uno de las muchas e interesadas entradas que adornan el libro, Hansen despotrica: "¿Por qué esta gente con tanto dinero no se da cuenta de que su riqueza les permite tantas opciones en la vida?" Continúa, recordando a los amigos de sus padres: "Habrían dado cualquier cosa para no perderse nunca una partida de la Little League o poder visitar a sus hijos en la escuela. Me hizo pensar sobre por qué Michael no pasaba nunca por la clase de lectura de Josh, o por la escuela de ballet de Amanda. ¿Por qué razón en el mundo puede un padre perderse esas cosas voluntariamente?" ¿Y por qué debe Hansen hacer tantas suposiciones reflejas en un párrafo tan breve?
Como una ingenua mirada de las vidas de los estratosféricamente ricos, ‘You’ll Never Nanny in This Town Again’ ofrece algunos escalofríos de Schadenfreude; no nos cansamos nunca de oír que los ricos y famosos son más falsos, ruines y ordinarios que nosotros. (Judy protesta por la compra de una plancha nueva). Pero el libro de Hansen está irremediablemente pasado de moda, no sólo porque los Ovitz ya no son objetivos tentadores, sino también porque, en esta época de ‘Nanny 911’, deja tan notoriamente de lado sus propios consejos sobre la educación de los niños. (La regla número 1, al menos para los niños, debería ser: No elijáis nunca nacer en Hollywood). Hace observaciones vagas y despectivas sobre las tácticas de disciplina -o, más exactamente, de su ausencia- de sus patrones, pero nunca explica su propia filosofía: ¿Es partidaria del descanso? ¿De la agenda de deberes? ¿De la terapia de sueño? Este no es el plato caliente que la mayoría de los lectores están esperando. La autora recalienta historias antiguas de más de 20 años sobre el temperamento de Michael o la pasiva y agresiva altanería de Judy.
Hansen, finalmente, y bastante precipitadamente, deja la casa de los Ovitz, lo que hace que Michael empiece a hablar pestes de ella entre sus amigos y colegas. (Después de todo, como observa la misma autora, el libro favorito de él era ‘El arte de la guerra’). Pero Hansen logra pescar a Debra Winger, una celebridad a la que encuentra mucho más simpática y pegada a la tierra. (Además de Winger, Hansen confirma que varias otras estrellas son tan cálidas y genuinas como ella misma, incluyendo a Goldie Hawn, Bill Murray, Sally Field, Rhea Perlman y Dannu DeVito).
Winger, según nos enteramos, había tenido sus propias peleas con Ovitz y ella y Winger se convierten en amigas íntimas. Pero está claro que Hansen ha aprendido más de su ex patrón sobre el arte de la guerra de lo que ella admite. Cuando negocia su nuevo salario, declara firmemente que quiere ganar 400 dólares netos a la semana. "No tengo ni idea de por qué dije ‘netos’", escribe Hansen, con una característica y poco honrada sorpresa. En realidad, ¿por qué?

Libro reseñado
You’ll Never Nanny in This Town Again. The True Adventures of a Hollywood Nanny
Suzanne Hansen
Crown
289 pp.>
$22

8 de enero de 2006

washington post
©traducción mQh

despachos de la guerra


[William Grimes] Una descripción despiadada de la guerra durante la ocupación nazi de la Unión Soviética.
Desde agosto de 1941 hasta mayo de 1945, el novelista Vasily Grossman trabajó como corresponsal especial para Krasnaya Zvezda (Estrella Roja), el diario del Ejército Rojo. Desde los sombríos primeros días de la guerra, cuando el avance alemán a través de Ucrania parecía imparable, hasta la campaña final en Berlín, pasó más de mil días en la vanguardia. Entrevistando a generales y reclutas por igual, enviaba candentes informes que eran leídos ávidamente por millones de lectores soviéticos ansiosos no solamente de noticias sobre Stalingrado o Kursk, sino para formarse una idea de la vida de sus hijos y maridos a miles de kilómetros de distancia.
Gran parte del material que rellenaban los cuadernos de notas de Grossman no fueron publicados nunca, debido a que eran políticamente sensibles o, en opinión de los censores, demasiado perturbadores para que fuesen leídos por los lectores soviéticos. En ‘A Writer at War’, el historiador inglés Antony Beevor, y su asistente de investigación, Luba Vingradova, han explotado esta rica veta de oro, traduciendo y redactando generosos fragmentos de los cuadernos (puestos a disposición por los descendientes de Grossman) y produciendo una historia coherente a base a los artículos completos de Grossman, sus cartas y los recuerdos de sus contemporáneos, especialmente de su editor en Krasnaya Zvezda. El resultado es un libro de reportajes de primera categoría escritos en el frente de guerra, que pertenecen a la misma categoría que las mejores piezas escritas por gente como Ernie A.J. Liebling y John Hersey.
Grossman pasó toda la guerra en la zona más álgida de la guerra. En varias ocasiones estuvo a milímetros de ser cercado por el avance alemán. ‘Writer at War’ tiene de por sí valor como mero registro de los acontecimientos. Los diarios de Grossman, por ejemplo, contradicen los relatos habituales sobre la caída de Orel en la primera semana de octubre de 1941, que retratan una ciudad tomada completamente por sorpresa, con los tranvías todavía funcionando. Grossman, en contraste, describe escenas de creciente pánico, en las que los habitantes empacaban y huían, demasiado conscientes de que el enemigo estaba a la puerta.
Sin embargo, Grossman era más que un mero cronista. Sus despachos, que transmitían el sabor, el olor y los sonidos de los frentes de guerra, lo convertían en uno de los escritores más leídos y admirados de la guerra. Observaba con ojo de novelista los detalles decidores y poseía una rica apreciación de los personajes que impulsaban los acontecimientos. Escuchaba con un oído agudo y comprensivo. Incluso lograba conservar su absurdo y salvaje sentido del humor en medio de las bombas. "Persiguen a los vehículos, camiones civiles, coches", se quejaba ante Grossman un indignado comisario. "¡Es vandalismo, es una ofensa!"
‘’A Writer at War’ no contiene relatos extensos sobre la guerra. Grossman se especializaba en la viñeta, en la rápida instantánea que captaba a extrema velocidad apenas unos momentos de la historia en desarrollo. No tiene usualmente más que unas saladas líneas de diálogo o extraños, horrendos detalles capturados en el momento en que escribía su diario y sus artículos para el periódico rebosaban de vida.
"Hay un rumano aplastado", escribió, observando el campo de batalla en las afueras de Stalingrado. "Un tanque pasó sobre él. Su cara es ahora un bajorrelieve". En Berlín, observó, "señoras de sombreros elegantes y bolsos brillantes están cortando pedazos de carne de los caballos muertos que yacen sobre el pavimento".
Breves apuntes sugieren la magnitud de los sufrimientos rusos y la ferocidad del combate contra un enemigo tecnológicamente superior. En los primeros días de una rápida retirada, los heridos graves recibían un trozo de arenque y 50 gramos de vodka para mantenerlos con vida. Durante los peores combates por Stalingrado, un soldado de un tanque, sin municiones, salta fuera de su carro y empieza a lanzar ladrillos contra los alemanes, maldiciéndolos. "Esta guerra en las aldeas es una guerra de bandidos", le dice un teniente a Grossman, agregando que sus hombres a veces estrangulan con sus propias manos a los alemanes. Todavía más espeluznante es la confesión de un soldado campesino que le dice a Grossman: "En cuanto a la dureza de la guerra, la vida es todavía más dura en las aldeas".
Grossman no enviaba su propio punto de vista a los diarios. Como buen periodista, dejaba hablar a los soldados (y tenía una extraordinaria capacidad para desatarles la lengua) e, inclusive en sus diarios privados, se quejaba sólo de los editores estúpidos, que magullaban sus artículos o, todavía peor, no los publicaban en el diario. Beevor, sin embargo, zigzaguea aptamente en el drama personal detrás de muchos de los reportajes de Grossman.
Grossman, que era judío, dejó a su madre en su pueblo natal de Berdichev, en Ucrania, donde ella y otros 30 mil judíos fueron ejecutados por los nazis.
Cuando las tropas soviéticas recuperaron el territorio perdido en Ucrania y Rusia occidental, Grossman comprendió rápidamente la enormidad de lo que había ocurrido a los judíos. Envió un fuerte artículo, ‘Ucrania Sin Judíos’, que el Krasnaya Zvezda se negó a publicar. Es un relato sobre Ucrania durante la ocupación, escueto y conmovedor, que menciona nombres y lugares específicos mientras el recuerdo está fresco. Luego escribió ‘El Infierno de Treblinka’, un extraordinario reportaje después de entrar al campo de concentración con el Ejército Rojo en julio de 1944. Estuvo entre los primeros periodistas que entraron al gueto de Varsovia.
Grossman tuvo la fortuna de que la policía secreta no leyera sus cuadernos de notas. Contenían francas críticas a los oficiales borrachos, el mando inepto y la chapucería burocrática, así como consternadas condenas de los soldados rusos que violaban no solamente a las mujeres alemanas, sino también a las polacas y rusas que habían liberado de los nazis. "Horror en los ojos de mujeres y niñas", se lee en una lacónica entrada de su cuaderno de notas.
Grossman insistió siempre a su editor que sus artículos tenían que describir "la despiadada verdad de la guerra". Lo hicieron, y él también.

Libro reseñado:
A Writer at War. Vasily Grossman With the Red Army, 1941-1945
Editado y traducido por Antony Beevor y Luba Vinogradova
Ilustrado
378 pp.
Pantheon Books
$27.50

11 de enero de 2006

©new york times
©traducción mQh