manual ideológico de osama bin laden
Hay algo obsceno en el acto de leer las justificaciones de un reconocido asesino en masa. Pero lo que hace diferente esta la compilación de discursos, entrevistas, actualizaciones en la red y otras declaraciones públicas de Osama bin Laden, de, por ejemplo, ‘Helter Skelter’ es que bin Laden no es un demente, clínicamente hablando. Da razones de sus acciones que, aunque moralmente aberrantes e irresponsables teológicamente, pueden ser aceptadas por personas que piensan normalmente de acuerdo a la lógica y que pueden compartir sus premisas. Esto lo convierte en más o menos peligroso de los Charles Manson que hay entre nosotros. Bin Laden tiene una audiencia, de la que está agudamente consciente -un hecho que quedó particularmente en claro con su reciente ofrecimiento de una ‘tregua’ con Estados Unidos. Sus palabras, tanto como sus actos, buscan convencer a otros de adoptar su visión del mundo y actuar de acuerdo a ella.De hecho, sin palabras la violencia de bin Laden no lograría sus objetivos confesados.
Según sus propias palabras, bin Laden no es ni nihilista ni cree en el advenimiento del milenio. No afirma haber optado por la violencia por su propio fin ni con la esperanza de apresurar el apocalipsis. Más bien, quiere satisfacer los deberes gemelos de llamar a los no creyentes al islam y defender de ataques a la comunidad musulmana.
El objetivo de la yihad (presentada por bin Laden como un asunto de defensa propia) necesita palabras porque bin Laden no tiene un ejército respetable que lo respalde. Incapaz de subyugar a Occidente, bin Laden cree que lo mejor que puede hacer es causar daño -humano y económico- y luego chantajear a su objetivo. Para bin Laden la violencia es un instrumento. Es la interpretación de la violencia la que es esencial en su programa religioso y político. Tener su explicación en la mano es hacer frente a su razón de ser.
‘Messages to the World’ está casi demasiado bien hecho. Empastado en una atractiva cubierta naranja e impresa en excelente papel, viene decorado con una pintura en miniatura del hombre mismo, vestido en uno de sus elusivos y cuidadosamente combinados conjuntos. Los picos de la montaña de Hindu Kush se asoman en el fondo, recordatorios de la debacle de Tora Bora. La traducción de James Howarth es idiomática y encomiable. Las notas de Bruce Lawrence son a veces idiosincrásicas -¿por qué refutar la acusación de que Estados Unidos creó el virus del SIDA pero no la de que "Rumsfeld, el carnicero de Vietnam" es responsable de la muerte de dos millones de personas? Y la introducción de Lawrence pudo haber prescindido de la intrigante comparación con el Che Guevara. En general, sin embargo, las explicaciones del contexto en el libro serán útiles para los no iniciados en los discursos del radicalismo musulmán contemporáneo.
La verdadera contribución de este libro es lo que nos dice sobre el propio desarrollo de bin Laden. Empezando como un mordaz crítico del gobierno saudí, se convierte en adalid de la guerra religiosa global y del asesinato intencionado de civiles, incluyendo mujeres y niños. Este ‘progreso’ nos dice algo potencialmente útil sobre el desarrollo de la ideología radical islámica en los últimos años.
Producto de la sociedad saudí, el joven bin Laden reconocía la autoridad moral de los clérigos, que gozan de una posición casi oficial en el reinado por ser los que legitiman el gobierno de la familia real. Su primer pronunciamiento público importante, en 1994, lo hizo cuando tenía 37 años y había vivido durante tres en el exilio en Sudán, tomó la forma de una carta abierta al jeque Abdelziz bin Baz, entonces gran mufti de Arabia Saudí y un hombre considerado ampliamente tanto como un conservador religioso como un creíble académico musulmán. En la carta, bin Laden se dirige respetuosamente a bin Baz, instándole a retractarse de la fatwas que autorizaba la presencia de tropas extranjeras en el reino y legitimaba los acuerdos de Oslo. Bin Laden se presentaba a sí mismo no como una autoridad religiosa por su propio derecho -de hecho, no tiene calificaciones académicas- sino como partidario de clérigos saudíes disidentes que habían sido silenciados por el gobierno saudí.
Sin embargo, en 1997 bin Laden había empezado a abandonar su actitud respetuosa y a asumir para sí mismo un papel (como dijo en una entrevista con el periodista Peter Arnett) de "prescribir lo justo y prohibir los errores", ya que los clérigos musulmanes parecían incapaces de cumplir con este deber tradicional. Se había embarcado en un curso que le condujo finalmente a la conclusión de que prestar atención a los clérigos que yerran, es "equivalente a adorarlos a ellos antes que a Dios". Desde ahí no había más que un paso para tratar de reemplazarlos, ofreciendo sus propias explicaciones de los textos y tradiciones islámicas y presentándolas como vinculantes para los creyentes.
Las innovaciones ‘jurídicas’ de bin Laden no carecen de importancia. Siguiendo a otros radicales, habla frecuentemente de la guerra contra los cristianos y judíos como un deber individual de todos los musulmanes. Pero de acuerdo a la ley islámica, sólo la yihad defensiva es un deber individual; la yihad ofensiva es un deber colectivo de la comunidad musulmana, que debe ser llevada a cabo sólo bajo el mando de un líder responsable.
Entendido clásicamente, el imperativo de la yihad prohíbe el asesinato de inocentes. En 1996 bin Laden negó haber atacado a civiles, y en 1997 condenó la hipocresía del gobierno de Estados Unidos por no considerar terrorismo el bombardeo de Hiroshima. Con el tiempo, sin embargo, bin Laden ha llegado a justificar el asesinato de civiles. En noviembre de 2001, por ejemplo, cuando se le preguntó en una entrevista si el asesinato de civiles (incluyendo musulmanes) el 11 de septiembre de 2001 era justificado, argumentó que los asesinatos de estadounidenses eran justificados si eran por venganza, y señaló que la ley islámica permite a los creyentes atacar a los invasores aun cuando el enemigo use escudos humanos. Pero esta posición clásica tenía originalmente la intención de justificar legalmente la muerte accidental de civiles en circunstancias muy precisas -no un fundamento para el asesinato intencional de no combatientes. Más tarde, en una carta abierta a los americanos publicada en internet en 2002, bin Laden parece haber abandonado este argumento semi-académico a favor de la afirmación más perversa de que ya que Estados Unidos es una democracia, todos los ciudadanos cargan la responsabilidad de las acciones de su gobierno y por eso los civiles pueden ser blancos justificados.
El giro en la autoridad, de los clérigos hacia los individuos, es visto a veces como una característica de la reforma musulmana. Si es así, sus perjudiciales consecuencias deben ser reconocidas junto con cualquier promesa que tenga. El deber individual de la yihad y el ataque contra civiles son dos pilares indispensables del movimiento de la yihad tal como existe hoy en día. La movida de bin Laden para suplantar la tradición académica, arrogarse autoridad y promulgar la violencia a gran escala representa un intento histórico de hacerse con el poder. Cuando bin Laden dice que está haciendo una guerra religiosa, está haciendo más que tratando de movilizar a los musulmanes: está tratando de ser visto como alguien que toma decisiones legítimas y, por tanto, como líder.
En última instancia, las innovaciones de bin Laden son importantes porque indican el camino para contrarrestar sus argumentos. Los ataques con civiles musulmanes en Iraq y Jordania han empezado a crear un contragolpe violento, y el ataque contra civiles es una vez más un tema entre yihadistas y otros musulmanes de un modo que no lo había sido desde los atentados del 11 de septiembre de 2001. A largo plazo, el único modo de terminar de raíz con el movimiento yihadista internacional es que los musulmanes concluyan que sus propias tradiciones religiosas no aprueban las desviaciones de los últimos años.
Colocar las palabras de bin Laden en papel ayuda a mostrarlo como lo que es: un musulmán marginal que distorsiona la fe para justificar el asesinato. Al final, lo más instructivo que podemos hacer con un libro como este es utilizarlo contra él mismo, como una herramienta en la lucha contra el terrorismo.
Noah Feldman es profesor de derecho en la Universidad de Nueva York. Su libro más reciente es ‘Divided by God’.
Libro reseñado:
Messages To the World. The Statements of Osama bin Laden.
Editado e introducido por Bruce Lawrence.
Traducido por James Howarth.
292 pp.
$16.95
12 de febrero de 2006
©new york times
©traducción mQh

Cuando el Ejército Popular de Liberación de China cruzó sorpresivamente el río Yalu durante la Guerra de Corea, el general Douglas MacArthur ordenó que se arrojasen bombas atómicas sobre las tropas chinas. La Unión Soviética respondió con ataques nucleares contra las ciudades de Corea del Sur, Pusan e Inchon. Los estadounidenses contraatacaron arrasando Vladivostok y dos ciudades chinas; los soviéticos, a su vez, bombardearon Frankfurt y Hamburgo.
Cualquier americano con el impulso irrefrenable de escribir un libro explicando Francia a los franceses debería leer este libro en primerísimo lugar, para tener una muestra de las vicisitudes que implica. Bernard-Henri Lévy es un escritor francés con un estilo prosístico del tipo salpicón de pintura y la pompa de un estudiante universitario de segundo año; hizo algunos paseos en este país a petición del Atlantic Monthly y ahora ha ordenado sus apuntes en una especie de libro. Es un clásico de la serie de Excursiones Excéntricas, Golosas, Fanáticas y de Falsa Cultura tan estimada por los periodistas europeos en los últimos cincuenta años, con paradas en Las Vegas para visitar un club de bailarinas exóticas y un burdel; Beverly Hills; Dealey Plaza en Dallas; la Bourbon Street en Nueva Orleans; Graceland; una feria de armas en Forth Worth; un ‘club de intercambio de parejas;’ en San Francisco, con una reinona con gigantescas tetas de silicona; la Feria del Estado de Iowa ("un festival del mal gusto americano"); Sun City ("apartheid dorado para los viejos"); una carrera de stock cars; el Mall of America; Mount Rushmore; una pareja de mega-iglesias evangélicas; los mormones de Salt Lake; algunos cuáqueros; las convenciones políticas nacionales de 2004; Alcatraz -para que te hagas una idea. (Por alguna razón, se perdió el Sturgis Motorcycle Rally, los premios a las películas de videos para adultos, la tumba de Warren G. Harding y el Ovillo de Lana Más Grande del Mundo). Conoce a Sharon Stone y John Kerry y a una mujer que llegó a pesar 221 kilos y a una pareja de obesos con rifles, pero a nadie que podamos reconocer. En más de 300 páginas, nadie cuenta un chiste. Nadie trabaja demasiado. Nadie se sienta a comer y disfrutar de su comida. Has vivido toda la vida en Estados Unidos, no has ido nunca a una mega-iglesia ni a un burdel, no posees armas, no eres cuáquero, y de repente te das cuenta de que este es un libro sobre los franceses. No tiene motivo para existir en inglés, excepto como evidencia de que el viaje no necesita ensanchar tus horizontes y que uno debería desconfiar de libros que lleven la palabra Tocqueville en el título.
Una mujer en Alabama decidió visitar a su hermana. Su hermana, sin que ella lo supiera, había decidido lo mismo. Chocaron de frente en una autopista rural. Las dos murieron. Y las dos conducían todoterrenos. Esta es una coincidencia rara, aunque no tan rara, quizás, como el caso de Roy Cleveland Sullivan, un guardia forestal de Virginia al que le cayó siete veces un rayo, o la existencia de un vendedor de hielo llamado I.C. Shivers [Tiritones].
‘The Case for Goliath’ es lo que en el mundo editorial llaman "un título que vende" -o, al menos, lo que más se pueda vender de un libro que es un trabajo sobrio sobre relaciones internacionales, antes que una diatriba escrita para hacerse camino hacia la lista de mejor vendidos a fuer de puñetazos y patadas. Como ocurre a menudo con los títulos que venden, este es llamativo, provocador y no enteramente defendible. Tras leer el libro de Michael Mandelbaum los lectores no terminarán convencidos de que Estados Unidos actúa como el gobierno mundial. Sin embargo, si estarán más ilustrados.
Lower Milford Township, Pensilvania, Estados Unidos. ¿Por qué este perro y no otros? ¿Por qué ha pasado el libro ‘Marley & Me’, la historia de un perro cobrador amarillo excesivamente amistoso, salvajemente activo, altamente disfuncional, en la lista de bestsellers, llegando a ser el número 2 de la lista de libros documentales del New York Times los últimos tres meses?
Voy a escribir tres palabras que nunca pensé que llegaría a escribir: Pobrecito Michael Ovitz.
Desde agosto de 1941 hasta mayo de 1945, el novelista Vasily Grossman trabajó como corresponsal especial para Krasnaya Zvezda (Estrella Roja), el diario del Ejército Rojo. Desde los sombríos primeros días de la guerra, cuando el avance alemán a través de Ucrania parecía imparable, hasta la campaña final en Berlín, pasó más de mil días en la vanguardia. Entrevistando a generales y reclutas por igual, enviaba candentes informes que eran leídos ávidamente por millones de lectores soviéticos ansiosos no solamente de noticias sobre Stalingrado o Kursk, sino para formarse una idea de la vida de sus hijos y maridos a miles de kilómetros de distancia.