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ava gardner, la gata salvaje


[Janet Maslin] Ava Gardner en la biografía de Lee Server.
Cuando un enamorado bisnieto de Charles Darwin declaró que Ava Gardner era "el más alto ejemplar de la especie humana", no hizo más que expresar el consenso existente sobre esta voluptuosa reina del cine. Con extraordinaria unanimidad, los que conocieron a Gardner respaldaron esa descripción.
"Era una chica sexy", dijo George Sidney, que la filmó para una prueba de pantalla con MGM en 1941. "Man, era todo un número", dijo Miles Davis muchos años después. Otros la veían como a "una diosa", "un enigma", "una mujer muy, muy independiente" y "una de esas personas que rompe las reglas todo el tiempo". En cuanto a la muy comentada resistencia parrandera de una mujer que nunca encontró un trago o un torero que no le gustara: "Podía estar toda la noche, sabes. Era una gata salvaje y le gustaba que su pelo flotara y tirar los zapatos y pasarla bien".
Su último biógrafo, Lee Server, no es manirroto cuando se trata de admirar a Gardner. En la introducción de su libro la llama "un peligroso ángel carnal en el onírico paisaje claroscuro del cine negro".
Pero Server, cuyo último libro fue una biografía de Robert Mitchum que estuvo a la altura de su estupendo título (‘Robert Mitchum: Baby, I Don’t Care’), también puede conservar su encanto. Está bien equipado para escribir sobre símbolos del cine, sensuales e inconformistas como estos. No es un voyeur ni una lata. Y como autor de un libro sobre el cine negro, entiende el idioma del cine. Server se refiere a la amnesia como "la versión negra del resfrío común".
‘Ava Gardner: Love Is Nothing’ es un libro seductor que evita los escollos habituales de su territorio. Antes que nada, está el problema de las memorias de la estrella. La autobiografía de Gardner fue publicada póstumamente y redactada por varios escritores, lo que a veces se deja ver. Server hace uso de esta versión sin confiar particularmente en ella y con un guiño hacia la naturaleza apócrifa de muchas historias de la Gardner. Y cuando los hechos no pueden ser comprobados, está dispuesto a imprimir la leyenda, o así lo parece -como historias, por ejemplo, que dicen que "se ocupó de toda la banda cuando el club cerró".
También alegra la bibliografía de su libro con una larga serie de titulares de diarios y revistas que captan el tenor de la fama de la Gardner. Entre ellos: "Ava, Nerviosa, Echada De Hotel Brasil"; "No Hay Nada Entre Nosotros Dice Ava"; " Sinatra Se Marcha, Ava Lanza Besos A Torero". Gardner vivió tanto de su vida bajo este tipo de publicidad que la cobertura en los tabloides se convirtió en parte de ella. (Este libro habría mejorado con mejores fotografías que captasen porqué había tanto escándalo).
"Hay un álbum fotos de la pareja durante la luna de miel que no los muestra corriendo, ni gruñendo, ni avergonzándose, ni encogiéndose", escribe Server sobre el tormentoso matrimonio de Gardner con su tercer marido, Frank Sinatra. "Por supuesto, se realizó desde una distancia, y por detrás". Hablando de esto, el subtítulo del libro, ‘Love Is Nothing’, es sólo una cita parcial, censurada, de Gardner. Ella decía que el amor "no era nada, excepto dolor", y especificó dónde era el dolor.
Su historia empieza en Grabtown, la localidad rural en Carolina del Norte que se hizo famosa por ser el pueblo donde nació. Pero no pasa demasiado tiempo antes de que Server lleve a Gardner a Hollywood, a un contrato con MGM y a su matrimonio con Mickey Rooney. Rooney, que llamó su luna de miel con Gardner "una sinfonía sexual", fue uno de los muchos hombres cuyas memorias se jactan de las proezas de dormitorio con esta guapísima mujer. Le gustaban los besos, y le gustaba contar. "Nunca peleamos en la cama", dijo, se dice, sobre Sinatra. "La pelea empezaba camino al bidet".
Después de Rooney, fue cortejada por Howard Hughes. "Hughes hace que Mickey se vea como un niño que ha sido recién pagado después de repartir el diario", escribe Server. Luego Gardner se casó con Artie Shaw, el renombrado músico y casanova. Pero la domesticidad no se ajustaba con la mujer cuyas escapadas en Roma inspiraron a Federico Fellini.
"A Ava Gardner la primera parte de ‘La dolce vita’ debe haberle parecido como un video casero", escribe Server, enfatizando su vínculo con el personaje espectacularmente lascivo de Anita Ekberg en esa película.
Más tarde rondaría por el mundo de plató en plató, personificando lo exótico y lo indomable en películas como ‘Mogambo’, ‘La condesa descalza’ [The Barefoot Contessa], ‘Cruce de destinos’ [Bhowani Junction] y ‘La maja desnuda’ [The Naked Maja]. Los escritos de Server sobre estas películas son más cultos que inspirados. Pero el autor se inspira en la Gardner misma, que podía mostrarse desdeñosa de su trabajo, y podía distraerse. Llegó a un punto (para ‘La noche de la iguana’ en 1964), en que no se podía confiar en ella después de almuerzo.
Su crónico alcoholismo también se cobró su precio. "Pasó de famosa a escandalosa y ahora era considerada como una amenaza a la sociedad gentil", escribió sobre la conducta de la Gardner, Esther Williams, la estrella de la natación, a principios de los años sesenta.
Evitando todos los datos conocidos de salud de esta época (en un momento su dieta básica incluía barras Hershey, chicle, nubes, palomitas y Jack Daniels) y precipitándose sin restricciones por la vida, Gardner conservó de algún modo la memoria de sí misma en los años sesenta.
Murió en 1990 a los 67, e incluso leer sobre ellos provoca una sensación de pérdida. Su muerte se hace palpable al final del libro de Server, es comprensible. Pasó 500 páginas devolviéndola convincentemente a la vida.

Libro reseñado:
Ava Gardner. Love Is Nothing

Lee Server
Ilustrado
551 pp.
St. Martin’s Press
$29.95

17 de abril de 2006
©new york times
©traducción mQh
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traición, violencia y venganza


[Alessandra Stanley] Un gángster que mira el canal de historia.

Un inquieto empleado hereda algo de dinero y le pide permiso a su patrón para retirarse con su familia a Florida. "¿Qué es lo que eres? ¿Un jugador de hockey?", replica Tony Soprano. "Hiciste un juramento. Aquí no existe la jubilación".
La fantasía escapista del gángster es una pequeña trama secundaria en el primer episodio de la sexta temporada de ‘Los Soprano’, pero sirve como una broma entre los ejecutivos de la HBO. El creador de la serie, David Chase, no ha ocultado el hecho de que la HBO ha hecho todo lo posible, excepto pegarle un balazo en la rodilla, para impedir que termine la serie. El aparte sobre Florida sirve como un irónico recordatorio a sus patrones de que sabe lo que dice cuando dice que quiere terminarla. (Y quizás para llamar su atención, incluso da a un personaje menor el nombre de un ejecutivo de la HBO).
Es también una metáfora de los apuros de Tony al final de la saga de su familia. En lo que se supone que será el último capítulo en la vida y tiempos de una familia mafiosa de Nueva Jersey, Tony (James Gandolfini) está completamente de vuelta: expresando sus ansiedades y ambivalencias sobre sus opciones en la consulta de un psiquiatra. Después de todas las cosas por las que ha pasado, en terapia y fuera de ella, la doctora Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) no tiene pelos en la lengua. "Después de todo este tiempo todavía no puedes aceptar que tuviste una madre que no te quería", lo regaña. Le explica que él todavía se reprocha a sí mismo y repite, "de nuevo, después de todo este tiempo".
De nuevo, después de todo este tiempo, ‘Los Soprano’ vuelve a los elementos básicos que han hecho tan irresistible a la serie. Los grandes temas psicológicos están entretejidos fluidamente en detalles triviales que son cómicos hasta que giran repentinamente y estallan en brutales actos de violencia. (La regla usual es que alguien tenga un roce después de las cenas).
Las mejores series de la televisión son aquellas en las que dos cosas opuestas son al mismo tiempo verdaderas, y ‘Los Soprano’ son un ejemplo perfecto: ha agotado el material y sigue siendo sorprendentemente fresca. Es muy divertida, excepto que también es terriblemente seria. Esta temporada es como las otras, excepto que es diferente y puede ser la más creativa y rica que se ha imaginado hasta el momento: empieza revisando terreno conocido y sin embargo ocurre algo nuevo y totalmente sorprendente.
El primer episodio empieza con una extraña música premonitoria, pero en la superficie, las cosas se ven bastante bien para los Soprano. La temporada pasada terminó con una nota oscura, con el asesinato de Adriana (Drea de Matteo), la detención de Johnny Sack y Tony corriendo en la nieve como un oso desvencijado para escapar de la redada del FBI.
Ahora Johnny (Vince Curatola) está en la cárcel, y Tony y Carmela (Edie Falco) están de vuelta en sincronía después de que ella convenciera a Tony de darle el dinero que necesita para empezar su propio negocio en la construcción. Hablan fácilmente y comparten cenas con sushi y camaradería en un restaurante elegante. A.J. (Robert Iler) todavía está, por supuesto, hecho un lío, pero Meadow (Jamie-Lynn Sigler) ha salido bien. Janice (Aida Turturro) y Bobby (Steve R. Schirripa) tienen una bebita, y Janice es tan deliciosamente insoportable como nueva madre que como solterona. Tío Junior, sin embargo, está peor: es todavía vicioso, pero su memoria y cordura están más carcomidos por la demencia. Janice y los otros quieren colocar a Tío Junior (Dominic Chianese) en una residencia, pero Tony resiste enfadado por lealtad familiar y sentimientos de culpa, o lo que la doctora Melfu llamó, algo despectivamente, su "alta sensiblería".
Chase a menudo hace un tímido uso de los televisores en su plató, señalando rápidamente el tema de una escena mostrando una escena cómicamente adecuada o incongruente de una vieja película o espectáculo de televisión. La temporada pasada, en un momento en que Tony estaba haciendo frente a una rebelión de sus tropas, miró cautivado un documental sobre Rommel en el History Channel. En esta temporada llega a casa del Tío Junior para encontrarse con el viejo desplomado en un sofá, mirando ausentemente ‘Senderos de gloria’. La cámara muestra un fragmento de una escena donde el frío y traicionero general (Adolphe Menjou) reprende al personaje de Kirk Douglas. "Por revolcarte en la sensiblería, has despilfarrado el entusiasmo de tu mente", dice el general bruscamente. "Eres un idealista, y te tengo tanta lástima como al tonto del pueblo".
La muerte ha sido siempre parte del trabajo de todos los días; ahora es más una preocupación escatológica, al menos para los hombres. Tony y Carmela se llevan bien, pero las diferencias entre los sexos en la tierra de los Soprano son más marcadas. Las esposas están obsesionadas con los coches, las propiedades inmobiliarias y la posición y poder de sus maridos en la organización, mientras los hombres, Tony y los otros, incluyendo, de todo el mundo, a Paulie, están sufriendo crisis existenciales.
La serie se ha distinguido siempre por la calidad de sus actores, pero esta temporada Falso describe más profundamente que antes, si acaso es posible, todas las gamas de angustia de una madre y esposa.
Las secuencias oníricas pueden pueden ser veneno para la taquilla, pero Chase no le teme a nada: incluso Carmela tiene un sueño en el que ofrece a Adriana un tour de su espectacular casa.
Tony tiene sueños más prolongados y más complicados que sacan a relucir temores sobre la identidad, la fe y la muerte -y sin embargo incluso en su turbio subconsciente hay humor. En su sueño, Tony se encuentra a sí mismo a la deriva en un paisaje surrealista patas arriba donde él es un vendedor de suaves modales (un vendedor que asciende de muebles de patio a óptica de precisión) y los monjes budistas se vuelven agresivos e incluso violentos.
Lamentablemente, este episodio marca el principio del fin. La buena noticia son que empieza con un estruendo.

Los Soprano
Producción Ejecutiva
David Chase, Brad Grey, Ilene S. Landress, Terence Winter Co-Productores Ejecutivos Henry J. Bronchtein y Matthew Weiner Productores Supervisores Diane Frolov y Andrew Schneider Productores Martin Bruestle y Gianna Smart. Una producción de HBO Original Programming, Brad Grey Television y Chase Films.

Reparto James Gandolfini (Tony Soprano), Edie Falco (Carmela Soprano), Lorraine Bracco (Dr. Jennifer Melfi), Michael Imperioli (Christopher Moltisanti), Dominic Chianese (Uncle Junior), Robert Iler (Anthony Soprano Jr.), Jamie-Lynn Sigler (Meadow Soprano), Tony Sirico (Paulie Walnuts), Steven Van Zandt (Silvio Dante), Vince Curatola (Johnny Sack), Aida Turturro (Janice), Steve R. Schirripa (Bobby) y Joe Gannascoli (Vito Spatafore).

10 de marzo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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los milagros son posibles


[William Grimes] Pero, desafortunadamente, las posibilidades son otra historia.
La vida es un juego, y el idioma inglés lo refleja. Es común hablar de ganarle a la casa, echar los dados o jugarse el todo por el todo. El lenguaje de la mesa de ruleta y de la mano de poker se aplica a todo tipo de situaciones, debido a la incertidumbre y riesgo que rodean a toda decisión humana, desde cruzar la calle hasta invertir en la bolsa de valores.
En ‘Chances Are’, Michael Kaplan y Ellen Kaplan examinan el papel de la casualidad en los asuntos humanos, y los esfuerzos de las mejores mentes de medirla y domarla construyendo una ciencia de las probabilidades. Su despreocupado tour los lleva desde la mesa de dados de los antiguos romanos a las oficinas de los aseguradores marítimos de Londres, los que, como sus predecesores en la antigua China y en la Italia del Renacimiento, se ganan la vida analizando y administrando la incertidumbre. Lo mismo hacen estrategas militares, hombres del tiempo, abogados acusadores y el fascinante Gordon Woo, un experto en terrorismo de una compañía de análisis de riesgos. Todos están unidos, dicen los autores, en una gran empresa humana, "la interminable lucha contra el azar".
¿Quién sabe? Kaplan, ex productor y director del canal WGBH de Boston, y la señora Kaplan, su madre, una arqueóloga que dirige una fundación llamada el Círculo Matemático, han descubierto un gran tema, y lo exploran a través de los siglos y en todo el planeta con un entusiasmo que linda con el júbilo. Casi puedes oír la tiza en la pizarra cuando las ecuaciones y conceptos vuelan a gran velocidad y la acción se mueve desde los primeros intentos de predicción de lanzar ciertos números con un par de dados a ideas actuales sobre la entropía. Es un viaje vertiginoso y estimulante.
Los autores eligieron sus ejemplos ingeniosamente y los explican a través de llamativas metáforas. Veamos por ejemplo el teorema de Bayes, una influyente fórmula para medir la fiabilidad de un solo evento basándose en la experiencia de muchos eventos (digamos la probabilidad de que el sol salga mañana). Presentar el teorema implica una generosa cantidad de matemáticas, como otras muchas ideas en este libro, pero después de subir una página de ecuaciones, los autores explican de este modo las complejidades de combinaciones de probabilidad sopesadas: "La probabilidad de que Casanova seduzca a la condesa depende de lo ganada que esté por el encanto por la probabilidad de que él se comporte seductoramente más la repugnancia que sienta ella por la grosería por la probabilidad de que él se comporte groseramente".
El teorema de Bayes, como la curva de Bell, se aparece en los lugares más inesperados, en los tribunales más sorprendentes. ‘Chances Are’ incluye un capítulo de esfuerzos para aplicar el razonamiento probabilístico a alegatos jurídicos y a la presentación de evidencias ante un jurado. Siguen muchos impresionantes estudios de caso, la mayoría de ellos demostrando que no se puede confiar en los abogados en cuanto a cifras, y que los jurados tampoco las entienden.
Los médicos no son mucho mejores. En una desalentadora prueba de razonamiento probabilístico, a médicos y administradores de un hospital se les pidió que clasificaran cuatro programas de escáner de cáncer. El programa A reducía la tasa de mortalidad en un 34 por ciento, el Programa B producía una reducción absoluta de muerte de 0.06 por ciento y el Programa C aumentaba la tasa de supervivencia del paciente de 99.82 a 99.88 por ciento. En el Programa D, 1.592 pacientes debían ser escaneados para prevenir una muerte. Médicos y administradores recomendaron encarecidamente el Programa A, pero de hecho los cuatro conjuntos de cifras describen el mismo programa.
Antes de burlarse, pensemos un rato en el ahora famoso problema de Monty Hall, llamado así por el anfitrión de ‘Let’s Make a Deal’. Un participante sabe que ocultos detrás de tres puertas hay dos cabras y un coche nuevo. El participante elige la Puerta 1. El radiante anfitrión abre la Puerta 3 para mostrar una cabra, y luego pregunta al participante si quiere cambiar su opción a la Puerta 2. Dos puertas significan una proposición de 50 por ciento, así que ¿para qué preocuparse? Porque en realidad las probabilidades han cambiado. Ahora la probabilidad ahora es dos de tres de que cambiar a la Puerta 2 le hará ganar el coche.
En el siglo 17, los gobierno se aprovechaban de la incapacidad del ciudadano promedio en evaluar las probabilidades a la hora de vender anualidades, un tipo de seguro en el que el asegurado en lo esencial apostaba a que él viviría más tiempo que la mayoría de las otras personas. Como en las apuestas de los casinos, la casa se guardaba la ventaja. El gobierno poseía estadísticas sobre la mortalidad, las declaraba secretos de estado y las usaba para manipular las probabilidades. También se apoyaba en psicología básica, "la creencia instintiva de que todos mueren a una edad promedia, excepto yo".
Los Kaplan cubren un montón de terreno muy rápidamente, pero tienen una fina sensibilidad en cuanto a detectar dónde el lector general empezará a tener dificultades con las matemáticas o con las complejidades del argumento, y actúan en conformidad. Un oportuno ejemplo, o una cita bien colocada, mitiga la fuerte presión sobre el cerebro, y el rápido ritmo ayuda a reforzar uno de los puntos centrales del libro, de que cuestiones de probabilidad rodean casi todo aspecto de nuestra vida cotidiana. Una estrategia de "incoherencia calibrada", por ejemplo, puede llevar a la victoria en un juego de piedra, papel y tijeras y los departamentos de policía están bastante interesados en algoritmos probabilísticos que les permiten descubrir patrones de delincuencia.
Al final, por supuesto, en la práctica no existe la certeza. Los teoremas de probabilidad mejor formulados fallan a la hora de ganar consistentemente en la bolsa. Pero, como señalan los autores, "algunas formas de incertidumbre son mejores que otras". Probablemente es verdad.

Libro reseñado:
Chances Are... Adventures in Probability
Michael Kaplan y Ellen Kaplan
Viking
319 páginas
$26.95

31 de marzo de 2006
©new york times http://www.nytimes.com/2006/03/31/books/31book.html
©traducción mQh
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espías y jefes de espías


[Walter Isaacson] Historia secreta de las relaciones de la CIA con el gobierno de Bush.
Este explosivo librito empieza con una escena que es a la vez asombrosa y nada fuera de lo común: el presidente Bush colgándole enfadado el teléfono a su padre, que "estaba preocupado de que su hijo estaba permitiendo que el ministro de Defensa Donald Rumsfeld y un equipo de ideólogos neo-conservadores ejercieran demasiada influencia sobre la política exterior". La pintoresca anécdota es sintomática de ‘State of War’. La anécdota es apasionante, de fuente desconocida y ligeramente exagerada, pero tiene el odioso olor de la verdad.
A este respecto, la anécdota es como la escena en ‘Los últimos días’ [Final Days], de Bob Woodward y Carl Bernstein, cuando Nixon, muy cerca de su abdicación, empieza a llorar y le pide a Henry Kissinger que se arrodille y rece con él. En realidad, James Risen puede haberse convertido en el nuevo Woodward y Bernstein. Sus artículos en página 1 del New York Times, expusieron, para mejor o peor, el programa de interceptaciones de seguridad nacional del gobierno. Y ahora ha producido una historia del tipo ‘Todos los hombres del presidente’ [All the President’s Men], basándose en fuentes anónimas.
En el fondo yace una de las grandes preguntas de la época de después del 11 de septiembre de 2001: lo lejos que están dispuestos a ir los americanos en cuanto permitir cosas como las interceptaciones y la tortura, para combatir el terrorismo. Risen no cree que su papel sea pensar demasiado en esto. En realidad, parece creer que si algo es secreto e interesante, debería ser hecho público.
Eso hace surgir algunas preguntas más parroquiales, pero todavía periodísticamente importantes. ¿Cuándo debería la prensa censurarse a sí misma por respeto a preocupaciones en torno a la seguridad nacional? ¿Y en qué medida debería utilizar filtraciones de fuentes anónimas? El mejor modo de empezar a responder estas preguntas es en realidad leer el libro antes que depender del fuego cruzado de la televisión por cable sobre el asunto, una tarea que no es realmente difícil, ya que se lee rápido, es bastante hipnotizador y agradablemente breve.
La mayor parte de las informaciones de Risen tienen que ver con la letanía de fracasos de los servicios de inteligencia atribuidos generalmente a las presiones ideológicas de Bush, Rumsfeld y el vice-presidente Dick Cheney. El archienemigo de Risen es George Tenet, el antiguo director de la central de inteligencia al que Risen retrata mediante una brutal procesión de anécdotas filtradas, como un tipo tan ansioso por complacer a Bush que prostituyó a la agencia.
Cuando Tenet le dice a Bush que un terrorista capturado no dio demasiada información porque fue sedado tras su captura, se dice que Bush (según "una fuente bien informada") preguntó: "¿Quién autorizó que lo medicaran?" Puede ser una broma, o la mitad de una broma, o quizás algo que Bush no dijo nunca. Pero de acuerdo a Risen, dejó en claro su misión a Tenet, que era complacer a Bush, pero ganándose la oposición de muchos funcionarios de carrera de la agencia, que finalmente derivó en el escándalo por los abusos de Abu Ghraib y la entrega de detenidos a países donde sí pueden ser torturados.
Risen es más suave con el general Michael Hayden, que dirigía la Agencia de Seguridad Nacional, que fue responsable de la interceptación electrónica que causó el titular más grande que aparece en este libro. Ese programa, que incluía el control electrónico de cientos de llamadas y mensajes de correo electrónico es el tipo de nuevo enfoque tecnológico que Hayden podría (en todo caso, debería) haber justificado ante el Congreso o ante uno de los tribunales especiales que supervisan las órdenes judiciales de las agencias de inteligencia. Pero el gobierno insistió en eludir esos procedimientos. Lo hizo no solamente para impedir que se filtraran los detalles, sino también por temor que el programa fuera rechazado, y también movido por la arrogante convicción de que los presidentes no deberían estar sometidos a esas restricciones.
Los relatos de Risen están llenos de color y detalles que otorgan credibilidad -así como dramatismo- a sus reportajes. Estos incluyen una versión de lo que fue aparentemente un plan frustrado para dar a Irán planos erróneos para un programa de armas nucleares. También informa sobre una conspiración de la CIA durante el preludio a la guerra de Iraq en la que la hermana de un científico iraquí, que vivía en Estados Unidos, fue reclutada para extraer información de su hermano sobre los programas de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Como otros 30 más que fueron reclutados para misiones de ese tipo, volvió con la noticia de que Hussein se había visto obligado a abandonar esos proyectos. Pero la CIA no entregó esta información a los funcionarios que toman decisiones, y el ansioso Tenet, en lugar de eso, dijo a Bush que el caso contra Hussein era un caso probado.
El gobierno de Bush pidió al Times no imprimir algunas de las informaciones de Risen, especialmente sobre el programa de interceptación, y el diario acató esa petición durante un año. Pero cuando Risen estaba por publicar su libro, que incluía las revelaciones que el Times había retenido, el diario decidió poner fin a su auto-censura. Esto provocó el típico tsunami timesiano de críticas, tanto de liberales que piensan que las informaciones debieron haber sido publicadas como de conservadores que creen que no debieron publicarse de ninguna manera.
Risen no se detiene sobre este tema, y su intento de exponer los secretos del gobierno no se corresponde, desafortunadamente, con una disponibilidad similar a informar sobre las decisiones tomadas por este diario, que también fueron importantes e interesantes. Pero su libro proporciona algunas evidencias de que Times actuó probablemente de una manera que puede ser en realidad prudente. La información en ‘State of War’, como informó el diario justo antes de la publicación del libro, parece haber evitado revelar (aunque no podemos estar seguros) procedimientos técnicos o detalles que pudieran ser útiles para operativos de al Qaeda, que presumiblemente ya sabían que Estados Unidos estaba tratando de espiarlos. La justificación para publicar el artículo sobre la Agencia de Seguridad Nacional es que, como muestra Risen, el programa continuó durante un año con una actitud de indiferencia a la exigencia de que hubiese autorización de algún tribunal o la aprobación del Congreso en lo que se refería a las interceptaciones domésticas. Incluso aquellos de nosotros que aprueban la idea de que las agencias de inteligencia utilicen la minería de datos y la igilancia electrónica para detectar las comunicaciones entre terroristas se sienten incómodos con la posibilidad de que futuros presidentes, con programas mucho más turbios, puedan usar en secreto esas técnicas, sin ninguna autorización, para cualquier propósito que ellos consideren como parte de sus atribuciones en tiempos de guerra.
En esos casos, se supone que debería haber supervisión del Congreso, los tribunales de inteligencia especiales y de los abogados del ministerio de Justicia, la CIA y la Casa Blanca. Pero en un gobierno que muestra poco respeto por la autoridad del Congreso y por abogados entrometidos, y en una ciudad donde el partido del presidente controla todas las ramas del gobierno, no existen esos controles ni balances.
Excepto la prensa. Se trate de torturas o interceptaciones, las noticias en los medios se han convertido de hecho en un cuarto poder que proporciona algún tipo de control sobre el poder ejecutivo. Es por esto que tantas fuentes preocupadas o contrariadas, especialmente dentro de las agencias de inteligencia, ha optado por dar información a Risen.
¿Pero tenemos que creer que en un libro que descansa pesadamente en filtraciones de fuentes disgustadas? Estamos en una época en que el consumidor de información tiene que hacer una suposición informada sobre qué porcentaje de afirmaciones en libros como este son verídicas. Mi propia suposición es que Risen cuenta con fuentes serias para todo lo que dice, pero que esas fuentes no conocen toda la historia, por lo que el resultado es un libro que huele a un 80 por ciento de verdad. Si eso suena mal, dejadme agregar que si él hubiese dependido no de fuentes anónimas sino solamente de fuentes oficiales, el resultado habría sido muy probablemente un libro con un 50 por ciento de verdades.
De hecho, el nuevo modo en que consumimos información es un buen argumento para el rol de una prensa independiente que depende de filtraciones. Otros periodistas deben confirmar, o desmentir, las afirmaciones de Risen. Esto haría que muchos de los participantes publicaran sus propias versiones de los hechos. L. Paul Bremer, el virrey estadounidense en Iraq tras la invasión, ha justamente sacado su propio libro, acusando a la CIA por haberle dado informaciones falsas y a Donald Rumsfeld por no darle las tropas que quería. Y Tenet, es de esperar, algún día sacará provecho de un caro libro por encargo y cigarro en boca y pluma en mano escribirá que no es el bufonesco lameculos que los ayudantes de Rumsfeld dicen que es. Además de divertido de observar, este proceso es una bendición para historiadores futuros.
Así que demos la bienvenida a la nueva época de la historia impresionista. Como una pintura impresionista, descansa en puntos de matices e intensidades variables. Algunos provienen de fuentes como las de Risen. Otros puntos provienen de memorias y comentarios de los participantes. Finalmente se forma la imagen final, que se hace gradualmente más clara. Es tarea nuestra conectar esos puntos y encontrar su significado en el paisaje.
Mientras recordemos que en estos días la verdad no es un pronunciamiento sino parte de un proceso, podremos apreciar en propiedad ‘State of War’ por ser no solamente un libro colorido y fascinante, sino también uno de los modos en que emergen hechos y versiones históricas en una democracia en la época de la información. Así que dejemos que empiece el proceso. Después de todo, muchos otros periodistas han seguido con sus propias fuentes la historia de Woodward y Bernstein sobre el estallido emocional de Nixon en la Casa Blanca. Y todo resultó ser verdad.

Walter Isaacson es presidente del Aspen Institute y antiguo editor de Time y director ejecutivo de CNN. Es autor de ‘Benjamin Franklin: An American Life’ y está escribiendo una biografía de Einstein.

Libro reseñado:
State of War. The Secret History of the CIA and the Bush Administration

James Risen
240 pp.
The Free Press
$26

5 de febrero de 2006
©new york times
©traducción mQh
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historia de la ostra neoyorquina


[Elizabeth Royte] El molusco que hizo a Mantahhan.
Los neoyorquinos, parece, están eternamente fascinados con su ciudad. No pueden dejar de escribir libros sobre el lugar, describiendo la ciudad desde ángulos cada vez más diferentes. Mark Kurlansky, que antiguamente salía de Gotham para escribir sobre el bacalao y la sal, en ‘Cod’ y ‘Salt’, vuelve ahora su atención a su propio patio. Su historia de Nueva York, ‘The Big Oyster’, nos retrotrae a la vaga y brumosa época de los indios lenape, a través del auge de la ostra de fines del siglo 19, a los nocivos detalles que cerraron los últimos bancos de ostras de la ciudad en 1927.
La historia es suficientemente simple: Nueva York se convirtió en una gran ciudad porque está ubicada en la confluencia de varios grandes ríos que conforman una profunda y protegida dársena. Los ríos daban acceso a recursos naturales, y el puerto dejaba que los comerciantes sacaran sus mercaderías. El estuario del bajo Hudson, que tenía 900 kilómetros cuadrados de bancos de ostras, era el lugar por excelencia de la Crassostrea virginica, que prospera en áreas intermareales y submareales lavadas por aguas fluviales ricas en nutrientes. Los lenape comían ostras, los holandeses comían ostras, los ingleses comían ostras. Hacia fines del siglo 18, todos sabían que este ítem de la dieta no duraría eternamente, que el "Edén tenía sus límites". La ciudad restringió primero quién podía cosechar las ostras, y luego cuándo. A medida que la tecnología hizo más fácil la tarea de recoger ostras más rápidamente, la ciudad decidió también limitar el uso del dragado y del vapor.
Entretanto, la población de Nueva York aumentó, y las constantes descargas de basura y aguas servidas empezaron a cobrarse un precio en el suelo del puerto. Había numerosas quejas, especialmente cuando estallaron el cólera y el tifus, pero nada se hizo. En lugar de eso, los recolectores de ostras perfeccionaron el arte de transplantar y luego cultivar ostras en lugares limpios, como la Gray South Bay. "Esos poderes recientemente descubiertos estaban mareando a la humanidad con la mágica capacidad de la ciencia de resistir sus propios y locos excesos", escribe Kurlansky, mareado él mismo.
El advenimiento del cultivo tuvo tremendas implicaciones comerciales. Los trabajadores abrían y envasaban tan rápidamente como podían, embarcando barriles de ostras a todo el mundo. La locomotora prosa de Kurlansky hace fácil visualizar las rutas de la ostra palpitando en los mapas del mundo: al norte de Hudson, al oeste hacia el Pacífico, a través del Atlántico en el este. Era la edad dorada del imperio de la ostra de Nueva York: la ciudad estaba "hechizada por la ostramanía". En 1860, se vendieron en los mercados de Nueva York unos 12 millones de ostras; para 1880, los bancos de ostras estaban produciendo unos 700 millones de ostras al año. Los neoyorquinos, ricos y pobres, estaban sorbiendo a las criaturas en bodegas de ostras, salones, tenderetes, casas, cafés y restaurantes, locales sobre los que aprendemos un montón (esto en adición a disgresiones sobre los derechos de propiedad, máquinas a vapor, prostitución, sanidad, desalojo de barriadas, revueltas en torno a las conscripciones para la Guerra Civil y cómo doblar las camas). Las ostras eran baratas: se comían escabechadas, estofadas, asadas, fritas, escalfadas y escalopadas; en sopas, pasteles y pudín; para el desayuno, el almuerzo y la cena. Si un cliente en "el plano de Canal Street" (coma lo que pueda por seis centavos) comía demasiado, la administración le serviría una ostra ligeramente abierta, "con la esperanza de que después de algunos minutos, el glotón cliente dejaría de comer durante varios días".
‘The Big Oyster’ demuestra que es posible para un investigador experimentado, contar la historia de Nueva York -su riqueza, excitación, codicia, destructividad y suciedad- a través de la historia de una sola criatura. Pero es una falacia pensar que la historia de la ostra es la historia de Nueva York. "Antes del siglo 20, cuando la gente pensaba en Nueva York, pensaban en ostras", escribe Kurlansky. Es una afirmación justa, aunque sorprendente, pero su trabajo es demostrarlo. A veces, puedes oír el carrete del microfilm chirriando a medida que Kurlansky, con gafas color de ostra, rastrea diarios de vida, menús, cartas, diarios y revistas en busca de evidencias. Seguro, este es un libro sobre ostras, pero muchas de las referencias al amor por las ostras parecen rellenos o simple pretensión. Nos enteramos de que Samuel Pepys "menciona cincuenta veces a las ostras en sus diarios" (pero nada más); nos enteramos de los nombres, pero casi nada más, de varios empresarios, actores, políticos y prostitutas que comieron ostras en la ciudad; y nos enteramos de que el primer ministro británico, en 1715, incurrió en grandes gastos haciéndose enviar ostras de Nueva York. "¡Tío!", exclama uno, preguntándose si acaso a Kurlansky le han pagado a ostras por palabra.

En general, Kurlansky es un guía genial y entusiasta. Es a menudo divertido, haciendo bromas a expensas de Nueva York: somos horteras, obsesionados con el dinero, comemos nuestra comida viva. Su trabajo sobre la peculiar historia natural de la ostra es bastante decente, que permite que sea transplantada y también transportada viva. Resulta que la mayoría de las ostras que comemos en el este de América del Norte provienen del Golfo de México y de Nueva Escocia y más al norte, que son biológicamente idénticas. Si su sabor, tamaño, forma y color difieren, es por las aguas en las que crecen. Las ostras, en resumen, tienen sus propios territorios.
Pero mientras la ciudad de Kurlansky bulle, apesta y brilla, la ostra misma -a pesar de su pasaje ecológico- nunca realmente vive, al menos no del modo en que viven los cangrejos azules del Atlántico en el clásico ‘Beautiful Swimmers: Watermen, Crabs and the Chesapeake Bay’, de William W. Warner. El libro tiene demasiadas frases de efectos amortiguadores: "La pesca del tiburón es un deporte popular". O: "El Príncipe de Joinville era otro cliente de Delmonico". ‘The Big Oyster’ es a menudo claustrofóbico con las cifras -precios, toneladas, tasas de exportación, tasas del mercado- y empapado de recetas (decenas de ellas, a menudo variaciones de harina, mantequilla y Crassostrea). Las redundancias atascan la historia y Kurlansky es a menudo vago. Observa el vínculo entre el sexo y las ostras -los restaurantes de ostras de la ciudad se afichaban con balones rojos, como los burdeles con luces rojas-, pero no trata la creencia de que las ostras son afrodisíacas, excepto para observar que tienen un alto contenido de zinc, que promueve la testosterona. Hay otros lapsos: nos dice que la Crepidula fornicata condenó a la extinción a las ostras británicas, pero no qué es la Crepidula fornicata (la lapa o chancleta unciforme). Curiosamente, menciona las temperaturas en grados Celsius y Fahrenheit, pero no traduce peniques ni libras a las monedas actuales, de modo que el lector igual se queda en la oscuridad.
Estos reparos no molestarán al fanático de Kurlansky, y ciertamente no me impedirán apreciar el verdadero tema de Kurlansky, el que pone a este libro por encima de la historia de los mariscos, que es la historia de la contaminación de Nueva York. Prestamos atención a nuestros recursos naturales sólo cuando empezamos a sentirnos enfermos -sea de las tripas o del bolsillo. Hacia mediados del siglo 19, "los ríos que llenaban el puerto con agua fresca, haciendo crecer los bancos de ostras, lo llenan ahora con químicos mortales". En 1927 se cerraron los últimos bancos de ostras de la ciudad y los vendedores se volcaron hacia fuentes más limpias. Pero la contaminación de las aguas sólo se intensificó -con descargas de pesticidas, metales pesados, asbestos, disolventes, aceite y PCB- hasta que se dictó la Ley del Agua Limpia de 1972. Hoy, el estuario de Hudson también está demasiado polucionado como para criar ostras comestibles. Eso está malo, pero para Kurlansky -y todos los neoyorquinos- hay algo todavía peor: la ciudad que una vez derivaba su elemento vital social y económico de su muelle, ha "perdido su conexión directa con su propio vasto y dulce mar".

Libro reseñado:
The Big Oyster. History on the Half Shell
Mark Kurlansky
Ilustrado
307 pp.
Ballantine Books
$23.95

5 de marzo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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persiguiendo a un asesino famoso


[Janet Maslin] El asesino de Lincoln podría ser nuevamente al cine. Quizás con Johnny Depp.
El 24 de mayo de 1865, menos de un mes después de la muerte de John Wilkes Booth, un editor publicó un libro titulado ‘The Assasinator’. Era un informe ficticio del asesinato de Abraham Lincoln por Booth, y el comienzo de una industria casera de los historiadores que todavía continúa.
Casi 141 años después, el cuerpo de literatura sobre la muerte de Lincoln es inmensa y aparentemente inagotable. Sin embargo, ‘Manhunt’, de James L. Swanson, ha encontrado un ángulo razonablemente novedoso desde el cual acercarse a su material.
Esta extensa narrativa es una pesadilla para los narradores. En el plan de Booth (originalmente una conspiración para secuestrar al presidente) aparecían muchos cómplices menores e incautos inocentes, tanto antes como después del 14 de abril de 1865, el terrible día del magnicidio. Y aunque la historia de Lincoln desafía la brevedad, la propia historia de Booth como miembro de una prominente familia de actores estadounidenses es también complicada. Boothe era un hijo de su padre, el dramaturgo trágico Junius Brutus Booth, que había amenazado, bromeando, con matar al presidente Andrew Jackson.
Los motivos y maniobras de John Wilkes Booth recibieron un análisis mucho más penetrante en ‘American Brutus’, de Michael W. Kauffman, publicada hace algo más de un año. La versión de Swanson no supera la inteligencia ni la agudeza de esa versión. Pero ha presentado exitosamente las secuelas del asesinato en una versión de aventura y acción de esos eventos. Hace de ‘Manhunt’ un libro muy asequible y lo imbuye de gran drama. Aquí está ‘Manhunt’ en pocas palabras: Este libro será la base de una película que tendrá a Harrison-Ford como el heroico oficial de la caballería que capturó al asesino de Lincoln.
En el proceso de agitar el interés, Swanson debe dar forma y simplificar algunos de los acontecimientos que describe. Pero conoce su territorio, aunque a veces no lo atraviese con mucha sinceridad. Presenta un dinámico panorama de 400 páginas de una historia que tomaría mucho más espacio para ser escrita con todos sus detalles.
‘Manhunt’ deja sus aspiraciones muy en claro. Una de esas aspiraciones es usar el concepto ‘cacería humana’ tan a menudo como posible. Otra es convertir a Booth en un personaje literariamente importante, con un deje moderno (a diferencia de los débiles alegatos de sala de tribunal que se le escapan de vez en vez). Como Swanson describe en un momento al personaje central del libro: "De veintiséis, irremediablemente fatuo, presuntuosa, emocionalmente inestable, poseído por un crudo talento y espléndido ímpetu, y célebre miembro de esta renombrada familia del teatro -los Barrymore de su época-, John Wilkes Booth estaba dispuesto a desechar la fama, la riqueza y la tierra prometida por su causa".
Muchos historiadores han escrito relatos detallados de lo que pasó ese 14 de abril, cuando Booth disparó contra el presidente en el Teatro Ford en Washington durante el que sabía que sería el momento más ruidoso de la comedia ‘Nuestro primo americano’. Y muchos han empantanado en los detalles. Pero Swanson atraviesa enérgicamente por los sucesos del día, desde la escalante intriga en los alrededores del Teatro Ford hasta el caos en la casa del ministro de Asuntos Exteriores, William Seward (que sobrevivió un atentado a cargo de uno de los jóvenes acólitos de Booth, Lewis Powell) hasta la triste noche de vigilia que siguió (Lincoln murió a las 7:22 de la mañana siguiente). Siempre conmovedor, el autor crea una crónica de muchas facetas.
Como cada pequeño detalle de estos eventos ya ha sido sometido a exhaustivos análisis, Swanson opta por enfatizar la imagen mayor. Describe el repentino pánico tras la guerra. Como el libro deja en claro, un país que aparentemente celebraba el fin de la Guerra Civil fue hundido en la incertidumbre sobre si se había reanudado la guerra y sobre si Washington estaba nuevamente siendo atacada por fuerzas confederadas. La lenta, lenta diseminación de las noticias es el aspecto de la historia que más sorprende a los lectores de hoy.
Booth pasó gran parte de sus 12 días de fuga escondido en un bosque de pinos en Maryland, esperando cruzar el Potomac y quizás desaparecer en el acogedor Sur. A la luz de ese calmo intervalo, Swanson tiene que enfatizar giros del destino que emergerán más tarde como decisivos, y tiene que enfatizar el dramatismo de la conducta de Booth. Así incluso el período en el bosque está sobrecargado de premoniciones e intensidad. "El escape y desaparición de John Wilkes Booth se desarrolló como si hubiesen sido escritos, no por un cerebro del crimen, sino por un cerebro del teatro", escribe Swanson. "Cada día que pasaba, la ausencia de Booth del escenario intensificaba el arco dramático de la historia".
Pero como Booth mismo, el libro deja sus municiones más pesadas para el enfrentamiento final. Describe el cargado punto muerto entre Booth (ayudado casi hasta el fin de su viaje por su dedicado y joven cómplice, David Herold) y las fuerzas de caballería que se concentraron en la granja de Garret en Virginia, cerca del río Rappahannock. Con Booth atrapado en el granero de tabaco de Garret y sin rendición en el futuro previsible, Swanson se vuelca enteramente en el diálogo para captar el relincho que sacó a Booth del granero.
Esta parte del libro es pura dramaturgia. "Para Booth", escribe Swanson, "esta fue su última y más grande actuación, no sólo para la pequeña audiencia de soldados en el improvisado teatro de la granja de Garret, sino también para la historia. Cuando Booth cae finalmente herido, "la fuerte y dramática voz de tenor que antes se proyectaba más allá del arco del proscenio y llenaba los vestíbulos de Wahington, Filadelfia, Nueva York, Boston, Chicago, St. Louis, Baltimore y Richmond, había sido acallada y no se oía más que en la primera fila".
En momentos como esos, ‘Manhunt’ no engrandece a Booth ni simpatiza precisamente con él. Pero ciertamente coloca el énfasis en los dotes de estrella del asesino. "Booth no es célebre por el asesinato, pero de algún modo se lo ha perdonado", escribe Swanson. El autor ha dicho que Booth podría ser representado por Johnny Depp.

Libro reseñado
’Manhunt. The 12-Day Chase for Lincoln’s Killer’
James L. Swanson
448 páginas
William Morrow
$26.95
9 de marzo de 2006

©new york times
©traducción mQh
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fascismo nada serio


[David Schoenbaum] La Italia de Mussolini, donde el fascismo era elegante, vicioso y poco efectivo.
Todos saben que Gertrude Stein se estaba refiriendo a su nativa Oakland, California, cuando dijo su famosa frase: "No hay un dónde, allí". Pero si uno lee al historiador australiano R.J.B. Bosworth, pudo haber estado hablando sobre el fascismo italiano, la principal fuente e inspiración del minúsculo movimiento político, estilo e ideología que se convertiría en una presencia global, que sigue siendo.
Precedido por sus estudios de la dictadura italiana y su dictador, Benito Mussolini, la retrospectiva de Bosworth de la experiencia del país es a la vez perspicaz, lúcida, exhaustivamente documentada y completamente desprovista de sentimentalismos. Pero entre sus grandes virtudes es su ojo por lo que caracterizó al fascismo italiano.
Apologistas nativos y italófilos extranjeros han argumentado durante décadas que los italianos son demasiado amables como para ser fascistas serios. Bosworth no es un convencido. Al contrario, como recuerda implacablemente a los lectores, su fascismo era tan mortífero, opresivo, corrupto, manipulador, racista y misógino como cualquier otro -o al menos, tenía la intención de serlo.
Pero, irónicamente, la misma italianità que hizo posible la dictadura, también la hizo relativamente soportable. Por supuesto, ninguna dictadura a este lado de Moscú podía ser otra cosa que más soportable que el monstruo marrón al otro lado de los Alpes que intimidó y horrorizó a su aliado italiano antes de llevárselo con él al abismo. Sin embargo, comparado con los clones y metástasis de Iberia y Hungría de la preguerra al Oriente Medio de postguerra, la casa que construyó Mussolini al menos se ve mejor que muchas.
De hecho, como señala Bosworth desde el comienzo, gran parte del fascismo se remontaba a los orígenes del moderno estado-nación italiano. Como sus colegas del siglo 19 desde Bélgica a Romania, los liberales italianos anhelaban una bandera, un parlamento, una economía, una identidad e incluso un imperio común. Para ese fin, las verdades que eran evidentes al norte de los Alpes también funcionaron en Italia. Pero la transición hacia el gobierno constitucional era un trabajo que exigía tiempo, donde el progreso necesitaba todo el tiempo que pudiera reunir.
Hacia 1914, estaba claro que tomaría más que una monarquía constitucional, una línea férrea, una moneda basada en el oro y las colonias africanas para superar los límites impuestos por la geografía, la cultura y la historia. Ansiosos de estar a la par con las grandes potencias, los italianos eran no solamente pobres, analfabetos y económicamente subdesarrollados, sino también alérgicos a cualquier estado, moderno o no. Eso incluía las dictaduras.
El producto nacional bruto per cápita era un 80 por ciento del de Francia, y la mitad del de Gran Bretaña. En vísperas de la Primera Guerra Mundia, más de tres por ciento de los italianos, la mayoría de ellos del centro y norte más desarrollados, se marcharon a trabajar en el extranjero o emigraron.
Pero se necesitó la guerra para convertir la disfunción nacional en un fascismo organizado. Para la siguiente generación, la tóxica cuvée de chovinismo, oportunismo, ansiedad de posición, violencia gratuita y herido orgullo nacional, sería el más notable producto italiano de exportación.
Catalizada por espantosas bajas, frustradas aspiraciones nacionales y el fantasma de una revolución roja, una cohorte de veteranos de clase media resolvió juntar sus cabezas, fuesen respetables o proletarias. En 1918 la palabra fascio, en su acepción de comité de acción política ad hoc, se convirtió en genérico de cualquiera que quisiera usarla. Hacia 1920, a pesar de una debacle electoral en las primeras elecciones a las que se presentaron los fascistas, se había convertido en una marca.
Dos años más tarde, Mussolini, un insólito y carismático ex socialista, aspirante a intelectual y violinista amateur, fue nombrado primer ministro por una clase política resignada ante su inevitabilidad. Durante un breve momento, su magia deslumbró a Arturo Toscanini y Maria Montessori, así como a un número de notables de origen judío. Millones de ciudadanos concluyeron entretanto que, si no exactamente el hombre que debía terminar el gran trabajo que había comenzado la unificación nacional de Italia, Mussolini al menos era el mal menor.
En 1924, hubo un claro quiebre cuando los fascistas asesinaron a Giacomo Matteoti, un diputado socialista. Bosworth supone que estaba a punto de revelar las relaciones sospechosas de una compañía refinadora de Estados Unidos. Mussolini salió de las crisis declarándose dictador. Luego mantuvo un horario de oficina regular, y tenía su escritorio ostentosamente limpio. Hacia 1930, las miembros del partido se acercaban a los cinco millones y la participación en una u otra afiliación fascista se extendía a casi la mitad de la población.
Sin embargo, a pesar del culto a la personalidad, el logro más notable del régimen, como lo ve Bosworth, fue que sobrevivió tanto tiempo. Independientemente dónde uno fije la vista -en la cultura, la ciencia, la economía, las fuerzas armadas-, sus logros fueron persistentemente menores que los de sus desprestigiados predecesores liberales.
Las campañas imperialistas en Libia y Etiopía, como su activo respaldo de los insurgentes franquistas en España, no fueron de gran ayuda. Como ocasiones de éxtasis de auto-celebraciones, el drenaje de los palúdicas pantanos pontinos fue reducido a la nada por una política exterior que convirtió al reino en un aliado de los nazis, y el área, como todo el país, en una zona de guerra.
Los italianos continuaron venerando a su rey y al Papa, y al Duce. La mafia continuó floreciendo. El patronaje y los favores en los negocios siguieron siendo la norma. Incluso se lanzó una campaña para remplazar el pronombre respetuoso.
La elección de Bosworth para el epígrafe es el discurso del arzobispo de Canterbury, de ‘Henry V’, de Shakespeare, sobre el estado de las abejas: "Criaturas que por una ley de la naturaleza enseñan / El acto del orden para un reino poblado". Pero las ‘Ozymandias’ de Shelley habrían estado igual bien.
Para la posteridad quedaron la espléndida Stazione Termini en Roma, de Pier Luigi Nervi; la calle Balbo, la conexión entre la avenida del Lake Shore y la avenida Michigan en Chicago, que conmemora a Italo Balbo, el piloto que fue la respuesta italiana a Lindbergh; la laurea, el grado que confiere los títulos de Dottore y Dottoressa a uno de cada tres estudiantes italianos que terminan la universidad; y una historia ejemplar que todos nosotros, italianos y no-italianos deberíamos recordar.

Libro reseñado:
Mussolini’s Italy. Life Under the Fascist Dictatorship, 1915-1945
R.J.B. Bosworth
Ilustrado
692 pp.
Penguin Press
$35


David Schoenbaum es autor de ‘Hitler’s Social Revolution’ y profesor de historia en la Universidad de Iowa.

3 de marzo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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selección sobrenatural


[Drake Bennett] Un filósofo de Tufts y afamado darwinista quiere que estudiemos la religión como cualquiera otra conducta humana -como un ‘fenómeno natural’.
Cuando el filósofo Daniel Dennet era adolescente, hizo de rústico profeta Elías en la producción teatral de ‘La herencia del viento’ en la escuela. "Barbudo, desgreñado, con su estropeado delantal de arpillera", en vísperas del proceso a Bert Cates por enseñar la teoría de la evolución Elías baja de la montaña para vender Biblias en una vieja caja de verduras. "¿Eres un evolucionista? ¿Un infiel? ¿Un pecador?", pregunta Elías a un periodista de fuera del pueblo.
Hasta que hizo un curso de posgrado, dice Dennett, la pieza, basada famosamente en el "gran juicio del mono", de Scopes en 1925, fue la fuente de la mayor parte de lo que sabía sobre la evolución y la selección natural. Hoy Dennett tiene barba de profeta, una parte de la cual mete a veces en su boca para una rumiante masticada, y es uno de los principales promotores de la teoría de Darwin. No la ve meramente como la explicación del origen de las especies, sino como la explicación de preguntas fundamentales sobre los porqués y cómos de los hábitos, creencias, ideas y deseos de los seres humanos. La lógica de la evolución, escribió Dennett en su libro de 1995, ‘La peligrosa idea de Darwin’ [Darwin’s Dangerous Idea], es un "ácido universal", que "corroe todos los conceptos tradicionales, y deja tras sí una visión del mundo enteramente transtornada".
Hace un mes, cuando el juez federal John E. Jones III resolvió que en las escuelas de Pensilvania no se podía la teoría de la finalidad inteligente de la vida, científicos y laicos celebraron la decisión como una victoria no sólo de la separación de la iglesia y el estado, sino de la iglesia y de la ciencia. Algunos editoriales citaron el argumento del biólogo evolucionista de Harvard, Stephen Jay Gold, de que la ciencia, ocupada de los hechos como está, y la religión, que se ocupa de los propósitos y valores humanos, no eran "magisterios separados", fuentes separadas de autoridad que podían existir en "respetuosa independencia". El juez Johnes mismo se esforzó en enfatizar que la teoría de la evolución "de ningún modo contradice, ni niega, la existencia de un creador divino".
Sin embargo, Daniel Dennett no es un gran creyente de la no-interferencia respetuosa, y en su nuevo libro ‘Rompiendo el encanto: le religión como fenómeno natural’ [Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon] (Viking), argumenta vehementemente contra la idea. La religión, dice Dennettt, forma parte de la conducta humana, y hay ramas de la ciencia que estudian la conducta humana. "Si Dios tenía razón o no", me dijo Dennett en su oficina en la Universidad de Tufts, donde es director del Centro de Estudios Cognitivos, "y no creo que la tuviera, no estoy diciendo algo con lo que él estaría el desacuerdo. No estoy diciendo que la ciencia hace lo que la religión no puede. Estoy diciendo que la ciencia estudia lo que hace la religión".
El argumento de que la religión puede ser explicada como un fenómeno natural más que como fenómeno metafísico no es nuevo. El filósofo escocés David Hume se propuso una tarea similar hace 250 años. Marx y Freud tenían sus propias explicaciones. Con los años, los académicos han recurrido casi a todo en sus esfuerzos por trazar los orígenes de la fe, desde teorías sobre la opción racional hasta escáneres del cerebro.

¿Por qué desarrollaron los humanos las religiones?
Dennett mismo no es un investigador, ni es su libro un argumento sostenido de alguna teoría específica. Su principal papel, tal como lo ve él, es reunir las funciones de abanderado y pensador, introduciendo el mundo al trabajo de académicos que, a veces de modo contradictorio, se proponen explicar el funcionamiento de las creencias.
Dennett empieza su libro comparando la religión con un parásito. La lanceta es un microorganismo [Echinostoma revolutum] que, como parte de su insólito ciclo de vida, se suele alojar en el cerebro de una hormiga, a la que convierte en una especie de hormiga zombi que se arrastra todas las noches hasta la cima de una hierba y espera que la coma una vaca u oveja, en cuyos hígados se reproduce la lanceta. Dennett es provocador, pero también tiene un punto: Algunas conductas de abstinencia religiosa, por ejemplo, o el martirologio, o el sacrificio ritual del ganado en tiempos de hambruna -pueden parecer, decididamente, casi inexplicables, irracionales, tanto para no-creyentes como para científicos de la conducta, tanto así que valdría la pena preguntarse quién o qué en realidad obtiene beneficios de ellos.
Hasta hace unas décadas la suposición de gran parte de la investigación en ciencias sociales era que la religión era el producto de la ignorancia: Poco familiarizados con la teoría de los gérmenes, las tribus primitivas creían que eran espíritus vengativos los que provocaban las enfermedades; sin educación, el niño campesino creía en el nacimiento virginal. En un mundo de crecientes avances tecnológicos y educativos, el influyente antropólogo Anthony Wallace escribió en 1966 que "el futuro evolutivo de la religión es la extinción. La creencia en seres sobrenaturales y en fuerzas sobrenaturales que afectan la naturaleza sin obedecer sus leyes se irán deteriorando y terminarán reducidas a un interesante recuerdo histórico".
En los años intermedios, por supuesto, la religión no se ha extinguido -según la mayoría de los medidores, Estados Unidos es un país más religioso de lo que era hace 40 años- y los cientistas sociales han empezado a verla de otra manera. El nuevo libro de Dennett gira fundamentalmente en torno a trabajos recientes, en el que una nueva generación de investigadores ha empezado a proponer que la religión no es un asunto de verdades reveladas ni de ignorancia consentida, sino de algo un poco más complicado.
Varias de estas nuevas teorías recurren a Darwin. David Sloan Wilson, profesor de antropología y biología de la Universidad de Binghamton, es el líder de la escuela ‘funcionalista’. Su argumento, que toma de prestado del primer sociólogo francés Émile Durkheim, es simple: La religión surgió simplemente porque reportaba beneficios a los creyentes. En términos de selección natural, los grupos humanos que formaron religiones tienden a superar a los que no lo hacen, y sobreviven más tiempo y se extienden más. El calvinismo llevó cohesión social a la Ginebra del siglo 16, el sistema del ‘templo del agua’ de Bali coordina la compleja estructura de irrigación de la isla.
"Esos son beneficios prácticos que son ignorados por la mayoría de la gente cuando piensa sobre religión", me dijo Wilson. En cierto sentido, "la religión básicamente provee el tipo de servicios que asociamos con los gobiernos".
Rodney Stark, sociólogo de la Universidad de Baylor, ha estado aplicando durante años una teoría económica básica a la conducta religiosa. Wilson describe la religión como una conducta evolucionada, a menudo elegida conscientemente. Para Stark, por otro lado, "somos seres pensantes. Pensamos sobre estas cosas del mismo modo que pensamos sobre el matrimonio, o la compra de un coche". La gente se une a comunidades religiosas y permanece en ellas porque para ellos los beneficios -la sensación de propósito, el apoyo y la camaradería- superan los costes. En su modelo, las iglesias son como empresas que explotan un conjunto de servicios y compiten por clientes. Una explicación evolucionista de la religión, dice, "no es más necesaria que encontrar el gene del álgebra".
Pero hay una diferencia entre decidir creer en algo y creer en realidad. Una persona con hambre podría sentirse mejor, sin ninguna duda, si cree que ha comido recién, ha señalado el psicólogo de Harvard, Steven Pinker, pero probablemente no es algo de lo que se pueda convencer durante mucho tiempo. Además, me dijo Pinker hace poco, el análisis de costes-beneficios sobre la religión debería tener que incluir, como beneficio, algún tipo de satisfacción espiritual, aunque "el hecho de que la gente reciba una especie de compensación espiritual es exactamente el fenómeno que necesitamos explicar" en primer lugar.
En cuanto a Wilson, Dennett observa que sus teorías "han hallado muy poco apoyo". La mayoría de los biólogos evolucionistas desconfían de la idea de Wilson de la "selección de grupo", diciendo que hace más sentido entender la conducta humana o animal en términos de individuos o, mejor aún, en términos de genes individuales, que compiten para el éxito reproductivo -a veces de un modo que es beneficioso para el grupo, y a veces no. Según esta lógica, uno debe examinar al valor de la religión para el individuo. Nicholas Humphrey, psicólogo de la London School of Economics, ha propuesto que la convicción religiosa puede tener un efecto placebo en los creyentes, ayudándoles a luchar contra enfermedades ante las cuales podrían, de otro modo, sucumbir.
Los escépticos de las explicaciones funcionalistas y economicistas señalan que ninguna de las dos tiene mucho que decir sobre los aspectos espirituales de las religiones del mundo. Por ejemplo, casi todas las religiones tienen alguna noción sobre el alma y, en cierta medida, una fe en los seres sobrenaturales. Pero no está claro qué propósito de la evolución podrían cumplir. Además, como dice Scott Atran, antropólogo cognitivo y psicólogo de la Universidad de Michigan y el Centro Nacional de la Investigación Científica de París, "el cristianismo sirve a veces a las elites, a veces a los oprimidos, dependiendo del período histórico y del país. A veces estimula la creatividad, a veces fomenta la ignorancia". En otras palabras, el cristianismo no ha tenido una sola ‘función’ en la historia.
Atran es uno de los principales pensadores que propone una teoría alternativa, en la que la religión es, como lo dice el psicólogo de Yale, Paul Bloom, "un producto secundario accidental de una cosa que es, por naturaleza, en parte humana". En esta teoría, la religión no surgió porque sirviera algún propósito sino porque el cerebro humano es susceptible ante ciertas ideas sobrenaturales. Tal como los animales sociales, hemos evolucionado para ser extraordinariamente sensibles a las intenciones de los otros, tanto así que estamos inclinados a ver intención y propósito donde no hay nada -en cosas que se oyen en la noche o el modo en que quedan las hojas de té. Esto, desde un punto de vista de la evolución, tiene algo de sentido: En la sociedad prehistórica, pre-científica, no prestar atención al estado mental de un rival (o de una pareja) era correr un alto riesgo. Creyendo en fantasmas se corrían menos.
Trabajos de Bloom y otros epistemólogos han enfatizado la preferencia humana por las explicaciones intencionales antes que por las meramente mecánicas. Al ver los resultados de una serie de tiradas de moneda, por ejemplo, la mayoría de la gente ve un esquema y cree que los datos están amañados. Una investigación de las psicólogas Deborah Kelemen, de la Universidad de Boston, y Margaret Evans, de la Universidad de Michigan, sugiere que los niños, sin importar qué tipo de explicación les den sus padres, tienden a intuir que algún ser ha creado aspectos del mundo para algunos propósitos: las nubes significan "lluvias", las montañas "escalar", los leones "ir al zoológico".
Si los proponentes de la explicación del tipo subproducto tienen razón, la creencia en seres y fuerzas sobrenaturales es probablemente la que persistirá frente a informaciones compensatorias. Como escribió Bloom en un artículo el mes pasado en The Atlantic Monthly, para la mayoría de la gente el problema de la selección natural, por ejemplo, no se reduce simplemente a que contradice la Biblia, sino a que "no hace sentido desde un punto de vista intuitivo".
"Es como la física quantum: intelectualmente podemos entenderla", escribió, "pero nunca nos va a aparecer correcta. Cuando vemos estructuras complejas, las vemos como productos de creencias y objetivos y deseos. Nuestro modo social de entender nos crea dificultades a la hora de entenderlo de otra manera".
En cuanto a Dennett, cree que el esfuerzo por identificar una causa de la religión puede ser reductora. En ‘Rompiendo el encanto’, quiebra una lanza para reconciliar las explicaciones racionales y pre-racionales, individuales y de grupo bajo el alero de la teoría de los ‘memes’. Los memes, un invento del biólogo británico Richard Dawkins, son unidades de cultura similares a los genes que se propagan, como los virus, utilizando mentes como transportadores: una preferencia por un cierto tipo de zapatillas, digamos, o los primeros acordes de la quinta sinfonía de Beethoven, o, en la versión de Dennett, un artículo de fe como la creencia en la reencarnación. Dennett es uno de los pocos proponentes serios de la teoría.
En última instancia, sin embargo, Dennett simplemente quiere que la gente cuestione la religión; está menos preocupado con cómo lo hacen. "Hay un montón de proposiciones mal exploradas hechas en nombre de la religión", me dijo. "¿Es la religión buena para la salud? La evidencia parece sugerir que sí. La población carcelaria de Estados Unidos no es estadísticamente diferente en su composición religiosa que la población general". (Esta última suposición está también en su libro, aunque no lleva nota al pie de página).
Dennett, un ateo declarado, insiste en la conversación de que él es "genuinamente agnóstico, no de los labios para afuera, en cuanto a si el mundo sería un lugar mejor sin religión que con ella". Sin embargo, sus sentimientos sobre la religión no son difíciles de determinar. "La historia nos ofrece muchos ejemplos de grandes multitudes de gente engañadas ridiculizándose mutuamente en el sendero hacia la perdición", escribe.
David Sloan Wilson ha hablado extensamente con Dennett sobre la evolución y la conducta humanas. "Tengo un gran respeto por Dan", dice. Pero la condescendencia de Dennett hacia la religión -es como si un explorador victoriano hubiese tropezado con una tribu de caníbales animistas que se mutilan a sí mismos- le causa problemas a Wilson. "¿Qué evolucionista haría un juicio de valor sobre un organismo que estén estudiando, incluso si se trata de un organismo tan terrible como el virus del SIDA o del tiburón blanco?" Hacer así convierte la ciencia en polémica, y corre el riesgo de hacer que Dennett suene más como profeta que como filósofo.

drbennett@globe.com

29 de enero de 2006

©boston globe
©traducción mQh

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