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reseñas

una mujer cazando espías


[William Grimes] Que no volvieron a casa.
En 1941, de espaldas a la pared, Gran Bretaña estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa para evitar la derrota a manos de la Alemania nazi. Y así ocurrió que, para su sorpresa, una mujer de 33 años, la señorita Vera Atkins, fue reclutada por una agencia ultrasecreta, el Ejecutivo de Operaciones Especiales, donde terminó dirigiendo una red de espías británicos que operaba en Francia. Como muchos en su entorno, la señorita Atkins era una amateur. A diferencia de ellos, ocultaba un pasado tan misterioso que tomó décadas desenmascarar. Su extraordinaria vida, reconstruida en un excelente trabajo de investigación de la periodista británica Sarah Helm, es el tema de ‘A Life in Secrets'.
Helm, una reportera de toda la vida del Sunday Times de Londres y de The Independent, vio a su investigada una sola vez, en 1998, pero fue suficiente. Casi de noventa años, la señorita Atkins, que murió en 2000, siguió siendo una figura intimidante, una pesada fumadora de actitud fría, incluso arrogante, con un distintivo acento de clase alta y una extraordinaria capacidad para recordar ciertos detalles históricos y eludir otros.
Era reconocidamente la llamativa e imperturbable mujer descrita por el cazador de espías nazi Hugo Bleicher, que fue interrogado por la señorita Atkins justo después de la guerra. "Resultó que tenía más aplomo que todos los otros oficiales juntos", escribió en sus memorias. "Me dio guerra con una sorprendente facilidad y avezadas tácticas". Como lo dijo uno de sus colegas: "Tenía un cerebro muy masculino".
La señorita Atkins, para cuando capturó a Bleicher, era una mujer con una misión. De los 400 agentes enviados a Francia por la Sección F, la división francesa del Ejecutivo de Operaciones Especiales, tres meses después del Día D más de cien estaban todavía desaparecidos, y la señorita Atkins, que había despedido a muchos de ellos en las pistas de despegue de Gran Bretaña, estaba resuelta a descubrir su destino. Durante los siguientes años, recorrería Francia y Alemania a la búsqueda de respuestas. Le preocupaban especialmente las doce mujeres que ella había enviado como correos y operadoras de radio, y sobre todo la dulce, casi infantil Noor Inayat Khan, una mujer de origen indio de 29 años, que se presentó voluntariamente para la peligrosa tarea, pero que se declaró incapaz de mentir.
Helm describe las operaciones de la Sección F con fascinante detalle, incluyendo el hecho de que en 1943 fue traicionada por un piloto francés, que transportaba agentes desde Gran Bretaña a Francia. Como resultado, muchos de sus operativos cayeron directamente en manos de los nazis, que requisaron sus radios y empezaron a pedir más agentes, dinero y armas, que la Sección F envió debidamente.
La historia de la Sección F, y el Ejecutivo de Operaciones Especiales, funde el heroísmo y la ineptitud, con honores extraordinarios para la incompetencia del superior de la señorita Atkins, Maurice Buckmaster. Ejemplo de ineptitud, Buckmaster se negó a creer que sus operaciones habían resultado mal hasta que los alemanes, por orden de Hitler, enviaron sarcásticos mensajes agradeciendo a la Sección F por el dinero y las armas.
La señorita Atkins era un misterio para sus colegas y lo siguió siendo durante la mayor parte de su vida. Para descubrir la verdad, Helm viajó miles de kilómetros, desde Rumania a Canadá, para estudiar documentos y fotografías en archivos y álbumes familiares, y en expedientes oficiales. Detalle tras detalle, logró reconstruir la historia entrevistando a familiares sobrevivientes y colegas de tiempos de guerra.
Algunos lectores encontrarán el ejercicio tedioso y demasiado escrupuloso. A Helm no se le escapa nada. Durante largas secciones, su reportaje se convierte en la historia. Y la Sección F fue, después de todo, un pequeño eslabón en la máquina británica de la guerra. Sin embargo, sus obsesiones y las de su materia se funden de una irresistible manera. El largo recorrido a través de Alemania y Francia, entonces devastados por la guerra, a la búsqueda de la señorita Atkins y sus espías produce suficientes materiales como para generar una docena de novelas de Len Deighton.
La señorita Atkins, a pesar de su pijo acento inglés y su adoración de todo lo que fuera clase alta y británico, era una judía rumana de apellido Rosenberg. La familia, que tenía raíces en Alemania, África del Sur y Gran Bretaña, poseía un próspero negocio en maderas. Vera creció hablando varios idiomas, y se educó en una escuela suiza.
Helms descubrió que la señorita Atkins probablemente empezó a proporcionar información a la inteligencia británica cuando trabajaba como secretaria para una compañía petrolera de Budapest. Después de llegar a Gran Bretaña en 1937, fue reclutada por la Sección F como una candidata ideal, debido a su excelente dominio del francés y del alemán.
En otros aspectos estaba lejos de ser ideal. Como judía, debía soportar los prejuicios de los ingleses de clase alta que tanto admiraba. Más seriamente, y sin que se enterara nadie hasta que lo descubriera Helm, había viajado en secreto a Amberes en 1940 para pagar 150 mil dólares a un agente secreto nazi para que le consiguiera un pasaporte para un pariente suyo, el que accedió a proporcionar informaciones de inteligencia a los nazis.
La búsqueda de los agentes desaparecidos proporciona a Helm sus páginas más apasionantes, a medida que la señorita Atkins, corriendo contra el tiempo, persigue y ubica e interroga a oficiales nazis, gendarmes de campos de concentración y antiguos prisioneros. Algunos de los desaparecidos volvieron. Brian Stonehouse, un agente judío, sobrevivió milagrosamente cuatro campos de concentración. Odette Sansom, una correo, sobrevivió Ravensbrück pretendiendo ser la esposa de su colega espía, que llevaba el apellido Churchill. Este truco le significó consideraciones especiales, aunque su Churchill no era pariente del primer ministro.
La mayoría de las agentes fueron enviadas en fatales misiones que las llevaron, eventualmente, a campos de concentración y a la muerte. Noor Khan, considerada emocionalmente frágil, resultó ser aguerrida y valerosa cuando la capturaron. Se negó a colaborar con los alemanes, no les mostró más que desprecio, y un instante antes de su muerte, después de haber sido torturada y golpeada hasta quedar convertida en una masa sanguinolenta, pronunció una sola palabra, en francés: "Liberté".
La señorita Atkins puede haber sido cautelosa por su propio bien. En años posteriores se la sospechó de ser una espía o alemana o soviética. Un antiguo colega, escribiéndole en los años sesenta, la reprochó de ser demasiado discreta, "tan discreta, en realidad, que parece misteriosa, incluso si no lo es".
Era misteriosa, con un montón de misterios. Helm, haciendo honor a su profesión, excava hasta el fondo de las cosas y expone lo que encuentra a todo el mundo.

Libro reseñado
A Life in Secrets. Vera Atkins and the Missing Agents of WWII
Sarah Helm
Ilustrado
493 pp.
Nan A. Talese/Doubleday
$27.50

30 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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la otra musa de picasso


[Alan Riding] Tipo perro salchicha.
París, Francia. Algunos de los viejos maestros se daban la molestia de incluir las caras de colegas artistas y de mecenas en las multitudes retratadas en grandes pinturas al óleo. Pablo Picasso rendía honores similares a un amigo menos habitual: un perro salchicha, seguro de sí mismo y pequeño, llamado Lump.
Sí, es Lump es que está en el fondo del lienzo en las múltiples reinterpretaciones picassianas de la obra maestra de Velázquez, ‘Las meninas'. Ha desaparecido el somnoliento perro de caza real del original. Su lugar ha sido ocupado por, hum, un perro salchicha con cuatro patas cortas y dos puntiagudas orejas.
Entre el 17 de agosto y el 30 de diciembre de 1957, Picasso pintó 44 bosquejos en su serie de las ‘Meninas', y Lump aparece en 15 de ellos.
Ahora, gracias a la devoción de su antiguo propietario, el veterano fotógrafo estadounidense David Douglas Duncan, el lugar, largo tiempo ignorado de Lump en la historia del arte moderno -incluso si es apenas una nota a pata de página- ha sido finalmente anunciado.
Más de tres décadas después de la muerte del artista nacido en España y del perro salchicha nacido en Alemania, Duncan ha publicado ‘Picasso and Lump: A Dachshund's Odyssey' (Bulfinch Press, $24.95), un libro de cien páginas de fotografías tomadas en 1957 que muestran a Lump como el consentido de la Villa La Californie, la mansión de Picasso en una colina de Cannes.
La secuencia empieza el 19 de abril de 1957, el día en que Lump conoció a Picasso. Duncan, que había fotografiado a Picasso un año antes, llevó a Lump a dar un paseo, en gran parte porque el perro no se llevaba bien con la otra mascota de Duncan, un perro de caza afgano llamado Kublai Khan.
"Lump decidió de inmediato que esa sería su nueva casa", recordó Duncan en una entrevista durante una visita a París, observando mordazmente que ‘lump' significa ‘granuja' en alemán. "Me dijo más o menos: ‘Duncan, esto es. Me quedo'. Y se quedó por los siguientes seis años".
Picasso estaba aparentemente igual de encantado. Ese mismo día hizo su primer retrato de Lump, un retrato firmado y datado del perro, que pintó en un plato mientras almorzaba con Jacqueline Roque, su nueva amiga, con la que se casaría cuatro años después.
Duncan siguió volviendo. Ya famoso por su trabajo como fotógrafo de guerra en Corea, disfrutaba de un acceso privilegiado a La Californie, tomando miles de fotografías de Picasso y de la señorita Roque, así como de Claude y Paloma, los hijos de Picasso con su antigua amante Françoise Gilot. Y Lump aparecía frecuentemente en esas fotografías.
Ahora de 90 años y todavía viviendo en el sur de Francia, Duncan ha publicado hasta el momento 25 libros de fotografías, incluyendo ocho de Picasso trabajando y jugando.
También ha defendido a Picasso durante largo tiempo de las críticas sobre su vida personal y continúa su defensa en su nuevo libro: mostrando al artista en la intimidad de su casa, Duncan busca retratarlo como un cariñoso hombre de familia con una ligazón sentimental con un divertido perrito.
Ciertamente, aunque en La Californie ya vivían un bóxer grande llamado Yan y una cabra llamada Esmeralda, Lump se convirtió en el preferido de la casa. En las fotografías de Duncan, se ve al perro salchicha rondando la mesa del comedor a la hora de las comidas, y en una toma está incluso en el regazo de Picasso comiendo del plato del artista. En otro, Picasso acuna a Lump en sus brazos, como lo haría con un bebé.
A Picasso le gustaba trabajar solo, aunque permitía que Duncan estuviera presente. Pero Lump también estaba a menudo a mano, exigiendo ocasionalmente su atención llevándole una piedra e insistiendo en que Picasso le diera una patada para perseguirla. Una serie de imágenes muestra a Picasso buscando un respiro y dibujándole un conejo de cartón, que Lump cogió de inmediato y se llevó al jardín para chuparlo. (¿Cuánto costaría hoy ese Picasso?)
A veces, el perro era simplemente un testigo silencioso de escenas familiares registradas por Duncan, como cuando Picasso divertía a sus hijos haciendo -y poniéndose- una grotesca máscara y cuando entretenía a Yves Montand y Simone Signoret en un almuerzo. En otras ocasiones, Lump era el centro de la atención, cuando Claude y Paloma jugaban con él en el taller de Picasso.
Fue claramente un año idílico, para el perro y para los niños. Pero más tarde, cuando Picasso reñía con Gilot sobre el derecho de sus hijos a su nombre, empezó a distanciarse de ellos. Y en diciembre de 1963, poco antes de que Gilot lo enfureciera al publicar sus memorias en ‘Vida con Picasso', él -o quizás Roque- prohibió que Claude y Paloma continuaran visitándole.

Ese fue también el año en que cambió la vida de Lump. Durante una visita a Picasso, Duncan se enteró de que Lump estaba enfermo, que sufría de un problema espinal común entre los perros salchicha y estaba siendo tratado por un veterinario de Cannes. Duncan visitó a Lump y, cuando le dijeron que el perro no tenía remedio, se lo llevó a casa.
Duncan no se rindió. Llevó a Lump a Stuttgart, Alemania, donde lo había adquirido siete años antes. Y encontró a un veterinario dispuesto a cuidar a Lump. Un año después, Duncan volvió a por su perro. Después de eso, cuando Duncan visitaba a Picasso, nunca llevaba a Lump.
Así que, al final, le preguntaron a Duncan si acaso Picasso había descuidado a Lump.
"No", dijo Duncan. "Se habría enfermado de todos modos. Lump llevaba allá una vida completamente consentida. Picasso dijo una vez: ‘Lump no es un perro, no es un hombre chico, es otra cosa'. Picasso tuvo muchos perros, pero Lump era el único al que tomaba en brazos".
En abril de 1973, Duncan perdió casi simultáneamente a dos de sus amigos más queridos: Lump murió una semana antes que Picasso.

LIbro reseñado
Picasso and Lump: A Dachshund's Odyssey
Bulfinch Press
$24.95

25 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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el rey ha muerto, viva el rey


[Joe Heim] Casi tres décadas después de su muerte, Elvis no solamente vive: además reina supremo.
Eclipsando por igual a presidentes y estrellas del pop, Elvis Presley es demostrativamente la figura más reconocida de la historia de Estados Unidos. Así que no debería sorprender a nadie que cuando el primer ministro japonés Junichiro Koizumi viajó a Estados Unidos en junio, prefiriera visitar no Monticello, el Monte Vernon o Hyde Park, sino Graceland, la mansión de Memphis donde Presley pasó la mayor parte de su vida adulta. Era, dijo Koizumi, "un sueño que se hacía realidad". ¿Todavía piensas que la impresión que causaba el Rey no sería duradera?
Charles Ponce De León emprende un desganado intento de develar el mito de Presley en su ‘Fortunate Son: The Life of Elvis Presley', una biografía con un pesado cuerpo de notas que se lee menos como una convincente y nueva interpretación de la superestrella que como una entrada demasiada larga de Wikipedia. Extrayendo gran parte de su material de los dos tomos de la seminal biografía de Peter Guralnik (‘Último Tren a Memphis') [Last Train to Memphis: The Rise of Elvis Presley and Careless Love: The Unmaking of Elvis Presley'], el libro es una síntesis de un territorio que ha sido cubierto en otras innúmeras publicaciones.
A pesar de su tono algo académico, no tiene ninguna proposición central, y Ponce De León tiende a las afirmaciones grandilocuentes de una variedad demasiado obvia: "Elvis Presley puede haber sido un individuo aparte. Pero también fue un producto de la historia, de un tiempo y lugar específicos".
Pero quizás la carencia más seria del libro es que fue escrito sin pasión. Nunca tienes la impresión de que Ponce De León entiende la importancia de Presley de algún modo visceral. Él, simplemente, cubre los aspectos básicos, explicando los acontecimientos importantes en la vida del cantante, incluyendo sus primeros días en Tupelo, Mississippi, los problemas económicos que llevaron a sus padres a Memphis, la temprana manía por Elvis, los años en el ejército, sus películas generalmente malas, los cargamentos de mujeres, las medicinas, el derroche y, por último, el triste, triste fin. Si no sabías nada sobre Elvis, este volumen ensamblado a toda prisa pero objetivo, no es el peor lugar donde empezar. Pero Guralnik ya lo había hecho mucho mejor, y con más sentimiento.
Una lectura mucho más satisfactoria es ‘Me and a Guy Named Elvis'. Su autor, Jerry Schilling, fue durante largo tiempo un confidente del Rey y miembro de la Mafia de Memphis, el nombre con que se conoce al grupo de los amigos íntimos más antiguos de Presley.
Schilling tenía 12 cuando conoció al desconocido Presley, entonces de 19, jugando fútbol americano en un parque de Memphis, y acompañó al Rey en su meteórico ascenso y en su problemático y doloroso ocaso. Al principio, nos recuerda, con una sorprendente intensidad, haber oído el número cover de Presley, ‘That's Alright Mama', de Arthur Crudup, tocado por primera vez en la radio: "Sonaba duro a veces, y cantó con una increíble seguridad, pero también había un ligero temblor en su voz, del tipo que te seduce. Oyéndolo, te provocaba una sonrisa, y un requiebro".
Al final, mirando a las miles de personas de todos los grupos sociales haciendo la cola para pagar sus respetos a Presley, Schilling se da cuenta de que "su música ha unido la música gospel, los blues, el country y R&B en un solo sonido... Su muerte ha logrado lo siempre quiso hacer en vida: unirnos".
Schilling tiene un montón de razones para estar agradecido con Presley. Después de todo, la estrella le regaló la casa donde todavía vive y lo colmó con tantas joyas y coches que el tipo no sabía qué hacer con ellos. Pero es un narrador fiable y reconoce de buena gana en el libro que, además de ser increíblemente generoso, amable y de risa fácil, su gran amigo era también taciturno, hiper competitivo y ocasionalmente poco razonable. En una emotiva serie de historias, hace revivir a Presley en un retrato íntimo que coloca a los lectores junto al cantante en sus buenos momentos (llevando a Priscilla a toda prisa al hospital para que pariera a Lisa Marie, encontrándose con los Beatles, enseñando kárate a Liza Minnelli) y en sus peores (un contrito Elvis admitiendo ante Schilling que había tenido una aventura amorosa con su novia, un Elvis sobrecargado de drogas pidiéndole que lo ayudara a levantarse del suelo, un furioso Elvis tratando de matar por encargo al novio de Priscilla).
Ciertamente, sin embargo, la historia más extraña de todas, es el legendario ‘fin de semana perdido' en 1970, cuando Presley se escabulló de Graceland sin decírselo a nadie, se reunió con Schillig en Los Angeles y voló con él a Washington, donde la mera resolución de Presley le consiguió un encuentro con el presidente Nixon en la Oficina Ovalada. (La foto de los dos es ahora legendaria, pero como señala Schillig en su libro, la historia del encuentro de Elvis con Nixon no se publicó sino casi un año más tarde, cuando apareció en una columna en este diario).
Más que nada, esta emocionante y bien contada memoria resuena con el espíritu de la verdadera amistad, aunque una que ha debido soportar las presiones del estrellato del siglo 20 y la frustración de lo que pudo haber sido. Presley puede haber acabado por sus excesos, pero el autor argumenta convincentemente que su amigo recurrió a las drogas porque no pudo satisfacer sus ambiciones como artista. "Las pastillas que tomaba eran Band-Aids", escribe Schilling. "Lo que a Elvis Presley le quitó la vida fue su desilusión creativa".


Libros reseñados:
Fortunate Son. The Life of Elvis Presley
Charles L. Ponce De Leon
Hill and Wang
242 pp.
$26

Me and a Guy Named Elvis. My Lifelong Friendship with Elvis Presley
Jerry Schilling con Chuck Crisafulli
Gotham
351 pp.
$26

20 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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cazadores de fantasmas


[Patricia Cohen] Buscando a la ciencia en una sesión de espiritismo.
A fines de los años de 1880, poco después de que ayudara a fundar una organización para investigar lo sobrenatural, William James predijo confiado que dentro de 25 años la ciencia resolvería de una vez y para siempre si los muertos se podían comunicar o no con los vivos.
Él -y un pequeño grupo de otros brillantes intelectuales del siglo 19- estaba también razonablemente confiado en que la respuesta sería positiva.
¿Y por qué no? La ciencia había empezado a descorrer el velo de algunos de los misterios más profundos del universo. Si había ondas radiales y electromagnéticas invisibles, quizás también había un vínculo no detectado entre el mundo espiritual y este.
En ‘Ghost Hunters', la comprensiva historia de Deborah Blum, estos ‘investigadores psíquicos' no son simplemente un grupo de hombres (y un par de mujeres) inteligentes obsesionados con una idea tonta, sino más bien librepensadores arrojados dispuestos a hacer frente a las sornas del sistema. Esta estrafalaria pandilla, dice, era más científica que los científicos y más espiritual que los teólogos que los ridiculizaban.
Gente como Henry Sidgwick, un catedrático de literatura clásica en Cambridge, que fundó en colaboración con otros la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica, temía una "humanidad despojada de fe". Como escribe Blum, "temblaba con el vacío silencio de lo que llamaba ‘el universo amoral'". ¿Entendía la iglesia, escribió Sidgwick en su diario de vida, que "si se rechazan los resultados de nuestra investigación, deberán inevitablemente llevarse sus milagros con ellos?"
Tampoco podía Sidgwick y sus colegas entender cómo los científicos podían rechazar sus conclusiones sin molestarse siquiera en investigarlas.
Blum detalla los estudios de lo sobrenatural de James Sidgwick y su mujer, Nora; su estudiante Fred Myers; y otros científicos británicos y estadounidenses, incluyendo al co-fundador de la teoría de la evolución, Alfred Russel Wallace, y al científico Premio Nobel, Charles Richet. A pesar de sus diferencias, lo que compartían casi todos ellos era la muerte de un ser querido; detrás de sus loables motivos científicos y éticos, había también el deseo muy humano de volver a conectarse con un amor perdido.
Blum, una escritora científica que ha sido galardonada con el Premio Pulitzer, puede contar una buena historia de fantasmas, que las hubo muchas durante este inestable período de industrialización y urbanización cuando la creencia en lo oculto se extendió por Estados Unidos. Lo que falta en las historias de muertos aparecidos, muebles que se mueven y repentinas revelaciones de secretos celosamente guardados es el tema de ‘La dimensión desconocida' [Twilight Zone].
Sin embargo, después de viajar de Bombay a Boston, a través de cientos de cuartos de sesiones iluminadas con velas, en sus refinados ‘gabinetes espirituales', donde podían verse resplandecientes apariciones y objetos que volaban, lo que la mayoría de los cazadores de fantasmas cazaban eran timos.
Esto es hasta que William James conoció a Lenora Piper, una alta y respetable ama de casa de Beacon Hill, que acostumbraba sentarse en su sillón favorito rodeada de abultados cojines para ponerse en contacto con las almas de los muertos, sin cobrar nada por ello. James la conoció poco después de la muerte de su hijo de un año, Herman. Durante años Piper fue el proyecto mascota de las asociaciones de investigaciones psíquicas estadounidenses y británicas, las que le pagaron un salario para eludir el riesgo de engaño (aunque esa misma estrategia implicaba sus propios riesgos).
Observaban sus movimientos, interrogaban a sus contactos y la enviaban fuera de Gran Bretaña, donde era menos probable que tuviera conjurados que la ayudaran. Para poner a prueba sus trances, la pinchaban con imperdibles, le colocaban amoníaco debajo de las narices, incluso le acercaron una cerilla a la piel.
Se equivocó cientos de veces. Pero también hubo frecuentes ocasiones en que parecía estar dotada de poderes sobrenaturales. Una prueba en Londres, ideada por el físico Oliver Lodge, consistía en pedir a un tío lejano, Robert, que enviara un objeto perteneciente al hermano gemelo de Robert, muerto hacía mucho. Piper, tocando el elaborado reloj de oro que envió Robert, fue capaz de nombrar a los hermanos y contar una historia de su niñez sobre el hecho de que uno de ellos estuvo a punto de morir ahogado y sobre el sacrificio de un gato que sólo los gemelos podían saber.
Hace unos diez años el popular escritor de ciencia Martin Gardner escribió un ensayo titulado ‘How Mrs. Piper Bamboozled William James' [Cómo engatusó la señora Piper a William James]. En él discute el modo en que médiums astutos obtienen sutilmente información y la red de espiritualistas profesionales que comparten información.
Pero ‘Ghost Hunters' está menos interesado en la sociología del engatusamiento que en proporcionar una versión respetuosa de lo que los participantes veían y sentían. Este método tiene sus méritos, pero entre sus inconvenientes se cuenta el incluir a veces crédulos informes sobre telepatía, telequinesis y contactos con los muertos.
Esta no es la única debilidad del libro. Girando los focos entre los miembros del elenco y un número mayor de historias sobrenaturales a menudo dan al libro un carácter nervioso y episódico. Y no deja demasiado espacio para una discusión más amplia de los lazos entre el trabajo psicológico y filosófico que realizaron James y otros, o para el ambiente a menudo cargado eróticamente de sesiones presididas por mujeres con pocas opciones profesionales en esa era tan abotonada.
A fin de cuentas, lo que distingue a James y sus colegas de muchos de sus pares científicos era su humildad. Pensar que uno puede adivinar todo en un universo infinito es un acto de extrema soberbia. Cuando pasaron los 25 años que James pensaba que serían necesarios para resolver el misterio, tuvo que concluir que casi no se había hecho ningún progreso. "Confieso que a veces me ha tentado creer que el Creador tenía la intención de este departamento de la naturaleza quedara para siempre misterioso", dijo.
Blum cuenta que ella también ha conocido la humildad de sus esfuerzos. En los agradecimientos escribe: "Cuando empecé este libro, me veía a mí misma como la autora perfecta para explorar lo sobrenatural, como una escritora científica profesional anclada en el lugar con sólidos zapatos de sentido común". Pero ahora, después de su investigación histórica y encuentros contemporáneos con gente que ha tenido encuentros con fantasmas, dice, aunque sin embargo todavía anclada en la realidad: "Soy apenas menos engreída que cuando empecé, menos segura de mi propia razón".
Y un poco de humildad, especialmente en un escritor, no es nunca malo.

Libro reseñado
Ghost Hunters. William James and the Search for Scientific Proof of Life After Death
Deborah Blum
370 páginas
Penguin Press
$25.95


14 de agosto de 2006
©new york times
©traducción
mQh
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fiasco


[Michiko Kakutani] Desde la planificación de la guerra hasta la ocupación: Por qué salieron mal las cosas en Iraq.
El título de este devastador libro sobre la guerra norteamericana en Iraq lo dice todo: ‘Fiasco'. Es el juicio de Thomas E. Ricks, corresponsal jefe en el Pentágono para el Washington Post, sobre la decisión del gobierno de Bush de invadir Iraq y sobre la conducción de la guerra y la ocupación. Y presenta su retrato de esta guerra como un ejercicio equivocado en soberbia, incompetencia y necedad, con una riqueza de detalles y evidencias que son a la vez asombrosamente vívidas y convincentes.
En virtud de la riqueza de fuentes del autor dentro de las fuerzas armadas estadounidenses y el extenso período que cubre el libro (desde las inflamatorias declaraciones del gobierno sobre Saddam Hussein tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, pasando por la invasión y la ocupación, hasta la escalada en la guerra religiosa y étnica que aflige hoy al país), ‘Fiasco' es una lectura absolutamente esencial para cualquiera que esté interesado en entender por qué declaró Estados Unidos la guerra a Iraq, cómo una ocupación torpe nutrió una abultada resistencia y cómo esos acontecimientos afectarán el futuro de los militares norteamericanos. Aunque otros libros han descrito aspectos de la guerra de Iraq con detalles más íntimos y horrendos, este proporciona al lector una revisión general lúcida y severa de esta trágica empresa que se aparta de evaluaciones previas en términos de su simple coherencia y alcance.
"La decisión del presidente George W. Bush, en 2003, de invadir Iraq, llegará a ser vista finalmente como una de las acciones más arbitrarias en la historia de la política exterior norteamericana", escribe Ricks. "Las consecuencias de su opción no se harán claras en décadas, pero a mediados de 2006 es abundantemente obvio que el gobierno de Estados Unidos empezó la guerra contra Iraq con escaso apoyo internacional sólido y sobre la base de informaciones incorrectas -sobre las armas de destrucción masiva y sobre el supuesto nexo entre Saddam Hussein y el terrorismo de Al Qaeda- y luego ocupó el país de manera descuidada. Han muerto miles de tropas norteamericanas y un número no especificado de iraquíes. Se han gastado cientos de miles de millones de dólares, muchos de ellos despilfarrados. La democracia todavía tiene que llegar a Iraq y a la región, pero también pueden llegar la guerra civil y una guerra regional, la que a su vez podría hacer subir fuertemente los precios del petróleo y provocar un derrumbe económico mundial".
Gran parte del material sobre el período anterior a la guerra ha sido comentado en libros de previa aparición (para no mencionar el torrente de artículos de diarios y revistas), pero Ricks entrega una historia sucinta que enfatiza cómo este período "sentó los endebles fundamentos de la ruinosa ocupación que siguió". Nos recuerda que cuando se trató de la amenaza que representaba Hussein, el gobierno enfatizó consistentemente los ‘peores escenarios', "incluso si calculaba de manera optimista los costes subsecuentes y las dificultades de ocupar el país". Y muestra cómo esta visión obtusa resultó en un fracaso a la hora de hacer planes para las realidades de la ocupación y un desacierto en la distribución de personal y recursos adecuados.
La versión de Ricks se basa en cientos de entrevistas y en más de 37 mil páginas de documentos, y muchos de los análisis más ácidos en el libro, de la conducción de la guerra por parte de la Casa Blanca y el Pentágono provienen de miembros de las fuerzas armadas y de informes militares oficiales.
Una revisión retrospectiva de la Tercera División de Infantería subraya la indigencia del Pentágono en cuanto a la planificación de posguerra, constatando que "no hubo una guía para restaurar el orden en Bagdad, crear un gobierno interino, contratar una administración y empleados para los servicios esenciales, y asegurarse de que el poder judicial siguiera funcionando". Y en el informe final un coronel asignado a la Autoridad Provisional de la Colación, resumió memorablemente el trabajo de su oficina como "pegar plumas con la esperanza de que resulte un pato".
Ricks escribe en estas páginas tanto como periodista como analista, y muchos de sus hallazgos amplifican las observaciones hechas por otros periodistas y ex participantes en libros anteriores: especialmente que la Casa Blanca de Bush ignoraba rutinariamente los consejos de expertos (fueran militares, diplomáticos o especialistas en Oriente Medio); que la decisión del ministro de Defensa, Donald H. Rumsfeld, de realizar la guerra con una fuerza especial ligera tuvo paralizantes consecuencias para la capacidad militar norteamericana en cuanto a restaurar la ley y el orden tras la invasión de Iraq; y que las rencillas ente los ministerios de Relaciones Exteriores y de Defensa, entre civiles en el Pentágono y las fuerzas armadas, y entre los militares y la Autoridad Provisional de la Coalición limitó severamente la formulación y ejecución de la política exterior de Estados Unidos.
'Fiasco' no posee los dramáticos detalles de guerra de ‘Cobra II', de Michael R. Gordon (corresponsal militar jefe del New York Times) y Bernard E. Trainor (teniente general del Cuerpo de Marines retirado y ex corresponsal militar del Times), pero a diferencia de ese libro, que termina básicamente en el verano de 2003, hace la crónica de los frenéticos esfuerzos norteamericanos para contener una creciente resistencia en los siguientes tres años.
Ricks argumenta que la invasión de Iraq "se basó en lo que es quizás el peor plan de guerra de la historia de Estados Unidos", un plan incompleto que "confundía el derrocamiento del régimen en Iraq con la tarea mucho más difícil de cambiar todo el país". El resultado de intervenir con tan pocas tropas y sin un plan estratégico mayor, dice, fue "que la campaña norteamericana se parecía más a un golpe de estado en una república banana que a un plan de guerra a gran escala que reflejara la ambición de una gran potencia de alterar la vida política de una región crucial en el planeta".
Esto fue en parte un subproducto del alegre optimismo de halcones como el subsecretario de Defensa Paul D. Wolfowitz, que rechazó los cálculos del jefe del estado mayor del ejército, general Eric K. Shinseki, de que se necesitaban varios cientos de miles de soldados para controlar Iraq. Y fue en parte el subproducto de una convicción compartida por el ministro Rmsfeld y el general Tommy Franks de que la masa, en palabras de Ricks, "puede ser substituida por la velocidad en las operaciones militares".
La testaruda reluctancia de Rumsfeld a reconocer la creciente insurgencia y su resistencia a hacer ajustes, dice Ricks, contribuyó todavía más a los problemas de los militares en el terreno. Una permanente escasez de tropas significó que las fronteras no pudieron ser selladas, los alijos de armas no pudieron ser recuperados y no se pudo restaurar ni la seguridad ni los servicios básicos. Como consecuencia, el apoyo de la ocupación decayó rápidamente entre los iraquíes.
Para empeorar las cosas, agrega Ricks, el ejército parecía haber "olvidado casi todo lo que había aprendido en la Guerra de Vietnam sobre la contrainsurgencia". Durante 2003 y gran parte de 2004 no se aplicaron medidas efectivas contra la resistencia dirigidas a ganar el respaldo político de los iraquíes; en lugar de eso, se puso énfasis en "el uso de la fuerza, en potentes operaciones de venganza y en proteger a todo costo a las tropas norteamericanas".
Hubo allanamientos y detenciones masivas de iraquíes (la mayoría de ellos transeúntes cogidos en las barridas) y algunos de los detenidos fueron tratados severamente por los soldados estadounidenses que no habían sido "ni adiestrados ni preparados mentalmente para la misión" en el Iraq de posguerra. Ricks ve el escándalo de Abu Ghraib no como un incidente anómalo sino como "el resultado lógico y previsible de una serie de decisiones nerviosas tomadas por jefes militares de alto rango que, a su vez, resultaron de un enfoque dividido y flaco en tropas diseñado meses antes por el ministro de Defensa Rumsfeld y el general Franks".
Ricks observa que el gobierno de Bush ha tendido ha "desdeñar a los críticos como ‘generales de lunes por la mañana'", pero señala que esa frase "hace caso omiso del hecho de que muchos de los críticos habían expresado su desasosiego antes siquiera de que empezara la guerra". Su libro está repleto de advertencias de expertos en Oriente Medio y militares veteranos (como el general Anthony C. Zinni y el general H. Norman Schwarzkopf), que advirtieron con previsión que la invasión y el período de posguerra no sería ni tan simple ni tan rápido como predecían muchos en el gobierno.
A fines de 2002, informa Ricks, setenta expertos en seguridad nacional e investigadores de Oriente Medio se reunieron en la Universidad de la Defensa Nacional para discutir la inminente guerra y concluyeron que ocupar Iraq sería "la tarea más difícil y compleja que hubiesen emprendido Estados Unidos y la comunidad internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial". El énfasis del grupo en la importancia de "mantener un ambiente seguro" en Iraq tras la invasión y su recomendación contra una disolución rápida de las fuerzas armadas iraquíes sería posteriormente ignorada.
"No está claro que una resistencia importante y persistente fuera inevitable", concluye Ricks, agregando que "el enfoque de Estados Unidos, tanto en la política de ocupación como en las tácticas militares, ayudó a espolonear la resistencia y ha hacerla más amplia de lo que podía haber sido". Entre los errores cruciales cometidos por el gobierno de Bush tras la invasión, sugiere, estuvieron la decisión, después de la caída de Bagdad, de no enviar inmediatamente dos divisiones adicionales de tropas, lo que podría haber controlado a la resistencia, y las órdenes dadas por el jefe de la ocupación estadounidense, L. Paul Bremer III, licenciando el viejo ejército iraquí y excluyendo a miles de funcionarios del Partido Baaz de sus trabajos en la administración.
El fracaso de la contención de la resistencia tendría desastrosas consecuencias a medida que avanzaba la guerra. Mientras la ocupación de Iraq (que Wolfowitz había predicho que se pagaría básicamente a sí misma con los beneficios del petróleo) estaba costando a los contribuyentes estadounidenses unos cinco mil millones de dólares al mes en 2004 y 2005, el país, empujado al caos, estaba remplazando a Afganistán como terreno de adiestramiento de una nueva generación de terroristas. Entretanto, escribe Ricks, el ejército de Estados Unidos se halló en una situación estratégica que "se parecía dolorosamente a la de la Unión Soviética en Afganistán a principios de los años ochenta".
La guerra no solamente había "estirado al ejército estadounidense hasta el punto de ruptura", según un estudio publicado por el Instituto de Estudios Estratégicos de la Academia de Guerra del Ejército estadounidense, sino también se había convertido en una "innecesaria guerra preventiva por excelencia" que "creó un nuevo frente para el terrorismo musulmán en Oriente Medio y desvió la atención y recursos que debiesen haber sido destinados a la protección de Estados Unidos" contra otros atentados de Al Qaeda. La guerra "no era parte integral" de la guerra global contra el terrorismo, concluía el informe, sino una onerosa "desviación de ella".

Libro reseñado:
Fiasco. The American Military Adventure in Iraq
Thomas E. Ricks
482 páginas
The Penguin Press
$27.95

25 de julio de 2006
©new york times
©traducción mQh
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las pruebas de iraq


[R. Stephen Humphreys] Uno de los intelectuales árabes más importantes explora la acritud de una guerra que apoyaba.
Fouad Ajami nos ha entregado un libro complejo, a veces extraño, marcado al mismo tiempo por la fe y la ambivalencia. Por un lado, ‘The Foreigner's Gift' es la defensa de un halcón, aunque limitada, de la invasión y ocupación estadounidense de Iraq. (De principio a fin, Ajami enfatiza "la nobleza del esfuerzo", aunque admite que las buenas intenciones pueden ser insuficientes, ya que "un país intrínsicamente optimista como Estados Unidos ha entrado en un país inmerso en una historia de pesar".) Por otro lado, el autor investiga los obstáculos casi insuperables que se oponen al éxito de la campaña. Cuando se trata de Iraq y Oriente Medio, ciertamente no hay nada malo con la ambivalencia; el problema es normalmente el exceso de fe. Sin embargo, las emociones encontradas complican las cosas para cualquiera que esté buscando alguna orientación sobre qué hacer a partir de ahora.
Ajami es profesor en la Universidad John Hopkins, pero su estilo es cualquier cosa menos académico. Tiene un estilo lírico y, a veces, hasta rapsódico. En algunos momentos (como en sus descripciones de los soldados estadounidenses, cuyo carácter e intenciones admira profundamente, aunque no siempre su conocimiento de Iraq), raya en lo sensiblero. Este es un libro con anécdotas cuidadosamente escogidas, entrevistas breves y observaciones, no de teorías y evidencias. Ajami es elocuente y a veces emocionante, pero su lucha por transmitir las complejidades de Iraq realza la sensación de ambivalencia que infunde su libro.
Ajami es una importante voz en el debate sobre Iraq, pero está lejos de ser típico. Es un intelectual árabe alienado -un hombre con una profunda simpatía por las causas y pasiones grandiosas que han dirigido la política árabe en las últimas seis décadas, que compartió esos entusiasmos cuando era joven y que todavía siente algo de nostalgia por ellos pero que ha roto con ellos decididamente, optando por los valores políticos occidentales, y a menudo por valores de tendencia conservadora. Es famoso o infame, según a quién le preguntes, por sus consejos a la Casa Blanca de Bush sobre la región de su juventud.
Ajami nació en 1945 en una familia chií del sur del Líbano. Creció en una era tumultuosa: durante el apogeo de Gamel Abdel Nasser, el gran líder egipcio que llamó a la creación de un solo gran estado pan-árabe, y el abrupto colapso del nasserismo después de la humillante derrota árabe en la Guerra de Seis Días de 1967; el nacimiento del nacionalismo palestino y la creación del "estado dentro del estado" de la Organización para la Liberación de Palestina en el Líbano natal de Ajami; el propio inevitable deslizamiento del Líbano hacia una guerra civil religiosa durante quince sangrientos años, de 1975 a 1990; la lenta emergencia de los chiíes del Líbano de la pobreza rural y de la marginalidad política a una posición de extraordinaria influencia; y, finalmente, el meteórico crecimiento del radicalismo islámico tras la muerte de Nasser, un movimiento que fue (y sigue siendo) un caleidoscopio de obras caritativas, activismo político y terrorismo fundamentalista. El conflicto árabe-israelí impregnaba casi todos los aspectos de la vida. En su telón de fondo yacía la fase más crítica de la Guerra Fría, cuando Estados Unidos dejó de ser un figurante en la política de Oriente Medio y se convirtió, en lugar de eso, en el hecho central para la vida de cualquier gobierno y movimiento en la región.
El pensamiento de Ajami está empotrado en esos acontecimientos. Para él, el nacionalismo secular, largamente desaparecido e inclinado a la izquierda, de los años cuarenta y principios de los cincuenta todavía representa un movimiento de esperanza, una breve visión de un futuro mejor en el que una forma inclusiva de nacionalismo árabe reemplazaría las lealtades más tradicionales de la región hacia las sectas y las étnicas, en el que la democracia reemplazaría a las corruptas monarquías del día, a veces dominadas por potencias extranjeras, en el que un renacimiento cultural e intelectual impulsado por kurdos y árabes, musulmanes, cristianos y judíos llegó a reverberar en las librerías y salones de Bagdad, El Cairo y Beirut.
En el libro se encuentran dispersos muchos esbozos de esos artistas y escritores. El retrato más sincero es el de Buland Haidari, un poeta kurdo "de luminosos talentos" que sólo escribía árabe. Haidari tenía estrechos lazos con los intelectuales de la comunidad judía de Bagdad antes de su éxodo de 1951 y, por eso, simboliza lo que Iraq debió ser y lo que podría haber llegado a ser.
Para Ajami, todas esas preciosas pero frágiles esperanzas desaparecieron en el caos revolucionario desencadenado por Nasser y otros revolucionarios iconoclastas de los años sesenta, fueron luego traicionadas en los años setenta por una profana e insana alianza entre brutales estados policiales y violentos militantes islámicos. En un sentido muy real, todos sus escritos desde su primer y brillante libro ‘The Arab Predicament' (1981), han sido un lamento por las ilusiones perdidas de su juventud y una lucha por descubrir cómo podrían ser recuperadas hoy.
Es a través de esta lente que mira a Estados Unidos: como un potencial liberador de la tiranía y el estancamiento cultural. Para el 11 de septiembre de 2001, los árabes estaban encerrados en sus lemas y resentimientos, detestando los crueles regímenes que controlaban sus vidas, pero incapaces de hacer algo contra ellos. Sólo alguna tremenda fuerza externa podría soltar esas rigideces. Sólo el poderío estadounidense podría abrir las puertas de la peor de las cárceles árabes, el Iraq de Saddam Hussein, creando con ello las condiciones en las que sería posible, tras el 11 de septiembre de 2001, la lucha regional por la democracia, la libertad personal y la renovación cultural. Ajami no está terriblemente interesado en los motivos y propósitos que empujaron a Estados Unidos a Iraq; para él el punto clave es que la democratización es un elemento central del programa del presidente Bush. Ese hecho en sí mismo legitima toda la empresa.
Admite, aunque a regañadientes, que Estados Unidos es una irónica opción para el papel de libertador. Primero, la política de Estados Unidos en Oriente Medio en los últimos cincuenta años se ha apoyado firmemente en los regímenes autoritarios -más notablemente en la monarquía puritana de la Casa de Saud y la dictadura egipcia encabezada por Hosni Mubarak, por el que Ajami siente una especial aversión. Ya que Estados Unidos no se divorciará de sus viejos aliados, Estados Unidos no se presenta como un creador de democracias con las manos limpias. Segundo, Ajami dice poco sobre las severas penurias que sufrieron la mayoría de los iraquíes bajo el largo período de las sanciones de Naciones Unidas desde el término de la Guerra del Golfo en 1991 hasta la invasión de 2003, aunque cualquier habitante de esa región del mundo está agudamente consciente de ellas. (Saddam Hussein manipuló críticamente las sanciones, por supuesto, pero para los iraquíes de a pie las penurias fueron suficientemente reales).
Finalmente, Ajami alude constantemente al endémico anti-americanismo de los árabes. Entre los intelectuales árabes, y en las calles árabes, la idea de que la presencia norteamericana en Iraq pudiera ofrecer oportunidades inspiradoras parece derechamente absurda. Ajami trata el anti-americanismo de manera asombrosamente desdeñosa; lo considera una especie de patología, el perverso irracionalismo de un pueblo perverso que es incapaz de reconocer que el extranjero le ha ofrecido un verdadero regalo. El anti-americanismo es un fenómeno complejo, pero no surge de la nada, y ciertamente merece un tratamiento más indagador que el que recibe es este libro.
A pesar de las esperanzas que ha puesto Ajami en la intervención norteamericana, reconoce cabalmente los inmensos obstáculos a los que se enfrenta. Aquí el autor es su propio y más severo adversario; si su análisis es coherente, Estados Unidos se ha impuesto una tarea que está bastante más allá de sus recursos y comprensión. El problema central, dice, es el fracaso iraquí en la construcción de una forma inclusiva de identidad nacional que pudiera superar las tradicionales lealtades religiosas, étnicas y tribales del país. Desde la formación de Iraq tras la Primera Guerra Mundial, los árabes sunníes han dominado su vida política; otros grupos, y muy especialmente la mayoría chií, han sido marginados o reprimidos violentamente. La dictadura baazista dominada por los sunníes, que gobernó Bagdad de 1968 a 2003, intensificó y envenenó hasta tal punto las rivalidades tradicionales, que muchos iraquíes no pueden imaginar una verdadera vida nacional.
De principio a fin, Ajami enfatiza el modo en que sus colegas chiíes (en Iraq en particular y en el mundo árabe en general) son vistos por los árabes sunníes: como un elemento extranjero, imposible de asimilar, en la cultura y sociedad árabes. No son árabes realmente, sino cuasi-iraníes, caballos de Troya pérsicos caracterizados por el disimulo, las herejías a-islámicas y la religiosidad emocional. Son mirados con condescendencia y desdén, pero también con miedo y, a veces (como entre los sunníes yihadistas, el homicida anti-chiísmo de Abu Musab al-Zarqawi), con un virulento odio. Para Ajami, la resistencia sunní es simplemente un rechazo a aceptar las consecuencias inevitablemente democráticas del traslado del poder a la mayoría chií de Iraq. A un nivel muy importante, el libro de Ajami quiere ser una reivindicación de los derechos de los chiíes en el mundo árabe, especialmente de los de Iraq. Quiere dar a los chiíes su lugar bajo el sol, insistiendo en que son parte integral de la sociedad árabe e iraquí.
‘The Foreigner's Gift' plantea inevitablemente muchas preguntas que deja sin responder. Los lectores irremediablemente hostiles a la intervención estadounidense en Iraq encontrarán, sin duda, muchos motivos de ofensa. Pero este importante libro representa reflexiones, bien informadas y profundamente personales, de un importante intelectual árabe-norteamericano -ciertamente uno al que el gobierno de Bush debiese escuchar con especial atención. Parece así adecuado concluir entregando la palabra al propio Ajami. Gran parte de su libro se resume en su comparación -especialmente aguda ahora que otra guerra más ha estallado en Oriente Medio, en el Líbano- de las recientes tribulaciones de Iraq con las de su Beirut nativo hace dos décadas: "Una ciudad que en el pasado tuvo grandes horizontes se convirtió en un sinónimo de bandolerismo y ruinas. Los déspotas del planeta entero señalaban la ciudad como un ejemplo de lo que les pasa a los soñaron que, para los pueblos árabes y musulmanes, había algo más que los decretos y el látigo de los gobernantes".

Libro reseñado:
The Foreigner's Gift'. The Americans, the Arabs, and the Iraqis in Iraq
Fouad Ajami
Free Press
378 pp.
$26

R. Stephen Humphreys es profesor de historia de Oriente Medio y estudios islámicos en la Universidad de California, Santa Bárbara, y autor de ‘Between Memory and Desire: The Middle East in a Troubled Age'.

6 de agosto de 2006
©washington post
©traducción mQh
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kennedy y los derechos civiles


[Jonathan Yardley] Nuevo libro argumenta que JFK estaba alejado de la lucha por los derechos civiles.
La leyenda de John Fitzgerald Kennedy ha tenido altos y bajos todo el tiempo, en parte debido a una constante reinterpretación de los hechos conocidos sobre su presidencia de mil días, de mano de historiadores y otros, y en parte debido a los ánimos políticos de cualquier momento dado. Un aspecto de esa leyenda, sin embargo, ha permanecido extraordinariamente consistente durante estos años: que a la hora de su asesinato en noviembre de 1963, era ampliamente admirado y querido, especialmente por los demócratas liberales.
Nada podría estar más alejado de la verdad. La crisis de los misiles cubanos llevaba entonces un año de pasado, y el brillo que había dado a la reputación de Kennedy ya se había disipado. Aunque la situación internacional era en general tranquila y estable -las consecuencias a largo plazo de los ‘asesores' estadounidenses que Kennedy había enviado a Vietnam eran entonces todavía desconocidos-, la situación interna era problemática, especialmente con respecto a los derechos civiles. Los americanos negros estaban cada vez más inquietos. Los americanos blancos todavía simpatizaban con su causa, al menos fuera del Sur, pero había indicios de un contragolpe, especialmente en el surgimiento de Barry Goldwater y la derecha republicana.
En este ambiente de crisis cada vez más grave, Kennedy... no había hecho demasiado. En junio de 1963, enfadado por "las amenazas y declaraciones insolentes" del gobernador George Wallace sobre la desegregación de la Universidad de Alabama, Kennedy pronunció un convincente discurso por televisión en el que calificó los derechos civiles de "un asunto ético... tan viejo como las santas escrituras y... tan claro como la Constitución de Estados Unidos" y propuso entonces importantes leyes federales sobre los derechos civiles que afectaban los servicios públicos y asuntos relacionados. Pero el Congreso había mostrado poco interés en tratar el proyecto de ley y Kennedy había mostrado poco interés en insistir. Estaba concentrado en las elecciones de 1964. Quería, y esperaba, una victoria rotunda, y no quería zaherir indebidamente a esos electores sureños que le habían otorgado, demostrativamente, la estrecha victoria de 1960, un asunto que todavía lo atormentaba tres años después.
Así que en el otoño de 1963, muchos de los que lo habían apoyado decididamente en 1960, estaban enfadados con él. Pensaban que no había hecho más que prestar un apoyo de boquilla a la gran causa política, social y moral de la época, que era, en el mejor de los casos, poco efectivo en sus relaciones con un Congreso reticente todavía bajo el control de una intolerante minoría sureña y que había poco substancia detrás de su fotogénica y guapa apariencia. Cuando fue asesinado, todo eso cambió y se olvidó rápidamente, pero es una verdad histórica que debe ser conocida.
Esta es una de las muchas cosas que Nick Bryant, un corresponsal de la BBC, hace en ‘The Bystander', un exhaustivo (y, sí, agotador) examen de los logros de Kennedy en cuanto a los derechos civiles desde su primera candidatura para el Congreso en 1948, hasta su muerte quince años después. Es una historia compleja con tantos altibajos como la reputación de Kennedy, pero, en general, no reconoce su aporte. El tema de los derechos afro-americanos producía una "extraordinaria gama de posibilidades" en él: "A veces, era capaz de genuinos actos de compasión y consideración. En otras ocasiones, era frío, despectivo y notoriamente indiferente, sobre todo cuando los que criticaban la insuficiencia de sus medidas eran negros. Incluso en momentos de grave crisis, podía desplegar una increíble indiferencia ante la violencia y dolor". "Tendía a ser frío y calculador cuando manifestantes organizados de los derechos civiles trataban de empujarlo a que adoptara ciertas posiciones en política. Era mucho más comprensivo con los individuos que habían sufrido directamente las violetas humillaciones de la segregación".
Ahora, más de cuatro décadas después, es fácil olvidar lo violentas que podían ser esos ultrajes. Fue durante la presidencia de Kennedy que el intento de James Meredith de matricularse en la Universidad de Mississippi fue interrumpido por una violenta turba alentada por agentes de policía locales y del estado; que los polis de Bull Connor apuntaron potentes mangueras de incendio contra los manifestantes negros (muchos de ellos niños) en Birmingham; que cuatro colegialas murieron cuando estalló una bomba en la Iglesia Bautista de la Calle 16. Sin embargo, fue normal que después de esta última atrocidad, Kennedy no dijera nada -nada- en público. Esto fue tres meses después de que Kennedy dijera los derechos civiles eran "un asunto ético"; pero sobre la muerte de esas colegialas en lo que era claramente un atentado motivado únicamente por la intolerancia, no tenía nada que decir.
Esto, dice Bryant, es otra prueba de que Kennedy "todavía no comprendía plenamente lo que tenían que sufrir los negros en esos bolsones de feroz resistencia segregacionista, como Birmingham". Esto es verdad, y ciertamente refleja ciertas obvias realidades: el efecto aislante de la riqueza y el privilegio en el que Kennedy había vivido toda la vida, y el efecto aislante adicional del Despacho Oval. El único negro estadounidense con el que Kennedy pasaba algún tiempo era George Thomas; tenían una relación mutuamente cordial, pero "el trabajo de Tom todas las mañanas era encargarse de la ropa del presidente". Más allá de eso, simplemente no estaba interesado en asuntos domésticos, excepto en la medida en que afectaran su posición política; creía que la función principal del presidente eran las relaciones exteriores, y durante su mandato ocurrieron muchas cosas -el Muro de Berlín, la crisis de los misiles, Vietnam- que obviamente lo confirmaron en esa creencia.
También es verdad, como enfatiza Bryant, que "por naturaleza e ideológicamente, Kennedy era un gradualista". No tenía nada de fanático. Incluso con respecto a la Guerra Fría, sobre la que tenía una posición muy declarada, se mostraba cínico y distante. En realidad, le importaba más el efecto del racismo americano sobre la Guerra Fría que sobre sus ciudadanos negros; sabía que los ejemplos de intolerancia y segregación le daban a la Unión Soviética un arma propagandística poderosa contra Estados Unidos, y quería neutralizarla todo lo posible.
Era esencialmente pasivo sobre las cuestiones morales planteadas por la segregación y manipulaba las cuestiones políticas, pero sus logros como presidente no eran pocos. Él y miembros de su gobierno hicieron muchas cosas que tuvieron un poderoso efecto simbólico, desde nombrar a negros en posiciones de gran visibilidad, hasta boicotear el Club Metropolitano, "donde los únicos negros que eran permitidos en su comedor eran los camareros con servilletas dobladas sobre sus brazos", y organizar festividades en la Casa Blanca donde los negros destacaban como invitados y artistas. Hoy esas cosas pueden parecer pueriles, pero a principios de los años sesenta era casi revolucionario y "los gestos mismos que los líderes negros y los liberales ridiculizaban como simbólicos, eran de hecho de gran efectividad a la hora de mantener un amplio apoyo negro".
Sin embargo, fue también Kennedy quien nombró a varios segregacionistas declarados en los tribunales federales -más escandalosamente William Harold Cox, un amiguete del senador racista de Mississippi, James O. Eastland- y quien metió la pata repetidas veces a medida que se extendían las sentadas y las demandas negras se hacían más insistentes. Como un joven parlamentario, había "batallado duramente por nuevas leyes de derechos civiles y luchado tenazmente a favor de los residentes negros de distrito de Columbia", pero una vez que entró a la Casa Blanca en 1961, tomó la "decisión de apartarse de los derechos civiles". Se mantuvo firme en esa decisión hasta mayo de 1963, cuando los sucesos en el Sur le convencieron de que "más dilaciones podrían engendrar más violencia". Sin embargo, cuatro meses más tarde guardó silencio sobre Birmingham.
Bryant entiende que los instintos de Kennedy eran decentes, pero que era gobernado por una innata cautela y un agudo sentido de las realidades políticas, al menos como él las entendía. Bryant también cree que el país estaba más que listo para acciones decisivas en cuanto a los derechos civiles y que la incapacidad de Kennedy a la hora de aprovechar la oportunidad, puede haber contribuido, inconscientemente, al resentimiento y la resistencia blanca. Bryant, que estudió historia americana y ciencias políticas en Cambridge y Oxford, es una genuina rareza: un británico que en realidad entiende a Estados Unidos. ‘The Bystander' recorre mucho terreno que es familiar y con demasiada exhaustividad, pero ofrece una perspectiva sólida, erudita y sensible.

Libro reseñado
Nick Bryant
The Bystander. John F. Kennedy and the Struggle for Black Equality
Basic
545 pp.
$29.95

Jonathan Yardley's e-mail address is yardleyj@washpost.com

2 de julio de 2006
©washington post
©traducción mQh
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psiquiatra de perros


[Edward Wyatt] De alguien que entiende a los perros.
En su travesía desde inmigrante ilegal a estrella de la televisión, César Millán, un autor best-seller y adiestrador de perros de la elite de Hollywood mejor conocido como el ‘Dog Whisperer' [Confidente o Psiquiatra de Perros] de la televisión, no ha olvidado a la gente desconocida que lo ayudó en el camino.
Los agradece desde el principio, derechamente, en ‘Cesar's Way', su guía para la comprensión y solución de problemas caninos corrientes: Jada Pinkett Smith, Oprah Winfrey, Anthony Robbins, Deepak Chopra, Dr. Phil McGraw.
También "a las mujeres que administraban un salón de belleza para perros en San Diego y que me contrataron cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Perdónenme por no recordar los nombres".
Es un ejemplo poco habitual de lo olvidadizo que es Millán, comprensible quizás si se piensa que el Psiquiatra de Perros no mira nunca hacia atrás. En su metodología, en sus negocios y en otras partes, es el alfa de la manada.
Evidencias de la primacía de Millán en todos sus proyectos son claros hoy con el lanzamiento de la colección de DVDés, ‘Dog Whisperer With Cesar Millan: The Complete First Season'. Aunque ‘Dog Whisperer' es un exitoso programa en el National Geographic Channel, el nombre y familiar logo del National Geographic no aparece en ninguna parte en la cubierta del DVD.
En lugar de eso, la marca es Cesar Millan.
"Él no es un fogonazo", dice Jim Milio, uno de los tres fundadores de MPH Entertainment, que produce el programa de Millán junto con Emery/Sumner Productions, y que ha ayudado a orientar los proyectos de Millán para construir una ambiciosa empresa comercial. "No es un tipo que surge un año y desaparece al otro. Lo estamos convirtiendo en un marca duradera", con más libros y videos y manuales de adiestramiento de perros y quién sabe qué más.
Fue gracias a los esfuerzos de sus productores, por ejemplo, que Millán conservó los derechos de sindicación nacionales y extranjeros de los videos de su programa de televisión. Eso le ha permitido crear, además de las colecciones completas de diez horas, que se venden por casi cincuenta dólares, varias colecciones más breves que estarán ampliamente disponibles por menos de diez dólares cada una. Se espera que Wal-Mart y Sam's Club las ofrezcan en lugar destacado en sus tiendas.
La fama de Millán ha crecido hasta el punto de que se ha convertido en objeto de parodia en un episodio de ‘South Park', el programa básico de Comedy Central.
Según cuenta Millán, lo planeó exactamente así. Incluso cuando evadía a la Patrulla Fronteriza mientras seguía a un guía desde Tijuana al sur de California, dijo hace poco, "mi objetivo era convertirme en el mejor adiestrador de perros del mundo". Ahora un inmigrante legal, está casado con una ciudadana estadounidense y está pensando en pedir la nacionalidad.
"Y mi objetivo fue siempre Hollywood", agrega. "De donde yo vengo, lo único que se oye nombrar es Hollywood y Disneyland. Pero no sabes nada de Tejas, de Ohio, ni siquiera de Nueva York. Mi objetivo era Hollywood, porque era lo único que conocía".

Millán, 36, empezó a trabajar a principios de los años noventa en un salón de belleza para perros de San Diego, donde se ganó la reputación de trabajar bien con casos difíciles. Pidió a sus vecinos si podía sacar a pasear sus perros. La gente se dio cuenta de que podía apaciguar incluso a las criaturas más feroces, y el boca a boca, la forma más efectiva de publicidad y promoción, lo siguió hasta el norte de Los Angeles.
Trabajando con estadounidenses y sus perros, dijo, "me sorprendió y me confundió un poco todo lo que vi". Donde él creció, en Culiacán, Sinaloa, al noroeste de México, "todo el mundo saca a pasear a sus perros", dijo Millán durante una visita a Nueva York hace poco. "Pero en mi tierra el perro camina siempre detrás. Aquí el perro camina delante. Pensé que ustedes lo hacían bien y que yo estaba equivocado. Pensé que ustedes sabían más y que nosotros estábamos equivocados".
Pero pronto descubrió que no, que lo que pasaba era que los estadounidenses dejan que sus perros sean los ejemplares alfa, no ellos mismos, en casi todos los aspectos. "Los americanos trabajan contra la Madre Naturaleza, y es por eso que los perros son desobedientes en Estados Unidos", dijo. "¿Por qué son los perros criados en una granja más felices que los que viven en la ciudad? Porque en una granja hay que ser perro. Y en la ciudad ellos se convierten en niños, en maridos, en compañeros del alma. Se transforman en algo que quieren los humanos antes de hacer lo que es mejor para ellos".
Eso, a su vez, se traduce en que los perros se portan mal. En el Centro de Psicología Canina de Millán, en Los Angeles, trabaja con docenas de perros a la vez. Primero llamó la atención paseando a sus perros en Los Angeles -él con patines de línea, los perros con correa- y en sus caminatas por la playa o través de las montañas de Santa Mónica. Millán estaba siempre a la cabeza del grupo.
"Es como los vaqueros", dice. "Crecen en torno al caballo y las vacas; no les tienen miedo. Tú puedes ser un terrible amante de los perros, puedes ser un apasionado de los perros, pero eso no significa que puedas desarrollar el fuerte estado de ánimo asertivo que se necesita para tratar casos difíciles. Estos casos son los que yo trabajo, son ellos los que me siguen. Yo no tengo miedo. Es como la gente que trabaja con cobras -en su mente no existe el miedo. Lo que te convierte en alfa es ser tranquilo, tener siempre un estado mental asertivo".
Si podrá permanecer tranquilo y asertivo en medio de su fama y creciente fortuna será interesante de observar; además de esto, Millán está empezando a llamar la atención por algo que es inevitable en Estados Unidos, es decir, por los pleitos. Antes este año, Flody Suárez, un productor de televisión y ex ejecutivo de NBC, entabló una demanda en su contra diciendo que su perro, Gator, fue maltratado y quedó gravemente lesionado en el Centro de Psicología Canina. Ex publicista de Millán, Makeda Smith, y socio, también demandaron a Millán y al National Geographic Channel, diciendo que le ayudaron a crear la idea para la serie de televisión ‘Dog Whisperer'.
Millán se negó a hacer comentarios sobre las demandas. En una declaración, un portavoz del National Geographic Channel, tampoco quiso comentar sobre el litigio, pero dijo que las lesiones del perro de Suárez no estaban relacionadas con la producción del programa y que Millán no estaba en el centro cuando el perro estaba ahí.
Sin embargo, a Millán es difícil sacarlo de sus casillas, algo que es esencial para sus métodos de adiestramiento.
"Es un efecto dominó", dijo. "Yo creo en la regla de oro -si haces cosas buenas, te pasarán cosas buenas. Yo sé que yo ayudo a los perros todo el rato. Y porque ayudas a la Madre Naturaleza, la Madre Naturaleza te va a ayudar a ti. No hay otro modo posible. Es una ley del universo".

23 de mayo de 2006
©new york times
©traducción mQh
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