una mujer cazando espías
En 1941, de espaldas a la pared, Gran Bretaña estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa para evitar la derrota a manos de la Alemania nazi. Y así ocurrió que, para su sorpresa, una mujer de 33 años, la señorita Vera Atkins, fue reclutada por una agencia ultrasecreta, el Ejecutivo de Operaciones Especiales, donde terminó dirigiendo una red de espías británicos que operaba en Francia. Como muchos en su entorno, la señorita Atkins era una amateur. A diferencia de ellos, ocultaba un pasado tan misterioso que tomó décadas desenmascarar. Su extraordinaria vida, reconstruida en un excelente trabajo de investigación de la periodista británica Sarah Helm, es el tema de ‘A Life in Secrets'.Helm, una reportera de toda la vida del Sunday Times de Londres y de The Independent, vio a su investigada una sola vez, en 1998, pero fue suficiente. Casi de noventa años, la señorita Atkins, que murió en 2000, siguió siendo una figura intimidante, una pesada fumadora de actitud fría, incluso arrogante, con un distintivo acento de clase alta y una extraordinaria capacidad para recordar ciertos detalles históricos y eludir otros.
Era reconocidamente la llamativa e imperturbable mujer descrita por el cazador de espías nazi Hugo Bleicher, que fue interrogado por la señorita Atkins justo después de la guerra. "Resultó que tenía más aplomo que todos los otros oficiales juntos", escribió en sus memorias. "Me dio guerra con una sorprendente facilidad y avezadas tácticas". Como lo dijo uno de sus colegas: "Tenía un cerebro muy masculino".
La señorita Atkins, para cuando capturó a Bleicher, era una mujer con una misión. De los 400 agentes enviados a Francia por la Sección F, la división francesa del Ejecutivo de Operaciones Especiales, tres meses después del Día D más de cien estaban todavía desaparecidos, y la señorita Atkins, que había despedido a muchos de ellos en las pistas de despegue de Gran Bretaña, estaba resuelta a descubrir su destino. Durante los siguientes años, recorrería Francia y Alemania a la búsqueda de respuestas. Le preocupaban especialmente las doce mujeres que ella había enviado como correos y operadoras de radio, y sobre todo la dulce, casi infantil Noor Inayat Khan, una mujer de origen indio de 29 años, que se presentó voluntariamente para la peligrosa tarea, pero que se declaró incapaz de mentir.
Helm describe las operaciones de la Sección F con fascinante detalle, incluyendo el hecho de que en 1943 fue traicionada por un piloto francés, que transportaba agentes desde Gran Bretaña a Francia. Como resultado, muchos de sus operativos cayeron directamente en manos de los nazis, que requisaron sus radios y empezaron a pedir más agentes, dinero y armas, que la Sección F envió debidamente.
La historia de la Sección F, y el Ejecutivo de Operaciones Especiales, funde el heroísmo y la ineptitud, con honores extraordinarios para la incompetencia del superior de la señorita Atkins, Maurice Buckmaster. Ejemplo de ineptitud, Buckmaster se negó a creer que sus operaciones habían resultado mal hasta que los alemanes, por orden de Hitler, enviaron sarcásticos mensajes agradeciendo a la Sección F por el dinero y las armas.
La señorita Atkins era un misterio para sus colegas y lo siguió siendo durante la mayor parte de su vida. Para descubrir la verdad, Helm viajó miles de kilómetros, desde Rumania a Canadá, para estudiar documentos y fotografías en archivos y álbumes familiares, y en expedientes oficiales. Detalle tras detalle, logró reconstruir la historia entrevistando a familiares sobrevivientes y colegas de tiempos de guerra.
Algunos lectores encontrarán el ejercicio tedioso y demasiado escrupuloso. A Helm no se le escapa nada. Durante largas secciones, su reportaje se convierte en la historia. Y la Sección F fue, después de todo, un pequeño eslabón en la máquina británica de la guerra. Sin embargo, sus obsesiones y las de su materia se funden de una irresistible manera. El largo recorrido a través de Alemania y Francia, entonces devastados por la guerra, a la búsqueda de la señorita Atkins y sus espías produce suficientes materiales como para generar una docena de novelas de Len Deighton.
La señorita Atkins, a pesar de su pijo acento inglés y su adoración de todo lo que fuera clase alta y británico, era una judía rumana de apellido Rosenberg. La familia, que tenía raíces en Alemania, África del Sur y Gran Bretaña, poseía un próspero negocio en maderas. Vera creció hablando varios idiomas, y se educó en una escuela suiza.
Helms descubrió que la señorita Atkins probablemente empezó a proporcionar información a la inteligencia británica cuando trabajaba como secretaria para una compañía petrolera de Budapest. Después de llegar a Gran Bretaña en 1937, fue reclutada por la Sección F como una candidata ideal, debido a su excelente dominio del francés y del alemán.
En otros aspectos estaba lejos de ser ideal. Como judía, debía soportar los prejuicios de los ingleses de clase alta que tanto admiraba. Más seriamente, y sin que se enterara nadie hasta que lo descubriera Helm, había viajado en secreto a Amberes en 1940 para pagar 150 mil dólares a un agente secreto nazi para que le consiguiera un pasaporte para un pariente suyo, el que accedió a proporcionar informaciones de inteligencia a los nazis.
La búsqueda de los agentes desaparecidos proporciona a Helm sus páginas más apasionantes, a medida que la señorita Atkins, corriendo contra el tiempo, persigue y ubica e interroga a oficiales nazis, gendarmes de campos de concentración y antiguos prisioneros. Algunos de los desaparecidos volvieron. Brian Stonehouse, un agente judío, sobrevivió milagrosamente cuatro campos de concentración. Odette Sansom, una correo, sobrevivió Ravensbrück pretendiendo ser la esposa de su colega espía, que llevaba el apellido Churchill. Este truco le significó consideraciones especiales, aunque su Churchill no era pariente del primer ministro.
La mayoría de las agentes fueron enviadas en fatales misiones que las llevaron, eventualmente, a campos de concentración y a la muerte. Noor Khan, considerada emocionalmente frágil, resultó ser aguerrida y valerosa cuando la capturaron. Se negó a colaborar con los alemanes, no les mostró más que desprecio, y un instante antes de su muerte, después de haber sido torturada y golpeada hasta quedar convertida en una masa sanguinolenta, pronunció una sola palabra, en francés: "Liberté".
La señorita Atkins puede haber sido cautelosa por su propio bien. En años posteriores se la sospechó de ser una espía o alemana o soviética. Un antiguo colega, escribiéndole en los años sesenta, la reprochó de ser demasiado discreta, "tan discreta, en realidad, que parece misteriosa, incluso si no lo es".
Era misteriosa, con un montón de misterios. Helm, haciendo honor a su profesión, excava hasta el fondo de las cosas y expone lo que encuentra a todo el mundo.
Libro reseñado
A Life in Secrets. Vera Atkins and the Missing Agents of WWII
Sarah Helm
Ilustrado
493 pp.
Nan A. Talese/Doubleday
$27.50
30 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
París, Francia. Algunos de los viejos maestros se daban la molestia de incluir las caras de colegas artistas y de mecenas en las multitudes retratadas en grandes pinturas al óleo. Pablo Picasso rendía honores similares a un amigo menos habitual: un perro salchicha, seguro de sí mismo y pequeño, llamado Lump.
Ese fue también el año en que cambió la vida de Lump. Durante una visita a Picasso, Duncan se enteró de que Lump estaba enfermo, que sufría de un problema espinal común entre los perros salchicha y estaba siendo tratado por un veterinario de Cannes. Duncan visitó a Lump y, cuando le dijeron que el perro no tenía remedio, se lo llevó a casa.
Eclipsando por igual a presidentes y estrellas del pop, Elvis Presley es demostrativamente la figura más reconocida de la historia de Estados Unidos. Así que no debería sorprender a nadie que cuando el primer ministro japonés Junichiro Koizumi viajó a Estados Unidos en junio, prefiriera visitar no Monticello, el Monte Vernon o Hyde Park, sino Graceland, la mansión de Memphis donde Presley pasó la mayor parte de su vida adulta. Era, dijo Koizumi, "un sueño que se hacía realidad". ¿Todavía piensas que la impresión que causaba el Rey no sería duradera?
A fines de los años de 1880, poco después de que ayudara a fundar una organización para investigar lo sobrenatural, William James predijo confiado que dentro de 25 años la ciencia resolvería de una vez y para siempre si los muertos se podían comunicar o no con los vivos.
El título de este devastador libro sobre la guerra norteamericana en Iraq lo dice todo: ‘Fiasco'. Es el juicio de Thomas E. Ricks, corresponsal jefe en el Pentágono para el Washington Post, sobre la decisión del gobierno de Bush de invadir Iraq y sobre la conducción de la guerra y la ocupación. Y presenta su retrato de esta guerra como un ejercicio equivocado en soberbia, incompetencia y necedad, con una riqueza de detalles y evidencias que son a la vez asombrosamente vívidas y convincentes.
Fouad Ajami nos ha entregado un libro complejo, a veces extraño, marcado al mismo tiempo por la fe y la ambivalencia. Por un lado, ‘The Foreigner's Gift' es la defensa de un halcón, aunque limitada, de la invasión y ocupación estadounidense de Iraq. (De principio a fin, Ajami enfatiza "la nobleza del esfuerzo", aunque admite que las buenas intenciones pueden ser insuficientes, ya que "un país intrínsicamente optimista como Estados Unidos ha entrado en un país inmerso en una historia de pesar".) Por otro lado, el autor investiga los obstáculos casi insuperables que se oponen al éxito de la campaña. Cuando se trata de Iraq y Oriente Medio, ciertamente no hay nada malo con la ambivalencia; el problema es normalmente el exceso de fe. Sin embargo, las emociones encontradas complican las cosas para cualquiera que esté buscando alguna orientación sobre qué hacer a partir de ahora.
La leyenda de John Fitzgerald Kennedy ha tenido altos y bajos todo el tiempo, en parte debido a una constante reinterpretación de los hechos conocidos sobre su presidencia de mil días, de mano de historiadores y otros, y en parte debido a los ánimos políticos de cualquier momento dado. Un aspecto de esa leyenda, sin embargo, ha permanecido extraordinariamente consistente durante estos años: que a la hora de su asesinato en noviembre de 1963, era ampliamente admirado y querido, especialmente por los demócratas liberales.
En su travesía desde inmigrante ilegal a estrella de la televisión, César Millán, un autor best-seller y adiestrador de perros de la elite de Hollywood mejor conocido como el ‘Dog Whisperer' [Confidente o Psiquiatra de Perros] de la televisión, no ha olvidado a la gente desconocida que lo ayudó en el camino.
Millán, 36, empezó a trabajar a principios de los años noventa en un salón de belleza para perros de San Diego, donde se ganó la reputación de trabajar bien con casos difíciles. Pidió a sus vecinos si podía sacar a pasear sus perros. La gente se dio cuenta de que podía apaciguar incluso a las criaturas más feroces, y el boca a boca, la forma más efectiva de publicidad y promoción, lo siguió hasta el norte de Los Angeles.