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qué es y no es tortura


[Michiko Kakutani] El argumento de los conservadores.
En los tumultuosos días y semanas después del 11 de septiembre de 2001, un joven abogado de la Oficina de Asesoría Jurídica del ministerio de Justicia, llamado John Yoo, se convirtió en el arquitecto clave de la respuesta jurídica del gobierno de Bush a la amenaza terrorista y un declarado partidario de la ampliación de los poderes presidenciales. Las controvertidas opiniones que elaboró provocarían acusaciones de que el gobierno estaba subvirtiendo la constitución, inclinando la balanza de poder entre las tres ramas del gobierno, pisoteando los derechos civiles de los detenidos y autorizando los interrogatorios coercitivos.
Yoo escribió memoranda y recomendaciones que trataban decididamente de redefinir la noción de tortura. También argumentó que los atentados terroristas creaban "una situación de emergencia" en Estados Unidos, y que dada esta situación, "el gobierno podría tomar medidas justificadamente, que en condiciones menos problemáticas podrían ser vistas como violaciones de las libertades individuales".
Poco después de los atentados terroristas del 11 de septiembre, Yoo escribió un memorándum con recomendaciones, en el que declaraba que "el Presidente puede desplegar fuerzas militares preventivamente contra organizaciones terroristas o contra los Estados que las protejan o apoyen, estén o no vinculadas a los incidentes terroristas específicos del 11 de septiembre". Y en enero de 2002, fue el co-autor de un memorándum donde se alegaba que "el derechos de gentes internacional carece de efectos jurídicos vinculantes ni sobre el Presidente ni sobre las fuerzas armadas" y que "ni la Ley (federal) de Crímenes de Guerra ni las Convenciones de Ginebra se aplican a las condiciones de detención en Bahía Guantánamo, Cuba, o a los juicios de las comisiones militares de prisioneros de al Qaeda o talibanes".
En su combativo nuevo libro, ‘War by Other Means', Yoo -que es ahora profesor en la Facultad de Leyes de la Universidad de California, en Berkeley- expone la ideología detrás de las maniobras legales de la Casa Blanca de Bush. Aunque comparte muchos de los mismos argumentos que han utilizado otros miembros del gobierno para defender sus agresivas medidas de después del 11 de septiembre de 2001, es más franco que muchos de sus colegas en su ferviente creencia en un poder ejecutivo sin trabas. Y su libro es una lectura oportuna, aunque a menudo perturbadora, dada la reciente resolución de la Corte Suprema en el caso de Hamdan (que repudió los tribunales militares creados por el gobierno para llevar a juicios a los detenidos de Guantánamo, pero sin brindarles un debido proceso) y la subsecuente aprobación del congreso, en septiembre pasado, de la ley sobre el tratamiento de los detenidos, que otorga al presidente nuevos poderes sobre los acusados de terrorismo y priva a los extranjeros detenidos en prisiones militares norteamericanas del derecho a impugnar sus detenciones.
Yoo propone en estas páginas que la guerra contra el terrorismo es un nuevo paradigma que exige nuevas tácticas; que en tiempos de guerra el poder judicial debería obedecer al poder ejecutivo; y que aquellos que discuten con la Casa Blanca de Bush son blandos en cuanto a la lucha contra el terrorismo. Una de sus tácticas favoritas en este libro es hacer una caricatura ridícula de las opiniones de los críticos, para luego rechazarlas. Escribe, por ejemplo: "Se supone que, según las Convenciones de Ginebra, un campo de prisioneros de guerra debe verse como los campos de la Segunda Guerra Mundial que se ven en películas como ‘Traidor en el infierno' [Stalag 17] o ‘El gran escape' [The Great Escape]. Pero como Guantánamo no se parece a esas películas, los críticos declaran automáticamente que se están violando los derechos humanos de los detenidos".
En este libro, Yoo alega que la constitución garantiza al presidente "un papel determinante en las relaciones internacionales" y que la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar, aprobada por el congreso una semana después del 11 de septiembre de 2001, da al presidente amplios poderes para hacer la guerra contra el terrorismo del modo que él prefiera. En realidad, dice Yoo, "escribimos la ley lo más ampliamente posible" para "asegurarnos de que no se pudiese decir en el futuro que el Presidente estaba haciendo una guerra contra el terrorismo sin la aprobación del congreso".
Importantes figuras del congreso han dicho repetidas veces que esta ley no da al presidente poderes tan amplios; entretanto, Yoo dice que la ambigua formulación cubre todo, desde el poder implícito de "detener a combatientes enemigos" a la autoridad implícita de "realizar espionaje electrónico para impedir atentados".
Yoo no ha hecho uso de su formación académica en los aspectos jurídicos de los poderes de guerra y la autoridad presidencial como para construir aquí un caso convincente de defensa de las acciones del gobierno. En lugar de eso, ha escrito un libro que parece ser una mezcla de temas de conversación de la Casa Blanca y el escrito de un fanático de las prerrogativas presidenciales -un libro que está sembrado de afirmaciones ridículas, razonamientos torcidos y conclusiones ilógicas. Sostiene que "debido a nuestras agresivas medidas de después del 11 de septiembre, al Qaeda ya no es la amenaza que era". Sugiere que el poder equivale al derecho: "En este momento de la historia mundial, la conducta de Estados Unidos debería definir las costumbres de la guerra. Nuestro presupuesto de defensa es más grande que los gastos en defensa de los siguientes quince países juntos".
Y afirma que la decisión del presidente Bush, que autorizó en secreto a la Agencia de Seguridad Nacional para que espiara a estadounidenses en busca de evidencias de actividades terroristas sin órdenes aprobadas por los tribunales, "no quiere decir que estamos viviendo bajo un dictador, o que ha fracasado la separación de poderes", porque el congreso, que "tiene el control total del financiamiento y significativos poderes de control" simplemente podría decidir "deshacerse completamente de la Agencia de Seguridad Nacional".
Yoo selecciona la información para este libro del mismo modo que el gobierno compiló selectivamente los datos de inteligencia para probar que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Sobre el informe Schlesinger sobre la cárcel de Abu Ghraib, Yoo dice que constató que los abusos allá "resultaron no de órdenes desde Washington, sino de un flagrante abandono de las normas de detención e interrogatorio de los guardias". Pero no trata esas partes del informe que encontraron que "hay tanto una responsabilidad institucional como personal en los niveles más altos".
Los memoranda de agosto de 2002 redactados por Yoo trataban la pregunta de qué constituía tortura y qué podría ser perseguido por el Tribunal Penal Internacional. En este libro amplía sus opiniones sobre esta materia, banalizando la significación de frases como "seveno dolor o sufrimiento físico o mental" y "daño mental prolongado".
Además, se esfuerza enormemente en reducir el alcance de la Convención contra la Tortura (ratificada por Estados Unidos en 1994), que criminaliza la tortura y también estipula que las partes "deben impedir... otros actos de tratamientos o castigos crueles, inhumanos o degradantes que no constituyen tortura". Utiliza estos pasajes para argüir que hay una importante distinción "entre, por un lado, la tortura, y, por otro, medidas severas caracterizadas por ‘tratos crueles, inhumanos o degradantes'".
Con respecto a una decisión de 2004 del ministerio de Justicia de revisar una recomendación anterior (que fue ampliamente condenada en el congreso y por grupos de derechos humanos por haber sentado las bases de los abusos en Abu Ghraib), Yoo, intencionadamente o no, parece confirmar los argumentos de los críticos del gobierno, escribiendo que fue "un ejercicio en la construcción de una imagen política", diseñado para facilitar la confirmación de Alberto González como fiscal general.
Agrega que la recomendación de 2004 "incluía una nota a pie de página que dice que todos los métodos de interrogatorio que recomendaciones anteriores habían declarado como legales, eran todavía legales. En otras palabras, las diferencias en las recomendaciones eran todas aparentes. En el mundo real de los métodos de interrogatorio, nada había cambiado. La nueva recomendación reinterpretaba la ley para enturbiar deliberaamente la interpretación de la tortura como una maniobra política de corto plazo en respuesta a las críticas de la opinión pública".
En este libro, Yoo rechaza arrogantemente a los críticos de las políticas del gobierno, desdeñando las preocupaciones sobre las violaciones de los derechos civiles y las extralimitaciones presidenciales. "¿Está el gobierno de Bush utilizando el miedo del público para consolidar su poder político?", pregunta. "Si es así, sólo le quedan dos años, y las nuevas políticas de seguridad duran habitualmente tanto como las emergencias. Los tribunales militares y la justicia militar de Lincoln no sobrevivieron la Guerra Civil ni la Reconstrucción. Los campos de internamiento de Roosevelt terminaron después de la Segunda Guerra Mundial. El Presidente y el Congreso normalmente renuncian voluntariamente a sus poderes de emergencia, y si no lo hacen, lo hacen los tribunales".
No importa que no haya un fin previsible de la guerra contra el terrorismo. No importa que el poder judicial, sobre el que Yoo dice en este párrafo que se puede contar para limitar cualquiera extralimitación de la Casa Blanca de Bush, puede ya no tener poder alguno para ocuparse del tratamiento de los detenidos, que ha sido fuertemente reducido por la reciente aprobación por el congreso de la Ley de Comisiones Militares de 2006 -el mismo poder judicial que Yoo reprende repetidas veces en su tendencioso libro por "meterse en asuntos que no le conciernen" y por limitar las atribuciones del presidente, un oficio cuya función, afirma, es "actuar enérgica e independientemente para repeler amenazas graves contra el país".

Libro reseñado:
War By Other Means. An Insider's Account of the War on Terror
John Yoo
292 páginas
Atlantic Monthly Press
$24

31 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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la cama del rey


[Kegan Marshall] Nuevo libro de Antonia Fraser sobre las andanzas extramaritales de un rey francés.
‘Love and Louis XIV' es un libro perfecto para leer en cama un largo día de verano -o un corto día de invierno. Yo traté de leerlo en mi escritorio, pero fui inexorablemente empujado al sofá, sin duda gracias al poder de la sugestión. Después de todo, este es un libro lleno de incidentes que toman lugar en los distinguidos aposentos y appartements des bains de palacios reales como los de Saint-Germain y Versailles: las oficinas, de hecho, del Rey Sol, sus mujeres (una oficial, las otras menos oficiales) y sus amantes.
La Francia del siglo diecisiete era un país, nos instruye Fraser al principio, donde las sesiones en el parlamento eran llamadas lit de justice, "tomando el nombre de la cama almohadillada desde la que los monarcas medievales dispensaban justicia". Al mismo tiempo, el intercurso sexual era ampliamente conocido como comercio. Los dormitorios y salas de baño de la realeza eran lugares donde se hacían negocios, tanto públicos como privados, y los choques y conjunciones de estas dos esferas forman la base de la historia de Fraser sobre la exuberancia real.
La historia empieza en un "portentoso castillo" con vista al Sena y a Saint-Germain-en-Laye, donde Ana de Austria, la madre de Luis, se había retirado a la habitación donde daría a luz, acompañada por su médico, el rey y sus cortesanos. La reina de 36 años que se había casado a los catorce, había hasta el momento "soportado 22 años de infértil unión". (Numerosos abortos espontáneos y prolongadas interrupciones de las relaciones maritales habían caracterizado el matrimonio de la "voluptuosa" Ana y del sexualmente "aproblemado" Luis XII). Los nacimientos reales eran, por tradición, eventos públicos, pero este requería la certeza de que el niño no era un substituto de última hora -ni de un niño por una niña, ni de un bebé vivo por uno nacido muerto. Era imperativo tener un heredero, ya que Francia no permitía que las mujeres pudiesen ser monarcas. El destino accedió en la persona de Luis XIV, un niño tan precoz físicamente que nació con dos dientes (lo que fue, especula Fraser, muy inconveniente para sus nodrizas).
Pero el padre de Luis murió antes de que este cumpliera los cinco años, dejando a su hijo convertido en un ‘rey niño' y a su viuda en reina regente hasta que el niño fuera mayor de edad, a los trece. Este período, durante el cual Luis disfrutó del "incondicional amor de su madre" y presenció su muy adecuado liderazgo -a su muerte, la puso "entre los grandes reyes de Francia"-, puede haber creado en él el respeto y confianza con mujeres dinámicas que condujeron a sus "variopintas andanzas sexuales". Su esposa (y prima hermana), la honesta y "aburrida" infanta española María Teresa, era bastante diferente de las inteligentes y enérgicas mujeres que gustaban al apuesto rey -con sus "bellos y largos cabellos rizos" y una figura "descrita como alta, robusta, ancha y sana". Como rey, Luis podía entregarse libremente a la caza de mujeres, y así lo hizo, persiguiendo a una guapa tras otra, casadas o solteras, señoritas de compañía o damas de la corte.
Hay que agradecer a Fraser que permita que sus lectores mantengan separadas todas estas "variopintas" alianzas, mediante sus vivas descripciones de los rasgos, logros y apetitos de las amantes del rey. Nos enteramos de los "cabellos gruesos y trigueños, que caían con natural elegancia sobre sus hombros", de Athénaïs de Rochechouart de Mortemart; de sus ojos "grandes, azules y ligeramente protuberantes"; de su "célebre y devastador ingenio"; y de su fecundidad "parecida a la de Ceres". (En palabras de un contemporáneo, "su pólvora se enciende muy rápidamente"). Luis hizo de Athénaïs su principal amante durante casi una década, proveyéndola de fabulosos apartamentos en Versailles en el mismo piso que la reina y con un castillo propio en Clagny, donde daba empleo a 1.200 jardineros y donde llegó a plantar ocho mil narcisos en una sola estación. Y él utilizó su autoridad real para convertir en nobles con título a los niños que concibieron en la cama equivocada.
Durante gran parte de su reinado, Luis se las ingenió para pasar casi todas las noches con su esposa (con la que concebía religiosamente herederos potenciales al trono), dedicar varias horas a flirtear con su cortesana del momento y todavía dirigir la nación, sin los consejos de un primer ministro. Se requerían impresionantes arreglos logísticos. Fraser explica que cuando el rey, tan dedicado al logro de glorias militares como al respalndor sexual, hacía la guerra para ejercer su "adrenalina territorial", llevaba con él a toda su familia, que a veces equivalía a un harén real. En un triunfante incursión en Flandes en 1670, la "corte itinerante" de Luis incluía a la reina y dos amantes. Veintidós años después, con artritis y usando estimulantes para encender su propia yesca, Luis todavía insistió en llevar con él a "las damas" al sitio de Namur. Ahora, sin embargo, prefería la compañía de la relativamente seria Madame de Maintenon, asesora espiritual y única tutora de sus hijos con Athénaïs, que se convirtió en la segunda esposa de Luis mediante un matrimonio morganático secreto después de la muerte de María Teresa en 1683.
La historia marital, y coital, de la corte francesa de Fraser da una interesante perspectiva a un siglo que sufrió largas y sangrientas guerras en el continente y cambios de mando en casi todos los países, excepto Francia, donde Luis reinó por más de sesenta años. Prácticamente toda Europa era gobernada por un grupo de primos casados entre ellos, aunque los lazos familiares no les impedían hacerse la guerra. Quizás en el frente doméstico algún innato imperativo evolucionista, una conciencia de lo incestuoso de todo esto, llevó a muchos de ellos -no solamente a Luis XIV, sino también a Carlos II de Inglaterra y a un número de "príncipes de sangre"- a cometer adulterios compulsivos como un modo de expandir el acervo genético.
‘Love and Louis XIV' es, sin embargo, escaso de análisis, lo que puede no sorprender en un libro con burlonas notas al pie de página sobre la carta astrológica de Luis o del presunto tamaño de su "cetro". (Era pequeño, de acuerdo a una amante despechada). Fraser se divierte y, a los 74, con una docena de importantes obras historiográficas en su propio librero, ciertamente tiene derecho a divertirse. Pero me habría gustado saber más sobre las mujeres mismas -sobre los sentimientos de las amantes cuando debían marcharse de repente para dar a luz en secreto y volver horas después a sus deberes en la corte; sobre las reacciones de la reina a las uniones impuestas sobre ellos por oportunismo político, y a las aparentemente inevitables infedilidades de sus maridos. Fraser trata estos temas, pero no ofrece ninguna perspectiva interpretativa, como hizo tan convincentemente en ‘The Weaker Vessel', ‘The Warrior Queens' y ‘The Wives of Henry VIII'.
Como escritora de historia, Fraser ha incursionado en todos los géneros -biografías, estudios de grupo, incluso una crónica del infame Complot de la Pólvora de Inglaterra- y lo ha hecho estupendamente. Aunque ‘Love and Louis XIV' no está realmente a la altura de las exigentes normas de síntesis y propulsión narrativa de sus mejores trabajos, el libro es sin embargo entretenido e instructivo. En nuestra época obsesionada por la fama y el sexo, las andanzas extramaritales de los nobles del siglo 17 y la jadeante atención que les prestaba la población, suenan demasiado familiares. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que las cámaras de televisión sean invitadas a las mesas de parto de Angelina y Brad o Britney y K-Fed? Si las principales virtudes de ‘Love and Louis XIV' son sus chispeantes viñetas y agudos bosquejos de los personajes -ningún lector olvidará al nieto de Luis, el Duque de Bourgogne, un hombre que, como lo dice Saint-Simon, había "nacido furioso" y cuyo "método favorito de relajación era romper relojes"-, todavía debemos agradecer a Antonia Fraser por concebir un compañero tan excelente para tenderse en una cama y pensar en Francia.

Megan Marshall ha escrito ‘The Peabody Sisters: Three Women Who Ignited American Romanticism'.

Libro reseñado:
Love and Louis XIV. The Women in the Life of the Sun King
Antonia Fraser
Ilustrado
388 pp.
Nan A. Talese/Doubleday
$32.50

15 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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círculo íntimo de al-qaeda 2


[Robert F. Worth] Orígenes del movimiento yihadista.
La mayoría de las versiones sobre los orígenes de al-Qaeda empiezan con la invasión soviética de Afganistán en 1979. Ese acontecimiento y sus repercusiones han sido descritos tan a menudo en los últimos cinco años que han adquirido la cualidad de un macabro cuento con moraleja, invocado usualmente para ilustrar la fatal ignorancia de Estados Unidos sobre el grupo musulmán anticomunista que estaba apoyando. Fue en Afganistán que Osama bin Laden, el hijo de un magnate de la construcción saudí, puso primero a prueba sus ideas sobre la yihad, junto a guerreros afganos financiados por la CIA. La guerra de una década con los comunistas soviéticos y sus protegidos afganos despertó al mundo musulmán y fomentó la idea de que una banda de fanáticos podía derrotar a una superpotencia. Sus veteranos formaron rápidamente un fondo común de reclutas para el movimiento yihadista internacional. Y fue a Afganistán que retornó bin Laden en 1996 después de permanecer durante cuatro años en Sudán, dependiendo de los talibanes para su protección y construyendo y convirtiendo lentamente su organización en un frente terrorista global que atacaría a Estados Unidos.
El otro punto de partida mencionado frecuentemente es Arabia Saudí, la tierra de bin Laden, y el país que lleva el peso de la responsabilidad por exportar y financiar a la tendencia más extremadamente conservadora del islam conocida como el wahhabismo. No sólo bin Laden sino quince de los diecinueve secuestradores implicados en los atentados contra el World Trade Center eran de Arabia Saudí. Wright enfatiza la hostilidad de bin Laden hacia la familia real saudí durante y después de la Guerra del Golfo -cuando el régimen invitó al país a los infieles soldados norteamericanos- y el respaldo que él y algunos de sus colegas recibieron de poderosos saudíes, como el príncipe Turki, que fue el jefe de la inteligencia saudí de 1977 a 2001 y es ahora el embajador saudí ante Estados Unidos.
Wright piensa que los orígenes egipcios de al-Qaeda son igualmente importantes. El radical egipcio Sayyid Qutb (1906-1966), con el que Wright empieza su libro, es el santo patrono del moderno movimiento yihadista, y la fuente de algunos de sus principios centrales. Fue Qutb el que introdujo entre los árabes modernos el concepto, conocido como takfir, gracias al cual los musulmanes pueden eludir la prohibición coránica de matar a otros musulmanes, declarando apóstatas a sus enemigos. La idea se remonta a los primeros días del islam. Pero Qutb lo revivió, junto con la idea de que la yihad -la lucha, tal como él la veía, para remodelar la sociedad contemporánea de acuerdo a la ley musulmana- es una de las ideas centrales del islam. Desde el 2003, los terroristas sunníes afiliados a al-Qaeda, han invocado el principio takfir tan a menudo que los ahora los chiíes de Iraq se refieren a ellos habitualmente como takfiris.
La fuerte influencia de Qutb sobre el movimiento yihadista más amplio ha sido a menudo destacada desde el 2001, incluyendo a Wright mismo en The New Yorker. Pero Wright amplía su interpretación con nuevos materiales, principalmente sobre la estadía de dos años de Qutb en Estados Unidos entre 1948 y 1950. Escribe, por ejemplo, que Greeley, Colorado -donde Qutb pasó seis meses estudiando en el Colorado State College of Education- estaba lejos de ser la desenfrenada metrópolis que uno imagina a partir de las furiosas recriminaciones de Qutb contra la libertad sexual y la ausencia de piedad entre los norteamericanos. Fue fundada como una colonia de abstinentes y en esa época seguía siendo un lugar donde los lugareños eran creyentes practicantes, tenían un enorme respeto por los valores familiares y eran inusualmente bien educados. Gran parte de lo que Qutb vio en Estados Unidos podría haber atraído a un musulmán estricto; y la gente que lo conoció, observa Wright, lo recuerda como una persona amable, nunca crítico. Pero la universidad misma era progresista, con un alto porcentaje de alumnas. De acuerdo a Wright, Qutb quedó profundamente perturbado por sus encuentros con jóvenes mujeres con francas opiniones liberales sobre su propio lugar en la sociedad y sus relaciones con los hombres. Como sus descendientes ideológicos en al-Qaeda, llegó a odiar a Estados Unidos porque representaba el modo de vida moderno que estaba seduciendo a gente de su propio país hacia el laicismo y alejándolo del tipo de estado teocrático con el que soñaba, en el que los valores islámicos conservadores se impondrían sobre todos los aspectos de la vida.
Tras su retorno a Egipto, Qutb se convirtió en un intelectual radical de la Hermandad Musulmana; tuvo frecuentes conflictos con el régimen secular de Nasser, al que quería derrocar. Escribió sus dos libros más importantes durante su estancia en la cárcel a fines de los años cincuenta y, en 1966, fue ejecutado, presuntamente por participar en una conspiración para montar un golpe. Debido a sus influyentes escritos fue inmediatamente celebrado como mártir de la causa islamista. El heredero más directo de Qutb, y el personaje con el retrato más completamente logrado del libro de Wright, es Ayman al-Zawahiri. Aunque provenía de una familia acomodada, Zawahiri creció oyendo historias pías sobre el martirologio de Qutb de boca de un tío que había sido un protegido de Qutb.
A diferencia de bin Laden, muestra Wright, de niño Zawahiri era una excelente alumno y era capaz de una estricta autodisciplina. A los quince, el año en que Qutb fue ejecutado, colaboró en la formación de una célula clandestina para derrocar al gobierno laico egipcio e imponer en Egipto la ley islámica restaurando el califato, el gobierno de los clérigos musulmanes designados, que fue abolido en 1924. Más tarde, en los años setenta, mientras estudiaba medicina en la Universidad de El Cairo, Zawahiri fusionó su célula con varias otras células islamitas egipcias para formar un grupo llamado al-Yihad. Después de que los miembros de al-Yihad asesinaran al presidente egipcio Anwar Sadat en 1981, Zawahiri -entonces un médico practicante- fue arrestado y pasó tres años en una cárcel egipcia. Como muchos de sus compañeros, fue torturado, una experiencia que, según sugiere Wright, lo afectó profundamente y aceleró su transformación en un violento extremista.
Sin embargo, como la mayoría de los yihadistas, Zawahiri era estrictamente circunscrito en sus ambiciones. Los movimientos islamistas, en su mayor parte, habían estado tratando de derrocar, en el mundo musulmán, a gobiernos que consideraban decadentes y ateos y remplazarlos por las teocracias. En 1995 Zawahiri publicó un artículo titulado ‘El camino a Jerusalén pasa por El Cairo'. En casa, incluso la guerra en Israel era un tema secundario.
Al-Qaeda mismo había limitado sus objetivos cuando se fundó en Pakistán en 1988. En esa época, bin Laden y otros fundadores querían una fuerza yihadista internacional, principalmente para luchar contra los comunistas en Afganistán y otros países asiáticos musulmanes. De ahí el nuevo nombre del grupo, que quiere decir ‘base sólida' o ‘base militar' de la anhelada sociedad islámica. Los nuevos miembros hicieron un juramento de lealtad a bin Laden rellenando varios certificados por triplicado, y jurando no revelar los secretos. A cambio, recibían un salario de mil dólares al mes, un billete ida-y-vuelta al año para salir de vacaciones durante un mes y un seguro médico. El grupo tenía una constitución, un reglamento, y campos de adiestramiento. Sin embargo, durante años, sus objetivos estuvieron flojamente definidos. Algunos de sus miembros querían derrocar a gobiernos árabes, pero el tema de atacar a Occidente apareció recién a mediados de los años noventa.
¿Por qué, entonces, decidió al-Qaeda atacar a Estados Unidos? De acuerdo a algunas versiones, desde que Sayyid Qutb visitara Estados Unidos, muchos musulmanes conocían al Occidente cristiano -y Estados Unidos en particular- como la fuente cultural y filosófica de todo lo que odiaban con más intensidad y el patrocinador de sus enemigos laicos en casa. El apoyo de Estados Unidos a Israel profundizó su posición, así como la invasión norteamericana de Iraq en 1991 y el despliegue de tropas estadounidenses en Arabia Saudí, el que era considerado como una violación de los lugares sagrados.
A mediados de los años noventa, los movimientos yihadistas locales en Oriente Medio estaban desorientados. Es verdad que el movimiento revolucionario islamita logró imponerse en Sudán después de 1989 y que el gobierno talibán llegó al poder en Afganistán en 1996. Pero aparte esos logros en la periferia de la región, los yihadistas no habían logrado instalar ni un solo grupo musulmán revolucionario en el poder a pesar de años de esfuerzos. Los gobiernos de Egipto y Argelia estaban reprimiendo brutalmente a los veteranos de la yihad afgana y muchos se apartaron de las acciones. A diferencia de todos los demás, los líderes de al-Qaeda han sentido la necesidad de imponer un propósito unificado y un programa sobre los beligerantes guerreros sagrados que formaban su base. "Con un enemigo cercano imbatible en su propio territorio, la única solución era empezar una yihad contra el enemigo lejano", escribe Daniel Benjamin y Steven Simo en ‘The Age of Sacred Terror' [3], una conclusión aceptada por muchos otros.
Wright no está de acuerdo. La decisión de al-Qaeda de atacar a Estados Unidos, propone, surgió en gran parte de la influencia mutua y colaboración de sus dos cabecillas, Zawahiri y bin Laden, a mediados de los años noventa. Zawahiri, a pesar de sus capacidades técnicas y organizativas, era raro y llevaba gafas, reservado y arrogante. De acuerdo a Wright, uno de los compañeros de célula de Zawahiri en Egipto observó poco después de conocerlo, que había "algo raro" en él. Le dijo a Zawahiri: "Si eres miembro de otro grupo, no puedes ser el jefe". Esas palabras fueron proféticas. La organización egipcia de Zawahiri, al-Yihad, sufrió repetidos reveces. Para cuando se unió a bin Laden en Afganistán a mediados de los noventa, al-Yihad se había fragmentado, era detestada por todo el mundo, y se dispersó.
Bin Laden, en cambio, era elegante y atractivo, y alto (aunque Wright insiste en que era de un metro ochenta, y no un metro noventa y ocho, como han reportado otros). Como heredero de la más rica familia saudí, tenía el dinero y los contactos de los que carecía Zawahiri. Su intensa piedad parece haber encendido el respeto por otros hombres desde temprana edad. Además, su experiencia en Arabia Saudí, Afganistán y Sudán y su enraizado odio de Estados Unidos le había dado más ambiciones internacionales para el movimiento yihadista. Mientras Zawahiri era disciplinado y concentrado, bin Laden era torpe y a veces parecía fallar como líder. Pero bin Laden tenía un carisma natural y seducía al público de un modo que serviría para al-Qaeda.
Zawahiri y bin Laden eran algo más que un buen equipo. Se formaron mutuamente. Cuando se conocieron en Afganistán a mediados de los años ochenta, bin Laden, en la versión de Wright, era más un voluntario que un terrorista, y un rico joven saudí que repartía nueces y chocolates a los combatientes árabes que le insistían que debía pensarse a sí mismo como un soldado. Zawahiri le introdujo también a la táctica de los atentados suicidas de al-Qaeda, convenciendo a sus líderes que la práctica era aceptable de acuerdo al derecho islámico. Por su parte, bin Laden tenía un informe anhelo de castigar a Occidente, exacerbado por su indignación por la decisión del gobierno saudí de permitir bases militares estadounidenses en la península árabe en 1991. Llevó a Zawahiri de vuelta a Afganistán a mediados de los años noventa, y sus organizaciones, al-Yihad y al-Qaeda, se fusionaron formalmente en junio de 2001.
Para entonces, el campaña de al-Qaeda contra Occidente ya estaba en camino. Las primeras incursiones empezaron en 1993, cuando, aparentemente, bin Laden envió un pequeño contingente de hombres a pelear contra las tropas norteamericanas en Somalia. También es posible que haya contribuido a financiar el atentado de 1993 contra el World Trade Center, cuyo cerebro fue Ramzi Yousef (cuyo tío, Khalid Shaikh Muhammad sería uno de los principales arquitectos de los atentados del 11 de septiembre). De acuerdo al príncipe Turki, ex ministro de inteligencia saudí, el primer ataque terrorista de al-Qaeda fue el atentado con bomba de noviembre de 1995 contra el edificio de la Guardia Nacional Saudí en Riyad, en el que murieron cinco estadounidenses.
Un año más tarde, el grupo se hizo público cuando bin Laden lanzó su ‘Declaración de guerra contra los ocupantes norteamericanos de la tierra de los dos santuarios'. En 1998, pocos meses antes de los devastadores ataques contra dos embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania, amplió ese mensaje, haciendo un llamado al asesinato de "los norteamericanos y sus aliados, civiles y militares" en todo el mundo.
Los dos hombres pueden ser vistos, propone Wright, uno como el irritable ideólogo y el otro como el carismático soñador, cuyas sensibilidades y capacidades combinadas produjeron algo nuevo. Como escribe Wright: "La dinámica de la relación entre los dos convirtieron a Zawahiri y bin Laden en personas que no habrían existido nunca individualmente; además, la organización que crearían, al-Qaeda, sería un vector de esas fuerzas, una egipcia, saudí la otra. Los dos harían compromisos para adaptar sus objetivos al otro; como resultado, al-Qaeda optaría por un solo sendero: el de la yihad global".
La tesis de Wright no es completamente original. Tanto Fawaz Gerges como el abogado egipcio Montasser al-Zayyat han escrito sobre la influencia mutua de bin Laden y Zawahiri al explicar el cambio hacia blancos estadounidenses. Pero lo mencionan como un factor entre otros. Más convincentemente que los otros autores que he leído, Wright ha sido capaz de reconstruir retratos detallados de los dos hombres y los efectos de su amistad sobre los objetivos más amplios del movimiento yihadista.

Notas
[3] Random House, 2002, p. 120.

Libro reseñado:
The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
Knopf
469 pp.
$27.95

10 de octubre de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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círculo íntimo de al-qaeda 1


[Robert F. Worth] La vieja guardia yihadista sigue activa.
Cinco años después de los atentados del 11 de septiembre, Osama bin Laden es una figura disminuida. El presidente Bush ha empezado a mencionarlo de nuevo en sus últimos discursos, pero sobre todo para realzar el éxito estadounidense en la neutralización y aislamiento de los cabecillas de al-Qaeda. El año pasado, la CIA desmanteló la Alec Station, la unidad destinada a la cacería de bin Laden y sus principales lugartenientes. El gobierno norteamericano parece considerar al terrorista más famoso del mundo como una estrella apagada, todavía fugitivo en un escondite en la montaña, pero en gran parte irrelevante. Ahora se pone mayor énfasis -al menos en público- en una nueva generación de yihadistas en Europa, Asia y América del Norte, cuyos nombres nadie conoce. Al-Qaeda es vista como amenazadora no tanto a causa de sus famosos cabecillas sino porque es considerada como un virus ideológico -una espora que flota invisible a través de las fronteras y se duplica a sí misma en todas partes donde hay jóvenes descontentos y conexiones con internet.
Sin embargo, con ocasión del quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, al-Qaeda fue capaz de distribuir un nuevo video mostrando a bin Laden y otros yihadistas cuando planeaban los atentados de 2001; y otro video en el que Ayman al-Zawahiri, el miope lugarteniente de bin Laden, amenaza con nuevos atentados en Israel y los países del Golfo Arábigo. A principios de julio, Zawahiri también apareció en otro video afirmando que los militantes británicos que perpetraron los atentados en el metro y un autobús en Londres el año pasado no eran, después de todo, terroristas domésticos. En lugar de eso, dijo, eran veteranos de un anticuado campo de adiestramiento de al-Qaeda, presumiblemente en Pakistán o Afganistán. Si no estaba mintiendo -y es raro que los cabecillas de al-Qaeda hagan esas afirmaciones-, el video de Zawahiri parece sugerir que la vieja guardia todavía conserva algún poder. De acuerdo a varios informes de prensa, al menos uno de los británicos detenidos en agosto en una conspiración para hacer explotar aviones de pasajeros sobre el Atlántico, también tendría vínculos con al-Qaeda.
Esto está lejos de constituir evidencias convincentes de que al-Qaeda fue responsable de la conspiración. Pero sería imprudente asumir que los atentados en el metro y en el autobús o la conspiración frustada contra los aviones fueron enteramente el trabajo de novicios autodidactas. A pesar de la cháchara sobre que al-Qaeda ha entrado en una nueva fase basada en redes anónimas, los grupos terroristas son a menudo organizaciones similares a las sectas, en las que dominan los líderes carismáticos. Esto ha sido así en el caso de bin Laden, y de Abu Musab al-Zarqawi en Iraq; y será probablemente así también en el caso de futuros grupos terroristas, no importa lo remotos que sean sus seguidores.
Para escribir ‘The Looming Tower', Lawrence Wright pasó casi cinco años localizando a ex compañeros y amigos de bin Laden y Zawahiri en Egipto, Arabia Saudí, Yemen y Sudán, algunos de los cuales -por lo que sé- no habían hablado nunca con periodistas.[1] También recurrió a investigación de archivos y trató de reconciliar versiones contradictorias de algunos acontecimientos. El resultado es un fascinante relato de cómo era la vida dentro del circulo íntimo de al-Qaeda. Por ejemplo, Wright informa que a Umm Abdullah, ‘la primera en rango' de las cuatro esposas de bin Laden, le gustaba correr en el patio interior de su terreno en Afganistán en ropa de gimnasia de estilo occidental y se sentía atraída por caros cosméticos y lencería americanos. Wright muestra que bin Laden, en Arabia Saudí, Sudán o Afganistán, no rompía con sus orígenes como hijo de uno de los empresarios más ricos de Arabia Saudí.
Algunos escritores han propuesto que lo que pasó el 11 de septiembre de 2001 era prácticamente inevitable como la expresión de un movimiento yihadista más amplio cuyos participantes individuales casi no importan. Algunos han acusado al gobierno de Bush de exagerar la importancia de bin Laden, sea por razones políticas o por ignorancia. Los cabecillas de al-Qaeda capturados desde el 11 de septiembre pueden haber contribuido a difundir el mito en un intento de minimizar su propia participación en la organización y obtener así clemencia. De acuerdo a Fawaz Gerges, comentarista sobre Oriente Medio y estudioso del islam radical, el influyente informe de la Comisión del 11/9 aumenta la estatura de bin Laden debido a que descansa muy fuertemente en el testimonio de ese tipo de prisioneros, cuyo testimonio fue obtenido después de torturas por asfixia y otros apremios. [2] Esa acusación no se puede hacer contra Wright, cuya versión se basa en gran parte en entrevistas con ex yihadistas. Su libro incluye un postscriptum comentando sus fuentes y una lista de la gente que entrevistó, información que es bienvenida en un terreno en el que las fuentes son a menudo poco fiables y donde la erudición ha sido a menudo deficiente.
La conclusión de Wright es algo polémica. Uno se puede preguntar, escribe, "si el 11 de septiembre o alguna tragedia similar habría ocurrido sin que lo dirigiera bin Laden. La respuesta, ciertamente, es negativa. En realidad, las placas tectónicas de la historia estuvieron moviéndose, fomentando un período de conflicto entre Occidente y el mundo musulmán; sin embargo, el carisma y la visión de unos pocos individuos dio forma a la naturaleza de esta contienda".
Wright propone una explicación paralela de la incapacidad norteamericana para impedir los atentados del 11 de septiembre. No fue, escribe, simplemente un fracaso atribuible a la falta de comunicación entre el FBI y la CIA. En lugar de eso, las vendettas personales entre importantes funcionarios, como entre John O'Neill, jefe de contraterrorismo del FBI, y Michael Scheuer, su contraparte de la CIA, impidieron que las dos agencias compartieran información, como deberían haber hecho.
A veces, Wright parece ir demasiado lejos, presentando a bin Laden y sus colegas como representando a todo el movimiento yihadista, y tiene poco que decir sobre las divisiones políticas entre los musulmanes, y sobre los diferentes objetivos de grupos como la Hermandad Musulmana en Egipto, y Hezbollah en el Líbano. Pero entrega un relato finamente ponderado tanto de la colaboración entre los terroristas, como de la rivalidad entre la CIA y el FBI.

Notas
[1] Wright ha dicho que su interés en escribir el libro surgió tras haber escrito, en colaboración con el guión de la película ‘The Siege' de 1998, en la que un grupo de terroristas hacer volar el Edificio Federal de Manhattan, provocando una represión de los sospechosos de terrorismo y de las libertades civiles. En un momento en ‘The Looming Tower', Wright describe que los lugartenientes de bin Laden miraban películas de Hollywood en videos en su terreno en Afganistán cuando se esforzaban por refinar la trama que provocaría los atentados del 11 de septiembre de 2001. En las notas a este pasaje, escribe: "En interés de una revelación completa, la película del propio autor, ‘The Siege', fue también vista por miembros de al-Aqeda".
[2] Véase Fawaz A. Gerges, ‘The Far Enemy: Why Jihad Went Global' (Cambridge University Press, 2005), pp. 16–21. El tratamiento de Gerges a la importancia de las personalidades carismáticas en los grupos yihadistas (pp/ 34-42) me parece convincente.

Libro reseñado:
The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
Knopf
469 pp.
$27.95

10 de octubre de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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hepburn, más allá de la pantalla


[Janet Maslin] Historia de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.
William J. Mann, el último biógrafo de Katharine Hepburn, dice que el padre de Hepburn todavía estaba pagando sus cuentas cuando este arisco y almidonado y práctico símbolo americano tenía 43 años. No que hubiese algo malo en ello: él simplemente usaba el sueldo de su hija para cubrir sus gastos. Y ella puede haber estado demasiado ocupada como para ocuparse de su administración. Lo que pasa es que este detalle, y muchos otros similares que Mann ha reunido en ‘Kate: The Woman Who Was Hepburn', contradice lo esencial de la imagen pública de Hepburn. Y según las evidencias de Mann la imagen pública interesaba mucho más a Hepburn de lo que dejaba ver.
Si el recuerdo de Katharine Hepburn fuera un producto, estaría ahora seriamente sobrevendido. Biógrafo tras biógrafo -entre ellos Garson Kanin, A. Scott Berg y Barbara Leaming- han tratado de empaquetar e inmortalizar la mística de Hepburn. Y todos ellos tenían alguna intención propia. Incluso Hepburn (la autora de ‘Me') no era nada de torpe a la hora de vender la historia de Hepburn.
Ahora todo el mundo con alguna noción incluso superficial del Hollywood clásico ha absorbido algo del folclore de Hepburn. Para empezar, su historia se cruzó con las de George Cukor, John Huston, John Ford, Howard Hughes, Leland Hayward y David O. Selznick. Su relación fuera de la pantalla con Spencer Tracy era tan bien conocida como sus películas.
Ha invitado tanto a la deificación como el rencor, con algo de la rabia extraordinariamente viciosa. Sobre la aparición de Hepburn en ‘Coco', en Broadway, a fines de los años sesenta, Cecil Beaton, el diseñador del espectáculo, escribió: "Es increíble, inverosímil que todavía se pueda exhibir en público".
Mann la exhibe una vez más en público, pero está consciente que es problemático. "Nadie necesita otra biografía más que cuente, otra vez, cómo Spencer Tracy -o Joe Mankiewicz- o algún otro juraron bajarle los humos a la Hepburn", escribe con grata franqueza. Ni nadie necesita reclamarse de una amistad íntima y fluida con la adorable e irascible estrella. Pero Mann tiene un objetivo más frío en mente: examinar razonablemente las diferencias en los modos en que Hepburn decidió presentarse a sí misma y los actos de su vida.
"La brillantez y singular devoción que dedicó a la creación y mantención de su imagen pública debería inspirar sobrecogimiento, especialmente cuando ves todo lo que había detrás", escribe.
Aunque Mann no modela su libro artificialmente como una pieza en tres actos, se convierte naturalmente en una. La primera parte tiene que ver con los años formativos, empezando con la juvenil encarnación de Hepburn de un niño de pelo corto llamado Jimmy. El libro ve esa presencia masculina como una parte fija de su identidad, y quizás la parte más importante.
"No creció para ser el tipo de mujer que es madre", escribe Mann. "Katharine Hepburn creció para ser el tipo de hombre que es padre".
‘Kate' disecciona el mito de la fogosa y combativa familia Hepburn y encuentra algo menos generoso. Sobre el temperamento de su padre, un amigo de Hepburn, Max Showalter, dijo una vez: "Kate cuenta muchas historias de su infancia en que la vemos subiendo a la copa de los árboles, negándose a bajar. ¿Te has preguntando que la hacía hacer eso?"
Aunque ‘Kate' se basa en nuevas e inusuales fuentes e investigaciones y cuenta con numerosas notas, el origen de esta afirmación no aparece especificado. Pero hay que mencionar que Mann no utiliza materiales de los que no pudo encontrar fuentes primarias.
'Kate' deduce que las relaciones posteriores de Hepburn con los hombres reflejaron el matrimonio de sus padres: una mujer aparentemente fuerte e independiente como la sumisa cuidadora de un hombre dominante. Y ve la auto-destrucción y la confusión sexual de su hermano mayor, Tommy (que murió a los quince, aparentemente por suicidio), como cualidades que moldearon los vínculos posteriores de Hepburn.
Mann atribuye bisexualidad a casi todos los hombres con los que Hepburn estuvo relacionada alguna vez. También otorga gran importancia a un hombre llamado Scotty, que gestionaba una gasolinera cerca de la casa de Cukor y dispensaba más que gasolina. Scotty dice incluso que Spencer Tracy fue una de sus parejas sexuales. El libro trata esas revelaciones con más curiosidad que lascivia. Mann sostiene plausiblemente que su verdadero interés es cómo se esculpió y mantuvo la gran fábula del romance Tracy-Hepburn.
El pulpo en el garaje, como lo describe el autor, es por supuesto el afecto de toda la vida de Hepburn por las mujeres. Desde su temprana amiga Laura Harding, que se describía a sí misma como ‘el marido de la señorita Hepburn', a Phyllis Wilbourn, una acompañante de 40 años sobre la que Hepburn dijo: "Phyllis y yo somos una sola", las mujeres figuran prominentemente en la mente de Mann. Su objetivo es menos detectar relaciones lésbicas que reiterar la enorme divergencia entre la imagen pública y privada de Hepburn.
‘Kate' es más interesante en su tercera parte. Describe la larga vida en el escenario de Hepburn después de que sus días de glamour en Hollywood habían terminado. "Las personalidades cinematográficas van y vienen, pero Khatahrine Hepburn tenía la intención que quedarse más tiempo", escribe. "El único modo de hacerlo era convirtiéndose en una institución". Si no hubiese decidido aparecer tan estratégicamente en ‘La reina de África' [The African Queen] (o, en otros momentos, ‘León en invierno' [The Lion in Winter], ‘Adivina quién viene esta noche' [Guess Who Is Coming To Dinner] y ‘En el estanque dorado' [On Golden Pond]), su historia habría sido bastante más corriente.
‘Kate' es un libro gordo y desigual. Y hay partes que se limitan a recapitular o disputar las interpretaciones de otros biógrafos. Pero los puntos fuertes de Mann son su capacidad analítica y sus ingeniosas búsquedas. Y escribe sin veneno; no está indecorosamente obsesionado con los pecados de Hepburn. Así que logra lo que se propone. ‘Kate' es la versión realista de uno de los cuentos de hadas favoritos de Estados Unidos.

Libro reseñado:
Kate. The Woman Who Was Hepburn
William J. Mann
Ilustrado, 621 páginas
Henry Holt & Company
$30

2 de octubre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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fanáticos en bicicleta


[William Grimes] Asesinatos políticos en Holanda. Chocando contra los límites en un país otrora tolerante.
Hay dos asesinatos en ‘Murder in Amsterdam'. El primero ocurrió el 6 de mayo de 2002, cuando un partidario de los derechos de los animales mató a balazos, por razones aún oscuras, a Pim Fortuyn, un carismático político con un programa populista que combinaba el conservadurismo de ley y orden, el rechazo de la inmigración y el movimiento de liberación homosexual. Casi un año y medio después, un joven holandés musulmán, hijo de padres marroquíes, indignado por una película que criticaba al islam, asesinó al cineasta y provocador Theo van Gogh a plena luz del día. Como un gesto de despedida, clavó con un cuchillo un manifiesto en el cuerpo aún tembloroso de su víctima. Todo fue, como lo dijo el primer ministro de los Países Bajos, "muy poco holandés".
Bueno, quizás fue más holandés de lo que parecía, propone Ian Buruma en su sagaz y sutil investigación de las tensiones y resentimientos subyacentes a dos de los acontecimientos más estremecedores de la historia reciente de Holanda. En primer lugar, los dos asesinos llegaron al sitio del suceso en bicicleta. Más seriamente, los dos asesinatos representan el tipo de batalla campal moral que puede ser considerada como una especialidad holandesa. Los asesinatos fueron, en cierto sentido, ‘asesinatos por principios'.
Buruma escribe: "Es característico del calvinismo sostener demasiado rígidamente sus principios morales, y esto puede ser considerado tanto un vicio como una virtud de los holandeses".
Buruma se ha especializado en el estudio de culturas extranjeras, normalmente asiáticas, en libros como ‘God's Dust: A Modern Asian Journey' e ‘La creación de Japón' [Inventing Japan]. Los asesinatos de van Gogh y Fortuyn lo llevaron a un lugar inesperado: su propio país.
Buruma creció en La Haya, pero el país al que retornó en este libro es prácticamente irreconocible para él, transformado por grandes contingentes de inmigrantes musulmanes de Turquía y Marruecos. El experimento multicultural, a pesar de las liberales políticas de inmigración del gobierno y generosos servicios sociales, no ha resultado bien y Buruma quiere saber por qué.
No hay una respuesta simple, descubre el autor mientras entrevista a asistentes sociales, historiadores, políticos y escritores, algunos holandeses, otros inmigrantes o hijos de inmigrantes. Sin embargo, hay prometedoras rutas por explorar, lo que hace de manera económica y sugerente. Describe la evolución de Holanda de un país somnoliento y racialmente homogéneo a un refugio multicultural para inmigrantes, muchos musulmanes. También incursiona en las historias personales de las víctimas y sus asesinos, tratando de exponer las averías sociales que llevaron a los asesinatos. El tema en común es la inmigración y sus desencantos, según huéspedes y anfitriones por igual.
El inverosímil Fortuyn se nutrió de una profunda ansiedad pública sobre la inmigración, la globalización y el carácter nacional. Personalmente escandaloso, arrojaba insultos contra el liberalismo holandés, ridiculizando su tolerancia hacia las prácticas culturales musulmanas que consideraba contradictorias con la libertad social.
Van Gogh, un tábano social que se describía a sí mismo como el loco nacional del pueblo, se dedicaba a insultar al islam, del mismo modo que se esforzaba por insultar a la clase política y en realidad a todo lo que estuviera a su alcance: una vez llamó a Jesús "ese pescado podrido de Nazaret". Cometió un error de cálculo cuando, con la inmigrante somalí Ayaan Hirsi Ali, dirigió la película ‘Submission', en la que se proyectan, sobre cuerpos femeninos desnudos, versos del Corán sobre el rol de las mujeres.
Los holandeses, escribe Buruma, disfrutan de la ironía, y quizás debido a que su vida política es tan aburrida, gozan con las afirmaciones escandalosas. Esta inclinación no es compartida por los inmigrantes musulmanes del país. "Esa fue la increíble ironía de su vida", escribe Buruma. "Van Gogh, más que ningún otro, había llamado la atención sobre los peligros de las violentas pasiones religiosas, y sin embargo se comportaba como si estas no implicasen nada para él".
Holandés por educación, Buruma logra reconocer los matices y hebras históricas que otros escritores pudieron haber fácilmente pasado por alto. Sostiene que el argumento sobre la inmigración no puede ser entendido sin considerar la larga sombra de la Segunda Guerra Mundial y Ana Frank. Cuestiones sobre la identidad nacional, la raza y la tolerancia están realmente muy recargadas. "Nunca más, decían los bien intencionados defensores del ideal multicultural, debe Holanda traicionar a una minoría religiosa", escribe Buruma.
Esa minoría hierve. En particular, a los hijos de bereberes pobres de Marruecos, a menudo analfabetos, no les ha ido demasiado bien en Holanda, y Buruma, con gran finura, explora la sensación de postergación y alienación cultural de Muhammad Bouyeri, el asesino de van Gogh, y otros jóvenes musulmanes atraídos por el fundamentalismo islámico. Para los productos de rígidas sociedades tribales, la libertad holandesa ha demostrado a menudo ser opresiva, y aquí Buruma sugiere que el islam quizás no sea lo principal.
"Más pertinente", escribe, "es la cuestión de la autoridad, de no perder la cara en una familia en la que el padre apenas puede dar orientación, y en una sociedad en la que para un joven marroquí es más fácil obtener un subsidio que respeto".
Fortuyn ofrecía una solución simple. Los extranjeros que no aceptaran los valores holandeses, deberían marcharse. Absolutistas de la ilustración como Hirsi Ali y van Gogh sufrían ataques de apoplejía ante cualquier asomo de apaciguar o acomodarse con los musulmanes sobre, digamos, los derechos homosexuales o los derechos de las mujeres, y no estaban solos.
"Encuentro terrible que debamos ofrecer seguridad social o subsidios a personas que se niegan a darle la mano a una mujer", le dice a Buruma una feminista de izquierda.
Dos asesinatos han dejado a los ciudadanos de dos culturas, que viven en el mismo país, observándose mutuamente por sobre una brecha y preguntándose cómo seguir adelante. Buruma no está seguro, y al final desaparece en una nube de humos retóricos. Trazadas las líneas de la batalla, expresa la esperanza de que la razón y la moderación prevalecerán en ambos campos. Los sentimientos suenan dulces en los oídos sintonizados con esa frecuencia particular. La pregunta es cómo transmitírselos a fanáticos en bicicleta.

Libro reseñado
Murder in Amsterdam. The Death of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance
Ian Buruma
278 pp.
The Penguin Press
$24.95

14 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh
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evolución de al-qaeda


[Michiko Kakutani] Y los entrelazados senderos que llevaron al 11 de septiembre de 2001.
‘The Looming Tower', el título del nuevo y extraordinario libro de Lawrence Wright sobre Al Qaeda y el 11 de septiembre de 2001, se refiere no solamente a las arrasadas torres del World Trade Center, sino también a un pasaje del Corán, que Osama bin Laden citó varias veces en un discurso exhortando a los diecinueve secuestradores a convertirse en mártires de su causa: "Donde quiera que estéis, la muerte os encontrará incluso en la elevada torre".
El libro de Wright, basado en más de quinientas entrevistas -con gente como el mejor amigo de bin Laden en la universidad, Jamal Khalifa, ya Yosri Fouda, periodista de Al Yazira, Richard A. Clarke, el ex jefe de contraterrorismo de la Casa Blanca- proporciona al lector una cauterizante visión de los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001, una visión que es a la vez desgarradoramente íntima y osadamente radical en su perspectiva histórica.
Aunque los contornos generales de la historia han sido descritos muchas, muchas veces antes, Wright la cuenta con una miríada de nuevos pormenores y una aguda capacidad para situar los acontecimientos que describe en un contexto cultural y político más amplio. Y al concentrarse en las vidas y carreras de varios participantes claves en el "camino al 11 de septiembre" -es decir, bin Laden; su lugarteniente, Ayman al-Zawahri; el ex jefe del servicio de inteligencia saudí, el príncipe Turki al-Faisalk; y el jefe de contraterrorismo del FBI, John O'Neill-, logra escribir una historia narrativa que posee la inmediatez y vigor emocional de una novela, una historia que ilustra indeleblemente cómo lo político y lo personal, lo público y lo privado a menudo se presentan inextricablemente entrelazados.
El libro de Wright propone que "el carisma y la visión de unos pocos individuos modeló la naturaleza" de la contienda entre el islam y Occidente. Aunque "las placas tectónicas de la historia estaban ciertamente moviéndose", fomentando un período de conflicto entre esas dos culturas, dice, la emergencia de Al Qaeda "dependió de una conjunción única de personalidades" -muy especialmente, Zawahri, que fomentaba la noción apocalíptica de que sólo la violencia podía cambiar el curso de la historia, y bin Laden, cuya visión global y liderazgo "mantuvieron unida a una organización que había fracasado y había sido expulsada al exilio".
El libro también sugiere que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 no eran inevitables. Más bien, la mala suerte, la confluencia de decisiones particulares y encuentros fortuitos, la vacilación de parte de funcionarios de Estados Unidos y una serie de absurdas guerras territoriales entre la CIA y el FBI fueron factores que contribuyeron todos al éxito de Al Qaeda en la ejecución de sus viles planes ese soleado día de septiembre.
Comparado con los autores Peter L. Bergen (‘Holy War: Inside the Secret World of Osama bin Laden') y Jonathan Randal (‘Osama: the Making of a Terrorist'), Wright gasta menos tiempos en el crucial papel que jugó la yihad antisoviética en Afganistán a la hora de dar forma a la causa yihadista. En lugar de eso, se ha basado en documentos en árabe y un montón de entrevistas con yihadistas para entregar una impresionante historia de los muchos eventos formativos que modelaron a Al Qaeda en el curso de los años y el largo y tortuoso camino de bin Laden hacia la guerra contra Estados Unidos. Su libro proporciona una visión de impresionante detalle de la vida diaria al interior de Al Qaeda y de los motivos, aprensiones y objetivos políticos de miembros individuales.
Wright empieza su historia con una versión de la vida de Sayyid Qutb, el padre intelectual del movimiento islámico: cuenta cómo una estadía en Estados Unidos a fines de los años cuarenta radicalizó al profesor egipcio, cómo fue más tarde metido en prisión por el régimen de Gamal Abdel Nasser, y cómo sus escritos y eventual ejecución en 1966 lo convirtieron en un mártir y un héroe de un naciente movimiento revolucionario. Wright pasa luego a describir la radicalización de bin Laden, el heredero de una de las más grandes fortunas de Arabia Saudí, que se convirtió de un niño tímido que adoraba la serie de televisión estadounidense ‘Bonanza' en un solemne y beato adolescente influido, dicen algunos, por un carismático profesor de gimnasia sirio que era miembro de la organización de los Hermanos Musulmanes.
Zawahri, un médico egipcio al que bin Laden conoció en Peshawar en los años ochenta, debe haber tenido un impacto formativo todavía más fuerte. En realidad, Zawahri emerge en este libro como un diabólico mentor, apretando cada vez más "el nudo de la influencia que estaba ejerciendo" sobre el joven saudí rodeándolo de guardaespaldas cuidadosamente elegidos y encargándose de su tratamiento médico (posiblemente la enfermedad de Addison). Wright dice que antes de conocer a Zawahri, bin Laden "no era un gran pensador político" y cita a su primer biógrafo saudí, Essam Deraz, diciendo que pensaba que bin Laden tenía el potencial de llegar a ser "otro Eisenhower", convirtiendo la fama que había conquistado luchando contra los soviéticos en Afganistán en una vida política pacífica. Pero eso no estaba en los planes de Zawahri.
Fue Zawahri, cuya inexorable determinación fue reforzada por las torturas que debió soportar en las cárceles egipcias cuando era joven, observa Wright, quien introdujo a los terroristas suicidas. Y fue Zawahri quien estuvo empecinado desde el principio en utilizar armas biológicas y químicas. En cuanto a bin Laden aparentemente le tomó mucho tiempo, después de un período en Afganistán, concentrarse en su siguiente plan de acción.
Durante su exilio de Arabia Saudí en el Sudán, dice Wright, bin Laden "estaba flaqueando: la seducción de la paz era tan fuerte como el grito de guerra de la yihad". La agricultura "conquistó su imaginación" y, se dice, le dijo a varios amigos que estaba pensando en abandonar Al Qaeda y dedicarse a la agricultura.
Sin embargo, como cuenta Wright, la continuada presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí (después de la primera guerra del Golfo Pérsico) continuaron royendo a bin Laden, y el movimiento de tropas americanas en Somalia en 1992 (en una misión de ayuda humanitaria) hizo que Al Qaeda se sintiera cada vez más cercada. En reuniones realizadas a fines de 1992, el grupo "dejó de ser el ejército islámico anticomunista que bin Laden había previsto originalmente y se convirtió en una organización terrorista dedicada a atacar a Estados Unidos".
Wright traza no solamente cómo evolucionó Al Qaeda -de opositor de dos enemigos de Estados Unidos (la Unión Soviética y Saddam Hussein) a su enemigo jurado- sino también da al lector una impresión visceral de la vida día a día en sus campos de adiestramiento. Sus descripciones corresponden con la observación hecha por otros expertos, como el ex agente de la CIA Michael Scheuer, de que bin Laden no se oponía a Estados Unidos por su cultura e ideas sino por sus acciones políticas y militares en el mundo musulmán. Wright observa que bin Laden permitió que sus hijos más jóvenes jugaran Nintendo y que los reclutas de Al Qaeda miraran a menudo películas de suspenso de Hollywood por las noches (las películas de Arnold Schwarzenegger eran especialmente favoritas) en un intento de hacerse con datos útiles. Una de las esposas de bin Laden pedía "cosméticos y lencería de marca, prefiriendo los productos estadounidenses"; otra tiene un doctorado en psicología infantil.
Intercalados con los retratos de bin Laden y de Zawahri son igualmente convincentes los del flamante jefe de contraterrorismo del FBI, John O'Neill (que murió ese 11 de septiembre tras abandonar el buró para convertirse en el jefe de seguridad del World Trade Center) y un pequeño grupo de operativos de la CIA y del FBI, que durante años mostraron su inquietud sobre Al Qaeda y en los meses precedentes al 11 de septiembre trabajaron furiosamente, frente a la complacencia burocrática y a riñas internas, por abortar un posible ataque.
Los errores de la CIA, del FBI y de la NSA en cuanto a compartir información -y su incapacidad para detectar a los secuestradores del 11 de septiembre- han sido voluminosamente documentados antes, pero la historia de Wright es lúcida y desconcertante y subraya la estupidez, soberbia y abandono de deberes que ocurrieron al interior del gobierno de Estados Unidos con inusual potencia y resonancia.
Wright es igualmente cáustico sobre los gobiernos de Bush y Clinton. Observa que el terrorismo gozó de baja prioridad para la Casa Blanca de Bush cuando este asumió en enero de 2001. Y como Bergen y Randal, argumenta que la reacción del gobierno de Clinton ante los atentados con bomba contra las embajadas en África en 1998 -el lanzamiento de misiles contra un campo de adiestramiento de Al Qaeda en Afganistán y el intento frustrado de matar a bin Laden- ayudaron a convertir al terrorista en una celebridad global y le permitieron transformarse en un mito.
El objetivo de bin Laden al atacar las embajadas norteamericanas y atentar contra el destructor americano Cole en 2000, dice Wright, era "atraer a Estados Unidos hacia la misma trampa en la que habían caído los soviéticos en Afganistán: "Su estrategia era atacar continuamente hasta que las fuerzas norteamericanas invadieran el país; entonces los muyahedines caerían en tropel sobre ellos y los desangrarían hasta que cayera todo el imperio norteamericano. Le había ocurrido ya a Gran Bretaña y la Unión Soviética. Estaba seguro de que ocurriría con Estados Unidos". Cuando ni los atentados contra las embajadas ni el atentado con el Cole fueron suficientes como "para provocar una acto de represalia masivo", dice Wright, bin Laden decidió "que tendría que montar una ofensa inexcusable".
Esa ofensa, por supuesto, fue el 11 de septiembre. Aunque las fuerzas estadounidenses no se empantanaron en Afganistán -al menos, no inmediatamente en el otoño de 2001-, otra guerra, más grande, asomaba en el horizonte. El 19 de marzo de 2003, el presidente George W. Bush ordenó atacar a Iraq; más de tres años y 2.500 soldados estadounidenses muertos más tarde, Estados Unidos todavía está ahí, peleando justamente el tipo de guerra asimétrica que bin Laden deseaba tan ardientemente.

Libro reseñado
The Looming Tower. Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
470 páginas
Alfred A. Knopf
$27.95

1 de agosto de 2006
©new york times
©traducción mQh
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después del ciudadano kane


[Gary Giddins] Welles tenía más talentos de los que podía manejar.
¿Qué tiene Orson Welles que vuelve locos a sus cronistas? Todos emergen de la desordenada vida, y todavía más caótico legado del gran hombre convencidos de haber encontrado la clave de su interpretación. El misterio que se sienten obligados a explicar no es cómo pudo sobrevivir Welles como director independiente, haciendo grandes películas que no fueron mutiladas por los productores, sino más bien cómo el que había sido un genio de la radio, teatro y cine, amigo de presidentes y adalid de los derechos civiles, terminó convertido en un obeso presentador de televisión haciendo publicidad a vinos baratos? Los biógrafos de Welles se agrupan como las aves de rapiña de ‘La dama de Shanghai' [The Lady From Shanghai], devorándose unos a otros.
La reputación de su colega de antaño, John Houseman, ha pasado de la de un poderoso productor, elitista profesional y cómplice de la inversión financiera a la de un memorialista poco fiable con un hacha clavada en el cráneo de Welles. ‘Raising Kane', de Pauline Kael, perdió todo el respeto que pudo haber ganado como académica, no sólo porque se equivocó en tantas cosas sino porque se negó a corregir o reconocer los errores. En su diatriba psicológica ‘Rosebud', David Thomson expresó el deseo de que ‘Don Quijote' de Welles no fuera lanzada porque, dada su "malograda" leyenda, su "proyección sería muy desalentadora". El crítico británico Clinton Heylin ha escrito una defensa de Welles, ‘Despite the System', que es tan violentamente grosera que hace indigerible su buena investigación.
También tenemos numerosos relatos del propio Welles sobre su vida y carrera, más especialmente en entrevistas con la biógrafa Barbara Leaming y con Peter Bogdanovich (en la colaboración publicada póstumamente, ‘This Is Orson Welles'), que son encantadoras e informativas y que prueban que a Welles le gustaba una buena historia tanto como una buena comida y una mujer guapa. ‘Citizen Welles', de Frank Brady, sigue siendo la biografía de un solo tomo más fiable (a pesar de casi veinte años de investigaciones posteriores), pero está agotada. Sin embargo, la más voluminosa es la extravagancia de Simon Callow, de la que el tomo dos, ‘Orson Welles: Hello Americans', cubre apenas siete años -desde el lanzamiento de ‘Ciudadano Kane', en 1941, a la compleción de ‘Macbeth', en 1948.
Callow dice que terminará su biografía en un tercer tomo. Eso no parece ni posible ni deseable. Todavía le quedan 38 años, que incluyen gran parte de los mejores trabajos de Welles y muchas controversias por resolver. Una mirada al índica de ‘Hello Americans', sugiere que Callow ya ha estado demasiado tiempo ocupado de lo mismo: el tranquilo capítulo y los títulos de la sección en su primer tomo, ‘The Road to Xanadu' (1996), ha hecho hueco para juegos de palabras: ‘Welleschmerz', ‘Wellesafloppin', ‘The Welles of Onlyness'. Atisbos adicionales de cansancio son una serie de errores menores, párrafos incoherentemente largos, una obsesión por los detalles insignificantes (describe lo que ha sido presentado como prueba de la participación de Welles en los asesinatos de la Dalia Negra, antes de desecharlo como demencia) y excesivos fragmentos de reseñas y documentos previamente desconocidos.
Sin embargo, ‘Hello Americans' es un trabajo mucho más sensato y revelador que su predecesor. En ‘The Road to Xanadu', Callow adoptó a menudo un tono de irónico desdén. Muy influido por John Houseman, estaba determinado a hacerle mella a Welles, castigándolo por su arrogancia y fanfarronería, poniendo en duda sus logros, triviales o importantes. Aunque no reconoce su cambio de actitud en el libro, es inconfundible.
Después de haber descrito a Welles como poco más que un mirón de la transmisión en 1938 de ‘La guerra de los mundos', ahora parece considerarla un importante logro de Welles. Acepta como hecho una ("famosa") anécdota sobre Welles, que implica vudú y la muerte del crítico Percy Hammond, que había rechazado previamente como dudosa. Ahora se apoya frecuentemente en la veracidad de las entrevistas de Bogdanovich, sugiriendo que Welles, como Jelly Roll Morton, era un mentiroso inveterado cuyas afirmaciones más escandalosas a menudo resultaban ser verdad.
De mucho más importancia, Callow ya no define el arco de la carrera de Welles como una caída. En el pródigo tributo a Houeseman en sus primeros trabajos, descarta a Welles como "la incontestada gran esperanza blanca del teatro americano que al final terminó en nada". Ahora, después de haber estudiado detenidamente las películas de los años cuarenta de Welles -especialmente ‘El extraño' [The Stranger], ‘La dama de Shanghai' y ‘Macbeth'- se ve obligado a aceptar que Welles pecó menos él mismo de lo que se pecó contra él. Admite que Welles nunca se interesó en Hollywood y que su trabajo más satisfactorio pudo haberse más tarde en sus años de exilio voluntario. Defiende ‘Otelo' y ‘Campanadas a medianoche' [Chimes at Midnight], una debilidad que podría sorprender a lectores de ‘The Road to Xanadu'.
Pues aquí se encuentra el quid del acertijo de Welles, reducido a una sola pregunta: ¿Cuál es su logro más impresionante? Un talentoso joven recibe una compañía cinematográfica, todos sus técnicos y sus fondos casi ilimitados para hacer las películas que quiera, y produce ‘Ciudadano Kane'. Un artista de edad mediana, maduro y con experiencia, testarudamente original, trabajando con poco más que el dinero del alquiler y saliva, hace ‘Campanadas a medianoche' [Chimes at Midnight]. La primera película provocó una revolución en el cine, aunque sólo sugiere lo subliminal de sus obras posteriores. La pregunta implica -como lo hace ‘Hello Americans'- que el debate de Welles ha cambiado de lugar. Normalmente se centraba en la causa de su ocaso: ¿Era culpa de Welles, de las estrellas, del sistema? Ahora es el ocaso mismo es la pregunta.
El problema es que la mayoría de los lectores no pueden responderla, porque ‘Campanadas a medianoche' no se encuentra en ninguna parte -es rara vez proyectada y casi imposible de encontrar en video. ‘Don Quijote' ha sido producida como DVD en una versión editada después de la muerte de Welles, y ‘Al otro lado del viento' [The Other Side of the Wind] no ha sido editado en absoluto. El documental ‘Filming Othello', que no ha sido distribuido nunca ni en teatros ni en videos, es la película que propone una alternativa creativa a la sosería de cabezas parlantes: Welles reunió sus cabezas en un banquete y los dejó beber y la camaradería soltó sus lenguas. Por otro lado, recientes ‘restauraciones' de ‘Toque de maldad' [Touch of Evil] y ‘Mr. Arkadin' demuestran que aunque las versiones de Welles eran mucho mejores que las de los productores, las películas son siempre innegablemente wellesianas.
Callow llega a su evaluación más generosa con algo de reluctancia. En las primeras secciones del libro, cuando trata la carnicería de ‘El cuarto mandamiento' [The Magnificent Ambersons] y la oposición a la película brasileña no terminada de Welles, ‘Todo es verdad' [It's All True], denuncia la sugerencia "ampliamente fomentada por algunos de los defensores de Welles, de que era víctima de una industria cinematográfica cínica y despiadada". Sin embargo, unas páginas después describe las indulgencias en RKO como "aberrantes" y concede que "si no hubiese filmado nada en su vida" excepto el metraje de los pescadores en Brasil, "los fragmentos que sobrevivieron lo habrían marcado como un extraordinario artista del cine". Para cuando detalla la demolición de ‘El extraño' -que Callow provocativa y convincentemente describe como una catástrofe similar a la de ‘El cuarto mandamiento'-, se ha convertido en un defensor burlón.
Incluso así, hay un hoyo en la penosa interpretación de ‘El cuarto mandamiento', la segunda película de Welles, el paraíso perdido del cine estadounidense. El último tercio fue no sólo cortado sino que entregado a las llamas. En la versión de Callow, la renombrada ira de Welles, la ofendida indignación, es apagada casi al punto de su no existencia. Abandonó un rollo completo en Brasil (ahora perdido) y no hizo ningún intento por recuperarlo. El lector espera que Welles aúlle, pero él sigue adelante, mansamente.
Tampoco puede Callow explicar las ambiciones políticas de Welles, que durante tres años lo alejaron de su trabajo como director de cine y teatro mientras trataba de reinventarse a sí mismo como cómico del tipo de Fred Allen, orador liberal y columnista político (para el New York Post). La posición de Welles contra el racismo es genuinamente valiente (Callow lo cuenta mejor y con más detalles que todos los demás) -su cruzada a favor de un veterano negro agredido por un agente de policía en Carolina del Sur condujo a la detención del agente, al mismo tiempo que apresuró su destierro de la radio. Sin embargo, un hombre que terminaba sus transmisiones con la frase espantosamente falsa: "Como siempre, quedo a vuestra entera disposición", no estaba destinado a ser un hombre del pueblo. La mera inmensidad de sus necesidades lo socava. Tiene que hacer siempre más, ser más, exigir más, dar más, crecer más. En un momento, Callow apenas puede amañárselas con todas las bolas que Welles mantiene en el aire: dirige y actúa en ‘El extraño' al mismo tiempo que escribe su legendario y económicamente catastrófica épica en Broadway, ‘La vuelta al mundo en ochenta días' [Around the World in Eighty Days], transmite semanalmente, escribe una columna para el diario y especula con Bertolt Brecht y Charles Laughton sobre la producción de ‘Galileo'. No era un holgazán.
Inexplicablemente, cuando Welles finalmentese puso a rodar una película, ‘Macbeth', con todos los elementos de un estudio, dejó el país antes de empezar el montaje, retrasando su lanzamiento, rehusándose a promoverlo y sin embargo aceptando una versión de dos rollos -fanfarroneándose de que había sido él el que lo había estropeado y no "algún idiota" de Hollywood. El lector se queda sorprendido. Sin embargo, Callow es comprensivo. Ve a Europa como una solución a la difícil vida de Welles en casa, donde los críticos y los estudios por igual lamentan rutinariamente sus abandonos. El gran crimen de Welles fue su genialidad, que estaba obligado a llevar como un hábito de penitencia.
Callow dice poco sobre la vida personal de Welles, incluyendo su matrimonio con Rita Hayworth, que uno podría pensar que le encantaría volver a ver en casa por la noche o en la tarde o en la mañana o a cualquier hora del día. Welles prefería la constante circulación de prostitutas en casa de su productor. Parece haber ignorado completamente a sus dos hijas, aunque incluyó a una en el reparto como el hijo de Macduff. Callow no trata los informes de que Welles quería que una de sus amantes fuera la protagonista de ‘La dama de Shanghai', no la Hayworth. Tampoco agrega nada nuevo a los rumores sobre la supuesta aventura de Welles con Billie Holiday, aunque hace algunas insignificantes referencias a una aventura con Judy Garland.
Sin embargo, sin darse cuenta, hace más deseable ese libro de Orson Welles que no tenemos: la colección de sus escritos: sus discursos (no estaba por encima de la demagogia de Kane), ensayos, columnas, guiones, memoranda, cartas y otros. Callow incluye fragmentos suficientes como para sugerir que el genio tenía más talento que el que podía manejar.

Libro reseñado
Orson Welles. Hello Americans.
Simon Callow
Ilustrado
507 páginas
Viking
$32.95

Otros libros recientes de Gary Giddins son ‘Natural Selection: Gary Giddins on Comedy, Film, Music, and Books' y ‘Weather Bird'.

3 de septiembre de 2006
©new york times
©traducción mQh

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