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orden de captura para iraníes


[Raúl Kollmann] Nueve iraníes con pedidos de captura por el ataque contra la AMIA. Un atentado que "fue de lesa humanidad".
El juez Rodolfo Canicoba Corral pidió la captura de nueve ex funcionarios iraníes, entre ellos el ex presidente de Irán Alí Rafsanjani. También solicitó el pedido de captura del ex embajador de Irán en Buenos Aires Hadi Soleimanpour. El fallo menciona la palabra "genocidio" y califica al atentado contra la AMIA como "crimen de lesa humanidad".
El juez Rodolfo Canicoba Corral libró ayer órdenes de captura contra nueve ex funcionarios iraníes. La lista la encabeza el ex presidente de Irán Alí Rafsanjani e incluye a los ex ministros de Inteligencia y Relaciones Exteriores. La novedad es que el magistrado resolvió ir más allá de lo que pedían los fiscales e incluir en el pedido de captura al ex embajador de Irán en Buenos Aires Hadi Soleimanpour. Si el régimen usó la embajada para cometer el atentado, el embajador no pudo ser ajeno a los hechos, razonó Canicoba Corral. El problema es que Soleimanpour estuvo detenido en Londres en 2002. En ese momento, un juez británico consideró endebles las pruebas enviadas desde Buenos Aires a la capital inglesa, absolvió a Soleimanpour y lo dejó en libertad. La otra novedad importante del juez es que menciona la palabra "genocidio" en referencia al atentado, aunque termina inclinándose por "crimen de lesa humanidad", ya que fue una acción "que tuvo por fin atentar contra una población civil, en el contexto de persecución de la religión judía y la utilización del poder el Estado –el de Irán– para fines tan altamente contrarios al bien común". Ante el fallo, Irán amenaza con romper relaciones.
La resolución de Canicoba Corral es breve, 24 páginas, si se tiene en cuenta las implicancias del texto: se pide la detención de un ex presidente y ministros de otro Estado, se envía un exhorto a Irán pidiendo la extradición de esos funcionarios y un oficio a Interpol para que se los capture si se los detecta en algún lugar del planeta.
El régimen de Teherán nunca aceptó colaborar con la Justicia argentina y es obvio que no lo hará ahora cuando el presidente iraní, Mohmoud Ahmadineyad, encarna una política aún más dura que la existía en 1994. Rafsanjani, de quien ahora se pide la captura, compitió en las últimas elecciones representando al sector moderado, mientras que Ahmadineyad ha profundizado la orientación teológica y reiteradamente aboga por la destrucción de Israel y el desconocimiento del Holocausto.
El texto de Canicoba convalida las 800 páginas del dictamen de los fiscales Alberto Nisman y Marcelo Martínez Burgos. Es más, buena parte del fallo consiste en citar fojas y legajos que a su vez fueron citados por los fiscales. Y el peso probatorio también es el mismo. Canicoba considera creíbles los seis testimonios de disidentes y opositores al régimen de Teherán que son los que mencionan una reunión en Pashad en agosto de 1993 donde, según ellos, se decidió el ataque contra la AMIA. Ninguno de los testigos estaba en Irán en el momento de esa cumbre del Comité de Asuntos Especiales, la mayoría ya había abandonado el país cuatro años antes, pero el juez, y antes los fiscales, afirman que se trata de testimonios coincidentes y sólidos. Quienes objetan esa mirada dicen que es como considerar válido el testimonio de seis exiliados cubanos de Miami que dicen que están seguros de que hubo una reunión, por ejemplo, entre Fidel Castro y Raúl Castro en la que se decidió algo delictivo.
El juez y los fiscales toman lo dicho por los disidentes como prueba fundamental, pero agregan que en tiempos del atentado hubo mayor entrada y salida de correos diplomáticos, el embajador iraní se ausentó del país, mientras que llegaban a la Argentina otros representantes de Irán a los que se evalúa como sospechosos. A ello suman informes de inteligencia que dicen que el atentado fue perpetrado por Irán. La debilidad de la acusación es que no hay una sola prueba que vincule directamente un domicilio con la camioneta que estalló en la AMIA, no se encontró ningún rastro de la llegada del supuesto suicida a la Argentina ni cuales fueron las casas seguras que usaron ni quienes acompañaron en varios vehículos a la camioneta en su camino a la calle Pasteur. De todas maneras, el juez dice que "para este estadio del proceso, que no es todavía un pedido de condena, hay suficientes elementos como para detener y llamar a declaración indagatoria a los imputados".
En las 800 páginas del dictamen que redactaron los fiscales se concluye que no hay pruebas suficientes contra el ex embajador Soleimanpour. Ello evidencia que no se juntaron más evidencias que cuando fue detenido y liberado en Londres hace cuatro años. Sin embargo, Canicoba se mueve con la lógica que indica que si actuó el Estado de Irán como Estado, el embajador era su representante en la Argentina y por lo tanto no pudo estar al margen. El problema es que ya fue sobreseído y liberado por el único juez supuestamente imparcial que vio las pruebas: el magistrado británico.
Respecto de la calificación de "crimen de lesa humanidad", Canicoba amaga con vincular el caso con un genocidio. Lo dice expresamente en el texto. Lo que sucede es que el genocidio se utiliza para calificar hechos de otra envergadura, sistemáticos, de eliminación de una comunidad o de gran parte de una comunidad. Al final, en el texto no queda claro si Canicoba se inclina o no por la calificación de genocidio, aunque sí dice claramente que se trata de un crimen de lesa humanidad por la participación de un Estado y por le hecho de que el ataque obedece a razones de raza o religión.
A partir de ahora, el gobierno nacional, a través de la Cancillería, cursará los pedidos de captura. Es obvio que Irán no va a colaborar. Es más, ya venía amenazando con una ruptura de relaciones porque considera que la investigación fue manipulada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Israel y la Argentina. Pero habrá que ver qué actitud toma el Ejecutivo, en especial cuando pasen los meses. Allí se vendrán las presiones –de Washington, Jerusalén y los dirigentes de la comunidad judía– para que se produzca un gesto más duro de denuncia contra Irán. Y en ese momento, el Ejecutivo tendrá que evaluar lo que hace. Puede moverse con cautela considerando que –como lo admite el juez– los elementos no son suficientes para una condena o puede avanzar en un nuevo escalón de denuncias contra Irán, considerando que el régimen de Teherán no colabora ni colaboró nunca con la investigación.

10 de noviembre de 2006
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murió samuel h. bowers


Samuel H. Bowers, 82, ex jefe del Klan, mandó a matar a líder de los derechos civiles.
Jackson, Mississippi, Estados Unidos. El ex Mago Imperial del Ku Klux Klan, Samuel H. Bowers, condenado hace ocho años por ordenar el asesinato de un líder por los derechos civiles en 1966, ha muerto. Tenía 82 años.
Bowers murió el domingo en la mañana de un paro cardiopulmonar en el Hospital de la Penitenciaría Estatal de Mississippi en Parchman, dijo la portavoz del Departamento de Prisiones, Tara Booth.
El miembro del Klan fue condenado en agosto de 1998 por ordenar el asesinato de Vernon Dahmer Sr., un activista por los derechos civiles que luchó por los derechos de los negros durante la turbulenta lucha por la igualdad racial en Mississippi. Fue sentenciado a cadena perpetua.
"Se suponía que debía morir allí. Supongo que eso se cumplió", dijo el domingo a la Associated Press la viuda de Dahmer, Ellie Dahmer. "Vivió mucho más que Vernon Dahmer".
Dahmer, que defendía los derechos electorales de los negros, murió a los 58 en un atentado frente a su casa en Hattiesburg, Mississippi, el 10 de enero de 1966. El atentado se produjo después de que Dahmer anunciara que los residentes podían inscribirse para votar en su tienda, que estaba junto a su casa. La casa y la tienda también fueron incendiadas.
Cuando la familia Dahmer despertó con el bullicio de las bocinas antes del amanecer ese día, dos camiones de miembros del Klan esperaban fuera. Arrojaron bombas incendiarias contra Dahmer cuando este salió de su casa, según actas judiciales del juicio de cuatro días en la Corte de Distrito del Condado de Forrest en 1998.
Con una escopeta, Dahmer pudo mantener a raya a los atacantes del Klan mientras su familia huía, pero las llamas quemaron sus pulmones, y murió en brazos de su mujer 12 horas después.
Durante el juicio, los fiscales acusaron a Bowers de haber ordenado el ataque tras enterarse de que Dahmer estaba tratando de que los negros se inscribieran para votar.
Los abogados de Bowers alegaron que fue "sacrificado por la prensa", para fomentar las ambiciones políticas del fiscal general de la época, Mike Moore.
Juicios previos de Bowers, incluyendo al menos dos con jurados compuestos exclusivamente por blancos, terminaron siendo declarados nulos.
El hijo de Dahmer, Vernon Dahmer Jr., 77, dijo que Bowers "causó un montón de dolor, sufrimiento y muerte de muchas personas y familias inocentes de mi raza".
"Durante su vida no se disculpó nunca ni pidió perdón por sus acciones. Aparentemente, creía que lo que hizo contra sus víctimas estaba justificado", dijo el hijo. "Ahora que ha muerto, Dios le juzgará".
Bowers tenía todo un historial de violencias y cumplió una sentencia de seis años después de ser condenado en 1967 por los cargos de violación de los derechos civiles de James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Los tres activistas por los derechos civiles en Mississippi, adonde viajaron en 1964 para inscribir a los votantes negros, fueron golpeados, matados a balazos y enterrados en un dique de barro. Como jefe del KKK, Bowers había aprobado los asesinatos.
Esos asesinatos inspiraron la película de 1988 ‘Arde Mississippi' [Mississippi Burning].
La viuda de Dahmer dijo que la muerte de Bowers no cierra la herida que ha llevado durante décadas.
"Vernon no volverá", dijo. "Perdí a mi maravilloso marido y mis hijos perdieron a su padre. Perdimos a un líder de la comunidad. Perdimos a un cristiano que creía en la bondad en la gente".

7 de noviembre de 2006
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antrax, caso archivado


[Richard B. Schmitt y Josh Meyer] Muchos temen que el caso del carbunclo ha sido archivado.
Washinton, Estados Unidos. La investigación de los mortíferos ataques de 2001 no avanza, pero la agencia pide paciencia. Cinco años después de que una serie de mortíferas cartas con carbunclo sacudieran al país, el FBI no ha ofrecido ninguna indicación de que esté próximo a resolver uno de los primeros incidentes de bioterrorismo en suelo norteamericano, llevando a algunos críticos a especular que la pesquisa se ha estancado y a cuestionar la capacidad de los agenes federales para hacer frente a futuros ataques.
Miembros del congreso y blancos de los ataques -que entre el 5 de octubre y el 21 de noviembre de 2001 causaron la muerte de cinco personas, enfermaron a 17 y pusieron en peligro a miles más- están expresando crecientes sospechas de que la investigación federal dirigida por el FBI, con el nombre en clave de Amerithrax, ha sido mal manejada.
Agentes del FBI han dejado de llamar a sus ruedas de prensa con víctimas y diputados para informarles sobre el curso de la investigación. El destacamento federal que dirige la investigación ha sido reducido a la mitad. Y ahora tiene su tercer jefe.
Las credenciales del último jefe son decidoras: Ha trabajado en complejos casos criminales internacionales que han sido archivados.
La reticencia del FBI está en agudo contraste con las atrevidas predicciones que hizo la agencia sobre la investigación en los primeros días.
"Sus anuncios públicos sobre los niveles de confianza obviamente estuvieron todo el tiempo completamente equivocados", dice Tom Daschle, el antiguo senador demócrata de Dakota del Sur, cuya oficina en el Capitolio fue uno de los blancos de los ataques. "Ha sido de algún modo la versión doméstica de Iraq. Hicieron un montón de afirmaciones que resultaron ser erróneas".
Daschle, ahora asociado al Center for American Progress, dijo que hace más o menos un mes pidió al FBI una actualización, pero que fue ignorado.
"Claramente, toda esta investigación ha sido archivada", dijo. "Y como ha sido archivada, están mucho más aprehensivos en cuanto a reconocer que no tienen ni evidencias ni buenas pistas".
El importante senador republicano Charles E. Grassley, de Iowa, también se quejó en una carta el mes pasado al fiscal general Alberto R. Gonzales, sobre la falta de nuevas informaciones sobre la investigación. Grassley está amenazando con citar a agentes del FBI a declarar ante el congreso o a retrasar nominaciones del ministerio de Justicia si la agencia no divulga pronto más informaciones.
El FBI dice que su investigación sigue estando activa. Ha dicho a diputados que no puede proporcionar más informaciones sobre el caso por temor a que se filtre información sensible a la prensa.
"Tenemos un número importante de agentes que continúan trabajando en el caso, y yo creo que será solucionado y que las personas o persona responsables serán llevadas a justicia", dijo en una entrevista en septiembre el director del FBI, Robert S. Mueller III. "Algunos casos toman más tiempo que otros".
El misterio todavía no resuelto vuelve a destacar entre una creciente preocupación sobre los esfuerzos federales para detectar y prevenir ataques bioterroristas todavía más catastróficos. El gobierno ha destinado unos 18 billones de dólares a la investigación para la bio-defensa en los últimos cinco años, aunque está lejos de estar claro qué ha recibido el país a cambio de su dinero.
Esta semana, mencionando el quinto aniversario de los ataques con carbunclo, un grupo bipartidista de senadores pidió a la Contraloría del gobierno que realice una evaluación amplia del programa de defensa biológica.

Investigación
Los atentados con carbunclo gatillaron una de las cacerías humanas más costosas de la historia, que empezó una semana después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando cartas conteniendo carbunclo empezaron a circular por el correo, dirigidas contra blancos como periodistas y las oficinas en el Capitolio de Daschle y el senador Patrick J. Leahy (demócrata de Vermont).
El FBI dijo que había realizado 9.100 entrevistas y procesado 6.000 citaciones. Contrató a psicólogos, analistas de caligrafía y analistas forenses. Ha gastado millones en estudios científicos para determinar informaciones tales como la variedad de la bacteria y el agua utilizada para preparar las fatales esporas. Y ha localizado una avalancha de ‘falsas' cartas con carbunclo; una de estas cartas fue recibida la semana pasada por el Times.
Gran parte del interés público inicial se concentró en el médico y virólogo Stephen J. Hatfill, que trabajó durante dos años en un laboratorio del ejército en Maryland, donde se estudió la variedad de carbunclo utilizada en los atentados.
Agentes del FBI allanaron su casa, tomaron muestras de su sangre y lo pusieron bajo vigilancia permanente. El fiscal general de entonces, John Ashcroft, lo declaró públicamente una "persona de interés".
Pero Hatfill no fue acusado nunca y dice que no es responsable de las cartas. Ahora está luchando contra el ministerio del Justicia y el FBI en una demanda en la que dice que han destruido su reputación.
Sus abogados han tomado las declaraciones bajo juramento de más de 30 periodistas e investigadores en un intento de demostrar que el FBI filtró ilegalmente informaciones sobre él. A través de su abogado, Hatfill se negó a hacer comentarios.
Las acusaciones públicas contra Hatfill fueron uno de los errores que según los expertos perjudicaron la pesquisa.
"¿En cuántas investigaciones se involucra el fiscal general personalmente y empieza a hablar sobre personas de interés? No debe volver a ocurrir", dijo Stephen Freccero, un ex fiscal federal. "Ese fue un terrible error. Fue atroz. Se violaron todas las reglas básicas de una investigación encubierta".
Freccero, que procesó al terrorista Theodore Kaczynski [el Unabomber], dijo que concentrar la investigación del antrax en Washington había politizado el caso, dificultando que los investigadores pudieran seguir pistas de manera autónoma.
El caso ha sido retrasado por las cambiantes conclusiones del buró sobre la calidad del antrax usado. Los investigadores creían originalmente que el polvo era altamente refinado y sólo podía haber sido producido por expertos en posesión de tecnología de primera. Pero finalmente el FBI abandonó esa idea.
En una entrevista reciente, Mueller dijo: "Hemos estado abiertos a todo tipo de teorías desde el principio, y la investigación continúa". Pero algunos observadores dijeron que presuposiciones incorrectas sobre el antrax puede haber llevado al FBI a adoptar un enfoque indebido sobre potenciales sospechosos. De acuerdo a un funcionario policial federal, en los últimos años no ha emergido ningún sospechoso nítido.
"Lo que pensaban era que tenía que ser un científico de alguno de esos... laboratorios", dijo el ex agente, que habló a condición de preservar el anonimato, porque todavía trabaja para el gobierno federal y la investigación sigue en curso. "Ahora, de repente, hay sospechosos que pueden ser amateurs o... químicos, y creen que ellos pudieron haber hecho el carbunclo y ser responsables de los atentados".
Algunos han criticado a la agencia por no mostrarse receptiva a fuentes externas. El doctor Ken Alibek, un pionero de las armas biológicas de la antigua Unión Soviética, dijo que había escrito a Mueller ofreciéndose como voluntario. "Le dije: ‘Por favor, considere que soy un experto y que me gustaría ayudar a resolver este caso'", dijo. Alibek dijo que recibió una carta de agradecimiento, "pero, no, gracias", de un importante ayudante de Mueller. El buró, le dijeron, ya tenía "un enorme grupo de gente trabajando sobre ese problema".

Cambios en la Dirección
El nuevo jefe del grupo, Edward Montooth, es el tercero en dirigir la investigación. A través de un portavoz del FBI, se negó a hacer comentarios.
Gente que ha trabajado con Montooth dice que se había especializado en casos de estadounidenses asesinados en el extranjero, y trató de resolver crímenes en lugares como Ruanda e Indonesia. Fue miembro de un equipo del FBI que investigó las fosas comunes en Kosovo y también ayudó a investigar los crímenes de guerra en los Balcanes.
"Este tipo de casos se archivan rápidamente", dijo un funcionario policial que conoce a Montooth. "Un montón de casos de terrorismo en el extranjero pueden tomar diez o quince años antes de que se llegue a la fase en que se pueda detener a los acusados".
Montooth remplaza a Richard Lambert, que encabezó la investigación desde agosto de 2002 hasta septiembre de 2006. Lambert dijo que decidió marcharse y que lo que ocurría era algo natural en una carrera funcionaria. Ahora dirige el despacho del FBI en Knoxville, Tennessee.
Lambert dijo que tenía "confianza" de que el caso sería resuelto.
Ahora que la pesquisa entra en su sexto año, el FBI está pidiendo paciencia y observa que investigaciones complejas pueden tomar años. Ha comparado el casdo al del terrorista Unabomber, cuya solución tomó diecisiete años, hasta que el terrorista renovara su campaña de terror y un familiar lo entregara.
En la sección sobre antrax en su página web, el FBI promete que sus agentes "continúan siguiendo activamente todas las pistas".

rick.schmitt@latimes.com

josh.meyer@latimes.com

3 de noviembre de 2006
©los angeles times
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iraníes en la mira judicial


[Adriana Meyer] Cancilleria avalo la investigacion por el atentado a la AMIA. El juez Canicoba Corral decidirá dar curso al pedido de detención de siete iraníes por el ataque a la sede de la mutual judía.
Mientras el juez del caso AMIA estudia y prepara el dictado de las órdenes de captura de ex funcionarios iraníes para las próximas horas, tal como solicitó la Unidad Especial de fiscales, la Cancillería se mostró decidida a avalar la iniciativa. El canciller Jorge Taiana afirmó ayer que su cartera "se encuentra a plena disposición de las decisiones que adopte la Justicia", en relación con la causa por el ataque a la AMIA, perpetrado en 1994 y que causó la muerte de 85 personas. Respecto del anuncio del fiscal general de Irán que anticipó que ese país demandará a la Argentina ante un tribunal internacional por las acusaciones formuladas contra su ex presidente Akbar Rafsanyani y otros siete ex funcionarios iraníes por su presunta participación en el atentado, Taiana destacó que, "atento a la gravedad e importancia de las circunstancias investigadas, la Cancillería argentina espera que las autoridades de Irán, a diferencia de lo ocurrido hasta el presente, presten la colaboración que corresponda a la Justicia, en esta cuestión de enorme gravedad", para el país.
Este diario pudo saber que el juzgado de Canicoba Corral está dedicado "en forma intensa" al estudio del extenso dictamen de los fiscales Alberto Nisman y Marcelo Martínez Burgos. "No se trata sólo de leer sino de verificar los datos", comentó la fuente, y agregó que, en principio, "hay coincidencia con las probanzas de la causa". El magistrado se reserva la valoración final, pero todo indica que concluirá que la propuesta "es consistente". Consultada la fuente sobre el pronunciamiento de la Cancillería, se preguntó por qué el ministro Taiana "se anticipó" de esta manera, y aclaró que para emitir las órdenes de captura no es necesaria la intervención del ministerio de Relaciones Exteriores. En tal caso, se hace una comunicación a Interpol al país en donde se supone están las personas requeridas y otra abierta de difusión mundial. Así ocurrió cuando Argentina recibió las órdenes de captura emitidas por el juez español Baltasar Garzón. Recién intervendría la Cancillería cuando se produzca alguna detención y comience el juicio de extradición.
Los colaboradores del juez advirtieron: "No seamos ingenuos de pensar de que porque haya un poco más de elementos nos van a decir que sí" en esta oportunidad. Pedidos similares fueron directamente ignorados por Irán en el pasado. "Los países se reservan la facultad de conceder las extradiciones e Irán ni siquiera contestó los anteriores exhortos", describió la fuente. Y advirtió que seguramente ese país cuestionará el aspecto técnico de los pedidos, o dirá que son "inconsistentes", aunque estén "perfectamente confeccionados".
La semana pasada, los fiscales de la Unidad Especial, creada por el gobierno, que investigan el atentado contra la AMIA solicitaron la captura del ex presidente de Irán Alí Akbar Rafsanyani, del ex ministro de Información y Seguridad Ali Fallahiyan, del ex ministro de Relaciones Exteriores de Irán Alí Akbar Velayati y del comandante de la Guardia Revolucionaria de los Pasdarans, Mohsen Rezai. Irán, que siempre negó cualquier vinculación con el atentado, descalificó el dictamen y a través del portavoz de la Cancillería iraní, Mohammed Ali Hosseini, dijo que "es esencial que los funcionarios argentinos eviten repetir errores ya cometidos en el pasado con documentos apócrifos y escuchando todas las opiniones". Respecto de lo señalado por el fiscal general de Irán, Ghorban Ali Dorri Nayafabadi, sobre posibles acciones legales contra Argentina, el ministro Taiana afirmó que "se adoptarán todas las acciones que permitan apoyar y contribuir en la investigación judicial".

31 de octubre de 2006
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círculo íntimo de al-qaeda 5


[Robert F. Worth] Que al-Qaeda no haya logrado cometer un atentado en Estados Unidos en los últimos cinco años puede ser simplemente suerte. Última entrega.
El libro de Wright está condenado a plantear la pregunta: ¿Qué importancia tiene todo esto frente a la amenaza a la que hace frente Estados Unidos hoy? Cualquiera sean las opiniones que tengamos sobre cómo se desarrolló al-Qaeda para decidir atacar a Estados Unidos, la próxima camada de yihadistas puede presentar peligros todavía peores. Desde que los kharijites asesinaran a Ali, el cuarto califa, en Iraq en el siglo siete, que no cesan de aparecer grupos disidentes en el islam que usualmente se forman de la misma forma general: líderes mesiánicos inspiran a jóvenes a que den sus vidas en nombre de una fe más auténtica. Durante el último medio siglo no han faltado ejemplos de esta tendencia, sea en las células clandestinas de la Hermandad Musulmana o entre los fanáticos armados que se apoderaron por la fuerza de la Gran Mezquita de la Meca en 1979. Según algunas versiones, al-Qaeda era uno de esos grupos, y ha sido seguido por muchos más. Ha matado a varios miles de personas en todo el mundo (pero no estamos incluyendo a los iraquíes asesinados por el grupo de Abu Musab al-Zarqawi, que se afilió a al-Qaeda a fines de 2004). El periodista británico Jason Burke, entre otros, ha argumentado que la supuesta predominancia de al-Qaeda en el mundo de la yihad, fue siempre un mito. Ahora la organización no existe, escribe Burke, y hacemos frente a lo que existía antes del breve apogeo de al-Qaeda: "un amplio y diverso movimiento de militantes musulmanes radicales".
La guerra en Iraq parece haber contribuido de dos modos al crecimiento de este movimiento. Ha sido un valioso campo de adiestramiento militar para los yihadistas; y las imágenes de los soldados estadounidenses invasores se han convertido en una poderosa herramienta de reclutamiento de extremistas en todo el mundo. La oposición a la guerra de Iraq parece ser uno de los motivos de los terroristas que llevaron a cabo los atentados suicidas en Londres y Madrid, y una fuente de intensa indignación de algunos de los veinticuatro británicos que fueron arrestados por conspirar para hacer explotar aviones de pasajeros en agosto. En un artículo publicado en septiembre en el New Yorker, Wright cita a dos ideólogos de al-Qaeda cuyos planes para el futuro de la yihad parecen a menudo "un manual que han estado siguiendo servilmente, aunque involuntariamente, los estrategas norteamericanos". El creciente uso de internet entre los yihadistas también ha mejorado la capacidad de difusión del movimiento.
Pero vale la pena recordar que la mayoría de estos peligros han sido especulaciones. Muchos de los terroristas ‘domésticos' aprehendidos en Occidente parecen ser menos serios y menos capaces que Mohamed Atta y sus cohortes adiestrados en Afganistán. Además, muchos yihadistas del mundo siguen concentrados en luchar contra sus ‘enemigos cercanos' en sus propios países, y algunos han denunciado los atentados del 11 de septiembre, que a menudo han hecho más difíciles sus luchas particulares.
Se puede deber a la pura suerte que al-Qaeda y sus herederos ideológicos no hayan sido capaces de matar ni a una sola persona en suelo norteamericano en los últimos cinco años. Pero también puede ser, según propone el sugerente libro de Wright, que los logros de bin Laden y Zawahiri al crear al-Qaeda y mantenerla unida fueron a la vez más extraordinarios y más frágiles de lo que esperaba todo el mundo.

Libro reseñado:
The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
Knopf
469 pp.
$27.95

10 de octubre de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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círculo íntimo de al-qaeda 4


[Robert F. Worth] La rivalidad entre la CIA y el FBI impidió que se desbarataran los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Esas preguntas sobre al-Qaeda se han planteado a menudo, pero habitualmente desde una perspectiva norteamericana. Desde mediados de los años noventa, la unidad bin Laden de la CIA, llamada Alec Station, empezó a perseguir a bin Laden y otros cabecillas de al-Qaeda con el objetivo de capturarlos o matarlos. La CIA tuvo varias claras oportunidades de hacerlo, y las desperdició todas, cohibida por la diplomacia norteamericana, el temor a causar bajas civiles y las complejidades de la turbulenta relación de Estados Unidos con Pakistán, cuyos servicios de inteligencia tenían sus propios vínculos con bin Laden. La historia de esos fracasos han sido ampliamente reportada por Steve Coll en ‘Ghost Wars' (2004) y en el Informe de la Comisión sobre el 11/9 de 2001, y Wright los trata brevemente. Pero presenta sus propias ideas sobre cómo pudo haber ocurrido de otro modo, en una narrativa que presta mucho más énfasis a la dirección del FBI que de la CIA.
En octubre de 2000, John O'Neill del FBI viajó a Yemen para dirigir la investigación sobre el atentado contra el USS Cole. Como director de contraterrorismo de la oficina de Nueva York del FBI, O'Neill era un personaje agresivo y dedicado, una de las pocas personas en el gobierno norteamericano que parecía entender la seriedad de la amenaza de al-Qaeda. Wright lo retrata como una especie de contrario norteamericano de bin Laden y Zawahiri, un guerrero desesperado que quería desbaratar el atentado más grande que sabía que estaba en camino.
Lo que ocurrió después ha sido contado, en parte, en el Informe de la Comisión del 11/9, y ha jugado un papel prominente en las investigaciones parlamentarias sobre los errores de los servicios de inteligencia. Wright, sin embargo, por primera vez convierte ese árido relato -en el que los nombres de los agentes a menudo aparecen referidos anónimamente como John y Jane- en una tensa y fascinante historia sobre lo cerca que estuvo Estados Unidos de impedir esos atentados. También propone nuevos motivos de los errores sobre los que los autores del informe no llegaron a pensar.
El investigador jefe de O'Neill, un joven agente que hablaba árabe, Ali Soufan, convenció a las autoridades sudanesas de que lo dejaran entrevistar a un miembro de al-Qaeda detenido, Fahd al-Quso, que había recibido la misión de filmar el Cole antes del atentado perpetrado para hacer propaganda, pero se había quedado dormido. Le dijo a Soufan que justo antes del atentado había viajado a Bangkok con uno de los terroristas del Cole para entregar 36 mil dólares a un operativo de al-Qaeda llamado Khallad, que había participado en los atentados contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania en 1998. Al controlar los registros telefónicos, Soufan encontró llamadas a un número de teléfono en Malasia. Preguntó entonces a agentes de la CIA si sabían algo de Khallad o del contacto malayo. Después de todo parecía raro que se estuviese enviando dinero a Yemen justo antes del atentado. ¿Había otra operación en camino?
Resulta que la CIA sabía todo sobre Khallad. A fines de 1999 se había reunido en Malasia con Khaled al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi, dos hombres de los que se sabía entonces que eran miembros de al-Qaeda y que participarían más tarde en el grupo de secuestradores del 11 de septiembre de 2001. Más que eso, la CIA sabía que Hazmi había entrado a Estados Unidos con una visa válida el 15 de enero de 2000. (Mihdhar viajaba con él). Si la CIA hubiese transmitido esta información al FBI, se habría iniciado de inmediato una investigación, y los atentados del 11 de septiembre habrían podido ser evitados. En lugar de eso, la CIA no le dijo nada a Soufan. ¿Por qué?
La respuesta oficial es que en 1995 el ministerio de Justicia había implementado una política conocida como ‘el M*uro', que debía regular el intercambio de información de contraespionaje entre agentes de la CIA y los detectives del ministerio. Esa política, aparentemente destinada a impedir la revelación de secretos de la CIA durante juicios, fue rápidamente mal interpretada como una prohibición casi total en cuanto a compartir información. Al resumir la incapacidad de capturar de Hazmi y Mihdhar, la Comisión del 11/9 no responsabilizó a nadie: "Ahora está claro que todos los involucrados estaban confundidos por las reglas que regulaban la transmisión y uso de la información recabada en canales de inteligencia". Si la información hubiese sido compartida, "una combinación de las zonas de defensa de la CIA y el método de hombre-a-hombre del FBI habría sido productivo". En otras palabras, los dos equipos fracasaron.
Wright no está de acuerdo. Sugiere en cambio que el fracaso puede haberse derivado de la lucha intensamente personal entre las dos agencias sobre cuál de ellas dirigiría la guerra contra al-Qaeda. A un lado estaba John O'Neilll, y al otro los agentes de la CIA leales a Michael Scheuer, un hombre igualmente dedicado que había ayudado a fundar la Alec Station, pero había sido asignado a otra misión en 1999 después de que propusiera un ataque con misiles contra bin Laden en Afganistán y fuera rechazado. "Había muchos en la agencia -no solamente Scheuer, que había sido ignorado- que odiaban a O'Neill y temían que el FBI fuera demasiado torpe y descriteriado como para confiarle datos de inteligencia", comenta Wright. "Y así la CIA puede haber decidido ocultar la información para que O'Neill no se metiera en el asunto". Esta interpretación recuerda la interpretación que hace Wright de al-Qaeda misma. Para él, las luchas de poder en la cima -no solamente la ideología y la incapacidad burocrática- son el factor decisivo, sea entre yihadistas o en el gobierno norteamericano.

Libro reseñado:
The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
Knopf
469 pp.
$27.95

10 de octubre de 2006
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círculo íntimo de al-qaeda 3


[Robert F. Worth] Bin Laden estuvo a punto de abandonar el movimiento yihadista.
Bin Laden y Zawahiri son ahora tan familiares debido a sus apariciones en al-Yazira que es difícil imaginar que hubiera podido ser diferente. Pero a principios de los años noventa, bin Laden casi se apartó definitivamente del terrorismo. La mayoría de los autores occidentales interesado en la trama del 11 de septiembre de 2001, dedican poca atención a este período. Wright, sin embargo, localizó a mucha de la gente que vivió y trabajó con bin Laden en sus años en Sudán, antes de que al-Qaeda tomara la decisión de atacar a Estados Unidos. La versión de Wright revela un lado inesperadamente ambivalente del carácter de bin Laden, y describe una época en que su grupo recién formado pudo haber sido disuelto, o seguido otro camino que la yihad global.
Bin Laden se trasladó a Sudán en 1992, enfadado no solamente por la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí, sino también con el recrudecimiento de la guerra civil entre señores de la guerra y grupos de muyahedines después de la retirada soviética de Afganistán en 1989. Llevó con él a sus cuatro esposas, diecisiete hijos y una naciente organización yihadista. El gobierno islámico sudanés le había ofrecido refugio y la oportunidad de seguir los pasos de su multimillonario padre convirtiéndose en un constructor de carreteras y hombre de negocios. Invirtió millones en estos negocios, fundando un holding en el centro de Khartoum. Pero fue la agricultura la que cautivó su imaginación. Pronto se convirtió en uno de los latifundistas más grandes del país, prácticamente con el monopolio total de sus exportaciones agrícolas. Aunque el adiestramiento para las acciones terroristas continuaba todavía, para entonces "al-Qaeda se había convertido en gran parte en una organización agrícola", según Wright, y bin Laden mismo "dijo que había resuelto dejar completamente al-Qaeda para convertirse en granjero".
Este período duró poco. A pesar de su reputación como financista de terroristas, bin Laden no había heredado nada del extraordinario talento de su padre para los negocios. Sus inversiones en Sudán fueron una bendición para el nuevo gobierno islámico del país, que estaba librando una guerra civil contra grupos cristianos y animistas en el sur. Pero sacó poco a cambio. Basándose en entrevistas con el yihadista sirio Abu Rida al-Suri, que fue el asesor comercial jefe de bin Laden en la época (un hombre con el que, por lo que yo sepa, no ha hablado con ningún otro escritor), Wright ofrece una asombrosa versión de la imprudencia de bin Laden. Invirtió dinero en la agricultura, en la cría de caballos, en una compañía que curtía cueros para su exportación a Italia y otros proyectos sobre los que no sabía prácticamente nada y dejó a otros encargados de su administración, gastando su tiempo recorriendo el país y recibiendo a dignatarios. Wright lo describe pasando el tiempo en el polvoriento hipódromo de Khartoum, tapándose las orejas con sus dedos para no oír a la banda. Para 1995 estaba prácticamente en la ruina. Un año más tarde el gobierno sudanés, bajo presión del gobierno de Clinton, lo obligó a dejar el país. Algunos dicen que salió del país con el equivalente de 50 mil dólares. Otros dicen que se fue con las manos vacías.
Al mismo tiempo, sufrió otro revés. En marzo de 1994, el rey Fahd anuló personalmente la nacionalidad saudí de bin Laden. Fahd fue presionado por los presidentes de Egipto, Yemen y Argelia, que creían que bin Laden era responsable de la organización de una serie de ataques terroristas en sus países. Fue un terrible golpe para un hombre cuyo padre había ayudado a construir el estado saudí, y que se veía a sí mismo como el auténtico defensor del islam saudí. Bin Laden responsabilizó a Estados Unidos de su doble expulsión, tanto de Sudán, donde había encontrado brevemente la felicidad, y del país que lo vio nacer.
Los títulos de los capítulos de Wright sobre los años en el Sudán (‘Paraíso' y ‘Paraíso perdido') conllevan el sentido teológico de exilio, retratando a bin Laden como un Satanás miltoniano que atacaría a aquellos que se habían atrevido a juzgarlo. Bin Laden, de acuerdo a Wright, había siempre visto su vida según el esquema de Mahoma. Ahora, como profeta del islam, se encargaría de sus enemigos más poderosos.
Sin embargo, a pesar de su aire de trágica inevitabilidad, esta historia está llena de sorprendentes posibilidades. ¿Qué hubiera pasado si bin Laden hubiese abandonado al-Qaeda y se hubiese convertido en un hombre de negocios más exitoso? ¿Qué habría pasado si hubiera aceptado la oferta del gobierno saudí, en 1995, de que renovara su nacionalidad y volviera a casa provisto que renunciar a criticar al rey?

Libro reseñado:
The Looming Tower: Al-Qaeda and the Road to 9/11
Lawrence Wright
Knopf
469 pp.
$27.95

10 de octubre de 2006
©new york review of books
©traducción mQh
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la falsa guerra de bush


[Robert Dreyfuss] El presidente Bush no solamente inventó una falsa ‘guerra contra el terrorismo', sino además no trata verdadera amenaza a la que hace frente Estados Unidos.
En agosto, incluso antes del anuncio oficial de que unas dos docenas de candidatos a terroristas fueran arrestado en Londres, el presidente Bush y sus principales asesores entraron en acción. Su objetivo no era parar a los terroristas, que ya estaban a buen resguardo tras las rejas, sino utilizar el peligro para justificar la aparentemente interminable ‘guerra contra el terrorismo'.
El vice-presidente Dick Cheney, que se había enterado de antemano de las inminentes detenciones, insinuó macabramente sobre el peligro que representaban "tipos como Al Qaeda". El presidente, en una pista del aeropuerto de Wisconsin a la mañana siguiente, advirtió que las detenciones eran un "duro recordatorio de que este país está en guerra con los fascistas musulmanes". Y esa tarde, Peter Wehner, director de la Oficina de Iniciativas Estratégicas de la Casa Blanca, declaró que Estados Unidos está librando nada menos que una "guerra de civilizaciones" con enemigos que quieren "establecer un imperio musulmán radical que se extiende desde España hasta Indonesia".
Felizmente, agregó Wehner, el país tiene un presidente que sabe exactamente cómo combatir al terrorismo: "George W. Bush entiende, con extraordinaria claridad, la gran guerra de nuestra época".
El problema es que casi todo lo que el presidente Bush entiende sobre su propia guerra contra el terrorismo, es erróneo. De acuerdo a casi una docena de ex altos funcionarios que han estado en las primeras líneas de la lucha contraterrorista del gobierno, el presidente no solamente está librando una guerra equivocada -además la está librando de un modo que ha hecho que el peligro sea todavía peor. La guerra contra el terrorismo, dicen, ha sido mal gestionada y mal dirigida casi desde el principio, no menos porque el presidente simplemente no entiende la naturaleza del enemigo contra el que está peleando.
"Odio el concepto de ‘guerra global contra el terrorismo'", dice John O. Brennan, un veterano de la CIA que fue el primer director del Centro Nacional Contraterrorista, la principal organización fundada por Bush para analizar los datos reunidos sobre el terrorismo por las agencias de espionaje y coordinar la planificación operacional estratégica. "Odio las frases duras, sabes, como cuando se dice: ‘vamos a matar a todos esos tipos'".
Brennan no es el único. En una encuesta realizada este verano, se preguntó a más de cien expertos en política exterior -incluyendo a ex ministros de estado, directores de la CIA y altos funcionarios del Pentágono- si acaso el presidente está "ganando la guerra contra el terrorismo". El ochenta y cuatro por ciento dijo que no.
Han pasado cinco años tras los atentados del 11 de septiembre de 2001y el gobierno no logra entender las cambiantes realidades del terrorismo. Si Estados Unidos quiere prevenir otro atentado terrorista -como aparentemente lo logró el gobierno británico en Londres el mes pasado-, hay cinco lecciones esenciales que el presidente debe aprender:

1. Al Qaeda ha sido prácticamente eliminado como amenaza.
Aunque el gobierno continúa asustando a los estadounidenses con el espectro de Al Qaeda, la organización que atacó a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 ha sido prácticamente eliminada. Aunque Osama bin Laden y algunos veteranos de Al Qaeda siguen fugitivos, el grupo que atacó Nueva York y Washington ha sido efectivamente desmantelado. "Personalmente no creo que Al Qaeda exista como una organización fuerte", dice Wayne White, un alto funcionario de inteligencia en el Departamento de Estado que dejó el gobierno de Bush el año pasado.
La sistemática eliminación de Al Qaeda empezó semanas después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Cuando intervino en Afganistán en octubre de 2001, la CIA tenía un conocimiento razonable de la potencia de Al Qaeda, de su organización y localización. "Teníamos una idea bastante acertada sobre quién estaba allá", dice un veterano de la CIA que pidió no ser identificado. "No estábamos durmiendo. Teníamos una lista de gente de Al Qaeda que estaba allí, e incluía a un montón de gente que había estado en sus campos de adiestramiento en los últimos años".
Datos de la CIA de esa época sugerían que Al Qaeda contaba con unos cinco mil hombres en Afganistán. De acuerdo a funcionarios de la inteligencia norteamericana, muchos -quizás la mayoría- de los miembros del grupo murieron en los bombardeos lanzados por las fuerzas armadas estadounidenses. "Tuvimos bastante éxito con los bombardeos", dice un ex oficial de operaciones de la CIA. "Llegamos con B-52 y F-16, y en Tora Bora les lanzamos bombas de 6.800 kilos. Los hicimos pedazos. Si hubieras querido contarlos, habrías tenido que recoger los pedazos con bastoncillos".
De acuerdo a Gary Berntsen, un oficial de operaciones de toda la vida y ex jefe de estación de la CIA, sólo unos cientos de militantes de Al Qaeda pudieron escapar de Afganistán en 2001. "Antes de Tora Bora se habían escapado algunos, una docena por aquí, otra por allá", dice Berntsen, que dirigió en el terreno al equipo de la CIA al que se le asignó la tarea de cazar a Al Qaeda. "En Tora Bora, según nuestros cálculos, se habían replegado unos mil, y muchos de esos murieron. Finalmente se separaron en dos grupos. Uno de ellos, de unos 130 militantes, fue capturado en Pakistán. El otro, unos 180, logró escapar".
Los pocos que lograron escapar -incluyendo a bin Laden y su lugarteniente Ayman al-Zawahiri- apenas pudieron arrastrarse hacia un lugar seguro. "Fue una aniquilación desorganizada", dice White, el ex funcionario de inteligencia.
En Afganistán, la CIA cosechó abundantes datos de inteligencia cuando se hizo con los ordenadores, archivos y documentos de la organización. "Una vez que conseguimos los discos duros de Al Qaeda, nuestro conocimiento de la organización aumentó enormemente", dice un jefe de estación de la CIA jubilado. Esos datos permitieron que los agentes contraterroristas trazaran a operativos de Al Qaeda en todo el mundo, destruyendo la presencia extranjera del grupo. "Hemos matado o capturado al menos a uno o dos terroristas por día durante cinco años en todo el mundo", dice un experimentado veterano de la CIA. "Más de cuatro mil en total". Una despiadada represión de las autoridades de Arabia Saudí en 2003 prácticamente eliminó a Al Qaeda allá, y un grupo terrorista de Argelia presuntamente vinculado con bin Laden fue igualmente aniquilado.
Hoy, a pesar de los sumarios informes de que un veterano de Al Qaeda puede haber estado implicado en la trama en Londres para hacer explotar aviones de pasajeros con destino a Estados Unidos, los funcionarios contraterroristas ya no creen que bin Laden tenga la capacidad de dirigir células de seguidores -para no mencionar planificar, organizar y dirigir acciones terroristas de gran escala. De acuerdo a Brian Jenkins, que ha pasado más de treinta años estudiando el terrorismo para la RAND Corporation, Al Qaeda ahora tiene menos de 500 miembros, incluyendo sus cabecillas y reclutas. En la cima -"eso es, bin Laden y los chicos"- la organización es mucho más chica. "Hay un núcleo de sólo decenas a cientos de individuos implicados en la organización del grupo", dice Jenkins.

2. Lo que no sabemos sobre Al Qaeda todavía puede ser peligroso para nosotros.
Si el presidente hubiese continuado la cacería de bin Laden, dicen altos funcionarios, podría haber declarado una rápida victoria. En lugar de eso, Bush pasó de perseguir a Al Qaeda en Afganistán, a perseguir a Saddam Hussein en Iraq -una decisión con fatales consecuencias para la seguridad de Estados Unidos. "En la guerra contra el terrorismo, Iraq rompió nuestra espalda", dice Michael Scheuer, que encabezó la unidad de Al Qaeda de la CIA hasta 2004.
Bin Laden, aunque se oculta en Pakistán, puede no conservar su capacidad para coordinar atentados terroristas, pero su mera existencia proporciona un motivo a candidatos a terroristas. "Ahora ya no es más que un portaestandarte", dice White. "Es como el portaestandarte de un regimiento, levantando la bandera para inspirar a la gente". En los últimos cinco años bin Laden y Zawahiri han hecho circular unas cuarenta cintas, usualmente entregándolas al canal de televisión en lengua árabe Al Yazira. No hay indicios de que estos mensajes estén relacionados directamente con actos de terrorismo específicos, pero sus desfachatadas bravuconerías estimulan a candidatos a terroristas.
"Son inspirados por su gran líder de mierda", dice un ex jefe de estación de la CIA con una amplia experiencia en Oriente Medio. "Y tenemos que colocar en una pica la cabeza de ese gran líder de mierda".
Desafortunadamente, ahora que bin Laden y Zawahiri están en Pakistán, encontrarlos es una misión extremadamente difícil. "En el sentido de que Al Qaeda es descentralizada, es mucho más difícil echarle el guante", dice John McLaughlin, el ex director interino de la CIA que dejó la agencia en 2004. Lo que queda del núcleo dirigente de Al Qaeda se ha descolgado y evita usar comunicaciones electrónicas, y la CIA sospecha que se comunican mediante mensajeros. "Están muy conscientes de la seguridad operacional, y tienen la geografía a su favor", dice Paul Pillar, un experto en contraterrorismo jubilado de la CIA que se desempeñó como analista jefe de Oriente Medio con Bush. "La zona donde se cree que están es un territorio desconocido".
Como resultado, la CIA no sabe casi nada sobre cómo se contacta bin Laden con los grupos que inspira. "No sabemos nada sobre sus cabecillas, ni cómo se comunican", dice el funcionario de toda la vida de la CIA, jubilado hace poco. "No sabemos dónde están, así que no sabemos quiénes son. Ni siquiera sabemos cómo esas cintas de mierda llegan a Al Yazira".

3. La amenaza se ha hecho viral.
Al fracasar en su intento de terminar con bin Laden como había prometido, el presidente ha dado esperanzas a toda una nueva generación de células terroristas autónomas, seguidores musulmanes y candidatos a terroristas de Al Qaeda. "Los dejamos escapar", dice el jefe de estación de la CIA retirado. "Tomamos una organización que era relativamente centralizada y la convertimos en un virus generalizado. Antes de Afganistán, nos enfrentábamos a una especie de amenaza unificada. Ahora estamos luchando contra algo que es el equivalente de un fantasma".
Es esa forma fantasmal del terrorismo post-Al Qaeda lo que más preocupa a los expertos en Estados Unidos, incluyendo a ex funcionarios de gobierno. "Lo más preocupante es el desarrollo de organizaciones locales", dice White. En comparación con Al Qaeda en 2001, esta nueva generación de terroristas consiste fundamentalmente en amateurs, que es menos probable que sean capaces de montar actos de violencia verdaderamente espectaculares. Aunque pueden causar importantes números de víctimas de vez en vez, funcionarios contraterroristas dicen que se parecen más a una infección viral no demasiado importante -una amenaza para la vida sólo si se la descuida. "Hay un número relativamente pequeño de gente que está tratando de causarnos daño", dice James Steinberg, asesor de seguridad nacional durante el gobierno del presidente Clinton.
Estas nuevas formaciones -como las células que llevaron a cabo los mortíferos atetados con bomba en Madrid y Londres después del 11 de septiembre de 2001, así como la que está acusada de la reciente conspiración en Londres- pueden ser menos organizadas que Al Qaeda, pero es más difícil defenderse de ellas. Cuando un puñado de extremistas musulmanes encolerizados se reúnen en secreto, deciden perpetrar un acto de violencia para vengarse de supuestas afrentas y conspiran, no existe antecedentes de la organización como para que la policía y los agentes de inteligencia puedan trazarla. "Quiere decir que la gente que está preparando acciones terroristas es gente que no conocemos", dice Vince Cannistraro, que fue jefe de operaciones y análisis en el centro de contraterrorismo de la CIA. "No aparecen en ninguna lista. Y no vamos a descubrir nada sobre ellos, ni aunque capturemos a Zawahiri".
Las células de emuladores están compuestas por enfadados y amargados radicales musulmanes que oyen hablar a Bush de que hay una "cruzada" y ven a las tropas norteamericanas ocupando a Iraq -y quieren vengarse. Debido a que surgen espontáneamente, sin lazos formales con Al Qaeda, la CIA sólo puede especular sobre su ubicación. "No tenemos un buen mapa que muestre la ubicación de estas células", dice Jenkins. "Sólo sabemos dónde han ocurrido los atentados". Basándose en esos atentados, así como en otros datos de inteligencia, los analistas creen que las células se concentran en un puñado de ciudades en Europa, de Londres y Madrid y mezquitas radicales en Alemania y Suiza. Algunas células parecen estar conectadas con grupos musulmanes radicales en Pakistán, incluyendo grupos terroristas veteranos que operan en Cachemira, una región dividida que reclaman tanto Pakistán como India.

4. La lucha contra el terrorismo es asunto de policías y espías, no de soldados.
Para el presidente Bush, el modo de terminar con el terrorismo es haciendo guerras. Pero los terroristas aislados que conspiran en los suburbios de Londres y coordinan sus ataques en las páginas web yihadistas no pueden ser derrotados con ejércitos: sólo pueden ser detenidos por la combinación del trabajo policial anticuado y paciente y un buen trabajo de inteligencia. En realidad, el éxito de la policía británica y de Scotland Yard al desbaratar la reciente amenaza en Londres representa un ejemplo clásico de cómo hacer frente a los terroristas.
Pero el presidente no muestra signos de que haya aprendido la lección de las detenciones de Londres. "Alguna gente dice: ‘Bueno, esto puede ser un asunto de la policía'", dijo Bush después de que se diera a conocer el complot de Londres. "Pero no es así... Esta gente es motivada políticamente... Tienen una visión primitiva del mundo". Para combatir esa visión del mundo, Bush ha descansado casi exclusivamente en los militares. Desde 2001, el gobierno ha gastado 430 billones de dólares en lo que llama la ‘guerra global contra el terrorismo' -y casi noventa centavos de cada dólar han sido destinados al ministerio de Defensa.
John Brennan, el ex director de contraterrorismo, dice que las fuerzas armadas están especialmente mal capacitadas para combatir el nuevo modelo organizacional que está emergiendo para remplazar a Al Qaeda. "No es el Terrorista Internacional con el que estamos peleando", dice."Pero el ministerio de Defensa y otros insisten demasiado enfáticamente en llamarlo guerra, porque permite que el Pentágono se concentre en la dimensión militar del conflicto. Corresponde con su estrategia global".
Lawrence Wilkerson, un coronel retirado de la marina que fue el segundo de Colin Powell en el ministerio de Relaciones Exteriores, también ridiculiza la noción del presidente de que el enemigo es una fuerza global compuesta por "fascistas musulmanes" que puede ser derrotada militarmente, como lo fueron los nazis. "No creo que haya una sola persona en el gobierno, excepto el vice-presidente Dick Cheney, que crea en esa gilipollez sobre el ‘islamofascismo'", dice.
Para empeorar las cosas, agrega Wilkerson, el Pentágono a menudo emprendió sus aventuras antiterroristas sin siquiera molestarse en notificar a las otras agencias. Las Fuerzas Especiales se aparecieron inesperadamente en países en todo el mundo y el ministerio de Relaciones Exteriores ni siquiera sabía dónde estaban. "De repente nos llamaba un embajador que nos decía: ‘¿Qué hacen aquí esos soldados de dos metros recorriendo las calles?'", recuerda Wilkerson. "Y Colin Powell tendría que llamar a Rumsfeld y preguntar: ‘Don, ¿por qué has enviado a la Fuerza Delta a esos lugares?'"
El énfasis en los militares se ha hecho a expensas del recabamiento de inteligencia. De hecho, las recientes medidas del gobierno de reorganizar a las agencias de inteligencia ha debilitado a la CIA y creado una red contradictoria y repetitiva de burocracia que ha reducido la capacidad de los espías y analistas de la CIA de impedir otro atentado. "Ahora tenemos una organización más confusa", dice Pillar. "Es realmente difícil saber quién está a cargo".
En los últimos dos años, a medida que la CIA ha sido obligada a obedecer las órdenes del Pentágono, decenas de altos funcionarios de la agencia han sido despedidos, o se han marchado disgustados. Además, según se ha enterado Rolling Stone, el ministerio de Defensa ha incluso bloqueado intentos de la agencia de producir un Estimado Nacional de Inteligencia -un análisis formal, ultrasecreto de la amenaza que representa Al Qaeda y otros grupos musulmanes radicales. Cinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el gobierno todavía carece de un análisis unificado y actualizado sobre quién es el enemigo y cómo luchar contra él.
"Cuando dejé la CIA en noviembre de 2004, no tenían ningún estimado sobre Al Qaeda", dice Scheuer, que dirigió la unidad de Al Qaeda de la agencia durante casi una década. "De hecho, desde los años noventa que no se produjo ningún estimado". Hoy, el proceso sigue atascado en las disputas entre las agencias -en gran parte debido a la resistencia del Pentágono ante cualquier conclusión que debilite su papel principal en las campañas contraterroristas. Como resultado, el gobierno de Bush sigue desconociendo la verdadera naturaleza de los enemigos terroristas a los que se enfrenta Estados Unidos -e incapaz de diseñar una estrategia efectiva para combatir a esos enemigos.

5. El terrorismo no podrá ser derrotado nunca.
El terrorismo no es un enemigo, sino un método. Como tal, no puede ser derrotado: sólo se le puede contener y reducir. Incluso si Estados Unidos erradicara todas las células terroristas en el mundo hoy, el terrorismo estaría de vuelta mañana, porque nuevas quejas y nuevos llamados a la venganza continuarán creando nuevos terroristas. Además, siempre habrá grupos insurgentes inclinados a la violencia que usen métodos terroristas en conflictos en todo el mundo, desde Hamas en Palestina y Hezbollah en el Líbano hasta grupos rebeldes y disidentes en Cachemira, Chechenia, Sri Lanka, España, Colombia, Filipinas y el Congo.
A corto plazo, los polis y espías pueden continuar haciendo lo que pueden para detectar esas amenazas terroristas a medida que emergen, y ocasionalmente, como en Londres, tendrán éxito. Pero son los primeros en admitir que desbaratar una conspiración antes de que se lleve a cabo es sobre todo cuestión de suerte. Al final, son los conspiradores los que llevan ventaja. "Parar a un terrorista antes de que actúe es raro", dice Pillar, el ex analista jefe para Oriente Medio del gobierno. "Es terriblemente gratificante, pero raro. Es un error pensar que podemos mejorar específicamente nuestro trabajo de inteligencia como para producir ese tipo de prevención".
Antes que librar una guerra global, dicen los expertos, Estados Unidos necesita trabajar estrechamente con servicios de inteligencia extranjeros que conocen el terreno en sus propios países para eliminar a los terroristas uno por uno. "El progreso se mide por un terrorista a la vez, una célula a la vez", dice Pillar. "Nos atacarán. Pero existe la posibilidad de que nos ataquen menos frecuentemente y menos mortíferamente". Aunque suene poco prometedor, este enfoque propone una definición de ‘victoria' en la guerra contra el terrorismo: Lo mejor que podemos hacer es reducir la amenaza del terrorismo al nivel de un ruido molesto.
A largo plazo, con cada día que pasa, la dura intervención de Estados Unidos en Iraq, Afganistán y en el conflicto palestino-israelí está produciendo nuevos terroristas. Debido a sus políticas, el presidente Bush está esparciendo el virus, no controlándolo. La guerra en Iraq ha radicalizado a musulmanes en todo el mundo, y les ha permitido retratar la invasión de Iraq como un ataque contra el islam. "El presidente dice que Iraq es el principal frente en la guerra contra el terrorismo, pero Iraq se ha convertido en el frente central debido a que nosotros lo convertimos en eso", dice Wilkerson. "Osama bin Laden se está probablemente riendo en su cueva. Se lo dimos en bandeja, con cuchillo y tenedor".
Esa, en último término, es la lección más importante que debe aprenderse de la campaña contra el terrorismo. El odio avivado por el gobierno de Bush no puede ser aplacado con polis, espías o soldados. Sólo podrá ser aplacado con una postura más unificada y coordinada hacia el resto del mundo -una postura que cree aliados en lugar de inspirar más odio.
"Necesitamos una política exterior más sana", dice Brennan, el ex director de contraterrorismo. "Se necesita una vía diplomática para solucionar este problema de otra manera que matando gente".

21 de septiembre de 2006
©rolling stone
©traducción mQh
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