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palestina e israel una economía


[Andrés Martínez] Gaza, Palestina. La última intifada y la reacción israelí han provocado el desplome de la economía palestina, con un desempleo de más del 80 por ciento y una inversión privada anual a menos de 100 millones de dólares -después de haber alcanzado 1,5 billones de dólares en 1999. Conviene que Israel no olvide que, a pesar de las tensiones, palestinos e israelíes comparten una sola economía.
Mislam Alshwa, un carnicero del mercado central de la Ciudad de Gaza, ha visto desplomarse sus ventas en un 90 por ciento desde que comenzara la intifada en el otoño de 2000. La razón es que, en tiempos de fuertes tensiones, no se le permite a casi nadie entrar a trabajar a Israel. Israel ha comenzado a importar trabajadores de Tailandia y de las Filipinas para remplazar a los palestinos que empleaba antes.
"Las cosas no mejorarán sino se abren las fronteras, de modo que la gente pueda hacer dinero otra vez", dijo Alshwa un sábado reciente.
Uno de sus pocos clientes de ese día, Abu Ahmeed, no estaba de acuerdo. "¿Para qué vamos a trabajar en Israel?", preguntó. "El estado palestino va a ser una realidad dentro de poco, y podremos construir fábricas". Ahmeed trabaja para la Autoridad Palestina. Eso explica por qué puede comprar carne todavía.
Pero ambos pueden tener razón: Ahmeed, en creer que un estado palestino es inevitable, y Alshwa, por presentir que sus males financieros pueden no terminar ahí.
Solucionar el conflicto palestino-israelí con la formación de dos estados, que fue alguna vez la aspiración de los amantes de la paz de ambos lados, es considerada hoy como el mal menor por los realistas, hartos del caos. La opinión más extendida ahora en Israel se puede resumir en pocas palabras: Que se queden con sus territorios, y levantemos una muralla para no tener que ver nunca más con ellos. Aunque comprensible, ese sentimiento puede ser una peligrosa fantasía para los israelíes. A pesar de la pulcritud de la solución de dos estados, palestinos e israelíes continuarán viviendo en una economía compartida. Israel socavará su propia seguridad si prefiere ignorar este hecho.
Gaza ofrece un cuento con moraleja de lo que puede ser un estado palestino sin opciones. Cercada, la Franja de Gaza se ha transformado en una prisión cada vez más radicalizada con un millón y medio de reclusos; es gestionada por Hamas y otros grupos terroristas. El porcentaje de palestinos de Gaza que viven en la pobreza (definida a partir de un ingreso familiar diario de menos de 2,10 dólares) ha aumentado explosivamente al 80 por ciento -de un 20 por ciento hace menos de cuatro años.
El territorio es también un microcosmos de todo lo que los observadores extranjeros del conflicto palestino-israelí encuentran exasperante. Después de todo, no están exactamente disputándose por Gaza. Casi tres cuartos de los israelíes, incluyendo al primer ministro Sharon, están ansiosos de retirar de ahí a las tropas israelíes y a los 7 mil 500 colonos judíos.
Pero el 2 de mayo, un minúsculo porcentaje del electorado israelí logró bloquear el plan de retirada de Sharon en un mal concebido referéndum del Likud. La participación fue baja, en parte porque muchos partidarios del ‘sí' se quedaron en casa después del brutal asesinato en Gaza de una colona judía y sus cuatro hijos. Una vez más, los extremistas de ambos lados secuestraron el debate.
Desde entonces, al menos una docena de soldados israelíes y cerca de cien palestinos han muerto en algunos de los más viciosos ataques de los últimos años. Sharon ha reiterado su determinación de abandonar Gaza, y se espera que su gabinete lo vote este domingo en un plan de retirada corregido.
Incluso si una retirada israelí tuviera finalmente lugar, las que fueron una vez propuestas optimistas para la formación de dos estados, uno israelí y uno palestino, con un solo régimen de aduanas y un mercado común, han sido archivadas. Al contrario, Israel está decidido a levantar una enorme muralla que ofrecerá a los palestinos un futuro económico tan sombrío como el presente. "Ninguna economía moderna ha pasado por una recesión tan devastadora como Cisjordania y la Franja de Gaza", dijo Nigel Roberts, el director del Banco Mundial para Cisjordania y la Franja de Gaza.
Los efectos de la intifada terminaron con casi el 40 por ciento del producto nacional per cápita. La inversión privada bajó en picada a menos de 100 millones de dólares en 2002, después de haber sido de 1,5 billones de dólares en 1999.
La beneficencia internacional ha ayudado a prevenir un desastre mayor. Los palestinos son los que más reciben ayuda extranjera al año en el mundo, algunos 325 dólares. Pero la seguridad social no es una estrategia de desarrollo.
Los palestinos han tratado de construir una economía basada en la mano de obra barata para Israel. Hasta que los terroristas kamikases no estropearan la emigración diaria, había una relación simbiótica. El número de trabajadores inmigrantes palestinos en Israel ha descendido a menos de 50 mil, de los 150 mil en vísperas de la última intifada.
Israel ha pagado también un precio por el caos de los últimos años, pero fue un precio relativamente pequeño en el contexto de una economía próspera. A los capitalistas que han invertido en alta tecnología en Tel Aviv les gusta decir que sus destinos están más vinculados a lo que pasa en el Nasdaq que en Nablús, y hay mucho de verdad en eso. El hecho de que la violencia palestina haya llevado al catástrofe a su propia economía, hace que incluso algunos de los israelíes mejor intencionados se encojan de hombros, en un gesto de impotencia ante la grave situación.
Sin embargo, promover un clima de bienestar y de esperanza en los territorios palestinos es de interés para la propia seguridad de Israel.
Nadie con algún sentido de razón espera que Israel abra sus fronteras a todos los que lleguen, pero, a largo plazo, palestinos e israelíes deberán encontrar sus propios métodos para establecer un flujo ordenado de trabajadores, quizás uno que puede ser coordinado por los sindicatos y las empresas y que podría implicar la verificación de antecedentes.
Además, los políticos israelíes deben darse cuenta de que las medidas más duras de la ocupación son contraproducents, ya que aumentan la desesperación de los palestinos. Así ocurre con la demolición de viviendas palestinas, los controles de carretera internos y la prohibición que impide la salida de Gaza de los palestinos de entre 16 y 35 años.
La viabilidad económica de un eventual estado palestino también debe preocupar a Israel. Deberá aceptar una mayor soberanía palestina sobre cuestiones tan importantes como los derechos de agua, a menos que quiera tener toda la vida un vecino desesperado y suicida. Y eso es en lo que se está convirtiendo Gaza.

©new york times

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