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huida de nayaf


[Doug Struck] Mientras continúan los combates en Najaf, muchos de sus vecinos continúan huyendo y buscando refugio en barrios más seguros. Pero huir no es siempre lo más fácil.
Bagdad, Iraq. Hadeel, 11, se agachó en el asiento de atrás del coche mientras su familia cruzaba entre los disparos. Abrazó a su hermano Zaied, de ocho años. El bebé, Muntadher, de apenas dieciocho meses, estaba en brazos de su madre.
"Teníamos mucho miedo. Agachamos la cabeza y aceleramos", recordó la niña parlanchina y de ojos grandes desde debajo de su negra abaya, una túnica larga y suelta que usan incluso a esa edad muchas niñas chií.
Hadeel y su familia se incorporaron al subrepticio tráfico de miles de refugiados huyendo de los combates de Najaf esta semana, buscando refugio con familiares y amigos en otros pueblos y ciudades. Viven atiborrados en las casas de sus anfitriones y en cuartos de hoteles baratos, observando el humo que se eleva por encima de sus barrios en Najaf en los boletines informativos de la televisión, esperando que pare la balacera para poder volver a casa sin correr peligro.
"Al menos aquí estamos seguros", dijo la niña de cuarto básico. Estaba sentada en una estera en el piso de la casa de su tía en Bagdad.
Los refugiados de Najaf son la última corriente de viajeros desesperados que quieren evitar la violencia en Iraq. Algunas familias huyen de los disparos en Bagdad trasladándose a las áreas kurdas del norte, que son relativamente más tranquilas. Los cristianos huyeron después de los atentados con bomba de sus iglesias desplazándose hacia Siria en coches sobrecargados de cosas. Otras familias iraquíes esperan en Amán, la capital de la vecina Jordania, esperando el momento en que su país vuelva a estar en paz.
A menudo es una huida discreta. Los viajeros prefieren evitar el riesgo de ser robados o de tener problemas en los puestos de control llevando consigo poco más que la ropa puesta. Se deslizan a través de líneas de batalla en Najaf formando grupos de dos o de tres personas, en lugar de más grandes. Llegan silenciosamente a las casas que constituyen su extendido sistema de seguros de su cultura -hermanos, primos e incluso amigos que no dudarán en invitarlos a quedarse con ellos.
"Esta es la casa de mi hermana. Ahora somos once, y dormimos en dos habitaciones", dijo Mohammad Jawad Abbas, 41, padre de Hadeel. "Es incómodo para ella".
La hermana, escuchando a escondidas en el cuarto separado de las mujeres, protestó desde el umbral de la puerta: "Tienes que quedarte. Mi casa es tuya".
Abbas, un taxista de Najaf, comenzó a preocuparse cada vez más por la seguridad de su familia a medida que la situación se deterioraba estas últimas semanas. Dijo que vivía a casi una milla del santuario del imán Alí, el foco del conflicto entre los iraquíes y las tropas estadounidenses y las milicias del clérigo chií Moqtada Sadr, el Ejército Mahdi. La electricidad y el agua se habían transformado en esporádicas. El alimento y el combustible eran escasos; a menudo tuvo que hacer cola el día entero en una gasolinera para rellenar el tanque de su coche.
"Había francotiradores en los tejados. Era muy difícil salir a la calle", dijo Abbas. "Estábamos rodeados de ejércitos: el de Mahdi, el norteamericano, el iraquí. Debido a los bombardeos Najaf ha quedado en muy mal estado".
Hadeel contó que una amiguita recogió lo que pensaba que era una bonita estilográfica. Era un expolsivo, y le mutiló la mano.
Abbas dijo que una vecina embarazada estaba durmiendo en su dormitorio, una práctica común en los tórridos veranos, cuando la metralla de una bomba le atravesó el vientre. Estaba muy grave, dijo.
"No sabía cómo salir de aquí. No teníamos gasolina. No había coches. Nadie te llevaría al hospital en caso de que te hirieran", dijo. Finalmente, un cuñado que vive en las afueras más seguras de Najaf se encargó de la esposa e hijos de Abbas y los llevó en su coche para peligroso viaje. Abbas los siguió al día siguiente, caminando a través del campo de batalla, arrimándose a las paredes de los callejones por miedo a los francotiradores.
"Iraq no tiene futuro", dijo Abbas. "Esta peor incluso que durante la guerra".
Un portavoz del ejército norteamericano dijo que no había habido un éxodo masivo de Najaf, aunque los estadounidenses habían usado altavoces para pedir a los residentes que abandonaran el área cerca del santuario del imán Alí. Pero vecinos dijeron que los militares no sabían cuántos ya habían partido.
"Yo diría que del casco viejo de Najaf se ha ido entre un 70 a 90 por ciento de la gente", dijo Farris Taliq Qani, 40, que sacó a su esposa y tres hijos de Najaf esta semana.
Qani trabaja en Bagdad -es administrador de un pequeño hotel- y su familia está ahora con su madre, en Bagdad.
Atravesaron los serpentinos callejones hasta llegar a la principal estación de buses y contrataron un coche por el resto del viaje.
"Me siento triste. Quiero a mi barrio, y los vecinos", dijo. "Sólo Dios sabe cuándo podremos volver".
"Al principio, cuando llegaron los norteamericanos, nos pusimos contentos. El antiguo régimen nos había tratado muy mal", dijo Qani refiriéndose a los chiís de Iraq, que constituyen la mayoría de la población pero que han sido perseguidos históricamente. "Pero después de esos combates, los norteamericanos disparan indiscriminadamente y mucha gente se ha devuelto. Ya no nos alegra ver a los norteamericanos".
Chiís en Najaf y otras partes en el sur han rechazado en general a Sadr por considerarlo un advenedizo, y el grueso de la población chií prefiere a clérigos más viejos y moderados. Pero Qani dijo que veía a Sadr como "un nacionalista honesto que no quería que las cosas llegaran a este punto. Todo lo que hizo fue criticar al gobierno y la ocupación norteamericana".
"Este Ejército Mahdi ha sido capaz de ponerse en el camino de la potencia más grandes y fuerte del planeta", dijo Qani. "La gente que cree de verdad en esta lucha está dispuesta a defenderla con sus vidas. Al principio le apoyaban pocos. Ahora lo apoya más del noventa por ciento de la gente".

14 de agosto de 2004
©traducción mQh
©washingtonpost
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