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signos de vida en faluya


[Robert F. Worth] Aumentan signos de vida de la arruinada Faluya.
Faluya, Iraq. Cuatro meses después de que bombas y armas norteamericanas machacaran gran parte de esta ciudad y la transformaran en ruinas, comienzan a verse algunos signos de vida. Una tienda de kebab y una panadería han reabierto en el acribillado boulevard principal. Casi un tercio de los 250.000 habitantes de la ciudad han vuelto poco a poco desde principios de enero. Marines americanos y agentes de policía iraquíes patrullan las calles, y ha habido poca violencia.
Pero la seguridad ha tenido un alto precio. Para entrar a Faluya, los residentes deben esperar cuatro horas para pasar los rígidos puestos de control militar, y en la noche hay un estricto toque de queda. Eso ha atrofiado a la renaciente economía y los proyectos de reconstrucción. También ha frustrado a los residentes, que todavía están tratando de habituarse a sus destrozadas calles y casas. Muchos tienen trabajo o parientes fuera de la ciudad.
‘Faluya es segura", dijo Hadima Khalifa Abed, 42, que volvió en enero a su arruinado hogar con su marido y 10 niños. "Pero es segura como lo es una cárcel".
Oficiales americanos aquí dicen que hacen frente a una difícil elección. Aliviar las severas medidas de seguridad ayudaría a revivir la economía y reduciría el 50 por ciento de desempleo; también podría significar el retorno de los insurgentes que controlaron Faluya desde abril último hasta la intervención norteamericana en noviembre. Incluso ahora, los insurgentes lanzan ocasionalmente ataques de mortero en la ciudad, y varios contratistas privados han muerto aquí.
Hay otros obstáculos. Faluya todavía carece de un alcalde y un ayuntamiento debido al fracaso de la nueva Asamblea Nacional iraquí en formar un gobierno. Los militares norteamericanos se muestran reticentes a tomar decisiones que darán forma a la ciudad en las próximas décadas, y el resultante vacío de poder ha sido paralizante.
Cientos de nuevos agentes de policía, adiestrados en Jordania, se espera que lleguen pronto a la ciudad, informaron oficiales americanos. Organizaciones no-gubernamentales han donado cargamentos de camiones con equipos para las compañías de bomberos, hospitales y escuelas. Pero no hay comisarías de policía donde trabajen los agentes, y no hay nuevas estaciones de bomberos porque nadie tiene para autoridad para determinar dónde construirlas.
"Sin un alcalde, nadie zanja las disputas", dijo un oficial americano involucrado en los proyectos de reconstrucción y que habló a condición de conservar el anonimato. "Sin un ayuntamiento, ¿cómo aprobar los planos y cómo diseñar un plan para que funcione la ciudad?"
De todos modos, mucho ha mejorado para los habitantes que volvieron primero hace tres meses a un ciudad casi desierta.
En una excursión con un convoy norteamericano por los barrios céntricos de la ciudad, se pueden ver coches particulares y taxis cruzando las calles. Los clientes compraban fruta y verduras en los mercados, y una multitud esperaba frente a una nueva sucursal del Banco Rafidain.
En la Escuela Palestina, donde las clases empezaron nuevamente hace dos meses, se podía oír en los pasillos los alegres chillidos de los estudiantes.
"Las cosas están casi normales aquí", dijo el director Samer Eyd Jawhar, 60, un hombre corpulento de chaqueta y corbata celestes. "Tenemos maestros y libros. Las cosas están mejor".
En todas partes se oyen quejas sobre el estricto control militar de la ciudad. Najim Abed, director de una posta clínica, dijo que su única ambulancia tiene a menudo problemas en entrar y salir de la ciudad. También es difícil llegar a pacientes en la noche, porque la ambulancia debe ser acompañada por una patrulla militar, dijo.
Todavía hay dos batallones de marines operando en la ciudad, con algunas unidades agregadas, como un equipo de ingeniería de la Marina. Hay al menos dos batallones de agentes de la policía iraquí, aunque oficiales de las fuerzas armadas se negaron a entregar cifras precisas.
Entretanto, los proyectos de reconstrucción siguen adelante, aunque lentamente. Tras la incursión americana en noviembre, las instalaciones de Faluya yacen en ruinas. Hoy, hay electricidad y agua corriente para un 40 por ciento de las casas y locales comerciales de la ciudad, dicen oficiales norteamericanos, y llegará al resto en los próximos seis meses. El sistema de alcantarillado está funcionando nuevamente y hay planes a largo plazo en camino para remplazar completamente el estropeado tendido eléctrico de la ciudad.
Los insurgentes han asesinado a algunos contratistas que trabajan en la construcción, dicen contratistas y oficiales estadounidenses. Otros han recibido amenazas de muerte. Muchos contratistas se niegan a trabajar en la ciudad. Aquí no ha habido contratistas chiíes, porque la resistencia en gran parte sunní los ha declarado objetivos, dijo un contratista occidental que pidió que ni él ni su empresa fueran mencionados por razones de seguridad.
El efecto de las amenazas es evidente incluso en los cuarteles militares norteamericanos aquí, donde la sala de baño todavía no ha sido terminada. El contratista que construía los servicios recibió una amenaza de muerte sino no paralizaba las obras, dijo un oficial norteamericano. Las obras fueron paralizadas. Pero el dueño de la compañía, que había hecho bastantes trabajos con los militares norteamericanos y vivía en Bagdad, fue de todos modos asesinado la semana pasada en Bagdad.
Pero funcionarios estadounidenses e iraquíes concuerdan en que los habitantes de la ciudad se han esforzado para prevenir las intimidaciones. Un grupo de vecinos de Faluya, incluyendo a algunas figuras tribales, han formado un consejo contra la intimidación, dijo el contratista occidental.
Hace dos semanas empezó un programa para compensar a los habitantes por los daños sufridos por sus casas.
El domingo, Abed era una de los del segundo grupo en recibir un cheque de compensación en el antiguo centro juvenil donde los militares norteamericanos han levantado sus cuarteles de Faluya. Los cheques fueron repartidos por miembros del Grupo de Trabajo Faluya, una combinación de antiguos empleados de gobierno y otros que forman un consejo municipal ad hoc.
Cada persona recibió un pago inicial equivalente al 20 por ciento de los costos del daño, según cálculos de un grupo de ingenieros iraquíes. El dinero proviene del gobierno interino iraquí.
Abed, vestida en una larga abaya negra, explicó que había vuelto a su casa en el distrito Andalus de la ciudad en enero y encontró su cocina y despensa casi completamente destruidas; podía ver el cielo a través del techo. El resto de la casa fue un alivio: nada más algunos agujeros en las paredes. La nevera, la televisión y otras cosas de valor habían desaparecido.
Cuando llamaron su nombre, Abed se dirigió hacia el frente de la habitación y recibió un cheque por 2.400.000 dinares, el equivalente de unos 1.655 dólares. Como muchos otros de los 30 que recibieron cheques ese día, dijo que no estaba ni cerca de lo necesario. Su marido y cuatro de sus hijos sufren trastornos mentales, dijo, y toda la familia habla constantemente sobre sus temores por el futuro.
Sin embargo, cuando se compara con sus vecinos, se siente afortunada.
"Cuando vi que sus casas estaban casi completamente destruidas, dije: ‘Gracias a Dios, estamos bien, estamos mejor que los otros'", dijo Abed.
El futuro de Faluya está lleno de preguntas. El gobierno iraquí ha determinado que la compensación a los vecinos de la ciudad por sus hogares dañados costará unos 496 millones de dólares, de los cuales 100 millones han sido asignados, dicen funcionarios americanos.
También es incierta la identidad de la ciudad. En un intento de empujar a Faluya en una nueva dirección, funcionarios norteamericanos e iraquíes han checado cuidadosamente a los solicitantes para trabajos en la policía y el gobierno para asegurarse de que no tienen lazos con la resistencia.
"Escuchamos la voz de la gente, no la del antiguo régimen", dijo el teniente coronel Harvey Williams, un agente de asuntos civiles del Ejército que trabaja en asuntos de desarrollo económico en Faluya. "Estamos tratando de implantar un paradigma completamente nuevo".
Pero Faluya tiene un pasado de simpatía hacia los insurgentes y todavía no está claro cómo reaccionarán a medida que continúe la reconstrucción.
"Cuando te insultan, el dinero no es suficiente", dijo Sabih Shamkhi, 61, que también estaba esperando recibir un cheque de compensación por su casa dañada. "Pero es mejor que nada. Esperamos que el gobierno cumpla con el resto de sus obligaciones hacia nosotros".

20 de marzo de 2005
26 de marzo de 2005
©new york times
©traducción mQh

1 comentario

Naro -

Debe ser dificil vivir en una ciudad reconstruida después de la guerra; pero, debe ser aun más dificil vivir en un cerco militar de esas caracteristicas. Quizá sea necesario para evitar más muertes en esa ciudad, quizá sea necesario para evitar que más terroristas se escondan... pero quizá no sea necesario atemorizar a la población con tantos cercos, quizá ellos ya no deseen regresar a esa pequeña visión de una cárcel.