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torturadores por encargo


[Don Van Natta Jr.] Estados Unidos envía a sospechosos de terrorismo a Uzbekistán para su interrogatorio. Antecedentes en derechos humanos en Tashkent son espantosos. En 2002 un prisionero fue cocido vivo.
Siete meses antes del 11 de septiembre de 2001 el ministerio de Asuntos Exteriores emitió un informe sobre Uzbekistán. Fue una letanía de horrores. La policía torturaba repetidamente a los prisioneros, escribieron funcionarios del ministerio de Asuntos Exteriores, observando que las técnicas más comunes eran "golpizas, a menudo con armas romas, y asfixia con máscaras de gas".
Separadamente grupos internacionales de derechos humanos habían informado que las torturas en las cárceles de Uzbek incluían cocer partes del cuerpo, aplicar descargas eléctricas en los genitales y arrancar con un alicate las uñas de pies y manos. Dos prisioneros fueron hervidos hasta la muerte, informaron los grupos. El informe del ministerio de Asuntos Exteriores afirmó francamente: "Uzbekistán es un estado autoritario con derechos civiles limitados".
Sin embargo, inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 el gobierno de Bush se volvió hacia Uzbekistán como socio en la lucha global contra el terrorismo. El país, una antigua república soviética en Asia Central, garantizó a Estados Unidos el uso de una base militar para luchar contra los talibanes a lo largo de la frontera con Afganistán. El presidente Bush recibió en la Casa Blanca al presidente de Uzbekistán, el presidente Islam Karimov, y Estados Unidos ha dado a Uzbekistán más de 500 millones de dólares para el control de las fronteras y otras medidas de seguridad.
Ahora hay cada vez más evidencias de que Estados Unidos ha enviado a sospechosos de terrorismo a Uzbekistán para su detención e interrogatorio, aunque el tratamiento que da Uzbekistán a sus propios presos continúa causando críticas en todo el mundo, incluyendo al ministerio de Asuntos Exteriores.
El llamado programa de entrega, bajo el cual la CIA transfiere a sospechosos a países extranjeros para ser detenido e interrogado, ha vinculado a Estados Unidos con países con pobres historiales en derechos humanos. Pero el cambio de las relaciones con Uzbekistán es particularmente brusco. Antes del 11 de septiembre de 2001, había poco contacto a alto nivel entre Washington y Tashkent, la capital de Uzbek, más allá de las críticas de Estados Unidos.
El papel de Uzbekistán como un carcelero sucedáneo de Estados Unidos fue confirmado por una media docena de actuales y antiguos agentes de inteligencia que trabajan en Europa, Oriente Medio y Estados Unidos. La CIA se negó a hacer comentarios sobre el programa de transferencia de prisioneros, pero un funcionario de inteligencia calculó que el número de sospechosos de terrorismo enviados por Estados Unidos a Tashkent andaba en varias docenas.
Hay más evidencia de la dependencia de Estados Unidos de Uzbekistán en el programa. El 21 de septiembre de 2003, dos aviones norteamericanos -un avión a reacción Gulfstream y un Boeing 737- aterrizaron en el aeropuerto internacional de Tashkent, de acuerdo a las bitácoras de vuelo obtenidas por el New York Times.
Aunque se desconoce el propósito preciso de esos vuelos, en un lapso de tres años, de fines de 2001 a principios de este año, la CIA usó esos aviones para trasladar a sospechosos bajo custodia norteamericana a países en todo el mundo para ser interrogados, de acuerdo a entrevistas con antiguos y actuales funcionarios de inteligencia y bitácoras de vuelo que muestran la ruta de los aviones. El día que los aviones aterrizaron en Tashkent, el Gulfstream había despegado desde Bagdad, mientras el 737 había salido de la República Checa, según las bitácoras.
Las bitácoras muestran que al menos siete vuelos fueron hechos hacia Uzbekistán en esos aviones desde principios de 2002 a fines de 2003, pero las bitácoras están incompletas.
En los últimos meses han emergido detalles del programa de la CIA para la transferencia de prisioneros dados a conocer por un puñado de antiguos detenidos que han sido dejados en libertad, especialmente de cárceles en Egipto y Afganistán, y en algunos casos han declarado que fueron golpeados y torturados cuando estaban en detención.
El programa fue creado a mediados de los años ochenta como un modo para la CIA de transferir a sospechosos en el extranjero a sus países de origen. Después del 11 de septiembre, la CIA lo usó para enviar a prisioneros sospechosos de ser dirigentes de Al Qaeda a una media docena de países para su detención. Funcionarios de inteligencia americanos estiman que Estados Unidos ha transferido de 100 a 150 sospechosos a Egipto, Jordania, Siria, Marruecos, Arabia Saudí, Pakistán y Uzbekistán.
Un veterano funcionario de la CIA, que habló a condición de conservar el anonimato, dijo que no hablaría sobre si Estados Unidos ha enviado prisioneros a Uzbekistán u otras partes del mundo. Pero dijo: "Estados Unidos no utiliza ni aprueba la tortura. No envía a gente a otros lugares para que sean torturadas. Y no recibe conscientemente informaciones que se deriven de torturas".
Ilkhom Zakirov, portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores de Uzbekistán en Tashkent, tampoco aceptó comentar si Uzbekistán aceptaba a sospechosos de terrorismo de Estados Unidos. Se negó a tratar las acusaciones de grupos de derechos humanos. Pero activistas de derechos humanos dicen que debido a que el historial de Uzbekistán es bien conocido, plantea preguntas sobre por qué la CIA envía a los prisioneros allí.
"Con cualquiera que hables allá, todo el mundo sabe que utilizan la tortura -lo saben incluso los delincuentes comunes", dijo Allison Gill, investigadora de Human Rights Watch que trabaja en Uzbekistán. "Cualquier que en Estados Unidos o Europa pretenda que no conoce el alcance del problema de las torturas en Uzbekistán está siendo deliberadamente ignorante".
Craig Murray, ex embajador británico en Uzbekistán, dijo que durante su misión em Tashkent se había enterado de que la CIA utilizaba Uzbekistán como un lugar para mantener a sospechosos extranjeros de terrorismo. Durante 2003 y principios de 2004, dijo Murray en una entrevista, "los vuelos de la CIA llegaban a menudo a Tashkent, usualmente dos veces a la semana".
En julio de 2004 Murray escribió un memorándum confidencial al ministerio de Asuntos Exteriores británico acusando a la CIA de violar la Prohibición de la Tortura de Naciones Unidas. Instó a sus colegas a dejar de utilizar informaciones obtenidas de sospechosos en Uzbekistán debido a que se obtenían bajo tortura y otros medios coercitivos. Murray dijo que sabía de las prácticas a través de sus propias investigaciones y entrevistas con decenas de personas que denunciaron haber sido golpeadas brutalmente en las cárceles de Uzbekistán.
"Deberíamos cesar toda colaboración con los servicios de seguridad de Uzbekistán -es inaceptable", escribió Murray en su memorándum, que fue obtenido por Times.
Murray, que previamente se ha referido públicamente a la transferencia de prisioneros a Uzbekistán, dijo que sus superiores en Londres se enfurecieron por sus preguntas, y le dijeron que la inteligencia obtenida en Uzbekistán todavía podía ser usada por funcionarios británicos, incluso si era conseguida con torturas, provisto que los maltratos no fueran responsabilidad de interrogadores británicos. "Me causó asombro", dijo Murray en una entrevista. "Fue como si se hubiese cambiado de objetivos. Su perspectiva cambió a partir del 11 de septiembre".
Un portavoz del ministerio de Asuntos Exteriores se negó a tratar las acusaciones de Murray. El año pasado Murray renunció al ministerio de Asuntos Exteriores, que investigó acusaciones de mala gestión en la embajada en Tashkent. La pesquisa de esas acusaciones fueron cerradas sin que se tomara ninguna acción disciplinaria en su contra.
La relación entre Washington y Tashkent fueron formalizadas en una reunión en marzo de 2002 en el Despacho Oval entre el presidente Bush y el presidente Karimov. Muhammad Salih, el líder del Partido Democrático, de Uzbekistán, que vive en el exilio en Alemania, dijo que la relación había fortalecido la posición de Karimov.
"Fue una gran oportunidad para Karimov", dijo Salih. "Pero el presidente Bush también debe pensar en los derechos humanos y en la democracia. Si quiere tener una colaboración en asuntos de terrorismo, no debería cerrar los ojos a otras cosas que ocurren en Uzbekistán, como la tortura".
En una rueda de prensa el mes pasado el presidente Bush le preguntaron qué podía hacer Uzbekistán en el interrogatorio de un prisionero que Estados Unidos no podía hacer.
"Queremos garantías de que nadie sea torturado cuando devolvemos a alguien a su país natal", dijo Bush.
El departamento de estado y grupos de derechos humanos han continuado informante sobre violaciones de derechos en las cárceles de Uzbekistán.
El último informe del departamento de estado sobre derechos humanos en Uzbekistán, dado a conocer en febrero, decía: "La tortura fue común en las cárceles, en centros de detención y en recintos de la policía local y del servicio secreto". Además, el informe del departamento de estado observó que en 2003 el Informador Especial sobre Torturas de Naciones Unidas "concluyó que la tortura o similares abusos eran sistemáticos".
Amnistía Internacional y otros grupos han documentado casos específicos. En el verano de 2002, Amnistía Internacional informó que Fatima Mukgadirova, una tendera de 62 años de Tashkent, fue sentenciada a seis años de trabajos forzados tras denunciar al gobierno por la muerte de su hijo, Muzafar Avozov, en una cárcel de Tashkent.
Un análisis independiente de las fotografías del cuerpo, realizado por la Universidad de Glasgow, mostraba que Avozov murió después de ser inmerso en agua hirviendo, informaron grupos de derechos humanos. El examen de su cabeza decía que había sido golpeado y sus uñas habían sido arrancadas.
Activistas de derechos humanos exigieron la liberación de Mukhadirova. Fue liberada poco después de una visita programada del ministro de Defensa Donald H. Rumsfeld en febrero de 2004. Activistas de derechos humanos dicen que Estados Unidos tiene dificultades para mantener en equilibrio sus relaciones con Uzbekistán.
"La relación entre Estados Unidos y Uzbekistán es problemática", dijo Gill, de Human Rights Watch. "Puede ser útil que Estados Unidos sea suficientemente fuerte como para lograr ciertas concesiones. Eso dicho, Estados Unidos no debería decir que Karimov es un socio, un aliado o un amigo. Estados Unidos debería dejar claro que Uzbekistán no puede ser un buen aliado de Estados Unidos a menos que respete los derechos humanos en casa".
El delicado balance diplomático establecido a principios de la primavera de 2004, después de una serie de atentados suicidas en Tashkent que mataron a 47 personas, muchos de ellos agentes de policía de Tashkent. El gobierno reprimió sobre cargos religiosos, provocando una condena internacional.
Tres meses después, a pesar de insistencia del ministro de Asuntos Exteriores de Uzbek, Sodik Safoyev, el ministerio de Asuntos Exteriores dijo que recortaría los 18 millones de dólares de ayuda militar y económica a Uzbekistán debido a su fracaso en mejorar la situación de los derechos humanos.
Pero al mes siguiente, el 12 de agosto de 2004, el general Richard B. Myers, presidente del Mando Conjunto del Estado Mayor, visitó Tashkent. Se reunió con el presidente Karimov y otros funcionarios, y anunció que el Pentágono proporcionaría 21 millones de dólares adicionales para ayudar a Uzbekistán en su campaña para destruir sus arsenales de armas biológicas.
El general Myers dijo que Estados Unidos había "ganado enormemente de nuestra asociación y relación estratégica con Uzbekistán".
Aunque observó que había preocupación genuina sobre la situación de los derechos humanos en Uzbekistán, el general Myers dijo: "En mi opinión, no deberíamos dejar que un solo tema determine las relaciones con cualquier país. No me parece que sea una buena política".

Souad Mekhennet contribuyó al reportaje desde Frankfurt, y Stephen Grey desde Londres.

11 de mayo de 2005
1 de mayo de 2005
©new york times
©traducción mQh
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1 comentario

Biranta -

Este é um exemplo dos métodos usados pela CIA para produzir terroristas.
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