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muerte de una animadora 1


[Gretchen Voss] La muerte de una chica de 14, Ashley Burns, muestra porqué la animación, con todos sus cabriolas y vuelos acrobáticos, es un deporte peligroso.
"¡Agáchense, agáchense!", grita Josephine Miele, 88, a las fans que obstaculizan su vida de Cassandra Dugas, su biznieta y la capitana de ensayos de los Mustangs, el equipo femenino de la barra de la Escuela Secundaria Medford.
Es frenético, casi todo el tiempo. "Dios mío, no tienes ni idea. Hace una semana que tengo los nervios destrozados", dice la ronca mamá de Cassandra, Debbdy Dugas, antes de empezar a gritar. "¡Ahora, Medford, arriba!" Es una apasionada, como las cinco generaciones de la familia Dugas, y ha empezado a gritar animando a su hija de 17, Cassandra, que compite en la Torneo de Barras Regionales en la Escuela Secundaria de Burlington. Cinco generaciones, apretujadas en la primera fila del gimnasio, rodeadas de cientos de ruidosas fans, familias e incluso jugadores de fútbol, que, en un cariñoso gesto, han venido a apoyar a sus partidarias.
Mientras los 22 Medford Mustangs -pelo lacado y sujeto atrás con chispeantes gomitas rojas, pesado maquillaje al estilo de Tammy Faye Bakker, practicaron la noche pasada hasta la perfección- hacen cabriolas en la enorme colchoneta azul, en la casa la abuela de Cassandra, Marianne Dugas, se inclina y susurra: "Mi corazón está que explota de orgullo".
Hay una explosión. Un borrón de brazos y piernas y uniformes sincronizados a los compases mezclados de números disco de principios de los años ochenta, tocados a toda velocidad. Las chicas vuelan sobre la colchoneta, cayendo, rodando y brincando. Las chicas son lanzadas hacia arriba, más arriba, en el aire. Forman precarias pirámides. Hacen una pausa para entonar su característico vitoreo -casi como una ocurrencia tardía, parece, ya que las gimnásticas cabriolas cosechan intensos ‘uuhs’ de la audiencia. Cuando una de las chicas cae, escurriéndose de las manos de sus compañeras, se produce una reacción todavía mayor.
Fue una maniobra similar, pero fracasada, ensayada por este mismo equipo el verano pasado, la que hizo renacer la preocupación a través del estado, y el país, sobre la seguridad de las animadoras. Uno de los miembros más jóvenes de los Mustangs, Ashley Burns, de 14, murió en agosto debido a las lesiones que sufrió durante las prácticas, antes inclusive de que empezara la temporada, y ahora no es difícil imaginar que los padres de las otras animadoras estén observando con un poco más de inquietud mientras las chicas vuelan y dan volteretas en el aire.
"Siempre me he preocupado sobre sus peligros", confiesa el padre de Cassandra, Phil Dugas, un antiguo jugador de hockey juvenil. "Al principio no quería que fuera animadora. Son también niñas las que deben recoger a otras niñas".
El clan Dugas se pone inquieto a medida que pasa noviembre y las enérgicas rutinas de dos minutos se funden unas en otras. Para un observador sin experiencia, todas parecen lo mismo. Pero el padre de una animadora sabe mejor. "Nuestra rutina es más difícil", dice Dugas. Lo atribuye a los 200 dólares que paga todos los años cada miembro de la barra de Medford para pagar a un coreógrafo -dinero reunido, en parte, agitando una lata frente al Dunkin’ Donuts. El jurado, por supuesto, sabe exactamente en qué debe fijarse, y sus hojas de puntajes son actualizados todos los años para que reflejen las cabriolas especiales que ofrecen la mayoría de las barras más preparadas.
Y el momento finalmente llegó. Los miembros del jurado han sacado la cuenta de sus anotaciones para los 12 equipos participantes. Los Dugas se aferran al borde de las butacas. Las Medford Mustangs, anuncia el maestro de ceremonias, están en segundo lugar. "Están realmente decepcionadas", dice Debby Dugas más tarde. Esperaban salir primeras -al menos, hasta que se cayó la chica.
Caer de varios metros en el aire no era normalmente un riesgo de una barra. Desde su inicio, ampliamente reconocido, en 1898, cuando el activo estudiante de la Universidad de Minnesota, Johnny Campbell, cogiera un megáfono, reclutara a varios ‘gritadores’ masculinos y dirigiera los gritos de ánimo del público, la animación no era más que manso boato. Los hombres han participado siempre en la animación -incluso el presidente Bush fue un animador en la Phillips Academy, en Andover-, pero las mujeres se incorporaron en los años veinte y finalmente llegaron a dominar la actividad.
Durante décadas, los gritos de las barras no tuvieron nada que ver con proezas atléticas. Si podías coger un megáfono y sacudir un pompón centelleante, te hacías miembro de la barra. Pero ahora, las cabriolas se hacen más difíciles y peligrosas cada año. De acuerdo a la Comisión para la Seguridad de los Productos de Consumo de Estados Unidos [US Consumer Product Safety Commission], las lesiones entre animadoras de la secundaria y de la universidad han más que duplicado desde principios de los años noventa, con un número estimado de visitas a la sala de urgencias subiendo de menos de 12 mil en 1991, a cerca de 28 mil en 2004. Y ningún otro deporte se acerca siquiera a la animación en términos de lesiones graves, como traumas espinales y encefálicos, de acuerdo al Centro Nacional de Investigación de Lesiones Deportivas Catastróficas [Catastrophic Sports Injury Research], de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. De las 101 lesiones catastróficas sufridas por chicas de la secundaria y universitarias entre 1982 y 2004, un 55 por ciento lo fueron en la animación -más que todos los otros deportes combinados. El doctor Frederick Mueller, director del centro, lo dice francamente: "No hay ninguna duda de que la animación es el deporte femenino más peligroso".
Algunos dirían que la animación es el deporte más peligroso, punto. Estadísticas recientes de la Asociación Nacional de Atletismo Intercolegial NCAA [National Collegiate Athletic Association] sugiere que puede ser todavía más peligroso que el fútbol americano, el deporte para la que fue creada. El año pasado, el Programa de Seguros de Lesiones Catastróficas de la NCAA constató que desde 1998 un 25 por ciento de todos las reclamaciones provenían de atletas universitarias que participaban en barras de animación. "Sólo el fútbol está primero, y no por demasiado puntos", dice Juanita Sheely, manager de viajes y seguros de la NCAA. Cuando se considera la ratio de animadoras universitarias con los jugadores de fútbol americano -12 a 100, calcula Sheely-, la cifra de 25 por ciento es realmente impresionante.
Sólo durante el año escolar 2003-2004, seis animadoras en todo el país sufrieron lesiones catastróficas, de acuerdo al centro de investigación de Mueller. Entre las estudiantes secundarias, una se golpeó la cabeza y fue colocada en un coma inducido médicamente para reducir la hinchazón del cerebro. Otra fue golpeada en la espalda por una compañera de barra, provocándole una contusión de la médula espinal, y todavía otra quedó lesionada cuando sus compañeras no la recibieron a tiempo. A nivel universitario, una cayó de cabeza al suelo y se fracturó la vértebra cervical y se daño la médula espinal, quedando inválida permanentemente, y otra cayó al suelo después de haber sido lanzada al aire; quedó paralítica. La única muerte ocurrió cuando el corazón de una chica de la secundaria dejó de funcionar durante una práctica.
"No se parece en nada a lo que hacíamos cuando éramos niñas", dice Debby Dugas sobre sus días de porrista en los años sesenta. "Todas las niñas éramos del equipo. No tenías que ensayar como ahora. Ahora todo es ensayos y torneos". Para los típicos miembros de los Medford Mustangs de hoy, la animación es un serio compromiso para la mayor parte del año -practican casi todos los días, compiten los fines de semana, participan en el circuito nacional, y, por supuesto, animan los partidos de fútbol y balonmano. (Los entrenadores de Medford rehusaron hablar con Globe para este reportaje). Dugas dice que la animación mantiene a su hija, un estudiante de cuadro de honor, concentrada: "Es lo mejor que le ha pasado en la vida".
Llegar a ser miembro de la barra de los Mustangs era un sueño a punto de lograr para Ashley Burns, una pequeña chica de pelo castaño rizado y un ramillete de pecas sobre su nariz respingada, que empezó a hacer animación para los equipos de fútbol de Pop Warner cuando estaba en primero, dice una amiga de la familia, Angela Murphy. En 2005, la estudiante de una escuela técnico-vocacional era una de sólo un puñado de novatas que se hicieron con un lugar en los equipos de animación combinados de la Escuela Secundaria Medford y de la Escuela Secundaria Técnico-Vocacional Medford, que habían ganado un campeonato nacional el año anterior. "Estaba tan feliz de estar en el equipo de la escuela Medford", dice Murphy. "Era una aviadora, siempre le gustaba estar arriba... Recién había aprendido a dar volteretas de espalda. Pasó de ser la niñita que no hacía nada sin que mi hijo la sujetara por la espalda, a la chica completamente segura de sí misma".
La tarde del martes 9 de agosto -casi un mes después de entrar a la barra universitaria-, la abuela de Ashley, Ruth Burns, llevó a Ashley al East Elite Cheer Gym en Tewksbury para una sesión de entrenamiento pre-temporada con sus nuevas compañeras.
Ashley, apenas de 1 metro con 49 y 41 kilos, estaba ensayando una complicada cabriola, un arabesco doble. Tres compañeras la sostenían en el aire con un solo pie. La lanzaron en el aire. Ashley giró una vez y luego, en lugar de volver a girar y aterrizar sobre su espalda, cayó bruscamente sobre su estómago. Poco después se quejó de dolor en el abdomen. Pensó que se había quedado sin aire. Eso pasa todo el tiempo. Pero pasaron los minutos y ella no se sentía mejor; de hecho, estaba peor. Su entrenadora, Julie Brown, llamó al 911 justo antes de las 5 de la tarde. Ashley todavía podía hablar cuando llegaron los paramédicos, pero entonces tenía problemas para respirar y perdió la conciencia. Una hora después fue declarada muerta y la autopsia más tarde reveló un bazo lacerado debido a un trauma abdominal.
Murphy no considera la muerte de la chica como un entredicho de la animación. "Ellas lo toman en serio", dice. "Y eso fue mala suerte, y nadie sabrá nunca por qué pasó".
El hijo de Murphy, Brian, que ayudó a criar a Ashley desde que era niña, dice que había estado haciendo volteretas en el patio de atrás el domingo justo antes del accidente. La animación "te da un montón de respeto hacia ti mismo", dice. "Es uno de los deportes más duros que he practicado y eso que he jugado fútbol durante seis años. Por difícil que sea para las compañeras de Ashley su muerte, agrega, "todas las chicas aquí ponen su corazón y su alma en el deporte, y esto no será algo que las disuadirá. Podría haber sido un choque en el camino de vuelta a casa".
No sorprendería si los padres se aferran a esa idea como a un bote salvavidas o si las animadoras repitieran las palabras ‘mala suerte’ una y otra vez, como una tranquilizadora invocación. Las chicas tienen que conservar la confianza que necesitan para hacer lo que hacen. Pero los padres sin duda se preocupan, como los padres de cualquier atleta. Incluso así, Debby Dugas dice que nunca impediría a su hija las estrechas amistades y las capacidades de liderazgo que Cassandra ha desarrollado gracias a la animación. Como lo dice Angela Murphy: "Es un deporte donde las chicas realmente forman una familia. No me importa lo que digan los demás; es tan seguro como cruzar la calle".

8 de enero de 2006

©boston globe
©traducción mQh

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