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médico dice que nunca vio torturas


El médico Berges declaró en el juicio por el Circuito Camps. Empezó la indagatoria de los 24 procesados por delitos de lesa humanidad. El ex ministro de Gobierno bonaerense Jaime Smart dijo que durante los tres años que estuvo en el cargo no se enteró de nada: "No sabía más que la gente común".
[Alejandra Dandan] Argentina. Pocos declararon. Los que lo hicieron no permitieron preguntas ni de las querellas ni de la fiscalía. Uno fue el médico de policía Jorge Antonio Bergés, arrastrado en una silla de ruedas. "Nunca presencié ninguna tortura", dijo pese a haber sido quien obligó a Adriana Calvo a limpiar la placenta del parto cuando dio a luz en el auto que la trasladaba de uno a otro centro clandestino. También declaró Jaime Lamont Smart, el ex ministro de Gobierno bonaerense. Durante casi dos horas, repitió en su coartada que "un ministro de Gobierno no sabía más que la gente común", pero a la vez recomendó la lectura del fallo del Juicio a las Juntas en lógica de los dos demonios. Habló de límites que le marcó Camps, de un juicio sesgado, pero nunca logró explicar su contradicción principal: cómo en tres años de mandato no supo nada o por qué en 1976 decía que la policía iba a trabajar en la "lucha contra la subversión", tarea para la cual anunció públicamente, en ese momento, que destinaba una partida de presupuesto extraordinario y el nombramiento de 30.000 efectivos.
El juicio por el Circuito Camps entró de esa manera en la etapa de indagatorias, previas al debate. En el teatro de la AMIA de La Plata, entre los 25 acusados, esperó su turno sentado el comisario Miguel Etchecolatz, que sin embargo no será indagado hasta la semana próxima. El Tribunal Oral Federal Nº 1 convocó en el comienzo a una pequeña lista. Alejandro Agustín Arias Duval, ex jefe del batallón de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires, lo único que subrayó ante los jueces fue que de chico le decían "Osito". Eros Almilcar Tarela, uno de los jefes más brutales de la patota del Coti Martínez, se negó a declarar sobre "las infamias", pero también dijo eso: que de chico, era "Peti" o "Petiso". Luego alguien arrastró a Bergés hasta el medio del escenario. Y antes de empezar la indagatoria, cuando el Tribunal le preguntó por sus datos personales, desde la sala se escuchó una especie de reprobación colectiva: el médico de policía acababa de decir que vivía en la calle Madres de Plaza de Mayo. Después, agregó: "Ex Magallanes".

No Existía
"A mí me trasladaron a lo que han dado en denominar Puesto Vasco, que era la Brigada de Investigaciones: tampoco entiendo por qué se le dice centro clandestino cuando yo realicé exámenes médicos legales a determinadas personas", dijo Bergés. "Nunca presencié ninguna tortura y en los exámenes médicos legales que hice nunca vi torturados", explicó, pese a que entre la querellante Guadalupe Godoy, de Justicia Ya!, recordaba a Adriana Calvo. Tratando de explicar por qué se habla de médicos en la tortura, Bergés llegó hasta el hijo del poeta Leopoldo Lugones, Polo Lugones: "Inventó la picana eléctrica y en palabras textuales dice: ‘Que practicaba con los presos de la vieja cárcel de Las Heras’ y dice ‘que ahí había siempre presente un médico del ministerio que controlaba el trabajo’: ahí me di cuenta por qué muchas personas dicen eso".

Smart
Smart encuadró su decisión de aceptar el cargo de ministro como un acto "por la patria". Fue el único ministro de Gobierno civil de todo el país, según sus datos. Llegaba de Venezuela. Había integrado el inefable "Camarón", la Cámara Penal Federal creada por la dictadura de Agustín Lanusse para juzgar a las organizaciones políticas y armadas, disuelta durante el gobierno de Cámpora. En este juicio está acusado como autor mediato de los crímenes del Circuito Camps porque de él dependía la estructura de policía: las comisarías reconvertidas en centros clandestinos dedicadas a interrogar, torturar y exterminar a las víctimas.
Smart estuvo tres años en el ministerio. Los cargos no necesitarían más pruebas que el organigrama, pero entre otras pruebas hay una declaración suya de diciembre de 1976, publicada en el diario La Nación, paradójicamente el mismo diario que en su editorial del viernes pasado hizo una defensa corporativa del ex funcionario. En 1976, Smart asumía la "lucha contra la subversión" y daba cuenta de que para esa lucha proveía suministros a las comisarías y recursos humanos, una partida de millones de pesos, 30.000 hombres, y vencida la guerrilla abogaba por avanzar con los "ideólogos". Ese fue uno de los puntos al que volvieron los jueces.
Roberto Falcone le preguntó si durante los tres años en los que fue ministro no tenía conocimiento de lo que sucedía. Smart dijo que "no".

¿De los tiroteos que mencionó usted, no sabía nada?
Sí –explicó–, por los diarios, las noticias que teníamos en los diarios. Yo creí hasta hace unos días que lo de la Calle 30 fue un enfrentamiento entre subversivos y las fuerzas militares. Salió en el diario El Día. No oí el cañonazo.

La sede de su despacho, ¿a cuántas cuadras estaba de la seccional 5ª?
No sé.

¿No asistió nunca?
No.

¿Cuándo usted liquidaba las partidas de alimentos?
¡Cómo voy a liquidar yo las partidas de alimentos! Es una pregunta capciosa.

¿Firmaba los expedientes?
En las 24 horas que un ministro tiene no puede entrar en esas minucias.

Usted describió cuál era el clima previo y dijo que había que luchar contra la subversión. ¿Usted recuerda una nota en el diario La Nación?
Eso lo mantuve siempre, porque el primer encontronazo que tuve con autoridades militares fue porque lo que yo dije es que había que descubrir un grupo que había armado a los jóvenes, había universitarios, y a los jóvenes ideólogos.

En otros tramos, dijo: "La única opción que tenía era no aceptar el cargo". Y luego, cuando las preguntas insistieron sobre qué sabía o qué no, explicó: "No se sabía nada. Cualquier averiguación que usted hiciera lo colocaba en lugar de sospecha".
Los querellantes de los organismos de derechos humanos se sorprendieron. Para la fiscalía, integrada por Hernán Schapiro y Gerardo Fernández, pareció una declaración paradójica. "Si bien fue bien armada, no puede explicar cómo alguien que estuvo en un cargo tan importante, de tamaña entidad, podía estar ajeno cuando en realidad era quien tenía a cargo la provisión de recursos administrativos, económicos y humanos para la policía", dijo Fernández. "Estuvo dos años más desde ese diciembre: los tres años más intensos de la represión en una función contundente, no hay defensa posible", indicó.
29 de septiembre de 2011
28 de septiembre de 2011
©página 12

no habrá retroceso en juicios


Lorenzetti ratificó la continuidad de los procesos contra los responsables de crímenes de lesa humanidad. El presidente de la Corte Suprema fijó posición al presentar su libro ‘Derechos humanos: justicia y reparación.’
[Irina Hauser] Argentina. Ricardo Lorenzetti acuñó una frase que, dicha por él, el presidente de la Corte Suprema, tiene un valor agregado. "Con los juicios de lesa humanidad no hay marcha atrás", repite desde hace casi dos años ante jueces, estudiantes, abogados y la sociedad en general. Lo hace en todos los ámbitos, donde siempre subsisten resistencias al juzgamiento de los crímenes de la última dictadura. Pero ayer la consigna se potenció al máximo cuando en medio de su discurso en la presentación del libro Derechos humanos: justicia y reparación, que escribió junto a Alfredo Kraut, un grupo de hijos, nietos y familiares de represores comenzó a increparlo desde las butacas en el momento en que decía que la "experiencia argentina" en los juicios por crímenes de lesa humanidad es "incomparable a nivel mundial". "Acá no hay debido proceso", le gritaban algunos jóvenes, desde el ala derecha del Aula Magna de la Facultad de Derecho. "Basta con los setenta", tronó otra voz en medio de la sala. Lorenzetti no se detuvo, les pidió "tolerancia", dijo que los escucharía, y repitió cada vez con más vigor una, dos, tres, cuatro veces: "No vamos a retroceder en los juicios de lesa humanidad". Más tarde advirtió que "el totalitarismo es una maquinaria que no descansa".
"Esta es una política de Estado y deben respetarla todos. Forma parte del contrato social de los argentinos", proclamó, y fue ovacionado. En primera fila estaban la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto, y Nora Cortiñas, de Madres Línea Fundadora. Los pañuelos blancos se veían en distintos lugares de la sala, junto a representantes de otros organismos de derechos humanos. "Esto nació hace muchos años en las calles, comenzaron las madres, los hijos, las abuelas, los periodistas, los abogados, los organismos de derechos humanos. Generó un consenso que se trasladó a las instituciones que lo recibieron", reivindicó. "Este traslado no fue sencillo. Hubo muchos obstáculos, pero fueron superados. Este proceso requirió muchos sacrificios", señaló Lorenzetti.
El aula estaba repleta. Además de funcionarios, entre ellos el ministro de Justicia, Julio Alak, había consejeros de la magistratura, senadores y además fiscales, jueces y miembros de tribunales orales que son los que llevan adelante los juicios por violaciones a los derechos humanos durante la última dictadura. A ellos, Lorenzetti les encomendó "que continúen con firmeza, que hagan juicios respetando el debido proceso y el derecho de defensa como no se respetó en otra época. No hay aquí leyes especiales. Todos (los acusados) tienen defensores y a quien no lo tiene se lo ha provisto el Estado". "Estamos hablando de debido proceso como nunca hubo", subrayó Lorenzetti con la mirada clavada en los jóvenes discípulos de Cecilia Pando, no más de veinte, que seguían a los gritos. "Los Montoneros empezaron", "ciento cuarenta y cinco muertos", insistía el puñado de manifestantes que se presentan como "hijos y nietos de presos políticos" y defienden el terrorismo de Estado.
El libro que presentaba Lorenzetti contiene un repaso de los vaivenes en los juicios por los crímenes dictatoriales y reconstruye cómo desde el Poder Judicial se fueron derribando obstáculos, como las leyes de punto final y obediencia debida, para poder llevarlos adelante. Incluye además una reseña de casos emblemáticos. Lorenzetti dijo que no quería hablar del libro en sí mismo. "No creo en vanidades sino en ideales", resumió. Sólo señaló que "abre una nueva etapa, de institucionalización definitiva de los juicios de lesa humanidad", "garantizar su vigencia y continuidad", para desafiar una "larga historia de proyectos temporarios o que cambian según las épocas". "Entiendo que pueda haber gente disconforme, pero el "Estado avanza hacia la justicia, la memoria", acotó, y pidió ser "tolerantes aun en las divergencias más profundas".
Más allá del episodio en que intentaron interrumpirlo, el acto tuvo un tono algo solemne. Habló la decana de la Facultad de Derecho, Mónica Pinto, que rescató el carácter "didáctico y pedagógico" de la obra junto con el "valor de la memoria". El periodista Eduardo Anguita dio el toque de distensión con algunas anécdotas y elogió el prólogo de Baltasar Garzón. El Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel recordó las dificultades de la etapa de "impunidad jurídica", dijo que el libro sirve para asentar "los caminos de la libertad", y que espera que "contribuya a la conciencia del pueblo" y las "nuevas generaciones".
Lorenzetti también habló de que "no hay que pensar sólo en el pasado sino en el futuro". Contó el caso de una adolescente que fue juzgada en Alemania por pintar esvásticas en lugares públicos, en el que el tribunal "concluyó que lo que hay que hacer es educar" y por eso la condenó a leer ‘El diario de Ana Frank.’ Con ese criterio, anunció, se creará una comisión interpoderes "que trabaje con educación y cultura", similar a la que trabaja en acelerar los juicios. "¿Qué es lo que nos preocupa?", se preguntó. "En el mundo estamos asistiendo a una gran crisis, que es el caldo de cultivo para un retroceso en materia de derechos humanos", advirtió. "El totalitarismo –dijo– es una maquinaria fría que no descansa." "El Holocausto no fue algo instalado de golpe. Fue una lenta degradación de la sociedad. Primero se instaló el fanatismo, luego actos de persecución, se terminó en la peor masacre. Cuando las sociedades se adormecen, se abre el camino para que el totalitarismo tenga lugar y vivamos las grandes tragedias humanas", dijo. "No hay país sin estado de derecho, no hay país sin tolerancia", concluyó.
29 de septiembre de 2011
28 de septiembre de 2011
©página 12

juzgan a carabineros por asesinatos


Procesan a 2 carabineros (R) por crímenes de 1973. El ministro en visita Joaquín Billard procesó y ordenó prisión preventiva para 2 carabineros en retiro por homicidios calificados ocurridos el 21 de septiembre de 1973 en Santiago.
Santiago, Chile. El ministro  en visita Joaquín Billard Acuña dictó procesamiento en la investigación por los homicidios calificados de Alamiro González Saavedra, Manuel González Allende y Simón Allende Fuenzalida, ocurridos el 21 de septiembre de 1973 en Santiago.
El magistrado determinó someter a proceso y ordenar la prisión preventiva  de los miembros en retiro de carabineros Wilson Mendez Rojas y Segundo Puga Meza.
De acuerdo a los antecedentes del proceso "se tiene por ahora, justificado en autos, que el día 21 de septiembre del año 1973, cerca de las 20.00 horas, personal de  la Tenencia Lo Besa de Carabineros de Chile, proceden a detener a 2 personas, uno de ellos menor de edad, desde un domicilio ubicado en calle Samuel Izquierdo, comuna de Quinta Normal; dirigiéndose posteriormente a la calle Manantiales ubicada en la misma comuna, lugar donde proceden a detener a un tercer sujeto,  dirigiéndose con ellos a la ruta 68, donde los hacen  bajar del vehículo policial, siendo todos ejecutados por el personal de Carabineros aludido", señala el fallo.
29 de septiembre de 2011
28 de septiembre de 2011
©la nación

murió richard hamilton


Pionero del arte pop británico.
Murió Richard Hamilton, pionero del arte pop británico al que se atribuye haber acuñado el nombre del movimiento marcado por su irónico e icónico uso de la imaginería comercial y la cultura pop. Tenía 89 años.
La Galería Gagosian, que representa a Hamilton, dijo que el artista murió el martes en un lugar no revelado en Gran Bretaña. No indicó la causa de su muerte.
Pintor e impresor nacido en Londres en 1922, Hamilton estudió en la Royal Academy Schools y en la Slade School of Fine Art.
Causó sensación con un profético collage de 1956 -‘¿Qué Es Exactamente Lo Que Hace Que Nuestras Casas Sean Hoy Tan Diferentes, Tan Bonitas? [Just What Is It That Makes Today’s Homes So Different, So Appealing?-, que mostraba a una pareja físicamente idealizada, posando desnuda en un interior lleno de productos, logos y lemas. La figura masculina, que parecía un fisioculturista, llevaba una gran paleta roja con la etiqueta POP.
Es considerado por algunos historiadores como el nacimiento del movimiento del Pop Art.
A Hamilton también se le atribuye haber acuñado la frase ‘Pop Art’ misma en una nota a unos arquitectos que estaban considerando montar una exposición con él similar a la exposición ‘This Is Tomorrow’, de 1956.
En palabras que datan de 1957, escribió: "Pop art es popular (diseñado para una audiencia de masas), efímero (solución de corto plazo), desechable (fácil de olvidar), barato, producido masivamente, joven (dirigido a la juventud), ingenioso, sensual, artificioso, elegante, grandes negocios."
Durante medio siglo, Hamilton produjo imágenes que eran asombrosas y a menudo políticas, como de Mick Jagger esposado después de un allanamiento por drogas hasta retratos de manifestantes contra las cárceles en Irlanda del Norte y una imagen del ex primer ministro Tony Blair como cowboy en una obra titulada ‘Shoch and Ave’ de 2007.
Una de sus obras mejor conocidas es la antítesis de la colorida cacofonía del Pop Art: la carátula monocroma del ‘White Album’ de The Beatles, un simple cuadrado con el nombre de la banda repujado. Hamilton también diseñó el cartel estilo collage que venía con el álbum.
Hamilton también trabajó durante décadas en un proyecto gigantesco para ilustrar la novela ‘Ulysses’, de James Joyce.
Nicholas Serota, director de la Galería Tate, dijo que Hamilton era "uno de los artistas más influyentes y característicos del periodo de posguerra."
"Grandemente admirado por sus colegas, incluyendo Andy Warhol y Joseph Beuys, Hamilton produjo una serie de exquisitas pinturas, dibujos, grabados y otros sobre temas de glamour, consumo, mercancía y cultura popular", dijo Serota.
Una importante retrospectiva de la obra de Hamilton abrirá sus puertas en 2013 en el Museo de Arte Contemporáneo de Los Angeles, antes de emprender rumbo a Filadelfia, Londres y Madrid.
Le sobreviven su esposa, Rita Donagh; y su hijo Ron, de un matrimonio anterior.
29 de septiembre de 2011
15 de septiembre de 2011
©los angeles times
cc traducción c. lísperguer

acusados de luchar por gadafi


Los vecinos de una ciudad sufren las represalias. Personas desplazadas de Tawerga, una ciudad al oeste de Libia, buscan refugio en una academia naval abandonada en Trípoli.
[Kareem Fahim] Sirte, Libia. Al borde de esta ciudad donde continúa la guerra de Libia, varios hombres de la ciudad de Tawerga se hallaban sentados en el patio de una mezquita, después de haber huido de sus casas y cambiado una zona de guerra por otra. Los proyectiles caían cerca, pero la guerra era uno solo de sus problemas. Hombres armados, sus antiguos vecinos de la ciudad de Misurata, les perseguían, acusándolos de traición.
Tawerga fue usada para montar el sangriento asalto del coronel Muamar al Gadafi contra Misurata, donde murieron más de mil personas. Los combatientes de Misurata que resistieron el sitio se han convertido en leyendas en Libia, una condición que les ha facilitado afirmar su autoridad en el nuevo régimen. Dicen que los hombres de Tawerga hicieron más que hospedar a un ejército. Lucharon como parte de las fuerzas de Gadafi, dicen los combatientes y vecinos de Misurata, y cometieron atrocidades, incluyendo la violación.
Hace más de un mes, cuando las fuerzas de Gadafi se retiraron de la ciudad, prácticamente todos los habitantes de Tawerga, unos trescientos mil, huyeron de ella por miedo a sus vecinos, abandonando incluso sus ropas, sus pasaportes y sus álbumes familiares. Desde entonces, algunos vecinos de Misurata han convertido en misión la venganza, los incendios o saqueos de tiendas y casas vacías. Vecinos de Tawerga se han refugiado en otras ciudades, incluyendo Sirte y Trípoli, y dicen que los combatientes de Misurata los están persiguiendo y capturando a sus hombres.
En la mezquita de Sirte esta semana, un combatiente de Misurata apuntó con un dedo a un hombre de Tawerga cuyos niños jugaban en la cercanía: "No eran dos de ustedes. No eran tres. No eran cuatro. Eran miles", gritó. "¡Todos ustedes apoyaban a Gadafi!"
La disputa se está resolviendo en toda Libia occidental, uno de los numerosos ajustes de cuentas que se están convirtiendo en uno de los tempranos retos que deben superar los nuevos gobernantes del país. La raza ha transformado este conflicto en algo especialmente tóxico. Los vecinos de Tawerga dicen que Misurata ha ignorado traiciones de sus otros vecinos, concentrándose en los tawerganos, porque la mayoría de los habitantes son negros. Unas pintadas en sus casas vacías intensifica su convicción: "Esclavos de Misurata", se lee en muchas murallas. Combatientes de Misurata dicen que la raza no tiene nada que ver. Los crímenes de los tawerganos son imperdonables, dicen, y en lo que concernía a ellos, la ciudad había dejado de existir. El jueves, un portavoz del gobierno transicional dijo que Misurata había oficialmente atenuado su posición y permitiría que los vecinos de Tawerga sin sangre en sus manos volvieran a casa.
Los tawerganos están buscando seguridad en otras partes, y no la han encontrado. Hace dos semanas, 85 hombres de Tawerga fueron detenidos en Trípoli por paramilitares de Misurata, y desde entonces no se ha sabido nada de ellos, dicen sus familiares. En los últimos días, el alcalde de una ciudad en un oasis al sur del país le dijo a mil tawerganos que debían marcharse antes del anochecer, de acuerdo a varias personas que dijeron que habían sido expulsadas.
Muchos tawerganos reconocen que hombres de su ciudad colaboraron con el ejército de Gadafi, pero dijo que la respuesta equivalía a un castigo colectivo. "Treinta y cinco mil personas no violaron a sus mujeres", dijo Hussein Salah, que encontró refugio en un campamento en Trípoli. Ex milicianos rebeldes de Bengazi y Zintan los están protegiendo contra los paramilitares de Misurata, dijeron.
El campamento, una antigua academia naval, no tiene agua corriente. El miércoles por la noche, las mujeres recogían leña entre los arbustos y cocinaban sus comidas en fogatas al aire libre. Un grupo de hombres dejó las hacinadas habitaciones a sus familias y durmieron sobre cartones junto a una pared de cemento. Dijeron que desde el 11 de agosto, cuando dejaron Tawerga, han estado moviéndose con sus familias de ciudad en ciudad, de campamento en campamento.
Hace dos semanas, en otro campamento en el barrio de Abu Salim, en Trípoli, los combatientes de Misurata dieron con ellos, dijeron varios testigos. Ocho de las distintivas camionetas negras empleadas por las brigadas de Misurata llegaron al campamento y arrestaron a 85 hombres, metiendo a algunos de ellos en el maletero de sus propios coches para marcharse enseguida. Abdullah Abdulsalem dijo que no estaba en el campamento cuando llegaron los hombres y arrestaron a su hermano Mohammed Abdulsalem, 25. La mujer de Hussein Salah, Umm Ishnaf, dijo que vio a los paramilitares de Misurata arrestar a tres de sus hijos. Haytham, Bassam y Essam Salah. Como los otros familiares, no sabe adónde fueron llevados.
Algunos hombres dijeron que sus problemas con Misurata eran nuevos. Durante años, los tawerganos habían trabajado y asentado en la ciudad más grande y más rica del norte, sin problemas. Otros dijeron que había una larga historia de tensiones y recriminaciones. Los misuratanos estaban indignados con los intentos del coronel Gadafi de favorecer a los tawerganos, visitándolos frecuentemente, construyendo nuevas casas y haciendo planes para remodelar la ciudad.
Los tawerganos resintieron su tratamiento como trabajadores en Misurata, diciendo que eran relegados a los trabajos meniales y sometidos a comentarios raciales. "El problema es que somos negros", dijo Salah. "Lo ocultaban en el corazón. Se les salió después del 17 de febrero", dijo, refiriéndose a los primeros días de la rebelión libia.
En otra parte de la academia naval, Salah Aqeel Zaid, 51, maestro, dijo que acababa de llegar de la ciudad oasis de Hun después de un viaje de doce horas. Dijo que un funcionario local había ordenado marcharse a más de mil vecinos de Tawerga que se habían quedado, dándoles tiempo hasta el anochecer.
Interrogado sobre el apoyo de los tawerganos a las tropas del coronel Gadafi, se mostró implacable. "Incluso si fue así, ¿cuál es el problema? Somos libres", dijo.
Evidencias de la época de las tropas de Gadafi en Tawerga se hallan dispersas por toda la ciudad abandonada. Dejaron atrás sus uniformes, sus cajas de municiones y los enormes contenedores que usaron como refugios contra las bombas, cubiertos por montículos de tierra.
Las ovejas deambulaban por las calles vacías de todo excepto unos coches quemados. Los armarios estaban llenos de ropa y los platos todavía mostraban alimentos. Banderas verdes ondeaban todavía entre muchas casas, un signo de apoyo ofrecido o coaccionado. En el vestíbulo de una escuela, alguien escribió: "Oh, Tawerga, ciudad de agentes y cabras." En la pared de un departamento ocupado por jóvenes paramilitares de Misurata, alguien había garrapateado: "No compres esclavos sin un látigo."
Un día la semana pasada, cuatro edificios fueron incendiados. Un grupo de combatientes de Misurata que escoltaban a periodistas por las calles de Tawerga, responsabilizaron de los incendios a las minas terrestres dejadas por las tropas de Gadafi, o el verano. Uno de los combatientes empezó a decir más, pero sus compañeros lo hicieron callar.
En un viaje comercial en Tawerga, Salem Hussein Kanemo, funcionario de Misurata, supervisaba la carga de varios camiones con harina y muebles con destino a Misurata. La harina pertenecía a las tropas de Gadafi, dijo, y los muebles eran robados, de Misurata. Dijo que hubo discusiones sobre comprar las casas a sus antiguos dueños en Tawerga. "No pueden ser nuestros vecinos", dijo.
28 de septiembre de 2011
23 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

castigo indefendible


Es hora de que los estadounidenses reconozcan que la pena capital no puede cumplir con la Constitución y es completamente indefendible. Editorial de TNYT.
Cuando la Corte Suprema reinstituyó hace treinta y cinco años la pena de muerte, lo hizo provisoriamente. Desde entonces, ha tratado de articular normas legales vinculantes para los estados que garantizarían la aplicación justa de la pena capital y evitaría la arbitrariedad y la discriminación que ha llevado a la abolición de todas las leyes de pena de muerte estaduales en 1972.
Como subraya la inaceptable ejecución de Troy Davis en Georgia la semana pasada, la corte ha fracasado porque es imposible tener éxito en esta tarea. La pena de muerte es grotesca e inmoral y debería ser derogada.
En 1976, el marco de la corte para aplicar la pena de muerte, equilibrando factores agravantes como la crueldad del crimen con factores atenuantes, como la ausencia de antecedentes penales del acusado, lo proporcionó el Instituto Americano de Derecho, una organización de jueces, abogados y profesores de derecho independiente. En 2009, después de una revisión de décadas de ejecuciones, la organización concluyó que el sistema no podía repararse y abandonó el intento.
Sentenciar a gente a la muerte sin tomar en cuenta circunstancias agravantes y atenuantes conduce a resultados arbitrarios. Sin embargo, según concluyó la revisión, también los provoca considerar esas circunstancias, porque exige que los jurados sopesen factores contradictorios y hace que la sentencia se vuelva vulnerable a sus prejuicios.
Esos prejuicios son impulsados por la raza, clase y política, que influyen en todos los aspectos de la vida estadounidense. Como resultado, han hecho de la discriminación y la arbitrariedad sellos distintivos de la pena de muerte en este país.
Por ejemplo, dos tercios de todos los condenados a muerte desde 1976 han tomado lugar en cinco estados sureños donde persisten los "valores de vigilantes", de acuerdo al jurisconsulto Franklin Zimring. El racismo continúa infectando el sistema, como lo han demostrado estudio tras estudio en las últimas tres décadas.
Los problemas continúan: muchos acusados en casos capitales son demasiado pobres como para acceder a ayuda jurídica. Muchos de los abogados asignados para su representación están mal preparados para el trabajo. Un importante estudio hecho por la Comisión Judicial del Senado concluyó que "abogados incompetentes en la defensa" daban cuenta de cerca de dos quintos de los errores en casos capitales. Aparte el tema de la ayuda jurídica, estos casos son más caros en cada fase del proceso criminal que los casos no capitales.
La política también impregna la pena de muerte, aumentando la posibilidad de una aplicación arbitraria. La mayoría de los fiscales en jurisdicciones con la pena capital, son elegidos y controlan la decisión de pedir esa pena. Dentro del mismo estado, políticas que varían de condado a condado han producido enormes disparidades en la aplicación de la pena, cuando la tasa de criminalidad y la demografía eran similares. Esto ha sido verdad en Pensilvania, Georgia, Tejas y muchos otros estados.
De momento, bajo este horrendo sistema, diecisiete personas sentenciadas a muerte han sido exoneradas y liberadas sobre la base de análisis de ADN, otras 112 personas sobre la base de otras evidencias. Excepto algunos, todos los países desarrollados han abolido la pena de muerte. Es hora de que los estadounidenses reconozcan que la pena capital no puede cumplir con la Constitución y es completamente indefendible.
28 de septiembre de 2011
25 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

el problema de los cacheos por marihuana


Cuestionables prácticas policiales para capturar a personas con posesión mínima de drogas -como el cacheo en la calle por sospechas de posesión-, merecen ser revaluadas. Editorial del NYT.
El comisionado Raymond Kelly, del Departamento de Policía de Nueva York, ofreció demasiado poco y demasiado tarde cuando emitió un memo instruyendo a sus agentes a no detener a personas con pequeñas cantidades de marihuana a menos que la droga esté a la vista pública. Una ley de 1977 despenalizó la posesión menor, sin embargo decenas de miles son arrestados cada año.
En 2010, más de cincuenta mil personas fueron detenidas por posesión de marihuana; una inmensa mayoría de ellas pertenecían a minorías raciales y eran hombres. Abogados de derechos civiles dicen que muchos de ellos han sido parados en el marco de la amplia práctica del cacheo y fueron arrestados después de que agentes les ordenaran vaciar sus bolsillos, lo que puso a la vista pública las drogas.
El memo del comisionado Kelly deja ahora en claro que la exhibición de la droga debe ser una "actividad emprendida por la propia voluntad del sujeto" y que los individuos no pueden ser acusados de violar la ley si la marihuana "fue mostrada a la vista pública por instrucciones de un agente."
Aunque el memo, sobre el que WNYC informó la semana pasada, es un paso importante, no es en sí mismo el fin del problema. El ministerio de Justicia de Estados Unidos y legisladores de Nueva York deberían investigar la legalidad de prácticas que llevaron a la detención de cientos de miles de personas desde mediados de los años noventa.
Según las leyes neoyorquinas, la posesión de veinticinco gramos de marihuana o menos es una infracción que se multa con cien dólares la primera vez. La posesión de cualquier cantidad a la vista pública, sin embargo, es un delito menor punible con hasta tres meses de cárcel y una multa de quinientos dólares.
Esta ley fue apoyada por los fiscales de distrito en los años setenta debido a que creían que liberaría a la policía para dedicarse a combatir los delitos graves. Eso cambió a mediados de los años sesenta cuando el ayuntamiento empezó a enfatizar las detenciones callejeras como una parte importante de su enfoque policial. Desde 1966 el ayuntamiento ha encarcelado a más de 536 mil personas por el cargo más bajo relacionado con la marihuana, de acuerdo a Harry Levine, sociólogo del Queens College que ha seguido estrechamente los datos. De 1981 a 1995, esa cifra fue de 33 mil 700.
La policía ha definido las detenciones por marihuana como importante para mantener a los delincuentes alejados de las calles. Pero en declaraciones a la Legislatura este verano, el profesor Levine ha calculado que una mayoría significativa de los detenidos en 2010 no habían sido condenados nunca por ningún delito -sobre la base de un análisis de datos entregados al estado.
Jóvenes afroamericanos e hispanos, sobre-representados en las detenciones en la calle, componen el porcentaje más alto de personas detenidas por posesión de marihuana. Esta práctica policial ha dañado la vida de jóvenes y merece un mayor estudio de parte de supervisores federales y estaduales.
28 de septiembre de 2011
16 de septiembre de 2011
©new york times
cc traducción c. lísperguer

smart negó exterminio


Smart negó la persecución y el exterminio durante la dictadura.
Argentina. Durante una nueva jornada de audiencias en la causa denominada Circuito Camps, el ex ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura, Jaime Smart, primer civil con ese rango en ser juzgado en procesos por delitos de lesa humanidad, negó que haya existido un plan sistemático contra civiles, aunque aseguró no haber tenido "participación en lo que se llamó lucha contra la subversión". Además, apuntó que "la utilización de los elementos policiales" no estaban a su cargo sino que "fueron asumidos totalmente por las Fuerzas Armadas". "Un ministro de Gobierno no podía saber mucho más de lo que sabía la gente común", se despegó.

Al declarar en la causa que investiga los delitos de lesa humanidad cometidos en el conjunto de centros clandestinos de detención que funcionaron en la última dictadura dependientes de la policía bonerense, y el jefe militar de esa repartición Ramón Camps, Smart, quien es abogado y ejerce su propia defensa, argumentó que pese a ser ministro de Gobierno bonaerense durante la dictadura, nunca supo dónde quedaba el Puesto Vasco y que mientras fue ministro no fue "a una sola comisaría".
En ese sentido, detalló además que el gobernador de facto, Ibérico Saint Jean, le ofreció la cartera de gobierno el 28 de marzo de 1976 y que él asumió en el cargo el 8 de abril. "Se dijo en la requisitoria que yo puse la policía a disposición de las Fuerzas Armadas, pero cuando llegué al ministerio, éste parecía una repartición militar y la policía ya estaba supeditada al primer cuerpo del ejército", explicó.
"En 1975 las fuerzas policiales ya habían quedado bajo la jurisdicción de las Fuerzas Armadas y subordinadas a ellas en la lucha contra la subversión", destacó Smart y sostuvo que durante los tres años que se desempeñó como ministro de Gobierno "la única relación que tuve con la policía fue la asignación de determinadas sumas de dinero para la compra de uniformes o de alimentos".
Smart relató que el general Ramón Camps lo visitó para decirle que "no dependía de él", y contó: "Me dijo que tendríamos una relación aceptable en tanto y en cuanto yo no tomara ninguna injerencia en lo que era su responsabilidad. Antes del 24 de marzo el jefe de policía estaba en manos del ministerio de Gobierno, pero cuando yo asumí, ya dependía del primer cuerpo del Ejército". Aunque, apuntó: "Me hago cargo de haberlo aceptado, pero no era un régimen constitucional sino uno de facto".
Además, se desentendió del contexto histórico en el que ejerció el cargo público: "Entre 1976 y 1979 yo conocía una cosa, pero ahora tengo otra idea de lo que sucedió en el país. Un ministro de Gobierno no podía saber mucho más de lo que sabía la gente común, porque había un secreto absoluto y cualquier averiguación que uno hiciera, lo colocaba en lugar de sospechoso".
Para finalizar, Smart llamó al olvido: "La Argentina no saldrá adelante con una difusión del odio cada vez mayor".
28 de septiembre de 2011
27 de septiembre de 2011
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